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viernes, 12 de septiembre de 2014

Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre

Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre

Ecls. 24, 17-22; Sal: Lc. 1,46-54; Lc. 1, 26-38
El Señor Dios te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo, que tu alabanza está siempre en la boca de todos’. Es la antífona con que ha comenzado hoy la liturgia esta celebración de María con la que queremos glorificar su santo nombre.
Palabras tomadas de aquellas con las que el pueblo aclamaba a Judit que con su valor había liberado al pueblo del opresor y que la liturgia quiere aplicar a María, dando así cumplimiento al mismo tiempo a sus propias palabras proféticas en el Magnificat donde proclamaba que todas las generaciones la felicitarían. ‘Tu alabanza está siempre en la boca de todos’. Así queremos nosotros alabar a María, pero bendecir sobre todo al Señor que la hizo instrumento de salvación para nosotros al traernos al Salvador.
En el evangelio hemos escuchado el relato de la embajada angélica. ‘El ángel Gabriel fue enviado por Dios… a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María’. Es el dulce nombre de la Madre de Dios y nuestra Madre, que hoy nosotros queremos celebrar. Pero si nos fijamos en el fondo de la celebración en los diversos textos y oraciones que nos ofrece la liturgia hay una triple referencia al nombre, aunque nos estemos fijando de manera especial en María, pero que las vemos íntimamente interrelacionadas.
Hay una referencia constante al santo nombre de Dios, al nombre, más bien, de Jesús. No solo es el cántico de María, que hemos recitado en el salmo, donde bendice y alaba el nombre de Dios - ‘santo es su nombre’, proclama María - sino que en el prefacio de manera especial se dice: ‘En el nombre de Jesús se nos da la salvación, y ante El se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo’, recordándonos aquel himno cristológico que nos traerá la carta de san Pablo y que nos recuerda también que no hay otro nombre en el que podamos obtener la salvación. Toda fiesta de María, toda referencia que hagamos siempre de María contemplando su grandeza la hemos de contemplar siempre relación a Jesús, siempre dentro del misterio de Cristo porque El es nuestro único Salvador.
Está, en segundo lugar, la referencia al nombre de María de manera especial en esta celebración de hoy. ¿Qué nos dice el nombre de María? Como nos decía el libro del Eclesiástico ‘mi nombre es más dulce que la miel y mi herencia, mejor que los panales’. Es ese nombre de María que endulza nuestra boca al invocarlo y llena del sabor divino nuestro corazón.
Decir María es decir ‘la llena de gracia’, la inundada de la presencia del Señor, aquella sobre la que el Señor volvió su rostro y la llenó de gracia, la agraciada del Señor que podemos decir, y la hizo toda pura y santa, la que está llena del Espíritu de Dios que la cubrió con su sombra para que de ella naciera hecho hombre el Hijo de Dios. Nombre glorioso el de María que ‘ha sido glorificada de tal modo, como recordábamos con la antífona, que su alabanza está siempre en la boca de todos’.
Decir el nombre de María es decir Madre, ese dulce nombre con que la llamó el mismo Hijo de Dios, pero que también nosotros podemos pronunciar con el mismo amor porque fue el regalo hermoso que nos dejó Jesús desde la Cruz. Jesús, el Señor, ‘al expirar en la cruz quiso que la virgen María, elegida por El como madre suya, fuese en adelante nuestra madre’, como hemos expresado en la oración litúrgica. Cómo podemos saborear desde entonces ese dulce nombre de María.
Decir María es sentirnos para siempre confortados con su protección maternal cuando con devoción y amor de tantas maneras invocamos su nombre. ‘Con frecuencia está el nombre de María en nuestros labios porque la contemplamos como estrella luminosa, invocándola como madre en los peligros sintiéndonos siempre seguros cuando acudimos a ella’, como expresamos también en el prefacio. ¿Cuántas veces invocamos el nombre de María a lo largo del día? Pensemos en las avemarías que rezamos, en las jaculatorias con que invocamos a María. Estamos expresando así la confianza y el amor de los hijos que invocan a la Madre, pero estamos al mismo tiempo glorificar el nombre de Jesús, porque siempre María nos llevará de la mano hasta Jesús.
Hablábamos de una triple referencia al nombre y es que nos queda nuestro nombre de cristianos. Y es que en la oración final de la Eucaristía de esta memoria de la Virgen pediremos que ‘bajo la guía y la protección de la Virgen, confortados con la gracia de los sacramentos, rechacemos lo que es indigno del nombre cristiano y cumplamos cuanto en él se significa’. Hemos de pensar en la dignidad del nombre de cristiano que llevamos marcado en nuestra vida desde nuestra consagración bautismal; pero hemos de saber vivir conforme a esa dignidad con una vida santa.
Cada día decimos cuando rezamos el padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’; ¿cómo vamos a santificar el nombre de Dios,  que ya por si mismo es santo? Viviendo conforme a la dignidad de nuestro nombre cristiano, viviendo una vida santa. Que no haya nada en nuestra vida que desdiga ese dignidad de cristianos que hemos de llevar con todo orgullo. Invocamos el nombre de María, para que así recordemos nuestra condición; invocamos el dulce nombre de María, para que así sintamos la protección de nuestra Madre y nos alejemos del pecado y vivamos para siempre en la gracia del Señor.

