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sábado, 8 de octubre de 2016

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Gálatas 3,22-29; Sal 104;  Lucas 11,27-28

Las gentes se entusiasmaban con Jesús. Era su Palabra con un mensaje claro y lleno de vida, eran los signos que realizaba, era la vida misma de Jesús, su cercanía, sus gestos los que les hacían proclamar que nadie había hablado como El, con su autoridad, con su firmeza y valentía; la esperanza comenzaba a despertar de nuevo en sus corazones porque vislumbraban ese mundo nuevo que El anunciaba y vivir esa paz y en esa comunión entre todos, donde todos se aceptaran, donde nadie fuera mejor ni más poderoso que el que estaba a su lado era algo que en el fondo todos deseaban y con Jesús parecía que todo aquello era posible.
Por eso lo seguían aunque fuera al desierto y descampado; cuando se retiraba a solas para orar lo esperaban o lo buscaban; cuando marchaba de un lugar a otro lo seguían; así se aglomeraban multitudes en torno a El, no le dejaban ni en la casa porque se agolpaban a la puerta de manera que a veces parecía imposible llegar hasta El con los enfermos o los lisiados que le traían para que El los curara. Y El estaba dispuesto a ir a todas partes, y allí donde supiera que había alguien que sufría El estaba dispuesto a ir a estar a su lado, como al paralítico de la piscina, o a la hija de Jairo que estaba en las últimas.
No es extraño, pues, que pudiera surgir aquella voz anónima en medio de la multitud. Una mujer sencilla del pueblo que se entusiasmaba al escucharle y que se acordó de su madre. Qué dichosa tendría que sentirse la madre de Jesús, pensaba aquella mujer en sus adentros, pero no pudo más hasta que gritó para que todos la escucharan. ¡Dichosa la madre que te crió! ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Es normal cuando contemplamos la belleza del corazón de una persona, porque vemos sus gestos, vislumbramos sus actitudes, somos testigos de las cosas buenas que hace, de su entrega, de su generosidad, de su compromiso, pensamos en la familia donde fue educado, pensamos en la madre que lo crió y le enseñó tales cosas tan buenas.
Jesús no es que rechace esa alabanza que se hace a su madre. El también estaría dispuesto a decir cosas hermosas de María. Pero Jesús quiere señalarnos la fuente. Porque Jesús quiere decirnos donde tenemos que fundamentar bien nuestra vida, lo que han de ser los verdaderos cimientos de nuestra vida para que luego salga el edificio bello, donde asentar nuestras raíces para que el árbol sea frondoso y nos pueda dar buen fruto.
‘Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Ahí tenemos nuestro cimiento, ahí tenemos nuestra raíz, la Palabra del Señor; pero la Palabra que escuchamos y que plantamos en nuestro corazón; la Palabra que nos llena de vida y nos mueve a la vida; la Palabra que nos transforma, que convierte de verdad nuestro corazón al Señor, la Palabra que nos pone en camino nuevo, en el camino del amor, de la generosidad, de la misericordia, de la compasión y del perdón, de la entrega y del compromiso por los demás, que nos hace tener los ojos abiertos para ver el mundo con ojos nuevos.
Plantemos esa Palabra en nuestro corazón y en nuestra vida. Que como María digamos también que se cumpla, que se realice en nosotros es Palabra de Dios.  

viernes, 7 de octubre de 2016

Con María del Rosario entretejemos la vida con el misterio de Cristo gozoso, crucificado y glorioso



Con María del Rosario entretejemos la vida con el misterio de Cristo gozoso, crucificado y glorioso

Hechos de los apóstoles 1, 12-14; Salmo Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

La espiritualidad de una persona manifiesta aquellos valores e ideales que se convierten en metas de su vida y que al mismo tiempo vienen a ser como un motor interior que nos impulsa en nuestro camino, da un sentido y valor a cuanto hacemos y nos hace sentir esa fuerza que necesitamos en la lucha de la vida de cada día. Es el espíritu de nuestra vida, de ahí la palabra espiritualidad.
Y la espiritualidad de un cristiano está toda ella centrada en Cristo, porque es en quien en verdad encontramos ese sentido, esa salvación de nuestra vida. Un cristiano está impregnado del espíritu de Cristo; un cristiano está lleno e inundado del Espíritu de Cristo. Un cristiano, pues, todo lo centra en Cristo. Todo lo que gira en torno al hecho de Cristo y su evangelio a eso nos lleva, han de ser en verdad mediaciones que nos conduzcan a Cristo. Cuanto hacemos, cuanto rezamos, los modelos o ejemplos que tengamos ante nuestros ojos siempre nos han de llevar a Cristo. No nos podemos quedar en ellos, porque entonces en verdad perdería su sentido.
Así María, la madre de Jesús que es también nuestra madre; así la devoción que le tengamos a María, el amor que como hijos a ella le tengamos; nunca María sustituirá a Cristo ni podrá ocupar el lugar de Cristo en nuestra espiritualidad, nunca nuestra devoción a María se puede contraponer con nuestra fe en Cristo. Es más, María siempre querrá llevarnos hasta Cristo. ‘Haced lo que El os diga’, nos dirá a nosotros como a aquellos sirvientes de las bodas de Caná.
Hoy estamos celebrando una fiesta de María que es muy entrañable en el pueblo cristiano. Celebramos a María, Virgen del Rosario. Una fiesta y una devoción a María que va profundamente unida a la oración porque de alguna manera toma su nombre de esa cadena de rosas que son las cuentas del rosario, que son las avemarías que desgranamos en nuestra oración a María.
Y es aquí donde hemos de fijarnos en algo muy importante, yo diría esencial, en esta devoción a María en consonancia con lo que venimos diciendo. El rosario no es solo encadenar esas cincuenta avemarías que como piropos dedicamos a María porque el rosario está encadenado – y válganos bien el sentido de la palabra – con todo el misterio de Cristo. Cada decena de avemarías la llamamos un misterio, porque en cada una de esas decenas mientras nuestros labios desgranan esos piropos a María nuestra mente está embebida en ese misterio de la vida de Cristo al que se hace referencia.
Rezar el santo rosario
no es solo hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.
Son unos versos hechos himno de oración en la liturgia de las horas y creo que nos definen muy bien el sentido del rosario haciéndonos marcar profundamente nuestra espiritualidad en todo el misterio de Cristo. A ello nos conduce María siempre. ‘Quedará entretejida la vida en el rosario siguiendo al Cristo gozoso, crucificado y glorioso’, que decían los versos del himno.
Que así vivamos con intensidad nuestra devoción a María, la Madre del Señor y nuestra madre. Así centremos toda nuestra vida, toda nuestra espiritualidad en el misterio de Cristo. María es esa mediación, Mediadora la llamamos, que nos ayuda a ese encontrarnos con Cristo, a ese impregnarnos de su Espíritu, como ella estuvo llena de Dios e inundada por el Espíritu divino. 

jueves, 6 de octubre de 2016

Busquemos el encuentro profundo con Dios en la sintonía de la oración que será siempre un gozarnos de Dios y de su amor

Busquemos el encuentro profundo con Dios en la sintonía de la oración que será siempre un gozarnos de Dios y de su amor

