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viernes, 24 de enero de 2025

Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que sigue confiando en nosotros, impulsados a buscar nuevas metas de superación

 


Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que sigue confiando en nosotros, impulsados a buscar nuevas metas de superación

Hebreos 8,6-13; Salmo 84; Marcos 3,13-19

Nosotros escogemos a nuestros amigos; conoceremos a muchos pero tener la consideración de amigos solo serán algunos; ¿qué les pedimos o qué les ofrecemos? Fundamentalmente la lealtad de la amistad con todas las características que les acompañan, normalmente teniendo en cuenta su sinceridad y sus valores humanos; habrá quienes sean interesados en otras cosas, poder, influencia, prestigios sociales, pero ahí no vamos realmente buscando la amistad; no nos importa quienes son en ese sentido sino como se muestran con nosotros para poder confiar. Con los amigos se van a compartir muchas cosas, todo lo que encierra la amistad.

De la misma manera podríamos decir cuando buscamos colaboradores para algo que vamos a emprender; no lo hacemos a la ligera y tendremos nuestros criterios propios; partiríamos de esa lealtad de la amistad y de ser personas con inquietud, aunque en la vida no hayan destacado por muchas cosas, pero buscamos lo que hay en lo más hondo de ellos mismos y que sabemos que pueden sacarlo a todo para emprender lo que le confiemos; muchas veces desde lo pequeño y lo que nos parece menos relumbrante quizás encontramos esas personas ideales en las que podemos confiar.

En torno a Jesús se había ido formando ya un grupo de personas que le seguían más de cerca, que compartían lealmente con Jesús muchas cosas, porque quizás a muchas cosas habían sido capaces de renunciar para escuchar a Jesús y estar al lado de Jesús. Llega el momento de ir formando aquel grupo que iba a ser como imagen de esa nueva comunidad que se iba a formar a partir de Jesús. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio.

Algún evangelista nos dirá que se pasó la noche en oración; eran decisiones serias que no se podían tomar sin una previa reflexión; por eso le vemos que aquel día con sencillez, pero con la solemnidad que conllevaba aquel momento fue llamando uno a uno a los doce que iba a tener con El y a los que iba a llamar sus enviados, apóstoles. El evangelista nos da la relación. Les hemos visto en distintos momentos cuando Jesús los ha llamado a seguirle, cuando se han ido con él dejándolo todo, procedentes en cierto modo de diversos ambientes, pero muy cercanos a Jesús pues algunos incluso serán parientes. ‘Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él’.

Y ya vemos desde el primer momento que se confía en ellos porque les da autoridad para lo que han de realizar. Ellos han de ser signos de ese Reino de Dios que se estaba constituyendo y habían de realizar también esas señales de que el Reino de Dios estaba llegando. Por eso nos dice el evangelista que ‘instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios’.

Comienza a plasmarse lo que era el Reino de Dios que Jesús venía anunciando. Había invitado a la conversión para creer en esa buena noticia y aquellos doce habían dado señales de que estaban en ese camino, a pesar de sus debilidades, a pesar de que haya momentos en que no terminen de entender lo que Jesús les enseñe, a pesar de sus ambiciones humanas que seguían latentes en sus corazones y de las que tendrían que irse poco a poco desprendiendo. Eran los que estaban con Jesús y los enviados de Jesús.

Con cierta emoción escuchamos nosotros este relato del evangelio porque estamos viendo que Jesús nos llama también a ser sus amigos, a que demos esas señales del Reino de Dios en nuestra vida y entonces seamos capaces también de desprendernos de esas cosas que quedan en nosotros como rémoras que nos impiden caminar libremente.

Nos sentimos agradecidos y emocionados con el amor que el Señor nos tiene que así sigue confiando en nosotros, conociendo como conocemos nuestras debilidades y tropiezos, pero al tiempo nos sentimos impulsados a caminar, a levantarnos, a mirar a lo alto, a buscar nuevas metas de superación en nuestra vida. Gracias, Señor, por seguir confiando en nosotros y seguir llamándonos amigos.

lunes, 10 de junio de 2024

Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

 


Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Todos soñamos siempre con algo mejor, sobre todo cuando estamos pasando por momentos difíciles, con problemas y carencias; si alguien viene además a decirnos con convencimiento que todo eso puede cambiar, más grande se hace nuestra ilusión y de más esperanza llenamos nuestros sueños; aunque nos tratemos de convencer que quizás eso no es tan inminente como nos lo prometen, pero ahí está sembrada la semilla de la esperanza, y seremos capaces de irnos detrás de quien nos ha hecho esas promesas hasta el fin del mundo si fuera necesario; además cuando vemos algunas señales de que eso es posible, más alegría se mete en el corazón, aun cuando sigamos todavía por un tiempo con aquella misma situación. La esperanza que nos parece cierta pone un nuevo brillo en nuestros ojos.

Seguramente era lo que iban sintiendo los que escuchaban el mensaje de Jesús. Aunque algunos les dijeran que eso que prometía era imposible, era irrealizable, estarían dispuestos a todo por escucharle y por seguirle. Todavía hoy hay quienes cuando escuchan esta página de las bienaventuranzas en el evangelio dicen que eso es una utopía irrealizable, que de alguna manera los oyentes de Jesús se sentían engañados, y siguen tirando piedras sobre el tejado de la Iglesia y del evangelio.

No queremos tampoco hacer rebajas en las interpretaciones que nos hagamos de esta página del evangelio con unas explicaciones muy espiritualistas. Sí tenemos que darnos cuenta de la trascendencia que se despertaba en los corazones al escuchar estas palabras de Jesús. Van más allá de una lectura e interpretación al pie de la letra; tenemos que saber entender lo que significaba el Reino de Dios anunciado por Jesús; tampoco Jesús quería promover una revolución llena de revueltas, como tantos hoy manipulan a las personas y a los pueblos; Jesús estaba proponiendo un mundo nuevo que por supuesto tenía que plasmarse en la vida de las personas, en la mejora de las que iban a disfrutar todos los que creyeran el mensaje de Jesús y quisieran ponerlo en práctica.

Porque de eso se trata, es algo que tenemos que poner en práctica; no es una varita mágica con la que tocamos las cosas y las cosas por si solas se transforman. Es la Palabra y la mano de Jesús que irá tocando el corazón del hombre, el corazón de las personas para hacer posible eso nuevo que Jesús nos proclama cuando nos llama dichosos también en nuestra pobreza, nuestras carencias que pueden llevar al hambre y a la sed, a aquellos que van a actuar de una manera nueva porque será la mansedumbre su manera de actuar, desterrarán todo lo que signifique maldad y violencia, o se sientan defraudados porque no son comprendidos por nadie.

