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sábado, 3 de octubre de 2009

Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo

Baruc, 4, 5-12.27-29
Sal. 68
Lc. 10, 17-24


Jesús había designado a ‘otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y ciudades a donde pensaba ir El…curad enfermos y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Ahora vuelven los discípulos después de cumplir su misión ‘muy contentos… Señor, hasta los demonios se nos sometían’. Jesús les acoge y les previene: ‘No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’.
En este evangelio hoy desborda la alegría porque a continuación nos dirá que Jesús ‘lleno de la alegría del Espíritu Santo’, da gracias al Padre porque se ha revelado el misterio de Dios a los pobres y a los humildes.
Ya hemos dicho que Jesús les previene del orgullo. Es una tentación en la que fácilmente podemos caer. Pensamos que ya nosotros sí somos buenos, sabemos hacer las cosas bien y hacemos tantas cosas buenas. Los discípulos venían contentos porque podían echar demonios. Pero eso no es lo importante, porque si pueden hacerlo no es por su poder, sino por la gracia del Señor. Y como les dice Jesús lo importante y lo que les tiene que dar verdadera alegría es que sus ‘nombres están inscritos en el cielo’.
¿Cómo podemos merecer tal honor? Echemos una mirada al evangelio y veamos quienes van a ser los importantes para Jesús. Los importantes para Jesús son los sencillos y los humildes porque es a ellos a quienes se les revela el misterio de Dios. Lo hemos escuchado hoy. ‘Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’.
No son los entendidos, los que se creen sabios, los que se ponen en un estadio superior. Serán los humildes y los sencillos, los que parece que nada valen ni nada saben. Recordemos lo anunciado por el profeta y que Jesús proclamará en la Sinagoga de Nazaret, diciéndonos que todo aquello se cumple ya. ‘A los pobres se les anuncia el Evangelio’. La Buena Noticia del Reino de Dios no es para los que ya se creen salvados y que todo se lo saben. Serán los pobres, los indefensos, los que nada tienen, los que se sienten oprimidos los que escucharán la Buena Noticia de la libertad y de la gracia.
No será desde el dominio y el poder donde se será grande en el Reino de los cielos, sino que los que se hacen los últimos y los servidores de todos, serán los primeros y los verdaderamente importantes.
Cuando nos vaciamos de nosotros mismos para servir, para hacernos los últimos y para amar y entregarnos hasta el final es cuando mereceremos que nuestro nombre esté inscrito en el cielo. Es el camino desconcertante en principio de Jesús, pero que luego comprenderemos que es el camino que en verdad merece la pena.
Demos gracias a Dios si escuchamos el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús. ¿Nos hemos parado a pensar en la predilección que Dios tiene por nosotros que cada día nos ofrece el alimento de su Palabra, cada día podemos escuchar el anuncio del Evangelio?
‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron’. Así les dice Jesús a los discípulos. Así nos dice también a nosotros, porque vemos y escuchamos, porque podemos vivir y podemos sentir la presencia de Jesús y su gracia cada día en lo más hondo de nuestra vida.
Tenemos que saber darle gracias a Dios. ¿Le has dado gracias por la oportunidad que te da cada día de escuchar su Palabra? ¿Le das gracias por la oportunidad que te da de recibirle y vivirle cada día en los sacramentos? ¿Le das gracias a Dios, amigo que lees estas líneas de reflexión por este medio de internet, por esta semilla que cada día Dios quiere sembrar en tu corazón?

viernes, 2 de octubre de 2009

Confesamos que el Señor nuestro Dios es justo y misericordioso

Baruc. 1, 15-22
Sal. 78
Lc. 10, 13-16


‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’. Es una invitación a la conversión. El Señor nos llama una y otra vez.
Hay quien mira sus desgracias personales como un castigo por su pecado, por lo que ha hecho mal. A todos nos suceden cosas desagradables, pasamos por situaciones difíciles, nos llega la desgracia en forma de enfermedad, un accidente, algo malo que nos puede sobrevenir. Muchas veces escuchamos ese lamento, ¿qué hecho yo para merecer esto? Esto es un castigo por mis pecados. Claro que si nos quedamos en esa consideración de castigo sin ninguna otra esperanza, nos sentiremos tan abrumados que podemos llegar a la desesperación.
Creo que hemos de tener una mirada más honda y más amplia también. No nos podemos quedar simplemente en el castigo. Es cierto que esas cosas malas por las que tenemos que pasar las podemos mirar como una purificación interior, pues Dios permite que nos sucedan esas cosas para que también recapacitemos y nos demos cuenta de lo que hemos hecho en nuestra vida; pero también podemos verlas como un punto de arranque para el arrepentimiento y la conversión.
Miramos, es cierto, nuestra vida y nos damos cuenta de la respuesta negativa a tantas cosas buenas que hemos recibido del Señor. Creo que en eso tenemos que fijarnos también. Cuántos beneficios recibimos del Señor. Cómo el Señor ha derrochado su gracia en nuestra vida y eso hemos de saberlo reconocer. Pero además tendría que movernos a que nuestra respuesta fuera distinta. Ha de ser una llamada de atención, una llamada del Señor a una vida mejor.
Es lo que contemplamos hoy en el profeta Baruc, a quien hemos escuchado en la primera lectura. Se reconoce pecador y reconoce que son un pueblo pecador. ‘Sentimos la vergüenza de nuestra culpa en este día: judíos, vecinos de Jerusalén, nuestros reyes y gobernantes, nuestros sacerdotes y profetas y nuestros antepasados; porque pecamos contra el Señor no haciéndole caso, desobedecimos al Señor nuestro Dios no siguiendo los mandatos que el Señor nos había propuesto…’
Pero aunque se siente abrumado por su pecado sin embargo se siente impulsado al arrepentimiento y a la conversión. Se vuelve al Señor ‘Dios compasivo y misericordia, lento a la ira y rico en clemencia’, como tantas veces ha rezado con los salmos. En la oración hay una confesión de fe, - ‘confesamos que el Señor nuestro Dios es justo’ -, y pensar en la justicia de Dios es pensar en la misericordia. Por eso se siente movido al arrepentimiento, a la vuelta al Señor.
Cuántos beneficios recibimos del Señor. Tenemos que pensarlo. No podemos endurecernos en nuestro pecado, ni nos podemos sentir tan abrumados que eso nos lleve a la desesperación. La contemplación del amor de Dios nos moverá al arrepentimiento pero también a la conversión a una vida nueva y distinta, a una vida santa.
En el evangelio de hoy Jesús recrimina a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Cuánto ha hecho el Señor con su presencia en medio de ellos, cuántos milagros ha realizado allí el Señor. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza’. Que el Señor no nos recrimine a nosotros porque no escuchamos su voz, porque no somos capaces de reconocer cuanto ha hecho en nosotros.
Todo es una invitación a la esperanza, a la vida, a la conversión, a vivir una nueva vida. No por miedo al castigo, sino en la consideración del amor del Señor.

jueves, 1 de octubre de 2009

Alegría, Sabiduría y Riqueza la más grande la Palabra del Señor

Neh. 8, 1-12
Sal. 18
Lc. 10, 1-12


‘Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón… más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila…’ Hermosa imagen que nos ofrece el salmo para comprender la riqueza y la sabiduría de la Palabra de Dios y la alegría con la que llena el corazón cuando la escuchamos.
Riqueza, sí, que no se queda en riquezas materiales, - ‘más que el oro fino’ -; Sabiduría, que nos ayuda a penetrar en el misterio de Dios y su voluntad para con nosotros - ‘más dulce que la miel de un panal que destila’ – y a saborear hondamente en el paladar el alma el amor que Dios nos tiene.
Si hermosa es la imagen del salmo, más hermoso, podríamos decir, el testimonio del libro de Nehemías en la acogida a la Palabra de Dios. Como hemos venido comentando estaban en la tarea de la reconstrucción de Jerusalén y del templo; llegó el momento de comenzar las celebraciones y allí están en la explanada del templo - ‘en la plaza que hay ante la puerta del agua’ – dispuestos a la escucha de la proclamación de la Ley del Señor.
Es una liturgia hermosa de proclamación de la Palabra de Dios lo que se nos ofrece. Allí está una asamblea reunida desde el amanecer hasta el medio día – ‘todo el pueblo se congregó como un solo hombre… el asamblea de hombres y mujeres y todos los que podían comprender… desde el amanecer hasta el mediodía… era el día primero del mes séptimo…’ -.
En medio un alto estrado para la proclamación de la Ley del Señor – ‘Esdras, el escriba y sacerdote estaba de pie sobre el estrado de madera que habían hecho para el caso’ -.
El sacerdote y escriba comienza bendiciendo a Dios y el pueblo aclama adorando al Señor - ‘Esdras abrió el libro a vista del pueblo, pues los dominaba a todos, y cuando lo abrió el pueblo entero se puso de pie… pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos, respondió Amén, Amén; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor’ -.
Una explicación continuada de los escribas – ‘mientras los levitas explicaban al pueblo la ley… de forma que todos comprendieron la lectura’ -.
Una acogida por parte del pueblo en silencio, con alegría y emoción, con lágrimas en los ojos y con fiesta para todos – ‘Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: no hagáis duelo ni lloréis (porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley)… comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene preparado… no estéis tristes, porque el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’ -.
Me entra una sana envidia, lo confieso, al escuchar este entusiasmo del pueblo por la Palabra del Señor. ¿Habrá ese entusiasmo, alegría, aclamaciones, fiesta, escucha silenciosa desde el corazón por nuestra parte cuando se proclama la Palabra de Dios? Tenemos que motivarnos más por la escucha de la Palabra de Dios. No podemos quedarnos en un rito cumplido formalmente pero al que le falta entusiasmo y vida.
Seamos sinceros, muchas veces estamos deseando que se acaban ya las lecturas, que se acabe ya el comentario de la homilía, porque lo que queremos es que se nos diga la misa y acabar pronto. Ellos estuvieron ‘desde el amanecer hasta el mediodía’. ¿No tendremos que poner más calor de fe y amor en la escucha de la Palabra?
Y hemos de decir algo importante. Nosotros no estamos solamente ante un Libro que contiene la Palabra de Dios, sino ante la misma Palabra viva de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Jesús mismo está en medio de nosotros en la proclamación de la Palabra. Jesucristo, Palabra eterna de Dios que se ha encarnado y plantado su tienda entre nosotros.
Pidámosle a Dios que aprendamos de esa Sabiduría de la Palabra, que aprendamos a saborear esa maravilla de Dios que se nos manifiesta con su amor. Que la guardemos en el corazón como la mayor de las riquezas y que como María sepamos rumiarla dentro de nosotros para hacerla dar fruto de vida. Que sea siempre nuestra alegría y nuestra fiesta y eso lo manifestemos también en la forma con que la acogemos.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

