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sábado, 4 de julio de 2009

¿Odres viejos u odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio?

Gen. 27. 1-5.15-29
Sal. 134
Mt. 9, 14-17


‘Los discípulos de Juan se acercaron a Jesús preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y en cambio tus discípulos no ayunan?’
El Bautista había venido a preparar los caminos del Señor; en torno a él se reunieron muchos que lo escuchaban y querían seguir sus enseñanzas para prepararse debidamente como Juan proclamaba. El bautismo, sumergiéndose en las aguas del Jordán, era un signo de esa preparación que iba acompañada de una austera como la de su maestro. Seguidores quizá de los esenios establecidos por aquellos lugares – recordemos Qumrán a orillas del mar Muerto – vivían una vida semejante de austeridad y penitencia.
Lo mismo los fariseos, caracterizados por la escrupulosidad con que seguían multitud de normas y preceptos, ritualismos y rezos delante de todos, a los que Jesús vemos cómo criticará en muchas ocasiones. Capaces de pagar el diezmo por el comino y la hierbabuena se quedaban muchas veces en esas minuciosidades y no dándole importancia a lo que verdaderamente era importante.
Pero el Mesías había llegado. Jesús estaba en medio de ellos. Con El todo era distinto. Y para responder a la pregunta Jesús les pone unos ejemplos. ‘¿Pueden estar tristes los amigos del novio en la celebración de la boda de su amigo?’ La presencia de Jesús era como un banquete de bodas. Así lo había anunciado el profeta. Recordemos a Isaías cuando habla del festín de manjares suculentos y enjundiosos preparado en el monte del Señor donde ya no cabía ni luto, ni llanto ni dolor. Y Jesús mismo muchas veces había comparado en sus parábolas al Reino de los cielo con un banquete de bodas.
Por eso Jesús les habla de esa vida nueva y distinta cuando se está con El. Había venido a hacer un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva, un hombre nuevo. Todo había de renovarse. Y renovarse es hacerse nuevo. Renovar no es poner remiendos, hacer arreglitos. Es el ejemplo que Jesús les pone. Una vestidura nueva con un paño nuevo y no remendado.
Les habla también de los odres nuevos y viejos y del vino nuevo. Un odre nuevo ya sea un pellejo curtido para ser convertido en recipiente, o ya fuera un odre o recipiente hecho de barro, porque el odre viejo tiende a reventarse cuando se le pone el vino nuevo con toda su fuerza al fermentar. ‘A vino nuevo, odres nuevos’, nos dice Jesús. Así tiene que nuestra vida, ese odre nuevo en el que quepa el vino nuevo del evangelio, la vida nueva que Cristo nos da. No podemos andar ni con remiendos y con cosas del hombre viejo.
Pero, ¿no andaremos en nuestra vida cristiana muchas veces contentarnos con remiendos y arreglitos o siendo aún un hombre viejo, como un odre viejo? Andamos muchas veces con añoranzas de cosas de otro tiempo, que pudieron ser muy válidas en su momento, pero que hoy el Espíritu que guía a la Iglesia de Dios nos va haciendo surgir algo nuevo en nuestra vida y en la vida de nuestra Iglesia.
Dejemos actuar al Espíritu divino que nos renueva, que nos hace hombres nuevos. Recuerdo aquello que decía el Beato Juan XXIII de abrir las puertas y ventanas de la Iglesia para que entrara el viento nuevo del Espíritu. Y convocó el concilio Vaticano II. Y sopló en la Iglesia ese aire renovador del Espíritu. Y todos vivimos con ilusión y esperanza aquellos momentos primaverales de la Iglesia. Pero para algunos hoy parece que el Concilio Vaticano II no se hubiera celebrado. Y no quiero ni imaginar que en su interior estén pensando que aquello fuera un error en la Iglesia. Esa impresión dan algunas veces con la involución que se ve en ciertos sectores.
Mucho se podría hablar de esto. Vuelta a latines y ritos antiguos, devociones piadosas más propias del siglo XIX que del siglo XXI en que vivimos, conservadurismos a ultranza, vuelta a encerrarnos en nuestras iglesias sin un compromiso serio en la vida social de nuestros pueblos por parte de muchos incluso pastores del pueblo de Dios. Y claro al hombre de hoy hay cosas que no le dicen nada. Y es al hombre de hoy al que tenemos que anunciar el Evangelio y en es en el mundo de hoy donde tenemos que vivirlo y mostrarnos como cristianos. ¡Qué poco vamos a profundizar en el evangelio dejándonos conducir e iluminar por el Espíritu Santo!
¿Queremos ser de nuevo odres viejos? ¿Queremos apagar el fuego del Espíritu que ha ido guiando a la Iglesia a una renovación grande? ¿Queremos seguir con remiendos y componendas? El Evangelio tiene que ser siempre y en todo momento Buena Noticia; luego tenemos que sentirlo como algo nuevo en la vida de cada día. No es noticia hoy que nos digan que Colón descubrió América para Europa a finales del siglo XV, porque eso ya todos lo sabemos. Noticia es lo nuevo que sucede ahora y que nos comunican. Pues eso tiene que ser el Evangelio, Buena Noticia que es su significado, en el hoy de nuestra vida. Y esa Buena Noticia nos está pidiendo renovación, vida nueva en este momento en que vivimos, de ninguna manera simples remiendos.
Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Vivamos con radicalidad esa vida nueva del Evangelio. Seamos ese hombre nuevo del Reino de Dios.

viernes, 3 de julio de 2009

Seamos dichosos y felices con nuestra fe

FIESTA SANTO TOMÁS APÓSTOL
Ef. 2, 19-22
Sal. 116
Jn. 20, 24-29


Es importante para los cristianos la celebración de la fiesta de los Apóstoles. Unos los celebramos con mayor solemnidad como San Pedro y San Pablo que celebramos hace pocos días o como Santiago Apóstol por ser patrón de España. Pero todas las celebraciones de los apóstoles tienen la categoría de fiesta en nuestra liturgia.
Hoy nos decía san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas’, pero a continuación nos recordaba algo importante, ‘y el mismo Jesús es la piedra angular’. Nuestra verdadero fundamento es Cristo, porque es el único Salvador, pero en expresión de san Pablo, como ‘cimiento’ tenemos a los apóstoles.
Somos una Iglesia apostólica, como confesamos en el Credo de nuestra fe. ‘Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica’. Y cada Iglesia local tiene esa garantía de comunión apostólica en el Obispo, verdadero sucesor de los apóstoles, en torno al cual está congregada la Iglesia local, o diócesis.
A los apóstoles envió Jesús a predicar y anunciar la Buena Noticia de la salvación. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio’, como se nos dice al final del evangelio y hoy recordamos como responsorio en el salmo. Por nuestra comunión con la fe de los Apóstoles proclamamos nosotros la fe en Cristo Jesús, verdadero Dios y Señor.
Hoy estamos celebrando al apóstol santo Tomás. Evangelizador de Siria, Persia y la India según recoge la tradición. La Iglesia siro-malabar de la India le reconoce como su evangelizador. Y en el evangelio san Juan nos recoge diversas intervenciones del apóstol.
Un primer momento fue cuando Jesús, que se había retirado más allá del Jordán, decide volver a Judea por la muerte de Lázaro, y ante la insistencia de los demás apóstoles que le recordaban a Jesús cómo allá estaban tramando contra El, Tomás les dice: ‘Vayamos nosotros también y muramos con El’. Una decisión valiente a tomar nota para nuestra vida, que expresa su fe y amor por Jesús, aunque luego le encontremos en otros momentos entre la duda y la incredulidad.
En la última Cena cuando Jesús habla de su vuelta al Padre, aunque había escuchado a Jesús como los demás, todavía había dudas y sombras en su interior. Por eso pregunta o comenta: ‘No sabemos a donde vas, cómo podemos saber el camino’. Quiere tener la certeza de saber lo que significa ese ir al Padre del que Jesús les habla. Quiere saber realmente que es lo que tiene que hacer, porque quien quiere emprender un camino ha de tener una meta clara a la que ha de llegar.
Pero el texto más comentado es el de después de la resurrección. Cuando Jesús se apareció por primera vez a los discípulos reunidos en el Cenáculo, ‘Tomás, llamado el Mellizo, no estaba con ellos. Y los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor’. A pesar de la alegría y el entusiasmo de sus compañeros él quiere comprobar muy bien que no ha sido una ilusión o un fantasma. Por eso lo que pide. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos, y no meto la mano en su costado, no lo creo’.
Esta duda de Tomás nos está haciendo una afirmación importante. Nos está confirmando datos de la crucifixión y muerte de Jesús narrados en otro momento por los evangelistas. Pero podríamos decir con los santos Padres que la incredulidad de Tomás nos está ayudando a la afirmación de nuestra fe.
Cuando Jesús vuelve de nuevo ‘y Tomás con ellos’, se le acercará para que vea lo que había pedido, para que metiera sus dedos en las llagas de sus manos, para que comprobara por si mismo lo que él quería comprobar, que no era un fantasma, que era el mismo Crucificado el que estaba allí vivo ante él. No necesitará ya palpar por si mismo, sus mismos ojos lo están viendo, su corazón lo está proclamando: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Una hermosa proclamación de Fe. Es el Señor. Es Dios mismo que está ante él.
‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’, es la afirmación de Jesús. Muchas veces nosotros queremos palpar con nuestras manos, ver con nuestros ojos, o encontrar razones con nuestros razonamientos. Queremos conocer el camino y conocer la meta, pero la vida se nos llena de sombras y de dudas. Hemos de saber fiarnos. ‘Hemos visto al Señor’, nos dicen los apóstoles a nosotros también en la tradición apostólica de la Iglesia. Podemos sí, llegar a conocer a Jesús y conocer su camino que nos lleva al Padre. Es la tarea en la que hemos de empeñarnos cada día, para que un día podamos decir con Tomás ‘¡Señor mío y Dios mío!’
Dichosos por que creemos. ‘¡Dichosa tú que has creído!’, le dijo Isabel a María. Dichosos nosotros por nuestra fe. Vivamos con dicha, con gozo, con alegría, con entusiasmo nuestra fe. A veces pareciera que no estamos tan convencidos por la tristeza con que vivimos nuestra vida y nuestra fe. Pareciera que siguiéramos con miedos y nos ocultáramos. Es cierto que sigue habiendo dudas en nuestro corazón pero tenemos la luz del Espíritu que nos ilumina, que nos guía, que nos fortalece. Es un regalo, una gracia el don de la fe. Demos gracias a Dios por ello.

