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sábado, 24 de diciembre de 2022

Cuidado no nos entretengamos en navidad en cosas que no son tan esenciales y tengamos una fiesta de navidad sin vivir la visita de Dios a su pueblo que nos llega en Jesús

 


Cuidado no nos entretengamos en navidad en cosas que no son tan esenciales y tengamos una fiesta de navidad sin vivir la visita de Dios a su pueblo que nos llega en Jesús

2Samuel7, 1-5.9 -11.16; Salmo 88; Lucas, 1, 67-79

Cuando en la vida estamos esperando algo con ansia y muchos deseos y ya vemos como inminente la solución de aquellos problemas, por ejemplo, tenemos la seguridad de que en verdad a partir casi de ya las cosas van a ser distintas, ya estamos como pregustando el sabor de la victoria, la alegría que vamos a vivir en lo nuevo que va a comenzar.

Así, podríamos decir, nos sentimos en la mañana de estas vísperas de la navidad, que era como se sentía el anciano Zacarías con la llegada y nacimiento de su hijo, pero sobre todo por lo que se vislumbraba que iba a ser lo nuevo que iba a suceder. Se le había anunciado el nacimiento de un hijo y se le había dado a entender cual era la misión que tendría que realizar. No solo vive la alegría del nacimiento del hijo tan ansiado y esperado, sino el próximo cumplimiento de las promesas que los profetas habían anunciado a lo largo de los siglos.

Cuando ahora ya sus labios se despegan, después de aquel silencio como penitencial que había tenido que vivir por su falta de fe en las palabras del ángel, sus palabras son para bendecir a Dios. No bendice a Dios porque haya recobrado el poder hablar, sino bendice a Dios porque siente que Dios en verdad ha visitado a su pueblo. El pueblo creyente sabía leer su historia y reconocía en su fe, y así lo proclamaba continuamente recordando lo que era la historia de la salvación, que Dios había estado de su parte, se había hecho presente en el caminar peregrino del pueblo por el desierto y muchas veces había sentido su presencia que no le abandonaba, porque aunque una madre pueda abandonar al hijo de sus entrañas, Dios nunca abandona a su pueblo.


Es por lo que ahora Zacarías bendice a Dios. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.

Llegaba el tiempo de la visita de Dios a su pueblo. Aquel niño que acababa de nacer le llamarán ‘profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor, a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Ahí está Juan, el precursor del Mesías, como siempre la iglesia lo ha reconocido; profeta y más que profeta, como lo proclamaría el mismo Jesús que de él dirá que no ha nacido de mujer otro mayor que él.

Y a nosotros nos queda ahora, ya en estos momentos ya tan cercanos a la celebración del nacimiento de Jesús, escuchar una vez más la voz del Bautista para preparar los caminos del Señor. Es la visita de Dios a su pueblo lo que vamos a vivir y a celebrar. Ya estamos pregustando la alegría de su venida, de su presencia en medio de nosotros.

Pero cuidado, no nos confundamos, ante los sones de alegría que nos ofrece el mundo para celebrar la navidad. Es otra alegría más hondo, que no se queda en unos alegres cantos que incluso muchas veces pareciera que no tienen nada que ver con aquel nacimiento de Jesús en Belén, de lo que tiene que ser en verdad el nacimiento de Jesús hoy en nuestra vida y en nuestro mundo. No es simplemente una copa la que hemos de levantar para hacer un brindis, no son bonitas palabras con bonitos deseos lo que hemos de pronunciar, son las actitudes nuevas que tiene que haber en nuestro corazón.

Si nosotros tuviéramos que recibir a alguien en nuestro hogar con la mejor hospitalidad, ya buscaríamos formas para que nuestra acogida sea la mejor, para hacernos presentes a su lado en todo momento para que quien nos visita se sienta a gusto con nosotros y en nuestra casa, ya buscaríamos la forma de cómo mejor agradarle y ofrecerle lo mejor que tengamos con los mejores gestos de nuestro amor y amistad.

¿Qué es lo que en verdad estamos haciendo para acoger esa visita de Dios a nosotros, a nuestra familia, a nuestro mundo en esta celebración de la navidad? ¿No tendremos el peligro de entretenernos en cosas que no son tan esenciales y al final terminemos haciendo nuestra fiesta de navidad, pero arrimando a un lado esa presencia de Dios? ¿Sabremos sentir que Dios hoy, ahora, viene a nosotros en esas personas con las que nos podemos encontrar que muchas veces hasta rehuimos? Cuidado no celebremos navidad sin Jesús, navidad sin vivir la presencia de Dios.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Qué navidad, qué es lo que tiene que nacer de nuevo en nosotros aquí y ahora en el momento que estamos viviendo

 


Qué navidad, qué es lo que tiene que nacer de nuevo en nosotros aquí y ahora en el momento que estamos viviendo

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Esos acontecimientos que se van sucediendo y que son los que de alguna manera conforman nuestra vida podíamos decir que tienen como un hilo conductor que van marcando como una línea; somos hijos de una familia que tiene sus tradiciones, formamos parte de un pueblo que tiene su historia y sus costumbres; y mucho nos sentimos orgullosos de nuestras raíces, de nuestra historia, de nuestras costumbres y tratamos de mantenerles a toda costa, porque de alguna manera forman parte de nuestra identidad.

Cuando alguien quiere cambiar nuestras costumbres en principio nos revelamos, muchas veces nos damos cuenta que la vida tiene una continuidad y una progresión y podemos desear lo mejor, cambiar para mejorar, darle novedad e innovación. Nos encontraremos a quien no le guste, y que luchará con eso que pueden llamar innovaciones, pero no podemos olvidar que la historia tiene que ser también un camino de progreso. Hay a quien le cuesta aceptarlo.

Hoy el evangelio nos ha hablado del nacimiento de Juan. Cosas maravillosas habían rodeado ya el origen de su vida en unos padres que eran mayores e incapaces de engendrar una nueva vida, pero allí se estaba manifestando el Señor. Ahora según la tradición y la costumbre a los ocho días tocaba circuncidar al niño y ponerle nombre.

Todo transcurre con normalidad hasta el momento de la imposición del nombre que su madre quiere que se llame Juan. No era la tradición, nadie en la familia había llevado jamás ese nombre, parece que se rompen los moldes, debería de llamarse como su padre y a su padre acuden para que manifieste cual ha de ser el nombre. Utilizando una tablilla pues aun permanecía mudo, desde el episodio del templo, escribe que Juan ha de ser su nombre. El sello de sus labios se rompe y prorrumpe a hablar cantando las glorias del Señor, bendiciendo a Dios.

Aquel niño, cuyo nacimiento estaba rodeado de tantas obras maravillosas de Dios iba a ser un signo del tiempo nuevo que se avecinaba. El estaba llamado a ser la voz que gritara en el desierto para preparar los caminos del Señor, Y aunque se presenta con signos de austeridad y penitencia invitando a la conversión, era la señal de que algo nuevo estaba a punto de comenzar. Siempre lo hemos considerado como el eje entre el Antiguo y Nuevo Testamento. Es el último de los profetas, pero es el que anuncia el tiempo nuevo porque llegan los tiempos de la salvación. Un cambio profundo había de realizarse por eso él está invitando a la conversión, a la renovación, al cambio, porque es un nuevo corazón el que ha de recibir al que viene como Mesías y Salvador.

Será Jesús el que nos hablará del hombre nuevo, del  hombre que ha de nacer de nuevo, pero en Juan y cuanto le rodea estamos viendo la señal. Y no nos podemos resistir a la acción de Dios en nosotros, no hemos de rechazar su voz y su invitación, no nos podemos quedar anclados en lo que siempre se ha hecho así, tenemos que estar siempre en camino que avanza, en camino nuevo que nos conduce a vida nueva, muchas cosas del hombre viejo tenemos que dejar atrás.

Y eso lo seguimos necesitando hoy, porque no siempre hay en nosotros esa disponibilidad para el cambio, para la renovación, para ser ese hombre nuevo, para vivir el sentido nuevo que nos ofrece el evangelio, seguimos demasiado anclados en el hombre viejo, apegados a tradiciones que nos envejecen. Cuánto nos cuesta dejarnos renovar por el Espíritu.

¿Cuál sería la renovación a la que nos está invitando el Espíritu en esta navidad que vamos a celebrar? ¿Qué navidad, qué es lo que tiene que nacer nuevo en nosotros aquí y ahora en el momento que estamos viviendo? Abramos el corazón al Espíritu y dejémonos conducir. ¿A qué cosas viejas seguirá apegado el corazón? Discernamos los tiempos del Espíritu.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Como María bendición para Dios y bendición también para los demás, reconocemos los regalos de amor que recibimos y al tiempo hacemos ofrenda de nuestro amor

 


Como María bendición para Dios y bendición también para los demás, reconocemos los regalos de amor que recibimos y al tiempo hacemos ofrenda de nuestro amor

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8abcd; Lucas 1,46-56

Cuando hablamos de bendiciones normalmente pensamos en si llevamos algo al sacerdote para que lo bendiga, acaso pensamos en cómo el sacerdote al final de la celebración nos da la bendición de Dios antes de marcharnos de nuevo a nuestros quehaceres, a lo sumo pensamos en la bendición que le piden los hijos a los padres – aunque sea una costumbre que va desapareciendo -, pero realmente cuando hablamos de bendición tendríamos que pensar en algo más y no quedarnos solamente en algo que recibimos, aunque también lo sea.

Creo que de alguna manera tenemos que rescatar ese sentido de bendición con el que nosotros también queremos regalar a los demás. Nuestras palabras o nuestra presencia junto a los demás tendrían que ser siempre bendición para el otro, con lo que les mostramos nuestro aprecio y también nuestra gratitud porque por otra parte somos conscientes de cuanto de ellos estamos continuamente recibiendo.

Bendecir, en el estricto sentido de la palabra en sus propias raíces, es decir bien, pero le damos ese carácter sagrado de una bendición que recibimos de parte de Dios. Pero bendecir es también cantar a Dios, bendecir a Dios. Si cuando recibimos la bendición de Dios estamos pensando cómo queremos que su presencia nos llene y nos inunde con sus gracias y con sus dones, para vernos también liberados de todo mal, ¿Por qué no pensar en esa alabanza que queremos dar a Dios cantando su gloria que sean como piropos de amor que a Dios dedicamos también como una acción de gracias por cuanto de El recibimos?

Bendición para Dios y bendición para los demás porque son muestras de nuestros deseos de amor, el regalo que también desde nuestro amor queremos hacerles deseando que se vean envueltos por todo lo bueno y por todo lo bello. Bendecir es decir también estoy contigo, ya sea que bendigamos a Dios o que bendigamos a los demás, y con mi amor quiero que nos llenemos de felicidad, ya porque cumpliendo la voluntad de Dios quiero darle gloria, ya porque siempre haremos todo lo bueno para los demás.

Aprendamos de María. Tenemos ante nuestros ojos aquel momento de su visita a su prima Isabel allá en la montaña de Judea donde todo fueron bendiciones. Isabel siente como una bendición la presencia de María que llega a ella en la actitud del servicio como ofrenda de amor pero que también le trae la presencia de Dios y María se siente bendecida en las palabras y la acogida de su prima que la reconoce la Madre de su Señor.

Por eso todo el cántico que hoy escuchamos en esta parte del Evangelio es un cántico de bendición. Reconoce María las maravillas que Dios en ella está realizando a pesar de que se siente pequeña y la humilde esclava del Señor y todo son bendiciones para Dios, todo es alabanza para Dios que de manera especial visita a su pueblo derramando sus bendiciones de gracia y de misericordia. Es un cántico de acción de gracias pero es un cántico de bendición a quien así quiere hacerse presente en medio del pueblo, para quien quiere hacerse Emmanuel, Dios con nosotros.

Aprendamos nosotros a bendecir porque es humildemente reconocer. Reconocemos los dones recibidos ya sean de Dios, ya sean de los que caminan a nuestro lado y tanto hacen por nosotros y queremos ser siempre bendición, bendecimos y alabamos a Dios, pero aprendemos a bendecir a los demás porque alabamos y reconocemos también su amor, y aprendamos a recibir con gratitud las bendiciones que de tantos modos van llenando también nuestra vida.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

La visita de María a Isabel nos recuerda la visita de Dios hoy y aquí a nosotros, corramos los velos de desconfianza, abramos las puertas del amor, viene Dios

 


La visita de María a Isabel nos recuerda la visita de Dios hoy y aquí a nosotros, corramos los velos de desconfianza, abramos las puertas del amor, viene Dios

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Es un gozo abrir las puertas de nuestra casa para recibir a alguien que viene a visitarnos. Quien nos visita se dice honrado porque le abramos las puertas de nuestro hogar, pero decimos también que nos sentimos honrados cuando recibimos a alguien en nuestra casa. Hay visitas que pudieran ser sorpresa y puedan sorprendernos quizá, no lo esperábamos, nos sentimos privilegios con su elección, ponemos de nuestra parte lo mejor para ofrecer la mejor hospitalidad.

Visitas que son como una corriente de aire fresco que nos traen alegría y que despiertan en nosotros los mejores sentimientos; son un regalo para nosotros, de alguna manera nos despiertan a la vida, nos ponen a prueba nuestro amor y nuestra capacidad de acogida, hacen brotar en nosotros las mejores flores, el mejor perfume, los valores mas preciosos para quien llega a nosotros. Hay un hermoso intercambio, corrientes de aire fresco, perfume que todo lo suaviza y hace todo lo más agradable posible.

Una suave brisa llegada de las montañas y valles de Galilea llegó aquella mañana a las montañas de Judea haciendo surgir los mejores perfumes y los mejores cánticos de alabanza. Llegaba María, y bien sabemos quien iba en el seno de María, a visitar a su prima Isabel tras los anuncios celestiales que habían envuelto ambas casas.

Se despertaba la vida y se despertaba el amor, torrentes de cielo inundaban aquel hogar en el que también reinaba Dios, surgen los cánticos de alegría y alabanza, y hasta la criatura que Isabel llevaba en su seno rebosa de gozo saltado de alegría en el seno de su madre, llenándose también del Espíritu según se escuchaban las palabras de saludo de María.

Sorprendida Isabel con la visita de su prima venida desde la lejana Galilea se deja conducir por el Espíritu de Dios para reconocer que quien venía a visitarla no era solo su prima sino que con ella venía Dios, porque ella era la Madre del Señor. Un primer reconocimiento de la grandeza de María que humilde se siente sobrepasada por cuantos acontecimientos en ella se estaban produciendo estos días desde la visita del Ángel en Nazaret. Y María es dichosa en su fe y por su fe, como lo reconoce Isabel, porque cuando le ha dicho el Señor se cumplirá. Aquella era la visita de Dios, como más tarde reconocerá también Zacarías, porque el Dios bendito ha venido a visitar a su pueblo.

Es lo que vamos a tener muy presente en este día cuando ya está inmediata la Navidad porque también nosotros vamos a recibir la visita de Dios. Aquellos sentimientos, aquellas nuevas actitudes, aquella sorpresa que se convertirá en reconocimiento y en alabanza aquella mañana en aquella ciudad de la montaña de Judea, son de los que nosotros tenemos que llenarnos para vivir con intensidad esa visita de Dios en el hoy de nuestra vida y de nuestra historia que tiene que significar la navidad que vamos a celebrar.

Dios viene a nosotros, lo reconoceremos en el Niño recostado entre pajas que contemplaremos en Belén, pero Dios viene a nosotros y tenemos que saber descubrir las señales de su presencia en el hoy de nuestra vida.

Es la visita de Dios hoy a nosotros, está tocando a nuestra puerta, a la puerta de nuestro corazón; nos cuesta reconocerle en quien pasa a nuestro lado, llega a nuestra puerta, o nos está tendiendo la mano de alguna manera en la petición, en la súplica, en las palabras, en la mirada, en los gestos de esos con los que nos vamos encontrando todos los días. Descubramos esa visita de Dios; quitemos los velos de nuestros ojos de nuestros prejuicios, de nuestras desconfianzas o de nuestros miedos a abrir la puerta.

No podemos dejar que Dios en su visita pase de largo.

martes, 20 de diciembre de 2022

Abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en ese silencio interior descubramos el proyecto de Dios que como a María también a nosotros nos pone en camino de salvación

 


Abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en ese silencio interior descubramos el proyecto de Dios que como a María también a nosotros nos pone en camino de salvación

 Isaías 7, 10-14; Sal 23; Lucas 1, 26-38

¿Confiamos o no confiamos? ¿Tenemos o no tenemos confianza?  Según en qué, según con quien, según cuándo… y ponemos nuestras pegas, pedimos nuestras pruebas, y aún en las pruebas que pedimos algunas veces también desconfiamos. La vida tendría que estar edificada sobre la confianza, en la vida misma, en las personas de las que nos rodeamos, en las personas con las que estamos, con quienes convivimos, con quienes trabajamos.

Es como podemos vivir, lo contrario sería angustia interior, sería inseguridad, sería falta de paz. Sin embargo aunque nos mostremos recelosos, muchas cosas vamos haciendo con normalidad en la vida que es una muestra de confianza, en el conductor que nos lleva en el autobús, o en el piloto del avión, en el panadero que nos hace el pan o habitualmente con las personas con las que nos cruzamos en la calle, y así en tantas y tantas cosas, a pesar de lo que digamos o lo que pensamos. Es un punto importante en nuestras relaciones.

¿También en nuestras relaciones con Dios? Si decimos que tenemos fe lo hacemos desde una base de confianza, porque es fiarnos de un misterio qee nos supera y nos trasciende, pero también de lo que podemos sentir en nuestro interior en lo que podemos escuchar la voz de Dios. Si oramos a Dios es porque tenemos la confianza de que El nos escucha y accede a cuanto le pedimos.

¿Hasta dónde llega la confianza de nuestra fe? En la rebeldía interior cuando nos aparecen los problemas y las dificultades, el dolor, la enfermedad o la muerte, le reclamamos a Dios y no siempre con la humildad de la confianza. En el sentido que le damos a la vida o el valor que le damos a las cosas muchas veces más que fiarnos de Dios queremos en nuestro orgullo hacerlo por nosotros mismos y a nuestra manera. Cojea en ocasiones esa confianza de la fe, esa confianza en Dios que tendría que convertirse en la obediencia de la fe.

Es la confianza de la fe pero que ha he haber nacido del descubrimiento del amor. Cuando en verdad nos sentimos amados de Dios comenzamos un camino distinto de relación con Dios, un camino distinto de fe y de confianza. No podemos menos que confiar en quien nos sentimos amados. Sepamos, pues, descubrir esas señales del amor. Es lo que de una manera intensa y especial nos disponemos a celebrar en los próximos días de la Navidad.

Hoy queremos aprender de María, que se siente sorprendida por el amor de Dios que la envuelve. Era mujer de fe que de tal manera se había puesto en las manos de Dios que se sentía su esclava, la humilde servidora del Señor. Por eso en ella habrá disponibilidad total porque hay confianza total. Como humana que es, y también en su humildad se siente sorprendida con que Dios quiera contar con ella y no sabe ni cómo va a ser ni hasta dónde tendrá que llegar la disponibilidad de su vida. Por eso ante el misterio que se le revela se turba, que dice el evangelio, se queda pensativa rumiando aquello que el ángel del Señor le está revelando, pero no faltará la paz en su corazón. ‘No temas, María’, le dirá el ángel porque ella es, y así se siente, la agraciada, la regalada por el amor del Señor. Siente sobre sí la mirada del amor de Dios que la ha elegido.

Todo es un misterio de Dios que solo desde la fe, desde la confianza total que pone en la Palabra de Dios que se le está transmitiendo, se es capaz de aceptar, como lo hace María. Su hijo será el Hijo del Altísimo, todo lo que en ella sucede es obra del Espíritu que la envuelve y la llena de nueva vida, comienza con su ‘sí’ un camino de amor y de salvación para la humanidad porque su hijo al que llamará Jesús tiene ese nombre por es el Salvador de todos los hombres. Acepta el plan de Dios, acepta el proyecto de Dios. Un tiempo nuevo va a comenzar por la confianza de María, por la obediencia de la fe de quien es la llena de gracia.

¿Aprenderemos nosotros a confiar?  ¿Habrá en nosotros esa disponibilidad para aceptar lo que sea el plan de Dios para nuestra vida? Porque Dios también quiere contar con nosotros y el sí de nuestra confianza total que le demos a Dios será también camino de vida y salvación para la humanidad. Como a María a nosotros también Dios nos está poniendo en camino; abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en el silencio de nuestro corazón descubramos ese proyecto de Dios. ¿Confiamos o no confiamos?

lunes, 19 de diciembre de 2022

Dejémonos sorprender por la presencia de Dios que nos envuelve con la obediencia de la fe y podremos descubrir las maravillas que Dios nos tiene reservadas

 


Dejémonos sorprender por la presencia de Dios que nos envuelve con la obediencia de la fe y podremos descubrir las maravillas que Dios nos tiene reservadas

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25

¿Nos creemos todo lo que nos dicen? Aunque hay gente muy crédula que todo se lo traga, sin embargo antes de dar crédito a aquello que nos cuentan, aunque algunas veces lo hagamos casi de forma automática, tratamos de sopesar la credibilidad de quien nos está contando esa historia, la veracidad que pudiera tener de una forma objetiva analizando posibilidades, discerniendo bien lo que nos cuentan para restar lo que pudiera introducirse de una forma imaginativa como suele suceder cuando nos quieren sorprender con algo. No nos lo creemos todo, ponemos en duda muchas cosas, podríamos decir que no nos queremos dejar sorprender porque ya nos creemos mayorcitos para creer cualquier cuento que nos parezca de hadas.

¿Es lo que debemos hacer siempre? ¿No le damos crédito a nadie en aquellas cosas que nos cuentan? ¿Dónde está la confianza mutua que tendríamos que tenernos los unos con los otros? ¿No terminamos de creer que pudiera haber cosas que nos sorprendieran y nos llamaran la atención dándole credibilidad? Aquí ponemos nuestros criterios, aquí ponemos la madurez que queremos manifestar, aquí tendríamos que poner también la confianza.

Zacarías estaba impresionado por lo que estaba viendo y oyendo aquella mañana cuando le tocó el turno de oficiar en el templo. Mientras hacia la ofrenda del incienso algo sobrenatural lo envolvió; no era el humo del incienso que envolvía aquel lugar santo del templo y que pudiera producirle alguna perturbación mental. Contemplaba al ángel del Señor que le hablaba; se sentía sorprendido; el temor le embargaba porque tenían la creencia que quien viera a Dios cara a cara moriría.

Pero las palabras del ángel estaban respondiendo a sus anhelos más profundos y a las oraciones que tanto él como su mujer Isabel elevaban todos los días a Dios. Le anunciaba el nacimiento del hijo que tanto habían deseado pero que la esterilidad de su mujer y ya sus años bien entrados, pues eran ya ancianos, les había impedido tener. Lo que se le estaba ofreciendo ya le podía parecer imposible, olvidando a pesar de su fe que para Dios nada hay imposible. Y se hace preguntas en su interior, quiere creer pero todo le parece un sueño que se puede quedar en eso, en un sueño. Por eso surge la duda y la pregunta. ‘¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada’.

Parece como que el ángel se enfada porque duda de su credibilidad y trata de reafirma quien es, Gabriel, el ángel que está en la presencia del Señor, que ha sido enviado por Dios para comunicarle esa buena noticia. La prueba de su credibilidad va a ser que Zacarías se quedará mudo hasta que sucedan todas estas cosas que le acaba de anunciar.

Aquel niño que va a hacer será grande a los ojos del Señor y viene con una misión muy concreta. ‘Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’. Es el anunciado por los profetas como el que había de venir a preparar los caminos del Señor. ‘Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos hijos de Israel al Señor, su Dios’.

Son las sorpresas de Dios ante las que tenemos que rendirnos con la obediencia de la fe. Efectivamente para Dios nada hay imposible como le dirá el ángel a María, y tenemos que dejarnos sorprender por el misterio de Dios que se nos revela.  Lo queremos racionalizar todo según nuestros parámetros humanos pero Dios nos supera, por algo diremos en referencia a las cosas de Dios que son cosas sobrenaturales.

Pero tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que se nos manifiesta y nos envuelve con su sabiduría. Es la obediencia de la fe. Esa sabiduría de Dios que le da un sabor nuevo a todo, a lo que nos revela y a la vida misma. Dejémonos sorprender porque las cosas de Dios son distintas, pero cuando nos dejamos envolver por Dios nos sentiremos elevados, nos sentiremos como un plano distinto, que es esa presencia de Dios que nos envuelve y nos lleva a la plenitud de nuestro ser.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

 


Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24

Muchas veces decimos que la vida es complicada porque parece que se cruzan muchas cosas que nos lo pone más difícil, que nos ofrece muchas sorpresas que algunas veces nos cambian todos nuestros planes que nos desestabilizan, nos hacen comenzar de nuevo o nos vemos llenos de fracasos porque no conseguimos lo que anhelamos en el momento que lo deseamos. Le echamos la culpa a la vida, al destino o a no sé qué cosas porque todo parece que se nos hace incomprensible.

Pero quien mira la vida con ojos de creyente tiene otra percepción distinta de cuanto nos sucede. Muchas cosas nos hacen daño quizá porque por medio pueden estar la malicia de los hombres o las ambiciones que nos ciegan y con ello a veces nos perjudicamos. Pero más allá de todo eso queremos tener otra mirada descubriendo lo que son los designios de Dios que nos va hablando, que nos va pidiendo respuesta a través de esos mismos acontecimientos. No es un destino irrevocable al que acudimos, sino que sentimos que hay como una invitación de Dios para que ocupemos nuestro lugar, sepamos reaccionar con madurez y pongamos también de nuestra parte lo que pueda hacer más comprensible ese mundo a veces tan revuelto.

Es necesario tener una fe grande, para saber escuchar a Dios en esos momentos que muchas veces se nos pueden volver duros y que pueden crear en nosotros situaciones que se nos hacen difíciles de resolver. Hay que saber tener una serenidad de espíritu, para en medio de todos esos ruidos de la vida también podamos escuchar esa voz de Dios que nos susurra cosas allá en lo secreto de nuestra conciencia y de nuestro corazón. Nos cuesta, podemos sentirnos confundidos en nuestro interior, pero sí hemos de poner confianza de nuestra parte en esa voz va a sonar clara para nuestra vida.

Hoy en el evangelio se nos presenta así un hombre de fe grande. El momento era duro para él porque podían estar brotando muchas desconfianzas en su corazón. Su vida podría verse truncada con aquello que estaba sucediendo, pero él siempre quiso obrar bien no queriendo hacer daño a nadie, aunque muchas cosas fueran incomprensibles para él. María, su prometida, su esposa que era una manera de decir por el compromiso que ya había entre ellos, estaba encinta. Algo duro y fuerte desgarraba su corazón. No sabía lo que sucedía ni lo que debía hacer, pero quiere actuar bien sin hacer daño. Cómo nos precipitamos nosotros algunas veces ante cualquier contratiempo y surge pronta la reacción violenta que genera muchos sentimientos adversos.

José supo hacer silencio en su corazón. En sueños, es una manera de hablar propia del evangelio para señalarnos las manifestaciones de Dios, un ángel le dice que no tema acoger en su casa a su mujer porque lo que de ella va a nacer es obra del Espíritu de Dios. Y se le confía una misión, la misión de padre porque ha de ser quien le ponga nombre el niño que va a nacer. ‘Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Y ya el evangelista recuerda - ¿lo habrá recordado también José? – lo anunciado por el profeta, tal como escuchamos hoy en la primera lectura. ‘Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.

Se nos presenta este hermoso evangelio en este último domingo de Adviento cuando ya tenemos cercana la Navidad. Es acercarnos al misterio que vamos a celebrar; es disponernos con fe verdadera para vivir hondamente la navidad. Que se despierte en nosotros la fe para poder contemplar y celebrar con hondo sentido el misterio de la Navidad. Ese Niño que contemplaremos nacer en Belén entre las pajas de un establo es el Hijo de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la salvación.

No es una costumbre bonita o una hermosa tradición, no son emociones de recuerdos y añoranzas lo que vamos a celebrar en la navidad. Ya escuchamos decir a mucha gente que la navidad es triste para ellos porque les trae muchas añoranzas, ¿estarán en verdad celebrando la navidad, el nacimiento del Dios que se hizo hombre para ser Dios con nosotros? ¿Se estarán quedando en recuerdos y añoranzas de cenas familiares de otros años con las ausencias que normalmente la vida nos va imponiendo?

Ojalá supiéramos tener la visión de José que en medio de todos aquellos contratiempos que no se acabaron con el hecho de recoger a su mujer, sino que vendría la peregrinación a Belén por el capricho de un gobernador que quería hacer un censo, la huida a Egipto porque Herodes tramaba contra la vida de aquel niño, él supo descubrir el designio de Dios.

