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sábado, 30 de julio de 2022

Nos falta a los cristianos hoy verdadero espíritu profético para ser testigos auténticos, para despojarnos de ropajes de vanidad y revestirnos de los signos del Reino

 


Nos falta a los cristianos hoy verdadero espíritu profético para ser testigos auténticos, para despojarnos de ropajes de vanidad y revestirnos de los signos del Reino

Jeremías 26, 11-16. 24; Sal 68; Mateo 14, 1-12

Queremos ir de valientes por la vida, pero aunque algunas parece que queremos ir por delante de todo y que nadie ni nada se nos sobreponga, sin embargo hemos de reconocer que algunas veces nos pasamos de cobardes; nos cuesta dar la cara a la hora de la verdad, que la gente sepa lo que pensamos o lo que son nuestros valores, parece como que queremos contentar a todos, aquello de lo de nadar y guardar la ropa, y ahora se usa algo como aquello de lo políticamente correcto; según donde estemos, o con quien estemos nos manifestamos o no, tratamos de disimular y es como si quisiéramos contentar a todos.

Hoy la palabra de Dios nos habla de profetas y de personas que actúan proféticamente con toda valentía, sin temor a lo que pudiera pasar. Es la postura del profeta Jeremías de quien se nos habla en la primera lectura, que quieren incluso quitarlo de en medio y les cuesta aceptar su mensaje y su palabra como venida de Dios. Alguien reconoce ese actuar de Dios en su vida y tratará por todos los medios de salvarlo, pero ya sabemos que la vida de Jeremías no fue nada fácil en los momentos en que vivía.

Pero es lo que se nos manifiesta en el evangelio con Juan Bautista. Porque es valiente y proclama la verdad denunciando también allí donde está el mal, está en la cárcel porque le ha dicho la verdad a Herodes sobre su forma de vivir. Herodías la mujer con la que convivía Herodes y causa de la denuncia que realiza el Bautista, porque es la mujer del hermano de Herodes, estará buscando la oportunidad de quitarlo de en medio. Momento que llegará en aquella fiesta de Herodes con muchos invitados y mucha orgía en que tras el baile de Salomé le promete que le dará lo que le pida aunque sea la mitad de su reino; fue la oportunidad de Herodías para que su hija pidiera la cabeza de Juan, aprovechándose de la debilidad de Herodes.

Es el momento en que frente a la valentía profética del Bautista, aparece la cobardía y la maldad del corazón de Herodes, aparece toda la debilidad que era su vida en si aunque la hubiera envuelto en las pompas del poder. Los respetos humanos, el prestigio de su palabra real en el cumplimiento de sus promesas aunque estuviera el camino del mal por medio, la falta de unos valores interiores y de rectitud moral, llevarán a que se entregue la cabeza de Juan tal como había pedido la muchacha.

Muchos también se aprovechan de nuestras debilidades y somos manipulados de la misma manera porque no somos valientes testigos. Nos falta a los cristianos hoy verdadero espíritu profético, para proclamar la verdad, para ser verdaderos testigos, para dar testimonio valiente de esa fe que decimos que tenemos, para manifestarnos ante el mundo en fidelidad a unos valores, para arrojar lejos de nosotros tantas cobardías y disimulos, para no dejarnos arrastrar por tantos juegos diplomáticos para quedarnos solamente en bonitas palabras, en solemnes declaraciones, pero con poco compromiso a pie de calle, para despojarnos de tantos ropajes con que nos revestimos pero que se quedan solamente en vanidad o en fuegos fatuos.

Tenemos que manifestarnos ante el mundo con mayor valentía, con gestos valientes y comprometedores, que nuestra forma de vivir sea en verdad un signo esclarecedor en medio del mundo. Tenemos que ser en verdad signos del Reino y las señales tienen que ser palpables en nuestra vida. No olvidemos que hemos sido ungidos para ser con Cristo Sacerdotes, profetas y reyes.

viernes, 29 de julio de 2022

Fue el encuentro con el amor y con la vida, en que se vio fortalecida la fe y la esperanza, donde algo nuevo iba a comenzar en el corazón de Marta y en nuestros corazones

 


Fue el encuentro con el amor y con la vida, en que se vio fortalecida la fe y la esperanza, donde algo nuevo iba a comenzar en el corazón de Marta y en nuestros corazones

1Juan 4,7-16; Sal 33; Juan 11,19-27

No sé qué resortes tenemos por dentro a la hora de reaccionar ante las diferentes situaciones que nos vamos encontrando en la vida; con lo fácil que sería caminar juntos, con lo fácil que es dejarnos encontrar por los demás y al mismo tiempo nosotros salir al encuentro de los otros. Pero ahí están esos resortes, como decíamos y es una forma de expresarnos, que nos cierran en nuestras posturas, que aunque sabemos que el otro ya está viniendo a nuestro encuentro, nosotros nos resistimos, y guardamos no sé qué resistencias y reticencias, y hasta como inconscientemente de alguna forma nos ocultamos y no damos los pasos que tan enriquecedores serían; están nuestras quejas, nuestras desconfianzas, aquello que nos quema por dentro porque en un momento determinado al otro no se le vio ningún detalle o aparentemente de interés.

Pero hoy en el evangelio estamos en la casa de los encuentros. Proverbial era la hospitalidad que allí siempre se ofrecía a cualquiera que pasase por el camino y necesitase un descanso o una jarra de agua fresca; el brocal del pozo siempre está disponible. Aunque habían pasado cosas tristes en aquel hogar de Betania, Lázaro uno de los tres hermanos había muerto; estando enfermo le avisaron a Jesús que estaba más allá del Jordán pero no había venido. Lázaro está enfermo, había comentado cuando le hicieron llegar la noticia, pero esta enfermedad no es de muerte; pero Lázaro había fallecido y ahora cuatro días después de que lo hubieran enterrado, Jesús venía de nuevo a aquel hogar de Betania, que tantas veces le había acogido.

Y ahora vienen los encuentros. Cuando Marta se enteró de que Jesús llegaba a la casa salió pronta al encuentro. Ella seguía con su dolor en el corazón y la queja surgió espontánea en las primeras palabras. ‘Si hubieras estado aquí, Lázaro no hubiera muerto’. Es el dolor, el duelo, el llanto, las quejas e interrogantes que se plantean en el alma, son las oscuridades que todo lo entenebrecen, son las dudas y los rechazos que fácilmente aparecen. Pero Marta, no se había quedado sentado recociéndose por dentro sin expresar lo que sentía, sino que vino al encuentro de Jesús, que también venía a su encuentro.

Es hermoso lo que estamos contemplando. Y no es necesario que sigamos con el resto del pasaje que también es maravilloso, para darnos cuenta del misterio de amor que aquí y ahora se está desarrollando. Dos corazones llenos de amor que se encuentran, como serán también más tarde las mismas palabras de María de Betania. Pero aunque pudiera parecer que hay discordancias sin embargo se está llevando a cabo una hermosa sintonía y podríamos decir también sinfonía. Se dicen las cosas, se manifiesta el dolor, pero no falta el amor, no falta la confianza. Marta es una persona con mucha trascendencia en su vida, ella pensaba sí en la vida eterna, pero se encuentra que la vida llega a ella y llega de nuevo a aquel hogar también en el momento presente. ‘Tu hermano resucitará’.

Allí está la vida y la resurrección. Allí tiene que resplandecer la fe y la esperanza. Allí con la presencia de Jesús todo ha de comenzarse a ver de forma nueva, aunque cueste dar lo pasos, cambiar la mentalidad, abrirse a algo nuevo quizás inesperado en esos instantes. Es necesario llegar hasta el final como Marta ante las palabras de Jesús, ante la pregunta de Jesús. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.