jueves, 2 de julio de 2009

Sacrificio de fe y ofrenda de amor

Gen. 22, 1-19
Sal. 114
Mt. 9, 1-8

‘Dios puso a prueba a Abrahán’. Es impresionante el texto que nos ofrece el libro del Génesis. El llamada sacrificio de Isaac, que más bien quizá tendríamos que decir el sacrificio de Abrahán.
‘Aquí me tienes’, fue la respuesta de Abrahán a la llamada de Dios. Aquí me tienes no es la respuesta de un momento sino la respuesta de una vida. Hasta tres veces de una forma semejante escuchamos hoy esta respuesta de Abrahán. Fue en primer lugar a la llamada de Dios para que le ofreciera en sacrificio a su hijo. ‘Aquí estoy, hijo mío’, que le responde a Isaac ante las inocentes pero dolorosas preguntas del hijo. ‘Aquí me tienes’, responde al ángel del Señor que le impide realizar definitivamente el sacrificio.
Pero había sido la respuesta desde el principio cuando Dios le pide salir de su casa y ponerse en camino para ir a donde se le señale. Pero era al mismo tiempo la actitud permanente de quien llamamos el padre de los creyentes, el padre y modelo de nuestra fe. Siempre creyó y siempre confió en Dios. No perdió esperanza cuando parecía que se perdía toda esperanza y se fiaba de la fidelidad de Dios que le había prometido ser padre de un pueblo numeroso.
‘Aquí me tienes’, es la respuesta cuando ahora Dios le pide sacrificar a su hijo, el hijo de la promesa. Nos parece cruel. Hemos de tener en cuenta lo que eran las costumbres de los pueblos y las religiones primitivas. Ofrecer sacrificios para aplacar a la divinidad, ofrecer sacrificio incluso humanos, como podían ser los hijos, porque era en su pensamiento la manera de agradar a Dios.
Aunque ésta es la petición que Abrahán siente en su corazón era otra cosa lo que le pedía Dios. No importaba el sacrificio de una vida humana, de un hijo, aunque duro tenía que estar pasándolo su corazón de padre, sino lo que importaba el sacrificio del yo, el sacrificio de la voluntad; sacrificio a la larga más sangrante, porque negarte a tí mismo y a tu voluntad no es que fuera cosa fácil. Y ese es el sacrificio que Dios quiere, para que en todo busquemos siempre su voluntad. Es la obediencia de la fe.
Este sacrificio de Isaac, o, si queremos, de Abrahán nos está enseñando por una parte esa ofrenda que de nosotros mismos hemos de hacer, de nuestra voluntad y de nuestro amor, pero es también imagen del sacrificio del Hijo de Dios. Dios que nos entrega a su Hijo y nos lo entrega por amor. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…’ Y aquí el sacrificio sí tuvo que llegar hasta el final, hasta la cruz, hasta la muerte, hasta dar la vida por nosotros. ‘Dios no perdonó a su Hijo por amor nuestro’.
‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’
, fue el grito del Hijo en su entrada en el mundo. ‘Que llegue ya esta hora… que pase de mí este cáliz… que no se haga mi voluntad sino la tuya…’ Es el sacrificio y la ofrenda de Cristo. Pero es la ofrenda que Cristo hace en total libertad. ‘Nadie me arrebata la vida, sino que yo la entrego libremente…’ Y Jesús toma el camino de la pasión y de la cruz. No es un sacrificio ni una ofrenda obligada, sino una ofrenda y un sacrificio realizado en total libertad. Porque es el sacrificio y la ofrenda del amor. Y el que ama se da, y se da libremente, y se da totalmente.
Es lo que tenemos que aprender y que tanto nos cuesta. Obedientes a la voluntad del Padre, para buscar en todo su voluntad. Pero una voluntad de Dios que nosotros escogemos y acogemos, asumimos en total libertad, en la libertad del amor, en la ofrenda del amor. Como Abrahán, como Jesús en la cruz. Nuestro sacrificio sería así ya distinto. Porque con el sacrificio de nuestro yo, de nuestra voluntad, para buscar en todo y siempre la voluntad de Dios, nos estamos uniendo al sacrificio redentor de Cristo, a su ofrenda de amor.

miércoles, 1 de julio de 2009

Le rogaron que se fuera de su país, ¿y nosotros?

Gén. 21, 5.8-20
Sal. 33
Mt. 8, 28-34


‘Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gerasenos…’ Ayer le contemplábamos atravesando el lago en medio de un fuerte temporal. Llegar a la otra orilla del lago de Tiberíades era ir a tierra de no judíos. En el territorio de Palestina había otros pueblos asentados. En este caso no eran judíos, lo que se puede ver incluso por sus costumbres y trabajo. ‘Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando’. El cerdo para el judío era un animal impuro que ni podía comer ni podían tener.
Se encuentran con unos endemoniados que salen del cementerio ‘tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino’. Los poseídos por el demonio reconocieron a Jesús y su poder; por eso lo rechazaban. ‘¿Qué quieres de nosotros, hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ Ya conocemos por el relato del evangelio lo sucedido. Pidieron ser metidos en los cerdos que ‘se abalanzaron acantilado abajo y se ahogaron en el agua’.
‘Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados’. Y cuando nos parecía que el pueblo agradecido por verse libre de aquellos endemoniados saldría a recibir y a acoger a Jesús, sin embargo ‘le rogaron que se marchara de su país’.
Nos extraña quizá esta actitud incomprensible. Pero la presencia de Jesús les trastocaba sus planes de vida. El cuidar de los cerdos era su modo de vida y ahora todo cambiaba. No podían permitir que Jesús siguiera con ellos, que sería para ellos una ruina económica. Nos puede parecer una respuesta demasiado economicista, pero hemos de considerar además que no eran judíos, y podían en principio comprender menos la idea de un Mesías Salvador para sus vidas.
Si nos entretenemos en estos detalles es porque todo esto puede hacernos pensar en nosotros mismos y en la acogida que nosotros podamos hacer del Señor y su Palabra de salvación. ¿No nos sucederá a nosotros de una manera semejante?
Nuestro seguimiento de Jesús y nuestra fe en El nos obligaría a hacer cambios en la vida, en la actitudes, en la forma de actuar. Porque si soy cristiano, se presupone que sigo a Jesús, que Jesús es mi vida, y en todo mi ser y mi actuar he de seguir a Jesús, he de vivir como Jesús. Pero ¿no nos sucede, y algunas veces quizá lo hemos dicho, que decimos, es que yo soy así, cómo voy a cambiar si siempre he hecho las cosas así, y cosas por el estilo?
Y ahí está por ejemplo mi forma violenta de ser y de hablar con los demás, o esos resentimientos que guardamos en el corazón porque decimos que no podemos olvidar, o esa forma intransigente que tengo con los demás… es que yo soy a sí, respondemos, es mi manera de actuar. Si eres cristiano seguidor de Jesús esas actitudes no podrías permitírtelas, tendrías que esforzarte por mejorar tus actitudes hacia los otros. Pero cuánto nos cuesta. Y puesto en la disyuntiva aunque el evangelio me pida ese cambio en mi vida, sigo siendo igual. ¿No es esta una manera de decir no a Jesús?
En muchas cosas podríamos pensar. A mí que mis negocios no me los toquen, porque los negocios son los negocios… A mí en mis relaciones en mi matrimonio, nadie tiene que decirme nada, porque eso es cosa mía… y vamos haciendo una separación entre lo que vivimos y el evangelio, y escogemos del evangelio aquello que nos conviene o que no nos exige muchas cosas…
Pero Jesús en un momento del evangelio nos dirá que estamos con El o estamos contra El. ‘El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama…’ Y cuando nos habla de seguirle y ser sus discípulos nos pide cargar con la cruz. ‘Si quieres ser discípulo mío, niégate a ti mismo y toda la cruz de cada día y sígueme’, nos dice.
Negarnos a nosotros mismos, porque nos damos cuenta en las cosas que tenemos que decirnos no, que tenemos que cambiar en nuestra vida. Y nos costará, porque cuesta arrancar malas costumbres que se convierten en vicios, cuesta arrancar rutinas de nuestra vida.
Pero ya sabemos que es una tarea que no hacemos solos ni sólo por nuestras fuerzas, El está con nosotros, nos da la fuerza de su Espíritu. Que lo sintamos operando en nuestra vida, que nos dejemos cautivar por El.

