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sábado, 14 de agosto de 2010

De los que son como ellos es el Reino de los cielos

Ez. 18, 1-10.13.30-32;
Sal. 50;
Mt. 19, 13-15

‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos’
. ¡Qué ternura Jesús rodeado de los niños!
Era habitual entre las gentes llevar a sus niños a los maestros o doctores de la ley o a los hombres de Dios para que los bendijeran. ¿Cómo no llevárselos a Jesús? Nos imaginamos la escena, aunque el fervor de algunos discípulos quisiera romper su encanto. No querían que molestaran al Maestro que estaba cansado. Pero ya hemos escuchado. ‘Dejadlos, no se lo impidáis…’
Nos recuerda muchas cosas. Aquella bonita costumbre ya perdida de pedir la bendición a un sacerdote cuando se le encontraba por la calle o en cualquier lugar. Pero no sólo era a los sacerdotes; se pedía la bendición a los padrinos; los padres daban la bendición a sus hijos. Todavía en algunos países quedan esas buenas costumbres, como en muchos países de América. Tengo amigos en América que cuando charlamos o bien al principio o al final de la conversación, y no porque sea sacerdote sino por bonita costumbre, siempre dicen, ‘bendición’.
No estaría mal rescatar costumbres así tan hermosas, y evitaríamos palabras malsonantes e injuriosas en nuestras conversaciones; o sería una forma también de hacer presente a Dios entre nosotros, en nuestra conversación o en nuestro encuentro, porque la bendición siempre será del Señor. Le bendecimos a El y El nos bendice a nosotros llenándonos de su paz y de su gracia.
Pero sigamos contemplando la escena del evangelio de hoy. Jesús rodeado de los niños. ‘De los que son como ellos es el Reino de los cielos’, termina afirmando Jesús. En otra ocasión nos dirá que hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los cielos. Un día tomó a un niño y lo puso en medio de ellos para decirnos que había que hacerse como un niño. Los discípulos habían estado discutiendo por el camino sobre quien era el más importante.
En los pequeños y en los pobres se hace presente Dios. haciéndonos pequeños nos hacemos sencillos, arrancamos de nosotros toda malicia y toda maldad, tendremos los ojos limpios para mirar con mirada pura lo que nos rodea. ¿Os habéis fijado en los ojos de un niño, en su mirada? Necesitamos tener nosotros esa mirada limpia y fresca porque llenamos nuestros ojos tantas veces de maldad.
‘Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’, nos dirá en las bienaventuranzas. Quien tiene limpio el corazón tendrá una mirada limpia, pero tendrá también unas actitudes buenas hacia los demás. ‘Oh Dios, crea en nosotros un corazón puro’, hemos pedido en el salmo responsorial.
Y nos dice por otra parte que no le hagamos daño nunca a un niño, porque sus ángeles están contemplando el rostro de Dios. No enturbiemos nunca el corazón de un niño con nuestras maldades. Tengamos nosotros siempre limpio nuestro corazón. Tengamos la alegría pura de un niño inocente que nos hace entender la verdadera alegría. Nos hace falta muchas veces esa sonrisa en nuestros rostros y en nuestro corazón. Nos cuesta tenerla muchas veces por la maldad con la que hemos llenado nuestro corazón.
Aprendamos donde está la verdadera grandeza ante Dios. Hagámonos pequeños porque así descubriremos cómo es el Reino de los cielos.

