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sábado, 21 de mayo de 2016

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad

 Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Toda persona merece nuestro respeto y la valoración de su dignidad. Y cuando decimos toda persona es toda persona, sea pequeño o mayor, sea de la condición que sea porque de ninguna manera debemos encasillarla desde nuestros prejuicios o valoraciones subjetivas.
Creo que es una primera enseñanza que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. Nos habla de unos niños que sus madres acercaban a Jesús para que los bendijera. Pero por allá andan los discípulos cercanos a Jesús que aun necesitaran aprender muchas cosas que no quiere que se moleste al maestro con chiquillerías. Querían escucharlo y estar cerca de El y eso, pensaban quizá, era cosa de mayores, no de niños.
Pero ya vemos la reacción de Jesús. ‘No se lo impidáis… dejad que los niños se acerquen a mí…’ y añade algo más y bien hermoso ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Ya en otros momentos había puesto un niño en medio de ellos y les había enseñado que quien acogía a un niño como aquel, lo acogía a El.  Y es que en aquella sociedad los pequeños no eran valorados, no eran tenidos en cuenta. Y es lo que viene a enseñarnos Jesús. También el niño ha de ser valorado, tiene su dignidad que hemos de respetar pues también es una persona.
Quizá en nuestra sociedad actual no se haga esa valoración negativa del pequeño, del niño, pero sí nos daría para pensar en qué valoración hacemos nosotros de todas las personas; también hay algunos quizá a los que consideramos pequeños en tantas discriminaciones que nos hacemos entre unos y otros; desde aquellos en los que cargamos el sambenito de lo que hayan podido hacer en su vida y ya no nos los vamos a valorar ni tener en cuenta, o ya sea desde discriminaciones de raza o de origen a los que mermamos en sus derechos; los consideramos pequeños, por decirlo con frase suave, y si no pensemos en lo que hacemos o estamos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestras tierras buscando una vida mejor y más digna, huyendo de guerras y de miserias, a los que negamos una acogida con toda dignidad.
Yo pienso de forma muy concreta en esos emigrantes que a las puertas de la Iglesia o en las puertas del supermercado están pidiéndonos una ayuda pero ante los que tantas veces pasamos sin ni siquiera mirarles a la cara para desearles unos buenos días. Mucho tendríamos que pensar en todo esto cuando decimos que nosotros queremos vivir el Reino de Dios.
Hoy al hablarnos de los niños que tendríamos que acoger nos decía Jesús que de los que son como ellos es el Reino de los cielos. Hacernos niños, sencillos, humildes, abiertos de corazón, con generosidad espontánea en nuestra vida. De cuantas cosas tenemos que adornar nuestro corazón para que en verdad acojamos el Reino de Dios en nuestra vida.

viernes, 20 de mayo de 2016

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial que nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor

Santiago 5,9-12; Sal 102; Marcos 10,1-12

Jesús hace camino con nosotros en la vida. Lo vemos en el evangelio yendo de un lado para otro siempre al encuentro con la gente. Muchos venían hasta El; El se acercaba a todos; a todos escuchaba, para todos tenía palabras de vida, palabras de luz que iban iluminando sus caminos no siempre fáciles.
Las situaciones vitales que muchos vivían no eran fáciles; estaban las dificultades de cada día por lograr la supervivencia en un pueblo pobre y con muchas necesidades; estaban sus carencias, sus limitaciones que se manifestaban en las enfermedades, en las discapacidades que iban apareciendo en sus cegueras, en su invalidez, en la sordera y así en muchas cosas más; pero estaban también las dificultades de la convivencia en el seno de las familias, en el encuentro con los demás motivados muchas veces desde egoísmos o ambiciones que lo hacían difícil.
Para todos tenía una palabra de luz y de vida; en El encontraban fuerza y esperanza; con El se abrían nuevos caminos para sus vidas. Era la salvación que llegaba con Jesús y a todos alcanzaba; era el Reino nuevo de Dios que se anunciaba y se iba instaurando en aquellos que aceptaban el camino de Jesús.
Vienen hasta Jesús con sus problemas, pero en ocasiones había personas interesadas en tratar de desprestigiarle, o de ponerle a prueba. Es lo que sucede hoy cuando le plantean el problema del divorcio. La respuesta de Jesús es contundente porque recuerda lo que es la voluntad de Dios desde el principio. El matrimonio ha de ser un encuentro de amor para vivirlo en plenitud. ‘Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’.
Pero como decíamos en el inicio de la nuestra reflexión no siempre los caminos son fáciles. Hemos de tener bien claras cuales son nuestras metas y nuestros principios y por ellos hemos de luchar sabiendo que nos va a costar. Y esa es la realidad que nos encontramos en las familias y en los matrimonio. Nada tendría que llevarnos a la ruptura y al desencuentro; todo tendría que ir orientado siempre a esa comunión de amor y para eso será necesario superar muchas cosas que se nos atraviesan en el corazón y que crean esas rupturas. Somos conscientes de cuanto de todo eso sucede en nuestro entorno y no siempre se tiene la suficiente fortaleza para mantener esa unidad, para preservar esa comunión.
Cristo que se hace presente en nuestra vida con su gracia ha querido convertir la realidad matrimonial en un sacramento de su presencia. Por eso nos da la gracia del sacramento que santifique nuestro amor matrimonial. Sin la gracia del Señor, solo con nuestras fuerzas, seríamos incapaces de mantener esa unidad porque bien sabemos cuantas son las tentaciones que nos acechan y cuanta es la debilidad que hay en nuestro corazón. Pero la gracia sacramental no fue cosa de un momento, allá cuando celebramos el sacramento, sino que es algo que se prolonga en toda nuestra vida a través de cada gesto de amor. En ese amor se hace presente Jesús, nos llena de su gracia,  santifica nuestra vida.
Que el Señor nos dé la gracia de comprender en toda su profundidad la grandeza y la maravilla del amor matrimonial y así podamos preservarlo siempre de todo peligro para que todo, y en todo momento, nos lleve a ese encuentro y comunión intima de amor.

