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sábado, 14 de mayo de 2016

Que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua

Que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

Mañana llegamos a clausurar con la solemnidad de Pentecostés las fiestas de Pascua que hemos venido celebrando. La oración de la liturgia de este día nos hace pedir que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua. La alegría pascual no se puede agotar nunca en el corazón de un creyente. Clausurar simplemente cerrar un ciclo que hayamos estado recorriendo y ahora es como comenzar una cuenta nueva. En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana eso no tendría sentido porque siempre tiene que haber una continuidad en crecimiento. No es comenzar de nuevo de cero.
Las celebraciones de nuestra fe con las que queremos cantar la gloria y la alabanza del Señor expresando así la fe y el amor que tenemos en el Señor recordando sus maravillas y toda la historia de la salvación, son al mismo tiempo para nosotros un motivo de riqueza y crecimiento interior que nos impulsa en ese camino de nuestra vida cristiana.
Llegamos es cierto mañana a la culminación de las fiestas de Pascua con la solemne celebración de Pentecostés – nos hemos venido preparando y mañana lo reflexionaremos y viviremos hondamente – pero aunque sea el final de un ciclo litúrgico no es un punto y aparte en nuestra vida cristiana. Toda esta alegría que hemos vivido en la Pascua y que a tantas cosas buenas nos ha impulsado la hemos de seguir viviendo con la misma intensidad, ha de seguir haciéndonos crecer en nuestra vida cristiana en todo ese proceso que ha de ser nuestra vida de seguimiento de Jesús.
No nos puede faltar nunca esa alegría en nuestra vida. Ya sabemos que tantas veces los caminos se nos oscurecen pero la luz y la fuerza del Espíritu siempre están con nosotros. No nos puede faltar la esperanza porque sabemos bien de quien nos fiamos y que con nosotros está el Señor que prometió que estaría siempre hasta la consumación de los tiempos. Esa alegría y esa esperanza que hemos de manifestar a través de tantos gestos hermosos que podemos tener con los que están a nuestro lado.
Cuantas sonrisas podemos despertar, cuanta luz podemos poner en los corazones atormentados, cuanta solidaridad puede resurgir en los que quizá caminan pensando solo en si mismos, pero que si ven un gesto solidario en quien está a su lado puede que se despierte su conciencia. Así en pequeños detalles cuantas cosas podemos hacer cada día para hacer un mundo mejor y más feliz, para que se haga más presente el Reino de Dios.
Finalmente recordar que hoy catorce de mayo celebramos a san Matías, el que fue elegido en sustitución de Jesús allí en el propio cenáculo en las vísperas de Pentecostés – coincidencia este año en la fecha vísperas de Pentecostés - . El Espíritu del Señor elige y llama al servicio del pueblo de Dios a los que quiere. Que seamos dóciles a esa moción del Espíritu y nos dejemos conducir al tiempo que sepamos aceptar a los que han sido elegidos del Señor.

viernes, 13 de mayo de 2016

Queremos decirle a Jesús que lo amamos no fruto de un fervor pasajero sino convencidos cuando hemos sentido su amor

Queremos decirle a Jesús que lo amamos no fruto de un fervor pasajero sino convencidos cuando hemos sentido su amor

Hechos 25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ la pregunta de Jesús a Simón Pedro podía sentirla hondamente como una daga que le atravesara la entrañas; más aun cuando la pregunta se repite hasta en tres ocasiones.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Le había prometido un día que estaría dispuesto a todo, incluso a dar la vida, aunque cuando llego el momento de dar la cara se echó para detrás; son las debilidades de la vida, prometemos y prometemos pero no sabemos el alcance que puedan tener nuestras palabras y nuestras promesas. Vemos quizá en un momento determinado las cosas fáciles fruto de un entusiasmo y de la emoción de un momento. Cuantas cosas hemos prometido al final de unos ejercicios espirituales vividos con mucho fervor, pero que quizá nos hizo pensar que fuera iba a seguir el mismo fervor y nada se nos iba a oponer.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Un día había dejado redes y barca para seguirle. Impresionado en la pesca milagrosa aquel mediodía se había sentido un humilde pecador – ‘Apartate de mi, Señor, que soy un pecador’, le había dicho – pero Jesús le prometía una pesca mejor y en otros mares más profundos. El había lanzado la red en aquella ocasión solamente porque se fiaba de su palabra ‘en tu nombre echaré la red’ y algo nuevo había comenzado en ellos.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Se había dejado conducir por Jesús y había sabido escuchar la voz del Padre en su interior que le revelaba el misterio de Jesús. Fue Pedro el que se adelantó a dar la respuesta cuando Jesús preguntaba que decía la gente de El o qué decían ellos mismos. ‘Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Pero como le diría Jesús no eran revelaciones humanas, no eran cosas aprendidas de memoria, había sido el Padre del cielo el que se lo había revelado en su corazón.  ¿Cómo no iba a amar a Jesús?
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Con Jesús y elegido en especial por Jesús había subido al Tabor para aquella mañana de oración. Allí había sido testigo de la gloria de Dios. Tanto disfrutaba que ya estaba pensando en hacer unas tiendas para quedarse allí para siempre aunque los cálculos no fueron certeros en su previsión. Había escuchado de nuevo la voz del Padre: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. Claro que había que escucharle y seguirle; era lo que en todo el camino recorrido habían intentado aunque aun les costara entender lo que significaba la pasión y la muerte.
Yo quisiera escuchar en mi corazón esa misma pregunta de Jesús. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Pero importante es la respuesta que nosotros le demos a Jesús. Una respuesta que no pueden ser solo palabras. Repasemos la respuesta de Pedro como la hemos ido viendo reflejada en su vida y tratemos de calcarla nosotros en nuestra vida.
Le vamos a prometer, sí, que lo amamos a pesar de nuestras dudas, a pesar de nuestras debilidades. No nos vamos a quedar solo en momentos de fervor, sino que vamos a querer ser constantes en nuestro amor. Vamos a amarle porque en verdad queremos escucharle y porque queremos ser sus discípulos. Vamos a amarle y a recibir en nuestras manos esa misión que a nosotros también nos confía. No vamos a tener lo que de pasión y cruz tiene la pascua porque la vida del seguidor de Jesús es un participar de la Pascua de Cristo, una pascua que en toda su profundidad también nosotros hemos de vivir.

