Vistas de página en total

sábado, 30 de enero de 2010

Que no nos hundamos, Señor, en el mar del pecado

2Sam. 12, 1-7.10-17
Sal. 50
Mc. 4, 35-40


‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’ Una súplica casi desde la desesperación. Atravesaban el lago en barca y se levantó una de aquellas tormentas terribles que de vez en cuando azotaban el lago, debido al contraste de vientos entre altas montañas – el Golán y el Hermón en las cercanías - y en la depresión que de por sí tiene el mismo lago. ‘Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús estaba a popa dormido sobre un almohadón’, dice el evangelio.
‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’, fue la réplica de Jesús después de amainar el lago con su autoridad. ‘Silencio, cállate’. Se había puesto en pie, increpado al viento y dijo al lago.
La autoridad de Jesús también sobre las fuerzas naturales. Es el Hijo de Dios que igual cura a un enfermo, que resucita a un muerto o calma la tempestad. Pero todo es un signo de hondo que Jesús quiere hacer en nuestra vida con su salvación. Nos trae la gracia, el perdón, la vida.
Andamos muchas veces en medio de las turbulencias de las tempestades de la vida. ¿Sabremos acudir al Señor? Pero no son sólo esos problemas ordinarios en los que nos vemos envueltos. Será lucha por caminar con rectitud. Será el esfuerzo por superarnos y vivir el amor que El nos enseña. Pero a veces las turbulencias de las tentaciones están a punto de hundirnos o realmente algunas veces nos hunden. Y cuando caemos por esa pendiente todo se vuelve muy resbaladizo y peligroso.
Hemos escuchado ayer y hoy el relato del libro de Samuel que nos habla del pecado de David. Fueron muchas cosas que se fueron concatenando. Su lujuria que le llevó al adulterio; el intento de sobornar de alguna forma a Urías con regalos para que fuera a cohabitar con su mujer y todo pudiera pasar desapercibido; la maldad de mandar ponerlo en la batalla en lugar peligroso para que pereciera… Qué resbaladizo es el camino de la tentación y del pecado. Nos metemos en esa turbulencia y no sabemos cómo salir. Y luego hasta queremos justificarnos y decir que estábamos solos.
Hoy hemos escuchado cómo el profeta se encara con David y le hace reconocer su pecado con aquella sencilla parábola. Llegó a él la Palabra del Señor a través del profeta y supo reconocer su pecado. Pidió piedad al Señor. El salmo 50 que hemos recitado ayer y hoy es atribuido a David como confesión de su pecado.
Como los discípulos que iban en la barca junto a Jesús en medio de la tormenta y les parecía que Jesús se desentendía de ellos, así andamos a veces en la vida nosotros. Pero el Señor está ahí. Basta que lo invoquemos cuando llega el momento difícil de la tentación. El hará siempre que se calme esa tormenta que nos puede hundir. Pero tenemos que decirle en verdad y con todo sentido eso que ya decimos en el padrenuestro pero que lo decimos tan corriendo que no caemos en la cuenta de lo que decimos. ‘No nos dejes caer en la tentación… líbranos del mal’.
No temamos mientras vamos por el embravecido mar de la vida en medio de tantas turbulencias. El Señor está con nosotros. El nos hará llegar a la otra orilla sanos y salvos. Con el podemos vivir la santidad a la que estamos llamados.

viernes, 29 de enero de 2010

Las maravillas de Dios que se manifiestan en las cosas sencillas

2Sam. 11,1-17
Sal. 50
Mc. 4, 26-34


¡Ojalá tuviéramos la capacidad del hombre de corazón humilde y sencillo para dejarnos sorprender por las maravillas del Señor! Nuestros ojos se van oscureciendo, nos vamos acostumbrando a las cosas, son tan variadas las experiencias que vamos teniendo en la vida, que lo sencillo ya nos llama la atención, no nos dejamos sorprender por esas maravillas de Dios que se realizan las más de las veces en las cosas sencillas.
Hoy nos lo queremos explicar todo científicamente y no está mal que lo hagamos pues Dios nos ha dado también esa capacidad, pero no somos capaces de detenernos a admirar el mismo misterio de la vida, sea cual sea. Una semilla que se echa en la tierra, que germina y hace nacer una planta, que crece se llena de flores y de frutos, nos puede parecer lo más natural del mundo, pero ahí hay todo un misterio hermoso.
Hoy Jesús nos lo propone como parábola para hacernos comprender la maravilla del Reino de Dios. ‘El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra… la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo…’ Nos había hablado de la semilla en la parábola del sembrador para decirnos que es la Palabra que se siembra y se espera que dé fruto. Hoy nos habla de ese crecimiento misterioso a la vez que maravilloso que se va produciendo en el corazón del hombre, como se ha de producir también en nuestro mundo y en nuestra sociedad donde es sembrada la Palabra de Dios.
Es la fuerza y la vida de Dios que crece dentro de nosotros y nos transforma. Es la acción maravillosa de Dios que va actuando en nuestro mundo. Es la acción de la gracia que se derrama sobre nosotros y mueve nuestro corazón. No nos fuerza el Señor, porque siempre respeta nuestra libertad pero sí actúa en nosotros, sí mueve nuestro corazón con su gracia; sí se siente la acción del Espíritu que va realizando maravillas en nosotros.
¿Nos faltará fe para ver, para descubrir, para sentir esa acción de Dios? Es necesario que tengamos esa fe y esa confianza; es necesario dejarnos sorprender por ese actuar de Dios que actúa no a nuestros ritmos ni a nuestra manera. Unos ojos de fe para saber mirar con la mirada de Dios porque sólo así llegaremos a captar bien lo que es la acción de Dios.
Creo que nos puede ayudar en todo esto un espíritu fuerte de oración. Oración sí, en la que pedimos a Dios y tenemos en cuenta tantas necesidades o tantas intenciones que tengamos en nuestra mente y en nuestro corazón; pero oración en la que dejemos introducir a Dios en nuestro corazón; oración en la que seamos capaces de ponernos en sus manos para descubrir su voluntad y para saber aceptarla para nuestra vida.
Muchas veces hemos hablado de cómo tenemos que ir sembrando semillas del Reino de Dios en medio de ese mundo en el que vivimos. Pero en nuestras humanas impaciencias nos parece que no se manifiestan los frutos tal como nosotros quisiéramos y nos podría parecer inútil o un fracaso aquello que vamos haciendo. Recordemos la parábola de hoy. La semilla germina no por lo que nosotros hayamos hecho sino por la fuerza del Espíritu del Señor. Y recordemos también la otra parábola que nos ofrece hoy el evangelio, la parábola de la mostaza. Son las cosas pequeñas, como la pequeña semilla de la mostaza que puede darnos un arbusto grande, en las que Dios se manifiesta, o las que nosotros tenemos que ir sembrando, que será Dios el que hará que de ahí puedan salir cosas grandes y maravillosas.
Que seamos capaces de admirarnos de las maravillas de Dios que se manifiestan también en las cosas pequeñas, humildes y sencillas.

jueves, 28 de enero de 2010

Que alguien encienda una luz, nos piden

2Sam. 7, 18-19.24-29
Sal. 131
Mc. 4, 21-25


Por favor que alguien encienda una linterna o alguna luz, fue el grito que se escuchó en la oscuridad al fallar la energía eléctrica en aquella reunión donde había muchas personas. Poco a poco apareció una linterna por allá, la luz tintineante de un mechero de gas, unas cerillas que encendieron por otro lado, y hasta el resplandor de los teléfonos móviles comenzaron a iluminar la estancia; cada cual con la luz que tenía.
Hoy hablamos mucho de energías renovables entre ellas la energía solar, que recoge la luz del sol en unos acumuladores que tanto nos pueden dar luz luego como calor y otros productos energéticos. Recuerdo hace años cuando aun se estaba comenzando en esto ver algunas experiencias de iluminación de calles o caminos, con unas lámparas que llevaban adosada la placa solar con sus acumuladores que debían estar debidamente orientadas hacia el sol. Recibían la luz solar y eran luego portadoras o dispensadoras de luz.
¿Por qué toda esta introducción? Hoy nos ha dicho Jesús en el evangelio: ‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerle en el candelero?’ La lámpara hay que ponerla en un lugar adecuado, mejor en alto, para que pueda iluminar a todos. ¿Qué nos está queriendo decir Jesús? Que nosotros somos luz que tenemos que iluminar y nuestra luz no la podemos ocultar, sino todo lo contrario tiene que resplandecer para que ilumine bien a los demás.
En algún momento de la historia del cristianismo a los cristianos se les llamaba los iluminados. Habían sido iluminados por la luz de Cristo pero con esa luz habían de iluminar también a los demás. Ya Jesús nos lo dice: ‘sois la luz del mundo’. Aunque no es nuestra luz, sino la luz de Cristo que nos ha iluminado a nosotros y con la que tenemos que iluminar a los demás. Pero eso, tenemos que dejarnos iluminar por Cristo. Simbólicamente se nos dio una luz encendida del Cirio Pascual en nuestro Bautismo y se nos pedía que teníamos que mantener siempre encendida esa luz hasta que fuéramos al encuentro con Cristo. Por eso a la hora de la muerte de un cristiano, en sus exequias, se enciende de nuevo la luz del Cirio Pascual junto al cadáver del cristiano.
Es luz de la fe con la que tenemos que iluminar. Es la luz de nuestro amor y de nuestras buenas obras. Es la luz con que resplandecemos en nuestro ejemplo, en el cumplimiento de nuestras responsabilidades. Es la luz de nuestro compromiso por los demás y por nuestro mundo. Es la luz, en una palabra, de toda nuestra vida cristiana.
Pero eso luz tenemos que cuidarla, mantenerla encendida, alimentarla. Como aquellos acumuladores de energía solar que tienen que estar debidamente orientados hacia el sol, así nosotros tenemos que estar orientados siempre hacia el Señor. Para que nos llegue su luz, para que alimentemos debidamente nuestra vida y nuestra fe. Por eso qué presente tiene que estar la Palabra de Dios en nuestra vida, la oración, la participación en los sacramentos.
Ese mundo nuestro, del que nos quejamos tantas veces, que está a oscuras, nosotros tenemos que iluminarlo con nuestra luz, que no puede ser otra que la luz de Cristo. Que alguien encienda una luz, quizá escuchamos tantas veces pidiéndonos que llevemos nuestra luz, que iluminemos tantas oscuridades. Por eso tenemos que tener los acumuladores, las baterías bien recargadas, para que no nos falte esa luz y para que podamos dar esa luz a los demás.