jueves, 19 de mayo de 2016

Para gloria de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Para gloria  de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10,12-23; Lc. 22, 14-20
La liturgia nos ofrece en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés la celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. ‘Para gloria tuya (gloria de Dios) y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’ proclamamos en la oración de esta fiesta.
Jesucristo es nuestro único Mediador, nuestro único Salvación. Viene con la entrega de su Sangre, con la ofrenda de amor de su vida a restaurar la gloria de Dios que el hombre en su pecado ya no sabía dar a su Creador. Así se convierte en Pontífice, el único Mediador, porque solo por El podemos dar gloria a Dios para siempre por toda la eternidad; sólo por El nos llega la salvación porque ha ofrecido de una vez para siempre su vida para que nosotros tengamos vida en el supremo sacrificio de la cruz.
‘Por Cristo, con Cristo, en Cristo, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’, proclamamos en el momento cumbre de la Eucaristía. Es el momento supremo del ejercicio del sacerdocio de Cristo en la celebración de la Eucaristía.
Si hemos hecho memoria de su pasión, muerte y resurrección, si invocamos al Espíritu para que aquellos dones que ofrecemos sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesús, si nos sentimos en comunión con toda la Iglesia que aun peregrina para quien pedimos el don del Espíritu para mantenernos congregados en la unidad, pero si recordamos a quienes nos han precedido en la fe o nos sentimos en comunión con la Iglesia universal, también la Iglesia del cielo es porque queremos dar esa gloria al Señor para siempre, y lo podemos hacer por Cristo, en Cristo y con Cristo porque es el único Sacerdote, posee el sumo y eterno sacerdocio que permanece para siempre.
Queremos dar gloria a Dios para siempre porque en Cristo hemos alcanzado la salvación; es nuestro único Salvador; solo por El nos llega la gracia, el perdón y la misericordia de Dios. Se convierte así en el Pontífice que nos salva porque es el que como puente nos lleva hasta Dios. Es su Sangre la que nos redime, nos purifica y nos llena de vida. Así se ofreció por nosotros de una vez para siempre. El sacrificio de Cristo en la cruz es irrepetible porque la entrega de su vida tiene valor eterno. Nos hacemos participes de ese misterio de gracia actualizando en nosotros ese sacrificio de Cristo cada vez que celebramos la Eucaristía. No repetimos el sacrificio, lo actualizamos, lo hacemos presente, lo plantamos en nuestra vida haciéndonos partícipes de su gracia y de su salvación.
Para ello el Señor quiso elegir ministros y dispensadores de los misterios de su gracia, como expresamos también en la oración de la liturgia. Son los sacerdotes de la nueva alianza que participan de su sagrada misión para renovar a favor de todos los hombres el sacrificio de la redención.
Por eso esta celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos recuerda la misión sacerdotal de todo el pueblo de Dios participe del sacerdocio de Cristo, pero nos hace pensar también en quienes ejercen el misterio sacerdotal por su unión con Cristo. Así es también una jornada sacerdotal, una jornada de oración por los sacerdotes ministros y dispensadores de los misterios de Dios.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros pero estás más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien

Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros pero estás más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40
‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros’ era el entusiasmo de Juan por Jesús. Se sentía especialmente amado por Jesús – en su evangelio se describe a si mismo como discípulo amado del Señor – y le parecía que no podía consentir que vinieran otros, que no formaban parte del grupo de los discípulos, para obrar cosas maravillosas en el nombre de Jesús. Ya hemos visto la reacción de Jesús. No se lo impidáis, todo el que hace el bien sea donde sea hay que valorarlo.
Tenemos que aprender a valorar lo bueno que se hace en la vida. No nos podemos creemos que somos nosotros los únicos que sabemos hacer las cosas bien. En el corazón de toda persona hay muchas semillas de bondad, mucha capacidad de hacer el bien, de amar, de sentir preocupación por los demás. Y eso hemos de valorarlo siempre, tenerlo en cuenta, resaltar lo bueno que hacen los demás. Somos una misma humanidad que busca el bien, que quiere lo bueno para los demás y se siente comprometida en cosas buenas a favor de los otros.
Pensemos cómo en el juicio final Jesús nos va a preguntar por esos actos de amor, por ese bien que hayamos hecho a los demás y bien sabemos como a todo eso le da un sentido sublime porque nos dirá que todo eso bueno que hayamos hecho por los demás a El se lo hicimos. Estaba hambriento y me diste de comer, estaba sediento, estaba enfermo, estaba solo, nadie me tenía en cuenta, pero viniste y me diste de comer, me ofreciste un vaso de agua, me acompañaste y fuiste mi consuelo en el momento del dolor o de la soledad, te detuviste a mi lado cuando nadie me tenía en cuenta. 
Hay tantos en la vida con un corazón hermosamente solidario a nuestro lado. Buenos vecinos que comparten, compañeros de trabajo que se ayudan mutuamente, gente que va caminando por la calles de la vida y se detiene junto al que está tirado en la acera. Lo malo sería que aquellos que nos decimos seguidores de Jesús vayamos con nuestras prisas o nuestras preocupaciones y pasemos de largo, acaso por llegar temprano al templo, como expresábamos en aquella canción utilizada tantas veces en la liturgia. Con nosotros esta el Señor y no somos capaces de reconocerlo, no somos capaces de detenernos a su lado y vamos dando rodeos en la vida. Seamos sinceros porque es una tentación que nos amenaza muchas veces.
Aprendamos de tantos que acaso no viven una vida religiosa como nosotros decimos que vivimos, pero están más impregnados por los valores del evangelio que les llevan en todo momento a hacer el bien.

martes, 17 de mayo de 2016

Iba instruyendo a sus discípulos… aprovechando lugares apartados mientras atraviesas Galilea porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos

Iba instruyendo a sus discípulos… aprovechando lugares apartados mientras atraviesas Galilea porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos

Santiago 4,1-10; Sal 54; Marcos 9,30-37

‘Iba instruyendo a sus discípulos…’ Habían bajado de la montaña, y ahora atravesaban las llanuras y los valles de Galilea aprovechando lugares apartados porque Jesús quiere estar a solas con los discípulos. Una oportunidad para un encuentro más profundo, para hablar con detalle de muchas cosas, para prepararlos a ellos de manera especial en lo que era el sentido nuevo del Reino de Dios del ellos habían de ser testigos especiales, para corregir desviaciones y para orientar en muchas cosas que quedan pendientes de aprender, aunque a ellos les cueste tanto.
Cómo necesitamos en la vida de esos momentos de mayor intimidad y comunicación con aquellos que queremos, con nuestros amigos. La amistad se hace en el compartir del día a día, en ese caminar juntos donde nos vamos conociendo porque nos expresamos con toda confianza con aquellos que queremos; momentos de desahogo, momentos de vaciar el corazón, momentos de soñar juntos y hacerse planes de futuro.
Jesús quiere amasar bien la amistad de sus discípulos, con El porque cada día haya una unión más profunda de corazones, porque se llenen de su vida, porque aprendan ya a no caminar según su sentido y sus valores; pero Jesús quiere amasar la amistad entre los discípulos entre sí. Y es necesario purificar muchas cosas, porque en los corazones fácilmente puede florecer la ambición y los deseos de grandeza considerándose unos mejores o mayores que los otros. Y a todas esas cosas está atento Jesús.
En el camino fue haciéndoles grandes anuncios como era su futura pasión y entrega, aunque a ellos les costara entender. ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará». Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle’. A pesar del grado de intimidad y confianza que había querido crear entre ellos y con El, sin embargo no entienden lo que Jesús les dice y le da miedo preguntarle. Muchas barreras quedan aun por caer.
Pero cuando llega a casa les pregunta de qué habían discutido por el camino. Habían ido muy entretenidos en sus discusiones y en sus ambiciones. Todavía para ellos el futuro reino de Dios seguían siendo una estructura de poder y las ambiciones por ese poder afloraban en sus corazones. ‘Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’. Pacientemente Jesús vuelve a explicarles. ‘se sentó, llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. El que quiere ser grande que se haga el último; quien quiera ser importante piense que en el servicio está la verdadera grandeza.
Nos cuesta también entenderlo. Nos podría parecer que ponernos de servidores de los demás nos humilla, sino embargo hemos de reconocer que eso es lo que en verdad nos engrandece. Y les pone la imagen del niño, al que hay que acoger, al que hay que valorar y respetar. Porque el que no sabe acoger lo pequeño no llegará nunca a comprender el Reino de Dios. Saber escuchar a un niño, saber detenernos ante quien nos pueda parecer insignificante, saber mirar a los ojos a aquel con quien compartimos una limosna, saber interesarnos por aquella persona que nos tiene la mano solicitando una ayuda al paso por la calle, saber hacer silencio para escuchar ese grito de Dios que nos llega a través del hermano, de sus ojos, de su mano tendida, desde ese ponerse ahí a nuestro alcanza aunque parece que no nos dice nada. 