martes, 30 de junio de 2009

Jesús está ahí y no nos falla a pesar de los huracanes de la vida

Gen. 19, 15-29
Sal. 25
Mt. 8, 23-27


‘Jesús subió a la barca y los discípulos le siguieron…’ Subimos a la barca con Jesús, queremos seguirle, El va delante de nosotros. Pero no significa que el camino o la travesía sea fácil.
‘De pronto se levantó un temporal tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; Jesús dormía…’ nos vamos a encontrar fuertes vientos o tempestades. Tenemos el peligro de tambalearnos, caer y hasta perecer. Se nos hunda la barca. Tentaciones de todo tipo que nos acechan. Cansancios, desganas, desilusiones, acosos, agobios, problemas de todo tipo que nos hacen perder la paz. Parece que vamos solos, o nos sentimos solos, débiles e indefensos.
Es el mundo que nos rodea que va por otros caminos e intentan atraernos con sus cantos de sirena. Es el desánimo o la desilusión que podamos sentir cuando las cosas no nos salen como nosotros querríamos. Es la realidad tan cambiante que vamos descubriendo donde se nos hace la ilusión que damos palos de ciego. Es la misma realidad de la iglesia, de los creyentes a nuestro alrededor que nos pudiera hacer pensar que no hay futuro claro para nosotros. ¿Cuántos somos? ¿cuántos quedamos?
O puede ser el mal que nos rodea y el vislumbrar, o al menos eso nos parece, que a los otros no les va tan mal a pesar de que ellos viven a su aire sin preocupaciones morales y religiosas y mientras nosotros queremos obrar bien, rectamente y podríamos parecer unos fracasados.
Nos gustaría ver acciones espectaculares de Dios que haga que la gente despierte y vuelva por los caminos buenos. ¿Estará dormido Dios? ¿Se ha olvidado de nosotros y nos ha dejado de la mano?
Pero, ¿no seremos nosotros los que estamos dormidos o no hemos sabido vivir la responsabilidad del momento? ¿no será que en otros tiempos nos dormimos en los laureles pensando que todos eran buenos, que todos eran cristianos, pero quizá abandonamos cosas importantes como un profundizar en nuestra fe y madurarla para saber dar respuesta, razón y sentido a lo que nos sucede? ¿seguimos los cristianos, la Iglesia con los ojos vendados para no ver la cruda realidad? Claro que lo que queremos es una acción espectacular de Dios que resuelva todas esas cosas. Es más cómodo que un compromiso serio por nuestra parte.
‘¡Cobardes! ¡Qué poca fe!’, nos grita también a nosotros, y ¿por qué no?, a la misma Iglesia. Seguimos dudando. Se nos cae el mundo encima con la sociedad tan cambiante en que vivimos y a la que no sabemos dar respuestas. Damos demasiadas cosas por presupuestas y eso nos hace estar ciegos e indefensos para responder a la realidad del mundo de hoy.
El Espíritu de Jesús puede devolvernos a la realidad. El Espíritu de Jesús quiere impulsar en nosotros esa nueva vida, una vida renovada, una vida joven y fuerte, con energía, con valentía para hacer ese anuncio que hemos de hacer. El Espíritu de Jesús nos guía y nos fortalece; nos da luz e ilumina nuestros pasos.
Tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu para encontrar esos nuevos caminos; para despertar una fe dormida, si no muerta; para despertarnos y ver la cruda realidad y tengamos en consecuencia un verdadero espíritu misionero, para no quedarnos en recetas del pasado, sino sentir esa savia joven y renovadora del Espíritu en nosotros y en su Iglesia; para hacer que el Evangelio sea en verdad Buena Noticia hoy para gente post-cristiana que parece que vienen ya de vuelta de todo.
Jesús está ahí con la fuerza de su Espíritu. El no nos falla. El ha puesto el testigo en nuestras manos para que nosotros seamos testigos y luz en medio de las oscuridades de nuestro mundo. No podemos llenarnos de pesimismo por muchas que sean las tempestades y huracanes que nos aparezcan.

lunes, 29 de junio de 2009

Una fe que se hace audacia por seguir a Jesús

San Pedro y San Pablo
Hechos, 12, 1-11
Sal.33
Tim. 4, 6-8.17-18
Mt. 16, 13-19




‘En los apóstoles Pedro y Pablo has querido dar a la Iglesia un motivo de alegría…’ Estamos celebrando con alegría la fiesta de los Santos Apóstoles san Pedro y san Pablo. Aunque habitualmente en la visión del pueblo es el día sólo de San Pedro, en la liturgia de la Iglesia no se separan porque a ellos se les considera ‘fundamentos de nuestra fe cristiana’. Por eso, ‘a los dos, coronados por el martirio, celebra hoy tu pueblo con una misma veneración’, como proclama el prefacio propio de la Eucaristía de este día.
Vamos a entresacar de los retazos que de sus vida no deja el evangelio o los Hechos de los Apóstoles algunas enseñanzas para el camino de nuestra vida cristiana. Enseñanzas que considero importantes para nosotros.
En el principio del evangelio de Juan se nos narra la vocación de los primeros discípulos a partir de aquel momento en el que el Bautista señaló a Jesús que pasaba como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo', y aquellos dos primeros discípulos se fueron tras Jesús. ‘Maestro, ¿dónde vives?...’ fue la petición y se quedaron con El. A la mañana siguiente, Andrés que era uno de los dos al encontrarse con su hermano Simón le anuncia ‘hemos encontrado al Mesías’ y lo trajo hasta Jesús. ‘Tú, Simón, hijo de Jonás, te llamarás Cefas, que significa Pedro’.
Fue su primer encuentro y ya Jesús le está adelantando que un día le confiará una misión. Por eso, más tarde, cuando Jesús pregunte qué es lo que piensa la gente del Hijo del Hombre y qué piensan ellos mismos, ya Pedro podrá proclamar su fe en Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios’. No es ya sólo que su hermano se lo hubiera presentado, sino que ahora era lo que El había vivido. Había estado con Jesús, había contemplado sus milagros, había visto su vida, había escuchado sus palabras, y ahora podría ya proclamar su fe en Jesús. Aunque no fuera sólo eso, sino que como Jesús le dijera ‘eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’.
Pero así era ya la fe de Pedro, el amor de Pedro por Jesús. Por Él estaría dispuesto a darlo todo. Es la audacia, incluso atrevida de Pedro por seguir a Jesús. ‘Te seguiré a donde quiera que vayas’. No soportará que a Jesús le pueda pasar algo, porque cuando Jesús anuncia su pasión querrá quitarle esa idea de la cabeza porque eso no le puede pasar a Jesús, de manera que Jesús lo aparta a un lado porque le dice que es una tentación para El. Una audacia que le llevará hasta meterse en la boca del lobo e incluso aparecer su debilidad en la negación ante la criada del pontífice. Pero en el fondo es que Pedro querrá estar siempre cerca de Jesús.
Cuando algunos discípulos comienzan a marcharse porque no terminan de entender lo que Jesús les enseña y Jesús les pregunta si ellos también quieren irse, su respuesta estará pronta para decir ‘Señor, ¿a quien vamos a acudir, si tú tienes palabras de vida eterna?’ Una fe, una audacia, una confianza total que es un amor profundo por Jesús, igual que Jesús le ama y sigue confiando en él. ‘Señor, Tú sabes que te amo, tu lo sabes todo…’ repetirá una y otra vez ante la pregunta de Jesús. Y si un día Jesús le había dicho que sería Cefas, porque sería piedra ‘tú eres pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, ahora le confiará apacentar el rebaño del pueblo de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’.
Pero no podemos dejar de decir una Palabra también de Pablo al que igualmente hoy estamos celebrando. De Pablo tenemos que aprender su ardor y su coraje misionero. Un hombre apasionado por su fe, que un día le llevaría a perseguir a los que creyeran en Jesús, porque era algo que él ni entendía ni conocía, tras su conversión su pasión se volvió toda por Jesús y por el anuncio del Evangelio. Se había encontrado con Jesús y su vida había cambiado totalmente. Ahora sólo tenía que convertirse en un testigo, dar testimonio de Jesús.
Y eso lo haría dejándose conducir humildemente por el Espíritu de Jesús. El lo confiesa cuando dice que el Espíritu lo lleva forzado a Jerusalén y sabe que allí se van a pasar muchas cosas. Será el Espíritu el que le elija en la comunidad de Antioquia para su misión evangelizadora y el que lo irá conduciendo de un sitio a otro para hacer el anuncio del Evangelio.
Hermosas lecciones que hemos de aprender de estos apóstoles, Pedro y Juan. Que así sea fuerte y firme nuestra fe en Jesús, nuestro coraje y nuestro ardor, nuestra audacia y nuestra fortaleza para ser testigos. Podrán aparecer nuestras debilidades como aparecieron en Pedro, pero nos sentimos seguros en el Señor porque ahí está el amor que inunda nuestro corazón.
‘Que perseverando en la fracción del pan y en la doctrina de los Apóstoles, como pedimos en la liturgia de este día, tengamos un solo corazón y una sola alma, arraigados firmemente en tu amor’, en el amor de Dios.