Es que tenemos que comenzar a tener un corazón nuevo - ¿no pedía Jesús conversión desde sus primeros anuncios para poder creer en la buena noticia del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba? -, por ahí tenemos que comenzar y entonces comenzaremos a tener una nueva mirada de la vida, de las personas, de los que están a nuestro lado, de cuanto vaya sucediendo, y podremos tener esa mansedumbre del corazón, y esa humildad para mirarnos los unos a los otros de una manera nueva, y pureza de corazón para arrancar toda malicia que nos lleva a sospechas, envidias o incomprensiones. Vamos a comenzar a sentir una nueva paz en el corazón, y nos sentiremos satisfechos de las semillas que vamos sembrando, de la bondad que vamos repartiendo, de la ternura con que vamos contagiando nuestro mundo. Y comenzaremos a sentir una felicidad nueva en los corazones.

Es lo que nos está diciendo Jesús y es lo que tenemos que comenzar nosotros a hacer y a vivir. Y no es una utopía irrealizable lo que Jesús nos anuncia, esa manera de ser felices que Jesús nos está diciendo. Si de verdad nos ponemos en camino en este estilo de Jesús estaremos haciendo de verdad un mundo de felicidad para todos.

¡Dichosos! ¡Felices! ¡Bienaventurados!, que nos dice Jesús.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Mira dentro de ti y haz una evaluación de tu fe, tu amor y tu esperanza para encontrar en la venida del Señor el camino de la verdadera alegría



Mira dentro de ti y haz una evaluación de tu fe, tu amor y tu esperanza para encontrar en la venida del Señor el camino de la verdadera alegría

 Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-6; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

¿Tendremos razones y motivos para estar alegres? Todos queremos la alegría, la buscamos, queremos ser felices, queremos arrancar sombras de tristeza en la vida, pero también hemos de reconocer que hay muchas formas; algunas veces nos quedamos en alegrías que son efímeras, ficticias porque no sabiendo en ocasiones cómo encontrarla nos buscamos sucedáneos de la alegría; y hay muchos; y muchas veces se crean confusiones, y tenemos el peligro de parecer alegres pero mantener un deje de tristeza en la vida, que nos cuesta ocultar y no sabemos por qué.

Suelo ser de los que voy pidiendo una sonrisa o haciéndosela despertar a aquellos con los que me encuentro; pero no pueden ser sonrisas forzadas, porque se quedarían en una mueca y no expresan de verdad lo que llevamos por dentro; nos pasa con la alegría, nos pasa con lo que decimos muchas veces que es la felicidad; se nos queda en el rostro como impostada, porque es forzada, porque no es lo que llevamos dentro. Por eso sigo preguntándome ¿tendremos razones y motivos para estar alegres?

Ahora viene Navidad, y decimos que es tiempo para alegría, que todos tenemos que estar alegres, que todos tenemos que hacer fiesta; pero quizás algunos se quedan en una alegría forzada porque detrás comienzan a sacar recuerdos, a traer a colación añoranzas y algunos dicen que para ellos son días tristes.  Como hay que estar alegres, ¿podría sucedernos que estamos haciéndonos una alegría impostada, para la galería y no desentonar, pero no la habremos encontrado? Claro nos buscaremos muchos sucedáneos. ¿Habremos descubierto de verdad lo que tiene que ser la alegría de la navidad? Ya sé que teóricamente podemos decir muchas cosas que nos sabemos, pero no sé si eso que decimos cala en nosotros, deja huella en nosotros y es motivo de esa verdadera alegría.

Hoy sin embargo es el domingo de la alegría. Es la palabra y la invitación que se repite a través de toda la liturgia de este tercer domingo de Adviento. Es casi como un mandato del Señor. Tenemos que estar alegres. Pero como una coletilla al mismo tiempo nos sigue viniendo el pensamiento, pero ¿podemos estar alegres? Y pensamos en tantos sufrimientos en los que nos vemos envueltos, en tantas situaciones difíciles y dolorosas por las que están pasando muchos e incluso nosotros mismos, en el derrotero que lleva nuestra sociedad que no termina de salir de una para meterse en otra como se suele decir.

Pues nos está pidiendo el Señor que sí, que tenemos que estar alegres. La alegría tiene que ser una realidad que llevemos en el corazón y es también una esperanza con la que alentamos nuestra vida. Navidad es presencia de Dios. Y si tenemos a Dios con nosotros ¿qué nos puede entristecer? Porque tener a Dios es tener vida; tener a Dios es sentirnos inundados por su amor; tener a Dios es sentir la fuerza de su presencia porque el camina a nuestro lado, Emmanuel decimos, Dios con nosotros. Tener a Dios con nosotros va a ser un nuevo sentido de vida; tener a Dios con nosotros es tener la seguridad de que podemos vencer de todos esos males que nos acechan.

El profeta invitaba al pueblo a alegrarse y a llenarse de gozo, precisamente cuando los momentos por los que estaba pasando el pueblo no eran nada fáciles, porque con el Señor de su lado tenían asegurada la victoria y podrían iniciar un nuevo camino de paz y de libertad. ‘Gritad jubilosos habitantes de Sión porque es grande en medio de ti el Santo de Israel’, nos sentíamos invitados nosotros también con el salmo.

San Pablo con el mismo sentido invitaba a la alegría a los cristianos de Filipos. Aquella fe que vivía en el Señor era su fuerza y su alegría. Y ellos vivían en medio de un mundo de paganos. ¿No será la alegría verdadera nacida de nuestra fe en lo más hondo del corazón la que tenemos que manifestar en medio del mundo que nos rodea señalándole donde está la verdadera fuente de nuestra alegría?

Es la que nos ayuda a mantenernos firmes a pesar de todos los contratiempos que tengamos que soportar o todas las desgracias y calamidades que nos puedan sobrevenir. Con el Señor nos levantaremos, con el Señor podremos seguir luchando, con el Señor podremos realizar un nuevo mundo. Y esto lo decimos a pesar de que haya una pandemia que haya trastocado muchas cosas en nuestra vida, o a pesar de volcanes destructores que arrasen la vida de muchas personas que se han quedado en la nada. Una alegría nacida de la fe en la presencia del Señor y que nos llena de esperanza.

