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sábado, 27 de junio de 2009

Fe, humildad y amor para acoger a Cristo en los demás



Gén. 18, 1-15
Sal: Lc. 1, 46-47.50. 53-55
Mt. 8, 5-17


Hermoso el mensaje que nos ofrece el texto del Génesis que nos presenta hoy la liturgia. Lo primero que aparece ante nuestros ojos es la hospitalidad de Abrahán. ‘Junto a la encina de Mambré… sentado a la puerta de la tienda porque hacia calor’ se encontró con tres caminantes que llegaban hasta su tienda.
La hospitalidad es una virtud muy destacada entre los orientales y sobre todo en los hombres del desierto. Agua y pan es lo primero que se les ofrece así como la oportunidad del descanso en cualquier lugar de sombra frente al calor del desierto. Pero Abrahán no se quedó en eso porque ‘corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a su mujer para que lo guisase enseguida…’ Cuajada, leche, una hogaza de pan, el ternero guisado, las mejores viandas para el banquete de la hospitalidad.
Pero bien sabemos que el texto sagrado quiere decirnos algo más. La imagen de estos tres caminantes es la imagen de Dios que sale al encuentro de Abrahán. Esta imagen que nos ofrece hoy el Génesis ha dado pie a una hermosa con el árbol de Mambré y los tres caminantes que vienen a ser como icono de la Santísima Trinidad, ya que los santos Padres de la antigüedad en estos tres personajes han querido ver un signo de la Trinidad de Dios.
Abrahán, el hombre creyente, el padre de los creyentes sólo pudo ver ese signo de la presencia de Dios que venía a su encuentro y la hablaba. Es el Dios de la promesa que una vez más le anuncia su cumplimiento. Quien le había dicho que iba a ser padre de un pueblo numeroso, ahora le confirma, a pesar de su mucha edad, que ‘cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo’.
Duda Sara y duda el mismo Abrahán, porque se creen viejos e incapaces de poder engendrar y procrear. ‘¿De verdad voy a tener un hijo siendo ya viejo?’ El texto habla incluso de la risa de Sara en un detalle hermoso y humano. Abrahán es centenario y Sara ya es muy vieja, pero el Señor le recrimina por su desconfianza mientras le dice: ‘¿Hay algo difícil para Dios?’ Unas palabras que nos recuerdan las que el ángel de la anunciación dirá a María cuando le comunica que su prima Isabel está también esperando un hijo, y ya está de seis meses. ‘Para Dios nada hay imposible’.
Si Abrahán en aquellos caminantes fue capaz de ver a Dios por su fe, recordemos que Jesús en el evangelio nos enseñaré que también nosotros verle en lo que hagamos al hermano, porque se lo hacemos a El. ‘Estuve hambriento, sediento, desnudo, estaba en enfermo o era peregrino… y me diste de comer, de beber, me vestiste, o me visitaste y acogiste… en uno de esos pequeños hermanos a mí me lo hiciste’. Por la fe como Abrahán también tenemos la oportunidad de acoger a Dios en nuestra vida.
Fe y amor que nos hacen descubrir a Dios. Es la fe, llena de humildad, que descubrimos en el centurión del Evangelio del texto de hoy. Tenía fe aquel hombre en que Jesús podía curar a su criado. Una fe con una certeza muy grande de manera que Jesús alabará la fe de aquel hombre. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Pero era una fe llena de humildad, porque se sentía indigno de que Jesús visitara su casa. ‘Señor, ¿quién soy yo para que entres bajo mi techo?’ Ya sabemos cómo hemos tomado estas palabras para la liturgia y repetirlas nosotros antes de acercarnos a comulgar, sabiendo que la Palabra de Jesús nos sana y nos salva.
Nos hace falta fe, humildad y amor para acoger a Cristo en los demás. No siempre es fácil, pero sí es posible. Pidamos esa fe, tengamos esa humildad, llenemos nuestro corazón de amor y sabremos acoger al otro, recibirle como a Cristo en nuestra vida.

viernes, 26 de junio de 2009

La curación del leproso signo y señal del Reino de Dios que llega

Gén. 17, 1.o-10.15-22
Sal. 127
Mt. 8, 1-4


El comienzo del evangelio es el anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que llega y al que tenemos que convertirnos. Fue la primera predicación por las aldeas y pueblos de Galilea y toda Palestina. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia porque está cerca el Reino de Dios’.
En el Sermón del Monte nos explica Jesús cómo hemos de vivir el Reino de Dios, cómo tenemos que hacer para que en verdad pertenezcamos al Reino de Dios, y cuál es el estilo de vivir que hemos de tener los miembros del Reino de Dios. En estos últimos días hemos venido escuchando precisamente todo este llamado Sermón del Monte que comenzó por las Bienaventuranzas.
Seremos felices si vivimos el Reino aunque nos cueste y Jesús nos propone las Bienaventuranzas. Hemos de dar señales en nuestra vida de que en verdad queremos que Dios sea nuestro único Rey y Señor con nuestro amor, nuestra humildad, nuestro estilo de vida desprendido y generoso, nuestra capacidad de perdón para sentirnos todos hermanos, nuestra nueva y especial relación con Dios que es nuestro Padre, para eso nos enseña a llamarle Padre y nos ofrece como modelo de nuestra oración el Padrenuestro.
Pero Jesús ese anuncio del Reino de Dios lo hace a través de signos y señales que son sus milagros. Significan esa transformación que con Cristo tiene que realizarse en nuestra vida. Así el milagro que hoy hemos escuchado en el evangelio, la curación del leproso.
Habíamos escuchado a Jesús en el monte donde había proclamado las Bienaventuranzas y ayer escuchábamos que ‘al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los letrados’. Ahora nos dice que ‘al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente’. Pero de entre toda aquella gente surgió un leproso que se postra ante Jesús suplicándole: ‘Si quieres puedes limpiarme’. Y se realiza el milagro, el signo, la señal clara del Reino de Dios que nos transforma.
Jesús que cura y que libera del mal; Jesús que quiere un corazón puro y limpio; Jesús que quiere que nada se interponga entre los hombres, porque en su Reino todos somos hermanos y nos aceptamos y nos queremos. La curación del leproso nos dice muchas cosas. El hombre con la enfermedad de la lepra era un ser impuro que ya no podía vivir en medio de la comunidad; se le aislaba y estaba obligado a vivir en lugares solitarios apartado de todo el mundo, ni él se puede acercar a nadie ni nadie puede acercarse a él ante el temor de quedar impuro también.
Con Jesús todo eso cambia. El leproso se atrevido a llegar hasta los pies de Jesús y éste no lo rechaza sino todo lo contrario. Liberado de su mal podrá ya ir al encuentro con los demás. ‘Ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés’. Era el requisito previo para su reincorporación a la comunidad.
‘Señor, si quieres puedes curarme’, también le decimos nosotros a Jesús. Queremos que pongas tu mano sobre nosotros, que nos purifiques, nos limpies, nos hagas puros; queremos ser esos hombres nuevos que tú recreas; queremos estar contigo y estar también con los demás; no queremos soledades ni aislamientos; queremos ser uno contigo, queremos sentirnos transformados por tu gracia. Límpianos, Señor. Queremos vivir en tu Reino para siempre. Eres el único Señor, el único Dios de mi vida. Llévanos al Padre.

jueves, 25 de junio de 2009

Cumpliendo la voluntad del Padre realizamos el Reino de Dios y engrandecemos al hombre

Gén. 16, 1-12.15-16
Sal. 105
Mt. 7, 21-29


¿Cuáles son las obras que Dios nos pide? Creo que es importante que nos hagamos una pregunta así para saber bien a qué atenernos cuando nos decimos que somos personas religiosas o que somos tan cristianos como el que más. Y es importante tenerlo claro para ir a lo fundamental y hacer realmente lo que el Señor nos pide.
Con mi comentario no quiero entrar a hacer juicio contra nadie porque es a mí mismo al que me tengo que analizar y ver si realmente con lo que hago y con lo que es mi vida estoy respondiendo a lo que el Señor me pide.
Jesús nos señala dos cosas muy concretas hoy en el evangelio que hemos de tener en cuenta y que nos pueden dar pie para que analicemos muchas cosas. ‘No todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos…’ Y a continuación nos señala situaciones de gran actividad, incluso de cosas buenas – habla Jesús de profetizar en su nombre, echar demonios y hacer milagros, que podríamos traducir hoy en tantas y tantas actividades que podemos realizar, incluso en beneficio de los demás -, pero a lo que Jesús nos responderá diciendo: ‘No os conozco, alejaos de mi...’
En dos palabras: el que reduce todo a invocar continuamente el nombre de Dios sin preocuparse de hacer otra cosa, y al que convierte su vida en un activismo que podríamos llamar desenfrenado.
¿Qué contrapone Jesús a todo esto? ¿Qué es lo que realmente tendríamos que realizar? Nos habla Jesús de ‘cumplir la voluntad del Padre del cielo’. Y luego nos dirá ‘el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica…’ Y nos pone a continuación el ejemplo del hombre prudente que edifica su casa sobre roca contraponiéndolo al necio e insensato que edifica sobre arena. Y ya sabemos que acabarán una y otra cuando venga la tempestad.
¿Cómo hemos de entender todo esto? En otro lugar del Evangelio - precisamente este mismo de san Mateo que estamos proclamando – nos invita a que pasemos a heredar el Reino prometido porque le dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, vestimos al desnudo, visitamos y curamos al enfermo, etc… Pero la motivación honda será el cumplir la voluntad del Padre, escuchar a Jesús y poner en práctica su palabra. Como decimos en el padrenuestro: santificar el nombre de Dios, buscar el Reino de Dios, vivir el amor de Dios Padre presente en nuestra vida, y todo esto haciendo siempre su voluntad.
Ni una piedad que nos aleja de los demás desentendiéndonos de los otros, ni un activismo que nos haga olvidar a Dios para no tenerlo como principal motor de nuestra vida. El Reino de Dios no es hacer simplemente obras de justicia a favor de los demás, sino hacer todo eso porque sentimos y queremos que Dios sea el único Rey y Señor de mi vida y de la vida de los hombres. Porque siendo Dios nuestro único Señor lo que hacemos siempre es engrandecer al hombre.

