Vistas de página en total

sábado, 12 de noviembre de 2022

La viuda de la parábola del evangelio con la perseverancia en su petición nos está enseñando a buscar a Dios

 


La viuda de la parábola del evangelio con la perseverancia en su petición nos está enseñando a buscar a Dios

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18, 1-8

Es inútil que vayamos a pedirle algo a esa persona, porque ya sabemos cómo es, él no ayuda a nadie, es un tacaño, no piensa sino en él; si acaso parece que te escucha es para bombardearte a preguntas, a dar sus explicaciones, a querer convencerte de que te las busques o te las arregles por tu cuenta, pero no abrirá la mano.

Experiencias desagradables así nos encontramos en nuestro entorno; pero experiencias también en que nosotros somos los cerrados, los que no damos nuestro brazo a torcer, los que antes de soltar un céntimo nos hacemos millones de cálculos, porque un día lo podemos necesitar, un día a nosotros nos puede faltar, y nos buscamos mil disculpas para tratar de justificarnos ante nosotros mismos de esas actitudes, y aunque tratamos de disimularlo también, somos nosotros los egoístas y los que pensamos solo en nosotros mismos.

Es cierto que la parábola que se nos propone hoy en el evangelio tiene una finalidad concreta tal como nos lo adelanta el propio evangelista antes de narrarnos la parábola que se nos propone. ‘Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer’. Pero siempre la palabra del Señor tiene una amplitud muy grande en su enseñanza para nuestra vida y podemos darnos cuenta de esas actitudes egoístas en las que envolvemos tantas veces nuestra vida.

Siempre la Palabra del Señor se convierte en un interrogante para nuestra vida, una enseñanza que no podemos desaprovechar y nos puede siempre servir para que nos hagamos nuevos planteamientos para nuestra vida y para que revisemos muchas de nuestras actitudes y de nuestra manera de actuar.

La parábola nos habla de la viuda que pedía justicia ante un juez que no la quería escuchar. La parábola quiere resaltar la perseverancia de aquella mujer que el final logrará ser escuchada, si no por compasión y amor a la justicia, al menos por quitarse aquel peso de encima. No queda bien parado el juez y no es precisamente lo que se nos quiere enseñar, aunque ahí tenemos motivos para analizar y revisar las actitudes negativas con que nosotros vamos hacia los demás.

Lo que nos resalta la parábola es la perseverancia de aquella mujer en su petición de justicia. Y ya nos sugiere el evangelista que Jesús quiere hablarnos de la perseverancia en nuestra oración. Una oración que no solo será pedir en nuestras necesidades aunque también tenemos que hacerlo, sino en esa búsqueda de nuestro encuentro con Dios. Nos cansamos de nuestra oración tantas veces. Y es que quizá nos acercamos a Dios con nuestro corazón lleno de desconfianza. Pero es que tendríamos que acercarnos con otra actitud, con otros deseos de búsqueda, con otro amor en nuestro corazón.  Por eso, la perseverancia es signo de amor y el amor nos abre el acceso al Padre; es el mejor canal de comunicación.

Vamos a gozarnos en el amor que Dios nos tiene. ¿No es lo que vamos buscando realmente en la vida en nuestras relaciones con los demás, en nuestra relación familiar, en la amistad con los amigos, en el encuentro con los que caminan a nuestro lado? Nos gusta sentirnos queridos, nos gusta saborear lo que es la amistad verdadera, nos gozamos en la presencia de esas personas con las que nos sentimos acogidos; vamos buscando amor. Es un gran vacío que viven muchas personas, es una soledad que les puede llevar a encerrarse en si mismos. Cómo nos gozamos cuando nos encontramos con esa persona acogedora que nos escucha, que pierde su tiempo con nosotros, que sabrá tener una palabra amable que nos levanta la vida.

Y eso, seguro que lo encontramos en Dios. Con esa certeza nos acercamos a El en búsqueda de su amor; el siempre nos acoge en nuestra pobreza y en nuestra soledad, en esos vacíos interiores que muchas veces sufrimos, y nos consuela en esas tristezas que muchas veces nos amargan el alma. ¿No nos dice Jesús que vayamos a El los que estamos cansados y agobiados porque en El vamos a encontrar nuestro consuelo y nuestro descanso? La viuda de la parábola del evangelio nos está enseñando a buscar a Dios.

jueves, 10 de noviembre de 2022

Andemos vigilantes para encontrar lo que da verdadera hondura a la vida hundiendo nuestras raíces en lo que de verdad vale

 


Andemos vigilantes para encontrar lo que da verdadera hondura a la vida hundiendo nuestras raíces en lo que de verdad vale

1Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17, 26-37

¿Qué nos sucede con el devenir de la vida? Podríamos decir que vivimos absorbidos por el vértigo de la vida; ahí están nuestras preocupaciones de cada, sus tareas, sus responsabilidades, lo que es la vida misma, trabajo, preocupaciones familiares, la economía que nos quita el sueño porque por mucho que trabajemos parece que no nos llega a nada lo que ganamos, pero solo en cuanto a nuestras responsabilidades como más especiales, sino que es la vida misma con sus momentos de relax y de descanso, como pueda ser todo lo referente a la alimentación, el encuentro con los demás, la fiesta o los momentos duros de la enfermedad e incluso la muerte de seres querido.

Todo parece una carrera que no nos da ni tiempo para pensar en algo más, todo nos va absorbiendo en esa materialidad de las cosas que hacemos, que nos cuesta encontrar el momento para elevar nuestro espíritu y encontrar algo que nos trascienda, y lo que tenga un tinte más espiritual o lo dejamos en un segundo plano o lo olvidamos y vivimos como si nada de eso existiera. Nos decimos cristianos y creyentes, pero lo dejamos tan en segundo plano que ni nos planteamos un sentido para todo lo que hacemos, ni llegamos a pensar en algo más allá o más arriba que nos eleve y nos trascienda, creyentes pero sin darle un sentido desde lo creyente, desde nuestra fe a lo que hacemos o a lo que vivimos.

Necesitamos romper ese ritmo tan vertiginoso, necesitamos romper esa carrera tan espiral que parece que nunca acaba sino que cada día se nos agranda más, para pensar sencillamente que todo esto un día se detiene y nos vamos a encontrar con algo en lo que nos habíamos olvidado de pensar.

‘Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre’.

Quiere hacernos pensar Jesús. Qué despreocupados andamos con nuestras ocupaciones, qué distraídos con la rutina de cada día, con qué facilidad olvidamos la dimensión espiritual de la vida. Como decíamos, creyentes pero sin darle un sentido creyente a la vida, a lo que hacemos. Terminamos por caminar como en un sin sentido, terminamos con un vacío interior porque al final nada nos satisface, porque todo o se convierte en una rutina, o en esa loca carrera por tener más, por llegar a más cosas, por olvidarnos de todo enfrascados en nuestras ocupaciones pero no nos hemos sentido crecer por dentro, le ha faltado lo que le da calor y color a la vida que vivimos.

Es una tentación fácil en la que todos podemos caer, una pendiente muy resbaladiza. Tenemos que pensar más en el sentido de nuestros actos, encontrar la verdadera responsabilidad de nuestra vida, que no solo es hacer cosas, sino ser capaz de vivir con intensidad y hondura todo aquello que hacemos. y es hondura la vamos a encontrar en ese sentido espiritual que tiene nuestra vida, nos parece que nos eleva y es así, pero también dará verdadera hondura a lo que hacemos, haremos hundir las raíces de la vida en lo que de verdad vale.

Hoy nos está hablando Jesús de que hemos de andar vigilantes para que no perdamos ese sentido de la vida. Llegará en un momento que menos pensemos el final de nuestra vida, ¿y qué es lo que tenemos en nuestras manos? ¿Qué riqueza habrá en nuestro corazón? ¿Cómo nos vamos a presentar ante Dios?

No busquemos ni lugares ni objetos milagrosos, no nos quedemos en reliquias como talismanes contra el mal, sino busquemos la presencia de Dios que transforma el corazón

 


No busquemos ni lugares ni objetos milagrosos, no nos quedemos en reliquias como talismanes contra el mal, sino busquemos la presencia de Dios que transforma el corazón

 Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17, 20-25

En los años de nuestra vida seguramente  habremos escuchado en alguna ocasión relatos de cosas extraordinarias que suceden en algún sitio como supuestas apariciones o hecho milagrosos; habremos visto cómo la gente pronto reacciona ante esas cosas y no es difícil ver a peregrinaciones – por llamarlo de alguna manera – de gentes que vienen de distintos lugares para contemplar aquel espectáculo, el lugar de aquel hecho milagroso, o acaso sentirse beneficiario del mismo.

La gente se mueve por lo extraordinario, la gente corre de un lado para otro buscando el milagro, nos movemos por las cosas extraordinarias, estamos siempre a la búsqueda del milagro. Sin querer quitarle el valor que pueden tener los santuarios que se levantan en distintos lugares recordando supuestos hechos milagrosos o apariciones sobrenaturales, fijémonos cómo fácilmente nos quedamos con esas manifestaciones externas y nos olvidamos que donde hemos de sentir de verdad la presencia de Dios es en nuestro interior, en nuestro corazón.

Buscamos el milagro, pero nos olvidamos del cambio que tendría que producirse en nuestro corazón. Vamos a esos lugares y queremos traernos el objeto milagroso, ya sea el agua de la fuente, ya sean las reliquias de unos santos que queremos llevar como talismanes que nos libren o nos prevengan de los males de la vida. Pero ¿nos hemos traído el recuerdo de la Palabra de Dios que hemos plantado en nuestro corazón? ¿Hemos llegado a vivir una experiencia viva de la presencia de Dios que transforma nuestros corazones? Eso no sigue sucediendo hoy como ha sucedido siempre a lo largo de los tiempos.

A esto nos está previniendo hoy Jesús en el evangelio. La gente le pregunta por la llegada del Reino de Dios, que El tanto venía anunciando – el evangelio es el anuncio de esa Buena Noticia de que llega el Reino de Dios y la fe que se ha de suscitar en nosotros – y El les responderá que ‘el reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: Está aquí o Está allí, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros… Entonces se os dirá: Está aquí o Está allí; no vayáis ni corráis detrás, pues como el fulgor del relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día’.

Nos está describiendo Jesús lo que luego se ha venido repitiendo una y otra vez a lo largo de los tiempos, pero como nos dice ‘el reino de Dios está en medio de vosotros’. A veces da la impresión que el Reino de Dios lo convertimos en cosas que hacer o cosas que suceden, y es cierto que la presencia del Reino de Dios se ha de manifestar en nuestras vidas y también en la transformación que vamos realizando de nuestra sociedad, pero el Reino de Dios es algo superior a todo eso, porque tiene que partir de lo que en verdad vivamos en nuestro interior. Por eso es ahí en nuestro interior donde en verdad tenemos que buscarlo, es ahí en nuestro interior donde vamos a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida, convirtiéndolo en el único Señor de nuestra existencia.

No es ir, entonces, de acá para allá, no es ir buscando esos lugares milagrosos donde palpemos externamente lo sobrenatural; nos pueden ayudar los lugares cuando nos ayudan a interiorizar, a buscar esa paz interior, a abrirnos a la palabra y a la gracia de Dios; pero no será el lugar, sino que ha de ser siempre ese sentir esa presencia de Dios en nuestra vida.

Ese es el gran milagro, no el que nos curemos de tal o cual enfermedad o limitación, no el que busquemos tener suerte en la vida y vamos a ver si nos toca la lotería, es esa transformación de nuestra vida llenándonos de paz, llenándonos de serenidad interior, sintiendo que quien en verdad es curado somos nosotros en nuestro interior cuando llegamos a arrancar tantas sombras y cosas negativas que nos llenan de oscuridad. Ese tiene que ser el verdadero milagro, no el que nos traigamos objetos milagrosos como recuerdos y talismanes contra el mal, sino la gracia de Dios que ha llegado a transformar nuestra vida, nuestro corazón.

miércoles, 9 de noviembre de 2022

No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

 


No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Puede parecer una anécdota lo que nos cuenta hoy el evangelio sin embargo es un hecho bien significativo. Nos habla de las costumbres que se habían creado alrededor del templo de Jerusalén.

Allí cada día se ofrecían sacrificios a Dios, en los cuales además de las ofrendas de las primicias que todo buen judío estaba obligado a realizar – podríamos decir que era como una contribución necesaria para el mantenimiento del culto – muchos eran los animales que eran sacrificados, como un rito ya preestablecido, como signo de la acción de gracias a Dios reconociendo que todo don nos viene de él, o también de purificación de los pecados.

Era en cierto modo normal que en torno al templo se había creado un mercado donde podían adquirirse aquellos animales que habían de ser sacrificados, pero también donde se ofertaba el necesario cambio monetario porque en los cepillos del templo solo se podían utilizar las monedas oficiales del mismo templo.

Nos podemos sentir como escandalizados que así se desvirtuara el verdadero culto que en el templo debía ofrecerse al Señor y de alguna manera toda esa barahúnda mercantil silenciaba, o al menos hacía difícil el que se pudiera escuchar, la Palabra del Señor que allí había de ser proclamada. Era en aquellos pórticos del templo donde los maestros de la ley enseñaban al pueblo y era el lugar propicio para ese encuentro con la Palabra del Señor. ¿No nos habla el evangelio de que Jesús en su primera subida a la Pascua en Jerusalén, tras su pérdida fue encontrado precisamente en el templo escuchando y discutiendo con los doctores de la le? Algo realmente premonitorio.

Desde el hoy de nuestra vida, como decíamos, nos podemos sentir escandalizados por ese desvirtuar el verdadero sentido del templo, pero ¿qué sucede en torno a nuestros templos y santuarios? ¿Qué es lo que nos encontramos? Cuando no es desde el mismo templo, desde la misma organización de la Iglesia, que ofrecemos la oportunidad de llevarnos ‘un recuerdo’ del santuario, será todo un montaje comercial el que se crea en nuestros pueblos o ciudades en torno a nuestros templos y santuarios de especial devoción. ¿Cuál tendría que ser el auténtico ‘recuerdo’ que nos tendríamos que llevar tras nuestra visita al templo del Señor?


Hemos escuchado en el evangelio. ‘Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’.

‘No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’. Causaría gran conmoción este gesto de Jesús. Todo un gesto profético. Algo nuevo tiene que comenzar. Algo que tiene que tener verdadero sentido de vida. Algo nuevo nos está ofreciendo Jesús. Cuando le recriminan con qué autoridad está haciendo aquello pronuncia también unas proféticas palabras, que sin embargo un día van a ser utilizadas en su contra en el juicio ante el Sanedrín. ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. Estaba hablándonos de algo distinto, como nos comentará el evangelista, se refería al templo de su cuerpo.

Jesús verdadero templo de Dios en medio de nosotros los hombres. ¿No decimos que es el Emmanuel, Dios con nosotros? en Jesús podemos ofrecer el mejor culto a Dios, por El, con El y en El todo honor y toda gloria como proclamamos en el momento solemne de la ofrenda de la Eucaristía. Anunciaba su muerte y su resurrección, pero nos anunciaba también algo nuevo, en lo que podíamos convertirnos nosotros si en verdad vivimos unidos a El. Vamos a ser nosotros ese templo de Dios. Así nos lo recordaba san Pablo. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ Con Cristo en nuestro bautismo hemos sido convertidos en sacerdotes, profetas y reyes. Así podremos ofrecer el verdadero culto a Dios. Grandeza y santidad de nuestra vida.

Nos estamos haciendo estas consideraciones cuando estamos celebrando la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que como todos sabemos es la Catedral del Roma, la sede del Obispo de Roma. En un sentido de comunión eclesial celebramos esta fiesta, que por otra parte desde la Palabra de Dios proclamada tan hermoso mensaje nos ha dejado para nuestra vida.

Cuidamos que no solo nuestros templos sean verdadero santuario de Dios y auténtica casa de oración despojándolos de tantas cosas que hemos montado en su entorno, sino que también nuestras vidas, por la santidad que vivimos, sean ese santuario de Dios y signo de la presencia de Dios para los que nos rodean. Es el testimonio que tenemos que dar.

martes, 8 de noviembre de 2022

¿Nos habremos parado en alguna ocasión a dar gracias a Dios por esa inteligencia y esas capacidades que ha puesto en nosotros cuando nos ha creado a su imagen y semejanza?

 


¿Nos habremos parado en alguna ocasión a dar gracias a Dios por esa inteligencia y esas capacidades que ha puesto en nosotros cuando nos ha creado a su imagen y semejanza?

Tito 2, 1-8. 11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

Vivimos en una sociedad en la que está muy vivo lo de la exigencia de nuestros derechos y todo se nos convierte en reclamaciones y exigencias, olvidando a veces lo que son nuestras obligaciones y cual es el rendimiento que hemos de tener en el desempeño de trabajos y responsabilidades. Raro es el día en que no oímos hablar de manifestaciones y huelgas de los diferentes sectores de la sociedad reclamando unos reconocimientos y unos derechos desde unos compromisos y unos contratos sociales. No digo que tengamos que reclamar lo que es justo y siempre tendremos que ponernos del lado más débil en cualquier situación, porque no es desde un poder que nos oprime desde donde podemos construir una sociedad verdaderamente justa.

Hoy se nos propone una parábola en el evangelio que es una primera lectura quizás nos puede resultar un tanto costoso el entender. Los hechos que se narran, que aquí se nos proponen en la parábola, hemos de entenderlo desde un estilo de sociedad en la época donde, aunque lo consideremos injusto, no se valoraba el trabajo del servidor o del esclavo, sino que por obligación, dada su condición tenía que realizarlo.

Pero cuando queremos entender la parábola no nos podemos quedar tanto en esa parte como más anecdótica, sino ir directamente al final porque lo que Jesús nos quiere plantear es cómo hemos de reconocer cuando recibimos de Dios y la respuesta que damos ha de ser siempre una respuesta agradecida. Es el valor y el significado que entonces hemos de darle a lo que son nuestros trabajos, nuestras tareas, la obra que realizamos en la vida que es como una respuesta a cuanto Dios ha puesto en nuestras manos.

¿Vamos a andar con reclamaciones a Dios porque hacemos el bien, porque vivimos nuestras responsabilidades, porque con nuestro trabajo nos convertimos en continuadores de la obra creadora de Dios que ha puesto en nuestras manos? Agradecidos tendríamos que estar porque así Dios ha querido confiar en nosotros; agradecidos hemos de estar por los dones que de Dios recibimos, por esa inteligencia que ha puesto en nuestra vida, por esa capacidad de actuar y de decidir lo bueno que hemos de realizar.

¿Nos habremos parado en alguna ocasión a dar gracias a Dios por esa inteligencia y esas capacidades que ha puesto en nosotros cuando nos ha creado a su imagen y semejanza? Todos tenemos unos valores, unas cualidades, unas capacidades en la vida, unos más, otros no diríamos menos sino distintas, creo que alguna vez tendríamos que hacer como un reconocimiento; pensar, sí, en esas cosas positivas que hay en nuestra vida, no para llenarnos de orgullo y por ello considerarnos mejores que los demás, para humildemente reconocerlo como dones de Dios.

Esos dones que Dios ha repartido entre nosotros, ni todos somos artistas ni todos somos agricultores o artesanos, ni todos tenemos cualidades para ser dirigentes de la sociedad ni todos somos maestros o profesores, cada uno tenemos nuestros valores, nuestras capacidades, manifiestan lo que es la riqueza de la humanidad, no nos hace mejores ni más dignos unos que otros, porque cada uno desde su capacidad, desde sus posibilidades, va a contribuir al conjunto, a contribuir al bien de todos, a la construcción de esa sociedad y ese mundo mejor.

¿No tendríamos que decir aquello de la parábola, ‘somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer’? Y decimos somos siervos inútiles, para abajar el orgullo que pudiera meterse en nuestro corazón, pero para reconocer que lo que valemos o lo que son nuestras capacidades son siempre un don de Dios.

lunes, 7 de noviembre de 2022

Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

 


Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay momentos en la vida en que nos parece que todo se nos vuelve cuesta arriba, la situación se nos complica y no sabemos ya cómo hacer o como actuar; sentimos la tentación de tirar la toalla, como suele decirse, abandonar los esfuerzos porque nos parece imposible. Serán los problemas que se nos van presentando en la vida en nuestras tareas o responsabilidades, en algo que nos han confiado, la problemática familiar que algunas veces se nos complica, la convivencia con aquellas personas que queremos o los amigos que están a nuestro lado, problemas que vemos en nuestro entorno y que nos afectan y nos hacen daño, muchas situaciones complicadas, difíciles de resolver, que parece que nos hacen imposible el caminar.

Algo así les estaba pasando a los discípulos de Jesús. Venía hablando Jesús de las exigencias de su seguimiento, y de los planteamientos que teníamos que hacernos en nuestras relaciones con los demás, ahí estaba el tema del perdón siempre tan controvertido porque nos cuesta curar nuestros orgullos heridos, o situaciones escandalosas ante las que había que actuar de forma drástica. ¿Qué hacer? Algunas cosas parecían poco menos que un imposible, pero ellos querían seguir con Jesús, les convencía por otra parte todo el ideal de vida que les proponía, pero había por medio como algunos callos con los que parecía que era difícil caminar.

Y surge la petición a Jesús. Es como un grito pidiendo ayuda, es un decir queremos seguirte pero nos cuesta, parece que nos falta fe. ‘Señor, auméntanos la fe’, le piden. Hay que tener mucha fe pensaban para poder superar muchas de aquellas cosas con las que tenían que enfrentarse, hay que tener mucha fe porque el camino parece que se hace exigente. ‘Auméntanos la fe’.

Como pedimos nosotros también, porque nos parece que no creemos lo suficiente para aceptar todo el evangelio de Jesús; como pedimos porque el camino se nos hace duro, porque parece que hay muchas cosas en contra o que el mal lleva por adelantada su victoria. Pedimos fe cuando vemos cosas también en nuestro entorno que no nos gusta o que nos hacen daño; pedimos fe cuando tan difícil se nos hace la convivencia como para sentirnos de verdad hermanos, porque se nos hace tan difícil mirar a los demás con una mirada limpia. Pedimos fe cuando nos cuesta perdonar y el fuego del resquemor, de la intolerancia, de los resentimientos, de los deseos de venganza quizá que sentimos dentro de nosotros, parece que nada ni nadie lo puede apagar.  Pedimos fe, tendríamos que pedir mucha fe, pero no solo con los labios.

Y nos habla Jesús de la fe como un granito de mostaza, capaz de mover montañas o de arrancar una morera para que se plante en el mar. Es que quizás la fe la hemos convertido en una rutina, en un adorno externo, en una medalla que llevamos al cuello igual que podríamos llevar otra cosa, porque lo que necesitamos es que le demos autenticidad a nuestras palabras de fe. Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida. No nos vale simplemente que el domingo cuando llegue ese momento en la celebración recitemos el credo, pero sin ser conscientes de las palabras que vamos pronunciando en ese momento.

Es la autenticidad de una profesión de fe recitando el credo como tiene que ser la autenticidad de nuestras oraciones. No son cosas que simplemente recitamos de memoria o vamos quizás repitiendo mentalmente mientras el sacerdote en la misa va pronunciándolas. Son cosas que más que decir tenemos que sentir; más que unas palabras que recitamos tiene que ser algo que vamos sintiendo de verdad en el corazón. Decimos quizás ‘te rogamos, óyenos’, porque ahora toca decir eso, pero nuestra mente está en otra cosa muy lejos incluso del lugar en el que estamos. Nos hace falta más autenticidad en la vida, en nuestras oraciones, en la proclamación de nuestra fe.

 

domingo, 6 de noviembre de 2022

La esperanza de resurrección y de vida eterna marcará el sentido de nuestra vida comprometida con nuestro mundo en la espera de la plenitud en la vida en Dios para siempre

 


La esperanza de resurrección y de vida eterna marcará el sentido de nuestra vida comprometida con nuestro mundo en la espera de la plenitud en la vida en Dios para siempre

2Macabeos 7, 1-2. 9-14; Sal 16; 2Tesalonicenses 2, 16 – 3, 5; Lucas 20, 27-38

Aunque en la sociedad en que vivimos mantenemos una serie de ritos o de prácticas religiosas que de alguna manera están relacionadas con el hecho de la muerte, con un futuro de vida o de muerte, de resurrección y de vida eterna – por las expresiones que incluso seguimos empleando – sin embargo hemos de reconocer que en el fondo hay como una perdida del sentido de la esperanza en un mundo futuro y aunque no lo lleguemos a decir o a expresar de alguna manera ponemos en duda esa vida futuro.

Vivimos más para el presente y si algo queremos o deseamos mejor queremos que sea en el ahora que vivimos y así nos proponemos crearnos un mundo de felicidad total, nos hemos creado unas terminologías que nos hablan de la sociedad del bienestar pero de alguna forma le hemos quitado esa trascendencia espiritual a la vida misma. ¿Cómo llegamos a aplicar a este estilo de vida que queremos vivir eso que se nos habla de esperanza de futuro, de resurrección o de vida eterna? para muchos parece que es algo que no tiene cabida en el presente que vivimos.

Pero ¿nos podemos quedar satisfechos con algo así? En el fondo, aunque no sepamos muchas veces cómo expresarlo, ¿no tenemos deseos de una mayor plenitud para nuestra vida? De alguna manera, ¿no echaremos de menos eso de la esperanza cristiana que nos habla de eternidad, de vida eterna?

Es cierto que en nuestra mente y en nuestra imaginación nos hacemos unas mezcolanzas difíciles de entender. Queremos explicarnos esa vida futura y nos parece que no nos podemos imaginar sino una vida semejante a lo que ahora vivimos pero ya sin ningún tipo de limitación, de sufrimiento, o de mal. No es bueno poner demasiada imaginación en estas cosas, porque nuestra capacidad no nos lleva a imaginar otra cosa que lo que ahora vivimos pero en mejor. Y es aquí donde tenemos que poner en juego nuestra fe y nuestra confianza en las palabras de Jesús.

El nos habla de resurrección y de vida eterna y no nos da opción para esas imaginaciones. En el evangelio que escuchamos en este domingo los saduceos que no creían en la resurrección y en la vida futura vienen a plantearle unas cuestiones a Jesús partiendo de las costumbres o de la ley del levítico que obligaba al hermano del difunto esposo de una viuda a casarse con ella. En el planteamiento que le hacen a Jesús como ejemplo se hablará de siete hermanos que uno tras otro han de irse casando con aquella mujer al quedar viuda y sin descendencia. Es la cuestión que ahora le plantean a Jesús, en esa vida del mundo futuro de quien será esposa aquella mujer.

Y Jesús les dice algo importante que también viene a cortar nuestras imaginaciones cuando pensamos en la vida del mundo futuro después de la resurrección. ‘En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección’. Viene a decirnos que no imaginemos ese mundo futuro casi como una continuidad de lo mismo que ahora en este mundo vivimos. Es una plenitud de vida distinta, es algo nuevo, es algo que nos queda en el misterio de Dios, porque será vivir en Dios.

‘Vendré y os llevaré conmigo, nos dirá en otro momento en la última cena, porque voy a prepararos sitio para que donde yo esté estéis también vosotros’. Si antes nos había dicho que si creemos en El y cumplimos sus mandamientos el Padre y El vendrán a habitar dentro de nosotros, ahora podemos decir cuando hablamos de la vida eterna es que nosotros vamos a habitar en Dios para siempre. ‘El que cree en mi, yo lo resucitaré en el ultimo día’, nos diría también en el diálogo de Betania ante la tumba de Lázaro.

Claro que esa esperanza de resurrección y de vida eterna por otra parte va a marcar el sentido de nuestra vida, de este camino que ahora vamos haciendo. Claro que tenemos que luchar por un mundo mejor, claro que tenemos que esforzarnos para que en este momento presente nos vayamos viendo liberados de todo mal y de todo sufrimiento, claro que tenemos que hacer que la vida sea mejor para todos, es nuestro compromiso, un compromiso desde esa fe y desde esa esperanza, porque ansiamos esa plenitud, porque deseamos lo mejor.

No nos vamos a desentender de este mundo, vamos a luchar ciertamente por hacerlo mejor, y lo hacemos con esperanza, pero no una esperanza que se acaba en el hoy, o de lo que ahora vayamos consiguiendo, sino con esa esperanza de plenitud en la vida eterna. Por eso ni nos amargamos porque ahora no todo lo podamos conseguir, ni nos llenamos de angustia porque un día tengamos que irnos separando de aquellos seres que amamos y que van caminando con nosotros en esta vida.

Sabemos que caminamos hacia la eternidad, sabemos que podemos seguir sintiéndonos en comunión espiritual con aquellos seres que amamos y nos han precedido en la vida, sabemos que un día en Dios nos vamos a encontrar para vivir esa felicidad del cielo, esa felicidad de vivir en Dios para siempre.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Vivamos con rectitud, vivamos nuestros valores, conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón

 


Vivamos con rectitud, vivamos nuestros valores, conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón

Filipenses 4, 10-19; Sal 111; Lucas 16, 9-15

¿Qué cosas son las que consideramos como un tesoro en la vida? Allí donde hemos depositado esos tesoros, allí estará nuestro corazón. Si es un tesoro, significa que es valioso para nosotros; si lo consideramos valioso ya andaremos preocupados por no perderlo, o porque no nos lo roben; andaremos afanamos en su entorno, lo queremos cuidar, no queremos que nos lo roben, muchas veces en lugar de ser motivo de felicidad será motivo de preocupación, una preocupación que nos impedirá disfrutar de las cosas más sencillas que pueda haber cerca de nosotros; lo convertiremos en centro de nuestra vida, en él sin querer, o queriendo, hemos puesto nuestro corazón. De alguna manera hemos puesto como esclavo de ese tesoro a nuestro propio corazón.

¿Cuáles son las cosas que verdaderamente han de ser tesoros de nuestra vida? volvemos a la pregunta del principio porque en su respuesta encontraremos un camino de sentido, de búsqueda de los verdaderos valores. Esta tendría que ser la verdadera pregunta que tuviéramos que hacernos;  cuando encontremos esos verdaderos valores entonces habremos encontrado el tesoro que merece de verdad la pena. Y ya sabemos cómo andamos en la vida encandilados por tantos oropeles, tantos brillos que nos encandilan y nos distraen del verdadero camino.

Es cierto que tenemos que echar mano de bienes materiales, que necesitamos de cosas materiales que tienen un valor económico y que nos van a valer para ese intercambio, que llamamos comercio, con lo que podremos adquirir unos bienes que contribuyan a una vida mejor y más digna. No podríamos adquirir eso que necesitamos si no contáramos con esos bienes económicos y materiales. Claro que siempre consideraremos que no solo en la posesión, uso y disfrute de esas cosas es donde vamos a encontrar la verdadera felicidad. No podemos perder la perspectiva de su finalidad para que no los convirtamos en tesoros de nuestra vida que al final terminarán esclavizándonos.

Es ahí donde tienen que aparecer los verdaderos valores de nuestra vida y la madurez con que iremos usando esos bienes materiales que tenemos o que necesitamos. Como nos dice hoy Jesús después de la parábola del administrador injusto que escuchábamos ayer, ‘ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Sepamos administrar esos bienes con toda fidelidad porque ‘el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto’. Ahí tenemos que saber ser fieles, ahí tenemos que saber encontrarle su verdadero sentido, ahí se irá mostrando la rectitud de nuestra vida, y así descubriremos lo que son las verdaderas metas de nuestra existencia, ahí sabremos actuar con verdadera libertad para no dejarnos esclavizar, para no convertirnos en dependientes de esos bienes materiales como si fueran lo único importante de la vida y del mundo.

Por eso nos dirá Jesús que no podemos servir a dos señores. ¿Cuál es el verdadero señor de nuestra vida? no dejemos que nada ni nadie se enseñoree de nuestra vida, de nuestra voluntad. Nos dirá Jesús que ‘no podemos servir a Dios y al dinero’. ¿No nos está hablando Jesús continuamente del Reino de Dios? Cuando  hablamos del Reino de Dios es porque reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida, nada ni nadie puede ser señor de nuestra vida, y desde ahí entonces comenzaremos a actuar con nuevos valores que nos llenen de plenitud.

‘Los fariseos, que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de él’, nos dice el evangelista. ¿No nos sucederá de manera parecida cuando hoy queremos hablar de estas cosas y de ese verdadero sentido que tendrían que tener las cosas materiales? No nos importe, vivamos nuestra rectitud, vivamos nuestros valores, no nos vamos a dar de justos, pero sí queremos vivir conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón.

 

viernes, 4 de noviembre de 2022

Es necesario dar un testimonio luminoso y valiente de lo bueno que realizamos para todos entendamos que podemos hacer un mundo mejor

 


Es necesario dar un testimonio luminoso y valiente de lo bueno que realizamos para todos entendamos que podemos hacer un mundo mejor

 Filipenses 3, 17 – 4,1; Sal 121; Lucas 16, 1-8

Los intereses que tengamos en la vida es lo que habitualmente nos mueve, nos impulsa a muchas cosas y nos ayuda en verdad a descubrir cuál es el sentido que le damos a las cosas, el sentido que le damos a la vida. Intereses que se nos pueden convertir en una obsesión que nos ciega y donde parece que la vida no tiene otro sentido sino esos intereses que nos mueven. En ese terreno se mueven nuestras pasiones como en ese terreno es donde aparecerá la espiritualidad con que vivimos o el materialismo que nos ciega.

Es necesario tener claro a dónde vamos, por qué nos movemos, en qué cosas ponemos en verdad nuestra felicidad, aunque algunas veces podamos engañarnos. Y ya sabemos que cuando queremos conseguir aquello que nos interesa, ya aparecerá nuestro ingenio para buscar caminos y salidas, dando los rodeos que sean necesarios para finalmente alcanzarlo; es la astucia con que actuamos tantas veces en la vida.

Sigue en el fondo la pregunta, ¿y qué es lo que realmente nos mueve en la vida? y nos estamos haciendo esta reflexión entre unas personas que nos consideramos cristianos, que nos consideramos creyentes, que nos podemos considerar incluso muy religiosos. ¿Se notará en este actuar de nuestra vida, en esos intereses por los que nos movemos, la postura de un creyente, la postura de un cristiano? ¿Es lo que en verdad está dando sentido y valor a la vida, a lo que hacemos? ¿Ponemos tanto empeño en darle ese cariz y ese sentido a la vida, iluminada por la fe, como el que ponemos en nuestros negocios, en nuestras tareas y responsabilidades de cada día?

En este mundo complejo en el que vivimos, en el que no nos es tan fácil manifestarnos como creyentes y defender nuestros valores cristianos, algunas veces parece que nos falta arrojo y valentía, vivimos como acobardados y con miedo, queremos ser prudentes, decimos, para no provocar, pero quizá estamos callándonos en cosas que son fundamentales, que nos dan un sentido, y con lo que tendríamos que contribuir al bien de la sociedad en la que vivimos. Pero no aparecen esos testigos, no terminamos de dar la cara los cristianos, seguimos andando como a ocultas y casi preferimos meternos en las catacumbas, que salir a la luz pública con nuestros principios y valores.

Hoy nos habla el evangelio de la astucia con que tenemos que andar en la vida. Nos propone Jesús una parábola que muchas veces nos cuesta entender; nos habla de aquel administrador que había actuado injustamente y al que se le iba a pedir cuentas; se está viendo en la calle sin tener donde caerse muerto, como se suele decir, porque sabe que va a ser condenado por su injusto actuar, donde quizás había arrimado el ascua a su sardina para poder obtener ganancias injustas. En sus manos está el bajar los intereses que le había impuesto a aquellos deudores de su amo – intereses que en la forma de administración de entonces eran sus ganancias – porque así se ganaba la voluntad de aquellos deudores que luego podrían echarle una mano cuando se viera despedido.

Actuó con astucia, siendo capaz de perder en aquellos intereses con tal de obtener un buen fin en quien le acogiera en los momentos difíciles. Y termina la parábola alabando el amo a aquel administrador, no porque había administrado mal, sino por la astucia con que ahora había actuado. Y termina diciéndonos Jesús como conclusión de la parábola: ‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz’.

Es lo que hemos venido planteándonos de cuales son en verdad los intereses de nuestra vida y por los que estaríamos dispuestos a hacer lo que sea. ¿No tenemos que ser en verdad luz en medio del mundo con el testimonio de nuestras obras de luz? No andemos ocultándolas, busquemos la manera también utilizando los medios que hoy podemos tener en nuestras manos para dar ese testimonio, para manifestar valientemente ante el mundo esas obras de luz que realizamos.

Algunas veces parece que nos falta marketing para que la Iglesia en verdad haga saber, no como un alarde sino como un testimonio luminoso, esas obras que en su seno se realizan. ¿Sabe realmente la sociedad lo que a través de Cáritas se realiza? ¿Se conoce claramente el sacrificio hasta heroico que muchos religiosos y religiosas realizan en tantos hogares en que se acoge a los que nos los más despreciados de nuestro mundo, ancianos, discapacitados de todo tipo, los más pobres y los más abandonados de nuestra sociedad? ¿Se tiene conciencia en la sociedad que nos rodea de la labor de tantos voluntarios que en tantas obras de la Iglesia dedican su tiempo y su vida para acompañar, para ayudar, para levantar a tantos caídos en los que nadie se fija? Y así podríamos pensar en muchísimas cosas más.

No queremos medallas ni reconocimientos, pero si es necesario dar ese testimonio que el mundo necesita para que nos demos cuenta que podemos hacer un mundo mejor.

jueves, 3 de noviembre de 2022

En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, de misericordia y de perdón, presencia del Dios misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores

 


En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, de misericordia y de perdón, presencia del Dios misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores

Filipenses 3, 3-8ª; Sal 104; Lucas 15, 1-10

Se perdió, ¿qué le vamos a hacer? ya volverá, ya buscaremos otra. Nunca escucharemos en esa actitud pasiva a un pastor al que se le extravía una oveja en el campo. La saldrá a buscar, la llamará, irá por todos los sitios donde han ido en el día y se habrá podido perder, removerá hasta las piedras si fuera necesario porque ha de encontrar la oveja perdida; no es una oveja más, no es un número en el conjunto de su rebaño, es su oveja, que conoce, que ama, que hará todo lo posible por encontrarla. Son los sentimientos también de cualquiera que tiene animalitos a su cuidado, no le gusta que se les enfermen, que se les mueran, hará lo posible por no perderlos, es que quieras que no se ha establecido una relación muy bonita y muy especial; llora el pastor por su oveja perdida, llora quien tiene un animalito a su cuidado y lo puede perder.

¿Cómo no iba a utilizar Jesús esa imagen para expresar cómo Dios nos ama y nos busca? El motivo se lo están dando aquellos que lo critican porque anda con pecadores, y se mezcla y come con toda clase de gente, ya sean publicanos, ya sean prostitutas, ya sean pecadores. Como dirá en otra ocasión el médico no es para los que están sanos o se sienten sanos, sino para los enfermos, para los pecadores.

Está hablándonos Jesús del amor de Dios que quiere que todo hombre se salve. Que nos llama y que nos busca como el pastor que busca a la oveja perdida, que nos ofrece su abrazo de perdón y espera como el padre bueno la vuelta del hijo, que manifiesta la alegría de la mujer que ha encontrado la moneda que se le había extraviado y llama a amigas y vecinas para anunciarles que la he encontrado. Por eso nos habla de la alegría del cielo.

Es el amor y la misericordia del Señor, se ha manifestado a través de toda la historia de la salvación que es una historia de infidelidades por parte de su pueblo escogido pero es la historia del amor de Dios que llama a su pueblo de Egipto para liberarlo de la esclavitud, que lo conduce por el desierto ofreciéndole el agua manada de la peña, el maná que cada mañana cae del cielo, pero la guía segura y con mano fuerte de Moisés que los conduce a la tierra prometida. Es la historia de los patriarcas y profetas que como signos de Dios han estado siempre al lado de su pueblo en el camino para que no pierda su rumbo. Pero es la historia que tiene su culminación cuando porque tanto nos ama nos envió a su hijo único para que todos tuviéramos vida y vida en abundancia. Es una historia de amor.

En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, un rostro de misericordia y de perdón, una presencia del Dios compasivo y misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores, una muestra suprema de lo que es el amor cuando por nosotros se entrega y da la vida para que nosotros tengamos vida, para hacernos participes de la vida de Dios. Recorramos las páginas del evangelio y no estaremos contemplando otra cosa que lo que es el amor de Dios. Por eso es evangelio, por eso es buena noticia, que hemos de creer, a la que tenemos que convertirnos, de la que tenemos que convertirnos en signos para los demás.

Tenemos que aprender a gozarnos en ese amor, porque experimentamos en nosotros lo que es ese amor y esa misericordia porque nosotros también somos pecadores. Esa alegría del cielo por un pecador que se convierte, hemos de experimentarla y vivirla en el día a día de nuestra vida. Cuidado que perdamos esa sensibilidad, cuidado que ya no demos importancia a los pecadores que vuelven al seno del redil, cuidado nos acostumbremos a muchos actos piadosos y no seamos capaces de saborear la alegría del perdón y del amor renovado.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

La conmemoración de los difuntos es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, tenemos la esperanza de que viven en Dios para siempre

 


La conmemoración de los difuntos es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, tenemos la esperanza de que viven en Dios para siempre

 Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Aunque por razones laborales la visita a nuestros cementerios y el recuerdo de los difuntos se queda más reducida al día primero por ser festivo, no podemos olvidar el sentido de cada celebración y que verdaderamente la conmemoración de los fieles difuntos litúrgicamente la celebramos en este día 2 de noviembre.

¿Qué significa esta conmemoración? ¿Es solamente un recuerdo? Si escuchamos lo que los medios de comunicación nos expresan de lo que hacemos en este día pareciera que todo se queda en eso, en un recuerdo; vamos allí junto a sus tumbas, como queriendo decir que no olvidamos a los seres queridos que han muerto y como quien hace un regalo a la madre cuando la va a visitar, le lleva un ramo de flores para adornar su tumba.

Seguro que para quienes han perdido la trascendencia de la vida, no tienen esperanza de otra vida, claro que se ha de quedar en un recuerdo de algo que fue y de lo que intentamos recordar lo mejor; es precisamente lo que se dice como consuelo en esos momentos que nos llenan de cierta tristeza, que recordemos las mejores cosas de la vida que nos dejaron los que ya se marcharon. Claro que el corazón tira y empuja por algo más que un recuerdo frío o emocionado, porque de alguna manera no queremos separarnos de aquellos a los que amamos y queremos sentir vivas ya no solo en nuestro recuerdo sino en nuestro corazón a nuestros seres queridos difuntos.

Y es que en el fondo aunque queramos hacer un mundo donde vamos queriendo evitar esos sentimientos religiosos, donde se ha perdido un sentido creyente de la vida y una esperanza de algo más, de una vida sin fin, en el fondo del corazón siempre hay un ansia de algo más, de algo superior, de algo que verdaderamente eleve nuestra vida dándole un nuevo sentido y una nueva trascendencia. En el fondo, queramos o no, somos unos seres espirituales, que ansiamos lo espiritual, que buscamos lo sobrenatural, porque en el fondo buscamos a Dios. Solo en El podemos encontrar la verdadera plenitud de nuestra existencia.

Por eso para el cristiano esta conmemoración que hoy hacemos no se queda en un mero recuerdo ni en una ofrenda de flores que hagamos para adornar la tumba de nuestros seres queridos. Es sentir que está viva una unión espiritual con aquellos seres que amamos aunque la muerte nos los haya arrancado de nuestro lado.

Es de alguna manera sentir su presencia espiritual porque sabemos que viven, porque nosotros tenemos esperanza de vida eterna. Por eso nuestra conmemoración se convierte también en oración, porque es una manera de sentirnos unidos espiritualmente a ellos, pero también es la oración confiada al Padre en cuyas manos hemos puesto a nuestros seres queridos confiando en su misericordia.

Es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, porque tenemos la confianza y la esperanza de que ellos ya vivan en Dios para siempre. Nuestra oración quiere ser intercesión para obtener la misericordia de Dios, pero al tiempo es acción de gracias por el regalo que en vida tuvimos en aquellos seres que nos amaron y a quien nosotros amamos, y acción de gracias por la fuerza que en el Señor recibimos para vivir el dolor de la separación.

Lo hacemos confiados en la Palabra de Jesús que promete vida eterna para quienes en El ponemos toda nuestra fe y nuestra esperanza. ‘Quien cree en mí aunque haya muerto vivirá… y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Sentimos al mismo tiempo como Jesús viene a nosotros como se acercó aquel día a aquel hogar de Betania donde había fallecido Lázaro, para llenarnos a nosotros también de paz y para poner fortaleza en nuestro corazón.

martes, 1 de noviembre de 2022

Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

 


Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Tenemos hoy una celebración en la liturgia que nos invita a mirar hacia lo alto, a poner grandes metas en nuestra vida y a despertar nuestra esperanza en medio de un mundo demasiado ensombrecido, y mira cómo de alguna manera la hemos descafeinado desde convertirla por una parte en una fiesta solo del recuerdo de difuntos, o la hemos dejado envolver por nuevas costumbres que parecería más bien que nos llenarían de terror nuestros espíritus.

Litúrgicamente celebramos la fiesta de todos los Santos y el texto del Apocalipsis que se nos ofrece en la primera lectura de esta fiesta nos habla de una multitud inmensa que nadie podría contar que cantan bendicen la victoria de nuestro Dios, la victoria del Cordero. Ese texto ya sería suficiente para elevar nuestro espíritu y hacernos aspirar a esa gloria del cielo. Si un día le habían preguntado los discípulos a Jesús si serían muchos los que se salven, hoy tenemos la respuesta, en esa multitud innumerable. ‘Los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero, vienen de la gran tribulación y son los que buscan el rostro del Señor’.

Podemos formar parte de esa inmensa muchedumbre. ¿Qué es lo que necesitamos? Hacer una opción seria en la vida. Es cierto que Dios nos ofrece la salvación, pero ante nosotros se abren diversos caminos; caminos espaciosos y amplios, y caminos que a veces nos pueden parecer estrechos y llenos de dificultades. Es la opción por el camino de la vida, es la opción de vivir como los hijos de Dios, es la opción por vivir el Reino de Dios. Y eso tiene sus exigencias.

Pero es una invitación y una llamada de parte de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’ El nos llamó, El nos invitó, El nos quiere como hijos. ‘Seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. No terminamos de considerar esa grandeza, esa dignidad. Con qué facilidad lo olvidamos. Y sin embargo tiene que ser el motor de nuestra existencia, lo que nos va a hacer buscar la dignidad y la grandeza de toda persona, lo que va a poner un sabor nuevo en nuestra vida, lo que tiene que convertirse en una luz para nuestra humanidad tan llena de sombras.

¿Qué es lo que nos propone Jesús hoy en el Evangelio? Ese camino nuevo que da nuevo sabor a nuestra vida y a nuestro mundo, las bienaventuranzas. No son utopías, no son palabras bonitas que traten de consolarnos en nuestras desesperanzas y en nuestros llantos. Es un camino cierto de vida y nos va a llevar a la mejor felicidad, a la mayor plenitud para nuestra vida.

‘Dichosos los pobres en el espíritu, comienza diciendo Jesús, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Jesús había comenzado anunciando la llegada del Reino de Dios y nos invitaba a la conversión, a creer en la Buena Noticia que se nos anunciaba, la llegada del Reino de Dios. Este es el primer paso para ese gozo del Reino de Dios, elegidos esa pobreza de espíritu, ese vaciarnos de tantas cosas que nos saturan de tal manera que no llegamos a saborear la vida en su auténtico sabor.

Cuántos pedestales vamos poniendo tantas veces en la vida para hacernos los engreídos y poner distancias entre unos y otros, qué distancias nos crean nuestros orgullos; de cuántos apegos vamos llenando el corazón de manera que ya no daremos cabida a los que están a nuestro lado; cuántas cosas vamos acumulando, tristezas, resentimientos, envidias, violencias descontroladas, malicias y desconfianzas que nos llenan de tormento y nos quitan la paz; cuánta cerrazón para mirar solo por nosotros mismos y no saber tener un corazón compasivo para el que sufre a nuestro lado; con tantas cosas se nos va enturbiando la vida, la visión como si una catarata cubriera nuestros ojos y ya no seremos capaces de ver y contemplar la luz.

Por eso cuando llegamos a comprender el sentido de esta primera bienaventuranza, lo demás irá fluyendo casi como de forma espontánea. Será cuando llenemos de mansedumbre el corazón y que distinto será nuestro trato y nuestra convivencia con los que están a nuestro lado; será cuando aprenderemos a compartir porque nadie a nuestro lado podrá pasar necesidad; será cuando seremos en verdad comprensivos y misericordiosos con los demás, porque habremos disfrutado de esa misericordia y compasión que Dios ha tenido con nosotros para perdonarnos y hacernos cambiar de vida; nuestra mirada será limpia y podremos contemplar a Dios pero también veremos con mirada distinta a los hermanos que caminan a nuestro lado; gozaremos de auténtica paz en el corazón pero al mismo tiempo seremos siempre constructores e instrumentos de paz; no nos importa ser incomprendidos por lo que hacemos y que incluso podemos encontrar oposición en contra porque tenemos la certeza de que caminamos el camino de la vida y estamos realmente construyendo el Reino de Dios.

¿Puede haber una dicha más grande? ¿Cambiamos la felicidad que sentimos en el corazón por la felicidad falaz que nos ofrece el mundo? Nuestra vida tiene ya un nuevo sabor; queremos contagiar de ese sabor al mundo que nos rodea, porque tenemos esperanza y creemos que es posible realizar y hacer presente el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida.

lunes, 31 de octubre de 2022

El amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos, cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos

 



El amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos, cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos

Filipenses 2,1-4; Sal 130; Lucas 14,12-14

No hace falta andar con muchos protocolos. ¿Quiénes son los que habitualmente sentamos a nuestra mesa, participan de nuestras fiestas de cumpleaños, o habitualmente invitamos a comer? Normal, nuestra familia, las personas más cercanas a nosotros, nuestros amigos, algún compañero de trabajo o acaso algún vecino por aquello del compromiso de que están cercanos a nuestra casa y bueno, vamos a tenerlos de buenos amigos. Aquellos que nos invitan también a nosotros, que nos hacen participar de sus fiestas, aquellos con los que contamos para alguna ocasión especial o para salir en un momento determinado de un apuro.

Pero Jesús hoy parece que rompe todos los protocolos. Fue en la ocasión en la que ya hizo su comentario especial, como escuchamos el pasado sábado, sobre los lugares que ocupamos o queremos ocupar en la mesa del banquete. Ya lo comentamos. Ahora se dirige de manera especial al dueño de la casa, al que ha hecho la invitación para aquella comida. Y viene a decirnos lo que se salta todas las normas, por así decirlo.

Es bueno escuchar una vez más el texto concreto de las palabras de Jesús. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Está claro, no podemos sentirnos pagados por invitar a alguien porque él se siente obligado luego a invitarte a ti también. Parece un negocio. Yo te doy, tú me das; yo te ayudo, tú me ayudas. Aquello de que yo quiero a mis amigos, a los que se portan bien conmigo; aquello de que echamos una mano en las tareas, pongamos agrícolas, para que ellos a su vez a su tiempo me echen una mano a mí. Y nos encontramos con aquellos a quienes nunca nadie ayuda, porque ellos tampoco ayudan nunca a los demás. Son los protocolos de intereses que nos vamos creando en nuestras relaciones y que, reconozcámoslo, le dan pobreza a nuestras relaciones.

Son claras las palabras de Jesús. A los que no puedan pagarte, a los que no pueden corresponder invitándote a ti. Es la calidad del amor que es desinteresado; es la calidad del amor que se hace sublime porque amamos simplemente porque nos damos, amamos porque queremos al otro más allá de sus cualidades o sus valores; amamos porque entendemos que la riqueza de nuestra vida es cuando nos damos, porque darnos no nos empobrece sino todo lo contrario.

Y reconozcamos que esto a muchos les cuesta entenderlo. Por supuesto que nos sentimos felices cuando somos amados y tratamos de corresponder a ese amor con nuestro amor. Pero el amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos. Así es el amor de Dios, el amor que El nos tiene, así tiene que ser nuestro amor verdadero.

Por eso el que ama siempre es comprensivo; el que ama de verdad siempre está dispuesto a perdonar; el que ama cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos; el que ama se da y lo hace siempre con generosidad, lo hace siempre sin tener en cuenta medidas. Qué bello es el amor, qué bello es amar como nos ama Dios, qué bella haríamos la vida, qué felices podríamos ser todos.

domingo, 30 de octubre de 2022

Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa y al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’

 


Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa y al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’

Sabiduría 11, 22 – 12, 2; Sal 144; 2Tesalonicenses 1, 11 – 2, 2; Lucas 19, 1-10

‘Ha ido a hospedarse en casa de un hombre pecador’, es el comentario de todos. Habían acudido muchos a ver a Jesús, a escuchar a Jesús a su paso por Jericó camino de Jerusalén. Otros acontecimientos nos ha narrado el evangelista al paso de Jesús por aquella ciudad, todos recordamos al pobre ciego del camino, ante el que Jesús también se había detenido y lo había mandado llamar. Claro que el ciego con sus gritos se hacía oír. Pero ahora Jesús se detiene ante quien no grita – al menos sus gritos no se escuchan aunque desde el corazón esté gritando – pero que también está allí en búsqueda de conocer a Jesús aunque quiere pasar desapercibido. Y será ahora Jesús quien tome la iniciativa. ‘Baja enseguida que quiero hospedarme en tu casa’.

Las iniciativas de Dios que no siempre terminamos de comprender. Ahora la gente está murmurando. Claro que Dios es quien conoce nuestro corazón y nosotros parece que no terminamos de conocer el corazón de Dios. Por eso se nos hacen incomprensibles muchas cosas que nos suceden en la vida. Cuando no somos capaces de abrirnos al corazón de los demás, también se nos hace difícil abrir nuestro corazón a Dios. Qué difícil se nos hace entrar en sintonía. Juzgamos con nuestros criterios y algunas veces nos volvemos mezquinos. Todo lo queremos pasar por nuestro crisol y algunas veces está sucio, maleado. Y ponemos pegas, y nos hace nuestros juicios, y somos fáciles a condenar.

Aquel hombre, es cierto, era un publicano, un recaudador de impuestos con todos los prejuicios que ello conllevaba, un pecador. Los que se habían fijado en él cuando había querido abrirse paso para ponerse en lugar apropiado para ver pasar a Jesús, solo veían en él, eso un publicano y un pecador. Entre ellos parecía que no podía haber lugar para aquel pequeñajo. Cuántas veces nos apartamos, cuántas veces no dejamos lugar, cuántas veces no queremos mezclarnos ni que nos vean con ‘esas’ personas, cuántas veces vamos poniendo barreras, no queremos permitir su presencia. Nuestros prejuicios que se hacen condenas.

Pero aquel hombre, sin que manifestara nada, quería ver pasar a Jesús. Y es ante aquel hombre, escondido entre los ramajes de la higuera ante quien se detiene Jesús. Algunos incluso de extrañarían de que Jesús se detuviera en aquel lugar, porque por no ver no se habían fijado en que allí estaba Zaqueo. No nos fijamos y quizás nos estamos perdiendo algo importante. No nos fijamos y tan entretenidos estamos en nuestros pensamientos o nuestros intereses y no nos damos cuenta que quizá Jesús se ha detenido a nuestra puerta, se ha detenido a nuestro lado. Jesús quiere también hospedarse en nuestra casa.

Aunque estamos haciéndonos consideraciones sobre lo que nos cuenta el evangelio de lo sucedido aquel día en Jericó con tanta riqueza de detalles que podemos contemplar en este pasaje, hoy lo escuchamos no como algo sucedido entonces, sino como algo que sucede en el hoy de nuestra vida.

Hoy Jesús pasa por nuestro Jericó, el Jericó de nuestra vida también tan convulsa y agitada, con la diversidad de personas con las que nos vamos cruzando o con las higueras tras cuyos ramajes también a veces nos vamos ocultando, con nuestros prejuicios de todo tipo o nuestras miradas interesadas, con nuestros entretenimientos que nos distraen o también con las locas carreras de nuestras tareas y trabajos. Y hoy Jesús quiere detenerse junto a nosotros, al pie de nuestra higuera aunque tan entretenidos estamos que nos parece que no va con nosotros. Y también nos está invitando a bajar. ‘Hoy Jesús ha venido a hospedarse en casa de un hombre pecador’, en mi casa.

El evangelio no es un ayer, el evangelio es un hoy que llega a nuestra vida. Es un dejarnos mirar cara a cara por Jesús, no teniendo miedo a ponernos con la cruda realidad de nuestra vida ante El. No es fácil. También podemos tener nuestros miedos en el corazón. También nos costará dar ese paso adelante para bajarnos de nuestra higuera, pero sobre todo para abrir de par en par y con alegría generosa la casa de nuestro corazón a Dios. Siguen habiendo muchos apegos que hagan chirriar los goznes de nuestra puerta para poderla abrir de par en par o haya muchas cosas que queremos seguir ocultando.

Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa. Ojalá al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’.