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sábado, 3 de octubre de 2015

Que nos llenemos de la alegría del Espíritu porque sepamos tener un corazón puro, humilde y sencillo para abrirnos a Dios y a los demás

Que nos llenemos de la alegría del Espíritu porque sepamos tener un corazón puro, humilde y sencillo para abrirnos a Dios y a los demás

Baruc 4, 5-12. 27-29; Sal 68; Lucas, 10, 17-24
A todos nos gusta la alegría; queremos estar contentos, queremos ver la gente a nuestro lado llena de alegría, ansiamos y deseamos ser felices y eso lo expresamos en la alegría de nuestros ojos y en múltiples expresiones y signos exteriores. No todos lo viven y expresan de igual manera. Como también sabemos que podemos expresar signos exteriores de alegría, pero sin embargo no la haya en nuestro interior, o que la busquemos en sucedáneos y no en aquello que nos dé una alegría honda profunda, que nos conduzca por verdaderos caminos de felicidad. Podemos tener incluso actitudes egoístas en la manifestación de nuestra alegría porque solo la busquemos para nosotros no importándonos las tristezas o las amarguras que pudiera haber en nuestro entorno.
¿Dónde buscamos y podemos encontrar esa verdadera alegría? Para comenzar decir que tiene que nacer de lo más hondo de nosotros buscando satisfacciones profundas que de verdad llenen nuestro espíritu. No nos podemos quedar en una alegría superficial, cuando dentro de nosotros no reina la paz, prevalecen los malos sentimientos, nos encerramos en nosotros mismos, no sabemos apreciar lo bueno y lo bello que hay en la misma vida que vivimos y también alrededor nuestro.
Qué satisfacción más grande sentimos tras el deber cumplido, tras el desarrollo pleno de nuestras responsabilidades; qué gozo sentimos cuando somos capaces de superar retos y obstáculos; qué alegría también cuando vemos que podemos poner nuestro granito de arena para hacer felices a los demás. Una verdadera alegría nunca nos aísla de los demás, nos llevará al compartir nuestra alegría para contagiarla a los demás y para que los demás vivan también en nuestra alegría.
Muchas cosas podríamos seguir reflexionando en torno a ello. He querido comenzar por estas breves pinceladas para introducirnos en el texto del evangelio de hoy. Se nos habla en él de la alegría. Por una parte nos habla de la alegría y satisfacción interior con que volvieron los apóstoles y discípulos después de cumplir con la misión encomendada por Jesús. ‘Los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Habían podido realizar la obra que Jesús les había encomendado de anunciar el Reino y habían visto como se realizaban las señales anunciadas por Jesús. La Palabra que anunciaban en nombre de Jesús era una Palabra de salvación con la que se iba liberando - salvando - del mal a quienes la escuchaban y acogían en su corazón. Y Jesús les dice que estén contentos porque sus nombres están inscritos en el libro de la vida.
Pero a continuación el evangelio nos habla de la alegría de Jesús. ‘Lleno de la alegría del Espíritu Santo’, nos dice el evangelista. No es una alegría cualquiera, es la alegría del Espíritu. Dios se nos revela, y se revela de manera especial a los pequeños y a los sencillos. Los de corazón humilde saben abrirse a Dios, escuchar a Dios. Los de corazón puro podrán conocer y contemplar el misterio de Dios. El llamará dichosos a los pobres, a los pequeños, a los de corazón humilde y sencillo,  a los puros de corazón, para ellos es el Reino de Dios, a ellos se les manifiesta Dios, podrán contemplar a Dios. Recordemos las bienaventuranzas. Y si en las bienaventuranzas los llamará dichosos, felices, es la felicidad y la alegría que Jesús siente ahora en su corazón.
Que encontremos nosotros el camino de esa verdadera alegría porque así vayamos viviendo en la vida con un corazón puro, humilde, sencillo. Podremos saborear de verdad las cosas bellas; podremos llenarnos de Dios; podremos sentir verdadera paz en nuestro corazón; aprenderemos a abrirnos a Dios pero a abrirnos necesariamente también a los demás; trabajaremos así porque reine la verdadera alegría en nuestro mundo.


viernes, 2 de octubre de 2015

Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión del santo Ángel de la Guarda

Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de la custodia y de la intercesión del santo Ángel de la Guarda

Baruc 1,15-22; Sal 78; Mateo 18, 1-5- 10
Hace unos días celebrábamos la festividad de los santos arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael. Entonces reflexionábamos sobre la gloria que en el cielo cantan a Dios los ángeles y arcángeles y todos los coros celestiales, considerando también la misión que habían tenido en la historia de la salvación, misión que siguen teniendo en medio de la Iglesia.
Pero la liturgia hoy nos recuerda y nos presenta a nuestra consideración la figura de los santos Ángeles Custodios. Ese ángel de Dios que está a nuestro lado acompañándonos en el camino de la vida para hacernos llegar esa inspiración del Señor, esa fuerza del Espíritu divino que nos preserva del mal y nos conduce por el camino del bien.
Si en otra época ya nos enseñaban desde pequeños aquellas oraciones que quizá nos parezcan muy infantiles en los que recordábamos esos Ángeles que nos acompañan en nuestra vida, hoy quizá es algo que tenemos muy olvidado. Pero la presencia de los ángeles del Señor está ahí a nuestro lado; cuántas veces frente al mal y la tentación que nos acecha, sentimos al mismo tiempo una fuerza interior que nos hace repeler ese mal y buscar la manera de alejarnos de la tentación; pensemos en ese ángel del Señor que nos cuida, nos protege, está a nuestro lado, nos hace sentir esa presencia y esa fuerza del Espíritu del Señor.
Y lo mismo tendríamos que decir de esa inspiración y fuerza interior que nos lleva a hacer el bien, en un momento determinado a sentir el animo para hasta olvidarnos de nosotros mismos para hacer lo bueno, para el compartir con el otro, o en nuestra lucha por la justicia y por la verdad. Reconozcamos esa presencia del ángel del Señor, del Ángel Custodio o Ángel de la Guarda, como solemos llamarlo.
San Basilio nos decía: ‘Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida’. Y en este sentido el catecismo nos enseña: ‘Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión’.
Que sepamos en verdad sentir su presencia y su protección y que nos dejemos conducir por sus divinas inspiraciones para que caminemos siempre por el camino del bien.
Hoy Jesús en el evangelio que nos ofrece la liturgia en este día nos ha hablado de ser como niños para entrar en el reino de los cielos, pero nos hablado también de cómo hemos de acoger a los niños y a los pequeños. Es un tema que nos ha servido muchas veces de reflexión y aunque ahora no profundicemos en ello, sin embargo sabemos muy bien que es algo que tenemos que tener siempre presente en nuestro actuar. Pero quería fijarme en las últimas palabras, que son el motivo por el que se nos ofrezcan en este día de los Ángeles Custodios.
‘Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’. Una referencia clara a nuestro santo Ángel Custodio que está siempre viendo en el cielo el rostro del Padre celestial. Esa presencia de nuestro ángel ante el trono de Dios nos hacer sentirnos también nosotros en esa presencia del Señor. Nos lo recuerda el ángel del Señor y nos ha de hacer vivir siempre en esa presencia de Dios; nosotros en la presencia de Dios y Dios siempre presente en nuestra vida. Sus santos Ángeles nos hacen llegar la fuerza y la gracia divina para vivir esa presencia de Dios.

jueves, 1 de octubre de 2015

Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a nuevos horizontes

Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a nuevos horizontes

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Sal 18; Lucas 10, 1-12

‘Designó otros setenta y dos discípulos y los envió por delante… a los lugares y sitios donde pensaba ir él… y les decía: Poneos en camino…’
Los envía y los envía a sitios y lugares distintos; no donde siempre se había ido, no donde ya lo conocían. Es significativo este detalle porque nos está diciendo cómo no podemos quedarnos en lo mismo ni en los mismos; es nuestra tentación, con aquello de que queremos dejar bien fortalecida la obra encomendada nos quedamos en lo mismo y nos quedamos con los mismos. Y el corazón del apóstol es un corazón inquieto que siempre busca más, busca lugares nuevos, de la misma manera que sabe que muchos otros que no han recibido la Buena Noticia y a los que tenemos que llegar.
Ponerse en camino no es quedarnos resguardados en el calor de nuestra casa, sino salir a la intemperie, abrirse a otros horizontes, enfrentarse quizá a otros problemas, ir al encuentro de otras personas, descubrir otras necesidades, salir a ese mundo real que quizá muchas veces estando cercano a nosotros quizá desconocemos. Ponerse en camino es ir tendiendo puentes a otros mundos, a otras personas; es romper barreras y fronteras para ir a lo que está más allá y quizá nos pueda resultar desconocido. Sin temores ni miedos porque vamos con la misión de Jesús y la fuerza de su Espíritu.
Dichosos los pies de los evangelizadores de la paz; dichosos los misioneros y los apóstoles que se arriesgan a ponerse en camino para llevar ese anuncio de la paz. Algunas veces parece que lo olvidamos reposando tranquilamente a la sombra de nuestro campanario, a la sombra de ese mundo en el que nos hemos acostumbrado a vivir plácidamente y terminamos que ya ni nos preocupamos de hacer de verdad ese anuncio a los que están cercanos a nosotros. Dichosos hemos de sentirnos porque aun hay misioneros, apóstoles que se arriesgan, que se lanzan por el mundo con ese encargo de Jesús. Han de ser para nosotros un despertador de nuestras conciencias.
El mundo nos necesita porque no tiene esa paz. Cuántos conflictos y guerras y no son solo esas guerras que parece que son las únicas que merecen unos titulares en los medios de comunicación, sino que son esas otras batallas y enfrentamientos que cada día afloran en nuestras mutuas relaciones cuando no nos respetamos ni aceptamos, cuando nos dejamos arrastrar por esos orgullos y desavenencias, cuando aun no hemos hecho desaparecer del todo la insolidaridad de nuestro corazón.
Es el mensaje que nos he encargado Jesús que llevemos a los demás cuando nos ha puesto en camino. Salgamos valientes, presurosos, decididos, con generosidad en el corazón a llevar ese anuncio de paz saltando barreras y fronteras para ser capaces de llegar también a esos que están más allá, en los que nunca hemos pensado o en los que nunca nos hemos fijado. Es la fuerza del Espíritu la que nos tiene que guiar.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Escuchando la llamada del Señor entramos en un nuevo espacio de libertad para seguirle con prontitud y radicalidad

Escuchando la llamada del Señor entramos en un nuevo espacio de libertad para seguirle con prontitud y radicalidad

Nehemías 2,1-8; Sal 136; Lucas 9,57-62

‘Maestro, te seguiré adonde vayas’ le dijo uno que quería seguir a Jesús. ¿Con que disposición seguimos a Jesús? ¿Es solamente cosa de un momento de fervor o de entusiasmo? ¿Será la reacción a una situación de fracaso en otras cosas por las que hemos pasado y ahí en la religión o en las cosas religiosas buscamos como un refugio que nos proteja?
Muchas veces oímos decir que aquel se quiso hacer o aquella chica se metió de religiosa porque tuvo un desengaño amoroso y tras esos fracasos de la vida la salida mejor, o el mejor refugio era hacerse cura o irse de monja. Reconocemos que son cosas que hemos oído más de una vez. ¿Sólo desde ahí podemos encontrar una motivación para una decisión tan importante de la vida?
Es cierto que la voz de Dios la podemos oír en circunstancias bien diversas; el Señor nos habla allá en lo secreto del corazón o nos manifiesta  sus designios a través de acontecimientos de la vida. Y ya cuando estamos diciendo esto estamos partiendo no solo de una cuestión solo de mi propia voluntad, sino de descubrir lo que son los designios de Dios. En el fondo tenemos que decir que nuestras decisiones no terminarán de tener el verdadero fundamento si no consideramos lo que es una llamada de Dios, lo que es la voluntad del Señor.
Seguir a Jesús no es cuestión de respuesta a momentos emotivos, sino que tenemos que arrancar de algo mucho más profundo. Cuando hablamos de vocación, como ya la misma palabra nos está indicando, estamos hablando de una llamada, es la llamada de Dios. Una llamada de Dios que en nosotros ha de encontrar unas especiales disposiciones, porque será necesaria una generosidad de corazón, una disponibilidad de la vida, un ser capaz de vaciarte de ti mismo y de tus voluntarismos para descubrir lo que es la voluntad del Señor.
Por ese camino van las respuestas que el Señor va dando a aquellos que quieren seguirle o a los que va haciendo su llamada. ‘Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’ le dice Jesús a aquel que primero se había ofrecido generosamente para seguirle. No podemos ir buscando un refugio, unas seguridades humanas. ‘El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’, le dice. Estaremos dispuestos a seguir a Jesús así con esa pobreza y esa disponibilidad. Recordemos cuando Jesús hace el envío de los discípulos que los envía en la pobreza, sin dinero en la faja, con una sola túnica y un par de sandalias, y solamente el bastón para caminar.
La vida pasada, lo que yo era, pensaba o tenía lo es lo que ahora tiene que prevalecer. Por eso es emprender un nuevo camino desprendiéndome de todo; en este caso Jesús dice que hasta de su familia, porque ‘el que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios’. Es situarnos en un espacio nuevo de libertad donde el corazón no puede estar apegado a nada.
Quien nos guía es el Espíritu del Señor y son los valores del evangelio y los valores del Reino los que ahora van a predominar en mi vida. Por el Reino de Dios nos vamos a poner del lado de los pobres, de los que sufren, de los que son perseguidos o no tenidos en cuenta; por el Reino de Dios entramos en nuevo camino de justicia y de solidaridad; por el Reino de Dios trabajar por la paz y la justicia será nuestra bandera.
Y cuando optamos por esos valores, cuando tenemos esos principios actuamos con la libertad de Dios en nuestro corazón; nuestro corazón tendrá que en verdad vacío de muchos apegos; y la decisión con que emprendemos ese nuevo camino no es solo cuestión de voluntarismo, sino de sentir la llamada del Señor y dejarnos conducir por su Espíritu.

martes, 29 de septiembre de 2015

En la fiesta de los santos Arcángeles nos unimos a los coros celestiales para cantar la gloria y la santidad del Señor

En la fiesta de los santos Arcángeles nos unimos a los coros celestiales para cantar la gloria y la santidad del Señor

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

‘Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor’, es el responsorio o antífona que nos ofrece la liturgia con el salmo para alabar y bendecir al Señor en esta fiesta de los santos Arcángeles que hoy celebramos. Comúnmente por tradición decimos que hoy es el día de san Miguel, puesto que los otros arcángeles tenían otro día para su fiesta, pero la reforma litúrgica unió su celebración en un único día. Por eso hoy celebramos a san Miguel, san Rafael y san Gabriel.
Los ángeles y los arcángeles cantan la gloria del Señor. Así lo expresamos en la liturgia y al comenzar la celebración de la Eucaristía, en el prefacio de la plegaria eucarística, nos unimos a los coros de los ángeles y arcángeles para cantar la gloria y la santidad del Señor. Dentro de unos días la liturgia nos ofrecerá la memoria de los santos Ángeles Custodios, esos Ángeles que están a nuestro lado para traernos la inspiración del Señor en ese camino de santidad que habríamos de recorrer.
Hoy son los santos arcángeles recordando de manera especial aquellos que en la aparecen con una misión muy especial y concreta en el desarrollo de la historia de la salvación. Mensajeros de Dios nos ayudan a descubrir el misterio de Dios y nos manifiestan lo que es la gloria del Señor. Es el ángel del Señor que anuncia el momento culminante de la salvación con la aparición del Arcángel Gabriel primero a Zacarías para el nacimiento del Bautista que había de preparar los caminos del Señor y luego a María que manifestaba así la efusión del Espíritu Santo para que de ella naciera el Hijo del Altísimo, nuestro Salvador.
Será el arcángel también que como mensajero divino viene a acompañar el camino de Tobías que será camino de salud y de vida para aquel hogar de hombres piadosos del Señor; es la misión del Arcángel Rafael. O será la manifestación del poder del Señor frente al mal que nos recuerda siempre la fortaleza del Señor en medio de nuestras adversidades y peligros para sentir así la gracia que nos haga mantenernos en fidelidad a Dios; el arcángel Miguel es el signo que nos manifiesta la presencia del Señor que nos llena de fortaleza.
El camino del creyente, el camino del cristiano ha de ser siempre un camino de fidelidad; muchas veces los caminos de la vida se nos oscurecen pero Dios nos hace sentir su luz y su presencia; es el Señor el que mueve nuestros corazones y nos fortalece con su gracia. Los ángeles del Señor nos hacen sentir esa presencia de Dios, inspiran nuestro corazón, nos hacen llegar ese mensaje divino que nos está manifestando siempre lo que es el amor eterno de Dios.
Que así vivamos y sintamos su presencia junto a nosotros; no como unos talismanes milagrosos que misteriosamente nos lo resuelvan todo, sino que nos ayuden a descubrir y sentir esa presencia de Dios, ese amor eterno que Dios nos tiene. Son espíritus puros que están junto a Dios y nos acompañan en el camino de la vida; muchas personas tienen una confusión grande con el misterio de los ángeles como si fueran espíritus que actúan por si mismos y que no nos manifestaran esa presencia y gracia del Señor. Hemos de verlos en todo su sentido. y pensemos que son siempre esos mensajeros de Dios que nos alcanzan esa gracia y fortaleza del Señor que es quien nos cura y nos salva, quien nos perdona y nos llena de la gracia divina que nos hace a nosotros también hijos de Dios.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Hazte pequeño que cuando hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y orgullo serás verdadera grande

Hazte pequeño que cuando hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y orgullo serás verdadera grande

Zacarías 8,1-8; Sal 101; Lucas 9,46-50

Quién es más… desde chiquillos estaban ya presentes esas luchas; quién es más alto, quien es más fuerte, quien llega más lejos, quien es más, en una palabra, importante. Como se preguntan hoy en el texto del evangelio en el grupo de los discípulos, quién es el más importante.
Y ya sabemos que cuando andamos con esas apetencias surgen las luchas, surgen las zancadillas, surgen los orgullos mal digeridos, surge el descontento y la división. Pasa en todas partes; nos pasa a todos los seres humanos en nuestros mutuos encuentros y relaciones; surgen las luchas políticas o los enfrentamientos en lo social. Al final terminamos yendo cada uno por nuestro lado encerrados en nuestro yo, en nuestro orgullo, en nuestro amor propio y terminamos pisoteándonos, porque no hemos terminado de respetarnos y de valorarnos en lo que cada uno es por sí mismo como persona.
Cuántas luchas y enfrentamientos, cuántos pisotones que nos damos unos a otros, cuántos proyectos que se anulan y vienen abajo como castillos de naipes, cuanta destrucción vamos creando en nuestro entorno con nuestras guerrillas, nuestras desconfianzas y recelos, nuestras apetencias por figurar y estar por encima, nuestras envidias que no solo destruyen el entramado social que nos rodea sino que nos destruyen a nosotros mismos.
Jesús que conocía bien cual es la debilidad del corazón humano no quiere que esto sucede entre los que le siguen, ni sea el estilo de la nueva comunidad. En los discípulos permanecen esas apetencias del corazón, pero Jesús estará continuamente al quite para enseñarles, para hacerles comprender, para que aprendan a llenar sus corazones de humildad y de generosidad. Humildad para reconocer donde están los verdaderos valores, para reconocer nuestras limitaciones, y humildad y generosidad para ser capaces de ponernos siempre disponibles desde lo que somos al servicio de los demás y al bien de la comunidad. Humildad y generosidad que no significa enterrar los talentos, que ya en otro momento nos exigirá que hemos de desarrollarlos, sino disposición generosa para el servicio y para el bien común.
Jesús nos repite hoy una vez donde está nuestra verdadera grandeza y como tenemos que saber acogernos y aceptarnos aunque nos pudiera parecer que el otro es más pequeño o vale menos. Nos quiere señalar Jesús cuales son los verdaderos valores de la persona. Tras las discusiones que le oye a sus discípulos ‘Jesús, adivinando lo que pensaban, cogió de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante’.
Quién es más, decíamos al principio, que es la pregunta permanente que nos hacemos y que se convierte en lucha muchas veces. Hazte pequeño, no importa que parezcas insignificante, que hay verdadero amor en tu corazón limpio de toda malicia y de todo orgullo, entonces serás grande.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor

Aceptemos lo bueno de los demás, sean quienes sean, para construir juntos con nuestros valores un mundo mejor

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
Qué celosos somos de nuestras cosas y de la manera cómo las hacemos; qué celosos somos de nuestros grupos o de los que son y piensan como nosotros. Como nosotros nadie hace las cosas; somos unos ‘chachis’, como decíamos en mi época; nadie como nuestro grupo, nuestro partido, los que son afines a nosotros. Sucede en muchos ámbitos de la vida, de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Y en consecuencia desconfiamos de los demás, que aunque hagan cosas buenas nosotros siempre le pondremos un ‘pero’; desconfiamos y nos volvemos suspicaces, o porque nos copian o porque queremos ver segundas intenciones o intenciones torcidas o partidistas en los demás. Seguro que al hilo de esto que reflexionamos podríamos poner muchos ejemplos.
Es lo que vemos reflejado de alguna manera en el texto del evangelio de hoy con la actitud de Juan que viene a decirle a Jesús que han visto a uno que hace cosas buenas y se lo trataron de impedir. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros’. Celosos de nuestras cosas y de los nuestros. Si no eran del grupo de Jesús, ¿cómo es que se atrevían a utilizar el nombre de Jesús para echar demonios?
‘No se lo impidáis, les dice Jesús… el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. No seamos desconfiados, podríamos de alguna manera traducir; dejemos que hagan el bien, valoremos que hagan el bien. El bien y la bondad no es algo exclusivo nuestro. Además quien está sembrando el bien, quien está sembrando amor, quien obra con rectitud y justicia, aunque quizá no lo sepa está también construyendo el reinado de Dios.
¿Significa eso que nosotros renegamos de nuestros principios, de nuestros valores? De ninguna manera. Nosotros podremos tener otras motivaciones y razones que nacen de nuestra fe y de la trascendencia con que vivimos nuestra vida, es cierto. Nosotros en nuestra fe y desde el testimonio y la Palabra de Jesús le podremos dar un sentido más amplio y más profundo a nuestro amor y a nuestro compromiso por los demás. Y nosotros seguiremos viviendo nuestro amor y nuestro compromiso cristiano desde esos valores profundos del evangelio, desde esa trascendencia de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana.
Pero aprovechemos todo lo bueno que podemos encontrar en nuestro mundo, en nuestro entorno, en los demás que también trabajan por los demás, se comprometen por hacer un mundo más justo, se dan y se entregan también desde la solidaridad con los que los rodean. Abramos bien los ojos para ver todo lo bueno esté donde esté. Hay mucha gente que actúa con rectitud, con generosidad, con auténtico espíritu solidario, es la búsqueda de la justicia y del bien.
No seamos tan obtusos de pensar que solo nosotros somos los buenos y los que sabemos hacer las cosas. No todo es malo en nuestro mundo, aunque desgraciadamente demasiadas veces nos pongamos las gafas oscuras para contemplarlo y nos parezca verlo todo negro. También hay mucha luz; hay mucha gente buena que trabaja por la justicia y también quiere amar solidariamente a los demás. Sepamos valorar todo eso bueno que hay en los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’.
Y esto aprendámoslo para vivirlo en el ámbito de nuestra vida cristiana, pero aprendámoslo en todas las circunstancias de la vida en lo social, en lo político, en lo cultural. Hay demasiados exclusivismos en nuestras relaciones y en las cosas que hacemos en la vida de nuestra sociedad; exclusivismos que son partidismos excesivos en lo político, por ejemplo, donde siempre al que se mira como adversario no le aceptamos que pueda hacer algo bueno o acertar en sus planteamientos, ni reconocerle incluso aquellas cosas que son comunes. Y así sucede en todos los ámbitos de la sociedad.
Reconozcamos además de que a pesar de tener los principios que tenemos y aprender de los valores del evangelio y actuar con la fuerza de Jesús también nosotros cometemos errores, muchas veces se nos puede manifestar el cansancio, o hacemos las cosas mal. No porque nuestros valores no sirvan o nos conduzcan por lo malo, sino por nuestra debilidad, nuestra inconstancia, y porque también nos podemos sentir tentados por el mal y torcer nuestros caminos. 
Que nunca nuestros tropiezos sean causa de tropiezo para los demás. Por eso tenemos que cuidar mucho la santidad de nuestra vida para que en verdad podamos ser luz, nuestro testimonio sea auténtico. Y aquello que nos podría hacer tropezar a nosotros arranquémoslo de nuestra vida, como nos enseña Jesús. Eso malo que hay en nosotros no solo nos hace tropezar a nosotros haciendo el mal, sino que además puede hacer de tropiezo para los demás. Por eso hemos de evitar el escándalo que podamos dar con nuestra vida, pensando en el significado de la palabra que es precisamente tropiezo.
Hoy nos enseña Jesús a valorar hasta lo más pequeño, lo que nos parezca tan insignificante como dar un vaso de agua. ‘No quedará sin recompensa’, nos dice. Hagamos el bien, aunque sean cosas pequeñas y aprendamos a valorar siempre el bien que hacen los demás. Como decíamos, todo son semillas del Reino de Dios. Claro que nosotros desde nuestra, desde esa motivación profunda que encontramos en Jesús queremos que Dios sea el centro de todo, que en verdad el sea el Señor de nuestra vida y de nuestra historia.
Quizá ese aspecto no lo tendrán en cuenta los demás, por la ausencia de la fe en sus vidas, pero con el testimonio que nosotros también podamos darle una luz puede comenzar a brillar en sus corazones para que también se encuentren con Dios. Lo bueno que nosotros vamos haciendo, por la rectitud con que lo hagamos, por el amor que vayamos poniendo en nuestra vida, sea una luz que ilumine. Como nos dice Jesús en otro lugar del Evangelio que vean nuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Aunque todo parecía que iba bien Jesús no deja de anunciarles los momentos de la pasión y de la entrega que han de ser su pascua

Aunque todo parecía que iba bien Jesús no deja de anunciarles los momentos de la pasión y de la entrega que han de ser su pascua

Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr. 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Cómo nos sentimos cuando, en medio de buenos momentos en que estamos saboreando el que las cosas nos estén marchando bien y estamos viendo quizá el éxito de nuestros logros, de nuestras luchas y quehaceres, nos vienen con una mala noticia, o nos dicen que quizá aquello que nos parecía un triunfo son solamente apariencias y las cosas van a ir mal muy pronto. Nos sentiríamos frustrados, desalentados, como un jarro de agua fría que nos echaran encima, como suele decirse. Quizá todo se nos vuelva oscuro y no sabemos cómo salir adelante ni el sentido de lo que nos pasa.
Algo así les estaba pasando a los discípulos. Todo parecía que iba bien, pues ellos veían como la gente se entusiasmaba por Jesús, había muchos que lo seguían y venían a escucharle de lejos y continuamente Jesús iba realizando signos con sus milagros de ese Reino nuevo que comenzaba, aunque ellos aun bien no terminaban de entender cómo se iba a realizar. En su interior seguían los sueños de grandezas humanas y ya hemos visto como en ocasiones disputan entre ellos sobre quien era el que iba a ser más importante en ese reino de Jesús.
Es lo que hoy nos trasparente este corto texto del evangelio que hemos escuchado. ‘Entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres’. Un jarro de agua fría. Entre la admiración general, dice el evangelista, Jesús aprovecha para seguir haciendo sus anuncios de pascua. No lo entienden; si las cosas van bien, las gentes siguen a Jesús, todo parece un éxito. Pero Jesús anuncia que lo van a entregar, Jesús anuncia prisión y muerte.
A los discípulos - y hablamos de aquellos más cercanos a Jesús que estaban siempre con El -les cuesta meterse eso en la cabeza. ‘Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto’. Y como dice el evangelista no se atreven ni a preguntar. No terminaban de entender lo que era el Reino de Dios que anunciaba Jesús. No pueden entender que tenga que haber esa pascua para Jesús, que significaría pasar por la pasión y la muerte, aunque, como les anunciara claramente en otras cosas, al tercer día habría resurrección.
Es el camino de la entrega, del servicio, del amor hasta el final. Y entregarnos y darnos por los demás, porque eso es amar y servir, significa olvidarnos más de nosotros mismos. Hacernos los últimos, como nos dirá en otra ocasión, será valorar por encima de todo a los demás, valorar por encima de nosotros mismos. No soy yo el importante, sino el importante es el otro, por el que me tengo que preocupar.
Es sentir verdadera desazón en nuestro corazón cuando vemos sufrimiento en los demás, hasta tal punto que nos olvidamos de nuestro propio sufrimiento, y comenzamos a buscar cómo remediar ese sufrimiento, qué podemos hacer para liberar de ese mal al hermano que sufre; comenzamos a desprendernos de nosotros mismos porque desde el amor nos duele el sufrimiento del hermano y ya no importa lo que guardemos para nosotros porque todo será buscar el bien del otro.
Claro que muchas mas reflexiones nos podríamos hacer desde este evangelio cuando nosotros en la vida hemos de vivir momentos de pascua, momentos de pasión, de sufrimiento, de muerte en nosotros mismos, cuando nos aparecen circunstancias adversas en nuestra vida, cuando quizá tenemos que dejar aquella tarea que estamos realizando con ilusión, cuando quizá tenemos que pasar por ser esa semilla enterrada en una vida oculta y sin ninguna realización exterior. Son momentos que se nos pueden hacer duros en que no entendemos lo que nos pasa ni por qué. Son los momentos en que tenemos que aprender a fiarnos del Señor y de sus caminos y designios para vida aunque quizá no los entienda o me cueste aceptarlos.
No puede decaer mi fe, porque ponemos nuestra mirada en el Señor, en su pasión, en su pascua, y viviremos con la esperanza de que todo un día puede dar fruto. Que no nos falte esa confianza en el Señor.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Unas preguntas de Jesús que nos tienen que llevar a unas respuestas llenas de vida que implican totalmente nuestra vida

Unas preguntas de Jesús que nos tienen que llevar a unas respuestas llenas de vida que implican totalmente nuestra vida

Ageo 2,1b-10; Sal 42; Lucas 9,18-22

‘¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre? ¿Quién dice que soy yo?’ ¿Quién dice la gente que es Jesús? Una pregunta que hace Jesús y una pregunta que nos hacemos nosotros para llegar también a preguntarnos como lo hace Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Nosotros, ¿qué decimos de Jesús? ¿Qué es Jesús para nosotros?
Pudiera parecer un totum revolutum de preguntas. Pero ciertamente es algo fundamental. Porque se puede pensar muchas cosas de Jesús. Escuchamos a la gente - y quizá nosotros mismos - y se comienzan a oír muchas cosas. Entonces decían un profeta, Juan Bautista que ha resucitado como decía Herodes, uno de los antiguos profetas, Elías que ha vuelto a aparecer, un caudillo que se iba a poner al frente de Israel para liberarlos de la opresión de pueblos extranjeros…
Nosotros también decimos o podemos escuchar muchas cosas semejantes, en un lenguaje quizá de nuestro tiempo; un líder, un amigo, alguien maravilloso, un revolucionario, uno como los antiguos profetas, el hombre mas maravilloso… o cuando entramos en los ámbitos de la fe y de la religión ya pensamos sí en el Salvador, el Mesías que estaba anunciado por los antiguos profetas, y hasta podemos llegar a decir que es el Hijo de Dios.
Y no es que minusvalore esas posibles respuestas que nos dé la gente, incluso las más acertadas cuando entramos en el ámbito de la fe, a la manera como respondió Pedro a la pregunta de Jesús. Pero lo que quizá tenga que cuestionarme y plantearme seriamente en mi interior es cómo esa respuesta que estoy dando es una respuesta que implica mi vida, una respuesta que estoy dando con toda mi vida, una respuesta que se va a reflejar en mis actitudes y comportamientos.
La fe que tenemos en Jesús no es cuestión de doctrinas, de palabras bien formuladas en el Credo y que nos hemos aprendido de memoria. El aprender a Jesús es aprehenderlo para meterlo en mi vida y yo meter mi vida en su vida para sentirme totalmente transformado por El. Es cuestión de vida, es cuestión de amor profundo que nos transforma, es cuestión de entrar en una unión profunda con Jesús meciéndolo hasta lo más hondo de la intimidad de mi vida.
Cómo amo a Jesús y estoy dispuesto a dar la vida por El; cómo me dejo transformar por El para que en mi vida le transparente a El, para que quien me vea pueda llegar a descubrir a ese Jesús en quien creo y le llegue a amar de la misma manera o más. Cómo soy capaz de seguir a Jesús sabiendo incluso que hay pasión y hay cruz, porque hay pascua, porque la entrega que tengo que comenzar a vivir me lo hace darlo todo, incluso la vida si fuera necesario. Es cuando digo que creo en Jesús y me dispongo a seguirle estoy dispuesto a todo, a un amor total siendo capaz de tomar la cruz y seguirle negándome a mi mismo.
Unas preguntas muy serias las que nos hace Jesús y que nos invita a que nos hagamos en lo más hondo de nosotros mismos. Unas respuestas que tienen que implicar totalmente nuestra vida. Es cuestión de una fe total y de un amor sin límites como el que vive El.


jueves, 24 de septiembre de 2015

Ante Jesús y su evangelio no nos podemos quedar en contemplarlo como si fuéramos solo espectadores

Ante Jesús y su evangelio no nos podemos quedar en contemplarlo como si fuéramos solo espectadores

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9

Al rey Herodes le llegan noticias sobre Jesús. Era normal, porque era el virrey de Galilea y a él llegarían noticias de cuanto sucediera en su reino. El acontecimiento de Jesús era público y notorio, porque como un profeta iba anunciando por todas partes en aldeas y pueblos de Galilea sobre todo un Reino nuevo que llamaba el Reino de Dios. Sus enseñanzas y sus milagros eran conocidos de todos.
Sin embargo había confusión entre las gentes y esa confusión afectaba también a Herodes. ¿Quién era Jesús? ¿Quién era ese profeta nuevo que surgía que muchos ya incluso lo consideraban el Mesías anunciado? Se preguntan las gentes y se lo pregunta también Herodes si era Juan el Bautista que había resucitado. Herodes reconocía que él lo había mandado encarcelar y luego decapitar. Un cierto desasosiego se producía en su interior quizá por un remordimiento de conciencia. Quería él también conocer a Jesús.
Quería conocer a Jesús pero quizás era un conocimiento, podríamos decir, de lejos, sin que le afectara lo que pudiera ser, decir o hacer Jesús. Por eso se quedaba solo en el deseo pero no buscaba manera de querer acercarse también para verle y escucharle. Ya sabemos que más tarde, cuando la pasión que Pilatos se lo envía estando en Jerusalén para que lo juzgue porque procedía de Galilea, solo buscará entretenimiento y el milagrito fácil para entretener a su corte, y Jesús no le dirá nada entonces; al final lo tratará de loco.
Muchos también quizá quieren conocer a Jesús, o se interesan de alguna manera por la religión y las cosas de la Iglesia; y hacen preguntas, pero preguntas quizá que no llegan a cosas de trascendencia, sino fijándose en cosas superficiales o cosas de menor importancia. Eso sigue sucediendo hoy - ¿por qué no decirlo así? - ante el fenómeno social que puede significar la figura del Papa Francisco. Que si hace esto o aquello, que si quiere hacer reformas o si debería actuar de esta o de la otra manera en una serie de cuestiones. Pero quizá tampoco vamos a más; tampoco se suscitan en el interior del hombre preguntas que sea trascendentales para la persona, que nos interroguen por el sentido de la vida, que nos hagan bucear de verdad en el evangelio.
Quizá nos sea fácil quedarnos desde fuera, como espectadores, y que esas cosas nos entretengan pero no afecten a lo más profundo de nuestro Ante Jesús y ante el evangelio no podemos ser meros espectadores; no podemos rehuir preguntas profundas sobre nuestro existir. Ya nos dirá Jesús que estamos con El o estamos contra El, lo que no podemos quedarnos al margen como espectadores.
Ante el evangelio tenemos que interrogarnos profundamente por dentro, hacer que en verdad sea semilla que se plante, se entierre bien en nuestro interior para que se pueda producir el milagro de una nueva vida. No nos quedamos en el evangelio haciéndonos unos comentarios o explicaciones históricas, porque el evangelio es algo mucho más profundo, que va a afectar a lo más profundo de nuestro ser, a afectar a nuestra salvación definitiva.
No nos insensibilicemos ante el evangelio ni busquemos en él tranquilizantes o entretenimientos. Es anuncio de vida, y no de una vida cualquiera, sino de vida eterna que solo en Dios podemos encontrar.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

Necesitamos que el anuncio del evangelio nos cure para que podamos mostrar en verdad las señales del Reino y el mundo crea

Necesitamos que el anuncio del evangelio nos cure para que podamos mostrar en verdad las señales del Reino y el mundo crea

Esdras,  9, 5-9; Sal. Tb 13,2.3-4.6; Lucas,  9,1-6

 ‘Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes’. Se pusieron en camino… anunciando… curando… haciendo presente la Buena Noticia del Reino.
Pero cuales eran las recomendaciones que Jesús les había hecho. El camino habían de hacerlo en pobreza, en humildad, en apertura de corazón, con generosidad. No habían de llevar nada. ‘No llevéis nada para el camino’. No habían de buscar apoyos humanos. ‘Ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto’. Abiertos a la generosidad de la gente. 'Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio’`. Su mensaje sería siempre un mensaje de paz, lo recibieran o no lo recibieran.
Y así se pusieron en camino. Y la Palabra anunciada era confirmada con las señales. Llevaban la salud y la paz, anunciaban la gracia y el perdón. Y quienes los escuchaban se sentían curados, se sentían transformados. Se estaba creando en verdad un mundo nuevo.
Fue la tarea de aquellos primeros discípulos escogidos y llamados de manera especial por Jesús pero sigue siendo nuestra tarea, la tarea de la Iglesia. Con el mismo espíritu tenemos nosotros que hacer también el anuncio del evangelio. Y decir con el mismo espíritu es la misma pobreza y la misma generosidad. Decir con el mismo espíritu es fiarnos del Espíritu del Señor que es nuestro único apoyo y quien nos guía, quien guía a la Iglesia y quien nos inspira a cada uno de nosotros en aquello bueno que vamos haciendo.
¿Será así como nosotros anunciamos el Evangelio? ¿Lograremos también esas  mismas curaciones de las que nos habla el evangelio? Las señales tienen que seguirse dando, porque no es nuestra obra sino la obra del Señor. No podemos ser obstáculo a ese obrar de Dios. Y somos obstáculo que impide que se manifiesten esas señales de Dios cuando confiamos más en nosotros mismos que en el Señor; somos obstáculo cuando pensamos que son los medios e instrumentos humanos los que hacen eficaz la obra que en nombre del Señor hemos de realizar; somos obstáculo cuando no brilla en nosotros ese espíritu de pobreza para ir al encuentro de los demás, sintiéndonos tan pobres que solo vamos a tener lo que ellos nos ofrezcan; somos obstáculo cuando nos presentamos con ostentación y vanidad en nosotros o en las cosas que llevamos o tenemos.
Cuántas cosas tendríamos que revisar en nuestra vida y en la apariencia que da la vida de la Iglesia. De cuántas cosas hemos de ser curados nosotros también. No podemos ser una iglesia del poder, sino una iglesia pobre que se hace igual que los pobres que la rodean. No es abajarse para parecernos, sino para ser pobre entre los pobres.
Necesitamos aprender a ponernos en camino con aquel mismo desprendimiento. Necesitamos ser evangelizados por esos pobres de nuestro mundo para que en verdad aprendamos a presentarnos con el verdadero espíritu de Jesús. Los apóstoles se pusieron en camino y al anunciar el evangelio iban curando por todas partes; somos nosotros, la iglesia, los primeros que necesitamos ser curados por la fuerza y por el anuncio del Evangelio para que podamos con todo sentido realizar nuestra misión.


martes, 22 de septiembre de 2015

Escuchamos la Palabra de Dios que nos impulsa a abrirnos al amor, al servicio, a la comunión de la nueva familia de Dios

Escuchamos la Palabra de Dios que nos impulsa a abrirnos al amor, al servicio, a la comunión de la nueva familia de Dios

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21

‘Estos son mi madre y mis hermanos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica’. Le habían dicho a Jesús que fuera estaba su madre y sus parientes que venían a verlo. Y esta fue la reacción de Jesús. Dejarnos esa hermosa sentencia. Escuchar la Palabra, pero no solo oírla, sino llevarla a la vida, llevarla a la práctica de cada día. Quienes así lo hicieran formarían parte de su nueva familia; así se constituía la nueva comunidad.
No es que no quisiera saber de su madre y de sus hermanos o parientes; quería más bien aprovechar todo momento para enseñarnos algo. Además María, su madre, era el mejor ejemplo y modelo de lo que estaba diciendo. María es modelo de escucha pero también de cómo hacer vida en la propia vida la Palabra de Dios escuchada. No quería María otra cosa que hacer que en ella se cumpliera siempre la voluntad de Dios.
Tenemos que recordar una y otra vez aquel episodio de Nazaret. María siempre tiene abierto su corazón a Dios, siempre quiere estar en la sintonía de Dios. Es así como recibe al ángel enviado por Dios, es así como se abre al misterio de Dios que se le manifiesta, es así como escucha y quiere hacerlo de una manera profunda la palabra que lleva a ella de parte de Dios.
Cuando la saluda el ángel se queda meditando en aquello que ha escuchado; quiere entenderlo pero quiere hacerlo vida de su vida; aunque le cueste entender, por eso pregunta, pero no quiere hacer otra cosa que descubrir los designios de Dios. Por eso María es la llena de Dios, la llena e inundada de la gracia de Dios. ‘Llena de gracia… porque el Señor está contigo’, le dice el ángel. Ella es la agraciada con el favor de Dios.
Por eso terminará sintiéndose la pequeña, la humilde, la esclava del Señor que no quiere otra cosa que hacer la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi, según tu palabra’. Que se cumpla en ella el designio de Dios es su deseo, es su oración. Y la Palabra de Dios se encarnó en ella; y la Palabra de Dios estuvo presente en su corazón durante toda su vida.
Esa Palabra de Dios que si le había abierto el corazón a Dios, ahora la llevaba a abrir su corazón a los demás; allí estaba María siempre dispuesta al servicio; allí estaba María siempre atenta allí donde hubiera una necesidad; allí estaría María donde se viviera la comunión en el amor; ahí estará María al pie de la cruz para hacer también su ofrenda de amor; pero ahí estará María siempre presente en la vida de la Iglesia para alentar a sus hijos a vivir en la comunión, en el servicio, en el amor.
Y hoy nos dice Jesús que si queremos ser parte de su familia, si queremos entrar en esa nueva comunidad de fe y de amor de todos los que quieren ser sus discípulos, tenemos que hacer como María, escuchar y plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón, en nuestra vida. Cuánto tenemos que aprender de María. Qué hermoso caminos hemos de recorrer de mano de María para vivir en el amor, para vivir en el servicio, para vivir en esa nueva comunión. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

Jesús pasando junto al publicano y llamándolo a seguirle nos enseña a saber valorar a todos y contar con todos

Jesús pasando junto al publicano y llamándolo a seguirle nos enseña a saber valorar a todos y contar con todos

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13
 ‘Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme’. Sentado al mostrador de los impuestos, luego era un publicano. Sin embargo Jesús le dice: ‘Sígueme’. Y aquel hombre ‘se levantó y lo siguió’.
Podía Jesús haber llamado a cualquier otro, pero llamó a aquel hombre, que estaba sentado al mostrador de los impuestos; un hombre que no era bien considerado, los llamaban publicanos, o lo que es lo mismo, pecadores. No tenían buena fama. Pero Jesús quiso contar con él. Luego a su mesa se sentarían con Jesús y sus discípulos los amigos de aquel publicano, publicanos y pecadores como él.
Ya vemos cómo daría pie a los fariseos para comenzar a murmurar. ‘Come con publicanos y pecadores’. Pero como dirá Jesús el médico estará allí donde hay un enfermo que curar. Y El había venido a curar y a salvar. Los justos no lo necesitarían. Los que se creían justos pensaban que no lo necesitaban. Pero ¿quién puede considerarse justo de verdad? ¿Quién puede tirar la primera piedra?
Para mi es un gran consuelo escuchar este evangelio. Jesús quiere contar con todos y quiere contar también conmigo aunque yo sea un pecador. El viene también a sanarme a mí. El quiere también contar conmigo. No sé cómo sentirán quienes están leyendo esta reflexión. Pero creo que todos, por muy buenos que seamos, necesitamos esa dosis de humildad para reconocer que no somos santos, que somos pecadores, pero también para sentir esa paz en nuestro corazón de sabernos amados de Dios.
Pero creo que también nos ayuda a abrir nuestros ojos para mirar con una mirada distinta a nuestro alrededor. El que sigue a Jesús ha de tener la mirada de Jesús y la mirada de Jesús es siempre una mirada de amor, una mirada de comprensión, una mirada que nos está diciendo a todos que nos ama y que cuenta con todos. Por eso con esa mirada nueva que tendrían que haber en nosotros hemos de aprender a contar con todos, a no discriminar a nadie, a valorar lo bueno que hay en toda persona; a considerar que todos somos débiles y pecadores, pero en todos puede haber y de hecho lo hay siempre muchas cosas buenas.
Hemos de cuidar mucho esas miradas farisaicas como las que vemos en el evangelio en aquellos que criticaban a Jesús porque comía con publicanos y pecadores. Nos hace falta esa nueva mirada en nuestro caminar por el mundo, en el ámbito en el que nos movemos, en nuestras relaciones con los que convivimos o viven cercanos a nosotros, en los compañeros de trabajo. Siempre nuestra mirada ha de ser una mirada que valore, una mirada que levante, que sea como una mano tendida a todo el que está a nuestro lado, para decirle que podemos caminar juntos.
Nos hace falta esa nueva mirada a la manera de Jesús en el entorno de nuestra Iglesia; sí, en anuestra iglesia, en nuestras comunidades, entre aquellos que vamos a misa juntos el domingo o con aquellos de nuestra comunidad que quizá no conozcamos y pasemos tantas veces de largo ante ellos. Pudiéramos convertirnos en los que nos creemos justos y buenos porque hacemos algunas cosas, y no valoramos a los que nos parece que no hacen nada; tenemos el peligro de no saber tender nuestra mano a tantos que están ahí cercanos a nosotros pero con los que nunca contamos o nos parece que no pueden hacer nada bueno. Actitudes y posturas que se nos pueden meter dentro de nosotros casi sin darnos cuenta, pero que nos están haciendo caminar lejos del espíritu del Evangelio.
Jesús al pasar vio a un publicano que estaba allí en su mostrador y a pesar de que nadie lo quería ni lo valoraba lo llamó a ir con El. Hoy tenemos el Evangelio de Jesús que nos trasmitió, el evangelio que llamamos de san Mateo. Para algo grande Jesús quería contar con El. 

domingo, 20 de septiembre de 2015

Mirar la pasión y la cruz de Jesús nos hacer ver hemos de ser los últimos y servidores para acoger y servir hasta al mas pequeño

Mirar la pasión y la cruz de Jesús nos hacer ver hemos de ser los últimos y servidores para acoger y servir hasta al más pequeño

Sab. 2, 12.17-20; Sal. 53; Sant. 3, 16-4, 3; Mc. 9, 30-37
Hay ocasiones en que por más claro que nos hablen parece que no queremos entender, nos cuesta más que entender aceptar aquello que nos están diciendo; y en ocasiones así es como si nos hiciéramos oídos sordos porque ni siquiera queremos preguntar porque nos parece que si nos lo explican bien nos van a comprometer más fácilmente en aquello que en el fondo sí que entendemos. Que nos hablan de sacrificios y de renuncias, que nos hablan de algo en lo que tendríamos que comprometernos, vamos a ver cómo podemos escapar, como no nos va a suceder esas cosas que nos anuncian, o cómo tratamos de que sean lo menos fuertes y duras que podamos.
Eso nos sucede en muchas ocasiones en la vida. Esto nos puede suceder en nuestra vida cristiana o en nuestra vida de compromiso por los demás. ¿Por qué tengo que ser yo el que tenga que ser el primero que me comprometa en esas cosas? ¿Por qué tengo que ser yo el que siempre está disponible para todo? ¿Por qué tengo que aparecer yo como ‘el último bobo’ que se pone siempre al servicio del otro? Y así cuantas preguntas nos surgen o cuantas disculpas nos buscamos, o como es la forma que nos hacemos en cierto modo oídos sordos y nos despistamos para no tener que comprometerme.
Algo así les estaba pasando a los discípulos en relación a lo que Jesús les venía anunciando. Ya no era la primera vez, porque ya el domingo pasado en páginas anteriores del evangelio lo escuchamos. Jesús habla de sacrificio y de muerte; anuncia lo que le va a suceder en Jerusalén, y por carambola podría pasarle a ellos algo parecido. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto a los tres días resucitará’, les decía. Ya Pedro, escuchábamos el otro día, trataba de disuadir a Jesús para quitarle esas ideas de la cabeza. Ahora no se atreven a preguntar, y eso que Jesús venía hablando con ellos como en un aparte del resto de los discípulos, porque a ellos de manera especial quería instruirlos.
Pero es que después de estos anuncios que les hace Jesús, pareciera como queriendo olvidarlo todo, continúan pensando en su interior en ese reino que iba a instaurar el Mesías y a ver qué puesto les iba a tocar a ellos. Fueron muchas las veces en que los encontraremos en tales discusiones. Quien iba a ser el primero y principal, a la manera como un día Santiago y Juan habían estado pidiendo sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda.
‘Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó Jesús: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quien era el más importante’. Como diríamos de una forma figurativa fueron cogidos con las manos en la masa.
Allí está Jesús que se sienta en medio de ellos. ¿Cómo va a explicarles una vez más para que terminen de entender cual es el sentido verdadero del Reino que está anunciando? Es normal que sintamos deseos en nuestro interior de vivir en dicha y felicidad; es cierto que nos gustan que nos reconozcan nuestros valores y lo que podemos hacer; tenemos deseos, sí, de grandeza y de plenitud en nuestro interior.
Pero ¿cómo en verdad podremos sentirnos verdaderamente dichosos, realizados, en plenitud de nuestro ser? No será en la apetencia de cosas grandes, de lugares importantes o de reconocimientos que los demás puedan hacernos de nuestro valer o de nuestra autoridad. Ahí tenemos a Jesús delante de nosotros, como lo estaba entonces allí sentado en medio de ellos, es el Hijo del Hombre que no ha venido a ser servido sino a servir, a hacerse el último y el servidor de todos. No nos va a pedir que Jesús algo que antes no haya hecho El. Y si nos plantea un sentido de la vida es lo que le vemos vivir a El.
‘Quien quiera ser el primero y el principal, que se haga el último de todos y el servidor de todos’. Ahí tenemos la verdadera grandeza. Es entonces cuando estaremos desarrollando nuestras verdaderas capacidades, es cuando van a resplandecer los verdaderos valores, es lo que nos hace grandes de verdad.
Y para hacer el último y el servidor de todos hay que comenzar a valorar en todo a los demás, también aquellos que nos pueden parecer menos importantes o con menos valores o que son más pequeños. Y eso cuesta, hemos de reconocerlo. Tenemos la tentación y el peligro de que broten impetuosos nuestros orgullos y el egoísmo de nuestro yo. Y como un signo bien significativo toma a un niño lo pone en medio y nos dice que hemos de saber acoger a un niño porque el que acoge a un niño lo está acogiendo a El y el que lo acoge a El acoge al que lo ha enviado.
El niño en aquella cultura era poco valorado y no se tenía en cuenta hasta que no llegara a la mayoría de edad. Nos puede parecer extraño, era así entonces, pero algún resabio de todo eso nos queda algunas veces. Ahí  nos queda la imagen, porque en la imagen del niño están todos los que consideramos pequeños, insignificantes, poco importantes en la vida; y pensemos cuantas discriminaciones tenemos el peligro de hacernos porque aquel vale menos, porque aquel otro es no sé de dónde, o de qué condición, o nos viene de fuera, o es de no sé que raza o religión; todavía hoy nos seguimos haciendo tantas distinciones y no a todos acogemos de la misma manera.
Pues Jesús nos está diciendo que nos hagamos los últimos y los servidores de esos que consideramos los últimos, los pequeños o los desheredados de la vida. Por ahí han de ir las verdaderas grandezas en el Reino de los cielos. Esto es lo que les costaba aceptar a los discípulos y hasta les daba miedo preguntar, pero esto es también, reconozcámoslo, lo que nos da miedo a nosotros y nos cuesta entender y aceptar.

sábado, 19 de septiembre de 2015

La parábola nos reta a plantar la semilla del Reino en esos lugares no tan lejanos a los que nunca hemos llevado la luz del Evangelio

La parábola nos reta a plantar la semilla del Reino en esos lugares no tan lejanos a los que nunca hemos llevado la luz del Evangelio

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15
¿Qué hacemos con la semilla? ¿Habremos sido capaces de ir a sembrarla a todos los sitios aunque nos pareciera difícil? Para empezar puede ser un interrogante que nos plantee la parábola que Jesús nos propone hoy.
Jesús iba de camino anunciando el reino de Dios y mucha gente le seguía, quería escucharle. Como dice hoy el evangelio  ‘se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo’. Y es entonces cuando les propone la parábola del sembrador. Bien significativo, porque es a muchos a los que llega el anuncio de la Buena Nueva del Reino, en cualquier situación y lugar. Es como vemos a Jesús caminando, de un lugar para otro, encontrándose con todos, no solo los que van a la sinagoga, sino en los cruces de los caminos, en la orilla del lago, en medio de los campos.
Normalmente cuando reflexionamos sobre esta parábola nos fijamos en esos diferentes tipos de tierra que reciben la semilla, pero lo hacemos sobre todo para analizarnos nosotros en nuestras actitudes ante la Palabra y cómo la recibimos y la plantamos en nuestra vida para hacer que llegue a dar fruto.
Hoy quisiera fijarme en otro aspecto. El sembrador salió a sembrar la semilla, pero no se paró en pensar donde estaría la tierra buena que pudiera hacer que aquella semilla germinara y llegara a dar fruto. Nos parece que eso hubiera sido lo lógico. Sin embargo sembrando a voleo dejó que la semilla llegara a toda clase de tierras, ya fueran endurecidas por las pisadas de los caminantes, ya estuvieran llenas de piedras o de abrojos o fuera la tierra buena. Es en lo que quiero fijarme.
¿Esa semilla de la Palabra, del anuncio del Reino solo tenemos que hacerla llegar a aquellos que ya están predispuestos para recibirla? ¿A los demás no tendríamos también que hacerles ese mismo anuncio, aunque sepamos que su corazón pueda estar endurecido por muchas cosas o se tengan demasiados apegos que nos pudieran parecer un obstáculo? Cuando Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio les dice que vayan por todo el mundo. No han de escoger entre un mundo bueno y bien predispuesto y un mundo malo que nos parezca imposible. El anuncio de la salvación tiene que ser universal.
Quizá demasiado nos hemos quedado al resguardo de nuestros templos y de la gente de siempre, los que siempre han estado cerca, pero nos haya faltado ese ímpetu misionero para ir también a lugares difíciles, a aquellos que nos parecía que fueran más reticentes para recibir esa semilla de la Palabra de Dios. Me podréis decir, bueno, los misioneros llegan a los países lejanos, a lugares donde nunca se ha anunciado el evangelio.
s cierto, pero también tendríamos que pensar que a los que quedamos aquí también se nos hace ese mismo encargo misionero y sin ir a lugares lejanos, podemos tener muy al lado nuestro lugares lejanos, personas alejadas, personas que por la situación que fuera no han recibido ese anuncio. También en esos corazones puede brotar esa semilla, haber una respuesta, puede encenderse de nuevo la luz de la fe que porque han tenido el corazón endurecido, porque haya muchos apegos en su corazón, porque vivan una vida sin ninguna profundidad, o porque quizá nosotros no lo hemos trabajado, hasta ahora no han dado respuesta, pero pueden darla.
Creo que es un reto que nos plantea hoy el evangelio. ¿Qué estamos haciendo con la semilla? ¿La estamos guardando para los de siempre o nos preocupamos de que llegue a esos, quizá demasiado cercanos a nosotros, en los que nunca nos hemos preocupado de sembrarla?