lunes, 16 de mayo de 2016

Tantas veces dudamos, nos distraemos en el camino de nuestra fe y agobiados por los muchos problemas se nos oscurece el alma pero queremos tener fe

Tantas veces dudamos, nos distraemos en el camino de nuestra fe y agobiados por los muchos problemas se nos oscurece el alma pero queremos tener fe

Santiago 3,13-18; Sal 18; Marcos 9, 14-29

‘Todo es posible al que tiene fe’. Una sentencia de Jesús que hemos de tener muy en cuenta. Siempre. Jesús quiere despertar en esa fe en nosotros porque aunque básicamente somos unas personas religiosas y lo que motiva habitualmente la vida es la fe, sin embargo nos vemos cercados por muchas oscuridades en el materialismo con que vivimos la vida, la autosuficiencia con que llenamos muchas veces nuestro corazón, el relativismo con que se vive en nuestro entorno donde lo espiritual y religioso muchas veces se pone en duda, por los agobios de sacar la vida adelante en el día a día en el que solo pensamos en el momento presente buscando prontas soluciones, respuestas rápidas y automáticas a nuestras preguntas con la perdida de la trascendencia que tendríamos que saber dar a lo que hacemos y vivimos.
Las circunstancias que rodean al hecho del evangelio de hoy y que provocará esta sentencia de Jesús está en lo que se encuentran que sucede entre los discípulos cuando El viene bajando del monte Tabor de tan enormes y ricas experiencias. Se encuentra a un padre que le ha traído a su hijo enfermo y los discípulos no han podido hacer nada; se ha armado un fuerte revuelo en su entorno. Cuando llega Jesús aquel hombre acude enseguida a El. Nos hace la descripción el evangelista de lo que le sucede. Pero allí está la suplica de aquel hombre. ‘Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos’. De ahí la sentencia de Jesús. ‘Todo es posible al que tiene fe’. Pero aquel hombre duda, se siente impotente, pero quiere creer. ‘Entonces el padre del muchacho gritó: Tengo fe, pero dudo; ayúdame’.
Ha de ser también nuestro grito, nuestra súplica. Tantas veces dudamos, tantas veces nos distraemos en el camino de nuestra fe, tantas veces nos vemos agobiados por los muchos problemas, tantas veces también se nos oscurece el alma. Queremos tener fe; queremos mantenernos firmes en nuestra fe; queremos que nuestra fe sea cada vez mas madura. Solo en el Señor podemos alcanzarlo; El es quien nos da la verdadera luz, nos hace encontrarnos con la verdad. Vayamos a Jesús con confianza a pesar de nuestras dudas; vayamos a Jesús en búsqueda de esa luz reconociendo nuestras oscuridades.
Ayer celebrábamos Pentecostés y tenemos muy vivo en nosotros todo lo que significa la fuerza del Espíritu en nuestra vida; abramos nuestro corazón al Espíritu divino, nos lo revelará todo, iluminará nuestra vida disipando toda sombra y toda duda, será nuestra fortaleza en medio de tantas debilidades, mantendrá viva en nosotros la alegría de la fe a pesar de las tristezas que nos ofrece la vida. 

domingo, 15 de mayo de 2016

No nos quedemos con las puertas cerradas, al celebrar Pentecostés abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El.

No nos quedemos con las puertas cerradas, al celebrar Pentecostés abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Para siempre nosotros identificamos Pentecostés con el Espíritu Santo, con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el cenáculo y que en esa fiesta, como nos narra Lucas en los Hechos de los Apóstoles, se derramó abundantemente sobre ellos.
Bien sabemos que era una fiesta judía, de las siete semanas – de ahí el significado de la palabra – en que se conmemoraba la recolección de las cosechas, ya casi al comienzo del verano, con la entrega de las ofrendas de los diezmos y primicias como estaba prescrito en la ley judía. Era también la fiesta que recordaba sus tiempos en el desierto viviendo en tiendas – otra de las características de la fiesta – y se convertía así en la fiesta de la identificación nacional del pueblo judío, era la fiesta de la ley dada en el Sinaí.
Ahora más que una fiesta de ofrenda del fruto de nuestros trabajos de lo que nosotros podamos ofrecer al Señor, es el recibir el regalo de Dios que nos concede el don de su Espíritu que sí va a ser la identificación del pueblo nuevo de la nueva y eterna alianza. No es la ley la que nos identifica y nos salva, sino que será el Espíritu Santo el que nos va a dar una nueva justificación porque es el que verdaderamente nos hace llevar la salvación.
La lectura de los hechos de los apóstoles está llena de imágenes y de signos que nos tienen que ayudar a profundizar en la verdadera acción del Espíritu que se realiza en nosotros. Las llamaradas o lenguas de fuego, el ruido de viento recio, el nuevo lenguaje que todos entienden – cada uno los entiende en su propio idioma - son signos de esa fuerza transformadora del Espíritu Santo en nosotros que hace arder nuestros corazones en un amor nuevo que nos trasforma a nosotros y contagia de esa transformación a cuantos nos rodean; es esa nueva forma de entender también todo el misterio de Dios que nos tiene que llevar a ese entendimiento y a esa nueva comunión. 
Es el Espíritu que crea en nosotros una nueva unidad, una nueva comunión porque esos diversos carismas, cualidades, valores que cada uno de nosotros tenemos no son anulados sino todo lo contrario puestos siempre al servicio del bien común. En la nueva comunidad de los creyentes en Jesús no caben las insolidaridades ni las búsquedas de mé
ritos para sentirnos mejores o superiores a los demás, sino que en ellas todos hemos de saber compartir porque no sentimos como propio lo que tenemos sino que el Espíritu nos impulsa siempre a ese nuevo compartir para el enriquecimiento humano y espiritual de todos.
Es ese lenguaje nuevo del amor que nos hace cercanos y solidarios, que nos hace sentir hermanos y entrar en una nueva relación, que hace desaparecer barreras creando nuevos lazos de entendimiento y comunión.
Es el Espíritu que nos llena de la verdadera alegría y de la verdadera paz porque nos trae el perdón y la capacidad de la reconciliación y del reencuentro. Con el Espíritu se derrama sobre nuestro mundo, sobre nuestra vida, la infinita misericordia divina, para sentirnos perdonados y encontrar así la paz, pero para encontrar también la capacidad del perdón que generoso concedemos a todos y que nos llevará a la más profunda paz. ‘Recibid el Espíritu Santo a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’ les decía Jesús a los discípulos como regalo pascual.
No caben en esta nueva comunidad ni las venganzas ni los resentimientos, los odios y rencores mantenidos cual pequeñas ascuas en el corazón, sino que siempre hemos de estar abiertos a ese perdón generoso, a ese olvido, a ese de nuevo revalorar a las personas para no marcarlas con un sambenito que les angustien para siempre. Por la fuerza del Espíritu seremos capaces de arrancar para siempre de nosotros esos venenos que tanto daño nos hacen y que realmente nos quitan a nosotros la paz.
Sería inconcebible que en la Iglesia que tiene que ser Madre y Maestra de misericordia y de perdón no se tuviera esa capacidad de perdón generoso para todos los pecadores, sean cuales sean sus pecados y su gravedad. Este año de la misericordia que estamos celebrando tendría que hacernos reflexionar profundamente sobre ello para manifieste genuinamente siempre ese rostro misericordioso de Dios.
Celebramos Pentecostés, celebramos el don del Espíritu que hace nacer una nueva comunidad, celebramos el nacimiento de la Iglesia. No nos quedemos con las puertas cerradas, abramos el corazón a la acción del Espíritu y dejémonos transformar por El.