miércoles, 24 de junio de 2009

Juan precursor del Mesías, nosotros precursores de Jesús para los demás


Solemnidad del nacimiento de Juan el Bautista
Isaías, 49, 1-6
Sal. 138
Hechos, 13, 22-26
Lc. 1, 57-66.80



‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Así nos describe la antífona de entrada de esta fiesta la figura y la misión del Bautista, tomando la idea del principio de Evangelio de Juan y de san Lucas.
No era la luz, sino testigo de la luz. No era la Palabra viva y definitiva de Dios para nuestra salvación, pero sí era la voz que anunciaba la llegada de esa Palabra de vida y salvación. No era el Mesías, como se apresuraba a confesar a los enviados venidos de Jerusalén, ni se consideraba el profeta, pero sí era el que preparaba los caminos del Señor y el que venía ‘con el espíritu y el poder de Elías para preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor’.
Hoy celebramos su nacimiento y todos hacemos fiesta. Es una solemnidad grande que está muy metida en la entraña del pueblo. ‘Te llenarás de alegría, le dijo el ángel a Zacarías allá en el templo cuando la ofrenda del incienso, y muchos se alegrarán en su nacimiento’. Y hoy nos dirá san Lucas que ‘los parientes y vecinos felicitaban a Isabel porque el Señor le había hecho gran misericordia… y la noticia corrió por la montaña preguntándose todos llenos de asombro ¿qué va a ser de este niño?’
‘A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo’
cantará Zacarías alabando y bendiciendo a Dios ‘que ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación’. Viene el testigo de la luz y ‘por la entrañable misericordia de Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas… y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.
Todo esto lo reflexionamos en esta fiesta de san Juan Bautista y es motivo para nosotros para alabar a Dios por lo que significó ya entonces el Bautista en la historia de la salvación. Es el precursor que Dios quiso enviar antes que su Hijo para que preparase el camino de la salvación. El que venía a preparar los corazones de los hombres, como la casa que se prepara para recibir una gran visita. Grande era la visita porque venía Dios mismo a estar con nosotros, a ser Emmanuel, a ser Dios con nosotros.
Dios sigue visitándonos hoy con su gracia y salvación. Dios quiere seguir iluminándonos para sacarnos de las tinieblas de la muerte y del error. Dios quiere seguir siendo el camino de nuestros pasos para que nos lleven por sendas de amor y de paz.
Tenemos que seguir escuchando la voz que grita, que nos despierta, que nos señala a donde hemos de ir. ¿Qué nos señala o a quien nos señala? Yo diría más bien a quien nos señala. Como a aquellos discípulos que estaban a su lado, a nosotros también nos dice: ‘He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y Juan se hizo a un lado para que aquellos sus discípulos fueran los primeros en ‘seguir al Cordero a donde quiera que fuera’, como nos dice el Apocalipsis; se hizo a un lado para que siguieran a Jesús y nada más que a Jesús. Es lo que a nosotros también nos señala, a donde quiere que nosotros caminemos. Todo tiende a Jesús.
Es a dónde tenemos que ir. Pero es también lo que nosotros tenemos que señalar a los demás. Precursores de Jesús tenemos que ser nosotros para los demás, porque todo nuestro interés tiene que ser señalar el camino con nuestras palabras valientes, con el testimonio claro de nuestra vida para que todos lleguemos a ese conocimiento de Jesús, a esa vida de Jesús.

martes, 23 de junio de 2009

Un camino ancho y un camino estrecho. ¿cuál es el nuestro?

Gen. 13, 2.5-18
Sal. 14
Mt. 7, 6.12-14

¿Qué significa ese camino ancho y ese camino estrecho que nos contrapone Jesús hoy en el evangelio? ¿Será que Jesús quiere ponernos las cosas difíciles y ‘amargarnos’ la vida? ‘Entrad por la puerta estrecha, nos dice… ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida!’
Esto no lo podemos decir y más si escuchamos estas palabras en el contexto de este discurso que ha comenzado precisamente anunciando una felicidad para todos. No olvidemos que el Sermón del Monte, del que son estas palabras hoy escuchadas, comienza con las Bienaventuranzas.
Jesús precisamente ha venido a hablarnos de plenitud de vida y lo que más quiere es restablecer la dignidad del hombre, la dignidad de toda persona, arrancándole de toda aquella esclavitud que le hace sufrir. Recorramos las páginas del evangelio para darnos cuenta de ello. Por ahí puede ir la clave de estas palabras de Jesús.
Todos queremos la dicha y la felicidad, es cierto, la plenitud de la vida. Y esto además lo queremos para todos. Pero ¿en qué ponemos esa plenitud, o en qué ponemos esa dicha? Es ahí donde tenemos el peligro de confundirnos, de pensar sólo en nosotros mismos, o de buscar solamente aquellas cosas que me satisfagan pronto y momentáneamente. Y podemos, entonces, buscar sustitutivos de la verdadera felicidad o de la auténtica plenitud del hombre y la persona.
Es el camino de vida fácil al que nos sentimos tentados, de sólo pensar en sí mismo, de dejarme llevar por la más elemental apetencia o por las pasiones, y no buscar lo que verdaderamente merece la pena.
Buscar lo que verdaderamente merece la pena tiene sus exigencias, exige un control y un dominio de nosotros mismos, un sabernos negar a nosotros muchas cosas para poder encontrar y alcanzar lo verdadero.
Aquí podemos entender lo del camino fácil, lo del camino ancho, y por el contra lo del camino estrecho y exigente. ¿Qué es lo que queremos alcanzar y cómo queremos alcanzarlo?
Por ejemplo, el estudiante que se prepara y se forma para su futuro no podrá simplemente dejarse llevar por lo que le apetece en cada momento, por la fiesta, la diversión y abandonar sus estudios y preparación, porque al final no alcanzará la preparación adecuada, no obtendrá los títulos que le acredite y dé fe de su preparación y no podrá obtener aquel trabajo o aquella responsabilidad seria en su vida. Tendrá que sacrificar muchas cosas para poderse sentir satisfecho al final por lo logrado y ser feliz de verdad.
Así es la vida y así es también lo que es alcanzar esa vida en plenitud que Jesús nos ofrece, esa vida eterna a la que todos estamos llamados, la dicha y la felicidad que el Señor quiere para nosotros y por lo que Jesús, el primero, se sacrifica y muere para alcanzárnoslo. La pasión y la muerte es el camino de la vida y de la resurrección. La Pascua es un modelo de nuestro caminar en todos los sentidos. Todo tiene que ser Pascua en nuestra vida.

lunes, 22 de junio de 2009

Ponernos en camino e ir hacia donde Dios nos mostrará

Gén. 112, 1-9
Sal. 32
Mt. 7, 1-5


En la lectura continuada que vamos haciendo de la Biblia en las lecturas en medio de la semana con la intención de que los creyentes tengamos un mayor acercamiento a la Palabra de Dios manifestada en los textos sagrados, en la primera lectura iniciamos hoy la lectura de varios libros del Antiguo Testamento. Se prolongará ahora varios meses y comenzamos con el Génesis para hacer una lectura escogido de los principales textos del Pentateuco, el libro de la Ley para los judíos, y continuaremos luego con otros libros del conjunto de los llamados históricos.
Comenzamos hoy con el capítulo 12 del Génesis porque ahí comienza la historia de Abrahán, fundamental en la historia y en la fe de Israel, como lo es para las tres grandes religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y la musulmana. Las tres religiones tienen como padre en la fe a Abrahán, y para el pueblo de Dios es el inicio de su propia historia. Dios le promete que hará surgir de él un pueblo numeroso, como le dirá más adelante, ‘te bendeciré y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa’.Es el inicio de la historia del pueblo de Israel, el pueblo de Dios.
Abrahán es modelo y ejemplo de fe; se le reconoce como el padre de los creyentes. Hoy se nos manifiesta esa fe de Abrahán, aunque tendremos ocasión de contemplar otros momentos especiales de su fe puesta a prueba. Ahora el Señor le dice: ‘Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré… y Abrahán marchó como le había dicho el Señor’. Aquí está la fe de Abrahán, que se fía de Dios y se pone en camino a donde Dios lo conduzca. Abrahán creyó. Escuchó a Dios y le siguió.
Ahí está su gran ejemplo del que tenemos que aprender. La fe le complica la vida, porque le hace salir y ponerse en camino. Algunas veces queremos tener nuestra como un adorno bonito que lucimos en determinados momentos. Pero la fe tiene que ponernos en camino. Camino de la fe, camino que nos hace salir de nosotros mismos y de nuestras seguridades. Camino que es búsqueda y escucha. No fueron sus propios caminos los que siguió Abrahán, sino los caminos que Dios le señalaba. ‘Hacia la tierra que te mostraré…’
Esa búsqueda no se acaba; ese ponernos en camino es tarea de todos los días; ese arrancarnos de nuestras cosas es algo en lo que tenemos que estar siempre atentos. Hay apegos, y rutinas, y anquilosamiento… Siempre Dios tiene una palabra nueva y viva que decirnos allá en lo hondo del corazón. No nos instalamos. Nos hace arrancarnos de nuestro pecado, y subir la larga pendiente que nos lleva a la santidad. Aunque pasemos por arideces y desiertos. Sabemos quien va con nosotros en ese camino, porque Dios no nos dejará nunca solos aunque muchas veces nos cueste verlo.
Y una palabra del evangelio aunque sólo sea subrayar la sentencia que nos da Jesús. ‘No juzguéis y no seréis juzgados…’ Qué fácil nos sale el juicio y la condena. Qué fácil nos es ver la mota del ojo ajeno. Qué prontos somos para mirar lo negativo del otro aunque sea una cosa muy pequeña. Cuánto nos duele que nos juzguen a nosotros. Siempre queremos justificarnos. Escuchemos lo que nos dice Jesús. ‘La medida que uséis, la usarán con vosotros’.

