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sábado, 18 de septiembre de 2010

Dichosos los que escuchan la Palabra y dan fruto perseverando

1Cor. 15, 35-37.42-49;
Sal. 55;
Lc. 8, 4-15

‘Dichosos los que con un corazón noble y generoso escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverando’. Ojalá nosotros tengamos esa dicha, merezcamos esa bienaventuranza del Señor porque así demos fruto de la Palabra plantada en nuestra vida, y nuestro fruto sea abundante.
La Palabra hoy proclamada con esta hermosa parábola que nos propone Jesús hace constatación de una realidad, pero al mismo tiempo es como un revulsivo a nuestro corazón para que aprendamos a acogerla y plantarla de verdad en nuestra vida. Una realidad porque no toda la semilla plantada da el mismo fruto. Pero es como un aguijonazo a nuestra vida para despertarnos y demos la mejor respuesta.
‘Mucha gente seguía a Jesús y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo’, dice el evangelista. Y esto motivará a Jesús para esta parábola. ¿Eran todos ya discípulos? Eran muchos los que iban tras Jesús, escuchaban sus palabras, pedían o eran testigos de sus milagros, pero al final no eran todos discípulos de la misma manera. Para muchos aquello sería algo ocasional y luego volverían a sus vidas, sus trabajos, sus familias y todo quedaba en el recuerdo o quizá se olvidaba.
Por eso la parábola de Jesús. No es necesario que la repitamos porque todos la conocemos bien, aunque no estaría mal que la supiéramos escuchar una y otra vez en lo hondo del corazón. Siempre descubriremos una luz nueva; siempre el Señor tiene un mensaje para nosotros; siempre el Señor tiene algo que decirnos si abrimos los oídos del corazón.
Sigue sucediendo. Cuántos acuden a nuestras iglesias ocasionalmente por un motivo u otro. Cuántos escuchan la Palabra proclamada y predicada. Cuántos con ocasión de una fiesta, de una tradición o por unas devociones de religiosidad básica y popular tienen oportunidad de escuchar la Palabra de Señor. Pero la respuesta no es en todos la misma. Las preocupaciones, los trabajos, los agobios de la vida, las costumbres enraizadas y no siempre debidamente purificadas harán que la vida siga sus cauces y aquella Palabra quede como escondida allá en el interior de la persona o quizá pronto se olvide. Ojalá algún día retoñe en nuestro corazón y puede reverdecer como una planta llena de vida.
Por eso decía es una realidad de lo que es la vida, de lo que nos sucede, pero para nosotros es, tiene que ser ese revulsivo, ese aguijonazo que nos despierte y nos interrogue por dentro. ¿No sentiremos deseos de esos dichosos que escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverante?
Eso de la perseverancia es muchas veces una cuestión pendiente en nuestra vida. Cuántas cosas nos proponemos, cuántos buenos propósitos nos hacemos, pero qué pronto los olvidamos. Esa tierra dura de nuestro corazón, esos apegos o esos afanes que nos roban toda nuestra vida, esas rutinas que nos insensibilizan, esas cosas que nos distraen de lo principal y nos hacen ir como dispersos por la vida sin centrarnos en nada. Son tantas las tentaciones del enemigo malo que quiere arrancarnos esa buena semilla de la Palabra de Dios en nuestro corazón, a las que estamos sometidos.
Que el Espíritu del Señor venga sobre nosotros y nos abra el entendimiento y el corazón; que el Espíritu del Señor nos ilumine con su luz; que el Espíritu nos dé su fortaleza para la perseverancia que nos lleve a dar buenos frutos; que el Espíritu del Señor nos riegue con su gracia.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Al despertar me saciaré de tu semblante

1Cor. 15, 12-20;
Sal. 16;
Lc. 8, 1-3

‘Al despertar me saciaré de tu semblante’, hemos dicho en el salmo responsorial. Hermosa expresión de esperanza en la vida eterna y en la resurrección. Si la muerte es como un sueño, al despertar de ese sueño nos vamos a encontrar con la vida verdadera, nos vamos a encontrar con Dios, vamos a saciarnos de esa visión de Dios.
Como nos dice san Juan en sus cartas ‘ahora ya somos hijos de Dios pero no se manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Es hermoso. Es reconfortante. Nos llena de esperanza. Vamos por esa vida luchando por superarnos y mantenernos fieles. Clamamos al Señor para sentir su ayuda y su fuerza. ‘Escucha mi apelación… presta oído a mi súplica… muestra las maravillas de tu misericordia…’ como hemos ido diciendo en el salmo. Pero todo eso lo vivimos en la esperanza de un día poder contemplar, saciarnos del semblante de Dios.
Todo nos habla de resurrección y de vida. Un aspecto importante en el camino de nuestra fe. Forma parte del centro, del meollo de nuestro ser cristiano, como el centro del evangelio es Jesús muerto y resucitado. Como escuchábamos ayer a san Pablo. ‘Este ha sido el evangelio que os trasmití…’ Como le hemos escuchado en otros momentos ‘éste ha sido mi Evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas…’ Como nos decía ‘Cristo murió por nuestros pecados… fue sepultado y resucitó al tercer día, según las escrituras’.
Hoy nos viene a decir que ‘si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y lo mismo nuestra fe’. No era fácil esta afirmación de la resurrección en el mundo pagano donde Pablo anunciaba el evangelio. Todavía en el mundo judío que habían escuchado a los profetas Ezequiel, Daniel o el libro de los Macabeos era una afirmación aceptada, aunque bien sabemos que los saduceos negaban la resurrección. En el mundo pagano con sus filosofías era también difícil.
Recordamos el fracaso de Pablo cuando en Atenas, centro del mundo del saber antiguo, quiere anunciar la Resurrección de Jesús, y aquella gente le dice que de eso le escucharán otro día. Pablo se marchó de Atenas y se vino precisamente a Corinto, a quienes dirige ahora esta carta que estamos leyendo. Ahora Pablo quiere reafirmar su fe en la resurrección ‘porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados…’ Por eso afirma categóricamente ‘Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos’.
Cristo es el primogénito de entre los muertos y en Cristo todos resucitaremos. Todos estamos llamados a la vida. Por eso lo que afirmábamos en el salmo. ‘Al despertar me saciaré de tu semblante’. Una fe y una esperanza. Un sentido de nuestro vivir y una salvación que vivimos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Es nuestra fe. Y cuidado con la confusión de términos, porque nosotros hablamos de resurrección, no de reencarnación como ahora escuchamos con demasiada frecuencia. La reencarnación no forma parte de nuestra fe cristiana y no hemos de dejar que nos confundan. Nuestra vida es única, y al final de nuestra vida terrena, tenemos la esperanza de la vida eterna y de la resurrección; una resurrección que nos lleva a la vida eterna en Dios y con Dios, contemplando el semblante, el rostro de Dios. Como recordábamos que nos decía Juan ‘entonces le veremos tal cual es’. Merece la pena las luchas y trabajos en nuestro camino de fidelidad por alcanzar esa felicidad de gozarnos del semblante de Dios, de gozar en Dios por siempre en el cielo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

En tu nombre, Señor…


En tu nombre, Señor…

En tu nombre, Señor, nos reunimos;
en tu nombre queremos reiniciar nuestro camino
en el comienzo de este curso;
en tu nombre, Señor,
queremos ser en verdad fraternidad,
queremos hacer fraternidad.

En tu nombre queremos caminar
porque no somos un grupo cualquiera,
somos los discípulos que te seguimos,
queremos ser tus amigos,
queremos sentirte siempre a nuestro lado,
queremos caminar contigo.

No somos simplemente un grupo de amigos
que quieren estar reunidos,
de forma altruista o quieren hacer cosas buenas;
nosotros creemos en Ti
y por tu nombre y en tu nombre
queremos ir a los demás
con la luz y la fuerza del Evangelio;
somos parte de tu Iglesia,
unos militantes cristianos,
iglesia que camina y peregrina,
con nuestras dificultades y limitaciones;
pero recordamos como acogías en el evangelio
a todos los se sentían cansados y agobiados,
atormentados y con muchas limitaciones;
venimos hasta ti con lo que es nuestra vida,
nuestras limitaciones humanas
y nuestras discapacidades físicas,
pero sabemos que tú nos tiendes la mano
para levantarnos,
para ponernos en camino,
para sentir en ti la fuente
de nuestra salud y de nuestra salvación,
para descubrir la fuerza que nos das
para que vayamos también a los demás,
en tu nombre y anunciando el evangelio;
la fe que tenemos en ti es nuestra fuerza.

Somos pocos y con muchas limitaciones,
pero doce eran tus primeros discípulos
que también se sentían llenos de trabas y dificultades,
pero la fuerza de tu Espíritu
los hizo valientes para anunciar
el Evangelio de tu Reino por todo el mundo;
nos sentimos enviados por ti
en este curso que comienza
sabiendo que la tarea es mucha,
pero contando siempre con la fuerza de tu Espíritu;
por eso no queremos sentirnos agobiados
sino que la paz nunca falte en nuestro corazón,
para tener la serenidad de encontrar el camino,
y poder ir al encuentro de los otros.

Camina a nuestro lado, Señor,
que tu Espíritu nos ilumine y nos dé fuerza,
porque el mundo espera tu Buena Noticia
y nosotros tenemos que ser
anunciadores de tu Evangelio.

Danos tu fuerza, Señor.