El seguimiento de Jesús nos plantea radicalidad en la respuesta

Neh. 2, 1-8
Sal. 136
Lc. 9, 57-62


El Evangelio nos dice que ‘mientras iban de camino Jesús y sus discípulos’ algunos se acercan a Jesús porque quieren ir con él o a otros será Jesús mismo el que los invite a seguirle. Seguir a Jesús. Ir de camino. No es algo estático sino que implica ponerse a caminar, ¿hacia dónde?
En versículos anteriores el evangelista ha hecho un comentario muy importante. ‘Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Subir a Jerusalén significaba algo. El lo había anunciado. Su subida a Jerusalén implicaba que allí iba a morir, porque ‘el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles…’ Significaba muerte porque era su entrega. Conscientemente ahora decide subir a Jerusalén. Es que lo impulsa el amor.
Claro, entonces, seguir a Jesús, ponerse a caminar con El, era implicarse en su mismo destino. Ya en otra ocasión nos había dicho que el que quiera seguir ha de tomar su cruz de cada día. Ahora nos plantea sus exigencias, su radicalidad. Exigencias que pasan por una disponibilidad total, generosidad de corazón libre de todo tipo de ataduras, siempre con deseos de caminar hacia delante.
‘Te seguiré a donde vayas’, le dice uno. Pero le recuerda la austeridad de su vida porque nada le puede atar. ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. El caminante no tiene sitio fijo donde aposentarse. ‘Quedáos en la casa donde entréis’, les dice a los discípulos cuando los envía a anunciar el Reino. Allí donde los reciban tendrán donde reclinar la cabeza y si no los reciben, a otro sitio. ‘No tiene donde reclinar la cabeza’. Vacíos de todo y disponibles para todo.
A otro lo invitará Jesús ‘sígueme’, pero quiere ir a enterrar a su padre. ‘Deja que los muertos entierren a los muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios’. Su camino no es de muerte sino de vida. Llenos de vida tenemos que ir siempre a anunciar la vida, el Reino de Dios. más que enterrar muertos, lo que tendrá que hacer el discípulo es resucitar muertos, sanar, llevar a la vida.
‘Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme de mi familia’. Miradas atrás y ataduras. No pueden quedar apegos en el corazón. Liberados de todo lo que nos pueda atar no podemos volver la vista atrás añorando quizá otros tiempos, otras situaciones. ‘El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios’. El agricultor que mientras tiene la mano en el arado mira hacia atrás sus surcos no pueden salir rectos. Mirada hacia delante. Liberados de todo, que para eso Cristo nos ha liberado.
Que el Señor nos conceda esa generosidad de corazón, la fuerza del Espíritu para seguirle sin poner condiciones y nos haga valientes para arrancarnos de lo que sea muerte. Cristo lo es todo para mí y cuando me decido a seguirle tengo que hacerlo con toda mi vida. No valen las medias tintas. No vale el ahora sí, y luego ya veremos. No vale quedarnos a medias y poniendo condiciones. El Evangelio nos exige radicalidad en el seguimiento de Jesús. Vayamos de camino con Jesús. Sigamos sus pasos aunque tengamos que subir a Jerusalén. En el seguimiento de Jesús también tiene que impulsarnos el amor.

martes, 29 de septiembre de 2009

Con los ángeles y arcángeles cantamos el himno de tu gloria


Fiesta de los Santos Arcángeles, San Miguel, San Gabriel y San Rafael
Daniel 7, 9-10.13-14
Sal. 137
Jn. 1, 47-51

‘Con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos el himno de tu gloria…’Así proclamamos en el prefacio uniéndonos a la alabanza de toda la creación. Iniciamos así ese cántico de alabanza y acción de gracias en el momento cumbre de la Eucaristía, cuando por Cristo, en Cristo y con Cristo en la unidad del Espíritu queremos dar todo honor y gloria al Padre del Cielo.
Hoy celebramos a los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Con ellos hoy queremos cantar la alabanza del Señor. En ellos se ha complacido de manera especial Dios en su creación. A ellos ha confiado misiones especiales en medio de toda la creación al tiempo en que se convierten en algo así como trasmisores de la obra y gracia salvadora de Dios para nosotros los redimidos.
Signos de gracia y mensajeros divinos que al contemplarlos, recordarnos y celebrarlos son como nuestros aliados que nos ayudan en nuestra lucha contra el mal, en trasmitirnos lo que son los planes de Dios y al tiempo que presentan nuestras oraciones ante Dios nos hacen llegarla medicina de la gracia que nos fortalezca y nos cure en este camino de la vida.
‘¿Quién como Dios?’ es el grito de Miguel – eso significa su nombre – en su lucha contra el dragón maligno arrojándolo al abismo, como nos lo describe el Apocalipsis y algunos textos de las profecías del Antiguo Testamento. Es nuestro mejor aliado en nuestra lucha contra las tentaciones, contra el mal y contra el pecado. ‘¿Quién como Dios?’ tiene que ser nuestro grito porque es nuestro único Dios y Señor y a nadie más adoraremos sino al Señor. No nos dejemos embaucar por el padre de la mentira.
‘Yo soy Gabriel que sirvo en la presencia de Dios… he sido enviado a hablarte para darte esta Buena Noticia…’ le dice el ángel de Dios a Zacarías en el templo a la hora de ofrecer el incienso. Fue también el mensajero divino que con semejantes palabras habla al profeta Daniel en el Antiguo Testamento. Y así anuncia a María el misterio inconmensurable de Dios que viene a encarnarse en sus entrañas para ser Emmanuel, Dios con nosotros, que nos trae la salvación.
¡Cuántas veces sentimos en nuestro corazón a ese mensajero divino que nos habla allá en lo más hondo de nosotros mismos para anunciarnos los planes de Dios en nuestra vida. Ojalá no nos hiciéramos sordos a su mensaje y así realizáramos esos proyectos de Dios que son siempre proyectos de amor y de salvación.
‘Yo soy Rafael, que estoy al servicio de Dios… uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos ante el Señor…’ Rafael, compañero de camino del joven Tobías, que libera de los peligros de los caminos, que le hace encontrar la medicina de Dios contra las asechanzas del maligno y que abrirá los ojos a la luz al anciano Tobías.
Celebraremos dentro de unos días a nuestro Santo Ángel de la guarda que nos acompaña a cada uno de nosotros en nuestra vida. Pero hoy celebramos a Rafael; que él inspire toda obra buena y esté siempre junto a nosotros para que hagamos lo bueno, para que desborde de nuestro corazón la misericordia porque, como le decía al revelarse a Tobías, ‘mejor es dar limosna que acumular tesoros, pues la limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado; los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de felicidad’.
Que ese sea el hermoso mensaje que recibimos en la celebración de los Santos Arcángeles que tan significativos son para nuestra vida cristiana. Además tengamos en cuenta que san Miguel es patrono de alguna de nuestras islas y de nuestros pueblos, y por otro lado san Rafael es especial protector de los Hogares de nuestras Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Que nos acompañen siempre en los caminos que nos conduzcan a la vida y la salvación.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Habrá oscuridades y turbulencias pero no podemos perder la esperanza

Zac. 8, 18;
Sal. 101;
Lc. 9, 46.50


Hay momentos y situaciones donde nos parece difícil mantener la esperanza. Nos encontramos con tantas turbulencias en la vida que nos parece ir en un avión sacudido por una fuerte borrasca y que no encontramos salida.
¿Vivimos momentos así? Reconozcamos que nuestro mundo, nuestra sociedad está bien revuelta. En estos momentos creo que lo peor no está en esta crisis económica que nos afecta a todos y que es lo que a la mayoría le preocupa, sin dejar de decir que es importante y que realmente afecta a muchísimas personas en la que su subsistencia es bastante precaria; pienso en otras muchas turbulencias de nuestra sociedad.
Muchos valores que considerábamos muy importantes en la vida parece que han perdido su vigor y a muchos poco le interesan. Somos conscientes de un cambio de costumbres muy importante. Se van introduciendo normas de conducta, que algunas veces se quieren imponer como leyes en el ámbito social desde sectores bien interesados y que no nos satisfacen. Se va perdiendo un sentido de Dios y los valores y las virtudes cristianas no sólo son dejados de lado por muchos, sino que también se les pretende ocultar, hacer que nadie pueda hablar de ello.
Podemos sentir la tentación de una sensación de pesimismo tal que nos ahogue y, como decíamos al principio, pareciera que la esperanza se hace imposible.
¿Cuál tiene que ser la postura y la actitud del cristiano ante todo eso? San Pablo nos dice en sus cartas que nosotros no podemos sufrir como los hombres que no tienen esperanza. Nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador nos hace creer en su Palabra y en el cumplimiento de sus promesas. El nos ha prometido un mundo nuevo, una tierra nueva y un cielo nuevo como dice el Apocalipsis, el Reino de Dios que llega como nos anuncia en el Evangelio.
Su Palabra es veraz. ‘Yo soy la verdad… para eso he venido al mundo para dar testimonio de la verdad’, nos dice Jesús en el Evangelio en el diálogo con Pilatos. Luego, a pesar de las sombras y de las turbulencias, su palabra se cumple. Eso tiene que ser nuestra fe y nuestra esperanza por encima de todo.
De eso nos habla también el profeta Zacarías hoy. ‘Volveré a Sión y habitaré en medio de Jerusalén’. Y nos habla de una nueva situación, de una nueva paz y armonía. ‘De nuevo se sentarán en las calles de Jerusalén ancianos y ancianas, hombres que, de viejos, se apoyan en bastones. Las calles de Jerusalén se llenarán de muchachos y muchachas que jugarán en la calle’.
Y cuando el profeta anuncia estos tiempo nuevos de armonía se pregunta: ‘Si el resto del pueblo encuentra esta imposible aquel día, ¿será también imposible a mis ojos?... Así dice el Señor de los Ejércitos: Yo libertaré a mi pueblo… y los traeré para que habiten en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios con verdad y con justicia’. El pueblo incrédulo, por la situación difícil en la que viven, piensa que no será posible ese nuevo mundo; habían perdido la esperanza. Pero el Señor empeña su palabra y ‘ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios con verdad y con justicia…’
Será posible ese pueblo nuevo. Seremos un resto, pero no importa. Dios quiere que seamos semilla, buena semilla en medio del mundo. Y no hemos de temer porque contamos con el Señor que es capaz de transformar los corazones. Y nosotros somos signos en medio de las gentes de ese mundo nuevo del Reino de Dios que es posible. Por eso hemos de ser valientes para dar nuestro testimonio sin perder la esperanza. La vida de los verdaderos creyentes, de los cristianos que viven con autenticidad su fe, su seguimiento de Jesús se convierte en llamada para los demás.
Me contaron no hace mucho del testimonio de un sacerdote que por diversas razones que no vienen al caso se encontró cerca de unas personas que ni estaban bautizadas ni tenían fe, ni por supuesto haberse preocupado de la fe de sus hijos. Por la cercanía de aquel sacerdote y su testimonio se abrieron a la fe, quisieron recibir el bautismo y los sacramentos, hicieron su catequesis catecumenal para prepararse debidamente, cambiaron totalmente su vida y se adhirieron a Jesús por el Bautismo toda la familia.
Un milagro, me decía la persona que me lo contaba admirándose de tal caso. Un milagro de la gracia, tenemos que decir, que mueve los corazones. Luego, no podemos perder la esperanza, porque siempre está brillando la luz del Señor. Habrá oscuridades y turbulencias en la vida, pero al final brillará la luz.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Descubre y valora lo bueno del otro y haremos entre todos un mundo mejor


