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sábado, 9 de abril de 2022

Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús poniendo toda la sinceridad de nuestra vida y todo lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy con esperanza

 


Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús poniendo toda la sinceridad de nuestra vida y todo lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy con esperanza

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

¿Qué hacemos? Es quizás la disyuntiva en la que nos encontramos muchas veces en la vida. Se abren distintos caminos ante nosotros, hay diversas cosas que podemos hacer, nos llegan diferentes ofertas y tenemos que decidirnos. Aunque estemos en la duda muchas veces. Todo nos parece igual de bueno o al menos es aceptable y eso mismo quizás aumenta nuestra duda.

Pero también lo podemos pensar en referencia a otras personas. ¿Qué va a hacer él? ¿Qué decisión tomará? Pero, claro, nosotros andamos en suposiciones, por lo que en otras ocasiones le hemos visto hacer, por lo que puedan ser sus gustos, pero lo esperamos o no lo esperamos, vendrá o no vendrá, qué es lo que va a hacer, sigue siendo para nosotros la incertidumbre.

En el evangelio estamos escuchando el relato de lo que van a ser momentos decisivos para Jesús. Se acerca la Pascua por El tantas veces anunciada. Y aquello que no entendían los discípulos que Jesús les decía que iba a pasar está a punto de realizarse. Ahora ha sido un momento decisivo después de la resurrección de Lázaro en Betania y la gente está muy entusiasmada por Jesús. Y los dirigentes judíos temen lo peor, que la gente los abandone y se vaya con Jesús, o que se pueda armar una revuelta en la que intervengan los romanos y pudiera haber incluso  una masacre. Por eso se ha reunido el consejo de los Sumos Sacerdotes que tienen que tomar una decisión. Les cuesta, porque saben cómo anda la gente detrás de Jesús. Será el Sumo Sacerdote el que fuerce la decisión, porque ‘no tiene que morir por todo el pueblo’. No sabe él que con sus palabras está dando cumplimiento a las Escrituras.

Pero Jesús se ha retirado más allá de Betania, más allá del Jordán y cuando la gente sube a Jerusalén porque ya se acerca la fiesta de la Pascua, se preguntan si Jesús vendrá o no vendrá a la fiesta. Es la disyuntiva con la que comenzábamos de alguna manera nuestra reflexión. Pero creo que esto tiene que hacernos reflexionar sobre la vivencia de nuestra pascua.

También quizá algunos se preguntan ¿qué hacemos? Se nos ofrecen también unas posibilidades de otras cosas en estos días que ya por tradición todo el mundo llama Semana Santa. Pensar en Semana Santa para un cristiano es pensar en estos días en que celebramos la pasión y la muerte del Señor, en que celebramos la Pascua con su resurrección. Para otros, semana santa significan unas vacaciones, unos viajes, unos días de playa, a lo más quizá para algunos ir a contemplar unas procesiones en algunos lugares que puedan ser más famosos o tener una tradición distinta; miremos lo que abunda estos días en las noticias y cómo es tratado el tema de la Semana Santa.

Y ahí en medio estamos nosotros, nos encontramos ya a las puertas del comienzo de las celebraciones y nos preguntamos también ¿qué hacemos? Puede que muchos hayamos tomado la decisión de quedarnos en casa, de participar en las celebraciones de nuestra parroquia, en los actos que se realicen allí donde vivimos. Pero, repito, la pregunta sigue estando ahí, ¿qué hacemos?

Porque también podemos tener diversas formas de estar o de participar. Son unas tradiciones, es algo que siempre hemos vivido en la familia, son unas celebraciones que reconocemos son hermosas e incluso emocionantes, pero ¿hasta donde llegamos? ¿Nos quedamos simplemente ahí? ¿Daremos un paso más para hacer todo eso parte de mi vida? como ya nos hemos preguntado en otro momento ¿Cómo uniremos nuestras celebraciones religiosas y litúrgicas con lo que estamos viviendo en estos días? ¿Llegaremos a descubrir la pasión de Cristo en el sufrimiento que estamos contemplando, en las expectativas angustiosas que todos podamos tener por la situación que vivimos?

Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús en su entrada en la ciudad. Vamos a ir poniendo toda la sinceridad de nuestra vida pero poniendo ahí lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy. Y vamos a celebrar la pascua como en verdad tiene que ser para un cristiano, algo que vivimos con esperanza, porque la fuerza de todo está en el amor.

Vamos a orar de verdad, vamos a poner de verdad a Cristo en nuestro corazón con esperanza de resurrección; no nos podemos quedar en la muerte, no quiere Cristo que nos quedemos en el dolor y en la muerte sino que lleguemos a la vida, para eso resucitó El. Vamos a darle intensidad profunda a lo que vamos a vivir en estos días.

viernes, 8 de abril de 2022

Cuando estamos a punto de comenzar las celebraciones de la pasión tendríamos que plantearnos cómo darles autenticidad en medio de la realidad actual que vivimos

 


Cuando estamos a punto de comenzar las celebraciones de la pasión tendríamos que plantearnos cómo darles autenticidad en medio de la realidad actual que vivimos

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

¿Por qué una misma cosa, en sí misma buena, puede tener diferentes reacciones por parte de quienes tengan que vivir esa realidad? ¿Por qué la luz mientras nos beneficia dando luminosidad al lugar en el que estamos, a otros les molesta porque por ejemplo se sienten deslumbrados? Podríamos pensar en muchas situaciones en este estilo, en las que unos se sienten gratamente, mientras otros están incómodos. O podemos pensar en las personas, que no provocan la misma reacción en quienes tienen contacto entre unos y otros, para unos puede ser motivo de rechazo, mientras otros las aceptan y se sienten complacidos, por ejemplo, de su presencia.

Es lo que provocaba la presencia de Jesús. Ya lo anunció proféticamente el anciano Simeón, que sería signo de contradicción, para que unos u otros caigan o se levanten. Ya Jesús nos pedirá decantarnos, o conmigo o contra mí. Y será la decisión que hemos de ir tomando a cada paso en nuestro seguimiento de Jesús. Incluso los más cercanos a Jesús en ocasiones se sentirán también confusos, porque no terminan de entender las exigencias de Jesús.


Es lo que contemplamos en esta página del evangelio que hoy nos ofrece la liturgia de este día; Algunos habían cogido piedras para apedrear a Jesús. Y al final nos dirá el texto que cuando Jesús se marcha más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando, algunos se preguntan sobre Jesús y nos dice el evangelista que allí muchos creyeron en El.

¿Pudiera ser la inquietud y la zozobra que muchas veces se produce dentro de nosotros en nuestros deseos y en nuestros intentos de ser verdaderos discípulos de Jesús? Ahora mismo que nos estamos acercando a los días en que celebraremos la pasión y la muerte de Jesús, pudiera sucedernos como a Pedro, que no lo entendemos, que como Pedro quisiéramos quitar de la cabeza eso del sufrimiento y de la muerte; que mirando la pasión de sufrimiento que hemos estado padeciendo  y que ahora de manera tan intensa se está viviendo en estos tiempos de guerra, nos duele, nos rebelamos, nos hacemos preguntas, hay cosas que no terminamos de entender de esta vida tan llena de odios, ambiciones y sufrimientos.

¿Y cómo encajamos todo esto que estamos viviendo en este mundo con lo que vamos a celebrar? ¿Intentaremos separar y que cada cosa vaya por su lado como si no hubiera relación entre una y otra? ¿Será que no queremos complicarnos la vida? ¿Preferimos quizá ensimismarnos en angélicas celebraciones sin querer sentir el ruido no de los tambores de una procesión sino de los tambores de la guerra? ¿Nos contentaremos con adornar de forma muy bonita y muy artística las imágenes de la pasión de Jesús mientras no queremos ver las imágenes de la pasión de Jesús en aquellos que están sufriendo los horrores de la guerra?

Muchas preguntas, muchos interrogantes pueden surgir dentro de nosotros, pero quizá huimos de ellos. Si alguien se atreviera a hablarnos de esas cosas horribles mientras hacemos nuestras bonitas celebraciones, quizá también saldríamos con piedras en las manos para que no nos digan cosas que molesten nuestros oídos o nuestra sensibilidad.

Podemos tener diversas formas de enfrentarnos a la celebración de la pasión de Jesús que tendremos intensamente en estos días. ¿Cómo tendríamos que vivir con auténtico sentido estas celebraciones en medio de la realidad del mundo que estamos viviendo? Es algo serio que tenemos que plantearnos.

jueves, 7 de abril de 2022

Creemos en la Palabra de Jesús plantándola en nuestra vida y tendremos vida para siempre que es mucho más que esas ansias de plenitud que lleva todo ser humano en su corazón

 


Creemos en la Palabra de Jesús plantándola en nuestra vida y tendremos vida para siempre que es mucho más que esas ansias de plenitud que lleva todo ser humano en su corazón

Génesis 17, 3-9; Sal 104; Juan 8, 51-59

¿Queremos vivir? ¿Queremos morir? Así directamente preguntado, damos por supuesta la respuesta. Nadie quiere morir, todos queremos vivir, aunque bien sabemos la realidad, que un día hemos de morir. ¿Le tenemos miedo a la muerte? ¿Le tenemos miedo a la vida? Es algo complejo, porque aunque muchas veces se nos hace difícil, queremos vivir, no queremos que nos llegue la hora de la muerte. Aunque quizás algunos la deseen, por los problemas que tienen, ¿por cobardía quizá por temor a tener que enfrentarse a los problemas de la vida? Es complejo todo lo que estamos diciendo, y al final amamos la vida, no queremos desprendernos de ella, aunque ¿Cuál sería esa vida de la que no queremos desprendernos para seguir viviendo?

En el fondo del corazón del hombre hay deseos de plenitud; ansiamos que todo eso bueno que vivimos lo podamos vivir en una plenitud para siempre, aunque algunas veces no sabemos ni cómo es eso, y nos llenamos de imaginaciones, como si ese vivir fuera seguir viviendo lo mismo que ahora vivimos. Y tenemos, entonces, que caminar guiados por la fe, en esto y en todo lo que es nuestro vivir. Porque esa plenitud no la vamos a tener por nosotros mismos, porque hay una esperanza en el corazón que nos da un sentido y un valor. Y aunque casi se nos presente como un misterio como seguidores de Jesús queremos creer en su palabra, aunque algunas veces también nos deje un tanto perplejos y desconcertados.

Es lo que le pasaba también a los contemporáneos de Jesús. Se sienten desconcertados con las palabras y las promesas de Jesús. No habían descubierto aún todo el misterio de Jesús, y por eso muchas veces sus palabras las tomaban solamente en un sentido muy humano, muy de tejas abajo. Cuando hoy les habla Jesús de vivir para siempre no lo entienden; como tampoco terminaron de entenderlo allá en la sinagoga de Cafarnaún cuando también les hablaba de que comiéndole a El tendrían vida para siempre. Ahora les habla de confiar en El, de creer en su Palabra, para alcanzar esa vida que dura para siempre.

‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’, les dice. No terminan de entenderlo. Eso de no ver la muerte no les podía caber en sus cabezas. Son palabras, es cierto, difíciles, porque cuando hablamos de vida o de muerte pensamos en la realidad de la experiencia de lo que es nuestro vivir de cada día, comemos, dormimos, trabajamos, disfrutamos de las realidades materiales de la vida, vivimos en contacto con los demás, pero un día este cuerpo se enferma, este corazón se para, y ya parece que todo se acabó. Cogiendo al pie de la letra las palabras de Jesús, ¿por guardar su palabra este cuerpo no se va a enfermar y consumir, este corazón no se va a detener?

Tenemos que darnos cuenta de que Jesús nos está hablando de otro vivir, de algo más profundo que esa vida corporal, de algo que es lo que da verdadero valor a todo eso que material a corporalmente realizamos, de todo eso que más allá de nuestro cuerpo en nuestra mente llevamos y que es realmente lo que nos eleva, nos hace ser espirituales.

No vale entrar ahora aquí en aquellas discusiones que mantenían con Jesús con todas aquellas comparaciones con Abrahán o con los profetas que un día murieron. Jesús les está revelando el misterio de sí mismo, pero no terminan de comprender. ‘En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy’.

Está haciéndoles una revelación del misterio de la divinidad de Jesús, algo que ellos no podían aceptar. Por eso le rechazan, de alguna manera lo están considerando como un blasfemo cuando cogen piedras para apedrearlo. No lo harán ahora, porque Jesús se les escabulle entre las manos – aun no había llegado su hora – pero no tardarán en llevarlo a la cruz y al calvario. Será la Pascua de Jesús, que levantado en lo alto nos va a manifestar todo el misterio de Dios, porque nos va a manifestar ese amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo, como hemos venido reflexionando y como nos estamos queriendo preparar para la celebración de esa Pascua.

Pongamos toda nuestra fe en la Palabra de Jesús y tendremos vida. El ha venido y se ha entregado por nosotros y por todos para que tengamos vida en abundancia, para que tengamos vida eterna, para que no sepamos lo que es el morir, como hoy nos dice. Creemos en la Palabra de Jesús, plantándola en nuestro corazón y en nuestra vida, y tendremos vida para siempre. El se nos da, y como recordábamos, nos ha prometido que quien le come vivirá para siempre, El nos resucitará en el último día, nos hace partícipes de su misma vida.

 

miércoles, 6 de abril de 2022

Sabemos bien de quien nos fiamos, por eso creemos en su palabra para ser sus discípulos y vivir la plenitud de la libertad de los hijos de Dios

 


Sabemos bien de quien nos fiamos, por eso creemos en su palabra para ser sus discípulos y vivir la plenitud de la libertad de los hijos de Dios

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal. Dn 3, 52a y c. 53a. 54a. 55a. 56ª; Juan 8, 31-42

¿Promesas que engatusan? ¿Promesas que estimulan? Seguramente preferimos las segundas. Estamos cansados de promesas. Es la cantinela continua de nuestros dirigentes, pero eso no solo ahora, sino en todos los tiempos. Promesas llenas de engaños, manipulando palabras y sentimientos, haciéndonos creer lo imposible, distorsionando la realidad. Y al final nos sentimos engañados cuando abrimos los ojos de verdad. Por eso nos hemos vuelto desconfiados; pero ya no es solo que no creamos en nosotros, o lo que nos dicen los que están a nuestro lado, sino que esa desconfianza nos puede llevar a temas y asuntos que son verdaderamente trascendentes para nuestra vida, como sería incluso el ámbito de la fe.

Tenemos que saber de quién nos fiamos. Y ya no nos quedamos en las palabras, sino que tratamos de ver la autenticidad de quienes las pronuncian, si hay verdadera congruencia entre lo que nos dicen y lo que es la realidad de la vida. y aquí sí tenemos que decir que sí, que creemos, que nos fiamos, que aceptamos la Palabra de Jesús porque  miramos su vida, porque estuvo dispuesto a dar su vida por esa verdad que proclamaba y al final terminó muriendo en una cruz. De quien da la vida por nosotros nos podemos fiar. Es lo que queremos hacer con el evangelio de Jesús, con la buena noticia que nos proclama Jesús.

Hoy ha comenzado el evangelio diciéndonos: ‘Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Fijémonos que está hablando a aquellos que habían creído en El. Y es como una invitación a la confianza, a permanecer en la certeza de esa Palabra que habían escuchado y en la que creían; y quienes creen en Jesús y le siguen son sus discípulos, y el discípulo va a conocer toda la verdad que le enseña su Maestro; el discípulo de Jesús, el que cree y sigue a Jesús, va descubrir la verdadera sabiduría de su vida, va a encontrar la plenitud de su ser, ‘la verdad os hará libres’.

Claro que a continuación de estas palabras de Jesús se va a armar una discusión y un rechazo; pero no serán los que le aceptan y creen en él los que le discutan las palabras de Jesús y los que le rechacen, son aquellos que no quieren creer en Jesús ni en su palabra. Vendrá lo de que si son hijos de Abrahán, que no son hijos de una prostituta, que ellos se sienten libres y Jesús les hará comprender como están cegados y es la mentira la que envuelve su vida, por eso están llenos de pecado.

Jesús ha venido para arrancarnos de ese pecado; Jesús ha venido para quitarnos esa venda de los ojos que nos ciega; Jesús es el que viene en verdad a liberarnos de toda esclavitud; Jesús es el que viene en verdad a engrandecer nuestra vida, no hace grandes porque nos hace hijos de Dios. Pero tenemos que creer en El, fiarnos de su Palabra, dejarnos conducir por su Espíritu, llenarnos de su verdad y de su vida. No tenemos otro camino que Jesús. En El tenemos que creer. Nos sentimos en verdad estimulados con sus palabras para emprender con decisión ese camino de la fe.

Momento, pues, de reafirmar nuestra fe en Jesús. No solo como unas palabras que decimos o que repetimos; es con el convencimiento de nuestra vida, con lo que hemos de dar autenticidad a las palabras que pronunciamos para proclamar nuestra fe. Si antes pedíamos autenticidad en las palabras que nos dicen para creer en ellas, en consecuencia expresemos nosotros esa congruencia de nuestras palabras con nuestra vida para que sea auténtica nuestra fe. Que las palabras con las que proclamamos una fe no vayan por un lado mientras en la realidad de la vida vamos por otros derroteros, bien lejanos de esa fe. Es la sinceridad también con la que nos acercamos a la Pascua.

martes, 5 de abril de 2022

Está ya cercana la Pascua, busquemos de verdad al que va a ser levantado en lo alto donde encontramos la Salvación

 


Está ya cercana la Pascua, busquemos de verdad al que va a ser levantado en lo alto donde encontramos la Salvación

Números 21, 4-9; Sal 101; Juan 8, 21-30

Hay ocasiones en que parece que no terminamos de ponernos de acuerdo entre lo que buscamos y aquello que realmente se nos puede ofrecer; equivocamos el camino, equivocamos la búsqueda, entramos en confusiones desde nuestros particulares intereses, o desde la influencias que recibimos de nuestro entorno, entre lo que son nuestras expectativas desde nuestros particulares intereses o manera de ver las cosas y lo que realmente nos vamos a encontrar.

Así andaban los judíos con Jesús; tenían su particular visión de lo que había de ser el Mesías que tanto ansiaban y esperaban, y lo que realmente estaba anunciado por la Escritura. Lo vemos incluso entre los discípulos más cercanos a Jesús que andan con sus intereses, que se pelean en sus discusiones por quien había de ser el más importante en ese reino nuevo instaurado por el Mesías, que en sus ambiciones se valen de sus propios familiares a ver si pueden conseguir un lugar importante en ese Reino que veían como tan inminente desde las propias palabras de Jesús, que aun andaban cuantificando cuanto habían puesto de su parte y cuál iba a ser la recompensa en ese Reino nuevo. No terminaban de entender lo que era el Reino de Dios anunciado por Jesús, y desde sus expectativas y la imagen que se habían creado en sus cabezas, así andaban ahora con sus ambiciones.

Si así les pasaba a los discípulos más cercanos que escuchaban directamente las enseñanzas de Jesús y sus especiales explicaciones para ellos, qué no iba a suceder en la gran masa de los judíos que además se veía manipulada por sus dirigentes. De ahí, esas discusiones que escuchamos de Jesús con los judíos ahora que ha subido a Jerusalén para la ya cercana pascua.

Jesús les dice claramente que andan en una confusión, que no acaban de entender, ellos se preguntan y le preguntan ‘entonces ¿Quién eres tú?’ Y Jesús ahora, sin que casi se lo pidan aunque ya habría otros momentos en que con insistencia pedían una señal para creer en El, les ofrece una señal, aunque no terminan de entender. ‘Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.

Una referencia a lo sucedido en el camino del desierto cuando fueron mordidos por las serpientes y muchos morían. Entonces también las mentes habían estado muy cerradas para no ser capaces de ver la mano de Dios que les iba conduciendo por el desierto. Como una prueba aquella invasión de serpientes en medio del campamento les hizo recapacitar para volverse de nuevo a Dios. Y Moisés les ofrece la señal de la serpiente de bronce levantada en medio del campamento, Les recordaba su pecado pero les había mirar lo que era la misericordia de Dios que les liberaba de tantos males mientras los conducía hacia la tierra prometida aunque la travesía del desierto fuera demasiado dura.

Ahora Jesús les habla del que va a ser levantado en lo alto, como aquella serpiente de bronce un día se levantara en medio del campamento; entonces le reconocerían, entonces podrían comenzar a pensar en Jesús de otra manera. Aunque no todos lo vieran y reconocieran, pero así fue levantado en alto el Hijo del Hombre, que sería la gran señal, la más hermosa prueba de lo que era el amor de Dios por nosotros que no paró hasta entregarnos a su propio Hijo.

Nosotros en estos días que se acercan vamos a levantar muchas veces nuestros ojos al Crucificado; muchas imágenes de Cristo en la cruz van a pasar delante de nuestros ojos y vamos a contemplar. Pero ¿qué es lo que vamos a contemplar? No es una pregunta baladí la que me estoy haciendo. Contemplaremos imágenes que nos moverán a nuestro fervor; contemplaremos imágenes ante las que nos quedaremos impresionados por su realismo o por su belleza; contemplaremos imágenes y nos podemos quedar en bellos crucificados, imágenes artísticas que nos hacen quedarnos en su arte o quizá en sus adornos… ¿Qué es lo que vamos a contemplar? ¿A quien vamos a contemplar?

Necesitamos una seria reflexión en este camino cuaresmal de preparación. Tenemos que aunar de verdad lo que buscamos y queremos contemplar con lo que Dios nos ofrece en el Jesús del evangelio.

lunes, 4 de abril de 2022

Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

 


Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Una piedra, una roca, puede ser sólido cimiento de un enorme edificio que podamos construir; básicamente la piedra era fundamental en la construcción de cualquier edificio o monumento, porque eran la base de las columnas que sostenían el edificio, de las paredes con que era construido y así en mil detalles más incluso en la ornamentación. Pero una piedra podría ser elemento de destrucción y de muerte como aquella roca que se desprende de la montaña y echa abajo aquella hermosa figura construida de valiosos metales en el sueño descifrado por el profeta; elemento de muerte porque un golpe en una piedra o con una piedra puede quitarnos el sentido y la vida.

A través del evangelio la imagen de la piedra o de la roca aparecerá con diversos significados, desde la roca – Pedro, piedra – sobre la que Cristo quiere edificar su iglesia, o como en el caso que se nos ofrece hoy en el evangelio el ser apedreado era castigo mortal para quienes eran descubiertos en adulterio. Es la acusación que traen contra aquella mujer a la que pretendían apedrear en cumplimiento de la ley de Moisés, pero en la intenciones de quienes vienen con la acusación contra quien quieren lanzar piedras es contra Jesús porque con aquel juicio en el que pretendían inmiscuirle estaba la mala intención de ver como cogerían a Jesús en sus propias palabras y acciones para tener de qué acusarle.

Jesús, en este caso lo desbarata todo cuando apela a la sinceridad de la conciencia de cada uno de aquellos acusadores. ¿Podrían en verdad acusar? ‘El que esté libre de pecado que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús después de tensos momentos de silencio buscando respuestas y actuaciones. ¿Quién puede en verdad sentirse tan justo como que pueda tirar la primera piedra?

Sin embargo, seguimos tirando piedras. Aunque el desafía de Jesús nos deja en desazón pronto lo olvidamos y en la vida de mil manera seguimos tirando piedras, porque seguimos juzgando y seguimos condenando, seguimos poniendo en entredicho lo que hacen o lo que dicen los demás o seguimos creando desconfianzas, seguimos con la palabra malévola dicha en el momento oportuno para crear una confusión o seguimos ocultándonos detrás de las persianas de nuestras cobardías cuando vemos algo que realmente es injusto y nada hacemos por denunciarlo o desbaratarlo, seguimos con la sonrisa maliciosa en la alegría que nos pueda producir el daño de los demás o seguimos provocando a la gente en aquello que sabemos que los solivianta pero no para construir cosas buenas sino para mover quizás muchas veces al alboroto y la violencia porque dicen que a río revuelto ganancia de pescadores y siempre queremos sacar beneficio hasta de lo que pueda perjudicar a los demás. Son tantas las piedras que seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno.

Jesús quiere ponernos hoy en sobre aviso. Algunas veces es una pendiente resbaladiza en la que nos metemos porque vamos de buena voluntad por la vida, pero no miramos bien las consecuencias de nuestros actos, nuestras palabras, nuestros comentarios, nuestros gestos, nuestras actitudes. Tenemos que pensarnos bien lo que hacemos, lo que decimos, los gestos que podamos tener con los demás, para desterrar toda malicia, toda mala intención, para que sepamos ir por la vida con una mirada limpia, pero también con una palabra sincera y con muchos gestos de amor. Que nunca más por culpa nuestra caigan piedras sobre los demás.

domingo, 3 de abril de 2022

La tarea del cristiano, la tarea de la Iglesia como la de Jesús de ser signo de la misericordia de Dios que levanta y rehabilita al pecador llenándolo de nueva vida

 


La tarea del cristiano, la tarea de la Iglesia como la de Jesús de ser signo de la misericordia de Dios que levanta y rehabilita al pecador llenándolo de nueva vida

Isaías 43, 16–21; Sal 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11

Si en la vida nos miráramos más a nosotros mismos con sinceridad otras serían nuestras actitudes tantas veces condenatorias para con los demás, se desinflaría pronto la violencia de la condena y comenzaríamos más a tender la mano para ayudar a levantarse al caído como nos gustaría que nos dieran la mano para hacer nuestro propio camino de retorno. No somos sinceros para mirarnos, no somos humildes para reconocer que necesitamos esa mano tendida, no tenemos la valentía de ponernos a dar los pasos del retorno de las miserias en que nos vemos envueltos, seríamos más generosos con los demás para caminar a su lado en esa difícil tarea y camino de rehacer una vida rota.

Es lo que nos ofrece hoy el evangelio en este quinto domingo de cuaresma. Es el paso final para el encuentro definitivo con la misericordia; es el duro momento quizá en que nos vemos hundidos pero que se convierte en un momento de esperanza cuando sentimos la mirada misericordiosa del Señor sobre nosotros.

¿Nos habremos preguntado de verdad cómo se sentiría aquella mujer que fue arrojada a los pies de Jesús casi con una sentencia de condena ya prefijada? Era mucho más que la vergüenza de verse señalada con el dedo y acusada; era el peso de la muerte de la que le parecía que no se libraba. Y ese momento que se convierte en un momento supremo para la persona contemplaría su vida y sus errores, contemplaría su pecado y todo lo que la había arrastrado hasta ese momento. Los gritos de sus acusadores le taladraban no solo sus oídos, sino que se sentiría desgarrada hasta lo más hondo de sí misma.

Pero se hizo silencio. Cesaban los gritos de los acusadores y se esperaba la palabra final. Quien parecía que tenía esa palabra también guardaba silencio aunque ahora se palpaba que todas las miradas se dirigían a El, a Jesús, que agachado hacía garabatos en el suelo. Algún nuevo grito rompía aquel silencio y al final se escuchó la palabra de Jesús. ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Y el silencio volvió a envolver aquellos momentos roto por unos pasos silenciosos que se arrastraban alejándose del lugar.

Ahora Jesús sí la miraba. ‘¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?’ Tímidamente como quitándose un peso de encima finalmente se oye la voz de la mujer. ‘Ninguno, Señor’. Y en los ojos de Jesús pudo contemplar aquella mujer lo que era la misericordia de Dios. Una mirada que la levantaba y no ya de aquel suelo donde la habían arrojado, sino del infierno en que ella misma se había metido. Una mirada de vida que rehacía la vida, una mirada de amor que llenaba de esperanza el corazón, una mirada intensa que rehabilitaba y ponía en camino. ‘Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.

Qué nuevos caminos se abren cuando nos encontramos con la misericordia del Señor. Pero, como decíamos, tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos con sinceridad y con mucha carga de humildad. Es así cómo experimentamos la misericordia de Dios en nuestra vida; será así cómo aprenderemos a mirar con ojos de misericordia al hermano que camina a nuestro lado comenzará a surgir una nueva sensibilidad en el corazón.

Cuando en verdad nos sentimos amados de Dios nuestro corazón se llena de una nueva ternura que se va a traslucir en actitudes nuevas para con los demás, en gestos de verdadera misericordia con el hermano, en manos tendidas para levantar, para ayudar a rehabilitarse, para saber caminar al lado del otro, para ofrecer nuevas oportunidades, para creer de verdad en la persona y en todas sus posibilidades.

Lo tenemos que experimentar en nosotros mismos dejando que cale en nosotros esa mirada de amor que Jesús nos ofrece porque así sentimos tantas veces el amor y la misericordia de Dios; ese amor de Dios que rehace nuestra vida por muy rota que la tengamos, ese amor de Dios que sigue contando con nosotros a pesar de nuestras flaquezas y debilidades tantas veces repetidas; ese amor de Dios que nos transforma para que nosotros seamos esos instrumentos de la misericordia de Dios para con los demás.

Porque esa tiene que ser nuestra tarea; esa es la buena noticia que nosotros hemos de transmitir a los demás; esas han de nuestras nuevas actitudes, nuestros nuevos gestos con los que iremos ayudando a los demás, ese nuevo corazón con el que nos acercaremos siempre a los otros. Esa ha de ser siempre la tarea de la Iglesia, Iglesia de misericordia y de compasión, Iglesia que camina junto al mundo para iluminarla con su luz, Iglesia que tiene que acercarse siempre al hombre pecador, no para lanzar la piedra de la condena, sino para tender el brazo en que se apoye para levantarse e iniciar nuevo camino.

¿Sabremos hacerlo siempre así? ¿Lo hará siempre así la Iglesia con el hombre pecador o con el mundo lleno de pecado? Es un reto muy grande el que tenemos entre manos.

sábado, 2 de abril de 2022

Aunque ya muchas veces hayamos reflexionado y rumiado la Escritura, escúchala ahora como si fuera la primera vez para que se convierta de verdad en evangelio para tu vida

 


Aunque ya muchas veces hayamos reflexionado y rumiado la Escritura, escúchala ahora como si fuera la primera vez para que se convierta de verdad en evangelio para tu vida

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’, fue la respuesta que dieron los guardias a los sumos sacerdotes del templo que los habían enviado a prender a Jesús. ‘¿Por qué no lo habéis traído?’, preguntaban ante el incumplimiento de sus órdenes.

Pero aquellos guardias sencillos de corazón se habían sentido cautivados por la palabra de Jesús. Como la gente sencilla que le reconocían como el profeta, que casi le proclamaban como el Mesías. Aunque vinieran los entendidos de turno a argumentar que Jesús no podía ser el Mesías, simplemente por el hecho de que venía de Galilea, y el Mesías no sabían de donde vendría.

Aquel fariseo de noble corazón que una noche había ido a hablar con Jesús les argumenta que no se puede condenar a nadie sin haberle escuchado; pero también le rechazan como si fuera un ignorante, argumentando que sabían que Jesús venía de Galilea y de allí no había surgido nunca un profeta. Como si Dios tuviera unos límites para escoger a los profetas que enviase al pueblo para transmitirles su palabra. Los sabios y entendidos de siempre que todas se las saben.

Nos recuerda aquel momento en que Jesús da gracias al Padre porque los misterios de Dios los está revelando a los pobres y a los sencillos y no a los que se creen entendidos; el profeta también había anunciado que la buena nueva se le anunciaría a los pobres, porque una señal de la venida del Reino era que los pobres serían evangelizados.

Son los que escuchan a Jesús, son los que entran de verdad en la sintonía de Dios, serían los que le proclamarían como un profeta y que lo llamarían el enviado del Señor, reconociendo que en Jesús Dios ha visitado a su pueblo. Lo proclamaría proféticamente el anciano Zacarías que bendice a Dios que ha visitado a su pueblo por su entrañable misericordia. Es lo que vamos contemplando a lo largo del evangelio porque en Jesús se manifiesta la misericordia del Señor; son los que rodean continuamente a Jesús y hasta serán capaces de irse al desierto sin provisiones para estar con El, para escuchar su Palabra.

Lo contemplamos hoy en el evangelio en este camino que vamos haciendo con Jesús y su Palabra hasta la Pascua. Es lo que va alimentando ahora nuestra fe, para que seamos capaces también nosotros de entrar en la sintonía de Dios. ¿Qué necesitamos? El corazón de los humildes y de los sencillos, porque será a los que se revela el Señor. Es importante. Tenemos a veces la tentación de darle vueltas y vueltas al Evangelio, buscarle explicaciones o formas de aplicarlo a nuestra vida que podemos llegar a querer ser esos entendidos que a la larga con nuestros orgullos lo que hacemos es cerrar el corazón.

Muchas veces, por otra parte, creemos sabérnoslo todo y lo que hacemos es cerrar el corazón; cuantas veces cuando lo escuchamos ya vamos con nuestras respuestas, nuestras explicaciones o nuestras consideraciones previamente preparadas y no terminamos de abrir el corazón a la novedad que siempre ha de tener el evangelio para nuestra vida. Si lo despojamos de esa novedad ya no es noticia, ya no es buena noticia para nosotros y terminamos por hacerlo algo viejo en nuestra vida desvirtuando su mensaje de salvación que tiene que llegarnos al hoy de nuestra vida.

Aunque ya muchas veces lo hayamos reflexionado y rumiado, escúchalo ahora como si fuera la primera vez que lo escucharas para que se convierta de verdad en buena noticia, en evangelio para tu vida. Entonces sí que podremos decir nosotros también ‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’.

viernes, 1 de abril de 2022

Es hora de que los cristianos nos manifestemos con claridad y total libertad frente a un mundo que quiere hacernos callar

 


Es hora de que los cristianos nos manifestemos con claridad y total libertad frente a un mundo que quiere hacernos callar

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Sal 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Siempre nos encontramos con situaciones así, gente incomprendida, gente que no es valorada ni se le tiene en cuenta, gente a la que se le rechaza porque piensan distinto, y quizá su gran pecado es pensar distinto a las corrientes que están de moda; porque muchas veces lo que llaman opinión pública viene por rachas, porque ahora toca hablar de esto y todo el que no piense como aquellos que se creen dirigentes tratando de imponer sus puntos de vista a la sociedad serán unos fachas, como se dice ahora, o son unos retrógrados.

Muchas veces parece que la libertad de expresión es solo para los que llevan la sartén por el mango a la  hora de manipular medios de comunicación o redes sociales. Muchas cosas que se dicen están muy bien dirigidas para empañar una imagen, para hacer ver las cosas según sus intereses. Y como no se piense como lo que ellos dicen que se consideran la mayoría, ya no se les acepta, se les rechaza, se les pone no se cuántos sambenitos.

¿Hasta dónde llega una libertad verdadera? Ese pluralismo del que hacemos gala, ¿será solo para algunos asuntos interesados mientras los que piensen distinto son relegados a otro plano? Lo políticamente correcto, que se dice hoy. Lo vemos en tantas facetas de la vida social. ¿Hasta dónde somos capaces de respetarnos unos a otros aunque tengamos opiniones diferentes? Porque a algunos si pudiéramos no les dejaríamos hablar.

Y esto nos está sucediendo hoy cuando queremos hablar de nuestra fe, cuando desde nuestras convicciones éticas, desde nuestras convicciones morales derivadas de lo que es nuestra fe queremos expresarnos. Lo que entre en el ámbito religioso se quiere hoy relegar a lugares ocultos, por decirlo suavemente, y se manipula lo que sea necesario con tal de echar lodo sobre los cristianos y sobre la Iglesia. Cuando no pueden hacer otra cosa y no queda más remedio que permitir unas manifestaciones religiosas, las convertimos en tradiciones culturales y si pueden le cambian o tergiversan el nombre, pero despejándolas de todo el sentido de la fe. Mira en lo que han querido convertir muchas de nuestras celebraciones cristianas.

Nos hace falta una valentía grande a los que queremos ser consecuentes con nuestra fe y manifestarnos como creyentes y con unas posturas bien diferenciadas en medio de la sociedad. Algo que tenemos que tomarnos muy en serio los cristianos que queremos manifestarnos con autenticidad.

Me ha sugerido toda esta reflexión lo que venimos escuchando en el evangelio. Jesús es rechazado, ya andan tramando cómo quitarlo de en medio. Cuando sube a la fiesta de los Tabernáculos no sube abiertamente con todos, sino que lo hará más tarde. Cuando la gente se entera de que anda por Jerusalén hasta algunos ya llegado el bulo de que Jesús no subía a Jerusalén para la fiesta. Ya alguien se encargaría de ir dejando caer noticias y comentarios.

A los judíos no les interesaba tampoco que Jesús se manifestara abiertamente a la gente. Pero allí está Jesús con su Palabra clara y valiente manifestando cual es su misión y como se siente enviado por el Padre. El sabía a lo que se exponía con su subida a Jerusalén, como sucederá más tarde con la fiesta de la Pascua, pero allí está Jesús con su mensaje y su misión. No vale esconderse, no vale ocultarse aunque evite violencias innecesarias, porque aun no ha llegado su hora.

Nos tiene que hacer pensar, reflexionar sobre la valentía con que nosotros manifestamos que somos creyentes, que confesamos que Jesús es nuestro único Salvador. No siempre damos la cara como deberíamos hacerlo, andamos también con nuestras prudencias y hasta nuestros miedos. ¿Por qué no manifestamos abiertamente lo que somos y en lo que creemos? Sintamos la libertad de los hijos de Dios. Con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor.

 

jueves, 31 de marzo de 2022

Que el Espíritu del Señor nos ilumine y mueva nuestros corazones para que seamos capaces de descubrir las señales de Dios en Jesús, nuestra única salvación

 


Que el Espíritu del Señor nos ilumine y mueva nuestros corazones para que seamos capaces de descubrir las señales de Dios en Jesús, nuestra única salvación

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47

La vida del ser humano podíamos decir que en cierto modo es siempre una vida de búsqueda; desde que nacimos y comenzamos a palpar la realidad que nos rodea la criatura está en esa búsqueda, quiere conocer, quiere palpar todo cuanto le rodea diferenciando lo que es su propia vida de la vida del entorno que le rodea; sus ojos, y podíamos decir que su mente está siempre abierta y atenta a lo que sucede y en la medida que crecemos y va madurando nuestra mente comienzan también los porqués de cómo son las cosas, cómo es la vida, cómo es lo que le rodea, hasta que se hace las preguntas más profundas sobre su propio ser, su vida y lo que realiza o ha de realizar en ese mundo que va descubriendo.

Siente el ser humano que su vida se trasciende, no se queda solo en el momento, en lo presente, descubre que hay un más allá, pero hay algo también más arriba porque siente que está por encima de todo, que todo lo gobierna o todo le da sentido. Es la búsqueda y el encuentro con el sentido de Dios, donde surgirán las preguntas más trascendentales y en cuya respuesta va a ir encontrando el sentido de su vida. no siempre quizás sabemos hacernos las preguntas de la forma más correcta, y no siempre sabemos encontrar la respuesta; nos dejamos guiar por la experiencia de quienes viven junto a nosotros y en quienes ponemos también nuestra confianza para alcanzar esas respuestas, o para alcanzar ese sentido de la propia vida.

Sin embargo podemos obcecarnos, sucede que se nos cierra la mente, que nos quedamos quizás paralizados en un momento sin saber seguir adelante, o sin tener la valentía de buscar y de dejarnos guiar; hay cosas que desde lo material que vivimos también puede cerrarnos puertas y perder esa capacidad de trascendencia, ese sentido espiritual de la vida y del ser humano. Quizás podemos tener pruebas palpables de lo que nos da sentido, pero seguimos encerrados en nuestras ideas o en nosotros mismos y no somos capaces de ver.

Es la búsqueda del ser humano, es la búsqueda de la vida, es la búsqueda de Dios. Y Dios va dejando señales de su presencia, señales para que le podamos encontrar, Dios viene a nuestro encuentro y se nos da a conocer. Es la revelación de Dios. Es lo que está en ese fondo de nuestra religión cristiana, es la revelación que Jesús va haciendo de sí mismo, pero es la revelación que nos hace de Dios. Por eso le llamamos la Palabra, la revelación de Dios; es Dios mismo que nos habla, pero tenemos que saber escuchar, tenemos que abrirnos a ese misterio porque si seguimos encerrados en nuestras propias ideas no nos abriremos nunca a lo que Dios de si mismo quiere revelarnos.

En el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece estamos viendo como Jesús se nos revela, pero nos está diciendo las señales y las pruebas para que podamos encontrarle, para que podamos escucharle y conocerle. Nos dice que tenemos que ver sus obras, son la garantía del Padre que nos señala a Jesús, como en otro momento nos dice que tenemos que escucharle, porque es el Hijo amado; pero Jesús apela al testimonio de Juan, pero también a lo anunciado de El en la Escritura, nos dice que hay que escuchar a Moisés.

Los contemporáneos no Jesús no terminaron de comprenderlo; no supieron leer esos signos y señales para conocerle. Son las diatribas entre Jesús y los judíos, que escucharemos en estos días en el evangelio. Abramos nuestro corazón, dejémonos conducir, seamos capaces de ver las señales, para que seamos capaces de reconocer que solo en Jesús podremos encontrar la verdadera salvación.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos con valentía frente a mundo que quizás no nos entiende

 


Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos con valentía frente a mundo que quizás no nos entiende

 Isaías 49,8-15; Salmo 144; Juan 5, 17-30

Hay momentos en los que tenemos que tomar partido y hay que decantarse en un sentido o en otro; no siempre es fácil, porque tenemos miedos e inseguridades en nuestro interior, porque nos cuesta entender que tomar una decisión nos lleva a arrostrar las consecuencias, porque algunas veces parece que preferimos nadar entre dos aguas, como suele decirse, porque sabemos que según la decisión que tomemos habrá quienes quizás nos alaben pero habrá muchos que estarán en contra; hoy hablamos de decisiones, posturas, actitudes que no son siempre políticamente correctas, porque quizás nos llevaría a enfrentarnos a unas mayorías, o al menos más bulliciosas, que son de opinión distinta a lo que nosotros podamos opinar.

Nos pasan cosas así cuando tenemos que dar opinión sobre una situación social, por ejemplo, cuando tenemos que decantarnos por una posición llamémosla ideológica, cuando queremos actuar según unos principios, cuando tenemos que ponernos al lado de seres indefensos, por ejemplo, a los que tendríamos que defender frente a jaurías que ladran en contra. Y esto nos cuesta cuando tenemos que presentar la fe que tenemos y que es el aliento de nuestra vida; en un mundo de increencia, que se manifiesta laico y contrario a todo sentimiento religioso, cuando nos dicen que eso de la fe y de la religión es algo privado y no tiene que tener ninguna manifestación pública… muchos momentos que vivimos y nos cuesta dar la cara.

Nos hace falta una fe valiente; nos hace falta tener arrojo en nuestro interior para manifestar públicamente nuestra fe y dar testimonio de ella con una vida que obra en consecuencia. Tenemos que saber arrostrar todas las consecuencias, aunque quizás nos hagan pasar por momentos malos. ¿Dónde encontrar esa fuerza interior? ¿Dónde apoyarnos para sentirnos verdaderamente valientes y demos la cara por aquella fe que tenemos?

Diría, por así decirlo, una sola palabra, una actitud: miremos a Jesús. En el evangelio hemos venido escuchando cómo Jesús según sube a Jerusalén para aquella pascua le va anunciando a los discípulos todo lo que va a suceder aunque ellos no terminen de entender. Hay un momento en el evangelio que parece que Jesús va deprisa en su subida, va delante de sus discípulos y sin hacer parada, por así decirlo. Jesús sabe a lo que sube a Jerusalén, el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los gentiles, como les repite tantas veces.

Ahora en estos días que nos restan para la celebración de la pasión y muerte del Señor, para celebrar su Pascua y resurrección iremos escuchando el relato de lo que fueron aquellos días en Jerusalén. Jesús se está manifestando claramente como el Hijo de Dios, que ha venido con una misión y que El no realiza ninguna otra cosa sino la obra que el Padre le encomendó. En el Evangelio de san Juan, que es el que principalmente iremos escuchando, se emplea la expresión los judíos, en esa referencia sobre todo a aquellos que se oponían a su misión y se enfrentaban a Jesús y que son los que le llevarían a la muerte.

Hoy ya le hemos escuchado cómo si creemos en El tendremos vida para siempre porque estamos llamados a la resurrección. ‘En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán… No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio…’

Pero nos dice también: ‘En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’.

Sí, estamos llamados a pasar de la muerte a la vida, estamos llamados a la Pascua. Lo vamos a vivir y celebrar intensamente en las celebraciones pascuales de los próximos días, pero es algo que tiene que ser siempre el centro de nuestra vida.  No importa que no seamos comprendidos, no importa que el mundo vaya por otros derroteros y hasta muchas veces muchos cercanos a nosotros que se dicen cristianos y tener fe, pero que no acaban de comprender de verdad el sentido de la Pascua que vamos a celebrar, y o se quedan en cosas superficiales o se olvidan de lo que significan para los creyentes estos días y se van por otros derroteros.

Es ahí, en ese mundo, donde tenemos que dar la cara y actuar con valentía en el testimonio de fe que tenemos que dar. Es ahí donde tenemos que decantarnos valientemente y sin ningún temor. Miramos a Cristo y cómo sube a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y queremos seguir sus mismos pasos.

martes, 29 de marzo de 2022

Abramos nuestros ojos para saber descubrir los caminos de Dios que nos hacen llegar la salvación a nuestras vidas

 


Abramos nuestros ojos para saber descubrir los caminos de Dios que nos hacen llegar la salvación a nuestras vidas

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

Algunas veces estamos envueltos por la luz y no sabemos de dónde viene la luz o cuál es la luz que en verdad nos ilumina. Caemos en cierta insensibilidad, nos acostumbramos a ver cosas ante las cuales ya no mostramos ni sorpresa ni admiración; nos parecen tan normales que no caemos en la cuenta de su valor. Pueden parecer un contrasentido las cosas que estoy diciendo, pero nos sucede en muchas cosas a las que terminamos por no darles valor siendo muy importantes en nuestra vida. Quien está envuelto por la luz y no sabe lo que es la luz, aunque parezca un contrasentido.

En los pasajes que hoy nos ofrece la Palabra de Dios, tanto el evangelio como la primera lectura hay detalles y cosas que quizá no terminamos de comprender. En el evangelio, por ejemplo, cómo fue posible que aquel hombre que fue curado no mostrara ningún interés por saber quién es el que lo había curado y a qué venía aquella curación.

Estaba tan ansiado por un día poder meterse en el agua para curarse y aunque reconocía que no había podido en tantos años, ahora le parece hasta en cierto modo normal que llegue alguien y sin ni siquiera ayudarlo a meterse en el agua le diga que tome su camilla y marche a su casa porque está curado. Ya nos da el detalle el evangelista que por el jaleo de la mucha gente que había en la piscina, Jesús trata de pasar desapercibido y una vez curado el hombre se escabulle entre la gente.

Por otra parte en la primera lectura habla de aquel torrente de agua que manaba debajo del templo y que va creciendo y creciendo de manera que poco a poco el que nos lo narra nos habla del hombre que se va metiendo en el agua hasta que le llega al cuello. Será a la vuelta cuando se de cuenta que ese torrente de agua está llenando de vida las orillas de manera que han ido surgiendo numerosos árboles cargados de ricos frutos. Tan absorto iba en la medida que se metía en el agua que no fue capaz de darse cuenta de la belleza que se está generando en su entorno. Nos cegamos en ocasiones con algunas cosas y no llegamos a admirar lo que en verdad produce maravillas.

¿Necesitaremos en verdad abrir los ojos para darnos cuenta donde están las verdaderas maravillas? ¿Tendremos que aprender a valorar lo que podemos encontrar en nuestro entorno, o lo bueno que recibimos de los demás para en verdad ser agradecidos por cuanto recibimos? ¿Nos cegaremos así ante la acción de Dios en nuestra vida? ¿No nos sucede muchas veces que vamos tan absortos en nuestras cosas que no nos damos cuenta de con quien nos vamos encontrando en la vida?


Jesús llegó a la piscina y supo apreciar el detalle; allí había un hombre que llevamos muchos años esperando el movimiento del agua para curarse. Tantos entrarían una y otra vez por aquellos lugares y no se darían cuenta de quién estaba allí arrinconado esperando una mano que le ayudara a dar unos pasos. De la misma manera que vamos tantas veces por la vida. Nos parecemos a aquel rico epulón de la parábola que no era capaz de darse cuenta del pobre Lázaro que estaba a su puerta.

Sepamos, por otra parte, apreciar la acción de Dios en nuestra vida. Cuántas veces acudimos a Dios con nuestras suplicas desde nuestros problemas y nuestros agobios pidiendo esa ayuda del Señor. Quizás esperamos una respuesta concreta y a nuestra manera que nos parece que no la conseguimos. Al final la vida sigue su curso y aquellas situaciones se fueron resolviendo o no tuvieron la gravedad que nosotros pensábamos al principio; y nos olvidamos de aquella oración que hicimos, de aquella súplica quizás muchas veces angustiada que le hacíamos a Dios.

Y ahora no somos capaces de ver que aunque no nos diéramos cuenta allí estuvo la mano del Señor, allí casi sin darnos cuenta pudimos sentirnos en paz, en un momento determinado cambió nuestra visión de las cosas y parece que ahora todo discurre por la normalidad, ¿por qué no reconocer que allí estuvo la gracia del Señor que nos ayudó a mantener la paz, a que las cosas discurrieran de otra manera, o que llegáramos a tener ahora una visión distinta de las cosas?

Un actuar de Dios silencioso, pero donde se hizo presente la salvación, el amor de Dios, y no lo llegamos a reconocer. Abramos nuestros ojos y veamos ese camino de Dios que llega a nosotros.

lunes, 28 de marzo de 2022

Queremos ser buenos y avanzar en los caminos de la fe y una y otra vez nos llenamos de dudas, pero nos ponemos en camino fiándonos de la Palabra de Jesús

 


Queremos ser buenos y avanzar en los caminos de la fe y una y otra vez nos llenamos de dudas, pero nos ponemos en camino fiándonos de la Palabra de Jesús

 Isaías 65, 17-21; Sal 29; Juan 4, 43-54

No me lo puedo creer; lo estábamos esperando con mucho ardor, lo pedíamos continuamente a quien tuviera posibilidad de que se nos concediera, pero cuando llegó el momento y alguien nos lo ofreció, no lo terminamos de creer, nos parecía imposible. Esto lo podemos referir a muchos aspectos o cosas de la vida, sea un premio, sea la consecución de un sueño, la meta alcanzada tras duros esfuerzos, en muchas cosas de la vida podemos leer esto que estamos hablando.

De alguna manera se quedó boquiabierto aquel funcionario que subió hasta Caná para pedirle que fuese a curar a su niño enfermo. El funcionario insiste ante los comentarios de Jesús de que solo creen si ven signos y prodigios. Si Jesús va a tardar mucho y se entretiene en cualquiera que le sale a su paso, piensa él, en lo que baja a Cafarnaún el muchacho se le muere; por eso insiste a Jesús: ‘Señor, baja antes de que se me muera mi niño’. Pero Jesús le dice que su hijo ya está curado, no hace falta que Jesús baje hasta Cafarnaún para esto. ‘Anda, le dice, tu hijo vive’. Aun no se lo cree porque cuando se encuentra en el camino a los criados que vienen desde Cafarnaún anunciándole que su hijo está curado, aun quiere hacer una comprobación más, preguntando por la hora en que lo dejó la fiebre. La misma hora en que Jesús le había anunciado que su hijo estaba vivo.

El hombre quiere creer, pero duda; el hombre viene con fe hasta Jesús, pero quiere de alguna manera palpar con sus manos, verlo con sus propios ojos, lo que Jesús hace para curar a su hijo; el hombre quiere creer todo lo que le anuncian pero aun no se lo puede creer y quiere hacer algunas comprobaciones más. Parece como si el amor que siente por su hijo le cegara para no terminar de creer en las palabras de Jesús, aunque le está pidiendo con la insistencia de la fe que vaya a curar a su hijo.

Nos pasa quizá tantas veces en los derroteros de nuestra fe. Pedimos pero dudamos; pedimos pero parece que no tuviéramos la certeza de que nos van a conceder lo que estamos pidiendo; pedimos pero queremos ver cosas extraordinarias y maravillosas y no parece que no nos valen las cosas pequeñas y sencillas.

Y queremos ser buenos y avanzar en los caminos de la fe y una y otra vez nos llenamos de dudas; nos dejamos arrastrar por las cantinelas que como cantos de sirena suenan alrededor; parece que nos puede mucho más el racionalismo imperante a nuestro alrededor; vivimos tan materializados en las cosas de cada día en las que luchamos por obtenerlas, pero se nos queda lejos el campo de lo espiritual, de lo sobrenatural.

No tenemos que dejarnos arrastrar por nuestras dudas y por nuestros miedos; no tenemos que acomplejarnos porque cuando vamos caminando este camino espiritual de la fe, los que caminan a nuestro lado no lo entienden y nos preguntan para qué nos sirve la fe; tenemos que aprender a caminar seguros en nuestras convicciones, con los pies bien firmes en ese camino de la fe para no tambalear ante cualquier corriente, ante cualquier vientecillo que quisiera apagarnos esa luz que nos puede parecer mortecina; tenemos que aprender a dejar de estar pidiendo tantas pruebas, para dejarnos conducir, para dejar que el Espíritu del Señor guíe en verdad nuestros corazones, nuestras decisiones, nuestros pasos.

Tenemos que creer en la palabra de Jesús y ponernos en camino. A donde quiera llevarnos el Espíritu. A dar nuestro testimonio valiente. A iluminar nuestro mundo con esa luz de la fe convencidos de verdad que en Jesús está la salvación.

domingo, 27 de marzo de 2022

Una parábola que nos habla de la mirada misericordiosa de Dios y nos enseña a tener una nueva mirada hacia los hombres, nuestros hermanos, buscando caminos de reconciliación

 

Una parábola
que nos habla de la mirada misericordiosa de Dios y nos enseña a tener una nueva mirada hacia los hombres, nuestros hermanos, buscando caminos de reconciliación

Josué 5, 9a. 10-12; Sal 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Algunas veces parece que nos duele que otros sean buenos y muestren un corazón misericordioso y compasivo con los demás; y es que muchas veces cuando le ponemos una marca a alguien, catalogándolo de una determinada manera, parece que esa marca es imborrable y por mucho que veamos que esa persona ha cambiado para nosotros sigue siendo la misma.

Es la dureza de nuestros juicios y condenas, es la malicia que ponemos en seguir marcando a alguien por un error, por algo que hizo mal en algún momento de su vida; como si nosotros hayamos sido siempre trigo limpio. Bien nos vendría recordar muchas veces aquello de Jesús cuando lo de la mujer adúltera que quien no tenga pecado que sea el que tire la primera piedra.

Siempre habrá alguien que recuerde, que saque de nuevo a relucir lo que sucedió con aquella persona en algún momento. Y cuidado que esas actitudes nos las encontramos alguna vez en personas que se tienen por buenas y piadosas. Bueno, era lo que sucedía en tiempos de Jesús, aquellos que se consideraban a si mismos los más puros serían los que andarían siempre recordando que los publicanos, las prostitutas, los pecadores siempre seguirían siendo los mismos y no merecerían la atención y el respeto de los demás, sino que había que alejarse de ellos, como se suele decir, como alma que lleva el diablo.

La motivación de la parábola que hoy Jesús nos ofrece está precisamente en la actitud de los fariseos y de los maestros de la ley que criticaban a Jesús porque se mezclaba con publicanos y pecadores. ‘Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Ya lo vemos en distintos momentos del evangelio que siempre están al acecho de lo que hace o dice Jesús.

Conocemos la parábola que hemos escuchado y meditado muchas veces y no es necesario repetirla de nuevo con todo detalle, aunque conviene releerla muchas veces - Lucas 15, 1-3. 11-32 - para escucharla de verdad en el corazón. El hijo que le pide su herencia a su padre y se marcha para vivir de mala manera. La vida dura e inhumana que tendrá que vivir cuando todo se acaba, y su ser capaz de levantarse para volver a la casa del padre.

Pero como bien sabemos la parábola no se acaba con la conducta negativa de ese hijo que se marchó de la casa del padre, sino que nos resaltará también la actitud negativa del hijo que parecía bueno, del que se quedó en la casa del padre, pero que su corazón estaba bien lejos de la actitud misericordiosa del padre que había recibido al que había marchado.

Es el orgullo y la envidia, es el desprecio y el resentimiento que invaden su corazón y le hace incapaz para la misericordia y el perdón. Tampoco él, como aquellos fariseos que no querían mezclarse con los publicanos, quiere mezclarse con su hermano que ha vuelto; para él seguirá siendo el hermano perdido, ya no lo llamará hermano; será un barrera que se interponga también con la actitud misericordiosa del padre para quien no tendrá sino quejas y reproches.

Pero en medio está el gran personaje, por así decirlo, de la parábola, el padre. El padre que siente el dolor de la ruptura de sus hijos, no solo es la ruptura de quien marchó de su casa y de su hogar, sino es el dolor del hijo que no sabe perdonar ni acoger como él lo está haciendo. Es el padre que espera paciente, que busca la manera de salir al encuentro, que corre gozoso al encuentro del hijo que vuelve, pero que va en búsqueda del hijo que con su actitud se quiere marchar, está creando barreras, sigue manteniendo un corazón endurecido e insensible.

Es el padre que nos está mostrando lo que es el amor de verdad, que no reprocha ni condena, que siempre espera y siempre está a la búsqueda, que tiene sensibilidad en su corazón para descubrir las tragedias que pueden están desarrollándose en el corazón de los hijos, ya estén lejos o ya estén físicamente cercanos, pero lejos de corazón como sucede con el hijo mayor.

Es la gran lección que nos está dando hoy Jesús, porque nos está hablando del amor misericordioso de Dios, que también a nosotros nos llama y nos espera, también viene en nuestra búsqueda y nos ofrece los brazos y abrazos de su amor. Porque ahí en esos hijos estamos retratados nosotros, porque muchas de esas posturas, actitudes y rupturas ha habido en muchas ocasiones en nosotros. Nos está enseñando a dirigir nuestra mirada a Dios y nos dejemos mirar por El, pero aún más que nosotros aprendamos también a tener una mirada como la de Dios. Nuestra mirada a Dios, repito, la mirada de Dios sobre nosotros, pero la nueva mirada que hemos de tener para los demás.

Es la mirada de la Pascua, es la mirada que vamos a recibir desde la cruz, como la mirada que nosotros elevaremos al que está levantado en lo alto; es la mirada con que hemos de bajar nosotros del Calvario y de la Pascua para ir al encuentro de ese mundo que nos rodea. Es una mirada que se hace oración porque invocamos la misericordia de Dios sobre nosotros y sobre nuestro mundo; pero es también una acción de gracias porque en esa mirada nos sentimos especialmente amados de Dios; pero es la súplica también por nuestro mundo roto por tantas miserias y tantas ambiciones, por tanta violencia y por tanta guerra, por tantos orgullos que nos dividen y crean barreras, es la súplica que se hace compromiso por la paz.

No olvidemos, como nos dice san Pablo, que tenemos que ser ministros de reconciliación.