Los momentos que vive nuestro mundo no son buenos y parece que todo tendría que ser amargura por las guerras que no se acaban, las pandemias que siguen patentes, las desigualdades que siguen existiendo en el mundo, los problemas sociales y políticos que afectan a tantas naciones, y así podría hacernos una lista poco menos que interminable, pero aun así queremos celebrar Navidad, queremos descubrir los designios de Dios, el plan de Dios que quiere la salvación de nuestro mundo y cuenta con nosotros.

¿Has pensado cuál será el plan de Dios para tu vida a partir de la celebración de esta navidad? Algo que tendríamos que pensar. Qué nos está pidiendo Dios, qué nos estará queriendo decir.

sábado, 17 de diciembre de 2022

Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

 


Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

Algunas veces también nosotros nos preguntamos sobre nuestros antepasados, sentimos curiosidad quizás de donde proviene ese apellido que heredé de mi padre o de mi padre, de dónde procede nuestra familia, sobre todo aquí en las islas que ha sido poblada por gentes venidas de distintos sitios y donde también ha habido una migración entre las diferentes islas; nos proponemos hacer un árbol genealógico y poco más allá de nuestros abuelos o quizás nuestros bisabuelos no pasamos salvo que vayamos a los archivos para buscarlos.

Esa búsqueda de nuestra procedencia nos ayudaría a conectar con nuestra historia o con el pueblo en que estamos enraizados y donde hacemos nuestra vida. Es bueno, y no solo por curiosidad, conocer nuestras raíces, porque es nuestra historia que nos da como fruto lo que ahora vivimos; es mucho más que conocer unos nombres, porque es el encontrar las razones de nuestras costumbres y es lo que ha ido construyendo también nuestra cultura.

Cuando nos acercamos ya a la navidad y entramos en este como octavario de preparación especial la liturgia hoy nos ofrece precisamente la genealogía de Jesús como nos la presenta el evangelista Mateo. Es decirnos que Jesús pertenecía a aquel pueblo, el pueblo de Israel, llamado el pueblo elegido de Dios, porque en él había depositado Dios las promesas del envío de un salvador. Es hablarnos de cómo aquel Jesús de Nazaret, que pronto veremos nacer en Belén tiene una historia, pertenece a una familia y a un pueblo, forma parte de nuestra humanidad aunque estemos celebrando el gran misterio de la Encarnación de un Dios que se hace hombre para ser para nosotros Emmanuel.

Una historia y unos orígenes que pueden tener también sus luces y sus sombras, en ella hay santos como hay pecadores, como la historia de todos los hombres, pero que así nos señalan la verdadera humanidad de Jesús, pero que para nosotros es el Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. Es Jesús porque es nuestro Salvador, es Cristo, porque es el Ungido de Dios para ser nuestra vida y nuestro Redentor.

Pero es quien va a constituir un nuevo pueblo al que se va a pertenecer en nombre de una raza o de una procedencia geográfica concreta, porque es el pueblo al que están llamados a pertenecer todos los hombres porque a todos se nos abre la puerta para ser esos elegidos de Dios cuando seamos constituidos nosotros también en hijos de Dios. ‘Porque a cuantos le recibieron el dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’, como nos dirá el evangelio de san Juan.

También, por otra parte, estas consideraciones que nos ofrece hoy el evangelio con la genealogía de Jesús podría ayudarnos a pensar en nuestras raíces pero más allá de lo que es nuestro origen en razón de la sangre, por la raíces de nuestra fe. Una fe fundamentalmente que recibimos de nuestros padres que quisieron desde un principio que fuéramos cristianos y pronto nos llevaron a bautizar; una fe que nos alimentaron e hicieron crecer en nosotros desde aquellas primeras oraciones que de ellos aprendimos de pequeños, pero también con el testimonio de su vida de fe, con su vida religiosa vivida de muchas formas sencillas quizás también en el seno de nuestro hogar, desde todo lo que de ellos recibimos y aprendimos a lo largo de la vida para hacernos madurar como personas y como cristianos cuando nos llevan a Misa o a la recepción de los sacramentos.

Cada uno tendrá muchas cosas que recordar, muchas cosas que agradecer, muchas cosas también por las que bendecir a Dios que nos dio tal familia y tales padres. Seguramente que junto a ellos podremos recordar a otros familiares, abuelos, tíos, padrinos que fueron también para nosotros unos testigos; en nuestro entorno, en nuestro pueblo o en nuestra parroquia también recordaremos el testimonio de tantas personas que con su fe sencilla pero viva fueron hitos de luz en nuestro camino.

Muchos tendríamos que detenernos a pensar en todo ello y valorar lo que hemos recibido y a las personas de quienes lo hemos recibido. Demos gracias a Dios por ello. Qué raíces más hermosas tiene esa fe que vivimos y que han de darle fecundidad a nuestra vida cristiana.

viernes, 16 de diciembre de 2022

En la cercanía de la navidad nosotros hemos de ser resplandores y destellos de luz que por nuestras obras anunciemos a quien va a venir para llenar el mundo de luz

 


En la cercanía de la navidad nosotros hemos de ser resplandores y destellos de luz que por nuestras obras anunciemos a quien va a venir para llenar el mundo de luz

 Isaías 56,1-3a.6-8; Sal 66; Juan 5,33-36

Los destellos de luz nos anuncian la llegada de algo o de alguien, los resplandores son antesala de la luz que llega; pienso en el resplandor del horizonte en el amanecer que nos anuncian la pronta salida del sol por el horizonte para iluminar un nuevo día; por aquello de los destellos me recordaba cuando circulábamos por caminos más tortuosos y llenos de curvas nuestro vehículo antes de llegar a la curva hacía unos destellos de luz para que quien viniera detrás de la curva sin visibilidad estuviera atento a la llegada de nuestro vehículo, o por sus destellos nosotros conociéramos su venida.

¿Será algo así lo que vamos viviendo en este adviento? Hemos ido escuchando a los profetas que con sus profecías nos estaban haciendo destellos para que nos preparáramos para la llegada del que había de venir; hemos escuchado con insistencia la voz que clama en el desierto, la voz del bautista preparando ya en la inmediatez los caminos del Señor.


Y es que hoy hemos escuchado en el evangelio a Jesús hablar de Juan el bautista, a quien, como les recuerda, habían enviado una embajada para saber cuál era su misión y si acaso era el Mesías; recuerda Jesús el testimonio que dio con su anuncio Juan el Bautista de Jesús. Ahora Jesús nos dice que Juan brilló por un instante con su luz que era luz anunciadora de una nueva luz permanente. ‘Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz’.

Todo nos conduce a la luz verdadera que viene a nuestro mundo, aunque muchas veces las tinieblas quisieran apagar esa luz. ‘La luz brilla en medio de la tiniebla’, nos dice Juan al inicio de su evangelio, ‘pero la tiniebla no la recibió. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Nosotros ahora, queriendo vivir este adviento, queremos recibirle, queremos dejarnos iluminar por su luz. Busquemos la verdadera luz. Estos días nuestras calles se llenan de luces, nuestras casas se quieren adornar igualmente con muchas luces. Es navidad. Y la alegría de estas fiestas el mundo quiere manifestarla con esos derroches de luz. No está mal, pues en fin de cuentas es tomar una imagen muy nuestra, muy de nuestra navidad cristiana, aunque el mundo hoy la utilice o con otros intereses – por medio anda mucho lo comercial – o sin darle todo el sentido que tendría que tener.

