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sábado, 16 de noviembre de 2024

Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

 


Ojalá aprendamos a saborear desde la primera palabra o desde el primer momento que hacemos oración porque estamos saboreando a Dios

3Juan 5-8; Salmo 111; Lucas 18, 1-8

Mientras algunos tienen a gala el tener grandes amigos, poderosos e influyentes, a los que pueden acudir porque siempre estarán dispuestos a mover los hilos que sea para que nosotros logremos nuestras aspiraciones, o consigamos todo aquello que necesitamos, otros sin embargo andarán resabiados por la vida porque no estarán dispuestos a pedirle nada a nadie, o piensan que a determinadas personas nada le pedirán porque siempre les van a dar largas o el no por respuesta. ¿Qué confianza podemos tener para solicitar una ayuda o pedir algo perentorio que necesitamos? ¿Qué vamos a encontrar? Claro que por detrás también tenemos que pensar cuales son las respuestas que nosotros damos a quien nos pide. Algo muy complejo, que no lo podemos delimitar tan fácilmente. ¿Qué encontramos o qué ofrecemos?

¿Es verdad que necesitamos de esas influencias, o de esas instancias para ablandar el corazón de aquel a quien le pedimos? Claro que también tendríamos que pensar que nuestras mutuas relaciones no se reducen a un pedir o a un dar; alguna otra comunicación tendríamos que tener entre unos y otros, porque de lo contrario eso significaría que son muy pobres nuestras relaciones, que nos falta cordialidad y confianza, que nos falta cercanía para compartir que no solo son cosas sino algo más de nuestra vida.

¿No tendríamos que pensar en algo de todo esto en lo que es nuestra relación con Dios? Y es aquí donde tenemos que plantearnos qué son y cómo son nuestras oraciones. Es cierto que muchas veces parece que las convertimos solo en un reclamo o en pedir cosas. ¿No nos estará faltando esa comunicación que tiene que ser comunión en todo lo que es nuestra relación con Dios? Muchas veces también lo reducimos a algo formal, a lo ritual, y porque hacemos unos ritos, muchas veces mecánicamente, ya parece que lo hemos hecho todo, ya hemos hecho oración, pero quizá en lo hondo del corazón no hemos terminado de llegar a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida. Qué pobreza entonces, tenemos que reconocer, en nuestra oración.

El evangelista nos dice que para enseñarnos Jesús cómo tenemos que ser perseverantes en nuestra oración nos propone una parábola. No dice solo perseverantes en nuestras peticiones, que también, sino perseverantes en la oración. Claro que el ejemplo nos habla de la viuda que pedía justicia a aquel juez que se portaba de manera injusta y no la escucha.

Pero me quiero quedar en unas palabras que pueden tener su significado para lo que estamos diciendo; aquella mujer quiere ser escuchada, aquel juez no la escucha, aunque al final terminará escuchándola. ¿No tendríamos que emplear esta expresión en lo que tiene que ser nuestra relación con Dios? Una escucha mutua, que de Dios tenemos garantizada, pero una escucha que nosotros también tenemos que saber hacer a lo que Dios nos dice o nos ofrece. Y escucha es ese querer entrar en comunicación, es llegar a esa comunión con Dios. Y no somos perseverantes, no es Dios el que se cansa de nuestras peticiones, sino que somos nosotros los que nos cansamos de escuchar a Dios, no nos ponemos en sintonía con Dios. Creo que es un aspecto muy importante que hemos de tener en cuenta.

Por eso nos dirá Jesús en otro momento cuando nos enseñe a orar que no tenemos que estar pensando en muchas cosas que tenemos que pedirle a Dios, que Dios conoce nuestras necesidades; como nos dice cuando nos enseña el padrenuestro como forma, que no fórmula, de oración nos dice que no necesitamos muchas palabras. Claro que nosotros lo hemos convertido en una fórmula que entonces nos parece que tenemos que repetir muchas veces para que Dios nos escuche. Ojalá aprendamos a saborear el padre nuestro desde la primera palabra de esa oración. Sí, digo saborear. Eso tiene que ser nuestra oración, saborear el que estamos con Dios.

viernes, 15 de noviembre de 2024

Allí donde estamos o con la responsabilidad que tenemos muchas cosas tendríamos que cambiar en nosotros mismos para gestionar nuestra vida y lo que hacemos

 


Allí donde estamos o con la responsabilidad que tenemos muchas cosas tendríamos que cambiar en nosotros mismos para gestionar nuestra vida y lo que hacemos

2Juan 4-9; Salmo 118; Lucas 17, 26-37

La vida no siempre es fácil, todos lo sabemos. Exige esfuerzo y deseos de superación, nos pide muchas veces estar en pie de lucha ante las dificultades que van apareciendo, muchas veces nos suceden cosas que nos lo pueden trastocar todo y quedarnos como con las manos vacías sin saber que hacer, pero siempre podemos encontrar el ánimo, la fuerza de voluntad, el apoyo que necesitamos en ese camino. Son las luchas y los trabajos de cada día, familia, responsabilidades, crecimiento personal, que muchas veces desde nosotros mismos nos encontramos con tropiezos, por nuestros cansancios y nuestra falta de constancia, por nuestras propias pasiones que en ocasiones nos hacen perder el sentido más profundo, por cuanto nos sucede a nuestro alrededor. Pero yo diría que no podemos sentirnos derrotados.

Tiene que aparecer toda la madurez de nuestra propia persona, para reflexionar y para discernir, para saber encontrar el camino y no perder la esperanza, para mantenernos fieles a nuestros valores y a nuestros principios, para sentir también que la mano de Dios está detrás de todo eso y quizás a través de esas mismas cosas que nos suceden El quiere hablarnos al corazón, como al mismo tiempo abrirnos a nuevos horizontes. Aquí tiene que aparecer el discernimiento de nuestra fe, para no confundirnos, para saber que siempre hay una luz, que no nos faltará el amor de Dios, aunque el camino nos parezca oscuro. En cañadas oscuras El nos conduce como rezamos en alguno de los salmos.

El evangelio de hoy nos puede parecer un tanto enigmático y difícil de comprender. Jesús está en el camino de su subida a Jerusalén para la pascua y sabe bien cuál es la pascua que allí ha de vivir. En su entorno aunque los discípulos más fieles están siempre con El, alguno fallará sin embargo, comienza también a notarse el rechazo de algunos principales y que más tarde en Jerusalén se hará bien patente. Las palabras de Jesús de alguna manera tienen este trasfondo.

En los próximos días también vamos a escuchar mucho que Jesús hablará de los tiempos finales, de los últimos tiempos, como también anunciará proféticamente lo que va a suceder en medio de su pueblo, aunque a la gente le cueste entender las palabras de Jesús. Pero ahí han quedado en el evangelio y son palabras iluminadoras en todos los tiempos en que siempre los cristianos o nos vamos a encontrar con momentos difíciles, o vivimos también en la expectación de los últimos días. Por eso las palabras de Jesús siguen siempre palabras que iluminan, palabras de esperanza para los hombres de todos los tiempos.

Hemos hablado de nuestras luchas y de lo difícil que se nos pone la vida de muchas maneras, pero también hemos insinuado la necesidad de que reflexionemos sobre la vida y cuanto nos sucede, y seamos capaces de hacer un discernimiento para encontrar lo que tiene que ser nuestro camino, nuestro camino precisamente iluminado por esa fe que ponemos en Jesús.

En todo momento de la vida tenemos que descubrir esa luz que no nos falta, porque Dios estará siempre con nosotros aunque tengamos que pasar por momentos negros en la vida. Cuanto sucede a nuestro alrededor nos ha de servir de lección, de toque de atención, de plantearnos que es lo que de verdad estamos haciendo que la vida, qué estamos haciendo nuestro mundo, qué respuesta tenemos que ir dando.

En nuestra tierra hemos pasado – sobre todo en aquellas regiones más afectadas aunque todos queremos sentirlo como algo que nos ha sucedido a nosotros, como algo nuestro – unos momentos difíciles donde ha aparecido la destrucción y la muerte. ¿Todo esto no nos tendría que hacer pensar? ¿Cuáles han de ser los verdaderos afanes que hemos de tener en la vida? ¿Qué estamos haciendo allí donde estamos, allí donde vivimos, allí donde ejercemos nuestras responsabilidades por hacer que nuestro mundo sea mejor?

En medio de tanto dolor y oscuridad siempre podemos encontrar una luz, como siempre tenemos que sentir una llamada del Señor. Se ha despertado la solidaridad de muchos, hemos roto esa cadena de insensibilidad en que a veces parece que caminamos en la vida, ha habido una respuesta hermosa en tantos y tantos que han sentido como propios los sufrimientos de esas personas y de tantos que de una forma o de otra se han movilizado para ayudar.

¿No tendría que hacernos pensar en que sería de otra manera como gestionáramos nuestro mundo? Incluso desde nuestra vida personal, allí donde estemos o con la responsabilidad que tengamos, ¿no nos daremos cuenta que quizás haya muchas cosas que tendríamos que cambiar en nosotros mismos, en nuestra manera de hacer las cosas o donde empleamos lo que somos y lo que tenemos? Pueden ser llamadas que Dios está haciendo a nuestro corazón.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Es necesario que sepamos interiorizar para encontrar las verdaderas señales del Reino de Dios y podamos luego llevarlas al mundo que tanto lo necesita

 


Es necesario que sepamos interiorizar para encontrar las verdaderas señales del Reino de Dios y podamos luego llevarlas al mundo que tanto lo necesita

Filemón 7-20; Salmo 145; Lucas 17, 20-25

En la vida muchas veces nos vamos creando expectativas que no siempre son reales; son nuestros sueños o nuestra imaginación, muchas veces, cómo nos gustaría que fueran las cosas o lo que tendría que suceder, pero muchas veces no son realistas. Es bueno soñar, es bueno desear cosas mejores que las que tenemos y muchas veces esos sueños nos hacen caminar, nos hacen esforzarnos, nos hacen buscar; no es tan malo soñar, pero sabiendo diferenciar lo que es un sueño de lo que en verdad podemos conseguir, estamos capacitados para conseguir. Así hacemos camino, así avanzamos, así buscamos nuevas metas que queremos cada vez más altas, así en cierto modo nos vamos programando la vida.

Pero bien sabemos que tenemos que cuidar que no nos confundan; puede haber alguien que quiera aprovecharse de nuestra ilusión  y nos traza planes, pero que no son los nuestros, ni están adaptados a nuestras condiciones, que son las metas que de verdad tenemos en la vida, los principios por los que nos guiamos, y que no podemos dejar que se tergiversen, que se aprovechen de nosotros quizás desde otros intereses que no tienen que ver nada con nuestra vida. Por eso hemos de tener cuidado con las invitaciones o llamadas que nos puedan llegar de aquí o de allá y que no sabemos por qué vienen a nosotros. Otra cosa, claro, es que seamos capaces de dejarnos sorprender por Dios. Es aquí donde tenemos que discernir, sopesar las cosas, descubrir de verdad lo que Dios quiere de nosotros.

¿Sabremos nosotros discernir los signos que Dios va poniendo en nuestro camino de su presencia y de su amor y de la respuesta que nosotros hemos de dar? Atentos tenemos que estar; atentos para no dejarnos ni engañar ni confundir. De eso nos quiere hoy prevenir Jesús en el evangelio.

Por allá andan preguntándole sobre la inminencia de la llegada del Reino de Dios. Tenemos, es cierto, que entenderlos. Se habían creado también unas expectativas de lo que iba a ser y a hacer el Mesías. Confiaban en la inminencia de la llegada del Mesías, pero pensaban más en un Mesías caudillo, en un Mesías guerrero. La situación que vivían como pueblo que se pedía sometido a poderes extranjeros, por una parte, la situación de pobreza en que vivía el pueblo y la desorientación de sus vidas, les hacía soñar también.

Y Jesús había anunciado la llegada del Reino de Dios. Se habían hecho una idea, era el tiempo de la liberación de Israel, de unos tiempos nuevos de libertad, y poco menos que se veían como aquellos antepasados suyos que habían atravesado un desierto para llegar a una tierra prometida. ¿Serían ahora los tiempos de una nueva tierra prometida?

Jesús les hablaba y se los decía claramente que el Reino de Dios no era como los reinos de este mundo. Cuando incluso los apóstoles soñaban con poderes en ese Reino de Dios, Jesús les decía que entre ellos no podía ser como en los reyes del mundo. Otro era el sentido, otra era la manera de servir a ese nuevo pueblo de Dios. Pero les costaba entender, incluso a los discípulos más cercanos y que estaban siempre con Jesús, que seguían buscando puestos a la derecha y a la izquierda.

Por eso les dice que tengan cuidado con los tiempos de confusión que pueden venir, de si tienen que buscarlo aquí o allá. Jesús les están diciendo que se miren al interior, que el Reino de Dios tenemos que sentirlo en el interior de nosotros mismos. Había pedido conversión, cambio profundo desde el interior con nuevas actitudes, con nuevas manera de ser y de vivir, con nuevas manera de actuar. Y les costaba entender. Como nos sigue costando a nosotros hoy que también nos hacemos algunas veces una iglesia a la manera de los reinos de este mundo. Y a la gente le cuesta entender.

Es necesario que vayamos a lo más hondo de nosotros, que sepamos interiorizar, que sepamos buscar en el corazón esas señales del Reino de Dios que luego tendremos que manifestar en lo que hacemos, en nuestro trabajo o en el compromiso con los demás. No se trata solamente de hacer cosas como no se trata de contentarnos con celebraciones bonitas.

Tenemos que abrir nuestro interior a Dios y entonces lo encontraremos y lo podremos llevar también a los demás. Seremos en verdad misioneros que llevemos el mensaje del evangelio al mundo que nos rodea cuando en lo más hondo de nosotros mismos nos hayamos encontrado con Dios y desde nuestro interior saboreemos el verdadero sentido del Reino de Dios. Sin esa vivencia interior y profunda nada seremos ni nada podremos ofrecer con sentido al mundo que esta necesitando de esa luz.

Necesitamos ser lavados, limpios de una cierta lepra que nos ha ido envolviendo nuestra vida en todas esas actitudes no tan nobles apegadas a nuestros corazones

 


Necesitamos ser lavados, limpios de una cierta lepra que nos ha ido envolviendo nuestra vida en todas esas actitudes no tan nobles apegadas a nuestros corazones

Tito 3, 1-7; Salmo 22; Lucas 17, 11-19

‘Es de bien nacido el ser agradecido’, hemos escuchado más de una vez. Desde pequeñitos nos lo enseñaron, ¿qué es lo que se dice? Se dice gracias. Pero quizás algunas veces lo olvidamos. ¿Acaso nos creeremos merecedores de todo? Sin querer hacer esa afirmación como si fuera una acusación, sin embargo tenemos que reconocer que muchas veces nos pasa eso. Parece que nos cuesta decir gracias, o mostrar nuestro agradecimiento de alguna manera; las palabras son importantes, pero el gesto, la sonrisa, la mirada, la mano sobre el hombre puede decir mucho. Porque la gratitud hay que llevarla en el corazón, tiene que ser una actitud que tengamos en la vida, es una postura de relación.

Aunque no hacemos las cosas para que nos den las gracias, ni estén repitiéndonos zalameros lo buenos que somos, sin embargo para nosotros son una presencia agradable esas personas que llevan la sonrisa de la gratitud en sus gestos y en la forma de mostrarnos su cariño, como una correspondencia a lo que hayamos hecho por ellas. Mucho tendríamos que revisar en la vida para tener esa tan necesaria nobleza del corazón. Confieso que algunas veces cuesta, y demasiadas veces vamos de engreídos por la vida queriendo creernos que nos lo merecemos todo.

El evangelio de hoy nos hace pensar, en esas actitudes que hemos de tener con los demás, pero sobre todo en cómo es nuestra relación con Dios.  Jesús va de camino hacia Jerusalén; de camino se encuentra con un grupo de leprosos de lejos gritan y suplican compasión. Era el grito habitual que se escuchaba por aquellos campos, en cierta lejanía de poblados y ciudades; los leprosos no podían convivir en las poblaciones ni siquiera con sus familiares y vivían confinados en esos lugares apartados; tenían que gritar si alguien se acercaba que era un impuro para que no cayera también en esa impureza; pero su grito era pidiendo compasión. ¿Sabían realmente que era el profeta de Galilea el que encabezaba aquella marcha hacia Jerusalén?

‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Sabían lo que pedían y a quien lo pedían. Y la compasión siempre estaba presente en el corazón de Jesús, siempre compasivo y misericordioso. ¿Cuál iba a ser la respuesta? Para poder incorporarse de nuevo a la comunidad necesitaban quien acreditara que estaban sanos; por eso Jesús les manda presentarse ante los sacerdotes, quienes podían dar esa certificación. No esperan más y corren para cumplir mientras ven sus cuerpos sanos. Uno sin embargo se da la vuelta para postrarse ante Jesús. Ya conocemos la alabanza de Jesús. Allí está la fe de aquel hombre que le hacía tener ese reconocimiento ante Dios. ‘Se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias’.

Nos dirá a continuación el evangelista que era un samaritano. Jesús iba de camino entre Galilea y Samaría, nos había dicho antes el evangelista. Para los judíos era considerado como un extranjero; ya sabemos la discriminación que entre ellos había, pero el evangelio viene romper barreras y fronteras, porque será ese ‘extranjero’ el que merecerá la alabanza de Jesús por su fe.

Cuántas cosas nos va diciendo paso a paso el evangelio en este corto relato para alimento de nuestra fe. Actitudes que tenemos que revisar, discriminaciones que tenemos que hacer caer, barreras que tenemos que romper, nueva que tenemos que despertar, sentimientos de gratitud que tenemos que hacer resurgir. Merecería que nos fuéramos deteniendo en todas esas cosas que nos va señalando el evangelio. Es una buena nueva que tiene que transformarnos desde lo más hondo. 

¿No necesitaremos también nosotros ser lavados, ser limpios de una cierta lepra que se nos ha ido pegando en nuestra vida en todas esas actitudes que no son tan nobles y que se han apegado a nuestros corazones?

martes, 12 de noviembre de 2024

Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

 


Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

Tito 2, 1-8. 11-14; Salmo 36; Lucas 17, 7-10

¿Queremos tener fruto de todo lo que hacemos? Parece normal, vivimos en una sociedad de intercambio, yo sé hacer una cosa, tu sabes hacer otra, con lo que yo hago contribuyo a lo que tú puedes tener, y con lo que tú realizas puede servirme a mí; nacen así unas relaciones, llamémoslas comerciales, en donde por lo que yo hago recibo un beneficio, salario lo llamamos y no vamos ahora a entrar en el origen de la palabra, para que yo pueda vivir y pueda adquirir aquellas cosas que no tengo pero que otros han realizado. Son las relaciones, decíamos de intercambio o comerciales, que mantenemos los unos y los otros con lo que vamos realizando y construyendo nuestra sociedad.

¿Pero todo lo podemos o tenemos que fundamentar en ese tipo de relaciones, donde entran los beneficios y las ganancias? Muchos se preguntan cuando le piden un servicio, que realice algo que es capaz de hacer, ¿cuánto voy a ganar yo por esto? Pero creo que nuestra mirada tiene que ir mucho más allá de todos estos intereses cuando nos sentimos responsables de la vida y del mundo en el que vivimos.

No solo tenemos que mirar por nosotros mismos y esos beneficios gananciales por llamarlos de alguna manera que vamos a obtener, sino que tendríamos que ir pensando en el bien que hacemos, los beneficios que ya no tenemos que medirlos en ese plano material y económico sino en lo que me puede enriquecer humanamente a mi, pero también en el grado de humanidad que yo voy a ir poniendo en las relaciones entre unos y otros. Eso cuesta algunas veces.

Es necesario tener otra altura de mirada, o si queremos decirlo de otra manera, otra mirada más alta, con una nueva perspectiva. Cuando nos ponemos en un plano muy horizontal algunas veces nos tapamos los unos a los otros, o se nos ponen como espejos delante de nosotros aquellas cosas que vamos haciendo y no somos capaces de mirar más allá, será como una cortina que se nos interpone; por eso decíamos que tenemos que tener otra perspectiva, tener una mirada, por ejemplo, más alta, mirar desde otra altura, y ya no se nos interpondrán por medio tantas cosas, y ya podemos ver todo en su conjunto. Desde lo alto de la montaña podemos ver mejor la amplitud del valle, con todas sus variaciones, con todos sus colores, con toda su variada riqueza, podríamos decir.

Creo que esta reflexión que me vengo haciendo nos puede ayudar a encontrar un sentido más genuino y más profundo incluso de la vida; creo que nos puede ayudar también a entender el mensaje que hoy Jesús nos quiere trasmitir desde el evangelio. Habla de aquel que tiene que hacer su trabajo desde su responsabilidad, desde ese sentido que tiene su vida, y por lo que no tenemos que estar buscando agradecimientos ni homenajes.

Es la responsabilidad de su vida, son los valores que hay en él con sus cualidades y capacidades, con su saber hacer y con toda la riqueza que lleva en su interior y que va a reflejar en aquello que realiza. Por sí mismo en lo que está haciendo tiene que sentir su satisfacción interior, pero no lo hará buscando esa ganancia de unas alabanzas, sino que se sentirá enriquecido en sí mismo por haberlo realizado.

Nos dirá Jesús en una frase a la que queremos darle muchas interpretaciones, pero que hemos de tomárnosla incluso con toda la crudeza de sus propias palabras. ‘Siervos inútiles somos y no hemos hecho otra cosa que lo que teníamos que hacer’. Eso, lo que teníamos que hacer, y en esa responsabilidad con que vivimos, ya nos sentimos enriquecidos, ya sentimos el gozo del corazón. No siempre lo que hacemos tiene que ser buscando esas ganancias materiales.

Creo que tenemos que aprender mucho de la gratuidad, y para eso nos fijamos también en la gratuidad del amor que el Señor nos tiene. Como nos llegará a decir san Juan, no es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama, sino que Dios nos amó primero, incluso cuando nosotros no lo merecíamos a causa de nuestro pecado. Jesús es el que muere no por un justo, sino por nosotros aun siendo pecadores.


lunes, 11 de noviembre de 2024

Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

 


Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

Tito 1,1-9; Salmo 23; Lucas 17,1-6

Algunas veces se pone uno a pensar y no termina de ver por donde van los derroteros de nuestra sociedad. Es muy fácil decir que queremos una sociedad nueva; todos de una manera o de otra lo dicen sea cual sea la ideología o la manera de pensar que tengan; parece que nadie está de acuerdo con las cosas como marchaban antes, salvo los nostálgicos, y queremos hacer reformas por todas partes porque decimos que queremos una sociedad mejor.

Pero ¿sobre qué bases o fundamentos queremos construir esa sociedad? Por todas partes no vemos sino revanchas, palabras agrias porque no se sabe hacer un debate si no buscamos descalificaciones y enseguida salen a relucir los insultos, despertamos odios y enfrentamientos que habíamos dejado ya por zanjados y volvemos a desenterrar viejos enfrentamientos y divisiones; como alguien tenga un tropiezo, ya estamos todos haciendo leña del árbol caído, tapamos lo que nos conviene o lo de lo que está más cerca de nosotros buscando mil justificaciones, pero como podamos enterramos vivo al que haya tenido un tropiezo.

Escándalos del tipo que sea, errores en la realización de las cosas, cosas mal hechas o que han rayado con cosas injustas, las ha habido en todos los tiempos, pero parece que ahora yo no somos capaces de enmendar errores, no se da posibilidad a que haya una rehabilitación de las personas, y por supuesto lo del perdón parece que está bien lejos del pensamiento y del actuar. ¿Y de esa manera haremos que las cosas vayan mejor? ¿A dónde vamos a llegar?

Esto lo palpa uno en la vida de la sociedad en la que estamos, donde parece a veces que falta una madurez humana y unos valores que de verdad construyan a la persona. Y de esto todos podemos contagiarnos, porque ya no es solo a los niveles que podríamos llamar altos de la sociedad, sino que esto es lo que luego palpamos en las relaciones más a pie de calle de unos y otros, entre vecinos, entre familias, y cuidado que los cristianos y en el ámbito de la iglesia nos contagiemos de esa manera de actuar.

Me surge toda esta reflexión desde el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla Jesús de los escándalos, y de alguna manera nos dice que son inevitables (teniendo en cuenta claro nuestra propia debilidad que fácilmente nos hace tropezar tantas veces y en tantas cosas) y ya nos dice que ay del que provoca el escándalo, pero también nos dice que tengamos cuidado. Tengamos cuidado ¿por qué? Porque, es cierto, nos podemos contagiar de la manera de reaccionar y de actuar del mundo que nos rodea. Pero Jesús a continuación nos ofrece todo un proceso, podríamos decir.

Nos habla Jesús de cómo tenemos que ser comprensivos los unos con los otros, porque todos podemos de la misma manera cometer errores - ¿No nos dirá en otro momento que el que esté sin pecado que tire la primera piedra?, y muchos buscarán cómo justificarse para tirar esa piedra – pero nos dice además como tenemos que corregirnos los unos a los otros, cómo tenemos que buscar la manera de ayudarnos; y la comprensión exige paciencia, y humildad, y mucho cariño y amor; la corrección nos lleva a perseverar en esas palabras buenas que queremos decir para convencer y para animar; y la corrección nos llevará al perdón, para que la persona se sienta en verdad rehabilitada y considerada de nuevo para volver a comenzar.  ¿Seremos capaces de hacer todo eso?

Muchas veces nos tomamos las palabras de Jesús allí por donde mejor nos conviene, pero no terminamos de escuchar todo lo que Jesús nos dice. Entiende Jesús que las personas tienen que realizar un proceso, y somos humanos, y no siempre es fácil. Pero no sabemos acompañar al que yerra y se quiere levantar; no sabemos valorar los esfuerzos que hace y que tanto le cuestan para tropezar quizás una y otra vez. ¿Es que nosotros somos tan perfectos y tenemos tanta fuerza para que a la primera cambiemos del todo y nos podamos presentar de nuevo como santos? Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás.

Si entre nosotros no somos capaces de realizarlo, ¿como seremos capaces de verdad de contribuir a que la sociedad sea mejor y destierre de una vez por todas esas revanchas y esos odios renacidos que estamos viendo continuamente?

Los discípulos a todo esto que les planteaba Jesús terminaron pidiéndole que les aumentara la fe. Les parecía, es cierto, algo muy difícil. Pero Jesús nos habla del poder de la fe, de lo que podemos hacer si en verdad ponemos toda nuestra fe y toda nuestra confianza en Dios, de la fortaleza que nos va a acompañar. ‘Si tuvierais fe como un granito de mostaza…’ nos dice.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta lo pequeño y a saber colaborar desinteresadamente, a escuchar y a comenzar a activar la sintonía del amor

 


Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta lo pequeño y a saber colaborar desinteresadamente, a escuchar y a comenzar a activar la sintonía del amor

1 Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos 12, 38-44

En nuestra arrogancia cuantas veces nos sucede que minimizamos el valor de cosas o de personas que nos parecen poco importantes en la vida, sobre todo desde nuestros criterios de pensar que solo lo nuestro es lo que vale, que las cosas pequeñas pasan desapercibidas y sin valor y que hay que hacer cosas verdaderamente llamativas o que ser un poco más significativo en la vida para que lo que tengamos en cuenta.

Nos dejamos impresionar por la presentación pero no vamos al fondo; una persona nos parece muy pequeña y humilde y sin valor, mientras que quizás tenemos más en cuenta al que va avasallando a todo el mundo. Cuántas veces nos desentendemos de personas y no valoramos lo que hacen simplemente porque nos parecen que son insignificantes y nada nos pueden aportar. Cuántas veces decimos también, ¿eso lo dijo fulanito? ¿Qué sabe ése o qué puede opinar de estas cosas si no sabe hacer la o con un canuto de caña? Y esto nos puede suceder en muchos aspectos de la vida. Es lo que viene a denunciarnos hoy Jesús en el evangelio.

Estaba a la entrada del templo, quizás en aquellas explanadas a donde todos, incluso los gentiles, podían tener acceso; había otros lugares más interiores que se acercaban al lugar de los sacrificios, y era donde enseñaban los maestros de la ley o se proclamaban las Escrituras de la Ley y los Profetas. Fuera cual fuera la situación de Jesús, en el atrio de los gentiles o en el lugar más reservado para la oración y la escucha de la Palabra, estaba atento Jesús a cuanto sucedía. Comenta la postura de los que van avasallando con su superioridad llena de vanidad y orgullo, pero está atento a quienes al pasar junto al cepillo de las ofrendas van allí dejando sus limosnas o contribución al culto del templo.

Una viuda anciana ha dejado allí su minúscula ofrenda en comparación con las monedas que hacen resonar los que antes o después han pasado, pero para que todos escuchen y alaben su generosidad. Pero Jesús se ha fijado en aquella mujer y para ella tiene hermosas palabras que comenta con sus discípulos más cercanos. Ha echado unos cuartos pero ha sido de más valor que cuantos en su vanidad hacían sonar sus monedas, pero que era solamente de lo que les sobraba. Aquella pobre mujer ha echado cuanto tenía para vivir.

Podría parecer irrelevante lo que aquella mujer hacía. Quizás nosotros desde la barrera que nos creamos con nuestros juicios previos y todo ese montaje que nos armamos muchas veces en la cabeza y en el corazón, también podríamos ponernos a hacer nuestros juicios. Quizás hubiéramos ido corriendo a decirle a aquella mujer que no tenía por qué hacer esa ofrenda cuando ella estaba pasando tanta necesidad; y nos ponemos a hacer nuestros juicios sobre la religión y sus prácticas, sobre las cosas que hace la gente sencilla que a nosotros nos puede parecer incluso un sin sentido, pero ¿por qué tenemos que juzgar lo que hay en el corazón de la persona que actúa no solo con buena voluntad sino con todo su amor?

¿Qué sabemos lo que hay en el corazón de la otra persona? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y dejar de valorar lo que el otro en la rectitud de su conciencia está haciendo porque está pensando que es lo mejor? ¿Por qué tienen que prevalecer nuestros criterios sobre las decisiones que nacen del corazón entregado de amor de los demás?

Con que facilidad vamos en la vida descalificando, quitándole valor a lo que hacen los demás, condenando cuando no hacen las cosas como a nosotros nos gusta hacerlas, viendo torcidas intencionalidades en lo que hacen los demás, porque como decimos por algo hacen lo que están haciendo, no respetando la buena voluntad del que quiere hacer lo mejor según su conciencia.

Aprendamos a respetar y a valorar, a tener en cuenta el bien que están haciendo las otras personas y a saber colaborar desinteresadamente con todo lo bueno que se pueda hacer por los demás, a escuchar lo que los demás nos puedan ofrecer y a comenzar a sintonizar que para ello es necesaria tener activada la sintonía del amor, a saber acercarnos al que nos parece pequeño e insignificante descubriendo también toda la riqueza y sabiduría que puede llevar en su corazón  y en las cosas que hace. Finalmente pongamos también generosidad en nuestra propia vida; lo podemos hacer cuando nos hemos dejado envolver y empapar por el amor.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

 


Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Salmo 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Por razones pastorales a lo largo de mis años he tenido la oportunidad de palpar en circunstancias distintas según cada comunidad y según los tiempos diversas maneras con que el pueblo cristiano manifiesta lo que significa para ellos tener un templo, tener una iglesia; desde quienes no tenían nada y luchaban y buscaban recursos de la forma que fuera para conseguir tenerla un día, la alegría que sintió aquel pueblo con la bendición de su Iglesia que tristemente con el paso de los años en el reciente volcán desapareció bajo el furor de la lava – fue la primera parroquia que tuve a mi cuidado -, o de quienes buscaban la manera de tenerla muy cuidada, muy adornada, gastando lo que fuera en tenerla dotada de todo, pero también muy hermosa con muchas flores en sus fiestas o celebraciones; muchas más cosas podía recordar pero no quiero extenderme en ello. La gente de nuestros pueblos ama a su Iglesia, y cuando decimos que aman a su Iglesia la referencia son sus templos, que de alguna manera se convierten como en un signo de identidad.

Me vienen a la memoria estos recuerdos por una parte por la celebración que hoy nos ofrece la liturgia y los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrecen. Litúrgicamente celebramos la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que es la Catedral del Papa, con el hondo significado que tiene para toda la Iglesia, pues se le considera la madre de todas las Iglesias. No nos podemos quedar en su suntuosidad que la tiene, sino en el significado que tiene como ser el templo de la Sede de Pedro, de la Sede o Cátedra del Papa; de ahí el nombre que se le da de Catedral. Ese templo viene a ser como punto de unión y de encuentro de todos los cristianos con el Pastor supremo de la Iglesia.

Pero eso nos tiene que llevar a algo más. Ni nos quedamos en la suntuosidad de ese templo, como nos podemos quedar en el cuidado de nuestros templos simplemente quedándonos en su belleza externa. Tenemos que ir a algo más hondo. El Evangelio y la Palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a ayudarnos. Nos habla el evangelio del templo de Jerusalén que Jesús quiere purificar, porque en lugar de parecer una casa de oración, de encuentro con Dios, poco menos que se había convertido en un mercado.

El gesto de purificación que Jesús realiza, expulsando a los vendedores va a tener sonadas consecuencias que tiene también sus resonancias en nuestra vida. Cuando vienen a pedirle con que autoridad se ha atrevido a realizar esa purificación al expulsar a los vendedores, les quiere hablar de otro templo que sí que hay que cuidar. Habla de si mismo, que aunque quieran destruir su templo con la muerte, en tres días lo reedificará, y está haciendo una referencia a su pascua, a su muerte y resurrección, que los discípulos solo entenderán después de la resurrección de Jesús de entre los muertos.

Pero está haciéndonos pensar a nosotros hoy, ¿quiénes son ese verdadero templo de Dios? De ello nos ha hablado el apóstol cuando nos recuerda que nosotros somos ese templo de Dios. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ nos dice el apóstol.

Bien lo recordamos como hemos sido ungidos en nuestro bautismo, consagrados con el Cristo Santo para ser una cosa con Cristo, sacerdotes, profetas y reyes, pero para convertirnos en ese templo del Espíritu, morada de Dios en medio de los hombres. Si nosotros confesamos que Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando por nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos en ese templo del Espíritu, en esa morada de Dios, podemos decir que tenemos que ser signos de ese Emmanuel, ese Dios con nosotros, por la santidad de nuestra vida, por nuestra identificación, configuración con Cristo, en medio del mundo que nos rodea.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos, queremos lo mejor para nuestra Iglesia y nos gastamos lo que sea necesario para mantenerlas dignas y bellas de manera que incluso puedan ser admiración para quienes las visitan, porque además queremos que sean en verdad ese signo religioso, ese signo de la presencia de Dios en medio de nuestros pueblos.

Y aquí viene la pregunta que tenemos que hacernos. ¿Nos habremos olvidado los cristianos de cómo por la santidad de nuestras vida tenemos que ser ese Emmanuel, ese signo de Dios con nosotros en medio del mundo? ¿Hacemos lo mismo por cuidar nuestra santidad personal que lo que hacemos por mantener bellas nuestras iglesias?  Puede ser un interrogante muy serio e importante que nos hagamos a nosotros mismos.

 

viernes, 8 de noviembre de 2024

Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

 


Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

Filipenses 3, 17 – 4,1; Salmo 121; Lucas 16, 1-8

La vida y el mundo se nos están convirtiendo en una loca carrera en la que al final terminamos arrastrándonos los unos a los otros y cayendo en el mismo abismo. Todos hemos contemplado en alguna competición como en un determinado momento en que todos corren por el triunfo y apelotonados el tropiezo de uno hace caer a los demás formándose un revolcón indescriptible, donde muchos van a salir mal heridos.

¿Cómo mantener el equilibrio para no caer en ese tropiezo colectivo? Será necesario saber mantener las distancias, saber cada uno su lugar y lo que tiene que hacer, estar en el mejor momento de atención para no dejarnos arrastrar y caer todos en lo mismo. Algunas veces nos puede parecer poco menos que imposible salir de situaciones así, pero algunos lo logran y pueden alcanzar un justo triunfo. Habrá que saber enderezar bien nuestros pasos para no dejarnos envolver.

No es solo de una carrera deportiva de la que estamos hablando sino del camino que tiene que ser nuestra vida. Muchas veces parece que buscamos el camino que nos parece más fácil, pero que no siempre es el más correcto. Muchas veces podemos incluso tropezar y cometer errores en nuestro camino, con el daño que nos hacemos a nosotros mismos, pero con el daño que podemos hacer también a los demás. ¿Tendremos un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer?

En el evangelio hoy Jesús nos pone una parábola que muchas veces nos ha costado entender. Habla de un administrador injusto al que se le está pidiendo cuentas de su administración. No ha sido buena la administración que ha hecho. Los administradores muchas veces aumentaban injustamente los intereses o hacían malversación con las cuentas que tenían que llevar, buscando sus ganancias; el dinero negro que muchas veces decimos. Ahora se encuentra en una situación difícil porque se va ver desposeído de todo lo que mal había ganado y se iba a quedar en la calle. Con astucia hace sus arreglos con aquellos que le debían dinero a su amo, quizás podemos pensar quitando aquellos intereses abusivos. Los que se veían beneficiados, podrían tener compasión de él.

Es lo que se alaba al final de la parábola, no que hubiera actuado injustamente con sus robos, sino la astucia para encontrar una salida, que podía parecer pérdida, pero que en el fondo le haría sentirse liberado de lo mal que había hecho. ¿Tendremos la astucia para encontrar salidas a las situaciones en las que nos hemos metido en la vida?

Siempre hay tiempo para enderezar el camino, siempre hay tiempo para encontrar ese momento de lucidez de reconocer los errores que hemos cometido, siempre hay tiempo para una buena palabra que pida una disculpa, reconozca su error y sea capaz de pedir perdón. No siempre lo tenemos todo perdido.

Ya sé que en este mundo nuestro no siempre nos vamos a encontrar con esas personas comprensivas y compasivas que nos ofrezcan caminos de misericordia y de perdón. Siempre hay almas buenas y ya sería un gozo el encontrarlas. Pero sabemos quien es de verdad compasivo y misericordioso con nuestros fallos y pecados. Contamos siempre con la misericordia del Señor, pero el Señor también pondrá a nuestro lado personas que nos comprendan, que nos animen, que nos tiendan la mano aunque no lo merezcamos, seamos capaces de ver en esas personas una señal del amor que Dios nos tiene.

Y seamos nosotros capaces también de ofrecer esa misma comprensión a los demás. ¿Quiénes somos para juzgar cuando nosotros estamos tan llenos de miserias y de pecado? En esa loca carrera de la vida Dios siempre pondrá señales a nuestro paso para que siempre podamos reencontrar el camino recto.

jueves, 7 de noviembre de 2024

Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón, siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor

 


Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón, siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor

Filipenses 3, 3-8ª; Salmo 104; Lucas 15, 1-10

Siempre hemos oído decir, y además dicho con mucha seriedad y muchos razonamientos, que una manzana podrida en el cesto dañará a todas las manzanas, y lo mejor que podemos hacer es quitarla. Esta bien ese razonamiento, pero lo que ya no me parece tan claro, sobre todo después de escuchar el evangelio de hoy, es que eso lo apliquemos con la misma rigidez a las personas. Son los consejos que tantas veces hemos escuchado y dado nosotros también queriendo precaver la inocencia o el corazón limpio de los demás.

Y digo que no me parece tan claro después de escuchar el evangelio de hoy. También los fariseos consideraban como manzana podrida a los publicanos, que en fin de cuentas era una profesión, y a todos los que asimilaban a ellos como pecadores. Precisamente vemos las reservas, los comentarios que se tienen entre ellos porque Jesús como con publicanos y pecadores; quien se mezcla con esa clase de gente es que son como ellos, estarían pensando. Y ofrecen ese comentario en el descrédito que quieren sembrar sobre Jesús, su enseñanza y su vida.

Pero ¿qué nos está enseñando Jesús? Las personas no somos simplemente una manzana que cuando se pudre ya no hay nada que hacer con ella. Las personas tienen la posibilidad del cambio y de la conversión. Es precisamente lo que Jesús anuncia y pide para todos desde el comienzo de su predicación. Si en las personas no hubiera esa posibilidad del cambio, inútil sería la predicación de Jesús que está invitando siempre a la conversión y nos está manifestando continuamente lo que es la misericordia del Padre. Esto ya tendría que hacernos pensar y ver si de alguna manera nosotros no seguimos manteniendo la misma actitud que tenían los fariseos.

Por eso Jesús acoge a los pecadores y come con ellos. Porque como nos dirá en otro momento El es el médico que ha venido para sanar a los que están enfermos, y los signos y milagros que realiza cuando cura a los paralíticos o a los leprosos, devuelve la vista a los ciegos o hace hablar a los mudos es el signo de esa sanción más profunda que Jesús quiere para el hombre, quiere para nosotros.

Por eso hoy nos habla de la oveja perdida que va a buscar por montes y barrancos hasta que la encuentra. O nos habla de la mujer que barre y revuelve toda la casa hasta que encuentre la moneda que se le había perdido. Son imágenes que nos están hablando de esa misericordia de Dios, que nos busca porque nos ama, que quiere el bien para nosotros y que seamos sanados en el amor.

No cuesta reconocer que somos esa oveja perdida, porque siempre nos consideramos buenos, nos cuesta reconocer que hay extravíos en nuestra vida, porque todos nos equivocamos, cometemos errores, nos llenamos de confusión y no sabemos siempre discernir lo que es lo bueno que tenemos que hacer, porque también hay malicia y maldad en el corazón para dejarnos llevar por ambiciones o fantasías, por vanidades o por resentimientos, porque somos débiles y perdemos la intensidad que tendría que tener nuestro amor y caemos en el egoísmo y en la insolidaridad.

Grande puede ser nuestro pecado, porque no somos santos, pero más grande siempre será la misericordia y la compasión infinita de Dios. Acaso tendríamos que reconocer esa ceguera que tantas veces se nos mete en la vida que nos hace creernos superiores y que no aceptamos la posibilidad de cambio también de los que a nuestro lado, igual que nosotros, también cometen errores. Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón. No somos nadie para apartar a un lado a nadie porque lo consideremos un pecador. Siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Palabras del evangelio que nos comprometen, que no son el entusiasmo de un día, palabras de vida que nos hacen encontrar el camino de la salvación

 


Palabras del evangelio que nos comprometen, que no son el entusiasmo de un día, palabras de vida que nos hacen encontrar el camino de la salvación

Filipenses 2, 12-18; Salmo 26; Lucas 14, 25-33

Habremos escuchado o lo hemos utilizado nosotros mismos un día que viene a manifestar la superficialidad y novelería con que muchas veces nos tomamos las cosas, y las cosas serias. ‘¿A dónde vas Vicente? A dónde va la gente’. Somos noveleros, allí donde se aglomera la gente enseguida nos apuntamos; decimos que para saber si ocurrió algo malo donde podamos poner algún remedio, sino que en el fondo buscamos el chascarrillo, lo que luego vamos a comentar, la curiosidad de la novedad sin fijarnos quizá en el valor que la cosa pueda tener en sí misma y allá vamos corriendo de un lado para otro, con los correspondientes comentarios, con las noticias que queremos llevar a todos, no tanto por el valor que tenga en sí mismo lo que haya sucedido sino desde esa novelería en que siempre vamos buscando algo nuevo.

Y sucede en muchos aspectos de la vida, y nos sucede en las expresiones religiosas que podamos tener de nuestra fe. Allí donde fue el último milagro estamos enseguida para apuntarnos; allí en esos lugares mágicos y a los que hemos dado fama de milagrosos enseguida nos apuntamos para ir, y organizamos peregrinaciones y marchas, y nos encontraremos aglomeración de gentes llegadas de todas partes, que muchas veces lo que andan buscando es el recurso fácil para solucionar los problemas de cada día.

Hoy nos dice el evangelio que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’ en su caminar de aldea en aldea cuando iba anunciando el evangelio del nuevo Reino de Dios. Pero Jesús se detiene y se vuelve hacia ellos para hacerlos pensar. ¿Qué buscan o por qué van detrás de El? Y les dice que las cosas hay que pensárselas bien. No es solo aquello que a donde va Vicente va toda la gente, sino que tenemos que ir a algo mucho más hondo, porque el Reino de Dios que El está anunciando tiene que ser algo muy comprometedor en sus vidas.

Y les pone unas comparaciones o ejemplos. Y habla del que quiere realizar una construcción, una torre dice, un granero, un depósito para almacén sus cosechas quizás, una casa donde vivir, sea lo que sea, hay que pensárselo antes a ver si en verdad hay posibilidades de poder alcanzar eso que son sus deseos, su torre, su almacén o lo que sea. Hay que pensar si lo puede realizar y cuenta con medios, para que no se quede a medias y sea el hazmerreír de las gentes.

O les habla del rey que va a emprender una guerra, una batalla. Tiene que pensar antes si tiene medios y fuerza para emprender esa batalla y ganarla; si no va a poder conseguirlo, mejor es antes ir a buscar condiciones de paz, a razonar las cosas.

Muchos están siguiendo a Jesús, ¿de verdad tienen claro lo que significará ese seguimiento de Jesús? Y les habla de entrega como les habla de amor hasta la muerte, les habla de que hay que saber escoger y seleccionar bien lo que se está buscando haciendo una verdadera escala de valores para encontrar y para buscar lo que es lo principal. Y eso significará sacrificios, eso puede significar también renuncias, eso significará tener que dejar quizás el camino que están haciendo porque seguir a Jesús es encontrar otro camino.

Y esas elecciones son fáciles, porque siempre tenemos la tentación de ir a buscar lo que es más fácil y más cómodo. Por eso de alguna manera el seguir a Jesús es seguir un camino de cruz. Jesús tuvo que tomarlo porque quería lo mejor para nosotros, y cargó la cruz y subió hasta el calvario en un camino de fidelidad total al Padre del cielo. ¿Seremos capaces nosotros de seguir un camino de fidelidad así?

No es buscar la cruz por la cruz, es buscar un camino de entrega y de amor, y siempre los caminos de entrega y de amor no son fáciles. Aunque el amor sea lo más sublime del mundo, el que ama sufre también porque siempre estará buscando lo mejor. Y tendrá que arrancarse de cosas que incluso le parecían buenas pero que ahora ha encontrado algo mejor, y se pueden encontrar con desgarros del corazón. Seguir a Jesús no es el mero entusiasmo de un rato o de un día porque quizás contemplamos la realización de un milagro, es algo que tiene que comprometer toda nuestra vida. El milagro tiene que producirse en nosotros cuando nos comprometemos totalmente por el camino de Jesús.

Ahí están las palabras del evangelio, que tenemos que saber escuchar en lo hondo del corazón, aunque parezca a veces que nos hieran, pero son palabras de vida; en ellas encontramos el verdadero camino de salvación.


martes, 5 de noviembre de 2024

Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos invita esperando nuestra respuesta

 



Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos invita esperando nuestra respuesta

Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24;

Había una persona que había tenido noticia que un pariente iba a celebrar la boda de su hija, hasta ahora no lo habían invitado aunque él tenía unos grandes deseos de ir a esa boda, a ese banquete; finalmente le llegó la invitación, se preparó como pudo para no quedar mal ante sus parientes y se dispuso a ir a la boda y correspondiente banquete; una gran fiesta y una comida preparado, como se suele decir, por todo lo alto, pero cuando fueron sirviendo las distintas viandas preparadas para el caso nuestro amigo se llevó un chasco; la comida era muy refinada, pero él no estaba acostumbrado a ese estilo y prácticamente casi no comió nada; al final salió protestando porque según él lo que habían servido no valía para nada y él prácticamente se había quedado con las ganas. Eran otros sus gustos y apetencias, aquello fue como un fracaso para las ilusiones que había tenido.

Es un hecho real lo que cuento, de alguien que yo he conocido que me ha venido a la memoria al escuchar hoy el evangelio. Jesús estaba invitado en casa de unos fariseos, y alguien se expresó públicamente qué bueno sería sentarse a la mesa del Reino de Dios. ¿Una referencia a lo que Jesús anunciaba de la inminencia del Reino de Dios? ¿Hasta donde llevarían en verdad esos deseos que ahora manifestaba?

Jesús les viene a decir que muchas pueden las manifestaciones y deseos que se tengan del Reino de Dios, como un banquete al que estamos invitados, pero que nos puede suceder que cuando llegue ese momento nosotros no estemos por la labor de participar en ese banquete. Y para eso les propone una parábola que todos bien conocemos.

El Rey que prepara el banquete de bodas de su hijo para el que tiene muchos invitados y a la hora del banquete manda llamar a los invitados. ‘El banquete está preparado’. Pero otros eran los intereses de aquellos invitados porque todos comenzaron a dar sus disculpas para no asistir. No quería probar bocado de aquel banquete. Tenían otras apetencias u otros gustos. Serían ahora otros los invitados.

¿Qué nos está queriendo decir Jesús? ¿Cuáles son realmente nuestros intereses concretos en relación a lo que Jesús nos ofrece? Muchas veces hasta nos manifestamos muy religiosos; no faltamos a una fiesta como no faltamos a un entierro, nos hemos preocupado muy mucho de bautizar a nuestros hijos, y que no pase mucho tiempo después del nacimiento y lo hemos celebrado también por todo lo alto, nos preocupamos de que nuestros niños hagan la primera comunión y ya haremos todos los esfuerzos para celebrarlo a lo grande, pero ¿llegaremos a pasar de ahí a algo más en nuestra vida para decir que somos cristianos? Bueno, no hay nadie que lo sea más que yo, nos atrevemos a decir, pero veamos realmente por donde anda nuestra vida.

¿Cuáles son en verdad los valores que nosotros tenemos o los valores con los que tratamos de educar a nuestros hijos? ¿Dónde está o hasta donde llega nuestra participación en la vida de la comunidad cristiana? ¿Solo porque venimos a la fiesta y a la procesión o un día vamos a un santuario de nuestra devoción y por eso nos creemos más cristianos que nadie? ¿Llegaremos a tener entre nosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús, como nos decía el apóstol Pablo?

Como aquellos invitados a la boda que prefirieron otras cosas, que se marcharon a sus cosas, o que no les gustaba lo que allí se les ofrece, como le sucedía al amigo del que hablaba al principio que no le gustaba las viandas del banquete. No terminamos de saborear de verdad lo que es el Reino de Dios del que nos habla Jesús, no terminamos de saborear el evangelio, la Palabra de Dios y nos buscamos otras cosas con las que pretendemos llenar nuestra vida.

Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos está invitando, ¿Cuál es nuestra respuesta?

lunes, 4 de noviembre de 2024

Vamos demasiado indiferentes o interesados caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros

 


Vamos demasiado indiferentes o interesados caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros

Filipenses 2,1-4; Salmo 130; Lucas 14,12-14

Un día le hicimos un favor a alguien, le prestamos un servicio, y el otro muy agradecido vino con muchas muestras de gratitud porque lo sacamos de un apuro, le ayudamos a resolver un problema, lo que sea, pero nosotros quizás le dijimos que no tenía importancia, que no merecía tales muestras de gratitud, porque en fin de cuentas ‘hoy por ti, mañana por mí’, y nos quedamos todos tan tranquilos.

Están bien esas muestras de correspondencia entre unos y otros que así nos manifestamos, y eso está como muy metido en la entraña de la gente, hoy te ayudo, mañana me ayudas; que hay que hacer una obra extraordinaria donde se necesitan muchos voluntarios, allá estamos porque los vecinos estamos para ayudarnos los unos a los otros, y quien a nadie ayuda, solo se verá porque nadie entonces le ayudará.

Pero ¿nos podemos quedar tan satisfechos con esa manera interesada de actuar, de ayudarnos? Como aquellos que dicen que son buenos amigos de sus amigos, pero ¿y de los demás? ¿No habrá como un vacío que rellenar de alguna manera debajo de todo eso?

Así vamos caminando por la vida, pero Jesús quiere ayudarnos a que cambiemos la visión, la perspectiva. Comemos con un amigo, con un extraño nos sentimos incómodos. Normalmente nos reunimos los que somos amigos, y está bien, pero ¿solo voy a entrar en comunicación con aquellos que tengo siempre a mi lado porque son mis amigos y ya se como sienten y como piensan? ¿No estaremos cerrando demasiado el círculo?