Por último fijémonos en la figura del Bautista que nos aparece en el evangelio. Predica en el desierto, en la orilla del Jordán, invitando a la conversión a Dios y a un bautismo como signo de purificación para la venida del Mesías y la gente que acudía a él le preguntaba qué es lo que tenían que hacer. Nos presenta el evangelio lo que responde de forma genérica a todos, pero lo que responde en particular a los recaudadores de impuestos y a los soldados. Esa purificación a la que invita con el bautismo en las aguas del Jordán es un desprendimiento de si mismo, para compartir y para vivir con responsabilidad sus funciones. Es el compartir la túnica y es el actuar en justicia y responsabilidad. Quienes son capaces de comenzar a actuar así en su vida comenzarán a sentir paz en el corazón, que es el camino de la auténtica alegría.

        También nosotros nos preguntamos ¿y qué tenemos que hacer? Mírate dentro de tu corazón y no acapares para ti; mira dentro de tu corazón y descubre los caminos de rectitud por los que has de caminar en las responsabilidades de la vida; mira dentro de ti y arranca esas tristezas que se nos meten en el alma cuando nos encerramos en nosotros mismos y no somos capaces de abrir el corazón para que en él quepan los demás; mira dentro de ti y evalúa la intensidad de tu fe para ser capaz de sentir la presencia de Dios en tu vida pase lo que pase; mira dentro de ti y mide la calidad de tu esperanza. Verás entonces en donde encontrarás la verdadera alegría. 

viernes, 8 de marzo de 2019

Sepamos descubrir el ayuno que de verdad nos pide el Señor en esas nuevas y positivas actitudes que tengamos con quienes convivimos



Sepamos descubrir el ayuno que de verdad nos pide el Señor en esas nuevas y positivas actitudes que tengamos con quienes convivimos

 Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15

¿Por qué o por quien somos capaces de sacrificarnos? Parece que eso del sacrificio sea algo pasado de moda. Algo que rehuimos parece que instintivamente. Vivimos en un mundo muy sensual en donde queremos pasarlo siempre bien, disfrutar, gozar de todas aquellas cosas que nos puedan dar placer. Está bien que queramos ser felices, busquemos la felicidad; es un hondo deseo del corazón de toda persona y yo como creyente digo también que es lo que Dios quiere para el hombre y la mujer, para eso nos ha creado. La imagen del jardín o del paraíso de la que nos habla la Biblia en la página de la creación donde coloca sus criaturas tiene su significado en ese sentido.
Pero sigue rondando la pregunta que nos hacíamos de por qué sacrificarnos. No siempre conseguimos todo lo que anhelamos, alcanzar metas en la vida nos exige esfuerzo y necesitamos hacer como una escala de valores para luchar de verdad por lo que merece la pena, eso nos exige muchas veces renunciar a cosas por alcanzar lo mejor, para no quedarnos en mediocridades ni superficialidades. Por otra parte están nuestras limitaciones y debilidades, y así nos damos cuenta de lo que de verdad cuesta pero si queremos alcanzar lo mejor lucharemos y nos esforzaremos aunque tengamos que sacrificar quizá algunas cosas.
También en nuestra debilidad cometemos errores que tenemos que reparar, y reconocerlo algunas veces nos duele, pero necesitamos hacerlo, porque es la manera de poder avanzar en la vida, ir mejorando actitudes y comportamientos. Eso nos duele quizá por dentro, y arrancarnos de aquellas cosas que se pueden convertir en viciosas en nuestra vida también nos cuesta porque se rompen quizás algunas raíces que nos arraigan y nos quieren mantener unidos en aquello que es negativo para nuestra vida. Como la planta que tenemos que arrancar de la tierra porque es perjudicial para nuestro jardín o para nuestro cultivo, al arrancarla se tienen que romper muchas raíces.
Claro que para eso necesitamos como entrenarnos, aprender a hacerlo, dominar muchas cosas en nosotros. Y decir no a algo no es fácil, tenemos que aprender a hacerlo. Es un ejercicio de purificación que tenemos que realizar en nuestra vida. Eso simplemente hablando en lo humano cuando queremos superarnos y crecer como personas, pero eso lo decimos también cuando como cristianos y creyentes queremos avanzar en nuestra espiritualidad y en todo lo que afecta a nuestra vida cristiana, a nuestra vida de seguimiento de Jesús.
Como creyentes nos damos cuenta que esos errores de nuestra vida pueden ser un pecado que nos aleje de Dios, que se convierten en ofensa a nuestro Creador porque no queremos caminar por sus caminos que nos conducen a la salvación. De ahí el arrepentimiento y la conversión que necesitamos tener en nuestra vida para volvernos de verdad a Dios. De ahí, entonces, esos actos penitenciales que realizamos en el camino de nuestra vida cristiana, como signos de arrepentimiento y de conversión al Señor. Es lo que se nos va ofreciendo en nuestro camino cuaresmal.
Hoy la Palabra del Señor nos habla de ayuno, pero no de un ayuno meramente ritual, sino un ayuno que nos entrene de verdad en esa conversión de nuestro corazón. No es renunciar por renunciar simplemente a unos alimentos, sino poner esas nuevas actitudes en nuestra vida, en nuestro corazón que nos ayuden a realizar ese camino de vuelta al Señor. No es algo que cumplamos simplemente porque nos lo manden o impongan, sino que esa renuncia no ha de ser simplemente a unos alimentos, por ejemplo, sino que ha de ser todo un cambio de actitudes que pongamos en nuestro corazón en nuestra relación a los demás.
Nos conviene escuchar con toda atención lo que nos dice hoy el Señor por el profeta: ‘El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne’.
Cuantos cepos tenemos que romper en nuestras relaciones con los demás cuando somos injustos, violentos, críticos, llenos de falsedad e hipocresía, mal intencionados, somos dañinos con nuestras palabras y actitudes… Pongamos unas actitudes positivas y buenas en nuestro trato con los demás, busquemos la cercanía y la amistad, el espíritu de servicio y la generosidad, el desprendimiento de nosotros mismos y la apertura del corazón. No tenemos que ir muy lejos, sino que vivamos todo esto con quienes convivimos cada día. Es el ayuno y el sacrificio que es agradable al Señor.


sábado, 22 de septiembre de 2018

¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla?


¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla?

