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sábado, 11 de julio de 2009

Es el Señor quien da la Sabiduría para mirar con los ojos de Dios

Prov. 2, 1-9
Sal. 33
Mt. 19, 27-29


‘Es el Señor quien da la Sabiduría, de su boca procede la prudencia y la inteligencia’. Así nos dice el libro de los Proverbios, un libro del Antiguo Testamento del conjunto de los Sapienciales. La liturgia nos ofrece este texto en la fiesta de san Benito Abad que hoy estamos celebrando. Fundador de los Benedictinos nos enseña a buscar y llenarnos del misterio de Dios en el silencio del monasterio, en la oración y en el trabajo que es su lema.
Buscar la sabiduría, desear ser sabios puede ser una noble aspiración. Sabio no es simplemente tener muchos conocimientos, sino haber aprendido a saber saborear esos conocimientos que en la vida hemos ido adquiriendo para de ellos saber deducir un buen hacer. Conocimientos acumulados están en los libros que llenan los estantes de una biblioteca o es el contenido de una enciclopedia, pero no es sabia la biblioteca ni la enciclopedia sino el hombre que ha rumiado y madurado esos conocimientos.
El hombre sabio es el hombre reflexivo, el hombre que sabe pasar una y otra vez por lo más hondo de su vida, su inteligencia y su corazón aquellos conocimientos que va adquiriendo. Es como el rumiante, como se suele decir, que dos veces mastica el alimento para saber sacarle todo su provecho. Así el hombre sabio es el que rumia, reflexiona, ahonda lo que ve, lo que siente, lo que conoce, lo que recibe y de todo eso va sacando el jugo más profundo. Por eso decimos que es un hombre reflexivo, prudente, paciente, pacífico porque ya va viendo todo con una nueva visión.
Pero nosotros somos creyentes que confesamos que todo viene de Dios y en Dios se centra para bien del hombre y para la misma gloria de Dios. Pues el creyente toda esa reflexión la hace en Dios. ¿Cómo? Es la oración. La oración en la que no sólo nos contentamos con decirle cosas a Dios, sino que intentamos llenarnos de su presencia, dejarnos inundar de Dios mismo. Dejarnos inundar de Dios para mirar con su mirada. Veremos entonces la vida, lo que nos sucede, a nosotros mismos o a los demás, el mundo que nos rodea y todo lo que vamos recibiendo con los ojos de Dios.
El creyente pide la Sabiduría de Dios. No olvidemos que uno de los dones del Espíritu Santo es el don de la Sabiduría, junto con el don de la ciencia o el don del conocimiento de Dios y del temor de Dios. Que nos llene e inunde, pues, el Espíritu de Sabiduría y así tendremos esa mirada de Dios. Eso significa dejarnos conducir por Dios. Algo que nos cuesta en nuestro orgullo porque queremos ser grandes, porque nos queremos aceptar que alguien nos diga o nos señale lo que hacemos o vivimos. De ahí, esa humildad para dejar a Dios introducirse en nuestra vida, escuchar su Palabra y hacer que nos ilumine, nos señale caminos o nos dé el verdadero sentido de las cosas.
Escuchar a Dios allá en lo más hondo de nosotros mismos para lo que necesitaremos un silencio interior, recogimiento, decimos. Los ruidos nos distraen. Pero no son ya solamente los ruidos externos, sino los ruidos que podamos tener en nuestro interior. Si ya es necesario que externamente nada nos distraiga, cuánto más en nuestro interior donde nuestra mente, nuestra imaginación nos distrae con tantas cosas. Ruidos interiores que nos distraen con aquellas cosas que nos han entrado por los sentidos, - lo que hemos visto, lo que hemos escuchado, aquello por lo que nos sentimos atraídos -; ruidos interiores que son nuestras preocupaciones o nuestros sueños, o nuestras propias pasiones. Un dominio de los sentidos para lograr ese silencio, ese serenidad, esa paz interior.
Sólo así podremos escuchar a Dios. Sólo así podremos ir adquiriendo esa sabiduría de Dios. Sólo así tendremos esa nueva mirada de nuestra vida, del mundo que nos rodea, o de las personas con las que convivimos, que es la mirada con los ojos de Dios.
Busquemos esa Sabiduría que nos viene de Dios como el más hermoso tesoro. Entonces, como nos decía el libro de los Proverbios, ‘comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios… comprenderás verdaderamente la justicia y el derecho, la rectitud y toda obra buena’.

viernes, 10 de julio de 2009

Como ovejas en medio de lobos

Gén. 46, 1-7.28-30
Sal. 36
Mt. 10, 16-23

El texto del evangelio de hoy tiene continuidad con los que hemos reflexionado en los días precedentes porque todos forman un conjunto en un único episodio que sin embargo litúrgicamente se nos ofrece por partes. Digo esto para que comprendamos mejor la unidad del mensaje del evangelio.
Hemos escuchado en días precedentes la elección de los Doce como Apóstoles por parte de Jesús y su envío de dos en dos a predicar que ‘el reino de los cielos está cerca’ acompañado de signos y prodigios, en la instrucciones que da a los discípulos ya nos deja entrever que no siempre iban a ser aceptados por todos de la misma manera y en este texto de hoy ya se nos habla de persecuciones en concreto por causa de su nombre.
Pero este anuncio que hace Jesús no es para el temor y el miedo, o para echarnos atrás por las dificultades que se van a encontrar, sino que el anuncio fundamental que nos hace Jesús es el gozo del testimonio dado, la fuerza del Espíritu que nunca nos faltará y la esperanza de salvación eterna que acompañará todo nuestro actuar.
‘Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes… os arrestarán’ e incluso nos anuncia que por parte de los más cercanos - y habla de padres, hermanos e hijos – ‘os odiarán y os matarán’. Todo por causa del nombre de Jesús.
Pero Jesús promete el gozo hondo que se siente al dar, por la causa de Jesús, ‘testimonio ante ellos y los gentiles’. Nos dice que no nos preocupemos de lo que hemos de hablar en nuestra defensa ‘porque no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Será el Espíritu que nos de fortaleza para la perseverancia, porque en el horizonte final esta la salvación eterna. ‘El que persevere hasta el final, se salvará’, nos dice el Señor.
Estas palabras de Jesús nos dan fortaleza y esperanza, porque sabemos que nunca nos faltará la asistencia del Espíritu. Podíamos decir que Jesús nos está preparando para lo que ha de venir, que no siempre será camino de rosas, sino que esas flores tienen también sus espinas, pero el perfume de la gracia, de la presencia de Jesús, del testimonio valiente que demos, compensará esos otros momentos de sufrimiento.
Cuando escuchamos este evangelio de Jesús que anuncia persecuciones, nos dice que nos manda ‘como ovejas entre lobos’ y nos pide ser astutos a la que vez que sencillos, podríamos pensar que Jesús está anunciando lo acaecido en otros tiempos o lugares, pero que quizá a nosotros eso no nos afecte. Fácil es pensar eso fue en el tiempo de las persecuciones de los emperadores romanos o en otras épocas y lugares de la historia donde los cristianos han sufrido rechazo y persecución.
Pero tenemos que pensar que esa palabra de Jesús se nos dirige hoy a nosotros, y no como testigos con la distancia del tiempo del sufrimiento de otros cristianos y en otras épocas. También hoy no siempre los cristianos son aceptados en todos sitios, sufren vejaciones y oposición abierta o solapada. Hay quienes rechazan la fe y hacen oposición muy activa contra todo lo que signifique religioso o cristiano. En el mundo moderno en el que vivimos ser cristiano puede ser muchas veces un signo de contradicción y un blanco fácil para el odio de muchos que rechazan todo lo que signifique fe o religión.
Muchas veces no sólo de ateos radicalmente convencidos y combativos, sino que muchas veces hasta dentro de nuestro propio círculo, hasta de nuestros propios grupos surge esa oposición y hasta persecución. ¡Cuántas veces en nuestros propios grupos cristianos y hasta en la misma Iglesia – lo que es más doloroso si cabe - nos encontramos situaciones así de rechazo, de crítica destructiva, de división… hacia los sacerdotes, hacia los otros grupos, hacia la misma Iglesia! Es bueno reconocerlo porque es una realidad. Es bueno darnos cuenta de ello para afirmarnos más en nuestra fe y en nuestras convicciones para dar testimonio y para dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu que nos llevará a la perseverancia final y a la salvación.
El Espíritu del Señor no nos faltará nunca y el que vendrá y nos guiará hasta la verdad plena también será quien hable por nosotros cuando tengamos que vernos enfrentados no solo ante los tribunales, sino ante todo testimonio que hayamos de dar frente a los que nos rodean.

