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sábado, 19 de marzo de 2022

Contemplamos hoy a san José, el hombre justo, el hombre del silencio, el creyente con un sólido cimiento en su vida, que supo descubrir las señales de Dios

 


Contemplamos hoy a san José, el hombre justo, el hombre del silencio, el creyente con un sólido cimiento en su vida, que supo descubrir las señales de Dios

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Hay silencios que hablan. Muchas veces nos quedamos en silencio en la vida, ¿no sabemos qué decir? Es cierto que hay cosas que nos desbordan, nos causan admiración y hasta sosiego, nos quedamos sin saber qué decir. Pero esos silencios también pueden hablar; porque nos están hablando en nuestro interior produciéndose interrogantes y el diálogo quizás es con uno mismo en aquello que nos sucede. Es cierto también que hay silencios que nos los imponen, porque no nos dejan hablar, porque no quieren que se escuche lo que queremos decir, porque nos llenan de miedo el alma y sufrimos en silencio.

Pero hay silencios que buscamos, porque quizás lo necesitamos, o porque nuestro silencio ya de por sí sea un grito, se convierta en testimonio, nos hable de prudencia, o nos ayude a mantener la rectitud en nuestro corazón ante aquello que no entendemos y de alguna manera nos abrimos al misterio. Son silencios de reflexión, de buscar como ahondar y profundizar en nosotros mismos y en lo que nos sucede, son silencios que en el creyente se convierten en oracion, porque se hacen ofrenda, porque son interrogantes ante Dios, porque nos preparan para la escucha interior descubriendo también lo que Dios nos quiera revelar.

Estamos hoy ante un hombre de silencio. No conocemos ninguna de sus palabras en el evangelio. Pero sí vemos su actuar en silencio. El silencio de José nos habla, se convierte en un grito de Dios para nosotros. Es el silencio de quien se pone en las manos de Dios. Es el silencio que le produjera muchos interrogantes en su interior, y mucho sería lo que desde su corazón en silencio él le va a hablar a Dios. Es el silencio de quien supo descubrir su lugar, que aparentemente parecía que quedaba en un segundo término, pero que fue tan importante en la historia de la salvación de Dios para nosotros.

Será ese primer silencio ante el misterio que se estaba realizando en María y donde él querrá actuar en silencio para no herir, para no molestar, para no hacer daño, pero donde se le va a revelar no el misterio de María sino el misterio de Dios que allí se estaba haciendo presente. Y él comprendió su lugar y simplemente se dejó conducir. Vendrá el camino de Belén incomprensible e inesperado por el capricho de un gobernante, pero será el dolor de las puertas cerradas de Belén para terminar en un establo.

Ante todo lo que seguirá sucediendo, el nacimiento del niño, la aparición de los pastores, la llegada más tarde de los magos de Oriente, siempre lo veremos en un aparente segundo plano y siempre lo veremos en silencio; así lo contemplaremos en su función de padre a la hora de la presentación del niño en el templo, pero en silencio en un segundo plano porque los protagonistas serán otros en ese momento; surgirá también de manera inesperada la huida a Egipto con aquellos años que podríamos llamar de destierro y lo veremos siempre escuchando los designios de Dios y cumpliendo la función que como padre tendrá que realizar en esos momentos.

¿Silencios dolorosos? Dentro de toda la felicidad de participar en el misterio de Dios cuando con fe aceptamos lo que es la voluntad de Dios, humanamente como hombre tuvieron que ser momentos y silencios difíciles solo posibles de superar de quien podía vivir algo profundo en su interior, donde encontrara toda la fuerza cuando es Dios mismo el que se le va revelando aunque sea a través de sueños y de voces de Ángeles que se escuchan en su interior.

Es la profundidad del silencio de José. El hombre justo, como lo define el evangelio; el hombre de una fe profunda, porque sin esa fe no podría haber salido adelante en los momentos duros que se le fueron presentando en la vida. Es el silencio que resplandece en José, señal de esa espiritualidad profunda para discernir y para aceptar lo que son los planes de Dios.

Mucho tenemos que aprender del silencio de José; un aprendizaje que nos llevará de la mano a ese ir dándole hondura a nuestra vida, a poner cimientos sólidos que puedan sostener todo ese engranaje de la vida que algunas veces también se nos hace difícil. Sin sólidos cimientos el edificio se nos viene abajo ante el primer embate de la tormenta; es lo que nos está pasando tantas veces que nos parece que no tenemos nada debajo de nuestros pies en lo que mantenernos firmes en los embates de la vida.

¿Cómo podremos escuchar a Dios si solo nos entretenemos con los ruidos de la vida? Aprendamos de José para que seamos también nosotros esa persona justa, esa persona llena de Dios, esa persona que podrá navegar en medio de las tormentas de la vida sabiendo que su barca va a llegar a puerto porque está bien guiada por el único que es el buen piloto de nuestra vida. Dejemos actuar al espíritu de Dios en nosotros.

viernes, 18 de marzo de 2022

Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

 


Como perfume, como luz o como sal hemos de expandirnos por el mundo con los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y de los que somos administradores

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Malo es sentirse dueño de algo de lo que solo soy un administrador. Quien administra algo que se le ha confiado ha de saber actuar con responsabilidad en su función, pero siempre conciente de cual es su papel, del que un día le han de pedir cuentas, pues solo es un servicio que presta – es cierto con su remuneración y sus beneficios – en ese encargo que le han confiado. Mal podríamos pensar de un administrador que se cree dueño para hacer y para deshacer, para buscar solo sus propios beneficios y no ser consciente de la función que allí desempeña. No podemos apoderarnos cual presas de rapiña de aquello que no es nuestro, aunque en nuestras manos esté, pero de lo que solo somos unos administradores que hemos de conseguir los mejores beneficios para quien en verdad es el propietario.

Con este sentido nos propone Jesús algunas parábolas, como la de aquel administrador injusto, aunque fuera muy sagaz en sus manejos. Hoy nos propone Jesús esta parábola de la viña y los viñadores que no rinden cuentas, sino lo que es peor tratarán de apoderarse de aquella viña.

Es cierto que en una primera lectura de la parábola y dada la situación en la que Jesús la propuso está haciendo como un repaso a la historia de Israel. Son el pueblo de Dios, la viña preferida del Señor, como ya aparece incluso en los profetas del Antiguo Testamento. Ahí está toda la historia del amor de Dios por su pueblo, al que había elegido en Abrahán y al que un día liberará de la esclavitud de Egipto conduciéndolo en medio de obras portentosas a través del desierto hasta la tierra que les había prometido.

Aquello que Moisés en el Deuteronomio les había advertido pronto lo olvidaron. Cuando lleguen a aquella tierra que Dios les va a dar y comiencen a comer del fruto de aquella tierra, que no olviden al Señor su Dios que un día los había liberado de Egipto, les había hecho cruzar el mar Roja y los había llevado a la tierra prometida. No te olvides del Señor, tu Dios, les había advertido Moisés. Pero bien sabemos la historia de altos y bajos que fueron recorriendo, olvidándose de la Alianza que habían hecho en el Sinaí y no dando los frutos que Dios esperaba de ellos.

Nos lo refleja la parábola, como el final o el momento culminante de aquella historia cuando Dios les envía a su propio Hijo. ¿Qué estaban haciendo ahora con Jesús? ¿Merecían ellos aquellos dones de Dios dada la respuesta que estaban dando? ¿Habían sido buenos administradores de los dones de Dios?

Pero hoy que nosotros estamos escuchando esta Palabra de Dios no nos quedamos en recordar historias antiguas, o la referencia a la respuesta o no que otros hayan dado, sino que tenemos que ver nuestra propia historia, nuestra propia vida. ¿Cómo respondemos a los dones de Dios?