1Corintios 15,35-37.42-49; Sal 55; Lucas 8,4-15

‘Se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo’, comienza diciéndonos hoy el evangelista. Lo venimos observando en el evangelio.
Quieren escucharlo porque les encanta lo que les va diciendo; parece como si una nueva luz, una nueva esperanza se fuera despertando en sus corazones. Al mismo tiempo van viendo los signos que realiza y aunque solo fuera por curiosidad van a conocerle; siempre las cosas extraordinarias nos llaman la atención y aunque sea por curiosidad queremos saber de ellas, aunque luego quizá se nos pase el entusiasmo del primer momento y se olviden. Ya comienza a haber gente más fiel que le sigue por todas partes y se pasan días con El siguiéndole por los caminos y las aldeas, aunque al final sean solo unos pocos los que quedan. A algunos los va llamando con una llamada especial y va encontrando disponibilidad y generosidad en sus corazones para estar con El y para que querer aprender de El.
A todos, sin embargo, quiere hacer pensar Jesús. Lo que les está diciendo es algo importante y no deben olvidar lo que fueron sus primeras palabras cuando comenzó su predicación. Era necesaria una predisposición para dejarse transformar el corazón y hacer que las vidas fueran distintas. Ante esa Buena Noticia que les está dando, que les está anunciando, valga la redundancia, hay que estar dispuesto a creer pero antes que nada a dejar transformar el corazón. Si vamos dejando apegos, si ponemos como condiciones para decir esto me gusta y esto no lo tengo en cuenta, no vale, porque al final terminaremos por dejarlo todo.
Y para que le entiendan bien les propone un ejemplo, les propone una parábola. Es la del hombre que salió a sembrar la buena semilla e iba lanzándola al voleo por todas partes por donde quiera que fuese. La semilla era buena, pero quizá mucha semilla se perdió. El terreno no era todo igual y junto a los campos convenientemente labrados, están los caminos que los atravesaban, o están los setos que los cercaban con sus matojos o sus zarzales, pero también había terrenos no suficientemente labrados ni escardados de pedruscos o matorrales donde la semilla no llego a prender.
La semilla era buena, la voluntad del sembrador era generosa y admirable porque quería abarcar muchos campos, pero no todos los terrenos estaban los necesariamente preparados para recibir la semilla y luego se pudiera coger buena cosecha. Y les viene a decir Jesús a todos aquellos que le seguían, como nos viene a decir a nosotros también, así nos sucede. Ya mencionábamos los entusiasmos primeros pero también los cansancios o las cosas que habían dejado atrás que había que atender, y aunque eran muchos los que lo seguían al final quedaban pocos. Por eso es necesario nuestra positiva predisposición, no solo buenas voluntades, sino decisión y firmeza para permanecer en el camino aunque cueste.
Es lo que nos sigue pasando hoy. ¿Hay respuesta por parte de todos? ¿No  nos encontraremos en tantos incluso campos adversos hoy pero que sin embargo ayer quizá vivieron con entusiasmo su fe? Uno mira y escucha a la gente que nos rodea en su inmensa mayoría que un día estuvieron en una catequesis, recibieron unos sacramentos, quizá frecuentaban la Iglesia y hoy los vemos alejados o incluso haciéndonos la batalla en contra. Siente uno dolor en el alma porque un día ahí cayó la semilla pero han sido tantas las cosas que la han ahogado.
Pero no nos vamos a quedar mirando alrededor, sino que vamos a mirarnos a nosotros mismos. Realmente, ¿cuál es la respuesta que hoy nosotros estamos dando? ¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla? ¿Acaso no nos habremos endurecido por dentro de manera que ya por nuestras rutinas o nuestras malas costumbres, nuestros vicios quizás, hay como una costra en nuestro corazón que nos impide que llegue de verdad la Palabra a nuestra vida para dar una buena respuesta? Muchas preguntas tendríamos que hacernos. Mucho cambio y transformación necesitamos en nuestro corazón.

jueves, 25 de enero de 2018

Ayudemos a los demás en su camino de Damasco – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a un encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar

Ayudemos a los demás en su camino de Damasco – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a un encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar

Conversión de san Pablo

Hechos de los Apóstoles 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

Nos cuesta aceptar que la gente pueda cambiar. Algunas veces nos parece que está justificada esa desconfianza, porque hemos visto a las personas tan encerradas en si mismos y en sus ideas, con un cierto fanatismo en sus actuaciones, que nos parece imposible que esas personas puedan cambiar de pensamiento, de actitudes y de lo que hacen en su vida.
En un buen pensamiento por nuestra parte podríamos quizá pensar que actúan ajustándose a su manera de ver las cosas y son fieles a si mismos y por eso actúan así, pero eso no nos quita la desconfianza que podamos sentir cuando les vemos que han cambiado y que ahora actúan de otra manera. Pienso que si van con verdadera sinceridad por la vida podríamos deducir que no han visto otra cosa, o que las influencias que han recibido o la misma educación les haya podido llevar a esas posturas porque no han descubierto otra luz.
Por eso, digo, que si con sinceridad van por la vida y con una cierta postura abierta para descubrir algo nuevo, en un momento pueden sentirse iluminados para darle una vuelta a su vida. Quizá nosotros también tengamos que saber ir con disponibilidad y una apertura de corazón para no encerrarnos quizá en los prejuicios que tengamos hacia los demás.
Hoy estamos celebrando a alguien que supo darle la vuelta a su vida y cambió. También había desconfianza en torno a él. La fama de lo que hacia en Jerusalén persiguiendo a los que confesaban el nombre de Jesús llegaba también a otros sitios; si ahora iba a Damasco era precisamente desde esas ideas con intención de apresar a todos lo que creían y confesaban el nombre de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. No nos ha de extrañar entonces la respuesta llena de desconfianza de Ananías a la visión que estaba recibiendo del Señor; él sabía a lo que venia Saulo a Damasco.
Pero Saulo no se había encontrado nunca con Jesús. Educado en el fanatismo de los fariseos, como el mismo mas tarde confesaría, quería borrar el nombre de Jesús de Jerusalén y de allí donde fuera confesado. Ya joven aun había estado siendo testigo de la muerte de Esteban guardando los mantos de los que apedreaban al que iba a ser el primer mártir por Jesús.
Pero el camino de Damasco había sido muy grande para él. Había sido el lugar y el momento del encuentro. Jesús le salía al paso. Con la luz de Jesús resucitado se habían cegado incluso sus ojos corporales, pero esa misma luz le iba a abrir los ojos del corazón. Había sido elegido como instrumento de salvación, se le diría a Ananías en la visión que había recibido del Señor. Y Saulo ciego de sus ojos corporales se había dejado conducir hasta Damasco donde terminaría de encontrar la luz.
Hoy estamos celebrando su conversión. No vamos ahora a extender en todo lo que fue el actuar de Saulo, luego cambiado el nombre a Pablo, porque bien lo conocemos. Pero sí podemos deducir muchas cosas para nosotros, mucho mensaje para nuestra vida.
¿Necesitaremos dejarnos encontrarnos, con un encuentro vivo, por Jesús? aunque sepamos muchas cosas, aunque tratemos de ser buenos y hasta vivir ciertos compromisos en nuestra vida desde la fe que tenemos, quizá pudiera faltarnos un encuentro mas profundo, más vivo, en que en verdad nos sintamos transformados por su luz. Todavía quedan tantas cosas ciegas en nuestra vida, tantas oscuridades que necesitamos iluminar.
Pero también al hilo de lo que fue el comienzo de nuestra reflexión tendríamos que aprender a mirar con ojos nuevos, con mirada limpia y nueva a los demás para ir desterrando de nosotros tantas desconfianzas. Aprendamos a confiar en la sinceridad de las personas; aprendamos a confiar en que las personas pueden cambiar, darle una vuelta a su vida, como nosotros también podemos y tenemos que cambiar quizás en muchas cosas.
Ayudemos a los demás en ese camino de Damasco de sus vidas – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a ese encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Buscamos pruebas que nos garanticen la verdad de nuestra fe y no sabemos descubrir tantos signos del amor de Dios en nuestra vida con los que también tenemos que signos para los demás

