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sábado, 5 de marzo de 2022

Experimentemos en nosotros la misericordia de Dios porque nos sentimos enfermos y necesitados de sanación y llevemos el don de la paz a cuantos están necesitados de perdón

 


Experimentemos en nosotros la misericordia de Dios porque nos sentimos enfermos y necesitados de sanación y llevemos el don de la paz a cuantos están necesitados de perdón

 Isaías 58, 9-14; Sal 85; Lucas 5, 27-32

No se nos ocurre pensar en una persona que está enfermo y que no va al médico, o que le oculta algunos aspectos de su padecer. ¿Será que no quiere curarse? Podríamos decir que no nos cabe en la cabeza, todos amamos la salud, todos deseamos quitar ese mal de la enfermedad que algunas veces puede dañar nuestro cuerpo; de la misma manera que el médico lo que querrá es la salud de sus pacientes; cómo nos quejamos si vamos al médico y no nos atiende o lo hace con displicencia, como nos rebelamos si el médico no acierta con la enfermedad que padecemos y en lugar de mejorar, empeoramos. El médico es para sanar al enfermo, para hacerle recuperar la salud, y no se nos ocurre impedir que un enfermo llegue a encontrar la salud.

Hablamos de aspectos humanos en los que nos vemos envueltos todos los días, porque eso de la salud es algo que todos ansiamos. Pero esa imagen nos puede decir algo más con el evangelio que hoy hemos escuchado. Aunque nos parezca que en este caso el centro del evangelio está en la llamada de Jesús a Leví para que le siga, y tenemos que valorar por una parte esa invitación de Jesús a seguirle y la prontitud con que responde a la llamada del Señor, esto es motivo para otro mensaje que se nos quiere trasmitir en este camino cuaresmal que hemos iniciado.

Hemos escuchado las murmuraciones y comentarios que se hacen los fariseos por una parte porque Jesús haya llamada a un publicano, a un recaudador de impuestos – con lo mal mirados que eran entonces – a seguirle, pero la critica más feroz viene porque Leví hace un banquete y en él con Jesús y sus discípulos están también muchos otros publicanos amigos y compañeros que fueron de Leví.  ‘Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: ¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’

Es cuando aparece la respuesta de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.  Jesús es el médico que viene a sanarnos. ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y tengan vida eterna’, se nos dirá en otro momento del evangelio. Es la razón, podríamos decir, del Emmanuel, Dios con nosotros. Por eso Jesús viene a nuestro encuentro sin hacer ninguna diferencia ni distinción. Va a buscar al hombre enfermo, va al encuentro del pecador, dejará que todos se acerquen a El, siempre ofrecerá la paz para los corazones y la salvación.

Busca al paralítico que anda allá perdido en medio de la multitud pero que nadie atiende, se acerca al pie de la higuera para hacer bajar a Zaqueo porque quiere hospedarse en su casa, permite que la mujer pecadora le lave los pies con sus lágrimas y derrame el caro perfume, al paralítico que hacen bajar desde el techo a su presencia para que lo cure lo primero que le ofrece es el perdón de los pecados, siempre despedirá a los que se acercan a El con la paz. ‘Vete en paz y no peques más’. Y nos enseñará como nosotros tenemos que llevar ese mensaje de paz para todos cuando anunciemos la buena nueva de su salvación, dándonos poder para curar enfermedades, expulsar demonios y sobre todo llevar el bálsamo del perdón y del amor de Dios.

Como contra portada vemos la actitud de los fariseos, que ni comen ni dejan comer. Les molesta que Jesús esté con los pecadores, no entenderán nunca el mensaje del perdón que Jesús va proclamando. En sus corazones retorcidos no son capaces de experimentar en si mismos esa sanción que Jesús ofrece a todos y siempre están queriendo contagiar con su mala levadura el resentimiento, el odio y el rencor.

Experimentemos nosotros esa misericordia de Dios en nuestra vida, porque nos sentimos enfermos y necesitados de su sanación, nos sentimos pecadores y ansiamos ese perdón y esa misericordia que Jesús nos ofrece, y con esa misma misericordia vayamos al encuentro con los demás regalando paz, repartiendo amor, ayudando a descubrir la alegría de sentir la misericordia del Señor.

viernes, 4 de marzo de 2022

Si los actos rituales de penitencia que realicemos no nos mueven a cambiar el corazón, de nada nos sirven ni tienen valor ni significado

 


Si los actos rituales de penitencia que realicemos no nos mueven a cambiar el corazón, de nada nos sirven ni tienen valor ni significado

Isaías 58, 1-9ª; Sal 50; Mateo 9, 14-15

Es cierto que no nos gustan las normas, las leyes, los mandatos, los protocolos como ahora está de moda esa palabra, que nos dicen lo que tenemos que hacer o lo que no queremos hacer; de alguna manera parece que quisiéramos ser anárquicos porque no queremos normas o preceptos, sino que hagamos cada uno lo que le parece y que nadie se meta con uno. Ya sabemos que si podemos evitar el cumplir con aquella norma, aunque sea algo del reglamento de tráfico, intentamos ver cómo nos escabullimos y nos lo saltamos.

Pero al mismo tiempo hay otra cosa, en el fondo sabemos que tenemos que hacer algo para justificarnos y en esto sí parece que queremos que nos lo den muy reglamentado, que no señalen unas cuantas cosas que tengamos que hacer, pero con ello ya queremos justificarnos en lo demás, donde hacemos lo que nos parece. Que me digan tienes que hacer esto, y esto y aquello otro y con eso ya lo tienes todo logrado. Y nos aferramos a esas cositas que más que por convicción lo hacemos para justificarnos y decir que somos cumplidores, aunque luego los derroteros de mi vida vayan por otro lado.

Aquello que teníamos en otros tiempos del ayuno eucarístico donde primero no podíamos probar nada, ni agua, y luego vinieron otras reglamentaciones y andábamos mirando si se pasaba un minuto o no para cumplir con ese ayuno eucarístico y poder ir a comulgar. Pero ya no era solo el ayuno eucarístico, sino eran esos días de ayuno y abstinencia que había que guardar – que antes eran muchos más – y donde queríamos cumplir, pero nos valíamos de no sé cuantas bulas para ver como nos lo saltábamos, aunque hubiera unos días que teníamos de todas maneras que cumplir. Ya nos sentíamos salvados porque habíamos ayunado o hecho abstinencia unos días, aunque nos hiciéramos nuestros malabarismos para ver cuanto menos teníamos que pagar por la bula. Realmente era una limosna que estaba tasada según fueran las posibilidades de cada uno, pero donde había manera de hacer la trampa también. Pero habíamos cumplido.

Y hoy vemos en el evangelio que los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos vienen planteándole a Jesús por qué sus discípulos no ayunaban. Siempre ha habido sus cositas con lo del ayuno y la penitencia, donde siempre hemos buscado la manera de cómo salir mejor parados de esas situaciones que había por fuerza que realizar.

Este pueblo me honra con los labios, dirá en otra ocasión Jesús recordando a los profetas, pero su corazón está lejos de mí. ¿No nos podrá seguir sucediendo algo así que nuestro corazón está lejos del Señor a pesar de todas las cosas que decimos que cumplimos para acallar nuestra conciencia?