domingo, 21 de junio de 2009

¿Una travesía con muchas tempestades?

Job, 38, 1.8-13;

Sal. 106;

2Cor. 5, 14-17;

Mc. 4, 35-40


‘Vamos a la otra orilla…’ les dijo Jesús a los discípulos. Y mientras atravesaban el lago en la barca ‘se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’. Los discípulos estaban asustados mientras Jesús ‘estaba a popa, dormido sobre un almohadón’.
Todavía hay personas que se sienten con miedo e inseguridad cuando tienen que subir a un avión o a un barco para hacer un viaje de larga distancia. No digamos nada si antes de hacer el viaje han oído hablar de catástrofes o accidentes de algún tipo, pues entonces la intranquilidad o inseguridad es peor.
Pero no nos hagamos los valientes frente a esas personas que también nosotros a veces cuando tenemos que enfrentarnos a un mundo cambiante o que ha cambiado tanto en las costumbres que a nosotros nos parece que no tienen que cambiar, también nos sentimos llenos de miedos e inseguridades de manera que nos parece que no hacemos pie en nuestro caminar por la vida.
Costumbres que cambian, gentes que piensan de otra manera y tratan de imponer sus ideas, leyes que nos parecen adversas a nuestros principios, secularización de nuestra sociedad donde lo religioso o los valores cristianos se quieren posponer o relegar a un segundo o último lugar… nos hacen sentirnos mal y nos parece que el barco de nuestra vida se va a hundir.
¿Dónde está Dios? pueden gritarnos algunos, o puede ser la duda que surja en nuestro interior. ¿A dónde vamos a llegar?, nos preguntamos. ¿Qué estamos haciendo de nuestra sociedad? Y nos llenamos de pesimismo para verlo todo negro y nos entran los miedos y las inseguridades. ¿A qué otra orilla estamos caminando?
Es algo parecido a aquella travesía en barca para ir a la otra orilla y en la que los sorprendió la tempestad de la que nos habla el evangelio. Es una imagen de lo que nos sucede. ¿Qué hacer?¿Nos sentiremos igualmente solos y abandonados? ¿Acaso nos echará en cara Jesús nuestra falta de fe? Una cosa sí podemos decir, la barca salió adelante y luego vino la calma. ¿Podría darnos esperanza? La Palabra del Señor siempre tiene que ser para nosotros un faro de esperanza.
¿No ha puesto el Señor esa barca de la vida en nuestras manos? Tenemos que ser los marineros expertos que la saquemos adelante y la llevemos a buen puerto. A nosotros nos dijo: ‘id al mundo entero a anunciar la Buena Noticia de la salvación…’ Creó el mundo y nos lo puso en nuestras manos. Y a ese mundo nos envía ahora a llevar la Buena Noticia. En ese mundo nosotros tenemos que ser luz que ilumine y sal que dé sabor. Somos sus mensajeros que vamos con su misión. Y ahora dependerá de nosotros cómo marche ese mundo, el rumbo que le demos a ese mundo. Claro que siempre con la fuerza de la gracia del Señor.
Pero también recordemos que nos previene que la tarea no va a ser fácil. Hay sufrimientos y enfermedades, hay peligros de todo tipo y hasta venenos que pueden dañar nuestra vida; habrá quienes nos reciban y quienes nos rechacen. A todo eso nos previene Jesús. Recordemos lo que dice a los discípulos cuando los envía de dos en dos o a los apóstoles al final del evangelio cuando los envía por el mundo. Cuando nos manda curar enfermos, llevar paz, y nos anuncia que nos da poder sobre todas esos males, nos está hablando de esas tormentas con las que nos vamos a encontrar en ese mar de nuestro mundo. No será fácil la tarea, pero nos dirá también que El está con nosotros hasta el final de los tiempos, o que nos enviará la fuerza de su Espíritu para ser sus testigos.
¿Por qué dudar, entonces, por qué llenarnos de miedos, por qué sentirnos inseguros cuando aparecen esos peligros y dificultades al enfrentarnos con ese mundo en el que vivimos? ¿Por qué esa falta de fe? Nos recrimina Jesús a nosotros como lo hizo entonces con los discípulos en aquella travesía. ‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ No podemos dudar de su presencia y de la fuerza de su Espíritu que nos ha prometido.
El Señor está ahí y la primera tempestad quizá que quiere calmar está en nuestro interior, en esas dudas y cobardías. El quiere que no perdamos la paz a pesar de las turbulencias de la vida. El es nuestra luz y nuestra fortaleza. El Señor con la fuerza de su Espíritu nos ha transformado para que seamos esa criatura nueva de la fe, del amor, de la valentía y del arrojo para proclamar la Buena Noticia del Evangelio a ese mundo concreto que nos rodea en el que hoy vivimos. ‘Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha llegado’, que nos decía san Pablo.
No nos podemos quedar en añoranzas de otros tiempos que a nosotros nos puede parecer que fueron mejores. Cada momento tiene sus tempestades, sus luces y sus sombras. Y es aquí y ahora cuando nos toca vivir y proclamar la Buena Noticia de Jesús. El está con nosotros. Tengamos la certeza de su presencia y no nos faltará la paz.

sábado, 20 de junio de 2009

Presumo de mis debilidades porque así residirá en mi la fuerza de Cristo

2Cor. 12, 1-10
Sal.33
Mt. 6, 24-34

Hermoso el mensaje que nos ofrecen los dos textos de la Palabra de Dios hoy proclamada, tanto el Evangelio como de la segunda carta a los Corintios.
Fijándonos de manera especial en este texto de san Pablo podríamos comenzar por preguntarnos quiénes son los que hoy se manifiestan como triunfadores en la vida. Los que presentan como poderosos, ricos de bienes materiales o pueden ofrecer muchos títulos acreditativos o con muchas recomendaciones, muy combativos de manera que no les importe eliminar a sus contrincantes, pareciera que tienen abierto el camino para el triunfo. Sin embargo el texto de la Palabra de Dios hoy nos ofrece otra visión y otros criterios.
San Pablo en esta carta que estamos comentando trata de describirnos cuál es la misión y la tarea de un apóstol presentándose a sí mismo como un apóstol enviado del Señor. Y aunque en un momento determinado pareciera que puede ofrecer los títulos de lo que él ha hecho – tendríamos que fijarnos en el texto de ayer, aunque por ser el día del Corazón de Jesús fue otro el que nos ofreció la liturgia -, y aunque ahora mismo pudiera hablar hasta de sus experiencias místicas, sin embargo quiere presentarse en medio de su debilidad, porque como nos dice lo que quiere manifestar por encima de todo es ‘la fuerza de Cristo’.
Podría presumir de muchas cosas, viene a decirnos, pero concluye: ‘lo que es yo, sólo presumiré de mis debilidades… muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo en medio de mis debilidades, de los insultos, de las privaciones, de las persecuciones y dificultades sufridas por Cristo…’
Y nos hace una confesión, como dice él ‘para que no tenga soberbia’. No sabemos a qué hace referencia en concreto de los aspectos de su vida, una enfermedad, una debilidad y discapacidad corporal, una tentación que sufran continuamente… ‘me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio’. Dice cómo le pide continuamente al Señor verse libre de ello, pero el Señor le contesta: ‘Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad’.
Es el camino que nos ha enseñado Jesús en el evangelio. Camino que pasa por la humildad, por hacerse y sentirse el último. O como el mismo san Pablo nos dirá otra ocasión ‘ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro’. Esos son los títulos para el triunfo, que sólo en Cristo podremos obtener de verdad. Pero es que así además es cómo podremos saborear el amor del Señor. ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, que hemos dicho en el salmo.
Y es que nos sentimos amados y protegidos del Señor. Así conectamos con el evangelio de hoy que nos habla de la confianza absoluta que hemos de tener en la Providencia de Dios. Es el Padre bueno que nos cuida, nos protege, nos ama, nos libra del mal. En El tenemos que poner toda nuestra confianza. Y nos habla de los lirios del campo o de los pájaros del cielo. ‘No trabajan ni hilan…’ y las flores del campo se manifiestan en toda su belleza, ‘que ni Salomón, en todo su fasto, se vistió como uno de ellos,,, vuestro Padre celestial los alimenta… ¿no valéis vosotros más que ellos?... no andéis agobiados pensando qué vais a comer a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir… no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio…’
Recordemos que cuando Jesús nos enseña a orar – escuchamos el texto hace pocos días – y nos enseñó a pedir también por nuestras necesidades materiales, no nos dice que pidamos riquezas en abundancia que nos resuelvan la vida para siempre. Recordemos la parábola de aquel rico que lleno de una cosecha todos sus graneros pensando que ya tendría para toda su vida, pero aquella noche murió. Jesús nos enseña a pedir solo el pan de cada día. ‘El pan nuestro de cada día dánosle hoy’.
Cómo ha de ser nuestra confianza en la providencia del Dios, Padre bueno que nos ama y cuida de nosotros. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura’, terminará diciéndonos Jesús.