jueves, 12 de mayo de 2016

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando ponemos gran empeño en sacar un proyecto adelante, un proyecto que consideramos de gran trascendencia para nosotros y para ese mundo nuevo que queremos construir, lo menos que desearíamos es que desde dentro, desde las personas que realizan ese proyecto se pusieran trabas o maquinásemos para destruirlo. Un encargo y un deseo sería que en verdad lo cuidáramos y no hiciéramos nada que pudiera ser obstáculo para llevarlo adelante. La experiencia de la vida nos dice cómo siempre encontraremos quienes están poniendo palos a las ruedas, desde las envidias, los orgullos, los recelos y en lugar de construir destruimos. Esto lo vemos claro en tantos hechos de la vida.
Son las recomendaciones y la oración que Jesús está haciendo por los discípulos, por el Reino de Dios que se está constituyendo, por la Iglesia que está naciendo. Es la oración por la unidad. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Es importante esa unidad de todos los creyentes para que el mundo crea. Si nos ven divididos ¿cómo van a creer en la Palabra que les anunciamos?  Si nos ven desunidos mala imagen estamos dando del Reino de Dios.
Este tema de la unidad nos puede llevar a variadas consideraciones con muchas consecuencias en nuestra vida cristiana y en la vida de la Iglesia. Ya es un drama grande que a lo largo de los siglos se haya producido tantas rupturas y que teniendo todos una misma fe en Jesús nos etiquetemos con tan diversos nombres y hayamos creado esos abismos inmensos de separación y división. Damos gracias a Dios por los gestos de cercanía que se están dando en los últimos tiempos.
Pero yo quiero pensar ahora en nuestras propias comunidades parroquiales o en las comunidades religiosas. ¿Trabajaremos de verdad para que haya esa verdadera comunión y unidad en el día a día de nuestras comunidades? Bien sabemos de los recelos y desconfianzas que muchas veces aparecen. Mucho daría que pensar, porque lo triste sería que fuéramos nosotros los propios cristianos los que desde dentro estuviéramos frenando el avance de la Iglesia. Nos pide Jesús que vivamos unidos, que no nos destruyamos. Con el corazón en la mano nos lo esta pidiendo Jesús. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

Tenemos que ir a las periferias del mundo para hacer el anuncio del evangelio y no refugiarnos en los de siempre y donde no vamos a encontrar dificultades

Tenemos que ir a las periferias del mundo para hacer el anuncio del evangelio y no refugiarnos en los de siempre y donde no vamos a encontrar dificultades

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Seguimos escuchando y meditando en estos días la oración sacerdotal de Jesús. Qué consuelo sentimos allá en lo más hondo de nosotros mismos sabiendo que Jesús ora por nosotros.
En aquellos momentos de despedida tendría que ser un verdadero bálsamo de paz para los discípulos saber que Jesús oraba por ellos. El camino que se abre ante sus vidas es incierto y no va a estar exento de dificultades. Como seguimos viviendo nosotros hoy. Algunas veces queremos buscar como un refugio que nos aísle o nos desconecte de este mundo adverso y lleno de dificultades.
Tememos enfrentarnos al mundo haciendo el anuncio del evangelio, nos encerramos en nuestras iglesias, en nuestros grupos parroquiales, en nuestras cofradías y hermandades y en todo lo que haga referencia al culto, porque quizá mientras estamos allí dentro estamos tranquilos, nadie nos molesta, y quizá en ocasiones no nos llegue esa palabra revulsiva que nos haga salir de nosotros mismos para ir al encuentro con los demás en el anuncio del evangelio. El Papa nos está llamando la atención continuamente para que, como dice él, salgamos a las periferias. Pero quizá preferimos quedarnos en aquello que no nos da mucho problema.
Pero ese no es el espíritu del evangelio, el espíritu misionero que tiene que haber en nuestra vida de cristianos. Ya nos dice Jesús hoy que no pide al Padre que nos saque del mundo – eso que quizás nosotros prefiramos – sino que ahí en medio de ese mundo tenemos que dar testimonio de la verdad, ahí en medio de ese mundo es donde tenemos que santificarnos.

Nos hace falta el arrojo y la valentía de aquellos primeros discípulos y apóstoles que se lanzaron al mundo. Ellos sabían que contaban con la fuerza del Espíritu, por eso Jesús oraba por ellos. Es lo que nosotros tenemos que experimentar dentro de nosotros. Pidamos con intensidad en estos días en que nos acercamos a Pentecostés que venga el fuego del espíritu renovador de nuestra vida, que nos caldeemos en su amor, y que seamos en verdad testigos y misioneros de la verdad del Evangelio.

martes, 10 de mayo de 2016

Una oración sacerdotal y eclesial que hemos de saber hacer con Jesús porque todos han de tener cabida en nuestro corazón y con todos hemos de cantar la gloria de Dios

Una oración sacerdotal y eclesial que hemos de saber hacer con Jesús porque todos han de tener cabida en nuestro corazón y con todos hemos de cantar la gloria de Dios

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
Las palabras que vamos escuchando estos días en el evangelio son el final de aquel discurso de despedida después de la cena pascual en que Jesús iba abriendo su corazón a los suyos dejando entrever su ternura y su amor. Los momentos de despedida son propicios para ese desnudar el corazón dejando entrever todos los entresijos del  alma; momentos de confidencias, momentos en que uno descubre la intimidad más profunda del alma.
Todos lo habremos experimentado en alguna ocasión, cuando hemos tenido que arrancarnos de aquellos que amábamos con un amor especial. Son palabras de testamento no solo en el sentido de últimas voluntades sino más bien querer recordar con especial intensidad todo aquello que hayamos vivido; y vienen los recuerdos y las recomendaciones, los buenos deseos y las promesas de fidelidad y de amor que nunca quiere acabarse.
Jesús les habla de su gloria y de la gloria de Dios. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. ¿En que se va a manifestar esa gloria de Dios? ¿Cómo va a ser glorificado Jesús? Va a dar la vida eterna a los que el Padre le había confiado. Ahí está la gloria de Dios.  ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
En la entrega suprema de la cruz se nos revela la gloria de Dios; porque en la entrega suprema de la cruz se va a manifestar el amor más grande. El sacrificio de Cristo es la gloria del Señor. Por eso nosotros queremos dar gloria a Dios y la hacemos en el sacrificio del altar, que no es otro que el sacrificio de la cruz. Todo honor y toda gloria, decimos, con Cristo, por Cristo, en Cristo. Todo honor y toda gloria al Padre de la gloria para siempre desde el sacrificio de Cristo, desde el amor de Cristo.
Y ahora Jesús dice que ruega por nosotros, que estamos en el mundo aunque no somos del mundo. Ruega por nosotros que tenemos que continuar nuestra tarea en medio del mundo, porque ahí tenemos que manifestar la gloria del Señor, para que nos sintamos seguros, para que no sintamos su ausencia. Es el padre, el amigo, el hermano que no nos quiere dejar solos, que nos quiere dar garantías de que estará siempre con nosotros. En el fondo está la promesa del Espíritu que nos va a enviar desde el seno del Padre.
Hacemos nosotros también esta oración sacerdotal de Jesús para sentir su fuerza y su gracia, pero hacemos esta oración sacerdotal de Jesús porque en nuestro corazón tienen que caber todos los hermanos y por ellos también nosotros hemos de pedir. Es la oración que con verdadero sentido eclesial  hemos de saber hacer siempre. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final

Cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final

Hechos 19,1-8; Sal 67; Juan 16,29-33
La experiencia y la sensación de sentirse solo y como abandonado cuando nos vienen los problemas es muy dura de asimilar y producen muchas tristezas y angustias en el alma. Es algo que sucede con demasiada frecuencia y no siempre sabemos reaccionar ante situaciones así; muchas veces cuando no hay la suficiente madurez y fortaleza interior bien sabemos que suelen acabar en tragedias.
Es lo que Jesús les anuncia que le va a pasar a él. En el relato evangélico que estamos escuchando estamos en las vísperas de la pasión y lo que Jesús les está diciendo va a suceder esa misma noche con El. Cuando llegue la hora del prendimiento en Getsemaní comenta el evangelista que todos le abandonaron y huyeron. Alguno como Pedro se llegó hasta los patios del sumo pontífice para ver en qué acababa aquello, y bien sabemos que en su cobardía le negó; solo Juan llegó hasta el final porque será el único que encontremos al pie de la cruz junto con su madre y las piadosas mujeres.
Pero Jesús nos da una clave. ‘Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. No se siente abandonado porque en manos del Padre pondrá su vida, porque no ha venido sino a hacer su voluntad. Y cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final. ‘En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Tenemos la victoria de nuestra parte.
Ya nos diría en otra ocasión cuando nos anunciaba persecuciones y cárceles que no tuviéramos miedo porque el Espíritu del Señor pondría palabras en nuestros labios. Creo que tenemos que recordarlo, pero recordarlo de una forma viva. Porque sabemos muchas cosas quizás, pero en el momento de la dificultad, cuando vienen los problemas seguimos sintiéndonos solos y sin fuerzas. ¿Por qué? Porque olvidamos las palabras de Jesús. ‘Pero tened valor: yo he vencido al mundo’.
Es esa espiritualidad profunda que tenemos que ir logrando en nuestra vida, porque en verdad nos vayamos llenando de Dios, porque sintamos siempre la fuerza de su Espíritu, porque nos dejemos conducir por sus inspiraciones, porque no perdamos nunca esa paz interior por muchas que sean las dificultades, porque sepamos en todo momento ponernos en las manos del Padre. Para eso es necesario orar mucho, orar dejándonos impregnar por el Espíritu divino, orar escuchando a Dios en nuestro corazón, orar haciendo una lectura de nuestra vida y de cuanto nos sucede a través del filtro del Espíritu, del filtro de la Palabra de Dios.
Pidamos con fuerza la presencia del Espíritu en nuestra vida en esta última semana de Pascua que va a desembocar en Pentecostés. Que nos sintamos renovados y rejuvenecidos en el Espíritu.

domingo, 8 de mayo de 2016

La ascensión nos hace levantar nuestra mirada, contemplar la meta, el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos desentendemos de este mundo en el que tenemos que ser testigos de luz

La ascensión nos hace levantar nuestra mirada, contemplar la meta, el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos desentendemos de este mundo en el que tenemos que ser testigos de luz

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53
Hoy es la fiesta de la Ascensión del Señor al cielo donde esta sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso, como confesamos en el credo. En la piedad del pueblo cristiano esta fue una fiesta del tiempo pascual que se celebraban con gran devoción y solemnidad. Como muestra de ello todo esos signos que se realizan en la celebración de este día como las lluvias de pétalos que en muchos lugares caen sobre los fieles al paso de la procesión con el Santísimo.
Si durante toda la cuaresma queríamos avanzar en el misterio de Cristo – como lo expresábamos en la oración del primer domingo de cuaresma – ahora llegamos al conocimiento de esa plenitud del misterio de Cristo glorificado en su Ascensión. Es lo que nos decía el apóstol Pablo en la segunda lectura de este domingo. Espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo… descubrir la esperanza a la que nos llama, comprender esa riqueza de gloria que recibimos en herencia cuando nos llama a ser santos.
La ascensión nos hace levantar nuestra mirada; queremos contemplar la meta; contemplamos el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos hace desentendernos de este mundo. Y es que a este mundo hemos sido enviados con una misión. Esa maravilla del misterio de Dios que así nos ama y nos salva tenemos que anunciarlo.
Contemplar la ascensión del Señor no es simplemente una despedida. Jesús se va pero  viene a nosotros; está sentado a la derecha del Padre con todo poder y majestad, pero esta siempre con nosotros a nuestro lado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo nos dice. Por eso nos promete el envío del Espíritu que será nuestra fortaleza y nuestra vida, será el que nos lo enseñe todo y el que nos vaya guiando allá en nuestro interior como sigue guiando también a la Iglesia.
Celebrar la ascensión es ponernos en camino de Ascensión. Muchas veces hemos visto y reflexionado en ese camino de subida de Jesús. Subida al monte Tabor para la oración; subida a Jerusalén para la pascua; subida que es superarnos, esforzarnos, no contentarnos con quedarnos a ras de tierra, darnos cuenta de nuestras limitaciones y aspirar a algo mejor; subida que es ponernos metas en la vida; subida que es aprender a entrar en un camino de espiritualidad profunda. Celebramos la ascensión queriendo vivir todo esto con intensidad, pero también proponiéndolo a cuantos nos rodean.
Cuando no nos ponemos metas que nos hagan levantar nuestra vida, nos dejamos arrastrar por tantas rémoras que aparecen en la vida y que nos frenan, no nos dejan avanzar, nos impiden crecer de verdad. La vida es camino, es crecimiento, es superación; quedarnos en lo de siempre sin empujarnos un poquito para avanzar hará que al final más bien reculemos y caigamos por la pendiente de la rutina y la frialdad.
Porque no podemos olvidar que recibimos una misión. Jesús nos invita a esperar el cumplimiento de la promesa del Espíritu para que luego seamos testigos. Testigos de ascensión, de vida, de luz, de amor. Cuánto necesita nuestro mundo que brillen esos testigos porque estamos demasiado en sombras de muerte. Por eso, esta semana, con intensidad vamos a pedir que venga el Espíritu sobre nosotros, sobre su Iglesia, sobre nuestro mundo.

sábado, 7 de mayo de 2016

Nos sentimos envueltos en el amor y la ternura de Dios y así nosotros le amamos y queremos hacer siempre su voluntad

Nos sentimos envueltos en el amor y la ternura de Dios y así nosotros le amamos y queremos hacer siempre su voluntad

Hechos 18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Como madre quizá te habrás visto encantada cuando has apreciado que tu hijo tiene un amigo que lo quiere mucho y que está dispuesto a hacer por su amigo, por tu hijo, lo que sea para ayudarlo. Seguro que en tu corazón de madre has comenzado a querer al amigo de tu hijo y hasta hayas llegado a manifestarle cuanto te agrada ese amistad tan sincera y de alguna manera hasta has comenzado a quererlo, por el cariño que le tiene a tu hijo, como si fuera uno de los tuyos también. Y es que cuando vemos que quieren mucho a aquellos que nosotros amamos, comenzamos también a quererlos y ya los miramos como algo nuestro.
He pensado en esta experiencia humana que quizá hayamos vivido de alguna forma para entender bien lo que Jesús nos está diciendo del amor del Padre por nosotros. ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Amamos a Jesús porque en El hemos puesto toda nuestra confianza; queremos escucharle y queremos seguirle, a pesar incluso de nuestras debilidades. Así nos ama Dios. Pero fijémonos en esa ternura de Dios. ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis…’ Es un gozo grande que hemos de sentir en nuestra alma porque nos sentimos amados de Dios.
Por eso hoy Jesús nos invita a que pidamos al Padre en el nombre de Jesús. Tenemos la certeza de que somos escuchados porque el Padre nos ama y cuanto pidamos en el nombre de Jesús El nos lo concederá. ‘Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’.
Podríamos recordar aquí todos aquellos momentos en que Jesús a lo largo del evangelio nos enseña a pedir a Dios con la confianza de un hijo que se acerca a su padre. Podríamos recordar aquel momento en que Pedro echa las redes en el nombre de Jesús. Podríamos recordar cómo Jesús nos enseña a orar y nos da como modelo de oración el Padrenuestro, que precisamente comienza con esas palabras de confianza y de amor llamando a Dios Padre.
Sintámonos siempre envueltos en el amor de Dios, por la ternura y la misericordia de Dios y con esa confianza del amor hagamos con sentido nuestra oración.