domingo, 28 de junio de 2009

Jesús nos sale al encuentro para despertar y fortalecer nuestra fe


Sap. 1, 13-15; 2, 23-25;
Sal. 29;
2Cor. 8, 7-9.13-15;
Mc. 5, 21-43

Un padre con el corazón lleno de dolor por una hija enferma que está en las últimas y que encima vienen a decirle que ya no hay nada que hacer; una mujer humanamente desesperada porque no encuentra un remedio para su enfermedad ‘a la que muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y en lo que había gastado toda su fortuna’…
Creo que situaciones así todos conocemos o habremos pasado quizá por trances y angustias de este tipo. Acuden a Jesús, ¿cómo un último remedio? ¿cómo la única y última tabla de salvación que les queda? ¿será así cómo nosotros acudimos a Dios desde nuestras angustias y nuestros problemas? Algunos en situaciones así acuden disimuladamente para que los otros no vean que son religiosos (¡!).
El texto del evangelio hoy nos da un hermoso mensaje que puede contribuir mucho a animar nuestra fe, despertarla, quizá purificarla y madurarla. En los dos casos que se nos presentan hay todo un proceso de crecimiento en esa fe.
Fijémonos en algo que pienso que es muy significativo e importante. Jesús viene a nuestro encuentro, nos sale al encuentro y se deja encontrar por nosotros, o se mete tanto en lo que es lo ordinario de nuestra vida que le tenemos al alcance de nuestra mano.
‘Al arribar de nuevo a la orilla, se le reunió mucha gente alrededor, se quedó junto al lago – allí donde se reunía la gente – y un jefe de la Sinagoga que se llamaba Jairo se acercó a Jesús’ y le planteó el problema que le apenaba. ‘Mi hija está en las últimas, ven pon la mano sobre ella para que se cure y viva’.
La mujer de las hemorragias le tenía tan mano entre la gente que lo apretujaba que pensaba que era suficiente tocarle el manto sin tener que descubrir su enfermedad ni decir nada. ‘Se acercó a Jesús por detrás, le tocó el manto pensando que con solo tocarle el mano, curaría’. Con sus miedos y temores sin embargo ahí está la fe de aquella mujer que tenía la certeza de que podría curar, como tenía también esa misma fe confiada Jairo al pedirle a Jesús que fuera a curar a su hija.
En esa cercanía del Maestro vemos que ‘Jesús se fue con Jairo acompañado de mucha gente…’ De camino se pone a hablar con la mujer de las hemorragias. Jesús camina a nuestro lado y para cada uno de nosotros tiene una palabra de vida y de salvación; nos hace sacar a flote nuestra fe.
‘¿Quién me ha tocado el manto?’ Aquello no se puede quedar en una acción íntima y secreta de aquella mujer. Las obras de Dios tienen que salir a la luz, y los posibles miedos o temores tienen que desaparecer. Jesús despierta y aviva nuestra fe. Cuando vienen a decirle a Jairo que todo está acabado – ‘¿Para que molestar al Maestro?’ – Jesús no deja que se derrumbe. ‘No temas. Basta que tengas fe’.
Tampoco podemos quedarnos en lamentaciones y lloros. ‘Al ver el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos, les dice: ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerte, está dormida… Se reían de El’. Unos se quedarán en quejas y lamentaciones cuando se encuentran con problemas en la vida y otros habrá que quizá se reirán de nosotros por nuestra fe. Pero con Jesús tenemos que sentirnos seguros. Es nuestra fortaleza y nuestra vida aunque otros no lo comprendan. Con Jesús encontraremos paz, nos llenaremos de vida. Todo va a comenzar de nuevo y será distinto. La mujer se fue curada y en paz. ‘Hija, te fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Jesús tomando de la mano a la niña, la levantó con vida. ‘Contigo hablo, niña, levántate… la tomó de la mano y la niña se puso en pie inmediatamente’. Dejemos que Jesús nos tome de la mano y nos ponga en pie, nos llene de vida. Tenemos que saber dejarnos conducir por Jesús. Siempre querrá llenarnos de vida.
Acudamos a Jesús desde nuestras necesidades, o con las dudas y las sombras que tengamos en la vida. No importa cuál sea nuestra situación, porque Cristo nos sale al encuentro, camina a nuestro lado y su presencia nos reconforta, nos anima, nos despierta a la verdadera fe, a la vida.
Nos despierta a la verdadera fe porque ya no es sólo acudir a El como al taumaturgo que de forma mágica nos va a resolver nuestros problemas, carencias o necesidades. El encuentro con Jesús por la verdadera fe es otra cosa. Algo más hondo que nos transforma por dentro. Algo que ya no sólo vamos a confesar a solas o a escondidas. Tendrá que manifestarse también públicamente. Será algo que vamos a vivir en la comunidad de creyentes.
El hecho que nos detalla el evangelista de que Jesús entrara consigo a Pedro, Santiago y Juan a la hora de dar vida a la hija de Jairo, ¿no pudiera ser expresión de la presencia de la comunidad creyente? Es así cómo tenemos que vivir y proclamar nuestra fe en Jesús. No como un acto que vivimos a solas de forma individual, sino que lo vivimos en el seno de la comunidad eclesial, en comunión de Iglesia.
Despierta, Señor, mi fe. Ayúdame a hacerla crecer y madurar cada día más. Que llegue a entender también que esa fe la viviré más intensamente cuando la proclame y la viva con la comunidad de los hermanos, que es la Iglesia.

sábado, 27 de junio de 2009

Fe, humildad y amor para acoger a Cristo en los demás



Gén. 18, 1-15
Sal: Lc. 1, 46-47.50. 53-55
Mt. 8, 5-17


Hermoso el mensaje que nos ofrece el texto del Génesis que nos presenta hoy la liturgia. Lo primero que aparece ante nuestros ojos es la hospitalidad de Abrahán. ‘Junto a la encina de Mambré… sentado a la puerta de la tienda porque hacia calor’ se encontró con tres caminantes que llegaban hasta su tienda.
La hospitalidad es una virtud muy destacada entre los orientales y sobre todo en los hombres del desierto. Agua y pan es lo primero que se les ofrece así como la oportunidad del descanso en cualquier lugar de sombra frente al calor del desierto. Pero Abrahán no se quedó en eso porque ‘corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a su mujer para que lo guisase enseguida…’ Cuajada, leche, una hogaza de pan, el ternero guisado, las mejores viandas para el banquete de la hospitalidad.
Pero bien sabemos que el texto sagrado quiere decirnos algo más. La imagen de estos tres caminantes es la imagen de Dios que sale al encuentro de Abrahán. Esta imagen que nos ofrece hoy el Génesis ha dado pie a una hermosa con el árbol de Mambré y los tres caminantes que vienen a ser como icono de la Santísima Trinidad, ya que los santos Padres de la antigüedad en estos tres personajes han querido ver un signo de la Trinidad de Dios.
Abrahán, el hombre creyente, el padre de los creyentes sólo pudo ver ese signo de la presencia de Dios que venía a su encuentro y la hablaba. Es el Dios de la promesa que una vez más le anuncia su cumplimiento. Quien le había dicho que iba a ser padre de un pueblo numeroso, ahora le confirma, a pesar de su mucha edad, que ‘cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo’.
Duda Sara y duda el mismo Abrahán, porque se creen viejos e incapaces de poder engendrar y procrear. ‘¿De verdad voy a tener un hijo siendo ya viejo?’ El texto habla incluso de la risa de Sara en un detalle hermoso y humano. Abrahán es centenario y Sara ya es muy vieja, pero el Señor le recrimina por su desconfianza mientras le dice: ‘¿Hay algo difícil para Dios?’ Unas palabras que nos recuerdan las que el ángel de la anunciación dirá a María cuando le comunica que su prima Isabel está también esperando un hijo, y ya está de seis meses. ‘Para Dios nada hay imposible’.
Si Abrahán en aquellos caminantes fue capaz de ver a Dios por su fe, recordemos que Jesús en el evangelio nos enseñaré que también nosotros verle en lo que hagamos al hermano, porque se lo hacemos a El. ‘Estuve hambriento, sediento, desnudo, estaba en enfermo o era peregrino… y me diste de comer, de beber, me vestiste, o me visitaste y acogiste… en uno de esos pequeños hermanos a mí me lo hiciste’. Por la fe como Abrahán también tenemos la oportunidad de acoger a Dios en nuestra vida.
Fe y amor que nos hacen descubrir a Dios. Es la fe, llena de humildad, que descubrimos en el centurión del Evangelio del texto de hoy. Tenía fe aquel hombre en que Jesús podía curar a su criado. Una fe con una certeza muy grande de manera que Jesús alabará la fe de aquel hombre. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Pero era una fe llena de humildad, porque se sentía indigno de que Jesús visitara su casa. ‘Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo?’ Ya sabemos cómo hemos tomado estas palabras para la liturgia y repetirlas nosotros antes de acercarnos a comulgar, sabiendo que la Palabra de Jesús nos sana y nos salva.
Nos hace falta fe, humildad y amor para acoger a Cristo en los demás. No siempre es fácil, pero sí es posible. Pidamos esa fe, tengamos esa humildad, llenemos nuestro corazón de amor y sabremos acoger al otro, recibirle como a Cristo en nuestra vida.

viernes, 26 de junio de 2009

La curación del leproso signo y señal del Reino de Dios que llega

Gén. 17, 1.o-10.15-22
Sal. 127
Mt. 8, 1-4


El comienzo del evangelio es el anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que llega y al que tenemos que convertirnos. Fue la primera predicación por las aldeas y pueblos de Galilea y toda Palestina. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia porque está cerca el Reino de Dios’.
En el Sermón del Monte nos explica Jesús cómo hemos de vivir el Reino de Dios, cómo tenemos que hacer para que en verdad pertenezcamos al Reino de Dios, y cuál es el estilo de vivir que hemos de tener los miembros del Reino de Dios. En estos últimos días hemos venido escuchando precisamente todo este llamado Sermón del Monte que comenzó por las Bienaventuranzas.
Seremos felices si vivimos el Reino aunque nos cueste y Jesús nos propone las Bienaventuranzas. Hemos de dar señales en nuestra vida de que en verdad queremos que Dios sea nuestro único Rey y Señor con nuestro amor, nuestra humildad, nuestro estilo de vida desprendido y generoso, nuestra capacidad de perdón para sentirnos todos hermanos, nuestra nueva y especial relación con Dios que es nuestro Padre, para eso nos enseña a llamarle Padre y nos ofrece como modelo de nuestra oración el Padrenuestro.
Pero Jesús ese anuncio del Reino de Dios lo hace a través de signos y señales que son sus milagros. Significan esa transformación que con Cristo tiene que realizarse en nuestra vida. Así el milagro que hoy hemos escuchado en el evangelio, la curación del leproso.
Habíamos escuchado a Jesús en el monte donde había proclamado las Bienaventuranzas y ayer escuchábamos que ‘al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los letrados’. Ahora nos dice que ‘al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente’. Pero de entre toda aquella gente surgió un leproso que se postra ante Jesús suplicándole: ‘Si quieres puedes limpiarme’. Y se realiza el milagro, el signo, la señal clara del Reino de Dios que nos transforma.
Jesús que cura y que libera del mal; Jesús que quiere un corazón puro y limpio; Jesús que quiere que nada se interponga entre los hombres, porque en su Reino todos somos hermanos y nos aceptamos y nos queremos. La curación del leproso nos dice muchas cosas. El hombre con la enfermedad de la lepra era un ser impuro que ya no podía vivir en medio de la comunidad; se le aislaba y estaba obligado a vivir en lugares solitarios apartado de todo el mundo, ni él se puede acercar a nadie ni nadie puede acercarse a él ante el temor de quedar impuro también.
Con Jesús todo eso cambia. El leproso se atrevido a llegar hasta los pies de Jesús y éste no lo rechaza sino todo lo contrario. Liberado de su mal podrá ya ir al encuentro con los demás. ‘Ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés’. Era el requisito previo para su reincorporación a la comunidad.
‘Señor, si quieres puedes curarme’, también le decimos nosotros a Jesús. Queremos que pongas tu mano sobre nosotros, que nos purifiques, nos limpies, nos hagas puros; queremos ser esos hombres nuevos que tú recreas; queremos estar contigo y estar también con los demás; no queremos soledades ni aislamientos; queremos ser uno contigo, queremos sentirnos transformados por tu gracia. Límpianos, Señor. Queremos vivir en tu Reino para siempre. Eres el único Señor, el único Dios de mi vida. Llévanos al Padre.