Núm. 11, 25-29;
Sal. 18:
Sant. 5, 1-6;
Mc. 9, 38-43.45.47-48


El seguimiento sincero de Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra y poniendo en práctica todo aquello que no enseña, es una fuente de riqueza grande para nuestra vida y donde todos a la larga nos vamos a sentir beneficiados.

No entiendo cómo algunos ven todo esto de la fe y la vida cristiana como una carga pesada, porque, dicen, todo esto de la fe les coarta su libertad y su vida. Yo lo veo más como un enriquecimiento de la persona en camino de plenitud y como cultivo de muchos valores que nos van a posibilitar, incluso, una mejores relaciones humanas entre unos y otros.

La fe, con su convencimiento grande y profundo que nos puede hacer capaces de llegar a dar la vida por esa fe, sin embargo, nos hace ser más abiertos y generosos con los otros porque, desde nuestro amor cristiano, nos llevará a valorarnos y respetarnos más, a saber descubrir siempre lo bueno del otro y nos capacita para saber colaborar con él en todo eso bueno que hace nuestro mundo mejor y a todos, en consecuencia, más felices.

Sí, valoremos y respetemos, porque de lo contrario podemos tener la tendencia o tentación de creernos nosotros los mejores y los únicos, y cerrar los ojos para no ver lo bueno que tienen los demás. Digo, esto es una tentación y algo además que estamos demasiado acostumbrados a ver en nuestro derredor.

¡Cuándo llegaremos a ser capaces de ver lo bueno del otro, incluso en nuestro mayor contrincante o adversario! Demasiado vemos en cualquier debate o discusión, a todos los niveles, que nunca se es capaz de dar la razón en algo al otro; como es mi adversario, que piensa distinto a mí, nunca seré capaz de encontrar nada bueno en lo que los dos podamos colaborar en una misma dirección.

¿Por qué actuaremos así? ¿Será el miedo, el desconocimiento del otro, la desconfianza? ¿Será una falta de amor verdadero? ¿Por qué nos hacemos tan intolerables e intransigentes? ¡Cuántos recelos en todos los ámbitos de la vida! ¿Será quizá una manifestación larvada de nuestras propias inseguridades, que queremos ocultar tras una apariencia de firmeza? ¿Una expresión de orgullo? ‘Preserva a tu siervo de la arrogancia’ podríamos pedir al Señor con la oración del salmista.

Tanto el libro de los Números del Antiguo Testamento – la primera lectura de la Eucaristía de hoy – como el Evangelio nos iluminan en este sentido. Habían sido escogidos y convocados setenta ancianos para recibir el Espíritu del Señor y ayudar a Moisés en la tarea de gobernar al pueblo. Dos no asistieron a la convocatoria y sin embargo ‘también el Espíritu se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento’. Josué, el ayudante de Moisés, lleno de celo, le dice a Moisés, ‘prohíbeselo’, pero Moisés le respondió: ‘¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor’.

El Evangelio nos habla de cómo uno de los discípulos le cuenta a Jesús que alguno en su nombre echaba demonios y curaba enfermos. ‘No es de los nuestros’, le dice ‘y se lo hemos querido impedir’. Pero Jesús le replica: ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Nos entran esos celos algunas veces a nosotros también. Pero Jesús nos está enseñando que tenemos que descubrir, aceptar y valorar todo lo bueno que hacen los demás. Porque hasta la más mínima cosa buena que se haga tiene su valor y su recompensa. ‘El que os dé a beber u vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no quedará sin recompensa’.

¡Qué terribles somos con nuestros recelos y desconfianzas! Creo en verdad que nuestro mundo sería mejor si todos pusiéramos siempre nuestro granito de arena de bondad, de confianza, de colaboración en lo bueno que se realice, sabiendo aceptar en consecuencia lo bueno por pequeño que sea que hagan los demás. Nos haría más felices a todos. Esa limpieza del corazón, del que hemos quitado toda la malicia de la desconfianza, nos haría mejores y haría mejor este mundo concreto en el que vivimos.

Que nuestros ojos estén siempre prontos para tener una mirada limpia; que nuestras manos se tiendan siempre generosas para tender lazos de paz y armonía, para ayudar a levantar al caído o servirle de apoyo en su tambaleante caminar por la vida a causa de sus debilidades y flaquezas; que nuestros pies sean ligeros para ir al encuentro del otro, o para saber caminar a su paso alentando a los que se sienten más débiles o más cansados; que nuestros labios no tengan palabras sino para bendecir, para decir bien, palabras para desear la paz, palabras de amor y amistad, palabras de aliento y de ánimo para sembrar siempre esperanza en el corazón de los otros. ¡Cuánto necesitamos que hagan eso los demás por nosotros, pues que nosotros seamos capaces de hacerlo generosamente por los demás!

Jesús nos dice hoy en el evangelio que si nuestros ojos, nuestras manos o nuestros pies nos van a llevar al mal, mejor nos los arranquemos que para eso merece más estar ciegos, cojos o mancos. Que nunca nuestros pasos, nuestras manos o nuestros labios promuevan, ni siquiera inconscientemente, división, enfrentamiento, resquemores, desconfianza. No puede ser ese nunca el camino de los que siguen a Jesús. Ya es triste que haya de todo eso en nuestra sociedad y que algunas veces aparezca hasta en nuestros grupos cristianos.

Recogiendo el sentir de Jesús yo diría que sepamos utilizar nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos, para lo bueno, para conseguir más paz y más amor, para sembrar esperanza e ilusión, para hacer un mundo mejor. Corta y despréndete de lo que te hace caer en pecado para que sigas viviendo en cristiano. Incluso, aquellos bienes o riquezas que poseas no te sirvan nunca para llenarte de orgullo y arrogancia ni para encerrarte en ti mismo de forma egoísta e insolidaria, sino que te valgan siempre para obrar rectamente y en justicia, para poner solidaridad en tu corazón y aprender a compartir generosamente con los demás, como nos recuerda hoy el apóstol Santiago.

Es como un reto que nos pone Dios en nuestra vida. Para eso nos ha dejado su Espíritu.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Alégrate que yo vengo a habitar dentro de ti…

Zac. 2, 1-5.10-11
Sal: Jer. 31, 10-13
Lc. 9, 46-50

¡Alégrate y gózate, hija de Sión!, que yo vengo a habitar dentro de ti!... yo seré para ella una muralla de fuego en torno, y gloria dentro de ella…’

Imágenes de rico contenido nos ofrecen hoy el profeta Zacarías, que leeremos varios días, y el salmo, que está tomado también de un profeta, Jeremías. Hacen referencia también a Jerusalén, hija de Sión. Frente a los peligros que podrían acechar a la ciudad de Jerusalén, el Señor se convierte en su muralla y su fortaleza – ‘muralla de fuego en torno’ – y habitará en medio de ella – ‘vengo a habitar dentro de ti’ – lo que le da seguridad y confianza.

Peligros podía tener muchos la ciudad, porque era ‘una ciudad abierta’, una ciudad sin murallas. En la reconstrucción después del regreso de la cautividad no habían podido concluir todas las tareas de rehacer también las murallas. Pasaría mucho tiempo para poder hacer eso. Y eso la convertía en una ciudad indefensa frente a los enemigos que podían atacarla, como ya en la historia pasada había sucedido.

Pero el Señor promete su asistencia habitando en medio de ella y siendo su gloria y fortaleza. Por eso con palabras de Jeremías en el salmo se expresa esa confianza porque ‘el Señor nos guardará como pastor a su rebaño’.

Esa confianza será también motivo de alegría. ‘Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos, convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas’.

Todas estas palabras son también para nosotros palabras de aliento y esperanza. Nos vemos acosados también por las tentaciones y los peligros. También el Señor ha prometido estar con nosotros, habitar en medio nuestro, habitar en nuestro corazón. ‘Vendremos y haremos morada en él’, anunciaba Jesús. Y al final del Evangelio nos dirá que estará con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Y sabemos cómo nos envía su Espíritu que será también nuestra fortaleza – es uno de los dones del Espíritu Santo – como nuestra Sabiduría porque El nos dará la posibilidad de saborear las cosas celestiales, saborear el misterio de Dios.