viernes, 6 de mayo de 2016

Vivamos siempre la alegría de la fe y la satisfacción de la semilla que cada día sembramos porque lo hacemos con esperanza

Vivamos siempre la alegría de la fe y la satisfacción de la semilla que cada día sembramos porque lo hacemos con esperanza

Hechos 18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a

Sigue insistiéndonos Jesús en la alegría que tiene que haber en nuestra vida.  ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’. Y nos habla de la mujer que va a dar a luz en medio de los dolores del parte, pero que cuando ha nacido la criatura su corazón se llena de una alegría que nadie le puede quitar.
Es la alegría grande que sentimos siempre en nuestro corazón por el don de la fe. Es la alegría grande por la semilla sembrada aunque haya sido con dolor. Es la alegría y la satisfacción gozosa por el bien que hayamos hecho, por el deber cumplido, por la buena obra que hayamos realizado, por el gozo compartido, por el sufrimiento aceptado y  vivido como una ofrenda de amor.
Muchas veces nos cuestan las cosas. No siempre es fácil. Es necesario esfuerzo y mantener la constancia en la voluntad para llevar adelante esa obra buena que queremos realizar aunque nos cueste muchos sacrificios. Mantenernos en fidelidad frente a tantas cosas que nos tientan al desánimo, a tirar la toalla, a abandonar porque vemos que son muchas las dificultades no es fácil. Más aun cuando quizá no vemos respuesta, no se nos valora aquello que hacemos y no ya solo por los contrarios sino quizá muchas veces dentro mismo de nuestro grupo o nuestra comunidad.
Muchas veces nos sucede como aquello de la parábola que sembramos buena semilla y no podemos recoger fruto, o más bien vemos que en medio de nuestro trigo aparecen las malas hierbas, la cizaña que envenena nuestra cosecha, y podemos sentir la tentación de arrancarlo todo, como aquellos obreros de la parábola; pero hemos de saber tener paciencia, la paciencia que Dios tiene continuamente con nosotros que no siempre damos buena respuesta,  no siempre quizá damos los frutos que se nos pide, pero Dios sigue confiando, Dios sigue esperando nuestra buena respuesta.
Por eso hoy nos está señalando Jesús que no nos puede faltar en nuestro corazón la alegría en medio de las dificultades que nace de la esperanza. Al final nuestra alegría será completa. No lo veremos en plenitud en esta vida, pero nosotros sabemos darle trascendencia a lo que hacemos y sabemos que caminamos a una vida en plenitud, a una felicidad en plenitud que solo podremos encontrar en Dios, en la plenitud de su vida.
Pero mientras ahora vamos caminando sepamos sentir la satisfacción de todo eso bueno que logramos o que al menos intentamos. Que no nos falte nunca esa alegría en nuestro corazón que se refleje también en nuestro semblante. Nuestra sonrisa alegrará también el corazón de los que sufren a nuestro lado. Ya está bien de semblantes serios en el rostro de tantos cristianos que parece que van amargados por la vida. Eso no tiene ningún sentido en un cristiano que vive hondamente su fe. ¿Será que falta la esperanza y por eso no hay alegría y paz también en los momentos que no son tan fáciles? Recordemos aquello que decían los santos, ‘que un santo triste es un triste santo’.

jueves, 5 de mayo de 2016

Con Jesús la negrura de la tristeza y el pesimismo no nos puede vencer sino que siempre tiene que brillar la luz de la alegría y la paz

Con Jesús la negrura de la tristeza y el pesimismo no nos puede vencer sino que siempre tiene que brillar la luz de la alegría y la paz

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20

‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría…’ Nos habla Jesús hoy de tristezas y alegrías. Nos dice el diccionario que la tristeza es ese ‘sentimiento de dolor anímico producido por un suceso desfavorable que suele manifestarse con un estado de ánimo pesimista, la insatisfacción y la tendencia al llanto’.
Nos suceden cosas desagradables en la vida, porque bien sabemos que no todo es un camino de rosas, pero aun así las rosas tienen espinas; nos vienen contratiempos con los problemas que nos van surgiendo, enfermedades, amistades que se rompen, traiciones, envidias que nos hacen daño; quizá encontramos oposición a nuestras ideas y no sabemos como afrontar las situaciones con las que nos tenemos que enfrentar; no nos sentimos satisfechos con lo que vamos logrando o acaso nos sentimos fracasados en la vida; muchas cosas que nos pueden amargar el corazón, entristecer el alma, llenarnos de pesimismo y de negruras.
No olvidemos que las palabras que hoy le escuchamos a Jesús están en el marco de la cena pascual y forma parte de aquella conversación – llamémosla así – de despedida en que Jesús les va anunciando los acontecimientos inmediatos sino también como preparándolos para el nuevo camino que han de emprender. Muchas veces les ha hablado de las persecuciones que han de sufrir y tanto en referencia a una como a otra cosa están estas palabras que hoy escuchamos.
La muerte de Jesús va a aparecer como un triunfo inmediato de aquellos que quieren quitarlo de en medio, pero Jesús les está anunciando el triunfo verdadero de la resurrección. Ya escucharemos la alegría que iban a sentir en su encuentro con Cristo resucitado. Pero quiere decirnos mucho más Jesús. Es una referencia a esa alegría profunda que ha de vivir el cristiano siempre cualquiera que sea la situación por la que pase. Siempre podemos y tenemos que sentir la presencia de Cristo con nosotros.
En los caminos de la vida, como reflexionábamos al principio, nos encontramos muchas cosas que pueden entristecernos el alma. En el camino de nuestra vida cristiana, en el camino que como Iglesia seguimos haciendo en el hoy de nuestra historia también tenemos la tentación del desánimo, de la desesperanza, del entristecernos porque nos pueda parecer que la luz no brilla siempre en todo su esplendor.
Las situaciones de increencia que podamos contemplar a nuestro alrededor, la oposición que encontramos en las fuerzas del mal que parecen que quieren oscurecer nuestro mensaje del evangelio, las trabas de todo tipo que podamos encontrar en el anuncio del evangelio, las adversidades de todo tipo que van apareciendo y que nos pueden hacer difícil nuestro camino y nuestro testimonio nos pueden entristecer.
Es lo que Jesús nos anuncia. Pero escuchemos su Palabra en su totalidad. Nos habla de una alegría que nadie nos puede arrebatar. Esa paz que con Jesús llevamos en nuestro corazón no la podemos perder de ninguna manera. Ponemos nuestra fe y toda nuestra esperanza en el Señor. Y eso que pudiera parecer tristeza tiene que convertirse en alegría y en alegría de la mejor.
Con nosotros está el Señor y el poder del abismo no podrá contra la Iglesia, no podrá contra el mensaje cristiano. Tenemos la Palabra de Jesús, tenemos su presencia, tenemos la fuerza de su Espíritu. Confiemos. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad, pidamos que nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor

Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad, pidamos que nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor

Hechos 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15

‘Muchas cosas me quedan por deciros… cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena…’
Cómo podremos recordar todas las cosas que nos ha dicho y enseñado, podían quizá estar pensado los discípulos. Muchas cosas habían contemplado, muchas cosas le habían visto hacer y en todas ellas había una enseñanza, muchas cosas le habían escuchado tanto cuando les hablaba a las multitudes como cuando a ellos en particular ya fuera en casa o cuando iban de camino o marchaban a solas con El a lugares apartados, ¿cómo iban a recordarlo todo?
Si estando Jesús con ellos y recordándoles continuamente las cosas tanto les costaba hacerlas, vivir aquellas actitudes nuevas que de El iban aprendiendo, seguían con aquellas ambiciones ocultas en su corazón que muchas veces reaparecían, ¿cómo harían cuando El no estuviera con ellos? ¿Quién podría darles seguridad de que lo que iban a hacer y enseñar lo harían con fidelidad a la Buena Nueva que les había anunciado Jesús del Reino nuevo de Dios?
‘Cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, que os enviaré desde el Padre, os lo enseñará todo, os guiará hasta la verdad plena’. Era la promesa de Jesús. Por eso les dirá más tarde que se queden en Jerusalén hasta que se realice la promesa del Padre y entonces recibirán el Espíritu y habrán de marchar por todo el mundo, porque han de ser testigos de esa verdad y de esa salvación para que todo el que crea pueda alcanzar esa salvación.
Es la garantía con la que nosotros seguimos viviendo nuestra fe; es la garantía del camino de la Iglesia. Algunos podrán pensar que eso de la fe nos lo hemos inventado nosotros; algunos querrán acusar a la Iglesia que es una manipuladora de poder y que se inventa sus normas y sus leyes para guardarse en salud. Cosas así escuchamos en nuestro entorno; muchos verán a la iglesia como si fuera uno más de los poderes de este mundo y que los hombres nos hemos inventado.
Nosotros no lo vemos así, porque creemos en la Palabra de Jesús. Nosotros tenemos una fe que reconocemos que es un don de Dios que como hermosa semilla ha sembrado en nuestro corazón y que hace que tenga vida. Nosotros creemos en esa fuerza y en esa asistencia del Espíritu de Dios que nos guía, que nos ilumina, que conduce los caminos de la Iglesia. Nosotros creemos en la asistencia del Espíritu que nos hace mantenernos en esa plenitud de Verdad que es Cristo y su evangelio. Nosotros creemos en la Sabiduría de Dios que se nos manifiesta en el Espíritu que nos recuerda y nos hace vivas en nuestros corazones las Palabras de Jesús.
Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad. Si no fuera esa fuerza y esa gracia del Espíritu hace tiempo ya que la Iglesia se hubiera destruido a si misma, en las  manos de los hombres tentados a dejarnos arrastrar por nuestras ambiciones y llenos de nuestra vanagloria. Si la Iglesia sigue caminando en fidelidad es por la fuerza del Espíritu del Señor que la acompaña, la ilumina, la guía siempre hacia la verdad plena.
Nos acercamos a la fiesta de Pentecostés y el Evangelio nos va recordando las Palabras de Jesús que nos anuncian la venida del Espíritu. Oremos y pidamos que el Espíritu nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor.

martes, 3 de mayo de 2016

Confesando la fe pascual recibida de los apóstoles en la Cruz de Cristo que celebramos queremos seguir proclamando la victoria del amor y de la vida hoy

Confesando la fe pascual recibida de los apóstoles en la Cruz de Cristo que celebramos queremos seguir proclamando la victoria del amor y de la vida hoy

1Corintios 15, 1-8: Sal 18; Juan 14, 6-14
En esta fecha del tres de mayo quiero tener en cuenta en mi reflexión varios aspectos que confluyen en la celebración de este día y que creo que hemos de tener muy en cuenta. No olvidamos que seguimos en el espíritu del tiempo pascual que da color y sentido a todas las celebraciones de este tiempo, aunque hemos de tener en cuenta que este día la liturgia hace memoria de dos apóstoles del grupo de los Doce, Felipe y Santiago el Menor; por otra parte en la devoción popular este día está coloreado con el signo de la Cruz, en memoria de una antigua fiesta cristiana que hacia referencia al encuentro de la Cruz por parte de santa Elena, en Jerusalén en el entorno de lo que es hoy la Basílica del Santo Sepulcro o de la Resurrección.
Esta memoria de la cruz que se traduce en numerosas fiestas populares en nuestros pueblos y ciudades, con el enrame y adorno de la Cruz que marca muchos de nuestros caminos en pueblos y ciudades. Muchas son las ciudades también que llevan el nombre de la Santa Cruz, bien en referencia a la fundación de las mismas – como sucede aquí en nuestra tierra canaria – o desde la fe cristiana que siempre puso en un lugar preponderante la cruz redentora de Cristo.
La Palabra de Dios que se nos ofrece en la liturgia de este día, propia de la fiesta de los Apóstoles, Felipe y Santiago, que celebramos nos recuerda lo que es nuestra confesión de fe, la fe que profesamos y queremos vivir. Como nos dice el apóstol nos recuerda el evangelio que El proclamó y que aceptamos y en el que encontramos la salvación. Esa buena nueva nos anunciaba a Cristo que murió por nosotros, que resucitó al tercer día y resucitado se manifestó a los apóstoles y discípulos antes de enviarlos por el mundo a proclamar ese evangelio.
Se nos manifiesta ahí todo el sentido pascual de nuestra fe que da sentido a nuestra vida y por la que incluso estaríamos dispuestos a dar la vida. Esa fe que nosotros confesamos fundamentada en los apóstoles, primeros testigos de la resurrección de Cristo y de la que nosotros somos herederos.
Cuando nosotros en este día estamos venerando de manera especial la cruz de Cristo lo hacemos también desde ese sentido pascual. En la cruz se nos manifiesta ese paso de amor de Dios por nuestra vida y nuestro mundo para traernos la salvación.
Contemplamos y celebramos la cruz no como un instrumento de muerte sino como un signo de victoria. La cruz es la victoria del amor; es la gran manifestación del amor que Dios nos tiene que así entregó a su Hijo en la prueba más sublime del amor que es dar la vida por nosotros.
Levantando nosotros en lo alto la cruz queremos manifestar que esa victoria del amor y de la vida tiene que seguir estando presente en nuestro mundo. No podemos permitir que reine la muerte; no podemos permitir que venza el odio y el pecado. Levantamos en alto la cruz porque queremos que venza el amor, que sea la victoria de la vida porque por la cruz de Jesús nosotros nos comprometemos por el amor, nosotros nos comprometemos por la vida.
Y es lo que queremos seguir sembrando en nuestro mundo. Es la transformación de vida que estamos obligamos, estamos comprometidos a realizar desde esa fe que tenemos en Jesús, muerto y resucitado. No  nos quedamos en la muerte, no queremos permitir que siga reinando el sufrimiento, queremos ir al encuentro de la vida, queremos llevar la salud de Jesús a los demás y es lo que hacemos cuando anunciamos el evangelio. Es el compromiso de esta fiesta de la Cruz. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Cuando venga el Defensor, el Espíritu de la verdad que enviaré desde el Padre, vosotros también daréis testimonio