Buscamos pruebas que nos garanticen la verdad de nuestra fe y no sabemos descubrir tantos signos del amor de Dios en nuestra vida con los que también tenemos que signos para los demás

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
En el camino de la vida hay momentos en que nos aparece la duda, el desencanto quizás, si acaso aquel camino que estamos realizando es el correcto, se nos enturbian los pensamientos haciendo una mezcolanza muy peligrosa dentro de nosotros por lo que nos podemos sentir tentados a tirar la toalla porque acaso nos pueda parecer que no tiene sentido aquello que estamos haciendo, aquellas cosas por las que estamos luchando.
Se nos produce un desasosiego interno que nos hace hacernos preguntas, buscar quizás pruebas que nos garanticen que vamos por el camino correcto. Es bueno preguntarnos, revisarnos, buscar como mejorar lo que hacemos o  lo que vivimos pero la petición de pruebas quizás pueda ser peligrosa porque si no vemos palpablemente lo que buscamos podemos perder el norte.
Nos pasa en los trabajos, nos pasa en las opciones fundamentales que hemos hecho en la vida, nos pueden aparecer esos planteamientos sobre la convivencia con quienes vivimos ya sea la pareja matrimonial, ya sea nuestra relación de amigos, como nos puede pasar allá en lo mas hondo de nosotros mismos en nuestros sentimientos religiosos o en el compromiso de nuestra fe. También buscamos muchas veces pruebas sobre nuestra fe, sobre aquello en lo que creemos, quizás en el Dios en quien hemos de confiarnos.
¿Qué hacer? Ahí tiene que expresarse claramente lo que es nuestra madurez humana y cristiana. Si un día hemos hecho opción por Jesús y su evangelio, por los valores del Reino de Dios, ahí tendríamos que mantenernos firmes y seguros porque a eso debería conducirnos siempre nuestra fe. Tiene que manifestarse nuestra madurez humana pero también la sencillez y la humildad de nuestro espíritu para sabernos dejar conducir por el Espíritu del Señor que nunca nos engañara. Ahí tenemos que abrir bien nuestro corazón a la Palabra de Dios pidiendo la inspiración y la fuerza del Espíritu para saber leerla, para saber plantarla en nuestro corazón.
‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Se queja Jesús de la incredulidad de muchos de los que le rodean. No quieren ver los signos que Jesús realiza. Siempre están pidiendo algo más, pero no siempre es con la sinceridad del que busca humildemente, sino del que orgulloso de si nunca querrá reconocer las pruebas. Y Jesús les habla de Jonás y de los ninivitas que se convirtieron con la palabra de Jonás. O les habla de la reina del sur que hizo grandes viajes por conocer la sabiduría de Salomón.
Allí esta Jesús en medio de ellos y no quieren ver ni reconocer las señales. Su incredulidad y su ceguera los condenan. Pero Jesús sigue ofreciendo siempre su salvación, su palabra de vida. Nosotros dudamos también y nos hacemos preguntas, pero no nos encerremos en nosotros mismos, no seamos incrédulos, abramos los ojos del corazón para descubrir lo que parece invisible. Pero Dios esta ahí a nuestro lado con tantas señales de su amor; Jesús continua invitándonos a seguir su camino, a convertir de verdad nuestro corazón.
Y finalmente pensemos también en una cosa; somos creyentes a pesar de nuestras dudas, queremos seguir los caminos del Señor a pesar de nuestras debilidades y flaquezas; pensemos si acaso nosotros también no tendríamos que convertirnos en signos para los demás; pensemos que señales estamos dando con nuestra vida de nuestra fe y de que vivimos los valores nuevos del Evangelio. A través de esas señales también muchos podrán acercarse  a Jesús y creer en El.

viernes, 21 de febrero de 2014

Seguir a Jesus no es cuestión de un rato ni de un momento de fervor...



Seguir a Jesús no es cuestión de un rato ni de un momento de fervor sino toda una vida para Jesús y su evangelio