sábado, 14 de mayo de 2016

Que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua

Que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua

Hechos 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

Mañana llegamos a clausurar con la solemnidad de Pentecostés las fiestas de Pascua que hemos venido celebrando. La oración de la liturgia de este día nos hace pedir que sigamos viviendo con la misma intensidad las alegrías de las fiestas de la Pascua. La alegría pascual no se puede agotar nunca en el corazón de un creyente. Clausurar simplemente cerrar un ciclo que hayamos estado recorriendo y ahora es como comenzar una cuenta nueva. En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana eso no tendría sentido porque siempre tiene que haber una continuidad en crecimiento. No es comenzar de nuevo de cero.
Las celebraciones de nuestra fe con las que queremos cantar la gloria y la alabanza del Señor expresando así la fe y el amor que tenemos en el Señor recordando sus maravillas y toda la historia de la salvación, son al mismo tiempo para nosotros un motivo de riqueza y crecimiento interior que nos impulsa en ese camino de nuestra vida cristiana.
Llegamos es cierto mañana a la culminación de las fiestas de Pascua con la solemne celebración de Pentecostés – nos hemos venido preparando y mañana lo reflexionaremos y viviremos hondamente – pero aunque sea el final de un ciclo litúrgico no es un punto y aparte en nuestra vida cristiana. Toda esta alegría que hemos vivido en la Pascua y que a tantas cosas buenas nos ha impulsado la hemos de seguir viviendo con la misma intensidad, ha de seguir haciéndonos crecer en nuestra vida cristiana en todo ese proceso que ha de ser nuestra vida de seguimiento de Jesús.
No nos puede faltar nunca esa alegría en nuestra vida. Ya sabemos que tantas veces los caminos se nos oscurecen pero la luz y la fuerza del Espíritu siempre están con nosotros. No nos puede faltar la esperanza porque sabemos bien de quien nos fiamos y que con nosotros está el Señor que prometió que estaría siempre hasta la consumación de los tiempos. Esa alegría y esa esperanza que hemos de manifestar a través de tantos gestos hermosos que podemos tener con los que están a nuestro lado.
Cuantas sonrisas podemos despertar, cuanta luz podemos poner en los corazones atormentados, cuanta solidaridad puede resurgir en los que quizá caminan pensando solo en si mismos, pero que si ven un gesto solidario en quien está a su lado puede que se despierte su conciencia. Así en pequeños detalles cuantas cosas podemos hacer cada día para hacer un mundo mejor y más feliz, para que se haga más presente el Reino de Dios.
Finalmente recordar que hoy catorce de mayo celebramos a san Matías, el que fue elegido en sustitución de Jesús allí en el propio cenáculo en las vísperas de Pentecostés – coincidencia este año en la fecha vísperas de Pentecostés - . El Espíritu del Señor elige y llama al servicio del pueblo de Dios a los que quiere. Que seamos dóciles a esa moción del Espíritu y nos dejemos conducir al tiempo que sepamos aceptar a los que han sido elegidos del Señor.

viernes, 13 de mayo de 2016

Queremos decirle a Jesús que lo amamos no fruto de un fervor pasajero sino convencidos cuando hemos sentido su amor

Queremos decirle a Jesús que lo amamos no fruto de un fervor pasajero sino convencidos cuando hemos sentido su amor

Hechos 25, 13-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ la pregunta de Jesús a Simón Pedro podía sentirla hondamente como una daga que le atravesara la entrañas; más aun cuando la pregunta se repite hasta en tres ocasiones.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Le había prometido un día que estaría dispuesto a todo, incluso a dar la vida, aunque cuando llego el momento de dar la cara se echó para detrás; son las debilidades de la vida, prometemos y prometemos pero no sabemos el alcance que puedan tener nuestras palabras y nuestras promesas. Vemos quizá en un momento determinado las cosas fáciles fruto de un entusiasmo y de la emoción de un momento. Cuantas cosas hemos prometido al final de unos ejercicios espirituales vividos con mucho fervor, pero que quizá nos hizo pensar que fuera iba a seguir el mismo fervor y nada se nos iba a oponer.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Un día había dejado redes y barca para seguirle. Impresionado en la pesca milagrosa aquel mediodía se había sentido un humilde pecador – ‘Apartate de mi, Señor, que soy un pecador’, le había dicho – pero Jesús le prometía una pesca mejor y en otros mares más profundos. El había lanzado la red en aquella ocasión solamente porque se fiaba de su palabra ‘en tu nombre echaré la red’ y algo nuevo había comenzado en ellos.
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Se había dejado conducir por Jesús y había sabido escuchar la voz del Padre en su interior que le revelaba el misterio de Jesús. Fue Pedro el que se adelantó a dar la respuesta cuando Jesús preguntaba que decía la gente de El o qué decían ellos mismos. ‘Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Pero como le diría Jesús no eran revelaciones humanas, no eran cosas aprendidas de memoria, había sido el Padre del cielo el que se lo había revelado en su corazón.  ¿Cómo no iba a amar a Jesús?
‘Tú lo sabes todo, tú sabes cuánto te amo’. Con Jesús y elegido en especial por Jesús había subido al Tabor para aquella mañana de oración. Allí había sido testigo de la gloria de Dios. Tanto disfrutaba que ya estaba pensando en hacer unas tiendas para quedarse allí para siempre aunque los cálculos no fueron certeros en su previsión. Había escuchado de nuevo la voz del Padre: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. Claro que había que escucharle y seguirle; era lo que en todo el camino recorrido habían intentado aunque aun les costara entender lo que significaba la pasión y la muerte.
Yo quisiera escuchar en mi corazón esa misma pregunta de Jesús. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Pero importante es la respuesta que nosotros le demos a Jesús. Una respuesta que no pueden ser solo palabras. Repasemos la respuesta de Pedro como la hemos ido viendo reflejada en su vida y tratemos de calcarla nosotros en nuestra vida.
Le vamos a prometer, sí, que lo amamos a pesar de nuestras dudas, a pesar de nuestras debilidades. No nos vamos a quedar solo en momentos de fervor, sino que vamos a querer ser constantes en nuestro amor. Vamos a amarle porque en verdad queremos escucharle y porque queremos ser sus discípulos. Vamos a amarle y a recibir en nuestras manos esa misión que a nosotros también nos confía. No vamos a tener lo que de pasión y cruz tiene la pascua porque la vida del seguidor de Jesús es un participar de la Pascua de Cristo, una pascua que en toda su profundidad también nosotros hemos de vivir.

jueves, 12 de mayo de 2016

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Los cristianos con nuestras divisiones, nuestros recelos, desconfianzas, orgullos estamos poniendo palos en las ruedas del Reino de Dios