La fe y el amor nos traen la salvación

1Cor. 15, 1-11;
Sal. 117;
Lc. 7, 36-50

Lo normal es que quienes se sienten alrededor de una misma mesa para compartir una comida es que entre ellos haya buena comunicación y sinceridad y por parte de quien invita se manifiesten las señales propias del aprecio y los deseos de amistad porque importante es el encuentro y lo que allí se pueda compartir.
A Jesús le había invitado a comer un fariseo y ‘entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa’. Pronto se manifiesta el recelo y la desconfianza, - ¿la falta de un amor verdadero? - porque, al introducirse aquella mujer que llega hasta los pies de Jesús, el propio fariseo que había invitado a Jesús allá está a la expectativa de lo que Jesús pudiera hacer porque aquella mujer era una mujer de la ciudad, una pecadora. Lo mismo el resto de comensales que entre sí ya comienzan a murmurar por lo bajo ante lo que Jesús dice y hace.
Pero allí está Jesús el que quiere acoger a todos y a todos quiere llamar e invitar a una vida nueva. La situación de aquella mujer que llora sus pecados a los pies de Jesús y ya hemos visto como lo hace hasta derramando caro perfume para ungir los pies de Jesús será la ocasión para que Jesús nos deje su mensaje pero además para que nos manifieste cuál es en verdad la salvación que quiere ofrecernos. Quiere suscitar Jesús en el corazón de aquellos hombres el amor que les faltaba para que pudieran creer totalmente en El y para ellos sea también la salvación.
Aquella mujer, es cierto, es una pecadora, muchos son sus pecados, pero ahora es mucho el amor que manifiesta. Había escuchado el mensaje de Jesús, habría contemplado los signos que realizaba, vislumbraba la salvación que Jesús ofrecía cuando había anunciado que venía a proclamar un año de gracia, el perdón para los pecadores. Con humildad y con amor se acerca a Jesús. La fe y el amor que le llevan hasta Jesús será su camino de salvación. ‘Tus pecados están perdonados… sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor… tu fe te ha salvado, vete en paz’, termina diciéndole Jesús.
Nos está diciendo Jesús lo que necesitamos para ir a El por muy pecadores que seamos. Creer en Jesús. No hay otro nombre que pueda salvarnos, diría más tarde san Pedro cuando le interroguen por los milagros que hace. En el nombre de Jesús. Por la fe que tengamos en Jesús. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús a la mujer pecadora, como lo escucharemos más veces en el evangelio cuando acuden enfermos y pecadores, todos con sus males, hasta Jesús.
Pablo nos ha recordado hoy el evangelio en que tenemos que creer, ‘en el que estamos fundados y que nos está salvando’. Como nos dice ‘lo primero que yo os trasmití.., fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los doce…’ Y nos recuerda Pablo las manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos y como dice ‘por último, como a un aborto, se me apareció también a mí’. Es la fe de nuestra salvación.
Creer en Jesús y amar. Amarle. Ofrecerle mucho amor. ‘Porque ha amado mucho’. ¡Cómo lo estaba manifestando ahora con sus lágrimas de arrepentimiento, con sus besos a los pies de Jesús, con la unción con aquel perfume! Es el amor que perfuma nuestra vida. Es el amor que nos unge para hacernos nuevos. Es el amor también con que respondemos a tanto amor como sabemos que el Señor nos ofrece. Cuánto es su amor y cuánto nos ha perdonado tantas veces en la vida. Somos deudores del amor del Señor. ‘Vete en paz… no peques más…’ De Cristo siempre saldremos llenos de paz. Con una vida nueva. Con la gracia de Dios que nos desborda. Que sintamos siempre esa paz.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Maria al pie de la cruz nos enseña a hacer una ofrenda olorosa de amor


Hebreos, 5, 7-9;
Sal. 30;
Jn. 19, 25-27


Nuestra mirada se elevaba ayer hasta la Cruz donde contemplábamos a Cristo crucificado para aprender la más hermosa lección del amor y de la solidaridad. Seguimos a la sombra de la Cruz pero hoy nuestra mirada se dirige a María, la Madre de Jesús que ya desde hoy – decimos hoy como si nos sintiéramos en aquella tarde del primer viernes santo en la colina del Calvario – desde hoy, digo, es también nuestra Madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dijo Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’, le dijo al discípulo amado, nos dice a nosotros también como un testamento que nos confía en la hora de su muerte.
La contemplamos al pie de la Cruz; pero la contemplamos de pie junto a la Cruz con la firmeza de una madre que se manifiesta siempre grande en el momento del dolor - ¿de dónde sacarán esas fuerzas todas las madres? -; la contemplamos con la firmeza de la fe y de la esperanza, pero con la firmeza también de quien se siente asociada a la pasión de su hijo – las pasiones y dolores de los hijos son siempre las pasiones y dolores de las madres -, comprendiendo como nadie podía comprender el sentido de aquella muerte, la Pascua plena y definitiva que allí se estaba realizando; con la firmeza, sí, de la que, sintiéndose asociada con su dolor a la pasión de Jesús, con El estaba haciendo con su dolor de madre la más hermosa ofrenda de amor.
Es la gran lección – y seguimos con lecciones al pie de la Cruz – que hoy podemos nosotros aprender. La lección que nos enseña a hacer ofrenda de amor para darle la mayor hondura y plenitud a todo lo que es nuestra vida también con nuestros dolores y sufrimientos.
San Pablo llegará a decir que completa en su carne lo que falta a la pasión de Cristo – hoy lo vamos a recordar en la oración final después de la comunión – queriendo expresar así cómo con su vida, también con su dolor y sufrimiento, se unía a la pasión de Cristo. ¿No tenemos también nosotros en nuestra vida dolores, sufrimientos, debilidades, achaques, contratiempos con los que unirnos también a la pasión de Jesús en ofrenda de amor?
Es lo que está haciendo María. Es la firmeza del amor que contemplamos en su dolor. Nosotros en nuestra devoción y amor de hijos la llamamos Virgen de los Dolores, como hoy hacemos y celebramos, Madre de las Angustias o de la Amargura, porque pensamos en su dolor, en las angustias y sufrimientos que como Madre estaba padeciendo al pie de la Cruz de Jesús, tendríamos que llamarla siempre cuando la contemplamos junto a la pasión y muerte de su Hijo en la Cruz, Madre de la Esperanza y del Amor. En esa sabiduría popular, muchas veces con el sentido de la fe muy metido en las entrañas, en algunos lugares a la Virgen de los Dolores así la llaman Madre de la Esperanza. Porque es realmente así como la contemplamos; como ya antes decíamos, sabía ella y comprendía la Pascua que en Jesús se estaba realizando y que aquella muerte atroz en la Cruz no podía acabar sino en la resurrección. Era la firmeza de la esperanza con la que estaba al pie de la Cruz de Jesús.
Ayer contemplábamos cómo Cristo en la Cruz asumió todo nuestro dolor y sufrimiento. Era la lección de la solidaridad. Hoy mirando a María, que no hace otra cosa que seguir el mismo camino de Jesús, nos está, pues, enseñando a hacer esa ofrenda de amor desde todo lo que es nuestra vida. Cuando a nuestro dolor y sufrimiento le damos un sentido y un valor, porque lo miramos a través de la Cruz de Cristo y de su resurrección, cuando sabemos hacer ofrenda de nuestro dolor poniéndonos al lado de la Cruz de Cristo, completando en nuestra carne la pasión de Cristo, y aprendiendo a hacerlo de María, podíamos decir que se convierte en una hermosa flor que inundará nuestra vida y la de los que nos rodean del perfume del amor. Es como el incienso perfumado que sube a lo alto de los cielos, recogiendo también otra imagen.
Es la flor de nuestra vida que queremos poner ante el Altar del cielo. Es como una hermosa y olorosa rosa, que, aunque nos sintamos atravesador por sus espinas - regada nuestra vida con la sangre de nuestro dolor -, sin embargo podrá exhalar el más exquisito perfume, que es el perfume del amor. Es el perfume que brota hoy del corazón de María. Que aprendamos nosotros también a exhalar ese perfume del amor.