viernes, 13 de agosto de 2010

Una riqueza que hay que defender, la estabilidad de las familias

Ez. 16, 59-63;
Sal. Is. 12;
Mt. 19, 3-12

Hoy la liturgia nos ofrece un texto del evangelio que cuesta mucho escuchar en el mundo en el que vivimos. Siempre el tema del matrimonio fue una problemática muy candente. Lo vemos ya en tiempos de Jesús por las preguntas que le plantearon. ‘¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?’
Sigue siendo una problemática seria hoy y, como decíamos, a muchos no les gusta escuchar estas palabras de Jesús. Querrían algo quizá más permisivo. Contemplamos la realidad cada vez más crujiente de rupturas, separaciones, divorcios, matrimonios de todo tipo (incluso ya no se les llama matrimonio sino simplemente pareja) u otro tipo de relaciones a las que se trata incluso de equiparar al matrimonio.
Comprendemos, ¿cómo no?, los terribles dramas humanos por los que pasan muchas personas, pero eso no nos exime de proclamar con Jesús la grandeza y la maravilla del matrimonio y al mismo tiempo elevar nuestra oración por tantas personas que sufren situaciones difíciles.
‘¿No habéis leído, nos dice Jesús, que el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne?’ Por eso concluirá Jesús afirmando categoricamente: 'Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre'. Una realidad hermosa y natural en cuanto que está inserta en nuestra propia naturaleza - Dios nos ha creado hombre y mujer - y que con Cristo ha sido elevada aún más a un orden sobrenatural con la gracia del Sacramento del Matrimonio.
Algo grandioso, importante, trascendental que hay que tomarse muy en serio porque está en juego, podemos decir, el desarrollo y crecimiento de la propia persona, y también para la sociedad en la que vivimos de la que es célula fundamental el matrimonio y la familia.
Es por eso por lo que hay que hablar de esa preparación humana, espiritual y cristiana, que hay que tomarse muy en serio por quienes quieren darle a su vida esa verdadera plenitud en la vivencia del matrimonio y en la fundación o creación de una familia. Es así que los cristianos han de tomárselo, pues, muy en serio para saber descubrir toda esa riqueza humana, espiritual, sobrenatural que se encuentra en el matrimonio cristiano y en la familia cristiana.
Es un camino de amor y de fidelidad que conduce a la plenitud de la persona, y donde hay que evitar tantas superficialidades como ser vive hoy en nuestro mundo y donde hay que cultivar muchos valores que sean el mejor caldo de cultivo para ese amor y fidelidad total que exige el matrimonio indisoluble. Es neceario entender de entrega generosa y de aceptación y repeto mutuo, de espiritu de sacrificio y de capacidad de perdón, de soñar que siempre es posible recomenzar de nuevo y que se pueden olvidar las malas experiencias. Si no es así no llegaremos a entender lo de la fidelidad y lo del amor para siempre. Un camino exigente, es cierto, pero para el que nosotros los cristianos no nos sentimos solos ni sin fuerzas, porque no nos falta la gracia sobrenatural del Sacramento de Matrimonio.
Nos queda ahora orar por los matrimonios y por las familias para que con la gracia del Señor sepan superar tantas dificultades que podrían poner en peligro su estabilidad. Orar para que sepan vivir ese amor entregado y exigente, ese amor fiel y único con la gracia y la fuerza del Señor. Y orar por quienes los que se ven envueltos en dificultades, por los que sufren las consecuencias de las rupturas. Y orar para que nuestra sociedad ponga también todos los medios que cuiden y favorezcan la vida y cuiden y favorezcan a las familias para ayudarles a caminar ese camino de fidelidad y de responsabilidad. Tenemos que exigir de nuestra sociedad también esos medios y esa protección de las familias.