Gálatas 3,1-5; Sal: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 11,5-13

Los amigos cuando se aprecian de verdad casi no necesitan pedirse el uno al otro cuando tienen alguna necesidad, porque ese mismo aprecio y amistad hará que siempre estemos atentos a lo que puede necesitar el amigo y se lo ofreceremos sin que él nos lo pida. Pero no se manifestará la amistad solamente en atender necesidades sino que habrá una hermosa sintonía en la que se sentirán a gusto el uno con el otro, se harán compañía y habrá una hermosa cercanía entre ambos en cualquier circunstancia que pudieran vivir.
De alguna manera Jesús cuando nos está hablando de la oración está partiendo en cierto modo de esta experiencia de la amistad, aunque llegará a algo aun más hondo porque nos hablará de la relación entre padres e hijos. En uno o en otro caso siempre estaremos atentos el uno al otro y es lo más hermoso simplemente disfrutarán de esa cercanía, de esa confianza, de ese amor.
Así tendría que ser nuestra oración, que no es solo acudir a Dios porque nos sentimos necesitados; es ese sentirnos a gusto con Dios porque nos sentimos amados y nosotros queremos corresponder a ese amor; es ese vivir esa presencia amorosa de quien nos ama y a quien amamos; es sentir la confianza de que nunca nos sentiremos solos ni abandonados, es la seguridad que encontramos en nuestra vida porque sabemos que nunca nos fallará.
Es cierto en la vida buscamos seguridades, queremos tener un apoyo en ese camino que muchas veces pudiera ser turbulento; lo tenemos, es cierto, en la amistad y en la convivencia con los seres que apreciamos y que nos hacen soñar en cosas hermosas; buscamos ese sentirnos fuertes, útiles, con un sentido para el caminar, nos proponemos objetivos, nos trazamos planes, buscamos entrenamientos, tenemos nuestros hobbys que son como estímulos para romper rutinas y vacíos.
Humanamente nos vienen bien todas esas cosas pero muchas de ellas pueden ser efímeras que un día se desvanecerán; por eso queremos algo más que nos trascienda, nos abra a horizontes de plenitud, ponga valores trascendentes en nuestra vida, nos haga soñar con ideales nobles y altos, queremos darle una espiritualidad que sea la raíz y el cimiento de lo que hacemos y de lo que vivimos. Eso lo podemos encontrar en Dios, tenemos la certeza de que lo vamos a encontrar en Dios.
Busquemos a Dios, busquemos un encuentro profundo con Dios. Es la sintonía de la oración, que es encuentro, que es presencia, que es escucha, que será también petición, que será siempre gozarnos en el amor, que será también acción de gracias, que nos hará crecer en nuestra espiritualidad, que nos llenará del conocimiento de Dios y de Dios mismo, que nos hará unos verdaderos amantes de Dios.

miércoles, 5 de octubre de 2016

En el nombre del Señor queremos realizar nuestras tareas pero también con corazón agradecido nos volvemos hacia El para darle gracias

En el nombre del Señor queremos realizar nuestras tareas pero también con corazón agradecido nos volvemos hacia El para darle gracias


En esta sociedad nuestra en que vivimos en que todo son derechos que reclamamos – está bien que respetemos los derechos y la dignidad de todos he de decir para que no me mal interpreten – pareciera, nos da la impresión, que nos creemos siempre merecedores de todo y que nada se nos puede negar. De ahí surge el peligro de que pierdan sentido las palabras gratitud y gratuidad. Como nos sentimos con derecho reclamamos pero lo que es peor no sabemos ser agradecidos, y bien sabemos que es de corazones nobles el ser agradecidos.
En estos días en las redes sociales ví una imagen en la que se decía que hay una serie de palabras que se han perdido en el uso, ‘por favor’, ‘permiso’, ‘gracias’… entre otras. Se nos han caído del uso, no sabemos ser agradecidos, parece como decíamos que todo nos lo merecemos. Tenemos que recuperar ese sentido de gratitud porque también quien nos presta un servicio o nos hace algo que nos agrada lo hace desde la gratuidad. Este seria otro tema, porque parece que todo hay que pagarlo y nada se hace por generosidad gratuita, sin ningún interés.
Y esto que nos sucede en nuestras relaciones humanas, en la relación que con la convivencia tenemos que otras personas, nos sucede también a nivel espiritual. Todos recordamos aquel pasaje del evangelio en que diez leprosos le pedían a Jesús que tuviera compasión de ellos. Jesús los mandó a siguieran los rituales usuales para reincorporarse de nuevo a la comunidad porque ya estaban curados, pero vimos como solo uno de aquellos diez fue capaz de volver hasta Jesús para reconocer que era Jesús el que en su compasión les había curado y para darle las gracias. ‘Los otros nueve ¿dónde están?’ preguntaba Jesús.
En nuestros agobios o en el devenir de nuestra vida día a día acudimos a Dios en nuestra oración pidiendo su ayuda, pero, hemos de preguntarnos, ¿cuántas veces luego nos detenemos a dar gracias a Dios por su presencia de gracia, por la ayuda que recibimos, por el favor que le habíamos pedido y nos ha concedido?
La liturgia de la Iglesia sitúa en el cinco de octubre lo que llama ‘Témporas de Petición y Acción de Gracias’. Témporas, un tiempo especial, situado en estos momentos en que en nuestras costumbres y civilización occidental reiniciamos todas nuestras actividades en total plenitud después del tiempo de descanso del verano. Es también el tiempo de la finalización de la recogida de las cosechas y el comienzo de la preparación de la tierra para una nueva siembra, para unos nuevos trabajos.
Un buen momento para hacer una parada en medio de nuestras actividades para no perder la trascendencia que ha de tener toda nuestra vida y así elevemos al cielo nuestros ojos y nuestro corazón para agradecer al Señor cuando de El recibimos, como para pedir su fuerza y la asistencia de su Espíritu Santo en las tareas que recomenzamos.
Hay un texto muy hermoso del libro del Deuteronomio en que Moisés advierte al pueblo de que cuando lleguen a establecerse en la tierra prometida y comience para ellos la prosperidad después de los siglos de destierro y los años de penurias al atravesar los desiertos no se olviden de Dios. Nos suele suceder, mientras caminamos entre agobios y problemas acudimos a Dios pidiendo su ayuda, cuando nos llegan momentos de prosperidad pronto nos olvidamos de Dios y no sabemos ser agradecidos.
También en nuestras tareas eclesiales estamos en el momento de recomenzar toda la actividad pastoral organizando, trazándonos planes, poniéndonos objetivos, reuniendo a la gente que quiere trabajar apostólicamente o con los que queremos trabajar; es el momento de invocar al Señor porque solo en su nombre queremos echar las redes, porque bien sabemos que cuando lo hacemos sin El todo se puede volver aridez y fracaso. Es la oración que por la Iglesia, por todas las tareas pastorales, por todos aquellos que generosamente ofrecen su tiempo y su vida para trabajar por los demás, para trabajar por el Reino de Dios queremos elevar al Señor con humildad y confianza. 

martes, 4 de octubre de 2016

Necesitamos aprender a encontrar la paz y la serenidad que nos abra a lo bueno que podamos recibir del encuentro con los demás y que además dará trascendencia a nuestra vida

Necesitamos aprender a encontrar la paz y la serenidad que nos abra a lo bueno que podamos recibir del encuentro con los demás y que además dará trascendencia a nuestra vida