viernes, 19 de junio de 2009

Corazón de Jesús, santificación de los sacerdotes y Año Sacerdotal

Oseas, 11, 1.3-4.8-9
Salmo: Is. 12,
Ef. 3, 8-12.14-19
Jn. 19, 31-37


‘Sacaréis agua con gozo de la fuentes de la salvación’, repetimos en el salmo cuando hoy venimos a contemplar, celebrar y vivir todo el amor que se expresa en el Sagrado Corazón de Jesús.
En el evangelio hemos contemplado a Cristo en su agonía y muerte en la cruz por nuestro amor. Agonía de amor, entrega de sí mismo hasta el último suspiro como una exhalación de amor por nosotros. Pero Juan nos da un detalle muy significativo. ‘Uno de los soldados, con una lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua’.
De esa fuente de salvación queremos nosotros beber para calmar la sed en lo más hondo de nosotros mismos. El nos había dicho ‘el que beba del agua que yo le dará no volverá a tener sed… y surgirá dentro de él un surtidor que salta hasta la vida eterna’. Claro que entonces le tenemos que pedir. ‘Señor, danos de esa agua…’ como le pedía la samaritana.
Es una imagen de los sacramentos lo que estamos contemplando como expresaremos en el prefacio de la misa de hoy. Por eso queremos acercarnos con gozo para beber de esa fuente de la salvación. ‘El cual, con amor admirable, se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al Corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación’.
Contemplar y celebrar al Corazón de Jesús es contemplar todo el inmenso amor de Dios por nosotros para dejarnos inundar por él. Es hermoso lo que hemos escuchado al profeta. ‘Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía…’ nos dice. Nos habla de un amor de siempre, incluso cuando hemos estado en la esclavitud del pecado y de la muerte. Nos llamó, nos hizo hijos, nos enseñó a caminar. ‘Cuando Israel era joven lo amé, desde Egipto llamé a mi hijo. Yo enseñé a andar a Efraín, lo alzaba en brazos… se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas…’
Beneficios de amor para con nosotros, que podamos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia, como pedimos en la oración, que nos inflame de amor, que encienda en nosotros el fuego de la caridad.
Esta Jornada de hoy, día del Sagrado Corazón de Jesús, tiene también una connotación y un sentido eminentemente sacerdotal. Es la Jornada Mundial de oración por la santificación de los Sacerdotes. Pero es también la apertura del ‘Año Sacerdotal, promulgado por nuestro amado Papa Benedicto XVI, para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, el Santo Cura de Ars’. Esto citando textualmente algunos párrafos de la carta a los sacerdotes de todo el mundo del Cadenal Prefecto de la Congregación para el Clero con esta ocasión.
‘Deberá ser un año positivo y propositivo en el que la Iglesia quiere decir, sobre todo a los Sacerdotes, pero también a todos los cristianos, a la sociedad mundial, mediante los mass media globales, que está orgullosa de sus Sacerdotes, que los ama y que los venera, que los admira y que reconoce con gratitud su trabajo pastoral y su testimonio de vida’.
‘Este Año debe ser una ocasión para un periodo de intensa profundización de la identidad sacerdotal, de la teología sobre el sacerdocio católico y del sentido extraordinario de la vocación y de la misión de los Sacerdotes en la Iglesia y en la sociedad’.
‘El Santo Padre, en su discurso de promulgación durante la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, el 16 de marzo pasado, dijo que con este año especial se quiere “favorecer esta tensión de los Sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia del ministerio”. Especialmente por eso, debe ser una año de oración de los Sacerdotes, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes; un año de renovación de la espiritualidad del presbiterio y de cada uno de los presbíteros’.

Con san Pablo en su carta a los Efesios concluyo esta reflexión: ‘Que el Señor, de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.

jueves, 18 de junio de 2009

Padre, hágase tu voluntad…

2Cor. 11, 1-11
Sal. 110
Mt. 6, 7-15


‘Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imagina que por hablar mucho les harán caso… vosotros rezad así: Padre nuestro del cielo…’
Una palabra nos enseña Jesús a decir. Una palabra que es mucho más que una palabra. Una palabra y nos basta. Es la misma que empleaba Jesús para dirigirse al Padre y nos la enseña a nosotros. Repito, una palabra y nos basta, si fuéramos capaces de decirla con la misma intensidad, con el mismo amor que la pronunciaba Jesús.
Todos conocemos el ejemplo mil veces repetido de la buena mujer que decía que no sabía orar porque cuando decía Padre ya no sabía decir más y se quedaba extasiada saboreando que Dios es su Padre. La mejor oración. La que tenemos que aprender a decir nosotros. Claro que no podemos decirla si el Espíritu no está en nosotros y nos dejamos conducir por El. Es que nos da esa posibilidad porque nos llena de la vida de Jesús para hacernos a nosotros hijos; es el que clama en nuestro corazón para poder decirla con toda hondura.
‘Padre, aquí estoy para hacer tu voluntad…’ decía el Hijo al entrar en este mundo, como nos recuerda la carta a los Hebreos. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, dirá Jesús cuando los discípulos andan preocupados por comidas terrenales y de aquí abajo.
‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…’ es el grito de amor de Jesús desde la cruz para darnos a todos la salvación, el perdón, la vida. ‘Padre, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya…’ será el grito desgarrador de Jesús antes de comenzar su pasión que ya le hacía sufrir por nosotros hasta sudar gotas de sangre, la que sería su sangre derramada por nosotros, la Sangre de la Alianza Nueva y eterna.
‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’, será el grito de la ofrenda del sacrificio, en el que todo estaba consumado, porque la vida estaba entregada y la salvación para nosotros ya alcanzada.
‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los sencillos y a los humildes…’ exclama Jesús bendiciendo al Padre del cielo que así se nos revela y se nos manifiesta.
Y ‘Padre’, nos enseña a decir Jesús a nosotros, ‘hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo’. Por eso cuando rezamos la oración que Jesús nos enseñó tenemos que aprender a decirlo como Jesús. La voluntad de Dios, no la nuestra. Aunque nos cueste sangre y sacrificio. Es la ofrenda de amor que también nosotros tenemos que hacer.
Mucho nos daría para reflexionar todo esto que nos enseña Jesús. Me encontré con un texto de un santo Doctor de la Iglesia, san Cipriano, con un hermoso comentario sobre la oración del padrenuestro del que no me resisto a transcribir alguno de sus más hermosos párrafos.
“La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que El nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, en los tormentos, la confianza con que luchamos y, en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona. Eso es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre”.
Ojalá siempre le demos esa hondura al rezo de la oración que Jesús nos enseñó.

miércoles, 17 de junio de 2009

No nuestra gloria sino la gloria del Señor

2Cor. 9, 6-11
Sal. 111
Mt. 6, 1-6.16-18


En la sociedad competitiva en la que estamos pareciera que algunos viven una alocada carrera de méritos. No digo que para determinadas competencias no haya que hacerlo, pero ya sabemos cómo en cualquier parte te exigen un currículum vital donde se resalten los merecimientos que cada uno tenga o crea tener en virtud de su preparación, lo que se haya realizado, las capacidades y las cualidades.
A todos nos gusta por otra parte se reconozcan nuestros méritos, lo que somos o lo que hayamos hecho y, como se suele decir a nadie amarga un dulce, queremos vernos reconocidos, aplaudidos y halagados.
Sin embargo, parece que Jesús nos enseña hoy otro estilo de hacer las cosas en la humildad y el silencio y sin la búsqueda de reconocimientos humanos. ¿Dónde hemos de buscar nuestra recompensa? ¿en la alabanza de los hombres? ¿hacemos sólo las cosas para que nos vean buscando la alabanza y el aplauso?
‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’, nos dice Jesús hoy.
Cuando hagas el bien no vayas tocando las trompetas para que todo el mundo se entere de lo bueno que eres… ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha…’ nos viene a decir Jesús.
Habla Jesús de los hipócritas y su fariseísmo que solo hacen las cosas buscando reconocimientos humanos. Nos habla de la limosna, y de la oración, y del ayuno y de cualquier obra buena que hagamos. ‘No seáis como los hipócritas a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vea la gente’. Lo importante no es nuestra gloria sino la gloria del Señor.
Que no se nos suba el pavo por aquello bueno que hacemos, que no busquemos esos orgullos y vanaglorias humanas. Nuestro premio y recompensa está en el Señor. ‘Que tu ayuno lo note tu Padre que está en lo escondido; y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará’. Pero ¡ojo!, que la recompensa del Señor, El nos la dará a su manera y cuándo y cómo quiera El.
No nos creamos, por otra parte, tan autosuficientes y orgullosos por aquello que hacemos que vayamos reclamándole los premios a Dios, poco menos que haciendo una lista de las cosas buenas que hacemos como si fuera un memorando que presentamos, y por lo que queremos ahora todas las bendiciones de Dios, incluso en lo material. Tentación tenemos de decir cuando nos vienen situaciones difíciles con todo lo bueno que yo he hecho y mira lo que estoy recibiendo.
Pero tampoco con una falsa humildad tapemos tanto lo bueno que hacemos que no sea motivo para que todos demos gloria a Dios por ello. El ejemplo lo tenemos en María. Ella glorifica al Señor porque en ella, en su pequeñez, hizo el Señor cosas grandes. Y también Jesús nos dice que nuestra luz debe alumbrar para que cuando los demás vean nuestras buenas obras glorifiquen al Padre del cielo. No tardaremos mucho en escuchar esto en la lectura continuada del evangelio que estamos haciendo.
Todo siempre para la gloria de Dios.