miércoles, 27 de enero de 2010

Un templo agradable para nuestro Dios

2Sam. 7, 4-17
Sal. 88
Mc. 4, 1-20


‘¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?’ David había mostrado deseos de construir un templo para el Señor. En principio el profeta se lo había aprobado, pero ahora recibe una palabra del Señor para David que le comunica. Será otro, su hijo Salomón, el construya el templo del Señor, pero ahora Dios quiere hacerse presente y habitar de otra manera en medio de su pueblo. El Señor va darles paz en medio de los pueblos vecinos, va a hacer grande el nombre de Israel y va a consolidar el trono de David.
‘Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía… tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu reino durará para siempre…’ son las palabras proféticas y de esperanza del Señor a través del profeta.
En el orden humano la dinastía de David acabará, pero estas palabras tienen un claro anuncio mesiánico. No olvidemos que cuando el ángel del Señor le anuncia a María el nacimiento de Jesús le dice: ‘El será grande, será llamado Hijo del Altísimo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin…’
¿Cuál es el templo que hemos de construirle al Señor? ¿Será un templo material, un edificio terreno o será nuestro corazón y nuestra vida la que tiene que ser un templo agradable al Señor? Podemos recordar por una parte cuando Jesús hablaba del templo de su cuerpo, cuando lo de la expulsión de los vendedores del templo, con lo que venía a decirnos que El es el verdadero templo de Dios, ya que en El se nos está manifestando el mismo Dios. Lo relacionamos con lo anunciado por el profeta que le hablaban de que la casa y el reino de David iban a durar para siempre, en clara referencia a Jesús.
Y podemos recordar que nosotros hemos sido ungidos en nuestro bautismo para ser morada de Dios y templo del Espíritu. Lo que nos está hablando de nuestra dignidad grande que se nos ha concedido por nuestra unión con Jesús. El profeta le decía a David ‘te pondré en paz con todos tus enemigos y te haré grande y te daré una dinastía…’, lo cual ya nos está indicando cómo ha de ser nuestra vida con una santidad en consonancia con esa dignidad de hijos de Dios.
Finalmente si el profeta le anunciaba un reino que duraría para siempre y eso es lo que luego el ángel va a repetir de alguna forma en el anuncio a María del nacimiento de Jesús, hoy hemos escuchado en el Evangelio cómo Jesús con parábolas nos enseña cómo ha de ser ese Reino de Dios y las actitudes que tiene que haber en nuestro corazón para acogerlo.
‘Les enseñó mucho rato en parábolas, como solía enseñar’, nos dice Marcos. Y la primera parábola que nos propone es la parábola del sembrador. ¿Será necesario repetirla ahora? No nos hace daño, sino todo lo contrario, que una y otra vez la leamos, la escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque muchas veces esa actitud en la que damos por sabida ya una Palabra que se nos proclama nos está indicando que piedras o qué abrojos estamos poniendo en la tierra de nuestro corazón y que nos impedirán que podamos dar el fruto que se nos pide.
Esa necesaria actitud positiva, esa apertura de nuestro corazón, ese dejar a un lado todas esas cosas que nos puedan impedir escuchar con atención y sinceridad la Palabra que se nos proclama para que en verdad seamos esa buena tierra en la que caiga la semilla, son posturas y actitudes que hemos de tener en la escucha de la Palabra. Así podremos ir construyendo ese Reino de Dios en nosotros y haciéndolo presente en nuestro mundo. Así seremos ese templo digno y preparado para el Señor y todo nuestra vida sea un culto agradable a Dios.

martes, 26 de enero de 2010

Toma parte en los duros trabajos del evangelio

2Tim. 1, 1-9
Sal. 95
Lc. 10, 1-9


Si ayer celebrábamos la fiesta de la conversión de san Pablo, hoy celebramos la memoria de dos discípulos queridos de Pablo, Timoteo y Tito, y a los que dirige cartas que conservamos en el canon del Nuevo Testamento.
Timoteo, que procedía de Listra, hijo de padre griego y madre judía, acompañó a Pablo desde su segundo viaje y estuvo con él como compañero inseparable y a quien le confió misiones importantes. En más de una ocasión compartió hasta prisión con el apóstol que en la carta a los Filipenses da un precioso testimonio llamándolo su hijo muy querido. Esta segunda carta de la que hoy escuchamos los primeros párrafos fue escrita estando Pablo en prisión, y ya probablemente Timoteo al frente de la Iglesia de Éfeso.
Tito, de origen pagano, fue convertido a la fe por Pablo, que lo llama verdadero hijo en la fe común, y también acompañó a Pablo y que le confía diversas misiones y que la tradición nos lo sitúa al frente de la comunidad de Creta cuando le escribe la carta.
Hemos leído, como decíamos, los primeros párrafos de la segunda carta a Timoteo, donde vemos que el apóstol se hace todo elogios de la fe de Timoteo, así como la de su madre Eunice y su abuela Loida. ‘Guardo el recuerdo de la sinceridad de tu fe’, le dice el apóstol. Y después de recordarle que ‘Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de ponderación’, le invita a la fidelidad ‘con la confianza puesta en el poder del Señor’, y continuará diciéndole ‘no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor…, sino toma parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza que Dios te dé’. ¿Dónde nace esa confianza y esa fortaleza? ‘Dios nos ha salvado y nos ha dado una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia voluntad y por la gracia que nos ha sido dada desde la eternidad en Jesucristo’.
Podemos escuchar esa invitación como dicha a nosotros. Invitación a la fidelidad, a dar testimonio, a mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestro amor. No nos faltará la gracia del Señor. El ha prometido estar con nosotros hasta el final de los tiempos, nos concede el don de su Espíritu, que es Espíritu de fortaleza. La gracia del Señor nos acompaña. Muchos serán los embates de las tentaciones o de un mundo adverso, pero nuestra fortaleza está en el Señor.
Ese testimonio de nuestra fe que hemos de dar cada día hasta en las cosas más pequeñas. Ese testimonio de nuestra fe que se traduce en paciencia en las adversidades, en detalles sencillos de amor y de amistad con los que nos rodean, en una palabra buena y alentadora para el que está a nuestro lado y quizá está pasando por una mala situación.
Tenemos tantas ocasiones de mostrar nuestra fe, de dar testimonio de que Dios lo es todo para nosotros. Un testimonio de nuestra fe que daremos también con la manifestación de nuestra religiosidad de una forma sencilla pero convencida. Un testimonio con nuestra oración que hemos de saber hacer no solo por nosotros sino también por los demás, por aquellos que más lo necesiten.
En el evangelio hemos escuchado el envío de los discípulos a anunciar la Buena Nueva del Reino y a llevar la paz. Sintámonos enviados nosotros también con ese testimonio de creyentes que damos a nuestro mundo. Pero invita el Señor a que oremos para que el dueño de la mies envíe operarios a su mies, porque es abundante y los obreros pocos. Bien sabemos que la oración por las vocaciones ha de estar siempre muy presente en nuestro corazón. Una oración que hacemos acompañada con el ofrecimiento de nuestra vida, de nuestros sufrimientos y debilidades. Todo eso que es nuestra vida, en la precariedad y debilidad de los muchos años, no es algo inútil sino muy valioso si sabemos hacer ofrenda de nuestra vida al Señor. Seamos capaces de ofrecer todo eso en oración por las vocaciones.

lunes, 25 de enero de 2010

Hemos de dejarnos encontrar por la Luz

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Hechos, 22, 3-16
Sal. 116
Mc. 16, 15-18