jueves, 12 de agosto de 2010

Hasta setenta veces siete

Ez. 9, 1-7; 10, 18-22;
Sal. 112;
Mt. 18, 21-19, 1

Una consecuencia más para una vida que está totalmente informada por la caridad, como decíamos ayer. Hoy nos habla Jesús del perdón por las ofensas o por las injurias que hayamos recibido. Quizá tendríamos que recordar de nuevo lo que nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Entre otras cosas ‘el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Todo lo excusa, todo lo perdona, porque siempre el amor está por encima de todo.
Quizá Pedro, después de escuchar a Jesús hablar de las características del amor que nos tiene que llevar a buscar y querer siempre lo bueno para los demás, ayudándoles a superar también las propias limitaciones o fallos que se tengan, se plantea y pregunta, y ¿si me ofenden a mí? ¿hasta donde tiene que llegar mi amor? ¿a perdonarle? Pero, ¿cuántas veces?
‘Señor, si mi hermano me ofende; ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús con ese juego de números del setenta veces siete para en el fondo decirnos que tenemos que perdonar siempre. Y para ello Jesús nos propone una parábola que lo que viene a plantearnos es que si nosotros hemos recibido misericordia, cómo no vamos también nosotros a tener misericordia con los demás. Eso es lo que quiere realmente Jesús enseñarnos.
Creo que es algo en lo que hemos de detenernos a reflexionar hondamente. Considerar lo generoso que es Dios con nosotros que siempre nos está ofreciendo el perdón cuando hemos sido nosotros los que le hemos ofendido. Entregó a su propio Hijo para darnos y manifestarnos su amor y su perdón. Cuánta es la generosidad de Dios. Qué grande es su amor.
Duro y mezquino tiene que ser el corazón del hombre que ha experimentado en sí la misericordia de Dios que le perdona, para no ser capaz él de tener misericordia también con el hermano y perdonar con la misma generosidad. Porque es cuestión de amor, es cuestión de generosidad. Sin embargo la parábola nos está reflejando lo que es la triste realidad que vivimos; no hace otra cosa sino contar lo que habitualmente nosotros hacemos. Cuánto nos cuesta perdonar. Qué fáciles somos para guardar rencor y resentimiento eterno por lo que nos hayan podido hacer. Qué generosidad nos hace falta en el corazón. Quita esa espina de tu corazón que tanto daño te hará.
Uniría al comentario a este texto algo en lo que ya en otra ocasión hemos reflexionado. Y es recordar la recomendación que Jesús nos hace en el sermón del monte cuando nos habla del amor a los enemigos. ‘Habéis oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persigan. De este modo seréis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos…’ Esta es una buena clave para perdonar; ésta tiene que ser una hermosa práctica para llegar a ser generosos en nuestro perdón para con los demás. Ora por ellos, reza a Dios por aquel que te haya ofendido o te haya hecho mal. Sentirás la fuerza y la gracia del Señor.
Y finalmente recordemos la bienaventuranza. ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’. Que merezcamos esa dicha y esa felicidad porque siempre pongamos misericordia en el corazón y seamos capaces de perdonar generosamente siempre al hermano.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Toda la vida del cristiano está informada por el amor