‘Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre’ como hemos pedido en la oración litúrgica.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El nombre de María está lleno de divina dulzura

Eclesiástico, 24, 17-22; Sal.: Lc. 1, 46-55; Lc. 1, 26-38
‘Y el nombre de la joven era María…’ nos dice el evangelista. Hoy nos gozamos en esta fiesta de María. El pasado 8 de septiembre se celebraba la natividad de la Virgen María, y a los pocos días la liturgia nos ofrece esta posibilidad de celebrar el santo nombre de María. Nos llenamos de gozo al celebrar a María, la boca se nos llena de dulzura al pronunciar su santo nombre y desde los más hondo de nosotros mismos queremos cantar la alabanza del Señor que en María nos ha dado tal madre que nos ama y nos protege y solo pronunciar su nombre nos aleja de los peligros porque es segura siempre su protección maternal.
Cuando ella cantaba al Señor reconociendo y dando gracias por las obras maravillosas que Dios en ella realizaba proféticamente, podríamos decir, anunciaba esta alabanza que en su honor cantar todos los pueblos y a través de todas las generaciones. ‘Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho cosas grandes en mí el Poderoso: su  nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’.
María bendice al Señor, ‘su nombre es santo’, porque cuando en ella realiza tales maravillas se está manifestando la misericordia del Señor para todos los hombres. A través de María, porque Dios quiso fijarse en ella, nos llega aquel en cuyo nombre alcanzamos la salvación. ‘No hay otro nombre que pueda salvarnos, y ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua proclama Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre’.
Pero como proclamaremos en el prefacio de esta fiesta ‘el Señor ha querido con amorosa providencia que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles’. Es el nombre de la madre y para un hijo no hay nombre más dulce que el de su madre. San Alfonso María de Ligorio en su libro ‘las glorias de María’ nos ofrece unas hermosas consideraciones en torno al nombre de María recogiendo lo que tantos santos a lo largo de los tiempos han dicho de manera hermosa del nombre de María.
‘El nombre de María está lleno de divina dulzura’, dice un autor, ‘es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos’. Y al hablarnos de esa divina dulzura que destila del nombre de María nos dice que quiere hablarnos ‘de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre para quienes lo pronuncian con fervor’.
Al hablarnos de ello nos quiere explicar como pronunciar el nombre de María nos hace sentir una alegría honda y especial en nuestro corazón porque nos está recordando por una parte el amor del Señor que se manifiesta en María - ‘su misericordia se manifiesta a sus fieles de generación en generación’ - pero al mismo tiempo despierta en nosotros unos nuevos sentimientos de amor. Así recoge lo que decía san Bernardo: ‘Oh excelsa, oh piadosa, o digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y tan amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y solo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte’.
Nombre de María, lleno de gracias y de bendiciones para quienes lo invocan, consuelo para el afligido y que nos pone en camino de salvación al que de él se había apartado, que conforta a los pecadores y llena de esperanza de salvación sus corazones. Con el nombre de María en nuestros labios nos sentimos fortalecidos frente a la tentación y podríamos recordar aquí cómo la invocamos en las letanías: ‘Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos…’ en las que expresamos esa fortaleza y protección que con María a nuestro lado sentimos.
Así nos explica que ‘como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados’.
Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: ‘En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón’. En suma, llega a decir san Efrén, que ‘el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción’. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar ‘a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna’. ¿No la invocamos en las letanías como puerta del cielo?
Muchas más cosas podríamos seguir meditando del santo y dulce nombre de María. Gocémonos en su dulzura, llenémonos de su amor, sintámonos bendecidos de Dios cuando así ha querido dárnosla por madre. La contemplamos, como diremos en el prefacio, como estrella luminosa y la invocamos como madre en los peligros y en las necesidades acudimos seguros a ella.
Amemos a María. Que no falte nunca su santo nombre de nuestros labios. Ella siempre  es intercesora amorosa por nosotros y nunca nos sentiremos defraudados porque ella siempre  nos llevará a Jesús y nos alcanzará como Madre mediadora la gracia de Jesús.