jueves, 25 de junio de 2009

Cumpliendo la voluntad del Padre realizamos el Reino de Dios y engrandecemos al hombre

Gén. 16, 1-12.15-16
Sal. 105
Mt. 7, 21-29


¿Cuáles son las obras que Dios nos pide? Creo que es importante que nos hagamos una pregunta así para saber bien a qué atenernos cuando nos decimos que somos personas religiosas o que somos tan cristianos como el que más. Y es importante tenerlo claro para ir a lo fundamental y hacer realmente lo que el Señor nos pide.
Con mi comentario no quiero entrar a hacer juicio contra nadie porque es a mí mismo al que me tengo que analizar y ver si realmente con lo que hago y con lo que es mi vida estoy respondiendo a lo que el Señor me pide.
Jesús nos señala dos cosas muy concretas hoy en el evangelio que hemos de tener en cuenta y que nos pueden dar pie para que analicemos muchas cosas. ‘No todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos…’ Y a continuación nos señala situaciones de gran actividad, incluso de cosas buenas – habla Jesús de profetizar en su nombre, echar demonios y hacer milagros, que podríamos traducir hoy en tantas y tantas actividades que podemos realizar, incluso en beneficio de los demás -, pero a lo que Jesús nos responderá diciendo: ‘No os conozco, alejaos de mi...’
En dos palabras: el que reduce todo a invocar continuamente el nombre de Dios sin preocuparse de hacer otra cosa, y al que convierte su vida en un activismo que podríamos llamar desenfrenado.
¿Qué contrapone Jesús a todo esto? ¿Qué es lo que realmente tendríamos que realizar? Nos habla Jesús de ‘cumplir la voluntad del Padre del cielo’. Y luego nos dirá ‘el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica…’ Y nos pone a continuación el ejemplo del hombre prudente que edifica su casa sobre roca contraponiéndolo al necio e insensato que edifica sobre arena. Y ya sabemos que acabarán una y otra cuando venga la tempestad.
¿Cómo hemos de entender todo esto? En otro lugar del Evangelio - precisamente este mismo de san Mateo que estamos proclamando – nos invita a que pasemos a heredar el Reino prometido porque le dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, vestimos al desnudo, visitamos y curamos al enfermo, etc… Pero la motivación honda será el cumplir la voluntad del Padre, escuchar a Jesús y poner en práctica su palabra. Como decimos en el padrenuestro: santificar el nombre de Dios, buscar el Reino de Dios, vivir el amor de Dios Padre presente en nuestra vida, y todo esto haciendo siempre su voluntad.
Ni una piedad que nos aleja de los demás desentendiéndonos de los otros, ni un activismo que nos haga olvidar a Dios para no tenerlo como principal motor de nuestra vida. El Reino de Dios no es hacer simplemente obras de justicia a favor de los demás, sino hacer todo eso porque sentimos y queremos que Dios sea el único Rey y Señor de mi vida y de la vida de los hombres. Porque siendo Dios nuestro único Señor lo que hacemos siempre es engrandecer al hombre.

miércoles, 24 de junio de 2009

Juan precursor del Mesías, nosotros precursores de Jesús para los demás


Solemnidad del nacimiento de Juan el Bautista
Isaías, 49, 1-6
Sal. 138
Hechos, 13, 22-26
Lc. 1, 57-66.80



‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Así nos describe la antífona de entrada de esta fiesta la figura y la misión del Bautista, tomando la idea del principio de Evangelio de Juan y de san Lucas.
No era la luz, sino testigo de la luz. No era la Palabra viva y definitiva de Dios para nuestra salvación, pero sí era la voz que anunciaba la llegada de esa Palabra de vida y salvación. No era el Mesías, como se apresuraba a confesar a los enviados venidos de Jerusalén, ni se consideraba el profeta, pero sí era el que preparaba los caminos del Señor y el que venía ‘con el espíritu y el poder de Elías para preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor’.
Hoy celebramos su nacimiento y todos hacemos fiesta. Es una solemnidad grande que está muy metida en la entraña del pueblo. ‘Te llenarás de alegría, le dijo el ángel a Zacarías allá en el templo cuando la ofrenda del incienso, y muchos se alegrarán en su nacimiento’. Y hoy nos dirá san Lucas que ‘los parientes y vecinos felicitaban a Isabel porque el Señor le había hecho gran misericordia… y la noticia corrió por la montaña preguntándose todos llenos de asombro ¿qué va a ser de este niño?’
‘A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo’
cantará Zacarías alabando y bendiciendo a Dios ‘que ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación’. Viene el testigo de la luz y ‘por la entrañable misericordia de Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas… y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.
Todo esto lo reflexionamos en esta fiesta de san Juan Bautista y es motivo para nosotros para alabar a Dios por lo que significó ya entonces el Bautista en la historia de la salvación. Es el precursor que Dios quiso enviar antes que su Hijo para que preparase el camino de la salvación. El que venía a preparar los corazones de los hombres, como la casa que se prepara para recibir una gran visita. Grande era la visita porque venía Dios mismo a estar con nosotros, a ser Emmanuel, a ser Dios con nosotros.
Dios sigue visitándonos hoy con su gracia y salvación. Dios quiere seguir iluminándonos para sacarnos de las tinieblas de la muerte y del error. Dios quiere seguir siendo el camino de nuestros pasos para que nos lleven por sendas de amor y de paz.
Tenemos que seguir escuchando la voz que grita, que nos despierta, que nos señala a donde hemos de ir. ¿Qué nos señala o a quien nos señala? Yo diría más bien a quien nos señala. Como a aquellos discípulos que estaban a su lado, a nosotros también nos dice: ‘He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y Juan se hizo a un lado para que aquellos sus discípulos fueran los primeros en ‘seguir al Cordero a donde quiera que fuera’, como nos dice el Apocalipsis; se hizo a un lado para que siguieran a Jesús y nada más que a Jesús. Es lo que a nosotros también nos señala, a donde quiere que nosotros caminemos. Todo tiende a Jesús.
Es a dónde tenemos que ir. Pero es también lo que nosotros tenemos que señalar a los demás. Precursores de Jesús tenemos que ser nosotros para los demás, porque todo nuestro interés tiene que ser señalar el camino con nuestras palabras valientes, con el testimonio claro de nuestra vida para que todos lleguemos a ese conocimiento de Jesús, a esa vida de Jesús.

martes, 23 de junio de 2009

Un camino ancho y un camino estrecho. ¿cuál es el nuestro?

Gen. 13, 2.5-18
Sal. 14
Mt. 7, 6.12-14

¿Qué significa ese camino ancho y ese camino estrecho que nos contrapone Jesús hoy en el evangelio? ¿Será que Jesús quiere ponernos las cosas difíciles y ‘amargarnos’ la vida? ‘Entrad por la puerta estrecha, nos dice… ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida!’
Esto no lo podemos decir y más si escuchamos estas palabras en el contexto de este discurso que ha comenzado precisamente anunciando una felicidad para todos. No olvidemos que el Sermón del Monte, del que son estas palabras hoy escuchadas, comienza con las Bienaventuranzas.
Jesús precisamente ha venido a hablarnos de plenitud de vida y lo que más quiere es restablecer la dignidad del hombre, la dignidad de toda persona, arrancándole de toda aquella esclavitud que le hace sufrir. Recorramos las páginas del evangelio para darnos cuenta de ello. Por ahí puede ir la clave de estas palabras de Jesús.
Todos queremos la dicha y la felicidad, es cierto, la plenitud de la vida. Y esto además lo queremos para todos. Pero ¿en qué ponemos esa plenitud, o en qué ponemos esa dicha? Es ahí donde tenemos el peligro de confundirnos, de pensar sólo en nosotros mismos, o de buscar solamente aquellas cosas que me satisfagan pronto y momentáneamente. Y podemos, entonces, buscar sustitutivos de la verdadera felicidad o de la auténtica plenitud del hombre y la persona.
Es el camino de vida fácil al que nos sentimos tentados, de sólo pensar en sí mismo, de dejarme llevar por la más elemental apetencia o por las pasiones, y no buscar lo que verdaderamente merece la pena.
Buscar lo que verdaderamente merece la pena tiene sus exigencias, exige un control y un dominio de nosotros mismos, un sabernos negar a nosotros muchas cosas para poder encontrar y alcanzar lo verdadero.
Aquí podemos entender lo del camino fácil, lo del camino ancho, y por el contra lo del camino estrecho y exigente. ¿Qué es lo que queremos alcanzar y cómo queremos alcanzarlo?
Por ejemplo, el estudiante que se prepara y se forma para su futuro no podrá simplemente dejarse llevar por lo que le apetece en cada momento, por la fiesta, la diversión y abandonar sus estudios y preparación, porque al final no alcanzará la preparación adecuada, no obtendrá los títulos que le acredite y dé fe de su preparación y no podrá obtener aquel trabajo o aquella responsabilidad seria en su vida. Tendrá que sacrificar muchas cosas para poderse sentir satisfecho al final por lo logrado y ser feliz de verdad.
Así es la vida y así es también lo que es alcanzar esa vida en plenitud que Jesús nos ofrece, esa vida eterna a la que todos estamos llamados, la dicha y la felicidad que el Señor quiere para nosotros y por lo que Jesús, el primero, se sacrifica y muere para alcanzárnoslo. La pasión y la muerte es el camino de la vida y de la resurrección. La Pascua es un modelo de nuestro caminar en todos los sentidos. Todo tiene que ser Pascua en nuestra vida.

