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viernes, 10 de julio de 2026

Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

 


Una misión vivida con entereza y valentía, un testimonio vivo de lo que es el sentido de nuestra vida, un compromiso desde nuestra fe por mejorar nuestro mundo

Oseas 14, 2-10; Salmo 50; Mateo 10, 16-23

Cuando vamos a encargar a alguien una tarea habitualmente somos entusiastas con aquello que pretendemos y ese entusiasmo tratamos de trasmitirlo a aquellos que van a ser colaboradores nuestros en esa obra; nuestro entusiasmo contagia ilusión, despierta interés, pone ánimo en quienes van a realizar esa tarea, pero también debería haber algo que no tendríamos que ocultar y es el realismo del esfuerzo que tenemos que realizar que nos exigirá incluso sacrificios ni tampoco podemos olvidar las dificultades y contratiempos que podemos encontrar; no seriamos lo suficientemente leales si no lo hiciéramos.

En el texto del evangelio que venimos comentando estos días hemos escuchado como Jesús escoge a doce de entre todos los discípulos a los que constituye Apóstoles, a los que preparará de manera especial para la misión que les va a confiar. Son las recomendaciones que hemos escuchado en estos días de cómo han de realizar su misión y son las palabras en cierto modo duras que hoy le escuchamos. Habla Jesús de las dificultades, no siempre van a ser escuchados y muchas veces rechazados; encontrarán dificultades hasta donde menos se lo piensan como son quizás sus propios familiares o las personas más cercanas; les habla claramente Jesús de que se puede convertir en una persecución por la que incluso serán llevados a los tribunales o incluso odiados por todos.

Pero aunque Jesús les dice que se verán incluso como ovejas en medio de lobos, sin embargo no han de perder la serenidad de su espíritu con la que sabrán actuar con fortaleza pero también con sencillez, con la humildad de quien se siente seguro de la verdad de lo que ofrece, pero también con la astucia de saber encontrar los medios y los modos de que el mensaje no deje de anunciarse. Y es que Jesús les está diciendo que no los deja solos porque su Espíritu estará siempre con ellos; será su Espíritu el que les dará esa fortaleza y esa serenidad incluso en la persecución, pero también con su sabiduría ponga palabras en sus labios para dar testimonio de su mensaje.

Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos nos hacen ver y entender la historia de la Iglesia a través de todos los tiempos; ya lo vemos de forma palpable en el propio relato de los Hechos de los Apóstoles en la historia de aquellos primeros momentos de los cristianos. No fueron siempre carreras de victoria y el hecho está en la historia de martirio de los primeros apóstoles. Pero no ha faltado a través de todos los tiempos como no nos falta hoy. En muchos lugares en que la Iglesia es rechazada y perseguida incluso en países que habían sido debidamente evangelizados.

Pero no nos podemos quedar en pensar en esas situaciones más llamativas sino cómo con la cultura actual se quieren ir socavando esos valores humanos y cristianos que han sido básicos en nuestra civilización occidental y europea queriendo hacer desaparecer todo lo que suene a profundamente religioso y cristiano. Y para eso no tenemos que ir muy lejos porque lo tenemos entre nosotros, en nuestros ambientes y en la manera de actuar de parte de la sociedad que nos rodea.

Las palabras que les decía Jesús a los apóstoles en esta página del evangelio que estamos comentando bien nos viene escucharlas como dichas a nosotros hoy. Es lo que Jesús nos está pidiendo hoy, ese mantener viva y despierta nuestra fe para seguir dando nuestro testimonio con nuestro compromiso y con el anuncio que con nuestra palabra y nuestra vida tenemos que hacer. Nuestro amor y nuestra humildad tienen que resplandecer, pero también el arrojo y valentía de nuestro espíritu porque nada ni nadie nos podrá hacer callar. Sentimos también la fuerza del Espíritu de Jesús que nos anima y nos fortalece.

Son esas luchas también en nuestro interior cuando queremos crecer humana y espiritualmente, pero que nos sentimos tentados de tantas cosas que nos quieren arrastrar a ese materialismo de la vida que parece que todo lo invade. Ahí tenemos que manifestar nuestra rectitud, nuestra madurez y nuestra entereza.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

 


Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Lo hemos escuchado no hace muchos días en el evangelio en medio de la semana; algunos de los que acompañaban a Jesús en su camino hacia Jerusalén al escucharle sobre el anuncio que Jesús les iba haciendo en el camino, en una conversación distendida y llena de imágenes sencillas, como Jesús solía hablarles, se atrevieron a preguntarle a Jesús si eran muchos o eran pocos los que se salven.

Era también una pregunta muy frecuente que le hacían quizás desde diferentes enfoques y por supuesto según el sentido de salvación que ellos tenían, o desde aquellas discusiones que entre ellos se tenían sobre todo en las escuelas teológicas donde se formaban los que habían de ser futuros maestros de la ley el pedir como una pauta, unas reglas, unos protocolos que diríamos hoy que tanto están de moda para todo, para alcanzar el Reino de Dios. ¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna? ¿Cuál es el mandamiento primero y principal? Son preguntas que se van repitiendo, algunas veces también con la malévola intención de ver cómo podía cazar a Jesús por sus propias palabras.