miércoles, 12 de septiembre de 2012


Dichosos los pobres porque vuestro es el Reino de los cielos
1Cor. 7, 25-31; Sal. 44; Lc. 6, 20-26

Me gusta siempre pensar en quienes eran los que estaban escuchando estas palabras de Jesús cuando fueron pronunciadas. Nos volvemos a unos versículos anteriores a lo hoy proclamado - exactamente el último párrafo del evangelio de ayer - y nos dice que cuando ‘Jesús bajó del monte con los doce se paró en el llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo que había venido desde distintos lugares de toda la geografía de Palestina que venían a oírlo y a que les curara de sus enfermedades, y los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados y todos querían tocarlo’. 

Ya comenzaba a haber un grupo grande de gente que seguía a Jesús. La noticia corría por toda la comarca, como escuchamos hace unos días. Venían con sus sufrimientos, que eran sus enfermedades, sus dolencias, sus espíritus atormentados, su pobreza y su necesidad, las inquietudes y esperanzas de su corazón que muchas veces se veían frustradas. Venían porque querían escuchar a Jesús. Venían porque en Jesús encontraban salud para sus cuerpos doloridos. Venían porque renacía la esperanza en sus corazones atormentados.

Las palabras que ahora Jesús les decía eran un bálsamo grande de consuelo y de esperanza. Eran palabras que escuchaban desde su pobreza, su hambre, su sufrimiento, la inquietud que tenían en el corazón. Y para ellos era el  Reino de Dios les decía Jesús. ‘Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios, dichosos los que ahora tienen hambre… los que ahora lloráis… los que ahora os sentís excluidos y proscritos por los hombres… quedaréis saciados, el corazón se llenará de alegría, vuestra recompensa será grande en el cielo’. 

No era para menos sentir cómo renacía la esperanza en el corazón atormentado por tantas cosas. Además no eran solo palabras bonitas que pronunciara Jesús para entusiasmarles, sino que eran anuncio de algo real porque lo estaban viendo realizarse en los signos que Jesús iba haciendo cuando curaba a los enfermos, sanaba a los leprosos, o expulsaba los espíritus malignos de aquellos que estaban poseídos por el mal. 