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Cuando ponemos gran empeño en sacar un proyecto adelante, un proyecto que consideramos de gran trascendencia para nosotros y para ese mundo nuevo que queremos construir, lo menos que desearíamos es que desde dentro, desde las personas que realizan ese proyecto se pusieran trabas o maquinásemos para destruirlo. Un encargo y un deseo sería que en verdad lo cuidáramos y no hiciéramos nada que pudiera ser obstáculo para llevarlo adelante. La experiencia de la vida nos dice cómo siempre encontraremos quienes están poniendo palos a las ruedas, desde las envidias, los orgullos, los recelos y en lugar de construir destruimos. Esto lo vemos claro en tantos hechos de la vida.
Son las recomendaciones y la oración que Jesús está haciendo por los discípulos, por el Reino de Dios que se está constituyendo, por la Iglesia que está naciendo. Es la oración por la unidad. ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Es importante esa unidad de todos los creyentes para que el mundo crea. Si nos ven divididos ¿cómo van a creer en la Palabra que les anunciamos?  Si nos ven desunidos mala imagen estamos dando del Reino de Dios.
Este tema de la unidad nos puede llevar a variadas consideraciones con muchas consecuencias en nuestra vida cristiana y en la vida de la Iglesia. Ya es un drama grande que a lo largo de los siglos se haya producido tantas rupturas y que teniendo todos una misma fe en Jesús nos etiquetemos con tan diversos nombres y hayamos creado esos abismos inmensos de separación y división. Damos gracias a Dios por los gestos de cercanía que se están dando en los últimos tiempos.
Pero yo quiero pensar ahora en nuestras propias comunidades parroquiales o en las comunidades religiosas. ¿Trabajaremos de verdad para que haya esa verdadera comunión y unidad en el día a día de nuestras comunidades? Bien sabemos de los recelos y desconfianzas que muchas veces aparecen. Mucho daría que pensar, porque lo triste sería que fuéramos nosotros los propios cristianos los que desde dentro estuviéramos frenando el avance de la Iglesia. Nos pide Jesús que vivamos unidos, que no nos destruyamos. Con el corazón en la mano nos lo esta pidiendo Jesús. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

Tenemos que ir a las periferias del mundo para hacer el anuncio del evangelio y no refugiarnos en los de siempre y donde no vamos a encontrar dificultades

Tenemos que ir a las periferias del mundo para hacer el anuncio del evangelio y no refugiarnos en los de siempre y donde no vamos a encontrar dificultades

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Seguimos escuchando y meditando en estos días la oración sacerdotal de Jesús. Qué consuelo sentimos allá en lo más hondo de nosotros mismos sabiendo que Jesús ora por nosotros.
En aquellos momentos de despedida tendría que ser un verdadero bálsamo de paz para los discípulos saber que Jesús oraba por ellos. El camino que se abre ante sus vidas es incierto y no va a estar exento de dificultades. Como seguimos viviendo nosotros hoy. Algunas veces queremos buscar como un refugio que nos aísle o nos desconecte de este mundo adverso y lleno de dificultades.
Tememos enfrentarnos al mundo haciendo el anuncio del evangelio, nos encerramos en nuestras iglesias, en nuestros grupos parroquiales, en nuestras cofradías y hermandades y en todo lo que haga referencia al culto, porque quizá mientras estamos allí dentro estamos tranquilos, nadie nos molesta, y quizá en ocasiones no nos llegue esa palabra revulsiva que nos haga salir de nosotros mismos para ir al encuentro con los demás en el anuncio del evangelio. El Papa nos está llamando la atención continuamente para que, como dice él, salgamos a las periferias. Pero quizá preferimos quedarnos en aquello que no nos da mucho problema.
Pero ese no es el espíritu del evangelio, el espíritu misionero que tiene que haber en nuestra vida de cristianos. Ya nos dice Jesús hoy que no pide al Padre que nos saque del mundo – eso que quizás nosotros prefiramos – sino que ahí en medio de ese mundo tenemos que dar testimonio de la verdad, ahí en medio de ese mundo es donde tenemos que santificarnos.

Nos hace falta el arrojo y la valentía de aquellos primeros discípulos y apóstoles que se lanzaron al mundo. Ellos sabían que contaban con la fuerza del Espíritu, por eso Jesús oraba por ellos. Es lo que nosotros tenemos que experimentar dentro de nosotros. Pidamos con intensidad en estos días en que nos acercamos a Pentecostés que venga el fuego del espíritu renovador de nuestra vida, que nos caldeemos en su amor, y que seamos en verdad testigos y misioneros de la verdad del Evangelio.

martes, 10 de mayo de 2016

Una oración sacerdotal y eclesial que hemos de saber hacer con Jesús porque todos han de tener cabida en nuestro corazón y con todos hemos de cantar la gloria de Dios

Una oración sacerdotal y eclesial que hemos de saber hacer con Jesús porque todos han de tener cabida en nuestro corazón y con todos hemos de cantar la gloria de Dios

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
Las palabras que vamos escuchando estos días en el evangelio son el final de aquel discurso de despedida después de la cena pascual en que Jesús iba abriendo su corazón a los suyos dejando entrever su ternura y su amor. Los momentos de despedida son propicios para ese desnudar el corazón dejando entrever todos los entresijos del  alma; momentos de confidencias, momentos en que uno descubre la intimidad más profunda del alma.
Todos lo habremos experimentado en alguna ocasión, cuando hemos tenido que arrancarnos de aquellos que amábamos con un amor especial. Son palabras de testamento no solo en el sentido de últimas voluntades sino más bien querer recordar con especial intensidad todo aquello que hayamos vivido; y vienen los recuerdos y las recomendaciones, los buenos deseos y las promesas de fidelidad y de amor que nunca quiere acabarse.
Jesús les habla de su gloria y de la gloria de Dios. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste’. ¿En que se va a manifestar esa gloria de Dios? ¿Cómo va a ser glorificado Jesús? Va a dar la vida eterna a los que el Padre le había confiado. Ahí está la gloria de Dios.  ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.
En la entrega suprema de la cruz se nos revela la gloria de Dios; porque en la entrega suprema de la cruz se va a manifestar el amor más grande. El sacrificio de Cristo es la gloria del Señor. Por eso nosotros queremos dar gloria a Dios y la hacemos en el sacrificio del altar, que no es otro que el sacrificio de la cruz. Todo honor y toda gloria, decimos, con Cristo, por Cristo, en Cristo. Todo honor y toda gloria al Padre de la gloria para siempre desde el sacrificio de Cristo, desde el amor de Cristo.
Y ahora Jesús dice que ruega por nosotros, que estamos en el mundo aunque no somos del mundo. Ruega por nosotros que tenemos que continuar nuestra tarea en medio del mundo, porque ahí tenemos que manifestar la gloria del Señor, para que nos sintamos seguros, para que no sintamos su ausencia. Es el padre, el amigo, el hermano que no nos quiere dejar solos, que nos quiere dar garantías de que estará siempre con nosotros. En el fondo está la promesa del Espíritu que nos va a enviar desde el seno del Padre.
Hacemos nosotros también esta oración sacerdotal de Jesús para sentir su fuerza y su gracia, pero hacemos esta oración sacerdotal de Jesús porque en nuestro corazón tienen que caber todos los hermanos y por ellos también nosotros hemos de pedir. Es la oración que con verdadero sentido eclesial  hemos de saber hacer siempre. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final

Cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final

Hechos 19,1-8; Sal 67; Juan 16,29-33
La experiencia y la sensación de sentirse solo y como abandonado cuando nos vienen los problemas es muy dura de asimilar y producen muchas tristezas y angustias en el alma. Es algo que sucede con demasiada frecuencia y no siempre sabemos reaccionar ante situaciones así; muchas veces cuando no hay la suficiente madurez y fortaleza interior bien sabemos que suelen acabar en tragedias.
Es lo que Jesús les anuncia que le va a pasar a él. En el relato evangélico que estamos escuchando estamos en las vísperas de la pasión y lo que Jesús les está diciendo va a suceder esa misma noche con El. Cuando llegue la hora del prendimiento en Getsemaní comenta el evangelista que todos le abandonaron y huyeron. Alguno como Pedro se llegó hasta los patios del sumo pontífice para ver en qué acababa aquello, y bien sabemos que en su cobardía le negó; solo Juan llegó hasta el final porque será el único que encontremos al pie de la cruz junto con su madre y las piadosas mujeres.
Pero Jesús nos da una clave. ‘Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre’. No se siente abandonado porque en manos del Padre pondrá su vida, porque no ha venido sino a hacer su voluntad. Y cuando tenemos la confianza de estar en las manos del Padre no tenemos miedo, tenemos asegurada la victoria final. ‘En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’. Tenemos la victoria de nuestra parte.
Ya nos diría en otra ocasión cuando nos anunciaba persecuciones y cárceles que no tuviéramos miedo porque el Espíritu del Señor pondría palabras en nuestros labios. Creo que tenemos que recordarlo, pero recordarlo de una forma viva. Porque sabemos muchas cosas quizás, pero en el momento de la dificultad, cuando vienen los problemas seguimos sintiéndonos solos y sin fuerzas. ¿Por qué? Porque olvidamos las palabras de Jesús. ‘Pero tened valor: yo he vencido al mundo’.
Es esa espiritualidad profunda que tenemos que ir logrando en nuestra vida, porque en verdad nos vayamos llenando de Dios, porque sintamos siempre la fuerza de su Espíritu, porque nos dejemos conducir por sus inspiraciones, porque no perdamos nunca esa paz interior por muchas que sean las dificultades, porque sepamos en todo momento ponernos en las manos del Padre. Para eso es necesario orar mucho, orar dejándonos impregnar por el Espíritu divino, orar escuchando a Dios en nuestro corazón, orar haciendo una lectura de nuestra vida y de cuanto nos sucede a través del filtro del Espíritu, del filtro de la Palabra de Dios.
Pidamos con fuerza la presencia del Espíritu en nuestra vida en esta última semana de Pascua que va a desembocar en Pentecostés. Que nos sintamos renovados y rejuvenecidos en el Espíritu.

domingo, 8 de mayo de 2016

La ascensión nos hace levantar nuestra mirada, contemplar la meta, el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos desentendemos de este mundo en el que tenemos que ser testigos de luz

La ascensión nos hace levantar nuestra mirada, contemplar la meta, el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos desentendemos de este mundo en el que tenemos que ser testigos de luz

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53
Hoy es la fiesta de la Ascensión del Señor al cielo donde esta sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso, como confesamos en el credo. En la piedad del pueblo cristiano esta fue una fiesta del tiempo pascual que se celebraban con gran devoción y solemnidad. Como muestra de ello todo esos signos que se realizan en la celebración de este día como las lluvias de pétalos que en muchos lugares caen sobre los fieles al paso de la procesión con el Santísimo.
Si durante toda la cuaresma queríamos avanzar en el misterio de Cristo – como lo expresábamos en la oración del primer domingo de cuaresma – ahora llegamos al conocimiento de esa plenitud del misterio de Cristo glorificado en su Ascensión. Es lo que nos decía el apóstol Pablo en la segunda lectura de este domingo. Espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo… descubrir la esperanza a la que nos llama, comprender esa riqueza de gloria que recibimos en herencia cuando nos llama a ser santos.
La ascensión nos hace levantar nuestra mirada; queremos contemplar la meta; contemplamos el camino que Jesús nos ha abierto, pero no nos hace desentendernos de este mundo. Y es que a este mundo hemos sido enviados con una misión. Esa maravilla del misterio de Dios que así nos ama y nos salva tenemos que anunciarlo.
Contemplar la ascensión del Señor no es simplemente una despedida. Jesús se va pero  viene a nosotros; está sentado a la derecha del Padre con todo poder y majestad, pero esta siempre con nosotros a nuestro lado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo nos dice. Por eso nos promete el envío del Espíritu que será nuestra fortaleza y nuestra vida, será el que nos lo enseñe todo y el que nos vaya guiando allá en nuestro interior como sigue guiando también a la Iglesia.
Celebrar la ascensión es ponernos en camino de Ascensión. Muchas veces hemos visto y reflexionado en ese camino de subida de Jesús. Subida al monte Tabor para la oración; subida a Jerusalén para la pascua; subida que es superarnos, esforzarnos, no contentarnos con quedarnos a ras de tierra, darnos cuenta de nuestras limitaciones y aspirar a algo mejor; subida que es ponernos metas en la vida; subida que es aprender a entrar en un camino de espiritualidad profunda. Celebramos la ascensión queriendo vivir todo esto con intensidad, pero también proponiéndolo a cuantos nos rodean.
Cuando no nos ponemos metas que nos hagan levantar nuestra vida, nos dejamos arrastrar por tantas rémoras que aparecen en la vida y que nos frenan, no nos dejan avanzar, nos impiden crecer de verdad. La vida es camino, es crecimiento, es superación; quedarnos en lo de siempre sin empujarnos un poquito para avanzar hará que al final más bien reculemos y caigamos por la pendiente de la rutina y la frialdad.
Porque no podemos olvidar que recibimos una misión. Jesús nos invita a esperar el cumplimiento de la promesa del Espíritu para que luego seamos testigos. Testigos de ascensión, de vida, de luz, de amor. Cuánto necesita nuestro mundo que brillen esos testigos porque estamos demasiado en sombras de muerte. Por eso, esta semana, con intensidad vamos a pedir que venga el Espíritu sobre nosotros, sobre su Iglesia, sobre nuestro mundo.

sábado, 7 de mayo de 2016

Nos sentimos envueltos en el amor y la ternura de Dios y así nosotros le amamos y queremos hacer siempre su voluntad

Nos sentimos envueltos en el amor y la ternura de Dios y así nosotros le amamos y queremos hacer siempre su voluntad

Hechos 18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Como madre quizá te habrás visto encantada cuando has apreciado que tu hijo tiene un amigo que lo quiere mucho y que está dispuesto a hacer por su amigo, por tu hijo, lo que sea para ayudarlo. Seguro que en tu corazón de madre has comenzado a querer al amigo de tu hijo y hasta hayas llegado a manifestarle cuanto te agrada ese amistad tan sincera y de alguna manera hasta has comenzado a quererlo, por el cariño que le tiene a tu hijo, como si fuera uno de los tuyos también. Y es que cuando vemos que quieren mucho a aquellos que nosotros amamos, comenzamos también a quererlos y ya los miramos como algo nuestro.
He pensado en esta experiencia humana que quizá hayamos vivido de alguna forma para entender bien lo que Jesús nos está diciendo del amor del Padre por nosotros. ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Amamos a Jesús porque en El hemos puesto toda nuestra confianza; queremos escucharle y queremos seguirle, a pesar incluso de nuestras debilidades. Así nos ama Dios. Pero fijémonos en esa ternura de Dios. ‘El Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis…’ Es un gozo grande que hemos de sentir en nuestra alma porque nos sentimos amados de Dios.
Por eso hoy Jesús nos invita a que pidamos al Padre en el nombre de Jesús. Tenemos la certeza de que somos escuchados porque el Padre nos ama y cuanto pidamos en el nombre de Jesús El nos lo concederá. ‘Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’.
Podríamos recordar aquí todos aquellos momentos en que Jesús a lo largo del evangelio nos enseña a pedir a Dios con la confianza de un hijo que se acerca a su padre. Podríamos recordar aquel momento en que Pedro echa las redes en el nombre de Jesús. Podríamos recordar cómo Jesús nos enseña a orar y nos da como modelo de oración el Padrenuestro, que precisamente comienza con esas palabras de confianza y de amor llamando a Dios Padre.
Sintámonos siempre envueltos en el amor de Dios, por la ternura y la misericordia de Dios y con esa confianza del amor hagamos con sentido nuestra oración.