Cuando nos dejamos iluminar por la luz de Cristo todo lo demás nos parecen sombras y oscuridades. Lo importante y necesario es que esa luz llegue a nosotros y nos dejemos sorprender por esa luz. Mientras no la encontremos nos parece que nuestras pequeñas lucecitas son las más interesantes o más importantes y nos aferramos a ellas confundidos pensando que son lo mejor.
Hoy estamos celebrando a quien se encontró esa luz y quedó ciego para las luces anteriores. También él pensaba que sus lucecitas eran las únicas importantes y por eso sin conocer la luz verdadera luchaba contra ella. Pero esa luz un día le sorprendió y se encontró cara a cara con Jesús y ya no se pudo resistir y desde entonces para él Jesús fue su única luz que quiso llevar a todas partes y a todas las gentes.
Estamos celebrando a san Pablo y su conversión. Nos lo ha relatado detalladamente san Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Un relato repetido, primero contado por Lucas, luego relatado por el mismo Pablo, que finalmente nos lo vuelve a repetir en sus cartas. ‘¿Por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno a quien tu persigues… ¿Qué debo hacer?... Levántate, vete a Damasco y allí te dirán lo que tienes que hacer…’
Nos comentará a continuación que ‘como no veía cegado por el resplandor del relámpago, mis acompañantes me llevaron de la mano a Damasco…’ Ya no podía ver los caminos de este mundo. Otra luz brillaba en sus ojos, aunque ahora estuvieran ciegos. Cuando Ananías, enviado por el Señor llegue hasta él, recobrará la luz de sus ojos. Pero ya es otra luz la que lleva en su interior.
Ananías había opuesto cierta resistencia a recibir a Pablo porque ‘he oído hablar del daño que este hombre ha hecho en Jerusalén a los que creen en ti, y aquí está con poderes de los jefes de los sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre…’ Esa era realmente la misión con que iba a Damasco, pero el Señor le tenía reservado algo importante, y por eso le sale al paso. ‘Este es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas la naciones… yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre’.
Llegará a ser el Apóstol de las gentes. Sus caminos recorrerán el ancho Mediterráneo anunciando el nombre de Jesús: toda el Asia Menor, Grecia y Macedonia, Roma y la tradición nos lo trae también a España, como anunciaría en la carta a los Romanos. Cumplió a la perfección el mandato de Jesús: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…’ Conocemos sus cartas con la densidad de la doctrina cristiana. Pero como se había anunciado no le faltarán pruebas, persecuciones y tormentos, como él mismo recordará incluso en alguna ocasión.
Pero se había encontrado con la Luz que le había salido al encuentro y ya desde entonces su vivir será Cristo. ‘Vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí… sé de quién me he fiado’. Era consciente de las maravillas que el Señor había realizado en su vida, y eso ahora él tenía que trasmitirlo. De ahí el ardor y el coraje de su espíritu.
Es mucho lo que nos dice todo esto. No podemos extendernos en este momento haciendo un recorrido más completo por la vida y la figura de Pablo, pero sí puede ayudarnos mucho lo que significó para él el encuentro con la luz, el encuentro con Jesús. Porque eso es lo que nosotros necesitamos, dejarnos encontrar por Jesús. El viene a nuestro encuentro y algunas veces no terminamos de darnos cuenta de su presencia y su llamada. Viene la luz a nuestra vida y, como dice el evangelio, preferimos nuestras pequeñas luces que a la larga son tinieblas.
Dejémonos cautivar por la luz de Jesús y nuestra vida será distinta. No temamos el encuentro con esa Luz, porque a partir de entonces todo será vida para nosotros. Vida y dicha, aunque haya momentos difíciles, tengamos que pasar por incomprensiones, nos pueda aparecer el sufrimiento y hasta la persecución. Pero nuestra dicha es el Señor y todas las oscuridades desaparecerán.

domingo, 24 de enero de 2010

Una asamblea en la que se cumple la Palabra proclamada


Nehemias, 8, 1-10;

Sal. 18:

1Cor. 12, 12-30;

Lc. 1, 1-4; 4, 14-21


Una asamblea de creyentes, una proclamación de la Palabra de Dios, una presencia salvadora de Dios con una respuesta de fe por parte del pueblo creyente. ¿A qué asamblea nos estamos refiriendo? ¿la celebrada en el templo de Jerusalén en tiempos de Esdras y Nehemías? ¿la de la sinagoga de Nazaret? ¿o a esta asamblea cristiana congregada ahora y aquí que somos nosotros?
‘Hoy es un día consagrado a nuestro Dios… no estéis tristes pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’, se dijo entonces. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret. ‘Palabra de Dios… Palabra del Señor… te alabamos, Señor… gloria y honor a ti, Señor Jesús’ , hemos aclamado nosotros.
‘Todo el pueblo estaba atento al libro de la ley…’ lloraba de alegría cuando ‘Esdras abrió el libro a vista del pueblo’, por lo que todo eran bendiciones para el Señor que así les hacía conocer su Palabra y a todos se les invitaba a la alegría y a la fiesta cuando se proclamaba el libro de la Ley y se les explicaba al pueblo. ‘Todos en la sinagoga estaban expectantes y tenían los ojos fijos en Jesús’. Quizá, sin embargo, tendríamos que preguntarnos si venimos nosotros con la misma expectación cada domingo y con la misma alegría y emoción en el corazón para escuchar la Palabra del Señor que se nos proclama.
Los textos hoy proclamados tanto Nehemías como el Evangelio nos ofrecen el testimonio de lo que podíamos decir una catequesis y una liturgia, una proclamación de la Palabra. ‘Los levitas leían el libro de la Ley de Dios con claridad y explicando el sentido de forma que comprendieran la lectura’. Por su parte san Lucas nos dice que ha resuelto ‘componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros. Siguiendo las tradiciones trasmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra… para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido’, le dice a Teófilo a quien dedica el evangelio.
Nos dirá Nehemías con detalle cómo fue aquella proclamación y lectura de la Ley, y nos contará Lucas la liturgia de todos los sábados en las sinagogas judías, con la proclamación aquel día en Nazaret del texto de Isaías.
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, que acabamos de escuchar tenemos que decir nosotros. Cristo está también en medio de nosotros en esta Palabra que nos congrega y que se nos proclama. Es la Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. Cristo es el Ungido del Señor – recordemos lo que celebramos hace un par de domingos, el Bautismo del Señor -, el que está lleno del Espíritu del Señor, como nos dice hoy Isaías, y que viene con su Buena Nueva de vida y salvación para nosotros, para los pobres, para los oprimidos y faltos de libertad, para todo nuestro mundo trayéndonos la amnistía, el perdón, anunciándonos el año de gracia del Señor.
Es así cómo nosotros hemos de recibir la Palabra de Dios que se nos proclama. Es así cómo tenemos que experimentar en nosotros esa presencia viva del Señor que nos anuncia y trae la salvación. No son unos textos o unos relatos cualesquiera que pudiéramos sustituir por cualquier otro texto o lectura. Es la Palabra salvadora del Señor. Una Palabra que tiene que ser eficaz en nosotros transformando de verdad nuestra vida. Palabra que es nuestro gozo y nuestra fortaleza. Palabra que es Buena Nueva, Buena Noticia de gracia y salvación para nuestra vida. Palabra que nos ilumina los ojos del corazón y que nos libera de la peor cautividad y opresión que es nuestro pecado. Palabra que nos llena de gracia y de vida produciéndose la más hermosa y profunda renovación.
¿Es así siempre en nosotros? Depende, no de la Palabra que se nos proclama, sino de nuestra expectativa y nuestra respuesta. ¡Qué lástima cuando escuchamos decir a alguien que no viene a nuestras celebraciones porque se aburre y se cansa, porque siempre es lo mismo y no hacemos sino repetir las mismas cosas!
Tenemos que pedir fe. La Palabra de Dios no se repite, aunque sean los mismos textos, sino que siempre será noticia nueva y buena para nosotros. Si con fe la escuchamos abriendo nuestro corazón como tierra buena, entonces podremos escuchar esa Palabra nueva y viva que el Señor tiene que decirnos en este momento concreto en que la escuchamos.
En la Parábola del sembrador, que tantas veces hemos escuchado, la semilla es la misma, pero era la tierra la que no estaba preparada de la misma manera para recibirla y por eso sólo la tierra buena y bien dispuesta hizo que pudiera producir fruto al ciento por uno. Así nosotros, depende de nuestra actitud, de la apertura de nuestro corazón, de la fe con que la recibamos.
Una última cosa; no olvidemos que la Palabra que recibimos y escuchamos nos convierte también a nosotros en mensajeros de esa Palabra. Mensajeros con nuestra vida nueva y comprometida para hacer el anuncio, para llevar la luz, para anunciar y realizar también la liberación de los oprimidos. De cuántas maneras esa Palabra puede ser liberación y anuncio de salvación para los demás a través de nosotros. Cuánto podemos y tenemos que transformar con el anuncio de esa Palabra.
Una Palabra que nos congrega y nos hace vivir en unidad y comunión. Recordemos la imagen que contemplábamos al principio de el asamblea congregada y reunida para la escucha de la Palabra. Una Palabra que nos llena a nosotros también con la fuerza del Espíritu del Señor. No olvidemos que tenemos que ser otros Cristos, porque así hemos sido ungidos por el Espíritu desde nuestro Bautismo.

sábado, 23 de enero de 2010

Una opción por Cristo con toda radicalidad

2Sam. 1,1-4.11-12.19.23-27
Sal. 79;
Mc. 3, 20-21


Diversas son las reacciones que se producen ante Jesús. Y es que ante El no podemos quedar indecisos, como insensibles y sin tomar partido. Ante El hay que hacer una opción. Cuando con sinceridad nos ponemos ante El y tratamos de conocer su persona, descubrir verdaderamente su mensaje, saber bien cuál es la honda razón de su vida, hay que decidirse.
Hay personas que pasan y no dejan huella. Hay personajes de la historia ante los cuales podemos sentir admiración. Hay quien en su tiempo se le tuvo en cuenta y pudo hacer muchas cosas buenas, pero con el paso del tiempo todo parece que se borrara en el olvido. Con Jesús no puede pasar así.
En los cortos versículos del evangelio de este día vemos claramente dos opciones que pueden reflejar esas distintas posturas que se toman ante Jesús, aunque está también la del rechazo total. Por una parte nos dice el evangelista que cuando ‘Jesús volvió a casa con sus discípulos se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer’. Será algo que veremos en alguna otra ocasión del evangelio y que hará que Jesús en alguna ocasión se marche a lugares apartados con sus discípulos para descansar con ellos y para instruirlos de manera especial.
Pero hoy vemos la reacción también de algunos familiares de Jesús que ‘vinieron para llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’. No es que realmente su familia piense que está loco, pero están viendo las reacciones que comienzan a tener algunos contra Jesús y les puede parecer que se le está poniendo en peligro. Quizá ya comenzaba a saberse lo que maquinaban los fariseos y algunos contra Jesús y loco habría que estar para seguir en la brecha haciendo el anuncio del Reino tal como lo presentaba Jesús. Además no era lo que algunos esperaban o deseaban que fuera ese Reino que Jesús anunciaba.
Nos puede recordar otros momentos del evangelio. Simeón había anunciado que Jesús sería un signo de contradicción: ‘este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será un signo de contradicción…’ había anunciado cuando la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de nacer.
Pero también Jesús dirá en otra ocasión que ante El hay que decantarse. ‘El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama’. Y a los que pretendían seguirle y ser sus discípulos les dirá que habrán de renunciar a todo para seguir con El, o que ‘el que quiera a su padre o a su madre, a su hermano o a su hermana, a su mujer o a sus hijos… más que a mí, no es digno de mí’.
Nosotros también tenemos que aclararnos. ¿Una lucha entre las tinieblas y la luz? Algunas veces algo así nos puede pasar en nuestro interior. Y queremos hacer componendas; y preferimos en ocasiones las mediocridades; nos queremos contentar con dar cositas, y tememos tener que darnos totalmente nosotros mismos; y el Señor nos llama a seguirle con radicalidad y queremos dejar alguna cosita para nosotros, como si de un seguro de vida se tratara. Pero Jesús nos dirá que hay que perder la vida para poder ganarla, porque el que quiera ganar su vida, la perderá.
No es fácil. Hay tantas cosas que tiran de nuestro corazón y quieren arrastrarnos. Pero sabemos bien que cuando nos decidamos por El, no nos va a dejar solos, porque siempre tendremos su presencia, la fuerza de su Espíritu con nosotros, todo el poder de la gracia que nos fortalece.
Cristo está conmigo y ya nada temeré. Yo quiero estar, entonces, también para siempre con Cristo, aunque signifique tomar la cruz para seguirle.