Fue el encuentro con el amor y con la vida. Fue el encuentro en que se vio fortalecida la fe y la esperanza. Fue el encuentro donde algo nuevo iba a comenzar en aquel corazón. Para eso estaba allí Jesús que venía al encuentro de Marta, pero estaba también el hecho de que Marta fue capaz de ir al encuentro con Jesús con todo lo que llevaba en su corazón.

jueves, 28 de julio de 2022

Que el Espíritu del Señor nos guíe y nos ayude a hacer esa vasija nueva desde la renovación que tiene que partir de nuestros corazones para llegar a una vida nueva

 


Que el Espíritu del Señor nos guíe y nos ayude a hacer esa vasija nueva desde la renovación que tiene que partir de nuestros corazones para llegar a una vida nueva

Jeremías 18, 1-6; Sal 145; Mateo 13, 47-53

Son cosas que nos pasan a todos en casa. Los armarios se nos van llenando de ropa así sin darnos cuenta; ropas nuevas que vamos comprando porque queremos irnos renovando, pero al mismo tiempo muchas veces vamos guardando, porque quizás nos da pena desechar aquella pieza de ropa, que tanto nos sirvió en un momento determinado y allá la guardamos en el fondo del armario sin darnos cuenta de que se nos va quedando obsoleta y ahora ya no nos vale, porque hay nuevos gustos, porque nosotros hemos ido cambiando; mientras quizá en otro momento nos encontramos algo que si tiene valor aun, que no ha perdido, por así decirlo, su brillo, y nos vale para conjuntar en determinados momentos.

¿Y a qué viene todo esto? Pues algo que Jesús nos ha dicho hoy. Si en un momento determinado nos ha dicho que a vino nuevo necesitamos odres nuevos, y que no nos valen los remiendos y los apaños porque lo viejo será siempre viejo y nos van a aparecer rotos peores con esos arreglos, ahora nos habla de la sabiduría del padre de familia que va sacando del arco lo nuevo y lo antiguo según convenga en cada momento. Nos había pedido radicalidad para aceptar la novedad del Reino de Dios y por eso nos pedía conversión, cambio profundo del corazón, pero también nos decía que no había venido a abolir la ley y los profetas sino a darle plenitud.

Es de lo que nos está hablando hoy. Entramos, es cierto, en una orbita nueva cuando aceptamos el reino de Dios y no nos vale ser hombres viejos, sino que tenemos que ser el hombre nuevo nacido del agua y del Espíritu, como le decía a Nicodemo, pero la mismo tiempo tiene que estar la sabiduría de saber lo que es lo fundamental, ese mensaje profundo del evangelio y de toda la Palabra de Dios que no podemos dejar a un lado. Es la profundidad que tenemos que ir sabiéndole dar a la vida, a lo que hacemos, a lo que vivimos. Y eso lo podremos hacer si en verdad nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor.

Nos cuesta quedarnos en el punto medio. Hay veces en que nos llenamos de tanto brío que todo lo queremos cambiar sin saber discernir de verdad donde se está manifestando el Espíritu del Señor. Por eso nos hablará Jesús también en el evangelio de la fidelidad de las cosas pequeñas, que nos pueden parecer insignificantes, pero que si no sabemos ser fiel en lo poco tampoco lo sabremos ser en lo que verdaderamente es importante. Todos habremos pasado en mas de una ocasión por ese brío tan juvenil que quiere desechar todo lo que sea anterior, sin darnos cuenta de que en esas cosas, aunque nos parezcan pequeñas están lo fundamentos de lo que en verdad queremos grande.

Algunas veces en la iglesia, en nuestras comunidades y parroquias pasamos en nombre de renovación por esas fiebres destructoras. No es simplemente el cambio de las cosas lo que ha de producir la renovación, sino el cambio de los corazones, nuestro cambio interior. No es fácil suprimir cosas porque ahora a los que nos parece sentirnos más jóvenes nos puedan parecer cosas del pasado y en nuestro desconocimiento nos pudieran parecer pobres, pero han sido cosas, han sido movimientos en la Iglesia que mantuvieron la fe del pueblo cristiano y que siguen siendo el sustento de la fe de tantos, fueron, por ejemplo, los caminos y experiencias de oración que mantuvieron en pie a la Iglesia, y le dieron fortaleza en los momentos difíciles, y han sido el caldo de cultivo de la espiritualidad de tantos que han vivido una vida santa. ¿Qué significaron, por ejemplo, las cofradías religiosas y hermandades de todo tipo en la vida de la Iglesia y que fueron caldo de cultivo de la espiritualidad de la Iglesia?

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe y nos ayude a hacer esa renovación que, repito, tiene que partir de nuestros corazones. Es el alfarero divino, como nos decía el profeta, que va haciendo en nosotros esa vasija nueva.

miércoles, 27 de julio de 2022

Dejémonos sorprender por el evangelio porque es el más hermoso tesoro que podemos encontrar para nuestra vida, con Jesús siempre llegaremos a la plenitud

 


Dejémonos sorprender por el evangelio porque es el más hermoso tesoro que podemos encontrar para nuestra vida, con Jesús siempre llegaremos a la plenitud

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46

Todos queremos encontrar el tesoro. Son nuestros sueños, los que tenemos todos los días. Hace unos días un amigo me decía que mala suerte había tenido; yo pensaba que le había pasado alguna desgracia, algún accidente, y me cuenta, por un número no se había sacado la primitiva; no sé como es eso de si por un número o no dejas de sacarte un premio, no ando yo muy ducho en estas cosas, pero las gentes son especialistas en esto de los juegos de la suerte. Estamos a ver si nos encontramos el tesoro fácilmente, que la suerte nos acompañe.

Pero, ¿qué es un tesoro en la vida? ¿Una joya preciosa de gran valor? ¿Una herencia que no esperábamos y que la tía de turno nos dejó? ¿Algo que voy a acumular y ya me va a dar la felicidad para siempre?  ¿Un dinero que tendré ahí acumulado y con sus intereses ya voy a vivir con toda comodidad sin preocuparme de nada? ¿Nos quedaremos solo en lo material? ¿Buscaremos otros tesoros?

Eso es lo serio y lo importante, pero lo triste es que no todos quizá lo vemos así. Y así andamos tan ciegos detrás de la suerte. ¿Algo quizá por lo que tengo que luchar y buscar? Algo de eso puede haber, pero hay algo quizás mucho más misterioso y grandioso. Porque quizás andaremos buscando motivos y razones para ser felices, y eso está bien y también quiere el Señor que seamos felices. ¿Pero no será algo mucho más hondo que sea lo que en verdad le dé un valor y sentido a mi vida? ¿Será algo que me va a llevar a una plenitud de vida con lo que yo realmente me halle plenamente realizado?

Hoy nos habla Jesús en el evangelio con parábolas de tesoros encontrados y de perlas preciosas que podemos conseguir. Y nos habla de que quien ha encontrado el tesoro buscará la forma de poseer aquel campo donde esta escondido para poder hacerse con él; o nos hablará de quien es capaz de vender todo lo que tiene para adquirir aquella joya tan maravillosa.

¿Suerte? ¿Regalo? ¿Fruto de un esfuerzo? ¿Un atento esfuerzo y un discernimiento por descubrir lo que realmente valen aunque tenga que desechar algunas cosas que pudieran ser buenas también?

Y Jesús cuando nos está proponiendo estas parábolas lo hace queriendo hablarnos de lo que realmente tiene que ser el Reino de Dios en nuestra vida, algo por lo que hemos de ser capaces de darlo todo. Encontrar lo que en verdad significa el Reino de Dios es encontrar un tesoro, es encontrar la más maravillosa joya para mi vida. ¿No había comenzado Jesús su predicación invitándonos a cambiar y transformar nuestra vida para creer en la Buena Nueva del Reino de Dios?