Sant. 2, 14-24.26; Sal. 111; Mc. 8, 34-39
El seguimiento de Jesús es algo más que hacer algunas cosas buenas en un momento determinado, fruto quizá de un momento de fervor; seguir a Jesús es mucho más que unos momentos en que nos sentimos entusiasmados y nos disponemos a hacer de forma esporádica algunas cosas buenas.  No es cuestión de un rato en que nos sentimos buenos y ahora le dedicamos un tiempo.
El seguimiento de Jesús implica una radicalidad mucho más grande, porque será algo que abarque toda nuestra vida, en lo que hacemos y hasta en lo que pensamos, en nuestras palabras o en nuestros sentimientos y pensamientos más hondos y secretos, en las actitudes que tengamos hacia los demás o en la manera de entender y vivir la vida en todos sus múltiples aspectos.
Algunas veces podemos pensar, bueno, yo cumplo mis promesas, dedico un ratito cada semana - y que el cura no se alargue porque tengo muchas cosas que hacer - para ir a misa y rezar, a lo más me acuerdo cada día de pedirle a Dios que me ayude o me perdone, y vamos a intentar no hacer daño grave a los demás, pero bueno que la gente sea buena también conmigo. Eso son cosas que están bien, pero seguir a Jesús implica mucho más. No es suficiente, no podemos andar con esas medidas.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de esa radicalidad cuando al hablarnos de seguirle, nos habla de cruz y nos habla de negarnos a nosotros mismos, cuando nos habla de ser capaces de perder la vida porque de nada nos vale ganar el mundo entero si arruinamos la verdadera vida y perdemos la salvación definitiva.
‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a si mismo, que cargue con su cruz y me siga’, nos dice. ¿Qué significa ese negarse a si mismo o ese cargar la cruz? Recordemos que en el primer anuncio que Jesús hacía del Reino de Dios que ya estaba cerca, lo que pedía es que había que convertirse y creer en esa Buena Noticia. Convertirse es cambiar, pero no cambiar como quien pone un remiendo, sino cambiar que es dar la vuelta. Es una nueva visión, una nueva manera de ver las cosas. Ya no las podemos ver desde nuestro yo queriendo convertirnos nosotros en el centro de todo; es verlas desde la nueva visión que Jesús nos ofrece, desde los ojos de Jesús. Me niego a mi mismo, a mi visión para solo ver con la visión de Jesús.
No es fácil, porque pesa mucho nuestro yo, del que surgen nuestros egoísmos o nuestros orgullos, nuestro amor propio o el  engreimiento de quererme convertir en dios de mi mismo, pero también en dios de los demás. Por eso nos habla de cruz, que no solo se está refiriendo a los sufrimientos y dolores que en la vida me pueden aparecer desde enfermedades o desde otras limitaciones que surjan en nuestro cuerpo, sino desde ese otro dolor,  podríamos decir, que significa arrancarme de mi mismo, mis caprichos, de mis visiones, de mi manera de entender las cosas. Bajarme de ese pedestal donde me gusta estar subido cuesta, es doloroso. Es la conversión que Jesús pedía desde el principio para aceptar la Buena Nueva del Reino de Dios que nos anunciaba.
Entendemos entonces todo lo demás que nos dice Jesús hoy. No queremos ganar el mundo entero, sino buscar la vida que nos lleve a la plenitud. Queremos entonces aprender a vivir por los demás y para los demás,  olvidándonos de nosotros mismos, porque eso es amor verdadero. Dios, Jesús, su Evangelio es el verdadero centro de nuestra vida y por él he de saber dar la cara, manifestar que en verdad Dios es nuestro único Señor.
La fe que vivimos, la fe que es nuestra vida y el sentido de nuestro vivir, la llevamos con gallardía, con valentía dando testimonio allá por donde vamos de esa fe que tenemos. No olvidemos lo que ya nos ha dicho en otro momento que tenemos que ser luz, para que vean nuestra fe y nuestras buenas obras, y todos puedan dar gloria al Padre del cielo.
Seguir a Jesús no es cuestión de un rato ni de un momento de fervor. Es una vida que consagro totalmente a El porque El es mi único Señor y Salvador.

lunes, 10 de febrero de 2014

QUEREMOS RECONOCER A JESUS Y ACUDIR A EL TAMBIEN CON LAS HERIDAS DE NUESTRA ALMA PARA QUE NOS SANE



Queremos reconocer a Jesús y acudir a El también con las heridas de nuestra alma para que nos sane

1Rey. 8, 1-7.9-13; Sal. 131; Mc. 6, 53-56
Estos pocos versículos del evangelio que hoy hemos escuchado nos ponen de manifiesto claramente cómo Jesús viene a nuestro encuentro en el camino de nuestra vida, pero cómo también nosotros por la fe hemos de saber reconocerle para  encontrarnos con El en un encuentro que siempre nos va a llenar de vida y de paz.
Llega Jesús de regreso, probablemente de nuevo a Cafarnaún - el evangelista simplemente nos dice que tocaron tierra en Genesaret, son los alrededores de Cafarnaún - la gente le reconoce, pero ‘se pusieron a recorrer toda la comarca y cuando la gente se enteraba donde estaba Jesús acudían a El con sus enfermos…’ La gente quiere estar con Jesús, le reconocen, lo buscan, le llevan los enfermos, quieren ‘al menos que les deje tocar el borde de su manto, y los que lo tocaban se ponían sanos’.
Es por una parte la cercanía de Jesús que despierta confianza y deseos por parte de todos de estar con El. Es la fe en Jesús que se va despertando en aquellos corazones, porque saben que en Jesús van a encontrar vida. Será su Palabra que despierta tantas esperanzas o serán las curaciones de los enfermos, pero todos van sintiendo por dentro esa nueva vida, esa salud-salvación que les llega de Jesús.
Es necesario reconocerle. Y reconocerle es mucho más que saber que es Jesús; en ese reconocimiento está muy patente la fe, porque es descubrir algo más que decir que es Jesús, el de Nazaret, el carpintero de Nazaret. En Jesús están descubriendo mucho más. No solo es el poder taumatúrgico que pueda haber en El para hacer milagros, sino sentir que en Jesús y desde Jesús el milagro se está realizando en nuestra vida cuando nos dejamos transformar por El. 
No es solo que el dolor desaparezca de un miembro dolorido, el cuerpo se libere de una enfermedad como pueda ser la lepra, se recupere la visión de los ojos o las piernas se puedan mover para caminar. Es mucho más. Esos milagros de acción física que podríamos llamarnos son signos del milagro que se tiene que producir en nuestro corazón cuando comenzamos a creer en Jesús pero nuestra vida comienza a ser distinta.
Es el milagro que se produce en nuestro interior cuando somos capaces de arrancar de nosotros odios o resentimientos, actitudes egoístas u orgullos que nos paralizan, para comenzar a amar de una forma distinta, porque comenzamos a olvidarnos de nosotros mismos para pensar más en los demás, porque comenzamos a ser capaces de comprender mejor a los que nos rodean y también a perdonar sin guardar ningún resentimiento, cuando comenzamos a tener actitudes generosas en el corazón y comenzamos a acercarnos a los demás de forma distinta y comenzamos a ayudarnos.
También nosotros queremos reconocer a Jesús y hasta El queremos acercarnos con lo que son los dolores o las heridas de nuestra vida. Porque eso es importante, ese que podríamos llamar doble reconocimiento: reconocer a Jesús poniendo nuestra fe en El, pero reconociendo la realidad de nosotros mismos, de nuestra vida, de nuestras heridas, del mal que también a nosotros nos envuelve que es mucho más que un dolor de unas piernas a las que les cuesta caminar o unos ojos que se van nublando en ceguera a causa quizá  de los años.
Aparte de los orgullos que algunas veces se nos meten por dentro, nos es fácil reconocer que tenemos dolores o limitaciones físicas en nuestro cuerpo, pero nos cuesta mucho más reconocer esas heridas del alma que son mucho más dañinas para nuestra existencia. Y eso es lo que también tenemos que reconocer para poder ir hasta Jesús queriendo tocar la orla de su manto para que nos sane.
Que el Espíritu del Señor obre en nosotros el milagro de la conversión de nuestro corazón al Señor y podamos así llenarnos de su gracia.