martes, 16 de junio de 2009

La plenitud en un nuevo estilo de amor

2Cor. 8, 1-9
Sal. 145
Mt. 5, 43-48

Ya hemos escuchado que no vino a abolir la ley sino a dar plenitud. ‘No penséis, nos decía, que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Hoy nos viene dar la altura de esa plenitud, la altura, la meta, el ideal a imitar está en Dios. ‘Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. El listón está colocado bien alto, donde está la mayor plenitud, que es en Dios. No nos extrañe, entonces, lo que anteriormente nos había propuesto. Lo que ayer escuchábamos de romper la espiral de la violencia, como reflexionábamos. Y no nos extrañe lo que hoy nos propone.
Es que Jesús nos está hablando del amor donde encuentra plenitud la ley; del amor donde está la plenitud del hombre y de la persona; del amor en ese estilo nuevo que es el estilo de Jesús, es el estilo que nos propondrá en el evangelio.
Hoy nos habla del amor a todos y en concreto del amor a los enemigos. Porque ya no es amor a los amigos, a los que nos aman o nos caen bien; no es el amor al otro como simple correspondencia al amor que el otro nos pueda tener. Es el amor al otro aunque no se sea correspondido, e incluso, aunque no sea amado sino mas bien odiado, porque sea mi enemigo. Bueno, tendríamos que decir, que ya entre los que seguimos a Jesús a nadie podremos considerar enemigos, porque todo hombre, sea quien sea, es mi hermano.
‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian…’
Fijémonos en lo que nos dice: amar a los enemigos… hacer el bien a los que nos aborrecen… y rezar por los que nos persiguen y calumnian… Esto último tendría que ser algo a tener muy en cuenta, lo de ser capaces de rezar por aquellos que nos hacen daño. Quizá el autor sagrado cuando nos trasmite el evangelio y lo redacta estaban viviendo en la Iglesia tiempos difíciles de persecución, y por eso insiste en la referencia a los que son perseguidos y calumniados. Pero es algo que nos viene bien recordar siempre porque son situaciones por las que en unos momentos u otros pasamos o podemos pasar.
No es fácil en esas situaciones hacer esto que nos pide Jesús en el evangelio, tenemos que reconocer, y puede resultar hasta heroico el hacerlo, pero, ¿quién nos dijo que nosotros, los cristianos, tenemos que hacer sólo lo que todos hacen o lo que hace cualquiera?
Jesús a continuación nos lo dice. Si hacemos lo que todos hacen, ¿qué mérito tenemos? ‘Así, nos dice, seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Como recordamos antes, nos propondrá al final que seamos perfectos como nuestro Padre del cielo. Pero nos dice más: ‘Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos… los gentiles? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?’
Es la ley del amor que nos dará la mayor plenitud. Es el amor que envolverá nuestra vida y nos hará verdaderamente grandes. Pero será un amor que sólo podremos vivir con su fuerza, con la fuerza de su Espíritu. Será algo por lo que tenemos que orar mucho. Para que nunca nos falte esa fuerza del Señor.

lunes, 15 de junio de 2009

El ahora de Dios en el ahora del hombre para no echar en saco roto la gracia de Dios

2Cor. 6, 1-10
Sal. 97
Mt. 5. 38-42
‘Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación… os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios…’ Un saco roto no nos vale para nada. Todo lo que echemos en él se perderá.
Y cada día, en cada momento está el ahora de Dios que es también el ahora para el hombre; el ahora de la gracia que Dios nos da; que nos llama; que nos invita; que nos fortalece; que nos previene; que ilumina nuestra vida. Pero ese ahora no lo podemos echar en saco roto, dejarlo para después. Porque la gracia del ahora es irrepetible. Es importante que le demos importancia a este ahora. Que lo aprovechemos.
Y llega a nosotros de muchas maneras. Las gracias actuales de Dios se nos manifiestan de muchas maneras. Puede ser la Palabra proclamada solemnemente en una celebración, o escuchado allá en el silencio de nuestro cuarto en la intimidad del corazón, puede ser esta palabra que ahora por este medio, en esta lectura pudiera llegar a tu vida. Ahí, aquí, ahora puede estar una invitación del Señor, una gracia de Dios.
‘Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero’, se nos decía en la aclamación del aleluya antes del evangelio hoy. Si no tenemos luz y caminamos a oscuras nos estamos exponiendo a muchos tropiezos y peligros. Necesitamos una luz para el camino de nuestra vida. Y esa luz la tenemos en la Palabra de Dios. Por eso cada día nos dejamos iluminar. Y es importante esa luz que recibamos en cada momento de forma concreta. Ese ahora de Dios y ese ahora del hombre, como venimos reflexionando. Y en el evangelio resuena de una forma clara y concreta para las situaciones en que nos vamos encontrando en la vida. Con sinceridad, sin miedos, sin temores, sin complejos tenemos que ir a dejarnos iluminar por esa luz.
El texto del evangelio de hoy nos puede parecer hermoso pero al mismo tiempo utópico, porque ¿quién va a poner realmente la otra mejilla cuando le hayan hecho daño en una? Es lo que primariamente pensamos al escuchar el texto del evangelio.
Escuchémoslo directamente. ‘Sabéis que está mandado: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñalo dos; a quien te pide, da; y al que te pide prestado, no lo rehuyas’.
Si es que él no me saluda ni me habla… si es que él me dijo o me hizo… si es que él me hizo daño… si es que es un pesado y no hay quien lo aguante… si es que… Siempre pensamos que es el otro el que comenzó a obrar mal y cómo no le voy a responder con la misma manera. Siempre esperamos que el otro comience la obra buena, para yo entonces hacer lo mismo…
Jesús lo que nos está enseñando es que rompamos esa espiral de la violencia, del desamor, del responder con acritud, de la pasividad… Ya sabemos lo que es una espiral, comienza por un punto pero a cada vuelta se va agrandando más y alejándose cada vez más de aquel punto central o haciéndose cada vez mayor. Empezamos por un mal gesto de uno de los dos, pero a lo que el otro responde con otro gesto semejante o mayor y así se van agrandando y agrandando las violencias y las discordias, los distanciamientos o los orgullos que han nacido en nuestro corazón.
La única espiral que tendría sentido sería la del amor. Un amor que nos haga ser humildes, que nos haga abajarnos de nuestros orgullos. Un amor que tome la iniciativa para responder bien a lo mal que nos hayan podido hacer. Es el camino que nos enseña el evangelio. Es el camino verdadero del amor cristiano.
Ahora, hoy llega esta luz de la Palabra para iluminar los caminos y senderos de nuestra vida. No echemos en saco roto esta gracia de Dios.