viernes, 6 de mayo de 2016

Vivamos siempre la alegría de la fe y la satisfacción de la semilla que cada día sembramos porque lo hacemos con esperanza

Vivamos siempre la alegría de la fe y la satisfacción de la semilla que cada día sembramos porque lo hacemos con esperanza

Hechos 18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a

Sigue insistiéndonos Jesús en la alegría que tiene que haber en nuestra vida.  ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’. Y nos habla de la mujer que va a dar a luz en medio de los dolores del parte, pero que cuando ha nacido la criatura su corazón se llena de una alegría que nadie le puede quitar.
Es la alegría grande que sentimos siempre en nuestro corazón por el don de la fe. Es la alegría grande por la semilla sembrada aunque haya sido con dolor. Es la alegría y la satisfacción gozosa por el bien que hayamos hecho, por el deber cumplido, por la buena obra que hayamos realizado, por el gozo compartido, por el sufrimiento aceptado y  vivido como una ofrenda de amor.
Muchas veces nos cuestan las cosas. No siempre es fácil. Es necesario esfuerzo y mantener la constancia en la voluntad para llevar adelante esa obra buena que queremos realizar aunque nos cueste muchos sacrificios. Mantenernos en fidelidad frente a tantas cosas que nos tientan al desánimo, a tirar la toalla, a abandonar porque vemos que son muchas las dificultades no es fácil. Más aun cuando quizá no vemos respuesta, no se nos valora aquello que hacemos y no ya solo por los contrarios sino quizá muchas veces dentro mismo de nuestro grupo o nuestra comunidad.
Muchas veces nos sucede como aquello de la parábola que sembramos buena semilla y no podemos recoger fruto, o más bien vemos que en medio de nuestro trigo aparecen las malas hierbas, la cizaña que envenena nuestra cosecha, y podemos sentir la tentación de arrancarlo todo, como aquellos obreros de la parábola; pero hemos de saber tener paciencia, la paciencia que Dios tiene continuamente con nosotros que no siempre damos buena respuesta,  no siempre quizá damos los frutos que se nos pide, pero Dios sigue confiando, Dios sigue esperando nuestra buena respuesta.
Por eso hoy nos está señalando Jesús que no nos puede faltar en nuestro corazón la alegría en medio de las dificultades que nace de la esperanza. Al final nuestra alegría será completa. No lo veremos en plenitud en esta vida, pero nosotros sabemos darle trascendencia a lo que hacemos y sabemos que caminamos a una vida en plenitud, a una felicidad en plenitud que solo podremos encontrar en Dios, en la plenitud de su vida.
Pero mientras ahora vamos caminando sepamos sentir la satisfacción de todo eso bueno que logramos o que al menos intentamos. Que no nos falte nunca esa alegría en nuestro corazón que se refleje también en nuestro semblante. Nuestra sonrisa alegrará también el corazón de los que sufren a nuestro lado. Ya está bien de semblantes serios en el rostro de tantos cristianos que parece que van amargados por la vida. Eso no tiene ningún sentido en un cristiano que vive hondamente su fe. ¿Será que falta la esperanza y por eso no hay alegría y paz también en los momentos que no son tan fáciles? Recordemos aquello que decían los santos, ‘que un santo triste es un triste santo’.

jueves, 5 de mayo de 2016

Con Jesús la negrura de la tristeza y el pesimismo no nos puede vencer sino que siempre tiene que brillar la luz de la alegría y la paz

Con Jesús la negrura de la tristeza y el pesimismo no nos puede vencer sino que siempre tiene que brillar la luz de la alegría y la paz

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16,16-20

‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría…’ Nos habla Jesús hoy de tristezas y alegrías. Nos dice el diccionario que la tristeza es ese ‘sentimiento de dolor anímico producido por un suceso desfavorable que suele manifestarse con un estado de ánimo pesimista, la insatisfacción y la tendencia al llanto’.
Nos suceden cosas desagradables en la vida, porque bien sabemos que no todo es un camino de rosas, pero aun así las rosas tienen espinas; nos vienen contratiempos con los problemas que nos van surgiendo, enfermedades, amistades que se rompen, traiciones, envidias que nos hacen daño; quizá encontramos oposición a nuestras ideas y no sabemos como afrontar las situaciones con las que nos tenemos que enfrentar; no nos sentimos satisfechos con lo que vamos logrando o acaso nos sentimos fracasados en la vida; muchas cosas que nos pueden amargar el corazón, entristecer el alma, llenarnos de pesimismo y de negruras.
No olvidemos que las palabras que hoy le escuchamos a Jesús están en el marco de la cena pascual y forma parte de aquella conversación – llamémosla así – de despedida en que Jesús les va anunciando los acontecimientos inmediatos sino también como preparándolos para el nuevo camino que han de emprender. Muchas veces les ha hablado de las persecuciones que han de sufrir y tanto en referencia a una como a otra cosa están estas palabras que hoy escuchamos.
La muerte de Jesús va a aparecer como un triunfo inmediato de aquellos que quieren quitarlo de en medio, pero Jesús les está anunciando el triunfo verdadero de la resurrección. Ya escucharemos la alegría que iban a sentir en su encuentro con Cristo resucitado. Pero quiere decirnos mucho más Jesús. Es una referencia a esa alegría profunda que ha de vivir el cristiano siempre cualquiera que sea la situación por la que pase. Siempre podemos y tenemos que sentir la presencia de Cristo con nosotros.
En los caminos de la vida, como reflexionábamos al principio, nos encontramos muchas cosas que pueden entristecernos el alma. En el camino de nuestra vida cristiana, en el camino que como Iglesia seguimos haciendo en el hoy de nuestra historia también tenemos la tentación del desánimo, de la desesperanza, del entristecernos porque nos pueda parecer que la luz no brilla siempre en todo su esplendor.
Las situaciones de increencia que podamos contemplar a nuestro alrededor, la oposición que encontramos en las fuerzas del mal que parecen que quieren oscurecer nuestro mensaje del evangelio, las trabas de todo tipo que podamos encontrar en el anuncio del evangelio, las adversidades de todo tipo que van apareciendo y que nos pueden hacer difícil nuestro camino y nuestro testimonio nos pueden entristecer.
Es lo que Jesús nos anuncia. Pero escuchemos su Palabra en su totalidad. Nos habla de una alegría que nadie nos puede arrebatar. Esa paz que con Jesús llevamos en nuestro corazón no la podemos perder de ninguna manera. Ponemos nuestra fe y toda nuestra esperanza en el Señor. Y eso que pudiera parecer tristeza tiene que convertirse en alegría y en alegría de la mejor.
Con nosotros está el Señor y el poder del abismo no podrá contra la Iglesia, no podrá contra el mensaje cristiano. Tenemos la Palabra de Jesús, tenemos su presencia, tenemos la fuerza de su Espíritu. Confiemos. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad, pidamos que nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor

Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad, pidamos que nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor

Hechos 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15

‘Muchas cosas me quedan por deciros… cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena…’
Cómo podremos recordar todas las cosas que nos ha dicho y enseñado, podían quizá estar pensado los discípulos. Muchas cosas habían contemplado, muchas cosas le habían visto hacer y en todas ellas había una enseñanza, muchas cosas le habían escuchado tanto cuando les hablaba a las multitudes como cuando a ellos en particular ya fuera en casa o cuando iban de camino o marchaban a solas con El a lugares apartados, ¿cómo iban a recordarlo todo?
Si estando Jesús con ellos y recordándoles continuamente las cosas tanto les costaba hacerlas, vivir aquellas actitudes nuevas que de El iban aprendiendo, seguían con aquellas ambiciones ocultas en su corazón que muchas veces reaparecían, ¿cómo harían cuando El no estuviera con ellos? ¿Quién podría darles seguridad de que lo que iban a hacer y enseñar lo harían con fidelidad a la Buena Nueva que les había anunciado Jesús del Reino nuevo de Dios?
‘Cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, que os enviaré desde el Padre, os lo enseñará todo, os guiará hasta la verdad plena’. Era la promesa de Jesús. Por eso les dirá más tarde que se queden en Jerusalén hasta que se realice la promesa del Padre y entonces recibirán el Espíritu y habrán de marchar por todo el mundo, porque han de ser testigos de esa verdad y de esa salvación para que todo el que crea pueda alcanzar esa salvación.
Es la garantía con la que nosotros seguimos viviendo nuestra fe; es la garantía del camino de la Iglesia. Algunos podrán pensar que eso de la fe nos lo hemos inventado nosotros; algunos querrán acusar a la Iglesia que es una manipuladora de poder y que se inventa sus normas y sus leyes para guardarse en salud. Cosas así escuchamos en nuestro entorno; muchos verán a la iglesia como si fuera uno más de los poderes de este mundo y que los hombres nos hemos inventado.
Nosotros no lo vemos así, porque creemos en la Palabra de Jesús. Nosotros tenemos una fe que reconocemos que es un don de Dios que como hermosa semilla ha sembrado en nuestro corazón y que hace que tenga vida. Nosotros creemos en esa fuerza y en esa asistencia del Espíritu de Dios que nos guía, que nos ilumina, que conduce los caminos de la Iglesia. Nosotros creemos en la asistencia del Espíritu que nos hace mantenernos en esa plenitud de Verdad que es Cristo y su evangelio. Nosotros creemos en la Sabiduría de Dios que se nos manifiesta en el Espíritu que nos recuerda y nos hace vivas en nuestros corazones las Palabras de Jesús.
Con la fuerza del Espíritu la Iglesia camina en fidelidad. Si no fuera esa fuerza y esa gracia del Espíritu hace tiempo ya que la Iglesia se hubiera destruido a si misma, en las  manos de los hombres tentados a dejarnos arrastrar por nuestras ambiciones y llenos de nuestra vanagloria. Si la Iglesia sigue caminando en fidelidad es por la fuerza del Espíritu del Señor que la acompaña, la ilumina, la guía siempre hacia la verdad plena.
Nos acercamos a la fiesta de Pentecostés y el Evangelio nos va recordando las Palabras de Jesús que nos anuncian la venida del Espíritu. Oremos y pidamos que el Espíritu nos ilumine, llene y transforme nuestros corazones con el fuego de su amor.

martes, 3 de mayo de 2016

Confesando la fe pascual recibida de los apóstoles en la Cruz de Cristo que celebramos queremos seguir proclamando la victoria del amor y de la vida hoy

Confesando la fe pascual recibida de los apóstoles en la Cruz de Cristo que celebramos queremos seguir proclamando la victoria del amor y de la vida hoy

1Corintios 15, 1-8: Sal 18; Juan 14, 6-14
En esta fecha del tres de mayo quiero tener en cuenta en mi reflexión varios aspectos que confluyen en la celebración de este día y que creo que hemos de tener muy en cuenta. No olvidamos que seguimos en el espíritu del tiempo pascual que da color y sentido a todas las celebraciones de este tiempo, aunque hemos de tener en cuenta que este día la liturgia hace memoria de dos apóstoles del grupo de los Doce, Felipe y Santiago el Menor; por otra parte en la devoción popular este día está coloreado con el signo de la Cruz, en memoria de una antigua fiesta cristiana que hacia referencia al encuentro de la Cruz por parte de santa Elena, en Jerusalén en el entorno de lo que es hoy la Basílica del Santo Sepulcro o de la Resurrección.
Esta memoria de la cruz que se traduce en numerosas fiestas populares en nuestros pueblos y ciudades, con el enrame y adorno de la Cruz que marca muchos de nuestros caminos en pueblos y ciudades. Muchas son las ciudades también que llevan el nombre de la Santa Cruz, bien en referencia a la fundación de las mismas – como sucede aquí en nuestra tierra canaria – o desde la fe cristiana que siempre puso en un lugar preponderante la cruz redentora de Cristo.
La Palabra de Dios que se nos ofrece en la liturgia de este día, propia de la fiesta de los Apóstoles, Felipe y Santiago, que celebramos nos recuerda lo que es nuestra confesión de fe, la fe que profesamos y queremos vivir. Como nos dice el apóstol nos recuerda el evangelio que El proclamó y que aceptamos y en el que encontramos la salvación. Esa buena nueva nos anunciaba a Cristo que murió por nosotros, que resucitó al tercer día y resucitado se manifestó a los apóstoles y discípulos antes de enviarlos por el mundo a proclamar ese evangelio.
Se nos manifiesta ahí todo el sentido pascual de nuestra fe que da sentido a nuestra vida y por la que incluso estaríamos dispuestos a dar la vida. Esa fe que nosotros confesamos fundamentada en los apóstoles, primeros testigos de la resurrección de Cristo y de la que nosotros somos herederos.
Cuando nosotros en este día estamos venerando de manera especial la cruz de Cristo lo hacemos también desde ese sentido pascual. En la cruz se nos manifiesta ese paso de amor de Dios por nuestra vida y nuestro mundo para traernos la salvación.
Contemplamos y celebramos la cruz no como un instrumento de muerte sino como un signo de victoria. La cruz es la victoria del amor; es la gran manifestación del amor que Dios nos tiene que así entregó a su Hijo en la prueba más sublime del amor que es dar la vida por nosotros.
Levantando nosotros en lo alto la cruz queremos manifestar que esa victoria del amor y de la vida tiene que seguir estando presente en nuestro mundo. No podemos permitir que reine la muerte; no podemos permitir que venza el odio y el pecado. Levantamos en alto la cruz porque queremos que venza el amor, que sea la victoria de la vida porque por la cruz de Jesús nosotros nos comprometemos por el amor, nosotros nos comprometemos por la vida.
Y es lo que queremos seguir sembrando en nuestro mundo. Es la transformación de vida que estamos obligamos, estamos comprometidos a realizar desde esa fe que tenemos en Jesús, muerto y resucitado. No  nos quedamos en la muerte, no queremos permitir que siga reinando el sufrimiento, queremos ir al encuentro de la vida, queremos llevar la salud de Jesús a los demás y es lo que hacemos cuando anunciamos el evangelio. Es el compromiso de esta fiesta de la Cruz.