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sábado, 5 de junio de 2010

He combatido bien mi combate… he mantenido la fe…

2Tim. 4, 1-8;
Sal. 70;
Mc. 12, 38-44

Ya hemos dicho anteriormente que la carta de San Pablo a Timoteo entra en las llamadas cartas pastorales del apóstol. Comienza el texto de hoy haciendo una serie de recomendaciones a su discípulo, y lo hace además con toda solemnidad –‘ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad’ – para que no olvide su misión de anuncio de la Palabra de Dios en toda ocasión ‘a tiempo y a destiempo’.
Pero en lo que quisiera fijarme de manera especial es en la expresión de esperanza que manifiesta el apóstol cuando sienta que está cercano su final. ‘Estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente’, dice. Bien conocemos la intensidad de la vida de Pablo y su labor apostólica recorriendo de un lado a otro la cuenca del mar mediterráneo. En otros momentos nos ha hablado de sus sufrimientos y todo lo que había tenido que padecer a causa del evangelio.
Se siente, podríamos decirlo así, con la tarea realizada aunque como siempre se acoge a la misericordia de Dios esperando el premio prometido a los que son fieles. Emplea las expresiones referentes a las carreras y luchas de los atletas y gladiadores en el estadio. ‘He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día….’
Creo que escuchando estas palabras el pueblo cristiano ha de saber valorar y dar gracias a Dios por la entrega de sus pastores. Y orar al Señor por ellos para que al final de sus días puedan decir con toda propiedad estas mismas palabras del apóstol. Los pastores también tenemos nuestras luchas y a veces podemos sentirnos débiles aunque no nos falta nunca la esperanza que tenemos puesta en el Señor. Pero os digo que necesitamos de la oración del pueblo cristiano para sentir esa gracia de Dios en nosotros y vivamos así en plenitud nuestra entrega al Señor y el servicio que queremos prestar en la Iglesia y en medio del mundo.
Esta esperanza del apóstol creo que a todos nos tiene que confortar pero también animar a mantenernos firmes en el combate de la fe, del anuncio del evangelio, del seguimiento fiel a Jesús. Cada uno tiene que vivir su combate particular en su esfuerzo por ser bueno y ser fiel al Señor, por vivir el amor que Jesús nos enseña y por hacer el bien a los demás, en superar peligros y tentaciones y en vivir santamente su vida. Cuánto nos cuesta a veces esa lucha. Pero mantenemos la esperanza de que el Señor está con nosotros y, a pesar de nuestras debilidades y caídas el amor y la misericordia del Señor están por encima de todo y va a cubrir y sanar todas nuestras deficiencias y pecados con su amor. Por eso recojamos como muy aplicadas a nosotros las palabras con las que termina este texto del apóstol. ‘Y no sólo a mí sino a los que tienen amor a su venida’.
Vivamos en esperanza, una esperanza que nos fortalezca en nuestra fe y en nuestro amor. Quizá no podemos hacer grandes cosas. Para el Señor lo que cuenta es nuestra fidelidad y nuestro amor, también en las cosas pequeñas, porque el que saber ser fiel en lo poco también lo sabrá ser en lo mucho y en lo grande.
Además hoy contemplamos en el evangelio cómo Jesús alaba a aquella pobre viuda que dio solamente dos reales, pero dio todo lo que tenía, y Jesús nos dice que dio más que los que habían echado grandes cantidades. ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Qué hermosa es la solidaridad de los pobres y de los pequeños. Si fuéramos capaces de serlo estaríamos sembrando semillas de un mundo mejor.
Queria añadir algo, y es que me gustaria recbir algun comentario de los que leen diriamente estas reflexiones. Son muchos los que las leen en diversos lugares y continentes. Podrían verse enriquecidas estas reflexiones con algun comentario, algun subrayado, algo que complemente lo dicho. Os animo a participar

viernes, 4 de junio de 2010

Un equipaje para el camino de nuestra vida, la Biblia

2Tim. 3, 10-17;
Sal. 118;
Mc. 12, 35-37

Si va uno a salir de viaje que considere importante ha de preparar el equipaje necesario con lo que va a necesitar, o si va a realizar una actividad importante, todos aquellos preparativos, todo aquello que podamos necesitar para poder realizar dicha actividad con verdadera eficacia; como el que va a realizar un trabajo tiene que tener a mano unas herramientas apropiadas para realizarlo.
Bueno, esto que decimos para esas actividades o cosas que vamos realizando en la vida, lo tomo como ejemplo del empeño que hemos de poner para darle unos fundamentos fuertes al camino de nuestra vida cristiana. Algunas veces ponemos más empeño en las cosas humanas y materiales que aquello que tiene que ser lo más hondo de nuestra vida que es nuestra fe y el camino del seguimiento del Señor. Me viene a la mente aquello que nos dice Jesús de la casa edificada sobre arena o sobre roca. ¿Cómo fundamentamos nuestra fe? ¿qué hondura le damos a nuestra vida cristiana y al compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe y en relación con nuestro mundo en el que tenemos que ir construyendo día a día el Reino de Dios?
Es lo que hoy Pablo le está señalando a su discípulo Timoteo. ‘Tú permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste, y que desde pequeño conoces la Sagrada Escritura’. Al principio de la carta recuerda la fe de su abuela Eloida y su madre Eunice, que en las Escrituras santas lo educaron. Qué importante esa transmisión de la fe que aquellas buenas mujeres hicieron en el niño y joven Timoteo, que en la enseñanza de las santas Escrituras lo forjaron como creyente, le hicieron madurar en su fe que se completó con su encuentro con el Evangelio de Jesús, en la predicación de Pablo. Esas ‘Escrituras que puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación’.
Ahí tenemos que fundamentar nuestra fe y nuestra vida cristiana, en la Palabra de Dios. Es nuestra sabiduría, la Sabiduría de Dios, la Palabra que el Señor quiere trasmitirnos. Como nos sigue diciendo Pablo: ‘Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena’.
No es que utilicemos, por así decirlo, la Escritura como arma arrojadiza para acusar y condenar, sino que en el encuentro que vamos haciendo en lo hondo de nuestra vida con la Palabra de Dios, esa Palabra nos ilumina, nos enseña, nos señala aquello que hemos de corregir o mejor, toda esa hondura de nuestra fe.
No siempre los cristianos le damos la importancia debida a la lectura de la Biblia. Incluso, quienes vienen cada día a la celebración de la Eucaristía, le dan poca importancia a la Palabra de Dios que se nos proclama en la lectura de los textos sagrados. No están lejos aquellos tiempos en que mientras se hacía la proclamación de la Palabra quizá aprovechábamos para nuestros rezos o nuestras devociones. No suele ser así hoy, pero no siempre se le da toda la importancia que hemos de darle a una Palabra que el Señor nos está dirigiendo; ejemplo tenemos en aquellos a los que no les importa llegar tarde a la celebración sin mostrar demasiado interés en la escucha de la Palabra.
Pero no tendría que ser sólo aquí en la proclamación litúrgica que hacemos de la Palabra, sino que la Biblia tenía que estar más presente en nuestra vida, tendría que seer un libro que siempre tuviéramos al alcance de nuestra mano para encontrar momentos a lo largo del día en que nos dediquemos a leer y a reflexionar, a orar con la Biblia, que nos enseña a hacer la más hermosa oración al Señor. Busquemos tiempo para leer la Biblia. Es el más hondo equipaje que podemos encontrar para ese camino de nuestra vida cristiana. Un equipaje que no nos puede faltar.

jueves, 3 de junio de 2010

Este ha sido mi Evangelio, Jesucristo muerto y resucitado

2Tim. 2, 8-15;
Sal. 24;
Mc. 12, 18-24

El letrado se acercó a Jesús para preguntarle ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’, pero quizá alguien podría acercarse a nosotros para preguntarnos por nuestra fe, para que demos razón de lo que creemos, lo que nos hace en verdad cristianos. Es algo que hemos de tener bien claro. Lo que es nuestra fe y lo que en consecuencia vivimos. Cuál es ese evangelio en el que nosotros creemos y por el que nos decimos salvados.
De una forma clara nos lo dice Pablo en su carta a Timoteo. ‘Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David’. Y nos dice rotundamente: ‘Este ha sido mi evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas como un malhechor…’
El centro del Evangelio es Jesús. Esa es la Buena Noticia, Jesús, muerto y resucitado. Jesús, muerto y resucitado es la Buena Noticia. Por ello Pablo ha llegado hasta la cárcel, y llegará hasta entregar la vida. Cristo, muerto y resucitado que es nuestra salvación. Cristo, muerto y resucitado es nuestra vida.
Confesamos nuestra fe en Jesús y nos queremos unir a El, vivir su vida. Con todas sus consecuencias. Es una camino de vida, de perseverancia, de fidelidad el que hemos de seguir. Y unirnos a Cristo muerto y resucitado es hacer esa muerte y resurrección vida en nosotros. Por eso Pablo nos ha dicho: ‘Si morimos con El, viviremos con El. Si perseveramos, reinaremos con El…’ Morir con Cristo porque cuando le seguimos y le queremos vivir hemos de dar muerte en nosotros a todo lo que nos pueda alejar de El, hemos de dar muerte al pecado. Toda la vida del cristiano desde el Bautismo es un participar de su muerte y resurrección.
Un camino que como decíamos nos exige perseverancia y fidelidad. Permanecer fiel, confesarle, dar testimonio de El, ser su testigo. Nos cuesta a veces, pero El está con nosotros, nos ha dejado su Espíritu para que podamos vivirlo, como hemos venido reflexionando últimamente.
Todo siempre para la gloria de Dios. Y daremos gloria al Señor desde esa fe en Jesús pero con nuestro amor fiel y total. Aquel mandamiento del Antiguo Testamento sigue siendo también mandamiento para nosotros. ‘¿Cuál es el mandamiento principal?’, recordamos que preguntaba aquel letrado a Jesús. ‘El Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste, añade Jesús: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
Porque no habíamos cumplido ese mandamiento del Señor, sino que habíamos llenado nuestra vida de infidelidad y pecado, viene Cristo a salvarnos y redimirnos. Su muerte en la cruz es redentora, nos llena de salvación. Pero confesamos a Jesús, como decíamos, muerto y resucitado. Es la Buena Noticia, es el Evangelio de nuestra salvación. Claro que tenemos que sentirlo como la gran Noticia, sentirnos amados de Dios de tal manera que Cristo muere por nosotros.
Por eso nuestra respuesta tiene que pasar por la fidelidad y por el amor. Y el amor del Señor fiel siempre, a pesar de tantas infidelidades nuestras, de tantas negaciones que pudiera haber en nuestra vida a causa de nuestro pecado. Pero así de grande es el amor del Señor.