Momentos difíciles de todo tipo podemos pasar. Pobreza, enfermedad, sufrimientos, tentaciones… muchas son las cosas que podrían preocuparnos e incluso ponernos tristes. Pero ‘el Señor nos guardará como pastor a su rebaño’, que decíamos con Jeremías. O como decimos en otro salmo, ‘el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas…’

Es un mensaje de consuelo que nosotros también hemos de saber trasmitir a los demás. ¿Cómo? Con el testimonio de nuestra paz interior nacida de esa confianza y de esa certeza de la presencia del Señor en nuestra vida. Pero esa experiencia hemos de comunicarla también a los demás con nuestra palabra, con nuestro anuncio valiente de la salvación que recibimos de Dios. También con la alegría con que vivimos nuestra fe. ‘Convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas’. Pues que eso se note en nuestra vida.

'Alégrate y gózate, hija de Sión… alégrate y gózate, alma mía, que el Señor fue bueno contigo...'

viernes, 25 de septiembre de 2009

Una confesión de fe a la que podemos llegar sólo desde la oración

Ageo, 2. 1-10
Sal. 42
Lc. 9, 18-22


La confesión de fe de Pedro es un texto que nos aparece con frecuencia en la liturgia. Ahora mismo hace un par de semanas en el domingo XXIV Ordinario lo escuchamos en el relato de Marcos.
Lucas nos dice que ‘Jesús estando orando solo en presencia de sus discípulos les pregunta’. Un detalle a tener en cuenta. ¿Cuál es la pregunta? ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ La respuesta que dan los discípulos no es muy distinta a lo escuchado en versículos anteriores cuando nos hablaba del interés del virrey Herodes por Jesús. ‘Tenía ganas de verlo’. Le habían hablado de Jesús y también con distintas versiones acerca de la personalidad de Jesús. ‘Juan había resucitado… había aparecido Elías… alguno de los antiguos profetas había vuelto a la vida…’
Es el sentido de la respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús hoy. Pero, ¿es esa su fe en Jesús? ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta la dará Pedro. ‘El Mesías de Dios’
Pero Jesús les prohibió decírselo a la gente. A ellos les explicaba cómo se iba a manifestar que El era el Mesías. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Creo que si escuchamos una vez más este texto es para que aprendamos a crecer en nuestra fe en Jesús. Es importante esa confesión de fe porque sólo el que dice que Jesús es el Señor se salvará, como nos dice la Escritura en otro lugar. Y tener que llegar a esa clara y convencida confesión de fe.
Hay un detalle al que hicimos mención al principio que teníamos que tener en cuenta y al que ahora vamos a destacar. Jesús les hace la pregunta estando en oración. La respuesta de nuestra fe no puede ser también sino desde la oración. Orando con Jesús.
En esa oración intima, profunda, personal desde el corazón con Dios es como podemos llegar a conocer de verdad quién es Jesús. Nuestro conocimiento de Jesús y en consecuencia nuestra fe en el no la conseguiremos solamente desde un estudio intelectual o sólo con lo que con los ojos de la cara podamos percibir. Muchos vieron a Jesús en su tiempo y no llegaron a creer en El. Y sólo por saber muchas cosas, metiéndolas en la cabeza, por decirlo de alguna manera, no llegaremos al conocimiento de Jesús. Porque es un conocimiento que tiene que ser vida.
Sólo en un trato intimo de corazón a corazón podemos penetrar en ese conocimiento y en esa fe en Jesús, o, podemos decirlo de otra manera, es cómo nosotros vamos a ser penetrados por ese Misterio de Dios.
Es gracia, es don de Dios, pero que el Señor quiere darnos para que, abriendo nuestro corazón en la oración, lo alcancemos. Sólo en la oración vamos a sintonizar de verdad en el Misterio de Dios. Es una sintonía que no podemos percibir de cualquier manera ni en cualquier onda. Es muy tenue al oído pero retumba fuerte en lo hondo del corazón cuando llegamos a percibirla. Será algo que va a envolver totalmente nuestra vida, de manera que ya nuestra vida no será la misma, nosotros ya no seremos los mismos, porque nos sentiremos transformador por El.
Una oración que tenemos que aprender a hacer, como hemos dicho tantas veces, con la Biblia en la mano. En la Biblia se nos trasmite mejor que en ningún sitio la Palabra viva de Dios. Será entonces con la Biblia cómo descubriremos, como escucharemos en lo más hondo de nosotros mismos la Palabra que el Señor quiere decirnos.
Entremos en oración. Entremos en ese misterio de Dios para que lleguemos a hacer la mejor y más honda profesión de fe en Jesús.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Todavía no es tiempo de reconstruir el templo

Ageo, 1, 1-8
Sal. 149
Lc. 9, 7-9


En ocasiones, cuando escuchamos relatos de la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, que hacen referencia a la historia del pueblo de Israel, llegamos a pensar o preguntarnos que pueden significar para nosotros esas historias de otro tiempo y de otro pueblo. Es el caso, por ejemplo, en estos días estamos escuchando sobre el regreso del exilio, la reconstrucción de Jerusalén y del templo.
En primer lugar tenemos que decir que son la historia de un pueblo en el que se ha desarrollado la historia de la salvación, pues a ese pueblo Dios quiso revelarse de manera especial y todos los momentos de su historia podemos verlos como reflejo de esa intervención de Dios en aquel pueblo signo de cómo Dios nos ama y se hace presente también nuestra propia historia.
Pero también podemos decir que esas historias son como un espejo y un ejemplo para nuestra propia historia, pudiendo descubrir más allá de lo que históricamente se nos narra un mensaje hondo para nuestra vida. Son además reflejo muchas veces de nuestras propias actitudes, de nuestras respuestas no siempre positivas, etc.
Hoy como se nos decía nos situamos en ese momento del regreso y de la reconstrucción de Jerusalén y del templo. Lo escuchamos también en estos pasados días en el libro de Esdras y ahora en el profeta Ageo coetáneo de estos acontecimientos. Precisamente el profeta trata de incentivar al pueblo para que se esfuerza en la reconstrucción del templo de Jerusalén frente a algunos que preferían dejarlo para otro tiempo y otra ocasión. ‘Este pueblo anda diciendo: todavía no es tiempo de reconstruir el templo’.
Ya sabemos que a partir de Jesús los cristianos cuando hablamos o pensamos en el templo no nos referimos habitualmente sólo al templo edificio material donde la comunidad se reúne, lugar propicio para la oración en el que podemos sentir una especial presencia del Señor, lugar de escucha de la Palabra de Dios y de la celebración del culto. Pensamos en ese templo de Dios que somos nosotros desde nuestra consagración bautismal. Somos nosotros ese templo del Espíritu y morada de Dios. recordamos lo que Jesús nos decía que si le amamos y guardamos sus mandamientos, el Padre nos amará ‘y vendremos y haremos morada en él’.
En nuestra vida tiene que manifestarse la gloria de Dios. así tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida. Pero ya sabemos cuál es nuestra realidad porque con el pecado manchamos y profanamos ese templo de Dios que somos nosotros. Y si reconocemos que somos pecadores, también hemos de esforzarnos por restaurar ese templo de Dios recuperando la gracia del Señor para que vuelva a brillar la gloria de Dios en nosotros y a través de nosotros para los demás.
‘Todavía no es tiempo de reconstruir el templo’, decían algunos en tiempos de Ageo. Que es también nuestra respuesta en muchas ocasiones. Vamos dando largas a nuestra sincera conversión, posponemos el acercarnos al sacramento de la Penitencia para otra ocasión, no terminamos de decidirnos a cambiar y mejorar nuestra vida. Más adelante, ya tendremos tiempo, en otra cosas ocasión vamos respondiendo una y otra vez y el Señor puede llegar a nosotros ‘como ladrón en la noche’, como nos señala Jesús en el evangelio.
Démosle respuesta a la llamada del Señor, convirtámonos a El y purifiquemos nuestra corazón. Limpiemos ese templo de Dios que hemos manchado tantas veces con nuestro pecado para que viendo la santidad de vida todos puedan dar gloria a Dios.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

La Biblia, nuestro libro básico de oración

Esd. 9, 5-9
Sal_ Tob.13, 2.4.6.7.8
Lc. 9, 1-16


La Biblia es el libro de la Palabra de Dios, porque es donde tenemos contenida y expresada todo lo que es la revelación de amor que Dios ha hecho de sí mismo. Allí acudimos a empaparnos del Misterio de Dios que es empaparnos de Dios mismo. Pero si la Biblia nos enseña a conocer a Dios también nos enseña a relacionarnos con Dios. podemos decir que es nuestro libro básico de oración.
Serán los salmos, por ejemplo, himnos y cánticos de alabanza y de acción de gracias, de súplica y de petición de perdón. Pero no son sólo los salmos. Encontraremos otros muchos modelos de oración en muchos y distintos personajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hasta culminar en la oración de Jesús y en la oración en el Espíritu que es quien mueve y guía nuestra oración, orando El mismo en nuestro interior.
Hoy es una de esas páginas de la Biblia en donde contemplamos a un personaje en oración y que nos puede enseñar a nosotros o darnos pautas para lo que puede ser nuestra más profunda y auténtica oración.
Nos situamos. Los judíos han vuelto del destierro y la cautividad en Babilonia, porque Ciro, rey de los persas, les ha dado libertad. Ha llegado la hora de reconstruir Jerusalén, el templo y todo Israel. En eso están empeñados. Vemos hoy subir al templo a Esdras a la hora de la oración de la tarde, a las cuatro de la tarde, y hace una oración llena de reconocimiento y gratitud a Dios, muy llena de humildad para reconocer el pecado del pueblo que lo ha llevado a tantas desgracias como han sufrido; una oración de petición de perdón, de agradecimiento a Dios reconociendo también las mediaciones de las que Dios se ha valido en aquellos reyes para darles libertad, y de súplica confiada en el Señor.
‘Dios mío, me avergüenzo y me sonrojo de levantar mi rostro hacia ti, porque estamos hundidos por nuestros pecados…’ Reconoce el castigo merecido que han sufrido en el destierro y la desolación, para reconocer el actuar lleno de misericordia de Dios. ‘Ahora en este instante, el Señor, nuestro Dios, se ha compadecido de nosotros….nuestro Dios ha iluminado nuestros ojos y nos ha reanimado un poco en medio de nuestra esclavitud. Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud…’
Así con humildad nos tenemos que acercar a Dios. Cuando acudimos a Dios en la oración así lo hemos de hacer, sintiéndonos pueblo pecador. Muchas veces surge ese sentimiento interior cuando tras nuestro pecado nos ponemos de nuevo en la presencia del Señor. ‘Me avergüenzo y me sonrojo’, me siento miserable con mi pecado tras reconocer cuánto es el amor que Dios nos tiene, me siento humillado ante el Señor. ‘Soy un pecador, un hombre de labios impuros’, como decía el profeta Isaías, de corazón impuro, manchado por mi pecado. Ese acto de humildad es importante en el inicio de nuestra oración. Ese reconocimiento ha de mover nuestro corazón al amor porque nunca nos falla, por grande que sea nuestro pecado, el amor que Dios nos tiene y nos ofrece con su perdón.
Agachamos humildemente la cabeza y el corazón para al mismo tiempo levantar nuestra mirada a lo alto para contemplar las maravillas que hace el Señor, las maravillas que continúa haciendo en nosotros. Reconocemos en nuestra oración y tenemos que saber aprender a dar gracias por esas mediaciones a través de las que he recibido ese amor y esa gracia del Señor. Sí, descubrir como Dios actúa en nuestra vida, y nos llama, a través de acontecimientos, de otras personas, de muchas cosas que nos pasan pero que vienen a ser una voz y una llamada del Señor.
Todo eso nos lleva a alabar a Dios por todas esas maravillas también delante de los que nos rodean, como decíamos en el salmo, que es una oración de Tobías. ‘Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles porque El nos dispersó entre ellos. Proclamad allí su grandeza, ensalzadlo ante todos los vivientes, que El es nuestro Dios y Señor, nuestro Padre por todos los siglos…’
¡Cuántas veces le hemos pedido al Señor, ‘enséñanos a orar’! Acudamos a la Biblia, que es nuestro gran libro de oración. Allí aprenderemos a encontrar profundamente con el Señor.

martes, 22 de septiembre de 2009

El martirio, una ofrenda de amor realizada cada día

Beatas Josefa Ruano y Mª Dolores Puis, mártires
Hermanitas Ancianos Desamparados
Sap. 3, 1-9
Sal. 33
Jn. 12, 24-26


‘Dichoso el hombre que soporta la prueba porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’.
No es agradable pasar por una prueba. Nos gustaría que todo fuera fácil, no tuviéramos problemas, no surgieran las enfermedades, todos y siempre fuéramos inmensamente felices sin ninguna sombra que empañara esa felicidad, no encontráramos oposición por ningún lado. Pero sabemos que la vida no es así. Todas esas cosas y muchas más de una forma o de otra van surgiendo en la vida, haciéndonos más maduros, haciéndonos adquirir una riqueza grande en la vida que no se queda reducida a lo material o pecuniario y, ¿por qué no? en el orden de la fe haciéndonos tener una fe más madura y más firme.
En la frase que nos ha servido de principio a nuestra reflexión se emplea la palabra aquilatar y nos dice ‘una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’. Esa palabra, aquilatar, viene del método que se emplea para purificar el oro, que se hace a fuego y una vez pasado por el crisol y purificado con el fuego de toda escoria, adquiere más quilates, más valor. Una vez aquilatada nuestra vida en el fuego de la prueba, tenemos que decir, nos haremos dignos de la corona de la vida.
Entonces esas dificultades de la vida, todo eso que podemos encontrar como oposición a nuestra vida cristiana, tiene que aquilatarnos; es la prueba que nos purifica y nos hace madurar de verdad. Así en verdad nos veremos fortalecidos en nuestra vida cristiana, en nuestro seguimiento de Jesús.
De eso nos hablaba el libro de la Sabiduría. ‘La gente insensata pensaba que morían… era una desgracia su tránsito y una destrucción su partida… los probó como oro en el crisol… los recibió como sacrificio de holocausto…’ El sufrimiento y la muerte de los justos pudiera parecer injusto, innecesario y un sin sentido desde la óptica de los que no tienen fe.
Estamos escuchando esta Palabra de Dios y reflexionando sobre ella en la memoria que hacemos hoy de las dos beatas mártires de la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, Sor Josefa y Sor María Dolores, en tiempos de la persecución religiosa en España en el siglo XX. ‘Resplandecen como chispas que prenden en el cañaveral’, seguía diciendo el libro de la Sabiduría. Es el resplandor de los mártires que para un no creyente pudiera ser considera una muerte inútil, pero, como sigue diciendo el texto sagrado, ‘el Señor reinará sobre ellas eternamente’; ellas han entrado a tomar posesión del Reino que Dios les tiene reservado porque para siempre Dios será su único Rey y Señor.
Ellas son ese ‘grano de trigo que cae en tierra y muere pero que da mucho fruto para siempre’, del que nos habla Jesús en el Evangelio. Dos Hermanitas que supieron hacer oblación de su vida calladamente día a día en su servicio y atención a los ancianos. No fueron mujeres de obras extraordinarias. No busquemos en su vida cosas maravillosas y extraordinarias sino que lo maravilloso es lo extraordinariamente bien que vivieron su amor cada día. No nos pide Dios normalmente cosas extraordinarias para santificarnos, sino que hagamos extraordinariamente bien las cosas ordinarias de cada día.
Es lo que hicieron las Hermanitas, en silencio, como grano de trigo enterrado bajo la tierra. De esa oblación silenciosa de cada día surgirá un día que lleguen a la culminación de su oblación y sacrificio en el martirio. Es la prueba suprema del amor a que fueron sometidas, pero pudieron alcanzar la corona de la vida. En ese momento Dios les pedirá lo extraordinario pero estaban preparadas para esa ofrenda desde esa oblación que cada día habían hecho de su vida en el amor. Y así fue como lo vivieron; habían vivido la prueba de cada día en su entrega silencio, ahora podían pasar la prueba suprema en la hora del martirio.
La Iglesia les reconoce el martirio de esa hora de la muerte en forma tan extraordinaria pero que yo diría sólo viene a confirmar ese martirio, esa ofrenda de amor que cada día hacían de su vida en la atención a los ancianos como lo hacen y siguen haciendo las Hermanitas cada día.
Tomemos el testigo que ponen en nuestras manos. Para vivir nuestra santidad así calladamente pero haciendo cada día esa oblación de amor al Señor.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Como Mateo seguir a Jesús y vivir unidos a El en fidelidad



Ef. 4, 1-7.11-13
Sal. 18
Mt. 9, 9-13


‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, Señor’. La Iglesia entera se alegra y bendice a Dios en la fiesta de los Apóstoles. Somos Iglesia apostólica porque somos ellos estamos fundamentados. La fe de la Iglesia que se ve alimentada por la predicación apostólica, como decimos en una de las oraciones de la liturgia. Cuánto más que al apóstol que hoy celebramos es San Mateo a quien se le atribuye el primero de los relatos evangélicos.
Mateo, que es llamado Leví por Marcos y Lucas, que además Marcos nos dice que era ‘hijo de Alfeo’, un recaudador de impuestos, un publicano como así era considerado por el pueblo de Israel, un pecador en consecuencia como lo tildaban sobre todo los fariseos, como hoy mismo vemos en el texto que comentamos.
Pero el Señor lo llamó y lo siguió. ‘Vió Jesús a un hombre llamado Mateo sentado en el mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Un publicano convertido en apóstol. Un hombre de disponibilidad total que ante una sola palabra ‘sígueme’, lo deja todo para seguir a Jesús. ¿Había conocido antes o escuchado a Jesús? Es probable porque la fama de Jesús se extendía por todas partes y a todos llegaba; entre esas multitudes que se agolpaban para escuchar a Jesús podría haber estado aquel recaudador de impuestos. Quizá sólo faltaba esa palabra y esa invitación. Pero tenemos que destacar su generosidad y su disponibilidad. ‘Se levantó y lo siguió’.
El Señor llama más allá de nuestra condición, seamos más justos o más pecadores. Jesús mira el corazón del hombre, que es lo importante. Somos vasos de elección en las manos del Señor. Dios tiene un designio de amor para cada uno de nosotros y a cada uno nos llama y nos confía una misión. Nuestra respuesta, ‘seguirle y permanecer unidos a El en fidelidad’, como pedimos también hoy. No es sólo la vocación específica a un determinado ministerio o carisma de vida, sino que es la vocación de todo hombre a escuchar a Jesús y seguirle, de todo cristiano a vivir la santidad que Jesús nos ofrece.
Pero hay un aspecto más bello e importante en este relato. Mateo se siente feliz por la llamada del Señor y celebra una comida. Allí está invitado Jesús y sus discípulos; pero allí están invitados, como no podía ser menos, sus amigos, sus compañeros de profesión. Nos recuerda que el padre cuando regresa el hijo pródigo también organiza un banquete y una fiesta; o podemos recordar la fiesta y la alegría que hay en el cielo por un solo pecador que se convierte, como nos dice Jesús.
Pero no todos lo entienden. Allí están con sus murmuraciones, con sus frases puntillosas a los discípulos los fariseos: ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ los que vienen siempre a aguar la fiesta. Pero tenemos la respuesta de Jesús diciendo que el médico es para los enfermos, no para los sanos. ‘Misericordia quiero y no sacrificios, que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’. Si te crees sano o te crees justo ya no necesitarás quien te sane o quien te perdone. Y Jesús viene para darnos vida, para traernos el perdón de Dios. Así tiene que brillar la misericordia del Señor.
Escuchemos la invitación de Jesús, sigámosle con total fidelidad, dejémonos sanar por el y al mismo tiempo convirtamos en signos de salud y salvación para los demás. Llenemos nuestro corazón de misericordia y compasión y desterremos de nosotros todo lo que sea discriminación o marginación, todo lo que sea juicio o condena de los demás. También a ti, como a mí, el Señor te dice: ‘Sígueme’.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Jesús instruía a sus discípulos pero ellos estaban en otra onda