El amor generoso de verdad tiene que ser gratuito, es algo que regalamos, es algo de lo que nos desprendemos, porque es salirnos de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, sea quien sea. Nos cuesta entenderlo, nos cuesta hacerlo en la práctica de nuestra vida, porque algunas veces aunque lo veamos claro, sin embargo no tenemos la decisión de comenzar a hacerlo. Pero en algo tiene que diferenciarse el amor cristiano.

Es lo que está planteando Jesús. Y además, podíamos decir, con cierta osadía. En este caso no es la gente que habitualmente viene a escucharle, ni son los discípulos que ahora ya le siguen por todas partes. Está en la boca del lobo, casi nos atreveríamos a decir. Lo han invitado unos fariseos a comer. Por supuesto, eran todos del mismo grupo. Ya al comienzo de la comida – tendríamos que haber leído este texto en días pasados pero con las celebraciones habidas se nos ha quedado en el tintero – Jesús había estado observando poco menos que los codazos que se daban unos a otros por intentar ocupar los puestos más principales, más honoríficos de la mesa; ya les había dicho, entonces, que cuando fueran invitados a comer ocuparan los últimos puestos, que ya el anfitrión se encargaría de subirte a mejores lugares si así lo consideraba.

Pero ahora Jesús da un paso más. Como solemos decir los canarios, no tenía papas en la boca, o sea que no se callaba lo que El consideraba que tenía que decir. Viendo el tipo de gente que estaba invitada a aquella mesa es cuando lanza el reto. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Y ahora no nos dice nada más el evangelio en este texto que hoy se nos propone. ¿Cómo se quedaría aquel fariseo que había invitado a Jesús, o aquellos fariseos que le acompañaban a la mesa? ¿Cuál sería nuestra reacción si nos encontráramos en las mismas circunstancias? ¿Lo habremos pensado quizás en algunas de esas comidas que hacemos en fiestas, en cumpleaños? ¿Seríamos capaces de planteárnoslo a ver cómo lo resolvemos en las ya cercanas cenas de navidad?

Pero no tenemos que buscar ocasiones extraordinarias. Pensemos en ello cuando buenamente estamos sentados a nuestra mesa en nuestra comida normal de todos los días. ¿A quien seriamos capaces de invitar a nuestra mesa? 

Pero no es ya el invitar a comer en la misma mesa, sino es la actitud nueva que tiene que haber en nuestra vida con aquellos con los que cada día nos vamos encontrando en el camino, nos sentamos a su lado en el transporte publico, o están sentados en el mismo banco en la plaza, ahora que nos vamos encontrado con tanta gente que nos parece extraña, o esos emigrantes que nos llegan a nuestras tierras, y a los que no dirigimos quizás ni el más mínimo saludo.

¿No tendrían que ser otras las actitudes? Vamos demasiado indiferentes caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros. Y lo reflexiono y lo digo en alta voz para ver si yo también soy ya de una vez por todas de cambiar mis cobardías e indiferencias.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

 


Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Alguna vez cuando alguien ha querido recalcarnos algo, para que lo tengamos en cuenta, para que no lo olvidemos, nos repite una y otra vez, ‘escucha lo que te estoy diciendo, escucha bien…’ y nos dice lo que tiene que decirnos. Es la recomendación de un padre o de una madre con su hijo cuando se pone serio ante algo que no está haciendo bien, es la explicación del profesor cuando nos pone una norma de disciplina para la clase, son las palabras serias del amigo que nos está recordando algo que parece que hemos olvidado para mantener viva nuestra amistad. ‘Tenlo bien presente, que no te lo repito’, nos dicen algo así.

Es lo que nos está diciendo y recalcando la Palabra de Dios que hoy se nos proclama. Pero nos está diciendo o preguntando si es que estamos buscando una sabiduría para la vida, algo en lo que encontremos sentido para nuestras cosas y para lo que vivimos, si en verdad queremos hacer un camino recto y un camino de fidelidad. Y nos dice y nos repite ‘escucha, Israel… escucha, Israel’ por dos veces nos lo repite en el libro del Deuteronomio.

Eran como las recomendaciones finales que Moisés les hacía al pueblo cuando ya estaban casi terminando el camino de desierto y estaban a las puertas de la tierra prometida. Y les recuerda que lo tengan bien presente, porque cuando lleguen a una vida más fácil donde puedan recoger cosechas, donde puedan obtener el fruto de una tierra que trabajen y vengan días de prosperidad, será algo que fácilmente pueden olvidar. Mientras iban por el desierto con sus sacrificios y dificultades parece que les era más fácil acudir a Dios para que les ayudara salir un día de aquel duro desierto, pero cuando se valieran por si mismos en la prosperidad podía olvidarlo todo. Por eso les dice que tienen que tener estas palabras bien grabadas en el corazón.

Y ahora les recuerda que el Señor su Dios es solamente uno, al que adorarán y al que amarán sobre todas las cosas. ‘Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón’. Es el mandamiento del Señor que nunca podrán olvidar y del cual se deducirán todos los comportamientos que han de tener los unos con los otros.

Y para cumplir este mandato de guardar estas palabras en su corazón se inventarán las filacterias, aquellas franjas de tela en las que trascribían estas palabras para atarlas al puño o en la cabeza para decir que las tenían siempre presentes, aunque luego no se destacaran por ese amor a Dios sobre todas las cosas. ¿Serán las medallitas o cruces que nos colgamos como adorno al pecho o donde sea sin que nuestra vida en verdad esté adornada de unos valores cristianos?

El evangelio nos relata el que un maestro de la ley viene a preguntarle a Jesús por el mandamiento que tenia que ser fundamental y principal en la vida. Era en cierto modo normal en sus escuelas rabínicas que tuvieran sus discusiones teológicas que les ayudaran a profundizar en lo que verdaderamente era la ley del Señor, después sobre todo de la cantidad de normas y preceptos que se habían multiplicado en sus interpretaciones de la ley mosaica. Como en nuestras escuelas de teología, en nuestros círculos de estudio, en nuestras lecturas y reflexiones en tantas y tantas reuniones que nos hacemos también nosotros. Creo que no tendríamos que ver maldad en la pregunta de este escriba sino un deseo, ¿por qué no sincero?, de querer profundizar en lo que era la ley del Señor. ‘Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’

Ya escuchamos la respuesta de Jesús que no hace otra cosa que recordar lo escrito en la ley y que todos conocían muy bien porque hasta repetían a la manera de oración en muchos momentos del día, o al entrar o salir de casa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús añade algo más. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. A lo que aquel escriba acepta, por así decirlo, su concordancia, porque nada más tenía que añadir. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

‘No estás lejos del Reino de Dios’, le dirá Jesús. El amor a Dios y el amor al prójimo que no podemos de ninguna manera separar. No puede haber amor a Dios verdadero si no amamos también al hermano. Porque en ese amor al hermano estamos reflejando el amor de Dios, porque es con la mirada de Dios con la que tenemos que mirar al hermano. Siempre ese prójimo, sea quien sea, venga de donde venga, será para mí un hermano porque también está siendo amado con el amor de Dios, en él se manifiesta el amor de Dios que a él también lo tiene como hijo. ¿Pretenderemos, acaso, enmendarle la plana a Dios y decir que el otro no merece ese amor? Con nuestras discriminaciones lo estamos haciendo. Esto tiene muchas consecuencias.

Claro que tenemos que tener bien en cuenta esa advertencia. ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida. Es la recomendación de quien nos ama.