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sábado, 23 de enero de 2010

Una opción por Cristo con toda radicalidad

2Sam. 1,1-4.11-12.19.23-27
Sal. 79;
Mc. 3, 20-21


Diversas son las reacciones que se producen ante Jesús. Y es que ante El no podemos quedar indecisos, como insensibles y sin tomar partido. Ante El hay que hacer una opción. Cuando con sinceridad nos ponemos ante El y tratamos de conocer su persona, descubrir verdaderamente su mensaje, saber bien cuál es la honda razón de su vida, hay que decidirse.
Hay personas que pasan y no dejan huella. Hay personajes de la historia ante los cuales podemos sentir admiración. Hay quien en su tiempo se le tuvo en cuenta y pudo hacer muchas cosas buenas, pero con el paso del tiempo todo parece que se borrara en el olvido. Con Jesús no puede pasar así.
En los cortos versículos del evangelio de este día vemos claramente dos opciones que pueden reflejar esas distintas posturas que se toman ante Jesús, aunque está también la del rechazo total. Por una parte nos dice el evangelista que cuando ‘Jesús volvió a casa con sus discípulos se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer’. Será algo que veremos en alguna otra ocasión del evangelio y que hará que Jesús en alguna ocasión se marche a lugares apartados con sus discípulos para descansar con ellos y para instruirlos de manera especial.
Pero hoy vemos la reacción también de algunos familiares de Jesús que ‘vinieron para llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’. No es que realmente su familia piense que está loco, pero están viendo las reacciones que comienzan a tener algunos contra Jesús y les puede parecer que se le está poniendo en peligro. Quizá ya comenzaba a saberse lo que maquinaban los fariseos y algunos contra Jesús y loco habría que estar para seguir en la brecha haciendo el anuncio del Reino tal como lo presentaba Jesús. Además no era lo que algunos esperaban o deseaban que fuera ese Reino que Jesús anunciaba.
Nos puede recordar otros momentos del evangelio. Simeón había anunciado que Jesús sería un signo de contradicción: ‘este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será un signo de contradicción…’ había anunciado cuando la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de nacer.
Pero también Jesús dirá en otra ocasión que ante El hay que decantarse. ‘El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama’. Y a los que pretendían seguirle y ser sus discípulos les dirá que habrán de renunciar a todo para seguir con El, o que ‘el que quiera a su padre o a su madre, a su hermano o a su hermana, a su mujer o a sus hijos… más que a mí, no es digno de mí’.
Nosotros también tenemos que aclararnos. ¿Una lucha entre las tinieblas y la luz? Algunas veces algo así nos puede pasar en nuestro interior. Y queremos hacer componendas; y preferimos en ocasiones las mediocridades; nos queremos contentar con dar cositas, y tememos tener que darnos totalmente nosotros mismos; y el Señor nos llama a seguirle con radicalidad y queremos dejar alguna cosita para nosotros, como si de un seguro de vida se tratara. Pero Jesús nos dirá que hay que perder la vida para poder ganarla, porque el que quiera ganar su vida, la perderá.
No es fácil. Hay tantas cosas que tiran de nuestro corazón y quieren arrastrarnos. Pero sabemos bien que cuando nos decidamos por El, no nos va a dejar solos, porque siempre tendremos su presencia, la fuerza de su Espíritu con nosotros, todo el poder de la gracia que nos fortalece.
Cristo está conmigo y ya nada temeré. Yo quiero estar, entonces, también para siempre con Cristo, aunque signifique tomar la cruz para seguirle.

viernes, 22 de enero de 2010

Se fueron con El y los hizo sus compañeros

1Sam. 24, 3-21
Sal. 56
Mc. 3, 13-19

‘Jesús subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con Él. A los doce los hizo sus compañeros para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios…’
Un texto que nos habla de la elección de los doce apóstoles. Había ido llamando a algunos de manera especial junto al lago; a otros como a Leví lo había llamado desde su mostrador de los impuestos; así se le habían unido algunos discípulos. Ahora llama a doce que quiere que sean sus compañeros. Nos da a continuación el evangelista el listado de los doce a quienes escogió y llamó de manera especial.
Antes de enviarlos a predicar con su misma misión y con su mismo poder de expulsar demonios, quiso que estuvieran con El. ‘Se fueron con El…’ dice primero. Luego añade el evangelista ‘los hizo sus compañeros’. Los que estaban con El. Los que hicieron el mismo camino que El. Los que entraron en una intimidad más profunda para conocerle más, para explicarle a ellos de manera especial lo que le enseñaba a toda la gente. Era la forma de impregnarse de Jesús para poder luego realizar su misma misión. Sólo podrán anunciar lo que antes por sí mismos habían vivido y experimentado.
Pero cuando hoy estamos escuchando este evangelio, ¿nos vamos a quedar solamente en unas palabras que hacen referencia a los que de manera especial el Señor llama para ser sus apóstoles, sus sacerdotes o los que consagran su vida para vivir más en El en la vida religiosa?
Es cierto que quienes hemos escuchado esa llamada del Señor en este texto encontramos un estímulo más para nuestro seguimiento de Jesús y la respuesta que hemos de darle; unas palabras que Dios nos dice para que comprendamos más y mejor la necesidad de ese estar con el Señor, de esa intimidad especial con El para luego anunciarle y dar esa respuesta comprometida de toda nuestra vida para el Señor.
Me atrevo a pediros que oréis al Señor por nosotros para que así lo vivamos y así nos impregnemos del Señor para poder realizar la misión que El nos ha encomendado con su llamada.
Pero a todos los que creemos en Jesús y queremos seguirle, queremos llamarnos y ser sus discípulos, cristianos, llega también esta Palabra. Creer en Jesús, decirle sí para seguirle, para ser su discípulo a todos nos pide también que tengamos que empaparnos de Jesús para poderle vivir profundamente, para poder ser cristianos de verdad.
Nos empapamos de Jesús si estamos con El y le escuchamos. Nos empapamos de Jesús si sabemos estar con El y cultivamos el espíritu de oración para vivir en su presencia, para sentirle y vivirle en nuestro corazón. ¡Qué importante y necesaria la oración en la vida del cristiano, de todo cristiano!
Un cristiano sin oración no llegará nunca a vivir a Jesús, a experimentar el gozo de su presencia allá en lo hondo del corazón. La oración será la que dará vitalidad y energía a su fe. La oración le llenará de Dios y le inundará de su gracia. Un buen cristiano tiene que ser una persona de oración. Es su fuerza, es su vida. La oración es donde hará que comience a arder de amor su corazón. La oración es la que le dará confianza y esperanza.
Necesitamos ‘estar con El’.

jueves, 21 de enero de 2010

Envidias y celos, amistad y lealtad

1Sam. 18, 8-9; 19, 1-7
Sal. 55
Mc. 3, 7-12


La Palabra de Dios que cada día vamos escuchando y meditando con sinceridad de corazón nos tiene que ayudar en nuestro crecimiento personal tanto a nivel humano con en valores espirituales y cristianos. Cierto que lo verdaderamente humano es al mismo tiempo espiritual y nos ayuda en la expresión y la maduración de nuestra fe.
Los relatos que se nos ofrecen en el texto sagrado pueden ser para nosotros una referencia y nos ofrecen modelos en esos valores que nosotros hemos de aprender a reflejar en nuestra vida. Tanto si nos ofrecen aspectos negativos reflejados en los personajes que aparecen en dichos relatos como en los aspectos positivos que podemos encontrar.
Es lo que nos ofrece el texto del libro de Samuel hoy. Cuatro palabras nos pueden servir de pauta y en cierto modo están como contrapuestas: envidias y celos, amistad y lealtad.
Qué mezquina se nos vuelve la vida cuando nos dejamos arrastrar por los celos y las envidias. Aunque todo eso al final se puede corregir y enmendar. Son las actitudes del rey Saúl contra el joven David que comienza a destacar. Como es aclamado por la gente por su valentía y sus victorias en las batallas, ‘a Saúl le sentó mal aquella copla que cantaba el pueblo y comenta enfurecido: Diez mil a David, y a mi mil. ¡Ya sólo le falta ser rey! Y a partir de aquel día Saúl le tomó ojeriza a David…’ Quería incluso atentar contra su vida.
El orgullo del corazón nacido de celos y envidias lleva al hombre por el mal camino y todo se puede convertir en una pendiente peligrosa y resbaladiza que cada día nos puede hundir más en el mal. ‘Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David’.
Enfrente está la amistad y la lealtad. El hijo del Saúl, Jonatán, y David son grandes amigos que se tienen mucho aprecio. En nombre de esa amistad previene al amigo de lo que le puede suceder y hará todo lo posible ante su padre para salvar la vida de David, hasta que consigue la promesa del rey. ‘Saúl hizo caso a Jonatán y juró: ‘¡Vive Dios, no morirá!’
A pesar del conflicto que podía haber en su corazón porque era su padre el que quería mal a David, prevalece la lealtad de una amistad sincera y pura. No puede permitir que le pase algo malo a su amigo y lo que hará será convencer a su padre para que desista del mal. Todo al final se puede corregir y enmendar, habíamos dicho más arriba.
Cosas negativas que no podemos permitir que se nos metan en el corazón; la envidia, los celos, el orgullo. Una necesaria vigilancia en nuestra vida, como hemos dicho tantas veces, porque ahí está presente siempre la tentación y la inclinación al mal. Que como hemos reflexionado recientemente, nos ha de precaver y enseñar a valorar siempre lo bueno de los demás aunque aparentemente podamos quedar nosotros en un segundo plano o lugar. Lo importante es valorar siempre lo bueno del otro sea quien sea y venga de donde venga.
Por otra parte tantas cosas hermosas de las que hemos de llenar nuestro corazón como puedan ser los hermosos valores de la amistad y la lealtad, a imagen de lo que hemos contemplado hoy en aquellos jóvenes. Tener un amigo es tener un tesoro, solemos decir. Pero amigos no sólo por lo que yo humanamente me pueda enriquecer recibiendo lo que me pueda ofrecer la amistad del otro – y no hablamos de riquezas materiales -, sino también, y esto es importante, lo que yo pueda ofrecer, compartir, dar al amigo de mi mismo y de mis valores. Es una riqueza mutua. No olvidemos que amistad viene de amor y amor es darse y gastarse por el otro. Es lo que tengo que ofrecer en nombre de la amistad.
Hermoso lo que nos ofrece como enriquecimiento para nuestra vida la Palabra de Dios que estamos reflexionando.

miércoles, 20 de enero de 2010

El Señor nos librará de las manos del filisteo

1Sam. 17, 32-33.40-51
Sal. 143
Mc. 3, 1-6


‘El Señor que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me libará de las manos de ese filisteo’. Expresa así el joven David la confianza que tiene en el Señor para luchar contra el filisteo.
Está haciendo el texto referencia a la lucha contra el gigante Goliat que con los filisteos tantos problemas estaban causando al pueblo de Israel. El diálogo que sigue en el momento de entablar la batalla del joven con el gigante es bien hermosa y puede servirnos también para nosotros en nuestra lucha espiritual contra el maligno.
‘Tú vienes a mi armado de espada, lanza y jabalina; yo voy a ti en nombre del Señor de los Ejércitos, Dios de las huestes de Israel al que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos…’ Habían intentado vestir con la armadura real al joven David, pero él lo rehusó. En el fondo su confianza la tenía en el Señor que estaba de parte de su pueblo y sabía él bien que no le iba a faltar esa fortaleza.
Como decía esto nos puede ayudar mucho a nosotros en nuestra lucha contra el pecado y el mal. Una lucha que bien sabemos que no hacemos por nosotros mismos ni sólo con nuestras fuerzas. Algunas veces parece que lo quisiéramos hacer solo desde nuestro voluntarismo como si sólo fuera necesario nuestra fuerza de voluntad. Es cierto que que tenemos que poner nuestro empeño y esfuerzo. Pondremos nuestros medios o resortes humanos, pero la verdadera fuerza nos viene del Señor.
Es en nombre del Señor desde donde emprendemos nuestra lucha. Es porque buscamos siempre la gloria de Dios con nuestra vida por lo que queremos ser santos y apartarnos del camino del mal y superar la tentación. Pero es la fuerza del Señor la que nos anima y fortalece.
Las palabras de David frente al enemigo nos recuerdan las palabras de Pedro que lanza la red al mar en el nombre del Señor. Es que camina el cristiano en el nombre del Señor. Cuando iniciamos nuestro día tenemos la costumbre de hacer la señal de la cruz, como cuando emprendemos el camino o comenzamos cualquier actividad. Hemos de hacerlo con sentido, sabiendo que si estamos haciendo la señal de la cruz es porque en el nombre del Señor, - ‘en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ decimos -, estamos queriendo emprender aquella tarea o aquella lucha contra el mal.
Es lo que repetimos en la oración del Padrenuestro cada vez que la rezamos. ‘Líbranos del mal… no nos dejes caer en la tentación…’ Queremos santificar el nombre del Señor y al mismo tiempo nosotros llenarnos de la santidad de Dios, y por eso pedimos la ayuda y la gracia del Señor. Queremos en todo momento hacer la voluntad del Señor y queremos vivir en su Reino, reconociendo que El es nuestro único Señor. Queremos hacer que toda nuestra vida, todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor, y todo eso no lo podremos realizar en plenitud si no es con la fuerza del Señor.
Cuando Jesús nos dice que tendremos que enfrentarnos a tribunales y a gobernadores que nos perseguirán, nos anuncia que el Espíritu estará de nuestra parte y que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa. Esa fuerza del Espíritu Santo es la que estará siempre de nuestro lado en la lucha contra el mal y el pecado para vencer la tentación. Que no seamos nosotros los que, obcecados por el mal y la tentación, no sepamos contar con esa gracia.
El Señor nos librará de las manos del filisteo, de las garras del maligno y no nos dejará caer en la tentación.

martes, 19 de enero de 2010

Miremos con la mirada de Dios que mira el corazón

1Sam. 16, 1-13
Sal. 88
Mc. 2, 23-28


‘Encontré a David mi siervo y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso…’
Buen resumen que nos hace el salmo del texto de libro de Samuel que nos habla de la elección y unción de David como rey de Israel. El texto nos ha dado las motivaciones – ‘he rechazado a Saúl como rey de Israel’ – y los detalles de su elección con la marcha de Samuel a la casa de Jesé y el desfile ante él, con sus correspondientes dudas, par descubrir quién era el elegido del Señor.
No puede Samuel dejarse engañar por las apariencias porque Dios para su elección se fija en el corazón del hombre y además, como vemos frecuentemente en la Biblia, Dios escoge más bien entre los pequeños y los sencillos. De ahí esa frase que nos puede quedar para nosotros como una sabia sentencia; esas frases lapidarias que siempre hemos de recordar y que son una hermosa sabiduría que nosotros hemos de saber aplicar en tantas circunstancias de la vida.
‘No mires su apariencia… La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón’.
Es cierto que sólo Dios es el que conoce el corazón del hombre y a Dios no lo podemos engañar con nuestras apariencias y vanidades. Aunque en nuestra mirada humana nos encandilemos con las apariencias, los fulgores externos, hemos de intentar tener esa mirada de Dios para tratar de discernir la verdad de la persona y tratar de fijarnos y conocer el corazón del hombre. Porque de lo que llevamos lleno el corazón lo reflejamos en nuestras actitudes y nuestra vida.
Es un don del Espíritu el discernimiento para conocer lo bueno y descartar lo malo. Hemos de pedir ese don al Señor para tratar de discernir a través de las obras de los hombres lo que de verdad hay en el corazón. Y un criterio que siempre podríamos tener es suponer lo bueno – no tenemos derecho a juzgar a los demás – y además procurar siempre fijarnos en lo bueno de las personas, que si nosotros tenemos también un buen corazón y están lejos de nosotros las envidias y las rivalidades, eso bueno común en unos y en otros es lo que tiene que unirnos, llevarnos al buen entendimiento y a la armonía.
Muchas veces en nuestra convivencia nos cuesta aceptarnos, bien porque recibimos desaires o nos hagan cosas que no nos agradan, o bien porque en ese fijarnos sólo en lo externo no nos gusta la persona o nos cae mal. Y muchas veces vivimos en un ámbito donde tenemos que estar tropezándonos con esa persona y se nos puede poner difícil la cosa, la convivencia. ¿Sabéis una cosa que me ayuda mucho a mí en esas circunstancias? Me pongo a rezar por esa persona, no a pedir de una forma interesada para que esa persona cambie y no me moleste, sino simplemente rezando por esa persona, pidiendo la gracia del Señor para ella en lo que ella necesite, y al mismo tiempo que yo aprenda y sepa aceptarla. Siempre encuentro que con la ayuda del Señor, luego las cosas son más fáciles. La gracia del Señor no nos defrauda.
Tratemos, pues, de tener esa mirada de Dios en nuestra relación con los que nos rodean, con aquellos con los que convivimos, o con los que en el camino de la vida en distintas circunstancias vamos encontrando.

lunes, 18 de enero de 2010

Caminos nuevos para una vida nueva en obediencia al Señor

1Sam. 15, 16-23
Sal. 49
Mc. 2, 18-22


‘Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, hemos repetido en el salmo. No son los sacrificios ni los holocaustos lo que el Señor nos pide.
Qué fáciles somos para ofrecer cosas, como si el Señor nos estuviera pidiendo 'regalitos'. Hasta incluso somos capaces de sacrificarnos, de renunciar a cosas materiales. Pero ¿qué es lo que el Señor nos pide? Algo quizá más sencillo, aunque sabemos que nos cuesta más. La obediencia de nuestro corazón. ‘No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos junto a mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños…’
Hasta quizá estamos repitiendo de memoria una y otra vez los mandamientos y hasta hacemos galas de que somos las personas más religiosas del mundo. ¿Por qué haces eso, ‘tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?’ Y nos responde el Señor en el mismo salmo con lo que hemos repetido una y otra vez. ‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
Es lo que hemos ido meditando en el salmo responsorial. Como su nombre, indica, responsorio, porque es como la cantinela que se repite, pero que es también la respuesta que con la misma palabra de Dios en los Salmos vamos dando a lo que el Señor nos dice o nos revela.
Ese ha sido el mensaje central del texto del libro de Samuel que hemos escuchado en la primera lectura. Es la respuesta que le da Samuel a las actitudes y a los acciones que ha ido realizando el rey Saúl no siempre agradables al Señor. No vamos a hacer un comentario demasiado exhaustivo, pero sí queremos hacer referencia, aunque fuera brevemente, a lo relatado en la lectura de Samuel.
Nos pueden parecer costumbres bárbaras y hasta preguntarnos cómo el Señor pudiera pedir o permitir tales cosas como entregar al exterminio total a aquellos pueblos contra los que luchaba Israel. Por una parte son costumbres propias de una época muy antigua que hoy no entenderíamos pero que formaba parte de la cultura y costumbres de entonces. No habían llegado ni a niveles de civilización que se pudieran acercar o parecer a los nuestros ni tampoco el concepto de un Dios justo y misericordioso había alcanzado la suficiente revelación. Por eso más que juzgar es aceptar las cosas en su propia época.
Según tales costumbres el rey no había hecho lo que tenía que hacer sino que incluso en buena voluntad quería agradar a Dios ofreciéndole en holocausto lo mejor de aquellas cosas que se le arrebataban al enemigo. Pero no es lo que le agrada al Señor. Por eso Samuel le dice en nombre del Señor.
‘¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil, más que grasa de carneros…’ Obedecer al Señor, cumplir sus mandamientos, descubrir en todo lo que es su voluntad, es lo que tenemos que hacer. Hemos de ir más allá de la literalidad de los sacrificios y exterminios de una época, para descubrir lo que en todo tiempo es agradable al Señor: la obediencia al Señor. La búsqueda de su voluntar para realizarlo en nuestra vida.
Obedecer a Dios, haciendo una referencia breve a lo que hoy nos ha dicho el evangelio, que significa saber descubrir en todo momento lo que es la novedad del Evangelio de Jesús. No nos podemos quedar anclados en lo antiguo sino descubrir y llevar a la práctica de la vida lo que es la novedad del Evangelio. Lo que nos exige también unas actitudes nuevas y un nuevo sentido y estilo para nuestra vida. Un sentido y un estilo que se desprende del evangelio de Jesús. Por eso nos está hablando de odres nuevos, de vestidura nueva, no de remiendos ni componendas. Lo que significa también vivir la alegría de la fe; alegría porque sabemos como Cristo está siempre con nosotros. ¿Podemos vestirnos trajes de luto y tristeza cuando tenemos la certeza de que Cristo está con nosotros?

domingo, 17 de enero de 2010

No les queda vino…

Is. 62, 1-5;
Sal. 95;
1Cor. 12, 4-11;
Jn. 2, 1-11

‘Había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda…’ Así ha comenzado el evangelio de hoy.
Hablar de un banquete de bodas es hablar de alegría y de fiesta, de encuentro y de convivencia armoniosa entre familiares y amigos, de sentimientos compartidos en la familiaridad y en la amistad y necesariamente, siendo una boda, de amor y de felicidad. Ese compartir y comer juntos alrededor de una mesa, esa comunicación espontánea e incluso efusiva entre todos los comensales que manifiestan una comunión hermosa entre todos.
En aquella boda de Caná faltó el vino aunque sólo unos ojos atentos y amorosos como los de María fueran capaces de darse cuenta de aquella fiesta se pusiera en peligro y no acabara bien. Pero allí está María y está también Jesús. Ya hemos escuchado el diálogo entre María y Jesús. ‘No les queda vino… Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora… haced lo que El os diga…’ Está la súplica de la madre que es capaz de adelantar la hora de Jesús y el milagro se realiza de manera que la fiesta pueda llegar a una mayor plenitud en el vino nuevo que Jesús les está ofreciendo.
Es un milagro muy significativo y que nos dice muchas cosas. Un signo lo llama el evangelista Juan. Al final se nos dirá que ‘así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Ya sabemos que los milagros de Jesús son signos del Reino nuevo, del Reino de Dios que El anuncia y viene a instaurar. Con esa lectura hemos de contemplar y meditar este texto del Evangelio, esta Palabra de Dios que hoy nos ha sido proclamada.
En la fiesta de la vida, en la que todos compartimos un mismo mundo y construimos una misma sociedad, ¿nos podría faltar el vino? Ciertamente constatamos que la fiesta, el banquete de bodas de la vida, no es total ni todos participan de la misma manera de ella. Hay dolor y hay sufrimiento; no compartimos en unas mismas condiciones todos el mundo en que vivimos; desigualdades, pobreza y miseria para muchos, injusticia y falta de verdadera comunión entre todos, enfrentamientos y odios, insolidaridad… tantas catástrofes naturales que hacen sufrir a los hombres y mujeres de nuestro mundo, como el reciente terremoto de Haití… ¡cuántas cosas!
Hemos de reconocer que nos falta el vino. El vino que tendría que animar nuestra fiesta para que todos esos sufrimientos se aliviaran o desaparecieran, para que hubiera una auténtica y real comunión entre todos, para que nuestro mundo fuera más justo, para que todos pusiéramos más empeño en hacerlo mejor haciendo felices a los demás, empezando por los que están cada día a nuestro lado. El vino nuevo que no nos deje cruzarnos de brazos ante el sufrimiento de los demás, sean quienes sean.
‘Jesus y los discípulos estaban también invitados a la boda’, nos decía el evangelio. ¿No faltará ese vino necesario para que nuestro mundo sea mejor porque no dejamos que Jesús participe en esa fiesta de la vida de nuestro mundo y/o porque nosotros sus discípulos, los cristianos algunas veces nos desentendamos y no llevemos el vino nuevo de Jesús que le diera más plenitud y felicidad a nuestro mundo?
Falta vino nuevo que dé un mayor sentido y valor a nuestro mundo, porque falta fe y falta amor. Falta fe en una sociedad que quiere arrinconar a Dios, prescindir de Dios y de todo lo sagrado, que quiere desterrar de ella todo sentimiento religioso y también todo signo religioso que nos recuerde la trascendencia, que nos haga elevar nuestros ojos y nuestro espíritu a lo alto. Nos falta fe porque quizá también la hemos dejado enfriar y está en peligro casi de morirse esa planta hermosa de la fe en nuestro corazón, influenciados quizá por la indiferencia o la frialdad que nos rodea.
Y ya hay muchos interesados en que esa luz no brille y se trata de ocultar u obscurecer de la forma que sea, porque quizá pueda molestarles esa luz. A cuántos les interesa más hacer públicos los posibles fallos humanos de los miembros de la Iglesia pero no quieren que se conozca el compromiso serio y valiente de tantos cristianos y tantas obras de la Iglesia.
Un ejemplo que nos puede valer para darnos cuenta de esos turbios intereses. En estos días, a raíz de la terrible catástrofe que ha significado el terremoto de Haití, un medio de comunicación de gran trascendencia a nivel mundial hablaba de las ayudas que de todas partes se están ofreciendo y llevando para remediar tal desastre, y no se le ocurría otra cosa que poner una foto del Papa con el comentario de que algunos ofrecen sólo ayuda espiritual. Hay que tener los ojos cerrados para no ver o no querer dejar ver a los demás la labor de tantos cristianos y de tantas instituciones de la Iglesia, como Cáritas, que se han volcado para remediar tanto sufrimiento allí, como sucede en tantos sitios y en tantas situaciones dolorosas de los hombres y mujeres de nuestro mundo.
Ofrece sí ayuda espiritual – también es necesaria -, pero también es importante la ayuda material y la presencia de tantos cristianos comprometidos y de tantas obras de la Iglesia, como de tantos misioneros que permanecen en su sitio al lado de los que sufren cuando los demás abandonan y/o dan por terminado su trabajo. Eso a algunos no les interesa darlo a conocer.
Y no olvidemos que los discípulos de Jesús, o sea, nosotros los cristianos, los que creemos en Él, estamos invitados a ese banquete y no podemos dejar de asistir para hacer presente esa fe y ese amor con nuestra vida, con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor. Algunas veces los cristianos tenemos miedo y nos ocultamos, no hacemos presente de forma valiente que nosotros tenemos un vino nuevo que ofrecer. No podemos ocultarnos, tenemos que hacer resplandecer esa luz con la que nosotros podemos iluminar nuestro mundo que es Cristo.
Un detalle hermoso son los ojos atentos y observadores de María para darse cuenta de que no tenían vino. Pidamos al Señor, con la intercesión de María, la Madre siempre suplicante e intercesora, que tengamos unos ojos atentos y abiertos como los supo tener la Madre para darnos cuenta de esa falta de vino, pero también, como ella, ponernos en el empeño de que puedan tener ese vino nuevo que pueda dar esa plenitud y esa felicidad a nuestro mundo. María también nos dice a nosotros ‘no les queda vino… pero haced lo que El os diga…’
Mucho vino nuevo de fe y de amor tenemos que llevar a nuestro mundo. Ese mundo en el que tenemos que hacer presente el Reino de Dios, hacer presente a Dios. Sólo con el vino nuevo de Jesús lo podremos transformar. Que nos falte a nosotros la fe, sino que crezca de día en día y se manifieste en el compromiso del amor.

viernes, 15 de enero de 2010

¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?

1Sam. 8, 4-7.10-22
Sal. 88
Mc. 2, 1-12


‘¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Una primera reacción de los letrados y fariseos a la obra de Jesús. Reacción que como seguiremos viendo en el evangelio irá en aumento.
Hasta ahora habíamos visto a Jesús predicando en las sinagogas, anunciando el Reino de Dios e invitando a la conversión. Los primeros discípulos se le habían unido y le seguían. Curaba a los enfermos y poseídos que le traían allí donde estuviera. Un leproso acudió a Jesús para verse limpio de la lepra con todo lo que ello significaba para recomenzar una vida nueva, como ayer lo reflexionábamos. Ahora le trajeron un paralítico y Jesús manifiesta claramente lo que El quiere darnos: el perdón de los pecados.
Todo hasta ahora eran signos que anunciaban lo que en verdad Jesús quería ofrecernos. Ahora nos da su perdón. ‘Al ver la fe que tenían – lo habían introducido descolgándolo desde el techo abriendo un boquete entre las tejas porque no podían introducirlo por la puerta a causa del gentío - le dijo al paralítico: tus pecados quedan perdonados’.
Se arma la controversia en quienes no quieren aceptar lo que realmente Jesús quiere ofrecernos. Lo acusan incluso de blasfemo. Pero Jesús quiere hacerles comprender y realiza también el milagro de curar aquel hombre de la parálisis. ‘¿Qué es más fácil: decirle al paralítico tus pecados quedan perdonados o decirle, levántate, coge la camilla y echa andar? Pues, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados… entonces le dijo al paralítico: contigo hablo, levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’. Es la Salvación que Jesús quiere darnos.
¿Qué buscamos en Jesús? Nos hemos hecho la pregunta muchas veces y conviene que nos la hagamos para que vayamos purificando más y más nuestros deseos de estar con Jesús y seguir a Jesús. Tenemos que descubrir en Jesús a Dios y la salvación profunda que El nos ofrece.
No olvidemos cómo nos lo presentaba el Bautista, ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Una referencia al cordero pascual que todos los años era inmolado en recuerdo y celebración de la primera pascua cuya sangre sirvió como señal para la liberación de la esclavitud de Egipto. Así Cristo se nos inmolará como verdadero Cordero Pascual derramando su sangre para el perdón de los pecados.
También nos señalaba Juan: ‘El que viene tras de mi os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Nos dará el don de su Espíritu para el perdón de los pecados cuando confía a la Iglesia el ministerio de la reconciliación y el perdón. ‘Recibid el Espíritu Santo y a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’ Es el fuego de fundidor que nos purifica de toda escoria y mancha de pecado.
El perdón que Cristo nos ofrece con su salvación es el inicio de una vida nueva; es arrancar de nosotros todo mal y todo pecado; es revestirnos de actitudes nuevas para una vida nueva.
Con el perdón que recibimos de Jesús con su salvación estamos comenzando también a hacer un mundo mejor. Quien se siente perdonado hará que su vida sea distinta. Cuando nos sentimos perdonados de nuestras culpas y pecados, nos sentiremos impulsados a ir sembrando semillas nuevas que mejoren también nuestro mundo.
Acojámonos a la salvación que Jesús nos ofrece. Démosle gracias una y otra vez por el perdón que en su amor nos regala.

jueves, 14 de enero de 2010

Jesús quiere limpiarnos de la lepra que nos aísla

1Sam. 4, 1-11
Sal. 43
Mc. 1, 40-45


Al contemplar el inicio del ministerio apostólico de Jesús por Galilea, una cosa que hemos reflexionado es cómo tenemos que ponernos ante la Palabra de Dios con toda sinceridad, pero también con mucha fe y con mucho amor. Palabra de salvación que nos dice Dios, hemos comentado en alguna ocasión; palabra que Dios tiene y quiere decirnos en cada ocasión que con fe queremos escucharla.
Siempre es Palabra viva y Palabra llena de vida. Siempre es para nosotros Evangelio, Buena Nueva, Buena Noticia que Dios quiere comunicarnos. Por eso hemos de alejar de nosotros toda actitud negativa, y actitud negativa es pensar que ya es un texto que hemos escuchado muchas veces y que ya sabemos de antemano lo que quiere decir.
Ayer contemplábamos cómo ‘le traen muchos enfermos y poseídos,,, y curó a mucos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’. Hoy es un leproso el que se acerca a Jesús. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, es la petición del leproso.
Es significativo. Un enfermo, pero que tiene unas características también de índole social. El leproso era obligado a vivir fuera de la comunidad. Era un impuro, así se consideraba esta enfermedad. Por temor al contagio, lo que podíamos considerar normal dadas las condiciones higiénicas y sanitarias de la época, había de vivir alejado de todos, lejos de la familia, fuera de la población y no se le permitía acercarse a nadie, como nadie podía acercarse a él. De ahí que quien se curarse tenía que tener unas garantías para poder reincorporarse a su vida normal y la vida en el pueblo y con la familia. Los sacerdotes eran entonces los que podían extender esa autorización. Lo vemos en lo que al final le dice Jesús al leproso curado que tiene que hacer. ‘Para que conste, ve a presentarte ante el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés’.
Pero este hombre se ha acercado a Jesús. Con Jesús todo sería distinto, porque además nos dice que ‘sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio…’ Jesús nos arranca del mal, nos saca del aislamiento en que como consecuencia del mal que hay dentro de nosotros vivimos.
En el Reino nuevo que Jesús está anunciando, no caben ni discriminaciones que nos separen unos de otros creándonos barreras que se interpongan en nuestras relaciones ni aislamientos. Jesús quiere hacernos sentir una nueva comunión, una nueva fraternidad. No puede ser nunca la enfermedad motivo para considerar a alguien como un impuro o indigno de vivir con la comunidad, como tampoco como un castigo de Dios por algún pecado que hubiera cometido.
Cómo nos aislamos tantas veces por nuestros orgullos o nuestros egoísmos. Ese orgullo que se nos mete en el corazón, ese egoísmo que nos hace indiferentes los unos hacia los otros o que nos puede llevar a tratarnos mal y a hacernos daño, es peor que una lepra. Jesús quiere limpiarnos, hacernos hombres nuevos. Extiende su mano también sobre nosotros, dejemos que nos toque el corazón para que comencemos a sentir y a actuar de manera distinta.
Jesús nos cura, nos sana, nos salva, nos pone en camino de una vida nueva, de un estilo distinto, que es el estilo del amor. Vivamos su salvación. Demos señales auténticas del Reino de Dios.

miércoles, 13 de enero de 2010

Aquí estoy, habla que tu siervo escucha

1Sam. 3, 1-10.19-20
Sal. 39
Mc. 1, 29-39


Podemos comenzar manifestando que el texto del evangelio de hoy, continuación del escuchado ayer, sigue presentándonos el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea. Proclama el evangelio del Reino de Dios, y ahora le vemos ‘recorrer toda Galilea predicando en las sinagogas y expulsando demonios’, y con su Palabra y presencia salvadora va liberando del mal a quienes están poseídos por el espíritu maligno dándonos así las señales del Reino de Dios que llega.
Es intensa la actividad de Jesús porque incluso ‘la población entera se agolpaba a la puerta’, llevándole ‘muchos enfermos y poseídos… curando a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’.
Hay un aspecto muy importante en medio de este texto aunque esté resumido en un solo renglón. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. La necesaria unión con el Padre. Hermoso ejemplo para nuestra vida, que además podemos conectar hoy con lo que nos decía la lectura del libro de Samuel. Cuánto nos enseña.
Si ayer escuchábamos la súplica insistente de Ana pidiéndole un hijo al Señor y prometiendo consagrarlo a Dios, hoy ya contemplamos al niño Samuel en las estancias del templo junto al sacerdote Elí. ‘El pequeño Samuel servía en el templo del Señor bajo la vigilancia de Elí’, nos dice el texto sagrado. Más adelante apunta que ‘aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor’.
Ya hemos escuchado el texto. El Señor en medio de la noche llama al niño Samuel que acude presuroso a los pies del anciano sacerdote: ‘Aquí estoy; vengo porque me has llamado’. Pero no era el anciano sacerdote quien llamaba a Samuel y la llamada se repite varias veces hasta que Elí comprende que es el Señor quien llama a Samuel. ‘Comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo escucha’.
‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’. Tenemos que dejarnos enseñar para escuchar a Dios que nos habla. ¡Qué importante esa disponibilidad y generosidad de corazón que vemos en el muchacho Samuel! Pero qué importante es que sepamos abrir los oídos de nuestro corazón para escuchar al Señor.
Hemos contemplado hoy a Jesús en medio de su frenética actividad haciendo un parón, aunque sea en la madrugada, para orar. Pero estamos aprendiendo también cómo tenemos que orar, cómo ha de ser nuestra oración en la oración que aprendió a hacer el pequeño Samuel. Jesús busca la soledad de la madrugada y al niño se le enseña a hacer silencio en su interior para escuchar a Dios.
Escuchar a Dios, qué importante. Escuchar a Dios, hacer silencio en nuestro interior para poder oír claramente su voz y conocer todo el misterio de Dios que se nos revela y viene a nosotros.
Andamos quizá muy preocupados de contarle a Dios nuestras necesidades, de hacer la lista de aquellas cosas o personas que queremos recordar en su presencia. Es cierto que Jesús nos enseña a pedir y llamar al Señor que siempre nos escucha. Eso está bien, pero nuestra oración tiene que ser un diálogo en el que no sólo nosotros digamos o pidamos cosas al Señor, sino en el que también escuchemos lo que Dios quiere decirnos, la revelación que de sí mismo El quiere hacernos allá en lo más hondo de nuestro corazón. Sólo después de haberle dicho ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’, podremos decir con todo sentido ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
No temamos el silencio en nuestra oración. Silencio que nosotros hemos de hacer, aunque nos cueste, para poder escucharle. Silencio para sentir esa paz de Dios en nosotros, para que su luz nos ilumine, para que nuestro corazón se caldee con su amor, para que su Palabra penetre hasta lo más hondo de nosotros mismos y plantada en nuestra vida luego fructifique en esas obras de amor que tenemos que vivir.
‘Aquí estoy, Señor… habla que tu siervo escucha’.

martes, 12 de enero de 2010

Una Palabra de Salvación que ha dicho Dios sobre nosotros

1Sam. 1, 9-20
Salmo: 1Sam. 1, 4-7
Mc. 1, 21-28


Jesús es la Palabra de salvación que nos ha dicho Dios. Es lo que hemos estado escuchando en estos días y el mensaje que hoy de manera especial llega a nosotros en el evangelio proclamado. Una Palabra pronunciada que es Jesús mismo, que nos proclama y nos dice Jesús. Una Palabra salvadora porque allí donde se pronuncia y se hace presente nos llena de vida, nos rescata de la muerte y del mal, nos trae la salvación. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para la escucha de esa Palabra y para la vivencia de esa salvación.
‘Fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad’. ¡Cómo no iba a hacerlo así si El es la Palabra eterna de Dios! ¿Quién mejor podía revelarnos el Misterio de Dios sino Dios mismo? No hablaba Jesús con palabras aprendidas de memoria. El es la Palabra misma de Dios. Pero una Palabra que nos trae vida y salvación.
Nos lo expresa también lo que sigue en el Evangelio. ‘Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo’, nos dice el evangelista. Allí, en él se iba a manifestar esa salvación de Dios. Viene Cristo a liberarnos del mal. Jesús expulsa el espíritu maligno de aquel hombre. ‘Jesus lo increpó: Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un fuerte grito, salió’. Ahí está la señal liberadora de Cristo, la señal de su salvación.
La gente se admira, ‘se preguntaron estupefactos: ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta los espíritu inmundos les manda y le obedecen’. Están reconociendo lo que venimos diciendo. Jesús es la Palabra de salvación que Dios pronuncia sobre nosotros.
Todo esto tiene que motivar más y más nuestra fe en Jesús, nuestros deseos de escucharle, el ansia intensa y viva de vivir su salvación. Creemos en Jesús y pareciera que nos hayamos acostumbrado a decir que tenemos fe, sin que luego esa fe repercuta en nuestra vida. Tiene que ser una fe que comience por querer conocer más y más a Jesús, escucharle con nuestros oídos bien abiertos, con nuestro corazón dispuesto enteramente a aceptarle. Una fe que nos tenga convencidos de una vez para siempre de la verdad de su palabra. Tenemos la certeza de que su Palabra es salvadora, transforma nuestro corazón, nos llena de vida nueva.
¡Cómo tendríamos que escucharla! Con qué fe y con que amor. Da pena y lástima la poca importancia que le damos en ocasiones a la Palabra de Dios que se nos proclama en nuestras celebraciones. Estamos algunas veces más pendientes de lo que sucede a nuestro alrededor que de la Palabra que se nos está proclamando. No nos importa llegar tarde a la celebración, mientras se nos proclama nos da igual hacer un comentario al que está a nuestro lado sobre algo que se nos ha ocurrido, o nos distraemos fácilmente con nuestros pensamientos o nuestras preocupaciones. Y no digamos nada cuando podemos ser un obstáculo o un estorbo para que los que están a nuestro lado puedan escuchar y prestar atención a la Palabra que se nos está proclamando.
Dejémonos empapar por la Palabra de Dios. Dejemos que inunde nuestra vida como agua regeneradora y salvadora que nos transforme y llene de vida. Sintamos que es de verdad eficaz en nosotros si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor.

lunes, 11 de enero de 2010

Los pequeños cuentan para Dios

1Sam. 1, 1-8
Sal. 115
Mc. 1, 14-20


Nos puede parecer baladí y sin mayor trascendencia la reflexión que me hago y comparto con ustedes, pero sí pienso que puede ayudarnos a comprender mejor cuáles son los caminos del Señor para nuestra vida. Si con nuestros criterios humanos pudiéramos escoger a quien tiene que realizar una importante misión, buscaríamos una persona preparada quizá importante, con cualidades y valores apropiados para la misión que se le va a confiar y así buscaríamos una serie de condiciones para encontrar la persona más apta. Humanamente hablando es lógico que pensemos así.
Pero hoy la Palabra proclamada nos está diciendo que en el actuar de Dios se salta esos criterios, llamémoslos humanos, y quizá escoge aquellas personas que han de ser colaboradores o instrumentos de su actuar podríamos decir con otra visión. Dios quiere contar con el hombre, pero la acción salvífica es obra suya y es pura gracia y puro don de su benevolencia, su buen y mucho querer, para con el hombre.
Estamos comenzando a leer en lectura continuada, ahora que iniciamos el tiempo ordinario, el libro de Samuel. Vamos a conocer a ese gran profeta y juez del pueblo de Israel que tan importante papel desempeñó en la historia de la salvación. ¿Cuál es la madre que escoge Dios para que de ella nazca este gran profeta y hombre de Dios? Una mujer estéril.
El texto de hoy es como una preparación para todo lo que luego va a suceder haciéndonos el planteamiento de lo que sucedía a aquella mujer y aquella familia. Ser estéril en el pueblo de Israel era un gran oprobio para una mujer israelita. Es lo que sucedía a Ana, que incluso se ve insultada por no haber podido dar hijos a su marido. Pero aquí está el actuar maravilloso de Dios. La obra es de Dios y no es merecimiento humano. Y Dios quiere contar con lo que aparece como más pequeño y humilde.
En el evangelio vemos el inicio del anuncio del Evangelio por Galilea. ‘Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios’. Una invitación a la conversión para creer en la Buena Noticia que se les estaba anunciando, porque ‘está cerca el Reino de Dios’. Pronto Jesús invitará a seguirle y a algunos a formar parte del grupo de sus discípulos que un día a de convertir en Apóstoles.
¿A quienes escoge? ¿Va a Jerusalén a buscar entre los sacerdotes o los levitas del templo? ¿Busca letrados y entendidos de la ley que por sus conocimientos podrían explicarla mejor? ¿Será entre el grupo de aquellos que se consideraban a sí mismo los selectos y los puros? ¿Será gente importante? Escoge a unos pescadores de Galilea.
‘Pasando junto al lago, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago… un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes…’ Es a estos a los primeros que Jesús llama. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres…’ Unos pescadores, gente sencilla y humilde, que con su trabajo pobre trataban de ganarse la vida pero que no suponía que fueran importantes y preparados para una misión tan grande que Jesús un día les confiaría. Pero ese es el actuar de Dios, esa es la manera de actuar de Jesús, que nació pobre y siempre le veremos rodeado de los pobres y de los humildes, porque eran además los que mejor acogían la Buena Noticia que Jesús proclamaba.
El Señor también se fija en nosotros pobres y humildes. Quizá también con muchas limitaciones en las discapacidades que nos van apareciendo en la vida, por nuestros años, nuestras enfermedades y debilidades. Pero Dios quiere contar con nosotros. A los ojos de Dios somos valiosos en la construcción de su Reino. No haremos grandes cosas, pero en esas pequeñas cosas que podemos hacer cada día podemos ir sembrando semillas del reino de Dios, con nuestros sacrificios, nuestras pequeñas ofrendas de nuestras limitaciones que hechas con amor a los ojos de Dios son grandes ofrendas, con nuestra humilde palabra, nuestro sencillo consejo o lo que nos pueda parecer imperceptible sonrisa. Todo vale para la construcción del Reino de Dios, para el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio del Reino, porque quien va a dar valor a todo eso es la gracia del Señor que siempre actúa de forma generosa y gratuita.
Dios cuenta contigo y cuenta conmigo, lo que en verdad vale es la gracia del Señor. Démosle una respuesta generosa.

domingo, 10 de enero de 2010

Tú eres mi hijo amado, el predilecto

Is. 40, 1-5.9-11;
Sal. 103;
Tito, 2, 11-14;
Lc. 3, 4-7

‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres… ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre… según su propia misericordia nos ha salvado…’, nos decía san Pablo. ‘Se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos… aquí está vuestro Dios; el Señor Dios llega con poder…’ nos anunciaba el profeta Isaías.
Seguimos viviendo hoy la Epifanía, la manifestación de Jesucristo, cuando estamos hoy celebrando su bautismo. Se nos manifiesta el Señor. Los ángeles con su resplandor anunciaron a los pastores que en la ciudad de Belén había nacido un Salvador; la estrella en lo alto de los cielos anunció a los Magos de Oriente el nacimiento del Rey de los judíos; hoy, allá en el Jordán, mientras Juan bautizaba en un bautismo general invitando a prepararse para la venida del Mesías, allí se estaba manifestando Jesús como el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo amado del Padre. Se nos está revelando la gloria del Señor. Todos podemos contemplarla y todos hemos de cantar al Señor: ‘¡Dios mío, qué grande eres!’ como hemos aclamado en el salmo.
‘En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. Como decimos en el prefacio: ‘hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros… y ungiste a tu siervo Jesús para que los hombres reconociesen en El al Mesías enviado a anunciar la salvación a los pobres’.
‘Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’, se oye la voz desde el cielo. ‘Aquí estoy yo, Padre, para hacer tu voluntad’, es la palabra primera y la respuesta de Jesús. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría en una ocasión a los discípulos. ‘Gracias, Padre; te bendigo, Señor del cielo y de la tierra, porque revelaste estas cosas a los humildes y a los sencillos’, sería la oración de Jesús. Pero sería también su ofrenda en el momento culminante de su muerte, pero que había sido la de toda su vida: ‘A tus manos, Padre, encomiendo mi Espíritu’.
Estamos contemplando hoy al Hijo amado del Padre, el Hijo de Dios y nuestro Salvador. Estamos contemplando una vez más la Palabra que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros. Es el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar. Es el Mesías Salvador que nos redime y nos salva y nos llena de nueva vida. Es el Hijo que a nosotros quiere hacernos hijos para que así también seamos amados del Padre. Tanto se encarna El en nuestra carne humana, que a nosotros nos eleva, a nosotros nos da el don de su Espíritu, a nosotros nos llena de nueva vida, la vida misma de Dios para convertirnos en hijos.
Cuando celebramos el Bautismo del Señor hemos de recordar nuestro propio Bautismo. No es necesario recordar mucho que el Bautismo al que quiso someterse Jesús en el Jordán era el que Juan administraba a quienes querían prepararse para la venida del Mesías y era como un signo de penitencia y conversión. No necesitaba Jesús de ese Bautismo, porque, aunque cargaba con todos nuestros pecados, en El no había pecado.
‘Yo bautizo con Juan, decía Juan, pero viene el que puede más que yo… El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Como nos narra san Mateo porfiaba Juan con Jesús, porque le decía ‘soy yo el que necesito que tú me bautices’, aunque Jesús le replicaba: ‘Déjalo ahora. Está bien que cumplamos con lo que Dios quiere’.
¿Qué podría significar que Jesús que ya era el Hijo de Dios quisiera someterse al bautismo de Juan? ‘En el bautismo de Cristo en el Jordán, decimos en el prefacio, has realizado signos prodigiosos, para manifestar el misterio del nuevo Bautismo’. A partir de entonces las aguas bautismales por la fuerza del Espíritu de Dios tendrán el poder de santificar para hacernos hijos de Dios. Las aguas bautismales serán para nosotros por la fuerza del Espíritu el sacramento del nuevo nacimiento.
‘Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre….que según su propia misericordia nos ha salvado, con el baño del segundo nacimiento y con la renovación del Espíritu Santo que Dios derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Señor’. Así nos decía san Pablo en la carta a Tito, que hoy hemos escuchado.
‘¡Dios mío, qué grande eres!’ tenemos que exclamar y dar gracias. También nosotros en nuestro Bautismo, ese bautismo por el que nos uníamos a Jesús para llenarnos de su vida y de su gracia, hemos comenzado a escuchar en nuestro corazón, repetido una y otra vez, ‘Tú eres mi hijo amado’. Somos amados del Señor. Somos también sus preferidos porque a nosotros también nos ha hecho hijos.
En Cristo resplandecía la gloria del Señor, porque era el Hijo de Dios. Esa gloria también tendría que resplandecer en nuestra vida. Por eso nuestra tarea será que todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor. En nosotros tendrá que resplandecer la gloria del Señor porque así tiene que ser santa nuestra vida. ¡Qué grandeza la que estamos recibiendo, pero también que exigencia más grande!
Algunas veces no terminamos de valorar lo suficiente el Bautismo que hemos recibido. Una celebración como la de hoy tendría que enseñarnos a recordar esa nuestra condición de bautizados y a valorar más el bautismo que hemos recibido. Que cuando participemos en alguna celebración del Bautismo tratemos de vivirlo intensamente para renovar esa gracia bautismal en nosotros.
Démosle gracias a Dios. No nos cansemos de alabar y bendecir al Señor. Pidamos su gracia, su fortaleza, la fuerza de su Espíritu para que así nos alejamos siempre del pecado y vivamos esa dignidad grande de hijos de Dios.

sábado, 9 de enero de 2010

Ánimo, soy yo, no tengáis miedo

1Jn. 4, 11-18
Sal. 71
Mc. 6, 45-52


‘Animo, soy yo, no tengáis miedo…’ les dice Jesús. Estaban atemorizados. Creían ver un fantasma. Atravesaban el lago y la travesía se les hacia difícil. Jesús se había quedado en la orilla, allá donde había multiplicado los panes y a ellos los había enviado en barca en dirección a Cafarnaún. Ahora habían visto a alguien que caminaba sobre las aguas. Jesús tiene que tranquilizarles.
Nos da pie para muchas reflexiones este texto y ya lo habremos meditado muchas veces. También muchas veces andamos llenos de temores. Queremos realizar el camino de nuestra fe y se nos hace difícil. No avanzamos lo que quisiéramos. Nos proponemos tantas cosas y al final terminamos, o al menos nos parece, donde mismo.
Nos llenamos de dudas, porque hay cosas que a veces nos cuesta entender. Como a los discípulos en aquella travesía del lago nos parece que el Señor nos ha dejado solos y las olas de las tentaciones y dificultades se crecen delante del barco de nuestra vida. ¿Está o no está el Señor con nosotros? ¿Por qué no lo vemos claro? ¿Por qué parece tantas veces que se nos oculta? El Señor está ahí y también nos dice: ‘Animo, no tengáis miedo, soy yo…’ aquí estoy.
Son las tentaciones de todo tipo que nos acechan; se nos desbordan las pasiones, el mundo se nos vuelve tan insinuante, el orgullo nos corroe por dentro con la falta de humildad, el egoísmo debilita nuestra generosidad y nuestro amor. ¿Dónde estás, Señor, que me siento sin fuerzas? Gritamos a veces. Otras veces nos cegamos de tal manera que ya ni gritamos, ni al final nos damos cuenta que el Señor está ahí. ‘Animo, no tengáis miedo…’
Hay tal confusión a nuestro alrededor. Cada uno nos ofrece sus salvaciones, la solución a los problemas a su manera, la forma de entender la vida y la sociedad según su propio estilo y nos quedamos tambaleantes porque quizá nuestra formación no es lo suficientemente fuerte, nuestro espíritu se nos ha debilitado, todo nos parece igual de bueno, y si las leyes dicen esto o lo otro es que las cosas tienen que ser así. Y andamos errantes de un lado para otro sin saber a qué carta quedarnos. Y el Señor está ahí y nos dice: ‘Animo, soy yo, no tengáis miedo…’ y quiere ser nuestra fortaleza y nuestra luz, pero nos encandilamos con cualquier luz que nos aparezca delante.
Tenemos que saber fortalecernos en el Señor. Tener una fe bien fundamentada para que nada ni nadie nos haga tambalear. Hemos de saber buscar la forma de formarnos debidamente. Tenemos que descubrir la presencia del Señor y de su amor a nuestro lado.
Hoy nos ha dicho san Juan en su carta. ‘No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud del amor’. ¿Cómo llegar a esa plenitud del amor? ¿Cómo descubrirlo y vivirlo para sentirnos fuertes y no dejar que el temor se apodere de nuestra vida?
‘Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en El. Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él’.
Hemos conocido el amor. Sabemos cuanto nos ama el Señor. Vemos su entrega de amor por nosotros. Tenemos que sentirnos seguros, porque somos unos amados de Dios. Y eso nos da seguridad y confianza. El Señor nos dice: ‘Animo, soy yo, no tengáis miedo…’ Dios nos ama.

viernes, 8 de enero de 2010

Envió su Hijo al mundo para que vivamos por medio de El

1Jn. 4, 7-10
Sal. 71
Mc. 6, 34-44


‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor, y empezó a enseñarles muchas cosas’. Ahora es Marcos, el evangelista, quien nos hace como un resumen del ministerio que Jesús realiza por Galilea.
Es la luz que va iluminando las mentes y los corazones, pero se va encontrando muchas tinieblas que hay que disipar. Camina Jesús entre las gentes, por los pueblos y los campos de Galilea y se va encontrando corazones desgarrados y hambrientos. ‘Andaban como ovejas sin pastor’ y ¿adónde podrán ir sin un pastor que les guíe, les cuide y les alimente? Por eso vemos que enseguida Jesús ‘empezó a enseñarles muchas cosas’.
Les alimenta con el pan de la Palabra que El anuncia; les alimenta también sus cuerpos hambrientos y extenuados, como un signo del alimento verdadero que Jesús nos quiere dar, pero que nunca podrá tampoco desentenderse de ese alimento material que necesitan.
‘Estamos en despoblado y es muy tarde’, le dicen los discípulos más cercanos a Jesús, ‘que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer’. Y Jesús nos está enseñando que no nos podemos desentender. ‘Dadles vosotros de comer’. No hay suficiente para todos pero habrá que compartir los cinco panes y los dos peces. Y se realiza el milagro.
¡Cuánto nos enseña Jesús! Allí está el amor y la misericordia, la ternura y la compasión. ‘Dios envió su Hijo único al mundo para que vivamos por medio de él’, nos decía san Juan en su carta. Viene el Salvador y viene el que es la vida. Viene el que nos redime de nuestros males y pecados y viene el que quiere que tengamos vida en él. Es su vida y su amor el que nos va a inundar. Es su amor y su vida el que nos va a alimentar de verdad. Es su amor y su vida el que nos va a poner en camino de actitudes nuevas que nos enseñen a amar y a compartir.
El milagro que Jesús realiza dando de comer a toda aquella gente por la que sentía lástima, por los que se derrite su corazón en amor y en ternura, nos está hablando de muchas cosas, nos está hablando de ese Reino de Dios, ese Reino de los cielos que El está anunciando e instaurando. Cuando queremos vivir en ese Reino de Dios significa que en nosotros hay, ha de haber, esas nuevas actitudes, esos nuevos gestos, esas nuevas obras que estamos viendo reflejadas en Jesús.
A Jesús queremos ir también nosotros para alimentarnos de El, escuchar su Palabra, plantarla en nuestro corazón, tener su vida en nosotros. Así nos alimenta, así nos llena de su salvación. Pero si así miramos a Jesús, escuchamos su Palabra, nos alimentamos de su vida, significará que ahora nosotros también tenemos que comenzar a mirar a los demás con una mirada de amor como lo hacía Jesús. Lo tenemos que hacer cada uno de los que llevamos el nombre de cristianos porque queremos ser discípulos de Jesús y es lo que quiere realizar y realiza la Iglesia una y otra vez en medio de nuestro mundo.
Pienso en esa multiplicación de los panes que la Iglesia sigue realizando hoy en tantos a los que quiere remediar en sus necesidades, sus carencias y sus problemas. La tarea de Cáritas, la tarea de tantas obras asistenciales y a favor de los demás que nacen al calor de la Iglesia e impulsados por nuestra fe en Jesús. Tantos lugares en los que se acoge y alimenta a los pobres, se les ayuda a abrirse a nuevos caminos en la vida; tantos lugares donde se cuida de los enfermos, se atiende a los ancianos, se realiza una labor maravillosa con discapacitados de todo tipo, físico o psíquico, y podríamos hacer una lista muy grande de todas esas obras de la Iglesia.
Es nuestra obra, la que tenemos que realizar desde esa fe que tenemos en Jesús, ese Jesús a quien hemos contemplado en estos días recién nacido en Belén, pero que sabemos, como nos ha dicho la Palabra de Dios hoy, que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, ‘para que vivamos por medio de El’.