martes, 14 de septiembre de 2010

Vamos a aprender la hermosa lección de la Cruz


Núm. 21, 4-9;
Sal. 77;
Jn. 3, 13-17

‘Nosotros hemos de gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo: en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’. Así ha comenzado la liturgia de este día de la Exaltación de la Santa Cruz que celebramos en este día.
A algunos les puede parecer incomprensible que la cruz sea una gloria y en ella podamos gozarnos y hacer celebración. ¿Cómo nos acercamos a la Cruz? Muchos lo hacen con temor; a nadie le gusta el dolor y el sufrimiento, nadie quiere la muerte, nadie quiere la humillación de una condena, de un suplicio, ni ser despreciado o tenido por un malhechor. Pudiera ser la primera imagen que aparece ante nuestros ojos y nuestra mente cuando contemplamos una cruz. La cruz se rehuye, del dolor y el sufrimiento no se quiere ni hablar, hay cosas que nos parece que pudieran hacernos daño por dentro.
Pero ¿es así cómo nosotros miramos la Cruz? Cuando nosotros miramos la Cruz estamos viendo a Jesús crucificado en ella. Para nosotros puede ser entonces una hermosa lección. Mirando a Cristo clavado en la cruz no vemos una derrota sino una victoria; no vemos amargura sino consuelo, paz, amor y alegría; no es desesperación sino esperanza; no es signo de muerte sino señal y germen de vida.
Vamos a intentar aprender la lección de la cruz. Vamos a intentar quedarnos a su sombra beneficiosa y meditar la gran lección que Jesús nos ofrece desde esa cátedra de la cruz. Aprendemos la lección del amor y de la solidaridad.
Comenzaremos cayendo en la cuenta que es la prueba del amor más grande, la seguridad y la certeza del amor que Dios nos tiene. Lo hemos recordado tantas veces: ‘tanto amó Dios al mundo que nos envió a su hijo’, nos entregó a su Hijo como la prueba suprema de ese amor. Porque ‘no hay amor más grande que el de quien da la vida por el amado’. Y es lo que hizo Jesús. Es lo que contemplamos en la cruz.
Allí fue levantado en la alto, como un día Moisés levantara la serpiente en el desierto, pero Cristo levantado en lo alto se convierte en nuestro rescate, en nuestro redentor. Cristo levantado en la alto de la cruz es el precio de nuestra liberación. Allí derramó su sangre, allí dio su vida, porque nos amaba, porque así no manifestaba el amor del Padre. Allí recibimos su perdón.
Aprendemos lo que es el gozo del amor más entregado; aprendemos a amar con un amor que no tiene medida sino que se da y se desgasta totalmente, se consume, por el ser amado. Aprenden los esposos lo que es un amor verdadero más allá de la pasión; aprenden los amigos lo que en verdad vale la amistad sincera y pura; aprendemos todos lo que es sentirnos queridos y por eso ofrecemos a todos un amor como el de Jesús para que todos igualmente se sientan amados.
Aprendemos lo que es la solidaridad verdadera cuando le vemos a El haciéndose solidario con nosotros, porque se hace semejante a nosotros, haciéndose como uno de nosotros, cargando también con todas nuestras debilidades y miserias, cargando también con nuestros pecados quien no tenía pecado. En la cruz toma nuestro dolor, nuestro sufrimiento, nuestros problemas, todo lo que es nuestra vida, cargando también con la fealdad de nuestro pecado para liberarnos y hacernos nuevos.
Aprenderemos entonces nosotros a hacernos solidarios con los demás, con los dolores y sufrimientos, con las preocupaciones y la vida de los que están a nuestro lado, sintiéndolas también como nuestras; aprenderemos a pensar menos en mis cosas y más en las cosas de los demás; aprenderemos, entonces, a ser más cercanos y más comprensivos más humanos y más hermanos. Porque hemos sido nosotros comprendidos y perdonados, también nosotros aprenderemos a comprender al hermano y a perdonar.
Seguimos aprendiendo cosas al pie de la cruz. La lección es inacabable como inacabable es su amor. Por eso aprenderemos a poner esperanza en nuestra vida, pero también a trasmitir a los demás esa esperanza de que es posible un mundo nuevo y mejor, de que no todo es negrura y oscuridad, sino que siempre podemos encontrar rayos de luz que iluminen nuestra vida por mucha negatividad que podamos ver alrededor. Siempre hay rayos de luz, porque siempre podemos vislumbrar destellos de amor y de muchas cosas buenas en las personas. Y aprenderemos a creer en las personas, a confiar y a esperar siempre algo bueno.
Estaremos aprendiendo que el Reino de Dios es posible, que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros, que con ese Reino de Dios tenemos que sentirnos seriamente comprometidos. Y llenaremos nuestra vida de nuevas actitudes y con nuevos valores le vamos dando sentido a nuestra vida; y con gestos sencillos y humildes iremos poniendo cada día un poquito de amor con el que dulcifiquemos nuestras relaciones y la vida de los demás.
Claro que sí, ‘nos gloriamos’, nos gozamos, hacemos fiesta y celebramos ‘la Cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y redimido’.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Sin comunión no podemos celebrar la Cena del Señor

1Cor. 11, 17-26;
Sal. 39;
Lc. 7, 1-10

En la lectura de la Carta a los Corintios que hemos escuchado nos encontramos con el texto probablemente más antiguo del relato de la cena del Señor. Sin embargo, como nos dice el apóstol, es ‘una tradición, que procede del Señor y que a mi vez yo os he trasmitido’. El relato, el hecho podemos decir, que centraba las asambleas de los cristianos ya desde el principio, en el que cada encuentro significaba un celebrar el memorial del Señor, celebrando la Cena del Señor tal como el Señor les había prescrito: ‘Haced esto en memoria mía’.
Es precisamente lo que motiva que el apóstol se los recuerde a los cristianos de Corinto en esta carta, y que bien nos viene a nosotros recordar bien lo que significa celebrar el memorial del Señor, la Cena del Señor, celebrar la Eucaristía para que lo hagamos con hondo sentido y evitemos aquellas cosas que podrían desvirtuar la maravilla de la Eucaristía.
Eucaristía que es vivir y celebrar la presencia viva del Señor; que tiene que ser siempre punto de encuentro y nexo de unión de los que creemos en Jesús porque es entrar en comunión con Cristo, pero con el Cristo total; comunión con Cristo, con su Cuerpo y con su Sangre, con lo cual estamos haciendo presente en nosotros todo el misterio pascual – ‘cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’ -, pero que tiene que ser necesariamente ese entrar en comunión con el hermano.
Allí donde no hay unidad y comunión no puede haber Eucaristía verdadera; perdería sentido para nosotros. Es lo que el apóstol quiere corregir en aquella comunidad, hasta llegar a decirles: ‘Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor’. ¿Por qué les dice esto el apóstol? Habían surgido en el ceno de la comunidad divergencias, divisiones, distanciamiento entre los miembros de la comunidad.
Era normal que en los encuentros compartieran la comida, como un signo de unidad y de comunión entre ellos; y en medio de ese ambiente fraternal terminaban celebrando la cena del Señor. Pero ¿qué había sucedido? ‘En vuestra asamblea os dividís en bandos… cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho…’ Lo que está describiendo es que entre ellos no había la necesaria unidad y comunión, no había un verdadero compartir. Así no cabía, no tenía sentido celebrar la Cena del Señor.
Un mensaje para nosotros invitándonos a una verdadera unidad y comunión entre los que creemos en Jesús, entre los que estamos compartiendo la misma Eucaristía. No caben los individualismos, el que cada uno andemos por un lado mientras estamos celebrando juntos. Y eso en la actitudes y en la manera incluso de expresarnos y manifestarnos en la misma celebración. Pero eso también en las actitudes y en la comunión efectiva que tendría que haber entre todos nosotros en todo momento. Nos une Jesús; nos une la misma Eucaristía del Señor que celebramos juntos y compartimos.
Recogiendo la hermosa súplica que vemos en labios del centurión hoy en el evangelio, esa tiene que ser también nuestra oración. Ya ritualmente la liturgia nos la pone en nuestros labios momentos antes de comulgar: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa…’ Pero que no sea solamente con nuestros labios, que surja desde lo más hondo del corazón.
No somos dignos, le decimos, porque no siempre tenemos la comunión total entre nosotros, pero que el Señor venga a nuestra vida, que su Palabra llegue hasta nosotros para que nos sane, nos sane de nuestros individualismos y de nuestra falta de comunión, nos sane de esas cosas que dejamos meter en nuestra vida y en nuestro corazón que muchas veces nos impiden de verdad estar cerca los unos de los otros, nos sane de esas actitudes negativas que nos aíslan, nos distancian porque son barreras que nos impiden una auténtica comunión. Que el Señor nos sane, nos ayude a vivir con todo sentido nuestra Eucaristía, que en verdad estemos proclamando la muerte del Señor y su resurrección, que en verdad nos llenemos de su vida y de su gracia.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La imagen más hermosa de Dios, la misericordia


Ex. 32, 7-11.13-14;

Sal. 50;

1Tim. 1, 12-17;