Sab. 2, 17-20;
Sal.. 53;
Sant. 3 16-4, 3;
Mc. 9, 29-36


Hablaban dos personas comentando cosas de actualidad y una le preguntaba a la otra si no había escuchado en la radio la noticia sobre la que hablaban; pero esta persona le respondía que no, porque ella no estaba escuchando esa emisora. No habían escuchado las mismas cosas porque estaban en ondas distintas. Nos puede pasar en la vida, no escuchamos en la misma onda. Incluso estando juntos e intercambiando ideas no nos enteramos de lo que la otra persona nos quiere decir, porque estamos en otra onda, nuestros pensamientos están en otra parte.
Era lo que le sucedía a los discípulos en el evangelio que hoy hemos escuchado. Jesús les hablaba y ellos no entendían. Les hablaba de Pascua, porque les hablaba de pasión y muerte y ellos no sólo ‘no entendían aquello, sino que les daba miedo preguntarle’. No era la primera vez que se los anunciaba. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará’. Lo escuchamos ya el pasado domingo.
Pero era además lo que estaba anunciado en los profetas. Isaías hoy nos habla del justo que es perseguido y puesta a prueba, ‘nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones… es un reproche a nuestra ideas y sólo verlo da grima, lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente…lo someteremos a la prueba de la afrenta y de la tortura, lo condenaremos a muerte ignominiosa… si es el hijo de Dios lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos…’ Es un anuncio profético del Mesías.
¿Cómo iban a entender si ellos andaban en otra onda? A pesar de lo que Jesús les había enseñado una y otra vez seguían teniendo una idea distinta de lo que había de ser el Mesías. Por eso andaban todavía con apetencias de lugares de honor y primeros puestos. ‘¿De qué discutíais por el camino?’, les preguntó cuando llegaron a casa en Cafarnaún. Pero ‘ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’. ¡Cómo iban a entender que el Mesías había de padecer porque se iba a entregar por amor a nosotros!
Discutían sobre quién era el más importante. Y ya sabemos lo que era ser importante para Jesús. Algo que había enseñado una y otra vez. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos…’ les dijo una vez más. La sintonía de Jesús pasa por el amor, por la entrega, por el servicio, por la sencillez y la humildad. Por eso les habla también de acoger a un niño, algo tan pequeño y sencillo como un niño, ‘porque el que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí, y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado’, les dice.
Cuando no estamos en esa sintonía sino en la sintonía de las apetencias y ambiciones de grandeza terminamos discutiendo y peleándonos. Y como decía el apóstol Santiago en su carta hoy ‘donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males… codiciáis lo que no podéis tener, y acabáis asesinando; ambicionáis algo y no podéis alcanzarlo, así que lucháis y os peleáis…’
Ellos vivían inmersos en lo que eran los sueños y apetencias de aquel pueblo y así tanto les costaba entender a Jesús. Nosotros vivimos también inmersos en nuestro mundo y en nuestra sociedad, que camina por sus derroteros no siempre en consonancia con el evangelio. Nuestra sintonía tiene que ser la de Jesús si es que nos llamamos cristianos. Pero son tantas las interferencias, las influencias que recibimos de nuestro ambiente, de lo que nos rodea, del espíritu del mundo en el que vivimos. A veces oímos el mensaje de Jesús pero no siempre lo escuchamos debidamente. Tenemos que sintonizarlo bien, coger en verdad su onda.
Queremos proclamar el mensaje y el sentido de Jesús a nuestro mundo, pero quizá para ellos desafinamos. No les gusta lo que nosotros podamos proclamar. No nos pueden entender. Lo vemos en las interpretaciones que se hacen de lo que es la vida de la Iglesia, de lo que es el mensaje que la Iglesia quiere trasmitir siendo fiel al evangelio. Y buscan y rebuscan en el magisterio de la Iglesia, en los mensajes del Papa, para hacer sus interpretaciones según sus criterios. Y buscan la frase llamativa sacándola de su contexto y queriendo hacerle decir lo que realmente el Papa no dijo y cosas así. Es que el Papa tenía que haber dicho, dicen, es que el mundo va por otro lado… Pero el Papa no puede proclamar sino el mensaje del evangelio y en consecuencia la defensa de la vida, y la proclamación del amor auténtico, es una palabra, el mensaje de Jesús. No podemos buscar otra cosa. Lo vemos con sus encíclicas, con sus discursos, con sus declaraciones. Muchos serían los ejemplos.
Tendríamos que ser signos verdaderos de ese mensaje de Jesús por nuestra vida ante el mundo que nos rodea. Como el justo del Antiguo Testamento también nos podemos encontrar rechazo y hasta quieran ponernos a prueba, como escuchamos en el texto sagrado. Miran con lupa lo que hacemos o decimos a ver si hay congruencia entre nuestra fe y nuestra vida; critican todo lo que hagamos buscando siempre cosas negativas sobre todo si no coincidimos con sus ideas o planteamientos; tratan de desestabilizarnos queriendo ridiculizar lo que podamos hacer o decir; pretenden influir en nosotros como en la sociedad para que nos dejemos llevar por su manera de entender las cosas.
Pero nosotros tenemos que sentirnos seguros de nuestro seguimiento de Jesús. Porque sabemos que El sí nos auxiliará, será nuestra fuerza, nuestra luz y nuestra sabiduría. Nos ha dejado su Espíritu. El Evangelio nos dice hoy que ‘Jesús mientras iba de camino por Galilea, instruía a sus discípulos’. Es lo que tenemos que hacer: dejar que Jesús nos siga instruyendo. No sé siempre nos dejaremos instruir lo suficiente por Jesús en tantos medios que a través de su Iglesia pone a nuestro alcance. Porque algunas veces tenemos el orgullo metido en nuestra alma y pensamos que ya nos lo sabemos todo y no necesitamos ahondar en esa formación cristiana, en esa profundización del Evangelio.
Yo, desde mi experiencia, pienso que esa es una tarea pendiente en la Iglesia de hoy. Lograr que haya cristianos debidamente formados y preparados para dar razón de la fe y para poder hacer una mejor proclamación del Evangelio en nuestro mundo. Les cuesta mucho a los cristianos sentarse a estudiar la Biblia, asistir a reuniones y encuentro de formación y de profundización de la vida cristiana. Necesitamos de ese crecimiento en el conocimiento del misterio de Cristo, en la profundización en el evangelio, en llegar a tener unas ideas claras de lo que realmente es vivir como cristianos. No temamos, como les sucedía a los discípulos hoy, preguntarle a Jesús por lo que no entendamos; y preguntarle significa esos deseos de una mejor formación cristiana y profundización en el evangelio de Jesús.
Pidámosle al Espíritu del Señor que nos dé hambre de Dios, deseos profundos de poder conocerle cada vez mejor para poder amarle más, para ser en verdad unos discípulos comprometidos por la causa del Evangelio.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Una semilla recibida con actitud orante para dar mucho fruto

1Tim. 6, 13-16
Sal. 99
Lc. 8, 4-15


‘Dichosos los que con un corazón noble y generoso guardan la Palabra de Dios y dan fruto perseverando’. Son las palabras finales del Evangelio y que hemos utilizado también como antífona del Aleluya. Resumen verdadero del mensaje del Evangelio de hoy.
Es la parábola del sembrador narrada por san Lucas. La hemos escuchado muchas veces. Pero siempre es una semilla nueva que cae en la tierra de nuestra vida y que tiene que dar fruto. La misma parábola nos lo dice. Hay diversos tipos de tierra. Hay diversas actitudes ante esa semilla de la Palabra que llega a nuestra vida.
¡Cuidado que diciendo ‘una vez más la parábola del sembrador’ seamos esa tierra endurecida en la que no penetra, no cala en nosotros y no puede echar raíces para que sea una planta hermosa que luego nos dé el fruto de una dorada espiga en las buenas obras, en la fe y en el compromiso de nuestra vida.
Ya hay muchos vientos de tentaciones en la vida que quieren agostar y echar a perder esa planta para que también nosotros endurezcamos el corazón. Jesús mismo nos explica la parábola a petición de los discípulos. ‘¿Qué significa esa parábola?’ Cuidemos nuestras actitudes, la apertura sincera de nuestro corazón. Para que cale y eche raíces. Para que los momentos de la prueba no pongan en peligro sus frutos, para que ‘los afanes y las riquezas y los placeres de la vida’ no la vayan ahogando. Por eso tenemos que buscar todos los medios para hacerla fructificar. Por eso tenemos que evitar lo que impida dar el generoso fruto. Por eso tenemos que saber acogerla con actitud orante. Es la mejor manera prometedora de ricos y abundantes frutos. No en vano es Dios que nos habla y se ha de establecer ese diálogo de amor entre nosotros y Dios.
Hoy se está recomendando vivamente – ya se habló de ello intensamente en el reciente Sínodo de la Palabra - y está surgiendo en nuestras comunidades la ‘lectio divina’, que dicho en pocas palabras es una lectura desde una actitud orante y comunitaria, en todos los casos en que sea posible, de la Palabra de Dios.
Con espíritu de fe acudimos al sagrado texto. No vamos a leer o a escuchar un texto cualquiera, sino que es la Palabra que el Señor en todo tiempo quiere dirigirnos. De ahí esa postura de fe y de recogimiento; de ahí esa oración, no sólo para prepararnos para escucharla, sino también en esa reflexión, en esa respuesta. Porque con esa misma Palabra tenemos que orar para, una vez descubierto lo que el Señor ha querido decirnos, nosotros darle nuestra respuesta. Para hacerlo tanto de forma individual como en grupos, por así decirlo, tiene un método propio, pero que es fundamentalmente lo que acabamos de explicar.
Una Palabra así escuchada es semilla caída en tierra buena que necesariamente tiene que llevarnos a dar frutos. Y creceremos por dentro en nuestra espiritualidad. Y creceremos en nuestro compromiso cristiano de fe y de amor. Haremos que nuestra cristiana sea más viva y aquellas comunidades cristianas donde haya muchos cristianos que hagan esta lectura orante de la Palabra de Dios se convertirán en comunidades vivas, en comunidades de intensa vida cristiana y espiritual.
Que con corazón noble y generoso escuchemos la Palabra de Dios, la guardemos porque la hagamos vida nuestra y con perseverancia alcancemos frutos de vida eterna.