domingo, 14 de junio de 2009

El sacramento de nuestra fe y nuestro amor


Ex. 24, 3-8;
Sal. 115;
Hebreos, 9, 11-15;
Mc. 14, 12-16.22-26



‘Este es el sacramento de nuestra fe… este es el Misterio de la fe…’
aclamamos en el centro de la plegaria eucarística. Es lo que hoy repetimos y queremos hacerlo con toda la intensidad de nuestra vida y de nuestra fe.
Hoy es la fiesta de la Eucaristía. Una fiestea especial que nació sobre el siglo XIII como una necesidad de proclamar la fe en el Sacramento de la Eucaristía. Errores teológicos o herejías, negación del misterio eucarístico y pérdida de fe en la Eucaristía y pérdida de fe en general del pueblo de Dios hicieron necesaria entonces esta fiesta como creo que es necesaria también hoy. Tenemos que celebrar - y hacerlo públicamente y con toda solemnidad - esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en su presencia real y verdadera en el Sacramento de la Eucaristía; pero tenemos que cuidar al mismo tiempo que no nos quedemos en lo externo y en lo menos principal y no proclamemos de verdad ante el mundo lo que es la Eucaristía.
Sacramento de nuestra fe… Fe que necesitamos proclamar en este sacramento admirable. ¿Por qué admirable? Lo decimos así en la oración litúrgica. Grande es el Misterio que en él se realiza. Y ante el Misterio, la fe. Un poco de pan y vino que son para nosotros Cristo mismo, su Cuerpo verdadero, su Sangre verdadera, su Cuerpo entregado, su Sangre derramada. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… Esta es mi Sangre, la Sangre derramada, la Sangre de la Alianza nueva y eterna…’ Así lo hemos escuchado en el evangelio hoy. Así tenemos que proclamar nuestra fe.
Este es el Sacramento de nuestro fe… Es Cristo mismo que se hace comida y que se hace bebida. Para que tengamos vida, y vida para siempre. ‘Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida… quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en Mí y yo en él… tendrá vida para siempre…’ Como decimos en una antífona de esta fiesta, ‘Sagrado banquete en que Cristo se nos da en comida’ .
Este es el Sacramento de nuestra fe… Cristo que se ha entregado, que ha derramado su Sangre, que es la Sangre de la Alianza nueva y eterna, se nos ofrece para que comamos de este Sacrificio. Sacrificio de redención y sacrificio de comunión.
Por ese sacramento admirable en que se celebra el memorial de la pasión. ‘Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz…’ cada vez que comemos del Cuerpo del Señor y bebemos su sangre, estamos anunciando ‘la muerte del Señor hasta que vuelva’. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…’ que aclamamos en la plegaria eucarística. ‘Se celebra el memorial de su pasión’ que decimos en la oración y en una antífona del día.
Pero es también, como hemos dicho, Sacrificio y Sacramento de comunión. Comunión porque comemos a Cristo, presente sacramentalmente en el pan y vino de la Eucaristía que es para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero es Sacramento y Sacrificio de comunión porque al comulgar a Cristo, comulgamos también al hermano, porque al entrar en comunión con los hermanos entraremos verdaderamente en comunión con Cristo. Y tiene que darse esta comunión con los hermanos para que haya comunión verdadera con Cristo.
Hoy es el día de la fe pero necesariamente tiene que ser día del amor. Y es que no sólo estamos contemplando y celebrando el amor de Cristo que así se nos da, sino porque necesariamente tenemos que estar comprometidos en el amor, celebrando ese amor de comunión verdadera que queremos tener con los demás, y porque estamos alimentando y fortaleciendo ese amor para que sea verdadero y para que sea duradero. Y es que si no hay ese amor no puede haber Eucaristía verdadera.
Hoy es la fiesta del amor, de la caridad, que es el amor sublime según el estilo de Cristo. Y esto tenemos que expresarlo de forma viva en nuestra vida. Se nos pide hoy mirar a la cara, a los ojos, al hermano, el hombre o mujer que está a tu lado cada día o con el que te cruzas en cualquier momento en el camino de la vida. Mirarlo a la cara, mirarlo a los ojos para decirle con toda sinceridad – no con palabras bonitas, sino con hechos concretos – que le amas porque también él es tu hermano. Si le miras a la cara se lo tienes que decir con sinceridad. Si le miras a los ojos no podrán ser sólo bonitas palabras sino algo más.
Y ese hermano puede estar solo, sufriendo en su soledad; o ese hermano está tendiendo su mano para pedirte un poco de pan, pan material que llene su estómago hambriento, o el pan de tu sonrisa, de tu cariño, de tu tiempo, de tu palabra de ánimo o consuelo… muchas clases de pan puede estar necesitando en este mundo, que decimos ahora, de crisis económica, pero también de crisis de valores verdaderos; cuántas crisis por la carencia de tantas otras cosas que pueden necesitar para recobrar su dignidad de tantas maneras escachada. Seamos realistas con lo que sucede en nuestro mundo y nosotros podemos estar haciendo también.
Mírale a los ojos a tu hermano con sinceridad y sabrás el pan que él puede necesitar de ti. Y mira luego si puedes venir a comulgar el Cuerpo de Cristo o celebrar esta fiesta de la Eucaristía mientras no brindes el pan de tu amor al hermano que está a tu lado.
Un último aspecto de la Eucaristía que celebramos. La Eucaristía, el banquete sagrado en el que participamos ahora es ‘la prenda de la gloria futura’, es el anticipo de la participación ‘en el banquete eterno del cielo’, es el comenzar a pregustar ya ‘la gloria del cielo’. ‘Ven, Señor Jesús’, decimos en la aclamación eucarística. Que ‘experimentemos constantemente en nosotros los frutos de la redención’, como hemos orado hoy.
‘Sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura’.

sábado, 13 de junio de 2009

Nos apremia el amor de Cristo…

2Cor. 5, 14-21
Sal. 102
Mt. 5, 33-37


‘Nos apremia el amor de Cristo…’ Nos apremia, nos busca, nos llama, nos ofrece mil señales de su amor, nos rodea con sus abrazos de amor. Como el enamorado que apremia con su amor a la persona amada, la busca, le ofrece mil regalos, le canta palabras de amor, va rodeando su vida con las muestras de su amor y su cariño. Así Dios que con nosotros. Así Cristo nos apremia con su amor. ¡Cuántas señales de su presencia amorosa! ¡De cuántas cosas se vale el Señor para llamarnos y hacernos saber su amor!
‘Al que no había pecado, Dios le hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros unidos a El, recibamos la salvación de Dios’. El inocente, el justo, el que no tenía pecado cargó con nuestros pecados, expió nos pecados, nos redimió con su muerte en la cruz de nuestros pecados, pagó con su vida y con su sangre por nuestros pecados. ¿Lo merecíamos nosotros? ¿Qué habíamos hecho por el contra?
‘Nos apremia el amor de Cristo…’ y tenemos que responder a su amor con nuestro amor. Tenemos que responder con una vida nueva; no podemos encerrarnos en nosotros mismos, sino que nos abrimos al amor y nos abrimos a Dios. ‘Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos’.
Es la respuesta que tenemos que dar. Yo no somos para nosotros sino para Cristo, ya somos de Cristo. Y entonces tenemos que ser distintos. ‘El que es de Cristo es una criatura nueva; lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado’. En otro lugar san Pablo nos hablará del hombre nuevo. Somos hombres nuevos. Lo antiguo, el pecado, ya no cabe en nosotros. Así nos sentimos nuevos y renovados en Cristo.
‘Todo esto nos viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo… Dios mismo estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados…’ ¡Qué distinto lo que hacemos nosotros! Si, yo me reconcilio, te perdono, pero es que lo que dijiste no estuvo bien…, es que aquello que hiciste no fue bueno…, es que aquella palabra, aquella ofensa no la puedo olvidar…, ya no es lo mismo… Nosotros perdonamos haciendo siempre reservas. Pero Dios no nos tiene en cuenta nuestros pecados. Una cosa que olvida Dios es nuestro pecado una vez que nos ha ofrecido su perdón. ‘Sin pedirle cuenta de sus pecados…’ sin pedirnos cuenta de nuestros pecados nos ama y nos perdona para siempre. ‘No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo… porque el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia’, como nos enseña el salmo.
Habla el apóstol del ministerio de la reconciliación que ha recibido del Señor y por eso se atreve a pedirnos que nos dejemos reconciliar con Dios. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’. Es que con ese apremio de amor de Cristo sobre nosotros, no podemos dar otra respuesta, no tenemos otra cosa que hacer. Nos sentimos amados y tenemos que terminar amando, y perdonando, y dejándonos reconciliar, y reconciliándonos nosotros con todos.
‘Nos apremia el amor de Cristo…’ No nos hagamos oídos sordos a sus cantos de amor, a la historia de amor de Dios en nuestra vida. Tratemos de fijarnos en el recorrido que hemos hecho en nuestra vida, también con nuestras miserias y pecados, y veremos que detrás está siempre esa llamada de Dios, esa gracia que nos ofrece, esa invitación que de tantas maneras nos está haciendo continuamente.
Respondamos con nuestro amor y con nuestra vida santa.