Pensamos en el don de la vida que Dios nos ha regalado, ¿somos capaces cada día de dar gracias a Dios por ese don tan maravilloso que es nuestra propia vida? Somos administradores de ese don de Dios en nosotros. Hay quien puede pensar que puede hacer de su vida lo que quiere porque es su propia vida, pero un creyente no puede pensar de esa manera. esa riqueza que hay en nosotros, en nuestra vida con sus dones y cualidades, no es solo para nosotros mismos sino que vivimos en un mundo en el que tenemos que ser buena semilla que alegre con las flores de sus valores al mundo que le rodea pero que también dé sus frutos.

Pensamos en la vida, pero pensamos en la riqueza de nuestra fe, semilla que Dios ha plantado en nuestro corazón. Con ella hemos de saber perfumar nuestro mundo porque con ella descubrimos un nuevo sentido, un nuevo valor a cuanto hacemos y cuanto vivimos. No nos la podemos guardar para nosotros mismos; es algo de lo que hemos de saber contagiar a los que nos rodean, con ella hemos de saber ser luz para los demás, con ella tenemos que ser sal para nuestra tierra.

Como el perfume que se expande embriagando a cuantos lo reciben, como la luz que con sus resplandores ilumina cuanto hay en su entorno, como la sal que da buen sabor a aquello que es nuestro alimento despertando el apetito de lo mejor, así tenemos que ser en medio de nuestro mundo. No nos podemos guardar los frutos de esa viña para nosotros solos porque se nos han confiado para que beneficiemos a los demás haciendo un mundo nuevo. ¿Sabremos ser buenos administradores de esos dones que Dios nos ha confiado?

jueves, 17 de marzo de 2022

No perdamos la sensibilidad para descubrir al Lázaro que está a nuestra puerta y en quien nunca nos hemos fijado en la expresión de su rostro

 


No perdamos la sensibilidad para descubrir al Lázaro que está a nuestra puerta y en quien nunca nos hemos fijado en la expresión de su rostro

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

‘Más jugo da un esparto’. Me ha venido a la memoria esa frase que escuché de niño que tenía una como aplicación especial al sentido y al estilo de vivir de algunas personas. El esparto es una fibra obtenida de ciertas plantas, y que se caracteriza por su aspecto muy áspero. Y cuando esa frase hacía referencia a una persona estaba señalándonos a alguien muy desagradable por la insensibilidad con que vivía su vida y su relación con los demás, de quien no esperábamos una palabra amable, un gesto amistoso, o un detalle de ternura, pues era incapaz de ello. La relación con esas personas resulta costosa y nada amigable. Y aunque hoy en la vida vamos aprendiendo a limar asperezas sin embargo seguimos encontrándonos personas sin sensibilidad y que nunca mostrarán una señal de cercanía ni de empatía ni de simpatía con los que están a su lado. Van por la vida produciendo chispas en cualquier encuentro o enfrentamiento que tengan con los demás.

He traído aquí está referencia por el cuadro que nos presenta hoy Jesús en la parábola del evangelio. Aquel hombre que sólo vivía para sí, con tanta insensibilidad que no era capaz de darse cuenta del Lázaro que tenía a la puerta de su mansión. Solo pensaba en sí mismo, en sus placeres y lo que él para sí mismo llamaba felicidad, pero sin la más mínima sensibilidad en su corazón.

La parábola se prolonga con más mensajes tras la muerte de ambos y lo que les trascendía en el más allá. Quien en vida no supo nunca lo que era la compasión con los demás, por vivir solo encerrado en si mismo, suplica ahora compasión y que incluso aquel con quien no había tenido misericordia en su vida se convierta ahora en mediación que viniera compasivamente a calmar sus tormentos. Aunque tarde, ahora pensará en sus hermanos que quedan en la tierra a los que quiere mandar aviso a través de Lázaro para que no lleguen a ganarse aquel lugar de tormento.

Pero creo que la parábola en un primer momento nos tiene que hacer pensar en ese Lázaro que puede estar cerca de nuestra vida pero al que nunca le hemos prestado atención. Tiene que ser esa piedra de toque, esa llamada de atención para nuestra vida. No somos aquel rico epulón pero algunas veces en la vida podemos ir con actitudes o posturas semejantes. Nos hemos creado nuestro rincón allí donde hacemos la vida y vivimos, por así decirlo, muy felices; no tendremos quizás grandes cosas, pero sí hemos ido encadenando nuestra vida a tantas rutinas de las que no sabemos desprendernos, de las que no levantamos los ojos para tener otra mirada, para ser capaz de ver otras cosas, otras personas en tantas ocasiones que tenemos cerca y no llegamos a saber los sufrimientos que puedan tener en su corazón.

Levantemos la mirada, salgamos de ese círculo en que hemos convertido nuestra vida, seamos capaces de mirar más allá de la punta de nuestra nariz, como se suele decir, para descubrir de verdad a los que nos van saliendo al paso en el camino de la vida; quizás aparentemente todo lo vemos en la normalidad, porque en nuestras prisas y nuestras carreras no nos hemos detenido a mirar y a preguntarnos por esas arrugas de su rostro, por ese vacío de sus miradas que nos quieren hablar pero no sabemos interpretar;  nos contentamos con decir que cada persona es un mundo y cada uno encierra su misterio, pero ese mundo y ese misterio podemos descubrirlo en una mirada, podemos descubrirlo en la tristeza de su semblante, o en ese rostro hierático que quizás está intentando ocultar los dolores que se llevan en el alma. Pero nosotros pasamos despreocupados a su lado y no somos capaces de tener una mirada de comprensión.

Ya decía, muchas más cosas puede enseñarnos la parábola, pero hoy te invito a que descubras ese Lázaro que puede estar a tu puerta. No seamos como aquellos de los que se dice que más jugo da un esparto.

miércoles, 16 de marzo de 2022

Quedaba mucho camino que recorrer, muchos pasos que dar, muchos ojos y oídos del corazón que abrir para escuchar a Jesús, para ver y llegar a entender el camino de Jesús

 


Quedaba mucho camino que recorrer, muchos pasos que dar, muchos ojos y oídos del corazón que abrir para escuchar a Jesús, para ver y llegar a entender el camino de Jesús

Jeremías 18, 18-20; Sal 30; Mateo 20, 17-28

Algunas veces queremos hacer ver que no oímos y tratamos de pasar de aquello que nos están diciendo. No nos interesa, no nos agrada, nos resulta incómodo, puede ser exigente, nos llevará a comprometernos con algo… y es como si no lo  hubiésemos oído, desviamos la conversación por otro lado, no queremos pensar en aquello que pudiera crear una inquietud en nuestra conciencia, dejamos eso para resolverlo en otro momento, tenemos muchos recursos para escaquearnos de aquello que nos pudiera resultar duro en la vida.

¿Les estaría pasando algo así a los discípulos, sobre todo después de aquellos anuncios que Jesús estaba haciendo de lo que iba a suceder en Jerusalén donde ahora estaban subiendo? Bueno, en alguna ocasión alguno de los discípulos, en este caso Pedro, trata de disuadir a Jesús de que lo que estaba anunciando no podía pasar y tratando de quitárselo de la cabeza.

Ahora parece como si no hubieran oído a Jesús. Llevaban sus cosas en la cabeza, sobre todo los hijos del Zebedeo, que se valen de madre un poco para cambiar de conversación, o mejor, para llevar la conversación con Jesús por otros derroteros que podían ser sus intereses. No en vano eran parientes de Jesús, y en esos momentos que se avecinaban según el sentido que ellos tenían de lo que había de ser el Mesías, era bueno estar cerca de Jesús, o mejor lograr que Jesús, porque eran sus parientes, los colocara en lugares importantes. Muchas veces habían discutido entre ellos quien sería el más importante cuando llegara la hora del Reino, pero no era cuestión de estar discutiendo entre ellos, sino ir directamente a Jesús. ¿Qué mejor que la madre sirviera de embajadora, de intercesora?