Es lo que significa para nosotros el encuentro con Jesús. Encontrarse con Jesús es una buena noticia, la mejor buena noticia que nosotros podamos recibir. Pero nos hemos acostumbrado y ha dejado de ser buena noticia para nosotros. Ya la fe no es esa alegría que inunda y transforma totalmente nuestra vida. Hemos caído en las rutinas, ya no nos preocupamos por encontrar ese tesoro; lo hemos sustituido por otros tesoros que nos pueden parecer más grandiosos pero que serán siempre efímeros y caducos.

Tenemos que dejarnos sorprender por el evangelio, tenemos que dejarnos sorprender por el encuentro con Jesús; tenemos que aprender a darle vida de verdad a lo que hacemos y a lo que vivimos; tenemos que aprender a sentir esa alegría honda del evangelio que hemos encontrado allá en lo más hondo de nosotros mismos.

martes, 26 de julio de 2022

Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 


Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 

Quien olvida o trata de borrar su historia pasada puede estar olvidando o destruyendo unos pilares sobre los que se ha construido su vida, nos guste o no nos guste, y que pueden seguir siendo fundamentales para su futuro. Un edificio no lo podemos conservar ni seguir su construcción sobre él, si eliminamos cimientos y pilares sobre los que está realizada dicha construcción, se nos vendría abajo; necesitaremos hacer correcciones y buscar fortalecimientos para continuar la construcción, pero no podemos anular todo así porque sí.

Son cosas que olvida muchas veces la sociedad, ahí andamos con el tema de la memoria histórica donde parece que solo queremos recordar lo que no apetece o nos agrada, olvidando lo que ha sido un camino recorrido, que tendrá sus luces y sus sombras, pero que es el camino del que nosotros hoy provenimos y a partir del cual tenemos que seguir caminando. Estamos destruyendo cosas que son nuestra historia, que en su conjunto siempre tendremos que ver gloriosa, porque a pesar de sus sombras queremos hoy llenar de luz los pasos que seguimos dando. No sé realmente qué está pasando en nuestra sociedad en este sentido que uno no acaba de comprender.

Y esto sucede en lo familiar de igual manera. hay quien quiere hacer ruptura de su pasado, porque quizás haya habido cosas que miradas desde el punto de vista de hoy no nos gusta o no acabamos de comprender, pero tendríamos que saber comprender lo que vivieron nuestros mayores, a las luchas que tuvieron que enfrentarse, las carencias que muchas veces pudieron llenar de vacíos y pobreza mucho momentos de la vida, pero es de donde provenimos, y gracias a la lucha que mantuvieron estamos nosotros hoy aquí, e incluso hasta podemos pensar distinto de ellos. Pero es el camino de la vida que ha llegado hasta aquí y del que ahora partimos para seguir adelante y dejar paso también al camino de nuestros hijos.

Hoy estamos celebrando una festividad que históricamente un poco vaya más allá del relato de los evangelios que no los mencionan de una forma concreta, y aunque nacida en cierta manera de tradiciones que van más allá de los evangelios canónicos y tienen mucho fundamente en los apócrifos sin embargo puede tener un hermoso significado. Hoy es la fiesta de los abuelos de Jesús, los padres de María, san Joaquín y Santa Ana.

Pero es buena esa mirada que nos invita a hacer la liturgia con esa celebración a los que fueron, repito, los abuelos de Jesús. Probablemente de origen galilea – en Séforis en Galilea hay un santuario que recuerda lo que pudo ser la casa de Joaquín y Ana – pronto sin embargo se sitúan en Jerusalén, precisamente en las cercanías del templo y también muy cerca de la piscina probática, o de las ovejas, por donde se entraban precisamente los animales para los sacrificios en el templo. Allí se levanta un antiguo templo que nos recuerda a santa Ana, la madre de María, y el probable entonces lugar del nacimiento de María. Allí bebería esa fe y esa fortaleza de espíritu que brilló tanto en su vida. Lo que fue María, tan disponible para Dios como siempre ella estaba, fue de Joaquín y de Ana de quien lo aprendió, los que la enseñaron cómo había de llenarse de Dios.

Pero precisamente en este día en que celebramos a los abuelos de Jesús, se quiere convertir también en el día de los abuelos, en el día de nuestros mayores. Algo muy conveniente y que no podemos olvidar. Son nuestra historia pasada sobre la que está edificada nuestra vida. Pensemos, por ejemplo, cuánto de lo que hay en nuestra vida es precisamente herencia que recibimos de nuestros abuelos; ellos trataron de trasmitir a sus hijos, nuestros padres, unos valores sobre los que cimentar su vida, y que ha sido también lo que hasta nosotros ha llegado, a nosotros también se nos ha transmitido.

Es cierto que hoy hacemos nuestra vida; en el modernismo en el que queremos vivir, porque la vida siempre va avanzando, algunas veces podemos tener la tentación de querer arrancar de nosotros eso que hemos recibido de nuestros mayores, y nos olvidamos que son el fundamento de lo que ahora somos. Aprendamos a descubrir y valorar eso bello y hermoso que hemos recibido, que ahora lo plasmamos en nuestra vida, dándole, si queremos decirlo así, nuestro toque personal con las características de lo que somos y del mundo en que vivimos, pero no lo olvidemos que lo que somos es lo que hemos recibido, ha sido el cimiento y el pilar sobre los que seguimos construyendo nuestra vida.

Nos hace echar una mirada agradecida hacia atrás, hacia nuestros mayores, hacia nuestros abuelos; nos hace valorar la vida de verdad como nos compromete a seguirla construyendo y ofreciendo lo mejor de nosotros a las generaciones que nos siguen. Será así como construiremos ese mundo mejor que todos deseamos.

lunes, 25 de julio de 2022

Más allá del marco sucio y feo de mi vida hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, manifestando la grandeza de su amor en mi vida

 


Más allá del marco sucio y feo de mi vida hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, manifestando la grandeza de su amor en mi vida

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

Si tenemos una joya ya procuraremos guardarla donde no la podamos perder o nos la puedan robar; si queremos resaltar esa joya para que además pueda ser admirada, ya procuramos engarzarla en materiales preciosos que le hagan dar un mayor brillo y esplendor, rodeándola no solo de materiales de gran riqueza sino que buscaríamos un orfebre que le pudiera hacer un artístico marco. Es normal que cuidemos nuestras joyas, pero quizá hay una a la que en ese orden no damos tanta importancia y muchas veces la descuidamos y no la hacemos resaltar como deberíamos. Será la vida misma, serán esos valores de los que todo estamos dotados, será esa maravilla de nuestra vida interior y espiritual, será el mismo don de la fe. Pero esas cosas que no son del orden material no le damos tanta importancia, y muchas veces pasan desapercibidas cuando tendríamos que resaltarlas como lo más valioso de nuestro ser.

Quizás nos parece que el marco en que están engarzadas, que es nuestro propio yo tan lleno de defectos y debilidades pudiera parecernos que le quitan esplendor. Pero ¿qué será lo importante, el marco en que está engarzada o la joya misma?


Hoy nos recuerda algo muy importante la carta del apóstol. ‘Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros…’ Y nos habla de nuestras tribulaciones, de nuestras debilidades… pero ahí se manifiesta la maravilla de Dios, la fuerza de la gracia divina. ‘Para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal’, continua diciéndonos.