Creo que cuando ahora nosotros estamos escuchando y meditando en estas palabras sintiendo cómo Jesús nos las está diciendo a nosotros y por nosotros, podemos recordar que estaban anunciadas proféticamente también en el cántico de María cuando alababa al Señor porque Dios se había fijado en ella para que por su medio nos llegara el Salvador. Nos viene bien recordarlas también hoy que hacemos memoria del Santo Nombre de María.

‘El Señor hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos… su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… acordándose de la misericordia que había prometido a nuestros padres a favor de Abrahán y su descendencia para siempre…’

Las palabras del cántico de María nos recuerdan las bienaventuranzas porque en unas y otras se nos está proclamando la Buena Nueva que Jesús viene a traernos con su salvación. Es la Buena Nueva, el Evangelio que transforma totalmente nuestra vida y nos llena de alegría y de esperanza. Es el mundo nuevo que Jesús quiere realizar transformando totalmente nuestros esquemas y maneras de actuar porque en el Reino de Dios todo tiene que ser distinto. 

No caben los sufrimientos y las injusticias, no caben la insolidaridad y el desamor, no cabe el que los hombres nos hagamos daño los unos a los otros, sino que en esa nueva forma de actuar cuando vivimos el Reino de Dios todo tiene que ser alegría y paz porque habrá para siempre esperanza y amor en el corazón. Por eso nos dirá Jesús hoy que el Reino de Dios es para los pobres y los que sufren, para los que tienen hambre en su corazón y en sus vidas y les cuesta tanto vivir en la fidelidad del nombre del Señor. Los que ya están llenos y satisfechos porque han puesto toda la meta de sus vidas en las riquezas o posesión de bienes materiales no podrán entenderlo y no podrán entonces llegar a vivir la Buena Noticia del Reino de Dios.

Escuchemos con esperanza las palabras de Jesús. Sintámonos invitados a vivir en plenitud el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Que con María cantemos las maravillas que hace el Señor.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Y el nombre de la virgen era María, nombre cargado de divinas dulzuras



‘Y el nombre de la Virgen era María’, nos señala con detalle el evangelista cuando comienza a relatarnos el momento grandioso en el que se iban a suceder las maravillas de Dios.

Cuando el ángel saluda a María llamándola la llena de gracia, porque Dios está con ella –‘Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo’ – ante la turbación que estas palabras le producen la llama por su nombre. ‘No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor’. Y es que cuando en momentos de turbación o nos sentimos impresionados por algo el escuchar nuestro nombre nos llena de paz y nos da seguridad.

El ángel la llama por su nombre. ‘Nombre cargado de divinas dulzuras’, que diría san Alfonso María de Ligorio. Nombre que nos llena de alegría y de esperanza; nombre que nos sabe a gloria porque bien sabemos no sólo lo que el nombre de María puede significar, sino lo que realmente María venía a significar en la historia de nuestra salvación.

Los autores hacen juegos de palabras con las etimologías de este nombre y hacen comparaciones en lo que pudiera significar en las diferentes lenguas antiguas. No vamos a detenernos excesivamente en ello pero para nosotros el nombre de María es un nombre de vida. María es la nueva Eva que si aquella primera madre de los vivientes nos trajo la muerte con el pecado, en María encontramos la gracia porque su Sí a la embajada del ángel nos trajo la vida y la salvación para todos los hombres haciendo posible que Dios se encarnase en sus entrañas para ser Dios con nosotros.

No nos quedamos en el significado de belleza o señorío que pueda encerrar esta palabra que la puede convertir en princesa o en reina nuestra, sino que también en su raíz podemos contemplarla como la más amada, porque así fue amada por el Señor hasta hacerla su madre.

San Bernardo llama a María la Estrella del Mar, porque son su luz y su presencia nos va a dar siempre el norte que nos lleva hasta Jesús sin ningun temor ni pérdida. Como la estrella polar en la noche o la luz de los faros en nuestros mares nos estará señando siempre el camino para que vayamos a Jesús.