Nosotros también buscamos pautas y reglas, aunque sea de mínimos porque no nos atrevemos a que se nos presenten cosas muy exigentes. Hoy casi como al principio del evangelio y cronológicamente de lo que fue la predicación de Jesús se nos da respuesta. Pero no poniéndonos unos mandamientos; más bien sugiriéndonos unas actitudes que marcarían y darían sentido a nuestras vidas.

Con toda solemnidad nos lo presenta el evangelista, en lo que pudiera parecer una compilación de lo que fue el conjunto de la predicación de Jesús. Sentado en el monte, con sus discípulos alrededor, pero con una muchedumbre inmensa y variada repartida por las faldas de la montaña y en la llanura. Pero a pesar de la solemnidad las palabras de Jesús sorprenden. Porque no solo está hablando a aquella muchedumbre variada allí reunida, sino que está hablando precisamente de esa misma muchedumbre. Habla de pobres y de gente sencilla, habla de personas deseosas de un mundo nuevo pero de personas que no han manchada la pureza, que hasta pudiera parecer inocente, de sus corazones; habla de gente que sufre y que tiene hambre, habla de los que son incomprendidos por las inquietudes que tienen en su corazón y también de aquellos que intentan en la vida dejar a un lado. Y a todos y de todos les dice que pueden ser felices, que, aun en esas situaciones que viven, son dichosos porque de ellos es el Reino de los cielos.

¿Sorpresa en las palabras de Jesús? Un bálsamo de esperanza, un despertar en los corazones la ilusión por algo nuevo que pueden conseguir, que pueden vivir; un interrogante que se abre en sus vidas pero que les hará buscar el modo, el camino ara hacer todo eso realidad; un sentir que las esperanzas se pueden cumplir y que no todo en la vida es negro y oscuro, sino que siempre pueden aparecer rayos de luz que nos ayudan a caminar; un darnos cuenta que merecen la pena esas inquietudes que algunas veces nos pueden llenar de sufrimiento y angustia porque nos parece que no se puede salir de ellas, pero que ahora se dan cuenta de que es posible porque algo nuevo se está gestando en la vida y en los corazones.

Pero eso no solo lo sintieron los que aquel día estaban en la llanura y al pie del monte cuando Jesús pronunció estas bienaventuranzas, sino que es algo que nosotros hoy también hemos de sentir porque nos estamos dando cuenta de por donde ha de ir el camino del Reino de Dios que queremos vivir. Es para nosotros también un rayo de luz y de esperanza.

Y estamos escuchando este evangelio hoy que celebramos la fiesta de todos los santos, en que contemplamos también esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar donde están todos esos de los que nos ha hablado Jesús en el sermón del monte. Cuando pensamos en los Santos, o cuando celebramos esta fiesta de todos los Santos podríamos pensar en quienes realizaron obras grandes y maravillosas, con un poder taumatúrgico extraordinario para realizar grandes milagros que salvarían a la humanidad, pero tenemos pensar en esos pobres y pequeños de los que nos habla Jesús en el evangelio, de quienes trabajaban allí donde estaban por la paz porque siempre iban buscando armonía y entendimiento entre todos y de los que querían con su mansedumbre ir sanando los corazones que sufrían no solo por unos males físicos o corporales sino por esas cosas que amargan y atormentan el corazón, de quienes buscaban el bien y se gastaban a si mismos por los demás aunque no fueran comprendidos en la generosidad de su buen hacer.

Hombres y mujeres como nosotros pero que supieron llenar sus vidas de amor, hombres y mujeres como nosotros con las mismas tentaciones de cansancio y de desgana que tantas veces nosotros también sufrimos, hombres y mujeres como nosotros que supieron ser fieles porque ponían sí totalmente su confianza en Dios pero también querían vivir en fidelidad con los que estaban a su lado haciendo el mismo camino. No hacían cosas extraordinarias, sino que de forma extraordinaria vivían las cosas pequeñas de cada día.

Es para nosotros un estímulo celebrar esta fiesta de todos los Santos y no es necesario pensar en grandes nombres, aunque nos venga por otra parte bien recordarlos para aprender de su ejemplo. Son esos santos de la puerta de al lado, esos santos que encontramos por la calle haciendo nuestros mismos recorridos, esos santos que encontraremos barriendo el patio de sus casas o sentados en la plaza en animada conversación con los amigos o en torno a una mesa donde reúnen a su familia, esos santos que no hace ruido ni cosas extraordinarias pero que en silencio van dejando una huella en el camino o nos van dejando el perfume de sus vidas. Abramos los ojos para que sepamos descubrirlos.

A ellos los llama dichosos Jesús. A nosotros también nos quiere llamar dichosos Jesús.