Lc. 15, 1-32

¿A dónde nos conducen nuestros caminos cuando nos apartamos del querer de Dios? ¿Qué nos ofrece Dios en cambio a esa actitud nuestra que se quiere en cierto modo endiosar cuando quiere hacer prevalecer su yo, su gusto y apetencia por encima de todo? Creo que la Palabra de Dios de este domingo sobre esto nos puede ayudar a reflexionar.
Recojamos las imágenes que nos ofrecen las parábolas del evangelio. La oveja perdida caminará en medio de peligros lejos del rebaño; para la mujer que había extraviado la moneda muy valiosa todo era angustia y desolación; el hijo que quiso construir su vida al margen y lejos de padre terminará en el peor de los vacíos y a punto de desesperación. Pero con el cambio, la oveja o la moneda encontradas, o el hijo en la vuelta a la casa del padre todo será fiesta y alegría.
Qué bien retrata la parábola nuestra vida y situación. Es un reflejo de los caminos que nosotros queremos tantas veces tomar. Ese becerro de metal que se hicieron los judíos en el desierto del que nos habla la primera lectura es el reflejo de ese yo endiosado que pretende seguir sus caminos a su manera y al margen de lo que pueda ser el plan de Dios para nuestra vida. Querían vivir su libertad al margen del Dios que los había liberado de Egipto.
Nos queremos hacer dioses que nos satisfagan nuestros deseos y caprichos; tenemos sueños de hacernos dioses de nosotros mismos donde el criterio de mi vivir y actuar sean mis apetencias, mis caprichos haciendo de nuestro egoísmo orgulloso la única razón de lo que hacemos o vivimos. ¿Por qué me tengo que negar eso que yo deseo? ¿por qué no puedo hacer lo que me apetezca?, que decimos tantas veces. Y al final terminamos siendo, no dioses, sino esclavos de egoísmos y pasiones y caemos en el vacío y la desolación cuando no alcanzamos todo lo que deseamos, y nos desesperamos, y nos dejamos arrastrar por iras y violencias contra todo y contra todos, o caemos en profunda depresión.
Es el retrato del hijo pródigo, del que se marchó de la casa del padre, o también del que lleno de orgullo no sabe aceptar a su hermano. No es necesario volver a describir los detalles que nos da la parábola, hambre, miseria, abandono, soledad. Es nuestro retrato en tantas ocasiones de nuestra vida. Cuántos caminan por la vida como sin rumbo y sin encontrar un sentido hondo a sus vidas; cuántos dejándose llevar por esa carrera de vértigo del egoísmo y la pasión terminan destrozando sus vidas, sin que les parezca que un día puedan encontrar luz para la oscuridad en la que viven.
Una situación que puede tener distintas reacciones; o puede conducirnos al vacío, al aislamiento y a la desesperación, o nos puede hacer recapacitar para conducirnos a Dios, si dejamos oír su voz en nuestro corazón, para desde su misericordia y amor encontrar la plenitud y la dicha.
Aunque caídos en esos caminos de muerte, de vacío, de desolación, si no dejamos que la luz de la fe se apague en nuestra vida, podemos darnos cuenta de que todo puede recomenzar de nuevo, que Alguien está buscándonos y esperándonos – como aquel pastor que buscaba la oveja perdida, o aquella mujer que barría toda la casa para encontrar la moneda valiosa extraviada, o como aquel padre paciente que siempre esperaba la vuelta del hijo -; desde esa luz de la fe podremos descubrir que el amor no nos va a tener en cuenta lo malo que hayamos hecho sino nuestra vuelta y nuestro encuentro con El; podemos vislumbrar que se nos ofrece la perspectiva de empezar una vida nueva y distinta.
¡Qué distinta es la manera de reaccionar de Dios a cómo nosotros reaccionamos! Muchas veces queremos ser tan justicieros que olvidamos lo que es la misericordia, la compasión y el perdón. Tenemos que aprender del Padre del cielo que es compasivo y misericordioso siempre. Nos vale para nosotros encontrar esperanza desde la negrura de nuestro pecado para levantarnos y nos vale también para la humanidad que hemos de poner en nuestro trato y aceptación de los demás.
Cuando el hijo llega a la presencia del padre queriendo expresarle de mil maneras su arrepentimiento y su petición de perdón, el padre se lo comerá a besos, casi no le dejará hablar para no tener que recordar lo pasado, y encima lo vestirá de fiesta ofreciéndole un banquete de bienvenida. Si nos fijamos en lo que Pablo hoy nos dice, da gracias a Dios ‘que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio; eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente…’ Por eso afirmará rotundamente ‘Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero, y por eso se compadeció de mí…’
Rotundamente, sí, tenemos que afirmar que Dios siempre está dispuesto al perdón y a ofrecernos su abrazo de amor. No castigó a su pueblo que se había hecho un becerro de metal que ocupara su lugar, sino que siguió conduciéndolo hasta la tierra prometida. La alegría del cielo, la alegría de los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta, que nos decía Jesús concluyendo las dos primeras parábolas. ‘Este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado’, que dice el padre preparando un banquete de fiesta para el hijo que había vuelto.
Es la esperanza que renace en nuestro corazón porque sabemos que, aunque somos pecadores y tantas veces queremos vivir nuestra vida al margen de Dios, es el Padre bueno que siempre nos busca y nos espera con sus brazos de amor bien abiertos para darnos su abrazo de paz y de perdón.
Pero es también, como decíamos antes, la misericordia de la que hemos de llenar nuestra vida, a imagen del Dios compasivo y misericordioso, para tratar con una humanidad casi divina a los demás; para que siempre confiemos en el otro – cuánto nos cuesta -, para que siempre demos esperanza al hermano, para que sepamos alentar a todo caído que nos encontremos en la vida y le ayudemos a levantarse para vivir con nueva ilusión y entusiasmo reconstruyendo su vida, como nosotros mismos lo intentamos también tantas veces.
Y finalmente decir también es el rostro misericordioso que tiene que ofrecer siempre la Iglesia, porque siempre tiene que manifestarse como imagen y signo de ese Dios del amor y de la misericordia, que sigue creyendo en nosotros a pesar de nuestras debilidades y que sigue contando con nosotros. Es la imagen más hermosa de Dios que la Iglesia puede y debe ofrecer.

sábado, 11 de septiembre de 2010

María, nombre cargado de divinas dulzuras


Ecles. 24, 17-22;
Sal. Lc. 1, 46-54;
Lc. 1, 26-38

‘La virgen se llamaba María…’ nos dice el evangelista. El nombre, María. Dulce nombre, santo Nombre. Es el nombre de la Madre, de la Madre de Dios y nuestra madre, porque así quiso dárnosla Jesús desde la Cruz. Hace pocos días celebramos su nacimiento; hoy queremos recordar y celebrar su nombre – aunque nos adelantemos un día por coincidir con el domingo – porque queremos gozarnos con María, invocar a María, tener muy presente en nuestros labios el nombre de María.
"Nombre cargado de divinas dulzuras", como asegura San Alfonso María de Ligorio; nombre que sabe a mieles y deja el alma y los labios rezumando castidad, alegría y fervor: ¡María! Por medio de la que así es llamada, nos han venido todos los bienes y la pobre humanidad puede levantar la humillada cabeza y presentir de nuevo la cercanía de inacabables bienaventuranzas.
En este sentido podemos recordar lo que nos decía el libro del Eclesiástico que la liturgia quiere aplicar hoy a María: ‘Como vid hermosa retoñé: mis flores y frutos son bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor puro, del temor, del conocimiento y de la esperanza santa… mi nombre es más dulce que la miel, y mi herencia, mejor que los panales…’
Prueba de sabiduría y de acierto es imponer a la persona el nombre que justamente le corresponde. Y nadie como Dios ha sabido dar exactitud, expresión y síntesis a los nombres que Él mismo ha elegido e inspirado. Desde la más remota antigüedad, el nombre impuesto a las personas y a las cosas tuvo, en la mayoría de los pueblos, una significación simbólica.
Se suele decir que el nombre de María, traducido del hebreo "Miriam", significa, Doncella, Señora, Princesa. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena.
¿Qué significados tiene, pues, según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar? Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor.
San Efrén dice "que el nombre de María es la llave de las puertas del cielo," Y San Buenaventura "que María es la salvación de todos los que recurren a ella." "¡Oh Dulcísimo Nombre! Oh María, quién serás Tú que tu nombre sólo es tan amable y lleno de gracia," exclama el beato Enrique Suso. Y San Bernardo: "En los peligros, en las perplejidades, en los casos dudosos, piensa en María, recurre a María, no dejes que abandone tus labios; no dejes que se aparte de tu corazón." María, cuyo Nombre cantan los cielos y la tierra, ¡bendita seas!... "El nombre de María indica castidad", dice San Pedro Crisólogo.
Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina dar a la "Niña Reina" un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: "María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna".
Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, "llave del cielo", como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria.
Su Nombre, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el Libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquél que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro, incluso para los homicidas voluntarios: el Nombre de María. Torre fortísima es el Nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es Nombre dulce, Nombre que conforta, Nombre de consoladora esperanza, Nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos."
Que el sabroso Nombre de Nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra, de par en par, las puertas de la gloria.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Apóstoles y evangelizadores corremos la carrera por el premio de la vida eterna

1Cor. 9, 16-19.22-27;
Sal. 83;
Lc. 6, 39-42

‘¡Ay de mi si no anuncio el evangelio!’, dice Pablo. ‘No lo hago por propio gusto, porque eso mismo sería mi paga… sino que me han encargado ese oficio de dar a conocer el Evangelio…’
Este texto de la carta de Pablo a los Corintios nos vale en primer lugar a los que tenemos la misión y el ministerio del apostolado y de la predicación del Evangelio. Nos ayuda a valorar y considerar nuestra misión, nuestra manera de ejercerla, revisando y purificando actitudes y maneras de actuar, y a sentirnos cada vez más comprometidos con el evangelio que tenemos que anunciar. Un texto, digo, que nos ayuda a reflexionar, a meditar y dar gracias a Dios por la misión que nos ha confiado.
Pero es bien válido también para todos los cristianos; para que todos comprendamos y valoremos la misión de los pastores de la Iglesia, siendo al mismo tiempo comprensivos y ayudándoles a mantener esa fidelidad, esa generosidad y esa entrega. Muchas veces podemos ser exigentes con nuestros pastores si hacen o no hacen, si tienen estas actitudes o les faltan aquellos valores, si parecen interesados o están llenos de generosidad y entrega, pero quizá no siempre la comunidad sabe estar al lado de sus pastores apoyándolos, rezando por ellos, animándolos, que también necesitan de ese apoyo o de esa oración.
Pero además de esto que estamos considerando podemos fijarnos también en esas imágenes o ejemplos que nos propone el apóstol en este texto. Emplea la imagen del corredor atlético que para realizar su carrera en el estadio previamente se ha impuesto toda clase de privaciones y sacrificios en su entrenamiento, como nos dice el apóstol, por una corona de laurel, o, podemos decir hoy, por una medalla o trofeo de metal, en fin de cuentas perecedero.
Lo que nos plantea el apóstol es si seremos nosotros capaces de correr de semejante manera la carrera de la fe y de la vida cristiana. No lo haríamos nosotros por una corona perecedera, una corona que se marchita, sino que lo haríamos por el Señor. Nuestro premio es El, poseerle a E, vivir esa vida eterna que El nos ofrece que no es otra cosa que vivirle a El en plenitud.
Cuando le damos esa trascendencia eterna a nuestros actos y a nuestra vida, sí seremos capaces de luchar por superarnos cada día en esa ascensión que tiene que significar nuestra vida cristiana. Un ascender – ascesis lo llamamos - en un camino de perfección, de santidad, venciendo tentaciones, superando defectos y debilidades, purificándonos también a través de nuestras privaciones y sacrificios, creciendo más y más en nuestras virtudes. Hermoso camino que nos lleva a la plenitud de la vida en el Señor.
Finalmente una palabra del evangelio donde Jesús sigue haciéndonos unas recomendaciones sobre esa superación que hemos de hacer en nuestra vida de cada día. ‘¿Cómo puedes decirle a tu hermano: hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Somos fáciles en fijarnos en los defectos o fallos de los demás, pero no somos capaces de fijarnos en nosotros mismos. Pues en ese camino de superación hemos de fijarnos mucho en nuestra vida, porque mucho seguramente tenemos que purificar. Además si llevamos nuestros ojos turbios con las vigas de nuestra maldad, con poca claridad, con poco amor podremos ver lo bueno que siempre hay en los demás.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La medida del amor en el estilo de Jesús