lunes, 22 de junio de 2009

Ponernos en camino e ir hacia donde Dios nos mostrará

Gén. 112, 1-9
Sal. 32
Mt. 7, 1-5


En la lectura continuada que vamos haciendo de la Biblia en las lecturas en medio de la semana con la intención de que los creyentes tengamos un mayor acercamiento a la Palabra de Dios manifestada en los textos sagrados, en la primera lectura iniciamos hoy la lectura de varios libros del Antiguo Testamento. Se prolongará ahora varios meses y comenzamos con el Génesis para hacer una lectura escogido de los principales textos del Pentateuco, el libro de la Ley para los judíos, y continuaremos luego con otros libros del conjunto de los llamados históricos.
Comenzamos hoy con el capítulo 12 del Génesis porque ahí comienza la historia de Abrahán, fundamental en la historia y en la fe de Israel, como lo es para las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y la musulmana. Las tres religiones tienen como padre en la fe a Abrahán, y para el pueblo de Dios es el inicio de su propia historia. Dios le promete que hará surgir de él un pueblo numeroso, como le dirá más adelante, ‘te bendeciré y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa’.Es el inicio de la historia del pueblo de Israel, el pueblo de Dios.
Abrahán es modelo y ejemplo de fe; se le reconoce como el padre de los creyentes. Hoy se nos manifiesta esa fe de Abrahán, aunque tendremos ocasión de contemplar otros momentos especiales de su fe puesta a prueba. Ahora el Señor le dice: ‘Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré… y Abrahán marchó como le había dicho el Señor’. Aquí está la fe de Abrahán, que se fía de Dios y se pone en camino a donde Dios lo conduzca. Abrahán creyó. Escuchó a Dios y le siguió.
Ahí está su gran ejemplo del que tenemos que aprender. La fe le complica la vida, porque le hace salir y ponerse en camino. Algunas veces queremos tener nuestra como un adorno bonito que lucimos en determinados momentos. Pero la fe tiene que ponernos en camino. Camino de la fe, camino que nos hace salir de nosotros mismos y de nuestras seguridades. Camino que es búsqueda y escucha. No fueron sus propios caminos los que siguió Abrahán, sino los caminos que Dios le señalaba. ‘Hacia la tierra que te mostraré…’
Esa búsqueda no se acaba; ese ponernos en camino es tarea de todos los días; ese arrancarnos de nuestras cosas es algo en lo que tenemos que estar siempre atentos. Hay apegos, y rutinas, y anquilosamiento… Siempre Dios tiene una palabra nueva y viva que decirnos allá en lo hondo del corazón. No nos instalamos. Nos hace arrancarnos de nuestro pecado, y subir la larga pendiente que nos lleva a la santidad. Aunque pasemos por arideces y desiertos. Sabemos quien va con nosotros en ese camino, porque Dios no nos dejará nunca solos aunque muchas veces nos cueste verlo.
Y una palabra del evangelio aunque sólo sea subrayar la sentencia que nos da Jesús. ‘No juzguéis y no seréis juzgados…’ Qué fácil nos sale el juicio y la condena. Qué fácil nos es ver la mota del ojo ajeno. Qué prontos somos para mirar lo negativo del otro aunque sea una cosa muy pequeña. Cuánto nos duele que nos juzguen a nosotros. Siempre queremos justificarnos. Escuchemos lo que nos dice Jesús. ‘La medida que uséis, la usarán con vosotros’.

domingo, 21 de junio de 2009

¿Una travesía con muchas tempestades?

Job, 38, 1.8-13;

Sal. 106;

2Cor. 5, 14-17;

Mc. 4, 35-40


‘Vamos a la otra orilla…’ les dijo Jesús a los discípulos. Y mientras atravesaban el lago en la barca ‘se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’. Los discípulos estaban asustados mientras Jesús ‘estaba a popa, dormido sobre un almohadón’.
Todavía hay personas que se sienten con miedo e inseguridad cuando tienen que subir a un avión o a un barco para hacer un viaje de larga distancia. No digamos nada si antes de hacer el viaje han oído hablar de catástrofes o accidentes de algún tipo, pues entonces la intranquilidad o inseguridad es peor.
Pero no nos hagamos los valientes frente a esas personas que también nosotros a veces cuando tenemos que enfrentarnos a un mundo cambiante o que ha cambiado tanto en las costumbres que a nosotros nos parece que no tienen que cambiar, también nos sentimos llenos de miedos e inseguridades de manera que nos parece que no hacemos pie en nuestro caminar por la vida.
Costumbres que cambian, gentes que piensan de otra manera y tratan de imponer sus ideas, leyes que nos parecen adversas a nuestros principios, secularización de nuestra sociedad donde lo religioso o los valores cristianos se quieren posponer o relegar a un segundo o último lugar… nos hacen sentirnos mal y nos parece que el barco de nuestra vida se va a hundir.
¿Dónde está Dios? pueden gritarnos algunos, o puede ser la duda que surja en nuestro interior. ¿A dónde vamos a llegar?, nos preguntamos. ¿Qué estamos haciendo de nuestra sociedad? Y nos llenamos de pesimismo para verlo todo negro y nos entran los miedos y las inseguridades. ¿A qué otra orilla estamos caminando?
Es algo parecido a aquella travesía en barca para ir a la otra orilla y en la que los sorprendió la tempestad de la que nos habla el evangelio. Es una imagen de lo que nos sucede. ¿Qué hacer?¿Nos sentiremos igualmente solos y abandonados? ¿Acaso nos echará en cara Jesús nuestra falta de fe? Una cosa sí podemos decir, la barca salió adelante y luego vino la calma. ¿Podría darnos esperanza? La Palabra del Señor siempre tiene que ser para nosotros un faro de esperanza.
¿No ha puesto el Señor esa barca de la vida en nuestras manos? Tenemos que ser los marineros expertos que la saquemos adelante y la llevemos a buen puerto. A nosotros nos dijo: ‘id al mundo entero a anunciar la Buena Noticia de la salvación…’ Creó el mundo y nos lo puso en nuestras manos. Y a ese mundo nos envía ahora a llevar la Buena Noticia. En ese mundo nosotros tenemos que ser luz que ilumine y sal que dé sabor. Somos sus mensajeros que vamos con su misión. Y ahora dependerá de nosotros cómo marche ese mundo, el rumbo que le demos a ese mundo. Claro que siempre con la fuerza de la gracia del Señor.
Pero también recordemos que nos previene que la tarea no va a ser fácil. Hay sufrimientos y enfermedades, hay peligros de todo tipo y hasta venenos que pueden dañar nuestra vida; habrá quienes nos reciban y quienes nos rechacen. A todo eso nos previene Jesús. Recordemos lo que dice a los discípulos cuando los envía de dos en dos o a los apóstoles al final del evangelio cuando los envía por el mundo. Cuando nos manda curar enfermos, llevar paz, y nos anuncia que nos da poder sobre todas esos males, nos está hablando de esas tormentas con las que nos vamos a encontrar en ese mar de nuestro mundo. No será fácil la tarea, pero nos dirá también que El está con nosotros hasta el final de los tiempos, o que nos enviará la fuerza de su Espíritu para ser sus testigos.
¿Por qué dudar, entonces, por qué llenarnos de miedos, por qué sentirnos inseguros cuando aparecen esos peligros y dificultades al enfrentarnos con ese mundo en el que vivimos? ¿Por qué esa falta de fe? Nos recrimina Jesús a nosotros como lo hizo entonces con los discípulos en aquella travesía. ‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ No podemos dudar de su presencia y de la fuerza de su Espíritu que nos ha prometido.
El Señor está ahí y la primera tempestad quizá que quiere calmar está en nuestro interior, en esas dudas y cobardías. El quiere que no perdamos la paz a pesar de las turbulencias de la vida. El es nuestra luz y nuestra fortaleza. El Señor con la fuerza de su Espíritu nos ha transformado para que seamos esa criatura nueva de la fe, del amor, de la valentía y del arrojo para proclamar la Buena Noticia del Evangelio a ese mundo concreto que nos rodea en el que hoy vivimos. ‘Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha llegado’, que nos decía san Pablo.
No nos podemos quedar en añoranzas de otros tiempos que a nosotros nos puede parecer que fueron mejores. Cada momento tiene sus tempestades, sus luces y sus sombras. Y es aquí y ahora cuando nos toca vivir y proclamar la Buena Noticia de Jesús. El está con nosotros. Tengamos la certeza de su presencia y no nos faltará la paz.

sábado, 20 de junio de 2009

Presumo de mis debilidades porque así residirá en mi la fuerza de Cristo

2Cor. 12, 1-10
Sal.33
Mt. 6, 24-34

Hermoso el mensaje que nos ofrecen los dos textos de la Palabra de Dios hoy proclamada, tanto el Evangelio como de la segunda carta a los Corintios.
Fijándonos de manera especial en este texto de san Pablo podríamos comenzar por preguntarnos quiénes son los que hoy se manifiestan como triunfadores en la vida. Los que presentan como poderosos, ricos de bienes materiales o pueden ofrecer muchos títulos acreditativos o con muchas recomendaciones, muy combativos de manera que no les importe eliminar a sus contrincantes, pareciera que tienen abierto el camino para el triunfo. Sin embargo el texto de la Palabra de Dios hoy nos ofrece otra visión y otros criterios.
San Pablo en esta carta que estamos comentando trata de describirnos cuál es la misión y la tarea de un apóstol presentándose a sí mismo como un apóstol enviado del Señor. Y aunque en un momento determinado pareciera que puede ofrecer los títulos de lo que él ha hecho – tendríamos que fijarnos en el texto de ayer, aunque por ser el día del Corazón de Jesús fue otro el que nos ofreció la liturgia -, y aunque ahora mismo pudiera hablar hasta de sus experiencias místicas, sin embargo quiere presentarse en medio de su debilidad, porque como nos dice lo que quiere manifestar por encima de todo es ‘la fuerza de Cristo’.
Podría presumir de muchas cosas, viene a decirnos, pero concluye: ‘lo que es yo, sólo presumiré de mis debilidades… muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo en medio de mis debilidades, de los insultos, de las privaciones, de las persecuciones y dificultades sufridas por Cristo…’
Y nos hace una confesión, como dice él ‘para que no tenga soberbia’. No sabemos a qué hace referencia en concreto de los aspectos de su vida, una enfermedad, una debilidad y discapacidad corporal, una tentación que sufran continuamente… ‘me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio’. Dice cómo le pide continuamente al Señor verse libre de ello, pero el Señor le contesta: ‘Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad’.
Es el camino que nos ha enseñado Jesús en el evangelio. Camino que pasa por la humildad, por hacerse y sentirse el último. O como el mismo san Pablo nos dirá otra ocasión ‘ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro’. Esos son los títulos para el triunfo, que sólo en Cristo podremos obtener de verdad. Pero es que así además es cómo podremos saborear el amor del Señor. ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, que hemos dicho en el salmo.
Y es que nos sentimos amados y protegidos del Señor. Así conectamos con el evangelio de hoy que nos habla de la confianza absoluta que hemos de tener en la Providencia de Dios. Es el Padre bueno que nos cuida, nos protege, nos ama, nos libra del mal. En El tenemos que poner toda nuestra confianza. Y nos habla de los lirios del campo o de los pájaros del cielo. ‘No trabajan ni hilan…’ y las flores del campo se manifiestan en toda su belleza, ‘que ni Salomón, en todo su fasto, se vistió como uno de ellos,,, vuestro Padre celestial los alimenta… ¿no valéis vosotros más que ellos?... no andéis agobiados pensando qué vais a comer a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir… no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio…’
Recordemos que cuando Jesús nos enseña a orar – escuchamos el texto hace pocos días – y nos enseñó a pedir también por nuestras necesidades materiales, no nos dice que pidamos riquezas en abundancia que nos resuelvan la vida para siempre. Recordemos la parábola de aquel rico que lleno de una cosecha todos sus graneros pensando que ya tendría para toda su vida, pero aquella noche murió. Jesús nos enseña a pedir solo el pan de cada día. ‘El pan nuestro de cada día dánosle hoy’.
Cómo ha de ser nuestra confianza en la providencia del Dios, Padre bueno que nos ama y cuida de nosotros. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura’, terminará diciéndonos Jesús.

viernes, 19 de junio de 2009

Corazón de Jesús, santificación de los sacerdotes y Año Sacerdotal

Oseas, 11, 1.3-4.8-9
Salmo: Is. 12,
Ef. 3, 8-12.14-19
Jn. 19, 31-37


‘Sacaréis agua con gozo de la fuentes de la salvación’, repetimos en el salmo cuando hoy venimos a contemplar, celebrar y vivir todo el amor que se expresa en el Sagrado Corazón de Jesús.
En el evangelio hemos contemplado a Cristo en su agonía y muerte en la cruz por nuestro amor. Agonía de amor, entrega de sí mismo hasta el último suspiro como una exhalación de amor por nosotros. Pero Juan nos da un detalle muy significativo. ‘Uno de los soldados, con una lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua’.
De esa fuente de salvación queremos nosotros beber para calmar la sed en lo más hondo de nosotros mismos. El nos había dicho ‘el que beba del agua que yo le dará no volverá a tener sed… y surgirá dentro de él un surtidor que salta hasta la vida eterna’. Claro que entonces le tenemos que pedir. ‘Señor, danos de esa agua…’ como le pedía la samaritana.
Es una imagen de los sacramentos lo que estamos contemplando como expresaremos en el prefacio de la misa de hoy. Por eso queremos acercarnos con gozo para beber de esa fuente de la salvación. ‘El cual, con amor admirable, se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al Corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación’.
Contemplar y celebrar al Corazón de Jesús es contemplar todo el inmenso amor de Dios por nosotros para dejarnos inundar por él. Es hermoso lo que hemos escuchado al profeta. ‘Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía…’ nos dice. Nos habla de un amor de siempre, incluso cuando hemos estado en la esclavitud del pecado y de la muerte. Nos llamó, nos hizo hijos, nos enseñó a caminar. ‘Cuando Israel era joven lo amé, desde Egipto llamé a mi hijo. Yo enseñé a andar a Efraín, lo alzaba en brazos… se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas…’
Beneficios de amor para con nosotros, que podamos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia, como pedimos en la oración, que nos inflame de amor, que encienda en nosotros el fuego de la caridad.
Esta Jornada de hoy, día del Sagrado Corazón de Jesús, tiene también una connotación y un sentido eminentemente sacerdotal. Es la Jornada Mundial de oración por la santificación de los Sacerdotes. Pero es también la apertura del ‘Año Sacerdotal, promulgado por nuestro amado Papa Benedicto XVI, para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, el Santo Cura de Ars’. Esto citando textualmente algunos párrafos de la carta a los sacerdotes de todo el mundo del Cadenal Prefecto de la Congregación para el Clero con esta ocasión.
‘Deberá ser un año positivo y propositivo en el que la Iglesia quiere decir, sobre todo a los Sacerdotes, pero también a todos los cristianos, a la sociedad mundial, mediante los mass media globales, que está orgullosa de sus Sacerdotes, que los ama y que los venera, que los admira y que reconoce con gratitud su trabajo pastoral y su testimonio de vida’.
‘Este Año debe ser una ocasión para un periodo de intensa profundización de la identidad sacerdotal, de la teología sobre el sacerdocio católico y del sentido extraordinario de la vocación y de la misión de los Sacerdotes en la Iglesia y en la sociedad’.
‘El Santo Padre, en su discurso de promulgación durante la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, el 16 de marzo pasado, dijo que con este año especial se quiere “favorecer esta tensión de los Sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia del ministerio”. Especialmente por eso, debe ser una año de oración de los Sacerdotes, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes; un año de renovación de la espiritualidad del presbiterio y de cada uno de los presbíteros’.

Con san Pablo en su carta a los Efesios concluyo esta reflexión: ‘Que el Señor, de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.

jueves, 18 de junio de 2009

Padre, hágase tu voluntad…

2Cor. 11, 1-11
Sal. 110
Mt. 6, 7-15


‘Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imagina que por hablar mucho les harán caso… vosotros rezad así: Padre nuestro del cielo…’
Una palabra nos enseña Jesús a decir. Una palabra que es mucho más que una palabra. Una palabra y nos basta. Es la misma que empleaba Jesús para dirigirse al Padre y nos la enseña a nosotros. Repito, una palabra y nos basta, si fuéramos capaces de decirla con la misma intensidad, con el mismo amor que la pronunciaba Jesús.
Todos conocemos el ejemplo mil veces repetido de la buena mujer que decía que no sabía orar porque cuando decía Padre ya no sabía decir más y se quedaba extasiada saboreando que Dios es su Padre. La mejor oración. La que tenemos que aprender a decir nosotros. Claro que no podemos decirla si el Espíritu no está en nosotros y nos dejamos conducir por El. Es que nos da esa posibilidad porque nos llena de la vida de Jesús para hacernos a nosotros hijos; es el que clama en nuestro corazón para poder decirla con toda hondura.
‘Padre, aquí estoy para hacer tu voluntad…’ decía el Hijo al entrar en este mundo, como nos recuerda la carta a los Hebreos. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, dirá Jesús cuando los discípulos andan preocupados por comidas terrenales y de aquí abajo.
‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…’ es el grito de amor de Jesús desde la cruz para darnos a todos la salvación, el perdón, la vida. ‘Padre, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya…’ será el grito desgarrador de Jesús antes de comenzar su pasión que ya le hacía sufrir por nosotros hasta sudar gotas de sangre, la que sería su sangre derramada por nosotros, la Sangre de la Alianza Nueva y eterna.
‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’, será el grito de la ofrenda del sacrificio, en el que todo estaba consumado, porque la vida estaba entregada y la salvación para nosotros ya alcanzada.
‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los sencillos y a los humildes…’ exclama Jesús bendiciendo al Padre del cielo que así se nos revela y se nos manifiesta.
Y ‘Padre’, nos enseña a decir Jesús a nosotros, ‘hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo’. Por eso cuando rezamos la oración que Jesús nos enseñó tenemos que aprender a decirlo como Jesús. La voluntad de Dios, no la nuestra. Aunque nos cueste sangre y sacrificio. Es la ofrenda de amor que también nosotros tenemos que hacer.
Mucho nos daría para reflexionar todo esto que nos enseña Jesús. Me encontré con un texto de un santo Doctor de la Iglesia, san Cipriano, con un hermoso comentario sobre la oración del padrenuestro del que no me resisto a transcribir alguno de sus más hermosos párrafos.
“La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que El nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, en los tormentos, la confianza con que luchamos y, en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona. Eso es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre”.
Ojalá siempre le demos esa hondura al rezo de la oración que Jesús nos enseñó.

