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jueves, 5 de marzo de 2026

Qué bellos van a ser los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida cuando ponemos cercanía y amistad porque en ellos florecerán las más hermosas flores

 


Qué bellos van a ser los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida cuando ponemos cercanía y amistad porque en ellos florecerán las más hermosas flores

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

Muchas veces en la vida vamos abriendo surcos a nuestro alrededor que podrían tener diverso valor para nosotros mismos y para cuantos conformamos este campo de la vida; me viene esta imagen pensando en el agricultor que labra la tierra y la prepara para sembrar en ella buena semilla de la que espera un día obtener buenos frutos; al labrar la tierra va abriendo esos surcos donde se ha de sembrar esa buena semilla, pero puede ser oportunidad para las malas hierbas, para los cardos o los espinos que en ella se aprovechen para hundir sus raíces haciendo de esa tierra un lugar inhóspito que además puede ahogar las plantas que podrían darnos ricos frutos.

Puede ser una imagen de lo que hacemos de nuestra vida; surcos que se vuelven abismos que en lugar de acercarnos nos alejan, terrenos que llenamos de abrojos por los que incluso sea difícil cruzar para acercarnos los unos a los otros. Depende de nuestras actitudes y posturas, depende de lo que con nuestra vida vamos haciendo cuando solo pensamos en nosotros mismos y pensamos que la presencia de los demás nos pudiera robar nuestra felicidad, por lo que preferimos ignorarlos, desentendernos de lo que es su vida o lo que puedan ser sus problemas; nos endiosamos a nosotros mismos pensando que somos los únicos o los reyes en torno a los que todos han de prestar su servilismo. Desgraciadamente hacemos mucho de eso en los caminos de la vida.

Hoy el evangelio nos ofrece una parábola donde contemplamos a quien hizo eso de su vida. Solo pensaba en su placer, en sus satisfacciones, en sus fiestas o en sus banquetes; alrededor de sí más que un surco creó un abismo que le hacía desentenderse de todo y de todos no siendo capaz de llegar a ver a quien estaba a su puerta. Pensaba que todo lo tenía y nada necesitaba hasta que se dio cuenta, aunque ya fuera tarde, que ese abismo que se había creado tenía valor de eternidad, esa vida aislada que había vivido ahora era abismo de soledad donde no podía encontrar ninguna satisfacción.

No había quien le refrescara la reseca lengua con un dedo mojado en agua, como él en el abismo que había creado en torno a si en vida no había sido capaz de tener la mínima compasión para quien sufría a su lado. Lo que sembramos es lo que luego recogeremos. Es lo que nos va describiendo la parábola.

Ahora quisiera prevenir a sus hermanos con fantasmales apariciones de muertos para que ellos no siguieran su mismo camino. Pero como le dice el patriarca Abrahán tienen a Moisés y a los profetas, que él tampoco había sabido escuchar, que entonces su vida hubiera sido distinta.

¿Cuáles son los surcos que nosotros hemos creado a nuestro alrededor? ¿Habremos sabido sembrar buenas semillas para obtener buenos frutos? La parábola nos está enseñando lo que tenemos que evitar y lo que tenemos que cuidar. Nunca esos surcos tienen que crearnos distancias sino más bien convertirse en caminos de acercamiento. Tenemos que saber abrir la puerta para salirnos de nosotros mismos, aunque nos creamos que en ese palacio insolidario estamos mejor, y bajar los escalones que nos llevan a la calle, que nos llevan a los caminos de la vida, allí donde todos podemos encontrarnos y escucharnos, allí donde no tengamos miedo de darnos la mano para caminar juntos, allí donde ofrecemos lo mejor de nosotros mismos no reservándonos nada de forma egoísta para nosotros solos, pero también donde sin temor de que no nos la vayan a dar pedir el agua de la presencia o de la palabra de quien nos acompaña en el camino.

No sentiremos la soledad porque siempre nos encontraremos la presencia, la comprensión, el buen ánimo de quienes caminan a nuestro lado y con nosotros también quieren compartir. Y sentiremos siempre que Dios camina a nuestro lado siendo nuestra verdadera fortaleza, viático y luz para nuestro camino, en Él ponemos toda nuestra confianza. Qué bellos van a ser entonces los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida porque en ellos florecerán las más hermosas flores.


miércoles, 16 de junio de 2021

Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, poniendo todo nuestro corazón, pues Dios ama “al que da con alegría”

 


Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, poniendo todo nuestro corazón, pues Dios ama “al que da con alegría”

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Fácilmente cuando vamos haciendo turismo, por decirlo de una manera fácil, nos encontraremos en ciertos lugares, en monumentos, o en obras de cierta relevancia que a su pie ha quedado constancia para la historia en unas placas colocadas con cierto interés, de quién es el personaje que contemplamos, o quién promovió determinadas obras que pudieran ser un beneficio para la comunidad. Hay placas que nos valen para la historia y para el recuerdo, pero reconocemos que también las hay para la vanidad y para la vanagloria.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? aquí es donde tendríamos que ponernos a pensar si aquello que hacemos lo hacemos con corazón, con alegría en el corazón por la satisfacción del deber cumplido, por el gozo y la alegría con que nos damos por los demás, por esa generosidad que nos llevaría incluso a olvidarnos de nosotros mismos por el bien que hacemos y que beneficia a los demás. Si lo hacemos así, lejos de nosotros estará esa vanidad y esa vanagloria y estaremos dando muestras de la riqueza de nuestro amor y de nuestra generosidad.

Pero todos podemos tener la tentación de buscar ese regustín en lo que hacemos y de intentar subir algún peldaño en ese pedestal de reconocimientos. ¿Qué nos sucede por dentro cuando vemos que aquello en lo que nosotros nos entregamos con tanto ahínco, ahora vemos que se atribuye a otros y parece que la gloria se la llevan ellos? A punto estamos de dar el grito, de pedir el reconocimiento. Es de justicia, nos atrevemos a pensar en que se nos reconozca aquello que hicimos.

¿Qué nos dice hoy Jesús en el evangelio? ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial…’ Y nos hablará de tres cosas muy concretas como son la limosna, la oración y el ayuno. Eran como tres prácticas en el orden religioso, como siguen siéndolo hoy, pero de las que hacen gala con mucho empeño los fariseos y los principales grupos religiosos en Israel. Ni tocar campanillas delante de nosotros por donde hemos de pasar dando limosna para ayudar a los demás, ni la vanidad de ponernos en lugares destacados en pie delante de todos para hacer ostentación de nuestra oración, ni caras de plañideras ni de luto por el hecho de que nos sacrifiquemos haciendo un ayuno que habría de tener un sentido purificatorio. Otro tiene que ser el estilo y la manera de hacer que le dé autenticidad a cuanto hagamos.

Claro que aquí podemos englobar muchas cosas, muchos aspectos de nuestra vida de cada día, de esa generosidad de nuestro corazón para compartir o para hacer por los demás; que también podemos tener la tentación de llenar nuestros estantes y vitrinas con placas de reconocimientos dejando traslucir esa vanidad con la que podemos llenar nuestra vida; recuerdos, nos decimos para auto justificarnos; pero la huella que nosotros hemos de dejar en ese campo en el que estamos trabajando es todo ese surco que hemos abierto con nuestro trabajo para dejar sembrada una buena semilla.

Lo importante no es quién haya hecho el surco, sino la planta nueva que brotará de ese semilla que hemos sembrado que hará que todos nos amemos un poquito más, que hayamos logrado una mejor armonía entre todos y un mundo más lleno de paz. De nada nos vale que dejemos una placa para la historia si realmente no han mejorado las relaciones, por ejemplo, entre unos y otros.

Esa es la gloria que hemos de buscar que es la gloria del Señor, no nuestras glorias o nuestras recompensas terrenas que al final se nos quedarán en algo vacío y sin sentido. Muchas actitudes y muchas maneras de hacer las cosas tendríamos que revisar.