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sábado, 19 de junio de 2010

Confiadle vuestras preocupaciones que El se preocupa de vosotros

2Cron. 24, 17-25;
Sal. 88;
Mt. 6, 24-34

Todos sabemos muy bien que el primer mandamiento de la ley de Dios es ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’, o como nos dice el Deuteronomio ‘con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todo tu ser’. Ya sabemos que es quizá el mandamiento que a la hora de hacer un examen de conciencia es en el que menos nos detenemos porque damos por sentado que amamos a Dios así, sobre todas las cosas. Pero ¿es en realidad así?
Si amamos a Dios sobre todas las cosas, no habrá nada en el mundo que pongamos por encima de ese amor a Dios. Pero ¿no nos sucederá que en la práctica de nuestras vidas hay cosas que anteponemos al amor a Dios? En realidad tenemos que decir que nuestro pecado a la larga no ha sido otra cosa que anteponer otras cosas a ese amor de Dios, ya sean nuestros gustos o apetencias, ya sean nuestras pasiones o nuestros caprichos, ya sea el prurito de quedar bien ante los ojos de los hombres, o nuestro propio orgullo o amor propio.
Hoy nos dice Jesús que no podemos servir a la vez a dos señores, ‘porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo’. Por eso terminará diciéndonos Jesús, - y es continuación de lo que ayer escuchábamos de ‘donde está nuestro tesoro, está nuestro corazón’ – y nos lo dice de una forma muy firme: ‘No podéis servir a Dios y al dinero’.
Quiere enseñarnos Jesús cómo hemos de poner todo nuestro amor y toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre, que nos ama y que nos cuida. Y nos habla Jesús de nuestras preocupaciones por la comida, por el vestido y por todas esas necesidades materiales y humanas que tenemos cada día. Dios es un Padre providente que nos cuida y se preocupa por nosotros. Nos hace la comparación de las aves del cielo o las flores del campo a quienes Dios cuida y llena de belleza y encanto. ‘¿No valéis vosotros más que ellos?’
No significa que no tengamos que atender a nuestras responsabilidades, que tengamos que trabajar para ganarnos el sustento y para atender a los que están a nuestro cargo. En la parábola de los talentos nos habla de esa responsabilidad y es bien duro con quien no la ha sabido cumplir. Pero quiere el Señor que no andemos con agobios y desesperanzas. Que confiemos más en el Señor. Que busquemos lo que es verdaderamente importante. ‘Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura’.
En este sentido Pedro en su primera carta nos dice algo hermoso: ‘Así pues, humillaos bajo la mano poderosa de Dios… confiadle todas vuestras preocupaciones, puesto que El se preocupa de vosotros’. Hermoso mensaje para poner siempre toda nuestra confianza en Dios.
El amor de Dios y la confianza en El que es nuestro Padre siempre por encima de todo. Que nada nos pueda apartar de ese amor de Dios. Que no pongamos nada en la vida en el lugar de Dios que para nosotros siempre ha de ser el primero en todo. Porque además tendríamos que recordar aquello de ‘no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’.

viernes, 18 de junio de 2010

¿En qué tesoro hemos puesto nuestro corazón?

2Reyes, 11, 1-4.9-18.20;
Sal. 131;
Mt. 6, 19-23

‘Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón’. A aquella persona le habían regalado una joya muy valiosa, un hermoso anillo, por ejemplo, engarzado de brillantes. No sabía que hacer con él. Se lo ponía, lo guardaba, se lo enseñaba a sus amigos, buscaba continuamente donde esconderlo para que no se lo robasen; no hacía sino pensar en ello, eran todos sus sueños; en sus nervios algunas veces hasta dejaba de lado alguna de sus responsabilidades porque no lo podía quitar de su mente, era lo más preciado para su vida. Era su tesoro. Y todo parecía girar ahora en su vida en torno a aquel tesoro. ¿Será ése el único tesoro importante en la vida?
‘Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón’, nos dice Jesús. ¿Cuál es nuestro tesoro? ¿Quizá podemos pensar en esas cosas o bienes materiales, en esas riquezas humanas, por las que algunas veces luchamos tanto, esa joya preciosa que un día nos regalaron o nosotros adquirimos? ¿Será quizá el saber o la sabiduría, la riqueza de nuestros conocimientos o de las ciencias? ¿Cuáles serán otros tesoros que podemos obtener en la vida?
¿Dónde está nuestro tesoro? ¿Dónde tenemos nuestro corazón? Jesús habla en otro lugar del evangelio de la perla preciosa o del tesoro escondido por el que lo damos todo. El hombre que vende todo lo que tiene por obtener aquella perla preciosa, por conseguir aquel tesoro escondido.
¿Cuál será ese tesoro por el que nosotros somos capaces de dar todo lo que tenemos? Jesús nos dice hoy en el evangelio que guardemos ese tesoro donde la polilla y la carcoma no lo puedan roer, o los ladrones robar. Y nos dice: ‘Amontonad tesoros en el cielo donde no hay polilla ni carcoma que se los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben…’
Podemos pensar en nuestra fe, el hermoso tesoro de nuestra fe en Jesús. Podemos pensar, en consecuencia, en todo lo que es nuestra vida cristiana de seguimiento de Jesús que tenemos que cuidar, en lo que tenemos que empeñarnos seriamente. Podemos pensar en ese tesoro de la vida de la gracia que hemos recibido por los méritos de Cristo en nuestro Bautismo y que tanta grandeza nos ha dado, tanta dignidad excelsa que nos ha hecho hijos de Dios. Podemos pensar en ese hermoso tesoro de nuestro amor y nuestra buenas obras, verdadera riqueza que podemos guardar junto a Dios en el cielo y que tenemos que hacer crecer más y más. Podemos pensar, por supuesto, en tantos valores humanos y espirituales que enriquecen nuestra vida por dentro, que nos ayudan a relacionarnos debidamente los unos con los otros, que nos hacen felices y que hacen felices a los demás.
¿Valoraremos así nosotros nuestra vida cristiana como un hermoso tesoro que tenemos que cuidar, del que tenemos que estar orgullosos y con la que podemos presentarnos como buenos testigos ante el mundo que nos rodea? Es algo que no podemos ocultar; algo que no podemos perder; algo que tenemos que cuidar como la mayor de nuestras riquezas.
Pueden acercarse ladrones a nuestra vida que quieran arrancar de nosotros ese don de la fe; pueden aparecer polillas y carcomas que nos puedan debilitar esa vida de la gracia cuando vamos dejando introducir en nosotros todo aquello que nos puede poner en peligro nuestra vida cristiana; pueden aparecer dudas que nos cieguen para conocer la verdad, cuestionamientos que nos hacen tambalear en nuestros principios y valores, tentaciones que nos ponen en peligro, que si no estamos bien fortalecidos debiliten nuestra vida y nuestra fe, y nos conduzcan a la muerte llevándonos al pecado que arranca la gracia divina de nuestro corazón.
Cuidemos ese verdadero tesoro de nuestra vida, nuestra fe, nuestra vida cristiana, la gracia que Dios nos ha regalado, las obras del amor.

jueves, 17 de junio de 2010

Hagamos profesión de nuestra condición de hijos al rezar el Padrenuestro

Eclesiástico, 48, 1-15;
Sal. 96;
Mt. 6, 7-15

‘Cuando recéis no uséis muchas palabras… vosotros rezad así…’ Y nos propone Jesús como modelo de nuestra oración el Padrenuestro. Ya en lo que escuchábamos ayer nos decía cómo habíamos de interiorizar dentro de lo secreto de nuestro corazón para orar a Dios, para sentir su presencia y escuchar a Dios. Hoy nos propone el modelo de nuestra oración. Mucho tendríamos que meditar sobre ello para aprender a orar de verdad tal como Jesús quiere que sea nuestra oración.
San Cipriano, Obispo y mártir de la Iglesia primitiva y gran doctor de la Iglesia hace una hermosa explicación del padrenuestro que quienes rezamos la Liturgia de las Horas tenemos oportunidad en estos días de leerlo en el Oficio de lectura. Entresaco algún párrafo que nos ayude en esta breve reflexión en nuestra celebración.
‘¡Cuán importantes, nos dice, cuántos y cuán grandes son los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros – dice el Señor – rezad así: Padre nuestro que estás en los cielos…
El hombre nuevo,
continúa diciéndonos, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa – dice el Evangelio – y los suyos no la recibieron. Pero a cuántos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos’.
Muchos más párrafos podríamos entresacar de los comentarios de san Cipriano, pero bástenos este breve párrafo. Creo que si consideráramos bien la dicha que tenemos de poder llamar a Dios Padre seguro que nuestra oración y nuestra vida toda sería bien distinta. Es algo que no hemos de cansarnos de considerar. Dios es mi Padre que me ama. Es nuestro Padre que nos ama. Con cuánta confianza hemos de acudir a El no sólo en nuestras necesidades, sino en cada momento de nuestra vida para gozarnos en su amor.
Por ahí tendríamos que comenzar cada vez que rezamos el Padrenuestro, saborear esa palabra, saborear que podamos llamarlo Padre y podemos sentirnos sus hijos. De ahí fluiría nuestra oración de una forma hermosa. De esa dicha vivida en lo hondo de nuestro corazón nuestra actitud hacia Dios sería bien distinta. ¿Cómo no vamos a querer glorificarle en todo momento? ¿Cómo no vamos a reconocerle en verdad como nuestro Rey y Señor, el verdadero centro y motor de toda nuestra vida? ¿Cómo no vamos a mostrarle todo nuestro amor buscando siempre y en todo lo que es su voluntad?
Sabiendo cuánto nos ama, como nos dice hoy, ya no necesitaríamos muchas palabras para presentarle nuestros deseos o las peticiones por aquellas cosas que nos preocupan, porque sabemos que siempre están en su presencia. Sabiéndonos amados así de Dios que es nuestro Padre sentiremos al mismo tiempo su fuerza y su gracia que nos libera del mal, nos hace fuertes en la tentación, nos hace amar de una manera nueva a los demás incluyendo siempre el perdón.
Aprendamos a saborear la oración del Padrenuestro. Meditémosla muchas veces, diciéndola pausadamente, deteniéndonos en cada palabra, en cada invocación. Evitemos toda rutina al hacer nuestra oración. Pensemos siempre cómo estamos en la presencia de Dios que nos ama y con cuánto amor tenemos que amarle.

miércoles, 16 de junio de 2010

No nuestra gloria, sino la gloria del Señor

2Rey. 2, 1.6-14;
Sal. 30;
Mt. 6, 1-6.16-18

Tenemos que dar testimonio con nuestra vida y nuestras obras de nuestra fe y de las maravillas que Dios hace en nosotros, pero lo que tenemos que buscar siempre es la gloria de Dios y no nuestra gloria. Jesús nos manda que seamos luz, lo hemos escuchado estos días, y que la luz tiene que ponerse en alto, en el candelero para que ilumine a todos; pero la luz que tenemos que trasmitir no es la de nuestros orgullos personales por aquello que hagamos, sino siempre la luz del Señor.
Sin embargo sentimos la tentación de querer el halago o la alabanza, buscando nuestra gloria. Cuando actuamos así oscurecemos las obras buenas que podamos realizar, y más bien convertirnos en pantalla que trata de ocultar la verdadera gloria del Señor. Es bueno que nos sintamos valorados, alimentar en cierto modo la autoestima porque veamos que somos capaces de hacer lo bueno. Pero hemos de cuidar evitar el orgullo y la vanidad. No nos puede faltar en la vida una buena dosis de humildad.
De todo esto nos previene Jesús hoy en el evangelio. De entrada nos está diciendo: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre del cielo’.
Jesús se fija en tres aspectos que eran muy importantes en la espiritualidad y en la práctica religiosa de todo buen judío, y que son también importantes en nuestro camino espiritual: la limosna, la oración y el ayuno.
Pero nos dice y nos repite. ‘No seáis como los hipócritas… como los farsantes…’ las gentes de doble cara, los que se dejan llevar por las apariencias, pues mientras quieren aparecer de una manera su corazón está torcido o lleno de malos deseos. Que no vayamos haciendo sonar la trompeta delante de nosotros cuando vayamos a hacer una cosa buena, a dar limosna o a compartir con los demás. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha’, nos dice.
En tu oración no puedes andar disipado, atendiendo más a la gente que te rodea que a Dios que te habla allá en lo secreto de tu corazón. Hace falta un recogimiento interior, un silencio no sólo en lo externo, sino en lo más interior de nosotros mismos. Sólo así podemos escuchar a Dios y entrar en diálogo de vida y de amor con El.
Y nos habla también del ayuno, que no puede ser sólo una cosa externa y formal. Esa renuncia a lo bueno que hacemos como signo de penitencia tiene que ser algo auténtico, surgido y realizado allá en lo más hondo de nosotros mismos. Como nos dice Jesús, ese ayuno no lo tiene que notar la gente sino que quien tiene que verlo es el Señor. Como nos dice ‘cuando ayunéis no andéis cabizbajos como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan…’ Fijaos en lo que dice ‘perfúmate la cabeza y lávate la cara’, porque no buscas que te alaben porque hagas una cosa buena, sino que lo que quieres es la gloria del Señor.
Que no es cuestión solo de renunciar a unos alimentos, sino de doblar en lo más hondo de nosotros mismos tantas apetencias que muchas veces nos hacen sentirnos inquietos y nos hacen perder la paz. En otro lugar el Señor nos dice que no ayunemos dando golpes y puñetazos, que no es ése el ayuno que el Señor quiere. Decimos que nos sacrificamos, pero no somos quizá de dominar nuestras violencias, decimos que queremos hacer penitencias, pero no tenemos amor en el corazón para con los demás, renunciamos a unos alimentos o a unas cosas, pero luego no sabemos compartir con los otros.
Que sea la auténtica conversión del corazón que se doble ante el Señor para reconocer su soberanía y su amor eterno.

martes, 15 de junio de 2010

Actitudes y acciones de muerte, arrepentimiento y actitudes nuevas de vida y amor

1Rey. 21, 17-29;
Sal. 50;
Mt. 5, 43-48

Algunas veces, sobre todo en el Antiguo Testamento, escuchamos historias duras llenas de maldad y de pecado. Pero normalmente después de esos relatos siempre hay una llamada del Señor invitando a la conversión y a la vuelta a El. Es lo que hemos venido escuchando ayer y hoy en el libro de los Reyes. Lo que escuchábamos ayer era una historia bien dura llena de maldad y de pecado, una historia de muerte, podríamos decir.
Ambiciones y sobornos, perjurios y testimonios falsos, homicidios y robos, idolatría… es lo que nos refleja el texto en la maldad y ambición tanto del rey Ajab como de la reina Jezabel que tanto influyó además en el reino de Israel para introducir la idolatría y el culto a los baales, como hemos venido escuchando con la historia del profeta Elías.
Pero si ayer escuchábamos esa triste historia hoy contemplamos como el profeta viene en nombre del Señor a anunciarle el castigo merecido a quien de tal manera se había portado. Quien vivía sumido en la muerte de la maldad y del pecado, sólo tendría muerte en su vida si no había conversión. Y es el arrepentimiento que surge reconociendo su culpa. ‘¿Has visto como se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado no lo castigaré…’
Nuestra respuesta fue en el salmo reconocer también nuestro pecado. ‘Misericordia, Señor, hemos pecado’, repetíamos. Lo tenemos que reconocer una y otra vez porque también somos pecadores, pero la misericordia del Señor es grande.
Por su parte en el evangelio seguimos escuchando el sermón de la montaña y lo que hoy nos dice también es una continuación de lo que ayer reflexionábamos. Vuelve a contraponer Jesús lo que decía y podía parecer totalmente normal y lo que tiene que ser el estilo nuevo de los que le seguimos. ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos’.
Es claro el mensaje de Jesús. El nos ha llamado para que seamos hijos, y en consecuencia tenemos que querernos todos como hermanos. No cabe entre los hijos el odio, el resentimiento, el rencor. Como hermanos hemos de saber perdonarnos. Porque además en algo tenemos que diferenciarnos de aquellos que no tienen fe. Los paganos, nos dice, aman y saludan a los que los aman o a los que son amigos. Pero en nosotros tiene que ser distinto.
Y nos da una clave que yo considero muy importante y definitiva para que empecemos a amar también a aquellos que nos hayan podido hacer daño: rezar por ellos. Creo que cuando somos capaces de comenzar a rezar sinceramente por una persona, ya la estamos metiendo en el corazón y ya estamos comenzando a amarla, aunque nos cueste.
Os confieso que, aunque muchas veces me cuesta, es algo que una vez que lo aprendí del evangelio he intentando hacerlo siempre en mi vida. Y he encontrado mucha paz en ello, para alejar de mi corazón actitudes de muerte. Porque no amar a alguien, guardar resentimiento o rencor por lo que nos haya podido hacer, es tener actitudes de muerte en el corazón.

lunes, 14 de junio de 2010

No hagáis frente al que os agravia

1Rey. 21, 1-6;
Sal. 5;
Mt. 5, 38-42

‘No hagáis frente al que os agravia…’ Los cinco versículos que hoy hemos leído del sermón de la montaña de Jesús podríamos resumirlo en esta sentencia o principio. Jesús nos está mostrando un estilo nuevo de vivir.
En nuestras lógicas humanas, en nuestras formas habituales de reaccionar desde nuestros orgullos o desde nuestro amor propio pareciera que esa no sería la forma de actuar. Incluso desde las leyes justiciera humanas parece que si alguien nos hace algún daño tendría que pagarlo. Así surgen nuestros sentimientos vengativos – aquello de que quien me lo hace lo tiene que pagar – y la ley del talión vendría simplemente a poner, como decimos hoy entre comillas, orden a la hora de esa reacción justiciera para evitar la las venganzas que se convirtieran en una espiral inacabable.
‘Ojo por ojo y diente por diente’, dice la ley del talión. Pero frente a ello vemos lo que nos dice Jesús: ‘No hagáis frente al que os agravia’. Entramos en una órbita distinta, que es la órbita del amor y del perdón. Al mal no podemos responder sino con bien. Nos dice de presentar la otra mejilla, que es una forma de hablar, una forma de decirnos que no es con mal, actuando de la misma manera como nosotros tenemos que responder. Además, si nos damos cuenta, es una forma de desarmar al que viene con violencia y maldad a nosotros, el responder no con la misma violencia o maldad, sino con amor, generosidad y paz en el espíritu. Algo que no es fácil, pero que es realmente el estilo que Jesús quiere que le demos a nuestra vida.
Abundará más en este tema en versículos que seguiremos escuchando en los próximos días, pero lo que el Señor quiere decirnos es cómo tenemos que entrar en otra órbita, no la espiral de la violencia que responde con violencia, sino en la órbita que lo envuelve todo con el amor. De ese amor nacerá la comprensión y el perdón; de ese amor ha de nacer un corazón lleno de misericordia, porque como nos dirá Jesús en otro momento lo que tenemos que hacer es parecernos al Padre del cielo, que ya escuchábamos en el Antiguo Testamento que es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, como dicen los salmos.
Hoy nos hablará Jesús de esa nueva relación entre unos y otros que no será una relación interesada, sino que se basará siempre en la generosidad y en el amor. ‘A quien te pide dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas’. Mira que nos conoce Jesús y sabe bien cuales son nuestras habituales reacciones y la forma interesada que tenemos muchas veces de actuar. Ayudo al que me ayuda, presto al que me presta, soy bueno con el que es bueno conmigo, es la forma como más espontánea y primaria de nuestro reaccionar. Pero Jesús nos está enseñando que no sólo ayudemos al que nos ayuda, o le hagamos el bien al que nos hace el bien, sino que la generosidad de nuestro corazón tiene que ir más allá, pues con todos tenemos que ser generosos y también tenemos que ayudar incluso al que se porte de una forma egoísta con nosotros y nunca nos preste un servicio.
Cosas sencillas nos está pidiendo Jesús, pero reconocemos que no siempre son fáciles, porque, como decíamos antes, parece que nos puede más el orgullo y el amor propio. Pero sí lo podemos hacer, porque para eso Jesús nos da el Espíritu del amor. Que su Espíritu en verdad llene nuestra vida y nos dé esa necesaria fortaleza para comprometernos seriamente en esa nueva civilización del amor por la que tenemos que trabajar.

domingo, 13 de junio de 2010

Una mirada de luz y de misericordia


Sam. 12, 7-10.13;
Sal. 31;
Gál. 2, 16.19-21;
Lc. 7, 36-8, 3

‘El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás’, le dice el profeta Natán a David cuando éste ha reconocido que ha pecado contra el Señor. ‘Tus pecados quedan perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz’, le dice Jesús a la mujer pecadora que allí, a los pies del Señor, con mucho amor ha llorado sus pecados. Arrepentimiento y amor, conversión y cambio de vida, transformación del corazón, luz que disipa tinieblas. En el fondo la fe en el Señor que es el que nos perdona y nos justifica.
Dios siempre viene a buscar el corazón del hombre para transformarlo y llenarlo de vida. No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, hemos meditado muchas veces. Y el Señor nos busca. Como Natán fue en el nombre de Dios a buscar a David para que reconociera su pecado. Como Jesús que va a casa del fariseo pero que va buscando corazones que transformar y llenar de paz.
Aunque el relato del evangelio nos dice que ‘el fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él’, podemos decir que es Jesús realmente quien va en su búsqueda. Conoce Jesús todo lo que puede pasar allí y que será ocasión para que aquella mujer pecadora acuda a Jesús. Pero, ¿no irá Jesús también buscando el corazón de aquel fariseo en el que habrá que cambiar muchas actitudes? Los caminos de las búsquedas de Dios.
Ya conocemos el relato del evangelio. Cuando Jesús estuvo sentado a la mesa aquella mujer, una mujer pecadora, se entera de que allí está Jesús. ‘Vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume’. Hará con Jesús todo lo que aquel fariseo no había hecho con Jesús como gestos de hospitalidad. Quien en verdad era la primera en recibir y acoger a Jesús era aquella mujer que se había atrevido a acercarse así hasta Jesús. los gestos que le hubieran correspondido al dueño de la casa los realiza ella.
Allí estaba el arrepentimiento y el amor; el reconocimiento de sus muchos pecados, pero un amor grande para acudir con confianza total hasta Jesús para llorar sus pecados. Había pecado mucho, pero ahora amaba mucho porque se les perdonaban sus muchos pecados. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús.
Y en Jesús encuentra la paz, la paz más honda en su corazón como la que tenemos que sentir nosotros cuando también con humildad y con mucho amor acudimos a Jesús aunque seamos muy pecadores. Es que en Jesús nos vamos a sentir transformados. El amor nos transforma. Jesús en su amor, y un amor infinito, ha dado su vida por nosotros para darnos ese perdón y esa paz. En ese amor de Jesús nos sentimos transformados para nosotros querer amar con un amor igual, con un amor grande. Y con ese amor llevar también esa paz a los demás.
Nos sentimos transformados desde lo más hondo de nuestra vida cuando ponemos nuestra fe en El. Y queremos seguirle. Y queremos hacernos como El. Y queremos caminar a su paso. Y sentimos cómo tenemos que cambiar nuestro corazón, nuestras actitudes, lo que hacemos en nuestra vida. Es cuando vemos la miseria de nuestro pecado y comprendemos también qué grande es su amor y su misericordia.
Queremos, entonces, mostrarle nuestro amor y buscaremos los gestos que consideremos más hermosos para mostrarle nuestro amor. Como hizo aquella mujer pecadora. Con cuántos gestos de amor tenemos que aprender a acoger a Jesús. Y el reconocimiento de nuestro pecado no es para anularnos, sino para sentirnos perdonados por El y sentir esa paz tan hermosa que El nos da. ‘Tu fe te ha salvado, vete en paz’, nos dice también a nosotros. Siéntela en tu corazón y llévala también a los demás.
Nos preguntábamos antes si acaso Jesús no iba buscando también el cambio del corazón de aquel fariseo que lo había invitado. Cuando meditamos este texto del evangelio nos fijamos poco en el fariseo, si acaso con algo de conmiseración por nuestra parte porque decimos que pensaba mal en su interior. Jesús conocía lo que pensaba aquel hombre sobre el hecho de que la mujer pecadora estuviera haciendo lo que hacía.
Por eso Jesús le propone la parábola de los dos deudores. Pero es que Jesús lo que está queriendo hacer comprender a aquel hombre es que no puede pensar mal ni juzgar. Que fácil nos es hacer eso a nosotros también tantas veces. Le hizo ver Jesús que en aquella mujer, aunque fuera muy pecadora, había mucho amor. Ni se puede juzgar ni se puede condenar. ¿No estaría invitándole también a que él fuera menos duro en su vida y pusiera también más amor, compasión y misericordia en sus actitudes para con los demás? Era un cambio de actitud interior lo que necesitaba aquel hombre.
Es lo que le pide Jesús. Son muchas las actitudes interiores que también hemos de cambiar en nuestro corazón. Como decíamos somos muy fáciles a los prejuicios, a las actitudes preventivas contra los otros, a juzgar las acciones o las actitudes de los demás según nuestros pareceres, a condenar fácilmente al prójimo. Sólo Dios conoce el corazón del hombre y no somos nadie nosotros para juzgar del interior de la otra persona.
Y quien en verdad se dice seguidor de Jesús ha de llenar siempre su corazón de compasión y misericordia, porque nosotros somos deudores de la misericordia que el Señor tiene con nosotros y sólo así obtendremos también nosotros misericordia. ‘Dichosos los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia’, que nos dice la bienaventuranza.
Nuestros ojos tienen que estar llenos de luz para mirar a los demás. Y los tenemos llenos de luz cuando tenemos amor y misericordia en el corazón. Si miramos con ojos de luz seremos capaces de ver también el resplandor de luz que hay siempre en los otros. Siempre podemos encontrar algo bueno en el otro. ¿No nos gusta a nosotros que valoren lo bueno que hay en nuestra vida o lo bueno que hacemos, por muy pecadores que nos sintamos? Así tenemos que aprender nosotros a mirar a los demás.
Si sólo miramos con ojos enturbiados por las tinieblas de nuestra malicia sólo veremos sombras y tinieblas. Tenemos que aprender a tener esa nueva mirada. Quitar tinieblas de nuestros ojos y de nuestro corazón. Nos lo enseña Jesús hoy. Qué distinta era la actitud de aquel fariseo que sólo veía tinieblas y pecado en aquella mujer y la mirada de Jesús que, aunque hubiera pecado en ella, sin embargo él veía sobre todo amor. Esa mirada luminosa de Jesús llenó también de luz el corazón de aquella mujer pecadora porque salió de allí perdonada y en paz.
También nosotros necesitamos que Jesús llegue a la casa de nuestra vida. Más aún es El quien nos ha invitado a que vayamos a sentarnos a su mesa. Para eso estamos aquí en la Eucaristía. Que el Señor nos llene de su luz; que el Señor nos llene de su paz.

sábado, 12 de junio de 2010

Pongámonos junto al Corazón Inmaculado de María y contemplemos cuánto guarda en su corazón


Is. 61, 9-11;
Sal: 1Sam. 2;
Lc. 2, 41-51

Cuando entramos en la casa o en el hogar de alguien estamos entrando en gran parte en la intimidad de su vida. Cuantos recuerdos o retazos de la vida se encuentran por todas partes: fotografías, objetos de adorno, rincones especiales, determinados objetos pueden traer a la memoria momentos felices o dolorosos de la vida, pero que la mayor parte de las veces quedan guardados en lo secreto del corazón salvo que aquella persona quiera compartirlo con nosotros.
Hoy queremos pedirle permiso a María para entrar en el hogar de su corazón. Casi no haría falta porque ella como buena madre siempre tiene abierto su corazón para sus hijos. En este día en que hacemos memoria y fiesta celebrando litúrgicamente el Corazón inmaculado de María, tras la celebración en el día de ayer del Sagrado Corazón de Jesús.
Muchas cosas, muchas vivencias quedan guardadas en el corazón de María. Ya el evangelista nos ha dicho que ante todo aquello que estaba sucediendo ‘María conservaba todas estas cosas en su corazón’. Por eso con mucha delicadeza pero con los ojos de nuestro corazón bien abierto queremos acercarnos a su corazón Inmaculado, a su corazón de Madre, porque son tantas cosas las que ella nos puede enseñar.
Lo contemplamos, sí, inmaculado como es el título de esta fiesta, porque ella es la Inmaculada, la Purísima, la sin pecado, la que fue preservada de todo pecado, incluso del pecado original en virtud de los méritos de su Hijo. Pero aunque Dios le diera ese don de ser preservada del pecado, con cuanto mimo y con cuanto amor supo María conservar esa pureza, esa santidad en su vida.
Ella es la Madre de la fe, la mujer que abrió su vida a Dios, porque en el confiaba y por ella recibió ese especial amor del Señor que la eligió, la escogió bendita entre todas las mujeres para ser la Madre del Señor, la Madre de Jesús, verdadera Madre de Dios.
Es la fe con la que ella sabía descubrir la acción de Dios en su vida, la que reconoció la embajada angélica como la voz de Dios que llegaba a su corazón anunciándole cosas grandes. Es la fe con la que se dejó hacer y conducir por el Espíritu divino y que la llenó y la inundó de amor.
Es la fe con la que ella contemplaba todos aquellos acontecimientos que se iban sucediendo y que ella ha guardado en su corazón como quien guarda los recuerdos, los regalos o las fotografías más hermosas de los acontecimientos de su vida: la embajada angélica, la visita a su prima Isabel, las dudas en silencio de José, el nacimiento de Jesús en Belén con la presencia de los ángeles y los pastores, más tarde de los magos venidos de Oriente, su exilio a Egipto y su vuelta a Nazaret, el niño perdido en el templo o el crecimiento silencio de aquel niño que era su hijo pero que era el Hijo de Dios. Todo lo iba guardando en su corazón, en todo veía ella el actuar de Dios.
Es la fe de María que se hace compromiso de amor para ir hasta la montaña a servir a su prima Isabel, o para estar con los ojos atentos ante cualquier problema o necesidad como en las bodas de Caná.
Allí guardado en su corazón está la presentación del Niño Jesús en el templo donde comienza la ofrenda y donde comienza el sacrificio; allí le anunció el anciano Simeón lo de la espada que le atravesaría el alma y por eso ella estaba preparada – bien conocía también lo anunciado por los profetas – para el momento del sacrificio de su Hijo en su pasión y en su muerte en la Cruz. De ella aprendemos a hacer ofrenda de nuestra vida, a sacrificar nuestro corazón y nuestro yo, a unirnos también nosotros a la pasión y a la cruz; a esperar con la esperanza de la madre la alegría de la resurrección anunciada para que se consumara la Pascua.
Allí guardado en su corazón están los primeros pasos de la Iglesia naciente, la oración con los discípulos en el cenáculo y la venida del Espíritu Santo que diera comienzo a la acción de la Iglesia. Y ahí se continuaría en una lista sin fin esa presencia de María, todo lo que ella tiene guardado en su corazón, junto a los hijos que Jesús le diera al pie de la Cruz.
Quedémonos ahí en silencio y contemplando nosotros también transidos de amor como María cuánto guarda en su corazón. Que en ese contemplación crezca y madure nuestra fe; que aprendamos de ella a amar con el amor que Jesús nos prescribió, de ella la que supo darse también y olvidarse de sí mismo. Quedémonos ahí junto a su corazón y elevemos nuestra plegaria, con ella demos gloria y alabanza al Señor, y a ella pidámosle que sea nuestra madre intercesora para nuestras necesidades, para las necesidades de nuestros hermanos, para las necesidades de la Iglesia y del mundo. Dejemos que María nos guarde también en su corazón, pero ensanchemos el nuestro para tener por siempre a María con nosotros.

viernes, 11 de junio de 2010

Proyecto de amor eterno en el corazón del Señor


Ez. 34, 11-16;
Sal. 22;
Rm. 5, 5-11
Lc. 15, 3-7

‘Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre’. Con estas palabras tomadas del salmo 32 iniciaba la liturgia de este día la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Como decíamos en la oración ‘al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros…’
Todo nos habla en este día del amor del Señor. ‘Los proyectos del corazón del Señor’ que son siempre proyecto de amor para nosotros, amor eterno de Dios. La imagen del Corazón eso quiere expresar, porque incluso en nuestro lenguaje relacional hablar del corazón es hablar de la amistad, del cariño, del amor que sentimos hacia aquellos que están cerca de nosotros. De ahí esta devoción tan hermosa que nos quiere hacer profundizar en el amor de Dios.
Para hablarnos de todo lo que significa Jesús para nosotros con el lenguaje de la Biblia empleamos diversas imágenes, porque es tanto lo que El es para nosotros que nos es imposible algunas veces expresarlo con nuestras palabras o reducirlo a unas ideas. Hoy en la liturgia la imagen que se nos presenta es la del Buen Pastor.
Tanto ese hermoso texto del profeta Ezequiel que nos habla del pastor que sigue el rastro de su rebaño, que lo busca y que lo alimenta, que lo libra de todos los peligros y lo conduce por buenos caminos, como luego la parábola del evangelio que en cierto modo viene a abundar en lo que ya nos decía también el profeta. ‘Buscaré las ovejas perdidas , recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas… las apacentaré como es debido’. Qué más se nos podría decir.
Nos habla el evangelio de la alegría del pastor que encuentra a la oveja perdida y hace fiesta. ‘Felicitadme, he encontrado la oveja que se me había perdido’. Había dejado las noventa y nueve bien guardadas en el redil para ir a buscar la oveja perdida. Cuánto es el amor que Dios nos tiene. Cómo nos busca y nos llama.
Ha ofrecido su vida por amor a nosotros, se ha entregado en la entrega más sublime en el sacrificio de la cruz. Porque quiere que tengamos vida y que la tengamos en abundancia. Como no decía Pablo en la carta a los Romanos ‘la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros…’ Así ha derramado su amor por nosotros. Nos da su Espíritu para llenarnos de su amor pero para que también nosotros amemos con el mismo amor.
¡Cuál ha de ser nuestra respuesta? Amar con el mismo amor. Pero para ello hemos de ir a beber a la fuente de su vida divina. Pedíamos ‘recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia’. Y en el prefacio vamos a proclamar y dar gracias a Dios porque ‘con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al Corazón abierto del Salvador todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación’.
Vayamos, pues, a la fuente de la vida divina, a la fuente de la gracia, al corazón de Cristo de donde brotan los sacramentos que nos llenan de vida y de gracia. Vayamos hasta Cristo para empaparnos de su amor. Vayamos hasta Cristo para unirnos tanto a El que con El nos hagamos uno, nos configuremos con Cristo. Vayamos hasta Cristo para alimentarnos de su amor, pero para salir de El cada vez más fortalecidos, pero también más convencidos de que podemos, de que tenemos que llevar ese amor a los demás. Es el amor el que nos salva; es el amor de Cristo el que salvará al mundo. Somos testigos pero también tenemos que ser operarios que siembren ese amor en los demás.
Y en este día de clausura del Año Sacerdotal una palabra breve para exhortaros a que no os olvidéis nunca de vuestros pastores, los sacerdotes, en vuestras oraciones. Así como durante todo este año hemos ido elevando una y otra vez nuestra oración por los sacerdotes, porque se acabe el año sacerdotal no significa que tenga que dar por concluida ya esa oración por los sacerdotes. No olvidéis que igual que la iglesia, el pueblo cristiano necesita de sus sacerdotes, los sacerdotes necesitan también del apoyo, del aprecio, de la oración del pueblo cristiano, para que así no nos falte nunca la gracia del Señor para el cumplimiento de nuestra misión, para el crecimiento en esa santidad que en todos tiene que brillar.

jueves, 10 de junio de 2010

La delicadeza del amor que vive el discípulo de Jesús

1Rey. 18, 41-46;
Sal. 64;
Mt. 5, 20-26

Tenemos problemas como cualquier hijo de vecino, como se suele decir, en la convivencia de cada día con los demás o en cualquier otro aspecto de la vida. Pero el discípulo de Jesús no se enfrenta a los problemas ni busca solución simplemente como hace cualquier hijo de vecino. Es que yo soy como todos, nos es fácil decir. Pero para un cristiano no tendría que ser así. Es que todo el mundo lo hace así, pero es que yo que soy discípulo de Jesús no hago simplemente lo que hace todo el mundo, sino que mi criterio y la norma o el sentido de mi actuar lo tengo en Jesús.
Hoy Jesús nos ha dicho: ‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’. Para nosotros está siempre la exigencia que tenemos que ser mejores. Y mejores no es que estemos por encima de nadie, sino que no podemos contentarnos con la media. Contentarnos con la media, yo diría que es quedarnos en una nota baja. Nuestra medida tiene que ser mayor. Nuestra exigencia tiene que ser distinta. El listón que nos pone Jesús siempre más alto, más arriba, más allá. En algo hemos de distinguirnos los que en verdad seguimos a Jesús.
La antífona del aleluya al evangelio nos ha recordado el mandamiento de Jesús. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’. Y es que hoy el evangelio nos habla de la delicadeza y de la exquisitez en que hemos de vivir nuestro amor. Ya escuchamos con demasiada frecuencia la clásica frase o justificación de muchos: ‘yo no mato ni robo, yo no tengo pecados’. Pues bien, si escucháramos el evangelio de hoy con toda atención nos damos cuenta de lo cortos que nos quedamos con frases así.
Jesús contrapone lo que la gente suele decir, la actitud mínima que quizá podría exigir el antiguo Testamento, aunque si lo leemos con atención vemos es una interpretación muy corta de lo que se dice en los libros de la Ley, porque allí se nos dan muchos detalles de hasta donde tiene que llegar el amor de un buen creyente judío. ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos… pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano, será procesado…’ Y después de ponernos esa exigencia de armonía y de paz que tiene que haber entre los hermanos, nos hablará de la delicadeza en nuestro trato y en nuestras palabras hacia el otro, de la búsqueda de reconciliación, del diálogo que tiene que conducir siempre a la paz.
Jesús es muy concreto y está tocando esas cosas que nos pueden suceder todos los días en nuestra convivencia y trato con los demás. Nunca palabras fuertes ni hirientes. De cuánta violencia llenamos muchas veces nuestras palabras y nuestras conversaciones. Que lenguaje más fuerte e hiriente se utiliza muchas veces en el trato con los demás. Busquemos siempre la palabra buena y el corazón generoso, la palabra amable y agradable al oído y al corazón del hermano.
Nada que pueda romper la comunión entre nosotros y hacernos estar distantes, si es que queremos vivir de verdad en comunión con el Señor, Es claro lo que nos dice Jesús. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, de acuerdas de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.
Una reconciliación que nos lleve siempre a buscar y a ofrecer generosamente comprensión y perdón; que busque todo aquello que nos pueda servir para el encuentro y para la comunión; a tender puentes que nos acerquen y busquen la armonía del corazón. Nunca volver la espalda al otro porque sea distinto o no piensa igual, nunca crear distancias porque haya cosas en las que no coincidimos, porque siempre hay un punto de encuentro.
Son las delicadezas del amor. Es el estilo nuevo que nos enseña Jesús. Es en lo que en verdad tenemos que distinguirnos sus discípulos. Es ese listón alto que nos pone Jesús, pero en donde nos acompaña con la fuerza de su Espíritu.

miércoles, 9 de junio de 2010

¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!

1Rey. 18, 20-39; Sal. 15; Mt. 5, 17-19

‘Respóndeme, Señor, respóndeme, para que sepa esta gente que Tú, Señor, eres el Dios verdadero, y que eres Tú quien les cambiará el corazón…’ Era la súplica, la oración de Elías al Señor confiando que se manifestaría la gloria del Señor y todos volverían a la fe verdadera. ‘¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!’, exclamaron todos cuando se manifestó la gloria del Señor, como hemos escuchado.
Cuando los israelitas se establecieron en la tierra de Palestina se encontraron en medio de otros pueblos que ya la habitaban pero que eran un mundo pagano que tenían sus propios dioses, en este caso, los baales. A pesar de que sus padres habían experimentado la presencia Dios en medio de ellos, que los había sacado de Egipto, atravesar el mar Rojo y cruzar el desierto para darles esta tierra, sin embargo se veían tentados de abandonar al verdadero Dios y rendir culto a los baales.
Pero Dios hacía surgir profetas como Elías que les trasmitían la Palabra de Dios y luchaban por mantenerlos en la fidelidad a la Alianza y en el culto al verdadero Dios. Es la lucha que contemplamos en el libro de los Reyes y que es lo que venimos escuchando en estos días. ahora el pueblo que había caminado confundido reconoce las maravillas del Señor. ‘¡El Señor es el Dios verdadero! ¡El Señor es el Dios verdadero!’
Una lección para nosotros. No podemos apartar nuestro corazón de Dios que es nuestro Padre y que de tantas maneras nos ha mostrado su amor, que nos ha enviado a Jesús como nuestra vida y salvación. Pero aunque nos decimos que creemos en un solo Dios, también nosotros podemos sentir la tentación del abandono de Dios. podemos querer hacernos un Dios a nuestra medida, o podemos apegar nuestro corazón a muchas cosas que convertimos en dioses de nuestra vida.
No querremos llamarnos idólatras pero sí nos creamos nuestros dioses en tantas dependencias que tenemos de cosas en la vida, materialismos y sensualidades, rutinas y comodidades, relativismos y frialdades espirituales que se nos meten muy dentro de nosotros, sin las cuales pareciera que no nos podemos pasar y nos pueden llevar al abandono de Dios, al abandono de nuestra fe con todas sus consecuencias. Y así pronto también nosotros podemos olvidar lo que es el verdadero mandamiento del Señor.
Por eso el cristiano siempre tiene que estar vigilante para mantener íntegra su fe. El cristiano ha de estar atento para no dejarse arrastrar por tantos relativismos morales que nos van a llevar por un camino de perdición. Qué fácil es comenzar a darle poca importancia a las cosas que verdaderamente lo tienen, y al final nos queremos hacer unos mandamientos a nuestra medida olvidando lo que es la verdadera voluntad del Señor.
Jesús hoy en el evangelio también nos previene ante esa tentación de que con El vamos a olvidar la ley del Señor. ‘No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’. Que sepamos encontrar esa plenitud que nos quiere dar Jesús, buscando siempre lo que es la verdadera voluntad del Señor. Que no caigamos en la tentación de lo cómodo o de lo fácil, que no rehuyamos el sacrificio y el espíritu de superación en nuestra vida. Que busquemos siempre esa meta alta de santidad que Jesús nos propone como seguiremos escuchando en los próximos días en el Sermón del Monte.
Busquemos esa plenitud que nos lleva a la santidad. Que nos dejemos cambiar el corazón por la fuerza del Espíritu del Señor.

martes, 8 de junio de 2010

No podemos dejar de ofrecer la sal de Jesús a nuestro mundo

1Rey. 17, 7-16;
Sal. 4;
Mt. 5, 13-16

La sal nunca la niega un buen vecino. Entre las cosas que se comparten entre buenos vecinos existe la bonita costumbre de que nunca se le niega la sal a nadie. Todos habremos oído hablar cómo en algunas culturas una señal de acogida y hospitalidad a quien viene a tu pueblo o entra en tu casa, además de ofrecer agua y pan también se le ofrece sal como señal de amistad y de hospitalidad. Y no nos vamos a entretener ahora en subrayar las cualidades de la sal.
Hoy Jesús nos dice en el Evangelio que tenemos que ser la sal de la tierra y que no podemos permitir que la sal se vuelva sosa porque no serviría para nada. ¿Qué querrá decirnos Jesús? En el relato de Mateo estas palabras de Jesús están inmediatamente después de que nos propusiera las Bienaventuranzas. Y decíamos que con ellas nos está manifestando ese nuevo sentido de vivir de quienes creemos en el Evangelio y queremos vivir el Reino de Dios anunciado por Jesús. Nos sentimos dichosos y alegres por la fe que tenemos en Jesús y comprometidos a vivir el Reino de Dios que se va a manifestar en ese nuevo estilo de vida que nos enseña el Evangelio.
Si hemos impregnado nuestra vida de ese nuevo estilo, de ese Reino de Dios necesariamente no nos lo podemos quedar sólo para nosotros. Ese nuevo sabor de la vida que nos da nuestra fe en Jesus tenemos que trasmitirlo a los demás, con él debemos impregnar nuestro mundo, nuestra sociedad. ‘Vosotros sois la sal de la tierra’, nos dice Jesús. Si queremos que todos conozcan y vivan ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia y quiere instaurar en nuestro mundo, tenemos que ser esa sal y esa luz con nuestra propia vida que contagie a los demás de esos nuevos valores del Evangelio.
¿Qué cosa mejor podemos ofrecer a los demás que esa fe que nosotros vivimos, esa salvación que hemos recibido, ese mensaje del Evangelio que se nos ha anunciado? Será, pues, nuestra vida esa sal que dé sabor a nuestro mundo; que no será nuestro sabor sino el sabor y el sentido de Cristo.
Y los mismo que nos dice Jesús de la sal nos lo dice también de la luz. Bellas imágenes que nos propone Jesús para explicarnos lo que tiene que ser nuestra vida para los demás una vez que le hayamos conocido a El. ‘Vosotros sois la luz del mundo’. Y la luz no se oculta, la luz tiene que alumbrar. Con la luz tienen que desaparecer las tinieblas. La luz tiene que estar colocada en el lugar oportuno para que pueda iluminar a todos. Y eso es una exigencia muy grande para nuestra vida a partir de nuestra fe. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’.
Es ese nuevo estilo de vivir que hemos de tener quienes creemos en Jesús; es ese amor que tenemos que poner en nuestra vida; es ese testimonio que hemos de dar con nuestras obras y también con nuestra palabra valiente; es ese ejemplo que tiene que ser nuestra vida para los demás; es ese esfuerzo de superación y de crecimiento espiritual que hemos de tener cada día de nuestra vida; es esa lucha contra la tentación y el mal en la que tenemos que estar empeñados siempre; es ese espíritu de oración que tiene que haber en nuestra vida; es ese dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos conducirá siempre a las obras buenas.
No podemos negarnos a ofrecerle nuestra sal al mundo que nos rodea. ¡Qué hermoso sería que así lo hiciéramos siempre porque ofrezcamos ese don de la fe con valentía a todos.

lunes, 7 de junio de 2010

Y de ellos es el Reino de los cielos

1Rey. 17, 1-6;
Sal. 120;
Mt. 5, 1-12

El primer anuncio de Jesús al comenzar a predicar por Galilea era la invitación a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Ese anuncio del Reino de Dios, el explicarnos cómo era ese Reinado de Dios y cómo habíamos de pertenecer a él fue la constante de su predicación con las parábolas y con los signos que realizaba.
Hoy hemos comenzado a escuchar el llamado Sermón del Monte, discurso que resumen en cierto modo el mensaje del Reino y que comienza con la proclamación de las Bienaventuranzas. Viene a decir quienes van a pertenecer a ese Reino de los cielos, y podíamos decir que están como enmarcada en aquellas en las que nos dice ‘y de ellos es el Reino de los cielos’.
Podemos seguir recordando otros texto del evangelio, como fue la proclamación del texto de Isaías en la Sinagoga de Nazaret que nos narra san Lucas. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar el evangelio a los pobres – evangelizar a los pobres -…’ Hoy comenzará diciéndonos precisamente en la primera de las bienaventuranzas ‘dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’.
Los pobres que son evangelizados; los pobres que poseerán el Reino de los cielos. Es muy significativo. Para ellos es la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios. ¿Para quienes mejor esa Buena Noticia que para aquellos que sufrían en su pobreza? ¿Pero no nos estará diciendo a nosotros que otro ha de ser nuestro estilo de vida para en verdad poder escuchar esa Buena Noticia? No serán los sabios y los entendidos, no serán los que se sientan llenos y satisfechos de sí mismos, no serán los que vivan la vida despreocupadamente pensando sólo en sí mismos y en sus satisfacciones personales, los que puedan escuchar y entender esa Buena Noticia, ese Evangelio del Reino de Dios.
Por eso en las bienaventuranzas nos hablará de los pobres y los que sufren, los que lloran y los que tienen deseos hondos, hambre profunda de cosas mejores, de un mundo mejor, los que tienen un corazón desapegado porque es puro y es limpio, los que en su compasión con los demás son capaces de cargar con el sufrimiento de los otros haciéndolo propio, los que viven comprometidos por hacer un mundo mejor y en paz y sufren en inquietud interior por ello, los que en verdad van a ser dichosos y felices con la llegada del Reino de Dios. No importará que sean incomprendidos o perseguidos; es más eso será motivo de gozo y alegría, porque por una parte eso sufrieron los profetas por el anuncio fiel de la Palabra de Dios, y por otra la recompensa que esperamos bien merece la pena porque será una dicha eterna.
Quienes siguen ese camino estarán ya viviendo el Reino de Dios, sentirán el consuelo y la misericordia de Dios, podrán conocer y contemplar a Dios, podrán llamarse y sentirse en verdad hijos de Dios. Entendamos y asumamos este mensaje que nos da Jesús. Hagámonos pobres, pequeños sin temer ser los últimos porque podremos llegar a ser los primeros en el Reino de Dios. Claro que para ello tendremos que cambiar el corazón, darle una vuelta grande a los planteamientos que nos hacemos en la vida y a nuestro estilo de vivir. Pero el Evangelio, esa Buena Noticia tiene que significar mucho para nosotros.
En la primera lectura hemos escuchado el inicio de unas lecturas que vamos a escuchar sobre el profeta Elías. El que también sufrió por ser fiel a Dios. Pero el que es el paradigma de los profetas por esa vida de fidelidad, por ese anuncio valiente, por ese trasmitirnos la verdad de Dios. Ya seguiremos reflexionando sobre este profeta.

domingo, 6 de junio de 2010

En la noche que iba a ser entregado… haced esto en memoria mía


Gen. 14, 18-20;
Sal. 109;
1Cor. 11, 23-26;
Lc. 9, 11-17


Hoy en todos los rincones del mundo los cristianos nos sentimos convocados de manera especial y nos reunimos en torno al Altar para celebrar esta fiesta grande y hermosa de la Eucaristía. Siempre la Eucaristía es fiesta para el cristiano pero hoy queremos hacerla más fiesta.
Unos con mayor solemnidad sacando a flote hermosas costumbres y tradiciones – como muestra nuestro pueblo que adornamos nuestras calles y plazas con alfombras de flores o de tierras de colores, o con colgaduras y arcos del más variado arte y hermosura; otros con mayor sencillez pero con no menos amor, todos queremos hacer fiesta y ofrecer lo mejor de nosotros mismos a quien por nosotros se ofreció y se hizo pan para que le comiéramos en la Eucaristía y así llenarnos de su vida.
Vamos a tratar de detenernos un poco para reflexionar en lo que celebramos en este día, aunque tenemos que decir como cada día cuando celebramos la Eucaristía, para hoy y siempre darle toda la hondura y toda la fuerza de nuestra vida a nuestra celebración de la Eucaristía.
‘Sacramento admirable’, que decimos en la liturgia, en que Cristo se nos da en su Cuerpo entregado y en su Sangre derramada; sacramento de amor en que se nos está manifestando esa locura de amor de Cristo por nosotros que quiere que tengamos su vida y para eso se hace comida y se hace bebida, para ser el alimento de nuestra vida, la vida de nuestra vida.
Pero fijémonos un poco en el marco en que Pablo – lo hacen también los evangelios – nos sitúa la Institución de la Eucaristía y que nos tendrá también que marcar o enmarcar la forma en que nosotros la celebremos y la vivamos. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo…’ nos dice. Cuando iba a comenzar su pasión, su entrega de amor en el amor más sublime de quien da la vida por aquellos a los que ama. Es el marco de la Pascua. Por eso, en este relato que nos trae la tradición más antigua de la Institución de la Eucaristía, Pablo terminará diciéndonos que ‘cada vez coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’.
La Eucaristía no es algo ajeno ni al margen de la Pascua, de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Es más, cada vez que estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando la Pascua, es Pascua viva y actual para nosotros. Actualizamos el sacrificio de Cristo. ‘Anunciamnos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús’, que decimos habitualmente como una proclamación de fe en cada Eucaristía. ‘Este es el Sacramento de nuestra fe, este es e Misterio de la fe’, nos dice el Sacerdote.
Ese pan que comemos, ese cáliz que levantamos, no son para nosotros un simple pan o simple vino lo contenido en la copa. Es cuerpo entregado, es Sangre derramada, es amor que nos inunda, ese pan será pan partido y compartido, como Cristo se parte y se consume por nosotros en el amor de nuestros amores.
Por eso la Eucaristía no es algo que nos recuerde, no es una simple memoria o recuerdo que hacemos, sino que la llamamos memorial, porque es Cristo mismo presente entre nosotros; es el sacrificio de la Pascua que se hace presente en medio de nosotros y, más aún, en nosotros mismos. Memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Memorial del sacrificio de la cruz pero que estamos ahora ofreciendo de una forma viva sobre nuestro altar.
Ya decíamos que fue en el marco de su entrega y su pasión donde nos deja la Eucaristía, pero en ese contexto queremos entender también las palabras que Jesús nos dice para que sigamos haciendo Eucaristía, para que también nosotros nos hagamos Eucaristía. ‘Haced esto en memoria mía’, nos dice dos veces. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… este cáliz es la nueva Alianza sellada con mi Sangre. Haced esto cada vez que lo bebáis en memoria mía’.
¿Qué es lo que tenemos que hacer? ¿Qué nos está queriendo decir? Hacer lo mismo, repetir sus gestos y palabras sobre el pan y sobre el vino, pero no simplemente de una forma ritual. Lo haremos también porque nuestra celebración es rito y es liturgia.
Pero es algo más. Quiere decirnos algo más. Tenemos que ser Cuerpo que se entrega, Sangre que se derrama, como Cristo en su pasión, como Cristo en la Pascua de su Alianza nueva y eterna. Como el pan que se partió, se compartió y se repartió allá en el desierto cuando la multiplicación de los panes, que hoy hemos escuchado en el relato del Evangelio. Aquello fue signo y tipo de lo que Cristo quería hacer con su vida en la Pasión y que ya nos dejó para que lo viviéramos para siempre en la Última Cena.
Cristo se hace Eucaristía para que nosotros también nos hagamos Eucaristía. ¿Cómo? Fijémonos en lo que hizo Jesús. Allí estaba todo su amor que así se entregaba por nosotros. ¿Cómo hacerlo nosotros, entonces? Con amor, por el amor, en el amor. Nos entregaremos, nos derramaremos de amor por los demás, nos partiremos de amor por los demás. Haremos también nosotros esa ofrenda y ese sacrificio de amor. Como Cristo. A la manera de Cristo. Con el amor de Cristo.
Fue en la misma cena pascual en la que Cristo instituyó la Eucaristía, en la que antes había lavado los pies de los discípulos. Es en esa misma cena donde nos dejará el mandamiento del amor. Lo vivimos todo de manera muy intensa en el Jueves Santo.
Vuelve a estar unida esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo con la caridad, con el amor. Es que no podía ser de otra forma. Porque cada vez que haya Eucaristía tiene que estar muy presente el amor. Sin amor no podríamos celebrar la Eucaristía. Sin amor no hay Eucaristía. Por eso Jesús nos dirá que si vamos a presentar la ofrenda y hay quejas del hermano contra nosotros porque no le amamos, vayamos primero a reconciliarnos, vayamos primero a poner amor, para poder hacer la ofrenda, para poder hacer Eucaristía. Luego en la Eucaristía nos sentiremos alimentados para poder seguir viviendo con toda intensidad ese amor.
Así lo hizo Cristo y así nos mandó que lo hiciéramos nosotros. ‘Haced esto en memoria mía’ porque amáis, porque os entregáis, porque os derramáis de amor por los demás. Que entendamos y llevemos de verdad a la vida de cada día este mandato de Jesús para celebrar de forma auténtica y con toda profundidad esta fiesta grande de la Eucaristía.

sábado, 5 de junio de 2010

He combatido bien mi combate… he mantenido la fe…

2Tim. 4, 1-8;
Sal. 70;
Mc. 12, 38-44

Ya hemos dicho anteriormente que la carta de San Pablo a Timoteo entra en las llamadas cartas pastorales del apóstol. Comienza el texto de hoy haciendo una serie de recomendaciones a su discípulo, y lo hace además con toda solemnidad –‘ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad’ – para que no olvide su misión de anuncio de la Palabra de Dios en toda ocasión ‘a tiempo y a destiempo’.
Pero en lo que quisiera fijarme de manera especial es en la expresión de esperanza que manifiesta el apóstol cuando sienta que está cercano su final. ‘Estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente’, dice. Bien conocemos la intensidad de la vida de Pablo y su labor apostólica recorriendo de un lado a otro la cuenca del mar mediterráneo. En otros momentos nos ha hablado de sus sufrimientos y todo lo que había tenido que padecer a causa del evangelio.
Se siente, podríamos decirlo así, con la tarea realizada aunque como siempre se acoge a la misericordia de Dios esperando el premio prometido a los que son fieles. Emplea las expresiones referentes a las carreras y luchas de los atletas y gladiadores en el estadio. ‘He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día….’
Creo que escuchando estas palabras el pueblo cristiano ha de saber valorar y dar gracias a Dios por la entrega de sus pastores. Y orar al Señor por ellos para que al final de sus días puedan decir con toda propiedad estas mismas palabras del apóstol. Los pastores también tenemos nuestras luchas y a veces podemos sentirnos débiles aunque no nos falta nunca la esperanza que tenemos puesta en el Señor. Pero os digo que necesitamos de la oración del pueblo cristiano para sentir esa gracia de Dios en nosotros y vivamos así en plenitud nuestra entrega al Señor y el servicio que queremos prestar en la Iglesia y en medio del mundo.
Esta esperanza del apóstol creo que a todos nos tiene que confortar pero también animar a mantenernos firmes en el combate de la fe, del anuncio del evangelio, del seguimiento fiel a Jesús. Cada uno tiene que vivir su combate particular en su esfuerzo por ser bueno y ser fiel al Señor, por vivir el amor que Jesús nos enseña y por hacer el bien a los demás, en superar peligros y tentaciones y en vivir santamente su vida. Cuánto nos cuesta a veces esa lucha. Pero mantenemos la esperanza de que el Señor está con nosotros y, a pesar de nuestras debilidades y caídas el amor y la misericordia del Señor están por encima de todo y va a cubrir y sanar todas nuestras deficiencias y pecados con su amor. Por eso recojamos como muy aplicadas a nosotros las palabras con las que termina este texto del apóstol. ‘Y no sólo a mí sino a los que tienen amor a su venida’.
Vivamos en esperanza, una esperanza que nos fortalezca en nuestra fe y en nuestro amor. Quizá no podemos hacer grandes cosas. Para el Señor lo que cuenta es nuestra fidelidad y nuestro amor, también en las cosas pequeñas, porque el que saber ser fiel en lo poco también lo sabrá ser en lo mucho y en lo grande.
Además hoy contemplamos en el evangelio cómo Jesús alaba a aquella pobre viuda que dio solamente dos reales, pero dio todo lo que tenía, y Jesús nos dice que dio más que los que habían echado grandes cantidades. ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Qué hermosa es la solidaridad de los pobres y de los pequeños. Si fuéramos capaces de serlo estaríamos sembrando semillas de un mundo mejor.
Queria añadir algo, y es que me gustaria recbir algun comentario de los que leen diriamente estas reflexiones. Son muchos los que las leen en diversos lugares y continentes. Podrían verse enriquecidas estas reflexiones con algun comentario, algun subrayado, algo que complemente lo dicho. Os animo a participar

viernes, 4 de junio de 2010

Un equipaje para el camino de nuestra vida, la Biblia

2Tim. 3, 10-17;
Sal. 118;
Mc. 12, 35-37

Si va uno a salir de viaje que considere importante ha de preparar el equipaje necesario con lo que va a necesitar, o si va a realizar una actividad importante, todos aquellos preparativos, todo aquello que podamos necesitar para poder realizar dicha actividad con verdadera eficacia; como el que va a realizar un trabajo tiene que tener a mano unas herramientas apropiadas para realizarlo.
Bueno, esto que decimos para esas actividades o cosas que vamos realizando en la vida, lo tomo como ejemplo del empeño que hemos de poner para darle unos fundamentos fuertes al camino de nuestra vida cristiana. Algunas veces ponemos más empeño en las cosas humanas y materiales que aquello que tiene que ser lo más hondo de nuestra vida que es nuestra fe y el camino del seguimiento del Señor. Me viene a la mente aquello que nos dice Jesús de la casa edificada sobre arena o sobre roca. ¿Cómo fundamentamos nuestra fe? ¿qué hondura le damos a nuestra vida cristiana y al compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe y en relación con nuestro mundo en el que tenemos que ir construyendo día a día el Reino de Dios?
Es lo que hoy Pablo le está señalando a su discípulo Timoteo. ‘Tú permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste, y que desde pequeño conoces la Sagrada Escritura’. Al principio de la carta recuerda la fe de su abuela Eloida y su madre Eunice, que en las Escrituras santas lo educaron. Qué importante esa transmisión de la fe que aquellas buenas mujeres hicieron en el niño y joven Timoteo, que en la enseñanza de las santas Escrituras lo forjaron como creyente, le hicieron madurar en su fe que se completó con su encuentro con el Evangelio de Jesús, en la predicación de Pablo. Esas ‘Escrituras que puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación’.
Ahí tenemos que fundamentar nuestra fe y nuestra vida cristiana, en la Palabra de Dios. Es nuestra sabiduría, la Sabiduría de Dios, la Palabra que el Señor quiere trasmitirnos. Como nos sigue diciendo Pablo: ‘Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena’.
No es que utilicemos, por así decirlo, la Escritura como arma arrojadiza para acusar y condenar, sino que en el encuentro que vamos haciendo en lo hondo de nuestra vida con la Palabra de Dios, esa Palabra nos ilumina, nos enseña, nos señala aquello que hemos de corregir o mejor, toda esa hondura de nuestra fe.
No siempre los cristianos le damos la importancia debida a la lectura de la Biblia. Incluso, quienes vienen cada día a la celebración de la Eucaristía, le dan poca importancia a la Palabra de Dios que se nos proclama en la lectura de los textos sagrados. No están lejos aquellos tiempos en que mientras se hacía la proclamación de la Palabra quizá aprovechábamos para nuestros rezos o nuestras devociones. No suele ser así hoy, pero no siempre se le da toda la importancia que hemos de darle a una Palabra que el Señor nos está dirigiendo; ejemplo tenemos en aquellos a los que no les importa llegar tarde a la celebración sin mostrar demasiado interés en la escucha de la Palabra.
Pero no tendría que ser sólo aquí en la proclamación litúrgica que hacemos de la Palabra, sino que la Biblia tenía que estar más presente en nuestra vida, tendría que seer un libro que siempre tuviéramos al alcance de nuestra mano para encontrar momentos a lo largo del día en que nos dediquemos a leer y a reflexionar, a orar con la Biblia, que nos enseña a hacer la más hermosa oración al Señor. Busquemos tiempo para leer la Biblia. Es el más hondo equipaje que podemos encontrar para ese camino de nuestra vida cristiana. Un equipaje que no nos puede faltar.

jueves, 3 de junio de 2010

Este ha sido mi Evangelio, Jesucristo muerto y resucitado

2Tim. 2, 8-15;
Sal. 24;
Mc. 12, 18-24

El letrado se acercó a Jesús para preguntarle ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’, pero quizá alguien podría acercarse a nosotros para preguntarnos por nuestra fe, para que demos razón de lo que creemos, lo que nos hace en verdad cristianos. Es algo que hemos de tener bien claro. Lo que es nuestra fe y lo que en consecuencia vivimos. Cuál es ese evangelio en el que nosotros creemos y por el que nos decimos salvados.
De una forma clara nos lo dice Pablo en su carta a Timoteo. ‘Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David’. Y nos dice rotundamente: ‘Este ha sido mi evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas como un malhechor…’
El centro del Evangelio es Jesús. Esa es la Buena Noticia, Jesús, muerto y resucitado. Jesús, muerto y resucitado es la Buena Noticia. Por ello Pablo ha llegado hasta la cárcel, y llegará hasta entregar la vida. Cristo, muerto y resucitado que es nuestra salvación. Cristo, muerto y resucitado es nuestra vida.
Confesamos nuestra fe en Jesús y nos queremos unir a El, vivir su vida. Con todas sus consecuencias. Es una camino de vida, de perseverancia, de fidelidad el que hemos de seguir. Y unirnos a Cristo muerto y resucitado es hacer esa muerte y resurrección vida en nosotros. Por eso Pablo nos ha dicho: ‘Si morimos con El, viviremos con El. Si perseveramos, reinaremos con El…’ Morir con Cristo porque cuando le seguimos y le queremos vivir hemos de dar muerte en nosotros a todo lo que nos pueda alejar de El, hemos de dar muerte al pecado. Toda la vida del cristiano desde el Bautismo es un participar de su muerte y resurrección.
Un camino que como decíamos nos exige perseverancia y fidelidad. Permanecer fiel, confesarle, dar testimonio de El, ser su testigo. Nos cuesta a veces, pero El está con nosotros, nos ha dejado su Espíritu para que podamos vivirlo, como hemos venido reflexionando últimamente.
Todo siempre para la gloria de Dios. Y daremos gloria al Señor desde esa fe en Jesús pero con nuestro amor fiel y total. Aquel mandamiento del Antiguo Testamento sigue siendo también mandamiento para nosotros. ‘¿Cuál es el mandamiento principal?’, recordamos que preguntaba aquel letrado a Jesús. ‘El Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste, añade Jesús: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
Porque no habíamos cumplido ese mandamiento del Señor, sino que habíamos llenado nuestra vida de infidelidad y pecado, viene Cristo a salvarnos y redimirnos. Su muerte en la cruz es redentora, nos llena de salvación. Pero confesamos a Jesús, como decíamos, muerto y resucitado. Es la Buena Noticia, es el Evangelio de nuestra salvación. Claro que tenemos que sentirlo como la gran Noticia, sentirnos amados de Dios de tal manera que Cristo muere por nosotros.
Por eso nuestra respuesta tiene que pasar por la fidelidad y por el amor. Y el amor del Señor fiel siempre, a pesar de tantas infidelidades nuestras, de tantas negaciones que pudiera haber en nuestra vida a causa de nuestro pecado. Pero así de grande es el amor del Señor.

miércoles, 2 de junio de 2010

Sé de quien me he fiado

2Tim. 1, 1-3.6-12;
Sal. 122;
Mc. 12, 18-27

‘Sé de quien me he fiado… no me siento derrotado’. ¡Qué entereza la del apóstol cuando escribe esta segunda carta a Timoteo! ‘Apóstol, por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús… de este evangelio me han nombrado heraldo, apóstol y maestro… y ésta es la razón de mi penosa situación presente’.
Mucho ha tenido que sufrir a causa del evangelio; en una de sus cartas da detalles impresionantes de las persecuciones sufridas. Ahora está en la cárcel e incluso se siente abandonado por muchos. Pero él sigue firme, ‘sé de quien me he fiado’, ha puesto toda su confianza en el Señor. Y aún tiene ánimos para exhortar a Timoteo, ‘hijo querido’, como lo llama, a que no tenga miedo de enfrentarse, ‘a tomar parte en los duros trabajos del evangelio según las fuerzas que Dios te dé’.
Dos cartas ha escrito Pablo a su discípulo Timoteo, que le ha venido siguiendo desde Listra en su segundo viaje, y a quien ha puesto al frente de la comunidad de Éfeso. Se le suelen llamar cartas pastorales, porque principalmente son exhortaciones y consejos sobre cómo ha de realizar su tarea pastoral en aquella comunidad que se le ha confiado. Pero nos sirven bien a todos, porque en ellas nos ha dejado un hermoso mensaje que para nosotros es Palabra de Dios, palabra que el Señor quiere decirnos.
Se siente gozoso interiormente el apóstol por la firmeza de la fe de Timoteo y le recuerda cómo ha de ser fiel en todo momento a la gracia que el Señor ha depositado en él. ‘Doy gracias a Dios… tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día… aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos…’
Aunque Pablo está haciendo una referencia clara a la misión concreta que Timoteo ha recibido para ser pastor de aquella comunidad por la que ha de desvivirse – bien me sirve a mí como sacerdote recordarlo, avivar esa gracia de Dios en mí que me ha hecho sacerdote – sin embargo nos vale a todos para que no olvidemos cuantas gracias ha derramado el Señor en nosotros y para que tengamos la fortaleza del Espíritu del Señor para el testimonio de nuestra fe que hemos de dar en todo momento.
Decíamos al principio de la entereza del apóstol a pesar de los momentos difíciles por los que pasaba. También nosotros podemos tener momentos bajos, pasar por situaciones difíciles, sentir el asedio de la tentación que nos quiere arrastrar al pecado, o podemos incluso pasar por momentos de tibieza espiritual, pero nuestra fe ha de ser firme. Nuestra confianza hemos de ponerla totalmente en el Señor. No nos faltará nunca la gracia del Señor que nos acompaña.
Como el apóstol también nosotros tenemos que aprender a decir ‘sé de quien me he fiado’. Por eso nos decía: ‘El nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo… que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal’.
Que así seamos capaces de vivirlo.

martes, 1 de junio de 2010

Confiados en la promesa del Señor esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

2Ped. 3, 12-18;
Sal. 89;
Mc. 12, 13-17

Hay un texto en las cartas de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir como los que no tienen esperanza porque nosotros creemos en Cristo muerto y resucitado. Es así lo que tiene que ser la vida de un cristiano, pero muchas veces me pregunto si en verdad todos los que creemos en Jesús vivimos como personas que tienen esperanza. Podríamos pensarlo de gente a nuestro alrededor, pero creo que lo importante es que nos examinemos a nosotros mismos y veamos si en verdad vivimos como quienes tienen esperanza o no.
Tenemos el peligro de vivir tan absortos en el día a día con sus trabajos, responsabilidades, preocupaciones, o queriendo apurar hasta el último sorbo aquellas cosas de las que podemos disfrutar en la vida, o rehuyendo aquellas que nos pudieran hacer sufrir, que quizá en lo menos que pensamos es en la esperanza, en la vida eterna, en la trascendencia que hemos de darle a nuestra vida o en el esperar que un día vayamos a gozar en Dios en plenitud de todo lo mejor que nos puede dar la felicidad.
Tenemos la tentación de quedarnos de tejas abajo, como se suele decir, para pensar sólo en esta vida terrena, pero para pasarlo aquí con la mayor felicidad. No es que no tengamos o queramos ser felices en esta vida, pero si no le damos la debida trascendencia a lo que hacemos o vivimos, si no ponemos esperanza en esta vida en la que sólo en Dios vamos a alcanzar plenitud, es fácil que nos amarguemos o desesperemos cuando no conseguimos ahora todo lo que deseamos.
El cristiano tiene que ser un hombre y una mujer de esperanza desde la fe que tenemos en Jesús muerto y resucitado. Y en esa esperanza aprenderemos a darle valor y sentido a todo lo que hacemos y a todo lo que es nuestra vida. También tendrán valor y sentido los momentos malos que tengamos que vivir a causa de la enfermedad, las debilidades humanas y corporales que padezcamos y los sufrimientos por los que tengamos que pasar.
‘Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habita la justicia’, nos dice hoy Pedro en su carta. Nos recuerda el Apocalipsis y aquella expresión y súplica final, ‘Ven, Señor Jesús’. Nos continuará diciendo: ‘Por tanto, mientras esperáis estos acontecimientos , procurad que Dios os encuentre en paz con El, inmaculados e irreprochables’. Nos dice el apóstol que ‘Dios nos encuentre en paz con El’, porque muchas veces a causa de nuestra debilidad y nuestro pecado, tenemos el peligro de perder esa paz. Vayamos a reconciliarnos con El, porque somos pecadores y sólo en El encontraremos el perdón, sólo en El vamos a restaurar esa paz que nos ofrece en su misericordia.
‘Estad prevenidos’, nos dice, ‘que no os arrastre el error… que no perdáis pie’. Porque el enemigo tentador nos acecha, ‘como un león rugiente’, en expresión que emplea Pedro en otro lugar de sus cartas. Por eso, en esa esperanza, en esos deseos de alcanzar la vida eterna, deseos de poder gozar un día junto a Dios para siempre, nos tenemos que sentir impulsados a que ahora cada día seamos más santos.
‘Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y hasta el día eterno’.

lunes, 31 de mayo de 2010

La visita de María a Isabel, la visita de Dios


Sofonías, 3, 14-18;
Sal. Is. 12, 2-6;
Lc. 1, 39-56


‘¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?’ Es la pregunta que se hace Isabel cuando María llega a visitarla en aquel lugar apartado de la montaña de Judea.
María, que con la visita del Ángel en Nazaret ha recibido la visita de Dios, que por la acción del Espíritu Santo comienza a ser la Madre de Dios, a llevar al Hijo de Dios encarnándose en sus entrañas ‘se pone en camino y va aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá, a casa de Zacarías’.
Es la reacción de la fe y la reacción del amor. No se puede quedar quieta con todo aquello que en ella está sucediendo y las noticias que recibe. Reacción de la fe porque reconoce la acción de Dios en su vida; se ha fijado en ella, en su pequeñez, ‘el poderoso ha hecho obras grandes en mí’. Reacción del amor, porque su actitud primera es la del servicio; tiene conocimiento de que su prima Isabel, la que consideraban estéril y además era ya entrada en años, va a tener un hijo, y allá va María para servir.
Es así cómo llega María ‘a casa de Zacarías y saludó a Isabel’, como nos dice el evangelio. Llega María hasta Isabel pero con ella va la gracia del Señor y comienzan a realizarse las maravillas. ‘Se llenó Isabel del Espíritu Santo’, y comienza a profetizar; es capaz de reconocer quien es María que se ha convertido en la Madre del Señor y comienzan los cánticos de bendiciones y alabanzas. ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre… Dichosa tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Juan salta de alegría en el seno de Isabel y queda santificado con la presencia de Dios que llega con María. Va a ser el ‘profeta del Altísimo’ que viene a preparar los caminos del Señor, y ya queda santificado quien va a ayudar a las gentes a prepararse por caminos de penitencia y búsqueda de la santidad a la llegada del Señor que con María ya ha llegado hasta él.
Y María también se llena del Espíritu santo y prorrumpe en hermoso cántico de alabanza y acción de gracias por el actuar del Señor. Dios que actúa en María: ‘el Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es santo’. Dios que se manifiesta con su misericordia para con todos los hombres: ‘y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’.
Pero Dios que llega transformando los corazones: ‘El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’. Serán los humillados que serán enaltecidos, los hambrientos que quedarán saciados; serán los pobres y sencillos de corazón que conocerán a Dios; serán los puros de corazón que verán a Dios.
Es el Dios que cumple sus promesas –‘auxilia a Israel su siervo, acordándose de la misericordia que había prometido a nuestros padres, a Abrahán y su descendencia para siempre’-. Con la llegada de Dios encarnado en las entrañas de María nacerá un hombre nuevo y una humanidad nueva, el hombre y la humanidad de la fe y del amor.
La visita de María a Isabel es la visita de Dios, no sólo para Isabel sino para toda la humanidad. La visita de Maria a Isabel y cómo ambas mujeres acogen esa llegada de Dios a sus vida es para nosotros ejemplo de cómo tenemos que acoger a Dios que sigue actuando en nuestra vida. Pero nos enseña algo más: como María nosotros tenemos que ir llevando a Dios a los demás, por la fe y por el amor; como María tenemos que hacernos portadores de Dios. El hombre, el mundo de hoy necesita y espera, quizá sin saberlo, esa visita de Dios. En nuestra fe y en nuestro amor está el hacer que Dios llegue a muchos a nuestro lado.