viernes, 18 de septiembre de 2009

La codicia raíz de todos los males…

1Tim. 6, 2-12
Sal. 48
Lc. 8, 1-3


Aunque las consideraciones que se hace Pablo tienen especial referencia a su discípulo Timoteo en orden al cumplimiento de su ministerio de Obispo de la comunidad de Éfeso, sin embargo son tan universales que nos viene bien reflexionarlas a todos los que nos llamamos discípulos de Jesús.
¿En que nos afanamos? ¿cuáles son nuestras preocupaciones? Demasiado afanados andamos muchas veces por las cosas que poseemos, los bienes o ganancias materiales y el deseo de riquezas. El apóstol nos dirá ‘sin nada venimos a este mundo y sin nada nos iremos de él’. Sentenciará a continuación: ‘teniendo qué comer y qué vestir nos basta’. Pero, ya sabemos, no nos contentamos con esto.
Por aquello de las múltiples necesidades que tenemos y que, tenemos que reconocer, algunas veces nos creamos, ahí andamos afanados con nuestros trabajos porque tenemos que tener unos rendimientos o unas ganancias para todo lo que queremos tener o hacer, y ahí andamos llenos de ambiciones.
Entonces, ¿lo que tenemos que hacer es no trabajar?, podrían argumentarnos algunos. De ninguna manera, tenemos que decir. Tenemos unas responsabilidades con nosotros mismos, con los nuestros, unas responsabilidades familiares, con la sociedad en la que vivimos y, si queremos, con toda la creación que Dios ha puesto en nuestras manos. Los talentos que Dios nos ha entregado en esos valores y capacidades de la vida y de esas responsabilidades que tenemos que asumir, tenemos que desarrollarlas porque además nos debemos a ese mundo que tenemos que hacer mejor cada día.
Pero eso no significa que tengamos que dejar meter la codicia en nuestro corazón. La codicia nos encierra y hace egoístas, porque todo lo queremos para nosotros. Como nos dirá el apóstol ‘los que buscan las riquezas se enredan en mil tentaciones, se crean necesidades absurdas y nocivas que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. Porque la codicia es la raíz de todos los males…’
Queremos tener y tener de todo. Los ojos hacen envidioso el corazón, porque todo aquello que vemos que tiene el otro, yo también quiero tenerlo. Lo envidias y le deseas mal. Nos vamos corroyendo por dentro y de ahí estamos a un paso de querer mal a los demás, o de querer apoderarme de la manera que sea de lo que el otro tiene. Es una cadena que acaba mal.
Y nos previene de algo más el apóstol. Nos dirá: ‘Muchos arrastrados por la codicia se han apartado de la fe y les ha acarreado muchos sufrimientos’. Parece que está haciendo un retrato fiel de lo vemos a nuestro alrededor. ¡Cuántos han abandonado la vida cristiana y la fe cuando llegan a una vida incompatible en lo que hacen en su codicia y un mínimo de moral o de ética cristiana! ¿Serán tentaciones para nosotros también? No tires la piedra al aire que te puede caer encima. No digas de esta agua no beberé… como se suele decir en el refranero, que más tarde o más temprano podemos vernos arrastrados por esas tentaciones.
Termina el apóstol con unas hermosas recomendaciones. ‘Huye de todo esto y practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza… combate el buen combate de la fe… conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…’ Nos quiere hacer precavidos y por eso nos hace pensar. Nos invita a vivir una vida cristiana íntegra, luchando por mantenernos fieles al espíritu del Evangelio. Tendríamos que meditar mucho en el mensaje de las bienaventuranzas: ‘Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos’.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Con nuestros pecados vayamos con fe y amor a lavarnos en la Sangre de Cristo

1Tim. 4, 12-16
Sal.110
Lc. 7, 36-50


En un platillo de la balanza, sus muchos pecados, y en el otro platillo su mucha fe y su mucho amor; como consecuencia, los frutos que podríamos decir, el perdón y la paz.
Así prácticamente podríamos resumir el mensaje del texto del evangelio hoy propuesto, aunque como contrapuesto a este luminoso mensaje está la negatividad del fariseo que en su interior despreciaba a aquella mujer por ser pecadora – ‘si este fuera profeta, sabría quién es esa mujer que lo está tocando y lo que es, una mujer pecadora’ -, y las dudas y reticencias de los otros comensales que ponían en duda la capacidad de Jesús para perdonar – ‘¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?’ -.
Pero subrayemos algunos aspectos de este hermoso texto del evangelio. Aquella mujer era una mujer pecadora, y por eso mismo despreciada por todos; el pensamiento del fariseo expresa la idea que tenían de que con solo tocar a una persona pecadora, ya se volvían también impuros. Pero era una mujer de una fe grande y de un amor grande también.
Tenía la fe grande y la confianza total en que Jesús no la iba a rechazar ¿Habría escuchado ella en alguna ocasión a Jesús? Habría escuchado quizá aquellas palabras que hoy la liturgia nos ha ofrecido como antífona en el aleluya antes del evangelio: ‘Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré’. Habría quizá conocido el caso de aquella otra mujer pecadora, la adúltera, a la que Jesús perdonó. Las noticias corren en los pueblos y habría oído hablar de Zaqueo el que quería ver a Jesús escondido tras las ramas de la higuera, pero Jesús se había hospedado en su casa. Podría ser que ella también si no detrás de las ramas de una higuera, quizá medio oculta en ocasiones por el rechazo y desprecio que recibía, habría escuchado muchas veces a Jesús.
Una fe grande y una confianza total de aquella mujer que se atreve a introducirse en casa de Simón y llegar hasta la sala de comensales a los pies de Jesús. Y allí está aquella mujer realizando con Jesús todos aquellos gestos de hospitalidad que Simón había olvidado. Lo normal, como señal de hospitalidad, era ofrecer agua al huésped, saludarlo con el beso de la paz y ungirlo con perfume. Pero en este caso ‘Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa’. Ahora Jesús le dirá a Simón: ‘¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su cabello. Tú no me besaste; ella en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella en cambio me ha ungido los pies con perfume…’
Son las señales del amor grande de aquella mujer que Jesús destaca de manera especial. Le propone la parábola de los dos deudores, y concluirá Jesús, que igual que amará más aquel al que perdonó mas, ‘sus pecados están perdonados porque tiene mucho amor’.
Finalmente Jesús dirá a la mujer: ‘Tus pecados están perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz’. ¿Cómo no iba a salir aquella mujer de la presencia de Jesús con paz? Iba rebosante de paz, de la paz más grande, de la paz que de los hombres no había podido recibir, de la paz que sólo en Jesús podemos encontrar.
Pero ¿y nosotros? Vayamos a Jesús con esa misma fe, con esa misma humildad, con ese mismo amor. Con confianza absoluta podemos acercarnos a Jesús porque en El vamos a encontrar ese perdón y esa paz que necesitamos. Vayamos con humildad, reconociéndonos pecadores, viendo primero que nada la viga que llevamos en nuestro ojo antes que las pequeñas motas de los ojos de los hermanos. Que se destierre para siempre de nuestro corazón las actitudes de desconfianza, de desprecio, de orgullo, de creernos mejores o superiores. Vayamos a Jesús poniendo todo el amor que seamos capaces, porque sabemos que El nos lo va a devolver multiplicado por el infinito, porque así infinito es el amor que el Señor nos tiene.
Ya tenemos en nuestro platillo de balanza nuestros pecados, pero pongamos en el otro nuestra fe, nuestra humildad, nuestro amor, que con la sangre derramada de Cristo vamos a encontrar el perdón y la paz.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que hoy sigue inspirando el camino de la Iglesia

1Tim. 3, 14-16
Sal. 110
Lc. 7, 31-35


‘Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’. Probablemente sea un juego de niños de la época . la cuestión era hacer la cosa contraria de lo que se pedía hacer, entre cantos, bromas y fiestas, propias de los niños o de la juventud.
¿Por qué saca a colación Jesús este canto o juego infantil de los niños en la plaza? Se ha preguntado antes: ‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?’ Está haciendo referencia a las distintas reacciones que los judíos están teniendo ante su presencia y su actuar. No habían terminado de aceptar la vida de austeridad en la que vivía el Bautista en el desierto junto al Jordán, pues conocido era el rechazo de ciertos sectores de la sociedad religiosa y dirigente de Jerusalén por ejemplo al grupo de los esenios que vivían en algo parecido a un eremitorio junto al mar Muerto. Pero ahora les costaba aceptar a Jesús, que a todos se acercaba, con todos convivía porque lo que quería era anunciar el Reino de Dios a todos.
‘Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores. Sin embargo, los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón’. Ni aceptaban a Juan ni aceptaban a Jesús. Pareciera que lo importante era estar a la contra de todo lo que pudiera surgir como algo nuevo.
¿Nos preguntará Jesús a nosotros, ‘¿a quiénes se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos?’ Algunas veces parece que estuviéramos también nosotros desorientado y sin saber a qué quedarnos. Nos vemos confundidos, pueden surgir añoranzas de tiempos pasados que nos parecen mejores y no somos capaces de descubrir lo bueno que el Espíritu va haciendo surgir en nosotros y en lo que nos rodea.
Hace cuarenta años con qué ilusión vivíamos aquel momento de renovación en la vida de la Iglesia suscitado por el reciente Concilio Vaticano II. Fueron tiempos intensos de muchas esperanzas, pero también con los riesgos de la crisis que se produce en todo ser vivo y en crecimiento. Los tiempos han ido cambiando en nuestra sociedad y en la concepción de la vida y del mundo y algunas veces nos llenamos de pesimismo porque nos pareciera que brilla más la negrura de la oscuridad que la propia luz. Por eso surgen en ciertos sectores añoranzas de pasado.
Ante esa frase que decimos que los tiempos pasados fueron mejores, yo digo que ni mejores ni peores que los actuales. Cada tiempo tiene sus dificultades y sus problemas. En cada tiempo surgen las crisis propias de donde hay vida en crecimiento. También en otros tiempos se tuvieron que enfrentar a problemas y dificultades como tenemos que enfrentarnos nosotros ahora. Pero en cada tiempo el creyente tiene que saber descubrir la acción del Espíritu que está actuando y que es quien de verdad conduce a la Iglesia y le inspira todo lo bueno.
Hoy nos toca vivir en este tiempo. Estamos en el siglo XXI que tendrá sus luces y sus sombras como todos los tiempos. Pero este es nuestro tiempo. Y es ahí donde tenemos primero que vivir como cristianos y donde tenemos que dar el testimonio de nuestra fe y el anuncio del evangelio. El Evangelio es el mismo, porque ese no cambia pero los métodos, por así decirlo, de su anuncio tienen que estar en consonancia con los tiempos en que vivimos porque tenemos que responder a las expectativas y a los problemas de los hombres de esta época, ni mejores ni peores que los de otros tiempos, pero que tienen sus propios problemas y expectativas.
No vamos a anunciarle el evangelio el evangelio a los hombres de hoy con un lenguaje arcaico o unas formas propias de siglos pasados, porque ni siquiera nos entenderían. El Espíritu que suscita todo lo bueno en nuestro interior también nos dará el lenguaje apropiado y la forma más conveniente para poder hacerlo hoy al hombre de hoy. En esa actitud abierta desde el fondo del corazón tenemos que estar.
Y como adelantábamos antes, no nos dejemos vencer por las negruras del pesimismo que nos pudiera envolver. No todo es negro en este mundo y en esta Iglesia concreta que vivimos en el momento de hoy. Hay muchas luces, porque hay muchas cosas buenas, porque hay mucha gente con una vivencia de fe muy intensa, porque hay mucha gente comprometida que no vive su vida cristiana desde la rutina sino con una entrega admirable. Nos hace falta abrir los ojos para descubrirlo porque eso está a nuestro lado. Porque no podemos negar que el Espíritu del Señor sigue actuando hoy en su Iglesia y sigue suscitando mucha generosidad en los corazones de los hombres de hoy.
Igual que tú o yo sentimos inquietud por la fe y por el anuncio del evangelio a nuestro lado hay muchos que sienten y viven intensamente esa inquietud. Sepamos descubrirlos porque eso además nos servirá de ánimo y estímulo en nuestra tarea y nuestro compromiso. Y no olvidemos que vivimos en pleno siglo XXI que tiene sus características propias y es a ese hombre y mujer de hoy en el que tenemos que sembrar la semilla del evangelio.
Ni carreras alocadas y sin sentido que no nos llevan a nada, ni paso de cangrejo o de tortuga que nos hagan volver para detrás. Solamente dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que hoy sigue inspirando el camino de la Iglesia.