Así quiere Dios contar con nosotros con nuestras tribulaciones y con nuestras debilidades. Es cierto que queremos ser mejores, aspiramos a superarnos día a día y el listón que nos propone el Señor está bien alto, pues nos quiere perfectos como nuestro Padre del cielo es perfecto; y así nos quiere compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso. Pero Dios cuenta con nosotros, no porque seamos ya perfectos, sino porque queremos avanzar y crecer.

No escogió Jesús a los hombres más perfectos que pudiera haber en todo el territorio de Israel o de Palestina. A aquellos que fue llamando para seguirle, a aquellos que comenzaron a ser sus discípulos, a aquellos a los que de manera especial los llamó para ser sus apóstoles, no eran precisamente ni los mejor dotados y preparados, ni los hombres más perfectos; unos rudos pescadores de Galilea, una gente sencilla sacada de aquellos pueblos y de aquellos campos, con sus ambiciones y con sus sueños, con sus debilidades y apegos en el corazón, pero El los llamó, los eligió, los llevó consigo porque era grande la misión que les iba a confiar.

A Pedro le veremos con sus impulsos al mismo tiempo que sus miedos y cobardías, pero con un corazón muy lleno de amor por Jesús; a Santiago y Juan lo vemos con sus ambiciones y sus sueños que se valen de la influencia familiar en el deseo de alcanzar primeros puestos; a todos los vemos con sus aspiraciones  y sus luchas internas por saber quien iba a ser el principal o quien iba a ocupar el primer puesto en aquel grupo que se había formado alrededor de Jesús. Y Jesús cuenta con ellos.


Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago, aquel que tuvo especiales privilegios de Jesús para subir con El al Tabor, para ser testigo de la resurrección de la hija de Jairo, para estar cerca de Jesús en su agonía en Getsemaní, pero como vemos hoy también en el evangelio está con la ambición de los primeros puestos, a la derecha o a la izquierda de Jesús. Es la petición que la madre en nombre de los hijos presentará a Jesús.

‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber o bautizados en el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Inocentemente quizás, o desde los impulsos de su corazón le responden a Jesús que pueden. ‘Podemos’, responden. Y Jesús les dice que eso de los primeros puestos es otra canción, pero que sí van a beber ese cáliz. Hoy el texto de los Hechos de los Apóstoles nos hablará del martirio de Santiago, mandado a decapitar por Herodes.

Esta reflexión que me estoy haciendo, no es solo contemplar lo que fue la figura del Apóstol Santiago a quien hoy celebramos. Es sentir como un rayo de luz y de esperanza en mi propia vida, porque me está diciendo cómo el Señor sigue confiando en mí a pesar de que también mi corazón está muchas veces turbio en apetencias, en apegos, en orgullos mal curados, en amor propio, en egoísmos que me encierran. Dios me conoce y sabe como soy y sigue confiando en mí. Será impulso para crecer y para ser mejor cada día, pero es un rayo de esperanza que me lleva a caminar siempre con alegría el camino de Jesús.

Pero encima o dentro del marco de lo que es mi vida, hay un tesoro que Dios ha depositado en mí, y que manifiesta la grandeza de lo que es el amor de Dios en mi vida.

domingo, 24 de julio de 2022

Nos habla Jesús de confianza y perseverancia, de la insistencia de nuestra oración, cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto del corazón con la intensidad del amor

 


Nos habla Jesús de confianza y perseverancia, de la insistencia de nuestra oración, cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto del corazón con la intensidad del amor

Génesis 18, 20-32; Sal 137; Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13

‘Señor, enséñanos a orar’. Quizás ha sido siempre la primera oración. Siempre lo decimos, no sabemos rezar, no sabemos orar. Lo pidieron los discípulos, como escuchamos hoy en el evangelio, cuando veían que Jesús se retiraba con frecuencia a solas para orar. No era solo la oración del sábado en la sinagoga, no eran los momentos de subida al templo de Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, o en las otras fiestas; cantaban salmos e himnos, escuchaban la lectura de la Ley y los Profetas.

Pero en Jesús veían que era distinto. Como lo sentimos nosotros tantas veces. Cuántas veces habremos dicho ‘no sé orar’; cuántas veces le hemos pedido a nuestros sacerdotes o a aquellas personas más religiosas de nuestro entorno, que nos enseñasen a orar, porque no sabemos hacerlo, siempre nos quedamos insatisfechos.

Jesús nos enseña a orar. Pero no son solo sus palabras en este momento o con esta fórmula que nos ofrece, sino que en la medida en que nos ha ido hablado del Reino de Dios de alguna manera nos ha estado diciendo cómo ha de ser nuestra oración. ¿Qué mejor manera que comenzar nuestra oración con esa palabra tan querida para Jesús? Nos está hablando continuamente del Padre, y como nos llegará a decir en un momento determinado, quien le ve a El, ve al Padre, porque nadie va al Padre sino por El.

Pues esa es la palanca principal de nuestra oración, la que nos lo dice todo, la que nos hace entrar en el misterio insondable de Dios, la que nos viene a llenar de Dios. ‘Vosotros decid, Padre…’ saboreando esa palabra lo tenemos casi todo hecho para nuestra oración. Es como para quedarse extasiado en la contemplación. Es saborear lo más hermoso. Es comenzar a gustar el cielo. Porque es comenzar a gustar el amor; es sentirse inundado de amor y comenzar a amar de la misma manera, con la misma generosidad, con el mismo entusiasmo, con el mismo fervor. Eso es lo grandioso.

¿No nos ha estado hablando como mensaje fundamental el anuncio del Reino de Dios que llega? Decir el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor; decir el Reino de Dios en sentirnos envueltos por ese Dios y por ese amor. Es lo que ahora de manera especial sentimos cuando le decimos a Dios, Padre; nos gozamos con ello pero es que ya comenzamos a desear algo nuevo, queremos que todos se sientan inundados por ese mismo amor, que todos lleguen a conocer ese amor que Dios nos tiene, que todos podamos amar a Dios de la misma manera que sentimos que se amor se derrocha sobre nosotros.

Nos sentimos seguros, porque nos sentimos amados. Nos ponemos en sus manos, como ponemos todos nuestros deseos; queremos sentir la providencia amorosa de Dios sobre nosotros, porque si Dios cuida de las flores del campo y alimenta a los pajarillos que vuelan por cielo, cómo no nos va a cuidar, cómo no nos va a hacer sentir su amor, cómo vamos a sentirnos desamparados. Tenemos la confianza de que no nos faltará el pan de cada día, no nos faltará su amparo y protección porque nunca nos faltará su amor. Con qué confianza nos dirigimos entonces a Dios, con qué confianza nos sentimos en su presencia, con qué confianza pedimos por todas las necesidades del mundo.

Pero como decíamos ya vamos a comenzar a tener una mirada nueva, es la mirada que se vuelve luminosa porque está llena del amor. Es la mirada nueva con que miramos a los demás porque sabemos que ellos son también amados de Dios, es la mirada de los hermanos que se quieren y que casi solo con la mirada se dicen cosas hermosas; será la mirada de la generosidad pero también de la comprensión, será la mirada del perdón cuando sentimos que con alguna arista nos hemos herido los unos a los otros, es la mirada que nos hace entrar en una nueva comunión. ¿Qué es lo que nos está diciendo Jesús cuando nos habla de que le pedimos perdón a Dios por nuestra falta de respuesta a su amor, pero que estamos también siempre dispuestos a perdonar a los demás?

Quienes se sienten amados se sienten seguros, decíamos antes. Pero nos sentimos seguros porque nos sentimos fortalecidos en ese amor. Y con la fuerza de ese amor superaremos obstáculos, venceremos dificultades, superaremos la tentación que tantas veces nos puede volver a incitar al mal. Si no sentimos amados, ¿cómo es que podemos dejarnos arrastrar por el mal? Todo eso, mucho más le estamos queriendo manifestar a Dios nuestro Padre cuando seguimos el aprendizaje de Jesús de lo que tiene que ser nuestra oración, cuando rezamos conforme al espíritu de la oración que Jesús nos enseñó.

