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viernes, 21 de agosto de 2026

Empeñémonos en sembrar amor en los surcos de la vida para hacer florecer una nueva humanidad que renueve nuestro mundo al estilo del reino de Dios

 



Empeñémonos en sembrar amor en los surcos de la vida para hacer florecer una nueva humanidad que renueve nuestro mundo al estilo del reino de Dios

Ezequiel 37, 1-14; Salmo 106;  Mateo 22, 34-40

¿En verdad podremos hacer reverdecer de nuevo este nuestro mundo que contemplamos en tantos aspectos árido y reseco? Contemplamos tanto materialismo y tanto afán codicioso de posesión de cosas y de bienes, a tanta gente que no se mueve sino por sus intereses o sus placeres, a la insensibilidad de tantos que pasan a nuestro lado y que parece que han perdido los rasgos más elementales de humanidad, ese aire fétido de corruptelas de todo tipo donde todo parece que son tejemanejes ocultos buscando ganancias y riquezas, cada día nos aparece algo nuevo que nunca son resplandores de luz sino oscuridad que va ennegreciendo cada vez más nuestra sociedad, un desinterés por el bien común aunque se llenen la boca con palabras de justicia y de renovación.

No quiero pintar un cuadro negro, porque mi tendencia y mis deseos es encontrar siempre un rayo de luz por pequeño que sea porque la mecha humeante nunca tenemos que apagarla sino que tiene que ser inicio de un fuego nuevo de renovación y de nueva vida.

Hemos escuchado con el profeta la visión de ese campo lleno de huesos que podría parecer que nos habla de muerte. Y el profeta se pregunta si aquellos huesos un día podrán llenarse de nuevo del vigor de la carne y de la vida. Y de ahí parte el anuncio del profeta que también nosotros tenemos que escuchar para despertar en nosotros una nueva esperanza frente a ese mundo que contemplamos. Es el anuncio profético de esos tiempos nuevos que con la instauración del Reino de Dios habrían de surgir.

Y es precisamente lo que hoy escuchamos en el evangelio. Unos fariseos cuando han visto que Jesús ha hecho callar a los saduceos vienen ahora con una pregunta que aunque parece muy elemental porque era lo que tenía que estar grabado en el alma de todo buen judío viene cargada de aviesas intenciones queriendo desacreditar a Jesús diciendo que venía a anular lo que era la ley judía fundamental. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’

Como les parecía que Jesús venía cambiándolo todo porque le estaba dando un sentido nuevo de autenticidad a cuanto el hombre realizara pensaban que Jesús iba a enseñarles algo distinto. Pero Jesús los veía venir; en otro momento llegarán a reconocer que en Jesús no hay doblez ni engaño aunque lo digan también siempre desde sus torcidas intenciones queriendo hacerle decir cosas a Jesús que les vendría bien para acusarle. En ese mundo de sombras del que antes hablábamos ¿no andamos también nosotros muchas veces con esas interpretaciones interesadas o con esa falsedad y engaño para aparentar lo que realmente no somos? ¿No nos andamos también poniendo trampas a nuestro pies para manipular y para engañar?

Pero Jesús responde con las palabras textuales que están escritas en las Escrituras santas. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente... Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.

Esto es lo que verdaderamente salvará al mundo, esto es lo que en verdad puede darle un valor nuevo y un sentido nuevo a la vida, el amor. Pero no es un amor cualquiera, no es un amor de bonitas y románticas palabras; es el amor que va a ser verdadero motor de nuestra vida, el amor que nos despierta y que nos renueva, el amor que pone unos ojos nuevos y una mirada más luminosa a los que están a nuestro lado; un amor que es un fuego que nos inquieta, un amor que va a poner humanidad verdadera a nuestra vida; un amor que nos hace abrir las puertas del corazón, un amor que se hace acogida para hacer que todos quepan en nuestro corazón; un amor que valora la vida y cuánto hacen los demás; un amor que será comprensivo y llena de misericordia el corazón; un amor que sabe perdonar y levantar al que ve caído, un amor que será siempre mano tendida para apoyar y para compartir, para darse y para olvidarse de sí mismo pensando en quien ama; un amor que nos llena de Dios porque nos hace partícipes del amor que Dios nos tiene, un amor que envuelve nuestra vida pero que se convierte en entrañas de nuestro ser. Como nos dice Jesús ahí están condensados la ley y los profetas.

Con un amor así ¿podremos permitir que las sombras se sigan adueñando de nuestro mundo? Con un amor así sentiremos que el mundo se renueva y resucita a nueva vida y todo se irá transformando; con un amor así nos sentiremos traspasados por la Pascua y con Cristo nos sentimos resucitados a nueva vida. Empeñémonos en sembrar ese amor en los surcos de la vida.


viernes, 20 de agosto de 2010

Os infundiré mi Espíritu y viviréis… Espíritu de amor y de vida


Ez. 37, 1-14;
Sal. 106;
Mt. 22, 34-40

Estremecedoras imágenes las que nos presenta la profecía de Ezequiel. ‘El Espíritu del Señor me sacó y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos’. En la misma profecía se nos da la clave para entender. ‘Hombre mortal, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados…’
Está haciendo referencia a la situación en que vivía el pueblo de Israel que había sido conducido al destierro y ahora se encontraban sin esperanza, como aturdidos por tanto mal que les estaba acaeciendo. Es la situación del hombre que ha perdido toda fe y toda esperanza. Como un hueso seco que no tiene vida. Nos puede suceder.
De hecho vemos muchas veces a nuestro alrededor gente que vive sin esperanza, ha perdido la fe y toda confianza. Es como un andar sin rumbo; es como haber perdido el sentido de su vida. Triste y desesperada situación. Los problemas personales que nos oscurecen la vida, la situación crítica de nuestra sociedad en muchos sentidos, la pérdida de valores que llenen y den sentido a la vida, el abandono de la fe. Muchas cosas que no están lejos de nosotros y que nos pueden afectar.
Pero la palabra del profeta que nos trasmite la Palabra de Dios es una Palabra de vida, una palabra que quiere suscitar esperanza, que quiere hacernos renacer a una vida nueva. ‘Pronuncia un oráculo sobre estos huesos… de los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan…’ Comentar que en el lenguaje hebreo se emplea la misma palabra para decir espíritu, que para decir viento, como decir aliento o decir vida. Habla de los cuatro vientos y habla del espíritu, del espíritu que da aliento a aquellos muertos y que da vida.
Este texto que nos habla de volver a la vida, nos habla de resurrección y vemos el cumplimiento pleno en la resurrección de Jesús que nos hace renacer a nosotros por nuestra fe en El a una nueva vida. Cristo nos da su Espíritu también para que nosotros tengamos vida. Pero Cristo nos da su Espíritu que es llenarnos también de esperanza, hacer renacer la esperanza, que es hacer renacer la vida en nosotros.
‘Yo mimo abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestros sepulcros… Os infundiré mi Espíritu y viviréis… y sabréis que yo soy el Señor’, que nos decía el profeta. ¿No nos está hablando de la resurrección que de Cristo resucitado recibimos en los sacramentos? Nos habla del Bautismo, nos habla del Sacramento de la Penitencia, sacramentos que nos llevan a la vida. Este texto que estamos comentando se utiliza también en la liturgia de Pentecostés.
No podemos permanecer muertos, no podemos vivir sin esperanza. En Cristo nos llenamos de vida. El nos hace mirar hacia lo alto. El pone esa ilusión nueva en nuestro corazón. El nos despierta para que le demos un sentido y un valor nuevo a nuestra vida. Cristo no nos quiere dejar en la muerte de la desesperanza y del mal y nos hace resucitar. Con Cristo todo tiene que cambiar en nuestra vida. Es lo que hace en nosotros la fe. Y porque tenemos fe no seremos ya unos huesos secos, sino que estaremos llenos de vida.
Esa vida nueva que tendrá que manifestarse en nuestra obras de amor. De ello nos habla el evangelio. Le preguntan a Jesús cual es el principal mandamiento. Y Jesús nos dice que tenemos que amar. Amar a Dios sobre todas las cosas y recuerda lo que estaba escrito desde siempre en la ley del Señor, proclamado ya allá en el Sinaí, pero nos dice también que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ya lo decía el Levítico pero Jesús viene a reafirmarlo con mucha más fuerza porque luego nos dirá que será nuestro distintivo. En el amor a Dios y en el amor al prójimo está todo el compendio de la ley de Dios, y todo el sentido de nuestro actuar cristiano, toda la manifestación de esa vida que El nos da cuando nos renueva, nos hace renacer por la fuerza de su Espíritu.