jueves, 9 de julio de 2009

Anuncio de la buena noticia de la salvación

Gen. 44, 18-21.23-29; 45, 1-5
Sal. 104
Mt. 10, 7-15


Jesús comenzó su actividad pública invitándonos a la conversión para creer en el evangelio porque el Reino de los cielos estaba cerca, como nos cuenta el principio del evangelio y hoy se ha recogido en la antífona del aleluya.
Hoy le escuchamos enviar a los doce apóstoles que ha escogido diciéndoles: ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca…’ Es el anuncio de la Buena Noticia de la salvación, del Reino de Dios, de la vida y de la gracia, de la victoria sobre el mal y el pecado. Es lo que se quiere expresar con lo que les dice Jesús: ‘Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios’. Son las señales del Reino de Dios que llega. Pero esos milagros van más allá de la materialidad de los enfermos o los leprosos que son curados, los muertos que resucitan, o a los endemoniados a los que Jesús cura, como le vimos ayer curar al endemoniado que era mudo.
Jesús que nos sana y que nos salva; Jesús que nos limpia del mal más hondo que pueda haber en nuestra vida cuando nos perdona nos pecados; Jesús que nos llena de nueva vida arrancándonos de la muerte del pecado para darnos la vida de la gracia; Jesús que se manifiesta vencedor en nuestra vida cuando nos libera del mal y de la tentación; Jesús que nos pone en camino de una vida nueva con un estilo nuevo que es el estilo del amor.
Y eso que han experimentado los apóstoles en si mismos cuando al seguir a Jesús su vida se ha transformado, han de llevarlo a los demás. Como les dice Jesús: ‘Lo que habéis recibido gratis, darlo gratis’. Porque la salvación recibida es un regalo de Dios. Por mucho que hagamos no somos nosotros los que merecemos la salvación, sino que es gracia, regalo, don de Dios. Es el amor de Dios al que nosotros hemos de responder y corresponder. Y una correspondencia es el trasmitir también esa salvación a los demás, para que todos lleguemos a comprender y vivir lo que es el amor de Dios.
Y Jesús nos da unas características del que recibe esa misión de Jesús como con el desprendimiento y la pobreza, la confianza en la providencia de Dios y la paz. Nos habla Jesús diciendo que no llevemos ‘en la faja oro, ni plata ni calderilla, ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica ni sandalias, ni bastón, que bien merece el obrero su salario…’ El que va con la misión recibida del Señor no va apoyándose en fuerzas humanas ni terrenas, sino que su fortaleza está en el Señor. De ahí esa confianza, ese ponerse en las manos de Dios para realizar esa misión que se le confía.
Creo que esto tendría que hacernos pensar, porque algunas veces puede dar la impresión que nos queremos apoyar en esos medios humanos o incluso en poderes humanos, lo que está bastante lejos del espíritu del Evangelio. Creo que el apóstol y evangelizador tiene que sentirse libre en lo más profundo de sí mismo sin ninguna atadura. El evangelio tiene fuerza por sí mismo, porque es la fuerza del Espíritu de Dios que es el que nos salva. No temamos ser vasijas de barro, como dice san Pablo en alguna ocasión, para que así se vea que la fuerza está en el Señor.
Porque Cristo con su gracia nos ha liberado, queremos llevar esa libertad de Cristo a los demás. Es la Buena Nueva que anunciamos a los demás. Es la paz que tenemos que saber trasmitir a todos llevándola nosotros en lo más profundo de nosotros mismos. ‘En la casa en que entréis, saludad con la paz. Y si allí hay gente de paz, la paz vendrá a ella…’ nos dice Jesús. Por eso primero que nada tenemos que sentir en nosotros esa paz que Jesús nos da, para que podamos trasmitirla a los demás.
¡Cómo tenemos que agradecer esa salvación que nos ha regalado Jesús y el que nos haya querido confiar que la trasmitamos a los demás!

miércoles, 8 de julio de 2009

La misión y la obra de Cristo, de los Apóstoles y nuestro compromiso

Gén. 41, 55-57; 42, 5-7.17-24
Sal. 32
Mt. 10, 1-7


Ayer contemplábamos y reflexionábamos sobre la obra y la misión de Jesús: proclamar el anuncio del Reino de Dios y a través de signos y señales hacerlo presente en la vida de los hombres. ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’.
Escuchábamos también la invitación que nos hacía a ‘rogar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies… porque la mies es abundante y los trabajadores pocos’. Y es que Jesús ‘se compadecía de la gentes porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’.
Hoy en el evangelio contemplamos cómo Jesús nos confía esa misión. Muchos eran los discípulos que le seguían, pero quiere tener un círculo más íntimo y cercano que van a ser como el fundamento de esa nueva comunidad que se forma en torno a Jesús y a los que va a confiar su misma misión. ‘Llamó a sus doce discípulos…’ y el evangelista nos da la relación concreta, incluso con detalles de sobrenombres o actuaciones, como en el caso de Judas. Son los obreros, los trabajadores de la mies del Señor, del campo de nuestro mundo.
Los elige y los envía ya a realizar una misión. Aún no los enviará por todo el mundo, como hará momentos antes de su Ascensión al cielo, no quiere incluso que vayan ‘a tierra de paganos ni a las ciudades de Samaria, sino a las ovejas descarriadas de Israel’. Podríamos llamar a esto una primera experiencia apostólica. A mi me recuerda mis tiempos de seminario, que en verano éramos enviados a lugares concretos a realizar lo que llamábamos ‘experiencias apostólicas’.
Les confía una misión y les da un poder y autoridad para que puedan realizarlo en su nombre. ‘Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos – ayer contemplábamos a Jesús curando a un endemoniado que era mudo – y curar toda enfermedad y dolencia’, como Jesús hacia cuando recorría las ciudades y aldeas. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’. Es el anuncio de la Buena Noticia, el Evangelio del Reino, en el que había que creer y al que había que convertirse.
Es la misión y la obra de Jesús que se prolonga en los apóstoles, que se prolonga en la Iglesia. No es otra nuestra misión. La proclamación del Evangelio, de la Buena Noticia de la Salvación y hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo también por medio de señales y signos, por las señales de nuestro amor y compromiso.
Es la obra que sigue realizando la Iglesia con su predicación pero también a través de la acción de tantas instituciones y de tantos cristianos comprometidos en el amor y la justicia. Creo que puede ser un motivo este evangelio que estamos reflexionando para reconocer y valorar la obra de la Iglesia. Reconocer que comience por conocer porque muchas veces tenemos un desconocimiento grande los cristianos de lo que la Iglesia realiza.
Pero también puede ser una ocasión para que nosotros seamos conscientes también de la misión que como cristianos hemos recibido, de la obra que tenemos que realizar. Porque esa obra de la Iglesia es nuestra obra, la que nosotros cada día tenemos que hacer, tenemos que asumir, en la que tenemos que responsabilizarnos.
Tenemos que rezar para que haya trabajadores para su mies, como Jesús nos pide en el evangelio; rezar para que descubramos nuestro lugar y asumamos esa misión recibida del Señor; rezar para que no nos falte nunca la fuerza del Espíritu del Señor, el Espíritu que ungió a Jesús y a nosotros nos ha ungido también, para que seamos testigos de su evangelio, testigos del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.

martes, 7 de julio de 2009

Abre, Señor, nuestros labios para cantar tu alabanza

Gen. 32, 22-32
Sal. 16
Mt. 9, 32-38


Unos con fe se llenan de admiración ante el actuar de Jesús – ‘la gente admirada decía: Nunca se ha visto en Israel cosa igual’ – mientras otros le rechazan, le malinterpretan y hasta tienen reacciones blasfemas atribuyendo al maligno lo que son las obras de Dios – ‘éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios’ -.
¿Qué es lo que hace Jesús? Enseñar anunciando el Reino de Dios y curar a los enfermos como señal de que el Reino de Dios ha llegado. ‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias’. El texto de hoy ha comenzado hablándonos de la curación de un endemoniado mudo.
¿Qué significan esas curaciones? Ya decíamos que curaba a los enfermos como señal, como signo de que el Reino de Dios ha llegado. Es el signo que manifiesta cómo Cristo viene a arrancarnos del mal.
La enfermedad es carencia de un bien, es un mal. Era fácil en los antiguos pensar en la enfermedad como un castigo de Dios; el leproso, por ejemplo, se le consideraba no solo una persona inmunda que no podía estar con el resto de la comunidad, sino como un maldito de Dios.
No es ajeno ni lejano ese concepto a lo que muchas veces entre nosotros pensamos. ¿Por qué me ha sucedido a mí esto?, nos preguntamos cuando enfermamos sobre todo con una enfermedad grave. ¿Qué he hecho yo para que Dios me castigue así?
Era fácil entender que al enfermo se le considerase como un poseído por el maligno. En este sentido la expresión endemoniado en la Biblia no es sólo una posesión diabólica, sino que así se le considera al que tiene una enfermedad grave e inexplicable. Que Jesús los curara era expresión de la liberación del mal que Cristo quiere hacer en nuestra vida con su salvación.
Hoy le han traído a Jesús a un endemoniado mudo. Y Jesús lo cura. Y de ahí surgen los diferentes comentarios a los que hacíamos mención al principio de este comentario. Nosotros queremos reconocer el poder de Dios, las maravillas que Jesús realiza y por ello queremos dar gracias y dar gloria a Dios.
Esa curación del sordomudo puede tener también para nosotros hondo significado. Ni podía oír, ni podía hablar. ¡Cuántos sordos y cuántos mudos y no sólo ya por la carencia de los sentidos! ¡Cuántas veces somos sordos o nos hacemos sordos y cuántas veces somos mudos o nos callamos por distintos motivos que impiden dar gloria a Dios!
Que el Señor nos abra nuestros oídos para que estemos atentos. Atentos primero que nada a Dios, para escuchar su Palabra, para ver y descubrir tantas señales del salvación que Dios pone a nuestro alcance. Atentos a la voz de Dios que nos llama. Atentos también al clamor de nuestros hermanos pobres, necesitados, sufrientes de nuestro alrededor. Abiertos nuestros oídos para saber escuchar y para saber comprender. Muchos necesitan ser escuchados y nosotros en nuestras prisas y agobios no tenemos tiempo para detenernos a la vera del hermano que nos encontramos en el camino.
Que el Señor abra nuestros labios para la alabanza del Señor, para cantar su gloria, para contar a todos los pueblos las maravillas del Señor. Que no se nos cierren nuestros labios por cobardía, por vergüenzas o por temores. Que seamos valientes para decir esa Palabra que nos hace testigos, que llena de esperanza, que siembra paz en el corazón de quienes nos oyen, que despierta a la alegría y a la ilusión.

lunes, 6 de julio de 2009

El sueño de Jacob: Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo

Gén. 28, 10-22
Sal. 90
Mt. 9, 18-26


Un hecho muy significativo en la historia de Jacob. ‘Salió de Berseba en dirección a Jarán… llegó a un lugar donde se quedó a pernoctar porque ya se había puesto el sol, cogió allí mismo una piedra y se la puso como almohada y se echó a dormir en aquel lugar… y tuvo un sueño…’
Es normal en la historia de los grandes patriarcas de la historia de la salvación que Dios se les manifieste en la figura de ángeles, de caminantes que les salen al encuentro o de sueños, como es en este caso. Allí contempla la gloria de Dios en el sueño. ‘Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pié sobre ella y dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac… yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas…’
Ese signo de los ángeles que bajaban y subía nos habla de esa cercanía de Dios que también se manifiesta en su presencia y en sus palabras. ‘Yo estoy contigo…’ No es el Dios lejano allá arriba en el cielo sino que ya se está manifestando el Dios que viene al encuentro del hombre, el que va a ser el Emmanuel, el Dios con nosotros cuya manifestación culminante será en Jesús.
Un día el hombre había querido levantar una torre tan alta que estuviera por encima de Dios. Recordamos la torre de Babel, de la confusión. En su orgullo y soberbia quisieron ser tan grandes que Dios no pudiera estar sobre ellos; por eso quisieron levantar esa torre tan alta. Pero la soberbia y el orgullo confunden al hombre y lo enfrenta consigo mismo y con los demás. La imagen de la confusión de lenguas y la dispersión es eso lo que quiere expresar. Pero hoy por el contrario vemos que es Dios el que tiene una escala para acercarse al hombre, para estar con El y para caminar a su lado.
Al despertar Jacob es conciente de la presencia de Dios y de que aquel lugar es un lugar santo. ‘Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía…’ Quiere dejar una señal y realizará un signo que será primera vez que aparezca en la Biblia, pero que será signo repetido. ‘Tomó la piedra que le había servido como almohada, la levantó como estela y derramó aceite encima’.
Aquel lugar sería para siempre un lugar santo. El signo de derramar aceite encima quedará como signo de consagración que veremos repetido en el Antiguo Testamento y que también lo realizaremos en el Nuevo Testamento. Ungido con aceite para significar una consagración. Lo que es ungido es considerado como cosa santa y sagrada. Es como una pertenencia de Dios y al mismo tiempo como una señal de la presencia de Dios. Ungido es el altar y el templo de Dios, ungidos son los sacerdotes y los reyes; y ungido por el Espíritu es Jesús, como se manifestará en el Bautismo en el Jordán o en el texto leído en la Sinagoga de Nazaret.
‘Sobrecogido añadió: Qué terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo… y llamó a aquel lugar Betel, Casa de Dios; antes la ciudad se llamaba Luz’. Betel, la Casa de Dios. Sería un santuario muy importante en la historia de Israel y signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Muchas veces más aparecerá este lugar en la Biblia.
Todos estos signos y señales también nos pueden decir muchas cosas a nosotros hoy. Se nos habla de esa presencia de Dios, de esa unción del lugar santo. Recordamos que nosotros hemos sigo ungidos en nuestro Bautismo y Confirmación con el Espíritu Santo. Ungidos para ser también morada de Dios y templos del Espíritu. Ungidos para significar nuestra pertenencia al Señor y la santidad que ha de brillar en nuestra vida. Ungidos para ser santos. Es nuestra tarea y nuestra meta.
En todo momento y lugar podemos sentir, pues, la presencia de Dios, no como un Dios lejano, sino como un Dios que camina a nuestro lado. Pero es el Dios que nos quiere santos, que quiere morar en nuestro corazón y que seamos templos del Espíritu Santo. Vivamos esa santidad dejando que Dios venga a nosotros y nos inunde con su Espíritu, que es Espíritu de paz y de amor, que es Espíritu de comunión y de santidad.

domingo, 5 de julio de 2009

Nuestra respuesta al regalo de salvación de la Palabra de Dios


Ez. 2,2-5;

Sal. 122;

2Cor. 12, 7-10;

Mc. 6, 1-6


La profecía de Ezequiel que hoy hemos escuchado nos recuerda a Isaías en el texto que Jesús leyó en su visita a la sinagoga de Nazaret, como se nos cuenta en el evangelio de Lucas. ‘El Espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía… yo te envío a los israelitas…’
Jesús está lleno del Espíritu del Señor que le ha ungido y ha enviado a anunciar la Buena Noticia de Salvación… proclamar la amnistía, el perdón, la gracia salvadora de Dios.
La Palabra que se nos proclama espera respuesta por nuestra parte. La salvación es un regalo de gracia del Señor pero que tenemos que acoger y aceptar. Dios no nos obliga ni a la salvación. Nos ofrece su regalo de salvación. Pero podemos cerrar las puertas de la vida a la gracia salvadora del Señor.
Sucedió entonces y sigue sucediendo. Jesús en el evangelio nos lo muestra de diferentes maneras. Algunas veces con parábolas como la del trigo caído en tierras diferentes con la disparidad de sus frutos. Otras, como hoy, nos habla de la actitud y hasta rechazo de sus gentes en Nazaret.
Todas las preguntas que se hacen las gentes de Nazaret eran como poner ‘peros’ o pegas a la acción de Jesús. ¿Quién es éste? ¿Cómo sabe tanto? ¿Y esos milagros que sabemos que ha hecho en Cafarnaún y en otros lugares?
‘No rechazan a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, diría Jesús. ‘No pudo hacer allí ningún milagro… y se extrañó de su falta de fe’.
‘Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos’, que decía la profecía de Ezequiel.
Hablábamos de la respuesta a la Palabra salvadora de Jesús, de la respuesta negativa de las gentes de Nazaret, pero ¿cuál es nuestra respuesta? Ya sabemos que cuando escuchamos y comentamos la Palabra de Dios no nos quedamos en hacer juicio de la respuesta que otros dieron a Jesús. La Palabra es una palabra viva que el Señor nos dirige, que el Señor dirige a cada uno de los presentes. Por eso siempre tenemos que mirarnos en el espejo de esa Palabra dicha y escuchada para ver nuestra respuesta.
Si miramos el conjunto de nuestra sociedad y del amplio campo de nuestro mundo ya sabemos y somos conscientes de la respuesta. No vamos a contentarnos en nuestra reflexión con lamentaciones sobre la increencia de la gente, la indiferencia religiosa en la que se está cayendo o la pérdida de valores que se sustituyen por ese materialismo de la vida, ese hedonismo o apetencia de vida fácil y placentera que estamos viendo como algo predominante en nuestra sociedad entre otras cosas.
Yo querría pensar en la respuesta que damos los que estamos más dentro de la Iglesia, de los que venimos a Misa cada semana o cada día y escuchamos la Palabra, en nosotros mismos que estamos aquí reunidos y me pongo yo el primero en este análisis o examen.
No nos extraña que los ajenos a la religión o al espíritu o sentido cristiano no terminen de entender el mensaje de Jesús, digan no sé cuantas cosas de la Iglesia y hagan sus propias interpretaciones, por ejemplo, del magisterio de la Iglesia, lo que nos enseña el papa o nuestros obispos. Cogerán, como se suele decir, el rábano por las hojas, tomarán una frase fuera de contexto según sus visiones e intereses y harán sus interpretaciones, sus juicios, como sucede tantas veces con el magisterio del Papa. Casos recientes tenemos muchos.
Pero, ¿no estaremos cayendo en esas redes los que nos sentimos más cercanos de la Iglesia, los que estamos dentro de ella? Muchas veces nos dejamos arrastrar por esos comentarios y los aceptamos sin más, sin buscar la manera de conocer mejor lo que realmente nos ha dicho la iglesia o el Papa. Otras veces también queremos hacer nuestras rebajas en principios fundamentales de nuestra fe o de nuestra moral cristiana basada en el evangelio. O nos vamos con éste o con aquel porque nos cae más simpático, o porque con su palabrería halaga mis oídos, mis intereses o mis pasiones diluyendo el espíritu del evangelio. Son peligros y tentaciones que todos tenemos.
Los convecinos de Jesús en Nazaret sacaban a relucir que si era el carpintero, o si era el hijo de María, o que por allí andaban sus parientes. Pero ¿estaban abiertos a la Palabra de Dios que Jesús proclamaba y al anuncio del Reino? Ya el mismo evangelista nos comenta que Jesús se extrañaba de su falta de fe. O sea, que lo importante cuando estaban escuchando a Jesús no era la Palabra de Dios que Jesús les trasmitía y que era Jesús mismo, sino que estaban pendientes de otras cosas más accidentales.
¡Cuántas cosas y comentarios tenemos que escuchar quienes tenemos que anunciar y proclamar la Palabra de Dios! Que si no nos entienden, que si tenemos que adaptarnos más, que si se tiene que hablar de ésta o de no sé qué forma… Y este sacerdote me cae más en gracia y que sermones más ‘bonitos’ dice no se quién, que el otro es un aburrido, que si es de esta tendencia o de no sé qué movimiento y esos sí que lo aplaudirán…
Pero me pregunto, ¿con qué espíritu de fe vamos a escuchar la Palabra de Dios? ¿Venimos realmente a escuchar lo que el Señor tiene que decirnos hoy y aquí allá en lo hondo de mi corazón y que el Señor se servirá de aquella celebración o de aquel sacerdote con todas sus limitaciones?
Que no nos cerremos a la Palabra de Dios detrás de nuestros prejuicios o buscando salvar nuestros deseos o intereses. Que haya una apertura de verdad de nuestro corazón a la gracia de Dios que llega a nosotros. Que no seamos ese pueblo testarudo y rebelde del que nos habla hoy la profecía.
Y si nos damos cuenta ahora al ir oyendo su Palabra – o leyendo este comentario los que me siguen a través de la red - en nuestro corazón de esa testarudez y cerrazón, demos respuesta cambiando nuestra actitud. Aunque nos cueste y nos escueza la Palabra que el Señor hoy nos dirige, dejémonos sanar por ella. Si nos escuece es que hay una herida abierta que tenemos que sanar; y la Palabra sana y salva; y la Palabra tiene que ser ese bálsamo, esa medicina que nos cure y nos llene de salud, salvación y vida.

sábado, 4 de julio de 2009

¿Odres viejos u odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio?

Gen. 27. 1-5.15-29
Sal. 134
Mt. 9, 14-17


‘Los discípulos de Juan se acercaron a Jesús preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y en cambio tus discípulos no ayunan?’
El Bautista había venido a preparar los caminos del Señor; en torno a él se reunieron muchos que lo escuchaban y querían seguir sus enseñanzas para prepararse debidamente como Juan proclamaba. El bautismo, sumergiéndose en las aguas del Jordán, era un signo de esa preparación que iba acompañada de una austera como la de su maestro. Seguidores quizá de los esenios establecidos por aquellos lugares – recordemos Qumrán a orillas del mar Muerto – vivían una vida semejante de austeridad y penitencia.
Lo mismo los fariseos, caracterizados por la escrupulosidad con que seguían multitud de normas y preceptos, ritualismos y rezos delante de todos, a los que Jesús vemos cómo criticará en muchas ocasiones. Capaces de pagar el diezmo por el comino y la hierbabuena se quedaban muchas veces en esas minuciosidades y no dándole importancia a lo que verdaderamente era importante.
Pero el Mesías había llegado. Jesús estaba en medio de ellos. Con El todo era distinto. Y para responder a la pregunta Jesús les pone unos ejemplos. ‘¿Pueden estar tristes los amigos del novio en la celebración de la boda de su amigo?’ La presencia de Jesús era como un banquete de bodas. Así lo había anunciado el profeta. Recordemos a Isaías cuando habla del festín de manjares suculentos y enjundiosos preparado en el monte del Señor donde ya no cabía ni luto, ni llanto ni dolor. Y Jesús mismo muchas veces había comparado en sus parábolas al Reino de los cielo con un banquete de bodas.
Por eso Jesús les habla de esa vida nueva y distinta cuando se está con El. Había venido a hacer un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva, un hombre nuevo. Todo había de renovarse. Y renovarse es hacerse nuevo. Renovar no es poner remiendos, hacer arreglitos. Es el ejemplo que Jesús les pone. Una vestidura nueva con un paño nuevo y no remendado.
Les habla también de los odres nuevos y viejos y del vino nuevo. Un odre nuevo ya sea un pellejo curtido para ser convertido en recipiente, o ya fuera un odre o recipiente hecho de barro, porque el odre viejo tiende a reventarse cuando se le pone el vino nuevo con toda su fuerza al fermentar. ‘A vino nuevo, odres nuevos’, nos dice Jesús. Así tiene que nuestra vida, ese odre nuevo en el que quepa el vino nuevo del evangelio, la vida nueva que Cristo nos da. No podemos andar ni con remiendos y con cosas del hombre viejo.
Pero, ¿no andaremos en nuestra vida cristiana muchas veces contentarnos con remiendos y arreglitos o siendo aún un hombre viejo, como un odre viejo? Andamos muchas veces con añoranzas de cosas de otro tiempo, que pudieron ser muy válidas en su momento, pero que hoy el Espíritu que guía a la Iglesia de Dios nos va haciendo surgir algo nuevo en nuestra vida y en la vida de nuestra Iglesia.
Dejemos actuar al Espíritu divino que nos renueva, que nos hace hombres nuevos. Recuerdo aquello que decía el Beato Juan XXIII de abrir las puertas y ventanas de la Iglesia para que entrara el viento nuevo del Espíritu. Y convocó el concilio Vaticano II. Y sopló en la Iglesia ese aire renovador del Espíritu. Y todos vivimos con ilusión y esperanza aquellos momentos primaverales de la Iglesia. Pero para algunos hoy parece que el Concilio Vaticano II no se hubiera celebrado. Y no quiero ni imaginar que en su interior estén pensando que aquello fuera un error en la Iglesia. Esa impresión dan algunas veces con la involución que se ve en ciertos sectores.
Mucho se podría hablar de esto. Vuelta a latines y ritos antiguos, devociones piadosas más propias del siglo XIX que del siglo XXI en que vivimos, conservadurismos a ultranza, vuelta a encerrarnos en nuestras iglesias sin un compromiso serio en la vida social de nuestros pueblos por parte de muchos incluso pastores del pueblo de Dios. Y claro al hombre de hoy hay cosas que no le dicen nada. Y es al hombre de hoy al que tenemos que anunciar el Evangelio y en es en el mundo de hoy donde tenemos que vivirlo y mostrarnos como cristianos. ¡Qué poco vamos a profundizar en el evangelio dejándonos conducir e iluminar por el Espíritu Santo!
¿Queremos ser de nuevo odres viejos? ¿Queremos apagar el fuego del Espíritu que ha ido guiando a la Iglesia a una renovación grande? ¿Queremos seguir con remiendos y componendas? El Evangelio tiene que ser siempre y en todo momento Buena Noticia; luego tenemos que sentirlo como algo nuevo en la vida de cada día. No es noticia hoy que nos digan que Colón descubrió América para Europa a finales del siglo XV, porque eso ya todos lo sabemos. Noticia es lo nuevo que sucede ahora y que nos comunican. Pues eso tiene que ser el Evangelio, Buena Noticia que es su significado, en el hoy de nuestra vida. Y esa Buena Noticia nos está pidiendo renovación, vida nueva en este momento en que vivimos, de ninguna manera simples remiendos.
Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Vivamos con radicalidad esa vida nueva del Evangelio. Seamos ese hombre nuevo del Reino de Dios.

viernes, 3 de julio de 2009

Seamos dichosos y felices con nuestra fe

FIESTA SANTO TOMÁS APÓSTOL
Ef. 2, 19-22
Sal. 116
Jn. 20, 24-29


Es importante para los cristianos la celebración de la fiesta de los Apóstoles. Unos los celebramos con mayor solemnidad como San Pedro y San Pablo que celebramos hace pocos días o como Santiago Apóstol por ser patrón de España. Pero todas las celebraciones de los apóstoles tienen la categoría de fiesta en nuestra liturgia.
Hoy nos decía san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas’, pero a continuación nos recordaba algo importante, ‘y el mismo Jesús es la piedra angular’. Nuestra verdadero fundamento es Cristo, porque es el único Salvador, pero en expresión de san Pablo, como ‘cimiento’ tenemos a los apóstoles.
Somos una Iglesia apostólica, como confesamos en el Credo de nuestra fe. ‘Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica’. Y cada Iglesia local tiene esa garantía de comunión apostólica en el Obispo, verdadero sucesor de los apóstoles, en torno al cual está congregada la Iglesia local, o diócesis.
A los apóstoles envió Jesús a predicar y anunciar la Buena Noticia de la salvación. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio’, como se nos dice al final del evangelio y hoy recordamos como responsorio en el salmo. Por nuestra comunión con la fe de los Apóstoles proclamamos nosotros la fe en Cristo Jesús, verdadero Dios y Señor.
Hoy estamos celebrando al apóstol santo Tomás. Evangelizador de Siria, Persia y la India según recoge la tradición. La Iglesia siro-malabar de la India le reconoce como su evangelizador. Y en el evangelio san Juan nos recoge diversas intervenciones del apóstol.
Un primer momento fue cuando Jesús, que se había retirado más allá del Jordán, decide volver a Judea por la muerte de Lázaro, y ante la insistencia de los demás apóstoles que le recordaban a Jesús cómo allá estaban tramando contra El, Tomás les dice: ‘Vayamos nosotros también y muramos con El’. Una decisión valiente a tomar nota para nuestra vida, que expresa su fe y amor por Jesús, aunque luego le encontremos en otros momentos entre la duda y la incredulidad.
En la última Cena cuando Jesús habla de su vuelta al Padre, aunque había escuchado a Jesús como los demás, todavía había dudas y sombras en su interior. Por eso pregunta o comenta: ‘No sabemos a donde vas, cómo podemos saber el camino’. Quiere tener la certeza de saber lo que significa ese ir al Padre del que Jesús les habla. Quiere saber realmente que es lo que tiene que hacer, porque quien quiere emprender un camino ha de tener una meta clara a la que ha de llegar.
Pero el texto más comentado es el de después de la resurrección. Cuando Jesús se apareció por primera vez a los discípulos reunidos en el Cenáculo, ‘Tomás, llamado el Mellizo, no estaba con ellos. Y los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor’. A pesar de la alegría y el entusiasmo de sus compañeros él quiere comprobar muy bien que no ha sido una ilusión o un fantasma. Por eso lo que pide. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos, y no meto la mano en su costado, no lo creo’.
Esta duda de Tomás nos está haciendo una afirmación importante. Nos está confirmando datos de la crucifixión y muerte de Jesús narrados en otro momento por los evangelistas. Pero podríamos decir con los santos Padres que la incredulidad de Tomás nos está ayudando a la afirmación de nuestra fe.
Cuando Jesús vuelve de nuevo ‘y Tomás con ellos’, se le acercará para que vea lo que había pedido, para que metiera sus dedos en las llagas de sus manos, para que comprobara por si mismo lo que él quería comprobar, que no era un fantasma, que era el mismo Crucificado el que estaba allí vivo ante él. No necesitará ya palpar por si mismo, sus mismos ojos lo están viendo, su corazón lo está proclamando: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Una hermosa proclamación de Fe. Es el Señor. Es Dios mismo que está ante él.
‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’, es la afirmación de Jesús. Muchas veces nosotros queremos palpar con nuestras manos, ver con nuestros ojos, o encontrar razones con nuestros razonamientos. Queremos conocer el camino y conocer la meta, pero la vida se nos llena de sombras y de dudas. Hemos de saber fiarnos. ‘Hemos visto al Señor’, nos dicen los apóstoles a nosotros también en la tradición apostólica de la Iglesia. Podemos sí, llegar a conocer a Jesús y conocer su camino que nos lleva al Padre. Es la tarea en la que hemos de empeñarnos cada día, para que un día podamos decir con Tomás ‘¡Señor mío y Dios mío!’
Dichosos por que creemos. ‘¡Dichosa tú que has creído!’, le dijo Isabel a María. Dichosos nosotros por nuestra fe. Vivamos con dicha, con gozo, con alegría, con entusiasmo nuestra fe. A veces pareciera que no estamos tan convencidos por la tristeza con que vivimos nuestra vida y nuestra fe. Pareciera que siguiéramos con miedos y nos ocultáramos. Es cierto que sigue habiendo dudas en nuestro corazón pero tenemos la luz del Espíritu que nos ilumina, que nos guía, que nos fortalece. Es un regalo, una gracia el don de la fe. Demos gracias a Dios por ello.

jueves, 2 de julio de 2009

Sacrificio de fe y ofrenda de amor

Gen. 22, 1-19
Sal. 114
Mt. 9, 1-8

‘Dios puso a prueba a Abrahán’. Es impresionante el texto que nos ofrece el libro del Génesis. El llamada sacrificio de Isaac, que más bien quizá tendríamos que decir el sacrificio de Abrahán.
‘Aquí me tienes’, fue la respuesta de Abrahán a la llamada de Dios. Aquí me tienes no es la respuesta de un momento sino la respuesta de una vida. Hasta tres veces de una forma semejante escuchamos hoy esta respuesta de Abrahán. Fue en primer lugar a la llamada de Dios para que le ofreciera en sacrificio a su hijo. ‘Aquí estoy, hijo mío’, que le responde a Isaac ante las inocentes pero dolorosas preguntas del hijo. ‘Aquí me tienes’, responde al ángel del Señor que le impide realizar definitivamente el sacrificio.
Pero había sido la respuesta desde el principio cuando Dios le pide salir de su casa y ponerse en camino para ir a donde se le señale. Pero era al mismo tiempo la actitud permanente de quien llamamos el padre de los creyentes, el padre y modelo de nuestra fe. Siempre creyó y siempre confió en Dios. No perdió esperanza cuando parecía que se perdía toda esperanza y se fiaba de la fidelidad de Dios que le había prometido ser padre de un pueblo numeroso.
‘Aquí me tienes’, es la respuesta cuando ahora Dios le pide sacrificar a su hijo, el hijo de la promesa. Nos parece cruel. Hemos de tener en cuenta lo que eran las costumbres de los pueblos y las religiones primitivas. Ofrecer sacrificios para aplacar a la divinidad, ofrecer sacrificio incluso humanos, como podían ser los hijos, porque era en su pensamiento la manera de agradar a Dios.
Aunque ésta es la petición que Abrahán siente en su corazón era otra cosa lo que le pedía Dios. No importaba el sacrificio de una vida humana, de un hijo, aunque duro tenía que estar pasándolo su corazón de padre, sino lo que importaba el sacrificio del yo, el sacrificio de la voluntad; sacrificio a la larga más sangrante, porque negarte a tí mismo y a tu voluntad no es que fuera cosa fácil. Y ese es el sacrificio que Dios quiere, para que en todo busquemos siempre su voluntad. Es la obediencia de la fe.
Este sacrificio de Isaac, o, si queremos, de Abrahán nos está enseñando por una parte esa ofrenda que de nosotros mismos hemos de hacer, de nuestra voluntad y de nuestro amor, pero es también imagen del sacrificio del Hijo de Dios. Dios que nos entrega a su Hijo y nos lo entrega por amor. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…’ Y aquí el sacrificio sí tuvo que llegar hasta el final, hasta la cruz, hasta la muerte, hasta dar la vida por nosotros. ‘Dios no perdonó a su Hijo por amor nuestro’.
‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’
, fue el grito del Hijo en su entrada en el mundo. ‘Que llegue ya esta hora… que pase de mí este cáliz… que no se haga mi voluntad sino la tuya…’ Es el sacrificio y la ofrenda de Cristo. Pero es la ofrenda que Cristo hace en total libertad. ‘Nadie me arrebata la vida, sino que yo la entrego libremente…’ Y Jesús toma el camino de la pasión y de la cruz. No es un sacrificio ni una ofrenda obligada, sino una ofrenda y un sacrificio realizado en total libertad. Porque es el sacrificio y la ofrenda del amor. Y el que ama se da, y se da libremente, y se da totalmente.
Es lo que tenemos que aprender y que tanto nos cuesta. Obedientes a la voluntad del Padre, para buscar en todo su voluntad. Pero una voluntad de Dios que nosotros escogemos y acogemos, asumimos en total libertad, en la libertad del amor, en la ofrenda del amor. Como Abrahán, como Jesús en la cruz. Nuestro sacrificio sería así ya distinto. Porque con el sacrificio de nuestro yo, de nuestra voluntad, para buscar en todo y siempre la voluntad de Dios, nos estamos uniendo al sacrificio redentor de Cristo, a su ofrenda de amor.

miércoles, 1 de julio de 2009

Le rogaron que se fuera de su país, ¿y nosotros?

Gén. 21, 5.8-20
Sal. 33
Mt. 8, 28-34


‘Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gerasenos…’ Ayer le contemplábamos atravesando el lago en medio de un fuerte temporal. Llegar a la otra orilla del lago de Tiberíades era ir a tierra de no judíos. En el territorio de Palestina había otros pueblos asentados. En este caso no eran judíos, lo que se puede ver incluso por sus costumbres y trabajo. ‘Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando’. El cerdo para el judío era un animal impuro que ni podía comer ni podían tener.
Se encuentran con unos endemoniados que salen del cementerio ‘tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino’. Los poseídos por el demonio reconocieron a Jesús y su poder; por eso lo rechazaban. ‘¿Qué quieres de nosotros, hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ Ya conocemos por el relato del evangelio lo sucedido. Pidieron ser metidos en los cerdos que ‘se abalanzaron acantilado abajo y se ahogaron en el agua’.
‘Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados’. Y cuando nos parecía que el pueblo agradecido por verse libre de aquellos endemoniados saldría a recibir y a acoger a Jesús, sin embargo ‘le rogaron que se marchara de su país’.
Nos extraña quizá esta actitud incomprensible. Pero la presencia de Jesús les trastocaba sus planes de vida. El cuidar de los cerdos era su modo de vida y ahora todo cambiaba. No podían permitir que Jesús siguiera con ellos, que sería para ellos una ruina económica. Nos puede parecer una respuesta demasiado economicista, pero hemos de considerar además que no eran judíos, y podían en principio comprender menos la idea de un Mesías Salvador para sus vidas.
Si nos entretenemos en estos detalles es porque todo esto puede hacernos pensar en nosotros mismos y en la acogida que nosotros podamos hacer del Señor y su Palabra de salvación. ¿No nos sucederá a nosotros de una manera semejante?
Nuestro seguimiento de Jesús y nuestra fe en El nos obligaría a hacer cambios en la vida, en la actitudes, en la forma de actuar. Porque si soy cristiano, se presupone que sigo a Jesús, que Jesús es mi vida, y en todo mi ser y mi actuar he de seguir a Jesús, he de vivir como Jesús. Pero ¿no nos sucede, y algunas veces quizá lo hemos dicho, que decimos, es que yo soy así, cómo voy a cambiar si siempre he hecho las cosas así, y cosas por el estilo?
Y ahí está por ejemplo mi forma violenta de ser y de hablar con los demás, o esos resentimientos que guardamos en el corazón porque decimos que no podemos olvidar, o esa forma intransigente que tengo con los demás… es que yo soy a sí, respondemos, es mi manera de actuar. Si eres cristiano seguidor de Jesús esas actitudes no podrías permitírtelas, tendrías que esforzarte por mejorar tus actitudes hacia los otros. Pero cuánto nos cuesta. Y puesto en la disyuntiva aunque el evangelio me pida ese cambio en mi vida, sigo siendo igual. ¿No es esta una manera de decir no a Jesús?
En muchas cosas podríamos pensar. A mí que mis negocios no me los toquen, porque los negocios son los negocios… A mí en mis relaciones en mi matrimonio, nadie tiene que decirme nada, porque eso es cosa mía… y vamos haciendo una separación entre lo que vivimos y el evangelio, y escogemos del evangelio aquello que nos conviene o que no nos exige muchas cosas…
Pero Jesús en un momento del evangelio nos dirá que estamos con El o estamos contra El. ‘El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama…’ Y cuando nos habla de seguirle y ser sus discípulos nos pide cargar con la cruz. ‘Si quieres ser discípulo mío, niégate a ti mismo y toda la cruz de cada día y sígueme’, nos dice.
Negarnos a nosotros mismos, porque nos damos cuenta en las cosas que tenemos que decirnos no, que tenemos que cambiar en nuestra vida. Y nos costará, porque cuesta arrancar malas costumbres que se convierten en vicios, cuesta arrancar rutinas de nuestra vida.
Pero ya sabemos que es una tarea que no hacemos solos ni sólo por nuestras fuerzas, El está con nosotros, nos da la fuerza de su Espíritu. Que lo sintamos operando en nuestra vida, que nos dejemos cautivar por El.

martes, 30 de junio de 2009

Jesús está ahí y no nos falla a pesar de los huracanes de la vida

Gen. 19, 15-29
Sal. 25
Mt. 8, 23-27


‘Jesús subió a la barca y los discípulos le siguieron…’ Subimos a la barca con Jesús, queremos seguirle, El va delante de nosotros. Pero no significa que el camino o la travesía sea fácil.
‘De pronto se levantó un temporal tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; Jesús dormía…’ nos vamos a encontrar fuertes vientos o tempestades. Tenemos el peligro de tambalearnos, caer y hasta perecer. Se nos hunda la barca. Tentaciones de todo tipo que nos acechan. Cansancios, desganas, desilusiones, acosos, agobios, problemas de todo tipo que nos hacen perder la paz. Parece que vamos solos, o nos sentimos solos, débiles e indefensos.
Es el mundo que nos rodea que va por otros caminos e intentan atraernos con sus cantos de sirena. Es el desánimo o la desilusión que podamos sentir cuando las cosas no nos salen como nosotros querríamos. Es la realidad tan cambiante que vamos descubriendo donde se nos hace la ilusión que damos palos de ciego. Es la misma realidad de la iglesia, de los creyentes a nuestro alrededor que nos pudiera hacer pensar que no hay futuro claro para nosotros. ¿Cuántos somos? ¿cuántos quedamos?
O puede ser el mal que nos rodea y el vislumbrar, o al menos eso nos parece, que a los otros no les va tan mal a pesar de que ellos viven a su aire sin preocupaciones morales y religiosas y mientras nosotros queremos obrar bien, rectamente y podríamos parecer unos fracasados.
Nos gustaría ver acciones espectaculares de Dios que haga que la gente despierte y vuelva por los caminos buenos. ¿Estará dormido Dios? ¿Se ha olvidado de nosotros y nos ha dejado de la mano?
Pero, ¿no seremos nosotros los que estamos dormidos o no hemos sabido vivir la responsabilidad del momento? ¿no será que en otros tiempos nos dormimos en los laureles pensando que todos eran buenos, que todos eran cristianos, pero quizá abandonamos cosas importantes como un profundizar en nuestra fe y madurarla para saber dar respuesta, razón y sentido a lo que nos sucede? ¿seguimos los cristianos, la Iglesia con los ojos vendados para no ver la cruda realidad? Claro que lo que queremos es una acción espectacular de Dios que resuelva todas esas cosas. Es más cómodo que un compromiso serio por nuestra parte.
‘¡Cobardes! ¡Qué poca fe!’, nos grita también a nosotros, y ¿por qué no?, a la misma Iglesia. Seguimos dudando. Se nos cae el mundo encima con la sociedad tan cambiante en que vivimos y a la que no sabemos dar respuestas. Damos demasiadas cosas por presupuestas y eso nos hace estar ciegos e indefensos para responder a la realidad del mundo de hoy.
El Espíritu de Jesús puede devolvernos a la realidad. El Espíritu de Jesús quiere impulsar en nosotros esa nueva vida, una vida renovada, una vida joven y fuerte, con energía, con valentía para hacer ese anuncio que hemos de hacer. El Espíritu de Jesús nos guía y nos fortalece; nos da luz e ilumina nuestros pasos.
Tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu para encontrar esos nuevos caminos; para despertar una fe dormida, si no muerta; para despertarnos y ver la cruda realidad y tengamos en consecuencia un verdadero espíritu misionero, para no quedarnos en recetas del pasado, sino sentir esa savia joven y renovadora del Espíritu en nosotros y en su Iglesia; para hacer que el Evangelio sea en verdad Buena Noticia hoy para gente post-cristiana que parece que vienen ya de vuelta de todo.
Jesús está ahí con la fuerza de su Espíritu. El no nos falla. El ha puesto el testigo en nuestras manos para que nosotros seamos testigos y luz en medio de las oscuridades de nuestro mundo. No podemos llenarnos de pesimismo por muchas que sean las tempestades y huracanes que nos aparezcan.

lunes, 29 de junio de 2009

Una fe que se hace audacia por seguir a Jesús

San Pedro y San Pablo
Hechos, 12, 1-11
Sal.33
Tim. 4, 6-8.17-18
Mt. 16, 13-19




‘En los apóstoles Pedro y Pablo has querido dar a la Iglesia un motivo de alegría…’ Estamos celebrando con alegría la fiesta de los Santos Apóstoles san Pedro y san Pablo. Aunque habitualmente en la visión del pueblo es el día sólo de San Pedro, en la liturgia de la Iglesia no se separan porque a ellos se les considera ‘fundamentos de nuestra fe cristiana’. Por eso, ‘a los dos, coronados por el martirio, celebra hoy tu pueblo con una misma veneración’, como proclama el prefacio propio de la Eucaristía de este día.
Vamos a entresacar de los retazos que de sus vida no deja el evangelio o los Hechos de los Apóstoles algunas enseñanzas para el camino de nuestra vida cristiana. Enseñanzas que considero importantes para nosotros.
En el principio del evangelio de Juan se nos narra la vocación de los primeros discípulos a partir de aquel momento en el que el Bautista señaló a Jesús que pasaba como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo', y aquellos dos primeros discípulos se fueron tras Jesús. ‘Maestro, ¿dónde vives?...’ fue la petición y se quedaron con El. A la mañana siguiente, Andrés que era uno de los dos al encontrarse con su hermano Simón le anuncia ‘hemos encontrado al Mesías’ y lo trajo hasta Jesús. ‘Tú, Simón, hijo de Jonás, te llamarás Cefas, que significa Pedro’.
Fue su primer encuentro y ya Jesús le está adelantando que un día le confiará una misión. Por eso, más tarde, cuando Jesús pregunte qué es lo que piensa la gente del Hijo del Hombre y qué piensan ellos mismos, ya Pedro podrá proclamar su fe en Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios’. No es ya sólo que su hermano se lo hubiera presentado, sino que ahora era lo que El había vivido. Había estado con Jesús, había contemplado sus milagros, había visto su vida, había escuchado sus palabras, y ahora podría ya proclamar su fe en Jesús. Aunque no fuera sólo eso, sino que como Jesús le dijera ‘eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’.
Pero así era ya la fe de Pedro, el amor de Pedro por Jesús. Por Él estaría dispuesto a darlo todo. Es la audacia, incluso atrevida de Pedro por seguir a Jesús. ‘Te seguiré a donde quiera que vayas’. No soportará que a Jesús le pueda pasar algo, porque cuando Jesús anuncia su pasión querrá quitarle esa idea de la cabeza porque eso no le puede pasar a Jesús, de manera que Jesús lo aparta a un lado porque le dice que es una tentación para El. Una audacia que le llevará hasta meterse en la boca del lobo e incluso aparecer su debilidad en la negación ante la criada del pontífice. Pero en el fondo es que Pedro querrá estar siempre cerca de Jesús.
Cuando algunos discípulos comienzan a marcharse porque no terminan de entender lo que Jesús les enseña y Jesús les pregunta si ellos también quieren irse, su respuesta estará pronta para decir ‘Señor, ¿a quien vamos a acudir, si tú tienes palabras de vida eterna?’ Una fe, una audacia, una confianza total que es un amor profundo por Jesús, igual que Jesús le ama y sigue confiando en él. ‘Señor, Tú sabes que te amo, tu lo sabes todo…’ repetirá una y otra vez ante la pregunta de Jesús. Y si un día Jesús le había dicho que sería Cefas, porque sería piedra ‘tú eres pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, ahora le confiará apacentar el rebaño del pueblo de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’.
Pero no podemos dejar de decir una Palabra también de Pablo al que igualmente hoy estamos celebrando. De Pablo tenemos que aprender su ardor y su coraje misionero. Un hombre apasionado por su fe, que un día le llevaría a perseguir a los que creyeran en Jesús, porque era algo que él ni entendía ni conocía, tras su conversión su pasión se volvió toda por Jesús y por el anuncio del Evangelio. Se había encontrado con Jesús y su vida había cambiado totalmente. Ahora sólo tenía que convertirse en un testigo, dar testimonio de Jesús.
Y eso lo haría dejándose conducir humildemente por el Espíritu de Jesús. El lo confiesa cuando dice que el Espíritu lo lleva forzado a Jerusalén y sabe que allí se van a pasar muchas cosas. Será el Espíritu el que le elija en la comunidad de Antioquia para su misión evangelizadora y el que lo irá conduciendo de un sitio a otro para hacer el anuncio del Evangelio.
Hermosas lecciones que hemos de aprender de estos apóstoles, Pedro y Juan. Que así sea fuerte y firme nuestra fe en Jesús, nuestro coraje y nuestro ardor, nuestra audacia y nuestra fortaleza para ser testigos. Podrán aparecer nuestras debilidades como aparecieron en Pedro, pero nos sentimos seguros en el Señor porque ahí está el amor que inunda nuestro corazón.
‘Que perseverando en la fracción del pan y en la doctrina de los Apóstoles, como pedimos en la liturgia de este día, tengamos un solo corazón y una sola alma, arraigados firmemente en tu amor’, en el amor de Dios.

domingo, 28 de junio de 2009

Jesús nos sale al encuentro para despertar y fortalecer nuestra fe


Sap. 1, 13-15; 2, 23-25;
Sal. 29;
2Cor. 8, 7-9.13-15;
Mc. 5, 21-43

Un padre con el corazón lleno de dolor por una hija enferma que está en las últimas y que encima vienen a decirle que ya no hay nada que hacer; una mujer humanamente desesperada porque no encuentra un remedio para su enfermedad ‘a la que muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y en lo que había gastado toda su fortuna’…
Creo que situaciones así todos conocemos o habremos pasado quizá por trances y angustias de este tipo. Acuden a Jesús, ¿cómo un último remedio? ¿cómo la única y última tabla de salvación que les queda? ¿será así cómo nosotros acudimos a Dios desde nuestras angustias y nuestros problemas? Algunos en situaciones así acuden disimuladamente para que los otros no vean que son religiosos (¡!).
El texto del evangelio hoy nos da un hermoso mensaje que puede contribuir mucho a animar nuestra fe, despertarla, quizá purificarla y madurarla. En los dos casos que se nos presentan hay todo un proceso de crecimiento en esa fe.
Fijémonos en algo que pienso que es muy significativo e importante. Jesús viene a nuestro encuentro, nos sale al encuentro y se deja encontrar por nosotros, o se mete tanto en lo que es lo ordinario de nuestra vida que le tenemos al alcance de nuestra mano.
‘Al arribar de nuevo a la orilla, se le reunió mucha gente alrededor, se quedó junto al lago – allí donde se reunía la gente – y un jefe de la Sinagoga que se llamaba Jairo se acercó a Jesús’ y le planteó el problema que le apenaba. ‘Mi hija está en las últimas, ven pon la mano sobre ella para que se cure y viva’.
La mujer de las hemorragias le tenía tan mano entre la gente que lo apretujaba que pensaba que era suficiente tocarle el manto sin tener que descubrir su enfermedad ni decir nada. ‘Se acercó a Jesús por detrás, le tocó el manto pensando que con solo tocarle el mano, curaría’. Con sus miedos y temores sin embargo ahí está la fe de aquella mujer que tenía la certeza de que podría curar, como tenía también esa misma fe confiada Jairo al pedirle a Jesús que fuera a curar a su hija.
En esa cercanía del Maestro vemos que ‘Jesús se fue con Jairo acompañado de mucha gente…’ De camino se pone a hablar con la mujer de las hemorragias. Jesús camina a nuestro lado y para cada uno de nosotros tiene una palabra de vida y de salvación; nos hace sacar a flote nuestra fe.
‘¿Quién me ha tocado el manto?’ Aquello no se puede quedar en una acción íntima y secreta de aquella mujer. Las obras de Dios tienen que salir a la luz, y los posibles miedos o temores tienen que desaparecer. Jesús despierta y aviva nuestra fe. Cuando vienen a decirle a Jairo que todo está acabado – ‘¿Para que molestar al Maestro?’ – Jesús no deja que se derrumbe. ‘No temas. Basta que tengas fe’.
Tampoco podemos quedarnos en lamentaciones y lloros. ‘Al ver el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos, les dice: ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerte, está dormida… Se reían de El’. Unos se quedarán en quejas y lamentaciones cuando se encuentran con problemas en la vida y otros habrá que quizá se reirán de nosotros por nuestra fe. Pero con Jesús tenemos que sentirnos seguros. Es nuestra fortaleza y nuestra vida aunque otros no lo comprendan. Con Jesús encontraremos paz, nos llenaremos de vida. Todo va a comenzar de nuevo y será distinto. La mujer se fue curada y en paz. ‘Hija, te fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Jesús tomando de la mano a la niña, la levantó con vida. ‘Contigo hablo, niña, levántate… la tomó de la mano y la niña se puso en pie inmediatamente’. Dejemos que Jesús nos tome de la mano y nos ponga en pie, nos llene de vida. Tenemos que saber dejarnos conducir por Jesús. Siempre querrá llenarnos de vida.
Acudamos a Jesús desde nuestras necesidades, o con las dudas y las sombras que tengamos en la vida. No importa cuál sea nuestra situación, porque Cristo nos sale al encuentro, camina a nuestro lado y su presencia nos reconforta, nos anima, nos despierta a la verdadera fe, a la vida.
Nos despierta a la verdadera fe porque ya no es sólo acudir a El como al taumaturgo que de forma mágica nos va a resolver nuestros problemas, carencias o necesidades. El encuentro con Jesús por la verdadera fe es otra cosa. Algo más hondo que nos transforma por dentro. Algo que ya no sólo vamos a confesar a solas o a escondidas. Tendrá que manifestarse también públicamente. Será algo que vamos a vivir en la comunidad de creyentes.
El hecho que nos detalla el evangelista de que Jesús entrara consigo a Pedro, Santiago y Juan a la hora de dar vida a la hija de Jairo, ¿no pudiera ser expresión de la presencia de la comunidad creyente? Es así cómo tenemos que vivir y proclamar nuestra fe en Jesús. No como un acto que vivimos a solas de forma individual, sino que lo vivimos en el seno de la comunidad eclesial, en comunión de Iglesia.
Despierta, Señor, mi fe. Ayúdame a hacerla crecer y madurar cada día más. Que llegue a entender también que esa fe la viviré más intensamente cuando la proclame y la viva con la comunidad de los hermanos, que es la Iglesia.

sábado, 27 de junio de 2009

Fe, humildad y amor para acoger a Cristo en los demás



Gén. 18, 1-15
Sal: Lc. 1, 46-47.50. 53-55
Mt. 8, 5-17


Hermoso el mensaje que nos ofrece el texto del Génesis que nos presenta hoy la liturgia. Lo primero que aparece ante nuestros ojos es la hospitalidad de Abrahán. ‘Junto a la encina de Mambré… sentado a la puerta de la tienda porque hacia calor’ se encontró con tres caminantes que llegaban hasta su tienda.
La hospitalidad es una virtud muy destacada entre los orientales y sobre todo en los hombres del desierto. Agua y pan es lo primero que se les ofrece así como la oportunidad del descanso en cualquier lugar de sombra frente al calor del desierto. Pero Abrahán no se quedó en eso porque ‘corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a su mujer para que lo guisase enseguida…’ Cuajada, leche, una hogaza de pan, el ternero guisado, las mejores viandas para el banquete de la hospitalidad.
Pero bien sabemos que el texto sagrado quiere decirnos algo más. La imagen de estos tres caminantes es la imagen de Dios que sale al encuentro de Abrahán. Esta imagen que nos ofrece hoy el Génesis ha dado pie a una hermosa con el árbol de Mambré y los tres caminantes que vienen a ser como icono de la Santísima Trinidad, ya que los santos Padres de la antigüedad en estos tres personajes han querido ver un signo de la Trinidad de Dios.
Abrahán, el hombre creyente, el padre de los creyentes sólo pudo ver ese signo de la presencia de Dios que venía a su encuentro y la hablaba. Es el Dios de la promesa que una vez más le anuncia su cumplimiento. Quien le había dicho que iba a ser padre de un pueblo numeroso, ahora le confirma, a pesar de su mucha edad, que ‘cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo’.
Duda Sara y duda el mismo Abrahán, porque se creen viejos e incapaces de poder engendrar y procrear. ‘¿De verdad voy a tener un hijo siendo ya viejo?’ El texto habla incluso de la risa de Sara en un detalle hermoso y humano. Abrahán es centenario y Sara ya es muy vieja, pero el Señor le recrimina por su desconfianza mientras le dice: ‘¿Hay algo difícil para Dios?’ Unas palabras que nos recuerdan las que el ángel de la anunciación dirá a María cuando le comunica que su prima Isabel está también esperando un hijo, y ya está de seis meses. ‘Para Dios nada hay imposible’.
Si Abrahán en aquellos caminantes fue capaz de ver a Dios por su fe, recordemos que Jesús en el evangelio nos enseñaré que también nosotros verle en lo que hagamos al hermano, porque se lo hacemos a El. ‘Estuve hambriento, sediento, desnudo, estaba en enfermo o era peregrino… y me diste de comer, de beber, me vestiste, o me visitaste y acogiste… en uno de esos pequeños hermanos a mí me lo hiciste’. Por la fe como Abrahán también tenemos la oportunidad de acoger a Dios en nuestra vida.
Fe y amor que nos hacen descubrir a Dios. Es la fe, llena de humildad, que descubrimos en el centurión del Evangelio del texto de hoy. Tenía fe aquel hombre en que Jesús podía curar a su criado. Una fe con una certeza muy grande de manera que Jesús alabará la fe de aquel hombre. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Pero era una fe llena de humildad, porque se sentía indigno de que Jesús visitara su casa. ‘Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo?’ Ya sabemos cómo hemos tomado estas palabras para la liturgia y repetirlas nosotros antes de acercarnos a comulgar, sabiendo que la Palabra de Jesús nos sana y nos salva.
Nos hace falta fe, humildad y amor para acoger a Cristo en los demás. No siempre es fácil, pero sí es posible. Pidamos esa fe, tengamos esa humildad, llenemos nuestro corazón de amor y sabremos acoger al otro, recibirle como a Cristo en nuestra vida.

viernes, 26 de junio de 2009

La curación del leproso signo y señal del Reino de Dios que llega

Gén. 17, 1.o-10.15-22
Sal. 127
Mt. 8, 1-4


El comienzo del evangelio es el anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que llega y al que tenemos que convertirnos. Fue la primera predicación por las aldeas y pueblos de Galilea y toda Palestina. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia porque está cerca el Reino de Dios’.
En el Sermón del Monte nos explica Jesús cómo hemos de vivir el Reino de Dios, cómo tenemos que hacer para que en verdad pertenezcamos al Reino de Dios, y cuál es el estilo de vivir que hemos de tener los miembros del Reino de Dios. En estos últimos días hemos venido escuchando precisamente todo este llamado Sermón del Monte que comenzó por las Bienaventuranzas.
Seremos felices si vivimos el Reino aunque nos cueste y Jesús nos propone las Bienaventuranzas. Hemos de dar señales en nuestra vida de que en verdad queremos que Dios sea nuestro único Rey y Señor con nuestro amor, nuestra humildad, nuestro estilo de vida desprendido y generoso, nuestra capacidad de perdón para sentirnos todos hermanos, nuestra nueva y especial relación con Dios que es nuestro Padre, para eso nos enseña a llamarle Padre y nos ofrece como modelo de nuestra oración el Padrenuestro.
Pero Jesús ese anuncio del Reino de Dios lo hace a través de signos y señales que son sus milagros. Significan esa transformación que con Cristo tiene que realizarse en nuestra vida. Así el milagro que hoy hemos escuchado en el evangelio, la curación del leproso.
Habíamos escuchado a Jesús en el monte donde había proclamado las Bienaventuranzas y ayer escuchábamos que ‘al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los letrados’. Ahora nos dice que ‘al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente’. Pero de entre toda aquella gente surgió un leproso que se postra ante Jesús suplicándole: ‘Si quieres puedes limpiarme’. Y se realiza el milagro, el signo, la señal clara del Reino de Dios que nos transforma.
Jesús que cura y que libera del mal; Jesús que quiere un corazón puro y limpio; Jesús que quiere que nada se interponga entre los hombres, porque en su Reino todos somos hermanos y nos aceptamos y nos queremos. La curación del leproso nos dice muchas cosas. El hombre con la enfermedad de la lepra era un ser impuro que ya no podía vivir en medio de la comunidad; se le aislaba y estaba obligado a vivir en lugares solitarios apartado de todo el mundo, ni él se puede acercar a nadie ni nadie puede acercarse a él ante el temor de quedar impuro también.
Con Jesús todo eso cambia. El leproso se atrevido a llegar hasta los pies de Jesús y éste no lo rechaza sino todo lo contrario. Liberado de su mal podrá ya ir al encuentro con los demás. ‘Ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés’. Era el requisito previo para su reincorporación a la comunidad.
‘Señor, si quieres puedes curarme’, también le decimos nosotros a Jesús. Queremos que pongas tu mano sobre nosotros, que nos purifiques, nos limpies, nos hagas puros; queremos ser esos hombres nuevos que tú recreas; queremos estar contigo y estar también con los demás; no queremos soledades ni aislamientos; queremos ser uno contigo, queremos sentirnos transformados por tu gracia. Límpianos, Señor. Queremos vivir en tu Reino para siempre. Eres el único Señor, el único Dios de mi vida. Llévanos al Padre.

jueves, 25 de junio de 2009

Cumpliendo la voluntad del Padre realizamos el Reino de Dios y engrandecemos al hombre

Gén. 16, 1-12.15-16
Sal. 105
Mt. 7, 21-29


¿Cuáles son las obras que Dios nos pide? Creo que es importante que nos hagamos una pregunta así para saber bien a qué atenernos cuando nos decimos que somos personas religiosas o que somos tan cristianos como el que más. Y es importante tenerlo claro para ir a lo fundamental y hacer realmente lo que el Señor nos pide.
Con mi comentario no quiero entrar a hacer juicio contra nadie porque es a mí mismo al que me tengo que analizar y ver si realmente con lo que hago y con lo que es mi vida estoy respondiendo a lo que el Señor me pide.
Jesús nos señala dos cosas muy concretas hoy en el evangelio que hemos de tener en cuenta y que nos pueden dar pie para que analicemos muchas cosas. ‘No todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos…’ Y a continuación nos señala situaciones de gran actividad, incluso de cosas buenas – habla Jesús de profetizar en su nombre, echar demonios y hacer milagros, que podríamos traducir hoy en tantas y tantas actividades que podemos realizar, incluso en beneficio de los demás -, pero a lo que Jesús nos responderá diciendo: ‘No os conozco, alejaos de mi...’
En dos palabras: el que reduce todo a invocar continuamente el nombre de Dios sin preocuparse de hacer otra cosa, y al que convierte su vida en un activismo que podríamos llamar desenfrenado.
¿Qué contrapone Jesús a todo esto? ¿Qué es lo que realmente tendríamos que realizar? Nos habla Jesús de ‘cumplir la voluntad del Padre del cielo’. Y luego nos dirá ‘el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica…’ Y nos pone a continuación el ejemplo del hombre prudente que edifica su casa sobre roca contraponiéndolo al necio e insensato que edifica sobre arena. Y ya sabemos que acabarán una y otra cuando venga la tempestad.
¿Cómo hemos de entender todo esto? En otro lugar del Evangelio - precisamente este mismo de san Mateo que estamos proclamando – nos invita a que pasemos a heredar el Reino prometido porque le dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, vestimos al desnudo, visitamos y curamos al enfermo, etc… Pero la motivación honda será el cumplir la voluntad del Padre, escuchar a Jesús y poner en práctica su palabra. Como decimos en el padrenuestro: santificar el nombre de Dios, buscar el Reino de Dios, vivir el amor de Dios Padre presente en nuestra vida, y todo esto haciendo siempre su voluntad.
Ni una piedad que nos aleja de los demás desentendiéndonos de los otros, ni un activismo que nos haga olvidar a Dios para no tenerlo como principal motor de nuestra vida. El Reino de Dios no es hacer simplemente obras de justicia a favor de los demás, sino hacer todo eso porque sentimos y queremos que Dios sea el único Rey y Señor de mi vida y de la vida de los hombres. Porque siendo Dios nuestro único Señor lo que hacemos siempre es engrandecer al hombre.

miércoles, 24 de junio de 2009

Juan precursor del Mesías, nosotros precursores de Jesús para los demás


Solemnidad del nacimiento de Juan el Bautista
Isaías, 49, 1-6
Sal. 138
Hechos, 13, 22-26
Lc. 1, 57-66.80



‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Así nos describe la antífona de entrada de esta fiesta la figura y la misión del Bautista, tomando la idea del principio de Evangelio de Juan y de san Lucas.
No era la luz, sino testigo de la luz. No era la Palabra viva y definitiva de Dios para nuestra salvación, pero sí era la voz que anunciaba la llegada de esa Palabra de vida y salvación. No era el Mesías, como se apresuraba a confesar a los enviados venidos de Jerusalén, ni se consideraba el profeta, pero sí era el que preparaba los caminos del Señor y el que venía ‘con el espíritu y el poder de Elías para preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor’.
Hoy celebramos su nacimiento y todos hacemos fiesta. Es una solemnidad grande que está muy metida en la entraña del pueblo. ‘Te llenarás de alegría, le dijo el ángel a Zacarías allá en el templo cuando la ofrenda del incienso, y muchos se alegrarán en su nacimiento’. Y hoy nos dirá san Lucas que ‘los parientes y vecinos felicitaban a Isabel porque el Señor le había hecho gran misericordia… y la noticia corrió por la montaña preguntándose todos llenos de asombro ¿qué va a ser de este niño?’
‘A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo’
cantará Zacarías alabando y bendiciendo a Dios ‘que ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación’. Viene el testigo de la luz y ‘por la entrañable misericordia de Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas… y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.
Todo esto lo reflexionamos en esta fiesta de san Juan Bautista y es motivo para nosotros para alabar a Dios por lo que significó ya entonces el Bautista en la historia de la salvación. Es el precursor que Dios quiso enviar antes que su Hijo para que preparase el camino de la salvación. El que venía a preparar los corazones de los hombres, como la casa que se prepara para recibir una gran visita. Grande era la visita porque venía Dios mismo a estar con nosotros, a ser Emmanuel, a ser Dios con nosotros.
Dios sigue visitándonos hoy con su gracia y salvación. Dios quiere seguir iluminándonos para sacarnos de las tinieblas de la muerte y del error. Dios quiere seguir siendo el camino de nuestros pasos para que nos lleven por sendas de amor y de paz.
Tenemos que seguir escuchando la voz que grita, que nos despierta, que nos señala a donde hemos de ir. ¿Qué nos señala o a quien nos señala? Yo diría más bien a quien nos señala. Como a aquellos discípulos que estaban a su lado, a nosotros también nos dice: ‘He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y Juan se hizo a un lado para que aquellos sus discípulos fueran los primeros en ‘seguir al Cordero a donde quiera que fuera’, como nos dice el Apocalipsis; se hizo a un lado para que siguieran a Jesús y nada más que a Jesús. Es lo que a nosotros también nos señala, a donde quiere que nosotros caminemos. Todo tiende a Jesús.
Es a dónde tenemos que ir. Pero es también lo que nosotros tenemos que señalar a los demás. Precursores de Jesús tenemos que ser nosotros para los demás, porque todo nuestro interés tiene que ser señalar el camino con nuestras palabras valientes, con el testimonio claro de nuestra vida para que todos lleguemos a ese conocimiento de Jesús, a esa vida de Jesús.

martes, 23 de junio de 2009

Un camino ancho y un camino estrecho. ¿cuál es el nuestro?

Gen. 13, 2.5-18
Sal. 14
Mt. 7, 6.12-14

¿Qué significa ese camino ancho y ese camino estrecho que nos contrapone Jesús hoy en el evangelio? ¿Será que Jesús quiere ponernos las cosas difíciles y ‘amargarnos’ la vida? ‘Entrad por la puerta estrecha, nos dice… ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida!’
Esto no lo podemos decir y más si escuchamos estas palabras en el contexto de este discurso que ha comenzado precisamente anunciando una felicidad para todos. No olvidemos que el Sermón del Monte, del que son estas palabras hoy escuchadas, comienza con las Bienaventuranzas.
Jesús precisamente ha venido a hablarnos de plenitud de vida y lo que más quiere es restablecer la dignidad del hombre, la dignidad de toda persona, arrancándole de toda aquella esclavitud que le hace sufrir. Recorramos las páginas del evangelio para darnos cuenta de ello. Por ahí puede ir la clave de estas palabras de Jesús.
Todos queremos la dicha y la felicidad, es cierto, la plenitud de la vida. Y esto además lo queremos para todos. Pero ¿en qué ponemos esa plenitud, o en qué ponemos esa dicha? Es ahí donde tenemos el peligro de confundirnos, de pensar sólo en nosotros mismos, o de buscar solamente aquellas cosas que me satisfagan pronto y momentáneamente. Y podemos, entonces, buscar sustitutivos de la verdadera felicidad o de la auténtica plenitud del hombre y la persona.
Es el camino de vida fácil al que nos sentimos tentados, de sólo pensar en sí mismo, de dejarme llevar por la más elemental apetencia o por las pasiones, y no buscar lo que verdaderamente merece la pena.
Buscar lo que verdaderamente merece la pena tiene sus exigencias, exige un control y un dominio de nosotros mismos, un sabernos negar a nosotros muchas cosas para poder encontrar y alcanzar lo verdadero.
Aquí podemos entender lo del camino fácil, lo del camino ancho, y por el contra lo del camino estrecho y exigente. ¿Qué es lo que queremos alcanzar y cómo queremos alcanzarlo?
Por ejemplo, el estudiante que se prepara y se forma para su futuro no podrá simplemente dejarse llevar por lo que le apetece en cada momento, por la fiesta, la diversión y abandonar sus estudios y preparación, porque al final no alcanzará la preparación adecuada, no obtendrá los títulos que le acredite y dé fe de su preparación y no podrá obtener aquel trabajo o aquella responsabilidad seria en su vida. Tendrá que sacrificar muchas cosas para poderse sentir satisfecho al final por lo logrado y ser feliz de verdad.
Así es la vida y así es también lo que es alcanzar esa vida en plenitud que Jesús nos ofrece, esa vida eterna a la que todos estamos llamados, la dicha y la felicidad que el Señor quiere para nosotros y por lo que Jesús, el primero, se sacrifica y muere para alcanzárnoslo. La pasión y la muerte es el camino de la vida y de la resurrección. La Pascua es un modelo de nuestro caminar en todos los sentidos. Todo tiene que ser Pascua en nuestra vida.

lunes, 22 de junio de 2009

Ponernos en camino e ir hacia donde Dios nos mostrará

Gén. 112, 1-9
Sal. 32
Mt. 7, 1-5


En la lectura continuada que vamos haciendo de la Biblia en las lecturas en medio de la semana con la intención de que los creyentes tengamos un mayor acercamiento a la Palabra de Dios manifestada en los textos sagrados, en la primera lectura iniciamos hoy la lectura de varios libros del Antiguo Testamento. Se prolongará ahora varios meses y comenzamos con el Génesis para hacer una lectura escogido de los principales textos del Pentateuco, el libro de la Ley para los judíos, y continuaremos luego con otros libros del conjunto de los llamados históricos.
Comenzamos hoy con el capítulo 12 del Génesis porque ahí comienza la historia de Abrahán, fundamental en la historia y en la fe de Israel, como lo es para las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y la musulmana. Las tres religiones tienen como padre en la fe a Abrahán, y para el pueblo de Dios es el inicio de su propia historia. Dios le promete que hará surgir de él un pueblo numeroso, como le dirá más adelante, ‘te bendeciré y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa’.Es el inicio de la historia del pueblo de Israel, el pueblo de Dios.
Abrahán es modelo y ejemplo de fe; se le reconoce como el padre de los creyentes. Hoy se nos manifiesta esa fe de Abrahán, aunque tendremos ocasión de contemplar otros momentos especiales de su fe puesta a prueba. Ahora el Señor le dice: ‘Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré… y Abrahán marchó como le había dicho el Señor’. Aquí está la fe de Abrahán, que se fía de Dios y se pone en camino a donde Dios lo conduzca. Abrahán creyó. Escuchó a Dios y le siguió.
Ahí está su gran ejemplo del que tenemos que aprender. La fe le complica la vida, porque le hace salir y ponerse en camino. Algunas veces queremos tener nuestra como un adorno bonito que lucimos en determinados momentos. Pero la fe tiene que ponernos en camino. Camino de la fe, camino que nos hace salir de nosotros mismos y de nuestras seguridades. Camino que es búsqueda y escucha. No fueron sus propios caminos los que siguió Abrahán, sino los caminos que Dios le señalaba. ‘Hacia la tierra que te mostraré…’
Esa búsqueda no se acaba; ese ponernos en camino es tarea de todos los días; ese arrancarnos de nuestras cosas es algo en lo que tenemos que estar siempre atentos. Hay apegos, y rutinas, y anquilosamiento… Siempre Dios tiene una palabra nueva y viva que decirnos allá en lo hondo del corazón. No nos instalamos. Nos hace arrancarnos de nuestro pecado, y subir la larga pendiente que nos lleva a la santidad. Aunque pasemos por arideces y desiertos. Sabemos quien va con nosotros en ese camino, porque Dios no nos dejará nunca solos aunque muchas veces nos cueste verlo.
Y una palabra del evangelio aunque sólo sea subrayar la sentencia que nos da Jesús. ‘No juzguéis y no seréis juzgados…’ Qué fácil nos sale el juicio y la condena. Qué fácil nos es ver la mota del ojo ajeno. Qué prontos somos para mirar lo negativo del otro aunque sea una cosa muy pequeña. Cuánto nos duele que nos juzguen a nosotros. Siempre queremos justificarnos. Escuchemos lo que nos dice Jesús. ‘La medida que uséis, la usarán con vosotros’.