No la rechacemos sin más; aprovechemos esos rayos de luz para anunciar la luz verdadera. Es el tinte que todo cristiano debe poner en todo momento. Recordar, y tenemos que hacerlo principalmente con el testimonio de nuestra vida, de nuestras obras, quien es la luz verdadera que tenemos que buscar para que no nos quedemos en lo fatuo y lo efímero. Tenemos que hacer que de verdad todas esas luces conduzcan hasta Jesús, la luz verdadera.

Es nuestra tarea para que le demos un verdadero sentido a nuestra navidad, para que la navidad sea en verdad evangelio para el mundo. De nuevo tenemos que anunciar la verdadera navidad, de nuevo tenemos que seguir anunciando a Jesús y el evangelio de Jesús. Tenemos que hacer más presente a Jesús en nuestro mundo, volver a bautizar la navidad.

Hoy nos ha dicho Jesús: ‘las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que yo hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado’. Es lo que ahora nos toca hacer a nosotros, es el evangelio que tenemos que anunciar. Unos resplandores, unos destellos que tienen que haber en nuestra vida que anuncien a quien va a venir.

jueves, 15 de diciembre de 2022

No son calzadas para el paso fácil y cómodo de quienes tengan que atravesar el desierto o vayan allá por curiosidad, sino un camino que abrir en el corazón

 


No son calzadas para el paso fácil y cómodo de quienes tengan que atravesar el desierto o vayan allá por curiosidad, sino un camino que abrir en el corazón

 Isaías 54,1-10; Sal 29; Lucas 7,24-30

¿Qué es lo que nos llama la atención y nos hace detenernos en nuestro camino para contemplarlo? La respuesta puede ser muy variada y muy personal; cada uno tenemos ese punto de atracción, eso que nos puede llamar la atención como para que nos detengamos en nuestro camino para contemplarlo; no siempre son cosas, aunque la naturaleza si estuviéramos más atentos a ella nos ofrece mucho que contemplar, que descubrir y ante lo que admirarnos. ¿Quién no se ha detenido alguna vez en la carretera para contemplar una bella puesta de sol, o un bello amanecer? Aunque vamos tan a la carrera por la vida no sé a qué dándole más importancia, que no solemos detenernos ante una cosa tan sencilla y tan maravillosa a la vez.

No son cosas, decíamos, no son acontecimientos, pero puede ser una persona, unas actitudes muy especiales ante determinados acontecimiento, una forma de ser o de vestir, unos planteamientos que con su testimonio pudieran ser para nosotros unos interrogantes. ¿Qué nos llama la atención hasta el punto de detenernos en el camino? Seguimos preguntándonos.

Es lo que Jesús está hoy planteándonos en el evangelio. Habían venido los discípulos del Bautista a buscar señales de si era en verdad el Mesías, como Juan había anunciado. Tras su marcha con lo que han descubierto en Jesús, tras lo que han convivido con El, con el mensaje que han de llevar a Juan, el evangelista nos presenta la figura del Bautista en lo que Jesús decía de él.

Comienza Jesús preguntando ¿qué es lo que han ido a buscar en el desierto, qué es lo que han contemplado? No se habrán ido allá solamente por ver unas cañas que se mueven al son y al ritmo del viento del desierto. Lo que sí les había llamado la atención en el desierto era la figura de Juan. Era su presentación un tanto extraña con aquellas vestiduras de pieles de animales, con aquella austeridad incluso en su comida que solo se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Pero es que a la figura así descrita se añaden las palabras de Juan.

Es la voz que grita en el desierto preparando los caminos del Señor. Una voz que resuena y que no todos escuchan de la misma manera incluso en aquellos que han tenido el atrevimiento o la valentía de llegar hasta el desierto. Ya no era camino fácil el acceder a aquellos lugares donde no habría caminos. Pero allí estaba una voz que quería abrir caminos. No son calzadas para el paso fácil y cómodo de los que tengan que atravesarlo o vayan allá por simple curiosidad – no es la comodidad de un turista que en un autobús con aire acondicionado lo atraviesa por curiosidad -, sino que es un camino que hay que abrir en el corazón.

Y es eso lo que resuena fuerte y que no todos escucharán de la misma manera. Como hemos reflexionado en más de una ocasión solo aquellos que son capaces de mirar con sinceridad su vida reconociendo la verdad de su propia realidad, tendrán la valentía de querer empezar a abrir caminos. Quienes se encierran en si mismos, en sus logros o sus orgullos, en su autosuficiencia y en la vanidad de ponerse por encima de esas cosas y solo querer mirar de lejos, serán lo que en verdad se llenarán de oscuridades y no sabrán ni se imaginarán como podrán empezar a hacer nuevos caminos.

Nos habla de los publicanos y de los pecadores que escuchan la invitación a la conversión y se bañarán en las aguas del Jordán, pero los habla de lo que desde la distancia, desde esas distancias que bien saben poner por medio, los fariseos y los maestros de la ley rechazarán las palabras de Juan, ‘frustrando el proyecto de Dios para ellos.

¿Dónde nos colocamos nosotros? ¿En la sinceridad de quien quiere intentar comenzar a abrir caminos, o la postura del que se encierra en las negruras de su orgullo que tan confundidos están que se creen poseedores de la luz?

miércoles, 14 de diciembre de 2022

A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

 


A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

Isaías 45, 6c-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

Siempre hemos repetido hasta la saciedad aquel refrán de que ‘una imagen vale más que mil palabras’; de mil maneras, y valga la redundancia, hemos cuidado lo de las imágenes; con ellas queremos trasmitir lo mejor, estamos convencidos de que convencen más que las palabras, en cualquier publicidad que se precie se tiene sumo cuidado en las imágenes que presentamos para que digan lo que no somos capaces de decir con palabras, y nosotros mismos también cuidamos la imagen, o sea que nos cuidamos de la apariencia que queramos dar, de la presentación que hacemos de nosotros mismos, hasta tenemos asesores de imagen.

Hacemos referencia a esto por lo que escuchamos hoy en el evangelio. Vienen los discípulos de Juan de parte de su maestro, el profeta que está en la cárcel de Herodes, para preguntarle a Jesús si es o no el Mesías, si es realmente quien tenía que venir o debían de esperar a otro. Pudiera parecernos extraño que sea Juan el que pida estas explicaciones a Jesús, cuando fue quien allá junto al Jordán lo señaló a sus discípulos como ‘el cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, y ya en aquel momento algunos se fueron tras Jesús.

Pero Juan seguía teniendo discípulos incondicionales, aquellos que le permanecieron fieles incluso cuando estaba en la cárcel encerrado por Herodes; serán los que después de decapitado irán a recoger su cuerpo para darle sepultura como el mismo evangelio nos dice. Seguro que en aquellos diálogos con sus discípulos tenían que salir las andanzas de Jesús, le contarían de su predicación y de sus milagros, de la gente que lo seguía y probablemente también, ¿por qué no?, de aquellos que también se estaban oponiendo a la Buena Nueva de Jesús. Quiere ahora Juan que sus discípulos palpen con sus propias manos, vean con sus propios ojos, escuchen directamente a Jesús y por eso los envía con aquella embajada.

En el evangelio vemos que Jesús no da respuesta directa sino que sigue con lo que está haciendo, enseñando a la gente y curando a cuando acudían a El con todo tipo de enfermedades. No sería un hecho momentáneo o de poco tiempo el que estuvieran los discípulos de Juan con Jesús; seguirían el camino de Jesús que marchaba de aldea en aldea, que recorría los caminos de Galilea, que predicaba en las sinagogas, junto al lago o en la ladera de la montaña, hasta que son enviados de nuevo hasta Juan. ‘Id y decidle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!’

Es la imagen de Jesús, es la imagen del Mesías, es la imagen de la salvación. Es la imagen que nosotros también hemos de dar. Es la imagen que nos lleva al encuentro con la Palabra, el Verbo de Dios en quien tenemos la salvación, al encuentro con Jesús.

El refrán se nos queda corto. Es cierto que tenemos que hablar y transmitir con la imagen, que es importante la imagen que nosotros demos de aquello que anunciamos, pero no olvidemos que es la Palabra la que tenemos que escuchar. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle’, nos dice la voz del Padre desde lo alto en el Tabor.  Es en quien tenemos que centrar nuestra vida, porque sin esa presencia de Jesús de nada nos valdría todo lo que nosotros quisiéramos hacer. Si nuestras obras de amor tienen valor es porque están ancladas en la Palabra de Dios, ancladas en el amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta.

Algunas veces alguno dice lo importante son las cosas que hagamos, y tenemos que decir lo importante es lo que vivimos que se traducirá en obras, que manifestaremos como señales de esa salvación de Dios, de ese Reino de Dios, porque lo importante es que Dios sea en verdad el Señor de nuestra vida.  

Nuestro amor no es puro altruismo, sino que tiene que tener un fundamento más profundo, el amor de Dios. Por supuesto, luego eso se va a traducir en lo que vivimos, en lo que hacemos, y será la imagen hermosa que nosotros demos de lo que en verdad es el Reino de Dios. A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo.

martes, 13 de diciembre de 2022

Cuando tengamos la humildad de ser sinceros en nuestra debilidad buscaremos salvación, buscaremos a Dios y podremos sentirnos llenos de Dios

 


Cuando tengamos la humildad de ser sinceros en nuestra debilidad buscaremos salvación, buscaremos a Dios y podremos sentirnos llenos de Dios

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

El arrogante que se cree autosuficiente nunca será capaz de pedir ayuda, el que se siente lleno y satisfecho no querrá probar otros sabores sino que en su glotonería se quedará con aquella que primero apetece, el que se cree sabio y entendido en todo y para todo cree tener una respuesta o una solución, no creerá que sea posible que haya algo distinto a lo que es su sabiduría y rechazará todo lo que se le presente. Son las vanidades de la vida en que nos creemos que nos valemos solo por nosotros mismos y nunca nos abriremos entonces a algo nuevo y distinto. Nos creemos perfectos y no tendré la humildad de que pueda haber algún error en mi vida, ni necesitaré pedir perdón, ni necesitaré corregir, ni buscará una salvación. Somos muchos los que andamos por la vida tan llenos de autosuficiencias que luego se traducirán en muchas incongruencias en la manera de actuar.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús les propone una parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Les habla de los dos hijos a los que el padre quiere enviar a trabajar a su viña. Uno, que nos parece rebelde, dice rotundamente al padre que no irá; el otro muy obsequioso según abre la boca su padre ya se está ofreciendo y diciendo que sí irá; pero sucede lo contrario, quien se ofreció obsequioso para corresponder pronto a su padre, pronto lo olvidará y se marchará por otras cosas desentendiéndose de lo que le ha pedido el padre. Mientras que quien se había negado a ir, arrepentido pronto accederá a la petición del padre siendo el único que fue a la viña a trabajar.

Cuántas veces vamos de obsequiosos por la vida. no queremos llevarle la contra a nadie, para que todos vean que somos buenos, pero lo somos de palabra, porque en el fondo no estamos dispuestos a hacer aquello que se nos ha pedido; queremos quedar bien con la incongruencia de que luego nada hacemos; queremos quedar bien y decimos que estamos de acuerdo mientras en nuestro interior quizás estamos pensando en algo bien distinto; a todo bajamos la cabeza para decir sí y vean lo buenos que somos pero nuestros corazones están llenos de otras sombras.

Aquel que fue sincero, porque quizá en aquel momento no tenía ganas de hacer lo que le pedía su padre y había dicho no, luego recapacitó y volvió a la senda del buen camino haciendo lo que realmente le pedía su padre. Tuvo la osadía de negarse, pero tuvo luego la valentía de arrepentirse; quizás fue mal mirado por aquella primera rebeldía de querer hacer la vida a su manera, luego quizás nos costará reconocer la valentía de su arrepentimiento y siempre le estaremos cargando con el sambenito de su pecado. Porque hasta ahí llegan nuestros orgullos, nuestras autosuficiencias, nuestras incongruencias, pero no reconocer que es posible un cambio y un arrepentimiento para comenzar una vida nueva.

Qué necesaria es la humildad de reconocer como somos, con nuestras deficiencias, con nuestras debilidades y tropiezos, con las sombras que tantas veces nos han acompañado en la vida. Aunque ahora estamos intentando hacer las cosas bien, sin embargo nos cuesta reconocer que un día cometimos errores, nos parece que nos vamos a sentir humillados, cuando en verdad sería todo lo contrario, porque la grandeza no está en que nos sintamos siempre perfectos, sino en reconocer que no lo somos, que hemos tropezado y que somos capaces de levantarnos. Cuantos velos queremos poner en tantas ocasiones en nuestra vida que tapen esos sombras que un día hubo en nosotros.

Será así cuando en verdad busquemos la salvación; será así cuando busquemos la verdadera sabiduría; será así cuando en verdad busquemos a Dios y terminaremos sintiéndonos llenos de Dios.

lunes, 12 de diciembre de 2022

Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios y corazón abierto para descubrir la novedad de vida que siempre nos ofrecerá

 


Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios y corazón abierto para descubrir la novedad de vida que siempre nos ofrecerá

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién te crees que eres tú? ¿Qué te da derecho para hacer lo que haces? Con palabras semejantes queremos parar los pies algunas veces a quien nos parece que se está metiendo donde no debe, que se está atribuyendo una atribuciones o poderes que no tiene. Porque en la vida nos encontramos con todo. El listo que todo se lo sabe y en todo quiere meter el hocico, hablando pronto y mal, pero que no podemos tolerar y buscamos la forma como pararlo en esas atribuciones que con tanta libertad se ha tomado.

¿Era algo así lo que querían decirle los judíos a Jesús? Ya muchos veían con malos ojos sus enseñanzas y les parecía que estaba soliviantado al pueblo haciéndoles unas promesas que no tenían sentido; algunos quizás veían sus intereses en peligro y había que buscar la manera de desprestigiar a Jesús, para otros Jesús era poco menos que un blasfemo porque les parecía que se atribuía un lugar que solo Dios ocupaba, les molestaba quizás que la gente sencilla encontrara esperanza en las palabras y en la presencia de Jesús.

Ahora había llegado hasta el colmo. Se había permitido meterse en el templo y con las costumbres y normas de régimen interior que allí se tenían – quizá por el interés de algunos que encontraban ganancias y posicionamientos de poder – y Jesús se había atrevido a echar a los vendedores del templo y a derribar las mesas de los cambistas. Por eso algunos se habían atrevido a enfrentarse a Jesús para pedirle cuentas sobre la autoridad con que se creía para actuar así. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’

Pero Jesús no les responde directamente sino que a su vez les plantea otra pregunta a la que no saben como contestar porque entonces serían ellos los que se vieran comprometidos. Y como Jesús les dice, si ustedes no me contestan yo tampoco os doy respuesta a lo que me planteáis. La malicia que pervertía sus corazones es con la que acuden con sus exigencias a Jesús. Pera a Jesús no podemos ir con exigencias. Es necesario una sinceridad de corazón y una pureza de malas intenciones.

Pudiera parecer anécdota este episodio que nos narra el pasaje evangélico. Pero para nosotros siempre toda palabra de Jesús, todo gesto de su vida, su presencia tiene para nosotros un mensaje, nos plantea interrogantes para nuestra vida y nos quiere hacer pensar. Hay gente que dice no encontrar respuestas a sus interrogantes cuando leen el evangelio. Y es eso lo que tenemos que plantearnos, cómo acudimos nosotros al evangelio, cual es nuestra mirada o qué es lo que llevamos en el corazón.

No vamos al evangelio como quien va a un libro de historia porque quiere saber cosas, porque quiere aprender cosas; no podemos quedarnos en la belleza literaria que en el evangelio, en las parábolas de Jesús, en el mismo relato que nos hacen los evangelistas, sin negar su belleza. No son palabras bonitas lo que nosotros vamos buscando; no podemos ir desde nuestros prejuicios con nuestras preguntas ya como predeterminadas para que nos den una respuesta que concuerde con nuestras ideas o con nuestros pensamientos. No podemos acudir con un prejuicio crítico que ya llevamos elaborado de antemano. Así no encontraremos nada porque el evangelio es mucho más que todo eso.

Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios, con corazón abierto para poder descubrir esa novedad que siempre nos ofrecerá a nuestra vida. Siempre será para nosotros buena nueva, buena noticia, desde la apertura de nuestro corazón, desde la sinceridad de nuestra humildad. Será entonces para nosotros esa perla preciosa, ese tesoro escondido que vamos a encontrar para llenar de riqueza nuestro espíritu, nuestra vida. No es algo material lo que vamos a encontrar, será que nos eleve y nos llene nuestro espíritu. Es algo sobrenatural porque es encontrarnos con Dios y encontrarnos con la vida.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Las obras comprometidas de nuestro amor son las señales de la auténtica esperanza con la que hemos de contagiar nuestro mundo, señales de una verdadera navidad

 


Las obras comprometidas de nuestro amor son las señales de la auténtica esperanza con la que hemos de contagiar nuestro mundo, señales de una verdadera navidad

Isaías 35, 1-6a. 10; Sal 145; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11

Nos encontramos ya recorriendo el tercer domingo de adviento e iniciando la tercera semana que nos acerca a la navidad. A pesar de los problemas que siguen marcando el ritmo de la vida de nuestro mundo, en la calle nos vamos encontrando un ambiente de fiesta, una luminosidad distinta aunque solo sea por las luces que adornan nuestras ciudades y nuestros pueblos, una cierta alegría en el consumo por aquello de los regalos, unos aires y sones que suenan con música distinta que llaman o llamamos ambiente navideño.

Pero parece sin embargo que la alegría no es completa porque o nos hablan del encarecimiento de la vida y eso nos coarta en algunos de nuestros deseos, o en la lejanía siguen sonando oscuros cañones de guerra que se trasluce también en un cierto desasosiego que de alguna manera nos inquieta. Algunas cosas de nuestro ambiente parecen como un telón que quisiera ocultar algunas zonas oscuras de la vida en las que no quisiéramos pensar; hay cierta desesperanza, porque muchas cosas siguen turbias y llenas de una cierta oscuridad y nos parece que el ritmo que seguimos viviendo y esas cosas que queremos en cierto modo ocultar no tienen una salida y es como si viviéramos sin esperanza.

Pensemos en la acritud y desencuentro que se vive en la vida social y política con una violencia soterrada generadora de nuevas violencias y enfrentamientos, en la manipulación que se hace desde determinadas propagandas para llevarnos por algunos derroteros de nuestra sociedad en la que se quieren cambiar nuestros valores, en el rechazo a todo lo que no sea como yo pienso o como yo quiero, a la superficialidad con que se están ofreciendo soluciones para la vida y para la sociedad.

Ese ambiente que decimos navideño que notamos en nuestras calles, como decíamos al principio de esta reflexión, ¿será quizá como una cortina que quiere ocultar esas otras sombras que nos envuelven por otros lados? Claro que eso no nos satisface.

Sin embargo nosotros los cristianos queremos seguir celebrando la navidad, pero ¿qué tendría que significar? Este tiempo con que nos preparamos para la navidad lo queremos llamar tiempo de esperanza, pero a esa esperanza creo que tendríamos que darle otro sentido y otro valor. La esperanza no es solo porque vienen unos días de fiesta que nos quieren hacer olvidar o al menos ocultar otros problemas que tengamos por otros lados. Una esperanza muy efímera sería entonces porque le estamos dando poco fundamento, poca profundidad.

Nosotros sí tenemos una esperanza que no queremos simplemente poner como unas luces de colores que se encienden y se apagan. Nosotros sí creemos que ese mundo de sombras puede cambiar. Creemos y esperamos a Aquel que viene a nosotros para darnos esa luz verdadera, para poner la auténtica esperanza en el corazón, que viene y nos ofrece caminos de salvación que transformen de verdad nuestra vida y nuestro mundo. Es la esperanza en Jesús que es nuestro Salvador al que tenemos que escuchar, al que tenemos que hacer más presente en nuestra vida, del que tenemos que dejarnos iluminar para poner auténtica luz en nuestro mundo. Es el que viene a transformar nuestros corazones, es el que nos viene a poner en camino de compromiso por un mundo nuevo y mejor, es el que viene para arrancar ese mal que ennegrece nuestro mundo y nuestra vida.

Claro que lo vamos a celebrar con alegría, claro que queremos hacer que sea una auténtica navidad con toda la profundidad que se merece, que no se quede ni en apariencias ni en superficialidades. Y aunque sigamos envueltos en tantas cosas que siguen haciendo sufrir a las personas, siguen haciendo presente el sufrimiento en el mundo, nosotros podremos cantar porque tenemos esperanza de que todo se puede transformar, porque para eso se hace Cristo presente en nuestro mundo, para eso vamos a hacer presente a Cristo en nuestro mundo. ‘Sed fuertes, no temáis, nos decía el profeta. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará’. Es la esperanza que anima nuestra vida. Es la esperanza que nos obligará a ir poniendo señales de algo nuevo en nuestro mundo.

¿Cuáles serán esas señales? El profeta nos decía: ‘Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo. Retornan los rescatados del Señor. Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción’.

Es el mismo sentido en el que nos hablaba Jesús en el evangelio. Cuando vienen a preguntarle de parte de Juan si era el que había de venir o tenían que esperar a otro, Jesús les dice: ‘Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan
y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!’


Era como tenían que reconocer que en Jesús se cumplía lo anunciado por los profetas. Pero eso nos está diciendo algo a nosotros también. Es así cómo el mundo tiene que seguir reconociendo que en Jesús tenemos nuestra salvación. Son los signos que nosotros tenemos que realizar, es el testimonio que nosotros tenemos que dar, es cómo que tiene que reflejarse en nuestra vida esa esperanza que tenemos, es cómo vamos a manifestar que es posible esa transformación porque lo estaremos manifestando con nuestras obras de amor.

Son las señales de la auténtica esperanza de la que tenemos que contagiar a nuestro mundo. No unas luces de colores que se encienden y se apagan, no unas cortinas con las que ocultar lo que nos avergüenza. Es el camino para una verdadera navidad.