Cómo se parece esa situación a tantas que podemos ver en nuestro entorno social; influencias, recomendaciones, manipulaciones de cosas y de personas, cercanías interesadas a ver qué es lo que puede caer, utilización de los medios que sea con tal de ganarse a quien pudiera conseguirnos algo importante en la empresa, en la sociedad, en los lugares de trabajo. Con más o menos parecido siempre las cosas se repiten, las ambiciones que llevamos en el corazón nos empujarán a actuar de manera semejante con tal de conseguir lo que anhelamos.

Jesús había hablado claro de todo lo que iba a suceder en Jerusalén; les estaba anunciando el momento de la entrega y del sacrificio, el Hijo del Hombre sería entregado en manos de los gentiles… pero no lo entendían, ni querían entenderlo, porque las cosas iban a suceder de otra manera, y allí estaban con sus ambiciones. Pero Jesús no cambia la meta ni olvida el camino. Parece que estos discípulos están dispuestos a grandes cosas – o al menos esas son las ambiciones que llevan en el corazón – y Jesús les preguntará si están dispuestos a beber el cáliz que El ha de beber. No sabemos bien si ellos estaban entendiendo lo que Jesús les preguntaba, pero con tal de conseguir sus ambiciones, estaban dispuestos a todo. El cáliz lo beberían, pero los primeros puestos no eran para ellos, los primeros puestos estaban reservados para lo que fueran capaces de ser los últimos, de ser los servidores de todos.

Claro que los demás están viendo las jugadas de los Zebedeos y por allá andan por detrás con sus quejas y sus inquietudes, que en el fondo reflejaban también lo que eran sus ambiciones. Les quedaba mucho camino que recorrer, muchos pasos que dar, muchos abrir los ojos y los oídos del corazón para escuchar a Jesús, para ver y llegar a entender el camino de Jesús. Tendrían que pasar la pascua, aunque los miedos se les metieran en el alma, solamente después de contemplar a Jesús resucitado, cuando reciban el Espíritu de Jesús llegarán a entenderlo. 

¿Nos seguirá pasando a nosotros lo mismo? ¿Seguiremos también con nuestras mentes cerradas? ¿Seguiremos haciéndonos una imagen de la Pascua de Jesús que muchas veces no coincide con lo que es de verdad la Pascua? ¿También a nosotros nos sucederá que no queremos escuchar, que le damos la vuelta a las cosas para seguir con lo nuestro, pero no damos el necesario paso para vivir una autentica pascua? Que este camino cuaresmal que estamos haciendo nos ayude, nos abra los ojos del corazón, escuchemos de verdad Jesús en su anuncio de pascua.

No tengamos miedo de subir con Jesús a Jerusalén para la Pascua.

martes, 15 de marzo de 2022

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino


 

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Hemos de estar preparados para afrontar los retos que nos presenta la vida, es cierto; podíamos decir que la vida cada día es más compleja, surgen problemas nuevos, hay mayor diversidad de pareceres y opiniones y bien sabemos que no es cuestión de hacer las cosas así como por rutina, porque siempre se ha hecho así, sino que tenemos que afrontar nuevos retos y nuevos estilos, problemas que se nos van presentando en esa complejidad de la población en la que vivimos, avance que se va realizando técnicamente y también en el orden del pensamiento. Como decíamos, nos exige preparación, profundización en nuestro pensamiento, revisión de muchas cosas, tener fundamentos sólidos en aquello que vamos presentando.

Cuando hablamos de preparación podemos hablar de estudios, podemos hablar de profundización de nuestro propio pensamiento, podemos hablar de nuevas categorías académicas que van surgiendo, pero también nos podemos ir encontrando como diversos y distintos escalones en los que la misma población se va situando. Y es ahí donde aparecen títulos y reconocimientos que en un momento dado en ese orgullo de aquello que hacemos o que hemos conseguido nos puede llevar a subirnos en pedestales que nos alejan, en jaulas que nos encierran, en distanciamientos que nos creamos entre unos y otros.

Esos escalones de crecimiento intelectual, por llamarlo de alguna manera, que vamos consiguiendo en nuestro camino de preparación y profundización, ¿qué finalidad tiene?, podríamos preguntarnos. Todo siempre tendría que tener una función de servicio a esa comunidad a la que pertenecemos, porque esos respuestas que vamos encontrando, ese avance que vamos realizando tendría que ser siempre en función de ese servicio, función del bien de esa comunidad. Pero algunas veces tenemos la tendencia a encasquillarnos en nuestros saberes creando un aislamiento de cuanto nos rodea, y fundamentalmente creando un aislamiento de esos hermanos nuestros a los que estamos llamados a servir.

Hoy Jesús nos previene. El quiere un nuevo estilo de comunidad, un nuevo sentido de humanidad; un mundo en el que desterremos todo aquello que nos pueda distanciar y separar; un mundo de comunión en el que tenemos que saber caminar juntos aportando cada uno desde sus valores, desde sus cualidades y capacidades, un mundo donde nunca nos pongamos unos sobre otros, sino que sepamos caminar codo con codo; un mundo de sencillez donde desterremos los alardes que puedan crear distinciones entre nosotros, un mundo en que en verdad nos sintamos hermanos.

Puede parecer una utopía, pero es algo que podemos hacer realidad. No son sueños vanos, sino realidades que tenemos que crear; por eso nadie puede estar en un pedestal superior; un mundo donde desterremos categorías y jerarquías que nos quieran hacer depender los unos de los otros. Por eso, hoy claramente nos dice, fuera los títulos que crean esas distinciones. Ya en otro momento nos dirá que la verdadera grandeza está en el servicio, en poner a disposición de todos aquello que somos.

Nada de imponer sobre los demás lo que nosotros no seamos capaces de hacer. Nada de apariencias vanidosas en que nos llenemos de adornos que crean diferencias ni de títulos que nos suban a pedestales. Ni nos llamemos maestros, ni nos llamemos padres de nadie, porque todos somos hermanos y todos estamos haciendo el mismo camino. Nada de búsquedas de reverencias ni halagos, porque nos creamos más merecedores que los demás. Nada de reconocimientos honoríficos, sino todos caminos en la sencillez y en la humildad.

lunes, 14 de marzo de 2022

Aprendamos a usar las medidas de Dios que son siempre colmadas y rebosantes porque su amor es infinitamente misericordioso

 


Aprendamos a usar las medidas de Dios que son siempre colmadas y rebosantes porque su amor es infinitamente misericordioso

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Dios siempre nos gana. Aunque algunas veces nosotros andamos cuantificando cuanto hacemos, el amor de Dios va por delante. Ya nos dirá sabiamente san Juan en sus cartas que ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’; y ¡con qué amor!, tenemos que reconocer nosotros.

Cuando nos parece que no somos escuchados por Dios o que no nos concede todo lo que le pedimos y tal como nosotros lo pedimos, queremos hacer nuestras listas de todas las cosas buenas que hemos hecho y siempre nos parecerá que la lista es grande. Pero no somos capaces de terminar de ver todo lo que es el amor que Dios nos tiene, y que siempre será un amor infinito. Mientras que nosotros andamos con nuestras mezquindades, raquíticos y tacaños. No nos trata Dios como merecen nuestros pecados, sino que siempre nos veremos envueltos por la compasión y por la misericordia.