Cuando venga el Defensor, el Espíritu de la verdad que enviaré desde el Padre, vosotros también daréis testimonio

Hechos 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
Me recuerda a la madre que siempre le está advirtiendo a su hijo lo que le puede pasar y que cuando suceden lo que le había prevenido le recuerda ‘yo te lo dije’; me recuerda la palabra del amigo o de aquella persona que te aprecia mucho que igualmente nos dice que ya nos había prevenido para que tuviéramos cuidado. Así está Jesús anunciándoles a sus discípulos en la hora de la cena pascual aquellas cosas que de manera inminente van a suceder o también lo que en el futuro les va a pasar por ser seguidores suyos. ‘Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Pero las palabras de Jesús no son para producirnos desasosiego ni amarguras ni temores ante lo que va a suceder, sino son palabras que nos llenan de esperanza. Nos asegura Jesús que no nos faltará la fuerza del Espíritu. Nuestra misión es dar testimonio y ese testimonio se convierta en anuncio de Buena Nueva, en anuncio de Evangelio  para que a todos en verdad llegue la salvación. Pero será un anuncio, será un testimonio que podremos realizar por la fuerza de su Espíritu.
‘Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Tenemos el testimonio del Espíritu de la Verdad que nos lo recordará todo, que será en verdad nuestra fortaleza porque nos hace sentir la presencia de Dios con nosotros, pero eso nos tiene que llevar a dar nosotros nuestro testimonio. Como nos dirá Jesús en otro lugar: ‘Seréis mis testigos’.
Cuando vamos ya terminando el tiempo pascual vamos escuchando estas palabras de Jesús que nos anuncian la presencia del Espíritu Santo. El se vuelve al Padre pero no nos dejará solos, nos envía desde el Padre el Espíritu de la verdad. Será nuestra fortaleza, será nuestra luz. Todo esto nos va preparando para la gran fiesta de la Pascua de Pentecostés, en que celebraremos y viviremos de manera especial la fuerza del Espíritu Santo en nosotros.
Ese testimonio que hemos de dar proclamando nuestra fe con valentía. No podemos avergonzarnos de nuestra fe sino que con gallardía y con alegría hemos de proclamarla. Somos felices con nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios y renovados totalmente en El para vivir una nueva vida. Y de ese amor de Dios, aunque inmerecido por nuestra parte, hemos de sentirnos orgullosos. Por eso lo proclamamos; por eso lo queremos vivir amando nosotros de la misma manera a los demás.
No tememos que no nos entiendan y eso nos pueda llevar a muchas incomprensiones por parte de los demás que se puedan convertir incluso en persecuciones. Nos sentimos seguros y fortalecidos en el Espíritu del Señor. Y damos testimonio de ello con nuestro estilo de vida, con ese nuevo sentido con que hacemos todas las cosas, con esa intensidad de nuestro amor.
Damos testimonio porque queremos convertirnos en faro de luz en medio de tantas oscuridades. No es nuestra luz con la que vamos a iluminar sino con la luz de Cristo en la que nosotros hemos sido iluminados. No querrán aceptar esa luz pero nosotros la encendemos porque queremos que haya vida y no muerte, porque queremos poner amor y solidaridad frente a tantos odios y violencias, porque queremos decir que es posible un mundo distinto cuando aprendemos a ser solidarios y a compartir, porque queremos que brille de verdad la paz frente a tantos enfrentamientos, discriminaciones, insolidaridades e injusticias.
No nos faltará la fuerza del Espíritu para ser testigos.

domingo, 1 de mayo de 2016

Jesús nos asegura que su presencia no nos faltará y la fuerza de su Espíritu nos guiará y nos lo enseñará todo

Jesús nos asegura que su presencia no nos faltará y la fuerza de su Espíritu nos guiará y nos lo enseñará todo

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apoc. 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29
 Cuando sentimos un amor grande por alguien nos cuesta desprendernos de él, separarnos; el pensar que no lo vamos a ver más o que no podemos estar con esa persona amada, gozar de su presencia, escuchar sus palabras y consejos, sentir su cercanía nos produce un profundo dolor en el alma que sabríamos cómo mitigar. Es lo duro de las separaciones y de las despedidas; queremos que su presencia se prolongue y buscamos gestos, signos que nos lo sigan recordando; queremos tener algo de su posesión, guardar una imagen, algo que nos lo siga recordando. Son experiencias por las que pasamos en ocasiones en la vida y nos dejan unos sentimientos encontrados en nuestro corazón.
Se me ocurre pensar en estas experiencias humanas por las que todos en alguna ocasión habremos pasado, porque de alguna manera era algo que podían sentir los apóstoles en la noche de la cena. Estaban las palabras de Jesús que habían anunciado su inminente pasión, y ahora la despedida era más patente en los gestos y palabras que se habían ido sucediendo en la cena y lo que seguía anunciando.
Hasta ahora habían tenido siempre la presencia de Jesús con ellos, escuchaban sus palabras y sus explicaciones repetidas, recibían su corrección cuando sus actitudes seguían siendo egoístas o ambiciosas, pero quizá presentían que Jesús no iba a estar con ellos  y quién les iba a enseñar, quien los iba a corregir, quien les iba a dar fuerza para todas aquellas situaciones nuevas en las que habrían de encontrarse a partir de estos momentos. Jesús además les decía que convenía que El marchase.
Pero lo maravilloso estaba en que más que ellos tratar de inventarse o buscarse cosas que les recordaran para siempre su presencia, era Jesús el que realmente se los estaba ofreciendo. Eran sus discípulos y habían de seguir su camino; eran sus discípulos y habrían de realizar una misión;  eran sus discípulos y habían de cumplir la palabra de Jesús, su mandamiento. Les había dejado el mandamiento del amor que tendría que ser para siempre su distintivo. Mucho les había insistido Jesús cómo tendría que ser ese amor.
Era ahora Jesús el que les decía que si cumplían su mandamiento iban a tener segura para siempre su presencia con ellos. Por una parte porque en aquellos a quienes habrían de amar siempre tendrían que ver a Jesús. Pero había más, ‘el que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará  y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios habitaría en sus corazones. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, les dice. Jesús estará siempre con ellos; podrán sentir para siempre su presencia en el corazón. No tenían que hacer otra cosa que cumplir su mandamiento, amar con un amor como el de Jesús.
¿Quién va a enseñarles? ¿Cómo van a sentir su palabra en su corazón y en su vida? ¿Quién va a inspirarles en cada momento lo que habían de hacer? ¿Quién sería el que les diera fuerza para seguir con toda fidelidad su camino? ‘Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’. El Espíritu de Dios estará para siempre con ellos y será quien en verdad les guíe, les recuerde en cada momento las palabras de Jesús.
Tendrían que acabarse los miedos y los temores. Aunque les anuncia que las cosas no serán fáciles, porque el discípulo no es más que su maestro y lo mismo que van a hacer con Jesús les puede suceder a ellos, no han de sentirse turbados ni perder la paz en ningún momento. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’. ¿Por qué hemos de temblar si no nos faltará nunca la presencia del Espíritu de Jesús que es espíritu de fortaleza y de vida?
No podemos perder la paz en el corazón. Ahora mismo se sentían turbados con los anuncios de Jesús y sin tener claro lo que iba a suceder aunque Jesús se los había explicado bien. Pero las palabras de Jesús eran un bálsamo para su corazón. Con las palabras de Jesús se sentían fuertes; nada habían de temer. La paz que sentimos en Jesús es una paz bien distinta a la que quizá estamos acostumbrados a ver en nuestro mundo. La paz de Jesús siempre inundará de alegría el corazón y así nunca perderemos ese equilibrio interior. Por eso terminará diciéndoles, ‘os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo’.
Es lo que nosotros también hemos de sentir. Es la paz que hemos de vivir en lo hondo del corazón. Jesús está con nosotros, la fuerza de su Espíritu nos acompaña siempre, por su fuerza y por su gracia sabemos que Dios mora en nosotros desde nuestro bautismo. Muchas veces nos sentimos turbados con los problemas, con las dificultades, con las tentaciones que vamos sufriendo por doquier, pero sabemos que contamos con la gracia  y la fuerza del Señor.
Lo que tenemos que hacer es ponernos en camino, en el camino del amor cumpliendo su mandamiento y sentiremos la presencia de Jesús. Vayamos al encuentro de los demás sabiendo que vamos siempre al encuentro del Señor porque en cada hermano hemos de verle a El. Derrochemos amor con nuestra vida, en nuestras palabras, con nuestros gestos, en el compromiso que vivamos por los demás y por hacer que nuestro mundo sea mejor. Tenemos la seguridad de no sentirnos solos porque la fuerza del Espíritu de Jesús está con nosotros.