miércoles, 17 de junio de 2009

No nuestra gloria sino la gloria del Señor

2Cor. 9, 6-11
Sal. 111
Mt. 6, 1-6.16-18


En la sociedad competitiva en la que estamos pareciera que algunos viven una alocada carrera de méritos. No digo que para determinadas competencias no haya que hacerlo, pero ya sabemos cómo en cualquier parte te exigen un currículum vital donde se resalten los merecimientos que cada uno tenga o crea tener en virtud de su preparación, lo que se haya realizado, las capacidades y las cualidades.
A todos nos gusta por otra parte se reconozcan nuestros méritos, lo que somos o lo que hayamos hecho y, como se suele decir a nadie amarga un dulce, queremos vernos reconocidos, aplaudidos y halagados.
Sin embargo, parece que Jesús nos enseña hoy otro estilo de hacer las cosas en la humildad y el silencio y sin la búsqueda de reconocimientos humanos. ¿Dónde hemos de buscar nuestra recompensa? ¿en la alabanza de los hombres? ¿hacemos sólo las cosas para que nos vean buscando la alabanza y el aplauso?
‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’, nos dice Jesús hoy.
Cuando hagas el bien no vayas tocando las trompetas para que todo el mundo se entere de lo bueno que eres… ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha…’ nos viene a decir Jesús.
Habla Jesús de los hipócritas y su fariseísmo que solo hacen las cosas buscando reconocimientos humanos. Nos habla de la limosna, y de la oración, y del ayuno y de cualquier obra buena que hagamos. ‘No seáis como los hipócritas a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vea la gente’. Lo importante no es nuestra gloria sino la gloria del Señor.
Que no se nos suba el pavo por aquello bueno que hacemos, que no busquemos esos orgullos y vanaglorias humanas. Nuestro premio y recompensa está en el Señor. ‘Que tu ayuno lo note tu Padre que está en lo escondido; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará’. Pero ¡ojo!, que la recompensa del Señor, El nos la dará a su manera y cuándo y cómo quiera El.
No nos creamos, por otra parte, tan autosuficientes y orgullosos por aquello que hacemos que vayamos reclamándole los premios a Dios, poco menos que haciendo una lista de las cosas buenas que hacemos como si fuera un memorando que presentamos, y por lo que queremos ahora todas las bendiciones de Dios, incluso en lo material. Tentación tenemos de decir cuando nos vienen situaciones difíciles con todo lo bueno que yo he hecho y mira lo que estoy recibiendo.
Pero tampoco con una falsa humildad tapemos tanto lo bueno que hacemos que no sea motivo para que todos demos gloria a Dios por ello. El ejemplo lo tenemos en María. Ella glorifica al Señor porque en ella, en su pequeñez, hizo el Señor cosas grandes. Y también Jesús nos dice que nuestra luz debe alumbrar para que cuando los demás vean nuestras buenas obras glorifiquen al Padre del cielo. No tardaremos mucho en escuchar esto en la lectura continuada del evangelio que estamos haciendo.
Todo siempre para la gloria de Dios.

martes, 16 de junio de 2009

La plenitud en un nuevo estilo de amor

2Cor. 8, 1-9
Sal. 145
Mt. 5, 43-48

Ya hemos escuchado que no vino a abolir la ley sino a dar plenitud. ‘No penséis, nos decía, que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Hoy nos viene dar la altura de esa plenitud, la altura, la meta, el ideal a imitar está en Dios. ‘Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. El listón está colocado bien alto, donde está la mayor plenitud, que es en Dios. No nos extrañe, entonces, lo que anteriormente nos había propuesto. Lo que ayer escuchábamos de romper la espiral de la violencia, como reflexionábamos. Y no nos extrañe lo que hoy nos propone.
Es que Jesús nos está hablando del amor donde encuentra plenitud la ley; del amor donde está la plenitud del hombre y de la persona; del amor en ese estilo nuevo que es el estilo de Jesús, es el estilo que nos propondrá en el evangelio.
Hoy nos habla del amor a todos y en concreto del amor a los enemigos. Porque ya no es amor a los amigos, a los que nos aman o nos caen bien; no es el amor al otro como simple correspondencia al amor que el otro nos pueda tener. Es el amor al otro aunque no se sea correspondido, e incluso, aunque no sea amado sino mas bien odiado, porque sea mi enemigo. Bueno, tendríamos que decir, que ya entre los que seguimos a Jesús a nadie podremos considerar enemigos, porque todo hombre, sea quien sea, es mi hermano.
‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian…’
Fijémonos en lo que nos dice: amar a los enemigos… hacer el bien a los que nos aborrecen… y rezar por los que nos persiguen y calumnian… Esto último tendría que ser algo a tener muy en cuenta, lo de ser capaces de rezar por aquellos que nos hacen daño. Quizá el autor sagrado cuando nos trasmite el evangelio y lo redacta estaban viviendo en la Iglesia tiempos difíciles de persecución, y por eso insiste en la referencia a los que son perseguidos y calumniados. Pero es algo que nos viene bien recordar siempre porque son situaciones por las que en unos momentos u otros pasamos o podemos pasar.
No es fácil en esas situaciones hacer esto que nos pide Jesús en el evangelio, tenemos que reconocer, y puede resultar hasta heroico el hacerlo, pero, ¿quién nos dijo que nosotros, los cristianos, tenemos que hacer sólo lo que todos hacen o lo que hace cualquiera?
Jesús a continuación nos lo dice. Si hacemos lo que todos hacen, ¿qué mérito tenemos? ‘Así, nos dice, seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Como recordamos antes, nos propondrá al final que seamos perfectos como nuestro Padre del cielo. Pero nos dice más: ‘Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos… los gentiles? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?’
Es la ley del amor que nos dará la mayor plenitud. Es el amor que envolverá nuestra vida y nos hará verdaderamente grandes. Pero será un amor que sólo podremos vivir con su fuerza, con la fuerza de su Espíritu. Será algo por lo que tenemos que orar mucho. Para que nunca nos falte esa fuerza del Señor.

lunes, 15 de junio de 2009

El ahora de Dios en el ahora del hombre para no echar en saco roto la gracia de Dios

2Cor. 6, 1-10
Sal. 97
Mt. 5. 38-42
‘Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación… os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios…’ Un saco roto no nos vale para nada. Todo lo que echemos en él se perderá.
Y cada día, en cada momento está el ahora de Dios que es también el ahora para el hombre; el ahora de la gracia que Dios nos da; que nos llama; que nos invita; que nos fortalece; que nos previene; que ilumina nuestra vida. Pero ese ahora no lo podemos echar en saco roto, dejarlo para después. Porque la gracia del ahora es irrepetible. Es importante que le demos importancia a este ahora. Que lo aprovechemos.
Y llega a nosotros de muchas maneras. Las gracias actuales de Dios se nos manifiestan de muchas maneras. Puede ser la Palabra proclamada solemnemente en una celebración, o escuchado allá en el silencio de nuestro cuarto en la intimidad del corazón, puede ser esta palabra que ahora por este medio, en esta lectura pudiera llegar a tu vida. Ahí, aquí, ahora puede estar una invitación del Señor, una gracia de Dios.
‘Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero’, se nos decía en la aclamación del aleluya antes del evangelio hoy. Si no tenemos luz y caminamos a oscuras nos estamos exponiendo a muchos tropiezos y peligros. Necesitamos una luz para el camino de nuestra vida. Y esa luz la tenemos en la Palabra de Dios. Por eso cada día nos dejamos iluminar. Y es importante esa luz que recibamos en cada momento de forma concreta. Ese ahora de Dios y ese ahora del hombre, como venimos reflexionando. Y en el evangelio resuena de una forma clara y concreta para las situaciones en que nos vamos encontrando en la vida. Con sinceridad, sin miedos, sin temores, sin complejos tenemos que ir a dejarnos iluminar por esa luz.
El texto del evangelio de hoy nos puede parecer hermoso pero al mismo tiempo utópico, porque ¿quién va a poner realmente la otra mejilla cuando le hayan hecho daño en una? Es lo que primariamente pensamos al escuchar el texto del evangelio.
Escuchémoslo directamente. ‘Sabéis que está mandado: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñalo dos; a quien te pide, da; y al que te pide prestado, no lo rehuyas’.
Si es que él no me saluda ni me habla… si es que él me dijo o me hizo… si es que él me hizo daño… si es que es un pesado y no hay quien lo aguante… si es que… Siempre pensamos que es el otro el que comenzó a obrar mal y cómo no le voy a responder con la misma manera. Siempre esperamos que el otro comience la obra buena, para yo entonces hacer lo mismo…
Jesús lo que nos está enseñando es que rompamos esa espiral de la violencia, del desamor, del responder con acritud, de la pasividad… Ya sabemos lo que es una espiral, comienza por un punto pero a cada vuelta se va agrandando más y alejándose cada vez más de aquel punto central o haciéndose cada vez mayor. Empezamos por un mal gesto de uno de los dos, pero a lo que el otro responde con otro gesto semejante o mayor y así se van agrandando y agrandando las violencias y las discordias, los distanciamientos o los orgullos que han nacido en nuestro corazón.
La única espiral que tendría sentido sería la del amor. Un amor que nos haga ser humildes, que nos haga abajarnos de nuestros orgullos. Un amor que tome la iniciativa para responder bien a lo mal que nos hayan podido hacer. Es el camino que nos enseña el evangelio. Es el camino verdadero del amor cristiano.
Ahora, hoy llega esta luz de la Palabra para iluminar los caminos y senderos de nuestra vida. No echemos en saco roto esta gracia de Dios.