viernes, 22 de enero de 2010

Se fueron con El y los hizo sus compañeros

1Sam. 24, 3-21
Sal. 56
Mc. 3, 13-19

‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con Él. A los doce los hizo sus compañeros para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios…’
Un texto que nos habla de la elección de los doce apóstoles. Había ido llamando a algunos de manera especial junto al lago; a otros como a Leví lo había llamado desde su mostrador de los impuestos; así se le habían unido algunos discípulos. Ahora llama a doce que quiere que sean sus compañeros. Nos da a continuación el evangelista el listado de los doce a quienes escogió y llamó de manera especial.
Antes de enviarlos a predicar con su misma misión y con su mismo poder de expulsar demonios, quiso que estuvieran con El. ‘Se fueron con El…’ dice primero. Luego añade el evangelista ‘los hizo sus compañeros’. Los que estaban con El. Los que hicieron el mismo camino que El. Los que entraron en una intimidad más profunda para conocerle más, para explicarle a ellos de manera especial lo que le enseñaba a toda la gente. Era la forma de impregnarse de Jesús para poder luego realizar su misma misión. Sólo podrán anunciar lo que antes por sí mismos habían vivido y experimentado.
Pero cuando hoy estamos escuchando este evangelio, ¿nos vamos a quedar solamente en unas palabras que hacen referencia a los que de manera especial el Señor llama para ser sus apóstoles, sus sacerdotes o los que consagran su vida para vivir más en El en la vida religiosa?
Es cierto que quienes hemos escuchado esa llamada del Señor en este texto encontramos un estímulo más para nuestro seguimiento de Jesús y la respuesta que hemos de darle; unas palabras que Dios nos dice para que comprendamos más y mejor la necesidad de ese estar con el Señor, de esa intimidad especial con El para luego anunciarle y dar esa respuesta comprometida de toda nuestra vida para el Señor.
Me atrevo a pediros que oréis al Señor por nosotros para que así lo vivamos y así nos impregnemos del Señor para poder realizar la misión que El nos ha encomendado con su llamada.
Pero a todos los que creemos en Jesús y queremos seguirle, queremos llamarnos y ser sus discípulos, cristianos, llega también esta Palabra. Creer en Jesús, decirle sí para seguirle, para ser su discípulo a todos nos pide también que tengamos que empaparnos de Jesús para poderle vivir profundamente, para poder ser cristianos de verdad.
Nos empapamos de Jesús si estamos con El y le escuchamos. Nos empapamos de Jesús si sabemos estar con El y cultivamos el espíritu de oración para vivir en su presencia, para sentirle y vivirle en nuestro corazón. ¡Qué importante y necesaria la oración en la vida del cristiano, de todo cristiano!
Un cristiano sin oración no llegará nunca a vivir a Jesús, a experimentar el gozo de su presencia allá en lo hondo del corazón. La oración será la que dará vitalidad y energía a su fe. La oración le llenará de Dios y le inundará de su gracia. Un buen cristiano tiene que ser una persona de oración. Es su fuerza, es su vida. La oración es donde hará que comience a arder de amor su corazón. La oración es la que le dará confianza y esperanza.
Necesitamos ‘estar con El’.

jueves, 21 de enero de 2010

Envidias y celos, amistad y lealtad

1Sam. 18, 8-9; 19, 1-7
Sal. 55
Mc. 3, 7-12


La Palabra de Dios que cada día vamos escuchando y meditando con sinceridad de corazón nos tiene que ayudar en nuestro crecimiento personal tanto a nivel humano con en valores espirituales y cristianos. Cierto que lo verdaderamente humano es al mismo tiempo espiritual y nos ayuda en la expresión y la maduración de nuestra fe.
Los relatos que se nos ofrecen en el texto sagrado pueden ser para nosotros una referencia y nos ofrecen modelos en esos valores que nosotros hemos de aprender a reflejar en nuestra vida. Tanto si nos ofrecen aspectos negativos reflejados en los personajes que aparecen en dichos relatos como en los aspectos positivos que podemos encontrar.
Es lo que nos ofrece el texto del libro de Samuel hoy. Cuatro palabras nos pueden servir de pauta y en cierto modo están como contrapuestas: envidias y celos, amistad y lealtad.
Qué mezquina se nos vuelve la vida cuando nos dejamos arrastrar por los celos y las envidias. Aunque todo eso al final se puede corregir y enmendar. Son las actitudes del rey Saúl contra el joven David que comienza a destacar. Como es aclamado por la gente por su valentía y sus victorias en las batallas, ‘a Saúl le sentó mal aquella copla que cantaba el pueblo y comenta enfurecido: Diez mil a David, y a mi mil. ¡Ya sólo le falta ser rey! Y a partir de aquel día Saúl le tomó ojeriza a David…’ Quería incluso atentar contra su vida.
El orgullo del corazón nacido de celos y envidias lleva al hombre por el mal camino y todo se puede convertir en una pendiente peligrosa y resbaladiza que cada día nos puede hundir más en el mal. ‘Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David’.
Enfrente está la amistad y la lealtad. El hijo del Saúl, Jonatán, y David son grandes amigos que se tienen mucho aprecio. En nombre de esa amistad previene al amigo de lo que le puede suceder y hará todo lo posible ante su padre para salvar la vida de David, hasta que consigue la promesa del rey. ‘Saúl hizo caso a Jonatán y juró: ‘¡Vive Dios, no morirá!’
A pesar del conflicto que podía haber en su corazón porque era su padre el que quería mal a David, prevalece la lealtad de una amistad sincera y pura. No puede permitir que le pase algo malo a su amigo y lo que hará será convencer a su padre para que desista del mal. Todo al final se puede corregir y enmendar, habíamos dicho más arriba.
Cosas negativas que no podemos permitir que se nos metan en el corazón; la envidia, los celos, el orgullo. Una necesaria vigilancia en nuestra vida, como hemos dicho tantas veces, porque ahí está presente siempre la tentación y la inclinación al mal. Que como hemos reflexionado recientemente, nos ha de precaver y enseñar a valorar siempre lo bueno de los demás aunque aparentemente podamos quedar nosotros en un segundo plano o lugar. Lo importante es valorar siempre lo bueno del otro sea quien sea y venga de donde venga.
Por otra parte tantas cosas hermosas de las que hemos de llenar nuestro corazón como puedan ser los hermosos valores de la amistad y la lealtad, a imagen de lo que hemos contemplado hoy en aquellos jóvenes. Tener un amigo es tener un tesoro, solemos decir. Pero amigos no sólo por lo que yo humanamente me pueda enriquecer recibiendo lo que me pueda ofrecer la amistad del otro – y no hablamos de riquezas materiales -, sino también, y esto es importante, lo que yo pueda ofrecer, compartir, dar al amigo de mi mismo y de mis valores. Es una riqueza mutua. No olvidemos que amistad viene de amor y amor es darse y gastarse por el otro. Es lo que tengo que ofrecer en nombre de la amistad.
Hermoso lo que nos ofrece como enriquecimiento para nuestra vida la Palabra de Dios que estamos reflexionando.