‘Señor, enséñanos a orar’, le decimos también nosotros a Jesús. Y nos habla Jesús de la confianza y de la perseverancia, nos habla Jesús de la insistencia con que hemos de orar a Dios, nos habla Jesús de cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto de nuestro corazón, nos habla Jesús de la intensidad del amor que hemos de poner nosotros en esa oración, en ese encuentro con el Padre.

sábado, 23 de julio de 2022

Hagamos un buen cultivo de la viña que el Señor ha puesto en nuestras manos haciendo crecer en nuestro interior una verdadera espiritualidad cristiana

 


Hagamos un buen cultivo de la viña que el Señor ha puesto en nuestras manos haciendo crecer en nuestro interior una verdadera espiritualidad cristiana

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Lo contemplo todos los días en mis paseos mañaneros o de la tarde. Vivo rodeado de campos de cultivo en especial dedicados al cultivo de la vid. Aparte de haberlo mamado de lo que contemplaba hacer a mi padre, con el que tantas veces tuve que colaborar en los cultivos, ahora veo una vez más el mimo con que el agricultor cuida su viña; que no es solo en una época del año que pensaríamos cuando ya las vides están cargadas de racimos próximos a la vendimia, sino todo el año siempre hay algo que hacer, aunque muchas veces nos pudieran parecer plantas muertas; será la poda, será el prevenir de las plagas, será la atención de sus ramajes en la medida en que van creciendo y ofreciendo sus frutos, muchas cosas que día a día hay que ir realizando para poder obtener unos buenos frutos que nos den ricos mostos y generosos vinos.

Hoy Jesús nos habla de la vida, de los sarmientos, de los frutos; nos habla del cuidado de la vid o de su poda para poder obtener los mejores frutos; pero nos habla de la fortaleza de su ramaje, de sus sarmientos bien unidos a la cepa para recibir la regeneradora savia; nos habla de los sarmientos que no dan fruto o que se han desgajado del tronco del que ya no recibirán la savia de la vida; y nos habla Jesús de nuestra vida, que como los sarmientos tenemos que estar unidos a la vid para que podamos dar fruto. Sin El nada somos y ningún fruto bueno podrá aparecer en nuestra vida.

Tenemos la imagen muy clara delante de nuestros ojos y qué pronto olvidamos su mensaje. Seguimos con nuestras tendencias individualistas e insolidarias; seguimos pagados de nuestra autosuficiencia en que nos creemos que por nosotros mismos lo podemos todo; seguimos con el orgullo que nos seca el corazón y no sabemos reconocer nuestra debilidad en que si no buscamos el agua viva pronto nos iremos debilitando y perdiendo vigor para terminar con las ramas secas de nuestra vida que como los sarmientos inservibles solo valemos para el fuego. Lo sabemos, pero ¿qué hacemos?

Cuánto nos cuesta cultivar nuestro espíritu. Tenemos que enraizar profundamente nuestra vida. cuando el árbol está fuertemente enraizado podrán venir los temporales fuertes, que aunque dañen superficialmente sus ramas, sin embargo no los pueden arrancar; aunque la tierra parezca áspera y reseca alrededor, sus raíces sabrán buscar en las profundidades de la tierra allí donde haya humedad para poder obtener los necesario nutrientes; bien enraizado y con la humedad necesaria para darle los nutrientes, las hojas vueltas hacia la luz del sol sabrán catalizar toda la energía que viene de esa luz del sol para darle verdadero esplendor a su ramaje y hacer que las flores que surjan un día nos puedan dar la semilla de su fruto.

Es la vida espiritual que necesitamos, esa profunda espiritualidad en nuestra vida que nos llene de la seguridad y fortaleza del espíritu que inunde nuestros corazones. Surgirán así comunidades vivas, habrá verdaderos apóstoles comprometidos en el anuncio de la buena nueva del Evangelio y en ir construyendo ese Reino de Dios en medio nuestro. Es en lo que en verdad tendríamos que preocuparnos los cristianos, será lo que dará verdadera vitalidad a nuestra Iglesia, es lo que hará presente en nuestro mundo los frutos del Reino de Dios.

¿Estaremos haciendo un buen cultivo de esa viña que el Señor ha puesto en nuestras manos?

viernes, 22 de julio de 2022

El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

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El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Te encuentras un niño llorando en la calle y te detienes junto a él y le preguntas, ¿por qué lloras? Te encuentras una persona encogida en un rincón tratando de disimular sus sollozos y te acercas a ella y respetuosamente le preguntas ¿por qué lloras? Quizás un día te encuentras a tí mismo deprimido y hasta medio escondiéndote de tí mismo y te preguntas ¿por qué lloro?

‘¿Por qué lloras?’ Quizás si fuéramos más atentos nos daríamos cuenta de cuántas lágrimas se derraman en nuestro entorno; no nos enteramos quizás por el pudor de quien llora que medio oculta su dolor y no quiere que nadie le vea llorando, o quizás nos hemos insensibilizado tanto que no nos damos cuenta de ese llanto que resuena a nuestro alrededor.

¿Por qué lloramos? ¿Tristezas que se nos meten en el alma? Frustraciones, metas que no hemos podido conseguir, personas que se han arrancado de nuestro corazón y no sabemos por qué, despedidas que rompen al alma, desesperación y angustia ante lo que vemos que sucede en nuestro mundo y que no vemos quien ponga su mano para sacarlo a flote, amigos que se van, familiares a los que le llegó el final de sus vida, luchas a las que no vemos salida, soledades que no encuentran alivio, dolor y sufrimiento al que no encontramos un sentido, vidas vacías y llenas de superficialidad que se toman la vida a risa pero por lo que nos dan ganas de llorar...

Aunque decíamos al principio que le preguntábamos al niño o a la mujer que encontrábamos llorando del por qué de sus lágrimas, seamos sinceros con nosotros mismos porque quizá no le hemos preguntado a una madre por la razón de sus lágrimas, no hemos tenido la sensibilidad al ir por los caminos para escuchar tantos llantos detrás de puertas y ventanas, de los que preferimos no enterarnos, o cerramos los ojos para no ver unas lágrimas rodando mejilla abajo que nos interpelan.

Me estoy haciendo esta reflexión porque hemos escuchado esa pregunta primero en boca de los ángeles del sepulcro, y luego en labios del mismo Cristo, aunque en sus lágrimas ella no lo reconociera, que se le hacía a María Magdalena que llorando se había quedado junto a la piedra de la entrada del sepulcro. No había sabido reconocer el sentido de las palabras de los ángeles que le preguntaban por sus lágrimas, ni había sido capaz de reconocer al que ella tanto amaba, Jesús, su Señor, que le interrogaba detrás de ella. Solo una palabra la había despertado de su letargo y fue la voz de Jesús que la llamaba por su nombre. Todas sus lágrimas se secaron y la tristeza se transformó en alegría, allí estaba el Señor. Pero era Jesús quien había venido a su encuentro, era Jesús quien incluso se había interesado por lágrimas, será al final pronunciado su nombre cuando todo se transforma y ella ya puede reconocer al Señor. ‘¡Maestro!’, le dice y se tira a sus pies. Estamos celebrando hoy a Santa María Magdalena.