sábado, 30 de abril de 2016

Sabemos de quien nos fiamos y con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor aunque el mundo no nos entienda y hasta nos persiga

Sabemos de quien nos fiamos y con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor aunque el mundo no nos entienda y hasta nos persiga

Hechos 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

A quien quiere ser fiel, leal, honrado en la vida no le va a faltar nunca quien le lleve la contraria o quien de alguna manera trate de desacreditarlo buscando oscuridades donde no las va a encontrar. No tendría que ser así, y seguro que pensamos que si nos encontramos una persona así leal, honrada, fiel a sus principios nosotros le damos nuestra admiración y respeto. Es cierto que quizás por nuestra parte queramos actuar así, pero bien sabemos cuanta maldad y cuantas envidias nos encontramos en la vida y los que tienen así ennegrecido el corazón no soportan que brille la luz.
Por eso no nos extrañe que la Iglesia y los cristianos siempre estén en el punto de mira del mundo que nos rodea buscando donde encontrar un fallo, donde poder desprestigiar, y no siendo capaces de reconocer cuanto de bueno se realiza. Pero diríamos que eso es casi lo menor que nos pueda suceder, porque sabemos muy cuanta oposición tiene la Iglesia en medio del mundo que le rodea y a cuantas persecuciones de todo tipo están sometidos los cristianos en todas partes.
No es necesario ir muy lejos para ver todo esto, aunque bien sabemos que en muchas partes del mundo siguen muriendo cristianos a causa de su fe en este mismo siglo en el que vivimos, pero también en nuestro entorno hay muchas maneras de querer hacer desaparecer de la vida pública la acción de la Iglesia y la vida y el testimonio de los cristianos.
Es lo que nos anuncia Jesús hoy. Seguirle a El compromete nuestra vida. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo…’ Nuestro estilo de vida es distinto y no nos dejamos embaucar por lo que nos ofrezca el mundo. Muchas veces en la vida tenemos que nadar como a contracorriente porque nuestra manera de actuar es desde otros principios, desde otro sentido de la vida. Eso no lo van a querer entender pero es ahí donde hemos de mostrar de verdad que somos fieles a Jesús y a su evangelio, aunque nos cueste.
Pero no hemos de temer porque sabemos bien de quien nos fiamos y con nosotros estará siempre la fuerza y la gracia del Señor. Nos cuesta ser fieles porque nos sentimos tentados; somos pecadores que muchas veces mostramos lo que es nuestra debilidad con nuestros tropiezos en la vida, pero sabemos y queremos levantarnos porque nos fiamos de la gracia del Señor. Tendríamos que ser santos, es cierto, pero somos pecadores, pero aun así nos sentimos amados del Señor y fortalecidos en todo momento por su gracia.
No olvidemos lo que nos dice Jesús: ‘No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán… todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió’. Que por la rectitud de nuestra vida, aún reconociendo que somos pecadores y débiles, lleguemos a mostrarle al mundo el verdadero rostro de Dios. Sabemos que  con nosotros está la fuerza de su Espíritu.

viernes, 29 de abril de 2016

Nos sentimos inundados por el amor generoso de Dios y aprendemos a amar con su mismo amor como nos señala en su mandamiento

Nos sentimos inundados por el amor generoso de Dios y aprendemos a amar con su mismo amor como nos señala en su mandamiento

Hechos, 15, 22-31; Sal. 56; Jn. 15, 12-17
Cuando en verdad nos sentimos gratuitamente amados aprendemos a amar también nosotros con una generosidad nueva y con un amor gratuito. Es maravilloso lo que el amor puede hacer en nosotros; cuando lo sentimos de verdad en nuestra vida nos sentimos transformados y necesariamente tenemos que comenzar a amar también con un amor generoso y gratuito.
El amor experimentado en nosotros, cuando nos damos cuenta incluso que no lo merecemos nos echa debajo de nuestras torres y destruye esas murallas que tantas veces nos encierran en nosotros mismos. El amor generoso nos abre las puertas del corazón y nos pone en camino. Muy mezquinos tendríamos que ser si no actuáramos así cuando nos sentimos amados a pesar de no merecerlo. Por eso el amor en verdad nos engrandece. Y será un amor así el que transforme el mundo. Fue un amor así el que nos salvó.
Es lo que experimentamos en el amor de Dios. ¿Merecíamos que Dios nos amara como nos ha amado desde toda la eternidad? ¿Merecíamos, acaso, que tanto fuera su amor que nos entregara a su propio Hijo para regalarnos así en su amor la salvación que no merecíamos a causa de nuestro pecado? No terminamos de dar gracias a Dios y corresponder con nuestro amor.
No hay amor más grande que el de Dios que se nos manifiesta en Jesús que ha entregado su vida por nosotros. Y así nos ama el Señor. Pero así nos pide que correspondamos a ese amor. Por eso nos dirá que esa será nuestra señal, nuestro distintivo. Con el signo de la cruz, fuimos marcados en nuestro bautismo para que así siempre fuéramos mostrando ese amor de Dios en nuestra vida. Y ¿cómo hemos de hacerlo? Amando con un amor igual.
Nos lo deja como su mandamiento, nos dice hoy en el evangelio. ‘Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado’. No es un amor cualquiera; ya no es amar como nos amamos a nosotros mismos; ahora es amar como El nos ha amado; se convierte en un amor sublime, divino, a la manera de cómo es generoso el amor de Dios.
Es la manera como tenemos que expresar en nuestra vida que el Señor nos ha elegido y nos ha amado. Hoy nos dirá que no somos siervos, nos llama amigos. Amigo es el elegido para ser amado. Así nos eligió el Señor, así nos amó el Señor. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido… a vosotros os llamo amigos…’ Y nos dice que porque somos sus amados, sus elegidos, sus amigos, nos revela todo el misterio de Dios.
Y nos pide que demos frutos; son los frutos del amor que se van a expresar en mil detalles, en mil gestos, en mil actitudes, en mil momentos generosos de amor para con los demás. Cuantas ocasiones tenemos cada día de vivir un amor así. De cuántas maneras lo podemos manifestar allí donde estemos, allá por donde vayamos, con aquellos con los que convivimos cada día, con todos los que nos vamos encontrando. Y de la manera que es el amor de Dios no será nunca un amor discriminatorio, sino será siempre un amor universal pero hecho de cosas concretas. A nadie podemos excluir; todos tienen que caber ya para siempre en nuestro corazón.
Y ¿todo eso por qué? Porque nos sentimos amados por el Señor, envueltos en su amor y con ese mismo amor aprendemos a amar a los demás.