miércoles, 20 de enero de 2010

El Señor nos librará de las manos del filisteo

1Sam. 17, 32-33.40-51
Sal. 143
Mc. 3, 1-6


‘El Señor que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me libará de las manos de ese filisteo’. Expresa así el joven David la confianza que tiene en el Señor para luchar contra el filisteo.
Está haciendo el texto referencia a la lucha contra el gigante Goliat que con los filisteos tantos problemas estaban causando al pueblo de Israel. El diálogo que sigue en el momento de entablar la batalla del joven con el gigante es bien hermosa y puede servirnos también para nosotros en nuestra lucha espiritual contra el maligno.
‘Tú vienes a mi armado de espada, lanza y jabalina; yo voy a ti en nombre del Señor de los Ejércitos, Dios de las huestes de Israel al que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos…’ Habían intentado vestir con la armadura real al joven David, pero él lo rehusó. En el fondo su confianza la tenía en el Señor que estaba de parte de su pueblo y sabía él bien que no le iba a faltar esa fortaleza.
Como decía esto nos puede ayudar mucho a nosotros en nuestra lucha contra el pecado y el mal. Una lucha que bien sabemos que no hacemos por nosotros mismos ni sólo con nuestras fuerzas. Algunas veces parece que lo quisiéramos hacer solo desde nuestro voluntarismo como si sólo fuera necesario nuestra fuerza de voluntad. Es cierto que que tenemos que poner nuestro empeño y esfuerzo. Pondremos nuestros medios o resortes humanos, pero la verdadera fuerza nos viene del Señor.
Es en nombre del Señor desde donde emprendemos nuestra lucha. Es porque buscamos siempre la gloria de Dios con nuestra vida por lo que queremos ser santos y apartarnos del camino del mal y superar la tentación. Pero es la fuerza del Señor la que nos anima y fortalece.
Las palabras de David frente al enemigo nos recuerdan las palabras de Pedro que lanza la red al mar en el nombre del Señor. Es que camina el cristiano en el nombre del Señor. Cuando iniciamos nuestro día tenemos la costumbre de hacer la señal de la cruz, como cuando emprendemos el camino o comenzamos cualquier actividad. Hemos de hacerlo con sentido, sabiendo que si estamos haciendo la señal de la cruz es porque en el nombre del Señor, - ‘en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ decimos -, estamos queriendo emprender aquella tarea o aquella lucha contra el mal.
Es lo que repetimos en la oración del Padrenuestro cada vez que la rezamos. ‘Líbranos del mal… no nos dejes caer en la tentación…’ Queremos santificar el nombre del Señor y al mismo tiempo nosotros llenarnos de la santidad de Dios, y por eso pedimos la ayuda y la gracia del Señor. Queremos en todo momento hacer la voluntad del Señor y queremos vivir en su Reino, reconociendo que El es nuestro único Señor. Queremos hacer que toda nuestra vida, todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor, y todo eso no lo podremos realizar en plenitud si no es con la fuerza del Señor.
Cuando Jesús nos dice que tendremos que enfrentarnos a tribunales y a gobernadores que nos perseguirán, nos anuncia que el Espíritu estará de nuestra parte y que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa. Esa fuerza del Espíritu Santo es la que estará siempre de nuestro lado en la lucha contra el mal y el pecado para vencer la tentación. Que no seamos nosotros los que, obcecados por el mal y la tentación, no sepamos contar con esa gracia.
El Señor nos librará de las manos del filisteo, de las garras del maligno y no nos dejará caer en la tentación.

martes, 19 de enero de 2010

Miremos con la mirada de Dios que mira el corazón

1Sam. 16, 1-13
Sal. 88
Mc. 2, 23-28


‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso…’
Buen resumen que nos hace el salmo del texto de libro de Samuel que nos habla de la elección y unción de David como rey de Israel. El texto nos ha dado las motivaciones – ‘he rechazado a Saúl como rey de Israel’ – y los detalles de su elección con la marcha de Samuel a la casa de Jesé y el desfile ante él, con sus correspondientes dudas, par descubrir quién era el elegido del Señor.
No puede Samuel dejarse engañar por las apariencias porque Dios para su elección se fija en el corazón del hombre y además, como vemos frecuentemente en la Biblia, Dios escoge más bien entre los pequeños y los sencillos. De ahí esa frase que nos puede quedar para nosotros como una sabia sentencia; esas frases lapidarias que siempre hemos de recordar y que son una hermosa sabiduría que nosotros hemos de saber aplicar en tantas circunstancias de la vida.
‘No mires su apariencia… La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’.
Es cierto que sólo Dios es el que conoce el corazón del hombre y a Dios no lo podemos engañar con nuestras apariencias y vanidades. Aunque en nuestra mirada humana nos encandilemos con las apariencias, los fulgores externos, hemos de intentar tener esa mirada de Dios para tratar de discernir la verdad de la persona y tratar de fijarnos y conocer el corazón del hombre. Porque de lo que llevamos lleno el corazón lo reflejamos en nuestras actitudes y nuestra vida.
Es un don del Espíritu el discernimiento para conocer lo bueno y descartar lo malo. Hemos de pedir ese don al Señor para tratar de discernir a través de las obras de los hombres lo que de verdad hay en el corazón. Y un criterio que siempre podríamos tener es suponer lo bueno – no tenemos derecho a juzgar a los demás – y además procurar siempre fijarnos en lo bueno de las personas, que si nosotros tenemos también un buen corazón y están lejos de nosotros las envidias y las rivalidades, eso bueno común en unos y en otros es lo que tiene que unirnos, llevarnos al buen entendimiento y a la armonía.
Muchas veces en nuestra convivencia nos cuesta aceptarnos, bien porque recibimos desaires o nos hagan cosas que no nos agradan, o bien porque en ese fijarnos sólo en lo externo no nos gusta la persona o nos cae mal. Y muchas veces vivimos en un ámbito donde tenemos que estar tropezándonos con esa persona y se nos puede poner difícil la cosa, la convivencia. ¿Sabéis una cosa que me ayuda mucho a mí en esas circunstancias? Me pongo a rezar por esa persona, no a pedir de una forma interesada para que esa persona cambie y no me moleste, sino simplemente rezando por esa persona, pidiendo la gracia del Señor para ella en lo que ella necesite, y al mismo tiempo que yo aprenda y sepa aceptarla. Siempre encuentro que con la ayuda del Señor, luego las cosas son más fáciles. La gracia del Señor no nos defrauda.
Tratemos, pues, de tener esa mirada de Dios en nuestra relación con los que nos rodean, con aquellos con los que convivimos, o con los que en el camino de la vida en distintas circunstancias vamos encontrando.

lunes, 18 de enero de 2010

Caminos nuevos para una vida nueva en obediencia al Señor

1Sam. 15, 16-23
Sal. 49
Mc. 2, 18-22


‘Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, hemos repetido en el salmo. No son los sacrificios ni los holocaustos lo que el Señor nos pide.
Qué fáciles somos para ofrecer cosas, como si el Señor nos estuviera pidiendo 'regalitos'. Hasta incluso somos capaces de sacrificarnos, de renunciar a cosas materiales. Pero ¿qué es lo que el Señor nos pide? Algo quizá más sencillo, aunque sabemos que nos cuesta más. La obediencia de nuestro corazón. ‘No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos junto a mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños…’
Hasta quizá estamos repitiendo de memoria una y otra vez los mandamientos y hasta hacemos galas de que somos las personas más religiosas del mundo. ¿Por qué haces eso, ‘tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?’ Y nos responde el Señor en el mismo salmo con lo que hemos repetido una y otra vez. ‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
Es lo que hemos ido meditando en el salmo responsorial. Como su nombre, indica, responsorio, porque es como la cantinela que se repite, pero que es también la respuesta que con la misma palabra de Dios en los Salmos vamos dando a lo que el Señor nos dice o nos revela.
Ese ha sido el mensaje central del texto del libro de Samuel que hemos escuchado en la primera lectura. Es la respuesta que le da Samuel a las actitudes y a los acciones que ha ido realizando el rey Saúl no siempre agradables al Señor. No vamos a hacer un comentario demasiado exhaustivo, pero sí queremos hacer referencia, aunque fuera brevemente, a lo relatado en la lectura de Samuel.
Nos pueden parecer costumbres bárbaras y hasta preguntarnos cómo el Señor pudiera pedir o permitir tales cosas como entregar al exterminio total a aquellos pueblos contra los que luchaba Israel. Por una parte son costumbres propias de una época muy antigua que hoy no entenderíamos pero que formaba parte de la cultura y costumbres de entonces. No habían llegado ni a niveles de civilización que se pudieran acercar o parecer a los nuestros ni tampoco el concepto de un Dios justo y misericordioso había alcanzado la suficiente revelación. Por eso más que juzgar es aceptar las cosas en su propia época.
Según tales costumbres el rey no había hecho lo que tenía que hacer sino que incluso en buena voluntad quería agradar a Dios ofreciéndole en holocausto lo mejor de aquellas cosas que se le arrebataban al enemigo. Pero no es lo que le agrada al Señor. Por eso Samuel le dice en nombre del Señor.
‘¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil, más que grasa de carneros…’ Obedecer al Señor, cumplir sus mandamientos, descubrir en todo lo que es su voluntad, es lo que tenemos que hacer. Hemos de ir más allá de la literalidad de los sacrificios y exterminios de una época, para descubrir lo que en todo tiempo es agradable al Señor: la obediencia al Señor. La búsqueda de su voluntar para realizarlo en nuestra vida.
Obedecer a Dios, haciendo una referencia breve a lo que hoy nos ha dicho el evangelio, que significa saber descubrir en todo momento lo que es la novedad del Evangelio de Jesús. No nos podemos quedar anclados en lo antiguo sino descubrir y llevar a la práctica de la vida lo que es la novedad del Evangelio. Lo que nos exige también unas actitudes nuevas y un nuevo sentido y estilo para nuestra vida. Un sentido y un estilo que se desprende del evangelio de Jesús. Por eso nos está hablando de odres nuevos, de vestidura nueva, no de remiendos ni componendas. Lo que significa también vivir la alegría de la fe; alegría porque sabemos como Cristo está siempre con nosotros. ¿Podemos vestirnos trajes de luto y tristeza cuando tenemos la certeza de que Cristo está con nosotros?