Gálatas 1,13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

Una escena que nos llena de paz y serenidad la que contemplamos hoy en el evangelio. Era el hogar de Betania; allí tres hermanos, Lázaro, Marta, María. Un lugar donde Jesús encontraba descanso y sosiego, en la orilla del camino que desde Jericó subía a Jerusalén; un camino frecuentado por los peregrinos que desde Galilea, bajando por el valle del Jordán para evitar el paso por Samaria donde no eran bien acogidos, hacían para llegar a Jerusalén; un lugar cercano a la ciudad santa donde veremos volver una y otra vez a Jesús a descansar en medio de las tareas de su anuncio del Reino; un momento como el que hoy contemplamos en el evangelio.
Una escena que nos evoca, a mí al menos me sucede así, esos momentos de paz en el hogar con la familia reunida, la madre quizá atareada en las labores de costura o de limpieza, el padre descansando de las tareas del día y echando una mano para remediar alguna necesidad del hogar, los hijos por acá o por allá entretenidos en sus cosas, mientras la conversación discurre placentera comentado los sucesos del día. Y envolviéndolo todo una paz indescriptible, una sensación de hogar, un cariño que se hace palpable y se siente en las miradas, en las palabras, también en los silencios.
Quizá la descripción que he presentado nos pueda sonar a otros tiempos, pero el mensaje que en ello quiero trasmitir es algo que siempre podemos vivir; hagamos unos trabajos u otros, tengamos unos entretenimientos u otros, creo que es necesario saber volver a encontrarnos las personas y ¿qué mejor sitio para aprenderlo que el hogar?
Vivimos en medio de los ajetreos de la vida, pero hemos de saber encontrar lo que es lo mejor, siempre hemos de saber encontrar y saber mantener la paz del espíritu, la paz del encuentro con el otro, la convivencia en la que todos sabemos dar y por eso mismo todos nos vemos enriquecidos con lo de los demás.
Los agobios y los ajetreos tienen el peligro de hacernos egoístas y encerrarnos en nosotros, por eso hemos de saberle dar serenidad a la vida que es al tiempo abrirnos a los demás, como abrirnos a la trascendencia, al misterio.
Saber detenernos, saber escuchar, saber quizá estar momentos sin hacer nada pero que nos lleven a pensar, a reflexionar, a escuchar allá en nuestro interior o a eso hermoso que cualquiera nos pueda trasmitir y que en nuestras prisas y agobios nos perdemos tantas veces. Es una lástima cuantas cosas hermosas pudieran llegar a nuestra vida si viviéramos sin prisas ni agobios para saber detectar eso bueno que hay en los demás y que los demás nos pueden trasmitir.
Busquemos, sí, la mejor parte, y en este caso la que nos abra al misterio de Dios que se quiere hacer presente en nuestra vida y llenarnos de su paz. No vivamos ajetreados sino con paz en el corazón escuchemos a Dios.

lunes, 3 de octubre de 2016

Bajarnos de nuestras cabalgaduras del orgullo para ponernos a la altura del otro nos hace descubrir quien es nuestro prójimo y lo que hemos de hacer para tener vida de verdad

Bajarnos de nuestras cabalgaduras del orgullo para ponernos a la altura del otro nos hace descubrir quien es nuestro prójimo y lo que hemos de hacer para tener vida de verdad

Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la eterna pregunta. En el evangelio la vemos repetida en otras ocasiones y no solo porque se quisiera poner a prueba a Jesús, como sucede en ocasiones, sino también en quien con buena voluntad llega hasta Jesús querido buscar algo más para su vida.
Al joven rico Jesús le dice de entrada, cumple los mandamientos; hoy a este letrado le pregunta Jesús qué es el lo que lee en la ley del Señor. A la respuesta del letrado respondiendo con las palabras que todo judío devoto se sabía de memoria y repetía muchas veces al día, Jesús le dice ‘haz esto y tendrás la vida’.
¿Queremos heredar la vida eterna? ¿Queremos en verdad buscar en la vida lo que nos lleve a plenitud o, como se dice hoy, a una realización plena de si mismo? Ama con amor de Dios, cumple el mandamiento del Señor. ‘Haz esto y tendrás la vida’, alcanzarás la plenitud de tu existencia, te realizarás plenamente como persona, alcanzarás la vida para siempre, la vida eterna.
Pero siempre queremos justificarnos, siempre parece que estamos buscando como una disculpa, un decir es que yo no lo sabía. El letrado quiere justificarse. ¿Sabrá el quien es el prójimo? Creo que la propia palabra lo dice y no son necesarias muchas ciencias para saber quien es tu prójimo. Pero buscamos disculpas, hacemos distinciones, nos cegamos y no nos queremos mirar sino a nosotros mismos. ¿Será que queremos hacer el camino solo y sin contar con nadie? ¿Será que solo queremos la vida eterna para mi mismo y no me importan los demás? Algunas veces por la manera incluso que vivimos nuestra religiosidad pudiera dar esa impresión.
‘¿Y quién es mi prójimo?’ pregunta el letrado. Ya conocemos la respuesta de Jesús.  Es la parábola que seguramente tantas veces habremos meditado pero que necesitamos una vez más, o quizá muchas veces más, volver a rumiarla allá en el corazón. El hombre maltratado, herido, tirado al borde del camino. Los caminantes que pasan a su lado y no quieren mirar, no quieren enterarse, dan rodeos… el sacerdote que iba con sus prisas al templo, el levita que tendrá que ir también a cumplir sus obligaciones. ¿Qué es lo que estaba primero en aquel momento? ¿Qué era en verdad lo principal?
También nosotros tantas veces tenemos nuestras prisas, tenemos que hacer tantas cosas que no queremos mirar al que está a nuestro lado herido quizá también por muchas cosas y al que habremos puesto al borde del camino, al borde de la vida. Y nos creemos buenos y cumplidores, y hasta muy religiosos, pero nos faltan sentimientos en nuestro corazón, hemos perdido la capacidad de la ternura, de la misericordia, de la compasión para sentir el dolor del hermano que está a nuestro lado. Ya nosotros tenemos con lo nuestro pensamos en tantas ocasiones; ya yo hago alguna cosa buena a los demás y todo tiene su limite y su tiempo, pensamos. ¡Cuántos rodeos damos en la vida, cuantas miradas rehuimos, cuantas veces apresuramos nuestros pasos!
Fue necesario que llegara aquel buen samaritano. También iba a sus cosas, a sus negocios, a sus ocupaciones, pero se detuvo, se  bajó de su cabalgadura y se puso a la altura del que estaba tirado en el suelo. Necesitamos aprender a abajarnos para ponernos de verdad a la altura del otro hermano. Lo curó, lo montó en su cabalgadura, buscó donde pudieran hacer por aquel hombre, puso todo lo suyo a disposición así como se había puesto él. Nos cuesta hacerlo, no sabemos hacerlo, no queremos quizá aprender a hacerlo.
Podíamos seguir haciendo muchas más consideraciones. Pero preguntémonos también nosotros ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Pero más bien preguntemos si somos capaces de hacer nosotros también lo mismo.  

domingo, 2 de octubre de 2016

Con la luz de la fe en los caminos oscuros siempre seremos capaces de ver el final porque sentimos que el amor de Dios está en nosotros y con nosotros

Con la luz de la fe en los caminos oscuros siempre seremos capaces de ver el final porque sentimos que el amor de Dios está en nosotros y con nosotros