Cuando encontremos en la vida a alguien envuelto en sus lágrimas os voy a sugerir que nos acerquemos a esa persona llamándola por su nombre. Esas lágrimas y ese llanto tienen un nombre; esas lágrimas y ese llanto son de unas personas concretas. No son algo anónimo que nos hemos encontrado por el camino, detente e interésate por la persona, detente junto a eso concreto que está viviendo esa persona, porque la palabra con la que nos vamos a acercar para ofrecer consuelo tiene que ser algo concreto de su vida, con sus características y con sus circunstancias.

Desde nuestro yo, que también tenemos nuestro nombre, que también somos unas personas concretas, nos vamos a acercar a un tú que tiene nombre, a un tú que es una persona con sus características y sus circunstancias. Solo con que le digamos su nombre, con que hagamos referencia a algo concreto de su vida, estamos ofreciendo la mejor palabra y el mejor gesto de consuelo.

Pero hay algo más, en el encuentro con esa persona concreta nosotros vamos a sentir como Jesús llega a nuestra vida. Aprendamos a reconocer esa presencia del Señor. Tengamos en cuenta dos cosas, no son personas anónimas porque tienen un nombre y una vida concreta, pero sepamos también reconocer en ellas la voz del Señor que nos está llamando por nuestro nombre.

jueves, 21 de julio de 2022

No eran solo los de los tiempos de Jesús quienes no terminaban de entender, porque nos sigue pasando hoy, a nuestra Iglesia en momentos le sigue pasando también

 


No eran solo los de los tiempos de Jesús quienes no terminaban de entender, porque nos sigue pasando hoy, a nuestra Iglesia en momentos le sigue pasando también

Jeremías 2, 1-3. 7-8. 12-13; Sal 35; Mateo 13, 10-17

Pero, ¿es que no lo entiendes aun? Algunas veces nos encontramos con personas así, nunca entienden o nunca quieren entender; están ofuscados en una manera de ver las cosas que parece que se les cerraron los ojos y los oídos para no escuchar ni entender nada más que aquello que tienen metido en la cabeza.

¿Prejuicios? ¿Cerrazón de mente? Pudiera ser, pero no hay quien los cambie; y las relaciones entre las personas se hacen dificultosas; y los proyectos que podamos presentar no saldrán nunca adelante; y no podremos mejorar nada, porque no ven sino lo que siempre se ha hecho y no son capaces de abrirse a nuevas perspectivas, a nueva manera de ver las cosas, a ser capaces de recibir algo de los otros; y la vida sigue igual que hace no sé cuántos años o siglos, porque es que yo no puedo cambiar, es que soy así, y seguiremos siempre con lo mismo. Podríamos seguir resaltando muchas cosas en este sentido, por lo que vemos a nuestro lado, o acaso por posturas que también nosotros podamos mantener en nuestro interior, aunque tratemos de disimularlo.

Nos desconcierta en cierta manera la respuesta que Jesús les da a la pregunta de por qué siempre les habla en parábolas. Habían llegado a casa después de aquella mañana o tarde a la orilla del lago donde Jesús había ido desgranando una serie de parábolas para hablarles del Reino de Dios. ¿Habían entendido todos lo que Jesús les había querido anunciar? La pregunta que ahora hacen a Jesús los discípulos más cercanos, aquel pequeño grupo que se reunía siempre en torno a Jesús, a quienes había llamado de manera especial o se habían ofrecido para seguirle siendo sus discípulos, puede denotar también que ellos no terminaban tampoco de entender todo el sentido de aquellas parábolas, de aquellos ejemplos que Jesús les pusiera.

Y Jesús les dice que les habla en parábolas porque hay gente que escucha sin entender, miran sin ver porque quizás no ven ni entienden algo que esté un poco más allá de sus narices. Y es que han embotado su corazón, se han cerrado y no quieren escuchar, no quieren abrirse a algo nuevo que Jesús les está proponiendo. Aun siguen sin entender aquellas palabras que Jesús les dice cuando les habla del Reino de Dios. Muchos seguirán sin entender, podríamos decir, que hasta el final. ¿No preguntaban sus mismos discípulos más cercanos en los momentos previos a la Ascensión si había llegado ya la hora de la restauración de Israel? Seguían con aquella imagen tergiversada y confusa que tenían del misterio del Mesías, seguían soñando en reinos y poderes de este mundo, porque hasta el último momento andaban aún peleándose por los primeros puestos.

A pesar de las parábolas, tenemos que preguntarnos, si nosotros habremos entendido bien lo que es el Reino de Dios. ¿No seguiremos soñando con los poderes fácticos de este mundo y algunas veces habremos querido hacer la Iglesia también un poder mundano? No eran solo los de aquellos tiempos los que no terminaban de entender a Jesús, porque a nosotros nos sigue pasando, porque a nuestra Iglesia en muchos momentos le sigue pasando.

Tenemos nuestras ideas preconcebidas de lo que tiene que ser una religión, de lo que tiene que ser la Iglesia, de lo que han de representar los pastores de la Iglesia cuando los hemos equiparado hasta en los nombres con el estilo y la manera de ser de los poderes de este mundo. Mucho tendremos que cambiar, mucho tendremos que escuchar una y otra vez las parábolas de Jesús, mucho tenemos que rumiar en nuestro corazón todo lo que es el mensaje del Evangelio para que al final terminemos de asimilarlo.

miércoles, 20 de julio de 2022

Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

 


Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

Las imágenes que se nos presentan hoy en el evangelio son realmente cautivadoras. Nos llenamos la mente de imaginación y disfrutamos con esa riqueza de imágenes. Nos ponemos a soñar. Es bueno. La mente necesita también de imágenes que nos cautiven, que nos llamen la atención, imágenes no solo para soñar, sino para que seamos capaces de aterrizar, de bajar a pie de calle, de encontrarnos con la vida.

Por una parte está el cuadro que nos describe el evangelista de lo sucedido en aquella mañana – poniendo imaginación también quiero pensar en una mañana esplendorosa - en la orilla del Tiberíades, las gentes que quizá han venido a ver los resultados de la pesca, pues era la hora en que retornaban las barcas después de una dura faena, pero que se habían encontrado al profeta de Nazaret y en torno a él se habían arremolinado para escucharle. ¿Se olvidarían quizá de lo que realmente habían venido a buscar a la orilla del lago? Ahora todos querían escuchar a Jesús; como tantas veces sucedería entre todos los estrujaban; El decide subir a una de las barcas mientras los pescadores limpiaban las redes, para desde allí como en un escenario hablar de manera que todos le pudieran escuchar.

La escena por si misma y ella sola ya nos tendría que hacer pensar. Querían escuchar a Jesús y se agolpaban en torno a El. Y Jesús no deja pasar la oportunidad de sembrar la semilla. De eso les va a hablar. Y El está allí como ese sembrador que esparce la semilla. ¿Serán todos tierra buena y fértil? Es precisamente en lo que les quiere hacer pensar.

Nos quiere hacer pensar, porque hoy es para nosotros. Pero ¿es que seremos capaces de correr también hasta la orilla porque queremos escucharle?  ¿O pasaremos indiferentes porque ya nos lo sabemos, que lo hemos escuchado tantas veces, y nos pondremos indiferentes a la distancia? Lo han visto muchas veces. Siempre que se reúne y aglomera gente ante algo que sucede o que se está realizando, veremos a los que se ponen a distancia y no se implican, van a ver de qué va la cosa, por ahora no vamos a complicarnos mucho.

Y por ahí va toda la belleza y la riqueza de la parábola que propone Jesús. El sembrador que sale a sembrar la semilla, pero los distintos campos y terrenos por donde va a ir pasando para esparcir esa semilla. No todos los terrenos son iguales, no todos los terrenos están preparados para sembrar esa semilla, no todos los terrenos se han labrado previamente para quitar hierbajos y zarzales, para aflojar la tierra endurecida o para ararla debidamente para que pueda recibir esa semilla que pueda producir luego buenas plantas que den fruto.