María, Reina, Madre, Faro de luz, Consuelo, camino de felicidad, arco iris que nos anuncia la paz del espíritu en medio de las tormentas, aurora de la salvación, esperanza cierta que nos anuncia la luz del día de la gracia y de la salvación. ‘Bienaventurado el que ama vuestro nombre, oh María —exclama San Buenaventura—, porque es fuente de gracia que refresca el alma sedienta y la hace reportar frutos de justicia’.

El nombre de María siempre nos habla de pureza y de santidad, como enseñara san Pedro Crisólogo. La contemplamos inmaculada, sin pecado; la invocamos como la purísima y la siempre virgen; le pedimos que nos mantenga el alma pura porque a ella siempre queremos parecernos.

Como nos habla sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios en sus revelaciones escucha la voz del Padre celestial que habla del nombre que ha de llevar la que va a ser la madre de Dios: ‘María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna’.

Y ese nombre ‘llave del cielo’, como le dice san Efrén, es el que queremos llevar siempre bien marcado en nuestro corazón, porque es el nombre de la Madre, de la Madre de Dios y nuestra Madre, a la que queremos invocar en todo momento porque con su protección e intercesión nos sentiremos siempre seguros de acertar en el camino del seguimiento de Jesús.

Invoquemos a María, llamémosla con este dulce nombre, amémosla con todo nuestro corazón porque estamos seguros que siempre sentiremos sobre nosotros su protección.

sábado, 11 de septiembre de 2010

María, nombre cargado de divinas dulzuras


Ecles. 24, 17-22;
Sal. Lc. 1, 46-54;
Lc. 1, 26-38

‘La virgen se llamaba María…’ nos dice el evangelista. El nombre, María. Dulce nombre, santo Nombre. Es el nombre de la Madre, de la Madre de Dios y nuestra madre, porque así quiso dárnosla Jesús desde la Cruz. Hace pocos días celebramos su nacimiento; hoy queremos recordar y celebrar su nombre – aunque nos adelantemos un día por coincidir con el domingo – porque queremos gozarnos con María, invocar a María, tener muy presente en nuestros labios el nombre de María.
"Nombre cargado de divinas dulzuras", como asegura San Alfonso María de Ligorio; nombre que sabe a mieles y deja el alma y los labios rezumando castidad, alegría y fervor: ¡María! Por medio de la que así es llamada, nos han venido todos los bienes y la pobre humanidad puede levantar la humillada cabeza y presentir de nuevo la cercanía de inacabables bienaventuranzas.
En este sentido podemos recordar lo que nos decía el libro del Eclesiástico que la liturgia quiere aplicar hoy a María: ‘Como vid hermosa retoñé: mis flores y frutos son bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor puro, del temor, del conocimiento y de la esperanza santa… mi nombre es más dulce que la miel, y mi herencia, mejor que los panales…’
Prueba de sabiduría y de acierto es imponer a la persona el nombre que justamente le corresponde. Y nadie como Dios ha sabido dar exactitud, expresión y síntesis a los nombres que Él mismo ha elegido e inspirado. Desde la más remota antigüedad, el nombre impuesto a las personas y a las cosas tuvo, en la mayoría de los pueblos, una significación simbólica.
Se suele decir que el nombre de María, traducido del hebreo "Miriam", significa, Doncella, Señora, Princesa. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena.
¿Qué significados tiene, pues, según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar? Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor.
San Efrén dice "que el nombre de María es la llave de las puertas del cielo," Y San Buenaventura "que María es la salvación de todos los que recurren a ella." "¡Oh Dulcísimo Nombre! Oh María, quién serás Tú que tu nombre sólo es tan amable y lleno de gracia," exclama el beato Enrique Suso. Y San Bernardo: "En los peligros, en las perplejidades, en los casos dudosos, piensa en María, recurre a María, no dejes que abandone tus labios; no dejes que se aparte de tu corazón." María, cuyo Nombre cantan los cielos y la tierra, ¡bendita seas!... "El nombre de María indica castidad", dice San Pedro Crisólogo.
Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina dar a la "Niña Reina" un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: "María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna".
Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, "llave del cielo", como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria.
Su Nombre, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el Libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquél que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro, incluso para los homicidas voluntarios: el Nombre de María. Torre fortísima es el Nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es Nombre dulce, Nombre que conforta, Nombre de consoladora esperanza, Nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos."
Que el sabroso Nombre de Nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra, de par en par, las puertas de la gloria.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Dulce nombre de María con olor a jardín florecido