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94; 2Timoteo 1, 6-8. 13-14; Lucas 17, 5-10
¿Hasta cuando vamos a seguir así? ¿Cómo lo puedo soportar? Todo son problemas, contratiempos, la gente no te entiende, me siento agobiado por todas partes, esto no tiene salida. Algunas veces quizá nos encontramos así; todo nos parece negro, todo son dificultades, parece que todo el mundo está en contra nuestro. Son los problemas de la vida, de la convivencia de cada día con amigos, vecinos o en el propio entorno familiar, problemas que nos encontramos en la familia quizá, problemas en el trabajo, problemas en nosotros mismos que no sabemos cómo afrontar, cómo salir del atolladero.
Y nos sentimos solos; y clamamos al cielo y nos parece que está cerrado para nosotros porque decimos que Dios no nos escucha porque no se resuelven los problemas. Como decía hoy el profeta Habacuc ‘¿hasta cuando clamaré, Señor, sin que me escuches?... ¿por qué ve haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?’
Quizá en la descripción de la realidad humana de la que queremos partir en esta reflexión se entremezclen situaciones diversas, pero en unas cosas o en otras en muchas ocasiones nos habremos encontrado. En medio de los problemas nos sentimos turbados, parece que perdemos la paz, y algunas veces parece que se nos tambalea la fe.
‘El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe’, terminaba diciéndonos el profeta. Muchas veces nos aparecen los orgullos, nos creemos autosuficientes, nos sentimos demasiado llenos de nosotros mismos; como decía el profeta ‘tiene el alma hinchada’, nos creemos tan autosuficientes que pensamos que no vamos a necesitar a nadie pero al final todo se nos derrumba. Hemos de hacer aflorar con todo sentido nuestra fe.
Los discípulos de Jesús quizá también se sentían turbados. Veían la seguridad de Jesús, la fuerza con que exponía el mensaje del Reino a pesar de que tuviera mucha oposición enfrente, escuchaban todo lo que Jesús les decía de poner toda su fe y su confianza en Dios, pero ellos seguían sintiéndose inseguros, aunque vislumbraban que Jesús era el Mesías no las tenían todas consigo, querían tener fe y ser capaces de poner toda su confianza en Dios y en las palabras de Jesús, pero seguían apareciendo en su interior aquellas dudas. Por eso acuden a Jesús: ‘Auméntanos la fe’, le piden.
Y Jesús les decía que el que tuviera fe, aunque les pareciera insignificante – y lo compara con el grano de mostaza – puede realizar cosas grandes. Habla de con esa fe ser capaces de arrancar de raíz una morera para plantarla en el mar. Es un ejemplo, una imagen del poder de la fe; no se trata de ir trasplantando árboles de un lado para otro.
Pero sí les está diciendo que quien pone toda su confianza en el Señor no temerá los malos momentos, las tormentas que puedan aparecer en su vida, aquellos nubarrones de los que antes hablábamos que pareciera que nos dejaban indefensos  en medio de tantas tormentas y sin encontrar salida. Quien pone toda su confianza en el Señor nunca se sentirá solo y sin fuerzas, nunca sentirá que la oscuridad inunde su vida para dejarlo ciego en el camino. Hemos de en verdad de convertirnos al Señor, para sentir que El es el único Dios y Señor de nuestra vida que nunca nos deja solos porque es nuestro Padre que nos ama y estará siempre a nuestro lado, y pondrá muchas señales de su presencia junto a nosotros.
‘Señor, auméntanos la fe’, también queremos pedirle nosotros. Que no nos falte, que no se nos enfrié, que se mantenga firme. Es la luz que da sentido a nuestra vida, es la fuerza que nos hace sentir la presencia del Señor, es el viático de nuestro camino.
Una fe que envuelva totalmente nuestra vida, no solo para unos momentos, no solo porque con ella queremos acudir al Señor cuando nos sentimos apurados; es la fe que nos hace gozar de la presencia del Señor; es la fe que nos hace descubrir nuestra pequeñez y nuestra grandeza; pequeños porque como María nos sentimos los siervos del Señor que buscamos siempre su voluntad, grandes porque nos descubre esa dignidad nueva que nade del amor de Dios que nos hace sus hijos porque también queremos vivir en su amor, buscar su voluntad, darle gloria con todo aquello que hagamos.
‘Reaviva el don de Dios’ le decía Pablo a Timoteo. Reavivemos ese don de Dios es nosotros que es nuestra fe que nos hace descubrir el amor para vivir en el amor. ‘Toma parte en los duros trabajos del evangelio’ seguía diciendo el apóstol a su discípulo. La fe nos compromete, la fe no nos adormece, la fe despierta lo mejor de nosotros mismos para darnos por los demás, la fe nos pone en camino, la fe nos hace misioneros porque es una luz que tenemos que trasmitir, que tenemos que contagiar, con la que tenemos que iluminar nuestro mundo.
No tememos los malos momentos, la dificultades, los momentos duros por los que tenemos que pasar porque sabemos que no nos podemos sentir solos, con nosotros está el Señor. Reavivemos la fe en nuestra vida y gocémonos del amor de Dios amando nosotros también.

sábado, 1 de octubre de 2016

Alegría que sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro del Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios

Alegría que sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro del Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios

Job 42,1-3.5-6.12-16; Sal 118;  Lucas 10, 17,24:

¿Mostraremos en verdad los cristianos con nuestro semblante que somos portadores de la alegría más honda y gozosa que un ser humano pueda disfrutar? Y cuando digo semblante, sí, me estoy refiriendo al semblante de nuestro rostro, pero es que el semblante de nuestro rostro no es solo la luz de una sonrisa sino que se va a expresar también en actitudes, en posturas, en maneras de acercarme a los demás, en la forma cómo afronto los problemas de la vida, etc.… Algunas veces los rostros de los cristianos no es eso lo que manifiestan, porque incluso en medio de celebraciones más hermosas pareciera que van llenos de amargura.
Y es que, como decíamos, tenemos todos los mejores motivos para ser las personas más alegres del mundo. Simplemente el hecho de sentirse amado de Dios tenía que hacer que estuviéramos dando saltos de alegría continuamente por donde vayamos. Aquellos saltos que daba la criatura en el seno de Isabel con la visita de María, que en el fondo era la visita de Dios en la presencia de María tendrían que ser los saltos de alegría que viviéramos continuamente los cristianos.
Ya es hora que desterremos esos rostros afligidos que parecen que esas personas fueran portadoras de corazones sin esperanza en tantos que incluso se dicen muy religiosos que parecieran que fueran repartiendo sequedad y amargura allá por donde van. Son cosas incompatibles con nuestra fe, una verdadera religiosidad y una profunda espiritualidad cristiana.
El evangelio que hoy nos ofrece la liturgia es toda una invitación a la alegría. Alegría vemos en los apóstoles que regresan de su misión contentos porque habían podido realizar aquellas mismas señales y signos del Reino que Jesús realizaba mientras hacían el anuncio de la Buena Nueva. Alegría a la que les invita a Jesús sobre todo porque sus nombres van a estar inscritos en el cielo. ‘Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’, les dice Jesús.
Pero es la alegría del Espíritu que siente Jesús y por lo que da gracias al Padre. Está contemplando Jesús, y un signo está también en lo que cuentan los apóstoles a la vuelta del cumplimiento de su misión, como la Buena Nueva de la Salvación, todos los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos, a los que son humildes de corazón, y saben ponerse en las manos de Dios. ¿Será la alegría que nosotros sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro con el Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios?
Finalmente Jesús llama dichosos a sus discípulos por lo que pueden ver y contemplar, por todo ese misterio de Dios que se revela y del que ellos pueden dar testimonio. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron’. Tienen la dicha de estar con Jesús, escucharle, palparle por así decirle, estar a su lado, ser testigo de sus signos de amor. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!’, les dice. Motivo de alegría, de dicha, de felicidad. Son testigos del amor de Dios que se manifiesta en Jesús.
Pero nosotros somos testigos también, por la fe seremos capaces de ver lo que quizá nuestros ojos de la cara no pueden contemplar, pero sí podemos sentir allá en lo hondo del corazón esa cercanía y ese amor de Dios; con las obras de nuestro amor nosotros también nos convertimos en testigos, pero además haremos posible que otros puedan llegar a conocer y contemplar a Dios. Es lo que hemos de expresar con las obras de nuestra vida, con la alegría de nuestra fe.


viernes, 30 de septiembre de 2016

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

Job 38,1.12-21; 40,3-5; Sal 138; Lucas 10,13-16

‘¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza’. Siempre me ha parecido un texto bastante inquietante, esta queja de Jesús contra aquellas ciudades donde tantos signos había realizado para que se convirtieran al Señor – a continuación menciona también a Cafarnaún -, y ha sido fuertemente interpelante para mi vida. Creo que es una lectura que hemos de hacer de este texto en clave de lo que el Señor ha hecho y sigue haciendo en mi vida y la respuesta que doy a tanto amor del Señor.
La predicación de Jesús anunciando el Reino con palabras y signos se había extendido principalmente por toda la región de Galilea; había establecido como su centro Cafarnaún y probablemente en la casa de Simón Pedro; cercanas estaban Betsaida, la patria de Simón y de Andrés y de alguno de los otros discípulos, y también Corozaín; muchos milagros había realizado en su entorno curando a los enfermos, dando vista a los ciegos, haciendo caminar a los cojos; en las cercanías, en las orillas del lago había realizado el milagro de la multiplicación de los panes, y por allí estaba aquella montaña con su llanura a sus pies donde había desgranado el sermón de las Bienaventuranzas con todo lo que era el ideal de vida a vivir en el Reino nuevo de Dios que anunciaba. Pero también se había encontrado con la indiferencia de muchos que no daban los pasos necesarios de conversión que eran necesarios. De alguna manera Jesús se siente dolido; igual que en Nazaret, su pueblo, donde no había realizado milagros porque no le habían aceptado.
Pero como decíamos ya desde el principio este mensaje del evangelio hemos de escucharlo en clave de nuestra vida. También hemos de saber reconocer cuantas maravillas ha hecho el Señor en nosotros. Cada uno de nosotros tiene su historia, una historia que está llena de momentos enriquecidos con el amor del Señor. También nosotros hemos escuchado una y otra vez el mensaje de las bienaventuranzas, el anuncio del Reino y todo lo que es la Buena Nueva de Jesús; testigos somos, aunque nos cueste reconocerlo, de esa presencia de Dios en nuestra vida que nos ha liberado tantas veces de tantos males en nosotros.
A esto tendríamos que añadir los sacramentos que hemos celebrado y recibido. ¿Cuántas veces nos hemos confesado en la vida derramándose el amor y la misericordia del Señor sobre nosotros? ¿En cuántas Eucaristías hemos participado y recibido la comunión sacramental? Y ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Damos sinceros frutos de conversión en nuestra vida dejándonos transformar por la gracia del Señor?
El evangelio nos interpela, nos hace preguntas, nos plantea una renovación de nuestra vida. No lo podemos escuchar solo como una cosa bonita que nos acuna y adormece, sino que tiene que ser ese espolón que nos pincha allá donde más nos duela y nos quiere hacer despertar. No tengamos miedo a enfrentarnos con sinceridad y valentía al Evangelio dejándonos interpelar por él.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Los santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel mensajeros divinos y acompañantes en nuestro camino nos abren al misterio de Dios y con ellos queremos cantar su gloria

Los santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel mensajeros divinos y acompañantes en nuestro camino nos abren al misterio de Dios y con ellos queremos cantar su gloria

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Los ángeles en el cielo cantan la gloria del Señor. Así lo expresamos en cada celebración cuando queremos unirnos a los Ángeles y a los arcángeles y a todos los coros celestiales para cantar por siempre la gloria del Señor, para bendecir con nuestro canto y con nuestra vida el santo nombre del Señor.  ‘Santificado sea tu nombre’ pedimos en la oración que el Señor nos enseñó y queremos santificarlo cantando la gloria del Señor.
Pero los ángeles se convierten para nosotros también en signos de la presencia del Señor que nos acompaña siempre con su gracia. Así, por ejemplo, en el Antiguo Testamento cuando en una visión decían que estaban viendo al Ángel del Señor que se les manifestaba era una expresión para decir cómo sentían esa presencia de Dios en sus vidas. Podemos recordar episodios de la vida de Abraham o de Moisés, pero también lo vemos expresado en otros momentos como fue la aparición de aquellos jueces que Dios suscitaba para conducir al pueblo de Dios en momentos difíciles.
Ya en el Nuevo Testamento veremos como Jesús nos habla de los ángeles que acompañan la vida de los niños, pero que al mismo tiempo están gozando de la visión de Dios, o como se nos manifiesta en el evangelio de esta festividad en la que Jesús le dice a Natanael que veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.
Signos, pues, de la presencia de Dios que nos acompañan en nuestro caminar, inspiran en nuestro corazón todo lo bueno que tendríamos que realizar al tiempo que nos preservan de los peligros que nos pueden acechar en nuestra vida con la fuerza y la gracia de Dios que nos trasmiten. Son para nosotros mensajeros divinos al tiempo que medicina y fortaleza para nuestro caminar; son medicina de Dios que nos hacen llegar la gracia divina que nos preserva de los peligros y del mal.
Es lo que vienen a significar los Arcángeles cuya festividad hoy estamos celebrando. Aunque comúnmente decimos que hoy es día de san Miguel, tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II se unieron en esta fiesta la celebración de los tres Arcángeles que se celebraban en días distintos. Por eso hoy es la fiesta de los santos Arcángeles San Miguel, san Gabriel y san Rafael.
Esos santos Arcángeles que en la Biblia y en especial en el Evangelio se nos manifiestan con especiales misiones divinas con especial relevancia en la historia de nuestra salvación. Será el poderoso san Miguel  que al grito de su nombre ‘¿Quién como Dios?’ lucha contra Lucifer como signo de la victoria sobre el mal. Cuánto puede significar para nuestra vida de lucha contra el maligno que nos tienta.
Será el arcángel san Rafael acompañante de Tobías hijo en los caminos para inspirarle las mejores decisiones que había de tomar para su vida, como medicina de Dios según el mismo significado de su nombre para enseñarle lo que diera de nuevo luz a los ojos ciegos de su padre, y como intercesor que presentaba ante el trono de Dios las súplicas y oraciones de aquellos corazones fervorosos. Ojalá nos dejáramos acompañar y enseñar con sus inspiraciones de los ángeles de Dios que sabemos que tenemos a nuestro lado, aunque nuestros ojos ciegos no los vean, con la confianza de que ellos presentan nuestras suplicas ante el trono de Dios.
Finalmente será el mensajero divina que vino de parte de Dios a anunciarle a Zacarías el nacimiento del precursor del Mesías, pero que se manifestará a María para darle la Buena Noticia de todos esperada de que de sus entrañas virginales nacería el que iba a ser la luz y la salvación del mundo. A Zacarías le costó creer porque solo veía las dificultades de su propia vida pero María supo ser la humilde esclava del Señor para que en ella se plantara la Palabra de Dios para en su encarnación convertirse en el Emmanuel, en el Dios con nosotros. Aunque nos sintamos débiles, instrumentos inútiles y con nuestro corazón manchado sepamos como María abrirnos al misterio divino para también llenarnos de Dios.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Generosidad de corazón para desprendernos de nuestros apegos y reservas, retazos de muerte o desconfianzas que hacen flaquear nuestra disponibilidad para el Reino

Generosidad de corazón para desprendernos de nuestros apegos y reservas, retazos de muerte o desconfianzas que hacen flaquear nuestra disponibilidad para el Reino