Y hoy nos habla Jesús de la misericordia con que nosotros tenemos que actuar, pero cuya medida y modelo es la misericordia de Dios. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. La medida es la medida de Dios, ‘como vuestro Padre es misericordioso’.

Ya sabemos lo raquíticas que son nuestras medidas, siempre estamos viendo hasta dónde llegamos, o los límites que les ponemos según hayan sido con nosotros, o la mayor o menos simpatía que podamos sentir por esas personas, o los prejuicios con los que andamos porque según quien sea o de donde proceda, o la cantidad de cosas que en otras ocasiones haya podido hacer con nosotros que vamos acumulando; cuántas veces decimos ‘estoy hasta el gorro’ porque quizás una y otra vez han vuelto a repetir aquello que nos desagrada, o aquello que se preguntaba Pedro ‘¿hasta cuántas veces tengo que perdonarle? ¿Hasta siete veces?’ Y ya nos parece una cantidad demasiado elevada.

La medida de la misericordia de Dios es bien distinta. Dios no acumula para otras ocasiones ni nos está echando en cara siempre lo que un día le hicimos, Dios siempre olvida; la mirada de Dios sobre nuestro corazón herido es tan restauradora que es renovarnos de tal manera que es como hacernos nuevos. Ya nos hablará de un nuevo nacimiento; no son remiendos que hace sobre nuestros rotos, sino que nos hará una vasija nueva, un vaso nuevo, un hombre nuevo.

Pero lo de la misericordia es mucho más que una palabra bonita, es una realidad que se va a traducir en muchas nuevas actitudes, en nuevos comportamientos hacia los demás, en nueva forma de mirar a los otros, aunque nos hayan ofendido. Por eso tenemos que borrar el juicio y la condena, siempre hemos de llevar por delante la carta del perdón, y encima tenemos que desbordar generosidad en todo momento para con todos.

Y termina diciéndonos: ‘dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’. La medida de Dios para con nosotros siempre será colmada, rebosante. Por eso como decíamos, Dios siempre va por delante, Dios siempre nos gana.

¿Cuándo aprenderemos a usar las medidas de Dios? ¿Cuándo se llenará nuestro corazón de misericordia? ¿Cuándo aprenderemos a tener esa nueva mirada, esa nueva medida para con los demás?

Hemos venido repitiendo y recordando continuamente en este cuaresma que Dios nos ama, que nos sentimos profundamente amados de Dios. Comencemos a amar de la misma manera.

 

domingo, 13 de marzo de 2022

Tenemos que entrar en la nube, entrar en esa sintonía, aislarnos de lo que está alrededor, olvidarnos quizás de nuestros afanes y agobios, tenemos que abrirnos a Dios

 


Tenemos que entrar en la nube, entrar en esa sintonía, aislarnos de lo que está alrededor, olvidarnos quizás de nuestros afanes y agobios, tenemos que abrirnos a Dios

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17 – 4, 1; Lucas 9, 28b-36

¡Qué bueno está esto!, habremos dicho en más de una ocasión. Un lugar agradable, una agradable compañía quizás, unos momentos de convivencia y de fiesta en que lo pasamos bien, alguna experiencia de algo sorprendente por lo inesperado  pero que dejó buena experiencia en nosotros. Lo expresamos en ese momento, o más tarde lo recordaremos y lo comentaremos con los amigos que tuvimos la misma experiencia, rememorando momentos, anécdotas, conversaciones, experiencias tenidas, recuerdos.

Experiencias humanas agradables que tenemos en la vida. Que desearíamos quizás que se repitieran, aunque nos parezca que ya no va a ser igual, porque lo inesperado siempre le añade un nuevo y distinto sabor. Pero quizás tendríamos que preguntarnos si así son nuestras experiencias religiosas. ¿Las recordamos a posteriori como algo irrepetible? Detrás de esta última pregunta pudieran surgir muchos interrogantes sobre nuestras celebraciones y experiencias religiosas.

Porque quizás muchas veces más que el recuerdo y el deseo de repetir dichas buenas experiencias se nos diluye o acaso sutilmente evitamos esas cosas. Nos habrá pasado a nosotros en la respuesta que hayamos dado a una invitación, o quizás ha sido lo que alguien nos ha respondido cuando le hemos invitado a alguna celebración, o a algún momento espiritual especial. ‘Cuánto me gustaría ir… a mi me gustan mucho esas cosas… pero es que ahora… tengo tantas cosas que hacer… no tengo tiempo… voy a ver si un día me libero de algunas de estas cosas y puedo asistir…’ Respuestas así - ¿disculpas o formas de escaquearnos? - habremos dado o nos han dado quizás.

Pero bueno, vayamos al evangelio. Ha motivado esta introducción la exclamación de Pedro y los discípulos ante lo que está sucediendo en la montaña. ‘Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Estaban disfrutando con la experiencia.

Habían sido especialmente escogidos por Jesús para llevarlos con El cuando se subió a aquella montaña alta para orar. A lo largo del evangelio san Lucas nos presentará a Jesús orando sobre todo en momentos importantes. Ahora van subiendo a Jerusalén y Jesús les está anunciando algo que a los discípulos les costará aceptar. Subían a Jerusalén para la Pascua y aquella Pascua iba a ser algo especial. El momento para Jesús humanamente también es difícil porque sabe a lo que se enfrenta. Pero por medio está la oración.

La oración, que hace sentir siempre de manera especial la presencia de Dios en la vida, en el camino, en las situaciones con las que vamos a enfrentarnos. Decimos muchas veces que pedimos ayuda, como diría Jesús también en oración de Getsemaní que pase de mí este cáliz, y Dios se hace presente. Es la experiencia del Tabor que hoy contemplamos en el evangelio. En ese momento de oración aparecen la Ley y los Profetas representados en las figuras de Moisés y Elías; es la búsqueda de lo que es la voluntad del Señor, es ese abrirnos a Dios para llenarnos de su presencia. Por eso allí en el Tabor se ven envueltos por la nube, envueltos por la presencia de Dios.


Entrar en la nube nos puede producir desazón, intranquilidad porque nos parece que no vamos a ver más allá, pero aquí es la nube de la presencia de Dios. Y Dios nos hará ver, Dios se hará escuchar allá en lo más hondo del corazón. Tenemos que entrar en la nube, tenemos que entrar en esa sintonía, tenemos que aislarnos de lo que está alrededor, tenemos que olvidarnos quizás de nuestros afanes y preocupaciones, tenemos que abrirnos a Dios. ‘Este es mi Hijo, el elegido, escuchadle’.

Es lo que queremos hacer. vamos a quitar nuestros miedos, nuestras dudas, nuestras incertidumbres, las elucubraciones que nos hacemos ante las situaciones que están por venir, nuestros sueños que algunas veces pueden volverse oscuros y por eso inquietantes. Vamos a dejarnos conducir. Escuchemos allá en lo hondo del corazón el susurro de la presencia de Dios. Presencia que se hace luz para nosotros, presencia que nos llena de fortaleza, presencia que nos quita nuestros miedos, presencia que nos impulsa a bajar de la montaña para ir de nuevo a la llanura de la vida donde tanto tenemos que hacer, presencia que nos impulsa a seguir caminando, a realizar nuestra subida a Jerusalén, nuestra subida a la Pascua, presencia que nos recuerda los resplandores de la resurrección. Y es que a ese Jesús le vemos transfigurado con resplandores de resurrección y eso para nosotros tiene que convertirse en esperanza.

Vivamos con intensidad estos momentos en este camino cuaresmal, y en esta cuaresma concreta que ahora estamos viviendo. Sigamos haciendo el camino llenos de esperanza. Sigamos poniendo toda nuestra confianza en el Señor. Subamos a la montaña con El que a eso nos está invitando. No busquemos disculpas. Que podamos decir al final ‘¡Qué bueno es estar aquí!’

 

sábado, 12 de marzo de 2022

Porque nos sentimos amados, nos vemos impulsados a amar también entrando en una órbita que nos lleva por caminos de plenitud como perfecto es el Padre Dios que nos ama

 


Porque nos sentimos amados, nos vemos impulsados a amar también entrando en una órbita que nos lleva por caminos de plenitud como perfecto es el Padre Dios que nos ama

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48

El que se siente amado se ve impulsado a amar también. Es una experiencia maravillosa el sentirse amado. Sabes que tú le importas a alguien. Sabes que se te valora y se te tiene en cuenta. Sabes que tú eres importante para alguien cuando te considera digno de su amor. Por eso las experiencias negativas son tan traumatizantes. En todos los sentidos, en todos los seres que tienen sentimientos. Quien no ha experimentado en si mismo lo que es el recibir el amor de alguien se siente incapaz de amar, podríamos decir que aunque es algo innato en la persona sin embargo no ha aprendido a amar.

Lo necesitamos en todos los caminos de la vida; lo necesitamos para nuestras relaciones con los demás; lo necesitamos para tener amigos; lo necesitamos en el seno familiar que tendría que ser la mejor cuna y escuela del amor; lo necesitamos para comprender el sentido de la vida; lo necesitamos para aprender a valorar la vida misma y para comprender el mundo en el que vivimos y nuestro lugar en él. Es importante sentirnos amados.

Es la base y el fundamento que da sentido a nuestra vida, es la base y el fundamento de nuestra fe. Porque es el amor de Dios el que nos llama, Es el amor que se nos descubre y que nos hace buscar y responder. Es el amor de Dios el que nos abre caminos para ir no solo al encuentro con el Dios que nos ama, sentirnos gozosamente amados por El, sino que nos llevará necesariamente al encuentro con los demás porque nos pone en el camino del amor verdadero.

Cuando nos sentimos amados de Dios nuestros ojos, nuestra vida se abre a una nueva visión. Es una claridad que llega a nuestra vida y disipa las sombras; es una claridad que nos hace mirar con una visión nueva y distinta cuanto nos rodea, que nos hace mirar con una visión y nueva y distinta a los demás. Ellos también son amados de Dios y eso nos hace amar nosotros también.

Y Dios nos ama no porque nosotros hagamos merecimientos, sino que es una muestra de su generosidad, es iniciativa de Dios, es el mismo ser de Dios que es amor que nos ama y nos hace sus hijos. Daremos o no daremos respuesta, pero Dios sigue amándonos, Dios sigue llamándonos con sus señales de amor, Dios quiere tenernos junto a sí. ¿No tendremos, pues, que dar esas mismas señales de amor para con los demás?

Por eso nuestro amor tiene que hacerse generosamente ilimitado; no caben ni límites ni excepciones; no tienen sentido las discriminaciones; romperá siempre fronteras porque se hace universal como lo es el amor de Dios. Hoy nos habla Jesús del amor a los enemigos, porque cuando comenzamos a amar de verdad se tuvieron que acabar para siempre los enemigos; cuando comenzamos a amar de verdad se curaron las heridas y se borraron las cicatrices que pudieran quedar. Por eso nos dirá Jesús que incluso tenemos que rezar por aquellos que pudieran habernos hecho daño. Y todo ¿por qué? Porque queremos sentirnos de verdad hijos de Dios.

Por eso nos da esos detalles tan bonitos Jesús. ‘Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Algo distinto tiene que ser nuestra vida cuando nos sentimos amados de Dios. Con un amor distinto comenzaremos a amar. Y es que estamos entrando en una órbita que nos lleva a la plenitud, una órbita en crecimiento continuo porque termina diciéndonos ‘sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.

¿Queremos algo más hermoso?

viernes, 11 de marzo de 2022

Un camino de ascensión, de superación, de crecimiento interior, que exige nuevas actitudes, nuevos valores, nuevo sentido de nuestro vivir, porque nos sentimos amados de Dios

 


Un camino de ascensión, de superación, de crecimiento interior, que exige nuevas actitudes, nuevos valores, nuevo sentido de nuestro vivir, porque nos sentimos amados de Dios

Ezequiel 18, 21-28; Sal 129;  Mateo 5, 20-26

Bueno, yo como todos; ya intento ser bueno, portarme bien con mis amigos, ayudo a los que me ayudan, tampoco es que quiera estar a mal con nadie, pero si me dejan de hablar eso es su problema. Algo así pensamos algunas veces, y vamos intentando llevar la vida sin mayores problemas, pero tampoco complicándome demasiado y comprometiéndome a hacer lo que buenamente se pueda hacer.

¿No será ciertamente una vida ramplona, donde poco esfuerzo hacemos por hacer algo distinto? Nos vamos dejando llevar por las cosas que van saliendo, pero a mí que no me compliquen la vida, nos decimos. Y hablamos las mismas palabras que todos y ni siquiera nos planteamos lo ofensivas que puedan ser esas palabras, y tenemos las mismas actitudes que todos en nuestras relaciones con los demás, con los resentimientos de todos, con el orgullo y el amor propio a flor de piel como todos, con nuestros gestos tan llenos de violencia muchas veces, como todos. Y además hasta nos llegamos a decir que ya con eso somos buenos cristianos. ¿Se parece una vida así con lo que hoy nos propone el evangelio?

Ya Jesús, de entrada, nos dice que algo más tiene que haber en nuestra vida si es que en verdad queremos buscar el reino de los cielos. ‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’. Era en cierto modo el modelo que se trataba de proponer en aquellos tiempos de Jesús. Los fariseos eran unos personajes de gran influencia en la sociedad de entonces y ellos se decían los cumplidores; los escribas – muchos de ellos de la secta de los fariseos – eran los que impartían las enseñanzas al pueblo explicando la Ley. Y Jesús le dice tajantemente que si no son mejores que los escribas y fariseos, de ellos no eran el Reino de los cielos. Algo nuevo quería ofrecernos Jesús.

Hoy nos señala Jesús cosas muy concretas en nuestras relaciones con los demás, pero bien sabemos que lo que hoy escuchamos está dentro del llamado sermón del monte, donde Jesús nos propone esas actitudes, gestos y posturas nuevas, nueva forma de hacer las cosas, que hemos de tener los que queremos vivir el Reino de Dios.

Yo no mato ni robo, decimos también nosotros tantas veces y ya nos creemos que lo tenemos todo hecho. Pero quizás le quitamos la fama a los demás con nuestras murmuraciones, quizás somos violentos con nuestras palabras que se convierten en ofensivas, discriminatorias, violentas muchas veces con las que humillamos a los que están a nuestro lado y quizá los queremos ver distintos por distintas circunstancias de su vida, quizá nos respetamos la dignidad de toda persona ni la valoramos, quizás mantenemos nuestros resentimientos que no olvidamos porque algo que un día no nos agradó…

Por eso nos dice clara y tajantemente Jesús: ‘Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.

Ya cuando nos enseña a orar nos enseña a que si nosotros le pedimos perdón a Dios, es porque hemos aprendido ese camino de misericordia y somos capaces de perdonar de corazón a nuestro hermano. Por eso tenemos que ser capaces de perdonar, pero también de pedir perdón para ser perdonados. Tenemos que ser siempre ministros de reconciliación.

No es cuestión solo de que intentemos ser buenos; no es cuestión de que seamos como todos. Es un camino de ascensión, de superación, de crecimiento interior, que nos exige nuevas actitudes, nuevos valores, nuevo sentido de nuestro vivir. Todo, porque nos sentimos amados de Dios.