jueves, 28 de abril de 2016

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

No perdamos la alegría del corazón porque seamos capaces de vivir siempre en el amor sintiéndonos amados de Dios

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Qué gozo más grande el sentirnos amados. Creo que todos estamos de acuerdo la persona que no se siente amada es la persona más infeliz del mundo; cuánta soledad se siente en el corazón si no palpamos y sentimos que alguien nos ama. Buscamos el amor, y no como un gozo placentero físico, sino como algo que se siente en el alma. Nos sentimos amados y al mismo tiempo nos sentimos impulsados al amor. Dura el es el alma de quien no sabe amar, porque quizá no ha sabido apreciar lo que es sentirse amado por alguien. Se endurece el corazón y se amarga la vida.
Tenemos que aprender a descubrir esas señales del amor que se nos ofrece cada día en tantos que nos aprecian de verdad, pero que algunas veces vamos tan encerrados en nosotros mismos por la vida que no somos capaces de sintonizar. Esa sintonía del amor mutuo haría en verdad un mundo más feliz y dichoso; un mundo mejor, porque quien entra en esa sintonía sólo sabrá ya hacer cosas buenas, siendo hasta capaz de olvidarse de si mismo por hacer el bien a los demás.
Hay tantos detalles y gestos que se nos ofrecen pero que distraídos no sabemos apreciar; pongamos luz en nuestros ojos, limpiemos esas lentes con que miramos la vida y miramos a los que caminan a nuestro lado, para que dejen pasar esos rayos luminosos del amor y nos gocemos en esa luminosidad que así le damos a la vida.
De esto no habla hoy Jesús. Cómo tenemos que sentirnos amados de Dios. Son tantas las señales que va dejando de su amor en el paso del día a día de la vida. Tenemos que abrir los ojos y el corazón. Nos sucede con Dios, como nos sucede tantas veces en la vida con las personas que tenemos cerca y en las que no sabemos  descubrir las señales de su amor. Luego decimos que nos cuesta creer, que nos cuesta mantener la fe; y es porque hemos perdido esa sintonía del amor, del amor de Dios que se nos manifiesta de tantas maneras.
La gran prueba y la gran señal la tenemos en Jesús. Como nos ha dicho en otra ocasión y lo hemos escuchado recientemente quien ve a Jesús ve al Padre, quien ve a Jesús se está encontrando con ese rostro y ese corazón de amor del Padre. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Y nos dice que nos está revelando esto para que nuestra alegría sea completa. Por eso decimos tantas veces que los cristianos tenemos que ser las personas más alegres y felices del mundo. Por muchas que sean las sombras que pretendan entenebrecer nuestra vida, siempre está brillando para nosotros la luz del amor, la luz del amor de Dios.
Y nos pide Jesús que permanezcamos en su amor y para ello no necesitamos hacer otra cosa que vivir su mismo amor o, lo que es lo mismo, buscar la manera de hacer siempre su voluntad; y la voluntad del Señor es que vivamos en el amor. Como nos diría san Pablo ‘quien ama tiene cumplido el resto de la ley’.
No perdamos la alegría del corazón porque seamos capaces de vivir siempre en el amor porque nos sentimos amados de Dios.

miércoles, 27 de abril de 2016

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Un crecimiento interior, un camino de purificación, una riqueza manifestada en santidad, una construcción de un mundo mejor

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

Hoy las imágenes con las que nos habla Jesús son eminentemente agrícolas. Nos habla de vid y de sarmientos, nos habla de poda y de los abonos necesarios para obtener unos buenos frutos. Imágenes todas ellas muy expresivas y tienen perfecta aplicación en todo lo que es nuestra vida.
Queremos que nuestra vida fructifique; nada hay peor que una vida insulsa y sin sentido, una vida sin metas ni objetivos, que no manifieste en aquello que hacemos y vivimos lo más hondo que llevamos dentro. Cada uno se prolonga, podemos decir, en aquellas obras que realiza y así manifiesta la riqueza interior que lleva dentro y que de alguna manera enriquece también a los que nos rodean y enriquecen a la sociedad en la que estamos. Vamos dejando nuestra impronta, nuestra huella, nuestros frutos en lo que hacemos no solo de forma personal para nuestro enriquecimiento personal sino también en bien de la sociedad en la que vivimos.
Eso significará un esfuerzo personal por ese crecimiento interior y por ese crecer y madurar como personas. Una persona sensata y sabia sabe analizar su vida para corregir errores, para mejorar su forma de actuar, para tratar de fijarse metas, para encontrar motivaciones para esa lucha de cada día que le haga mejorar como persona. Y esto en todas las facetas de su vida humana. Así manifestamos la madurez de nuestra vida.
Lo mismo y con mayor motivación, si queremos, en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, de seguimiento de Jesús. Es de lo que en concreto nos habla hoy el evangelio. Y además de esa poda necesaria para corregir errores, para purificar lo malo que pudiera ir apareciendo en nuestra vida, nos habla de algo muy importante que es la necesaria unión del sarmiento con la cepa, con la vid.
El Señor a través de su Palabra, allá en lo más secreto de nuestro corazón, en la intimidad de la oración o en aquellos que como instrumentos de Dios están a nuestro lado para ayudarnos, nos va señalando todo eso que tendríamos que podar en nuestra vida para que nuestros frutos tengan el verdadero sabor. Ya sabemos muy bien que un frutal que no se poda debidamente no nos dará unos buenos y sabrosos frutos de calidad. Es lo que necesitamos ir haciendo en nuestra vida cristiana, porque nuestra vida se puede ir maleando con la influencia negativa de tantas cosas con que nos vamos encontrando y nos pueden ir dañando.
Y todo eso lo podremos ir logrando en verdad con la fuerza del Espíritu divino. Es la necesaria unión con Dios que todo cristiano ha de vivir desde la oración y desde la vivencia de los sacramentos. Bien tenemos la experiencia – o mala experiencia, podríamos más bien decir – de que cuando aflojamos nuestra vida espiritual nos debilitamos, nos enfriamos, entramos en esa etapa de la vida espiritual que no somos ni fríos ni calientes, y la tibieza espiritual es el camino más terrible que nos hará resbalar por la pendiente de la tentación y del pecado.
Leamos y escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos este hermoso texto del  evangelio de hoy. ‘Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada… Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos…’ Será un fruto que va a revertir en bien de nuestra sociedad y en bien de la Iglesia. Estaremos así construyendo un mundo mejor y realizando el Reino de Dios