miércoles, 2 de junio de 2010

Sé de quien me he fiado

2Tim. 1, 1-3.6-12;
Sal. 122;
Mc. 12, 18-27

‘Sé de quien me he fiado… no me siento derrotado’. ¡Qué entereza la del apóstol cuando escribe esta segunda carta a Timoteo! ‘Apóstol, por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús… de este evangelio me han nombrado heraldo, apóstol y maestro… y ésta es la razón de mi penosa situación presente’.
Mucho ha tenido que sufrir a causa del evangelio; en una de sus cartas da detalles impresionantes de las persecuciones sufridas. Ahora está en la cárcel e incluso se siente abandonado por muchos. Pero él sigue firme, ‘sé de quien me he fiado’, ha puesto toda su confianza en el Señor. Y aún tiene ánimos para exhortar a Timoteo, ‘hijo querido’, como lo llama, a que no tenga miedo de enfrentarse, ‘a tomar parte en los duros trabajos del evangelio según las fuerzas que Dios te dé’.
Dos cartas ha escrito Pablo a su discípulo Timoteo, que le ha venido siguiendo desde Listra en su segundo viaje, y a quien ha puesto al frente de la comunidad de Éfeso. Se le suelen llamar cartas pastorales, porque principalmente son exhortaciones y consejos sobre cómo ha de realizar su tarea pastoral en aquella comunidad que se le ha confiado. Pero nos sirven bien a todos, porque en ellas nos ha dejado un hermoso mensaje que para nosotros es Palabra de Dios, palabra que el Señor quiere decirnos.
Se siente gozoso interiormente el apóstol por la firmeza de la fe de Timoteo y le recuerda cómo ha de ser fiel en todo momento a la gracia que el Señor ha depositado en él. ‘Doy gracias a Dios… tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día… aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos…’
Aunque Pablo está haciendo una referencia clara a la misión concreta que Timoteo ha recibido para ser pastor de aquella comunidad por la que ha de desvivirse – bien me sirve a mí como sacerdote recordarlo, avivar esa gracia de Dios en mí que me ha hecho sacerdote – sin embargo nos vale a todos para que no olvidemos cuantas gracias ha derramado el Señor en nosotros y para que tengamos la fortaleza del Espíritu del Señor para el testimonio de nuestra fe que hemos de dar en todo momento.
Decíamos al principio de la entereza del apóstol a pesar de los momentos difíciles por los que pasaba. También nosotros podemos tener momentos bajos, pasar por situaciones difíciles, sentir el asedio de la tentación que nos quiere arrastrar al pecado, o podemos incluso pasar por momentos de tibieza espiritual, pero nuestra fe ha de ser firme. Nuestra confianza hemos de ponerla totalmente en el Señor. No nos faltará nunca la gracia del Señor que nos acompaña.
Como el apóstol también nosotros tenemos que aprender a decir ‘sé de quien me he fiado’. Por eso nos decía: ‘El nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo… que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal’.
Que así seamos capaces de vivirlo.

martes, 1 de junio de 2010

Confiados en la promesa del Señor esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

2Ped. 3, 12-18;
Sal. 89;
Mc. 12, 13-17

Hay un texto en las cartas de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir como los que no tienen esperanza porque nosotros creemos en Cristo muerto y resucitado. Es así lo que tiene que ser la vida de un cristiano, pero muchas veces me pregunto si en verdad todos los que creemos en Jesús vivimos como personas que tienen esperanza. Podríamos pensarlo de gente a nuestro alrededor, pero creo que lo importante es que nos examinemos a nosotros mismos y veamos si en verdad vivimos como quienes tienen esperanza o no.
Tenemos el peligro de vivir tan absortos en el día a día con sus trabajos, responsabilidades, preocupaciones, o queriendo apurar hasta el último sorbo aquellas cosas de las que podemos disfrutar en la vida, o rehuyendo aquellas que nos pudieran hacer sufrir, que quizá en lo menos que pensamos es en la esperanza, en la vida eterna, en la trascendencia que hemos de darle a nuestra vida o en el esperar que un día vayamos a gozar en Dios en plenitud de todo lo mejor que nos puede dar la felicidad.
Tenemos la tentación de quedarnos de tejas abajo, como se suele decir, para pensar sólo en esta vida terrena, pero para pasarlo aquí con la mayor felicidad. No es que no tengamos o queramos ser felices en esta vida, pero si no le damos la debida trascendencia a lo que hacemos o vivimos, si no ponemos esperanza en esta vida en la que sólo en Dios vamos a alcanzar plenitud, es fácil que nos amarguemos o desesperemos cuando no conseguimos ahora todo lo que deseamos.
El cristiano tiene que ser un hombre y una mujer de esperanza desde la fe que tenemos en Jesús muerto y resucitado. Y en esa esperanza aprenderemos a darle valor y sentido a todo lo que hacemos y a todo lo que es nuestra vida. También tendrán valor y sentido los momentos malos que tengamos que vivir a causa de la enfermedad, las debilidades humanas y corporales que padezcamos y los sufrimientos por los que tengamos que pasar.
‘Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habita la justicia’, nos dice hoy Pedro en su carta. Nos recuerda el Apocalipsis y aquella expresión y súplica final, ‘Ven, Señor Jesús’. Nos continuará diciendo: ‘Por tanto, mientras esperáis estos acontecimientos , procurad que Dios os encuentre en paz con El, inmaculados e irreprochables’. Nos dice el apóstol que ‘Dios nos encuentre en paz con El’, porque muchas veces a causa de nuestra debilidad y nuestro pecado, tenemos el peligro de perder esa paz. Vayamos a reconciliarnos con El, porque somos pecadores y sólo en El encontraremos el perdón, sólo en El vamos a restaurar esa paz que nos ofrece en su misericordia.
‘Estad prevenidos’, nos dice, ‘que no os arrastre el error… que no perdáis pie’. Porque el enemigo tentador nos acecha, ‘como un león rugiente’, en expresión que emplea Pedro en otro lugar de sus cartas. Por eso, en esa esperanza, en esos deseos de alcanzar la vida eterna, deseos de poder gozar un día junto a Dios para siempre, nos tenemos que sentir impulsados a que ahora cada día seamos más santos.
‘Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y hasta el día eterno’.

lunes, 31 de mayo de 2010

La visita de María a Isabel, la visita de Dios


Sofonías, 3, 14-18;
Sal. Is. 12, 2-6;
Lc. 1, 39-56


‘¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?’ Es la pregunta que se hace Isabel cuando María llega a visitarla en aquel lugar apartado de la montaña de Judea.
María, que con la visita del Ángel en Nazaret ha recibido la visita de Dios, que por la acción del Espíritu Santo comienza a ser la Madre de Dios, a llevar al Hijo de Dios encarnándose en sus entrañas ‘se pone en camino y va aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá, a casa de Zacarías’.
Es la reacción de la fe y la reacción del amor. No se puede quedar quieta con todo aquello que en ella está sucediendo y las noticias que recibe. Reacción de la fe porque reconoce la acción de Dios en su vida; se ha fijado en ella, en su pequeñez, ‘el poderoso ha hecho obras grandes en mí’. Reacción del amor, porque su actitud primera es la del servicio; tiene conocimiento de que su prima Isabel, la que consideraban estéril y además era ya entrada en años, va a tener un hijo, y allá va María para servir.
Es así cómo llega María ‘a casa de Zacarías y saludó a Isabel’, como nos dice el evangelio. Llega María hasta Isabel pero con ella va la gracia del Señor y comienzan a realizarse las maravillas. ‘Se llenó Isabel del Espíritu Santo’, y comienza a profetizar; es capaz de reconocer quien es María que se ha convertido en la Madre del Señor y comienzan los cánticos de bendiciones y alabanzas. ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre… Dichosa tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Juan salta de alegría en el seno de Isabel y queda santificado con la presencia de Dios que llega con María. Va a ser el ‘profeta del Altísimo’ que viene a preparar los caminos del Señor, y ya queda santificado quien va a ayudar a las gentes a prepararse por caminos de penitencia y búsqueda de la santidad a la llegada del Señor que con María ya ha llegado hasta él.
Y María también se llena del Espíritu santo y prorrumpe en hermoso cántico de alabanza y acción de gracias por el actuar del Señor. Dios que actúa en María: ‘el Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es santo’. Dios que se manifiesta con su misericordia para con todos los hombres: ‘y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’.
Pero Dios que llega transformando los corazones: ‘El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’. Serán los humillados que serán enaltecidos, los hambrientos que quedarán saciados; serán los pobres y sencillos de corazón que conocerán a Dios; serán los puros de corazón que verán a Dios.
Es el Dios que cumple sus promesas –‘auxilia a Israel su siervo, acordándose de la misericordia que había prometido a nuestros padres, a Abrahán y su descendencia para siempre’-. Con la llegada de Dios encarnado en las entrañas de María nacerá un hombre nuevo y una humanidad nueva, el hombre y la humanidad de la fe y del amor.
La visita de María a Isabel es la visita de Dios, no sólo para Isabel sino para toda la humanidad. La visita de Maria a Isabel y cómo ambas mujeres acogen esa llegada de Dios a sus vida es para nosotros ejemplo de cómo tenemos que acoger a Dios que sigue actuando en nuestra vida. Pero nos enseña algo más: como María nosotros tenemos que ir llevando a Dios a los demás, por la fe y por el amor; como María tenemos que hacernos portadores de Dios. El hombre, el mundo de hoy necesita y espera, quizá sin saberlo, esa visita de Dios. En nuestra fe y en nuestro amor está el hacer que Dios llegue a muchos a nuestro lado.

domingo, 30 de mayo de 2010

Concédenos profesar la fe verdadera conociendo todo el misterio de Dios


Prov. 8, 22-31;
Sal. 8;
Rom. 5, 1-5;
Jn. 16, 12-15


‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así hemos exclamado al recitar el salmo. Así exclamamos al contemplar las maravillas del Señor. Así exclamamos cuando nos sentimos inundados por la presencia del Señor. Así tenemos que exclamar en este día en que contemplamos, adoramos el Misterio de Dios en su Santísima Trinidad.
Y es que decir el Nombre del Señor es decir Dios mismo; es decir su grandeza y su inmensidad; es decir todo el Misterio que Dios en sí mismo encierra. Cuando Dios se le manifiesta a Moisés en medio de la zarza ardiente y le confía la misión de ir a liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto, le pregunta ‘y ¿cuál es tu nombre?... si los israelitas me preguntan cuál es nombre, ¿qué les responderé?’
Conocer el nombre de algo o de alguien es conocerle y algo así como poseerle. En la creación del hombre y de todas las criaturas Dios llevó a Adán a que le pusiera nombre a todas aquellas cosas que Dios había creado, que era algo así como tomarlas en posesión. Conocer el Nombre de Dios es conocerle a El e introducirnos en su misterio y algo así como poseerle. Por eso en el Antiguo Testamento el Nombre de Dios era indescifrable y el judío no se atrevía a mencionar el nombre de Dios. El nombre de Dios había de ser siempre santificado, que era algo así como llenarnos nosotros al mismo tiempo de la santidad de Dios.
Queremos conocer el nombre de Dios. Queremos conocer a Dios. Queremos introducirnos en su misterio y al mismo tiempo que ese misterio de Dios nos llene y nos inunde cuando se nos revela. Cuando vamos queriendo conocer a Dios, porque El es además quien se nos revela, nos vamos sumergiendo en su misterio y nos vamos inundando de su presencia y al mismo tiempo de su amor. Pero ¿podremos en verdad llegar a conocer a Dios? Sí, porque El se nos revela, se nos da a conocer, se hace presente en nuestra vida.
Si quisiéramos acercarnos al sol tanto como para meternos dentro de él, seguro que nos sentiríamos consumidos por su energía y su calor; si quisiéramos acercarnos tanto al sol como para mirarle directamente con nuestros ojos, es tal su luz y resplandor que quedaríamos cegados por tanta luz; ya nos dicen que no miremos directamente al sol porque dañaríamos nuestras pupilas e incluso en los eclipses nos dicen que de ninguna manera miremos directamente ese aro de luz que resplandece alrededor. Nos contentamos con recibir sus beneficios en la luz que nos ilumina, en el calor con que nos caliente y en toda la energía que del sol dimana sobre nuestra vida. Y ya sabemos como en el sistema solar, como el de cualquiera de las otras estrellas, todos los planetas giran a su alrededor atraídos por esa fuerza y energía que los atrae.
¿Será así con Dios? Es una imagen lo que decimos del sol y la referencia que queremos hacer hacia nuestra relación con Dios y su conocimiento, aunque con sus diferencias. Porque por mucho que nos acerquemos a Dios queriendo conocerle y poseerle nunca nos sentiremos consumidos por El sino todo lo contrario en El encontraremos toda la fuente de nuestra vida, de nuestro vivir.
En el Antiguo Testamento se tenía el concepto de que quien viera a Dios moriría, pero ¿podemos mirar cara a cara a Dios y no quedar ciegos? Moisés cuando hablaba cara a cara con Dios, bien cuando subía al Sinaí o se entraba a la Tienda del Encuentro, luego volvía con su rostro tan resplandeciente que los israelitas le pedían que se cubriera el rostro con un velo.
Pero no será con los ojos de la cara así cómo nosotros hoy vamos a ver a Dios, pero sí podemos acercarnos a El desde lo más hondo de nosotros mismos y a través de los signos sacramentales que nos ha dejado para llenarnos de su vida, para inundarnos de su presencia, para sentirnos rebosantes de su fuerza y de su gracia. Sí podemos contemplar el resplandor de la luz de Dios que de tantas maneras se nos manifiesta y no quedar ciegos sino todo lo contrario. Por El sí que nos vamos a sentir atraídos totalmente de manera que cuando nos encontremos con El ya para siempre nuestra vida será distinta y girará en torno a Dios en todo lo que somos, vivimos o hacemos.
Esa luz de Dios, ese fuego divino, esa presencia de Dios sí que llega a nosotros y nos inunda de vida divina. Es el misterio de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, camina con nosotros, se hace Dios con nosotros y nos concede la fuerza de su Espíritu para un nuevo vivir.
Confesamos nuestra fe en Dios y decimos ‘creo en Dios Padre todopoderoso… creo en Jesucristo, Hijo único de Dios… creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida…’ Ya estamos con ello mencionando el nombre de Dios, conociendo el Nombre de Dios. Y no será para muerte, sino para vida, porque no nos anula sino que nos engrandece; no será para quedarnos ciegos ante tanto resplandor de luz, sino para llenarnos nosotros de esa luz y tener una vida distinta; no tendremos que cubrirnos el rostro y la vida que se nos llena del resplandor de Dios, sino que todo lo contrario tendremos que llevar esa luz divina a los demás.
Pudiera quizá costarnos el entender todo ese misterio de Dios y nos podríamos poner a hacer muchas elucubraciones y razonamientos para llegar a comprender tanto misterio. Pero no tenemos que hacer otra cosa que primero escuchar a Jesús, el Hijo que conoce al Padre como nadie lo conoce y que nos lo da a conocer, porque es revelación de Dios, Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios; luego también dejarnos guiar por el Espíritu que es quien nos conducirá a la verdad plena y sin error.
Pero es un misterio de amor, porque es un Dios que nos ama y se nos da; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre y nos llena de vida; un Dios que nos ama tanto que quiere ser Dios con nosotros, y nos envía al Emmanuel, al Hijo de Dios que se hace hombre para estar más cerca de nosotros y restaurarnos aquella vida que habíamos perdido a causa de nuestro pecado; es un Dios que nos ama tanto que nos da la fuerza de su Espíritu, que nos santifica, nos llena de vida, nos ayuda a comprender todo ese misterio de Dios, que se hace presente en lo más hondo de nuestro corazón, que nos motivará para todo lo bueno y nos fortalecerá para prevenirnos contra todo lo malo. Es un misterio de amor porque en Dios todo es comunión, porque tal es la comunión que hay entre las tres divinas personas que son un solo y único Dios verdadero.
Hoy queremos, sí, confesar nuestra fe y adorar y alabar y bendecir al Señor que así se nos revela y así se nos manifiesta, pero así también nos muestra tanto amor. Ya lo expresábamos en la oración litúrgica. ‘…has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa’.

sábado, 29 de mayo de 2010

Mantener el edificio de la fe y el amor de Dios que nos promete vida eterna

Judas, 17.20-25;
Sal. 62;
Mc. 11, 27-33

‘Continuando el edificio de vuestra fe y orando movidos por el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando a que nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia, os dé la vida eterna’.
Hermosa confesión de fe y de esperanza.
Mantener el edificio de la fe, íntegro, creciente cada día más. Fundamentamos nuestra vida en el Señor. En El nos sentimos seguros. Nada tendría que apartarnos de la fe, aunque muchas cosas pudieran hacernos dudar, o muchos quizá quieran atentar contrta la integridad de nuestra fe. Por eso, hemos de cuidar nuestra fe, fortalecerla, fundamentarla bien, hacerla crecer más y más.
Un edificio si no lo cuidamos, se nos viene abajo, se nos puede destruir y caer. Así, pues, nuestra fe. Un edificio no damos por sentado que porque ya está hecho no hay nada más que hacer en él. Necesita un cuidado, una atención. Así con nuestra fe. Por eso se nos exige, nos es necesaria una maduración de la fe, un querer cada día formarnos mejor, un ahondar en ese maravilloso misterio de Dios que se nos revela. De ahí que la Palabra de Dios tiene que estar siempre presente en nuestra vida. La Biblia tiene que ser nuestro vademécum.
Y está la necesidad de nuestra oración. Tantas veces Jesús nos habla en el evangelio. Y orar dejándonos mover por el Espíritu Santo. Que El inspire nuestra oración. No sabemos pedir lo que nos conviene. Con el Espíritu de Dios oraremos de la mejor manera, pediremos al Señor lo que más nos conviene, lo que más podemos necesitar para nuestra vida y lo mejor que podemos pedir por los demás y por nuestro mundo. Guiados y movidos por el Espíritu Santo nunca seremos egoístas en nuestra oración. Siempre habrá la mejor apertura a Dios, y nuestra oración tendrá el sentido más católico y universal. Por la fuerza de nuestra oración nos sentiremos seguros frente a las tentaciones y tropiezos que nos puedan aparecer.
Creceremos en el amor y la esperanza. Porque el amor a Dios será lo primero para nuestra vida. Y en ese amor a Dios si nos dejamos conducir por el Espíritu siempre estará incluido el amor a los hermanos. Todo con la meta de la vida eterna. ‘Aguardando a que nuestro Señor Jesucristo, por su misericordia, os dé la vida eterna’. En Dios vamos a encontrar toda la plenitud para nuestra vida. Por eso, como decíamos en el salmo: ‘Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío’. Hambre y sed de Dios, deseos de Dios que nos llevan a buscarlo, a dejarnos inundar por El. ‘Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote’.
En esa esperanza caminamos, amamos, luchamos, buscamos a Dios.

viernes, 28 de mayo de 2010

Tensemos la cuerda de nuestro amor para no desafinar en la armonía de la comunión

2Ped. 4, 7-13;
Sal. 95;
Mc. 11, 11-26

Algunas veces al escuchar el sonido de un instrumento musical decimos que está desafinado porque las cuerdas de dicho instrumento al no estar en la tensión apropiada no nos darán claramente los sonidos que deberían darnos. Es necesario afinar, decimos, darle la tensión apropiada a aquellas cuerdas, ponerlas en su punto para que el instrumento nos pueda dar una música verdaderamente armoniosa y bella.
Me pregunto si en nuestra vida y en nuestra vida cristiana no nos sucederá así también en muchas ocasiones. No estamos afinados; no estamos en la tensión apropiada; simplemente hemos dejado que la vida marche a su aire. Aunque incluso parezcamos buenos quizá nos pueda faltar una finura espiritual en lo que hacemos, una profundidad, una tensión en aquello que hacemos para que en verdad podamos dar el fruto que tendríamos que dar.
Es cuando vamos enfriándonos espiritualmente, nos vamos aflojando en nuestra oración, nos falta un pararnos a reflexionar, a revisar, a buscar nuevos cauces de crecimiento. Como una planta que hemos plantado en una maceta o en el jardín pero no la hemos cuidado y no la hemos abonado convenientemente, que entonces le faltará fuerza en su crecimiento y no nos dará los resultados apetecidos en aquellas bellas flores o en aquellos abundantes frutos que desearíamos.
¿A qué viene todo esto? Más que nada porque necesitamos reflexionar y revisarnos. Y a mí me ha hecho reflexionar en todo esto la Palabra del Señor que hoy se nos ha proclamado. Por una parte porque el Señor vendrá a buscar fruto en la higuera de nuestra vida; porque el Señor querrá purificarnos de todas aquellas cosas que hemos dejado introducir en el templo de nuestro corazón que no son agradables a Dios, ni son lo dignas para quien lleva el nombre de cristiano y aspira a la santidad.
Pero también por los consejos o advertencias que nos hace Pedro en su carta. ‘Ante todo, mantened en tensión vuestro amor mutuo’, nos decía. Aquello que decíamos al principio de la cuerda musical convenientemente tensa para que dé el sonido apropiado. Pues la cuerda del amor en nuestra vida y del amor mutuo tiene que tener la tensión apropiada. No podemos dejarla aflojar porque no nos dará el estilo de amor que nos enseña Jesús en el evangelio. Decimos que amamos, pero quizá nos falta delicadeza, nos falta apertura de nuestro corazón para acoger siempre al otro sea quien sea. Decimos que amamos, pero hacemos nuestras distinciones y mantenemos nuestras reservas. Decimos que amamos y nos cuesta llegar a la comprensión y al perdón. Decimos que amamos, pero nos falta generosidad y responsabilidad. Tensemos la cuerda de nuestro amor. Que suene hermosa en nosotros la armonía de la comunión y del amor.
Recogemos algunas de las cosas que nos va diciendo el apóstol: ‘Sed moderados y sobrios… ofreceos mutuamente hospitalidad, sin protestar… que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás… el que toma la palabra (porque tiene la misión de enseñar), que habla Palabra de Dios… el que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo recibido…’
Tensemos, sí, la cuerda de nuestro amor, en la oración, en la escucha de la Palabra, en la vivencia sacramental, en nuestra unión con el Señor.

jueves, 27 de mayo de 2010

Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos hace partícipes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23;
Sal. 39;
Lc. 22, 14-20

‘Para gloria tuya y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote… Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo’. Así se expresa en la liturgia la fiesta de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote que celebramos en este día. ‘Cristo, Mediador de una nueva Alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’, que nos dice la carta a los Hebreos. Sumo y eterno Sacerdote como lo proclamamos hoy.
La Palabra de Dios proclamada en este día nos lo señala bien. Cristo, Sacerdote, Víctima y Altar, que se ofrece a sí mismo por nuestra redención; que es el verdadero templo de Dios; que es nuestro intercesor y mediador en el cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, como hemos contemplado y celebrado en estos días con su Ascensión, y nos ha señalado también la carta a los Hebreos que hoy hemos escuchado. Por su parte el evangelio nos recuerda esa Sangre de la Alianza nueva y eterna; alianza sellada con la Sangre de Cristo, que se derrama por nosotros.
‘Teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros… y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura’. ¿Cómo no vamos a sentir gozo en el corazón teniendo un sacerdote así que nos abre las puertas del cielo y no sólo se ha entregado por nosotros sino que sigue intercediendo por nosotros en el cielo?
Pero cuando contemplamos el sacerdocio de Cristo vemos cómo quiere El hacernos partícipes de ese sacerdocio, porque hace un pueblo sacerdotal. ‘Perpetúa en la Iglesia su único sacerdocio’. Por una parte ‘confiere el honor del sacerdocio real a todo el pueblo santo’; recordemos que hemos sido ungidos en el Bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.
Pero quiere aún más. ‘Con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión’. Es el sacerdocio ministerial por el que llamados y elegidos por el Señor con un amor especial, por el sacramento del Orden Sacerdotal, participan – participamos - de la misma misión de Cristo, como ‘ministros y dispensadores de sus misterios’.
Como nos resume de forma hermosa el prefacio: ‘Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos’.
Hoy es un día especialmente sacerdotal, muy especial para nosotros, los sacerdotes, porque contemplando el sacerdocio de Cristo sentimos el gozo en el corazón de que Cristo así haya querido hacernos partícipes de su sacerdocio. Es un día también muy importante para todo el pueblo cristiano para comprender el ministerio de los sacerdotes, saber estar a su lado valorando su misión y su entrega, para orar también intensamente por sus sacerdotes para que el Señor nos ayude a mantener nuestra fidelidad a Cristo en este especial compromiso adquirido con nuestro sacerdocio.
Hemos venido celebrando un Año Sacerdotal que el Papa quiso convocar en la conmemoración del Santo Cura de Ars; un año para ayudarnos a valorar, a amar ese sacerdocio, por una parte nosotros los consagrados, pero también todo el pueblo cristiano aprenda a amar a sus sacerdotes; para que sepa ofrecer su apoyo frente a tantos peligros por una parte y ataques por otro lado que podamos sufrir; para que el pueblo cristiano ore por sus sacerdotes.
Somos débiles y sin embargo tenemos que ser santos. Cuánta santidad necesitamos para tratar los misterios santos que Dios pone en nuestras manos. Necesitamos fortalecernos de verdad en el Señor para mantener esa fidelidad, esa entrega, ese amor renovado y nuevo como el primer día. Lo podremos hacer, es cierto, en la medida en que seamos cada día más santos. Pero lo podemos hacer con el apoyo del pueblo cristiano con su oración. Cómo nos sentimos reconfortados y fortalecidos cuando vemos tantas almas buenas que nos quieren, nos arropan, nos ayudan y oran por nosotros.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Os rescataron a precio de la Sangre de Cristo

2Ped. 1, 18-25;
Sal. 147;
Mc. 10, 32-45

Cuando tenemos que comentar la Palabra de Dios que se nos proclama en la celebración nos vemos a veces en el dilema de cuál texto comentar o en qué aspecto especial vamos a fijarnos para centrar nuestro comentario y reflexión.
Quienes han escuchado con atención la Palabra proclamada, mientras va llegando a sus oídos, en su corazón van sintiendo ya muy viva esa Palabra que el Señor les dice y quizá sean aspectos en que luego tal vez el sacerdote no se fije para el comentario. Lo importante es que llegue de una manera viva a nuestro corazón. Allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiere siempre decirnos algo.
Es lo que nos sucede hoy. El texto del evangelio, de gran riqueza como Palabra del Señor que es, tenemos muchas ocasiones de comentarlo a lo largo del año. Por ello hoy quisiera fijarme más en la carta de san Pedro.
Comenzar diciendo que en el Antiguo Testamento, como también vemos en otras expresiones religiosas, el pueblo judío ofrece sacrificios a Dios para su alabanza .- hermosos son tantos salmos de alabanza que se cantaban en el templo de Jerusalén como el que hoy hemos recitado entre lecturas, ‘glorifica al Señor, Jerusalén’– como reconocimiento que de Dios nos viene todo y a El tenemos que ofrecérselo como ofrenda de acción de gracias.
Pero también los sacrificios ofrecidos tienen el sentido de la reparación, expiación y purificación de los pecados. En ese sentido había sacrificios y actos de culto muy concretos. El hombre, la humanidad ha ofendido a su Dios y su Creador y le ofrece dichos sacrificios para obtener el perdón del Señor. ¿Y qué ofrece? Aquello que humanamente el hombre puede tener, holocaustos y ofrendas de los frutos de la tierra o sacrificios de animales.
Con Cristo, podríamos decir, todo cambia. No son nuestras cosas humanas las que van a conseguir ese perdón de Dios ni nosotros simplemente por nuestras obras, sino que es Dios mismo quien nos ofrece su perdón y su amor. Nosotros, cierto, tenemos que reconocer nuestra condición pecadora y también pedir perdón a Dios. Pero será la Sangre de Cristo derramada por amor la que nos va a limpiar de nuestros pecados. Y no sólo nos perdona sino que nos ofrece nueva vida.
Es lo que quiere decirnos hoy la segunda carta de Pedro. Nuestro valor no está en nosotros lo que nosotros podamos ofrecerle, sino en el valor infinito de la Sangre de Cristo derramada por nosotros en el sacrificio de la cruz, el sacrificio de su Pascua.
‘Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil… no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha…’ Nos arranca del poder del pecado, del poder del maligno con su entrega y su muerte en la cruz. Nos compra a precio de sangre, podemos decir. Aquello de que no hay amor más grande que el de quien da la vida por el que ama. Lo tenemos en Jesús.
Grande es el amor que Dios nos tiene que nos envió a su Hijo, que se entregó por nosotros. Infinito es ese amor como infinito es Dios y de valor infinito, entonces, la Sangre de Cristo derramada por nosotros. ¡Cuánto tenemos que darle gracias a Dios! No nos podemos cansar de nuestra acción de gracias y nuestra alabanza. ‘Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza’, continúa diciéndonos.
Acción de gracias y alabanza que damos con nuestra respuesta de fe y de amor. Por eso nos dice Pedro hoy: ‘Ahora que estáis purificados por vuestra respuesta a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente… mirad que habéis vuelto a nacer… por medio de la Palabra de Dios viva y duradera… Palabra del Señor que permanece para siempre. Y esa Palabra es el Evangelio que os anunciamos’.

martes, 25 de mayo de 2010

Y en la edad futura, vida eterna

2Ped. 1,. 10-16;
Sal. 97;
Mc. 10, 28-31

‘El que os llamó es santo; como El, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta…’ Una nueva invitación a la santidad escuchamos hoy. La llamada a alcanzar la vida eterna, ‘vuestra propia salvación’, que escuchamos ayer se tiene que traducir en una vida más santa que hemos de vivir cada día.
San Pedro en su carta recuerda cómo todo el Antiguo Testamento es como un anticipo y una preparación para el tiempo final, para la venida de nuestro Señor Jesucristo en la plenitud de los tiempos. Como dice el apóstol ‘la salvación fue el tema que investigaron y escrutaron los profetas, los que predecían la gracia destinada a vosotros’. Todo aquello que ellos vieron y anunciaron proféticamente, ‘los sufrimientos de Cristo y la gloria que seguiría… ahora se os anuncia por el Evangelio con la fuerza del Espíritu enviado del cielo’.
Por eso insiste en esa vida santa. ‘Estad interiormente preparados… controlándoos bien, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo’. Conocer a Jesús, seguir su camino, llamarnos y vivir como cristianos significa una transformación de nuestra vida, como tantas veces hemos repetido. Vivíamos como en la ignorancia cuando no conocemos a Jesús y su salvación. Por eso nos dice: ‘no os amoldéis más a los deseos que teníais antes, en los días de la ignorancia’.
Acabamos de celebrar la gran fiesta de Pentecostés con la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, sobre toda la Iglesia y también en nuestra propia vida. Es lo que vivimos y celebramos. Y como hemos reflexionado en su celebración, es el Espíritu que nos conduce a la verdad plena, nos ayuda a comprender todo el misterio de Dios que nos salva y que celebramos en los sacramentos; es el Espíritu que se hace presente en la vida de la Iglesia en la que hemos podido conocer a Jesús, crecer en nuestra fe, sentirnos alimentados y fortalecidos con la gracia del Señor para vivir todo nuestro compromiso de amor.
Es el Espíritu que nos hace sentir y gozar allá en nuestro interior el gozo de nuestra entrega, la satisfacción más honda por lo bueno que podamos realizar; el que nos ayuda a comprender toda la trascendencia que tienen nuestros actos, nuestra vida buena y nos hará aspirar a esa vida eterna prometida, a esa salvación definitiva y plena que en el Señor podemos alcanzar.
De ello nos habla el evangelio. Tras lo que escuchamos que Jesús les decía a los discípulos sobre lo difícil que les era a los que tenían el corazón apegado a las riquezas entrar en el Reino de los Cielos, surge la pregunta o el comentario de Pedro. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. ¿Estará buscando alguna compensación interesada o alguna ganancia? ¿No es ya suficiente tener asegurado que podamos pasar por la puerta estrecha para entrar en el Reino de los cielos?
Hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierra, por mí y por el evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más… con persecuciones, y en la vida futura, vida eterna’. ¿Nos quedamos en la materialidad de las palabras de Jesús para lo que recibimos en esta vida? Creo que podemos entenderlo como ese gozo de la entrega, esa satisfacción del alma, pero también la seguridad de la plenitud de vida en el amor que en Dios y con Dios vamos a tener por toda la eternidad.
Seamos santos, vivamos entregados en el amor, y aunque haya ocasiones que nos cueste y la dificultad nos puede venir por muchos caminos – Jesús habla claramente de persecuciones, sintamos el gozo de la trascendencia que le estamos dando a nuestra vida. En el Señor tenemos asegurado ese gozo eterno.

lunes, 24 de mayo de 2010

Alcanzando así la meta de vuestra fe, vuestra propia salvación

2Ped. 1, 3-9;
Sal. 110;
Mc. 10, 17-27

¿Merece la pena pasar todo lo que tenemos que pasar en esta vida por alcanzar la salvación prometida? ¿Merece la pena dejarlo todo por alcanzar la vida eterna?
Pueden parecer preguntas muy atrevidas y duras, pero siendo sinceros con nosotros mismos y viendo también las actitudes de mucha gente a nuestro alrededor, no están tan lejos de pensamientos que de una forma un otra nos surgen muchas veces en nuestro interior, aunque nos cueste confesarlo, o cosas que algunos o muchos se puedan plantear.
Algunas veces las cosas parece que se nos ponen difíciles, nos cuesta seguir el camino emprendido, podemos tener el peligro de perder la esperanza, vivimos quizá muy apegados a las cosas, lo que tenemos o lo que queremos poseer, tenemos que pasar por momentos en que se nos pone a prueba incluso nuestra fe y tenemos el peligro de dejarlo todo de la mano, cansados quizá de nuestras luchas, y simplemente dejarnos arrastrar por la vida.
Hemos de tener claro cuales son nuestras metas, las cosas por las que luchamos, la esperanza que tenemos en la vida y que nos da un sentido y una trascendencia, la certeza de la salvación que el Señor nos ofrece, para que entonces pongamos todo nuestro empeño y esfuerzo.
En el evangelio hoy contemplamos a alguien bueno, que con buena voluntad y buenos deseos en su corazón se acerca a preguntar a Jesús qué hay que hacer para alcanzar la vida eterna. Es una persona buena y cumplidora porque cuando Jesús le señala que cumpla los mandamientos, la ley del Señor, él responderá que eso lo ha cumplido desde su niñez. Jesús se le queda mirando con cariño, dice el evangelio. Aquí hay alguien al que se le pueden plantear metas más altas. Por eso le dice Jesús: ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego sígueme’.
Aquí fue donde dio el parón. Romper las ataduras del corazón en su apego por las riquezas, eso cuesta más. ‘Frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico…’ dice el evangelista. Quizá hacer esporádicamente alguna cosa buena, estaría dispuesto a hacerlo. Pero la renuncia que le pedía Jesús era otra cosa. La pregunta que nos hacíamos al principio. ¿Merece la pena dejarlo todo por alcanzar la vida eterna? Jesús le está pidiendo que venda todo lo que tiene y le dé el dinero a los pobres para así tener un tesoro en el cielo. Era él quien le había preguntado a Jesús qué hacer para alcanzar la vida eterna. Pero quizá no había medido el alcance de lo que significa alcanzar la vida eterna.
El texto de la segunda carta del apóstol San Pedro también nos ilumina en este sentido. Bendice a Dios porque ‘en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo…’
Nacer de nuevo, dice el apóstol. Nos recuerda lo de Jesús a Nicodemo. Para mantenernos en esa esperanza, es necesario nacer de nuevo. Es un cambio total el que hay que hacer en nuestra vida. Es el cambio y la transformación que se realiza en nosotros por nuestra fe en Jesús y nuestra unión con El para vivir una nueva vida. Si seguimos con nuestras mentalidades, si seguimos con el corazón apegado a las cosas de aquí abajo, poco puede interesarnos la vida eterna, la salvación. Por eso es necesario estar dispuestos a nacer de nuevo.
Pero será algo que no hacemos por nosotros mismos, sino con la fuerza y la ayuda del Señor. ‘La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final’. Y eso aunque nos cueste, nos veamos tentados o puestos a prueba. Las pruebas nos purifican. Las pruebas nos hacen fuertes. Las pruebas aquilatan nuestra vida aprendiendo a darle valor a lo que realmente tiene valor. ‘Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe – de más precio que el oro que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego – llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo… alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación’.
Sí, pasar todo lo que tengamos que pasar para alcanzar la salvación.