Y es aquí donde de nuevo tenemos que mirarnos y constatar nuestra realidad, y ver cual es nuestra predisposición, saber si en verdad estamos dispuestos a escuchar para sembrar en el corazón. La parábola es muy rica en imágenes y matices como para reflejar en verdad ese campo que es la vida, ese campo que es ese mundo en el que vivimos. Ese campo que está en nuestras manos para que lo cultivemos. ¿No nos dijo Dios allá en el Génesis, en los inicios del mundo y de la vida, allá en el paraíso que dominásemos sobre toda la creación? La puso en nuestras manos para que la trabajásemos y pudiéramos hacerle dar buenos frutos.  Pero ¿qué hemos hecho de la vida y del mundo?

Demasiado lo hemos pisoteado de manera que la tierra se nos ofrecerá dura y áspera; demasiados abrojos hemos dejado crecer porque no la hemos cuidado debidamente y brotan los zarzales de nuestros enredos, de nuestros orgullos, de nuestras violencias, de nuestras ambiciones egoístas y hemos creado como un caparazón que nos envuelve, que nos aísla, que nos insensibiliza, que nos encierra. No es la tierra propicia para que una buena semilla haga brotar hermosas plantas que nos den ricos y sabrosos frutos.

Hablábamos de la belleza de las imágenes y de toda la riqueza que encierran estas palabras del Evangelio, pero precisamente esa belleza y riqueza será mayor si somos capaces de aterrizar, de llegar a la realidad de nuestra vida para contrastar, para sentirnos interpelados y estemos dispuestos a hacer todo lo posible por ser esa tierra buena. Es la respuesta que se está esperando de nosotros hoy y ahora.

martes, 19 de julio de 2022

Dejémonos sorprender por Jesús cuando nos cambia las perspectivas para que comencemos a sentirnos en verdad la familia de los hijos de Dios

 


Dejémonos sorprender por Jesús cuando nos cambia las perspectivas para que comencemos a sentirnos en verdad la familia de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 84; Mateo 12, 46-50

Nos habrá pasado que íbamos con mucho entusiasmo a contarlo algo a una persona, porque pensábamos que era de su interés, era algo quizás importante para su vida, y nos parecía que le iba a alegrar y nos encontramos que no mostró ningún interés, es más, por lo que nos dijo parecía que estaba desviando a conciencia la conversación. Seguramente nos sentimos sorprendidos y desconcertados, casi sin palabras con las que insistir en lo que veníamos a contar y hasta podríamos sentir frustración por esa situación. La sorpresa nos dejó boquiabiertos.

No nos gusta quizás, pero alguna vez tenemos que dejarnos sorprender, porque quizá con gestos así desconcertantes podemos recapacitar y pensar en algo que realmente tenga valor, nos haga descubrir otras opciones, y hasta pudiera ser que esa sorpresa nos pudiera hacer cambiar muchas perspectivas de la vida.

Es con la capacidad de sorpresa con la que tenemos que acercarnos al evangelio, para descubrir algo nuevo, para cambiar perspectivas de la vida, para escucharlo de verdad como una noticia para nuestra vida, algo que se convierta de verdad en buena noticia para nosotros. Vamos al evangelio muchas veces con las lecciones aprendidas de memoria, ya nos creemos saber todas las explicaciones y no llegamos a descubrir la sorpresa que siempre tendría que ser para nosotros la Buena Nueva de Jesús.

Hoy da la impresión a primeras vistas que Jesús les da un parón a los discípulos. Han llegado María, su madre, y algunos parientes – en el lenguaje semita siempre se dice hermanos – y ante la dificultad que tienen para poder acercarse a Jesús por la cantidad de gente que le rodea, alguien viene a decirle que allí están su madre y sus hermanos. Ya sabemos lo que pasa cuando hay mucha gente rodeando a alguien porque quieren obtener algo, que venga quien venga no dejamos pasar a nadie, porque no queremos perder vez; cuantos empujones en esas ocasiones. Así sucedería entonces, pero alguien tiene la precaución de avisarle a Jesús, para que haga que les abran paso. Pero no fue lo que sucedió.

Y las palabras de Jesús además sorprendieron. ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’ Aparentemente parece que se desentiende de su madre y su familia. Pero es que la buena noticia que Jesús quiere darnos va por otro camino, por eso sentido. Quiere hablarnos de una nueva familia, quiere hablarnos de una nueva relación, está abriéndonos a una nueva perspectiva. No niega Jesús la realidad de la familia y todo lo que significa el amor familiar; quiere darle una nueva perspectiva, una nueva amplitud; es realmente lo que quiere que seamos nosotros.

‘Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Una nueva familia quiere crear entre nosotros, con nosotros. Nos está diciendo que Dios es el único Señor de nuestra vida, y ahí está lo fundamental de lo que es el Reino de Dios, pero eso va a significar que quienes así lo reconocemos, lo vamos a hacer nosotros por una palabra que le dirijamos a Dios llamándole Padre y Señor, sino por una nueva actitud que va a haber entre todos nosotros.

Cuando decimos que aceptamos y creemos en el Reino de Dios, estamos diciendo que si Dios es Padre y Señor de todos, entre todos tiene que haber una nueva relación, un nuevo amor, un nuevo sentido de familia. Seremos su verdadera familia. Ya en otra ocasión nos dirá que su madre es el mejor modelo y ejemplo de lo que es cumplir la voluntad de Dios; es lo que ahora nosotros tenemos que comenzar a ser.

Sorprende esta nueva perspectiva, este nuevo sentido de relación entre nosotros, esa nueva familia que tenemos que constituir. Es la Buena Noticia, es el Evangelio que en verdad hoy tenemos que escuchar.

lunes, 18 de julio de 2022

Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer

 


Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer

Miqueas 6, 1-4. 6-8; Sal 49; Mateo 12, 38-42

También nosotros buscamos signos y señales. Y no es solo que estemos atentos a la señales que hay en la carretera para no perdernos ni para ponernos en peligros; buscamos signos que no solo son los matemáticos para ver cuando toda esta situación de crisis por la que pasamos va a cambiar; buscamos no solo la expresión que podamos ver reflejada en el rostro del médico cuando nos está auscultando para percibir o no si la enfermedad que tenemos es mala; buscamos señales de algo distinto, de que las cosas mejoren, que la enfermedad ya comienza a remitir, que no se van a volver a repetir aquellas malas experiencias por las que en alguna ocasión hemos pasado, de que ya todo está resuelto y no tenemos que seguir preocupándonos con las mismas cosas… buscamos signos, buscamos señales que quizá nos ayuden a creer en Dios, a sentir que es verdad que Dios nos ama y está con nosotros, como buscamos señales de milagros que parece que todo nos lo puedan dar por solucionado.

Buscamos signos nosotros, o los que están a nuestro lado buscan signos en nosotros de que aquello en lo que creemos es verdad; busca signos nuestro mundo en los creyentes porque en el fondo se interrogan sobre Dios, sobre la vida, sobre el sentido de las cosas; busca signos nuestra sociedad en la Iglesia porque quiere ver otra cosa, porque no siempre lo que ve le convence. ¿Qué signos damos al mundo de que Dios nos ama? ¿Seremos en verdad signos para los demás?

Escuchamos en el evangelio hoy que la gente, pero en especial los fariseos, los escribas, los dirigentes del pueblo, piden a Jesús signos para creer en El. Jesús les habla de un signo que es de su propia muerte y resurrección cuando les habla de Jonás; pero también en la respuesta de Jesús está el signo de aquella conversión de las gentes de Nínive cuando escucharon la predicación de Jonás.