Hoy el profeta ya nos ha planteado cual es el ayuno que el Señor quiere. Os invito a tomar la Biblia y a leer de nuevo ese texto que hoy se nos ofrece. ¿Cuál es el ayuno en verdad agradable al Señor? ¿Simplemente que prescindamos de unos alimentos que sin embargo podemos sustituir por otros más golosos? ¿Es eso en verdad ayuno?

Como nos decía el profeta ‘movemos la cabeza como un junco’ – hace referencia a esos movimientos rítmicos de la cabeza en vemos en las imágenes de los fariseos o de los judíos rezando delante del Muro de Las Lamentaciones en Jerusalén – pero mientras nuestros labios están pronunciando palabras de oración y alabanza al Señor, nuestro corazón está lleno de maldades, de rencillas y resentimientos, de envidias y de orgullos que nos dividen y que nos enfrentan unos a otros, de malquerencias y de violencias contra los demás. ¿Es ese el ayuno que el Señor quiere?

Si estos actos rituales de penitencia no nos mueven a cambiar el corazón, de nada nos sirven, no tienen ningún valor ni significado. ¿Cómo está nuestro corazón cuando nos presentamos ante El para hacer nuestra oración? ¿Después de esos momentos de ofrenda al Señor nos sentiremos más motivados a amar y a perdonar, a ser comprensivos y a llenar nuestro corazón de misericordia, a aceptar a los demás tal como son y a ofrecer generosamente nuestro perdón? Venimos a la Iglesia y en la Misa hasta pasamos por el gesto de la paz, pero cuando salimos a la calle seguimos sin saludar a nadie, nos encerramos en nuestros resentimientos y dejamos de hablar al vecino o al familiar con quien tenemos problemas.

Nos preguntamos, sí, ¿cuál es el ayuno que el Señor quiere?

 

jueves, 3 de marzo de 2022

Interrogantes que se nos plantean, caminos que se abren en la vida ante nosotros, buscamos esa luz que nos de verdadera sabiduría y plenitud a nuestro existir

 


Interrogantes que se nos plantean, caminos que se abren en la vida ante nosotros, buscamos esa luz que nos de verdadera sabiduría y plenitud a nuestro existir

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25

¿Qué metas tenemos en la vida? ¿Hacia donde vamos? ¿Qué buscamos? ¿Por qué y para qué vivimos? Preguntas a las que tenemos que dar una respuesta personal. Porque es mi vida, es mi vivir. Pero preguntas que pueden encontrar muchas respuestas distintas.

Pero ¿qué responderíamos de una forma personal nosotros? Algunas veces nos quedamos callados, porque son respuestas que comprometen. Es el compromiso de la vida, es el sentido de la vida, es lo que traza mi camino. Cuidado que si no damos respuestas es porque andemos desorientados, vayamos tanteando a ver lo que sale, o vayamos dando palos de ciego. ¿No crees que sería triste vivir así? Ahí tenemos que encontrar nuestra verdadera sabiduría. No es cuestión de copiar, cortar y pegar lo que otros dicen o lo que otros hacen. Mirando a los otros puede ser que se nos produzcan interrogantes en nuestro interior, mirando a los otros quizás podemos encontrar ayuda, pero es un camino que personalmente tenemos que hacer, unas repuestas que personalmente tenemos que dar.

Queremos vivir, decimos, y parece que con eso está todo dicho, pero cuando solamente decimos eso, algo quizás nos está fallando por dentro. Quizás aún no hemos encontrado esa verdadera sabiduría de nuestra vida. Será momento para detenerse, para reflexionar hondo, para buscar con ahínco, para encontrar esa luz.

Cuando estamos aun iniciando este camino cuaresmal nos hacemos estas preguntas. Queremos saber a donde queremos ir. Queremos saber, es cierto, cual es ese camino de cuaresma que estamos iniciando, pero tenemos que saber ir a lo más hondo. No es decir, bueno, como el año pasado, vamos haciendo la cuaresma y luego viene la Semana Santa  y terminamos en la Pascua. No es solo como el año pasado, es hora de seriedad y del momento presente, porque ahora las circunstancias pueden ser distintas, otros son los problemas de la vida y del mundo con los que nos vamos a encontrar, y la vida no es una simple repetición, sino que hemos de darle intensidad a cada momento. Bien distintos son los problemas que nos toca vivir este año.

‘Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal’ le decía Moisés al pueblo de parte de Dios. Habían de hacer la elección. Ante nosotros están también esos caminos. Pero tenemos que entender lo que es la vida, porque no es pensar solo en nosotros mismos, no es solo disfrutar de la manera que sea, no es simplemente dejarnos llevar por nuestro capricho o nuestra visión miope; hay que vislumbrar bien todo lo que se pone delante de nosotros para saber escoger.

Más o menos teóricamente quizá lo podemos entender, pero a la hora de vivir, a la hora de la práctica aparecen nuestras querencias, nuestros deseos, nuestras rutinas de la vida, nuestros caprichos que nos encierran, nuestras pasiones que nos desestabilizan y podemos perder la perspectiva. ¿Qué es lo que nos dará plenitud a nuestro ser, un momento de placer y felicidad o algo más hondo que podemos hacer que nos llena de verdad, y que llena de felicidad también a los que están a nuestro lado? Muchas opciones tenemos que plantearnos.

Vamos a dejarnos conducir porque quien de verdad puede iluminar nuestra vida, vamos a ponernos a la sombra de la Palabra de Dios y vayamos dando pasos de plenitud, pasos llenos de amor y de generosidad, pasos que nos abran horizontes, pasos en los que iremos encontrando ese sentido hondo de nuestro ser.

Como perspectiva tenemos la pascua. Ya en el evangelio de este primer día Jesús nos hace el anuncio de por qué sube a Jerusalén y que sentido tiene el que caminemos con El, el que queramos seguir sus mismos pasos. Por eso nos habla de tomar la cruz, pero no es porque escojamos un camino de sufrimiento, sino porque queremos escoger un camino de entrega y de amor. Cuando con seriedad queremos coger ese camino parece que todo da vueltas, que todo se nos trastoca porque nos encontramos con nuevos valores, porque nos encontraremos que aquello que parece perder la vida sin embargo es encontrarla, es recobrarla, es alcanzar verdadera plenitud. ‘Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’.

Pero todo esto tenemos que irlo madurando en nuestro interior. Seguiremos dando los pasos de la Cuaresma, pidamos al Señor que sepamos tener un espíritu abierto a su Palabra, que nos dejemos guiar por su Espíritu y encontraremos lo que da verdadera plenitud a nuestro ser. Iremos encontrando las grandes respuestas a nuestra vida.

 

miércoles, 2 de marzo de 2022

Escuchemos el pregón que hoy la Iglesia nos proclama, comienza el camino hacia la Pascua, es el tiempo favorable, llega el día de la salvación

 


Escuchemos el pregón que hoy la Iglesia nos proclama, comienza el camino hacia la Pascua, es el tiempo favorable, llega el día de la salvación

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Hoy es el día del pregón. Sí, pregón. No sé a qué os sonará esto que digo. La palabra hoy quizás pudiera decirnos poca cosa, o enseguida la desviamos a las fiestas de nuestros pueblos. Hay costumbre en algunos lugares que en días anteriores al comienzo de las fiestas se haga la lectura del pregón, una llamada festiva a participar en las fiestas del pueblo que van a comenzar. Quizás, por otra parte, en nuestros ámbitos religiosos se ha introducido la costumbre de en los días anteriores a la Semana Santa se encargue a alguien que haga un pregón, que nos anuncie las celebraciones que se van a tener y se le de relevancia especial a nuestras tradiciones y cosas así.

Pero insisto en que hoy es el día del pregón. Fijémonos en el sentido que tienen las lecturas de la Palabra de Dios de este día; es el comienzo de un camino que nos lleva a la Pascua, a la celebración de la Pasión, muerte y resurrección del Señor y hoy la Palabra de Dios que se nos proclama es una invitación a hacer ese camino que culmina en la Pascua.

Literalmente los textos, en especial del profeta Joel que escuchamos en la primera lectura tiene este sentido. Invita a que suenen las trompetas llamando a la gente, convocando a la asamblea, a niños y ancianos, a jóvenes y adultos, a hombres y mujeres, a sacerdotes y a todos los que sirven al altar, todos son llamados e invitados.

‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno santo, convocad a la asamblea, reunid a la gente, santificad a la comunidad… Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, servidores del Señor, y digan: Ten compasión de tu pueblo, Señor…’

Ese es el sentido también de la segunda lectura de la carta a los Corintios: ‘Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación… En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’.


El rito y el gesto que nos ofrece hoy la liturgia del miércoles de ceniza tienen este sentido y este valor. Una llamada a la que hoy damos una primera respuesta dejando que caiga la ceniza de la penitencia sobre nosotros, pero es un comienzo de respuesta en ese camino que vamos a hacer. Vamos a celebrar la Pascua. En unos días que cronológicamente nos recuerdan incluso también los momentos de la Pasión y Muerte del Señor nosotros vamos a celebrar también la Pascua. Son momentos importantes, son momentos que nos invitan a hacer Pascua en nosotros para lograr esa renovación de nuestra vida. Y ahora se nos anuncia y se nos convoca para que nos preparemos para darles la vivencia total.

Un camino que hemos de vivir con una intensidad especial dada la importancia de lo que vamos a celebrar. Por eso será la Palabra de Dios que cada día se nos proclame la que va a ser nuestro vademécum de camino. Una Palabra que nos ayude a interiorizar, a escuchar a Dios en nuestro corazón, a mirarnos y a confrontar nuestra vida con el Evangelio, a renovarnos desde lo más hondo, a poner en nosotros actitudes y posturas de la más profunda generosidad para el compartir, a abrir nuestro corazón a Dios para escucharle y para pedirle misericordia.

Hoy en el evangelio se nos invita a retirarnos a nuestro cuarto interior, para allí en el silencio poder escuchar a Dios; no es solamente que busquemos esa habitación apartada sino que sepamos alejarnos de todos esos ruidos que nos aturden y llegan a ensordecernos, porque solo así podremos escuchar a Dios; que sepamos encontrar esos momentos de silencio, de dejar a un lado por unos momentos, o quizás por unos días tantas rutinas de nuestra vida que nos distraen con tantas cosas.

Cuando se nos pide ayuno y abstinencia no es simplemente el que prescindamos de unos alimentos y los sustituyamos quizás por otros, sino que hay muchos apetitos en nuestra vida, muchas cosas que nos atraen, nos llaman la atención, nos entretienen, nos hacen perder el tiempo de las cosas importantes, que son de lo que tendríamos que hacer ayuno y abstinencia. ¿De qué nos vale que nos abstengamos de carne en unos días, si no somos capaces de abstenernos de esas cosas que quizás nos entretienen y nos hacen perder el tiempo?

También a través de este medio de ‘la semilla de cada día’ os iremos ofreciendo pensamientos y reflexiones que nos ayuden a interiorizar en esa Palabra de Dios y a realizar ese camino de renovación que nos lleve de verdad a la Pascua.

El pregón queda hecho. Despertemos, levantémonos, escuchemos la llamada del Señor. Es tiempo favorable, llega el día de la salvación. La noche de pascua escucharemos el pregón pascual, que en ese momento podamos sentir el gozo de que con Cristo nosotros también hayamos resucitado.

martes, 1 de marzo de 2022

Nos desconcierta Jesús porque trastoca muchas aspiraciones, nos promete vida eterna para quienes le seguimos, pero nos habla de los últimos que serán los primeros

 


Nos desconcierta Jesús porque trastoca muchas aspiraciones, nos promete vida eterna para quienes le seguimos, pero nos habla de los últimos que serán los primeros

1Pedro 1, 10-16; Sal 97; Marcos 10, 28-31

En el sentido habitual de nuestro vivir nos parece justo que se tengan en cuenta los méritos de la persona, porque desde su capacidad, pero también del desarrollo responsable de las cualidades y valores de su vida, pueda ir como ascendiendo en esos escalones de responsabilidades y pueda ver un fruto de su trabajo, esfuerzo y responsabilidad en esa asunción de nuevas funciones en bien de la misma sociedad.

Nos quejamos muchas veces cuando no son los méritos sino los amiguismos los que llevan a algunos a ascender en esa escala social de responsabilidades  y por supuesto de las retribuciones que pueda obtener. Justo es, repito, la valoración de los méritos de una persona en función del desarrollo de sus responsabilidades. Medidas humanas tenemos que tener en nuestras relaciones y siempre lo hemos de hacer desde la mayor rectitud.

Sin embargo, aunque esas cosas puedan ser buenos alicientes, una persona madura y responsable de sí misma no se mueve solo desde esos intereses que se puedan convertir en ganancias; diríamos que la responsabilidad comienza con uno mismo y si es poseedor de unos valores o de unas cualidades, ha de buscar, es cierto su crecimiento personal en el desarrollo de esos valores que posee, pero también piensa en esa sociedad en la que vive y de la que se siente de alguna manera deudora y responsable; aquello que posee tiene también esa función social de enriquecer a la misma sociedad. Ahí manifiesta su madurez y su grandeza.

Es la respuesta que va dando a esos valores de los que Dios le dotó que van a ser una riqueza no solo en lo material para ese mundo en el que vive. Nos sentimos responsables no solo de nuestra vida personal sino de ese mundo en el que vivimos; nos sentimos llamados a desarrollar también una función en medio de esa sociedad.  Y aquí tendríamos que recordar aquello de que no podemos enterrar el talento que se nos ha dado, sino que hemos de saberlo negociar en bien no solo de uno mismo sino de la sociedad en la que vive.

Los méritos de esa persona no son las ganancias que en el orden material pueda recibir, sino que será la satisfacción que sentirá en lo más hondo de sí mismo por el bien que realiza, por la función que está llamado a realizar en medio de ese mundo, de esa sociedad. No nos movemos entonces solamente buscando unas satisfacciones materiales o unas ganancias sino que es esa respuesta responsable que nosotros estamos dando a la vida misma con todo lo que en la misma vida hemos recibido.

¿Búsqueda de méritos de interés? Tiene que ser algo distinto. ¿Búsqueda de reconocimientos de eso que hacemos? Parecería que fuera algo normal, pero no hacemos las cosas para que nos den las gracias, hacemos las cosas como responsabilidad y como respuesta a una llamada que sentimos en lo hondo de nosotros mismos. Desde la fe sentimos que esa llamada viene de Dios, y el dar gloria a Dios con lo que hacemos es nuestra mayor gloria.

Sin embargo todos sentimos la tentación de esa búsqueda de méritos y de reconocimientos. Pero como quien pone toda su confianza en Dios, en manos de Dios dejamos cuanto hacemos porque lo que buscamos es la gloria de Dios. En el evangelio vemos que los discípulos que han seguido a Jesús y han dejado muchas cosas por estar con El también tienen esa tentación de reconocimientos. En algún momento los veremos interesados en la búsqueda de primeros puestos, de influencias que pudieran tener por una cosa o por otra para ocupar lugares principales en ese Reino que Jesús anuncia. Ya vemos como Jesús va formando sus conciencias, va haciéndoles aspirar a cosas más grandes.

Ahora como consecuencia de lo que están aprendiendo con aquel episodio del joven rico, que era muy cumplidor, que deseaba en verdad alcanzar la vida eterna, y Jesús le pide el desprendimiento de todo para tener ese tesoro en el cielo, surge en ellos también la duda y el interrogante. ¿Y ellos que lo han dejado todo que van a recibir? ¿Jesús les va a pedir algo más aún?

‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.


Es la respuesta de Jesús. Nadie le va a ganar en generosidad. Se han dado por El, por el Evangelio…
‘en la edad futura, vida eterna’, les dice. Pero un día, cuando alababa a Juan, el mayor de los nacidos de mujer, decía también que el más pequeño podía adelantársele en el Reino de los cielos. Hoy nos ha terminado diciendo ‘muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. ¿Qué nos querrá decir? Recordemos que cuando discutían por los primeros puestos les decía, que había que hacerse el último y el servidor de todos. ¿Entenderemos el camino de Jesús? Algunas veces parece que nos desconcierta

lunes, 28 de febrero de 2022

Queremos y buscamos tener certezas y seguridades del valor de lo que hacemos o por lo que nos damos, pero para el cristiano la verdadera y única certeza es Jesús

 

Queremos y  buscamos tener certezas y seguridades del valor de lo que hacemos o por lo que nos damos, pero para el cristiano la verdadera y única certeza es Jesús

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

Queremos y  buscamos tener certezas y seguridades. Cuando nos prometen algo, cuando nos dicen que vamos a conseguir algo, cuando nos dicen que ese camino nos lleva a alguna parte y nos señalan algo concreto, cuando nos ofrecen metas, ideales, cosas que nos pueden dar la seguridad, queremos estar seguros, que no nos engañen, que lo podamos conseguir fácil, poco menos que una operación matemática, dos y dos son cuatro, aquello que nos prometen o nos plantean que nos den seguridad.

Y algunos pretenden comprar esas seguridades, piensan que todo tendrá su precio y estamos dispuestos a pagar, y si es una cosa que nos apetece mucho pagaremos lo que sea por alcanzarlo. Pero, ¿todo se puede comprar? ¿Todo lo podemos cuantificar de esa manera? ¿A todo le podemos poner un precio material? ¿No habrá algo que se nos escapa de las manos? Algunas veces parece que esas certezas no son tan seguras. O nos damos cuenta que todo no se puede cuantificar desde lo material o lo económico. No nos valen esas medidas con las que estamos acostumbrados a cuantificar las cosas.

Parece como muy lógico y muy humano que andemos en esas búsquedas de seguridades en lo que hacemos o en lo que buscamos, porque ahí entra también nuestra capacidad de razonamiento y de decisión, pero quizás alguna vez nos sorprendemos que haya cosas o aspectos de la vida en la que no caben quizás esos planteamientos que nos pueden parecer tan razonables. Hay medidas que nos superan, o hay cosas que no alcanzamos desde esas medidas a lo humano, lo terreno o incluso al estilo económico. Y es cuando entramos en los ámbitos de la salvación, en los planteamientos que nos hace Jesús en el evangelio para que logremos lo que es verdadera riqueza para nuestra vida.

Una cosa que surge fácil en este sentido de nuestras búsquedas es el tema de la salvación. Hoy se presenta un muchacho joven, un buen muchacho y muy cumplidor, a Jesús preguntando qué es lo que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna. Por ahí andan metidas esas cuantificaciones, o esas cosas que queremos hacer a la manera de compra, por así decirlo, para alcanzar el vivir en Dios. Jesús le habla de los mandamientos, que son ese camino que nos ha trazado Dios para vivir una vida recta, y el muchacho dice que eso para él es nada, porque eso lo ha hecho siempre.

Y es cuando Jesús ofrece otros parámetros, otras medidas. ‘Una cosa te falta, pues: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’. Aquí ya es algo más que cumplir con unas reglas o unas medidas, aquí es necesario algo que tiene que salir del corazón para tener esa capacidad de desprendimiento, para ser capaz de vaciarse de sí mismo, de desprenderse de apegos, de olvidarse de sí mismo. Y ya esto no son medidas que podamos cuantificar con un peso o con una regla. Es otra cosa, otra generosidad, otra disponibilidad, otra capacidad de amar y de amar hasta lo extremo. Es una órbita y un sentido distinto de la vida. Ahora son seguridades que nacerán de la confianza en la Palabra que nos viene de Dios.

Aquel joven no fue capaz. Se marchó triste y pesaroso porque no era eso lo que él pensaba, lo que eran sus planteamientos. Era rico, dice el evangelista. Y Jesús se le quedará mirando también como se marchaba. Ya conocemos los comentarios posteriores de Jesús que de alguna manera escandalizan a los discípulos, porque habían sido generosos para seguir a Jesús y muchas cosas habían dejado atrás, todavía en su corazón andaban con sus cuantificaciones. Algún día preguntarán qué es lo que ellos van a alcanzar que lo habían dejado todo por seguir al maestro. Ahora piensan que eso de salvarse es imposible, porque es imposible tener esas nuevas actitudes que pide Jesús. ‘Para lo hombres parecerá imposible, les dice Jesús, pero no es imposible para Dios’.

Y es que en ese tema de la salvación, de lo que es el seguimiento de Jesús no es cosa que solo hagamos por nosotros mismos; es algo que tenemos que hacer con la gracia del Señor; y es necesario dejarse conducir por esa gracia, por esa llamada del Señor, por eso sentir de verdad a Dios en su vida porque seamos capaces de desprendernos de nosotros mismos y comenzar a confiar en Dios por encima de todo. La certeza para nosotros es Jesús, nuestra única seguridad y nuestra única certeza. El es el Camino y la Verdad y la Vida.

domingo, 27 de febrero de 2022

Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

 


Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar con autenticidad en nuestra vida, porque vayamos plantando la buena semilla en nuestro interior

Eclesiástico 27, 4-7; Sal 91; 1Corintios 15, 54-58; Lucas 6, 39-45

Cuánto nos gastamos en guardar las apariencias… ahora tenemos hasta asesor de imagen; hay sus protocolos de cómo hay que presentarse, lo que podemos o no podemos decir, la imagen que tenemos que dar para ser más atrayentes. Falsos oropeles, palabras vacías, gestos que nada dicen y que ocultan mucho, apariencias que tratan de engañar para dar una presentación, aunque por dentro estemos vacíos u ocultemos las intenciones torcidas que tengamos.

Al hablar de esto podemos pensar en personajes públicos o gente que consideramos importantes y que se envuelven en estas vanidades, pero hemos de reconocer que es algo que nos puede pasar a todos; como me decía un amigo medio en broma ‘cuando me hago una fotografía pongo el lado bonito de la cara’, y ocultaba el lado que no tenía buena apariencia. Todos podemos tener esa tentación de la apariencia. Nos falta autenticidad, nos faltan valores que verdaderamente podamos presentar como auténtica riqueza de nuestra vida. Pero bien sabemos que el que está vacío por dentro pronto saldrá a relucir la falsedad de su vida a pesar de todos los oropeles y vanidades de las que se quiera rodear.

Es de lo que nos está previniendo hoy el evangelio y podemos decir que todo el conjunto de la Palabra de Dios que en este domingo se nos proclama. Si somos ciegos poco podremos convertirnos en guías del camino de los demás; si nuestros ojos están turbios poco podemos hablar de claridad, porque esa claridad no existe en nuestros ojos. Sin embargo en nuestra ceguera con qué facilidad juzgamos y condenamos a los demás. Quizás muchas veces aquellas cosas que criticamos de los demás y por las que los juzgamos o los condenamos son carencias que llevamos en nosotros mismos. Dime de lo que hablas y sabré lo que verdaderamente llevas en el corazón.

Limpiemos los cristales por los que miramos a los demás, porque si los tenemos llenos de suciedad estaremos viendo suciedad en los otros, pero donde está es en nuestros ojos. Siempre recuerdo lo de aquella mujer que criticaba a su vecina porque decía que lavaba mal la ropa y la tendía al sol llena de suciedad; no se daba cuenta que la suciedad estaba en los cristales de su ventana y era lo que le hacía creer que veía suciedad en la ropa de su vecina.

Hoy nos habla Jesús de quitar la viga que llevamos en nuestros ojos antes de querer quitar la pequeña mota que pudiera haber en los ojos del hermano. Por eso, tenemos que mirarnos primero a nosotros mismos para limpiar la suciedad que llevamos en el corazón. Como nos decía Jesús en otro momento, es de dentro del corazón de donde salen las malicias y toda clase de males. Como tantas veces habremos reflexionado es el camino de superación, de crecimiento interior que tenemos que realizar en nuestra propia vida.

Somos discípulos que seguimos el camino de nuestro Maestro y de El tenemos que aprender. Son las actitudes y los valores de Jesús los que tenemos que reflejar en nuestra vida, porque vayamos plantando esa buena semilla en nuestro interior. Porque de lo que llevamos en el corazón hablará nuestra boca, se reflejará en nuestras obras. Por eso tenemos que cuidar con mucho esmero esas actitudes que llevamos dentro. No se trata solamente de que hagamos muchas obras de caridad y con ello parece que quedamos bien, si no hay verdadera caridad en nuestro corazón.

Quizá en un momento podemos ser capaces de desprendernos incluso de algo nuestro que nos puede costar, pero si lo hacemos a regañadientes, poco nos vale y se queda en apariencia; si mientras damos esa limosna al necesitado no somos capaces de tener una mirada de amor para con esa persona que atendemos, algo nos está fallando en nuestro interior, algo nos está fallando para que sea un amor verdadero lo que estemos manifestando.

Es necesario un corazón fraterno y abierto, un corazón lleno de misericordia porque hemos experimentado en nosotros la misericordia de Dios que se manifestará verdaderamente compasivo y cercano con los demás, un corazón lleno de delicadeza y de humildad porque nunca con nuestras obras vamos a avasallar a los demás considerándonos superiores.

El amor nunca humilla, siempre levanta; el amor no crea distancias, sino que busca la ternura y la cercanía; el amor nunca se impone ni lo realizamos como un cumplimiento, sino que será algo que siempre se contagia creando unos vasos de comunicación con los demás; el amor nunca puede ser apariencia sino que tiene que manifestarse con la autenticidad de nuestra vida; el amor no es un protocolo que nos traza cómo hemos de hacer las cosas para dar una buena imagen, sino que siempre partirá de la generosidad que llevemos en el corazón que nos hará creativos en gestos y acciones concretas; el amor cuando hay entrega sin limites nunca mermará ni se consumirá sino que crecerá agrandando nuestro corazón pero también contagiando a los demás; los gestos y actitudes de amor serán siempre el fruto del árbol bueno que llevamos en el corazón y define nuestra vida.

sábado, 26 de febrero de 2022

Serán los pequeños y los sencillos los bendecidos de Dios, los que poseerán el Reino y los que por la pureza de su corazón podrán ver a Dios



Serán los pequeños y los sencillos los bendecidos de Dios, los que poseerán el Reino y los que por la pureza de su corazón podrán ver a Dios

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Uno de los rasgos humanos que destacan en la vida de Jesús es su cercanía. Muchas veces nosotros en la lejanía e influenciados por imágenes en las que a través de los tiempos los artistas han querido plasmar la figura de Jesús o que se han utilizado en la catequesis en un momento concreto de la historia podremos tener la tentación de imaginarnos la figura de Jesús que es el Señor en unas posturas un tanto hieráticas y de alguna manera manteniendo distancia, pero si nos fijamos con detalle en el evangelio es todo lo contrario lo que podemos descubrir.

Rodeado siempre de gente que llega a apretujarlo como le reconoce Pedro en alguna ocasión, en medio de la gente sencilla del pueblo, rodeado de enfermos, pobres y gentes que incluso por algunos eran considerados mala calaña; en algunas ocasiones es tanta la cercanía que cuando a algunos no le gustan las cosas de Jesús le empujan cuando quieren echarle del pueblo e incluso arrojarle por un barranco; los pecadores y las prostitutas llegaran hasta Él para lavarle sus pies o para tocarle el manto; en una ocasión a la orilla del lago tendrá que subirse a una barca para hablarles desde allí, no porque buscase la lejanía, sino para que todos le pudieran ver y escuchar; rodeado de gentes que le aclaman, de niños que gritan a su lado le veremos hacer el camino que le lleva a Jerusalén; se sentará en el patio de las casas del camino para descansar y refrescarse como sucederá en Betania. Normal es, pues, la imagen que nos presenta hoy el evangelio.

En la plaza Jesús sentado entre la gente pronto se verá rodeado de niños que poco menos que quieren jugar con El porque ellos son los que mejor detectan la cercanía y el cariño que le puedan ofrecer las personas. Las madres incluso los traerán para que Jesús les imponga las manos y los bendiga.

Pero allá están los celosos discípulos preocupados por el descanso de su maestro que tratarán de impedir que los niños así se acerquen a Jesús. Pero Jesús detendrá aquella celosa acción de sus discípulos, porque quiere verse rodeado de niños, sentir el calor y la alegría de sus risas y de sus juegos y porque además nos los querrá presentar como prototipo de cómo tenemos que acoger nosotros el Reino de los cielos.

‘Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos’.

Ser como los niños, acogedores, abiertos a la vida y al amor, humildes y sencillos, sin malicia en el corazón, buscadores de saber, desprendidos que dan su corazón, siempre tendiendo la mano para dejarse acompañar, pero sabiendo estar a nuestro lado con los ojos abiertos de su curiosidad… Todavía no les han maleado el corazón.

Es la apertura que necesitamos, es la búsqueda que tenemos que hacer, es el desprendimiento con el que tenemos que vivir, es el deseo de estar junto a los otros para hacer de la vida una fiesta… cosas que necesitamos para saber acoger el reino de Dios. Humildad y sencillez para aceptar a todos, siendo capaces de acoger al más pequeño y al más humilde, porque es ahí donde encontraremos la grandeza del Reino de los cielos.

Es por lo que Jesús dará gracias al Padre porque los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos y por lo que nos dirá que de los humildes y de los pobres es el Reino de Dios y los que son puros de corazón podrán ver a Dios. Son los bendecidos de Dios. Este pasaje es toda una bienaventuranza de Jesús. 

viernes, 25 de febrero de 2022

Nunca se acaba de hablar del amor porque siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso

 


Nunca se acaba de hablar del amor porque siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

Todo el mundo sabe hablar del amor; cuántas cosas bellas somos capaces de decir; qué romántico lo ven todo los enamorados y cuántas cosas bonitas saben decirse; cualquiera puede sentirse inspirado. Pero es difícil hablar del amor, es difícil vivir con toda hondura el amor, cuesta mucho mantener el amor. Es una flor muy delicada que fácilmente se puede estropear.

Cuando vienen los fracasos pensamos en todo aquello romántico que fuimos capaces de decir, pero que no supimos mantener; quizás no cuidamos mucho sus raíces, no supimos abonarlas debidamente, le faltó algo que mantuviera la frescura de su belleza para siempre. Nos damos cuenta quizá que el amor es mucho más que unas palabras románticas; que tampoco puede ser algo pasajera, flor de un día; decimos quizás muchas veces que se nos muere el amor, pero ¿lo habíamos mantenido bien vivo y con toda su hondura?

No quiero ponerme pesimista, ni decir que el amor es imposible, no quiero juzgar aquellos efluvios románticos del amor, porque quizás también fueron necesarios, quisiera que supiéramos encontrar, yo el primero, el verdadero camino que nos lleve al verdadero amor. Algunas veces no es tan fácil. Está por medio nuestra condición humana con todas sus limitaciones. Pero también muchas cosas pueden influir para que no le hayamos dado la verdadera hondura que tendría que tener para que se mantenga lozano y fresco como el primer día. Aunque tiene que madurar y comenzar a tener un sabor y color añejo que lo hace más recio y más fuerte.

Y es que siempre nos entran dudas. Tenemos el corazón inquieto y podemos sentir atracción de muchas cosas mientras vamos de camino, o también nos pueden entrar los cansancios cuando no lo vivimos como una novedad de cada día. Vivimos por otra parte en un mundo donde nos cuesta reparar y preferimos tirar y cambiar. Encontrar solución para todos los problemas es una tarea ardua, pero cuando somos capaces de hacerlo al final nos sentiremos mejor.

Hay túneles oscuros en la vida con muchas luces fatuas alrededor que tratan de llamarnos la atención. Pero tenemos que saber lo que queremos, a dónde vamos, qué camino hacemos, qué es lo que realmente nos va a dar verdadera felicidad. Y eso en todos los aspectos de la vida; no solo en el amor o en el matrimonio sino en todas las cosas que emprendamos.

Quizá pueda parecer que estoy teorizando, pero si nos paramos a pensar en la realidad de la vida de cada día. Siempre en la vida hay luces y sombras, siempre pueden haber cansancios si perdemos la ilusión por alcanzar metas que nos hemos propuesto y que sabemos que son las que verdaderamente nos harán felices. Las dificultades no tienen que hacernos perder la ilusión sino hacernos sentirnos más fuertes para superarlas. Y cuando eso lo hacemos acompañados por la persona que sabemos que nos ama y a la que nosotros amamos también parece que todo se puede sentir distinto, que no nos faltarán las fuerzas para seguir el camino.

Hoy en el evangelio vemos que le plantean a Jesús las mismas cosas que seguimos planteándonos en todos los tiempos. De alguna manera están hablando de la caducidad del amor. Es lo que hacemos muchas veces, ponerle fecha de caducidad. Y cuando vamos caminando así con esa posible caducidad delante de nuestros ojos, fácilmente podemos perder la ilusión y las ganas de seguir luchando. Algunas veces algunos entran en esa aventura maravillosa del amor pensando ya de antemano en esa fecha de caducidad. Estamos reventando las raíces y el árbol pronto se puede secar en esas condiciones.

Jesús habla de una unión tan grande y tan profunda desde el amor de un hombre y una mujer que nos dice que van a ser como una sola carne. Así son los lazos del amor. Así tenemos que buscar esas raíces profundas que le den autenticidad a ese amor, para que no sea solo apariencia o flor de un día, como antes decíamos. Es tan maravillosa esa unidad que en ella Jesús pone la imagen de lo que es el amor que El tiene por su Iglesia, del amor que Dios nos tiene. Nuestro amor signo de lo que es el amor de Dios; el amor de Dios signo de lo que tiene que ser nuestro amor. ¿En el amor que vivimos habrá alguna semejanza, mirando la realidad de nuestra vida, con lo que es el amor que Dios nos tiene?

Hablar de todo esto se hace inacabable, porque así de grande es el amor. Siempre encontraremos un nuevo matiz, un nuevo detalle, unos nuevos gestos que lo hagan cada día más bello y más hermoso. Intenta darle brillo a tu amor cada día.

jueves, 24 de febrero de 2022

Quitemos de nuestra vida aquellas piedras que nos hacen tropezar y no seamos culpables del daño que pueden hacer también a los demás

 


Quitemos de nuestra vida aquellas piedras que nos hacen tropezar y no seamos culpables del daño que pueden hacer también a los demás

Santiago 5,1-6; Sal 48; Marcos 9,41-50

Aquel hombre llegaba todas las noches enfadado a su casa porque en el camino, en el que no había mucha luz, todas las noches tropezaba en la misma piedra y caía en el mismo hoyo; protestaba y protestaba, pero no había nada cuando había luz por el día para ver donde estaba aquel tropiezo que todas las noches le hacía caer. Lo fácil que hubiera sido que durante el día buscase el lugar y tratase de hacer un arreglo, quitar aquella piedra que estorbaba en el camino para no volver a tropezar en lo mismo; ya se suele decir en nuestro refranero español que el único burro que tropieza dos veces en la misma piedra es el hombre.

Es lo que nos pasa en la vida; nos damos cuenta de nuestras debilidades, cuales son las situaciones en las que solemos tropezar en ese camino de nuestra vida cristiana, en ese nuestro camino de relación con los demás, pero seguimos con nuestro orgullo porque no queremos agachar la cabeza, seguimos con nuestros errores porque no queremos esforzarnos por corregirnos, seguimos con la misma cerrazón del corazón pensando en nosotros mismos y no pensando nunca en los demás.

Hoy nos habla Jesús con imágenes muy fuertes para hacernos caer en la cuenta de esa piedra de tropezar que no solo nos está hundiendo a nosotros mismos, porque primero que nada nos hacemos daño a nosotros mismos, pero con las que también podemos dañar a los demás.

Drásticamente nos habla de Jesús de arrancarnos nuestro ojo o de cortarnos nuestra mano si son causa de mal para nosotros o para los demás. No es que ahora tengamos que ir mancos por la vida cortándonos las manos, pero sí es necesario que nos tomemos las cosas en serio y arranquemos de nosotros todo ese mal que nos hace daño. Como una mala hierba que no basta que la cortemos por encima para eliminarla, sino que es necesario arrancarla de raíz para que no vuelva a salir, así ese camino de superación, de purificación que tenemos que ir realizando en nuestra vida.

Primero que nada tenemos que ser capaces de reconocer el error que hay en nuestra vida, ese mal que nos hace daño a nosotros y a los demás, porque mientras no lo reconozcamos con toda sinceridad poco podremos arrancarlo. Cuántas cosas tenemos que arrancar de nuestra vida, cuantos apegos, cuántas ataduras, cuántas rutinas, cuántas malas costumbres... un camino de purificación y superación.

El camino de toda persona tiene que ser siempre un camino de superación, para ser capaces de dar cada día un paso más alto. Significa esfuerzo, significa ascesis, significa ir examinando continuamente la vida para ver cuáles son esas pasiones que nos dominan, cuáles son esas raíces que nos hacen daño. Un camino donde ponemos, es cierto, toda nuestra voluntad, pero es un camino que no hacemos solos porque contamos con la fuerza y con la ayuda de la gracia del Señor.

Esa gracia de Dios que se nos manifiesta en ese buen ejemplo que recibimos de los que están a nuestro lado, que con las mismas debilidades que nosotros los vemos sin embargo en un camino de ascensión, en un camino de superación; esa gracia de Dios que recibimos de la buena palabra o del buen consejo de esa persona buena que se acerca a nosotros y se nos ofrece para ayudarnos; esa gracia de Dios que recibimos del testimonio de los santos que si ahora los vemos en ese grado de perfección y santidad como ejemplo para nuestra vida, tenemos que saber ver ese esfuerzo que ellos en su vida también tuvieron que hacer, esas cosas en las que tuvieron que superarse o arrancar de sus vidas. Esa gracia de Dios que recibimos en los sacramentos alimento de nuestra vida cristiana y fortaleza del Espíritu que nos enriquece con la gracia del Señor.

Jesús nos había recordado en otros momentos del evangelio que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. Y ahora nos recuerda, que si la sal se ha echado a perder no nos vale para nada. ‘Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis? Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros’. Tengamos esa buena sal de nuestras buenas obras con las que daremos gloria al Padre del cielo pero con la que ayudaremos a los demás a que también glorifiquen a nuestro Padre Dios.

miércoles, 23 de febrero de 2022

No nos creamos poseedores únicos de la verdad y seamos capaces de ver los rasgos de humanidad y de bondad que hay en lo que otras personas distintas a nosotros realizan

 


No nos creamos poseedores únicos de la verdad y seamos capaces de ver los rasgos de humanidad y de bondad que hay en lo que otras personas distintas a nosotros realizan

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

Hemos de reconocer que nos estamos haciendo una sociedad muy llena de acritud. En todo vemos un contrincante, en todo vemos oposición o hacemos oposición. Qué difícil resulta ver a la gente colaborar cuando no son de la misma cuerda; y cuando digo de la misma cuerda me estoy refiriendo a los que sean mis amigos o de mi manera de pensar, a los que tienen un mismo perfil ideológico que el mío o tenemos los mismos ideales sobre la vida o la sociedad.


Nos cuesta aceptar que el que no piensa como yo pueda hacer algo bueno, o algo de lo que hace sea bueno; así vemos a los partidos políticos siempre enfrentados y echándose en cara algunas veces las mismas cosas que hacen, no aceptando que puedan estar en lo cierto en sus planteamientos porque ya de antemano no son mis planteamientos. Y eso lleva como consecuencia palabras duras, actitudes enfrentadas, violencia verbal que fácilmente es un caldo de cultivo de violencias más intensas que las palabras. Tengo ganas de encontrarme con alguien del matiz político que sea que acepte que lo que el otro hace o lo que hizo cuando tenía el poder en sus manos estuvo acertado.

Qué triste que no sepamos colaborar cada uno de sus propios planteamientos uniendo direcciones para hacer que las cosas salgan adelante. Nos creemos en exceso poseedores de la verdad, y la verdad mía parece que es lo único que vale. En el fondo en lo que estoy diciendo sabemos que nos referimos a muchos aspectos de la vida social o política de nuestra sociedad, pero que nos encontramos también en otros ambientes donde parecería que ese no podría ser el sentido del trabajo o de la vida; y ahora me estoy refiriendo también en el ámbito de los grupos cristianos y en muchos aspectos de la vida de la Iglesia, a la que muchas veces estamos politizando en demasía.

Dentro de nuestras parroquias los diferentes grupos en la vida religiosa andan muchas veces a las greñas, hay que reconocerlo, o vemos como en las pequeñas comunidades se crean grupos enfrentados que no logran el entendimiento que tendrían que tener. Con libertad de espíritu tengo que decirlo y reconocerlo, que ojalá esto pueda ayudar a muchos a que abran los ojos con una mirada nueva y con nuevas actitudes, porque algunas veces incluso en nuestros grupos cristianos nos puede faltar ese espíritu verdaderamente evangélico.

A todos nos conviene escuchar lo que hoy nos narra el evangelio. Algo muy sencillo y realizado incluso por algunos de los discípulos con muy buena voluntad y vienen a contárselo a Jesús con toda ingenuidad. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros’. Y vemos cómo Jesús les reprende. ‘No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Los que se creen poseedores únicos de la verdad... Nos puede pasar y con demasiada frecuencia. Hay tantas personas que hacen cosas buenas, que son generosas y comparten, que luchan por la justicia y hacen el bien, que se comprometen dedicando su tiempo y su trabajo a los demás, aunque en su corazón no hay principios religiosos sino meramente humanitarios y de altruismo. ¿Se lo vamos a impedir? ¿Por qué no lo valoramos y cooperamos con ellos también en lo que hacen? Son humanos y viven con humanidad, y esto es lo que el Señor quiere de nosotros también. A nosotros quizás nuestra fe nos pide dar un paso más, demos nosotros ese paso, pero seamos capaces de valorar los pasos buenos que también están dando los demás.

¿Por qué no pensar que esas cosas buenas, realícelas quien las realice, son también semilla del Reino de Dios? Como nos dice hoy Jesús ‘el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. Ellos también dan señales del Reino de Dios en esos gestos humanos que realizan, colaboremos nosotros también con ellos. Quitemos esa acritud en la vida, sepamos valorar lo bueno que hacen los demás, continuemos construyendo a partir de esos buenos cimientos que otros hayan colocado. Así un día podremos ver un mundo mejor.

martes, 22 de febrero de 2022

La respuesta que demos a lo que significa Jesús para nosotros es el anuncio que tenemos que hacer en medio de la sociedad neopagana en la que vivimos ¿nos entenderán?

 


La respuesta que demos a lo que significa Jesús para nosotros es el anuncio que tenemos que hacer en medio de la sociedad neopagana en la que vivimos ¿nos entenderán?

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19

No hace muchos días hemos escuchado el texto paralelo del que hoy se nos ofrece según el evangelista san Mateo con motivo de la fiesta litúrgica de la Cátedra de san Pedro.


Jesús que marcha a lugares apartados con sus discípulos y que son momentos, como reflexionábamos entonces, de una mayor intimidad entre Jesús y sus discípulos. De ahí esa doble pregunta que se nos ofrece hoy también en el evangelio, sobre lo que pensaban los demás del Hijo del Hombre y sobre lo que realmente piensa sus discípulos, aquellos que ha escogido de manera especial y que van a ser luego sus enviados por todas partes para hacer el anuncio del evangelio.

Hoy quisiera detenerme en una circunstancia que nos ofrece el evangelio y que puede tener una aplicación muy efectiva sobre el mismo momento que nosotros estamos viviendo. En esta ocasión Jesús ha marchado casi fuera del territorio palestino, pero está junto a una ciudad pagana, Cesarea de Filipo. Como el mismo nombre indica es una ciudad levantada como un homenaje al Cesar, una ciudad con muchas connotaciones de lo que tendría que ser una ciudad bajo el imperio romano; una ciudad en la que se daba culto a los ídolos de Roma y en su honor habría muchos templos levantados, pero donde el mismo César, el mismo emperador era considerado como un dios al que le daban culto.