1Cor. 8. 1-7.11-13;
Sal. 138;
Lc. 6, 27-38

La medida del amor, ¿hasta dónde tiene que llegar? Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Sed compasivos… no juzguéis… no condenéis… perdonad… dar y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante…’ Nos va enseñando un estilo nuevo. Nos va enseñando una nueva forma de amar. Nos está señalando la amplitud que ha de tener nuestro amor. ‘Como vuestro Padre que es compasivo…’
Cuando amamos de verdad no ponemos límites ni medidas, no somos tacaños sino generosos. Cuando amamos de verdad lo vamos a hacer con todos y de forma generosa. Por eso no tenemos que mirar quien sea amigo o enemigo, quien me haga el bien o quien me haya hecho daño. Cuando amamos de verdad, repito, hay generosidad en el corazón y nuestra respuesta al otro nunca será ni la violencia ni la maldición, siempre será una respuesta de bien, de bendición, de generosidad para ser capaz si fuera necesario de desprenderme de lo que tengo para compartirlo con el otro; en nuestra respuesta de amor no estaremos buscando ni recompensas, ni compensaciones, ni correspondencias que pudieran ser como una paga a mi amor.
Es sublime lo que nos enseña Jesús. Tan sublime que en nuestros razonamientos humanos a veces nos cuesta entenderlo y pueden aparecer sutilmente rabitos de amor propio y hasta de egoísmo en nuestro amor. Somos fáciles para poner medidas, límites, condiciones. ¿Es que tengo que amar a todos? ¿es que tengo que amar también al que ha hecho daño? ¿y al que me cae mal? ¿y también a aquel que no es del grupo de mis amigos? ¿y aquel otro que es un egoísta y nunca ayuda a nadie? Siempre buscamos alguna pega, alguna dificultad.
Como decía el sabio del Antiguo Testamento – lo escuchamos el pasado domingo - nuestros pensamientos algunas veces son mezquinos y falibles. ‘¿Quién rastreará las cosas del cielo, quien conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?’ Es lo que tenemos que pedir.
‘Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo… amad a los enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo…’
La medida del amor, comenzábamos preguntándonos, ¿hasta dónde tiene que llegar? Aquí tenemos la respuesta. Un amor sublime, generoso, que nos supera y que entonces sólo con la fuerza de la gracia divina podremos tener. Un amor por el que tenemos que ser distintos. Porque además el modelo de nuestro amor es el amor que Dios nos tiene. ‘Compasivos como vuestro Padre que es compasivo… seréis hijos del Altísimo que es bueno con los malvados y desagradecidos…’
Es que los que creemos en Jesús, los que lo seguimos y somos sus discípulos tenemos un sentido distinto de las cosas, de la vida, del amor. Es precisamente lo que nos hace cristianos, discípulos de Jesús. Será nuestro distintivo. ‘En esto se conocerá que sois discípulos míos’, nos decía Jesús en la última cena cuando nos dejaba el mandamiento del amor.
Que nos conceda el Señor el Espíritu del amor.

martes, 7 de septiembre de 2010

Celebramos con gozo el nacimiento de María


Miq. 5, 2-5;
Sal. 12;
Mt. 1, 1-16.18-32

Múltiples expresiones de júbilo y alegría nos recoge la liturgia en los diferentes textos, antífonas, ya sea en la Eucaristía, ya sea en la Liturgia de las Horas, en esta fiesta de la Natividad de María.
Muchas fiestas en honor de María se celebran en nuestros pueblos en diferentes advocaciones que manifiestan la piedad popular y la devoción llena de amor de los hijos para con su madre en el día de su nacimiento. Son los hijos que celebran, llenos de fervor y amor, el cumpleaños de la madre. ¿No lo hacemos así con esa madre que nos dio el ser? ¿Cómo no lo vamos a hacer con María?
Celebramos, pues, con gozo el nacimiento de María, aurora y esperanza de salvación, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal que el mismo Sol nace de ella’, como se canta en un himno litúrgico, aunque las otras expresiones que hemos ido diciendo se recogen también en la liturgia como ya dijimos.
El nacimiento de María anunció la alegría a todo el mundo; es el principio de la salvación, porque de ella nace Cristo que, borrando la maldición, nos trajo la bendición, triunfando de la muerte, nos dio la vida eterna. La maldición cayó sobre el hombre con el pecado allá en el paraíso terrenal, pero se nos anunció una bendición, porque la estirpe de la mujer vencería sobre la muerte y nos llegaría la vida. María nos da a Jesús, el vencedor sobre la muerte que nos da la vida eterna.
Es María, la primera morada de Dios entre los hombres, el primer templo de Dios porque en ella por obra del Espíritu habría de encarnarse el Hijo de Dios, en su seno, como en el más hermoso templo, María lo portaría para hacernos llegar al Emmanuel, al Dios con nosotros. María sí recibió la luz, María sí recibió la vida. En María no habrá tinieblas porque nunca la sombras del mal entenebrecerían su vida porque fue incluso preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.
Dios miró su humildad y por el anuncio del ángel concibió al Redentor del mundo. María, pequeña, la última, la esclava del Señor como a sí misma quiso llamarse, sin embargo se deja conducir por Dios, se deja conducir por el Espíritu Santo y por ella nos llegó la salvación. Por algo con la liturgia la llamamos aurora y esperanza de salvación.
En esta fiesta del nacimiento de María nos sentimos tentados de no cansarnos nunca de decir cosas hermosas de María. Así la ha cantado siempre la Iglesia, así los santos Padres cantaban las alabanzas de María. Es el fervor y el amor de los hijos que tan maravillosamente se sienten amados por tal madre. Todos tenemos experiencias en nuestro corazón que nos recuerdan ese amor de Madre de María, esa protección maternal que de tantas formas se ha manifestado en nosotros. Como hijos enamorados de la madre no queremos sino decirle piropos, cantarle cantos de amor y de alabanza, y repetirle una y otra vez cuánto la queremos , como lo hacemos también sin cansarnos a nuestra madre de la tierra.
Pero ya sabemos que la mejor alabanza que podemos hacer a la madre es ser dignos hijos de tal madre. Y lo expresamos queriendo parecernos a ella, hacer cuánto ella nos enseña, queriendo copiar en nosotros sus virtudes, su humildad, su amor, en una palabra su santidad.
La vemos hoy pura y resplandeciente de luz – así la llamamos también en este día, Madre de la Luz -; la contemplamos llena de la vida de Dios y con la pureza y la santidad de una vida sin pecado. Que brille en nosotros esa luz, que apartemos igualmente de nosotros el pecado, que vivamos como ella con espíritu humilde, que sepamos como ella abrir nuestro corazón a Dios y a su Palabra y que nos llenemos de su amor, que resplandezca la santidad en nuestra vida.

Tres momentos, oración, elección y cercanía

1Cor. 6, 1-11;
Sal, 149;
Lc. 6, 12-19

Subrayemos varios aspectos de este texto del evangelio. Por una parte nos dice ‘Jesús subió a la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios’. A continuación nos dice: ‘cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce entre ellos y los nombró apóstoles’. Para finalmente decirnos que ‘bajó Jesús del monte y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo…’ Tres momentos: oración, elección y cercanía.
Oración, en lo alto del monte, como lo vemos en otras ocasiones. Y oración en el silencio de la noche. Una subida, como un signo que tantas veces hemos reflexionado; pero soledad y silencio. Salida de sí mismo para ir al encuentro con Dios, en lo más hondo de nosotros mismos pero para abrirnos a Dios: en el silencio de los ruidos terrenos que nos pueden distraer; en la soledad de la intimidad que no es soledad sino llenarse de la inmensidad de Dios.
Un segundo momento de elección y misión, precedido de esa oración, de ese sentir en Dios que es lo más correcto, lo que es la voluntad y el camino de Dios. Entre los discípulos son elegidos doce a los que se les confía una misión, ‘los nombró apóstoles’. Jesús elige y los discípulos reciben y acogen una misión.
Y en el tercer momento, decíamos cercanía. Cercanía de quien bajó hasta el llano donde estaban muchos discípulos pero estaba también el pueblo venido de todas partes. Cercanía en aquellos que le buscaban, que habían hecho largos caminos para ir al encuentro con Jesús, para dejarse también encontrar por Jesús. Cercanía de Jesús que a todos acoge, con sus ilusiones y esperanzas, con sus penas y dolores, con su hambre de la Palabra de Dios, pero también con muchas otras necesidades.
¿Serán también los momentos que nosotros hemos de vivir? Necesitamos oración. Necesitamos subir a la montaña, o desprendernos de nosotros mismos para abrirnos a Dios. Necesitamos hacer ese silencio interior que nos permita abrirnos a Dios, escuchar a Dios. Necesitamos de esa soledad, que es ese vaciarnos de tantas cosas para que pueda Dios entrar en nuestro corazón con toda su inmensidad, con todo su amor. Nuestros apegos y nuestro amor propio nos hacen sentirnos tan llenos a veces que no podemos dejarle lugar a Dios en nuestro corazón.
Cuando nos abramos a Dios, podremos llenarnos de El, podremos descubrir su camino, podremos ver claro las sendas que traza delante de nosotros en la vida; podremos descubrir entonces para qué nos llama, para qué nos quiere; nos sentiremos llamados y elegidos, descubriremos nuestra misión, qué es lo que tenemos que hacer. Nos vamos a Dios prevenidos ni precavidos, sino con una libertad interior grande para dejarnos hacer por Dios.
Cuando nos encontremos de verdad con Dios y nos llenemos de El aprenderemos a ir al encuentro con los demás; sabremos cuál es la cercanía que hemos de poner en nuestra vida en relación con los demás; aprendemos a acoger con un corazón abierto a los demás; aprenderemos lo que es un encuentro verdadero. Y escucharemos, y seremos bálsamo de paz y amor para los otros; y llevaremos vida donde hay tanta muerte; y sembraremos esperanza; y comenzaremos a transformar nuestro mundo desde y con el amor.
Hermosa es la lección de Jesús cuando se retiró a la montaña y pasó la noche en oración.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Dedicación de la catedral, valoración de nuestra Iglesia diocesana e invitación a una santidad de vida