Nos vale para nosotros mismos, para los que decimos que creemos en Jesús, que tenemos que descubrir las señales de su pascua, lo que en verdad significó su muerte y su resurrección; nos vale para nosotros para que comencemos a tener las mismas buenas actitudes de las gentes de Nínive que estaban dispuestas a cambiar, que se pusieron en camino de penitencia, como signo y expresión de la conversión de sus vidas a Dios.

Pero nos vale para que aprendamos a comenzar a ser signo para los demás. Todo lo que pasó Jonás desde sus dudas y sus miedos, sus huidas y sus castigos, el ser arrojado al mar o devorado por aquel cetáceo que a los tres días lo devolvería sano y salvo, hace que sea Jonás el signo. ¿Y cómo nos vamos a convertir en un signo para los demás?  ¿Cómo vamos a comenzar a ser ese signo para el mundo que nos rodea y que no cree, pero que por nuestros gestos, por nuestras actitudes, por nuestra manera de actuar y de vivir puedan comenzar a ver la luz?

Creo que es lo que nos pide hoy el mundo que sigue necesitando signos, pero que no son simplemente los hechos milagros y extraordinarios, sino lo que con nuestra vida nosotros podamos ofrecerle. Es la invitación que estamos escuchando del Señor a través de este evangelio, que seamos signos para que el mundo crea. No son palabras bonitas lo que el mundo quiere escuchar; eso ya se lo ofrecen tantos como charlatanes en la vida social o en la vida política, y la gente está desencantada. ¿Pero el mundo también estará desencantado por lo que ve en la Iglesia, por lo que ve en los cristianos?

Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer. Necesitamos dar ese primer paso de conversión; necesitamos esa valentía para actuar de manera profética; necesitamos sentirnos llenos de la fuerza del Espíritu.

domingo, 17 de julio de 2022

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

 


No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42

‘No te pases de generoso’ algo así habremos escuchado en alguna ocasión cuando una persona sensible ante las carencias de los demás y generoso de corazón trata ayudar con generosidad a aquel que ve necesitado delante de sus ojos. Nos darán recomendaciones, nos señalarán protocolos de hasta dónde podemos llegar, querrán poner límites a la generosidad del corazón. Y es que quien ha aprendido de Jesús su corazón siempre estará en sintonía con el otro y muy lleno de sensibilidad para acoger y para servir, para ayudar y para ofrecer lo mejor de si mismo. ¿Cómo podremos llegar a unas actitudes y posturas tan valientes y tan generosas?

Alguien podría estar pensando, al hilo de esta reflexión, ¿y a donde se nos quiere llevar? El evangelio hoy nos ofrece el testimonio de unas personas que así supieron abrir puertas, así supieron estar disponibles, pero así, sobre todo, supieron abrir el corazón de manera que su hogar se nos presentara como ejemplo de hospitalidad y de acogida generosa, sin poner trabas ni medidas a la generosidad de su corazón.

Ha sido proverbial que cuando se nos hable de hospitalidad se nos ponga como ejemplo a los orientales, pero sobre todo a las gentes del desierto o que viven una vida trashumante buscando por lomas y desiertos el pasto y el agua para sus ganados. Quizá porque saben lo que es la soledad y lo que son las carencias de la vida, superando desconfianzas y recelos, las gentes del desierto siempre serán acogedores a los que llegan a su tienda a los que ofrecerán el pan y la sal, el agua y el ungüento como signo y señal de acogida desinteresada y generosa.

Hoy se nos habla en el evangelio de un hogar que está junto a un camino; el camino que sube de Jericó a Jerusalén, el camino que viene del desierto y lleva al encuentro de la ciudad santa, el camino también que hacían los que bajando por el valle del Jordán venían desde la lejana Galilea peregrinaban a Jerusalén y al templo en especial para la fiesta de la pascua. Un lugar propicio para tener un patio acogedor y con el cántaro siempre al borde de la cisterna para ofrecer agua fresca y descanso a los que agotados por el camino y el calor del desierto hacían camino hacia Jerusalén.

¿Sería ese el principio de las paradas de Jesús y sus discípulos en aquel hogar de Betania? El hecho está en que vemos a Jesús acogido en aquel hogar, no una sino varias veces, de manera que a Lázaro, un miembro de la familia, ya se le llamará el amigo de Jesús. La escena que nos ofrece hoy el evangelio es enormemente bella y enriquecedora. La mujer mayor de la casa se desvive por atender a sus huéspedes con todos los preparativos de la cocina, mientras que la otra hermana se ha quedado sentada a los pies de Jesús escuchando sus palabras y ofreciéndole también con su presencia el signo de esa acogida generosa en aquel hogar.

Las quejas de Marta porque María parece que nada hace y la respuesta de Jesús ha dado pie en muchas ocasiones a interpretaciones que se nos quedan cortas para valorar lo que el gesto de aquellas mujeres podía significar.

María ha escogido la parte mejor, le responde Jesús a la atareada Marta, pero no le dice que no ha de hacer lo que está haciendo, pues también es necesario para la acogida que aquel hogar viene a significar. Hay una buena noticia de salvación que llega con la presencia de Jesús a aquel hogar de Betania, y ambas, cada una a su manera y según su función, serán igualmente acogedoras ofreciendo su amistad, en el silencio de la escucha y en el servicio de ofrecer lo mejor, al Jesús que llega a sus vidas.


Cuando un caminante llegara de otros lugares a alguna de aquellas tiendas del desierto, pronto estarían con oídos atentos para escuchar las historias y noticias que aquel personaje les pudiera traer; se entablaba una mutua relación e intercambio porque a aquel caminante se le ofrecerían también las mejores viandas que en el desierto pudieran tener. Hemos escuchado en la primera lectura que Abrahán ofrece a los tres caminantes que llegan a la puerta de su tienda el mejor pan y la mejor carne de sus vacadas para que no pasaran de largo alcanzando así el favor de aquellos caminantes. Son un signo de la presencia de Dios que llega junto a Abrahán y le dejará la buena noticia de un hijo y heredero que le ha de nacer.

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas. Es la prontitud de Abrahán para ofrecer lo mejor de sí mismo en su hospitalidad, pero ha de ser también el silencio de la escucha y la disponibilidad para el servicio que encontramos en el hogar de Betania. Así no dejaremos que Dios pase de largo por nuestras vidas, así podremos sentirnos inundados por la presencia y el amor de Dios que se derramará en nuestros corazones, así podremos llegar a sentirnos transformados en hombre nuevos llenos de generosidad que no pondremos nunca límites a la generosidad de nuestro amor.

Nos está hablando, sí, de la escucha de la Palabra de Dios; nos está hablando del corazón abierto con que hemos de venir a la oración y a nuestras celebraciones; pero nos está señalando algo más, porque Dios llega a nuestras vidas de muchas maneras y una muy importante es en el hermano que pasa a nuestro lado, las personas con las que convivimos en familia o con las que vamos compartiendo el camino de cada día; en ese extraño con quien quizá inesperadamente nos encontramos un día o en ese que por su presencia, por lo que hace o por la manera de presentarse no nos cae tan bien; en ese niño que un día levanta su mirada hacia nosotros, en ese joven que quizás nos parece que nos está mirando de lado pero que en el fondo está tendiendo su mano en búsqueda de algo, o en ese anciano que solo se sienta a la puerta de su casa a contar sus historias.

¿Cómo es nuestra acogida y escucha? ¿Cómo es la manera de prestarles atención? ¿Cómo pacientemente nos sentamos a su lado para escuchar sus lamentos o sus tristezas?  ¿Cómo somos capaces de ponernos a hacer camino junto a él aunque sea un desconocido para nosotros?  No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas.