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sábado, 4 de junio de 2022

Es en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu

 


Es en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu

Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

Una especie de anécdota o curiosidad, un testimonio y una hipérbole vienen a poner punto final al evangelio de Juan que hemos venido escuchando en estos momentos en que llegamos a la conclusión de la pascua.

Es la curiosidad de Pedro ante todo lo que le estaba anunciando Jesús pero sobre lo que le pudiera suceder, qué anuncios tendría Jesús reservados para aquel discípulo amado que ahora tan cerca de ellos estaba. Algo así como querer corresponder como un favor porque había sido precisamente Juan el que desde la barca lo había reconocido y solamente a Pedro se lo había contado. Pero Jesús, podríamos decirlo así, corta las preguntas y curiosidades de Pedro diciéndole poco menos que se preocupara solo de sus asuntos. Se queda todo en la interpretación que haría el resto de los discípulos de las palabras de Jesús – ‘Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?’ – de que aquel discípulo no iba a morir.

Es, sí, el discípulo que va a dar un hermoso testimonio de Jesús, cuando nos deja reflejado en este texto la Buena Noticia de Jesús. ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’. Como se nos dirá en otro momento todo esto se ha escrito para creamos y creyendo tengamos vida en el nombre de Jesús.

Como el mismo Juan nos dirá en sus cartas, lo que ha visto y lo que ha oído no lo puede callar; lo que ha visto y lo que ha oído, lo que ha experimentado con su propia vida, tiene que trasmitírnoslo. Ese es su testimonio, esa es su verdad, esa es la vida que nos quiere transmitir.

Y es que quienes conocemos a Jesús, quienes creemos en Jesús como nuestra Salvación tenemos que convertirnos en testigos. Es lo que ha venido a ser la historia de la Iglesia a lo largo de los tiempos, un testigo que trasmite lo que ha vivido. Es así como se ha transmitido la fe, contagiándonos de unos a otros. No son las explicaciones las que nos convencen para que creamos, sino el testimonio de una vida, el testimonio de un creyente. No vamos a enseñar filosofías ni ideologías, no son simplemente doctrinas lo que queremos trasmitir sino que Jesús es en verdad nuestra verdadera y única sabiduría porque al encontrar en El la salvación encontramos la vida, encontramos el sentido más hondo para nuestro vivir.

Y como decíamos termina con una hipérbole. Algo que nos puede parecer una exageración pero que lo que quiere es manifestarnos la grandiosidad del mensaje de Jesús. ‘Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir’.

Es cierto que la Biblia es el libro más editado en el mundo y que prácticamente se ha traducido a todas las lenguas conocidas del mundo; tenemos que reconocer también que inmensa biblioteca podríamos formar y nos preguntaríamos donde podríamos ponerla, si juntamos todos los libros que en el mundo y en la historia se han escrito que nos hablen de Jesús. Fue, es cierto, una hipérbole la que quiso expresar el evangelista aún sin saber cuánto a lo largo de la historia se escribiría sobre Jesús.

Pero quiere decirnos algo más, y es que el mensaje de Jesús no son solo las palabras que como historias nos han dejado los cuatro evangelistas, sino que el mensaje de Jesús va mucho más allá de esas palabras porque llegará a lo que llevamos en el corazón con la fe que en El tenemos. Y es ahí en lo hondo del corazón donde tenemos que aprender a conocer y a vivir a Jesús dejándonos conducir por su Espíritu que nos lo revelará todo.

viernes, 3 de junio de 2022

Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

 


Caminemos al paso de Jesús sintiéndonos seguros, El sigue confiando en nosotros y nos dice: Tú, sígueme

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Qué distintas son nuestras maneras de actuar. Cuando alguien ha perdido la confianza, porque hizo algo que no nos agradaba, porque se saltó los protocolos de la vida, eso que llamamos tantas veces lo de políticamente correcto, porque en un momento determinado se atrevió a pensar de manera distinta, difícil será que lo aceptemos, que recupere la confianza, que sigamos contando con él para los proyectos que quizás hasta juntos habíamos soñado. Y lo vemos como lo más natural del mundo. O algo muy grande le exigiremos para comenzar de nuevo a confiar en esa persona, de lo contrario será ya para nosotros como un maldito con quien no queremos contar para nada. Claro, decimos, es lo que todo el mundo hace.

Todo el mundo menos Jesús. Había confiado en Pedro desde el primer momento, porque hasta le había cambiado el nombre para significar lo nuevo que iba a ser. Con él había tenido especiales deferencias haciéndolo testigo de cosas en la que el resto del grupo no participaba, por ejemplo la subida al Tabor; le había alabado incluso en alguna ocasión porque había sido capaz de expresar con palabras hermosas lo que era su fe, porque además, como le decía, el Padre era quien se lo había revelado en su corazón. Había tenido sus más y sus menos con él, sobre todo cuando quería convencerle de que no tenía que subir a Jerusalén, y lo había apartado como si fuera una tentación de Satanás.

Pero conocía de sus impulsos, y como toda persona impulsiva habría sus momentos de fervor, pero también podría aflojarse un poco, por eso le había dicho que cuando se recuperara tenía que ser quien mantuviera la fe de los hermanos. Pero a pesar de los anuncios de Jesús se había metido en la boca del lobo, y había llegado el momento de la cobardía y de la negación, quien decía por otra parte que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús. ¿Dónde estuvo en todo el resto del tiempo de la pasión? Refugiado con el resto de los discípulos en el Cenáculo, con las puertas bien cerradas, no fuera que a ellos les pasara lo mismo.

Ahora están de nuevo en Galilea, donde los había convocado, y porque en un primer momento Jesús no había aparecido se habían ido a pescar a pesar de pasar una noche bregando sin coger nada, como en otros tiempos. En el amanecer parece que comienza a llegar la luz y las cosas comienzan a cambiar. Ante las indicaciones de que echaran la red por el otro lado de la barca habían cogido de nuevo una buena redada, pero fue Juan el que le sugirió que el que estaba en la orilla era Jesús. Allá se había lanzado al agua para llegar primero desentendiéndose de las redes y de la barca, que los otros la arrastraran a tierra.

Y es cuando surge el diálogo entre Jesús y Pedro. ‘¿Me amas, me amas más que estos?’ Por tres veces había surgido la pregunta sin más reproches sino solo preguntando por su amor, aquel amor que decía que era tan grande capaz de dar la vida por su maestro, a pesar de que luego lo había negado. Pero no hay reproches, no hay desconfianzas, solo es un examen de amor. Y Jesús sigue confiando. ‘Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos…’ le repetirá Jesús. Le anuncia de nuevo que un día otro lo ceñirá, como comentará el evangelista haciendo referencia quizás a la forma de la muerte de Pedro, pero Jesús solo le dirá, ‘Tú, sígueme’.

¿Será también lo que nos está diciendo Jesús ahora cuando estamos ya concluyendo este camino de pascua? ‘Tú, sígueme’. Jesús que sigue confiando en nosotros a pesar de que también tenemos muchas veces nuestros más y menos. No siempre mantenemos el mismo entusiasmo, muchas veces nos aparecen los cansancios, nos sentimos tentados a volver atrás, quizás también habrá habido momentos de debilidad con sus negaciones, o con sus anti-testimonios, nuestra vida sigue envuelta en la debilidad, pero Jesús sigue confiando en nosotros. Nos pide fe y nos pide amor, todo lo demás brotará casi como espontáneo, pero tenemos que mantener muy viva nuestra fe, muy vivo nuestro amor.

El nos ha prometido que estará con nosotros, para eso nos deja su Espíritu. A ese paso sí podemos caminar, nos sentiremos seguros, queremos hacer honor a la confianza que Dios sigue teniendo en nosotros, queremos seguirle. ¿Aprenderemos a seguir confiando en los demás?

jueves, 2 de junio de 2022

Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

 


Es doloroso el escándalo de la falta de unidad en nuestras comunidades que las destruye y nos impide ser signos auténticos de Jesús para que el mundo crea

Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26

Dolor sentimos en el alma cuando vemos que una cosa, una tarea, una obra que con mucho cariño habíamos emprendido luchando y trabajando por conseguir lo mejor, por culpa de la división o el enfrentamiento de aquellos por los que trabajamos o que serían sus beneficiarios o de aquellos que tenían la misión de continuar dicha tarea, aquello se destruye y se viene abajo.

¿Por qué tienen que surgir esas ambiciones que nos enfrentan y que nos hacen estar como a la rapiña? ¿Por qué no somos capaces de con el mismo mimo y cuidado seguir haciendo que aquello se mantenga en pie, pues con tanto bien puede a la larga beneficiarlos a todos?

Pero mira cómo somos, qué pronto lo que comenzamos a hacer es buscar nuestro beneficio, o como nos sentimos mal cuando vemos que otros son felices y las cosas le marchan bien. Envidias, recelos, desconfianzas, ambiciones, orgullos tantas cosas que se nos meten por medio y son causa de destrucción en lugar de mantener la unidad.

Nos sucede tantas veces en todos los ámbitos de la vida social. Pareciera que siempre nos gusta estar jugando a la guerra; pero no es un juego, es una cruel realidad en nuestras comunidades, en nuestros grupos y desgraciadamente lo vemos también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, en nuestra Iglesia. Queremos que sobresalga nuestro grupo y no nos importa destruir lo que hagan los demás; en nuestros orgullos y vanidades lo que pretendemos es sobresalir porque a la larga lo que queremos es humillar a los que no son de nuestra cuerda.

Es doloroso, pero es la realidad. Es doloroso y no nos podemos cruzar de brazos. Es doloroso y tenemos que escuchar hoy la oración de Jesús al Padre pidiendo por la unidad de todos los que creemos en El. El sabía bien lo que nos iba a suceder. Cuántas guerras nos hacemos también dentro de la Iglesia. Cuánto nos falta de la misericordia, pero de la de verdad. Cuánto nos falta del amor verdadero que hace verdadera comunión.

Cuando hablamos de la unidad de la Iglesia nos refugiamos enseguida en ese gran drama de la Iglesia de Jesús que es la falta de la unidad de los cristianos que ha creado tan diversidad de Iglesias en que todos se quieren considerar la verdadera y tanto nos cuesta ese diálogo y entendimiento pero lo que llamamos la unidad de los cristianos. Claro los cristianos de pie nos parece que casi tenemos que desentendernos de eso por va por otras alturas y ahí poco podríamos hacer.

Pero no olvidemos que el escándalo de la falta de unidad está en nuestras pequeñas comunidades, en esa misma Iglesia a lo que nosotros pertenecemos y en la que vivimos que vive tantas veces rota por dentro. Y ahí sí tenemos mucho que hacer, ahí tenemos que comenzar a poner esa unidad y esa necesaria comunión; entre los más cercanos, entre los que nos encontramos todos los domingos cuando entramos o salimos de nuestras celebraciones pero que ni nos conocemos aunque seamos del mismo pueblo. En esas pequeñas comunidades en las que muchas veces destruimos tanto con nuestras críticas, con nuestro despego y no participación, con nuestra dejadez y despreocupación. Qué imagen tan desastrosa damos tantas veces ante el mundo que nos rodea.

Escuchemos las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí’.

miércoles, 1 de junio de 2022

Tenemos que aprender a vivir la Pascua, ese paso por la muerte de todo aquello de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús y realizar su misión

 


Tenemos que aprender a vivir la Pascua, ese paso por la muerte de todo aquello de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús y realizar su misión

Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

No sé qué experiencias de despedidas habremos tenido en la vida, bien porque tenemos que dar por concluida una misión, porque hay una ruptura en lo que realizamos y tenemos que dejarlo en manos de quien nos sustituya y se espera que pueda realizarlo quizás mejor, porque tenemos que marchar a otro lugar, porque hay un relevo y tenemos que dejar en manos de otro lo que nosotros estábamos realizando, o más drásticamente, porque la vida se nos termina, una enfermedad grave, por ejemplo, nos afecta que podría ser el final, pero los momentos son siempre duros, nos cuesta arrancarnos del lugar o de lo que estábamos haciendo, quizás por alguna circunstancia nos sentimos rotos por dentro, y desearíamos dejarlo todo atado y bien atado para que se mantenga al menos la continuidad o se siga realizando aquello en lo que habíamos puesto tanto empeño.

¿Cómo eran los momentos que se estaban viviendo en el final de aquella cena pascual? Vamos a contemplar lo que iba sucediendo en el corazón de Cristo en aquellos momentos. Todo había venido sonando a despedida en lo que allí se había ido sucediendo, en los signos que Jesús había realizado, en las propias palabras de Jesús. Ahora todo aquello se convierte en oración al Padre salida desde lo más hondo del corazón de Cristo. Sabía Jesús que había llegado su hora, por eso todos aquellos signos que habían acompañado la cena; ya incluso el traidor había marchado para hacer sus propios preparativos y realizar sus consignas; quedan los once con Jesús donde El sabía que había de haber una continuidad, aunque sabía también que los momentos iban a ser difíciles para ellos. Surge la oración de Jesús.

Los había cuidado, los había preparado, a ellos de manera especial se les había revelado, aunque no siempre lo entendieran porque hasta el ultimo momento todavía seguían con sus viejos pensamientos. Se iban a ver encontrados con el mundo que les rodeaba que a ellos también les odiaba, porque no eran como ellos. Jesús no los quiere sacar de ese mundo porque en ese mundo han de continuar la misión. Por eso ora al Padre, que un día se los había confiado, y en cuyas manos El los deja en este momento. ‘No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo… Santifícalos en la verdad…’ Ora Jesús.

Serán ahora ellos los enviados. Como Jesús era el enviado del Padre. Y la obra de Jesús había de seguir realizándose. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. En las manos de ellos quedaba, aunque todavía tuvieran que pasar por momentos de crisis, en que ni ellos mismos sabrían como salir adelante. Pero Jesús les ha prometido su asistencia, la fuerza de su Espíritu, y la tendrían. Habría antes que realizarse el paso de la pascua; y ese paso era de muerte a vida, lo cual lo haría difícil y doloroso. Pero cuando llegase la Pascua llegaría la alegría, se despertarían de nuevo las ilusiones y las esperanzas, ellos sentirían una manera nueva de estar Jesús con ellos y la misión continuaría.

Pero son los momentos duros por los que hemos de pasar también nosotros en muchas ocasiones. Tenemos que aprender a vivir la Pascua. No terminamos de entenderla y nos cuesta ese paso por la muerte, por todo aquello de lo que hemos de morir, de lo que hemos de arrancarnos para poder vivir la vida nueva de Jesús. También habrá rupturas en nuestros corazones, también habrá momentos en que tenemos que realizar un cambio, que dejar lo que hacemos en manos de otros, son momentos de pascua, que tenemos que ir aprendiendo a vivir. También nos encontramos envueltos en un mundo adverso y difícil y sonará que parece que nosotros no somos de ese mundo, pero en ese mundo hemos de estar porque es ahí donde tenemos que seguir llevando el mensaje, la buena nueva del Evangelio de Jesús.

Tenemos una certeza y es que Jesús nos ha dicho que estará siempre con nosotros hasta la consumación de los tiempos.

martes, 31 de mayo de 2022

A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

 


A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is.12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

¿Seríamos capaces, cuando tenemos algo que nos puede resultar costoso o que nos pide un esfuerzo extraordinario de hacerlo cantando? Aún me queda un recuerdo en mi mente de cuando era niño y escuchaba cantar a mi madre mientras realizaba las faenas de la casa, la limpieza, la comida, el lavado de la ropa que entonces no era con la facilidad de las lavadores como es hoy porque incluso había que acarrear el agua en baldes para llevarla a casa. Recuerdo escuchar a mi madre, o recuerdos a mis tías cuando iba a la casa de los abuelos que desde el camino escuchaba sus cantos con alegría mientras realizaban sus faenas. 

Por eso me hago la pregunta del principio, porque aun cuando fácilmente hoy estamos escuchando música continuamente, no siempre es la canción que nos sale de dentro de nosotros mientras realizamos la tarea o el trabajo. ¿No será acaso poner una nota de alegría en la vida aunque en ocasiones nos resulte costosa?

Y me hago esta consideración contemplando el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta que celebramos de la visita de María a su prima Isabel. Nadie le pidió nada a María, simplemente el ángel le informaba también como una corroboración de las propias palabras del ángel que tantas maravillas le anunciaba a María en la Anunciación de Nazaret. Pero el evangelio nos dice que María se puso aprisa en camino hasta las montañas de Judea. ¿Y queréis que os diga lo que imagino? María cantando por los caminos que atravesaban Samaría y Judea desde Galilea porque llevaba la alegría en su corazón con las maravillas que el ángel le había anunciado.

Si tras los saludos entre María e Isabel vemos que Maria se pone a cantar al Señor en aquel cántico de alabanza y de acción de gracias que es el Magnificat, me atrevo a decir que María lo llevaba ensayado en su mente y en su corazón a través de aquel largo camino. Ahora aquello que venía cantando en el corazón le sale a voz en grito porque tiene que alabar y bendecir al Señor por todas las maravillas de su amor que se están manifestando.

Es cierto que no había sido fácil el camino, porque si hoy en un vehículo lo podemos hacer en unas cuantas horas, hacerlo como María lo hizo atravesando todos aquellos lugares para llegar a las montañas de Judea no era un camino fácil ni exento de peligros para una mujer que caminaba sola, aunque se uniera a alguna de aquellas caravanas que circularían por aquellos caminos. Pero María iba llena del Espíritu divino, iba llena de Dios, como lo reconocería nada más llegar su prima que se siente honrada porque viene a ella la madre de su Señor.

Muchas consideraciones nos hacemos siempre con este pasaje del evangelio alabando la disponibilidad y la generosidad de María que se pone en camino y su espíritu de servicio; en esta visita de María a aquel hogar de las montañas de Judea vemos una señal y un signo de lo que es la visita de Dios a su pueblo, como incluso luego reconocería el anciano Zacarías cuando le lleguen a él los momentos del cántico y de la alabanza. La música, podríamos decir, resuena fuerte en aquellos corazones que les hace ponerse a todos a prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, pero es la alegría de unos corazones que están llenos de Dios.

¿Seremos nosotros capaces de cantar cuando los caminos se nos hacen duros y difíciles, cuando tenemos que atravesar valles oscuros, cuando la senda se nos hace empinada porque también tenemos que subir a un calvario con alguna cruz sobre nuestros hombros? Me atrevo a sugerir que por ahí concretemos el mensaje que hoy se nos ofrece en el evangelio y a través de la figura de María en su camino hasta la montaña de Judea. Es el cántico del amor el que tiene que surgir en nuestro corazón; es el cántico que brota de la alegría que llevamos en nuestro corazón cuando sabemos que llevamos a Dios con nosotros.

lunes, 30 de mayo de 2022

No temamos las soledades ni las luchas, no tengamos miedo a la dureza del camino, a las oscuridades o las poderosas las fuerzas del mal, ‘yo he vencido al mundo’ nos dice Jesús

 


No temamos las soledades ni las luchas, no tengamos miedo a la dureza del camino, a las oscuridades o las poderosas las fuerzas del mal, ‘yo he vencido al mundo’ nos dice Jesús

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Sentirse solo es duro y es triste. Hay momento duros así en la vida; quizás nos lo hemos buscado por nuestro carácter, por nuestra forma de actuar, porque muchas veces hemos querido andar solos así en la vida y no hemos aprendido a convivir con los demás; otras veces los amigos o las personas que tendrían que ser cercanas a nosotros nos abandonan, no quieren estar con nosotros, no quieren sentirse comprometidos, falta una verdadera amistad, surgen las cobardías y los miedos, la falta de compromiso, y no tiene uno a quien acudir.

Muchas y diversas formas de soledad, de abandono, en gente con problemas, en personas mayores, en quienes han optado por ese camino de soledad en la vida; lágrimas de amargura quizás, tristeza al ver que nadie quiere estar junto a ti, sensación de fracaso porque no supiste convencer a los que caminaban a tu lado que aquel camino era posible y era el mejor, dolor en el corazón cuando te faltan los amigos que te apoyen o simplemente estén a tu lado por sus miedos o sus cobardías.

Podemos ver mucho de esto en nuestro entorno a pesar de que digamos que vivimos en una sociedad tan desarrollada, pero que abandona a seres queridos, ¿dónde estará ese desarrollo? Aunque estemos repitiendo mucho eso de la solidaridad y cosas tan bonitas, no siempre aparecen esos gestos de solidaridad con los que están solos; mucho de esto de una forma u otra incluso podríamos estar pasando y sufriendo en nosotros mismos.

Me hace pensar en todo esto y muchas más consecuencias que se podrían sacar, los anuncios que Jesús hace a sus discípulos en la noche de la cena. Les habla de abandonos y de traiciones, de huidas y de negaciones; cosas todas que se van a ir sucediendo en aquella noche. Será quizás el grito que luego Jesús voceará desde la cruz, ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’

Cuando los discípulos en aquella noche de confidencias ahora expresen que creen en El, porque ahora si les habla claro, les replicará: ‘¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Pero Jesús no se siente solo, siente la presencia del Padre con El. Aquellas palabras de la cruz será el comienzo de una oración, de un salmo, donde al final lo que se manifiesta en la confianza que se tiene en Dios. Por eso las últimas palabras de Jesús en la cruz serán ponerse en las manos del Padre.

Ahora nos está diciendo, porque lo dice por nosotros y para nosotros, que luchas no nos van a faltar; tenemos bien clara la experiencia de la vida tan llena de luchas, de problemas, de contrariedades, de dificultades hasta para el mismo crecimiento personal, o lo difícil que va a ser cumplir la misión que Jesús nos confía porque el mundo no está con nosotros – como nos ha dicho en otro momento, el mundo nos odia – pero tenemos la confianza de que Dios está con nosotros. Es la promesa del Espíritu que repite tantas veces a lo largo de la cena. Es lo que ahora nos está diciendo. ‘Tened valor: yo he vencido al mundo’.

Por eso no temamos las soledades que parecen acogotarnos tantas veces en la vida, no temamos tener que enfrentarnos a todas esas luchas, no tengamos miedo a la dureza del camino, no nos echemos para atrás por las oscuridades que nos puedan aparecer, no nos acobardemos aunque nos parezcan poderosas las fuerzas del mal. ‘Yo he vencido al mundo’, nos dirá Jesús. Signos de ello nos ha ido dando los milagros que realizaba, recordemos, por ejemplo, aquella tempestad calmada en medio del mar. El Espíritu de Jesús estará con nosotros. Con fuerza lo pedimos de manera especial en esta semana que media hasta Pentecostés.

domingo, 29 de mayo de 2022

Contemplamos en la Ascensión la gloria del Señor, pero no nos quedamos ahí extasiados sino que hemos de rehacer el camino a Jerusalén y llegar a los confines del mundo

 


Contemplamos en la Ascensión la gloria del Señor, pero no nos quedamos ahí extasiados sino que hemos de rehacer el camino a Jerusalén y llegar a los confines del mundo

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

Cuando nos proponemos hacer un camino o una peregrinación con una meta que quizás nos parezca lejana, por una parte el sentir que no vamos solos haciendo ese camino porque hay otros que lo hacen a nuestro lado, o el poder saber que otros han llegado y que quizás no ha sido tan difícil y costoso como nos puede estar pareciendo a nosotros en determinados momentos, nos alienta, nos hace superarnos a nosotros mismos y transcendernos de aquello que ahora vamos haciendo para pensar en esa meta y nos hace sentir como una fuerza especial dentro de nosotros para no desistir y seguir en el empeño.

Podríamos decir que todo eso y mucho más es para nosotros esta fiesta de la Ascensión del Señor que hoy estamos celebrando. Una fiesta que llena de esperanza nuestro corazón, que nos hace ponernos en camino, no desistir en nuestra marcha porque un día podemos contemplar esa gloria con la que el Señor Jesús está siendo glorificado por su resurrección y Ascensión al cielo.

‘Resucitó de entre los muertos, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’, confesamos en el Credo de nuestra fe. Es la unidad, podríamos decirlo así, del misterio de Cristo que ha sido glorificado. ‘A ese Jesús a quien vosotros crucificasteis Dios lo resucitó de entre los muertos y lo constituyó Señor y Mesías’, le escucharemos decir a Pedro en la mañana de Pentecostés ante la multitud que entonces veremos congregado a las puertas del Cenáculo en las calles de Jerusalén.

Litúrgicamente celebramos en días separados la Resurrección y la Ascensión del Señor al cielo siguiendo la pauta de esos cuarenta días de los que nos habla san Lucas en que Jesús se les manifestaba glorioso y les hablaba del Reino de Dios, pero es la unidad de la Pascua lo que estamos celebrando, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, cuando contemplamos al que había sido crucificado por nuestra salvación exaltado y glorificado en el cielo y sentado a la derecha de Dios Padre.

Esos cuarenta días que median entre la resurrección y la ascensión más que un espacio en el tiempo, fue el espacio en el que los discípulos asumieron ese triunfo de Cristo – recordamos cuantas dudas había en sus corazones incluso el mismo día de la resurrección - para poder sentirse fuertes con la presencia del Espíritu que Jesús les había prometido – como celebraremos el próximo domingo en Pentecostés – para salir al mundo a hacer el anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Mientras les hablaba una vez más del Reino de Dios, como nos dice el texto de los Hechos.

¿No será también para nosotros el tiempo de la maduración de nuestra fe? Le damos nuestro sí con nuestra confesión de fe, es cierto, porque nos decimos creyentes y cristianos, pero cuánto nos cuesta arrancar para llegar a dar ese testimonio pleno de nuestra fe. También en nuestros corazones tenemos que ir realizando esa maduración de nuestra fe, dejarnos encontrar por el Señor que viene a nosotros para alimentar nuestra fe, para hacerla crecer y madurar, para que lleguemos en verdad a dar esos frutos que se nos piden con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con nuestra vida.

Dios va poniendo a nuestro lado, al paso de nuestra vida, muchas cosas, muchas personas, muchos medios desde muchos ámbitos, desde nuestras comunidades que nos ayudarán a ese crecimiento y maduración de nuestra fe. Sepamos ver en ello esto de lo que nos está hablando el texto de los Hechos, que Jesús resucitado fue manifestándoseles para hablarles del Reino de Dios. Dejemos que el Espíritu del Señor vaya haciendo mella en nuestros corazones; El nos conduce, nos ilumina, nos fortalece interiormente, nos hace conocer en profundidad todo ese misterio de Jesús para que luego seamos testigos hasta los confines del mundo.

Hoy contemplamos a Cristo glorificado en su Ascensión y sentado a la derecha del Padre; pero hoy está poniendo Jesús el testigo en nuestras manos, porque somos nosotros los que tenemos que salir ahora al mundo. Contemplamos la gloria del cielo, pero no nos podemos quedar ahí extasiados sino que tenemos que volver a Jerusalén, tenemos que volver a nuestro camino, tenemos que volver a ese camino que Jesús pone ante nosotros para que vayamos a hacer ese anuncio de la Buena Nueva de Jesús al mundo.

Podríamos tener la tentación de Pedro en el Tabor de querer hacer tres tiendas para quedarse en aquellos momentos gloriosos y luminosos para siempre, pero Jesús los hizo bajar de la montaña como ahora aquellos Ángeles de Dios les dirán a los discípulos que no se queden ahí extasiados sino que tienen que volver al Jerusalén de la vida. La contemplación de la gloriosa Ascensión del Señor nos llena de esperanza y alienta nuestra vida para seguir en el camino. Sabemos a donde un día llegaremos si seguimos el camino con fidelidad, el camino de la fidelidad a la misión que se nos encomienda.

Con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor, como de manera especial celebraremos el próximo domingo; por eso a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, de los cansancios y desánimos que tantas veces nos pueden aparecer seguimos haciendo el camino con la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros. Grande es el campo que se abre ante nosotros, porque hemos de ir hasta los confines del mundo, pero sabemos que El estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Recibiremos la fuerza que viene de lo Alto.

sábado, 28 de mayo de 2022

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

 


Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

Hechos de los apóstoles 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Muchas fórmulas de mediación se utilizan en la vida en el ámbito de lo social, en el ámbito de lo político, donde sea necesario algún tipo de negociación, o incluso como medios de súplica, por así decirlo, intercesora donde pedimos o suplicamos a favor de otro. El mediador no va por sí mismo, pero sí con la autoridad que se le ha confiado para lograr un acuerdo, el embajador representa a quien le ha confiado una misión para hablar en el nombre y representación de quien le ha enviado, el que suplica a favor de otro quizás lo hace con la autoridad del prestigio que de alguna forma se ha ganado.

De Jesús solemos decir que es el Mediador y el Pontífice, porque media e intercede por nosotros y porque de alguna manera hace de puente, por darle el significado más elemental a la palabra; se ha convertido así en el gran intercesor nuestro ante el Padre en el cielo. Ya diríamos que ejercía esa función cuando nos decía que venía enviado del Padre y que no nos habla sino lo que el Padre le ha confiado. Lo hemos venido escuchando en estos últimos días en las palabras de Jesús en la Última Cena.

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá. Es bien significativo, porque la petición, la oración la vamos a hacer nosotros, pero vamos a apoyarnos en la autoridad del Hijo. Pero nos dirá más, que si eso hacemos es porque le amamos y entonces el Padre también nos ama. Ya nos había dicho que si le amábamos y guardábamos sus mandamientos el Padre nos amará, y El también nos amará, pero además el Padre y El vienen a nosotros para habitar en nosotros, para poner su tienda en nosotros.

Es por eso porqué en las fórmulas litúrgicas de la Iglesia siempre las oraciones acabarán como con esa muletilla ‘por nuestro Señor Jesucristo’. En el momento cumbre de la Eucaristía, cuando queremos completar la ofrenda que le hacemos al Padre lo haremos siempre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Queremos dar gloria a Dios y será así con esa fórmula como lo expresaremos.

Cristo es el Pontífice que hace la ofrenda, a la que nosotros nos unimos; Cristo es el Mediador que intercede por nosotros al Padre, porque esa oración que nosotros queremos hacer siempre tendrá un nuevo sentido; amamos a Cristo y con El queremos configurarnos, hacernos uno, porque en nosotros no queremos vivir otra cosa sino a Cristo. ¿Y qué significa eso? Que todo aquello que hacemos, que todo aquello que pedimos, que todo aquello que quiere ser nuestra vida lo pasamos por el tamiz de Cristo. No pediremos nada, entonces, que no tenga el sentido de Cristo; no pediremos nada que no esté impregnado del espíritu del Evangelio de Jesús.

Cuando hacemos nuestra oración no vamos simplemente a sacar el listado de aquellas cosas que queremos pedir, sino que con Cristo vamos a ir rumiando todo eso que es nuestra vida, todo eso que son también nuestros deseos o nuestras necesidades y lo vamos a mirar con la mirada de Cristo, lo vamos a pasar por el tamiz de Cristo y del evangelio. Es rumiar en nuestro interior esa presencia de Jesús en nuestra vida y así vamos confrontando nuestra vida con el sentido de Cristo, con los valores de Cristo. Es ese llenarnos de Cristo, es ese empaparnos de su Espíritu, es ese transformar nuestra vida en la vida de Cristo, o mejor, dejarnos transformar por Cristo.

Eso nos pedirá una actitud nueva de oración, una nueva humildad para dejarnos conducir, una apertura de los oídos de nuestro corazón para escuchar de verdad la voz del Señor en nuestra vida. Nos sentiremos transformados, sentiremos como algo nuevo se va apoderando de nosotros, iremos descubriendo caminos nuevos y horizontes nuevos y podrán salir de nuestros labios y de nuestro corazón muchas cosas hermosas con las que nos sentimos enriquecidos pero con las que enriquecemos a los demás.

viernes, 27 de mayo de 2022

Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

 


Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

Hechos de los apóstoles 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a

Cuando nos garantizan que tras aquel momento difícil, luego todo cambiará somos capaces de superar los temores que podríamos tener ante cómo afrontar esa situación y hasta pondremos de nuestra parte la mejor voluntad para salir adelante. Cuando nos señalan y convencen que una partida y una separación es necesaria para poder tener luego la certeza de que nunca más nos separaremos del ser amado somos capaces de afrontarlo. No es fácil, por nuestra mente y por nuestro corazón pasarán algunas nubes que nos suenan a borrascosas, pero sabemos que detrás luce el sol y terminará brillando con fuerza.

Es lo que Jesús trata de decirles en los momentos y en las circunstancias que viven los discípulos. Habla de la madre que va a dar a luz y sabe que los dolores del parto son fuertes, pero que ante la vida que viene todo merece pasarlo. Es lo que va a significar toda aquella pascua que va a vivir Jesús y que van a vivir sus discípulos. Es un paso, de la muerte a la vida, por la muerte a la vida. Es la pascua que nosotros hemos de vivir, donde tendremos que arrancarnos mucho de nosotros mismos para poder vivir esa vida nueva que Jesús nos ofrece.

Y eso va a costar, eso va a ser doloroso y difícil en muchos momentos, y de alguna manera nos resistimos. Hoy queremos vivir una vida sin dolor, sin sacrificio, sin esfuerzo; queremos que todo poco menos que se nos regale, porque no siempre estamos dispuestos a ese sacrificio, a ese esfuerzo, a ese trabajo; de todo nos quejamos, y rehuimos lo que signifique sudor de nuestra frente, o dolor en nuestra carne por lo que de nosotros tenemos que arrancar. Quizás estamos perdiendo las perspectivas de trascendencia que han de tener nuestros actos, que ha de tener cuanto hacemos. No somos capaces del valor que vamos a encontrar más allá de esa frontera que nos parece oscura y dolorosa.

Sucede en todos los ámbitos de la vida, porque sucede en el trabajo en que parece que tenemos miedo de responsabilizarnos hasta tener que esforzarnos; nos sucede en nuestro camino de superación personal, que incluso no queremos pasar por ese periodo que nos puede parecer oscuro del aprendizaje para poder llegar a tener dominio sobre lo que hacemos. No queremos aprender ni para crecer en nuestra propia vida; queremos que se nos facilite todo y algunas veces como educadores también vamos dando tantas facilidades que el discípulo no termina de aprender.

Hoy Jesús nos habla de la alegría que vamos a tener al final. Quienes en la vida no tenemos miedo al esfuerzo, tenemos la experiencia también de la satisfacción de lo que al final hemos logrado con ese esfuerzo. No es masoquismo, sino la realidad de lo que significa aprender y crecer. ‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Y nos habla Jesús de una presencia nueva; nos habla de la presencia del Espíritu que nos estará haciendo presente al mismo Jesús. Es la acción del Espíritu en la Iglesia, es la acción del Espíritu en los sacramentos, por la que es Jesús mismo quien bautiza, por la que es Jesús mismo quien se nos da en el pan de la Eucaristía y ya no hablaremos de pan, sino de Cristo mismo, de su Cuerpo y de su Sangre que se hacen presentes, que se han vida y alimento para nosotros.

‘También vosotros ahora sentís tristeza, les dice Jesús; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Es lo que podemos sentir hoy en la presencia de Jesús en su Iglesia. Es lo que nos hace sentir hoy que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús. Es lo que ahora nos anima y nos da esperanza.

jueves, 26 de mayo de 2022

Los nubarrones de la tristeza se dispersarán cuando sepamos encontrarnos con Jesús que nos sale a nuestro encuentro llenando nuestro espíritu de alegría

 


Los nubarrones de la tristeza se dispersarán cuando sepamos encontrarnos con Jesús que nos sale a nuestro encuentro llenando nuestro espíritu de alegría

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20

¿Es fácil pasar de un momento a otro de la tristeza a la alegría? Bueno, me vais a decir que si en un momento determinado nos dan una noticia grande, de algo importante que nos va a suceder y que es como un regalo para nosotros, nos llenaremos de alegría, daremos saltos de alegría. Pero ¿y aquella tristeza que teníamos en el alma la logramos cambiar o será algo que sigue pesando dentro de nosotros? Pero sí, es verdad, hay alegrías que nos cambian la vida, que nos hacen olvidar todas las tristezas, que nos sacan de esos pozos negros en los que algunas veces andamos metidos.

Pero alcanzar esa alegría es mucho más que un golpe de suerte. Porque la alegría verdadera no nos la da solamente las cosas externas o las cosas materiales. En esas búsquedas existenciales en las que nos encontramos tantas veces está la búsqueda de esa verdadera alegría; que no solo es salir de nuestras preocupaciones del momento, o de esos agobios en que nos podemos ver envueltos cuando las cosas no nos salen bien.

Lo expresemos de una manera o de otra todos andamos en esa búsqueda, porque queremos saber la razón de nuestro existir, porque buscamos un sentido de la vida, porque deseamos hallar esa sabiduría honda de la vida, porque cuando andamos sin esperanzas y sin ilusiones grandes en la vida parece que andamos desorientados, porque en verdad queremos encontrar esa alegría de la vida desde lo más hondo de nosotros mismos y no en superficialidades como tantas veces andamos. Entonces cualquier otra cosa que nos suceda nos desestabiliza, nos angustia, nos llena de miedos y de incertidumbres. Nos falta una seguridad interior que tenemos que saber buscar.

Seguimos comentando el evangelio de cuanto ha sucedido en la cena pascual y de las cosas que Jesús les va diciendo. Hemos venido comentando también que el estado de ánimo de los discípulos no es bueno y que ante lo que se anuncia no han sabido aún encontrar esa paz interior, de manera que ni entienden bien lo que Jesús les dice o les anuncia.

Les ha hablado de una ausencia que les llenará de tristeza y de una nueva presencia que les llenará de alegría. Literalmente es una referencia a cuanto a partir de aquella noche va a suceder. Se dispersarán, cada uno se irá por su lado a la hora del prendimiento de Jesús, sus corazones se llenarán de tristeza, aunque terminen reuniéndose de nuevo en esa misma sala de la cena de pascua. Las noticias que en la noche y en la mañana siguiente se sucederán aumentarán aun más su tristeza. Pero Jesús les habla de una alegría nueva que les va a inundar; es un anuncio de la alegría de la Pascua, de la Resurrección aunque ahora ellos no lo entienden. Ya se nos decía en la tarde de la pascua cuando se les manifieste de nuevo Jesús ya resucitado que los discípulos se llenarán de alegría.

Pero es anuncio que va más allá, porque de alguna manera está indicando lo que va a ser la vida de la Iglesia, no solo ya en aquellos primeros momentos que no siempre fueron fáciles, sino también a lo largo de la historia, como nos puede suceder a nosotros hoy también. Tenemos momentos difíciles en el recorrido personal de nuestra fe, como lo es también en la vida de la Iglesia. Momentos de oscuridad que nos pueden llenar de tristezas no nos faltarán, pero siempre tendríamos que saber buscar detrás de todo eso lo que es la alegría de la Pascua que siempre tendría que estar presente en nuestra vida.

No veremos a Jesús con los ojos de la cara como los discípulos en aquellos momentos lo veían pero por la fuerza de su espíritu podremos descubrir esa presencia del Señor siempre con nosotros que nos hará mantener esa paz de nuestro espíritu, esa alegría de la presencia del Señor en nuestro corazón.

No le veremos, pero le veremos - aunque la frase nos pueda parecer una contradicción - porque el Señor está viniendo a nuestro encuentro, haciéndose presente en nuestra vida continuamente. A nuestro encuentro viene el Señor en la presencia de los demás; en el rostro de los hermanos hemos de saber descubrir ese rostro de Cristo que camina a nuestro lado y nuestro corazón tendrá que llenarse también de alegría.

miércoles, 25 de mayo de 2022

Llenemos el corazón de verdadera humildad para abrirnos al misterio de Dios y dejarnos sorprender por la acción del Espíritu que nos lo revela

 


Llenemos el corazón de verdadera humildad para abrirnos al misterio de Dios y dejarnos sorprender por la acción del Espíritu que nos lo revela

Hechos de los apóstoles 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15

En una ocasión un niño pequeño, de los primeros años escolares, entró en mi lugar de estudio y se quedó como paralizado con los ojos bien abiertos contemplando todos los libros que yo tenía en sus estantes y me preguntó asombrado ¿Tú te has leído todo esos libros y te los sabes todos?  Asombrado estaba que yo hubiera podido leer todos aquellos libros, pero además sabérmelos todos.

Me viene al recuerdo esta simple anécdota tras el anuncio que le escuchamos hoy a Jesús. ‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir’.

Mucho era lo que Jesús les había ido enseñando, pero mucho eran aun lo que les quedaba por aprender, por conocer. Me recuerda también el final del evangelio de Juan en que termina diciéndonos que allí en aquel evangelio está cuanto necesitamos para creer que Jesús es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo y creyendo tengamos vida en su nombre, pero que muchas más cosas hizo y dijo Jesús que si se escribieran todas ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Un lenguaje, es cierto, un poco hiperbólico pero que nos viene a expresar la grandeza del evangelio que nos lleva a nuestra fe en Jesús y a nuestra salvación.

Hoy nos promete Jesús la presencia del Espíritu con su Sabiduría que nos lo enseñará todo, ‘nos guiará hasta la verdad plena’. ¿Cómo podríamos tener nosotros la garantía de que no olvidamos las palabras de Jesús, su buena noticia de salvación? ¿Cómo se nos puede garantizar que no manipulemos las palabras de Jesús para hacerle decir cosas distintas a lo que El nos enseñó?

Podríamos tener la tentación de dudar de la autenticidad del evangelio que hoy enseñamos y trasmitimos, como podríamos tener también la tentación de tergiversar sus palabras. Es quizás la tentación de muchos que todo lo ponen en duda; lo escuchamos muchas veces en el mundo que nos rodea o nos puede pasar a nosotros también por nuestro interior. Son tantos los que se cierran a la fe y en todo ven manipulación.

En un mundo y en una sociedad en la que contemplamos a tantos que ansían el poder, no para servir a esa sociedad sino para tener dominio sobre ella, casi podría parecer normal que haya también quien dude del auténtico sentido de la autoridad dentro de la Iglesia y también pueden ver esas ansias de poder y de dominio en los pastores de la Iglesia.

Cuántas cosas escuchamos decir en este sentido y cuanto se manipula desde los medios de comunicación para ir envenenando la fe de los creyentes. Siembra dudas y crearás división; crea abismos que dividan y separen destruyendo la comunión y desde esa manipulación se irá logrando destruir hasta lo más sagrado, arrancando la fe del corazón de los creyentes.

Quienes en verdad nos dejamos conducir por la fe sentimos que verdaderamente es otra cosa, otro es el sentido de las cosas, porque creemos en la presencia del Espíritu Santo que nos prometió Jesús que es el que verdaderamente inspira la acción de la Iglesia. Esa presencia del Espíritu que nos guiará a la verdad plena, como nos dice hoy Jesús, es la garantía de esa autenticidad de la Verdad proclamada, transmitida y enseñada por la Iglesia.

No perdamos esa visión de la fe; dejémonos conducir por el Espíritu Santo; dejemos que su luz nos llene de su Sabiduría y podremos, aunque nos consideremos los más humildes y los más pequeños y precisamente por eso, conocer el misterio de Dios que en Cristo Jesús se nos manifiesta. Mientras no llenemos nuestro corazón de verdadera humildad difícilmente podremos abrirnos a Dios y a la acción de su Espíritu. Abramos bien los ojos del corazón para dejarnos sorprender por el misterio de Dios que podremos llegar a conocer.

martes, 24 de mayo de 2022

Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

 


Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Hay ocasiones en que nos ponemos tristes, nos ponemos tensos y agobiados solamente pensando en el futuro. Hay personas, y nos puede pasar algunas veces a nosotros, que solo pensando en lo que nos pueda suceder mañana, ya nos hace llenarnos de agobios; de alguna manera buscamos seguridades, buscamos seguridad ante el futuro. ¿Qué va a ser de mí? Si me sobreviene una enfermedad, ¿cómo la afrontaré? Y los padres se preguntan por el futuro de los hijos, o pensamos en nosotros mismos que nos podamos quedar solos en la vida. Muchas cosas que nos agobian. ¿Dónde encontrar la confianza que nos dé seguridad en la vida?

Ante los imprevistos que nos pueda presentar la vida hay quien se agobia sin que nada le haya sucedido. Nos tambaleamos muchas veces, nos sentimos inseguros, nos trabajamos unas seguridades en lo social para que tengamos las cosas resueltas y aun así nos agobiamos. ¿Serán las inseguridades que llevamos en nuestro interior? Nos faltan quizá certezas, queremos tener respuestas para todo y en ocasiones nos quedamos sin saber qué responder o cómo afrontar lo que nos puede venir. Y vienen las tristezas, la falta de una verdadera alegría por esa inseguridad en la que vivimos, por esa quizás desorientación que pudiera haber en nuestro interior. ¿Nos faltará valentía en la vida?

Necesitamos una fortaleza interior. Como el edificio que tiene que tener unos sólidos cimientos, pero también una muy elaborada estructura que no solo de forma, sino que dé fortaleza a todo el conjunto del edificio. Serán los valores por los que regimos nuestra vida, los principios que dan fundamento a lo que vamos haciendo en la vida, es esa riqueza interior que nos hemos ido creando para dar respuestas, para encontrar soluciones, para mantener la serenidad del espíritu frente a las tormentas que nos va ofreciendo la vida. Lo podemos llamar espiritualidad, o lo podemos llamar vida interior, es el alimento de nuestro espíritu que no es solo el alimento con que nutrimos nuestro cuerpo. De este alimento nos preocupamos, pero qué poco tenemos en cuenta ese otro alimento que nutra nuestro espíritu.

Hoy Jesús, ante la tristeza que se va apoderando de los discípulos por todo aquello que Jesús les está anunciado, les habla de la presencia del Espíritu que les enviará desde el seno del Padre. Físicamente van a dejar de ver a Jesús pero una nueva presencia van a sentir por la fuerza del Espíritu. No tendrán a Jesús que una y otra vez les corrija y les enseñe, tan duros como son de corazón y de mente, pero el Espíritu se los recordará todo.

‘Os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’, les dice Jesús. El Espíritu que nos hará ver el juicio de Dios, pero el Espíritu que será nuestra luz y nuestra fuerza, que nos liberará de las peores angustias porque hará que se caigan tantas cadenas que nos atan en la vida, el Espíritu que pondrá alegría en el corazón porque nos hará sentir de manera nueva la presencia de Jesús, aunque podamos estar por otra parte pasando por noches oscuras de sufrimientos o de problemas. Es el Espíritu que en verdad nos hará grandes porque no solo nos liberará de apegos o de angustias, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior.

 

lunes, 23 de mayo de 2022

Necesitamos del Espíritu que nos abra el corazón y la mente para ser capaces de ver con claridad nuestra propia realidad y con su fuerza se abran nuevos caminos de vida

 


Necesitamos del Espíritu que nos abra el corazón y la mente para ser capaces de ver con claridad nuestra propia realidad y con su fuerza se abran nuevos caminos de vida

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Hay ocasiones en que nos cuesta reconocer que las cosas van mal. Siempre buscamos una disculpa, siempre tenemos una respuesta preparada. Igual que la persona mayor no quiere reconocer las limitaciones que le imponen los años, o el enfermo que no quiere reconocer la gravedad de su enfermedad; esto se me pasa, esto no es nada, esto es ahora porque me encontró flojo, pero yo estoy bien… cuántas disculpas; y no hablo ya solo de la enfermedad que nos puede aparecer, las limitaciones de los años, sino otras muchas situaciones en la vida en las que no queremos reconocer la realidad; el negocio está mal, pensamos, pero esto es coyuntural, cuando pasen estos momentos difíciles todo se recuperará.

Pero nos sucede en nuestro camino de superación personal, donde no logramos avanzar lo que nos habíamos propuesto o lo que sería lo ideal, pero siempre decimos cuando yo me ponga en serio eso lo voy a lograr enseguida, pero nos falta la voluntad de ponernos en serio, o nos falta la constancia para seguir unos ritmos.

Lo contemplamos en los derroteros de la Iglesia, y de la situación de la Iglesia frente al mundo que la rodea, que no es tan bonita como queremos pintarla; muchos espejismos se nos pueden meter por medio y nos impedirán ver la realidad, nos quedamos en el espejismo y no queremos darnos cuenta de la situación de descristianizacion que vive la sociedad actual, donde cada vez importa menos lo religioso, importan  menos los principios o los valores cristianos, donde estamos viendo cómo la vida vale tan poco, y ahí tenemos el aborto en esa carrera imparable en que cada vez damos más derecho a la muerte, o también en la eutanasia donde a nuestro lado tantos la ven ya como algo tan natural.

¿A dónde vamos? ¿Nos daremos cuenta? ¿Dónde tenemos que pararnos, detenernos para ver con claridad, para comenzar a actuar de una forma distinta desde la Iglesia, desde el testimonio de los cristianos? Es duro y hasta cruel que no nos demos cuenta de la realidad y todavía sigamos pensando en una sociedad de cristiandad, y no en una sociedad en la que tenemos que ser misioneros que en verdad nos pongamos a abrir caminos.

Jesús nos habla de la presencia del Espíritu Santo que tanto vamos a necesitar. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Es la promesa de Jesús. Nos enviará desde el Padre el Espíritu de la verdad. Será el Espíritu que remueva y renueve nuestros corazones. El Espíritu que abrirá nuestra mente para que entendamos todo bien, como hacía Jesús con los discípulos de Emaús, o como lo  hizo luego en el Cenáculo. Les abrió los corazones para que entendieran las Escrituras.

Necesitamos que se abra nuestro corazón, que se abra nuestra mente muchas veces tan endurecida que no somos capaces de ver con claridad lo que es nuestra propia realidad. Necesitamos el Espíritu que abra nuevos caminos en nuestra vida. Necesitamos el Espíritu que nos fortalezca para que podamos hacer esos nuevos caminos de evangelización. Necesitamos el Espíritu que venga a ser nuestra fortaleza para ese testimonio que hemos de dar y que no siempre será fácil, porque débiles nos sentimos para llevar adelante esa tarea que se nos confía.

Pidamos a Dios que nos conceda la luz y la fuerza de su Espíritu.

domingo, 22 de mayo de 2022

Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

 


Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apocalipsis 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29

Cuando en la vida, por las circunstancias que sea, sabemos que tenemos que separarnos de una persona que ha sido importante para nosotros, que ha influido en nuestra manera de ser o nos ha ayudado a descubrir lo hondo de la vida, surge lo que llamamos tristeza que es ese sentimiento que se adueña de nosotros porque ya no podemos volver a estar con esa persona, no podemos escuchar sus palabras y sus consejos cuando volvamos a encontrarnos con problemas o situaciones difíciles de la vida, no podremos gozarnos de su presencia que tantas seguridades nos ha dado en la vida. Por eso se nos hacen tan dolorosas las despedidas, porque además nuestro espíritu se llena de inquietud ante lo que nos pueda devenir en el futuro. Muchas veces no queremos ni pensar en esas posibilidades de despedidas.

¿Era el estado anímico de los discípulos en aquella cena pascual que sentían que Jesús se les iba y que se iban a quedar solos? ¿Será el estado anímico en que nos podemos encontrar muchas veces los cristianos en nuestras luchas y en nuestras tareas que nos parece sentirnos solos? A una cosa y otra creo que nos puede responder hoy el evangelio.

Los discípulos estaban a gusto con Jesús, no se querían separar de El. Se había creado ese vínculo de amor que crea comunión y que hace comunidad. Así se sentían seguros con Jesús, querían escuchar sus palabras, hacían cuanto estaba de su parte por no separarse de El. Sin embargo, las palabras de Jesús eran presagio de tiempos que no iban a ser fáciles. Ya les había hablado de traiciones y negaciones, habían vislumbrado lo que sería su soledad sin su presencia. ¿Quién les iba a explicar una y otra vez las cosas cuando tan cerrados de mente eran que parecía que nunca terminaban de entender las palabras de Jesús?

Y podríamos decir que a todo eso, punto por punto, Jesús va respondiendo con sus palabras. No les dejaba solos y que se las entendieran por su cuenta cuando nada comprendieran. Promete Jesús la presencia de su Espíritu que les acompañará, les hará comprender todas las cosas y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón cuando vinieran los momentos difíciles. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

Era cuestión de permanecer en su amor, porque eso los mantendría unidos – por eso su mandamiento era que se amaran los unos a los otros – pero era cuestión de mantenerse en el amor de Dios, porque así Dios se haría presente en sus corazones. ‘Vendremos y haremos morada en él’, les dice Jesús.

Y no les faltaría la paz en sus corazones. ¡Qué seguros se sentían con la presencia de Jesús a su lado! Ellos sabían ya que los principales del pueblo estaban buscando la manera de prender a Jesús, pero por ahora ellos se sentían seguros, porque Jesús estaba con ellos, y les parecía que no se iban a atrever y nada iba a pasar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Con Jesús tendrían que sentirse seguros. Aunque cuando llegase el momento de la prueba vendrían las huidas y los escondites y los encierros. Lo dejaron solo en Getsemaní y se encerraron en el Cenáculo.

Después de la resurrección, aunque les costó aceptarla, se darían cuenta. Con la venida del Espíritu en Pentecostés todo cambiaría en ellos. Es el estado en que nosotros estamos o deberíamos estar. También tenemos nuestros miedos, también sentimos nuestras inseguridades, también a veces nos cuesta luchar y seguir caminando hacia delante, también nos parece sentirnos solos frente al mundo que nos rodea. Algunas veces nos vemos tan poquitos en nuestras celebraciones, en nuestras comunidades y vemos lo amplio que es el mundo que nos rodea y al que tendríamos que llevar la Palabra de Jesús.

También nos acobardamos, nos encerramos y refugiamos en lo de siempre, como se suele decir. Nos quedamos tan contentos y satisfechos porque todavía hay un grupito que viene a la Iglesia. Quizás cuando estamos reunidos en nuestras celebraciones o en algunos momentos importantes de la comunidad sentimos que se renueva nuestra alegría, pero tememos salir fuera, salir al encuentro de ese mundo que nos rodea, nos sentimos que no sabemos cómo actuar, qué palabra decir, cual es la Buena Nueva que tenemos que anunciar. 

Tenemos que escuchar esta Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece. Esa Palabra que es aliento y esperanza, esa Palabra que nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón. La promesa del Espíritu es para nosotros también; es el Espíritu el que está en medio de nosotros y sigue guiando a la Iglesia, es el Espíritu que nos hace conocer hoy la Palabra de Jesús para este hoy de nuestra vida, es el Espíritu que nos lanzará a la calle en Pentecostés, como escucharemos que lanzó a Pedro y a los Apóstoles a las calles de Jerusalén y a los caminos del mundo.

Reavivemos nuestra fe, sintamos esa paz y esa seguridad que nos da Jesús para que no vivamos acobardados, pidamos con fuerza que venga el Espíritu a nosotros, a nuestra vida, a nuestra Iglesia, a nuestro mundo. No es despedida para nosotros sino promesa de presencia nueva que nos llena de nueva vida.