viernes, 12 de junio de 2009

Envueltos en el misterio pascual de Cristo

2Cor. 4, 7-15
Sal. 115
Mt. 5, 27-32


La vida del Apóstol, y por supuesto la de todo cristiano, está envuelta toda ella por el misterio pascual de Cristo. Está presente en todo cristiano desde su bautismo, pero si cabe más aún, en el apóstol y en el pastor del pueblo de Dios.
El texto de la segunda carta a los Corintios que hoy hemos escuchado hace referencia explícita a la vida del apóstol y de todo pastor. San Pablo lo está expresando desde la propia experiencia de su vida y así lo manifiesta a los cristianos de Corinto. ‘Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro…’, nos dice. Este tesoro de la Palabra de salvación que tenemos que anunciar, este tesoro de la gracia divina que hacemos llegar a todos a través de los sacramentos, este tesoro inmenso de la vida de Dios que está en nosotros pero a la que tenemos que llevar a todos, está envuelto por nuestro ministerio en vasija de barro que somos nosotros. Pero como nos dice el apóstol ‘para que se vea que una fuerza extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’.
Nuestra humana condición tan llena de limitaciones y debilidades, tan sometida a las tentaciones y tantas veces envuelta por el pecado sin embargo es el medio que Dios ha querido para hacer llegar la gracia divina a los demás. No son nuestras cualidades ni nuestras habilidades, no son nuestras técnicas o dinámicas ni nuestras sabidurías humanas, sino que es la gracia de Dios la que nos salva y nos llena de vida.
Nos dice el apóstol que ‘nos aprietan… estamos apurados… o somos acosados… nos derriban… pero no nos aplastan... no nos desesperamos… no nos sentimos abandonados… no nos rematan, aunque nos estén continuamente entregando a la muerte…’ Bien sabemos cómo los pastores, al igual que la Iglesia, estamos siempre en el punto de mira de todos, nos miran con lupa lo que hacemos o lo que dejamos de hacer, por las debilidades de unos atacan a todos, buscan la manera de desprestigiarnos o de desprestigiar a la Iglesia… ¡Cuántas campañas de acoso y cómo se aprovecha cualquier ocasión o cualquier fallo real o imaginario…!
Llevamos en nosotros la marca de la pasión y la cruz de Cristo que nos llena de sufrimiento en muchas ocasiones, pero no nos puede faltar la esperanza, porque sabemos siempre que detrás de la cruz y la muerte está la resurrección. ‘Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros’. Es el misterio pascual de Cristo presente en nuestra vida. Sabemos que ‘quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará…’
Como decíamos este texto hace referencia de manera especial al apóstol y a los pastores de la Iglesia. Pero nos puede valer a todos los cristianos. Para que comprendamos bien lo que es la vida del apóstol, del sacerdote, del pastor del pueblo de Dios con sus limitaciones, pero también con sus sufrimientos y soledades, pero a los que nunca puede faltar la alegría de la esperanza. Esperanza que tienen que animar con su oración y apoyo todos los cristianos.
Pero nos puede valer también a todos y cada uno de los cristianos, envueltos también en el misterio pascual de Cristo, con nuestras limitaciones, nuestros fallos, nuestras luchas, nuestros sufrimientos, nuestros deseos de caminar, de superarnos, de avanzar en el camino de la fe y del amor. Nos sentiremos impotentes en muchas ocasiones cuando queremos renovar nuestra vida y una y otra vez aparecen las tentaciones, las debilidades y hasta el pecado. Pero no nos puede faltar la esperanza. Somos ‘vasijas de barro…’, pero ‘esa fuerza extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’.
No nos faltará nunca la fuerza de la gracia, de la vida divina que está en nosotros, del Espíritu de Dios que anima y alienta nuestra vida.

jueves, 11 de junio de 2009

Id y proclamad la Buena Noticia del Reino de Dios

- Memoria de san Bernabé Apóstol -
Hebreos, 11, 21-26; 13, 1-3
Sal. 97
Mt. 10, 7-13


En este día 11 de junio la liturgia de la Iglesia celebra la memoria de san Bernabé, apóstol. Aunque no formó parte del grupo de los Doce apóstoles la Iglesia siempre lo ha considerado como tal, de manera que en la liturgia de la Eucaristía incluso se dice el prefacio de los Apóstoles.
Bernabé, natural de Chipre y residente probablemente en Jerusalén porque era levita – sería quizá de los judíos helenistas – con la predicación de Pedro y los Apóstoles después de Pentecostés se convirtió y se bautizó. Ya desde la primera ocasión en que aparece en los Hechos de los Apóstoles, además de llamársele ‘hijo de la consolación’ se nos dice que ‘tenia un campo y lo vendió, llevó el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles’. Es el momento en que se nos narra cómo en aquella primera comunidad de Jerusalén ‘lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía… pues lo que poseían tierras o casas las vendía, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesita cada uno’.
Fue un hombre de prestigio en la comunidad de Jerusalén de manera que al crecer la comunidad de Antioquia de Siria es enviado allí por los apóstoles. Será él quien acoja a Saulo recién convertido, lo va a buscar a Tarso y posteriormente lo presenta a los discípulos en Jerusalén sirviendo de aval ante las reticencias que podían tener dado el pasado de Saulo de perseguidor de la Iglesia de Cristo.
En pocas líneas en los Hechos de los Apóstoles se nos da una hermosa definición de Bernabé. No sólo se ha explicado el significado de su nombre, sino que ahora se nos dice que ‘era un hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe’. Cuando se nos describe posteriormente los carismas que había en aquella comunidad de Antioquia, al decirnos que había ‘profetas y maestros’, el primer nombre que se menciona es el de Bernabé.
Finalmente veremos cómo es escogido por el Espíritu Santo con Saulo para emprender una nueva misión que se les confiaba que sería lo que solemos llamar el primer viaje apostólico de Saulo, que sin embargo tendríamos que decir de Bernabé y Saulo. ‘Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado… les impusieron las manos y los despidieron’.
Largos caminos tuvieron que recorrer en esa misión apostólica. Cuando en los Hechos de los Apóstoles escuchamos las diversas ciudades y lugares por donde predicaron el nombre de Jesús podríamos pensar que son lugares cercanos, sin embargo hemos de reconocer – y los que hemos hecho esos caminos aunque fuera en la comodidad de unos vehículos – sabemos de las largas distancias recorridas. Lo que nos habla de la disponibilidad, del celo apostólico y misionero de Bernabé dando cumplimiento a lo que hoy nos decía Jesús en el evangelio: ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca… lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata o calderilla, ni tampoco alforja… al entrar en una casa saludad con el saludo de la paz…’
Mucho podemos aprender de esa disponibilidad, de esa generosidad de corazón, de ese celo apostólico de san Bernabé. Ojalá sintiéramos con toda intensidad y viviéramos esas cualidades y virtudes. Que con nuestra vida y con nuestra palabra seamos capaces nosotros también de hacer ese anuncio del Reino de Dios, del Evangelio de Jesús a todos los hombres, empleando los medios de los que hoy podamos disponer para llevarlo a cabo.
Algunas veces pienso que si san Pablo y los Apóstoles hubieran tenido los medios electrónicos e informáticos de comunicación de los que hoy disponemos nosotros, los hubieran empleado. Si Pablo, con las penurias propias de aquel tiempo y sus limitaciones nos dejó tan hermosas cartas a las distintas comunidades, qué no haría hoy para hacer llegar el evangelio a todo el mundo. Así tenemos que aprovecharlos nosotros hoy. Si esta reflexión te está llegando, amigo y cibernético lector, es gracias a estas posibilidades que nos ofrece internet.
Doy gracias a Dios el que con mi pobreza pueda hacerlo y el comprobar que en lugares tan diversos se puedan leer estas pobres reflexiones de un humilde cura que más elocuencias o sabidurías en el tema, más que nada es un atrevido. Pero me mueve precisamente ese deseo de hacer llegar la semilla de la Palabra de Dios de cada día a todo ese campo de nuestro mundo. En algunos puede prender y con la gracia de Dios hacer que dé fruto. Doy gracias a Dios por ello y te pido que tú también difundas esta pequeña semilla a cuantos conozcas en tu entorno o en ese mundo de la red cibernética.

miércoles, 10 de junio de 2009

Fidelidad al mandamiento del Señor que nos conduce a la plenitud

2Cor. 3, 4-11
Sal. 98
Mt. 5, 17-19


Una primera palabra en torno a san Pablo y la segunda carta a los Corintios que estamos escuchando en estos días.
Podíamos preguntarnos ¿en qué basa su autoridad el apóstol? ¿En sus capacidades o habilidades? ¿en sus conocimientos y ‘saberes’ o en sus gustos personales? El Apóstol quiere dejarlo claro. El es apóstol por designio de Dios. Es la tarjeta de presentación que habitualmente hace siempre de una forma o de otra al comienzo de sus cartas, como lo escuchamos al inicio de esta segunda carta a los Corintios. ‘Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios’.
Nos habla de que se siente llamado ya desde el seno de su madre, o también nos decía que iba de un lugar a otro impulsa y como arrastrado por el Espíritu Santo. Hoy, frente a los comentarios o reticencias que tienen algunos en la comunidad de Corinto les viene a decir: ‘Esta confianza con Dios la tenemos por Cristo. No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apuntarnos algo, como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva…’
Bien nos viene el recordarlo para aprender a valorar a los pastores que en nombre Dios están junto a nosotros en la comunidad, en la Iglesia. Para valorarlos por la misión que realizan y para comprender también que son seres humanos con los que Dios ha querido contar que tienen también sus debilidades y flaquezas. Lo que significará por parte de la comunidad cristiana el apoyo de la oración para pedir siempre a Dios por sus pastores para que tengan la fuerza del Espíritu para realizar su misión.
Y brevemente otra palabra en torno al evangelio proclamado. Seguimos escuchando el Sermón de la Montaña de Jesús que inició con la proclamación de las Bienaventuranzas. Es el Maestro y el Señor que nos enseña, que nos trasmite la ley del Señor, que nos está anunciando la Buena Noticia de la salvación.
Hoy nos está pidiendo fidelidad en el cumplimiento fiel de la ley del Señor. Ley de Dios a la que Cristo viene a dar plenitud. En Cristo está la plenitud de la Revelación. El mismo es la Palabra viva de Dios. Pero hoy nos está diciendo que viene para dar plenitud. ‘No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’.
Cuando está hablando de la Ley y los Profetas está centrándose en lo que era como el meollo de la vida del pueblo judío: la Ley y los Profetas, Moisés y Elías que viene a ser el profeta significativo de todos los profetas. Esa Ley de Dios que vino a manifestar lo que era la voluntad del Señor para su pueblo. Esa Ley de Dios como camino que el pueblo había de recorrer para ir al encuentro con su Dios y mantenerse siempre fiel. Sigue siendo nuestro camino, pero un camino que en Jesús encuentra su plenitud. Plenitud de revelación y plenitud de estilo de vida que Jesús nos vendrá a centrar en el amor. Será el mandamiento en el que Jesús nos resuma toda la ley, el mandamiento del amor. Porque en el amor van a encontrar todos los mandamientos de la ley del Señor como toda nuestra vida.
‘Eneñame, Señor, tus mandamientos; haz que camine con lealtad’, le pedíamos al Señor en la antífona con que aclamábamos el evangelio que se nos iba a proclamar. Que conozcamos el mandamiento del Señor; que nos llenemos del Espíritu del Señor para podamos no sólo conocerlo sino también vivirlo hasta en lo que nos parezca más pequeño – ‘el que los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’ -; para que no nos quedemos en la letra material de lo que dice el mandamiento, sino que nos impregnemos de su espíritu y de su sentido. ‘La pura letra mata, y en cambio el Espíritu da vida’, escuchábamos que nos decía san Pablo.
Que llenos de su Espíritu caminemos hacia la plenitud que en Cristo siempre encontraremos.