Job 9,1-12.14-16; Sal 87; Lucas 9,57-62

‘Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos…’ Ahora subían a Jerusalén. Jesús ya había tomado esa decisión sabiendo bien lo que significaba aquella subida a Jerusalén. Pero esa imagen de Jesús y sus discípulos que iban de camino es bien significativa.
Caminaban de un lado para otro por aquellas aldeas y pueblos de Galilea anunciando el Reino. Era el camino de la construcción del Reino; era el camino del seguimiento de Jesús. Ya nos enseñaba Jesús que el discípulo sigue a su maestro, va de camino en pos de su maestro. Así los discípulos de Jesús, así nosotros vamos haciendo también camino con Jesús.
Muchos al paso de su Jesús también se ponen a caminar con El; quieren estar con Jesús, quieren escucharle, quieren disfrutar de sus signos para alabar también al Señor; caminan con Jesús porque ven un camino nuevo, un nuevo sentido, una nueva vida, una nueva esperanza que comienza a rebrotar en los corazones.
Para algunos el camino es ocasional, durante un tiempo, porque han de volver a sus tareas, a sus familias, a sus responsabilidades, pero seguramente regresarán con una nueva luz encendida en sus corazones. Otros le siguen con mayor radicalidad, porque un día dejaron en la orilla del lago sus barcas, o la banca de los negocios o sus ocupaciones  para que otros la ocuparan o siguieran en ese oficio. A esos Jesús les va enseñando pacientemente una y otra vez cuales son las exigencias, lo que significa el Reino ya en la manera de vivir en torno a Jesús desprendidos de todo, con el corazón abierto, con el pensamiento atento al mensaje que Jesús les va trasmitiendo.
Hoy en este camino que Jesús y sus discípulos van haciendo en su subida a Jerusalén tres personas más quieren unirse al grupo de los discípulos para seguir a Jesús. ‘Te seguiré adonde vayas’, le dice uno; el otro es invitado, el tercero también está dispuesto a seguirle. Quieren seguirle pero aun no han entendido bien lo significa dar ese paso. Jesús les hablará de radicalidad en el seguimiento, de pobreza y de disponibilidad total. Seguir a Jesús no es ir a buscar cosas seguras, porque Jesús no tiene ni donde reclinar la cabeza; hasta las fieras del campo tienen sus madrigueras, pero con Jesús todo es distinto. Un día les dirá que han de estar dispuestos a que les reciban o no les reciban cuando lleguen a un lugar a anunciar el Reino; ayer escuchábamos como eran rechazados en algún lugar de Samaria simplemente porque se dirigían a Jerusalén.
Los otros parecen que siguen aun con lazos de la vida antigua, ponen condiciones o piden plazos. Pero el que sigue a Jesús ha de estar dispuesto a ser un hombre nuevo, con una vida nueva en la que no cabe nada de muerte; el que sigue a Jesús ha de tener disponibilidad total para mirar siempre adelante y estar siempre en camino.
Son las exigencias del camino de Jesús, de hacer camino con Jesús. ‘El que vuelve la vista atrás no vale para el Reino’, les dirá. Lo hemos de escuchar nosotros que quizá seguimos con nuestras reservas, nuestras prevenciones, nuestros apegos de los que nos cuesta desprendernos, muchos retazos de muerte aun colgando de nuestra vida, sin poner la confianza total, la disponibilidad total. Jesús quiere contar con nosotros, ¿seremos generosos de corazón para ponernos en disponibilidad total para su seguimiento?

martes, 27 de septiembre de 2016

Nuestra reacción ante la adversidad siempre tiene que ser la de la serenidad y la paz, con la comprensión y el respeto a todos

Nuestra reacción ante la adversidad siempre tiene que ser la de la serenidad y la paz, con la comprensión y el respeto a todos

Job 3,1-3.11-17.20-23; Salmo 87; Lucas 9,51-56

¿Cómo reaccionamos cuando nos aparecen problemas que contrarían nuestra vida, alguien nos lleva la contraria o nos dice no a nuestras aspiraciones, o se opone a nuestros deseos o proyectos?
En nuestra madurez tendríamos que saber que en la vida siempre nos aparecen problemas y habríamos de tener la serenidad suficiente para afrontarlos y no sentirnos contrariados porque las cosas no sean siempre de nuestro gusto; de la misma manera ante la reacción o respuesta negativa que podamos encontrar en los demás hemos de saber ver y respetar las diferencias de opinión o de planteamiento y antes que enfrentarnos tendríamos que saber llegar a un diálogo constructivo donde sepamos aprovechar lo bueno que haya en ambas partes.
Pero reconocemos que no siempre actuamos así, que el diálogo no se hace fácil, que el enfrentamiento nos lleva por un lado a una violencia interior que luego se puede traslucir en las actitudes que tengamos hacia los demás o en nuestras palabras y desgraciadamente muchas veces llegamos hasta la violencia física. Es lo que vemos en las confrontaciones de cada día en la vida social, en las mismas relaciones familiares, en el trato con los amigos con los que fácilmente se llega a rupturas indeseadas, y no digamos nada lo que sucede en la vida política.
Humanamente tendríamos que ser maduros ante estas situaciones diversas que nos encontramos en la sociedad y en el día a día de nuestro encuentro con las personas cercanas a nosotros. Y desde unos sentimientos cristianos hemos de saber poner el bálsamo del amor que nos lleve a la comprensión, al respeto, a la valoración de las personas, y quitar todo atisbo de violencia, de revancha, de resentimientos, de actitudes vengativas, y de todas aquellas reacciones con las que pudiéramos hacer daño a los demás. Clave importante en nuestras relaciones mutuas es la comprensión y también la capacidad del perdón.
Me surgen estas consideraciones desde el breve texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia. Jesús había decidido ir a Jerusalén; en esta ocasión lo hace atravesando Samaría en lugar de bajar por el valle del Jordán hasta Jericó. Se acercan a un pueblo donde desean pasar la noche y buscan alojamiento; pero como iban a Jerusalén los samaritanos no quisieron recibirlo. Surge la contrariedad.
La reacción de algunos de los apóstoles se llena de violencia al menos en su interior y se vislumbran sus deseos en sus palabras. Quieren poco menos que baje fuego del cielo sobre aquellos que no quisieron recibirlos. Pero ya vemos cual es la actitud de Jesús. El evangelio nos dice que Jesús les regañó y se fueron a otra parte. A la violencia, la serenidad y la paz. Al rechazo, la paciencia y la comprensión. Sin palabras Jesús nos está enseñando.
Es el camino de paz que cada día hemos de ir construyendo. Y no solo hemos de pensar en los grandes conflictos que afligen nuestro mundo, sino en esos pequeños conflictos que nos aparecen en la vida del día a día. Es nuestra madurez humana y nuestra madurez como cristianos; que haya un espíritu fuerte en nuestro corazón para llenarnos siempre de esa paz que tanto necesitamos.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