jueves, 7 de enero de 2010

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande

1Jn. 3, 22-4, 6
Sal. 2
Mt. 4, 12-17.23-25


En los tres días que nos quedan del tiempo de Navidad escucharemos en el evangelio diferentes textos ya sea de san Mateo, como hoy, o de san Marcos, que nos hablan del inicio del ministerio de Jesús en Galilea.
Ya en el texto de Juan escuchado hace unos días se nos decía ‘determimó Jesús salir para Galilea’, donde se le irán uniendo los primeros discípulos. En el texto de hoy lo vemos situado en Cafarnaún. ‘Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún’, nos dice el Evangelista dándonos así motivación para recordarnos la profecía de Isaías. ‘País de Zabulón y país de Neptalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles…’ Un lugar importante el escogido por Jesús para establecerse, porque Cafarnaún en cierto modo es encrucijada de caminos, ‘camino del mar’ lo llama el profeta; variedad de gentes las que habitan en Galilea, por eso es llamada ‘Galilea de los gentiles’, lo cual está dando pie para comprender la universalidad del mensaje de Jesús y su salvación, como en cierto modo vimos en la celebración de la Epifanía, con la presencia de los Magos venidos de Oriente.
Nos vuelve a aparecer la imagen de la luz recogida en el profeta y que tantas veces de una forma o de otra nos ha ido apareciendo en este tiempo de Navidad. Hemos hablado mucho de resplandores, de luces y de estrellas, para significar el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre para traernos la luz de la salvación. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombra de muerte una luz les brilló’. El resplandor de una nueva aurora nos anuncia la salvación, que decíamos ayer.
Y la luz es Jesús y el anuncio de la Buena Nueva que está haciendo. ‘Está cerca el Reino de los cielos, convertíos’, anuncia Jesús. Está cerca porque ya se está manifestando en Jesús. Es su Palabra, son los signos que realiza, es su presencia salvadora. ‘Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’, nos resume el evangelista.
Comenzaban a aparecer las señales del Reino de Dios. ¿Los milagros que hacía son el Reino de Dios? El Reino de Dios se nos manifiesta en Jesús, los milagros serán signos o señales de que llega ese Reino de Dios. Para que en verdad sea el Reino de Dios hemos de reconocer esa soberanía y ese señorío de Dios, el único en nuestra vida y para todos los hombres. Que reine Dios en nuestra vida será porque el mal ha sido vencido, el pecado ya no nos domina, y todo será gracia y santidad. Por eso los milagros son señales de que ese mal es y será vencido. Como desaparece la muerte, el dolor o el sufrimiento cuando Jesús resucita a los muertos o cura a los enfermos, así va desapareciendo el mal, el pecado en nuestra vida, en el mundo, en el hombre.
Todo será ya para siempre gracia y santidad; ya brilla la luz de Jesús sobre nosotros y nuestro mundo; lejos de nosotros las tinieblas y la muerte; todo será llenarnos de la vida de Dios y de su amor. Es el anuncio que hace Jesús con sus palabras, con sus gestos, con sus signos y milagros, con su presencia, hasta que la muerte sea vencida y el pecado derrotado. Que para eso Cristo Jesús morirá por nosotros en la cruz.
Escuchemos su mensaje. Aceptemos el Reino de Dios que nos ofrece. Convirtamos nuestro corazón a Dios. Vivamos ya para siempre en lo más hondo de nosotros mismos ese Reino de Dios que Jesús viene a instaurar en nuestros corazones y en nuestro mundo.

miércoles, 6 de enero de 2010

Hemos visto salir la estrella y venimos a adorarlo

Is. 60, 1-6;
Sal. 71;
Ef. 3, 2-3.5-6;
Mt. 2, 1-12

‘Hemos visto salir la estrella y venimos a adorarlo... Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando… ¿Dónde está el recién nacido rey de los judíos?’

Es la gran fiesta de la Epifanía, Solemnidad, que hoy estamos celebrando. Una fiesta equivalente a la Navidad, aunque en nuestras costumbres populares se nos quede en lo del ‘día de reyes’ con sus ilusiones y regalos. Pero sabemos que es algo más. Hemos de reconocer incluso que en la liturgia de la Iglesia tiene la Solemnidad de la Epifanía hasta mayor antigüedad que la propia fiesta de la Navidad, y para la Iglesia Oriental es como la gran fiesta de la Navidad.
Una estrella ha aparecido en el cielo, llega la luz, amanece la gloria del Señor, el resplandor de una nueva aurora nos anuncia la salvación, desaparecen las tinieblas de la noche, brilla el Sol que nace de lo alto, todos los pueblos verán la gloria del Señor. Es una gran fiesta de luz donde va a resplandecer la gloria del Señor para todos los pueblos.
Si en la noche de Belén la gloria del Señor resplandeció y se anunció por los ángeles a los pastores que les había nacido un Salvador, ahora brilla la estrella en lo alto para que sean todos los pueblos los que puedan iluminarse con su luz; a todos los pueblos se anuncia la salvación. Los Magos de Oriente, que vieron la estrella en lo alto y se dejaron guiar por su luz, son imagen de ese anuncio universal de salvación para todos los pueblos, para todos los hombres.
El camino seguido por los Magos para llegar hasta Jesús puede ser hermoso recorrido para nosotros del camino de búsqueda de Jesús y de encuentro con El. Los Magos se dejaron sorprender por aquella nueva estrella aparecida en el cielo. No les pasó desapercibida y averiguaron cuál sería su significado. No se quedaron quietos y estancados con lo que iban descubriendo sino que se pusieron en camino porque lo que ellos deseaban ya era encontrar a aquel niño que se les anunciaba. Sus vidas comenzaron a tomar nuevos rumbos que les desinstalaba de lo que hasta entonces era su vida para encontrar el origen de aquella luz que bien iba a iluminar sus vidas.
Aquella voz de Dios que les hablaba a través de las señales del cielo, de los acontecimientos de la naturaleza, se convirtió para ellos en una Palabra viva cuando al llegar a Jerusalén han de consultarse las Escrituras Santas, los Profetas para poder interpretar debidamente el anuncio del cielo que llegaba a su corazón. Así llegarían a Belén y de nuevo la estrella les guiaría hasta el lugar exacto. ‘Se llenaron de inmensa alegría… entraron en la casa y se encontraron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron…’
Ya hay muchas cosas que se nos están señalando para nuestra vida. La voz del Señor llega a nuestros corazones de muchas maneras y no podemos hacer oídos sordos a las llamadas del Señor. Es más, tenemos que saber dejarnos sorprender por esa voz del Señor que llega a nosotros en una inquietud, en un acontecimiento y a través de muchas señales. Hemos de recorrer los caminos admirables y sorprendentes del Señor, porque sólo así podremos llegar a encontrarnos con El. No fueron fáciles para los Magos pero supieron recorrerlos y al final encontraron la verdadera luz que señalaba la estrella.
Tenemos que saber llegar hasta Belén, el Belén donde nos vayamos a encontrar con Jesús, con las mismas actitudes de los Magos, con los mismos deseos de los Magos. No nos podemos quedar insensibles ni impasibles sino que tenemos que saber dejarnos guiar por esas estrellas luminosas que el Señor pone a nuestro lado.
Nos pedirá salir de nosotros mismos, tener deseos de búsqueda y de encuentro de la Buena Nueva que el Señor quiera trasmitirnos, profundizar y rumiar en nuestro corazón esa Palabra del Señor que llega a nosotros, dejarnos conducir por su Espíritu que es el que nos guiará para encontrar esa Luz verdadera que va a iluminarnos con la salvación de Dios.
Y cuando encontremos esa luz, cuando nos encontremos de verdad con el Señor no temamos caer de rodillas para postrarnos ante El. Nos cuesta ponernos de rodillas y no me refiero sólo al gesto físico de arrodillarnos, sino doblar nuestro corazón y nuestra vida delante del Señor para reconocerle como nuestro único Dios y Señor y para adorarle desde lo más hondo del corazón.
Los Magos, ‘abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra’. Que sepamos abrir ese cofre tan cerrado a veces de nuestro corazón para ofrecerle lo mejor que tengamos dentro. No son cosas materiales lo que el Señor nos pide, aunque muchas veces también tengamos que desprendernos de esas cosas para compartir con los demás. Que seamos capaces de ofrecer la mejor ofrenda de nuestra fe, de nuestra obediencia a la voz del Señor, de nuestra humildad y de nuestra generosidad, de nuestra esperanza y de nuestro amor.
Nos queda un último detalle. La llegada a Belén supuso para los Magos emprender otros caminos distintos. ‘Avisados por el ángel se marcharon a su tierra por otro camino’. Belén nos abre a caminos nuevos. Ya para nosotros no debe haber tinieblas nunca más. Nuestros caminos tienen que ser luminosos porque serán para siempre caminos de amor y de nueva fraternidad. Hasta Belén llegamos siguiendo una estrella, pero de Belén tenemos que salir siendo estrellas para los que nos rodean.
Hasta ahora en estos días de Navidad hemos puesto luces de colores en nuestras puertas o ventanas o en nuestras casas para señalar a los demás que estábamos celebrando la Navidad; esas luces quizá las quitamos porque se acaban las fiestas, pero seremos nosotros esas luces de colores, esas lámparas luminosas que con nuestra vida señalemos a los demás el camino que lleva hasta Jesús. Recordemos que Jesús nos dirá que El es la Luz del mundo, pero que nosotros también tenemos que ser luz del mundo porque con nuestra vida, con nuestra fe, con nuestro amor, con nuestra esperanza y nuestro compromiso solidario tenemos que ser estrella que lleve hasta Jesús.

martes, 5 de enero de 2010

Una fe que crece hasta reconocer en Jesús al Hijo de Dios y nos convierte en discípulos y apóstoles

1Jn. 3, 11-21
Sal. 99
Jn. 1, 43-51


Ya lo hemos comentado en otra ocasión, la Buena Nueva del Evangelio que vamos escuchando estos días posteriores a la Navidad nos van ayudando, podríamos decir que pedagógicamente, a irnos introduciendo en todo el misterio de Jesús al tiempo que nos ayudan a pasar desde esa rectitud de vida y honradez, desde esa inquietud del corazó y esa búsqueda de Jesús a la condición primero de discípulos, seguidores de Jesús, y luego también de apóstoles de su evangelio.
De manera especial en lo escuchado en este final del capítulo primero del evangelio de san Juan lo vemos en la llamada de los primeros discípulos y el descubrimiento que ellos van haciendo de Jesús. De un Jesús maestro – rabí -, profeta y Mesías, en el que se cumple todo lo anunciado por los profetas hasta la confesión que hoy escuchamos en Natanael diciendo: ‘Rabí, tu eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
Efectivamente Juan y Andrés se van tras Jesús porque el Bautista lo había señalado como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’; ellos quieren conocer más de Jesús – ‘Maestro, ¿dónde vives?’, les escuchábamos ayer -, pero pronto Andrés anunciará a su hermano Simón ‘hemos encontrado el Mesías’.
Felipe, que sigue a Jesús escuchando la invitación que Jesús mismo le hace para ser su discípulo, dirá a Natanael ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado… a Jesús, el hijo de José, de Nazaret’. Y ya hemos comentado cómo lo reconoce y confiesa Natanael. Pero Jesús mismo completará esta revelación diciéndonos cómo se va a manifestar la gloria de Dios en El. ‘Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre’. Palabras de Jesús que nos recuerdan el sueño de Jacob que veía también esa escala que subía hasta el cielo por donde bajaban y subían los ángeles de Dios.
Aquellos que comenzaron a seguir a Jesús, siendo sus discípulos, pronto los vemos convertidos en apóstoles que llevan a sus compañeros la noticia de aquel a quien han encontrado y en el que se realizan todas las esperanzas. ‘Hemos encontrado al Mesías’ le dirá Andrés a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Lo mismo hará Felipe con su amigo Natanael el de Caná para llevarlo también a Jesús.
Nos ayuda también a nosotros en la vivencia de las celebraciones de estos días y en todo lo que es nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. Como hemos mencionado en más de una reflexión no nos quedamos en un Jesús niño, sino que en ese niño estamos contemplando al Hijo de Dios, estamos descubriendo al que es nuestro Salvador, estamos queriendo escuchar al que es la Palabra eterna de Dios, estamos vislumbrando todo el misterio de Dios que se nos revela, porque en el rostro de Jesús estamos conociendo el rostro de Dios. Ese Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros.
Nos queda hacer como aquellos primeros discípulos. Lo que estamos descubriendo y viviendo tenemos que comunicarlo a los demás. Mensajeros de Buena Nueva tenemos que ser nosotros en medio del mundo que nos rodea. Ante un mundo en tinieblas o desencantado en el que vivimos nosotros tenemos que despertar la fe y la esperanza desde nuestra fe y nuestra esperanza.
Esa alegría de la fe, del encuentro con Jesús y su seguimiento es algo que tenemos que trasmitir a los que nos rodean. No podemos vivir la alegría de la fe sólo como unos villancicos que ahora cantamos porque toca, porque es Navidad, sino que esto tiene que expresarse en nuestra vida, en la ilusión con que vivimos, en el amor del que llenamos nuestra vida, en todas esas obras buenas que hemos de hacer por los demás.
El mundo necesita esa alegría y esa esperanza. De nosotros depende que las puedan encontrar.

lunes, 4 de enero de 2010

Maestro ¿dónde vives?

1Jn. 3, 7-10
Sal. 97
Jn. 1, 35-42


‘Maestro, ¿dónde vives?’ fue la pregunta de Andrés y Juan. Habían escuchado al Bautista señalar a Jesús: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…’ Eran discípulos de Juan y en ellos estaba también la inquietud, la esperanza de la pronta venida del Mesías que Juan anunciaba como inminente. Por eso se van con Jesús y le hacen esa pregunta.
¿Preguntaban por un lugar, por una casa? Realmente había visto a Juan que vivía en el desierto y la austeridad de su vida. Pero aquel era el lugar del Bautista, allá en el desierto, junto al Jordán. ¿Cuál era el lugar de Jesús? ¿Cuál era el estilo de Jesús? ¿Cuál era su mensaje? La pregunta de Andrés y Juan implicaba muchas cosas.
Un día Jesús diría a alguien que se ofreció voluntario para seguir a Jesús. ‘Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas… las raposas tienen madriguera, las aves del cielo nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’, fue la respuesta a aquel que tan voluntariamente quería seguirle. Seguir a Jesús tiene sus exigencias.
No tenía donde reclinar su cabeza… lo hemos contemplado en estos días de la celebración de su nacimiento. ‘No había para ellos sitio en la posada’ de Belén. No había lugar para el nacimiento de un niño en aquella posada y allá se fueron Maria y José al establo de los animales y recostado en un pesebre lo encontrarían los pastores avisados por el ángel.
Como peregrino, emigrante o casi como desterrado tendrían que irse María y José con el Niño a Egipto, huyendo de Herodes que buscaba al Niño para matarlo. Otra vez sin tener donde reclinar la cabeza, como esos inmigrantes que nos llegan a nuestras costas buscando una vida mejor. ¡Qué parecido entre aquel Jesús que nace en Belén, huye a Egipto buscando salvar la vida, y estos emigrantes de hoy día, como los de todos los tiempos! Bueno es recordarlo para que quizá surjan actitudes nuevas en nuestro corazón.
No le conoceremos a Jesús sitio fijo para habitar a lo largo de su vida pública una vez que saliera de Nazaret. ¿En casa de Simón en Cafarnaún? Y cuando iba de pueblo en pueblo por los caminos de Galilea y de Palestina toda, ¿dónde reclinaba su cabeza? Cuando venía a Jerusalén algunas veces le veremos acogido en Betania en casa de Lázaro, Marta y María tan hospitalarios, pero seguramente que muchas veces los campos cercanos a la ciudad, como las laderas de Getsemaní o el monte de los Olivos serían lugares donde guarecerse, porque allí sabía Judas que iba a encontrarlo. Le veremos a la mesa de Simón, el fariseo, o de Zaqueo, el publicano, o Mateo que le ofrece un banquete, pero de resto peregrino dejándose acoger por los demás como El nos acoge a todos.
‘Maestro, ¿dónde vives?... Venid y lo veréis… y se fueron con El’. Estar con Jesús, vivir con Jesús es ponerse en camino. Porque estar con Jesús es seguirle. Estar con Jesús significa desprendimiento. Estar con Jesús, vivir con Jesús es disponerse para una vida nueva. ‘Venid, y lo veréis…’
Preguntamos quizá nosotros también ‘Maestro, ¿dónde vives?’ porque quizá buscamos seguridades, apoyos humanos. Pero tenemos que hacerle esa pregunta a Jesús sin miedos, con generosidad en el corazón. ‘Venid y lo veréis’, nos responde también a nosotros Jesús. Cuando aprendamos a ponernos en camino le conoceremos, seremos auténticos discípulos.

domingo, 3 de enero de 2010

Plantó su tienda entre nosotros y nos da el poder ser hijos de Dios


Sab. 24, 1-2.8-12:

Sal. 147;

Ef. 1, 3-6.15-18:

Jn. 1, 1-18


No puedo menos que comenzar haciendo mía la súplica de san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’.
Sólo con la luz de su Espíritu podemos conocerle. El es quien nos lo revela. ‘A Dios nadie lo ha visto jamás…’ Es el deseo de todo hombre, ver a Dios conocer a Dios. Pero en todo el Antiguo Testamento está la Tradición de que no se puede ver a Dios y quedar con vida. Se nos habla de Abrahán que hablaba con Dios como con un amigo, y que se le manifestaba en el caminante que llegaba a su tienda, o el ángel del Señor que le hablaba. Moisés en lo alto de la montaña primero escuchó la voz de Dios que le hablaba y le confiaba una misión y cuando lo vio bajó de la montaña con el rostro resplandeciente.
Pero ahora se nos dirá que ‘el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer’. Y es que Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros, la Palabra que nos revela a Dios y nos da a conocer su misterio de amor. ‘La Palabra que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Plantó su tienda, como el beduino que allá en el desierto planta su tienda para acampar, como el caminante que lo hace para descansar en el camino, ‘la Palabra plantó su tienda entre nosotros’. Es presencia y es descanso. Es luz y es vida. Será alimento y será viático para nuestro caminar. Quiere estar entre nosotros porque es el Dios con nosotros. Se acerca de la forma más humilde y entre los humildes, porque al no encontrar posada lo vemos nacer en un establo y ser reclinado en un pesebre entre pajas.
Misterios y maravillas de Dios que nos hacen contemplar su gloria. No como nosotros nos lo habríamos imaginado, sino en la humildad y sencillez. Pero ‘hemos visto su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Así se manifiesta la gloria del Señor.
En la noche de Belén ‘un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad’. Así brilla la gloria de Dios, así es el resplandor de su luz. Pero maravilla del amor de Dios que así quiere acercarse a nosotros en la humildad y la pobreza. Lo hizo entonces y lo sigue haciendo hoy porque es ahí en los pobres y los humildes donde quiere que le encontremos, y que lo que a ellos le hagamos a El se lo estaremos haciendo.
Significa, pues, el amor y la cercanía de Dios, el que planta su tienda entre nosotros. Y se quedará para siempre con nosotros, porque, aunque nos parezca que se vaya o no le sepamos ver, El ha prometido que estará con nosotros para siempre, hasta el final de los tiempos. Y estará para siempre la presencia de su Espíritu y la presencia maravillosa en los sacramentos sobre todo en la Eucaristía. Y luego, tras ese final de este mundo, ya estaremos para siempre con El en la gloria eterna del cielo.
Hoy Juan nos ha dicho que ‘la Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre… en la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella y el mundo no la recibió. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron…’
Paradojas del misterio que estamos celebrando. La luz viene para iluminar. Dios planta su tienda entre nosotros. No es que nosotros tengamos que hacer grandes recorridos para ir hasta Dios, sino que es Dios quien viene a nosotros, y nos trae luz, y nos trae vida, pero ‘vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’
Drama del hombre que no recibe a Dios, que rechaza la luz, que prefiere a las tinieblas. Ceguera inexplicable que rechaza la luz, como si le molestara y prefiriera a las tinieblas. Misteriosa maldad del hombre que en nombre de la libertad que Dios mismo le ha concedido y con la que le ha engrandecido, se decide por el ‘no’ a la luz y a la vida prefiriendo las tinieblas y la muerte.
Pero tras ese drama del hombre seguiremos contemplando el amor y la espera de Dios. El sigue esperándonos y buscándonos. Y ‘a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios si creen en su nombre’, nacidos no de la carne o amor humano, sino de Dios. ‘En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres’. Esa luz y es vida de la que nos hace partícipes para que para siempre seamos hijos. ‘De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia’.
Como nos decía san Pablo ‘nos ha elegido… y nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos…’ Por pura iniciativa, por puro amor de Dios que así nos ama. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios,, pues ¡lo somos!’, que exclamaba san Juan.
‘Bendito sea Dios’, tenemos que reconocer y lo hacemos de manera especial cuando estamos contemplando y celebrando todo el misterio de la Navidad, ‘que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales’. Démosle gracias a Dios.