martes, 15 de septiembre de 2009

María en su dolor se asoció con sus entrañas de madre al Sacrificio de Jesús


Hb. 5, 7-9;

Sal. 30;

Jn. 19, 25-27



‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre…’ Allí estaba María. Si ayer contemplábamos la Cruz de Cristo y la celebrábamos, hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la madre de Jesús.
El concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia, dedica el último capítulo para hablarnos de María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Entresacamos algunos párrafos en referencia a lo que hoy contemplamos, a María al pie de la cruz.
‘En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su madre ya desde el principio… a lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino … proclamó bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente. Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la Cruz como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, he ahí a tu hijo’.
Subrayamos algunos pensamientos. Allí estaba al pie de la cruz con su dolor de madre, unida a Jesús; allí estaba unida al sufrimiento redentor de su Hijo; pero tendríamos que decir que allí estaba en el sufrimiento doloroso de todos sus hijos. Esos hijos que precisamente, allí desde la Cruz, Jesús le había confiado.
Allí estaba la Madre asociándose al sacrificio de Cristo. Es Cristo quien nos redimió, pero ella puso su dolor de madre junto al dolor y sufrimiento redentor de Cristo; pero podríamos decir también, ya que ella es una de los nuestros, con ella, con su dolor y sufrimiento estaba también nuestro dolor, nuestro sufrimiento. Contemplándola a ella con esa firmeza al pie de la cruz nos está enseñando a estar nosotros con firmeza y con amor también junto a la cruz, o si queremos, con nuestra cruz.
Allí estaba María ‘consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado’, nos dice el concilio. Ella estaba haciendo también una inmolación de su vida. Como dirá más adelante el mismo concilio: ‘concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente impar a la obra del salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas’.
Es la gran lección que tenemos que aprender. La sabiduría de la cruz es la sabiduría del amor. Vamos a poner nosotros también nuestra obediencia, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra ardiente caridad. Es el sí de la fe y es el sí del amor. Es el sí con que nosotros nos ponemos al lado de la cruz de Cristo. Pero un sí que aprendemos a decir de María. Que nos enseñe a decir Amén, cantamos en nuestra oración a María tantas veces. El Amén de María no fue sólo el de la Anunciación, sino el de toda su vida. Allá en el templo lo ofreció a Dios como hijo primogénito, pero ahora consuma esa ofrenda en el Amén que María pronuncia en la Cruz.
Es lo que hoy le hemos pedido al Señor en nuestra oración. Que nos asociemos con María a la pasión de Cristo, para que un día merezcamos participar de su resurrección. Nos asociamos a la pasión de Cristo, pero queremos tomar también todo el sufrimiento de todos los hombres para ponerlo ahí también a la sombra de la cruz. Que todo él se transforme en vida, que todo ese dolor y sufrimiento de la humanidad pueda ser camino de vida nueva para todos los hombres.
Que ese regalo que desde la cruz hoy Jesús nos hace al darnos a María como madre nosotros sepamos apreciarlo, amando cada vez más a María, aprendiendo de ella a decir Amén y copiando sus virtudes y su santidad en nuestra vida. Que María, Madre, nos proteja, nos ayude alcanzándonos la gracia del Señor y nos conduzca siempre de su mano maternal hasta Jesús.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor


Núm. 21, 4-9
Sal. 27
Jn. 3, 13-17



‘Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’.
Así hemos comenzado hoy nuestra eucaristía. En la aclamación después de la consagración podemos decir: ‘Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor’. Hoy es la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Si en mayo por una antiguo fiesta litúrgica que recordaba el encuentro de la Santa Cruz en tiempos de Constantino la devoción popular se centraba en el adorno de las Cruces, esta fiesta de Setiembre está normalmente más unida a una fiesta de Cristo crucificado. Y realmente tiene una gran razón teológica, a mi parecer. Cuando nosotros celebramos la Cruz a quien realmente estamos celebrando es a Cristo en ella crucificado. Quien nos salva no es la cruz, sino Cristo que ha muerto en ella para nuestra salvación. De ahí que veneremos la Cruz, e incluso como lo hacemos el Viernes Santo en la Liturgia de la Pasión y Muerte de Cristo la adoramos. Pero realmente a quien estamos adorando es a Cristo mismo en ella clavado para nuestra salvación.
‘Oh Cruz bendita, tú sola fuiste digna de sostener al Rey Señor de los cielos’, decimos en una antífona de la Liturgia de las Horas. En otra antífona decimos: ‘Cómo brilla la Cruz, de la que colgó Dios en carne humana y en la que, con su sangre, lavó nuestras heridas’. En ese sentido podríamos recordar algunas otras antífonas que vienen a recoger lo que para la Iglesia ha significado la Cruz a través de los siglos y expresado en la oración de la Iglesia.
La Cruz que es para nosotros el gran signo de la vida y del amor. En ella Cristo muriendo nos dio la vida. Y por otra parte podemos decir que Cristo crucificado en ella es la prueba más grande del amor. ‘Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por el amado’. Y Cristo en la Cruz dio su vida por nosotros. ¿Habrá signo mayor de amor?
Para los judíos es una locura y para los griegos una necedad, nos explica san Pablo en sus cartas, pero nosotros hablamos de Cristo Crucificado que es nuestra sabiduría y nuestra salvación. Fuerza y poder de Dios que se manifiesta en la aparente debilidad de una cruz. Es, pues, nuestro orgullo que con gallardía sabemos llevar como signo ante los demás de nuestra fe y de nuestra condición de cristianos, porque con ella fuimos marcados desde nuestro bautismo.
Se convierte como en nuestro estandarte que llevamos con nosotros como un signo de nuestra pertenencia a Cristo y de nuestra fe, pero que se convierte para nosotros también en señal de victoria que nos defiende de las acechanzas del enemigo. Recordamos cuando Constantino iba a emprender batalla contra unos contrincantes que eran signo de la persecución que hasta entonces sufrían los cristianos, se cuenta que tuvo una visión en la que aparecía una cruz como estandarte de batalla y escuchaba una voz que le decía: ‘con este signo vencerás’. Puso la cruz en sus estandarte y fue el principio de fin de las persecuciones que en aquellos tiempos estaban sufriendo los cristianos.
Que así llevemos nosotros como un estandarte, como una gran señal en nuestra vida el signo de la cruz. Nuestros antepasados, llenos de fe, la ponían en los cruces de los caminos y allí habían sufrido alguna desgracia. Así nuestros pueblos en sus calles, caminos y plazas están sembrados de cruces que fueron un gran signo de fe y de religiosidad para nuestros antepasados y pueden seguir siendo en nuestro tiempo también un signo visible de nuestra fe y de nuestra religiosidad, aunque nuestra sociedad secularizada, laicista hasta extremos en ocasiones que rozan la ridiculez, atea y guerrera contra todo lo que suene a Dios, quiera desterrar la cruz de todas partes.
No podemos permitirlo. Necesitamos de ese signo que nos eleve a Dios y al mismo tiempo nos haga abrazar a los hermanos – no olvidemos los dos trazos de la cruz, uno vertical que nos lleva a Dios y otro horizontal como un abrazo con los hermanos -.
Necesitamos de ese signo de reconciliación y de reencuentro en nuestra sociedad rota, enfrentada y dividida por tantas razones.
Y es que tenemos que decir que si los cristianos llevamos la señal de la cruz con nosotros seguro que siempre estaremos buscando la paz y la reconciliación. Precisamente cuando parece que nos molesta la señal de la cruz en la vida del hombre o presente en la sociedad es cuando la mayoría de las veces lo que hacemos es sembrar rencores y resentimientos, estamos resucitando viejas heridas que en lugar de curarlas parece que las enconamos más para más enfrentarnos, para más sembrar desconfianza en las relaciones humanas, para mantener los distanciamientos, y para olvidar lo que significa el perdón y la reconciliación.
Necesitamos, pues, de la presencia de la cruz en nosotros y en medio de nuestra sociedad. Hoy celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. Que cada día la exaltemos más porque con orgullo la llevemos presente en nuestras vidas, cada día sepamos descubrir esa cruz que nosotros personalmente hemos de cargar sintiendo que Cristo es nuestro Cireneo, y sepamos hacer también nosotros de cireneos para ayudar a los demás, a llevar su cruz de cada día que de tantas maneras se les manifiesta en sus vidas.
‘Resplandece la Santa Cruz por la que el mundo recobra la salvación. ¡Oh Cruz que vences, cruz que reinas, cruz que nos limpias de nuestros pecados!’