El evangelio es el vademécum de nuestra vida. Sí, lo llevamos con nosotros y en cada momento, en cada circunstancia nos va recordando aquello importante que ha de ser a lo que le demos prioridad en nuestra vida recordándonos las palabras de Jesús que son siempre para nosotros palabras de vida, luz para el camino, viático – el alimento para el camino significa esta palabra - que nos de fuerzas en el caminar.
Cuando decimos evangelio podemos estar pensando en ese librito – qué grande es – en que tenemos reflejadas por los evangelistas los hechos y dichos de Jesús en orden a nuestra salvación. Pero es algo más que un libro, es una vida, es un sentido de nuestro vivir, es la misma persona de Jesús que con nosotros está. El es ese ‘vademecum’ de nuestra vida, nuestro ‘viático’, la verdadera ‘luz’ que nos ilumina.
Como decíamos en cada momento nos va recordando en esas circunstancias de nuestra vida cómo hemos de actuar, lo que nunca podemos olvidar. Nos puede parecer en ocasiones repetitivo, pero repetitiva es nuestra vida, como son nuestros tropiezos o como son los olvidos que algunas veces tenemos.
Tenemos buenos propósitos y deseos, quizá, pero bien sabemos de nuestra inconstancia, de la desgana que muchas veces nos entra, de las rutinas que se nos meten por los entresijos de la vida. Y bien sabemos que el ambiente en muchas ocasiones no nos ayuda, lo que contemplamos en los demás más bien nos estimula hacia un materialismo de la vida, a perder un sentido de espiritualidad, a que vuelvan a rebrotar nuestros orgullos y florezcan fácilmente deseos de grandezas, de poder, de vanidad.
Les pasaba a los discípulos que tan cerca de Jesús estaban. Cuántas veces habían escuchado de labios del maestro que entre ellos no podía suceder como entre los poderosos de este mundo que solo aspiraban a grandezas y a poder manipulando todo lo que estuviera a su alcance con tal de ver satisfechos sus orgullos. Y sin embargo ellos una y otra vez discutían entre ellos quien iba a ser el más importante; no habían terminado de entender el sentido del mesianismo que se encarnaba en Jesús.
Ahora Jesús les propone la imagen de un niño. Qué poco era considerado un niño en aquella época y en aquella cultura; pareciera que no tenia ningún derecho ni dignidad como persona, era ninguneado en todo momento, que aun quedan a veces algunos resabios de esos estilos entre nosotros. Y Jesús les habla de acoger a un niño, porque el que acoge a un niño lo está acogiendo a El.
Acoger al niño en su pequeñez y humildad era el símbolo de cómo hemos de acogernos los unos a los otros y no por las grandezas externas que podamos ver en las personas; es acoger al más pequeño, al más humilde, al pobre y al que sufre, al que nos parece desheredado de todo. Nadie es despreciable para nosotros, porque toda persona cualquiera que sea su condición tiene su dignidad. Y es que como nos dice Jesús ‘el más pequeño es el más importante’.
Por algo nos dirá en otra ocasión que cuando dimos de comer al hambriento le estábamos dando de comer a El, y cuando vestimos al desnudo, y cuando acogimos al forastero, y cuando visitamos al enfermo, y cuando sonreímos al triste, y cuando nos detuvimos a hablar con aquel con quien nadie habla, y cuando entramos en la casa de un pobre, y cuando llevamos alegría al triste poniendo esperanza en su corazón. Acogemos al otro y estamos acogiendo a Jesús.
Lo sabemos, lo hemos aprendido desde siempre, pero Jesús una vez más quiere recordárnoslo, porque en la práctica de la vida fácilmente lo olvidamos.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31
‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’.
Así comienza Jesús la parábola. Una real descripción no solo de cosas que sucedían en tiempos de Jesús, sino una muy cruda descripción de lo que sigue sucediendo en el mundo de hoy. Y no son casos aislados sino que es una realidad muy palpable en nuestra sociedad actual. La pobreza no es una imaginación de mentes exaltadas mientras el lujo y el despilfarro lo vemos cada día en individuos y en el conjunto de nuestra sociedad.
Nos describe la parábola ese abismo al parecer insalvable entre el rico y el pobre. Y no es a posteriori en la situación del más allá de la muerte que luego nos describe, sino es aquel abismo entre la mesa del rico con todos sus lujos y despilfarros y el pobre echado en su portal que parecía que nadie era capaz de ver. Como nos seguía diciendo la parábola solo los perros lamían sus llagas.
Nos cegamos. O no queremos mirar. O volvemos nuestro rostro hacia otro lado que nos pueda parecer más agradable. Que eso nos puede pasar mientras vamos caminando por la calle y alguien está sentado al borde de la acera tendiéndonos la mano y no lo queremos mirar. Es lo que nos puede pasar a cada uno de nosotros con nuestras miradas muy discriminatorias, pero es lo que se puede palpar en nuestra sociedad. Cuantos despilfarros en cosas innecesarias mientras para asuntos sociales se apartan solo unas migajas. Y no digamos ya de quienes se aprovechan, de todo ese mundo de corrupción que hemos creado de mil formas en nuestra sociedad. Aunque quizá algunas veces nos hagamos los caritativos.
Y estas cosas ¿no tienen remedio? ¿no tienen solución? Algunas veces parece que así fuera, porque con qué facilidad nos echamos las culpas los unos a los otros, cuantas veces acusamos al otro pero no nos miramos a nosotros mismos, o nos consolamos diciéndonos que es la crisis que vive nuestra sociedad y de la que tan difícil es salir. Quizá predominan más nuestros egos, nuestras ansias de estar en el candelero o de ostentar el poder antes que sentarnos de verdad a trabajar juntos buscando caminos, buscando soluciones, buscando puntos de encuentro. Miremos que pocas soluciones damos al momento político en que vivimos en nuestra sociedad.
Los cristianos ¿nos podemos quedar tranquilos ante estas situaciones? ¿Nos cruzamos los brazos también y volvemos la mirada hacia otro lado? Hacen falta cristianos valientes y responsables en medio de nuestra sociedad, porque pudiera parecer que no tenemos nada que decir ni nada que hacer. Y nuestra fe nos obliga a un compromiso serio con nuestra sociedad, y nos compromete con esas tremendas desigualdades sociales que se tienen, y nos tiene que impulsar a romper barreras y hacer desaparecer esos abismos que nos separan en nuestro mundo.
No podemos estar esperando milagros celestiales que todo lo resuelvan, que parece que algunas veces en cosas así es en lo que ponemos nuestra fe. La fe que tenemos en Jesús y que compromete nuestra vida con el evangelio y con el Reino de Dios que hemos de construir es algo mucho más profundo y tiene que envolver y dar tinte a toda nuestra vida.
En la parábola el rico desde el abismo pedía a Abraham que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para eso les hiciera cambiar. Pero como se les dice en la parábola ni aunque resucite un muerto van a cambiar, pero que tienen la ley y los profetas, tienen la Escritura santa que ilumine sus vidas para hacerles encontrar ese verdadero camino de una conversión para transformarse ellos y transformar así el mundo en que viven.
Comencemos por ahí, convirtamos nuestra vida, transformemos nuestra vida y así comenzaremos a transformar nuestro mundo; cambiemos de actitudes cerradas, clasistas, discriminatorias, orgullosas, para abrir nuestros ojos y nuestro corazón y comenzar a ver de una manera nueva esa realidad de desigualdades, de pobreza, de injusticia que envuelve nuestro mundo. Seguro que si ponemos esa mirada nueva para ver seriamente al hermano que sufre a nuestro lado no nos vamos a quedar insensibles con los brazos cruzados sino que comenzaremos a poner nuestro granito de arena.
Y será así cómo comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios; ese Reino de Dios en el que no caben desigualdades ni injusticias porque es un reino de verdad y de amor, de justicia y de santidad; es el Reino en que comenzaremos a sentirnos verdaderamente hermanos con lo que comenzaremos a hacer ese cielo nuevo y esa tierra nueva en la que reine la justicia y el amor porque reine Dios.

sábado, 24 de septiembre de 2016

La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida

La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida

Eclesiastés 11,9–12,8; Sal 89; Lucas 9,43b-45

‘El lenguaje les resultaba oscuro y no le cogían el sentido… les daba miedo preguntarle’. Se sentían de alguna manera desconcertados.
Como nos sentiríamos nosotros si en medio de la euforia de grandes momentos que parecen de triunfo se nos anuncia que todo eso se puede venir abajo, porque vendrán días amargos. Nos cuesta aceptar los vaivenes de la vida. Claro que nos gustaría que todo siempre fuera sobre rosas, pero olvidamos que las rosas tienen espinas; y así se nos vuelve la vida muchas veces.
Nos hacemos proyectos, soñamos cosas hermosas que nos van a venir, nos llenamos de ilusión porque incluso a veces nos parece fácil de encontrar y realizar lo que son nuestros sueños, pero se da vuelta la tortilla, y aparecen obstáculos y dificultades, nos sentimos desconcertados y no sabemos por donde salir, parece que se nos acaban las esperanzas y nos llenamos de frustraciones. No le encontramos sentido a lo que nos sucede y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla porque nos puede parecer un sinsentido tanta lucha y tanto esfuerzo para terminar como parece que terminamos tantas veces.
Hemos de saber encontrarle un sentido a la vida y cuanto nos sucede. Hemos de soñar, sí, y ponernos metas y tener ilusión, siempre con esperanza. La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida. Nosotros los creyentes miramos a Jesús. Vemos su camino y queremos seguirle aunque nos cueste, porque sabemos que al final habrá vida y habrá resurrección, y que la semilla que plantamos ha de dar su fruto aunque no sepamos cuando ni quizá nosotros lo veamos.
La vida de Jesús fue ese grano de trigo sembrado en tierra para que renaciera una nueva planta, una nueva flor, una nueva vida. El morir del grano de trigo en el surco hace surgir la vida. Como Jesús, como ha de ser nuestra vida también, porque eso en medio de las negruras que podamos encontrar en la vida no perdemos la esperanza, la esperanza de la vida. Con nosotros está Jesús.
Como habíamos comenzado comentando en el texto del evangelio se nos habla de que entre la admiración general por lo que hacia Jesús les anuncia que al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres. No lo entienden. Está hablándoles de su pasión, de su pascua, de lo que va a suceder en Jerusalén. Pero ellos no lo entienden.
Luego más tarde podrán proclamar que en verdad Jesús es el Señor. Que Dios lo resucitó de entre los muertos. Que en Jesús está la verdadera salvación porque no hay otro nombre en el que podamos salvarnos. Es el camino de fe y de esperanza que nosotros hemos de caminar también en medio de esa pascua de nuestra vida, para que aprendamos a sentir que en medio de todos esos contratiempos, de esas luchas, de esos momentos oscuros que nos parecen sin sentido, el Señor llega y pasa por nuestra vida,
El está con nosotros y estando con nosotros tendremos vida, no nos faltará la luz, podremos seguir caminando con esperanza. No sabemos como será al final la salida de ese túnel oscuro de la vida, pero tenemos la certeza de que el Señor no nos abandona. No olvidemos nunca esa presencia de gracia del Señor en todo momento con nosotros.

viernes, 23 de septiembre de 2016

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

Eclesiastés 3,1-11; Sal 143;  Lucas 9,18-22

‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Es la pregunta directa que Jesús le hace al grupo de los Doce. Antes les ha pregunta cuál es la opinión de la gente, ¿qué se dice de él? ¿Qué piensan todos aquellos que le rodean, que alguna vez se han tropezado con Jesús, que han escuchado sus palabras o contemplado sus milagros?
Pero se puede transformar y de hecho se transforma cuando hoy escuchamos su Palabra, ‘tú, ¿quién dices que soy yo?’ Es nuestra opinión la que nos está pidiendo Jesús, es lo que nosotros sentimos, yo siento en su presencia, es lo que El significa para mí, lo que Jesús ahora nos está, me está planteando.
Las gentes en la época de Jesús que nos narran los evangelios, aparte de aquellos que se oponían a Jesús y le rechazaban o se sentían incómodos con su presencia, sus signos y su Palabra, se admiraban de sus enseñanzas, reconocían que a nadie habían escuchado hablar como hablaba él con su autoridad, sentían cómo Dios caminaba en medio de ellos porque nadie podía hacer las cosas que Jesús hacía, y terminaban reconociendo que era un gran profeta como aquellos antiguos profetas de la historia de Israel y para algunos era como si el cercano Juan Bautista hubiera vuelto a la vida.
¿Y las gentes de nuestro tiempo qué piensan, qué opinan de Jesús? Muchos pasaran indiferentes ante su figura y de la misma manera que a través de todos los tiempos le rechazarán como rechazarán su doctrina y a quien hoy quiere presentar su mensaje en el rechazo que se hace a la Iglesia de mil maneras y a los cristianos; para muchos quizá seguirá siendo un gran personaje de la historia, reconociendo que de alguna manera habrá influido en la historia de los hombres a través de los siglos, pero quizá sigan viéndolo así como un personaje lejano en el horizonte de los tiempos; muchos quizá lo sentirán más cercano y le llamarán un amigo o le tendrán como un líder que aun sigue diciéndonos cosas a los hombres de nuestro tiempo pues en sus palabras hay un mensaje que nos pueda plantear altos y nobles ideales.
Pero, ¿nos quedamos ahí? ¿No terminamos de vislumbrar tras todo eso un misterio trascendente que nos haga ver de otra manera a Jesús? Es la pregunta que tú y yo tenemos que hacernos, para ver en verdad qué es lo que significa para mi, cómo implica mi vida en algo nuevo, cómo me puede llevar a un compromiso distinto, cómo puede darle una trascendencia más grande a mi vida, cómo puede hacerme levantar la mirada hacia lo alto para descubrir a Dios, para sentir a Dios, para vivir a Dios.
Pedro, que fue el que se adelantó a dar una respuesta personal, dijo de Jesús en aquel momento ‘el Mesías de Dios’. Era mucho lo que Pedro estaba diciendo con estas breves palabras que otro evangelista nos trascribe como reconociéndolo como el Hijo del Dios vivo. Era mucho lo que estaba diciendo Pedro aunque no sé si era consciente del todo del alcance de sus palabras. Pero allí había una hermosa confesión de fe. Aunque Jesús luego le hará comprender que ese Mesías de Dios había de padecer y sufrir hasta una muerte de cruz.
Queremos hacer también nosotros una certera confesión de fe en Jesús porque en verdad lo sintamos como el Mesías de Dios en nuestra vida; porque sintamos en verdad que El lo es todo para nosotros y sin el cual nuestra vida no tendría ningún sentido ni valor. Queremos en verdad reconocerle como nuestro Salvador porque pasó por una muerte de cruz derramando su sangre para el perdón, para perdonarme de mis pecados, pero que en verdad me ha llenado de una vida nueva para vivir para siempre en la gracia y en el amor.
Quisiera expresar y no sé qué palabras emplear que El es la verdadera luz de mi vida, la razón de mis luchas y la fuerza de mi amor; que en Él veo las cosas de forma distinta y aprendo también a tener una mirada nueva hacia aquellos que me rodean con los que voy haciendo el viaje de la vida, sintiendo que somos unos hermanos que caminamos juntos, también con nuestras flaquezas y debilidades, pero sintiendo la fuerza de Jesús.
Busquemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, en lo que son nuestros pensamientos y nuestras esperanzas para descubrir y también para compartir con los demás todo lo que Jesús significa para mí, significa para cada uno de nosotros.