1Ped. 2, 4-9;
Sal. 121;
Jn. 2, 13-22

Celebramos hoy en nuestra diócesis el día de la Dedicación de la Santa Iglesia Catedral. No es un aniversario cualquiera, puesto que para los que pertenecemos a la Iglesia que peregrina aquí en nuestras islas tiene un especial significado. No es una Iglesia cualquiera de la que celebramos su Dedicación puesto que es la Catedral de nuestra Diócesis.
Tendríamos quizá que recordar qué es, que significado tiene la Catedral. De entrada decir que es la sede del Obispo Diocesano y podríamos decir que es allí donde está la Cátedra del Pastor, del Obispo que con su oficio de Maestro anuncia el mensaje del evangelio para todos sus diocesanos; es así como la cabeza o la Iglesia madre de todas las Iglesias de la comunidad diocesana reunidas en torno a su pastor y a su Obispo.
Si importante es en cada comunidad cristiana el lugar sagrado donde damos culto al Señor, escuchamos su Palabra y celebramos los sacramentos en la reunión de la asamblea de la comunidad cristiana, cuánto más lo ha de ser para toda la Diócesis la catedral.
Así el templo catedral, en este caso, como lugar sagrado, dedicado, consagrado al Señor se convierte para los cristianos en un especial signo visible de la presencia del Señor en medio de nosotros. De ello tiene que hablarnos toda Iglesia o todo templo sagrado dedicado y consagrado al Señor. Pero por esas especiales características que hemos expresado la catedral tiene un significado grande para la vida de la Iglesia Diocesana. Por eso la liturgia en el aniversario de su Dedicación nos invita a celebrar esta fiesta especial. Por eso decíamos no es un aniversario cualquiera porque tampoco es un templo cualquiera para todos y cada uno de los diocesanos.
Pero cuando hablamos de ese templo visible y material, al que llamamos también Iglesia, no nos quedamos en la materialidad del mismo templo, sino que tenemos que ir mucho más allá. Reconocemos que el verdadero templo de Dios para nosotros es el Señor. El Hijo de Dios se encarnó y se hizo hombre tomando un cuerpo humano como el nuestro porque es verdadero hombre al mismo tiempo que verdadero Dios. Pero por eso mismo se convierte para nosotros en ese primer templo de Dios en medio nuestro, la primera señal, el más importante signo visible de Dios en medio de nosotros. Es el Emmanuel, Dios con nosotros y por El llega a nosotros toda la gracia de Dios, todo el amor de Dios que nos salva y nos redime y nos llena de la santidad de Dios.
Hoy nos ha hablado san Pedro de que Cristo es la piedra angular, escogida y preciosa. Pero al mismo tiempo nos dice que nosotros también somos piedras vivas que entramos en la construcción de ese templo del Espíritu. Por eso decimos también que nosotros somos también por la acción del Espíritu que nos consagra en verdaderos templos de Dios. Para eso fuimos ungidos en nuestro Bautismo.
Es por eso lo que decimos en el prefacio de esta fiesta. ‘Te has dignado habitar en toda casa consagrada a la oración, para hacer de nosotros, con la ayuda constante de tu gracia, templos del Espíritu, resplandecientes por la santidad de vida. Con tu acción constante santifica, Señor, a la Iglesia, esposa de Cristo, simbolizada en edificios visibles, para que así, como madre gozosa por la multitud de sus hijos, pueda ser presentada en la gloria de tu reino’.
Esta celebración, pues, además de una invitación a considerar y valorar todo el hondo significado que tiene la Iglesia catedral para sus diocesanos, es también para nosotros un estímulo y una exigencia, podríamos decir también, para nuestra santidad personal. Si somos templos de Dios con cuánta santidad hemos de vivir nuestra vida. Santidad que no hemos de profanar nunca con el pecado, santidad que hemos de hacer brillas con el resplandor de nuestras virtudes. Santidad que es exigencia también porque por nuestra vida hemos de convertirnos también en signos visibles de esa presencia de Dios en medio del mundo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Hemos de saber a qué subimos a Jerusalén


Sab. 9, 13-18;
Sal. 89;
Filemón, 9-10-12-17;
Lc. 14, 25-33

El evangelio nos dice que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’. Entraña esto que iban de camino. En la dinámica del evangelio de Lucas estamos en la subida de Jesús a Jerusalén, una subida con un significado especial, porque era su subida definitiva. Es bien significativo.
Esto da ocasión a Jesús a plantearle a los discípulos si realmente sabían lo que significa subir con El a Jerusalén. Algo así como preguntarles ¿sabéis a qué subimos a Jerusalén? Claro que esto nos vale para preguntarnos a nosotros también ¿sabéis lo que significa seguirme, ser discípulo mío? Algo así también nos está planteando Jesús a nosotros. Y es que el evangelio no es para adormecernos con El sino que siempre nos estará planteando cosas hondas.
Jesús un poco para que comprendan que hay que pararse a reflexionar les propone esos dos ejemplos o parábolas, como queramos llamarlos, del que va a edificar una torre o del rey que va a entablar una batalla. Hoy para todo nos exigen proyectos y proyectos bien detallados, ya sea una construcción que vayamos a realizar o ya sea un plan que queramos realizar en cualquier negocio, cualquier actividad, o cualquier realización social. O si vamos a emprender un viaje queremos saber bien a donde vamos, la ruta, lo que nos va a costar, las dificultades con que nos podamos encontrar y así mil detalles más; no queremos ir a la loco, todo queremos llevarlo bien planificado.
Pero ¿seremos así en esos planteamientos más hondos en los que nos va el sentido de la vida o donde podemos poner en juego nuestra salvación eterna? ¿Nos planteamos con esa misma seriedad lo que significa ese ser cristiano, ese seguimiento de Jesús o simplemente nos dejamos llevar porque aquí somos cristianos de toda la vida? ¿cuál es el proyecto de mi vida y de mi fe?
Siempre decimos, desde aquella respuesta elemental que aprendimos en el catecismo, ser cristiano es ser discípulo de Jesús. Es cierto, pero esto es muy serio. No es cualquier cosa. Podemos tenerlo muy claro, pero siempre tenemos que revisarnos porque como sucede en todo caminante se nos pueden ir pegando los polvos del camino, y aquello que nos parecía muy claro se nos puede ir empañando, como se empaña el cristal de nuestras gafas o el cristal del coche con los humos, los polvos, las lluvias o las ventiscas del camino. Esas suciedades pueden ocultarnos lo que tiene que ser la verdad más fundamental de nuestra vida en el seguimiento de Jesús.
Seguir a Jesús es hacer su camino, reflejar su vida en mi vida, ser capaz también de cargar con su cruz o con la cruz nuestra de cada día, pero haciéndolo a su manera. Que ese proyecto de mi vida coincida totalmente con el proyecto de Jesús. Que sepamos bien, tengamos muy claro y muy asumido en nuestra vida lo que es su vida, esa vida que tenemos que copiar en nosotros.
Decíamos que Jesús les pregunta o les platea a los que van con el de camino subiendo a Jerusalén algo así como si sabían bien lo que significaba aquella subida. Cuando lleguen a Jerusalén, ellos que van encantados con Jesús porque han escuchado sus enseñanzas, han visto sus milagros e incluso van a hacer una fiesta grande en la bajada del monte de los Olivos a la entrada a Jerusalén, allí se van a encontrar que Jesús es discutido y rechazado, que buscarán su muerte por todos los medios; que el amor y la entrega de Jesús le va a llevar a la cruz y a la muerte, y entonces llegará el momento de que los que le siguen tendrán que tomar partido, decidirse. Y ya sabemos lo que sucedió en Jerusalén y como los mismos discípulos andaban divididos, huyeron, o andaban encerrados por miedo a los judíos. El mismo Pedro llegará a negar que conoce a Jesús.
Por eso ahora Jesús les previene, les prepara. Ser su discípulo para seguirle significará que hay que preferirle a El frente a todo y frente a todos. Por eso les dirá: ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre o a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío’.
Es una decisión importante. Jesús tiene que ser el primero; su Reino tiene que ser lo primero; esa Buena Noticia que han escuchado tiene que ser lo que tenga preferencia en la vida. No es que no se pueda amar al padre, la madre, la mujer, el hijo el hermano o la hermana. Pero Jesús, su Reino, el Reino de Dios tiene que estar por encima de todo, tiene que ser lo que dé sentido, profundidad, valor, autenticidad a todo lo demás.
‘Quien no lleve su cruz detrás de mi, no puede ser discípulo mío’, sigue diciéndoles. ¿Qué significa ese llevar la Cruz? ¿Qué significó la Cruz para Jesús? La Cruz fue entrega, pero fue amor; entraña sufrimiento y sacrificio, pero todo está envuelto en el amor, en el amor sin límites, en el amor hasta el final. Es, entonces, la ofrenda de amor que tenemos que saber hacer de nuestra vida.
Ofrenda de amor en nuestra fidelidad incluso hasta en el dolor. Ofrenda de amor en esa aceptación de nuestra vida con sus cruces, sus sufrimientos, sus sacrificios. Ofrenda de amor en esa entrega que tenemos que vivir en cada momento en la responsabilidad del día a día. Ofrenda de amor en ese testimonio de Jesús, al ponerlo como lo principal, lo preferido de nuestra vida, que vamos haciendo con nuestra palabra, con nuestro ejemplo, con nuestras obras de amor, con las cosas buenas que vamos haciendo cada día.
Esto es cosa que sabemos y que queremos vivir, es cierto. Pero bueno es recordarlo, revisarlo porque, como decíamos, los cristales con los que vemos la vida se nos pueden ir empañando con el polvo, con las suciedades y miserias de la vida. Y es bueno que nos dejemos interpelar por el Evangelio.
Además, podemos recordar lo que nos decía el libro de la Sabiduría. ‘Los pensamientos de los mortales son mezquinos y nuestros razonamientos son falibles’. Somos débiles y tantas veces erramos en nuestro camino. Queremos conocer los designios de Dios, comprender lo que Dios quiere y como decía el sabio del Antiguo Testamento ‘¿quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo?’.
Que el Espíritu del Señor nos ilumine, nos de fuerza para seguir ese camino de Jesús porque sólo con la fuerza del Espíritu podremos comprenderlo y podremos ponernos en camino con El. Queremos en verdad ser sus discípulos, seguir a Jesús, ponernos en camino con El, aunque tengamos que subir a Jerusalén, aunque tengamos que cargar con la cruz porque para nosotros Jesús será siempre el primero, porque lo es todo para nosotros.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Me postro ante ti, Señor,
en profunda adoración;
eres mi Dios y mi Señor;
confieso con la más profunda fe
que estás realmente presente
en el Santísimo Sacramento del Altar;
verdaderamente es tu Cuerpo y tu Sangre,
tu alma y tu Divinidad
presente en la Eucaristía;
no es sólo un signo,
como si fuera un recuerdo,
aunque sea signo sacramental,
porque eres presencia verdadera,
estás realmente presente;
eres tú, Señor,
que así quieres darte,
así quieres hacerte presente,
así quieres llegar hasta mi vida.