domingo, 17 de enero de 2010

No les queda vino…

Is. 62, 1-5;
Sal. 95;
1Cor. 12, 4-11;
Jn. 2, 1-11

‘Había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda…’ Así ha comenzado el evangelio de hoy.
Hablar de un banquete de bodas es hablar de alegría y de fiesta, de encuentro y de convivencia armoniosa entre familiares y amigos, de sentimientos compartidos en la familiaridad y en la amistad y necesariamente, siendo una boda, de amor y de felicidad. Ese compartir y comer juntos alrededor de una mesa, esa comunicación espontánea e incluso efusiva entre todos los comensales que manifiestan una comunión hermosa entre todos.
En aquella boda de Caná faltó el vino aunque sólo unos ojos atentos y amorosos como los de María fueran capaces de darse cuenta de aquella fiesta se pusiera en peligro y no acabara bien. Pero allí está María y está también Jesús. Ya hemos escuchado el diálogo entre María y Jesús. ‘No les queda vino… Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora… haced lo que El os diga…’ Está la súplica de la madre que es capaz de adelantar la hora de Jesús y el milagro se realiza de manera que la fiesta pueda llegar a una mayor plenitud en el vino nuevo que Jesús les está ofreciendo.
Es un milagro muy significativo y que nos dice muchas cosas. Un signo lo llama el evangelista Juan. Al final se nos dirá que ‘así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Ya sabemos que los milagros de Jesús son signos del Reino nuevo, del Reino de Dios que El anuncia y viene a instaurar. Con esa lectura hemos de contemplar y meditar este texto del Evangelio, esta Palabra de Dios que hoy nos ha sido proclamada.
En la fiesta de la vida, en la que todos compartimos un mismo mundo y construimos una misma sociedad, ¿nos podría faltar el vino? Ciertamente constatamos que la fiesta, el banquete de bodas de la vida, no es total ni todos participan de la misma manera de ella. Hay dolor y hay sufrimiento; no compartimos en unas mismas condiciones todos el mundo en que vivimos; desigualdades, pobreza y miseria para muchos, injusticia y falta de verdadera comunión entre todos, enfrentamientos y odios, insolidaridad… tantas catástrofes naturales que hacen sufrir a los hombres y mujeres de nuestro mundo, como el reciente terremoto de Haití… ¡cuántas cosas!
Hemos de reconocer que nos falta el vino. El vino que tendría que animar nuestra fiesta para que todos esos sufrimientos se aliviaran o desaparecieran, para que hubiera una auténtica y real comunión entre todos, para que nuestro mundo fuera más justo, para que todos pusiéramos más empeño en hacerlo mejor haciendo felices a los demás, empezando por los que están cada día a nuestro lado. El vino nuevo que no nos deje cruzarnos de brazos ante el sufrimiento de los demás, sean quienes sean.
‘Jesus y los discípulos estaban también invitados a la boda’, nos decía el evangelio. ¿No faltará ese vino necesario para que nuestro mundo sea mejor porque no dejamos que Jesús participe en esa fiesta de la vida de nuestro mundo y/o porque nosotros sus discípulos, los cristianos algunas veces nos desentendamos y no llevemos el vino nuevo de Jesús que le diera más plenitud y felicidad a nuestro mundo?
Falta vino nuevo que dé un mayor sentido y valor a nuestro mundo, porque falta fe y falta amor. Falta fe en una sociedad que quiere arrinconar a Dios, prescindir de Dios y de todo lo sagrado, que quiere desterrar de ella todo sentimiento religioso y también todo signo religioso que nos recuerde la trascendencia, que nos haga elevar nuestros ojos y nuestro espíritu a lo alto. Nos falta fe porque quizá también la hemos dejado enfriar y está en peligro casi de morirse esa planta hermosa de la fe en nuestro corazón, influenciados quizá por la indiferencia o la frialdad que nos rodea.
Y ya hay muchos interesados en que esa luz no brille y se trata de ocultar u obscurecer de la forma que sea, porque quizá pueda molestarles esa luz. A cuántos les interesa más hacer públicos los posibles fallos humanos de los miembros de la Iglesia pero no quieren que se conozca el compromiso serio y valiente de tantos cristianos y tantas obras de la Iglesia.
Un ejemplo que nos puede valer para darnos cuenta de esos turbios intereses. En estos días, a raíz de la terrible catástrofe que ha significado el terremoto de Haití, un medio de comunicación de gran trascendencia a nivel mundial hablaba de las ayudas que de todas partes se están ofreciendo y llevando para remediar tal desastre, y no se le ocurría otra cosa que poner una foto del Papa con el comentario de que algunos ofrecen sólo ayuda espiritual. Hay que tener los ojos cerrados para no ver o no querer dejar ver a los demás la labor de tantos cristianos y de tantas instituciones de la Iglesia, como Cáritas, que se han volcado para remediar tanto sufrimiento allí, como sucede en tantos sitios y en tantas situaciones dolorosas de los hombres y mujeres de nuestro mundo.
Ofrece sí ayuda espiritual – también es necesaria -, pero también es importante la ayuda material y la presencia de tantos cristianos comprometidos y de tantas obras de la Iglesia, como de tantos misioneros que permanecen en su sitio al lado de los que sufren cuando los demás abandonan y/o dan por terminado su trabajo. Eso a algunos no les interesa darlo a conocer.
Y no olvidemos que los discípulos de Jesús, o sea, nosotros los cristianos, los que creemos en Él, estamos invitados a ese banquete y no podemos dejar de asistir para hacer presente esa fe y ese amor con nuestra vida, con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor. Algunas veces los cristianos tenemos miedo y nos ocultamos, no hacemos presente de forma valiente que nosotros tenemos un vino nuevo que ofrecer. No podemos ocultarnos, tenemos que hacer resplandecer esa luz con la que nosotros podemos iluminar nuestro mundo que es Cristo.
Un detalle hermoso son los ojos atentos y observadores de María para darse cuenta de que no tenían vino. Pidamos al Señor, con la intercesión de María, la Madre siempre suplicante e intercesora, que tengamos unos ojos atentos y abiertos como los supo tener la Madre para darnos cuenta de esa falta de vino, pero también, como ella, ponernos en el empeño de que puedan tener ese vino nuevo que pueda dar esa plenitud y esa felicidad a nuestro mundo. María también nos dice a nosotros ‘no les queda vino… pero haced lo que El os diga…’
Mucho vino nuevo de fe y de amor tenemos que llevar a nuestro mundo. Ese mundo en el que tenemos que hacer presente el Reino de Dios, hacer presente a Dios. Sólo con el vino nuevo de Jesús lo podremos transformar. Que nos falte a nosotros la fe, sino que crezca de día en día y se manifieste en el compromiso del amor.

viernes, 15 de enero de 2010

¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?

1Sam. 8, 4-7.10-22
Sal. 88
Mc. 2, 1-12


‘¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Una primera reacción de los letrados y fariseos a la obra de Jesús. Reacción que como seguiremos viendo en el evangelio irá en aumento.
Hasta ahora habíamos visto a Jesús predicando en las sinagogas, anunciando el Reino de Dios e invitando a la conversión. Los primeros discípulos se le habían unido y le seguían. Curaba a los enfermos y poseídos que le traían allí donde estuviera. Un leproso acudió a Jesús para verse limpio de la lepra con todo lo que ello significaba para recomenzar una vida nueva, como ayer lo reflexionábamos. Ahora le trajeron un paralítico y Jesús manifiesta claramente lo que El quiere darnos: el perdón de los pecados.
Todo hasta ahora eran signos que anunciaban lo que en verdad Jesús quería ofrecernos. Ahora nos da su perdón. ‘Al ver la fe que tenían – lo habían introducido descolgándolo desde el techo abriendo un boquete entre las tejas porque no podían introducirlo por la puerta a causa del gentío - le dijo al paralítico: tus pecados quedan perdonados’.
Se arma la controversia en quienes no quieren aceptar lo que realmente Jesús quiere ofrecernos. Lo acusan incluso de blasfemo. Pero Jesús quiere hacerles comprender y realiza también el milagro de curar aquel hombre de la parálisis. ‘¿Qué es más fácil: decirle al paralítico tus pecados quedan perdonados o decirle, levántate, coge la camilla y echa andar? Pues, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados… entonces le dijo al paralítico: contigo hablo, levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’. Es la Salvación que Jesús quiere darnos.
¿Qué buscamos en Jesús? Nos hemos hecho la pregunta muchas veces y conviene que nos la hagamos para que vayamos purificando más y más nuestros deseos de estar con Jesús y seguir a Jesús. Tenemos que descubrir en Jesús a Dios y la salvación profunda que El nos ofrece.
No olvidemos cómo nos lo presentaba el Bautista, ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Una referencia al cordero pascual que todos los años era inmolado en recuerdo y celebración de la primera pascua cuya sangre sirvió como señal para la liberación de la esclavitud de Egipto. Así Cristo se nos inmolará como verdadero Cordero Pascual derramando su sangre para el perdón de los pecados.
También nos señalaba Juan: ‘El que viene tras de mi os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Nos dará el don de su Espíritu para el perdón de los pecados cuando confía a la Iglesia el ministerio de la reconciliación y el perdón. ‘Recibid el Espíritu Santo y a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’ Es el fuego de fundidor que nos purifica de toda escoria y mancha de pecado.
El perdón que Cristo nos ofrece con su salvación es el inicio de una vida nueva; es arrancar de nosotros todo mal y todo pecado; es revestirnos de actitudes nuevas para una vida nueva.
Con el perdón que recibimos de Jesús con su salvación estamos comenzando también a hacer un mundo mejor. Quien se siente perdonado hará que su vida sea distinta. Cuando nos sentimos perdonados de nuestras culpas y pecados, nos sentiremos impulsados a ir sembrando semillas nuevas que mejoren también nuestro mundo.
Acojámonos a la salvación que Jesús nos ofrece. Démosle gracias una y otra vez por el perdón que en su amor nos regala.