domingo, 23 de mayo de 2010

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida


Hechos, 2, 12-11;
Sal. 103;
1Cor. 12, 3-7.12-13;
Jn. 20, 19-23


En aquella sala alta y aderezada que Jesús había solicitado - ¿a un pariente quizá? – para celebrar la Pascua con sus discípulos, y que ya desde entonces nosotros llamaríamos el Cenáculo, sucedieron muchas cosas. Con todo detalle les había señalado Jesús a los enviados cómo habían de encontrarla siguiendo a un hombre que entraba en la ciudad con un cántaro de agua.
Se había comenzado con la señal más honda y más significativa de lo que iba a ser el amor más grande cuando Jesús lave los pies de los discípulos. Luego durante la cena fue el lugar también de la institución de la Eucaristía como signo permanente y eterno de la Pascua más plena, de manera que a partir de entonces cada vez que comemos ese pan y bebemos de esa copa anunciaríamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
Pero iba a ser también el lugar de la efusión del Espíritu para el nacimiento de un hombre nuevo y de una humanidad nueva en el perdón y en el amor. Lo fue en la primera aparición de Cristo resucitado, como nos narra Juan en el Evangelio y hoy hemos escuchado, o cincuenta días después en Pentecostés como Lucas en los Hechos de los Apóstoles nos describe cómo el Espíritu prometido por Jesús se derramaría sobre la Iglesia naciente en aquel grupo de los Apóstoles y los discípulos que allí estaban reunidos también con la madre de Jesús.
Es lo que hoy estamos celebrando. Pentecostés, no como fiesta judía de la Ley y de las ofrendas de las primicias de los frutos de la tierra, sino como la gran fiesta del Espíritu que se derramó entonces sobre los apóstoles y se sigue derramando en nosotros y en la Iglesia a través de los siglos.
Con muchos signos y prodigios se manifestó entonces la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles para que así pudieran captar mejor las maravillas que el Señor obraba en ellos y para que se expresara también que a partir de entonces todo tenía que ser nuevo y distinto porque una comunidad nueva comenzaba.
Ya podían proclamar con todo sentido que Jesús es el Señor, como Pedro proclamaría con toda valentía a las gentes que se congregaron a las puertas del Cenáculo atraídas por las señales que escucharon de que algo extraordinario había sucedido en aquellos ruidos como vientos recios que hicieron temblar el lugar. ‘Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción el Espíritu Santo’ diría más tarde Pablo como hoy hemos escuchado en su carta.
Como un signo de lo que en verdad significa la acción del Espíritu en la Iglesia las gentes dispersas por la ciudad ahora se han congregado allí en la confesión de una misma fe a los que antes el pecado había dividido. Es el Espíritu que nos llama y nos congrega en un nuevo pueblo y en una nueva humanidad donde todos formamos un solo cuerpo y nos sentimos movidos por el amor.
Sucede ahora lo contrario que en Babel donde la confusión de las lenguas los había dispersado, porque ahora, aunque hablaran distintas lenguas según el lugar de donde procedía cada uno, todos sin embargo los oían hablar de las maravillas de Dios como si hablaran en su propia lengua. El Espíritu hace hablar el lenguaje del amor porque es el Espíritu del amor, y ese lenguaje sí que lo podemos todos entender.
El Cenáculo había sido hasta entonces un lugar cerrado porque los temores y las desconfianzas allí los habían encerrado; estaban con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos cuando Cristo resucitado se les aparece en aquel primer día de la semana, y aún más, hasta se habían llenado de temor en el momento de la aparición de Jesús. Ahora, por la fuerza y la presencia del Espíritu, las puertas quedan abiertas y ya no pueden cerrarse más, porque allí había irrumpido el Espíritu y de allí había que salir con su fuerza y con su gracia a hacer el anuncio y dar el testimonio de la Buena Nueva de la Salvación para todos los hombres hasta los confines del mundo.
Se acabaron las dudas y los temores, han de disiparse para siempre los miedos y las desesperanzas, una valentía y un coraje nuevo tienen que arder en el corazón, y el fuego del Espíritu ya no podrá apagarse, sino más bien incendiar el mundo con el fuego del amor. ‘Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda’, había dicho un día Jesús. Ahora comienza a propagarse el incendio de la fe y del amor.
Es el Espíritu que se sigue derramando en nuestros corazones y nos hace comprender la realidad misteriosa que celebramos en los sacramentos; que infunde en nosotros el conocimiento pleno de la verdad revelada; que nos congrega en la confesión de una misma fe a los que andábamos divididos y confusos a causa del pecado.
El Espíritu que ha hecho de la Iglesia sacramento de unidad para todos los pueblos. El Espíritu que ha sido enviado como primicia a los creyentes a fin de santificar todas las cosas y llevar a plenitud su obra en el mundo. El Espíritu que nos santifica y nos llena de gracia y de vida, porque donde está el Espíritu ya no puede haber pecado ni muerte. El Espíritu Santo, dador de vida, fuente de vida inagotable y creciente que nos llena de santidad y de gracia. El Espíritu Santo que nos llena con sus dones y suscita en medio de la Iglesia los carismas y servicios que enriquecen al pueblo de Dios.
Muchas más cosas podríamos seguir diciendo de la acción de gracia del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. Muchas veces ha sido el gran desconocido para muchos cristianos, pero sin embargo ha ido actuando siempre en nuestros corazones, porque aún sin reconocerlo nosotros, ha sido el Espíritu Santo quien nos impulsa a lo bueno y a lo santo y el que ha ido guiando a la Iglesia a través de la historia; es el que nos ha llevado al conocimiento pleno de los misterios de Dios, que ‘nos ha hablado por los profetas’, como decimos en el Credo, y nos sigue hablando en el actuar de la Iglesia a través de los tiempos.
‘Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria’, decimos en el Credo. Hoy queremos expresar nuestra fe, cantar nuestra alabanza y bendición al Señor, porque en la unidad del Espíritu, por Cristo, con Cristo y en Cristo queremos tributar todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso. Somos conscientes que si queremos cantar esta alabanza y dirigir nuestra oración y acción de gracias a Dios, lo hacemos porque el Espíritu está en lo más hondo de nuestros corazones inspirándonos El ese misma cántico de alabanza y esa oración.
Que en el Espíritu nos sintamos congregados en unidad los que participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

sábado, 22 de mayo de 2010

Unánimes en la oración con María en la espera de la venida del Espíritu Santo

Hechos, 26, 16-20.30-31;
Sal. 10;
Jn. 21, 20-25

Llegamos ya a la conclusión del tiempo pascual que culmina mañana con la gran celebración de Pentecostés. Durante este tiempo hemos venido escuchando en lectura continuada el libro de los Hechos de los Apóstoles. Lo que hemos escuchado hoy es la conclusión de este libro con la presencia de Pablo en Roma a donde ha sido conducido prisionero por el nombre del Señor.
Lo importante en este texto es ver cómo Pablo, a pesar de estar prisionero, incluso con la presencia constante junto a él del soldado que lo custodia, no deja de dar testimonio del nombre de Jesús. ‘Vivió allí dos años enteros a su costa, recibiendo a todos los que acudían, predicándoles el Reino de Dios y enseñando la vida del Señor Jesucristo con total libertad sin que nadie lo molestase’.
El evangelio también es el final del de Juan que también hemos venido escuchado de manera especial en este tiempo pascual. Hace una referencia al discípulo a quien Jesús tanto quería, no sólo por la pregunta de Pedro al verlo que seguía detrás de donde estaba con Jesús con las interpretaciones que se hicieron de la respuesta de Jesús, sino en especial porque nos habla del autor de este evangelio. ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito: y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero…’
Dado que estamos en las vísperas de Pentecostés y la oración que con la liturgia y tantas otras que hemos querido hacer pidiendo la fuerza y la presencia del Espíritu, quisiera recordar lo que nos dicen los Hechos de los Apóstoles en otro momento. Después de la Ascensión de Jesús al cielo regresaron a Jerusalén y se reunió el grupo de los Once y otros discípulos con María en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. ‘Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la Madre de Jesús y con los hermanos…’
Con la presencia de María queremos sentirnos nosotros también en esta espera del cumplimiento de la promesa de Jesús y la venida del Espíritu Santo. Hemos venido pidiendo – y queremos hacerlo de manera especial con María – que el Espíritu Santo se haga presente en nuestra vida y nos llene de sus dones. Hermoso sería fijarnos en lo que la liturgia nos ha ido sugiriendo en esta semana de cómo invocar al Espíritu Santo.
Hemos pedido, por ejemplo, que se derrame la fuerza del Espíritu Santo para que cumpliendo fielmente la voluntad del Señor, demos testimonio con nuestras obras. El Espíritu que haciendo morada en nosotros, nos haga templos de la gloria del Señor. Que nos sintamos congregados por el Espíritu y vivamos unidos en el amor. Que el Espíritu nos penetre con su fuerza para que con nuestra vida demos gloria al Señor, porque nuestro actuar, nuestras obras sean siempre concordes con la voluntad del Señor. Que la venida del Espíritu con todos sus dones nos mueva a mejor servir a Dios en nuestros hermanos y nos ayude a comprender la riqueza inmensa de nuestra fe. Y finalmente pedíamos que no perdamos nunca la alegría de la Pascua.
Que María nos ayude, interceda por nosotros, nos alcance del Señor esa gracia. Con María oramos y nos preparamos. De María aprendemos a abrir nuestro corazón a la acción del Espíritu como ella supo hacerlo.

viernes, 21 de mayo de 2010

La humildad del amor

Hechos, 25, 13-21;
Sal. 102;
Jn. 21, 15-19

Con no poca osadía me atrevo a titular este texto del evangelio como ‘la humildad del amor’. Muchas cosas cambiaron en el corazón de Pedro en pocos días, pero sobre todo al pasar por la Pascua de Jesús. El encuentro ahora con el resucitado le hará amar más y más a Jesús, pero también a ponerse ante El con la hermosa actitud de la humildad.
Tres veces le pregunta Jesús si lo ama. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’. Y tres veces irá respondiéndole a Jesús diciéndole simplemente ‘tú sabes que te quiero’, aunque a la tercera pregunta ya Pedro se entristeciera porque le recordaría su triple negación. Aquel Pedro impetuoso e impulsivo que quiere ser siempre el primero en responder, el primero en seguir a Jesús, ahora humildemente está diciendo a Jesús, ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.
Sería el primero en responder cuando Jesús les preguntara qué pensaban ellos del Hijo del Hombre, haciendo una hermosa confesión de fe. Sería el que tomara la iniciativa en lo alto del Tabor para, manifestando en nombre de los tres lo bien que se estaba allí, ya querer hacer tres chozas o tiendas para Jesús, Moisés y Elías para quedarse para siempre en aquel éxtasis divino.
Será el que quiera impedir que Jesús vaya a Jerusalén si es que allí va a suceder todo lo que anuncia Jesús, o al menos que se lo quite de la cabeza porque no le puede pasar nada. Será el primero en decir que a dónde van a ir ellos, allá cuando lo de la sinagoga de Cafarnaún, ‘si tú tienes palabras de vida eterna’.
Será el primero en prometer en el Cenáculo que no abandonará jamás a Jesús y le seguirá incluso hasta la muerte si fuera preciso, siendo el primero en Getsemaní en echar mano de la espada para defender a Jesús.
Pero pronto llegará la hora de la negación, la hora de esconderse en el Cenáculo con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos, la hora de las dudas ante el sepulcro abierto y vacío.
Pero ahora estaba ante Jesús. Se había echado al agua para llegar el primero a la orilla, aunque estaban a escasos cien metros, cuando Juan le había dicho que ‘es el Señor’ tras la pesca milagrosa. En otra pesca, en ese mismo lago, había puesto toda su confianza en Jesús echando en su nombre las redes y al contemplar las maravillas de Dios le había pedido a Jesús que se apartara de él porque era un hombre pescador. Ahora humildemente, porque reconoce sus debilidades y caídas, le porfiaba una y otra vez su amor al Señor. La humildad del amor.
Pero la humildad no se acaba aquí, sino que, a pesar que Jesús le dice que pastoreará su rebaño –‘apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos’- sin embargo le anuncia que ‘cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’. El evangelista comenta que ‘esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios’. El Pedro del entusiasmo y de la fe, el Pedro del amor humilde pero generoso también habrá de pasar su pascua, su pasión, su martirio con lo que dará gloria a Dios.
Creemos en el Señor. Amamos a Dios y queremos amarle sobre todas las cosas. Pero con humildad reconocemos las debilidades de nuestro amor, muchas veces tan lleno de imperfecciones y tibiezas. Pero también nosotros queremos decirle a Jesús, ‘tú lo sabes todo’, porque conoces mis debilidades y pecados, pero sabes, Señor, que por encima de todo y a pesar de todo eso, te amo, te seguiré a donde quieras.
También con humildad queremos mostrarle nuestro amor.

jueves, 20 de mayo de 2010

Conocimiento de Dios, conocimiento de Cristo, vida eterna

Hechos, 22, 30; 23, 6-14;
Sal. 15;
Jn. 17, 20-26

‘Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como yo también estoy con ellos’. Por dos veces en este corto texto del evangelio nos habla Jesús del amor que el Padre le tiene y que por Jesús nos tiene a nosotros también. ‘De modo que el mundo sepa que Tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí’. Un amor del Padre al Hijo desde toda la eternidad ‘porque me amabas desde antes de la fundación del mundo’. Pide Jesús que así también nosotros nos sintamos amados del Padre.
Cuando Jesús comenzaba esta oración sacerdotal decía que su gloria era darnos, trasmitirnos la vida eterna. Y nos decía: ‘Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. Ha venido, se ha hecho hombre para que tengamos vida eterna. Ha venido para revelarnos a Dios – es la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios – y conociendo a Dios y conociéndole a El tengamos vida eterna. Ha venido para, con su entrega y su redención, alcanzarnos vida eterna.
En eso tenemos que aplicarnos, en alcanzar esa vida eterna, en llegar a ese conocimiento profundo de Dios que nos haga alcanzar la vida eterna. Alguno podría pensar, entonces ¿es suficiente tener conocimiento de Dios, o sea, saber cosas de Dios, y sólo con eso alcanzaremos la vida eterna? Entendámonos.
Cuando hablamos de ese conocimiento no se trata de saber cosas, como quien aprende geografía o matemáticas. Es algo mucho más hondo. Ese conocer nos lleva a vivir. Ese conocimiento de Dios que haría nuestra vida distinta y que nos llenaría de vida eterna es como un dejarnos inundar de Dios, impregnarnos de Dios, empaparnos de Dios, meternos en el corazón de Dios y dejar que Dios se meta en lo más hondo de nuestro corazón.
No es lo mismo una tierra reseca y endurecida como una piedra que una tierra que ha sido empapada suficientemente por el agua y los nutrientes necesarios para hacer surgir y verdear hermosas plantas que se llenarían de flores y de frutos. Así nosotros, inundados de Dios, nuestra vida verdeará y florecerá, nuestra vida podrá dar frutos, en una palabra, nos llenaríamos de vida eterna, arrancando de nosotros todo lo que es maldad y muerte.
La vida de un cristiano tiene que estar en continuo crecimiento. No se puede estancar. Muchos cristianos dicen a mí qué me van a enseñar si soy cristiano de toda la vida. El conocimiento de Dios no se agota nunca. Esa vida eterna que Dios nos da estará en constante crecimiento y maduración. Si no crece y madura tiene el peligro de morirse.
Por eso siempre tenemos que buscar todos los medios de formación y maduración en nuestra vida cristiana, para crecer en ese conocimiento de Dios. Tenemos que alejarnos de todo tipo de rutina y costumbrismo – hacer las cosas solamente dejándonos llevar por la costumbre sin tener una motivación profunda -. Hemos de tener hambre de Dios, de su Palabra, de su gracia, de su vida. Es lo que nos llevará al testimonio valiente, a los frutos del amor, a una santidad cada vez más resplandeciente.
Hoy hemos escuchado cómo Pablo, después de dar valiente testimonio de su fe en la resurrección de los muertos y en la resurrección de Jesús, siente lo que Dios le señala en su corazón que ha de ser su vida en adelante: ‘¡Animo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. Es lo que quizá el Señor quiere hacernos sentir en lo más hondo de nuestro corazón. Hoy damos testimonio aquí, pero no sabemos por qué caminos nos va a llevar el Señor. Nosotros, sacerdotes y religiosos, hoy estamos con una misión o un ministerio en un lugar determinado, pero sabemos que el Señor nos pude enviar a otro lugar y a otra misión para que sigamos dando el testimonio de nuestra fe y de nuestra vida. Recordamos que hace unos días escuchábamos también a Pablo que se sentía impulsado por el Espíritu para ir a Jerusalén y él se dejaba conducir.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Guárdalos en tu nombre para que sean uno

Hechos, 20, 28-38;
Sal. 67;
Jn. 17, 11-19

Continúa la oración de Jesús por sus discípulos. Sabe Jesús que el mal nos acecha, que nos podemos ver tentados por muchas cosas y algo terrible sería la división entre los que creemos en Él, y que por el testimonio que hemos de dar vamos a ser rechazados por el mundo, y por eso ora insistentemente al Padre por sus discípulos, es decir, por nosotros.
‘Guárdalos del mal… guárdalos en tu nombre…’ pide repetidamente Jesús al Padre. ‘Guárdalos en tu nombre para que sean uno…’ Será una petición y un deseo insistente de Jesús. lo volveremos a escuchar. Qué importante es que mantengamos la unión y la comunión. Si antes nos había dejado como su principal mandamiento el amor, que sería el distintivo de los discípulos, ahora insiste Jesús en nuestra unión que es fruto de ese amor. Esa unidad y ese amor que se rompe tantas veces desde nuestros corazones egoístas y desde nuestros orgullos. Por eso, con insistencia pide Jesús al Padre ‘guárdalos en tu nombre para que sean uno’. Porque ese será el mejor testimonio de nuestra fe, la unión y el amor.
La oración de Jesús al Padre viene a ser para nosotros por una parte un anuncio y prevención de lo que nos puede pasar, pero también una preparación de nuestro espíritu para que nos mantengamos firmes en nuestra fe y en el testimonio que hemos de dar. Porque nos vamos a encontrar un mundo adverso. ‘El mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo’. No somos del mundo porque nuestros estilo de vivir, nuestro sentido de vida es distinto. Estamos en medio del mundo pero no podemos contaminarnos por él. Hemos optado por Jesús, por ser sus discípulos y el sentido y el valor de nuestra vida es distinto; arranca de los valores del Evangelio, de la vivencia del Reino de Dios.
Ese odio del mundo lo seguimos sintiendo en nuestra propia carne en todos los tiempos, en nuestros tiempos también. Cómo se regodea el mundo tratando de desprestigiar a la Iglesia, a los sacerdotes, a los cristianos todos que quieren vivir fieles a su fe. Cómo se aprovechan de nuestros fallos humanos para caer sobre nosotros. Cómo frente al anuncio del evangelio de la vida, a la proclamación de nuestra fe, al testimonio de nuestros principios y valores nacidos del evangelio, el mundo de moviliza con todos sus medios para ir en contra.
Es la lucha del mal contra el bien. Nadamos a contracorriente y no hemos de temer porque ya Jesús nos anunció que sería así, pero también nos dijo como hemos escuchado estos días ‘Yo he vencido al mundo’. Tenemos la victoria de Jesús de nuestra parte. Ahora contemplamos a Jesús orando por nosotros, por sus discípulos.
‘No te ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal… santifícalos en la verdad…’ Santificarnos en la verdad es hacernos sentir su fortaleza y su gracia. Para eso nos da el don de su Espíritu. Lo estamos implorando nosotros también insistentemente en estos días previos a Pentecostés. ‘Por ellos me consagro yo, para que también ellos se consagren en la verdad’. Así Cristo se entrega por nosotros para que tengamos vida, para que no nos falte su gracia, para que nosotros vivamos también nuestra consagración y nuestra entrega. En la verdad, en el amor, en una entrega como la de Jesús.
Y somos unos enviados como Cristo es el enviado del Padre. ‘Ellos creen que Tú me has enviado’, le escuchábamos. Pero ahora es Jesús el que nos envía, y nos envía a ese mundo que nos es adverso, que nos rechaza y no nos quiere recibir, que nos odia. El temor al mundo hostil no nos puede encerrar en el Cenáculo, sino que hemos de sentirnos enviados. Jesús sabe que va a la cruz pero cumple la voluntad del Padre. Así nos envía a nosotros también.
Es el mundo donde hemos de anunciar la Buena Noticia de Jesús. Es el mundo que con la fuerza del Espíritu nosotros hemos de transformar con la semilla de la Palabra de Dios, con la levadura del Espíritu, con la sal y el sabor del evangelio, con la luz de Jesús. Por eso Jesús ora al Padre por nosotros.

martes, 18 de mayo de 2010

Ha llegado la hora de la glorificación en el sacrificio de la Pascua

Hechos, 20, 17-27;
Sal. 67;
Jn. 17, 1-11

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique… y dé la vida eterna a los que me confiaste...’ Así comienza Jesús su oración sacerdotal (así solemos llamarla) al final de la Última Cena antes de salir para Getsemaní. Oración que hace por los discípulos, por aquellos que creen en El y a los que quiere dar vida eterna. Para eso ha venido y ha llegado su Hora.
Casi al principio del evangelio de Juan, en las Bodas de Caná, ante la petición de su madre por la situación que pasan los novios a los que se les ha acabado el vino de la boda, Jesús le dice: ‘Aún no ha llegado mi hora’. Sin embargo en la medida en que nos acercamos a la Pascua, a su pasión y muerte, ya el evangelista nos va a decir que se acerca su hora.
Cuando Felipe y Andrés les presentan a Jesús a los dos gentiles que quieren conocerle, Jesús responderá anunciando la llegado de su hora, la hora de su glorificación. ‘Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre va a ser glorificado’. Y añade: ‘Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante’. Un anuncio de hasta donde llega su amor de dar su vida por nosotros a quienes ama.
Y cuando va a comenzar la cena pascual volverá a hablarnos el evangelista de la hora que llega. ‘Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de dejar este mundo para ir al Padre, y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’. La hora de pasar de este mundo al Padre, la hora del amor y del amor hasta el extremo, la hora de la glorificación.
Ahora en la cena se nos vuelve a hablar de la hora y de la hora de la glorificación. Es la hora del amor, la hora del grano de trigo que muere para dar fruto, la hora en que será glorificado Jesús y será glorificado el Padre en el supremo sacrificio de la Pascua, el supremo amor de quien se entrega hasta morir para que nosotros tengamos vida eterna.
El domingo de la Ascensión contemplábamos a Jesús glorificado subir al cielo y sentado a la derecha del Padre, Dios todopoderoso. Glorificado en la pasión, en la muerte, en la entrega de amor para llegar a la plenitud total junto a Dios. Y en ese momento hace el ofertorio, hace su oración por todos, y por todos aquellos que creyendo en su nombre van a alcanzar la salvación.
‘Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que tenía cerca de ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste en medio del mundo… y han creído que tú me has enviado… te ruego por ellos… en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’.
Cristo no nos deja ni se desentiende de nosotros como decíamos el día de la Ascensión. Intercede por nosotros porque quiere darnos su Espíritu. ‘Ahora intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu’, que decimos en el prefacio. Es un consuelo grande tener tal mediador e intercesor. Con cuánta seguridad y confianza hemos de seguir su camino.

lunes, 17 de mayo de 2010

Ser conscientes de que hemos recibido el Espíritu Santo

Hechos, 19, 1-8;
Sal. 67;
Jn-. 16, 29-33

‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’. Así respondieron aquellos discípulos de Éfeso cuando Pablo les pregunta si habían recibido el Espíritu Santo al aceptar la fe. Estamos en un nuevo viaje de Pablo y al llegar a Éfeso se encuentra con estos discípulos que sólo habían recibido el Bautismo de Juan.
Éfeso era una ciudad importante en el Asia Menor y además era de gran riqueza, lo que va a originar algunos conflictos en la predicación de Pablo, pero será una comunidad a la que Pablo dedicará gran atención. Conocemos la carta, muy importante que Pablo más tarde les dirigiría y que está contenida en el canon del Nuevo Testamento además del tiempo que ahora le dedica y las atenciones que tendrá más tarde con los presbíteros de aquella comunidad como ya escucharemos.
En esta ocasión Pablo instruirá a aquellos discípulos que sólo conocían el Bautismo de Juan y que ahora una vez aceptada la fe y recibir el Bautismo recibirán también el don del Espíritu con grandes signos y señales. No bastaba sólo aquel bautismo de Juan que era como un signo penitencial de preparación para recibir al verdadero Salvador, Cristo Jesús. No es sólo la acción del agua como rito de purificación lo que nos va a unir plenamente a Jesús, sino que será la acción del Espíritu.
Podemos recordar en este momento varias cosas. Por una parte recordemos que cuando Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán, porque el quiso ponerse en aquella fila de los pecadores, cuando así había asumido nuestra condición humana y venía a cargar con nuestros pecados para limpiarnos de ellos, se manifestó de manera especial el Espíritu Santo sobre El, como una consagración podríamos decir, porque así nos manifestaba en verdad quién era Jesús y cuál era su misión. Desde entonces las aguas del bautismo adquieren una especial significación como hoy mismo lo vemos en este hecho de la comunidad de Éfeso que al ser bautizados reciben el don del Espíritu. ‘Se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar’, nos dice.
Estamos en la última semana de Pascua y ya en la recta final que nos lleva a la fiesta del Espíritu Santo, a Pentecostés. – Digo fiesta pero todos sabemos que para nosotros es una gran solemnidad la celebración de Pentecostés - . Por eso esta semana es como una intensa preparación para ese gran día. Los textos de la liturgia de estos días nos van a ayudar en esa preparación, ese disponernos en verdad para sentir cómo el Espíritu Santo está y actúa en nosotros.
Somos nosotros los hombres y mujeres del Espíritu, que hemos recibido también en nuestro Bautismo y en el Sacramento de la Confirmación. El Espíritu que nos fortalece y nos llena de vida, porque nos ha dado la vida nueva de los hijos de Dios. El Espíritu que nos hace fuertes, porque nos hace sentir esa presencia de Dios en nosotros frente a los peligros a los que nos podamos enfrentar o las dificultades que podamos tener. Jesús en el Evangelio les habla de los momentos difíciles por los que van a pasar, pero que no han de tener miedo porque estando con Jesús por la fuerza de su Espíritu la victoria está asegurada.
‘Mirad que está para llegar la hora, mejor, ha llegado ya, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo – una referencia al abandono de los discípulos al comienzo de la pasión, pero seguirá diciéndoles -; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he hablado de esto, para que encontréis paz en mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo’.
Que sintamos esa fortaleza del Espíritu. Preparémonos para renovar su presencia en nuestra vida en la celebración de Pentecostés.