Ecles. 24, 17-22
Sal.: Lc. 1, 46-55
Lc. 1, 26-38



‘¡Alégrate, la llena de gracia! ¡Alégrate, no temas, María! El Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios…’
Bendito nombre el de María. Su nombre es bendición y es gracia. Decir María es decir Madre, la Madre de Dios… también nuestra madre. Decir María es caminar hacia la luz, es sentir que la luz viene sobre nosotros. Decir María es pensar en Jesús. Bendito el nombre de María… bendito el nombre de Jesús.
No hay otro nombre bajo el cielo ni sobre la tierra que sea para nosotros salvación como el nombre de Jesús. ‘Ante El toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo…’ porque al decir Jesús estamos llamando a Dios, al decir Jesús sobre nosotros se derrama la salvación. Jesús es el Dios que nos salva, el que nos trae el perdón, el que nos llena de vida.
Pero hoy estamos haciendo fiesta de María y aprendiendo a invocar su nombre; hacemos fiesta de María y le damos gracias a Dios porque nos ha dado una madre tan hermosa que es la Madre de Dios; bendecimos y alabamos al Señor porque cuando llamamos a María parece que todos los caminos se nos abren, los caminos que nos llevan y acercan al Salvador.
¡Qué hermoso es el nombre de María, el nombre de la Madre, de nuestra Madre, la Madre del Señor! Un nombre que nos huele a jardines florecidos, porque al decir María, al nombrar a María van brotando en su derredor todas las hermosas flores que son sus virtudes, sus gracias de las que toda ella está inundada. Además de María brota la más hermosa frescura, el más intenso aroma del amor, el perfume más exquisito de todas sus virtudes de las que ella es para nosotros el mejor ejemplo.
Glorioso es el nombre de María, como decíamos en la antífona de entrada tomando palabras del cántico a Judith, la heroína del Antiguo Testamento por la que se vio libre el pueblo antiguo de la vara del opresor. ‘El Señor te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo que tu alabanza está siempre en boca de todos’. ‘Bendita tú entre todas las mujeres’, como le dijo Isabel y como le repetimos una y otra vez en el Avemaría.
Su nombre es santo porque con él llamamos e invocamos a ‘la llena de gracia’, la que encontró gracia ante Dios de manera que fecundada por obra del Espíritu Santo de ella había de nacer el que nos trajera la gracia y la salvación.
Es su nombre el que invocamos y está frecuentemente en nuestros labios porque así recurrimos a su protección maternal; así nos sentimos defendidos y protegidos contra las acechanzas del enemigo, contra todos los peligros que nos acechan. ‘Has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de tus fieles; éstos la contemplan confiados, como estrella luminosa, la invocan como madre en los peligros y en las necesidades acuden seguros a ella’, diremos en el prefacio de esta fiesta de María.
Queremos que la protección de María, cuando invocamos su nombre, nos haga comprender lo que significa también llevar el nombre de cristiano; que nunca profanemos la dignidad a la que está elevada nuestra vida desde el bautismo; que siempre seamos capaces de comportarnos conforme a esa dignidad con una santidad de vida.
Que María nos proteja; que María nos ayude; que María nos alcance esa gracia de parte del Señor.