jueves, 14 de enero de 2010

Jesús quiere limpiarnos de la lepra que nos aísla

1Sam. 4, 1-11
Sal. 43
Mc. 1, 40-45


Al contemplar el inicio del ministerio apostólico de Jesús por Galilea, una cosa que hemos reflexionado es cómo tenemos que ponernos ante la Palabra de Dios con toda sinceridad, pero también con mucha fe y con mucho amor. Palabra de salvación que nos dice Dios, hemos comentado en alguna ocasión; palabra que Dios tiene y quiere decirnos en cada ocasión que con fe queremos escucharla.
Siempre es Palabra viva y Palabra llena de vida. Siempre es para nosotros Evangelio, Buena Nueva, Buena Noticia que Dios quiere comunicarnos. Por eso hemos de alejar de nosotros toda actitud negativa, y actitud negativa es pensar que ya es un texto que hemos escuchado muchas veces y que ya sabemos de antemano lo que quiere decir.
Ayer contemplábamos cómo ‘le traen muchos enfermos y poseídos,,, y curó a mucos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’. Hoy es un leproso el que se acerca a Jesús. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, es la petición del leproso.
Es significativo. Un enfermo, pero que tiene unas características también de índole social. El leproso era obligado a vivir fuera de la comunidad. Era un impuro, así se consideraba esta enfermedad. Por temor al contagio, lo que podíamos considerar normal dadas las condiciones higiénicas y sanitarias de la época, había de vivir alejado de todos, lejos de la familia, fuera de la población y no se le permitía acercarse a nadie, como nadie podía acercarse a él. De ahí que quien se curarse tenía que tener unas garantías para poder reincorporarse a su vida normal y la vida en el pueblo y con la familia. Los sacerdotes eran entonces los que podían extender esa autorización. Lo vemos en lo que al final le dice Jesús al leproso curado que tiene que hacer. ‘Para que conste, ve a presentarte ante el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés’.
Pero este hombre se ha acercado a Jesús. Con Jesús todo sería distinto, porque además nos dice que ‘sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio…’ Jesús nos arranca del mal, nos saca del aislamiento en que como consecuencia del mal que hay dentro de nosotros vivimos.
En el Reino nuevo que Jesús está anunciando, no caben ni discriminaciones que nos separen unos de otros creándonos barreras que se interpongan en nuestras relaciones ni aislamientos. Jesús quiere hacernos sentir una nueva comunión, una nueva fraternidad. No puede ser nunca la enfermedad motivo para considerar a alguien como un impuro o indigno de vivir con la comunidad, como tampoco como un castigo de Dios por algún pecado que hubiera cometido.
Cómo nos aislamos tantas veces por nuestros orgullos o nuestros egoísmos. Ese orgullo que se nos mete en el corazón, ese egoísmo que nos hace indiferentes los unos hacia los otros o que nos puede llevar a tratarnos mal y a hacernos daño, es peor que una lepra. Jesús quiere limpiarnos, hacernos hombres nuevos. Extiende su mano también sobre nosotros, dejemos que nos toque el corazón para que comencemos a sentir y a actuar de manera distinta.
Jesús nos cura, nos sana, nos salva, nos pone en camino de una vida nueva, de un estilo distinto, que es el estilo del amor. Vivamos su salvación. Demos señales auténticas del Reino de Dios.

miércoles, 13 de enero de 2010

Aquí estoy, habla que tu siervo escucha

1Sam. 3, 1-10.19-20
Sal. 39
Mc. 1, 29-39


Podemos comenzar manifestando que el texto del evangelio de hoy, continuación del escuchado ayer, sigue presentándonos el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea. Proclama el evangelio del Reino de Dios, y ahora le vemos ‘recorrer toda Galilea predicando en las sinagogas y expulsando demonios’, y con su Palabra y presencia salvadora va liberando del mal a quienes están poseídos por el espíritu maligno dándonos así las señales del Reino de Dios que llega.
Es intensa la actividad de Jesús porque incluso ‘la población entera se agolpaba a la puerta’, llevándole ‘muchos enfermos y poseídos… curando a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’.
Hay un aspecto muy importante en medio de este texto aunque esté resumido en un solo renglón. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. La necesaria unión con el Padre. Hermoso ejemplo para nuestra vida, que además podemos conectar hoy con lo que nos decía la lectura del libro de Samuel. Cuánto nos enseña.
Si ayer escuchábamos la súplica insistente de Ana pidiéndole un hijo al Señor y prometiendo consagrarlo a Dios, hoy ya contemplamos al niño Samuel en las estancias del templo junto al sacerdote Elí. ‘El pequeño Samuel servía en el templo del Señor bajo la vigilancia de Elí’, nos dice el texto sagrado. Más adelante apunta que ‘aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor’.
Ya hemos escuchado el texto. El Señor en medio de la noche llama al niño Samuel que acude presuroso a los pies del anciano sacerdote: ‘Aquí estoy; vengo porque me has llamado’. Pero no era el anciano sacerdote quien llamaba a Samuel y la llamada se repite varias veces hasta que Elí comprende que es el Señor quien llama a Samuel. ‘Comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo escucha’.
‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’. Tenemos que dejarnos enseñar para escuchar a Dios que nos habla. ¡Qué importante esa disponibilidad y generosidad de corazón que vemos en el muchacho Samuel! Pero qué importante es que sepamos abrir los oídos de nuestro corazón para escuchar al Señor.
Hemos contemplado hoy a Jesús en medio de su frenética actividad haciendo un parón, aunque sea en la madrugada, para orar. Pero estamos aprendiendo también cómo tenemos que orar, cómo ha de ser nuestra oración en la oración que aprendió a hacer el pequeño Samuel. Jesús busca la soledad de la madrugada y al niño se le enseña a hacer silencio en su interior para escuchar a Dios.
Escuchar a Dios, qué importante. Escuchar a Dios, hacer silencio en nuestro interior para poder oír claramente su voz y conocer todo el misterio de Dios que se nos revela y viene a nosotros.
Andamos quizá muy preocupados de contarle a Dios nuestras necesidades, de hacer la lista de aquellas cosas o personas que queremos recordar en su presencia. Es cierto que Jesús nos enseña a pedir y llamar al Señor que siempre nos escucha. Eso está bien, pero nuestra oración tiene que ser un diálogo en el que no sólo nosotros digamos o pidamos cosas al Señor, sino en el que también escuchemos lo que Dios quiere decirnos, la revelación que de sí mismo El quiere hacernos allá en lo más hondo de nuestro corazón. Sólo después de haberle dicho ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’, podremos decir con todo sentido ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
No temamos el silencio en nuestra oración. Silencio que nosotros hemos de hacer, aunque nos cueste, para poder escucharle. Silencio para sentir esa paz de Dios en nosotros, para que su luz nos ilumine, para que nuestro corazón se caldee con su amor, para que su Palabra penetre hasta lo más hondo de nosotros mismos y plantada en nuestra vida luego fructifique en esas obras de amor que tenemos que vivir.
‘Aquí estoy, Señor… habla que tu siervo escucha’.

martes, 12 de enero de 2010

Una Palabra de Salvación que ha dicho Dios sobre nosotros

1Sam. 1, 9-20
Salmo: 1Sam. 1, 4-7
Mc. 1, 21-28


Jesús es la Palabra de salvación que nos ha dicho Dios. Es lo que hemos estado escuchando en estos días y el mensaje que hoy de manera especial llega a nosotros en el evangelio proclamado. Una Palabra pronunciada que es Jesús mismo, que nos proclama y nos dice Jesús. Una Palabra salvadora porque allí donde se pronuncia y se hace presente nos llena de vida, nos rescata de la muerte y del mal, nos trae la salvación. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para la escucha de esa Palabra y para la vivencia de esa salvación.
‘Fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad’. ¡Cómo no iba a hacerlo así si El es la Palabra eterna de Dios! ¿Quién mejor podía revelarnos el Misterio de Dios sino Dios mismo? No hablaba Jesús con palabras aprendidas de memoria. El es la Palabra misma de Dios. Pero una Palabra que nos trae vida y salvación.
Nos lo expresa también lo que sigue en el Evangelio. ‘Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo’, nos dice el evangelista. Allí, en él se iba a manifestar esa salvación de Dios. Viene Cristo a liberarnos del mal. Jesús expulsa el espíritu maligno de aquel hombre. ‘Jesus lo increpó: Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un fuerte grito, salió’. Ahí está la señal liberadora de Cristo, la señal de su salvación.
La gente se admira, ‘se preguntaron estupefactos: ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta los espíritu inmundos les manda y le obedecen’. Están reconociendo lo que venimos diciendo. Jesús es la Palabra de salvación que Dios pronuncia sobre nosotros.
Todo esto tiene que motivar más y más nuestra fe en Jesús, nuestros deseos de escucharle, el ansia intensa y viva de vivir su salvación. Creemos en Jesús y pareciera que nos hayamos acostumbrado a decir que tenemos fe, sin que luego esa fe repercuta en nuestra vida. Tiene que ser una fe que comience por querer conocer más y más a Jesús, escucharle con nuestros oídos bien abiertos, con nuestro corazón dispuesto enteramente a aceptarle. Una fe que nos tenga convencidos de una vez para siempre de la verdad de su palabra. Tenemos la certeza de que su Palabra es salvadora, transforma nuestro corazón, nos llena de vida nueva.
¡Cómo tendríamos que escucharla! Con qué fe y con que amor. Da pena y lástima la poca importancia que le damos en ocasiones a la Palabra de Dios que se nos proclama en nuestras celebraciones. Estamos algunas veces más pendientes de lo que sucede a nuestro alrededor que de la Palabra que se nos está proclamando. No nos importa llegar tarde a la celebración, mientras se nos proclama nos da igual hacer un comentario al que está a nuestro lado sobre algo que se nos ha ocurrido, o nos distraemos fácilmente con nuestros pensamientos o nuestras preocupaciones. Y no digamos nada cuando podemos ser un obstáculo o un estorbo para que los que están a nuestro lado puedan escuchar y prestar atención a la Palabra que se nos está proclamando.
Dejémonos empapar por la Palabra de Dios. Dejemos que inunde nuestra vida como agua regeneradora y salvadora que nos transforme y llene de vida. Sintamos que es de verdad eficaz en nosotros si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor.