 

jueves, 10 de marzo de 2022

Que Dios ponga en nuestros labios la palabra oportuna y se haga presente en aquella situación por la que le estamos pidiendo en nuestra oración

 


Que Dios ponga en nuestros labios la palabra oportuna y se haga presente en aquella situación por la que le estamos pidiendo en nuestra oración

Ester 4, 17k. l-z; Sal 137; Mateo 7, 7-12

 ‘Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos…’ Era la súplica de la reina Esther al Señor en su tribulación. Había de interceder ante el rey por la vida de su pueblo y humilde se postra ante el Señor en su oración y pide que Dios esté en sus labios en el momento de la súplica para tener las palabras acertadas.

Me recuerda la oración de aquella buena mujer, como ella misma le contara al médico antes de su operación, en la que pedía al Señor que estuviera en las manos del médico, en sus dedos mientras realizaba la operación quirúrgica para que hiciera lo más acertado.

Eso es en cierto modo la oración. Pedimos y suplicamos al Señor en nuestras necesidades, en los problemas de la vida, o por los problemas que nos vamos encontrando en el día a día de nuestro mundo y sociedad. Parece como que nuestra oración es el deseo de que se haga y se cumpla lo que le pedimos al Señor y tal como nosotros se lo pedimos. Podríamos decir que eso es lo elemental. Pero el verdadero creyente, el hijo de Dios que se siente amado por su Dios realmente lo que le pide es que Dios se haga presente en su vida, se haga presente en aquella situación, se haga presente en aquellas personas por las que pedimos.

‘Pon en mis labios una palabra oportuna…’ que decía la reina Esther, que Dios esté en sus manos mientras realiza la operación que pedía aquella buena mujer. Que Dios esté con nosotros en esa situación y sintiendo esa presencia de Dios en nosotros distinta será aquella situación, distinto será aquel momento, distinta será la forma como nos enfrentamos a esas circunstancias de la vida por las que hemos de pasar.

Como hemos dicho en otros momentos estos mismos días, nuestra oración siempre ha de comenzar porque nos sentimos amados de Dios; y si nos sentimos amados de Dios de alguna manera se va a manifestar ese amor de Dios en nuestra vida; primero, porque nuestro espíritu se llenará de paz, nuestra oración no será una oración angustiada sino que mantendremos la serenidad en nuestro espíritu sea cual sea el problema, la necesidad, la situación.

La respuesta a esa nuestra súplica se podrá quizá de forma distinta a como nosotros pedíamos pero sabiendo siempre que el amor de Padre que Dios nos tiene nos dará lo mejor que nosotros necesitamos, entonces aprenderemos a dejarnos conducir por el espíritu del Señor, entonces aprenderemos a afrontar la vida con sus necesidades o problemas de una forma distinta.

Hoy Jesús en el evangelio nos insiste en que hemos de orar continuamente al Señor y con confianza, porque sabemos que Dios es nuestro Padre y nos ama. Por eso comenzaremos nuestra oración dirigiéndonos a Dios con esa hermosa palabra, Padre. Y en ese amor de Dios sentimos que Dios está con nosotros, Dios camina a nuestro lado en esos momentos difíciles u oscuros por los que tengamos que pasar, Dios se hará presente en ese mundo que tanto le necesita e irá inspirando a aquellos que tienen en sus manos la posibilidad de que se hagan las cosas mejor o se solucionen los problemas, o encontremos la paz, como ahora mismo tan necesitamos.

Aprendamos a pedir que sintamos siempre esa presencia de Dios en nosotros. Sabemos que nos ama, nos sentimos en verdad sus hijos.

miércoles, 9 de marzo de 2022

Jesús es el gran signo de que con el amor se transformará el mundo, pero nuestra vida tiene que ser signo de ese amor y de ese mensaje de Jesús porque el mundo nos necesita


Jesús es el gran signo de que con el amor se transformará el mundo, pero nuestra vida tiene que ser signo de ese amor y de ese mensaje de Jesús porque el mundo nos necesita

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

Algunas veces sucede que en un lugar parece que las cosas no terminan de funcionar; parece un pueblo difícil, conflictivo donde a la gente le cuesta relacionarse, donde surgen con frecuencia conflictos entre unos y otros, porque parece que si empre están irascibles y aunque los dirigentes del pueblo intentan por todos los medios buscar la reconciliación y el encuentro entre los vecinos, cada vez se hace más difícil; incluso aquellos que tendrían que trabajar para que el pueblo sea distinto se sienten cansados y no saben qué hacer.

Por las circunstancias que sean, no vamos a entrar en ello, aparece alguien por aquel pueblo que intenta llevarse bien con todo el mundo, que intenta dialogar con todos, que se da cuenta de la situación que viven los vecinos y comienza a idear cosas para hacer que se encuentren, proponer trabajos comunes pero sencillos donde a la gente no le cueste tanto colaborar, y poco a poco va logrando que algunos vecinos colaboren, comiencen a animar a los demás, y esa bondad de aquel hombre parece que se va contagiando entre todos, y con el paso del tiempo, no mucho, aquello ha cambiado.

¿Qué había cambiado o qué les había hecho cambiar? La bondad y la paciencia de aquel hombre se había convertido en un signo para aquellas gentes, que les hablaba en el signo en si mismo de cómo se podía vivir de otra manera, que era posible el tratarse con bondad los unos a los otros, que la colaboración entre todos era lo que podía hacer que aquel pueblo fuese a mejor. La llegada de aquel hombre, podríamos decir, fue un signo salvador, un signo de esperanza, un signo que transformó el corazón de aquellas personas.

Estamos hablando del signo; un signo que llama la atención, un signo que atrae y hacer a unos y otros preguntarse por qué las cosas no podían ser distintas, un signo que les impulsó a transformarse de cada uno en particular atraídos por la bondad de aquella persona y que lograría la transformación de aquella comunidad.

Hoy el evangelio nos habla de signos también. Le piden a Jesús un signo para creer en El; y cuando la gente pedía signos estaban pidiendo milagros, cosas extraordinarias; pero algunas veces – la mayoría podríamos decir – vienen desde las cosas más sencillas. Jesús es cierto había realizado muchos milagros que podían ser signos para aquellas gentes; de hecho el evangelista muchas veces utiliza esa expresión de signo en lugar de milagro. Pero aun no terminan de creer. Muchas veces incluso se convierten en cosas contradictorias, porque mientras unos alaban a Dios por las obras que realiza Jesús, otros sin embargo, como tantas veces hemos visto, le atribuyen a Jesús el poder del príncipe de los demonios.

¿Qué responde hoy Jesús a la petición que le están haciendo? ‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación’.

Jonás había sido un signo de esa llamada de Dios a Nínive y habían respondido.  ¿Qué había hecho Jonás? Sabemos que él mismo en principio se había rebelado contra la misión que le Dios le confiaba. Hay una serie de hecho que ya conocemos por los que Jonás fue el primero que se convirtió al Señor; y ahora su vida y su palabra se había convertido en un signo para aquellas gentes que también se convierten a Dios. Y Jesús concluye ‘lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’.


Ya el signo no es Jonás, sino que el signo será Jesús mismo. Está no solo su predicación y enseñanza, pero está sobre todo su vida. Su vida que fue entrega hasta el final; su vida que fue decirnos que es posible el amor; su vida que fue la señal de que el amor de verdad será el que transformará el mundo; su amor que le llevará a la muerte para darnos vida; no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús, contemplar su amor, empaparnos de su amor, vivir en el estilo de su amor y nuestra vida se transformará y nuestro mundo será también mejor.

¿No tendríamos que ser también nosotros signos para esta generación? Los cristianos estamos llamados a ser signos en medio de nuestro mundo. Con nuestra vida y con nuestro amor tenemos que decir que es posible el amor, que el amor será el que en verdad redimirá el mundo. Que así nos sintamos transformados para que también otros se transformen. El mundo lo necesita.

 

martes, 8 de marzo de 2022

No digamos muchas palabras, simplemente gocémonos sintiéndonos amados de Dios de manera que le digamos Padre

 


No digamos muchas palabras, simplemente gocémonos sintiéndonos amados de Dios de manera que le digamos Padre

Isaías 55, 10-11; Sal 33;  Mateo 6, 7-15

Cuando la gente se siente querida, se siente feliz; cuando la gente se siente querida, se siente valorada: cuando la gente se siente querida se disipan las tinieblas y las dudas que podamos tener hasta de nosotros mismos; cuando la gente se siente querida, se siente con ganas de correr al encuentro con los demás, de compartir esa alegría nueva que lleva en su interior; cuando la gente se siente querido comenzará a mirar la vida, cuanto le rodea de forma distinta; cuando la gente se siente querida, comenzará a amar de una manera nueva a los que están a su alrededor; el mundo se llena de colores, todo comienza a verse con optimismo y con esperanza.

Nos hace falta sentirnos queridos; todavía quedan muchas malquerencias, muchos odios y muchas violencias, no hemos sabido aun encontrar los caminos que nos llevan a la paz porque nuestro corazón está aun cerrado, le hemos puesto el cartelito de nuestras desconfianzas y no respondemos a ningún estímulo ni a ninguna llamada. Aprendamos a sentirnos queridos, porque hay quien nos está ofreciendo siempre su amor.  Mientras no lo aprendamos, mientras no lo experimentemos seguiremos rezando mal el padrenuestro.

Hoy Jesús nos dice que cuando recemos no usemos muchas palabras, como los que piensan que por muchas palabras van a ser mejor entendidos. Claro que es lo que seguimos haciendo,  nos ponemos a repetir y a repetir palabras de manera que muchas veces nuestra oración se hace cansina y aburrida. Al final lo que estamos haciendo es eso que Jesús quiere que no hagamos, y hasta se nos hace aburrida nuestra oración.

Lo primero que nos dice Jesús que digamos es fundamental y tenemos que decirlo sintiendo de verdad las palabras que empleamos. Es la palabra más hermosa, la palabra con que habitualmente nos dirigimos a nuestro papá. ¡Padre! Claro que no le decimos padre a cualquiera; le decimos padre al que sabemos bien que nos ama; es ese padre que nos ha engendrado para la vida y ha estado junto a nosotros ofreciéndonos su cariño y su amor, preocupándose por nosotros queriendo ofrecernos lo mejor y procurando que nada nos falte o nos pueda dañar. Sí, me estoy refiriendo a ese papá de la tierra, con el que formamos familia, a quien nos dirigimos con confianza y al que escuchamos con amor, porque sabemos que siempre nos ama.

Hoy nos encontramos a mucha gente que tiene esa carencia de amor y cuando encuentra a alguien que le aprecia y busca lo mejor para él, que le abre el corazón y con quien se puede confiar, porque quizá por otra parte no han tenido esa experiencia de amor en la propia familia, comienzan también a llamarle padre, a llamarle papá. Mucha gente así nos encontramos en la vida que están buscando sentirse queridos, sentirse amados y allí donde encuentran esa acogida y esa comprensión, le ponen también todo su amor.

Pero estoy hablando de estas experiencias humanas, que algunas veces pueden ser tan diversas, porque es en lo que Jesús quiso fijarse y tener en cuenta para que así fuéramos capaces de experimentar ese amor de Dios. Por eso nos dice que orar es decir Padre. Y le decimos Padre porque nos sentimos amados. ¡Qué grande es el amor que Dios nos tiene! No podemos ir, pues, a la oración sin que sepamos llevar ese gozo en el alma de sentir que somos amados de Dios. Con esa palabra, con esa experiencia de amor está todo dicho, no hacen falta más palabras.

Fijamos que inmediatamente que decimos Padre, decimos Padre nuestro; es que sintiéndonos amados ya comenzamos a mirar de forma distinta a los demás porque nos damos cuenta de que ellos son también amados de Dios, y por eso nos sentimos hermanos, y por eso diremos a Dios, Padre nuestro.

Ya todo lo demás en la oración fluirá de forma espontánea porque ¿cómo no vamos a buscar siempre lo que es su voluntad que siempre nos ofrecerá los caminos mejores? ¿Cómo no nos vamos a sentir con la confianza de que no nos veremos abandonados y no nos faltará el pan de cada día? ¿Cómo no vamos a sentir dolor en el corazón cuando algo malo hacemos o tenemos que sufrir de los demás, pero sabiendo que en su amor tenemos asegurada su misericordia y su perdón, que será la manera con que nosotros tratemos siempre a los demás? ¿Cómo no nos vamos a sentir seguros en nuestros caminos si sabemos que sus Ángeles nos llevarán en las palmas de sus manos para librarnos del peligro, para no dejarnos caer en la tentación del mal?

Gustemos esa palabra, padre, gustemos lo que es el amor de Dios y nuestra vida será distinta, y llevaremos siempre la alegría en el corazón, y llenaremos el mundo de color, y sabremos encontrar los caminos de la verdadera paz.

Ya, como un aparte o una conclusión, en los momentos difíciles que estamos viviendo en este momento, reza en este sentido el Padrenuestro y lograremos que vuelva la paz a nuestro mundo.

lunes, 7 de marzo de 2022

Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan juntos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos para encontrarnos con Jesús

 


Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan juntos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos para encontrarnos con Jesús

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46

‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Lo tremendo sería que todavía siguiéramos haciéndonos esa pregunta queriendo pasar por ignorantes y que nada saben. Terrible seríamos aun más si fuéramos tan cegatos que no seamos capaces de ver a ese hambriento, o desnudo, o enfermo con el que nos vamos tropezando a cada rato.

Vamos de insensibles por la vida;  nos sensibilizamos quizás en cosas que nos pueden tocar directamente a nosotros y entonces nos convertimos en plañideras que no terminamos de hacernos lamentaciones, porque nos pasó esto o aquello y nadie hizo nada por nosotros. Para eso estamos pronto; cuando son problemas que nos afectan directamente o son asuntos que atañen a aquellos que consideramos como de los nuestros, nuestros amigos, nuestra familia, los que son de nuestro sentir o están en la misma cuerda social que nosotros, entonces levantamos la voz, damos gritos, ponemos pancartas, hacemos manifestaciones, y clamamos por la justicia y por los derechos de aquellos que a nosotros nos parece que han sido conculcados.

Pero llegar a tener una visión tal como nos la ofrece hoy el evangelio donde Jesús se está situando en la persona que sufre y lo que hagamos o dejemos de hacer a esas personas es como si se lo  hiciéramos a Cristo, eso es algo que nos cuesta más.  Jesús nos está diciendo que cuando no socorrimos al hambriento, al desnudo, al huérfano, al desplazado que llega a nuestra puerta es como si se lo hubiéramos hecho a El. Pero esa visión nos cuesta más tenerla.

Y Jesús aquí no hace rebajas, como nosotros estaríamos dispuestos a pedirlas que para eso si estamos al tanto. Jesús habla con radicalidad, porque nos está hablando de juicio final y definitivo donde podríamos vernos sorprendidos cuando pensábamos que nosotros éramos tan cumplidores que pagábamos el diezmo hasta por el comino. Nosotros que no faltábamos a Misa,  nosotros que asistíamos siempre a las procesiones de semana santa, nosotros que ‘echábamos una peonada’ para que luego nos acompañaran a nosotros cuando asistíamos al entierro de un vecino o de un compañero de trabajo. Si somos tan cumplidores, pensamos, y viene Jesús nos sale con otras historias que nos dejan descolocados. Lo que hagamos o dejemos de hacer a cualquiera de los hermanos en sus situaciones de dolor o en sus situaciones difíciles, es como si se lo hubiéramos hecho a Jesús.

Por eso Jesús dejaba descolocados a aquellos que entonces le escuchaban. Muy preocupados por el culto en el templo, por los sacrificios que cada día se ofrecían, de cumplir con el ayuno o guardar más que religiosamente el descanso sabático, y ahora Jesús les dice que lo que hagan o dejen de hacer a los demás tiene mucha más importancia. Es el orden nuevo que Jesús viene a proponernos, es el verdadero sentido del Reino de Dios, donde es importante el culto que le demos a Dios y el respeto a su santo nombre, pero es igualmente importante el respeto que le tengamos a los demás, el amor que les manifestemos, o la misericordia y compasión con que los tratemos.

Y nosotros todavía seguiremos preguntándonos que cuándo fue que no vestimos su desnudez, no calmamos su sed, o lo dejamos abandonado en su soledad de la enfermedad o de la ancianidad.

Hay que cambiar el chip. Tenemos que cambiar la manera de ver las cosas. Tenemos que entrar en otra órbita porque por la que solemos ir aunque creamos que nos está llevando a Dios, realmente nos está alejando cada vez más de El. Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan junto a ellos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos; si así nos vamos encontrando con el hermano que sufre, estaremos cada día más cerca de Dios, porque estaremos encontrándonos con Jesús, y desde ese momento todo comenzará a tener una nueva luz.

domingo, 6 de marzo de 2022

Dejemos que la Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve a que Dios sea el único Señor de nuestra vida

 


Dejemos que la Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve a que Dios sea el único Señor de nuestra vida

Deuteronomio 26, 4–10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

Hemos emprendido el camino de la Cuaresma un año más. Pero así de entrada me atrevo a decir que no es pensar en un año más que vamos a hacer este camino, sino que tiene que ser el camino que aquí y ahora, este año concreto, tenemos que emprender. Aunque nos parezca repetición, no la hay; aunque se nos ofrezcan unos mismos textos litúrgicos bien sabemos que la Palabra de Dios llega en el hoy concreto de la vida que vivimos y es por lo que para nosotros es Evangelio, es Buena Noticia, porque es noticia que de Dios nos llega hoy a nuestra vida. Por eso no vamos a decir un año más, sino el camino que hoy, este año hemos de realizar con sus circunstancias concretas.

Un camino que nos obliga a hacernos preguntas, porque lo que ahora vivimos nos llena de incertidumbres y de angustias, nos puede hacer perder las esperanzas, o nos hace entrar en una dinámica de cansancio ante tanto que tenemos que luchar. Esas contradicciones de nuestro mundo que se llena de violencias algunas veces nos hace dudar, o nos puede llenar también de pesimismo; pero están también tantas influencias que recibimos de un lado y de otro que nos desestabilizan, no hacen que no sepamos por donde salir, o nos tientan para vivir dejándonos arrastrar por lo que nos rodea.

Si difíciles fueron las condiciones que vivimos en otros momentos recientes de nuestra historia y que arrastraron a nuestra sociedad a nuevos planteamientos o a una nueva visión de la misma realidad de la vida, ahora no es menos difícil lo que vivimos que de nuevo nos llevará también a nuevos planteamientos, a un nuevo sentido o estilo de vivir, a nuevas búsquedas. La humanidad siempre ha sentido deseos de paz pero nos vemos envueltos por las ambiciones que se transforman en violencias y que nos llenan de dolor y de muerte. Una guerra es una grave crisis para la humanidad. Y las crisis nos pueden hacer perder el pie, no sabiendo a veces donde apoyarnos para que nos sintamos seguros, nos hacen buscar nuevas seguridades, o nos pueden arrastrar a angustias de las que no sabemos cómo salir.

Tradicionalmente en este primer domingo de Cuaresma en el Evangelio se nos presentan las tentaciones de Jesús en el desierto. Diciéndolo de una manera fácil fueron momentos de crisis para Jesús. Era el momento del comienzo de su misión y ante él se abría aquel mundo al que había que anuncia una buena nueva, la buena nueva del Reino de Dios. ¿Cómo realizar aquella misión?

Se podían ofrecer caminos fáciles, pero que serían caminos muy lejanos de los valores nuevos que con el Reino de Dios se quería para la vida y para el mundo. No podían ser caminos de manipulación de nada ni de nadie; no podían ser caminos que encandilaran sino que tenían que ser caminos que llevaran al encuentro con la verdadera luz que diera sentido a la vida de las personas. Si Jesús había de presentarse como el camino y la verdad y la vida, no lo podía hacer por caminos del engaño, de vanidad, de mentira. Y era por donde lo estaba tentando el diablo.

Tienes el poder porque eres el Hijo de Dios, venía a decirle Satanás, manifiéstate con esas aureolas realizando milagros y cosas extraordinarias y la gente confiará en ti. Era el milagro de convertir las piedras en pan, porque si tenia hambre allí tenía la solución fácil, o era el ser aclamado porque si caía desde el pináculo del templo y no le pasaba nada, todos los que lo verían creerían en el. ‘No tentarás al Señor, tu Dios’, le responde Jesús. ¿Qué no damos nosotros por ser aclamados o ser tenidos en aprecio por todos llenando nuestro corazón de vanidad?

Ya veremos luego en el evangelio como Jesús estará evitando todo eso con lo que va realizando. Les prohibía a los que eran beneficiados por los milagros de su amor que hablaran de ello a los demás, porque no era ese el camino por el cual quería ser aceptado. Y nosotros seguimos pidiendo milagros para creer. Los milagros solo tenían que ser signos del nuevo reino de Dios, de cómo cuando pusiéramos a Dios en nuestra vida el mundo se iría transformando y el mal se iría venciendo.

¿Quieres en verdad un reino nuevo en que tú seas el señor de todo?, viene a decirle Satanás cuando le presenta todos los reinos del mundo desde una montaña alta. ‘Todo eso te daré si me adoras’. Los afanes de grandeza y de poder, sea como sea, a que nos vemos tan fácilmente tentados; parece que no importa cómo lo logremos, los apegos que tengamos en el corazón o los ídolos que nos busquemos, o no importa que haya destrucción y muerte por medio, como estamos viendo en la realidad de nuestro mundo. No es ese el camino de Jesús. ‘Apártate de mi, Satanás, solo al Señor, tu Dios, darás culto’.

Pero esto que estamos escuchando hoy en el evangelio tiene que traernos una buena noticia para nosotros y para nuestro mundo en esta hora concreta que estamos viviendo. ¿Nos estará abriendo a que busquemos nuevos caminos para la paz? ¿Nos estará haciendo planteamientos en lo hondo del corazón para que analicemos seriamente esas posturas y actitudes con las que actuamos habitualmente en la vida?

Esto que estamos viendo a lo grande en el momento presente de nuestra historia que ha desencadenado la situación presente tan dura que estamos viviendo, tenemos que verlo en el día a día de nuestro interior, de lo que hacemos cada día, de lo que son nuestras relaciones con los que están cerca de nosotros, de las ambiciones y vanidades que seguimos manteniendo en muchas actitudes y posturas de la vida. ¿No tendremos muchas de esas cosas en el día a día con los que están cercanos a nosotros, familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo? ¡Cuántas guerras nos hacemos!

Como se nos dice el evangelio no solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Dejemos que esa Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve de verdad a que Dios sea el único Señor de nuestra vida. Tiene que ser algo muy concreto en el hoy de nuestra vida.