Creo, Señor,
creo que estás ahí
y me postro ante ti
en adoración profunda.

Quiero hoy, Señor,
dejarme inundar por tu presencia,
llenarme de tu vida,
que tu amor empape totalmente mi alma
para ser siempre para ti,
para que mi vida,
mis obras y mis palabras
sean siempre para tu gloria.
Gracias, Señor,
por tenerte siempre a mi lado,
acompañándome,
escuchándome,
hablándome
en lo más hondo de mi corazón;
gracias, Señor,
por tu presencia permanente en el Sagrario
donde siempre me esperas;
que yo sepa descubrir aquí
y sentir tu presencia,
que yo sepa escucharte,
que aprenda el camino
que me conduce hasta el Sagrario
para aprender a venir hasta ti
con mis penas y mis preocupaciones,
mis súplicas y mis deseos más hondos;
que aprenda el camino del Sagrario
para aprender a gustar de tu presencia,
para sentirme junto a ti
más cerca del cielo.

Tu Palabra nos dice
que cada vez que comemos de este pan
y bebemos de este cáliz de la Eucaristía
anunciamos tu muerte, Señor,
hasta que vuelvas.
Creo, Señor, en tu Palabra
y cuando contemplo
y adoro este misterio admirable
estoy contemplando
todo tu misterio de salvación y redención,
el misterio pascual
de tu muerte y resurrección;
aquí estás en tu pasión y en tu cruz,
en tu muerte redentora
y en tu resurrección de salvación;
es todo un misterio de gracia
en que te nos das
y nos regalas tu vida;
te has ofrecido en la cruz
para ser nuestro Salvador
y para rescatarnos
de la muerte y del pecado;
cada vez que nos acercamos a ti
en el sacramento de la Eucaristía
estamos rememorando
y haciendo presente
tu muerte y tu resurrección.
Gracias, Señor,
por tanto regalo de amor.

En la sinagoga de Cafarnaún,
después de haber dado de comer milagrosamente
a la multitud con los cinco panes y dos peces,
nos dijiste
que nos ibas a dar
un pan venido del cielo,
que el que lo comiera
no volvería a tener más hambre,
quedaría saciado para siempre,
y ese pan eras tú,
era tu propia carne
que nos dabas para que la comiéramos
y tuviéramos vida para siempre;
mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida,
nos dijiste
y el que come mi carne
y bebe mi sangre
tiene vida en mi
y yo lo resucitaré en el último día;
has querido quedarte en la Eucaristía
para ser también nuestro alimento,
nuestro viático para el camino,
la fuerza que nos hace vivir y amar,
luchar y ser mejores cada día;
pero es también
prenda del banquete eterno de los cielos
del que un día quieres hacernos partícipes,
prenda de gloria futura;
te comemos para tener vida,
te comemos para alcanzar la resurrección,
te comemos para unirnos a ti
y ser una sola cosa contigo,
te comemos para que habites en nosotros
y nosotros habitemos en ti.
Gracias, Señor,
por esa vida eterna que nos das.

Nos has dicho, Señor,
que tenemos que amarnos
porque somos hermanos,
y ese ha sido tu mandamiento,
que nos amemos los unos a los otros
como Tú nos has amado;
Tú, Señor, eres comunión de amor,
porque así eres en tu Trinidad
admirable e indivisible:
tres personas distintas
y un solo Dios verdadero;
pero quieres darte a nosotros en la Eucaristía
para que entrando en comunión contigo
aprendamos a entrar
en comunión con los hermanos;
no podemos comulgarte a ti,
entrar en comunión contigo,
si no hemos aprendido
a entrar en comunión con los hermanos;
tu mandamiento
fue el mandamiento del amor,
un mandamiento que nos dejaste
en el mismo momento
que nos dejabas también
tu presencia en la Eucaristía;
no podemos, pues,
separar nuestra unión contigo
de la comunión con los demás;
por eso has querido ser nuestro maestro
pero también nuestro camino,
eres nuestro ejemplo
pero eres también nuestra fuerza;
que amándote más y más a ti
en la Eucaristía
aprendamos a amar más y más
a nuestros hermanos
para que haya comunión verdadera;
que cada vez que me acerque
a la mesa de la comunión
sea consciente
de a quién estoy comulgando,
porque no sólo estoy comulgando
el Cuerpo del Señor,
sino que tengo que comulgar también
con el hermano;
que encuentre siempre en tu Eucaristía
esa fuerza para vivir la comunión total,
para que todos nos amemos cada vez más
y nos sintamos hermanos.
Gracias, Señor,
por tu Eucaristía y por tu amor.

Mejor que humillados humildes desde una ofrenda de amor

1Cor. 4, 6-15;
sal. 144;
Lc. 6, 1-5

Qué bien nos vienen estas palabras de Pablo en su carta a los Corintios para cuando se nos meten los orgullos en nuestro corazón porque nos sintamos humillados o porque las apetencias de grandezas y reconocimientos no se ven realizadas. Cuánto daño nos hacen por dentro esos orgullos y que nos hacen reaccionar de mala manera ante las situaciones adversas por las que tengamos que atravesar en la vida.
Con una actitud humilde se presenta el apóstol sintiéndose el último de todos. Colocado el último como un condenado a muerte, débil y despreciado, insultado y perseguido, como la basura del mundo. Son algunas expresiones que emplea para describir la situación por la que pasa el apóstol en tantas incomprensiones y recelos por parte de muchos. Mucho tuvo que sufrir el apóstol en su tarea evangelizadora y no fue sólo de parte, podíamos decir, de los enemigos del evangelio de Jesús, sino en muchas ocasiones incluso en medio de aquellas comunidades donde evangelizaba por incomprensiones, envidias y muchas cosas. A cosas así está haciendo referencia en este texto que comentamos.
Creo que nos está ofreciendo una hermosa lección. Diríamos que todo eso lo transforma desde el amor y desde la fidelidad a la misión que ha recibido del Señor, de ser su apóstol. Y más que humillado él se siente humilde, porque la humillación que de una forma u otra pretendían inflingirle no permite que le dañe por dentro, no le sirve para mal, sino todo lo contrario, le hace ofrecer su vida con humildad como una ofrenda de amor por la misión que ha recibido.
Por ahí, creo, que puede ir la lección que nos ofrece el apóstol. En la vida muchas veces pasamos por situaciones difíciles en nuestro trato o en nuestra relación con los demás. Habrá quizá quien quiera humillarnos, desde las envidias que tantas veces corroen el corazón del hombre, también desde incomprensiones y desconfianzas o desde otras muchas cosas que nos hacen sufrir, pero no nos vamos a sentir humillados ni doloridos, sino que vamos a ser humildes y vamos a poner ese bálsamo hermoso del amor en nuestra vida y desde esa humildad con amor vamos a saber ofrecernos al Señor.
Será otra entonces nuestra actitud, la forma de actuar y reaccionar. No vamos a dejar que nuestro corazón se llene de dolor, resentimiento o maldad en esa situación por la que quieran hacernos pasar. A Cristo en su pasión y en su camino hacia la cruz pretendían humillarlo, pero en el amor supo ser humilde, supo poner mansedumbre en el corazón y así hizo su ofrenda redentora de amor por nosotros. ‘Venid a mi, nos dice Jesús, todos los que estáis afligidos y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’.
El camino de la humildad vivido desde el amor puede ser un hermoso camino para sentir más cerca a Dios en nuestra vida. No nos puede faltar la fe para ver la presencia amorosa, reconfortante del Señor a nuestro lado, que nunca nos deja solos. Pero ese camino de humildad vivido también en el amor y desde el amor puede ser un testimonio, una luz para que muchos a nuestro lado lleguen a vislumbrar ese amor de Dios y se acerquen a El. Dios se nos manifiesta en la humildad y desde nuestro corazón humilde podemos conocer mejor a Dios.
‘Cerca está el Señor de los que lo invocan’, pedíamos en el salmo, por eso ‘pronuncie mi boca en todo momento,- también en los momentos duros y difíciles - la alabanza del Señor, todo viviente bendiga su santo nombre’.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios

1Cor. 4, 1-5;
Sal. 36;
Lc. 5, 33-39

‘Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios…’ Una referencia a la vida del Apóstol; una referencia a la vida de todo el que tiene que ser apóstol, pastor en medio del pueblo de Dios. Servidores de Cristo. Administradores de los misterios de Dios. Una vida vivida en total fidelidad. ‘Lo que se pide a un administrador es que sea fiel’, continuaba diciéndonos san Pablo.
Una fidelidad que no actúa por miedo a los juicios humanos, que no busca alabanzas ni reconocimientos humanos. Actúa con rectitud y en conciencia. Tiene que ser fiel allá en lo hondo de su conciencia. El único juicio válido es el de Dios. ‘Mi juez es el Señor… El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón, entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece’. Pido al Señor que no sea severo sino misericordioso cuando me presente ante El. El Señor es rico en misericordia, a ella me quiero acoger.
Pero tenemos que decir que este texto, aunque con esa clara referencia a los pastores, sin embargo ilumina también la vida de todo cristiano. En nuestras manos está el evangelio que tiene que iluminar la vida de cada uno, pero también con el que tenemos que iluminar la vida de los demás. El Señor ha puesto su evangelio en nuestras manos y hemos de reconocer que todo somos apóstoles y mensajeros del Reino. En consecuencia también con fidelidad y con que rectitud hemos de vivir nuestra vida. Todos.
Lo que nos dice el salmo, que nos ha valido como siempre para nuestra oración de respuesta a la Palabra proclamada, nos da pautas de cómo ha de ser esa rectitud que ha de adornar la vida de todo cristiano con una serie de hermosas virtudes y valores.
‘El Señor es quien salva a los justos’, fuimos repitiendo. Pero se nos decía, lo meditábamos, lo íbamos rumiando en nuestro interior, ‘confía en el Señor y haz el bien… practica la lealtad… la justicia, el derecho…’ la búsqueda del bien y de lo bueno tiene que estar siempre presente en mi vida. Mucho más que un adorno, actitudes profundas que se manifiestan en los actos de nuestra vida, en nuestra relación con los demás, en todo lo que vamos haciendo.
Justicia, derecho que nos llevan al buen trato al otro, sea quien sea, al respeto de la dignidad de todos, a la valoración de toda persona; justicia, derecho que nos llevan a un compartir solidario y tendríamos que decir también en justicia; lo que tenemos no es sólo nuestro sino que todo tiene que redundar en el bien común, a los otros les pertenece también porque son bienes que Dios creó para el hombre, para todo hombre. ¿Cómo en justicia puedo yo estar en la abundancia, mientras el hermano a mi lado está en necesidad?
‘Apártate del mal y haz el bien’, seguía diciéndonos el salmo porque el Señor y sus mandatos son nuestra delicia, nuestra dicha, nuestra gloria. Caminemos por caminos rectos, caminos de amor y de bondad, caminos de justicia y santidad y el Señor será nuestro premio, nuestra dicha. ‘Cada uno recibirá de Dios lo que merece’, que nos decía el apóstol.
Que así sea nuestra vida, y que así nos manifestamos ante los demás. Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Serán caminos que atraerán a los otros hasta el Señor.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Tenemos que liberarnos las redes que nos aprisionan

1Cor. 3, 18-23;
Sal. 23;
Lc. 5, 1-11

‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios…’ Allí estaban ansiosos de que Jesús les enseñara, aunque Pedro y sus compañeros pescadores andaban afanados en repasar y lavar las redes después de una noche de faena aunque fuera infructuosa.
Pero cuando hay ansias de Jesús y nos dejamos enseñar, conducir y guiar, Jesús realiza maravillas para manifestarnos la salvación que quiere ofrecernos y para ponernos en camino también de hacer cosas grandes. Es lo que contemplamos en este texto; Jesús enseña a las gentes aunque tenga que subirse a una barca que le sirva como de estrado para que todos puedan escucharle mejor; pero más cosas van a suceder a continuación para manifestar así la gloria del Señor.
La palabra de Jesús es una Palabra de salvación, una palabra que libera y da vida, una palabra que nos levanta y nos pone en camino también de cosas grandes. Tiene fuerza de liberación y salvación. Fijémonos como se realiza en Pedro. Lo va a liberar de sí mismo, de sus desconfianzas y de sus miedos pero también de todo aquello que pudiera atarle a las rutinas de cada día porque además Jesús para Pedro y para aquellos pescadores tiene reservada una especial misión.
Ya sabemos lo que sucedió a continuación porque lo hemos escuchado. Pedro tendrá que interrumpir su faena de limpiar redes porque Jesús le pedirá su barca y que la separe de la orilla para enseñar a la gente; pero Pedro tendrá que remar otra vez mar adentro en el lago porque así se lo pide Jesús aunque él sabe que no hay pesca, porque ‘hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada’. Se desprenderá Pedro de sus conocimientos de pescador para dejarse guiar por Jesús y por su palabra echar de nuevo las redes.
Comenzarán a manifestarse las maravillas del Señor, el asombro se apoderará de todos para reconocer las maravillas del Señor; aparecerá la solidaridad y el compañerismo de los otros pescadores que vendrán en su ayuda y al final Pedro, que tuvo que reconocer sus limitaciones e incapacidades, se reconocerá indigno de estar ante Jesús porque se siente hombre pecador. ‘Apártate de mí, Señor, que soy un pecador’.
Pero será el paso para sentirse liberado totalmente para seguir a Jesús. ‘No temas, desde ahora será pescador de hombres’. Se acabaron los miedos, ‘sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron’. Un nuevo camino, una nueva pesca, una nueva misión.
A la luz de este evangelio, mirémonos nosotros. También tenemos nuestros miedos e inseguridades, o el orgullo de lo que somos o sabemos, porque nos creemos quizá que sabemos muchas cosas, nos puede hacer engreídos, pero al final nos sentimos incapaces o el mal que hayamos dejado meter dentro de nosotros nos ha paralizado. Comencemos por reconocerlo como Pedro para poder sentirnos en verdad liberados por Jesús.
Cuánto nos cuesta reconocer esas negruras que pudiera haber en nuestra alma, en nuestro corazón. Es el paso que tenemos que dar y veremos la salvación de Dios en nuestras vidas y podremos ver también para qué nos quiere el Señor. Quizá no le hemos abierto la puerta de nuestro corazón lo suficiente. Es una liberación que tenemos que dejar que el Señor realice en nosotros. Tenemos que sacar las redes que aún pudieran estar aprisionándonos.
María se reconoció pequeña ante Dios, se sentía la humilde esclava del Señor, pero el Señor realizó en ella obras grandes. Y María lo reconoció.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Campo de Dios y Edificio de Dios pero en el que todos somos colaboradores

1Cor. 3, 1-9;
Sal. 32;
Lc. 4, 38-44

‘Nosotros somos colaboradores de Dios y vosotros campo de Dios. Sois también edificio de Dios’. En esta frase final del texto de la carta a los Corintios que hoy se nos ha proclamado emplea el apóstol dos bellas imágenes para describirnos el Pueblo de Dios de la Nueva Alianza. Campo de Dios, edificio de Dios.
Nuestro labrador, nuestro constructor o Arquitecto de ese edificio es Cristo. Somos ese campo o ese edificio. Edificio de Dios construido sobre el cimiento de los Apóstoles, como nos dice también el apóstol y ha hemos meditado muchas veces, sobre todo en la fiesta de los Apóstoles. No podemos pretender ser nosotros por nosotros mismos los constructores o labradores de ese campo. Sin embargo nos dice el Apóstol que somos colaboradores de Dios, porque ahí nos confía también un misión.
Al apóstol Pablo le da ocasión para dejarnos este mensaje ciertos problemas surgidos en la comunidad de Corinto, que podrían también iluminarnos a nosotros en muchas situaciones. El apóstol incluso se pone un poco serio y les dice que son como niños porque hay entre ellos envidias y contiendas, rivalidades y enfrentamientos a causa de cierta división surgida entre ellos por unos que son partidarios de Apolo, que también allí ha contribuido a la predicación del evangelio, y otros partidarios del mismo Pablo. Cosas que sucedieron entonces y siguen sucediendo muchas veces también en el seno de nuestras comunidades. Que si este cura o este obispo es mejor que el otro, que si el párroco que estaba antes, que si aquel sí que trabaja, que si éste es más cercano o más amigo de todos, y no se cuántas cosas más que vemos muchas veces. Esa no tiene que ser nuestra mirada ni nuestra actitud. Escuchemos lo que dice el Apóstol.
‘Cuando uno dice yo estoy por Pablo, y otro, yo por Apolo, ¿no sois como cualquiera? En fin de cuentas, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Agentes de Dios, que os llevaron a la fe, cada uno como le encargó el Señor. Yo planté, Apolo regó, fue Dios quien hizo crecer… el que cuenta es el que hace crecer, o sea Dios… nosotros somos colaboradores de Dios’.
Surgen entre nosotros muchas veces también divisiones y rencillas, y sucede también en el seno de la comunidad cristiana, de la Iglesia. Es bien iluminador este texto. Bien sabemos los pastores que nuestra misión es sembrar, anunciar el evangelio, hacer llegar la gracia de Dios a través de los sacramentos. Pero quien en verdad hace crecer la fe y la vida cristiana es Dios que llama al corazón, inspira con la fuerza del Espíritu, da la gracia. Y lo que importa es la vida divina sembrada en nuestro corazón, esa vida divina que nos hace hijos de Dios, nos llena de la santidad de Dios.
Contribuyamos con la santidad de nuestra vida a la fecundidad de ese campo de Dios que somos nosotros. Contribuyamos al crecimiento de ese edificio de Dios, a ese crecimiento de la vida de la Iglesia poniendo cada uno de nosotros los granitos de arena de su vida, de su santidad, de su bien hacer, de sus buenas obras, de esa semilla de la Palabra de Dios que con nuestra vida vamos sembrando cada día entre los que nos rodean. Eso es lo importante. Dios regará todo eso bueno que hagamos con su gracia y es el que por la fuerza del Espíritu hará crecer la santidad de su Iglesia a través de esa santidad que vivamos cada uno de nosotros.
Oremos al Señor para que en el seno de nuestras comunidades cristianas no surjan nunca esas rivalidades sino que siempre todos valoremos el trabajo de nuestros pastores cada uno en su función, en su propio ministerio, en el lugar al que el Señor le ha llamado a trabajar en ese campo de Dios. Pidámosle al Señor que nunca se rompa esa unidad de su Iglesia.