lunes, 11 de enero de 2010

Los pequeños cuentan para Dios

1Sam. 1, 1-8
Sal. 115
Mc. 1, 14-20


Nos puede parecer baladí y sin mayor trascendencia la reflexión que me hago y comparto con ustedes, pero sí pienso que puede ayudarnos a comprender mejor cuáles son los caminos del Señor para nuestra vida. Si con nuestros criterios humanos pudiéramos escoger a quien tiene que realizar una importante misión, buscaríamos una persona preparada quizá importante, con cualidades y valores apropiados para la misión que se le va a confiar y así buscaríamos una serie de condiciones para encontrar la persona más apta. Humanamente hablando es lógico que pensemos así.
Pero hoy la Palabra proclamada nos está diciendo que en el actuar de Dios se salta esos criterios, llamémoslos humanos, y quizá escoge aquellas personas que han de ser colaboradores o instrumentos de su actuar podríamos decir con otra visión. Dios quiere contar con el hombre, pero la acción salvífica es obra suya y es pura gracia y puro don de su benevolencia, su buen y mucho querer, para con el hombre.
Estamos comenzando a leer en lectura continuada, ahora que iniciamos el tiempo ordinario, el libro de Samuel. Vamos a conocer a ese gran profeta y juez del pueblo de Israel que tan importante papel desempeñó en la historia de la salvación. ¿Cuál es la madre que escoge Dios para que de ella nazca este gran profeta y hombre de Dios? Una mujer estéril.
El texto de hoy es como una preparación para todo lo que luego va a suceder haciéndonos el planteamiento de lo que sucedía a aquella mujer y aquella familia. Ser estéril en el pueblo de Israel era un gran oprobio para una mujer israelita. Es lo que sucedía a Ana, que incluso se ve insultada por no haber podido dar hijos a su marido. Pero aquí está el actuar maravilloso de Dios. La obra es de Dios y no es merecimiento humano. Y Dios quiere contar con lo que aparece como más pequeño y humilde.
En el evangelio vemos el inicio del anuncio del Evangelio por Galilea. ‘Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios’. Una invitación a la conversión para creer en la Buena Noticia que se les estaba anunciando, porque ‘está cerca el Reino de Dios’. Pronto Jesús invitará a seguirle y a algunos a formar parte del grupo de sus discípulos que un día a de convertir en Apóstoles.
¿A quienes escoge? ¿Va a Jerusalén a buscar entre los sacerdotes o los levitas del templo? ¿Busca letrados y entendidos de la ley que por sus conocimientos podrían explicarla mejor? ¿Será entre el grupo de aquellos que se consideraban a sí mismo los selectos y los puros? ¿Será gente importante? Escoge a unos pescadores de Galilea.
‘Pasando junto al lago, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago… un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes…’ Es a estos a los primeros que Jesús llama. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres…’ Unos pescadores, gente sencilla y humilde, que con su trabajo pobre trataban de ganarse la vida pero que no suponía que fueran importantes y preparados para una misión tan grande que Jesús un día les confiaría. Pero ese es el actuar de Dios, esa es la manera de actuar de Jesús, que nació pobre y siempre le veremos rodeado de los pobres y de los humildes, porque eran además los que mejor acogían la Buena Noticia que Jesús proclamaba.
El Señor también se fija en nosotros pobres y humildes. Quizá también con muchas limitaciones en las discapacidades que nos van apareciendo en la vida, por nuestros años, nuestras enfermedades y debilidades. Pero Dios quiere contar con nosotros. A los ojos de Dios somos valiosos en la construcción de su Reino. No haremos grandes cosas, pero en esas pequeñas cosas que podemos hacer cada día podemos ir sembrando semillas del reino de Dios, con nuestros sacrificios, nuestras pequeñas ofrendas de nuestras limitaciones que hechas con amor a los ojos de Dios son grandes ofrendas, con nuestra humilde palabra, nuestro sencillo consejo o lo que nos pueda parecer imperceptible sonrisa. Todo vale para la construcción del Reino de Dios, para el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio del Reino, porque quien va a dar valor a todo eso es la gracia del Señor que siempre actúa de forma generosa y gratuita.
Dios cuenta contigo y cuenta conmigo, lo que en verdad vale es la gracia del Señor. Démosle una respuesta generosa.

domingo, 10 de enero de 2010

Tú eres mi hijo amado, el predilecto

Is. 40, 1-5.9-11;
Sal. 103;
Tito, 2, 11-14;
Lc. 3, 4-7

‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres… ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre… según su propia misericordia nos ha salvado…’, nos decía san Pablo. ‘Se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos… aquí está vuestro Dios; el Señor Dios llega con poder…’ nos anunciaba el profeta Isaías.
Seguimos viviendo hoy la Epifanía, la manifestación de Jesucristo, cuando estamos hoy celebrando su bautismo. Se nos manifiesta el Señor. Los ángeles con su resplandor anunciaron a los pastores que en la ciudad de Belén había nacido un Salvador; la estrella en lo alto de los cielos anunció a los Magos de Oriente el nacimiento del Rey de los judíos; hoy, allá en el Jordán, mientras Juan bautizaba en un bautismo general invitando a prepararse para la venida del Mesías, allí se estaba manifestando Jesús como el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo amado del Padre. Se nos está revelando la gloria del Señor. Todos podemos contemplarla y todos hemos de cantar al Señor: ‘¡Dios mío, qué grande eres!’ como hemos aclamado en el salmo.
‘En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. Como decimos en el prefacio: ‘hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros… y ungiste a tu siervo Jesús para que los hombres reconociesen en El al Mesías enviado a anunciar la salvación a los pobres’.
‘Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’, se oye la voz desde el cielo. ‘Aquí estoy yo, Padre, para hacer tu voluntad’, es la palabra primera y la respuesta de Jesús. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría en una ocasión a los discípulos. ‘Gracias, Padre; te bendigo, Señor del cielo y de la tierra, porque revelaste estas cosas a los humildes y a los sencillos’, sería la oración de Jesús. Pero sería también su ofrenda en el momento culminante de su muerte, pero que había sido la de toda su vida: ‘A tus manos, Padre, encomiendo mi Espíritu’.
Estamos contemplando hoy al Hijo amado del Padre, el Hijo de Dios y nuestro Salvador. Estamos contemplando una vez más la Palabra que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros. Es el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar. Es el Mesías Salvador que nos redime y nos salva y nos llena de nueva vida. Es el Hijo que a nosotros quiere hacernos hijos para que así también seamos amados del Padre. Tanto se encarna El en nuestra carne humana, que a nosotros nos eleva, a nosotros nos da el don de su Espíritu, a nosotros nos llena de nueva vida, la vida misma de Dios para convertirnos en hijos.
Cuando celebramos el Bautismo del Señor hemos de recordar nuestro propio Bautismo. No es necesario recordar mucho que el Bautismo al que quiso someterse Jesús en el Jordán era el que Juan administraba a quienes querían prepararse para la venida del Mesías y era como un signo de penitencia y conversión. No necesitaba Jesús de ese Bautismo, porque, aunque cargaba con todos nuestros pecados, en El no había pecado.
‘Yo bautizo con Juan, decía Juan, pero viene el que puede más que yo… El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Como nos narra san Mateo porfiaba Juan con Jesús, porque le decía ‘soy yo el que necesito que tú me bautices’, aunque Jesús le replicaba: ‘Déjalo ahora. Está bien que cumplamos con lo que Dios quiere’.
¿Qué podría significar que Jesús que ya era el Hijo de Dios quisiera someterse al bautismo de Juan? ‘En el bautismo de Cristo en el Jordán, decimos en el prefacio, has realizado signos prodigiosos, para manifestar el misterio del nuevo Bautismo’. A partir de entonces las aguas bautismales por la fuerza del Espíritu de Dios tendrán el poder de santificar para hacernos hijos de Dios. Las aguas bautismales serán para nosotros por la fuerza del Espíritu el sacramento del nuevo nacimiento.
‘Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre….que según su propia misericordia nos ha salvado, con el baño del segundo nacimiento y con la renovación del Espíritu Santo que Dios derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Señor’. Así nos decía san Pablo en la carta a Tito, que hoy hemos escuchado.
‘¡Dios mío, qué grande eres!’ tenemos que exclamar y dar gracias. También nosotros en nuestro Bautismo, ese bautismo por el que nos uníamos a Jesús para llenarnos de su vida y de su gracia, hemos comenzado a escuchar en nuestro corazón, repetido una y otra vez, ‘Tú eres mi hijo amado’. Somos amados del Señor. Somos también sus preferidos porque a nosotros también nos ha hecho hijos.
En Cristo resplandecía la gloria del Señor, porque era el Hijo de Dios. Esa gloria también tendría que resplandecer en nuestra vida. Por eso nuestra tarea será que todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor. En nosotros tendrá que resplandecer la gloria del Señor porque así tiene que ser santa nuestra vida. ¡Qué grandeza la que estamos recibiendo, pero también que exigencia más grande!
Algunas veces no terminamos de valorar lo suficiente el Bautismo que hemos recibido. Una celebración como la de hoy tendría que enseñarnos a recordar esa nuestra condición de bautizados y a valorar más el bautismo que hemos recibido. Que cuando participemos en alguna celebración del Bautismo tratemos de vivirlo intensamente para renovar esa gracia bautismal en nosotros.
Démosle gracias a Dios. No nos cansemos de alabar y bendecir al Señor. Pidamos su gracia, su fortaleza, la fuerza de su Espíritu para que así nos alejamos siempre del pecado y vivamos esa dignidad grande de hijos de Dios.