Y es ahí, en esa connotación geográfica y social donde surge la doble pregunta de Jesús entonces. ‘¿Quién dice le gente que es el Hijo del Hombre?... Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ ¿Podrían hablar en aquel lugar con un sentido que todos entendiesen que Jesús era el Mesías, el enviado de Dios? ¿Cómo podría sonar este mensaje a los oídos de aquellas gentes tan acostumbradas a oír hablar de diferentes dioses, pues tenían dioses para todo? Dioses para el amor y el sexo como dioses para la guerra, dioses que bramaban por así decirlo en las profundidades de los mares, o dioses que aparecían por encima de las tormentas, dioses de la familia – los lares familiares – y dioses para el comercio… ¿Qué podría significar de nuevo para ellos que les hablases de que Jesús también era Dios? No era fácil en lugares así el anuncio del evangelio de Jesús con todo su significado y sentido.

Pero decíamos que este evangelio puede tener una aplicación muy efectiva al momento presente, al momento que hoy estamos viviendo. ¿Se diferenciarán en mucho nuestras ciudades, nuestra sociedad de aquella sociedad pagana que hemos visto personificada, por así decirlo, en la ciudad de Cesarea de Filipo? ¿No viviremos ciertamente en una sociedad que digamos lo que digamos es una sociedad secularizada, donde el elemento religioso está dejando de tener relevancia, pero más aun una sociedad pagana que vive también apegada a sus dioses, a sus ídolos, llámense también dinero o sexo, guerra o tantas otras vanidades a las que adoramos también como dioses de nuestra vida?

Y yo diría que ahí, en medio de esa sociedad en la que vivimos, y que esa es la triste realidad, porque ya se ha perdido un verdadero sentido religioso, se vive la vida con poca trascendencia, donde sustituimos nuestra espiritualidad cristiana por cualquier moda que venga de cuanto más lejos mejor para que nos resulte más exótica, donde ya es normal encontrarnos a jóvenes y a no tan jóvenes a los que no dice nada el hecho religioso, no les dice nada la religión, no les dice nada la fe, y viven sin Dios prescindiendo de todo lo que suene a espiritual o cristiana. Te lo dicen claramente estoy bautizado porque mi abuela se empeñó en que me bautizaran, hice la primera comunión porque todos los niños la hacían y era una fiesta bonita en aquella edad, o yo no estoy bautizado pero nada me pregunto sobre Dios o la religión porque no me dice nada.

Y en medio de ese mundo hoy nos resuenan las preguntas de Jesús, la doble pregunta. ¿Cuál sería la respuesta? A la primera ya lo vemos claramente si queremos ser sinceros, pero a la segunda que nos pregunta directamente a nosotros lo que pensamos de Jesús, ¿qué le responderíamos? Porque dependiendo de la respuesta que demos es lo que luego tenemos que ir a anunciar a esas gentes que nos rodean y en esas condiciones de neopagismo que vive nuestra sociedad.

¿Qué es lo que creemos de Jesús y que tenemos que decir a nuestra gente contemporánea?

lunes, 21 de febrero de 2022

No dejemos enfriar la fe, no olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas para que nos aumente la fe

 


No dejemos enfriar la fe, no olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas para que nos aumente la fe

Santiago 3,13-18; Sal 18; Marcos 9, 14-29

En la lucha de la vida de cada día nos van siempre apareciendo problemas, dificultades, contratiempos, cosas que no esperábamos que nos sucedieran a nosotros pero de un momento a otro tenemos que enfrentarnos a esas situaciones para poder salir adelante. La misma experiencia de la vida nos va sirviendo de lección y poco a poco nos vamos fortaleciendo interiormente para enfrentarnos a esos problemas y saber cómo salir adelante.

Vamos creando en nosotros también una fuerza interior, una fuerza espiritual que nos ayuda a mantenernos firmes y seguros en nuestro camino intentando siempre no perder la paz ni la serenidad. Pero aun así hay ocasiones en que las cosas no superar y ni la sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo ni esa fuerza que tenemos en nosotros mismos nos hace capaces de superar esas situaciones de negrura que se nos meten en la vida.

Pero el creyente saber que esa sabiduría y esa fuerza no viene por si misma a nosotros sino que es también una luz y una gracia que nos viene de lo alto, que nos viene de Dios que con nosotros va haciendo ese camino de la vida aunque a veces nos ceguemos y no seamos capaces de verlo o nos llenemos de orgullo y autosuficiencia para creer que por nosotros mismos podemos ir superando todo lo que se nos presenta. Hay momentos en que nos llenamos de duda, nos sentimos débiles, parece que nos abandona esa fuerza de lo alto, nos sentimos como atrapados en medio de muchas oscuridades; queremos creer, pero nos cuesta, nos sentimos inseguros en nuestra propia fe.

Son situaciones diversas que nos van apareciendo en la vida. Hoy el evangelio nos habla cómo los discípulos de Jesús han tenido que enfrentarse a una situación en la que no saben cómo salir adelante. Ya un día cuando Jesús les había enviado a anunciar la buena nueva del Reino de Dios les había dado poder sobre los espíritus inmundos y para curar enfermedades. Es lo que ahora pretenden hacer con aquel ‘endemoniado’ – así lo llaman – que les ha traído aquel padre angustiado que ya no sabe qué hacer ni a quien acudir. La situación del muchacho es dura, y ellos se sienten indefensos e impotentes para poder hacer algo. Jesús no está, es cuando se había ido a la montaña con tres de sus discípulos para orar.

Al llegar Jesús se encuentra el panorama, le presentan la situación, el padre angustiado acude a Jesús. ‘Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces’, exclama el padre. ‘Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos’. Pero ‘Jesús replicó: ¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe. Entonces el padre del muchacho se puso a gritar: Creo, pero ayuda mi falta de fe’. 

Ya sabemos cómo Jesús lo curó. Luego los discípulos le preguntarán por qué ellos no pudieron hacerlo. ‘Esta especie solo puede salir con oración’, les responde Jesús.

‘Todo es posible al que tiene fe’, había dicho Jesús. Es mucho más que creer en nosotros mismos, es mucho más que lo que nosotros sepamos o seamos capaces de hacer. No todos lo entienden. Vivimos en una autosuficiencia soberbia muchas veces. No hemos aprendido a mirar hacia lo alto, a descubrir al supremo Hacedor de quien nos viene toda fuerza. Nos quedamos muchas veces solo en una fe a lo humano y le quitamos el color de lo sobrenatural. Tenemos que saber ser humildes para pedir y pedir con confianza superando nuestras dudas y superando nuestros miedos. No es la búsqueda de algo mágico, es más, es algo sobrenatural que solo en Dios podemos encontrar. Por eso tenemos que saber pedir, por eso no nos puede faltar la oración humilde y confiada.

Y hemos de reconocer que esto nos falta muchas veces hasta a los que nos decimos creyentes y cristianos, porque no sabemos o no queremos descubrir esa presencia de Dios en medio de nosotros, esa presencia de Dios también en nosotros. Y eso necesitamos hacerlo y sentirlo en lo que es la lucha de cada día, ese camino que cada día hacemos y que muchas veces nos encontramos lleno de baches y nos hace dar muchos trompicones.

No dejemos enfriar la fe, sino pidamos a Jesús que nos ayude a mantener firme esa fe. No olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas.