Vistas de página en total

sábado, 16 de diciembre de 2023

Ojalá llegáramos a tener nosotros también una visión de Dios en la cueva de Belén con la celebración de la navidad como la tuvo el profeta Elías en la montaña de Dio

 


Ojalá llegáramos a tener nosotros también una visión de Dios en la cueva de Belén con la celebración de la navidad como la tuvo el profeta Elías en la montaña de Dios

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Sal 79; Mateo 17, 10-13

Elías, Juan el Bautista, Jesús nos aparecen hoy como en línea continua en la Palabra de Dios, en el Evangelio.

De Elías nos hace un elogio el libro del Eclesiástico en la primera lectura, ‘como un fuego cuyas palabras quemaban como antorcha’ nos comenta el autor sagrado. Arrebatado al cielo ‘en un torbellino ardiente, en un carro de caballos de fuego’ esperaban su venida antes de la llegada del Mesías según las indicaciones de los profetas, ‘para reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob’. Fue la indicación de la misión del Bautista que hizo el ángel a Zacarías cuando le hizo el anuncio del nacimiento de un hijo. ‘Irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’.

Por eso cuando le preguntan los discípulos a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio, ‘¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?’, les responderá que ‘Elías vendrá y lo renovará todo ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido’. Estaba refiriéndose Jesús a la figura tan controvertida también de Juan el Bautista.

Pero Jesús querrá decirles algo más. ‘Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos’. Así como los discípulos entendieron la referencia al Bautista, sin embargo no supieron captar todo el sentido de las palabras de Jesús. No reconocieron a Elías en la figura de Juan el Bautista, como también Juan habría de sufrir el martirio, pero Jesús está adelantando ya lo que le sucederá a El. En cierto modo es un primer anuncio ya de su pasión, porque tampoco a El quisieron reconocerle.

¿Y nosotros? ¿Qué nos querrá decir esta Palabra que estamos escuchando en este momento concreto de nuestra vida y en este camino de Adviento que estamos realizando? El espíritu y el poder de Elías se manifestará para lo que en verdad había sido su vida como profeta, una invitación a la conversión. Dura fue la vida del profeta para defender el nombre de Yahvé, el único Dios de Israel frente a los baales o falsos dioses que querían imponer.

Conocemos todos el episodio en que huye al desierto queriendo morir ante la persecución que la reina Jezabel le está inflingiendo. Y es allí donde el profeta tiene la visión de Dios que le conforta y le llena de fortaleza en aquel pan y aquella jarra de agua que aparecía cada mañana junto a él como signo de esa presencia y fuerza del Señor, y aquel susurro de Dios que pasa apenas perceptible junto a El pero donde sabe descubrir esa presencia de Dios en su vida. Con esa fuerza volverá a realizar su misión.

Es el anuncio y la invitación también que recibimos del Bautista allá en el desierto junto al Jordán para que en verdad preparemos los caminos del Señor. No todos quisieron escuchar aquella invitación y Juan moriría también decapitado por orden del rey Herodes. Pero aquellos caminos ya se habían abierto porque la semilla de la inquietud se había sembrado en muchos corazones, que ahora irían a escuchar y a seguir a Jesús.

Es el camino que ahora en este adviento nosotros también queremos recorrer para ir al encuentro del Señor que llega a nuestra vida a pesar de tantas cosas que nos quieren distraer ofreciéndonos unas luces que no son precisamente la luz que Jesús nos ofrecerá en el evangelio. La tentación la tenemos bien cerca en el ambiente que nuestra sociedad ha creado en torno a la Navidad.  Celebra el mundo con sus luces y con toda esa parafernalia que rodea a estas fiestas la Navidad, pero no terminamos de celebrar el Nacimiento de Jesús, aunque parezca una contradicción. Pero es la contradicción en la que estamos envueltos, porque para la mayoría ¿qué es lo que queda del mensaje del Evangelio en la celebración de la navidad? Es lo que no tiene que distraernos. Es lo que tenemos que discernir bien.

Escuchemos con más atención la Buena Noticia que se nos anuncia para que nos impregnemos del espíritu del Evangelio. Elías tuvo una visión de Dios allá en la montaña que le hizo sentirse fuerte para cumplir con su misión de profeta, ¿llegaremos a tener nosotros también una visión de Dios en la cueva de Belén con la celebración de la navidad tal como la estamos haciendo? ¿Qué tendría que cambiar?

viernes, 15 de diciembre de 2023

Busquemos la autenticidad del Evangelio, dejémonos conducir por el Espíritu Santo que nos da la verdadera sabiduría

 


Busquemos la autenticidad del Evangelio, dejémonos conducir por el Espíritu Santo que nos da la verdadera sabiduría

Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19

¿Esperaban un Mesías? ¿Cuál era el ansia más profunda que tenía en aquellos momentos el pueblo de Israel? Desde sus sentimientos religiosos, alimentados con la lectura de la Ley y los profetas cada semana en la Sinagoga se mantenía vivo el deseo y la esperanza de la pronta llegada del Mesías. Pero al mismo tiempo en aquellos momentos vivían una situación difícil dominados por el poder y el imperio de los romanos lo que hacía que estuviera muy latente en ellos ese deseo de liberación, que significaba la libertad frente al dominio y la opresión de un pueblo extranjero, que era el mismo tiempo el deseo de volver a los tiempos de esplendor que habían vivido en muchos momentos a lo largo de la historia.

Se juntaban ambos deseos y esperanzas por lo que en cierto modo la figura del Mesías prometido se convertía en la búsqueda de ese líder que hiciera de ellos un pueblo grande; de ahí la imagen en cierto modo política que se habían hecho del Mesías. ¿Cuáles eran los deseos y esperanzas que podían vivir en aquellos momentos? En cierto modo se creaba una confusión en sus mentes y de alguna manera no sabían qué aceptar.

Había aparecido la figura de Juan en el desierto a las orillas del Jordán. Se sintieron atraídos por aquella voz que surgía en el desierto que les recordaban antiguas profecías y fueron muchos los que peregrinaron hasta el Jordán para escuchar a Juan y para realizar los signos que Juan les pedía como señal de conversión y preparación para la pronta venida del Mesías.

Ahora había surgido este profeta en Galilea en la persona de Jesús y también eran muchos los que sentían atraídos por sus enseñanzas y el despertar de esperanzas en su corazón. Pero ni uno ni otro del todo convencían a muchos. A Juan le preguntaba si él era un profeta o acaso el mismo Mesías. De Jesús se preguntaban quien era cuando con tanta seguridad se presentaba anunciando el Reino de Dios y realizando tantos signos y milagros. Pero no todos en ambos casos se sentían convencidos. Duras las parecían a algunos las exigencias de Juan para un camino de conversión y su austera figura con sus ayunos y penitencias no atraían a muchos y desconfiaban.

La figura de Jesús se presentaba de otra manera, les llamaban la atención las palabras de esperanza que Jesús pronunciaba de un Reino Nuevo y los signos que realizaba como señal de lo que había de ser ese Reino nuevo, pero las exigencias de cambio radical en sus vidas para su seguimiento se enfrentaba de alguna manera a los que hasta entonces se habían constituido en guías del pueblo aunque Jesús ahora denunciaba la falsedad y la hipocresía de sus vidas.

Como decía Jesús ¿eran como los niños de la plaza que no se ponían de acuerdo en sus cantos y en sus juegos porque mientras unos pedían una cosa, otros ofrecían hacer quizá lo contrario? ¿Dónde encontrar esa sabiduría para poder discernir en cada momento lo que habría que hacer?

Pero no nos quedemos en el análisis del hecho concreto que nos ofrece hoy el evangelio sino que con él hagamos una lectura de lo que es hoy nuestra vida y de lo que son también los derroteros del mundo y de la Iglesia. ¿Andaremos también nadando entre dos aguas sin saber a qué quedarnos? ¿Cuáles son los caminos de nuestro mundo que mientras por un lado parece que surge un coro intenso pidiendo un mundo nuevo, un mundo de paz y de armonía entre todos y con la misma naturaleza por otra parte seguimos con la tentación de la vanidad y de la ostentación, de la superficialidad y el alimentos de nuestros orgullos y nuestros deseos de grandeza a costa de lo que sea? ¿Por qué camino nos hemos de decidir?

¿No nos sucederá de manera semejante en el ámbito de nuestra Iglesia? Peligro tenemos de dejarnos encantar por los cantos de sirena de nuestro mundo que todo lo quiere reformar, que todo hay que cambiarlo para adaptarnos, dicen, a los tiempos en que vivimos, en que los criterios morales tendrán que ser otros porque dicen que el mundo no nos entiende, y por otra nos encontramos con radicalismos tradicionalistas que realmente no nos dejan percibir el auténtico perfume del evangelio.

¿A dónde nos tenemos que dirigir? ¿Cuál es la sabiduría que tenemos que buscar? ¿Cuál es la respuesta que tenemos que dar a los retos del mundo de hoy? Busquemos la autenticidad del Evangelio, dejémonos conducir por el Espíritu Santo que es el que ha conducido a la Iglesia a través de los siglos, vivamos de manera auténtica nuestra fe en Jesús.


jueves, 14 de diciembre de 2023

Necesitamos unas curas de humildad contemplando a quien era el más grande de los nacidos de mujer pero que dejaba adelantarse a los pequeños en el reino de los cielos

 


Necesitamos unas curas de humildad contemplando a quien era el más grande de los nacidos de mujer pero que dejaba adelantarse a los pequeños en el reino de los cielos

 Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11, 11-15

Siguiendo con nuestro camino de Adviento la liturgia nos va delineando la figura de Juan Bautista, aquel que había sido preanunciado como el que venía a preparar los caminos del Señor y que venía con el poder y el espíritu de Elías para reunir a los hijos dispersos para preparar un pueblo bien dispuesto para la venida del Señor.

En la interpretación que iban haciendo de las Escrituras y de lo anunciado por los profetas tenían la esperanza que el profeta que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, habría de volver antes de la llegada del Mesías. En cierto modo es a lo que hará referencia el ángel del Señor cuando se manifieste a Zacarías en la ofrenda del incienso en el templo anunciándole el nacimiento de un hijo que habría de tener una misión muy especial. Es a lo que ahora nos hará hoy referencia Jesús en el evangelio de que Elías ya ha venido, si querían admitirlo, haciendo referencia a la presencia del Bautista, como comentarán algunos de los que escucharon las palabras de Jesús.

Hoy Jesús nos quiere hablar de la grandeza del Bautista, como hará también en otros momentos del evangelio y que ya tendremos la oportunidad de comentar, pero al tiempo quiere señalarnos donde está la verdadera grandeza que nosotros hemos de buscar. ‘No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista…’ les dice, ‘profeta y más que profeta’ que dirá en otro momento, pero al mismo tiempo nos señala que ‘el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’.

¿Qué nos dirá Jesús en otros momentos cuando los discípulos andaban tan preocupados por los primeros puestos y quien iba a ser el más principal cuando faltare Jesús? El más pequeño es el más grande en el Reino de los cielos, y serán los primeros y los importantes los que sepan ser los últimos, hacerse servidores de todos. Hoy nos habla Jesús de la grandeza de Juan, pero una grandeza que también nosotros podremos alcanzar si sabemos hacernos pequeños, si sabemos hacernos los últimos y los servidores de todos.

Pero nosotros seguimos soñando con grandezas, con prestigios, con honores y con reconocimientos, con aplausos y con homenajes, y con la mejor buena voluntad hacemos muchas veces cosas muy buenas, pero calladamente estamos esperando el reconocimiento, la gratitud, el que nos lo tengan en cuentas, en que sean méritos que vayamos acumulando. No son esos los caminos del evangelio, no son esos los caminos de los que queremos seguir a Jesús.

Y con esos pensamientos dentro de nosotros, aunque tratemos de disimularlo, muchas veces sentimos violencia dentro de nosotros mismos, desde lo que nos gustaría alcanzar de reconocimientos o de valoraciones y el lugar que seguimos ocupando; nos cuesta pasar desapercibidos, queremos hacernos notar, sentimos unas cosquillas dentro de nosotros cuando vemos que otros son alabados y ensalzados y para nosotros no hay una palabra, una mueca al menos de reconocimiento, no queremos que nadie se nos adelante; qué duro se nos hace cuando quizás alguien echa tierra sobre nosotros que nos puede hacer perder prestigios, puestos de honor, o influencia sobre los demás.

No terminamos de asumir y aprender lo que es el camino de Jesús que no es otro el camino que nosotros hemos de hacer. Necesitamos unas curas de humildad. Miremos al Bautista, con sus pieles de camello, con sus langostas y miel silvestres (que no eran precisamente langostinos), y con la humildad de reconocer que no le importa menguar si el que crece es el Mesías que ha de venir.

Qué lección tenemos para nuestras actitudes desequilibradas, para los celos y las envidias que tantas veces se nos meten por dentro, para nuestras desconfianzas. Unas actitudes nuevas tienen que nacer en nuestro corazón.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

 


Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

¿Habremos sentido alguna vez el deseo de descansar sobre un hombro amigo no solo nuestro cuerpo roto por el cansancio sino más nuestro espíritu agarrotado por los agobios y las luchas de cada día? También quizás hemos escuchado al amigo que nos dice, quizás incluso desde que se levanta por la mañana, ¡qué cansado estoy! Se supone que no es solo el cansancio físico el que le atormenta en esos momentos, sino que quizás haya algo más hondo en su espíritu que ni él mismo es capaz de reconocer.

Falta de ilusión, metas indefinidas o metas que no se es capaz de conseguir, desorientación en el camino aunque no se quiere reconocer por aquel orgullo de yo sé bien lo que quiero, pero realmente no sabe a donde quiere llegar en la vida, un sinsentido que tratamos de apagar con alegrías fáciles y momentáneas pero que en el fondo nos dejan un amargor dentro de nosotros mismos.

No son pesimismos los que alientan ahora mis palabras y mis pensamientos, sino una realidad que constatamos fácilmente en la superficialidad con que vivimos la vida. Y vienen los cansancios y las desilusiones, viene el ver las negruras que parecen que resaltan más que la claridad que queremos encontrar. ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? ¿Qué sentido le estamos dando a la vida?

Y nos encontramos un mundo revuelto, y nos damos cuenta que quizás somos nosotros los primeros que tenemos nuestro reconocer ese mundo revuelto y necesitamos ese hombro donde apoyar nuestra cabeza para sentir un calor nuevo en el alma que nos impulse a levantarnos de nuevo para seguir el camino.

Hoy escuchamos la Palabra de Jesús que tanto estamos necesitando escuchar. Es ese hombro en el que reclinar nuestra cabeza. Cuánto envidiamos – en un buen sentido – a aquel discípulo amado que pudo reclinar su cabeza sobre el corazón de Cristo en aquella noche tan llena de tragedias y negruras pero donde realmente resplandecía la luz que no sabíamos descubrir.

Jesús es ese corazón que nos escucha, que presta atención a nuestra vida, a nuestros deseos y a nuestras inquietudes. ¿Qué quieres que haga por ti?, nos está diciendo como le decía aquellos enfermos que se acercaban a El. 

Jesús es quien camina también a nuestro encuentro cuando nos encontramos inmersos en nuestras soledades y nos parece que nadie nos escucha ni nos ayuda. ¿Quieres curarte? Nos dice a nosotros también como al paralítico de la piscina.

Jesús abre un hueco en su entorno para que podamos llegar a El a pesar de las barreras que se puedan interponer en tantas puertas cerradas como podemos encontrar en la vida, como recibió a aquel paralítico bajado entre angarillas desde el techo para decirnos también ‘tus pecados están perdonados, levántate y anda’.

Hoy nos está diciendo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Son nuevas y no lo son sus palabras, porque es lo que a lo largo del evangelio hemos contemplado y escuchado que nos decía con sus gestos y con su cercanía, con los signos que realizaba o con la mirada que nos tendía.

¿Seremos capaces de sentir un gozo nuevo en el corazón que nos llena de una nueva esperanza?

martes, 12 de diciembre de 2023

Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

 


Despertemos, el adviento nos está llamando, Jesús viene a nosotros en tantas situaciones que podemos descubrir, ¿dónde lo vamos a dejar nacer?

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

Yo ahora no tengo tiempo, tengo tantas cosas que hacer… será la disculpa que más de una vez nos hemos dado, cuando no queríamos que nos molestarán, no queríamos comprometernos, o rehuíamos la llamada que alguien nos hacía para que le echáramos una mano. Es la disculpa que nos damos, que estamos muy ocupados, cuando somos quizás conscientes en un momento de lucidez cuántas cosas podríamos hacer por los demás, cuando vemos a alguien desanimado que necesita una palabra de aliento, o cuando vemos a alguien con problemas sin saber cómo salir adelante. Tenemos tantas cosas que hacer, nos decimos y nos justificamos.

Hoy Jesús nos ha hablado de la oveja que se ha descarriado, que se perdido, que se ha alejado del rebaño y puede estar en peligro, y nos dice que el pastor guarda las noventa y nueve en el aprisco y se va a buscar a la oveja perdida allá donde se encuentre. Y claro, nos habla de la alegría cuando el pastor recupera la oveja perdida, de manera que en su alegría corre a anunciarlo a amigos y familiares, porque ha encontrado la oveja perdida. Y nos termina diciendo que el Padre del cielo no quiere que se pierda ninguna de sus pequeñas ovejas.

Cuánto nos dice este pasaje del evangelio. Nos está hablando de la ternura de Dios significada en esa ternura del pastor. Quizás algunas veces desde la distancia no somos capaces de calibrar bien lo que es la ternura que siente por sus animales el que los cuida. Ya sea el ganadero que tiene sus rebaños, o aquel que tiene junto a si un animalito que le cuida y le hace compañía. Sea de una forma de otra hay como una ternura especial, una relación especial que no es solo tener unos animales porque de ellos pueda obtener un rendimiento. Recuerdo a mi padre que a los ganados que teníamos en casa a cada uno de aquellos animales los llamaba por un nombre; como nos sucede cuando tenemos unas mascotas o unos animales de compañía.

Por eso no nos extrañe esta comparación que nos quiere hacer hoy Jesús en el evangelio, porque ahí nos está hablando de la ternura de Dios, de su misericordia y compasión, de cómo Dios nos llama y nos busca y con lazos de amor a través de muchos signos quiere atraernos hacia El. La prueba más maravillosa la tenemos en Jesús, rostro de la misericordia de Dios que nos regala su amor y su perdón.

Pero este texto del evangelio nos cuestiona a algo más, porque nos está planteando las actitudes que nosotros hemos de tener. ¿No tendríamos que hacer como el pastor que deja las noventa y nueve en el redil para ir a buscar a la oveja perdida? ¿Cómo traduciríamos eso a nuestra vida concreta? ¿No hablábamos al principio de aquella muletilla que nos gastamos de que no tenemos tiempo? ¿Qué es lo que tendríamos que dejar apartado a un lado para encontrar caminos de ir al encuentro con los demás?

Consolad, consolad a mi pueblo, nos decía el profeta en la primera lectura. ¿Habremos pensado en quien está cerca de nosotros y necesita unas palabras de aliento y de consuelo? 

Nos parece que la gente vive toda feliz y contenta, porque vamos tan deprisa por los caminos de la vida que no nos detenemos para fijarnos con atención a las personas con las que nos encontramos o con las que nos cruzamos. Mírales a los ojos y descubrirás muchas tristezas y muchas lágrimas reprimidas, descubrirás corazones angustiados y apenados, gente que van con sus tormentos en el corazón sin encontrar quizás con quien desahogarse y contar sus penas, personas que se van arrastrando por la soledad de la vida porque no tienen a nadie a su lado, gente que sufre con sus enfermedades o con el sufrimiento de los suyos y no saben cómo encontrar alivio y consuelo para su dolor.

Y nosotros tenemos tanto que hacer, nosotros que vamos con nuestras carreras, nosotros que no pensamos sino en lo que nos puede hacer sufrir pero no queremos sintonizar con el sufrimiento de los demás porque nos puede parecer demasiada carga. Despertemos. El Adviento nos está llamando. No solo vamos a preparar unos turrones o unos bonitos adornos para nuestra casa. Jesús está llegando a nosotros en todas esas situaciones que podemos descubrir en los demás y ¿dónde lo vamos a hacer nacer?

lunes, 11 de diciembre de 2023

Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

 


Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Cuántas veces en la vida nos vemos bajo el peso de los problemas sin saber cómo salir adelante, nos sentimos impotentes, incapaces de encontrar salida; en ocasiones nos sentimos como inútiles, también hay que decirlo, porque no nos valoramos a nosotros mismos, no somos capaces de reconocer las imposibilidades que podamos tener, pero de ahí no pasamos; yo no sé, yo no puedo, son frases que escuchamos o que incluso decimos en muchas ocasiones.

Por supuesto necesitamos una mano que nos ayude a dar los primeros pasos, nos dé el primer empujón, no para resolvernos ellos todos los problemas, sino para hacernos creer en nosotros mismos; es bueno que haya personas dispuestas así a nuestro lado, porque son un buen estimulo; pero reconociendo quizás que estamos limitados tenemos que ver otras posibilidades, otras salidas, algo que nosotros hagamos por nosotros mismos.

¿Queremos el milagro fácil que todo nos lo dé hecho? Quizá el milagro tiene que estar en reconocer nuestra limitación, pero querer salir de ella, no conformarnos, no cruzarnos de brazos para que otros sean los que nos resuelvan los problemas. Y esto que estoy diciendo no es auto alimentar nuestra autosuficiencia, porque también tenemos que saber a quién podemos acudir, pero hacerlo, es comenzar a creer que es posible en mi vida algo distinto. Y decimos de nuestra vida personal, como podemos decirlo de lo que es esa sociedad que quisiéramos que fuera mejor.

Me ha venido a la mente toda esta reflexión que os estoy ofreciendo precisamente leyendo y queriendo escuchar en mi corazón también el evangelio que hoy se nos propone. El evangelista nos presenta el cuadro, Jesús que está enseñando en un lugar a donde ha acudido mucha gente; por un lado también están escribas y fariseos, que siempre estarán atentos a lo que hace o a lo que dice Jesús, no para aprender, sino ya sabemos cuales son sus intenciones. En medio de todo esto aparecen unos hombres que en una camilla traen a un paralítico para que Jesús lo cure. Pero está la dificultad de la aglomeración de la gente; pero aquellos hombres no se arredran y buscan soluciones, bajar desde el tejado en la camilla a aquel paralítico para que llegue a los pies de Jesús.

Ya estamos viendo cómo se buscan soluciones sin cruzarse de brazos. Las barreras se pueden saltar. Cuántas veces vemos el muro que se nos interpone, pero nos falta la iniciativa para ver como pasar por encima de ese muro, y nos quedamos paralizados.

Pero ahora vienen otros pasos que son muy importantes. Las palabras de Jesús hacen reconocer que aquel hombre – todos lo somos – es pecador y cuando se reconoce el pecado estará siempre presente la misericordia de Dios, aunque los hombres no terminamos de aprender lo que es la misericordia y saborearla. Así está la reacción de aquellos que escuchan que Jesús ofrece el perdón a aquel hombre. ¿Nuestras reacciones van por los caminos de la misericordia y saber saborearla?

Pero ahora Jesús le va a decir a aquel hombre que no tiene que quedarse postrado en aquella situación. ‘A ti te lo digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. No te quedes postrado, levántate. No esperes siempre que haya alguien que te cargue la camilla – yo lo habían hecho otros antes para traerlo ante Jesús – a ti te toca ahora cargar con la camilla para que vuelvas a tu casa. Y aquel hombre se levantó con el estupor de todos.

Cuántas veces necesitamos oír esa palabra que nos dice: ‘levántate’. Tú puedes. Es posible. Sentir esa liberación interior, que nos viene de Dios. No quedarnos atados y paralizados. Ponernos en camino que podemos hacerlo. No podemos consentir que el mundo siga por los derroteros que va; podemos hacer algo nuevo, algo distinto, un mundo mejor y distinto. Pero tenemos que poner manos a la obra. Jesús está con nosotros. Y su palabra de salvación llega a nuestra vida. ‘Sed fuertes, no temáis. Aquí está nuestro Dios, viene en persona y nos salvará’.


domingo, 10 de diciembre de 2023

El profeta anuncia al pueblo palabras de consuelo que lo ponen en camino, es la nueva actitud que hoy nos pone en pie en este camino del Adviento

 


El profeta anuncia al pueblo palabras de consuelo que lo ponen en camino, es la nueva actitud que hoy nos pone en pie en este camino del Adviento

Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84; 2Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

Supongamos que tenemos una deuda muy grande que no tenemos medios para poder pagarla; sobre nuestra cabeza pende el momento en que nos puedan exigir el pago de esas deudas y en cierto modo vivimos en la angustia de no saber cómo salir de ese atolladero. Pero de pronto nos anuncian que esa deuda está condonada, ya no tenemos que pagarla porque alguien nos ha resarcido de ella. Consuelo y alegría para nuestro corazón.

Es lo que escuchamos hoy al profeta, en la primera lectura. Invita a escuchar palabras de consuelo porque su deuda está condonada. El profeta aparece en unos momentos que fueron cruciales en la historia del pueblo de Israel; habían sido llevados a la cautividad de Babilonia y en un momento dado se les ofrece la liberación. Por eso los desiertos se convierten en caminos para aquel pueblo desterrado que corre de nuevo hacia su tierra, como en un segundo éxodo hacia la tierra de libertad prometida.

El desierto, como el destierro, no van a ser un lugar para la estancia, sino que se convertirán en un camino, que habrá que prepararlo adecuadamente, porque en el desierto no hay caminos, sino todo es aridez y colinas y barrancos que habrá que sortear; unos caminos nuevos han de abrirse por el desierto.

Y esa palabra del profeta la escuchamos nosotros hoy, en este segundo domingo de Adviento, pero también en medio de los desiertos y de las arideces de la vida. Miremos nuestra situación y la situación de nuestro mundo, miremos nuestra propia vida y la manera que tenemos de relacionarnos con los demás, contemplemos la falta de paz no solo de las guerras que siguen azotando nuestro mundo, sino esa ruptura de la paz en las familias, en nuestras mutuas relaciones, en tantas cosas que nos ponen en tensión; miremos, sí, ese mundo que nos rodea y que se encanta con las campanillas y los colores que nos anuncian la navidad, pero que sigue viviendo en la superficialidad y en la vanidad; miremos cual es la preparación que precisamente se nos ofrece en la sociedad para la celebración de la navidad, donde Jesús será el más olvidado.

Nos aparece en el evangelio la figura del Bautista, aquel profeta que ha aparecido en los desiertos de Judea y en las orillas del Jordán con una figura de austeridad que pareciera que nos viene a aguar la fiesta cuando nosotros estamos pensando en tantos adornos y tantas vanidades de las que rodeamos nuestras fiestas de Navidad.

Tenemos que detenernos los cristianos en medio de esa carrera loca a la que nos lleva nuestra sociedad. Tenemos que despertar y ver cual es la verdadera realidad de la navidad que vamos a celebrar. ¿Olvidaremos aquello a lo que en verdad ha venido a nuestro mundo el Hijo de Dios cuando quiere ser Dios en medio de nosotros? ¿Seremos conscientes de esas colinas, valles y barrancos en medio de un mundo árido y reseco que sigue existiendo a nuestro alrededor y en nosotros mismos? ¿Seguiremos dejando a nuestro mundo, o nos quedaremos nosotros mismos en ese desierto sin abrir nuevos caminos?

No es la cena de un día, no es un bonito árbol lleno de luces y de regalos que plantemos un día, no es una bella y más o menos artística escenificación de la navidad con sus figuras de todas formas y colores, lo que tiene que hacer la navidad. Podrían ser buenos signos, pero eso, signos de algo nuevo y distinto lleno de otra luz y de otro color que tendríamos que construir en nuestra vida, en la vida de los que nos rodean, de la transformación que realmente tenemos que realizar en nuestro mundo.

No nos podemos quedar en lo externo y superficial. Un camino nuevo tenemos que emprender, tenemos que construir en medio de ese desierto. A eso nos está invitando el profeta, a eso nos está llamando de forma apremiante el Bautista. Una esperanza nueva tiene que nacer en nuestros corazones y darle color a nuestro mundo, que es más que la luz parpadeante de unos momentos, porque Jesús es la luz que nos va a iluminar para siempre. No nos quedemos, pues, simplemente parpadeando, que las luces que parpadean terminan fundiéndose y apagándose.

Como las palabras del profeta sirvieron de consuelo y alegría, pero también pusieron en camino a aquel pueblo que se sentía sin libertad alejado de su pueblo, así tenemos que escuchar hoy – y cuando digo hoy estoy diciendo en este momento concreto – estas Palabras que se nos ofrecen hoy a través de la liturgia de ese segundo domingo de Adviento, aunque nos puedan resultar incómodas.

¿Cuáles, en concreto, son esos desiertos, valles, barrancos y colinas donde tenemos que comenzar ya a hacer un camino nuevo? ¿Cómo se va a traducir eso también para esa sociedad concreta en la que vivimos, que es nuestra familia, que es nuestra comunidad, que son esas personas que están a mí alrededor?

sábado, 9 de diciembre de 2023

La llamada del Adviento para este año es que mostremos con los signos de nuestra vida y de nuestro amor que el Reino de Dios ha llegado, despertemos

 


La llamada del Adviento para este año es que mostremos con los signos de nuestra vida y de nuestro amor que el Reino de Dios ha llegado, despertemos

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8

‘Recorría Jesús todos los pueblos y aldeas de Galilea… proclamando la buena noticia del Reino de Dios… curando toda enfermedad y toda dolencia…’

Su Palabra anuncia la llegada del Reino, sus obras hacían palpable la llegada del Reino. Un mundo nuevo comenzaba donde tendría que reinar la libertad de una vida nueva; sus palabras hacen sentir que algo nuevo tenía que comenzar, era la hora de la liberación, nada podía atar el corazón del hombre porque todos habrían de encontrarse con la verdad y con la vida. El camino estaba abierto, allí estaba Jesús que era el camino; allí podían encontrarse con la verdad y con la vida, porque allí estaba Jesús que era la verdad, que era la vida.

El paso de Jesús va desatando los corazones; el paso de Jesús irá llenándolo todo de luz; el paso de Jesús les hará encontrarse consigo mismos para sentir que una vida nueva habían de vivir; el paso de Jesús nos va transformando en hombres nuevos; el paso de Jesús es una buena noticia, es la buena noticia, porque la noticia es Jesús.  Una buena noticia llegaba a los pobres y a los desesperanzados, una nueva noticia que iría haciendo romper cadenas. ¿No recordaría un evangelista aquello que había anunciado el profeta de que al pueblo que caminaba en tinieblas le amaneció una gran luz? El momento  había llegado con Jesús.

Y Jesús sigue contemplando aquel pueblo que andaba extenuado, que habían perdido las esperanzas, que muchas veces se dejaban llevar por ese caminar sin rumbo porque aun no habían encontrado la luz; andaban como ovejas sin pastor. Era amplio el campo que se contemplaba que parecía que no tenía horizontes. Y Jesús siente compasión, y nos dice que la mies es mucha, que los operarios son pocos, que roguemos al dueño de la mies para que envíe más operarios; como aquel buen hombre que salió en las distintas horas del día a buscar operarios para su viña.

Es nuestro mundo, ese mundo que nos rodea en toda su amplitud. También contemplamos un mundo extenuado que no sabe que rumbo tomar porque hay muchos cantos de sirena que pretenden atraerle de un lado y de otro. Esa mies necesita operarios. Miremos alrededor nuestro, miremos la manera de actuar de los que están a nuestro lado, démonos cuenta de esa carencia de valores que reina en nuestro mundo, seamos conscientes de que los valores del Reino están lejos de muchos corazones que no se dejan guiar sino por la ambición y la vanidad, que se encierran en si mismos y rehuyen todo compromiso por algo nuevo y mejor. La mies es mucha, ¿cuántos son los operarios?

Tiene que dolernos también el corazón viendo la realidad de nuestro mundo, pero no solo quedarnos en quejarnos de los males que podamos contemplar, sino tener compasión, como la tuvo Jesús. Jesús sintió compasión ante lo que contemplaba y no se quedó con los brazos cruzados, allá por donde pasaba iba repartiendo vida, despertando esperanza, caldeando los corazones para el amor. Y lo manifestaba a través de los signos que hacía. ¿Será el camino que nosotros también tenemos ya de una vez por todas que emprender?

Nos dice el evangelista que Jesús llamó a algunos discípulos y los constituyó en apóstoles que envió con su misma misión y con su mismo poder.  ¿Encontrará en nosotros esos discípulos disponibles para poner la mano en el arado y no volver la vista atrás, sino lanzarnos en medio del mundo a sembrar la semilla del Reino de Dios? Es la tarea que Jesús nos quiere confiar. ‘Id y proclamad que ha llegado el Reino de Dios’, nos dice. Mostrémoslo con los signos de nuestra vida y de nuestro amor.

¿Será esa la llamada del Adviento para este año? Despertemos.

viernes, 8 de diciembre de 2023

La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

 


La fiesta de la Inmaculada, una invitación a que lancemos un grito de esperanza en la búsqueda de la paz que hoy necesita nuestro mundo

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Apenas iniciado el camino del Adviento nos aparece la figura de María en esta hermosa fiesta tan entrañable para todos de la Inmaculada Concepción de María. Viene como a condensar todo el camino que vamos haciendo acompañados de los profetas y de Juan Bautista, donde María nos aparecerá también en el momento oportuno en la cercanía de la Navidad. Pero hoy nos aparece esta fiesta que es una fuerte invitación a que lancemos el grito de la esperanza porque tenemos la certeza de la victoria de la vida del amor sobre la muerte.

Bien necesitamos ese aliento para el camino que en Maria encontramos. A veces nos encontramos desalentados cuando nos sentimos envueltos en tantas negruras de muerte y de violencia, de enfrentamientos sin sentido ni razón, de insensibilidad y de inferencia que nos hace insolidarios y egoístas porque solo nos miramos a nosotros mismos y no sabemos abrir el corazón a lo que en verdad nos pueda elevar y trascender. Pero es posible un mundo nuevo y distinto; no van a ser los orgullos y las ambiciones los que nos dominen y sigan esclavizando, porque con Maria aprendemos a abrir nuestra vida para que se llene de Dios cuando sabemos abrir el corazón con mirada nueva a los que nos rodean.

Es el aliento que de Maria recibimos haciendo renacer las esperanzas en nuestro corazón. El orgullo de querer ser como Dios destruyó el plan de Dios que quería una humanidad para la dicha y la felicidad; por algo en la imagen de la Biblia aparece el hombre colocado en un jardín que tenía que ser las delicias para la humanidad, pero cuando nos endiosamos nos destruimos a nosotros mismos y causamos destrucción a nuestro alrededor. Qué pronto comenzó la desconfianza en el corazón del hombre cuando se dejó seducir por el pecado; se escondieron porque se dieron cuenta de que estaban desnudos, nos dice el autor sagrado. Y pronto comenzarán las culpabilizaciones, como siempre hacemos en la vida, cuando no queremos reconocer nuestros errores y siempre se los queremos aplicar a los demás. Fue el querer pasarse la pelota entre Adán y Eva, finalmente terminando en la serpiente del maligno.

Es la historia de las negruras de nuestra vida, pero hoy contemplamos a quien no se esconde aunque sienta la humildad de su pequeñez sino que se siente sorprendida con el misterio de Dios que el ángel le está comunicando. Le cuesta entender el misterio – se puso a rumiar y considerar lo que significaban aquellas palabras – pero está pronta, aunque se siente pequeña, para ponerse a disposición del plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’.

Una nueva aurora se despliega para la humanidad. Será posible la victoria del amor y de la vida. María nos está abriendo el camino. El velo de sombras se va a descorrer porque algo nuevo va a comenzar. Dios está con nosotros, va a ser para siempre el Emmanuel y el sí de aquella doncella de Nazaret hizo posible el nacimiento de una nueva humanidad, porque Dios sigue creyendo en el  hombre, sigue contando con el  hombre y por eso El mismo se hace hombre. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros’.

Es cierto que es el Misterio de la Navidad para el que nos estamos preparando y que pronto vamos a celebrar. Hoy con María Inmaculada estamos ya pregustando los gozos de esa fiesta, porque ha renacido la esperanza en nuestros corazones. Es el grito de la esperanza que con María en esta fiesta en que la contemplamos toda pura, sin pecado concebida en virtud de los méritos del que iba a nacer de sus entrañas nosotros queremos proclamar. Es posible ese mundo nuevo en que ya nunca nos escondamos con nuestras malicias y nuestras desconfianzas, en que ya para siempre seamos capaces de tendernos la mano para caminar junto, en que nuestras palabras no serán ya más para el enfrentamiento acalorado culpando siempre a los demás de nuestros males y por eso queramos destruirlos, sino que va a nacer un reino nuevo de amor, de justicia y de paz.

Para nosotros es un compromiso y muy serio. Porque celebrar esta fiesta de María no es para quedarnos estáticos y cada uno en su rincón, sino que es y tiene que ser un ponernos en camino. Como lo hizo María, pronto la veremos en camino para buscar un lugar donde ir a servir, donde llegar la alegría de Dios que desbordará incluso de la casa de Zacarías e Isabel porque se trasportará por todas las montañas de Judea como un adelanto de los cánticos y de gloria y de paz que meses mas tarde harán resonar los ángeles por los campos de Belén anunciando el nacimiento del Salvador.

¿Será lo que nosotros también tenemos que hacer ya desde este día y desde esta fiesta de la Inmaculada? ¿Cuáles van a ser los verdaderos cánticos de paz que tienen que resonar en la noche de la navidad? ¿Veremos pronto la paz en aquellos lugares de conflicto y de guerra o seguirá sin poderse celebrar la noche de Navidad en Belén como algunos anuncian que sucederá en este año? ¿No podremos cambiar nosotros esos anuncios porque allí donde estemos construyamos más comprometidamente la paz?

Creo que María Inmaculada a eso nos está invitando. Ojalá podamos cantar ese cántico nuevo porque sentimos que el Señor sigue haciendo maravillas.

jueves, 7 de diciembre de 2023

No hagamos de la vida un edificio rocambolesco que se queda en apariencia, sino demos profundidad apoyándonos en la Palabra de Dios

 


No hagamos de la vida un edificio rocambolesco que se queda en apariencia, sino demos profundidad apoyándonos en la Palabra de Dios

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Muchas veces tenemos la tentación de disimular en bonitas fachadas o apariencias la debilidad y la inestabilidad que hay en el interior. Muchas veces nos puede suceder, incluso como una reacción a nuestra propia debilidad, a nuestras propias deficiencias; no queremos que nos noten débiles, que lleguen a descubrir donde están nuestros talones de Aquiles, por donde todo se nos podría venir abajo. Y nos rodeamos de oropeles, nos envolvemos de apariencias; queremos aparentar que somos fuertes, mientras en nuestro interior no tenemos la más mínima voluntad para superarnos; nos envolvemos con bonitas palabras que tomamos de aquí o de allá, pero no dejar traslucir nuestra falta de sabiduría y nuestra ignorancia. Un edificio que hacemos muy rocambolesco por fuera, pero que dentro no nos sirve para nada, ni tiene la fortaleza suficiente para mantenerse en pie frente al más mínimo vendaval. Es la inmadurez, la superficialidad en la que muchas veces asentamos la vida.

Y lo malo además sería que estuviéramos construyendo una sociedad que solo sea fachada. Nos preocupamos mucho de cosas que llamen la atención, que encandilen a la gente, que contente a la mayoría haciéndole olvidar quizás otros valores que necesita la sociedad u otras carencias de las que nos queremos ser conscientes. Terrible una sociedad sin fundamentos, sin valores, sin verdadera madurez, porque solo buscamos la superficialidad, el pasarlo bien de la manera más fácil, el mínimo esfuerzo, el que todo nos lo den hecho. Se tambalea nuestra sociedad por la falta de valores; se tambalea nuestra sociedad edificada superficialmente y para contentar a los que rehuyen el esfuerzo y la auténtica responsabilidad.

Y cuidado que los cristianos nos dejemos arrastrar por esos cánticos de sirena, caigamos también en esas redes de superficialidad. Tenemos que dar la talla, mostrar esos verdaderos valores que guían nuestra vida y por lo que estamos dispuestos a darlo todo porque queremos darle profundidad y madurez a nuestra vida. Tenemos que ser ejemplo de responsabilidad, de confianza, creando cauces con nuestro ejemplo y nuestro testimonio de ese rumbo nuevo que tenemos que darle a la vida.

Hoy nos previene Jesús. No quiere que edifiquemos nuestra vida sobre arena, no quiere que nos quedemos en apariencias, quiere que vayamos a lo más hondo, a lo más profundo. Claro que buscar un cimiento que esté bien fundamentado en la roca nos exige esfuerzo, no es ir a lo que salga, sino que tenemos que ahondar, profundizar hasta encontrar esa roca firme sobre la que edificar y poner buenos fundamentos.

Nos habla Jesús de la Palabra de Dios, verdadera sabiduría de nuestra vida. ¿Dónde mejor buscar esa sabiduría sino en el Dios que nos ha creado para poder encontrar ese verdadero sentido de nuestra vida? De ahí la atención con que hemos de escuchar a Dios, profundizar en su Palabra. No basta oírla como palabras que se lleva el viento. Es necesario escuchar y para escuchar hay que prestar atención, abrir los oídos de nuestro interior, masticar en la reflexión esa Palabra que escuchamos para poder traducirla luego en las obras de nuestra vida. Cuidado seamos superficiales en la escucha de la Palabra de Dios. Nos creemos que nos la sabemos y no llegamos a descubrir lo que aquí y ahora, en este momento y en esta situación de mi vida, Dios quiere decirme, Dios quiere revelarme.

No podemos hacer como con tantas cosas en la vida que siempre vamos a la carrera; a la carrera no podemos ir a escuchar la Palabra de Dios, busquemos serenidad en el espíritu, hagamos silencio interior para que nada nos distraiga ni nos disperse, dejemos que cale hondo en nosotros, aunque haya palabras que nos hieran en las fibras más íntimas de nosotros mismos, porque es señal de que hay algo enfermo que tenemos que curar.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

 


Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

Lo habréis escuchado ya, se va a celebrar un gran banquete, una gran comida a la que todos estamos invitados, se está buscando una gran explanada donde poderla celebrar, habrá comida en abundancia, sabrosas viandas y carnes, toda clase de comidas, abundantes vinos y bebidas, habrá música y habrá fiesta, la alegría tiene que rebosar por todas partes. La boca se le está haciendo agua a más de uno.

Es lo que anunciaba el profeta, tal como hemos escuchado, hacia el monte santo confluirán de todos los lugares, gentes venidas de todas partes, tiene un gran sabor y sentido mesiánico el banquete que se nos anuncia. Y luego nos encontraremos con una riada inmensa de cojos y de enfermos, de gente cargando todo tipo de sufrimientos y de angustias, una multitud hambrienta que se reúne en torno a Jesús porque irán hasta la montaña y el desierto para encontrarle si es preciso. Y las provisiones son pocas y ahora no se sabe donde ir a buscar comida porque están en descampado.

Es la imagen que hoy se nos ofrece en la liturgia de estos comienzos del Adviento. Un mundo hambriento y lleno de sufrimientos mientras se habla de celebrar un gran banquete. ¿Será en verdad una imagen de este camino de adviento que este año estamos haciendo?

Miremos nuestro mundo y seamos conscientes de la realidad pero también de las inquietudes que tiene la humanidad en lo más hondo de si misma. Siempre decimos que los tiempos no son fáciles, y eso lo aplicamos en todo momento, porque cada uno y en cada momento de la historia vivimos nuestra propia situación. Ansiamos, es verdad, que todo fuera como ese gran banquete que se nos anuncia, como esa fiesta que en verdad desea toda la humanidad.

Pero algunas veces vamos como cansados por la vida en nuestras luchas y en nuestras frustraciones, en sentir como en cada momento aparecen nuevos problemas o nuevas situaciones que van poniendo en peligro hasta la estabilidad de la propia humanidad. No nos faltan las multitudes hambrientas, como no nos falta dolor y sufrimiento motivado por tantas causas tan diversas. Es una humanidad que se siente rota, que algunas veces se desespera y quizás quiere huir para olvidar o para no aumentar el sufrimiento.

Muchos quizás quieren vivir de espaldas a esos sufrimientos y se entretienen en cosas que les distraigan quizás para no verse involucrados. Son tantos también los que insolidariamente viven encerrados en si mismos, pero también carentes de esperanzas verdaderas en su espíritu, porque solo quieren vivir al día. Aquellas multitudes que seguían a Jesús, unos que le aclamaban, otros que se ponían a distancia simplemente como observadores, muchas que estaban también en una actitud de rechazo.

Somos nosotros los que hoy caminamos en este siglo XXI. Pero no podemos perder la esperanza. Nosotros también escuchamos ese anuncio del profeta, esa invitación a ese nuevo banquete del Reino. Para nosotros Jesús que viene nos prepara y nos ofrece ese banquete de vida. Todo puede cambiar, podemos hacer un mundo nuevo, podemos hacer que la vida sea como ese banquete mesiánico del que nos ha hablado el profeta.

A Jesús lo contemplamos hoy en el evangelio que se deja encontrar por aquella gente que ha acudido de todas partes con sus angustias y sus sufrimientos, con sus sueños y con sus esperanzas, con su hambre que va más allá de ese pan material que también deseaban porque en Jesús están buscando algo nuevo y distinto. Es lo que Jesús nos ofrece. Es lo que vamos a celebrar en la próxima navidad, es lo que cada día hemos de saber vivir porque Dios está llegando a nosotros, a nuestra vida y tenemos que saber abrirle el corazón.

Caminemos con esperanza y con intensidad este camino del Adviento. Seguro que nos encontraremos con Jesús. El viene a nosotros, de muchas maneras se hace presente en nuestra vida y responde a nuestras inquietudes. Abramos los ojos de la fe. Para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos, arrancará el velo que cubre todos los pueblos y enjugará las lágrimas de todos los ojos.

martes, 5 de diciembre de 2023

Camino de humildad y de sencillez que hemos de emprender porque será la tierra más disponible para acoger la semilla de la Palabra de Dios

 


Camino de humildad y de sencillez que hemos de emprender porque será la tierra más disponible para acoger la semilla de la Palabra de Dios

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

¿Quién no ha sentido alegría alguna vez, no por lo que le haya sucedido a él, sino por algo hermoso que vio en otra persona? Nos alegramos con la suerte de los demás, es cierto, pero seguramente hemos observado algo más que suerte, sino cómo una persona que quizás nos parecía humilde, ahora destacaba en cosas hermosas y recibía la admiración de los que le rodeaban. Nos gozamos, por ejemplo, con la sabiduría de los sencillos, aquellos que incluso sin ninguna clase de estudios ni de títulos sin embargo saben ofrecernos una sabiduría maravillosa en sus palabras que nos dejan cautivos y maravillados.

Nos gozamos en esas personas que quizá nadie les ayudaba pero fueron capaces de salir adelante, progresar en la vida y no solo contemplamos el éxito de sus trabajos sino que además brillan con su humildad que los hace más maduros y nos motivan más a su imitación. Nos alegramos en tantas cosas bellas y hermosas que podemos admirar en los demás. Ojalá tuviéramos siempre los ojos bien abiertos para descubrir esas maravillas y aprender de su sabiduría.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús se llenó de la alegría en el Espíritu Santo. ¿Qué ha motivado esa alegría en el corazón de Cristo? Por aquellos que le rodean. Contempla Jesús cómo la gente humilde y sencilla se le acerca para escucharle; contempla Jesús que con los que tienen un corazón más disponible para sintonizar con las cosas de Dios. Y son esa gente humilde y sencilla los que van captando de verdad lo que es el Reino de Dios que Jesús está anunciando. Aquello que Jesús había dicho un día en la sinagoga de Nazaret recordando al profeta, ahora se está cumpliendo, ‘los pobres son evangelizados’, los pobres son los que entienden primero que nadie esa buena noticia que Jesús les está anunciado de que llega el Reino de Dios.

‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien’.

Dios se revela a los de corazón humilde y sencillo. Son los que están con Jesús. Jesús se goza con ellos porque son capaces de sentir mejor que nadie lo que es el amor de Dios; son los que se vacían de si mismos, son los que abren el corazón con generosidad, son los más capaces de esos gestos hermosos de desprendimiento, de dulzura, de cercanía. Dirá Jesús en el sermón del monte que son dichosos los pobres, que serán dichosos y  llenarán de una alegría grande los que viven la mansedumbre del corazón y los que han arrancado de él toda malicia y desconfianza. Son los que van a entender mejor que nadie los valores que nos ofrece Jesús para hacernos grandes, para llevarnos a plenitud.

Cuando estamos comenzando este camino de Adviento que nos prepara para acoger a Jesús que llega a nuestra vida es el camino que hemos de emprender, camino de humildad, camino de sencillez porque será la tierra más disponible para acoger la semilla de la Palabra de Dios. Es la humildad, como ayer contemplábamos a aquel centurión que buscaba a Jesús, el camino más practicable para la vivencia de la fe, el cimiento de la fe verdadera. ¿No fue a unos humildes y sencillos pastores a los primeros que se les llevó la buena noticia del nacimiento del Salvador como contemplaremos en la ya cercana navidad?

Cuando nos llenamos de nosotros mismos, de nuestras autosuficiencias y nuestros orgullos se cierra nuestro corazón a la luz, tendremos las puertas cerradas para el encuentro con los demás y se cierra entonces nuestro corazón a Dios. Vayamos encendiendo esas pequeñas y sencillas luces, humildes cada uno en nuestro pequeño rincón, con nuestros gestos humildes y sencillos de cercanía a los demás e iremos incendiando el mundo con esa luz de Dios, es el camino de nuestro encuentro con Dios.

lunes, 4 de diciembre de 2023

La humildad hará practicable el camino de la fe porque solo cuando reconocemos que estamos enfermos podremos dejar que Jesús nos cure

 


La humildad hará practicable el camino de la fe porque solo cuando reconocemos que estamos enfermos podremos dejar que Jesús nos cure

 Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

‘Tengo en casa un criado que está paralítico y sufre mucho…’ Hay quien oculta los enfermos; que no sepa nadie lo que pasa en casa, total ¿para qué? ¿Para ser el comentario y la comidilla de la gente? Eso son cosas de casa, no hay por qué estar contándolo a la gente. Puede parecer exagerado este comentario, pero es cierto que no somos muy dados a contar las cosas que nos pasan. Tiempos había en que sobre todo en aquellas enfermedades que se pudieran considerar raras, no se comentaban con nadie. Tener un enfermo mental podía considerarse algo así como un descrédito para la familia.

Bien, esto puede parecer anecdótico, pero he querido comenzar con esta consideración, ya que la liturgia nos propone este evangelio en casi el primer día del camino de adviento que estamos comenzando a celebrar. Si decimos que es tiempo de espera y de esperanza ante el Salvador que viene a nuestra vida, como vamos a celebrar en la Navidad – y tengamos en cuenta el verdadero sentido que ha de tener el tiempo de Adviento – justo sería que nosotros también, como aquel centurión, digamos ‘tengo en casa un criado que está paralítico y sufre mucho…’.

¿Cuál es la enfermadad que necesita curación y es por eso por lo que esperamos y pedimos la venida del Señor? Porque si no tenemos ninguna enfermedad, no reconocemos ningún mal en nuestra vida, ¿de qué nos va a salvar el Señor? ¿De qué nos va a curar?

Es importante esta primera actitud que hemos de tener ya desde el primer día en que comenzamos a hacer este camino de Adviento. Hemos de mirarnos con sinceridad a nosotros mismos, tenemos que mirar la cruda realidad de nuestro mundo necesitado de salvación. Podríamos decir que ya desde el primer día comenzamos a hacernos un examen de conciencia.

Reconozcamos nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. ‘En mi casa no hay nadie enfermo’, yo estoy bien, el mundo está bien, todos estamos bien, tenemos hoy tantas cosas que en otros tiempos no teníamos. La humildad es cimiento fundamental para adentrarnos en el camino de la fe. Es no ponernos en actitud defensiva ante de Dios; es la postura de los que no quieren creer, de los que se auto titulan ateos o agnósticos, que dicen que en nada creen ni nada necesitan creer.

El camino de la vida, aunque no entremos en el ámbito sobrenatural, está empedrado con actos de fe o de confianza. Aceptamos y nos creemos lo que nos dice cualquiera, aceptamos a pie juntillas las noticias que nos vienen por los medios de comunicación sobre todo sin son afines a nuestras ideas, pero cuando entramos en el ámbito de lo sobrenatural todo son dudas y son desconfianzas, cuando se trata de aceptar a Dios que viene a elevarnos y engrandecernos de verdad, vienen las negaciones o vienen las afirmaciones de ateísmo porque nos creemos no necesitar de Dios.

Hoy tenemos por el contra un hermoso y testimonio en el personaje que contemplamos en el evangelio. Ni siquiera era judío, era un centurión romano, pero ha oído hablar de Jesús y tiene en su casa a su criado enfermo, paralítico sufriendo mucho, y acude a Jesús.  Reconoce el mal que hay en su casa y acude a Jesús con una confianza total. Pero una confianza que ha arrancado de un corazón humilde. No se ha atrevido en principio a venir por si mismo al encuentro con Jesús ni querrá Jesús visite su casa porque además sabe lo que significaba para un judío entrar en la casa de un gentil. ‘No soy digno…’ dirá, pero tiene la confianza total. ‘Basta una palabra tuya…’ Como el jefe que tiene soldados a sus órdenes y a una palabra el soldado está haciendo lo que le pide su jefe sin importar la dificultad. Su humildad le ha abierto el camino de la fe.

Será lo que alaba Jesús. ‘En todo Israel no he encontrado una fe como la de este hombre’, es la alabanza de Jesús. ¿Qué podrá decir Jesús de nuestra fe? ¿Dónde está nuestra humildad que haga expedito el camino de la fe? ¿Seremos capaces de reconocer nuestra limitación y nuestro pecado?