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jueves, 4 de marzo de 2021

La Buena Noticia de la Palabra, verdadero vademécum en el camino de la vida, báculo de nuestra esperanza,


 

La Buena Noticia de la Palabra, verdadero vademécum en el camino de la vida, báculo de nuestra esperanza, viático que nos acompaña y nos alimenta, luz y fuerza para nuestro vivir

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

Nadie ha venido de allá que nos cuente cómo son las cosas por allá arriba, o qué es lo que hay después que nos muramos. No creemos, no queremos querer, queremos que venga alguien que nos cuente, no nos creemos que pueda venir alguien, en el fondo estamos deseosos de apariciones y cosas fantasmagóricas y extraordinarias… pero ¿creemos o no creemos? Recuerdo desde siempre, desde chico escuchar argumentos así, que al final ni son argumentos ni son nada cuando la gente decía que no había otra vida nada en lo que creer del más allá o los que simplemente decían que en algo había que creer aunque ellos quizás no entendieran nada.

Bueno argumentos así seguimos encontrando; superficialidades para tratar estos asuntos son demasiadas las que vemos, pero dudas en nuestro interior siguen existiendo y sobre todo nos sentimos convulsos cuando vemos la incongruencia de tantos que dice creer pero luego en sus vida no tienen nada de trascendencia, o nos sentimos con tantos interrogantes en nuestro interior que no sabemos cómo contestar.

Claro que lo de la fe no es simplemente que nos hayan razonado muchas cosas y nos hayan dado respuesta a todos nuestros interrogantes interiores; porque en eso de la fe tenemos que confiar, porque de lo contrario no sería fe, y es confiar en la palabra de alguien, es confiar en testimonios que contemplamos que nos revolucionan por dentro, es querer caminar en la búsqueda de esa luz que tanto necesitamos. Si no hay confianza verdadera en una Palabra, una Palabra que es Palabra de vida, podríamos decir que aún no hemos llegado a la fe.

A mí me están surgiendo todos estos planteamientos y muchos más desde este evangelio que hoy se nos proclama y que seguramente hemos escuchado y meditado muchas veces. Porque ya esa primera imagen que se nos ofrece del rico, al que llamamos rico epulón por sus actitudes pero que no tiene nombre, y el pobre, que sí tiene un nombre, Lázaro, y es el que lo pasa mal, es una imagen que nos provoca y nos hace preguntarnos qué resto de humanidad queda cuando hay gentes así. Humanidad, decimos, ¿y qué es de tamaña injusticia?

No es necesario que entremos en todos los detalles, aunque nos darían para analizar muchas cosas. Nos habla de la muerte de ambos y de su situación más allá de la muerte, mientras Lázaro está en el seno de Abrahán, el rico epulón está sepultado en lo hondo de los abismos. Un cambio de tornas, el que sufría ahora disfruta de la paz del seno de Abrahán, mientras que el que lo pasó bien y de qué manera ahora se ve condenado al abismo de los infiernos.

Y comienzan los diálogos y las súplicas, comienza la desesperanza pero también los buenos deseos que se conviertan en buenos propósitos para los que quedan en este mundo. Ni encuentra una gota de agua que suavice la sequedad de su lengua y de su garganta en el lugar del suplicio y de la muerte, ni va a encontrar quien vaya a avisar a sus hermanos para que cambien su vida y no vengan a este lugar de tormento. ‘¡Manda a Lázaro a casa de mis hermanos…!’


‘Ni aunque resucite un muerto, van a creer… tienen a Moisés y los profetas’,
es la respuesta de Abrahán a su petición. La Ley y los Profetas que era la imagen con que se expresaba en el Antiguo Testamento la Palabra de Dios, que tendrá su culminación en Jesús, verdadera Palabra de vida y de salvación, verdadera Palabra de Dios que plantó su tienda entre nosotros.

¿No nos ha venido nadie que nos hable de la vida eterna? ¿Y para qué queremos la Palabra de Jesús, para qué queremos a Jesús mismo verdadera Palabra de Dios que puso su tienda entre nosotros? Es la Buena Noticia que tenemos que escuchar, que tenemos que acoger en nuestro corazón, que abre nuestra vida a la trascendencia y nos viene a dar el verdadero sentido de toda nuestra existencia. Es el verdadero vademécum que acompaña nuestra vida, es el báculo de nuestra esperanza en nuestro peregrinar, es el viático que nos acompaña y nos alimenta, luz y fuerza para nuestro caminar.

 

lunes, 26 de septiembre de 2016

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

El evangelio es el vademécum de nuestra vida. Sí, lo llevamos con nosotros y en cada momento, en cada circunstancia nos va recordando aquello importante que ha de ser a lo que le demos prioridad en nuestra vida recordándonos las palabras de Jesús que son siempre para nosotros palabras de vida, luz para el camino, viático – el alimento para el camino significa esta palabra - que nos de fuerzas en el caminar.
Cuando decimos evangelio podemos estar pensando en ese librito – qué grande es – en que tenemos reflejadas por los evangelistas los hechos y dichos de Jesús en orden a nuestra salvación. Pero es algo más que un libro, es una vida, es un sentido de nuestro vivir, es la misma persona de Jesús que con nosotros está. El es ese ‘vademecum’ de nuestra vida, nuestro ‘viático’, la verdadera ‘luz’ que nos ilumina.
Como decíamos en cada momento nos va recordando en esas circunstancias de nuestra vida cómo hemos de actuar, lo que nunca podemos olvidar. Nos puede parecer en ocasiones repetitivo, pero repetitiva es nuestra vida, como son nuestros tropiezos o como son los olvidos que algunas veces tenemos.
Tenemos buenos propósitos y deseos, quizá, pero bien sabemos de nuestra inconstancia, de la desgana que muchas veces nos entra, de las rutinas que se nos meten por los entresijos de la vida. Y bien sabemos que el ambiente en muchas ocasiones no nos ayuda, lo que contemplamos en los demás más bien nos estimula hacia un materialismo de la vida, a perder un sentido de espiritualidad, a que vuelvan a rebrotar nuestros orgullos y florezcan fácilmente deseos de grandezas, de poder, de vanidad.
Les pasaba a los discípulos que tan cerca de Jesús estaban. Cuántas veces habían escuchado de labios del maestro que entre ellos no podía suceder como entre los poderosos de este mundo que solo aspiraban a grandezas y a poder manipulando todo lo que estuviera a su alcance con tal de ver satisfechos sus orgullos. Y sin embargo ellos una y otra vez discutían entre ellos quien iba a ser el más importante; no habían terminado de entender el sentido del mesianismo que se encarnaba en Jesús.
Ahora Jesús les propone la imagen de un niño. Qué poco era considerado un niño en aquella época y en aquella cultura; pareciera que no tenia ningún derecho ni dignidad como persona, era ninguneado en todo momento, que aun quedan a veces algunos resabios de esos estilos entre nosotros. Y Jesús les habla de acoger a un niño, porque el que acoge a un niño lo está acogiendo a El.
Acoger al niño en su pequeñez y humildad era el símbolo de cómo hemos de acogernos los unos a los otros y no por las grandezas externas que podamos ver en las personas; es acoger al más pequeño, al más humilde, al pobre y al que sufre, al que nos parece desheredado de todo. Nadie es despreciable para nosotros, porque toda persona cualquiera que sea su condición tiene su dignidad. Y es que como nos dice Jesús ‘el más pequeño es el más importante’.
Por algo nos dirá en otra ocasión que cuando dimos de comer al hambriento le estábamos dando de comer a El, y cuando vestimos al desnudo, y cuando acogimos al forastero, y cuando visitamos al enfermo, y cuando sonreímos al triste, y cuando nos detuvimos a hablar con aquel con quien nadie habla, y cuando entramos en la casa de un pobre, y cuando llevamos alegría al triste poniendo esperanza en su corazón. Acogemos al otro y estamos acogiendo a Jesús.
Lo sabemos, lo hemos aprendido desde siempre, pero Jesús una vez más quiere recordárnoslo, porque en la práctica de la vida fácilmente lo olvidamos.