martes, 9 de junio de 2009

Llegar a la madurez según la plenitud total de Cristo

2Cor. 1, 18-.22
Sal. 118
Mt. 5, 13-16

‘Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del cielo…’ Un compromiso y una tarea. Compromiso porque tenemos que ser luz, llevar la luz de Cristo a los demás. Nos lo repite Jesús en el Evangelio.
Y tarea. Pero tarea en dejarnos iluminar primero nosotros por esa luz. No la podemos llevar si no la tenemos en nosotros. Tarea de crecimiento y maduración de nuestra fe en la que tenemos que estar siempre empeñados. Una tarea que, me atrevo a decir, nunca se acaba.
Igual que en lo humano la persona aspira cada día a un mayor crecimiento como persona, a alcanzar una mayor madurez en su vida, lo mismo tenemos que decir en todos los aspectos, también como cristiano. La persona inmadura es inestable e insegura. La persona inmadura es indecisa y nunca sabemos cómo va a reaccionar o qué partido va a tomar. Necesitamos afirmar nuestra personalidad, sentirnos seguros en nuestra vida, crecer y madurar como personas. Y una persona de personalidad madura y fuerte será alguien que atraiga e invite también a los demás a crecer.
Crecimiento en lo humano, en lo espiritual, como cristiano seguidor de Jesús. Y cada día lo podemos lograr mejor. Dejar de crecer es la muerte para la persona. Mientras hay vida tenemos que ir madurando nuestro ser, nuestro pensar. Crecemos no porque nos sintamos inseguros en lo que ya hayamos logrado, sino porque todo lo podemos madurar más, darle mayor profundidad, mayor hondura.
Como cristianos crecemos hasta lograr la mayor plenitud en Cristo. Porque nuestra medida es Cristo. Nuestro modelo y nuestro estilo es Cristo. Cada día hemos de conocerle mejor, mejor empaparnos de su Espíritu. ‘Primogénito de toda criatura’, se le llama en la escritura, para indicarnos cómo es el modelo de nuestro ser y a lo que hemos de tender.
En la carta a los Corintios que hoy hemos escuchado san Pablo responde a algunas acusaciones que hacían contra él. ‘La palabra que os dirigimos no fue primero ‘sí’ y luego ‘no’. Cristo Jesús, el Hijo de Dios… no fue primero ‘sí’ y luego ‘no’; en El todo se ha convertido en un ‘Sí’… Y por Él podemos responder Amén a Dios para gloria suya’. Cristo es el Amén de Dios, el Sí de Dios a la humanidad, que nos ofrece su amor y su salvación. Y Cristo es el Sí que la humanidad deber responder a Dios. Y Pablo al que anuncia es a ese Cristo. Este es su mensaje y su palabra definitiva.
Seguimos a Cristo porque queremos dar ese ‘sí’, que hemos aprendido de Cristo y que podemos dar con todo sentido desde Cristo y con Cristo. Por eso como decíamos tenemos que crecer y madurar en lo más hondo de nosotros mismos para que seamos capaces de dar ese ‘sí’ irrevocable a Dios. De ahí que tengamos que cada día crecer en ese conocimiento de Jesús, en ese llenarnos de su vida y de su luz.
La liturgia de la Iglesia continuamente nos está invitando a decir Amén como respuesta a Dios. Es el Amén con que respondemos a cada una de las oraciones de la liturgia y que no siempre decimos con la intensidad y la hondura requeridas. Tiene que ser el Amén de nuestra fe confesada; es el Amén de poner toda nuestra vida con todas sus consecuencias al lado de Jesús para seguirle, para vivirle, es el Amén de esa gloria que en Cristo, con Cristo y por Cristo queremos dar en todo momento a Dios. Qué importante el Amén con que respondemos a la doxología final de la Plegaria Eucarística. Se nos queda diluido a veces porque quizá no estamos poniendo toda nuestra vida en él.
Sólo así al final podremos ser luz que ilumine y sal que dé sabor a nuestro mundo, como nos pide hoy Jesús en el Evangelio. ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’ Pero una sal que no se puede devaluar ni una luz que se vaya a esconder bajo un cajón. Una sal que dé sabor y una luz puesta bien alto para que ilumine. Que lleguemos a esa madurez según la plenitud total de Cristo para que en verdad los hombres contemplen nuestra vida y puedan dar gloria al Padre del cielo.

lunes, 8 de junio de 2009

Qué bueno es el Señor, Padre de la misericordia y Dios del consuelo

2Cor. 1, 1-7
Sal. 33
Mt. 5, 1-12


‘Gustad y ved que bueno es el Señor’, hemos repetido en el salmo. ¡Qué bueno es el Señor! No tenemos que cansarnos de repetirlo, saborearlo. ‘Gustad’, nos dice el salmo. Empaparnos de la bondad de Dios. ‘Contempladlo y quedaréis radiantes…’ Como Moisés cuando bajaba de la montaña de estar con Dios que traía su rostro tan resplandeciente, que tenía que cubrírselo con un velo para que no hiciera daño a los ojos de los que lo contemplaban.
Por eso tenemos que bendecir a Dios. ‘Bendigo a Dios en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca…’ Como hemos escuchado hoy a san Pablo en el comienzo de la segunda carta a los Corintios. Hemos comenzado su lectura que nos durará unos días. ‘¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo!’ Podía bendecir Pablo a Dios porque había experimentado ampliamente en él la misericordia del Señor. Dios lo había amado y escogido a pesar de ser un fogoso perseguidor de los cristianos. Dios seguía amándolo y contando con El en la tarea de la evangelización de los pueblos. Podía y tenía que bendecir al Señor.
Dios era su consuelo y su aliento. Luchas, dificultades, sufrimientos… pero en todo momento sentía el aliento de Dios en su vida. Nunca se sentía sólo. Se sentía fortalecido en el Señor. ‘El nos alienta en nuestras luchas… si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo…’
Pero además desde la experiencia del aliento de Dios en su vida, él podía alentar a los demás. ‘El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios… si nos toca luchar, es para vuestro aliento y salvación, si recibimos aliento, es para comunicaros un aliento con el que podáis aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros…’
El apóstol alienta, pero también se siente alentado en lo que contempla y recibe de los demás. El pastor se da y trata de animar, conducir, consolar, fortalecer, alimentar en el espíritu a aquellos que se le han confiado, pero al mismo tiempo el pastor se siente alentado en el camino que contempla realizar a los demás. ‘Nos dais firmes motivos de esperanza… porque también sois compañeros en el buen ánimo’.
Nos alentamos mutuamente con las obras buenas, los esfuerzos y las luchas que realizamos. Creo que tenemos que saber abrir los ojos para ver las señales de luz que hay en los demás. Miramos demasiadas veces las zonas oscuras de la vida y sólo nos parece que hay tinieblas. Pero también hay luz, color, vida en los que nos rodean. Si abrimos los ojos de la fe y de la esperanza podemos contemplar esos rayos de luz que son para nosotros motivo de aliento y de vida.
Hoy hemos comenzado en la lectura del evangelio el sermón de la montaña, que se inicia con la proclamación de las bienaventuranzas. Es un mensaje sublime el que nos ofrece Jesús. Algunas veces nos puede parecer algo utópico e irrealizable. Pero creo que tenemos que saber descubrir en cuántos a nuestro alrededor se está cumpliendo ese mensaje de la bienaventuranzas.
Muchos hay a nuestro lado que son consoladores de los demás, que sufren con los otros o trabajan por la paz, que buscan el bien y luchan por la justicia verdadera, que quizá sufren pacientemente en su carne muchos dolores causados por diferentes causas y saben hacerlo con esperanza, que se han hecho pobres y desprendidos porque quieren compartirlo todo con los demás. En una palabra mucha gente que vive el Espíritu de las Bienaventuranzas. Saberlo descubrir es para nosotros un motivo grande de aliento y de gozo. Las bienaventuranzas de Jesús se cumplen y nosotros podemos también estar entre ellos.
Todo esto para descubrir qué bueno es el Señor, para cantar también nosotros la bendición al Señor por tantos rayos de luz que podemos descubrir en los demás si sabemos abrir los ojos de la vida y de la fe.
‘Gustad y ved qué bueno es el Señor… bendigo al Señor en todo momento…’