martes, 7 de enero de 2014

El evangelio nos pone en camino para llevar la luz de Jesús a los demás

1Jn. 3, 22-4, 6; Sal. 2; Mt. 4, 12-17. 23-25
Seguimos saboreando el espíritu de la Navidad y de la Epifanía hasta que lleguemos el próximo domingo a la fiesta del Bautismo del Señor con la que concluirán todas las celebraciones navideñas. Durante los días que nos restan ya no leeremos en el Evangelio episodios referentes a la Infancia de Jesús, sino que más bien son como una presentación de ese actuar de Jesús manifestándose como luz y como salvación, como hemos venido celebrando. Son como destellos de ese primer actuar de Jesús que nos manifiestan lo que iba a ser su misión.
Se ha venido desde Judea, tras conocer el prendimiento de Juan y ha dejado también Nazaret, el pueblo donde se había criado, para establecerse en Cafarnaún. Todo tiene su sentido y significado. Ya nos recuerda el evangelista que así da cumplimiento a las profecías de Isaías. Nos manifiesta lo que ayer de manera especial nos manifestaba la fiesta de la Epifanía del Señor, puesto que la salvación es para todos los hombres de cualquier raza y condición.
Dejó Judea y Jerusalén, quizá donde se intentaba vivir con mayor intensidad la fe judía por la cercanía del templo, y se establece en lo que el profeta llama la ‘Galilea de los Gentiles’. Es bien sintomático y podría haber un hermano mensaje ahí para nosotros en lo que tendríamos que hacer también. Hace mención a dos de las tribus de Israel que en esos territorios se establecieron y que fueron como frontera con los pueblos paganos. Cafarnaún por lo estratégico de su situación geografía, junto al lago y como cruce de caminos era el lugar adecuado para establecer y desde allí ir llevando el mensaje del Reino por todas partes.
Y allí en aquellos lugares su presencia brilla como una luz, según había anunciado el profeta y ahora nos recoge el evangelista. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierras y en sombra de muerte, una luz les brilló’. Es el texto profético que también escuchamos en la noche de Navidad. Expresa el resplandor de luz, de esperanza que comenzó a brillar en aquellos corazones con la presencia de Jesús.
Pero el anuncio del Reino que Jesús comienza a hacer tiene sus exigencias de querer cambiar el corazón. Podríamos decir que Jesús está haciendo el mismo anuncio que había hecho Juan el bautista junto al Jordán. Juan invitaba a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Jesús invita ahora a la conversión porque ya he llegado el momento, ya se está haciendo el anuncio del Reino de Dios presente, la Buena Nueva es Jesús que está en medio de ellos.
Señal de que el Reino está ya presente son los signos y milagros que Jesús va realizando, ‘curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Ahora vienen hasta Jesús desde todas partes. ‘El los curaba, y lo seguían multitudes’ venidas desde la propia Galilea, pero también de más allá, de la Decápolis, y de más lejos pues venían de más allá del Jordán y desde Judea y Jerusalén. Todos se sentían atraídos por Jesús.
Jesús, como le veremos a lo largo del evangelio, siempre como el Buen Pastor buscando a la oveja perdida, dejándose encontrar por los que lo buscan, despertando esperanzas en los corazones, sembrando el amor con su propio amor. ‘Pasó haciendo el bien’, como lo definiría san Pedro más tarde.
Buscamos a Jesús nosotros también porque en El encontramos esa vida y esa paz que tanto necesitamos; buscamos a Jesús y tenemos que llenarnos de su vida y de su amor, y con ese amor tenemos que saber llevar a Jesús a los demás. Es lo que el Papa Francisco continuamente nos está reclamando, que la Iglesia, que los cristianos no podemos quedarnos encerrados en nosotros mismos y solo con los buenos,  sino que tenemos que ir más allá, llegar a todos, también a los alejados y a los que no lo conocen porque quizá nunca han oído hablar de El, o a los que por sus prejuicios no quieren conocerlo, y a ellos también tenemos que hacer ese anuncio.

El evangelio siempre nos pone en camino para llevar la luz de Jesús a los demás. Cuánto tenemos que curar y que iluminar.

lunes, 13 de mayo de 2013


Una auténtica confesión de fe en el Espíritu Santo

Hechos, 19, 1-8; Sal. 67; Jn. 16, 29-33
Estamos en el tercer viaje de san Pablo, y tras atravesar toda la meseta de Asia Menor llega a Éfeso, una ciudad muy importante en el mundo antiguo grecorromano por su cultura y por sus riquezas. Allí había estado Apolo, del que escuchamos hablar en días anteriores que ahora había marchado a Corinto.
Ahora cuando Pablo pregunta al grupo de discípulos que se encuentra en Éfeso si han recibido el Espíritu Santo, ni siquiera han oído hablar del Espíritu Santo. Ellos solo habían recibido el bautismo de Juan, que solo era un primer signo de conversión como preparación para el que había de venir, como preparación para la llegada de Jesús. Aquellos discípulos de Éfeso no habían llegado a ese momento de la conversión. Y sucede algo semejante a lo que le sucedió a Apolo que aunque hablaba de Jesús sin conocer plenamente a Jesús como para convertirse a El. Es la tarea que Pablo ahora realizará con aquellos discípulos de Éfeso hasta llegar al Bautismo. Cuando son bautizados ‘bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar’.
Seguimos haciendo el recorrido de los viajes de Pablo y contemplando su intensa tarea evangelizadora. Poco a poco se irá propagando el Evangelio por la fuerza del Espíritu que es el que conduce a la Iglesia, el que está en el corazón de aquellos apóstoles y misioneros para sentir su fuerza para la obra que han de realizar.
Esta acción del Espíritu en la vida de la Iglesia nos viene muy bien el considerarla, el reflexionar sobre ello; por una parte en esta última semana de Pascua, en las vísperas ya de la celebración de Pentecostés, que nos ayude a prepararnos debidamente para esa gran fiesta del Espíritu que vamos a celebrar. Y por otra parte para que seamos en verdad conscientes de quien es el que guía la vida de la Iglesia.
Hay varias tentaciones que nosotros podemos sufrir también. La primera, por empezar por alguna parte, el que no demos importancia a la acción del Espíritu en nuestra propia vida, porque quizá tengamos un gran desconocimiento sobre el Espíritu Santo. Damos por sentado que lo conocemos, cuando recitamos el credo para profesar nuestra fe, por supuesto hacemos mención del Espíritu Santo, pero para nosotros, como lo fue para aquellos discípulos de Éfeso, sea también el gran desconocido.
A lo más, como le sucede a algunos se les puede quedar en una devoción más para personas piadosas que igual que le tienen devoción a una determinada imagen de la Virgen o a cualquier santo, ahora, podríamos decir, está de moda también tener devoción al Espíritu Santo. Iremos reflexionando estos días preparatorios a Pentecostés sobre ello.
Y por otra parte en referencia a la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia, nos sucede algo parecido. Muchas veces nos hacemos nuestros juicios sobre lo que sucede en la Iglesia o lo que es la vida de la Iglesia, y parece que anduviésemos con parámetros no solo demasiado humanos sino cargados hasta de unos tintes de interés político. Así incluso cuando se hablaba de la elección del nuevo Papa ahora recientemente, para muchos carentes de fe, y de una verdadera fe con sentido eclesial, les podría parece que la elección del Papa era como una carrera electoral a la manera de lo que es la vida política.
Es cierto que la Iglesia está constituida por hombres, pero siempre con ojos de fe tenemos que ver todo lo que sucede a la Iglesia y es ahí donde tenemos que saber descubrir la acción de Dios, la guía del Espíritu Santo que es el que verdaderamente conduce la vida de la Iglesia, aunque se valga de nosotros los hombres.
Volvemos a repetir lo que decíamos; que no nos suceda como a aquellos discípulos de Éfeso que decían a la pregunta de Pablo: ‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’. No olvidemos el credo de nuestra fe: ‘creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas…’ Que sea auténtica nuestra confesión de fe y en este año de la fe en que estamos nos sirva para una renovación de esa confesión de fe y en una profundización en todo el misterio del Espíritu Santo.

viernes, 19 de abril de 2013


En el camino de Damasco un encuentro, una conversión y una vocación

Hechos, 9, 1-20; Sal. 116; Jn. 6, 3-60
En la lectura continuada que venimos haciendo de los Hechos de los Apóstoles en este tiempo de Pascua hemos escuchado el anuncio valiente que los Apóstoles hacían de Jesús resucitado y cómo poco a poco se va constituyendo la Iglesia porque nos narra cómo se iban agregando muchos a la fe y al camino de Jesús y se iba formando la comunidad con ejemplos admirables de comunión que se daban en medio de ellos.
Pero hemos contemplado también las dificultades y persecuciones que iban sufriendo quienes creían en el nombre de Jesús como nuestro único Salvador, o bien los prohibían las autoridades hablar del nombre de Jesús, los metían en la cárcel o como escuchamos hace unos días el martirio de Esteban que fue llevado ante el tribunal y luego apedreado. Eso originó, por otra parte la expansión de la Iglesia, pues aquellos que marchaban de Jerusalén llevaban el mensaje de Jesús a otros lugares.
Hoy contemplamos cómo Saulo, aquel joven que aprobaba la lapidación de Esteban y a cuyos pies habían puesto sus vestiduras los que habían participado en aquel crimen, ahora con cartas del Sumo Sacerdote para las sinagogas de Damasco allí se dirigía ‘para traerse presos a Jerusalén a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres’.
Pero los caminos de Dios son otros y El nos sale al encuentro de muchas maneras en la vida. Es lo que le sucedió a Saulo y nos narra el texto que hoy hemos escuchado. Contemplamos un encuentro, una llamada y una conversión que concluirá con una misión. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor? Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer’.
Saulo luchaba contra Jesús pero no se había encontrado con El. Pero es el Señor el que viene a su encuentro. Bastó una palabra para que Saulo se llenara de Luz, de tanta luz que en principio se quedó ciego. ‘Se levantó del suelo y aunque tenía los ojos abiertos, no veía. Lo llevaron de la mano hasta Damasco’.
‘¿Quién eres, Señor?’ pregunta Saulo. Y comenzó su búsqueda. Ahora aquel hombre impetuoso que luego le veremos recorrer el mundo, ahora lo vemos que se deja conducir. Lo llevan de la mano. Era la mano del Señor que lo llamaba. Era el Espíritu de Jesús resucitado con quien se había encontrado quien lo estaba conduciendo a la luz. Pondrá el Señor en el camino de Pablo quien venga a él en el nombre de Jesús para hacerle encontrarse con la luz y pudiera abrir bien sus ojos.
‘Había en Damasco un discípulo que se llamaba Ananías’. Fue con quien quiso contar el Señor. ‘Ve a la calle Mayor y pregunta por un tal Saulo de Tarso… Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus fieles en Jerusalén… Anda, ve, que ese hombre es un instrumento elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes’. Y Ananías se dejó conducir por el Señor y cumplió con todo  lo que le pedía el Señor.
El encuentro de Saulo con Jesús que le salía al paso en el camino de Damasco provocó la conversión del corazón. Ya comienza llamándole ‘Señor’. Pero allí está una vocación, una llamada, porque es el Señor el que lo ha elegido, lo ha llamado, le ha salido al encuentro en aquel camino de muerte que Saulo iba recorriendo. A los pescadores de Galilea o a Leví que estaba sentado en su garita, Jesús les dice ‘venid conmigo… os haré pescadores de hombres’. A Saulo le sale al encuentro y le dice que entre en la ciudad que allí le dirán lo que tiene que hacer. Es que el Señor lo había elegido, ‘instrumento elegido, para dar a conocer su nombre a pueblos y reyes’.
Lo ha elegido porque tiene una misión que confiarle. No importa lo que hasta entonces había sido. Lo importante es la llamada del Señor y la respuesta que dará Saulo. A Pedro le mantuvo en la misión que le había anunciado a pesar de que lo había negado hasta tres veces. Y es que el Señor confía en el hombre y le da fuerzas, le dará su gracia para la misión que le haya encomendado.
Somos una piedra preciosa en las manos del Señor que El ya irá tallando y purificando a lo largo de la vida, como se limpia y se talla el bello diamante que puede parecer en principio un simple trozo de carbón, o como purifica el oro para quitarle todas las escorias que podrían ensombrecer su brillo. Así nos irá purificando el Señor porque muchas son las escorias que hay en nuestra vida, pero el Señor sigue amándonos y confiando en nosotros. Cada uno puede ir recordando la historia de su vida en la que de tantas maneras se ha manifestado el amor del Señor y la confianza que desde su amor sigue poniendo en nosotros.
Qué hermoso es el amor del Señor que nos llama una y otra vez para que sigamos sus pasos y realicemos su misión. Ojalá nos dejemos encontrar por su luz.