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sábado, 31 de julio de 2010

Unas cadenas que nos llevan a la muerte

Jer. 26, 11-16.24;
Sal. 68;
Mt. 14, 1-12

Cuando nos dejamos seducir por el mal y lo dejamos introducir en nuestra vida desde el desorden de unas pasiones descontroladas o desde un egoísmo u orgullo que nos encierra en nosotros mismos, pronto hará que nos sintamos encadenados a ese mal; ¿en qué sentido digo encadenados? no sólo en el sentido de que nos veamos esclavizados de ese mal sino también en el sentido de una cadena en la que un eslabón nos va llevando a otro eslabón y un pecado nos va introduciendo en otro pecado hasta convertirse en una cadena si no sin fin, sí sin que podamos romper fácilmente esa espiral de pecado.
Es lo que contemplamos en este episodio del martirio del Bautista, pero más que nada en la cadena sin fin de maldad del rey Herodes. Sus pasiones descontroladas se hacían vivir de una forma ilícita; el Bautista, como profeta y hombre de Dios, le denunciaba aquella forma de vivir, pero eso le costó la cárcel, ‘pues había mandado prender a Juan y lo había metido en cárcel encadenado’; segundo eslabón. ‘Quería mandarlo matar, pero temía a la gente’, es otro paso más en esa espiral en cuyas redes iba cayendo más y más.
La ocasión vendrá finalmente con la fiesta desenfrenada de su cumpleaños, las promesas bajo juramentos vanos a la hija de Herodías que había bailado en su honor, y finalmente la decapitación de Juan ante la petición de aquella malvada mujer que quería quitar de en medio a quien era un toque fuerte en la conciencia. ‘Dame ahora en una bandeja la cabeza de Juan Bautista’, fue la petición. Vendrían los temores y respetos humanos, como tantas veces que también nosotros nos sentimos cogidos por los respetos humanos y nos dejamos arrastrar por lo malo, y vendría finalmente la muerte del Bautista.
Creo que esta reflexión que nos hacemos contemplando el proceder de Herodes puede ser un buen toque de atención para nosotros. Cuántas veces comenzamos en nuestra debilidad por darle poca importancia a alguna cosa pero de la que luego nos sentiremos cogidos y nos irá llevando también de un mal a otro, de un pecado a otro pecado, sin que tengamos muchas veces la valentía de reconocer lo malo que hacemos para arrepentirnos y romper esa espiral de pecado en la que metemos nuestra vida.
Que el Señor nos dé luz y abra nuestros ojos para no caer en la seducción del mal y del pecado. Que tengamos una conciencia recta para saber discernir lo bueno de lo malo y caminemos siempre por la senda recta, por la senda del bien. ‘Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no se cierre la poza sobre mí’, como pedíamos en el salmo responsorial. ‘Yo soy un pobre malherido, Dios mío, que tu salvación me alcance…’
Hoy el Bautista nos ofrece el testimonio de su palabra valiente de denuncia del mal y del pecado, pero el testimonio final de su muerte, de su martirio. Que abramos nuestro corazón a Dios, como él supo hacerlo para dejarse transformar por la Palabra de Dios que anunciaba. La austeridad con que vivía en el desierto es también para nosotros un hermoso testimonio que nos ayude a discernir lo que verdaderamente es importante y así aprendamos también a negarnos a nosotros mismos para tomar el camino de Cristo. Además ese camino de negación y sacrificio será para nosotros una escuela buena y un buen entrenamiento para saber decir no al pecado que de tantas maneras quiere meterse en nuestra vida. No caigamos en las cadenas que nos llevan a la muerte.

viernes, 30 de julio de 2010

Necesarias actitudes de fe, humildad y acogida ante la Palabra

Jer. 26, 1-9;
Sal. 68;
Mt. 13, 54-58

Siempre es bueno que nos preguntemos y revisemos sobre las actitudes con que venimos a escuchar la Palabra de Dios y la fe que tengamos para aceptarla. Porque nos puede suceder que lo que deseemos sean palabras que nos halaguen o palabras elocuentes y bellas, palabras que satisfagan nuestra vanidad y por contra rehuyamos aquello que nos haga pensar o señale cosas que tendrían una exigencia distinta para nuestra vida. También podríamos tener prejuicios frente a quien nos anuncia la Palabra de Dios y eso haga que nos cueste también el aceptarla por una falta de verdadera humildad delante de Dios que quiere llegar a nosotros.
Sucedía con los profetas como hemos venido escuchando y hoy mismo con el profeta Jeremías, sucedió con Jesús mismo como vemos hoy en su propio pueblo de Nazaret, y nos sigue sucediendo muchas veces hoy.
Una vez más hemos visto que el profeta recibe una Palabra de Dios que tiene que anunciar y no será aceptado. ‘Vino esta palabra del Señor a Jeremías…’ El profeta simplemente trasmite el mensaje que el Señor le dice. ‘Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras. Y cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: eres reo de muerte…’ La invitación a la conversión que les hacía el profeta de parte de Dios no les agradaba porque les hacía reconocer su pecado y su impiedad que merecían el castigo del Señor. ‘El pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor’.
Sucede con Jesús en la sinagoga de Nazaret. Hemos escuchado muchas veces el relato paralelo en san Lucas. Y aunque la gente se admira de sus milagros y de su sabiduría - ‘¿de dónde saca este esa sabiduría y esos milagros?’ - no terminan de creer en Jesús. Primero orgullo porque allí se había criado, pero luego desconfianza, porque en fin de cuentas era uno de ellos.
¿Por qué esa desconfianza? ¿Quizá esperaban cosas más espectaculares? ¿Quizá deseaban escuchar un personaje venido de otros sitios? Jesús allí se había criado, era el hijo del carpintero, y allí estaban sus parientes. ‘¿De donde saca todo esto? Y desconfiaban de El… y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe’. Así les recordaría el clásico dicho ‘sólo en su tierra y en su patria desprecian a un profeta’.
Como nos planteábamos al principio creo que la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado lo que quiere hacernos es esa revisión de nuestras actitudes, nuestra fe, nuestra humildad ante la Palabra que nos llega, nuestra aceptación. Es una Palabra viva y que nos llena de vida. Puede manifestársenos en cosas muy sencillas, en pensamientos muy elementales quizá, pero siempre tiene la fuerza del Espíritu, la fuerza de la Palabra de Dios, que viene a nosotros como semilla que quiere germinar vida en nosotros, pero que dependerá de la tierra que seamos o de cómo la hayamos preparado. Recordemos las parábolas de la pasada semana.
Siempre hay un mensaje de vida, de salvación, de gracia para nosotros. Pero sepamos detenernos con humildad y con mucha fe ante esa Palabra que escuchamos y encontraremos ese mensaje del Señor para nosotros. Por eso es importante ese silencio de interiorización. No podemos escucharla a la carrera y pronto a otra cosa, sino que como lluvia mansa hemos de dejar que caiga lenta y pausadamente sobre nosotros para que vaya penetrando en nuestra vida y empapándonos de la gracia del Señor. Que no rechacemos nunca lo que el Señor quiere decirnos.

jueves, 29 de julio de 2010

Que del ramillete de nuestra fe y nuestra esperanza se desprendan los pétalos olorosos de nuestro amor


1Jn. 4, 7-16;
Sal. 33;
Jn. 11, 19-27

¡Dichoso hogar de Betania! Un hogar lleno de Dios, un hogar donde resplandecían, y de qué manera, las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza, el amor. Qué modelo más hermoso para nuestros hogares; cuánto podemos aprender para el ejercicio de todas las virtudes cristianas.
Estamos celebrando a Santa Marta, y hemos de fijarnos en ella de manera especial, la mayor de los tres hermanos, de aquella dichosa familia que tantas veces acogió a Jesús y a los discípulos en su hogar de Betania. Normalmente al fijarnos en ella la tenemos como modelo de servicio y de acogida, y cuando hoy estamos celebrándola en este hogar, pareciera que esas son de manera especial las virtudes en que hemos de fijarnos y en las que es modelo muy especifico de nuestros hogares.
Pero quisiéramos fijarnos en ese ramillete especial de las virtudes teologales del que se van desprendiendo luego como pétalos olorosos que nos dejan su perfume todas las demás virtudes que enriquecen nuestra vida cristiana. Podemos afirmar rotundamente cómo habitaba Dios en aquel hogar piadoso de personas profundamente creyentes y llenas de esperanza en las que resplandecía fuertemente el amor, fuente y origen de tantas otras virtudes y valores que allí vemos hermosamente encarnadas.
El evangelio que hemos escuchado nos lo manifiesta. Y es que la virtud de la fe empapa la vida del creyente para envolver todas sus actitudes y todas sus acciones de ese aroma de la fe que nos penetra profundamente para hacerse una misma cosa con nosotros, ya sea en los momentos fáciles de la vida como en los momentos difíciles.
Porque ser creyente no es sólo una afirmación que podamos hacer salida solamente de la cabeza o de nuestros razonamientos y en un momento determinado, sino que tiene que convertirse en la raíz profunda que nos hace afirmarnos, enraizarnos, totalmente en Dios cualesquiera que sea la circunstancia que vivamos. La fe da sentido y valor a lo que hacemos y a lo que vivimos; la fe no es un adorno que sobreponemos en un momento determinado sobre nuestra vida sino que tiene que motivar todo lo que hacemos, pensamos, decimos; en la fe encuentran su razón de ser todas las opciones que tengamos que hacer o el sentido que le damos a todo nuestro actuar.
Por eso decimos cómo habitaba Dios en aquel hogar, en aquellos corazones; y decimos que Dios habitaba en aquel hogar no solamente cuando recibían a Jesús con su acogida, que también por supuesto y de qué manera, o cuando proclamaban su fe en El, sino que era lo que les motivaba en todo lo que hacían y vivían desde su profunda vida de creyentes.
Decíamos que el evangelio de hoy nos lo manifiesta, aunque no nos quedamos sólo en los pocos versículos proclamados. Tendríamos que fijarnos en todo su entorno o contexto. Cuando Lázaro está enfermo, le mandan a decir a Jesús que el que ama, su amigo Lázaro, está enfermo. Y aunque Jesús no se haga presente en el momento – El les dirá a los discípulos mientras finalmente vienen, que aquella enfermedad y muerte no es mortal sino para que se manifiesta la gloria de Dios – aquellas mujeres siguen creyendo y manteniendo la esperanza en la vida sin fin.
Surgirá la oración quejumbrosa, porque Jesús no había llegado a tiempo según su parecer- ‘si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano…’ -, pero será también la oración llena de confianza: ‘sabemos que lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá’; pero, aún en ese momento difícil, - ¿cómo no iba a ser difícil si había muerto el que era el sustento de la familia? - se manifiesta, sin embargo, con toda firmeza la esperanza: ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’.
Jesús insistirá y pedirá una manifestación más explícita de su fe. ‘Yo soy la resurrección y la vida y el que cree en mí aunque haya muerto vivirá. ¿crees tú eso?’ Y la respuesta de Marta será contundente: ‘Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que tenía que venir al mundo’. ¡Qué hermosa confesión de fe y cuánto va a significar en sus vidas! Todo se va a transformar porque Dios les regalaba su amor con la vuelta a la vida de su hermano Lázaro.
San Juan en sus cartas afirmará: ‘Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en Dios y él en Dios’. Sí, Dios habitaba en aquel generoso y profundamente creyente corazón. Dios no podía menos que habitar en aquel hogar. Estaban confesando su fe en Jesús con expresiones semejantes a las que Pedro un día hiciera. Allí había unas personas profundamente creyentes y llenas de esperanza. Cómo no iba a resplandecer el amor en aquellos corazones. ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor’. Y ese amor de Dios se ha manifestado en Jesús, que ha venido y que ha venido como nuestro salvador. Y ese amor reinaba en el corazón de Marta y en el corazón de aquel hogar. ¿Cómo no iba Dios a habitar entre ellos? ¿Cómo no se iban a manifestar las maravillas del Señor?
Con un corazón así, con una fe tan grande y una esperanza tan arraigada, no nos extraña la actitud acogedora y hospitalaria que era norma de su vida, y que nos refleja en otros momentos del evangelio y que recientemente hemos escuchado. ‘Jesús entró en una aldea, nos había contado Lucas, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa’. Ya sabemos cómo se afanaba hasta la extenuación por atender y acoger al Maestro que había llegado a su casa. No quería que nada faltara porque el amor se inventa mil detalles para significarse y hacerse presente en las actitudes pero también en las acciones que realizamos para acoger al otro. Son esos pétalos olorosos y perfumados que se manifiestan en nuestros gestos humildes pero llenos de cariño, en esa escucha, en esa atención, en esa generosidad nacida desde lo más hondo de corazón. ¡Cuánto tendríamos que aprender!
Perfumemos nuestra vida con esos detalles de amor hacia los otros para que les hagamos la vida agradable a aquellos con los que convivimos. Desterremos de nosotros esos olores repelentes del egoísmo o de la envidia, de nuestros orgullos o de los resentimientos y rencores. Si supiéramos perfumar nuestra vida con el amor seríamos más felices y haríamos más felices a los demás. Aprendamos de Marta a abrir nuestro corazón a Dios que llega a nosotros.
Aprendamos esa virtud de la hospitalidad y dejemos que Jesús sea el huésped de nuestro corazón. Le acogemos y le recibimos en nuestra vida cuando por nuestra fe le confesamos también como el Hijo de Dios y el Salvador que tenía que venir al mundo.
Le acogemos y le recibimos disponiendo nuestro corazón para la oración, una oración humilde y confiada como la de Marta, una oración que se bebe sus Palabra como hiciera María, la hermana de Marta.
Le acogemos y le recibimos en los Sacramentos que llega a nosotros con su gracia que nos salva, nos perdona, nos llena de vida, nos alimenta, nos une profundamente a El. Pero sabemos también cómo tenemos que acogerle y recibirle en el hermano, en todo aquel que se acerca a nosotros o está a nuestro lado; y cómo tenemos que saber hacerlo en el hermano que sufre, que necesita de nuestro amor, de nuestra atención, de nuestra escucha, de nuestro consuelo. Ya sabemos lo que nos dice Jesús en el evangelio que todo lo que le hagamos al otro a El se lo estamos haciendo.
Aprendamos de Marta a mantenernos firmes en nuestra fe y nuestra esperanza también en los momentos difíciles y de dolor. No nos faltarán en la vida sufrimientos y amarguras en los achaques de nuestros cuerpos débiles o en los problemas que nos pueden ir apareciendo, porque nos aparece la enfermedad o porque en algún momento podemos sufrir desaires de los demás que pudieran hacernos sufrir. Pero si hemos sabido hundir las raíces de nuestra vida en la fe en el Señor, si hemos sabido llenarnos de esperanza y amor, de una forma distinta nos iremos enfrentado a todas esas cosas y la luz de Dios nunca abandonará nuestras vidas.
Que nuestro corazón esté siempre abierto para el Señor y en El pongamos toda nuestra esperanza y nuestra confianza. Aunque algunas veces las lágrimas puedan empañar nuestros ojos y nos cueste ver su presencia, su amor no nos faltará y su gracia estará siempre con nosotros. Como contemplamos hoy en santa Marta, que así llenemos nuestra vida de Dios, que así confesemos nuestra fe en Jesús como el Hijo de Dios que es nuestro Salvador y Dios permanecerá en nosotros y nosotros en El. Que del ramillete de nuestra fe y de nuestra esperanza se desprendan los pétalos olorosos de nuestro amor.

miércoles, 28 de julio de 2010

El tesoro de la fe por el que hemos de ser capaces de darlo todo

Jer. 15, 10.16-21;
Sal. 58;
Mt. 13, 44-46

En las cosas de la vida somos muy interesados y para conseguir aquello que anhelamos no nos importan los esfuerzos que haya que hacer o los sacrificios por los que tengamos que pasar. Y cuando digo en las cosas de la vida me refiero en primer lugar a las cosas materiales, las riquezas o placeres de este mundo y todas esas cosas que soñamos poseer porque en ellas quizá ponemos nuestra felicidad. El que aspirar a tener una buena cosa o un buen coche, un lugar importante o influyente en la vida o unas cosas de las que presumir, y así no sé cuantas cosas más en nuestra vanidad podemos desear.
Pero en las cosas de la Vida, y ahora pongo VIDA con mayúsculas, como pueden ser unos principios morales por los que regir nuestro caminar, una fe que nos ilumine, un Dios en quien creer y a quien amar, un sentido hondo a nuestra existencia, ¿seremos capaces igualmente de esforzarnos y hacer los sacrificios que sea con tal de vivir de esa manera? Pareciera que en las cosas de Dios somos mas remisos y tacaños, ponemos límites a los esfuerzos o deseos de superación, rehuimos lo que signifique un sacrificio o un negarnos a nosotros mismos. Pienso en lo tacaños que somos para Dios tantas veces a la hora de dedicar nuestro tiempo a las cosas de Dios o a las vivencias religiosas.
Cómo encontramos siempre mil disculpas para la misa del domingo; cómo nos cansamos tan fácilmente en nuestras celebraciones que siempre nos parecen largas, mientras en otras cosas se nos van las horas y nunca miramos el reloj. El otro día contemplaba a unas personas a las que había visto danzando en una fiesta sin manifestar ningún cansancio a pesar de ciertas deficiencias físicas que padecían, pero cuando llegaba la hora de la Misa se la pasaban sentadas porque era cansado estar de pie los momentos que hay que estarlo en la celebración. Es una anécdota, si queréis, pero que manifiesta quizá muchas actitudes que puede haber en el interior.
¿Será en verdad para nosotros la fe ese tesoro escondido y encontrado o esa perla preciosa de la que nos habla Jesús hoy en las parábolas? ‘El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo… se parece también a un comerciante en perlas finas que al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra…’ Nuestra fe en Jesús es ese tesoro, esa perla fina, por lo que tendríamos que ser capaces de darlo todo.
Tenemos que saber buscar ese tesoro. Tenemos que saber encontrarlo. Cristo viene a nosotros como lo más grande y hermoso que nos pueda suceder. Tenemos que despertar nuestra fe que muchas veces parece aletargada y dormida. Tenemos que descubrir de verdad toda la riqueza del Evangelio. A pesar de que cada día lo estemos escuchando y tanto hayamos oído hablar de Jesús y del Reino de Dios, algunas veces no le damos toda la importancia que tendríamos que darle. Y la fe pudiera convertirse en un adorno de nuestra vida que utilicemos según nos convenga.
Pero ese tesoro de nuestra fe es único, y por vivir esa fe tendríamos que ser capaces de darlo todo. Dios es lo más hermoso que nos puede suceder en la vida, nuestro encuentro con El, la escucha de su Palabra, su presencia en nuestra vida, allá en lo más hondo de nosotros. Valoremos nuestra fe; valoremos nuestro ser cristiano; valoremos todo lo que nos enseña Jesús; valoremos la salvación y el amor que Jesús nos ofrece. Démosle gracias a Dios por el don de la fe.

martes, 27 de julio de 2010

Quien lo encuentra vive para siempre

Jer. 14, 17-22;
Sal. 78;
Mt. 13, 36-43

‘La semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Cristo. Quien lo encuentra vive para siempre’. Es la antífona del Aleluya del Evangelio que hemos proclamado.
Estos últimos días hemos venido escuchando las parábolas con que Jesús nos habla del Reino de Dios y que san Mateo reúne en el capítulo trece, aunque en las diferentes fiestas que hemos tenido en ocasiones ha sido otro el evangelio proclamado. Hoy los discípulos cuando llegan a casa le piden que les explique la parábola del trigo y de la cizaña y hemos escuchado la explicación que les de Jesús.
El sembrador es Cristo y El siembra la buena semilla de la Palabra de Dios. Pero el maligno anda por medio y siembra la mala semilla. Es la realidad de nuestro mundo en el que convive el bien y el mal, quienes siembran la buena semilla en su corazón, pero también los que llenos de maldad se dejan seducir por esa mala semilla, por la cizaña del mal.
Quien lo encuentra vive para siempre, decía la antífona antes citada. Es lo que deseamos, lo que buscamos con ansia y no queremos perdernos en esa búsqueda. Recibimos muchas influencias desde el exterior, pero también el mal se nos puede meter en el corazón, porque como nos dice Jesús en otra ocasión es de ahí de donde salen los malos deseos. Por eso hemos de estar atentos, vigilantes, buscando la verdad de Jesús y su salvación; queriendo sentir en todo momento su fuerza y su vida. Porque queremos vivir para siempre, porque queremos tenerle a El siempre con nosotros.
Cada día, cada mañana o cada tarde, venimos a su encuentro y queremos alimentarnos de El. Queremos escucharle, porque queremos seguirle y vivirle. Queremos ser sus discípulos para seguir su camino aunque nos cueste y veamos muchas sombras alrededor. Pero no queremos apartarnos de su luz. No queremos dejar que nos inunden las tinieblas del mal que siempre están al acecho. Y además queremos ser luz para los demás, porque queremos llevarles a Cristo, porque queremos llevarlos a Cristo.
Cómo tenemos que saber aprovechar esta hermosa oportunidad que tenemos cada día. Con cuánta atención queremos escuchar su palabra. Queremos ser como nos dice Jesús hoy en el evangelio, ‘los justos que brillarán como el sol en el Reino de su Padre’.
Que demos frutos, que demos buenos frutos de esa semilla que ha sido sembrada en nuestro corazón, que resplandezcamos por nuestro amor, que brillen nuestras buenas obras, para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo. Nuestros frutos, los frutos de las buenas obras que hagamos tienen que ser luz para los demás para que ellos también vengan a Jesús.
Sin embargo, somos conscientes de que muchas veces nos llenamos de tinieblas porque somos pecadores. Como nos decía el profeta ‘reconocemos nuestra impiedad… porque pecamos contra ti. Pero no nos rechaces, por tu nombre… recuerda tu alianza… líbranos por el honor de tu nombre…’ como decíamos también en el salmo; recuerda, Señor, el amor que nos tienes, hemos de pedirle para que tenga misericordia de nosotros. Con cuánta confianza termina el profeta ‘¿no eres, Señor Dios nuestro, nuestra esperanza porque tú lo hiciste todo?’ En El ponemos toda nuestra esperanza.

Como Cristóbal seamos portadores de Cristo y de su luz


Como Cristóbal seamos portadores de Cristo y de su luz


Porque hoy se celebra en la ciudad de san Cristóbal de La Laguna el aniversario de la fundación de la ciudad por los castellanos una vez concluida la conquista de la isla, es por lo que hoy en la ciudad celebramos esta fiesta de san Cristóbal, que litúrgicamente se hubiera de haber celebrado el pasado día 10 de julio. El nombre de la ciudad va unida a san Cristóbal y en la ciudad lo celebramos con solemnidad, siendo además que es el titular de nuestra Diócesis cuyo nombre es Diócesis de san Cristóbal de La Laguna.
La vida y martirio de san Cristóbal a mediados del siglo tercero de nuestra era cristiana está muy rodeado de historias que parecen leyendas. Vamos a fijarnos más bien en su iconografía y en su nombre, porque de ahí podemos deducir muchas cosas para nuestra vida de seguimiento de Jesús.
Cristóbal o Cristóforo significa ‘portador de Cristo’. Hace referencia ello a una de esas historias que se cuentan de su vida. Y así se nos representa en la iconografía sagrada. Hombre fuerte y robusto que había dedicado su vida a las milicias terrestres por la providencia divina se encuentra con alguien que le ayuda a caminar hacia la luz de Cristo. En esa búsqueda viviendo en austeridad y penitencia se dedicó a trasportar sobre sus robustos hombros a quienes habían de vadear un río caudaloso y peligroso para el que no había un fácil paso.
Es así cómo llevando sobre los hombros a un niño que quería atravesar el río, la carga se hace mas pesada, las aguas del río se vuelven más peligrosas y sólo con la ayuda del niño que transportaba pudo terminar a salvo su recorrido. Aquel Niño era Jesús que así se le manifestaba y que le movería a abrazar plenamente la fe cristiana recibiendo el bautismo. De ahí su nombre que cambió de Relicto que era su antiguo nombre a Cristóbal, portador de Cristo. A partir de entonces se convertiría en celoso predicador del nombre de Jesús hasta llegar a dar su vida en el martirio en una de las persecuciones de los antiguos emperadores romanos.
‘De cuatro maneras —dice un escritor tan leído como es Tihamer Toth— llevó Cristóbal a Cristo: sobre sus hombros; en los labios, por la confesión y predicación de su nombre; en el corazón, por el amor; y en todo el cuerpo, por el martirio’.
Creo que podemos deducir un buen mensaje para nuestra vida. Que nosotros seamos también Cristóbal, o sea, que nosotros seamos también portadores de Cristo, cuando sepamos acoger en el amor a los hermanos, cuando sepamos compartir, ayudar, amar en una palabra a todo hermano que está a nuestro lado o nos sale al paso de nuestra vida. Cuántas oportunidades tenemos en el servicio de amor que podemos prestar cada día.
Pero que lo llevemos también en nuestros labios porque anunciemos el nombre de Cristo como única luz y como única salvación. A nuestro mundo convulso con tantas cosas que ponen en crisis nuestra vida, nuestros principios y nuestros valores, anunciemos al que es la única verdad de nuestra vida. Sólo en Jesús encontramos la verdadera sabiduría; sólo en Jesús encontramos la auténtica salvación; sólo Jesús es el verdadero camino que nos lleva a la más auténtica felicidad: sólo Jesús es la Vida que va a llevarnos a la plenitud, va a llenarnos de plenitud.
Algunas veces parece que andamos acobardados en la vida, como si no nos sintiéramos seguros de nuestra fe y de lo que es el auténtico sentido de nuestra vida que encontramos en Jesús. Pidamos ese Espíritu de fortaleza, de valentía, de sabiduría para dar en todo momento ese valiente testimonio de nuestra fe que tenemos que dar ante los ojos del mundo que podrá rechazarnos, pero que sabemos bien que necesita una luz; y nosotros podemos ofrecerle esa luz, porque nosotros podemos ofrecerle a Cristo.

lunes, 26 de julio de 2010

Queridos abuelos, gracias por cuanto de vosotros podemos aprender


Eclesiástico, 44, 1.10-15;
Sal. 131;
Mt. 13, 16-17


‘Alabemos a Joaquín y a Ana en su hija: en ella les dio el Señor la bendición de todos los pueblos’
. Estamos celebrando hoy en una misma fiesta a los padres de la Virgen María. No los conocemos por los evangelios, porque cuando se nos dan las genealogías de Jesús lo normal es que siguiera la línea del varón y por eso la ascendencia que se nos da es la de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, como se nos dice en una de ellas.
La liturgia recoge refiriéndolo a Joaquín y Ana, lo que se dice de aquellos ancianos venerables que ‘aguardaban el Consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’, Simeón y Ana que estaban en el templo todo el tiempo sirviendo a Dios y esperando ver un día al Salvador, como recordamos de otro pasaje del evangelio.
No entramos en nuestra reflexión en tradiciones referidas a los padres de María, sobre todo lo que nos relatan algunas evangelios apócrifos, sino que simplemente queremos festejarlos y celebrar al Señor recordando cómo los saludaba san Juan Damasceno: ‘Joaquín y Ana ¡feliz pareja! La creación entera os es deudora; por vosotros ofreció ella al Creador el don más excelente entre todos los dones: una madre venerable, la única digna de Aquel que la creó’.
Siendo los padres de María es normal que los miremos como los abuelos de Jesús. Es por ello por lo que este día se convierte en día de los abuelos, que nosotros además en nuestros centros, hogar de ancianos y casa de acogida de mayores, queremos celebrar también con especial fervor y entusiasmo.
La liturgia de este día nos ofrece un hermoso texto en la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico, que podemos decir que es un cántico a la ancianidad. ‘Hagamos el elogio de los hombres de bien, de la serie de nuestros antepasados…’ comenzaba el texto. ¿Cuál es el más hermoso recuerdo que podemos tener siempre de nuestros antepasados? Cuanto de bueno de ellos recibimos.
Algunas veces en el materialismo con que vivimos la vida parece como si lo único que nos preocupara es dejar unos bienes materiales o unas riquezas a los que siguen tras nosotros. Quizá cuando somos ya mayores nos ponemos a pensar qué es lo que realmente le habremos dejado a nuestros descendientes.
Que nos recuerden por lo bueno que le hayamos enseñado; que nos recuerden por la rectitud de nuestras vidas; que nos recuerden por esa palabra buena con la que en todo momento podemos aconsejarlos; que nos recuerden por nuestra paciencia y nuestro cariño, aunque no siempre seamos correspondidos, que nos recuerden por esa sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo con el paso de los años que quizá nos haya llevado también a profundizar en nuestra fe y en nuestras vivencias religiosas haciéndolas cada vez más auténticas.
Es la mejor herencia que podemos dejar, es por lo que realmente tendríamos que preocuparnos. Como decía el libro del Eclesiástico ‘su recuerdo dura por siempre, su caridad no se olvidará; sepultados sus cuerpos en paz, vive su fama por generaciones; el pueblo cuanta su sabiduría, la asamblea pregona su alabanza’.
Claro, es cierto, que quienes vamos tras vosotros tendríamos que saber hacer un reconocimiento de cuanta riqueza humana y espiritual nos dejáis con el ejemplo de vuestras vidas. Es cierto que el mejor homenaje que podemos haceros es aprender tanta lección que nos ofrecéis con vuestra vida, pero también corresponder con nuestro cariño, nuestra escucha, nuestra atención y preocuparnos seriamente para que los últimos años de vuestra vida, después de tantos trabajos y luchas los podáis vivir en paz, siendo bien atendidos y asistidos sin que os falte lo necesario para una vida digna.
En nuestros hogares eso queremos ofreceros. Todos los que formamos esta familia es lo que queremos hacer con todo cariño por vosotros. Dad gracias al Señor que os ha dado esta posibilidad y este regalo de que tengáis aquí quien os quiera y quien os atienda para no sentiros nunca en soledad. Que san Joaquín y santa Ana, venerables ancianos y abuelos del Señor os protejan y os llenen de las bendiciones de Dios y a nosotros nos den la fuerza necesaria para poder atenderos y serviros con el mayor de los cariños. Gracias por cuanto de vosotros podemos aprender.

domingo, 25 de julio de 2010

Beber el cáliz del Señor con alegría en el camino del servicio y de la entrega


Hechos, 4, 33.5, 12.27-33. 12, 2;
Sal. 66;
2Cor. 4, 7-15;
Mt. 20, 20-28


Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor en la fiesta de Santiago Apóstol que hoy estamos celebrando. Muchos son los motivos para la alegría en nuestra celebración y en la vivencia de nuestra fe.
Ya por ser la fiesta de un apóstol la Iglesia se regocija porque celebramos a uno de aquellos doce que el Señor llamó junto a El y los envió con esa misión especial del anunciar el Reino de Dios por todo el mundo; pero cuánto más nosotros nos alegramos en la fiesta del Apóstol Santiago porque mantenemos la tradición de que en nuestras tierras hispanas el fuera el apóstol que viniera a anunciaros el evangelio y porque aquí en el solar de nuestra tierra tenemos la secular tradición de su tumba convertida a través de los siglos en un punto importante de peregrinación de cristianos venidos de todas partes.
Este año con un gozo especial al ser año del jubileo jacobeo al coincidir la festividad del apóstol en un domingo. El camino de santiago que arranca de todos los puntos de Europa converge hoy en el campo de las estrellas, en Compostela junto a la tumba del Apóstol. Camino que nos lleva a Santiago, cuántos peregrinos hacen su recorrido, pero es camino que lleva al encuentro consigo mismo, pero más aún a un encuentro vivo con el Señor, que ese es su más hondo sentido y valor. Cuánto nos puede enseñar el hacer camino y cuántas reflexiones podríamos hacernos en torno a esa imagen del camino.
Santiago, testigo predilecto como lo llama la liturgia, fue el primero entre los apóstoles en beber el cáliz del Señor como se nos repite una y otra vez en nuestra celebración, como especial referencia a su martirio, del que nos ha hablado el texto de los Hechos de los Apóstoles, pero referencia también a lo escuchado en el evangelio. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’, que les pregunta Jesús.
Bien sabemos que fue de los primeros llamados por Jesús allá en la orilla del lago mientras estaba en la barca repasando las redes con su hermano Juan y con su padre y los jornaleros; pero al escuchar la voz del Maestro atrás quedaría todo para seguirle de forma generosa y desinteresada, aunque pronto pudieran aparecer los deseos de primeros puestos en el Reino en la petición de la madre, quizá por aquello de que eran los parientes de Jesús.
‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’, pide la madre que como toda madre sueña siempre con lo que le parece mejor para sus hijos. Pero la pregunta de Jesús no va dirigida a la madre sino a aquellos que pudieran estar pensando en lugares importantes en su reino. ‘No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ La respuesta está pronta - ‘Podemos’ -, pero la promesa de Jesús es solamente que ese cáliz si habrán de beberlo. ‘Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toda a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre’.
¿Quiénes serán los afortunados que tendrán esa reserva garantizada? ¿Qué significará beber el cáliz que Jesús ha de beber? Lo que sigue a continuación, motivado quizá por los recelos de los otros diez, en las palabras de Jesús, podemos encontrar la pista que de respuesta a esas preguntas.
Beber el cáliz es seguir los mismos pasos de Jesús; es ponerse en camino para seguir a Jesús y hacer que nuestra vida se identifique totalmente con la de El; beber el cáliz es compartir la experiencia de la vida y de la muerte de Jesús; es ser capaces de negarse a sí mismos para tomar la cruz de cada día, esa cruz que nos puede aparecer en el sufrimiento y en el dolor, en los mismos contratiempos que nos da la vida o en esas incomprensiones que podamos sufrir por parte de los demás; es renunciar a los honores y a las grandezas porque solamente los que saben hacerse los últimos, podrán ser importantes en el reino de los cielos; es ponernos en esa misma actitud de servicio que Jesús; pasa por el camino del desprendimiento y del olvido de sí mismo para vivir una entrega como la de Jesús; pasa por ser capaz de llegar hasta el final haciendo la ofrenda más hermosa que se pueda hacer en el nombre del amor, siendo capaces de dar la vida también por Cristo en el martirio que vivió el apóstol.
Nos lo dice Jesús con la explicación que les da a partir de los recelos y desconfianzas que surgen y nos lo explicará también el apóstol en lo que hemos escuchado en la carta a los Corintios. ‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’. Con eso no hacemos sino imitar a Jesús, seguir sus pasos, vivir sus mismas actitudes, copiar en nosotros su amor. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos’.
En este sentido san Pablo nos hablará de la humildad y pequeñez de nuestra vida, porque lo importante no es lo que nosotros seamos o hagamos sino lo que hace el Señor. ‘Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros…’ nos dice. Es la grandeza del apóstol que se siente un instrumento en las manos de Dios. Un instrumento que pasa muchas veces por caminos de incomprensión y de oposición pero que se siente seguro en el Señor. Nunca tememos hacernos los últimos, sino que, todo lo contrario, lo hacemos con alegría y hasta con entusiasmo. Como ‘los apóstoles que daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor en medio del pueblo’, que nos decía la primera lectura.
Será el camino del martirio – nos habla la primera lectura del martirio de Santiago que fue mandado a pasar a cuchillo por Herodes – pero como es una entrega de amor será siempre vivido con alegría y con esperanza porque así se manifiesta mejor el nombre de Jesús a todos los pueblos. ‘Llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, nos dice el apóstol, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal…’ Es el testimonio que estamos invitados a dar cuando celebramos esta fiesta del Apóstol.
Que con la guía y el patrocinio del Apóstol Santiago se conserve la fe en nuestro corazón y en nuestro pueblo y se dilate por toda la tierra, le pedimos al apóstol hoy siguiendo el rastro de la liturgia. Que de la misma manera que la sangre derramada del apóstol Santiago consagró los trabajos de los primeros apóstoles, así se sienta hoy fortalecida la Iglesia manteniéndonos en total fidelidad a Cristo.
Que no temamos beber el cáliz del Señor porque emprendamos sin ningún temor ese camino de servicio vivido en alegría y esperanza, porque, además hemos de reconocer, que un servicio que no se presta con alegría no será nunca un servicio completo; por eso aunque tengamos que tomar la cruz para seguir al Señor lo vamos a hacer siempre con esa alegría y ese gozo hondo que encontramos en la gracia que nunca nos falta. Nos es necesaria, nos hace falta esa alegría a los cristianos en el testimonio que damos de nuestra fe.

sábado, 24 de julio de 2010

Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos

Jer. 7, 1-11;
Sal. 83;
Mt. 13, 24-30

‘¡Qué deseables con tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Es el responsorio del salmo que hoy hemos recitado. ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿Es una referencia sólo al templo del Cielo lleno de la inmensidad de la presencia de Dios? ¿Podríamos estarnos refiriendo también a los templos que aquí en la tierra se convierten para nosotros en signos de la presencia de Dios en medio nuestro y donde también en nuestra liturgia cantamos la gloria del Señor, alabamos a Dios?
Una y otra cosa, me atrevo a decir. Es un deseo de Dios. Un deseo de sentirnos en la presencia de Dios, inundados por su gloria, henchidos de su presencia, rebosantes de la alegría de sentirnos en su gloria. La plenitud de esa presencia de Dios, ya sin velos que nos lo oculten, la tendremos en el cielo, donde gocemos en toda plenitud de la gloria de Dios. Es la meta por la que suspiramos, que esperamos alcanzar un día.
Pero, aquí en la tierra, ¿no podemos disfrutar de esa presencia y gloria del Señor? En nuestra fe sabemos que Dios está en todas partes, nada se oculta a su presencia. Pero será sólo con los ojos de nuestra fe con los que podremos vislumbrar y gustar de esa presencia de Dios y siempre aquí en la tierra de manera imperfecta. Ojalá fuera tan grande nuestra fe que nunca dejemos de pensar que estamos en su presencia y que todo lo que hagamos siempre ha de ser para la gloria del Señor.
Sin embargo hay más signos de esa presencia de Dios en medio de nosotros como son nuestros templos y la liturgia que en ellos celebramos con los que anticipadamente de alguna forma queremos participar de la liturgia celestial, nos unimos desde aquí en la tierra a esa liturgia celestial.
Los templos esos lugares que hemos consagrado al Señor para su culto y para que en ellos gustemos de esa presencia especial del Señor. No son nuestros templos un lugar cualquiera como cualquier salón de nuestra casa o cualquier otro edificio que en lo civil hayamos construido. Nuestras templos han sido bendecidos, dedicados o consagrados al culto del Señor y por ello se convierten para nosotros en esos lugares donde podemos gozar de una presencia especial del Señor. Hoy queremos tanto desacralizar todo, que desgraciadamente algunas veces olvidamos ese sentido sagrado que tienen nuestros templos que para eso han sido bendecidos o consagrados.
Y no digamos nada cuando celebramos nuestra liturgia. Con su solemnidad y con su sobriedad y sencillez al mismo tiempo, porque utilizamos elementos y signos humanos porque es lo que tenemos para poder expresar lo que llevamos en el corazón, cuando estamos viviendo una celebración litúrgica, ya sea la Eucaristía o cualquier otro sacramento, ahí estamos pregustando esa gloria del cielo.
Nos unimos a los ángeles y a los santos, nos unimos a todos los coros celestiales, queremos cantar la alabanza y la gloria del Señor. Fijémonos cómo lo vamos expresando en la liturgia con nuestras palabras, nuestros signos y gestos, nuestros ritos, nuestros cantos. Todo nos habla de la gloria de Dios. Todo lo queremos hacer para cantar la gloria del Señor. Todo lo queremos hacer en alabanza y bendición a Dios.
‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor; mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo… dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre… vale más un día en tus atrios… prefiero el umbral de la casa de Dios…’ así hemos ido diciendo hoy en el salmo.
Pero nos queda una cosa que reflexionar, uniéndolo a lo que hemos escuchado hoy al profeta. Ese culto que queremos dar a Dios en el templo del Señor tiene que ser con un corazón limpio y puro; no podemos mezclar nuestras malas conductas, nuestros crímenes e injusticias con el culto que le queramos dar a Dios, porque no sería agradable al Señor y no nos lo aceptaría. Es a lo que nos ha invitado el profeta Jeremías hoy y merecería un más amplio comentario. Pero tratemos nosotros de purificar nuestro corazón cuando nos acercamos al Señor para darle culto para que en verdad podamos sentirnos en su presencia y disfrutar de la gloria del Señor.

viernes, 23 de julio de 2010

Que sea Cristo quien vive en mí

Gál. 2, 19-20;
Sal. 13;
Jn. 15, 1-8

Los santos son para nosotros espejos en los que hemos de mirarnos para ayudarnos a descubrir las altas metas a las que estamos llamados por ser cristianos seguidores de Jesús. Tenemos el peligro de vivir como embotados en medio del ajetreo de la vida de cada día y muy preocupados por esas realidades humanas y terrenas en medio de las cuales estamos perder ese norte, olvidarnos de esas metas y simplemente dejarnos arrastrar por la vida sin esos ideales que en verdad nos tendrían que hacer grandes.
Cuando contemplamos la vida de los santos tendríamos que sentirnos elevados, impulsados a darle ese sentido profundo a nuestra vida, a poner esos ideales y esas metas en nuestro corazón, a sentir el deseo de vivir esa santidad que ellos en su vida nos reflejan que no es otra que la santidad de Dios que todos estamos llamados a vivir.
Nos tendríamos que preguntar con toda seriedad si lo que hemos escuchado hoy en la carta de san Pablo a los Gálatas en verdad es deseo, meta e ideal de nuestra vida. ‘Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’. Es cierto que no es fácil. Lo que nos suene a pasión y a cruz nos cuesta aceptarlo en nuestra vida. Asemejarnos así a Jesús es una tarea fuerte, aunque sabemos que no imposible, porque para Dios nada hay imposible y si queremos emprender esa tarea sabemos que Dios está con nosotros.
Precisamente santa Brígida a quien hoy estamos celebrando destaca por esa espiritualidad en torno a la pasión y a la cruz de Cristo. Un biógrafo de la santa decía que ‘no podía pensar en la pasión sin derramar lágrimas y experimentaba una dulzura tal al contemplar las llagas del Salvador, que se sentía a veces abrasada por completo de amor’. Bien nos vendría a nosotros esa más asidua contemplación de la pasión del Señor para mejor sentirnos movidos al amor y a una vida santa meditando todo lo que es la entrega de Jesús por nosotros.
Eso tendría que llevarnos a vivir su vida, a hacer que nuestra vida no sea sino la suya, que sea Cristo quien vive en mí, como decía san Pablo. Pero eso tendría que nacer de esos deseos de estar unidos a Cristo totalmente. Es lo que nos ha dicho el evangelio. Como los sarmientos unidos a la vida para poder tener vida, porque sin Cristo nada podemos hacer, nada podemos ser.
¿Cómo nos unimos a Cristo? Podríamos decir viviendo nuestra espiritualidad bautismal. Desde el Bautismo ya estamos injertados en Cristo para vivir su vida. Pero eso tenemos que hacerlo, vivirlo en el día a día. Ahí tenemos, pues, los sacramentos. Con qué profundidad tendríamos que vivir nuestra Eucaristía de cada día. En ella nos alimentamos de Cristo, que se nos da en el Palabra que se nos proclama, la Palabra que Cristo cada día quiere decirnos; y nos alimentamos en su Cuerpo y Sangre que comulgamos. Con qué devoción, fe, amor tenemos que vivir la Eucaristía. Qué oportunidad más hermosa tenemos. Qué regalo del Señor.
Y por supuesto, nuestra oración personal. Ese vivir en la presencia de Dios, escucharle allá en lo más hondo del corazón, entrar en ese hermoso diálogo de amor con El. Quienes no se tratan no podrán llegar a conocerse profundamente. Y eso nos pasa muchas veces en nuestra relación con el Señor. Por eso es tan importante la oración en la vida del cristiano. Con qué fe y con que amor hemos de saber venir al encuentro con el Señor. No nos puede faltar. Tiene que ser algo que sepamos vivir con toda intensidad. Cuántas cosas podríamos y tendríamos que decir. Que nazca ese deseo profundo en nuestro corazón y lleguemos a ese convencimiento serio y sincero que sin ese encuentro vivo con el Señor en nuestra oración no podremos llegar a vivir plenamente su vida.

jueves, 22 de julio de 2010

¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?


2Cor. 5, 14-17;
Sal. 62;
Jn. 20, 1-2.11-18

‘¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja’. Así le pregunta a María Magdalena el hermoso himno de la secuencia de pascua cuyo versículo hoy ha entresacado la liturgia en la aclamación del aleluya del Evangelio.
Celebramos a santa María Magdalena. Allí junto a la cruz estaba con María, la madre de Jesús y otras mujeres, sería la última quizá en abandonar el lugar de la sepultura porque ‘las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea, lo iban observando todo de cerca y se fijaron en el sepulcro y en el modo en que habían colocado el cadáver; después volvieron y prepararon aromas y ungüento’, para la mañana del primer día de la semana y ‘el sábado descansaban, según el precepto’.
Ahora había sido la primera, como nos narra Juan, en acercarse ‘al sepulcro al amanecer cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro’. Grande era su dolor como grande había sido su amor. Había llorado sus pecados y el Señor había expulsado siete demonios de ella, como nos narra el evangelio de Marcos. Había seguido a Jesús desde Galilea y había sido testigo de su muerte en la cruz porque tuvo la valentía de acercarse hasta el calvario y hasta el pie de la cruz. Ahora iba a ser la primer testigo y misionera de la resurrección.
Hemos escuchado el relato en el evangelio. ‘¿Por qué lloras?’ Lloraba de amor y lloraba porque no sabía ni qué habían hecho con el cuerpo de su Señor. ‘Si tú te lo has llevado, dímelo donde lo has puesto y yo lo recogeré’. Sus lágrimas cegaban sus ojos y no fue capaz de reconocerlo. ¿Era el encargado del huerto? Basta una palabra para que sus oscuridades se disipen. ‘¡María!’ La llamaba por su nombre. Qué bien conocía su voz. ‘¡Maestro!’
El Señor que la llamaba por su nombre. El Señor que nos llama también tantas veces por nuestro nombre. ¿Reconoceremos su voz? ¿Cuánto es el amor que le tenemos? ¿No nos ha perdonado El también tantas veces y nos ha arrancado de las garras del mal? ¿Por qué nos cuesta reconocer su voz? Es cierto que nuestros ojos están turbios, si no por las lágrimas del arrepentimiento y del dolor como Magdalena, muchas veces porque los hemos cegados prefiriendo las tinieblas a la luz. ¿No necesitaremos que crezca más y más nuestro amor reconociendo cuánto ha hecho por nosotros?
Que seamos capaces de ver la luz de Cristo resucitado. Que se despierte nuestra fe, que explosione nuestro corazón de amor, como María Magdalena. Es el mensaje, es la lección que hoy debemos de tomar de María Magdalena, para que sigamos al Señor con toda valentía; para que como Magdalena nos convirtamos también en sus testigos y en sus misioneros. ‘Ve y dile a mis hermanos…’, le encarga Jesús que trasmita el mensaje, la noticia. ‘Y María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho esto’.
Pedimos hoy con la liturgia que con la intercesión de María Magdalena que tuvo la misión de anunciar a los discípulos la alegría pascual, así también nosotros tengamos la dicha de anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el Reino de los cielos. No necesitamos ir ya nosotros al sepulcro porque sabemos que está vacío. Desde María Magdalena, la primer testigo y misionera, junto con los apóstoles y toda la fe de la Iglesia tenemos la certeza de que Cristo está resucitado. Allá en lo hondo de nuestro corazón también nosotros lo sentimos vivo. Y también nosotros tenemos que ser testigos y misioneros. Que resplandezca nuestra vida de testigos para que al resplandor de esa luz muchos lleguen también hasta Jesús.

miércoles, 21 de julio de 2010

Recibí esta palabra del Señor… el ardor y el coraje del profeta

Jer. 1,1.4-10;
Sal. 70;
Mt. 13, 1-9

‘Recibí esta palabra del Señor’, lo vamos a oír repetir muchas veces, casi como estribillo, en toda la profecía de Jeremías. Nos quiere decir algo importante. El profeta no lo es por sí mismo, sino que se siente arrebatado por la Palabra del Señor, palabra que no puede callar que tendrá que proclamar en todo momento.
El profeta incluso se resiste porque se siente débil, como un niño indefenso que no sabe hablar. Pero ha recibido esa palabra del Señor y no puede callarla. La tarea no es fácil, incluso lo llamarán en algún momento profeta de calamidades y desgracias, pero el profeta tiene que mirar con la visión de Dios y desde ahí hacer una lectura de la historia, de los acontecimientos, de lo que está sucediendo en medio del pueblo. Aunque no guste a los que le escuchan pronunciará esa palabra, aunque lo persigan y lo lleven hasta la muerte tendrá que anunciar esa palabra recibida.
Para eso lo llamó el Señor, para eso lo escogió incluso desde el seno de su madre. Lo vemos en la vocación de todos los profetas y lo vemos hoy claramente en la vocación de Jeremías. ‘Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno de tu madre, te consagré, te nombre profeta…’ Y aunque se sienta débil y no sepa hablar tendrá que pronunciar esa palabra del Señor que ha recibido. Pero no estará sólo. ‘No digas soy un muchacho, que adonde yo te envíe allí irás, y lo que yo te mande, lo dirás; no tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte…’ Como diríamos en el salmo ‘en el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno, tú me sostenías; mi boca contará tu auxilio y todo el día tu salvación’.
Es la misión del predicador de todo tiempo; es la misión del que tiene que anunciar hoy la Palabra de Dios. Y no es tarea fácil. Pero así tenemos que sentirnos cogidos por el Señor, por esa Palabra de Dios que nosotros los primeros tenemos que recibir para poder luego trasmitir.
Hacen falta profetas hoy. Profetas que sepamos leer también la historia con esos ojos de Dios para poder trasmitir con ardor y valentía esa Palabra que recibimos de Dios. Repito, no es tarea fácil y no siempre sabemos hacerlo; quizá porque no nos dejamos arrebatar lo suficiente por esa Palabra de Dios que tiene que ardernos en el corazón, quemarnos en nuestras entrañas como lo sentían los profetas. No es tarea fácil porque tampoco encontramos un mundo que quiera acoger esa Palabra, más bien, nos encontraremos oposición, como siempre la encontraron los profetas.
Por eso, aunque mi misión ahora es trasmitiros esa Palabra del Señor, sin embargo me atrevo a pediros vuestra oración, la oración del pueblo cristiano, del pueblo creyente para que así podamos sentir nosotros en nuestra vida esa fuerza del Espíritu del Señor y nos dejemos guiar por El para anunciaros la auténtica Palabra de la verdad, la auténtica Palabra de Dios. La necesitamos porque necesitamos la fortaleza del Señor.
Decíamos antes que se necesitan profetas hoy en medio de nuestro mundo, en nuestra Iglesia. Pues pedidlo al Señor en vuestra oración. Que quienes tenemos la misión del anuncio de la Palabra de Dios, de sembrar esa semilla en el nombre de Jesús, como nos dice hoy el evangelio con la parábola del sembrador, seamos lo suficientemente santos para que podamos hacerlo y hacerlo con el fruto que quiere el Señor. Que tengamos esa valentía y ese coraje de los profetas porque así nos sintamos cogidos por la Palabra y llenos del Espíritu. Rezad al Señor por nosotros, por la Iglesia, para que la Iglesia sea esa Iglesia profética en medio del mundo.

martes, 20 de julio de 2010

Estos son mi hermano, mi hermana y mi madre…

Miqueas, 7, 14-15.18-20;
Sal. 84;
Mt. 12, 46-50

‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’, se pregunta Jesús. En pocas palabras podemos resumir el mensaje del evangelio diciendo que Jesús viene a mostrarnos quienes y cómo formamos su nueva familia. La ocasión viene motivada porque mientras está hablando a la gente vienen a decirle que su madre y sus hermanos están fuera esperándole.
Aclarar lo que creo que entendemos todos y es que cuando en el lenguaje bíblico se está hablando de hermanos como en este caso lo que se está haciendo es una referencia a los familiares, no sólo a los hijos del mismo padre y madre. También nosotros empleamos ese sentido cuando nos referimos a un pariente muy querido del que decimos que es como un hermano para nosotros. Es un texto que muchas veces se ha utilizado para originar controversias y debates sobre si Jesús tuvo más hermanos, María tuvo otros hijos sin ser Jesús, pero no vamos a entrar ahora en ese aspecto. Valga lo comentado.
‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la manos a los discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Está, sí, la familia a la que nos unen los lazos de la sangre. Pero con Jesús nace una nueva familia, la familia de quienes formamos el Reino de Dios; la familia de los que en verdad reconocen a Dios como Padre y como único Señor de su vida; la familia de los hijos de Dios; la familia de los que creyendo en Jesús vivimos en un nuevo sentido de amor y de fraternidad que nos une con los lazos más profundos; la familia de los que nos hemos dejado inundar por el Espíritu de Jesús para llenarnos de su nueva vida, esa vida que nos hace hijos de Dios; la familia, entonces, de los que queremos plantar en nuestro corazón y nuestra vida la palabra de Dios para cumplirla, para vivirla, para hacerla el único sentido y valor de nuestra existencia.
Por una parte podemos recordar otro texto del evangelio en cierto modo semejante. Una mujer anónima de entre el pueblo bendice y alaba a la madre que dio tal hijo ‘bendito el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron’, pero Jesús exclamará ‘dichosos, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, plantándola en su vida, se parecen, se asemejan a María; hoy nos dice los que escuchan la Palabra y la cumplen, son como María, son su madre y su hermano y su madre.
Nosotros, los que creemos en Jesús, aquellos de los que dice el evangelio de Juan ‘a cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios’ somos esa nueva familia de Jesús desde que nacimos para El por el agua y el Espíritu en el Bautismo.
Pero que no lo seamos solamente porque se haya realizado un rito en nosotros, sino porque en verdad nosotros le hayamos dado ese Sí total de toda nuestra vida a la Palabra de Dios, porque la escuchemos y la plantemos en nuestro corazón. Que entonces por la fuerza del Espíritu nos sintamos transformados, nos sintamos hijos, nos sintamos miembros del Reino de Dios, familia de Jesús.
Escucha, pues, con atención la Palabra de Dios que llega a tu vida, plántala en tu corazón, conviértela en la única razón de tu existir.

lunes, 19 de julio de 2010

Respeta el derecho, ama la misericordia y sé humilde ante Dios

Miqueas, 7, 14-15.18-20;
Sal. 84;
Mt. 12, 38-42

‘Pueblo mío, ¿qué te hice? ¿en qué te molesté?’ Un texto que nos recuerda los improperios del viernes santo y que viene a ser cómo un diálogo que se establece entre Dios y su pueblo a través del profeta. Estamos escuchando al profeta Miqueas en la primera lectura en este sistema de lecturas continuadas y escogidas que nos ofrece la liturgia a través de los diferentes ciclos para tener un conocimiento más completo del conjunto de la Biblia; aún mañana volveremos a escuchar al profeta Miqueas.
Un improperio, una pregunta de parte de Dios que le recuerda al pueblo cómo el Señor lo liberó y lo sacó de Egipto enviándoles a Moisés, a Aarón y a Miriam, la hermana de Moisés. Una lista grande de cosas tendría que recordar el pueblo de Dios de ese actuar del Señor con él. Es toda la historia de la salvación vivida en su propia historia. Una pregunta que le hace al pueblo recordar cómo no han respondido con fidelidad a la fidelidad de Dios y sintiéndose pecador ahora no sabe qué puede ofrecer a Dios al acercarse a la purificación.
¿Holocaustos? ¿sacrificios de animales? ¿Qué pueden ofrecer a Dios para agradarle? Aparece en las preguntas hasta la posibilidad de los sacrificios humanos como era normal en aquellos pueblos primitivos que rodeaban a Israel. Pero no es eso lo que agrada al Señor, lo que pide el Señor.
‘Te he explicado, hombre, el bien, lo que Dios desea de ti; simplemente que respetes el derecho, que ames la misericordia y que andes humilde con tu Dios’. Como se nos diría en el salmo ‘tus sacrificios y holocaustos están siempre ante mí’; pero no será eso lo que sea acepto al Señor. ‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
Nos pide el Señor justicia, santidad en nuestra vida, rectitud en nuestro obrar. ¿Quién puede hospedarse en la tienda del Señor?, nos preguntábamos con el salmo recitado el domingo. ‘El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales’ y obra en todo momento el bien alejando la maldad de su corazón. Caminar por el camino de la justicia, seguir la senda recta que nos conduce hasta Dios, es caminar por caminos de santidad.
Pero nos dice más el profeta Miqueas, ‘que ames la misericordia y andes humilde ante Dios’. Amar la misericordia que es reconocer humilde y gozosamente la misericordia que el Señor nos tiene. Cuánto tenemos que reconocer del amor de Dios en nuestra vida. Pero amar la misericordia es vivir en misericordia, llenar nuestro corazón de misericordia, actuar con misericordia para con los demás.
Algunas veces parece que nos cuesta actuar así porque parecemos mas justicieros que misericordiosos. ‘Los que son misericordiosos alcanzarán misericordia’, nos dice la bienaventuranza. Pero es que quien ha experimentado la misericordia y el amor de Dios en su vida ¿no tendrá que actuar y vivir siempre con misericordia para con los demás? ¡Cuánto tendríamos que recordar también nosotros en nuestra propia historia personal! Por eso le hemos pedido al Señor con el salmo. ‘Muéstranos, Señor, su misericordia’.
Es la gran señal que nos da Jesús. Los letrados y fariseos le piden señales cuando tantos milagros habían contemplado. Pero la señal que les da Jesús será su propia muerte y resurrección. ‘No se les dará más signo que el del profeta Jonás…’ en referencia a su propia muerte y resurrección.

domingo, 18 de julio de 2010

No pases de largo junto a tu siervo


Gén. 18, 1-10;
Sal. 14;
Col. 1, 24-28;
Lc. 10, 38-42

‘Abrahán, al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda… si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo’. Así escuchábamos el relato del Génesis. ‘Jesús mientras iba de camino entro en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa’, nos dice el Evangelio. Y allí, Marta y María, cada una a su manera acogen y reciben a Jesús en su casa.
Al escuchar estos dos textos se nos está sugiriendo la hermosa virtud de la acogida y de la hospitalidad. Sin hacernos demasiadas consideraciones pensamos lo hermoso que es la hospitalidad con la que podemos y tendríamos que sabernos acoger los unos a los otros y decimos que queremos ser hospitalarios y acogedores con los demás. Nos parece lo más correcto en una buena educación y lo más humano en una relación mutua entre unos y otros.
Pero si os digo a continuación que añoro aquellos tiempos en que nuestras casas estaban siempre abiertas, las puertas no se cerraban nunca, los vecinos entrábamos con toda confianza y libertad en las casas de los unos y de los otros, e igual recibíamos a cualquiera que pasara por nuestra puerta, seguro que enseguida decimos, es que eso era en otros tiempos, con los tiempos que corren ya no podemos actuar así ni tener abiertas las puertas de nuestras casas de la misma manera, ahora no sabemos de quién nos podemos fiar.
Pero, ¿queremos ser acogedores y hospitalarios sí o no? ¿Es cuestión de corrección, de educación, de humanidad o tiene que ser algo más?¿Cómo vamos a entender esa hospitalidad? No me atrevo a decir si es cuestión o no de abrir o cerrar puertas, pero creo que sí podemos constatar que hoy andamos en la vida muy llenos de desconfianzas. Serán o no serán las puertas de nuestras casas las que permanecen abiertas o cerradas, pero creo que lo que verdad tiene que interrogarnos es si es nuestro corazón el que está de alguna manera cerrado por esa desconfianza.
Sí, desconfianzas… aparecen muchas en la vida: al que no conocemos, al que nos parece forastero, al que no es de los nuestros, al que tiene la piel de otro color, al que es un inmigrante y no sabemos ni de donde viene, al que nos parece sospechoso por su aspecto, al que es de tal o cual condición… no vamos a seguir pero son tantos los ‘peros’ que vamos poniendo como murallas entre unos y otros que nos impiden o distancian nuestra relación mutua. Pienso que es bueno que nos hagamos esta reflexión a la luz de lo que la Palabra de Dios hoy nos sugiere. Pero una reflexión que tenemos que hacernos con los pies bien sobre la tierra pero con los oídos del corazón bien abiertos a lo que el Señor quiera decirnos o pedirnos.
Nos podíamos quedar en nuestra reflexión en pensar en esa acogida como una relación con Dios; Dios que viene a nosotros y al que tenemos que saber escuchar y acoger en nuestra vida. El texto del Evangelio contemplando a María a los pies de Jesús escuchándole nos puede hacer pensar en esa escucha que tenemos que saber hacer de Dios en nuestro corazón. Y muchas veces hemos querido hacer demasiadas distinciones y diferencias entre la manera de acoger Marta a Jesús en su casa y la manera de hacerlo María. No tendríamos, por supuesto, que enfrentar posturas, sino más bien conjuntar.
Por otra parte sabemos que el encuentro que Abrahán tiene con aquellos tres caminantes es un encuentro con Dios que se le manifiesta. Además de entrada el texto ha dicho ‘El Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré’. Mucho podríamos reflexionar por ese camino.
Pero tenemos que reconocer y descubrir cómo Dios sigue viniendo al encuentro del hombre hoy, y cómo nosotros hemos de saber acogerle. Es cierto que son los Sacramentos, que será su Palabra proclamada y contenida en la Biblia; pero no olvidemos cómo Jesús nos enseña cómo también tenemos que saber descubrirle a El en los demás, porque ‘todo lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos a mi me lo hicisteis… tuve hambre… tuve sed… era forastero… estuve desnudo… enfermo y en la cárcel…’ que nos dice Jesús.
Creo que entonces sí podremos reconocer que lo que hablábamos al principio de la hospitalidad y la acogida no está tan lejos del espíritu del Evangelio. Y esa acogida y hospitalidad tiene que traducirse en muchos gestos, en muchas posturas, en muchas actitudes de las que tenemos que llenar nuestro corazón
¿Qué podemos ofrecer al que llega a las puertas de nuestra vida? Algunas veces nos puede parecer más fácil el dar cosas, aunque nos duela en ocasiones rascar nuestros bolsillos para dar de lo nuestro, sin embargo podemos preferirlo por más cómodo o menos comprometido. Nos tenemos que dar cuenta que quien llega a nosotros es una persona, quizá, es cierto, con unas necesidades materiales que podremos o no resolvérselas; pero esa persona con su vida es algo más que unas necesidades materiales.
Abrahán ofreció sombra junto al árbol de Mambré, agua y una hogaza de pan para descansar y recuperar fuerzas; Marta y María la acogida de su casa, los preparativos necesarios de una mesa servida con amor, el silencio de una escucha para que Jesús se sintiera a gusto en aquel hogar. Bien significativo todo eso para nosotros.
Por eso una verdadera acogida, un verdadero espíritu de hospitalidad tiene que pasar por la acogida a la persona, por el respeto que le manifestemos, por el tiempo que sepamos dedicarle para escucharle sin dar por sentado que ya nos sabemos sus problemas o necesidades, por ese silencio que sepamos hacer en nosotros o en nuestros pequeños problemas para atender atentamente a quien llega a nosotros, por el afecto que seamos capaces de tener en nuestro corazón y mostrarlo con nuestros gestos, con nuestra sencillez, con nuestra cercanía, por esa apertura de nuestro espíritu sea quien sea aquel con quien nos encontremos para no hacer diferencias ni distinciones a las que tan acostumbrados estamos. Es una forma de abrir las puertas de nuestra vida, de nuestro corazón para dejar que el otro llegue a nuestro lado y se pueda sentir a gusto con nosotros.
Todo eso, que podemos decir, está en un plano humano, sin embargo para nosotros desde nuestra fe se trasciende, se eleva a otros niveles y categorías. Porque en nuestra fe sabemos quien es en verdad el que llega a nosotros y al que tenemos que acoger. Es lo que antes recordábamos de lo que nos dice Jesús que todo lo que le hagamos al otro a El se lo hacemos, que toda esa acogida que estamos haciendo al hombre, es acogida que estamos haciendo a Dios que llega a nuestra vida.
‘Si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo’, le pedía Abrahán a Dios que llegaba a él en el símbolo de aquellos tres personajes. Pero tendríamos que decirnos que no pasemos nosotros de largo nunca junto a ese hermano con el que nos vamos tropezando en los caminos de nuestra vida o que llega a tocar a las puertas de nuestro corazón. Que sepamos ofrecerle esa jarra de agua o ese pedazo de pan de nuestra amistad, nuestro cariño, nuestra acogida, nuestra ayuda, nuestra escucha, en una palabra, nuestro amor.

sábado, 17 de julio de 2010

En su nombre esperarán las naciones

Miqueas, 2, 1-5;
Sal. 10;
Mt. 12, 14-21

Podíamos decir que se dibuja en el horizonte la pasión de Jesús con la oposición que los fariseos comienzan a manifestar contra Jesús. Han comenzado las disputas con Jesús y en todo lo que Jesús hace o en la manera de actuar de los discípulos de Jesús los fariseos siempre tienen que buscar un lado oscuro. Le acusan incluso de que Jesús viola el sábado, algo que era muy sagrado para todo judío pero que los fariseos llevan al extremo. Miden hasta los pasos que se pueden dar el sábado para que su caminar incluso no sea considerado un trabajo que no se puede realizar el sábado. Pero Jesús les desenmascara haciéndoles comprender que El está por encima del sábado. Era el texto que hubiéramos escuchado ayer.
Por eso, como dice el evangelio hoy, ‘al salir, planean el modo de acabar con Jesús’. Pero la luz no ser puede apagar, la salvación tiene que seguir llegando a todos. Y aunque Jesús al enterarse se marchó de allí para no poder en peligro innecesariamente su vida – no había llegado su hora, como diría en otras ocasiones – sin embargo sigue curando a cuantos se acercan a El con cualquier dolencia. ‘Muchos le siguieron y El curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran’, continúa diciendo el evangelista.
Pero esto les recuerda lo anunciado por los profetas: ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre El he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
Nos recuerda el texto que Lucas pone en labios de Jesús en la lectura del sábado en la sinagoga de Nazaret. Allí había comentado entonces Jesús: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Nos recordará también la voz venida desde el cielo, la voz del Padre en las teofanías del Jordán, cuando el Bautismo de Jesús, y en el Tabor cuando la transfiguración. ‘Es mi Hijo, mi Hijo amado, escogido, predilecto...’ al que tenemos que escuchar y seguir para alcanzar la salvación.
Pero es la luz que no se puede apagar, aunque esa una mecha humeante e insignificante. Podremos parecer inútiles e inservibles porque estamos machacados por nuestros pecados, pero Cristo viene a restaurar nuestras vidas, a rescatarnos y a darnos nueva vida. Jesús sigue curando, salvando, haciéndonos llegar su salvación; una salvación que ahora puede parecer oculta pero que un día resplandecerá.
Jesús es nuestra esperanza, la esperanza de todos los pueblos y naciones. ‘En su nombre esperarán las naciones’, nos dice el profeta en el texto citado. Todos los hombres, aunque algunas veces estemos cegados por nuestra maldad y nuestro pecado, en el fondo deseamos y esperamos una salvación. Y esa salvación no nos viene por nadie más sino por Jesús. Ningún otro nombre puede salvarnos.
Por eso a Jesús seguimos acudiendo; de El seguimos esperando la salvación. Y en su nombre querremos hacer todo lo bueno que tenemos que realizar en la vida. Como Pedro, ‘en tu nombre echaré las redes’, porque sólo así sabemos que tendrá fruto nuestra vida. Cristo Jesús es el que nos da fuerza y sentido a todo nuestro quehacer.

viernes, 16 de julio de 2010

Nos vestimos de María, Virgen del Carmen


Zac. 2, 14-17;
Sal.: Lc. 1, 46ss;
Mt. 12, 46, 50

Hoy celebramos una fiesta de la Virgen que suscita mucha devoción y entusiasmo en medio del pueblo cristiano. Nos es fácil encontrar en cualquier rincón ya sea junto al mar, o en medio de nuestros valles o montañas una ermita o una iglesia dedicada a la Virgen del Carmen. Las gentes del mar la invocan como su Stella Maris, su Estrella del Mar que les conduzca a puerto seguro tras sus travesías y sus trabajos de pesca, pero también en nuestros campos, en nuestros pueblos la gente tiene una especial devoción a la Virgen del Carmen, siendo muchos los que visten su hábito o llevan colgado al cuello su escapulario.
Nuestra Señor del Carmen, la Virgen del Monte Carmelo, que lleva su nombre precisamente de ese monte del Carmelo que tanto significado tuvo en la Biblia y en la historia de Israel. Todos conocemos cómo allí, entre otros hechos del Antiguo Testamento, fue el lugar de refugio del profeta Elías y signo de su celo por el único Dios de Israel frente a los baales y sus profetas que surgían entonces en medio del pueblo. En la liturgia últimamente hemos escuchado en la Palabra de Dios esos relatos del libro de los Reyes en relación con estos acontecimientos del profeta Elías.
Con ese telón de fondo, podríamos decir, en la época de las Cruzadas por liberar la tierra santa del poder del musulmán, fueron muchos los que una vez que llegaron a la tierra que habitó el Señor para liberarla, se quedaron luego en una vida ascética de oración y penitencia escogiendo este lugar de tantos recuerdos del profeta Elías para allí establecerse primero como ermitaños para posteriormente formar los grupos iniciales de lo que sería la Orden del Carmelo, tomando su nombre precisamente del lugar. Pero no podía faltar la devoción a la Virgen, a la Virgen cuya imagen entronizaron en ese lugar, a la Virgen que entonces sería llamada del Monte Carmelo.
Se extenderían luego por Europa, pasando muchas dificultades hasta el punto de estar en peligro de verse extinguidos y no reconocidos por la Iglesia. Es cuando el superior general de entonces, Simón Stock, el 16 de julio de 1251, ante la oración que con tanta insistencia hacía a la Virgen para que le diera una señal de su protección, recibe la visita de la Virgen que le entrega el hábito, el escapulario, como señal de esa especial protección de María. ‘Recibe el hábito de tu orden y privilegio para ti y para todos los carmelitas; el que muera con él no padecerá el fuego eterno, es señal de salud y salvación en los peligros, alianza de paz y de pacto sempiterno’.
La Orden de los Carmelitas se seguiría extendiendo en sus ramos masculinas y femeninas, recordemos nuestros san Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús – aunque no vamos ahora a extendernos en comentar mucho sobre la Orden de los Carmelitas – y pronto no sólo los que pertenecían a dichas Ordenes sino muchos cristianos viviendo en medio de sus familias y en el mundo querían llevar ese hábito o escapulario de la Virgen. En breves palabras es el origen del escapulario de la Virgen que llevamos como signo de su protección maternal, de su presencia junto a nuestras vida y nuestras luchar para darnos fuerza, y desde nuestra devoción a la Virgen nuestro deseo y compromiso por querer vivir nuestro seguimiento de Jesús en una vida cristiana ejemplar.
Pues eso es lo que la Virgen del Carmen nos está pidiendo y en lo que una verdadera devoción a María tendríamos que centrarnos. María siempre nos llevará a Cristo. María siempre nos está diciendo, como en la bodas de Caná a los sirvientes, que hagamos lo que El nos diga. Y cuando decimos que tenemos devoción y amor a la Virgen no puede ser de otra manera que copiando en nosotros sus virtudes y su santidad. Hoy Jesús nos ha dicho en el evangelio que si cumplimos la voluntad del Padre del cielo seremos su madre, sus hermanos, su familia. Queremos parecernos a María, la Madre del Señor que tan bien plantó en su corazón la palabra del Señor y le hizo dar frutos de santidad.
La imagen del escapulario es bien significativa. No es sólo un trozo de tela que ponemos sobres nuestros hombres. Es algo más hondo lo que tiene que significar. Cuando aquellos cristianos quisieron llevar el escapulario de la Virgen a la manera de aquellos religiosos y religiosas de la Orden del Carmelo, era porque veían en ellos unas personas que por su amor a María vivían una vida distinta, sentían una especial protección de la Virgen y en cierto modo ellos querían imitarlos.
Llevar, pues, el escapulario de la Virgen, una medalla o cualquier otro signo religioso con nosotros no lo hacemos como un talismán que nos libere de males, sino como una señal de que nosotros queremos vestirnos de María, porque a ella queremos parecernos, de ella queremos copiar sus virtudes, como ella queremos también resplandecer de santidad. ¿Qué otro mejor vestido podemos llevar en nuestra vida que el de María, que es su amor y su santidad?
Por eso el primer efecto, junto con esa protección que tenemos asegurada de María, es ese deseo de querer ser cada día más santos, superarnos en nuestras deficiencias y debilidades, querer vivir alejados del pecado, y con la gracia que María nos alcanza del Señor, caminar por caminos de mayor santidad cada día. Mal podemos compaginar el llevar una medalla o un escapulario de la Virgen con una vida de pecado.
Y sentimos la protección de María, la ayuda maternal que nos consigue la gracia del Señor; y María nos lleva de la mano, podíamos decir, para que nos sintamos fuertes en nuestras luchas por ser mejores. Y si queremos caminar así al paso de María, vestidos de Maria, claro que ella nos librará con la gracia divina de vernos condenados al fuego eterno, más aún nos ayudará salir pronto de la purificación del purgatorio para que podamos gozar de la dicha del cielo. Es el cuadro de ánimas que contemplamos en muchas de nuestras Iglesias y que muchas veces está acompañado por la imagen bendita de la Virgen del Carmen.
Que ella sea en verdad la Stella Maris, la Estrella que nos conduzca por los mares embravecidos de esta vida hasta el puerto seguro de la salvación.

jueves, 15 de julio de 2010

Mi alma te ansía de noche… en mí encontraréis vuestro descanso

Is. 26, 7-9.12.16-19;
Sal. 101;
Mt. 11, 28-30

Mientras en el profeta Isaías se nos manifiestan unas ansias y deseos de Dios porque queremos buscar y seguir su senda, vivir en su paz, en el evangelio Jesús nos invita a ir hasta El porque en El vamos a encontrar esa paz y ese descanso.
‘En la senda de tus juicios, Señor, te esperamos, ansiando tu nombre y tu recuerdo. Mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti, porque tus juicios son luz de la tierra y aprenden justicia los habitantes del orbe’. ¡Qué hermosos deseos! ¡Qué esperanza y que confianza puesta en el Señor! Lo deseamos, lo buscamos, queremos encontrar esa luz, queremos aprender de su justicia y santidad.
No siempre es fácil porque nos distraen tantas cosas, nos sentimos atraídos por otras, y muchas nos llevan a caminar caminos que no son de justicia y verdad, o cuando queremos caminar nuestros caminos sólo a nuestro saber o por nosotros mismos. Podemos caer en el vacío, en la nada, en la muerte si abandonamos los caminos del Señor o perdemos esa inquietud espiritual en nuestro interior. No podemos perder de vista cuál es la meta de nuestro caminar cristiano.
Jesús nos invita a ir hasta El. Nos encuentra quizá desorientados o perdidos en nuestro camino y el va siempre delante de nosotros señalándonos la senda. Nos agobiamos y cansamos muchas veces porque la lucha por superarnos nos puede parecer fuerte y costosa, pero sabemos que no la hacemos por nosotros mismos sino en El, con El, sintiéndole a El en nuestro caminar.
‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados y yo os aliviaré’. Es nuestra senda, nuestra fuerza, nuestro descanso, nuestra paz. De El tenemos que aprender. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso’. Mansedumbre, humildad, paz y serenidad de espíritu, amor. Son los caminos del Señor. Es la vida del Señor. Es lo que contemplamos en El y de El tenemos que aprender.
Algunas veces la palabra ‘yugo’ nos puede resultar fuerte o dura a nuestros oídos, aunque Jesús nos diga que ‘su yugo es llevadero’. Pero al pensar en el yugo pensamos en ese aparato por llamarlo de alguna manera con que se enyugan los animales, sobre todo lo bueyes o caballerías, para realizar los duros trabajos del campo, las aradas o la conducción de los productos del campo. Nos puede parecer algo duro e incómodo. Pero el yugo les sirve a los animales para facilitarles el trabajo o para mejor conducirlos por los caminos.
Cuando en la literatura judía se está hablando de yugo se está haciendo referencia a la obediencia de la ley del Señor en todo momento. Podría parecer dura esa obediencia a la ley del Señor como si fuera una pesada carga que se nos impone, pero me gustaría recordar ahora lo escuchado en el libro del Deuteronomio el pasado domingo y así pudiéramos entender mejor lo que Jesús quiere hoy expresarnos.
‘Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos… porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda o inalcanzable… el mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca…’ No es algo inalcanzable, lo tienes inscrito en tu corazón, es el cauce, el camino seguro por donde ha de caminar tu vida para que la vivas en felicidad. Los mandamientos con como esos raíles del camino para que lo siguas y no te salgas de ellos; si caminas por ellos caminarás seguro, sin peligro, con la seguridad de alcanzar la meta.
No nos pide el Señor cosas imposibles, sino aquello que nos va a lograr la más hermosa y plena felicidad. ‘Mi yugo es llevadero y mi carga ligera’, nos dice el Señor. Porque además El está con nosotros, haciendo nuestro propio camino, siendo nuestra fuerza y nuestro viático, nuestro descanso y nuestra paz verdadera. Aprendamos de Jesús. ‘Así aprenden justicia los habitantes del orbe’, que decía el profeta.

miércoles, 14 de julio de 2010

Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra

Is. 10, 5-7.13-16;
Sal. 93;
Mt. 11, 25-27

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra…’ proclama Jesús en el Evangelio. Te damos gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, queremos proclamar nosotros también. Estamos celebrando Eucaristía. Estamos celebrando acción de gracias. Ahora, en la celebración. Cada momento de nuestra vida tiene que ser acción de gracias, tiene que ser Eucaristía.
Es un acto de fe, una proclamación de nuestra fe. Reconocemos, es el Señor; el Señor de toda la creación, Señor de cielo y tierra; el Señor, único Señor de nuestra vida al que tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Reconocemos su grandeza y reconocemos su amor, le llamamos Padre, como nos lo enseñó Jesús. Un acto de fe, pero una proclamación de amor y de acción de gracias. Es el Padre que nos creó y que nos ama.
Da gracias Jesús porque el Señor del cielo y de la tierra se nos manifiesta, se nos da a conocer. Es Jesús quien nos lo da a conocer; es el Verbo divino, es la Palabra del Padre, es la revelación de Dios. Todos podríamos conocerle porque a todos se nos quiere revelar – ‘nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ -, sin embargo no todos tenemos siempre las verdaderas actitudes en nuestro corazón para poder conocerle. Sólo los humildes, los pequeños, los sencillos podrán conocer a Dios, porque Dios rechaza a los que son soberbios de corazón.
‘Has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor’, reconoce Jesús. ¿Quiénes son los que escuchan a Jesús? El se mezcla entre los hijos de los hombres, pero serán los pescadores, los hombres y mujeres sencillos del pueblo, los que labran la tierra y la trabajan con el sudor de su frente, los que son capaces de admirarse ante las maravillas de Dios porque aún tienen un corazón sencillo, son los que escuchan a Jesús y lo reconocerán como profeta porque nadie ha hablado como El, nadie ha hablado cosa igual.
Los que vengan con humildad y corazón abierto hasta Jesús podrán llegar a conocer los misterios de Dios sea cual sea su condición porque lo que importa es el corazón. Habrá entre los principales del pueblo quienes le rechacen y le lleven incluso a la muerte, pero otros, aunque sean principales como Nicodemo, maestro de la ley, o Jairo, el jefe de la sinagoga, o el centurión romano con todo su poder, por citar algunos que aparecen en el evangelio, porque vienen con fe y humildad hasta Jesús podrán conocer los misterios de Dios y alcanzar la gracia con la que el Señor quiere regalarles.
Vayamos nosotros hasta el Señor con ese mismo espíritu de fe, de humildad, de acción de gracias. Como decíamos estamos celebrando la Eucaristía y en ella decimos al comenzar con el prefacio la plegaria eucarística ‘en verdad es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar… por Jesucristo, nuestro Señor’.
Por eso le damos gracias ‘porque nos haces dignos de servirte en tu presencia’, como decimos en otro momento en la plegaria eucarística. Y aún decimos más ‘pues, aunque no necesitas nuestras alabanzas ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias para que nos sirva de salvación por Cristo, Señor nuestro’.
Que toda nuestra vida sea siempre Eucaristía, sea acción de gracias nos convirtamos nosotros también en ofrenda viva que en Cristo nos ofrezcamos con lo que somos y lo que vivimos al Señor.

martes, 13 de julio de 2010

Somos deudores de la gracia de Dios

Is. 7, 1-9;
Sal. 47;
Mt, 11, 20-24

Somos deudores de la gracia de Dios. Es un reconocimiento que tenemos que saber hacer y que nos tendría que dar mucho que pensar. Porque la oferta de amor de Dios continuamente en nuestra vida nos está pidiendo una respuesta.
Hoy Jesús en el evangelio recrimina a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Aquella zona de los alrededores del lago de Tiberíades había sido su principal campo de apostolado. Cuántos milagros había realizado, paralíticos, ciegos, sordomudos, todos los aquejados con cualquier mal acudían a Jesús. Y allí había anunciando con toda intensidad el Reino de Dios. El evangelio insiste en que recorría todos los poblados de Galilea enseñando, proclamando la Buena Noticia del Reino de Dios. ¿Cuál había sido la respuesta?
‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habían convertido, cubiertas de sayal y ceniza…’ Y lo mismo le dice a Cafarnaún haciendo la comparación con Sodoma. Conversión nos pide el Señor. Un cambio en nuestra vida. Que demos frutos. Y recordamos la parábola de la higuera que había que cortar porque no daba frutos.
Cuántas gracias recibimos cada día del Señor. Con un amor especial el Señor nos ama a nosotros, me ama a mí, te ama a ti. Hemos de saber reconocerlo. Por eso decíamos que somos deudores de la gracia del Señor. Ya hemos reflexionado en alguna ocasión recordando esas llamadas que el Señor ha ido haciendo en nuestra vida, y esas gracias que de El hemos recibido.
Nos puede recriminar también el Señor como hacía con aquellas ciudades como nos cuenta el Evangelio. Esas gracias que nos ha dado a nosotros podía habérselas dado a otros. ¿Por qué estás tú aquí y no otro? ¿Por qué esta palabra del Señor está llegando hoy a ti y quizá otro no la escuche? ¿Por qué está llegando a ti esta Palabra de Dios por este medio y otro quizá no tiene esa gracia? ¿Nos hacemos merecedores de tanto amor y gracia del Señor? Son las predilecciones del Señor.
El Señor nos puede recriminar, pero siempre su palabra es una invitación, una nueva invitación que nos está haciendo en su amor para que vayamos a El. Nos miramos y quizá nos damos cuenta que no estamos dando todos los frutos que pide el Señor, pero con paz tratemos de rehacer nuestra vida, ordenarnos por dentro, buscar con sinceridad y con humildad al Señor.
No quiere El que perdamos la paz. No quiere que actuemos sólo movidos por el temor. Tratemos de poner mucho amor en nuestra vida. Ese amor que nos hará humildes para reconocer lo que somos, nuestra debilidad, pero también todo lo que recibimos del Señor. Y eso nos tiene que mover a dar eso pasos para ir a su encuentro que El nos está esperando. Pero no nos hagamos oídos sordos a su llamada, ni lo dejemos para mañana, para otro momento porque sabemos que ese momento quizá no llegue. No desaprovechemos la gracia del Señor.
Decíamos al principio que somos deudores y el que debe lo que tendría que hacer es pagar la deuda. No se trata aquí tanto de pagar la deuda sino de dar esa respuesta de amor que el Señor nos pide. Pero sintámonos obligados por su amor. pongamos totalmente nuestra fe en El. Como decía el Señor por el profeta Isaías en la primera lectura ‘Si no creéis, no subsistiréis’. Que no nos falte la fe, que no nos falte el amor.