Ez. 9, 1-7; 10, 18-22;
Sal. 112;
Mt. 18, 15-20

Toda la vida de la Iglesia, toda la vida del cristiano debe estar siempre informada por el amor, por la caridad. Es nuestro distintivo. Es el único mandato que nos dejó Cristo. Es lo que tiene que conformar toda nuestra vida. En nuestras relaciones con los demás. En nuestra forma de relación con Dios.
Amamos y queremos y buscamos siempre el bien. Quien ama no querrá nunca dañar ni humillar al hermano. Quien ama le duele enormemente en el alma el mal que pueda estar haciendo o viviendo el hermano. Por eso buscamos siempre lo bueno, queremos siempre lo bueno para el hermano. Porque eso, somos hermanos. Es una dicha poder sentirnos así. No todos pueden sentirlo; no todos saben apreciarlo. Nosotros podemos desde la fe que tenemos en Jesús, desde todo el regalo de amor que en Jesús Dios nos ha hecho.
Eso entraña una relación humilde y llena de sinceridad. Nunca podemos ser altivos ni creernos superior al otro. Y desde ese amor y con esa humildad nos acercamos al otro que significa también un respeto grande. Como de la misma manera con ese amor y con la misma humildad dejamos que el otro se acerque a nosotros. Nos cuesta hacerlo. En ocasiones no nos es fácil tanto por un lado como por el otro. Cuanta delicadeza nos exige el amor. A todos.
Como nos enseña san Pablo ‘el amor es paciente y bondadoso, no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero ni egoísta, no se irrita ni lleva cuentas del mal, no se alegra con la injusticia sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Es hermoso lo que nos dice san Pablo y a tener muy en cuenta en nuestro trato y en nuestra relación con los demás.
Jesús hoy en el evangelio nos habla de la corrección fraterna. Nos corregimos porque nos amamos. Nos dejamos corregir porque sentimos el amor de los demás sobre nosotros que siempre buscan el bien. Corregimos con amor y con humildad. Nos dejamos corregir con amor y con humildad. Nos cuesta hacerlo y nos cuesta aceptarlo. Si todos fuéramos más humildes resplandecería mucho más el amor entre nosotros.
Pero decíamos que el amor debe conformar también nuestra forma de relación con Dios. Es nuestro Padre. Ante El nos sentimos hijos. Como hermanos nos acercamos a El unidos unos y otros. Es lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio cuando nos habla del valor de la oración en común. Una garantía de que Dios nos escucha mejor.
‘Os aseguro, nos dice Jesús, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo en mi nombre, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Nos escucha nuestro Padre del cielo. Es que Jesús nos asegura que El estará en medio de nosotros. El estará rogando al Padre también por nosotros.
Hacemos nuestra oración personal, porque necesitamos siempre ese encuentro personal con Dios para escucharle y sentirle en lo hondo de nuestro corazón, para sentirle como está presente en nuestra vida. Pero Jesús nos dice también que nos pongamos de acuerdo para orar juntos cuando queremos pedir algo al Padre. Es el valor de la oración comunitaria. Es la fuerza que tiene nuestra oración comunitaria, cuando la hacemos en comunión con los demás, cuando la hacemos en comunión de Iglesia. Jesús está en medio nuestro.
Son nuestra celebraciones sagradas y litúrgicas, la Misa o cualquiera de los sacramentos. Pero son también esos momentos en que nos unimos para orar juntos. Nos unimos porque queremos sentirnos en comunión los unos con los otros. Nos unimos porque nos sentimos conformados por el amor. Como decíamos toda la vida de la iglesia, toda la vida del cristiano tiene que estar informada por la caridad, por el amor. también nuestra oración. Qué importante que sepamos comprenderlo y sepamos vivirlo.

martes, 10 de agosto de 2010

Encendido en el amor alcanzó la gloria del martirio


San Lorenzo, mártir


2Cor. 9, 6-10;
Sal. 111;
Jn. 12, 24-26

Como nos dice san Agustín en uno de sus sermones, ‘la Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica’. Efectivamente estamos celebrando hoy a san Lorenzo, como decíamos en la oración litúrgica, ‘encendido en tu amor se mantuvo fiel a tu servicio y alcanzó la gloria en el martirio’.
San Lorenzo era diácono del Papa San Sixto II a quien celebramos hace pocos días, y que le precedió en el martirio junto con otros diáconos. Era Diácono, es decir, servidor de la Iglesia y servido en especial de los pobres. En las actas de su martirio se habla de que cuando el juez le pedía que le entregara los bienes de la Iglesia, sabiendo que él era su administrador, lo que hizo Lorenzo fue presentarle a los pobres de Roma a quienes atendía gracias a la generosidad del compartir de los fieles. Esa es la verdadera riqueza de la Iglesia, los pobres y el servicio que a ellos podamos prestarles.
De ello nos ha hablado la primera lectura de la carta a los Corintios. ‘El que da de buena gana lo ama Dios’. Es el amor que sentimos de Dios y el amor con que nosotros le respondemos amando a Cristo de manera especial en nuestros hermanos los pobres y los que sufren.
Y celebramos a san Lorenzo por su martirio. Como decíamos, varios días antes fue decapitado en un cementerio romano el Papa Sixto y otros cuatro diáconos. Lorenzo sufrió fuertes tormentos hasta ser quemado su cuerpo. De ahí los signos de la parrilla que acompañan a su imagen. Como dicen las actas del martirio, Lorenzo exclamaba: ‘Yo adoro a Dios y sólo a El le sirvo. Por esto no temo los tormentos’.
San Cipriano que da cuenta de estos mártires podía apoyarse en el testimonio de ellos para invitar a los cristianos ‘a la lucha espiritual; de tal suerte que cada uno de nosotros no piense tanto en la muerte como en la inmortalidad, y que, consagrados a Dios con todas las energías de su fe y de su entusiasmo, sientan antes la alegría que el miedo a la hora de la confesión de la fe en el martirio, en la que saben que los soldados de Dios no reciben la muerte, sino antes bien, la corona’. Por eso decíamos antes al recordar la oración litúrgica de esta fiesta ‘encendido en tu amor alcanzó la gloria del martirio’.
A nosotros tiene que valernos también el testimonio glorioso de los mártires. Necesitamos sentirnos fortalecidos en nuestra fe en medio de nuestro mundo, donde algunas veces nos cuesta dar nuestro testimonio de cristianos. Qué hermoso cuando vemos a personas que dan testimonio valiente de su fe, que no se avergüenzan de manifestarse creyentes y cristianos convencidos. Estos días leía en la prensa un hermoso comentario de cómo cierto político en un acto público se manifestó abiertamente como creyente y como cristiano. Hacen falta esos testimonios que desgraciadamente no vemos prodigarse mucho en personajes de la vida pública porque parece que todos están siempre como queriendo nadar y guardar la ropa, y hacen sólo lo que ahora llaman lo políticamente correcto.
Pero el mundo nos necesita, el mundo necesita testigos de la fe, testigos de Cristo. Y ese testimonio tenemos que darlo nosotros, aunque nos cueste. Sabemos que con nosotros está el Señor; El nos ha dejado la fuerza de su Espíritu, que es Espíritu de fortaleza, de valor, de entusiasmo y de alegría por nuestra fe.
Que san Lorenzo interceda por nosotros; que tomemos su ejemplo y sintamos su protección. Que tengamos su valentía. Que sepamos encendernos en el amor de Dios hasta caldear totalmente nuestro espíritu para llevar el fuego de Dios a nuestro mundo.

lunes, 9 de agosto de 2010

Era la apariencia visible de la gloria del Señor

Ez. 1, 2-5.24-2, 1;
Sal. 148;
Mt. 17, 21-26

‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos dicho en el salmo responsorial. Salmo que es un cántico de alabanza y de bendición al Señor. ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto…’ Los ángeles y sus ejércitos celestiales, los reyes y todos los pueblos del orbe, los príncipes, los jefes, los jóvenes y los viejos, todos han de alabar, todos hemos de alabar al Señor.
Es la mejor respuesta que podíamos dar a lo escuchado en la primera lectura que terminaba diciendo: ‘era la apariencia visible de la gloria del Señor; al contemplarla, caí rostro en tierra’. El salmo es siempre respuesta hecha oración con la misma palabra de Dios a la Palabra que se nos va proclamando. Nos da una buena pauta siempre de cómo ha de ser nuestra oración desde esa Palabra de Dios proclamada y a la que hemos de dar respuesta con nuestra oración y con nuestra vida toda.
Hoy hemos comenzado a escuchar al profeta Ezequiel que seguiremos escuchando en los próximos días. Es uno de los grandes profetas que además influyó mucho en el judaísmo. Sus escritos son enigmáticos y muy llenos de imágenes y comparaciones algunas veces a la manera de parábolas, pero es de rico simbolismo con un lenguaje muy propio. Algunas veces incluso nos puede costar entender y necesitaremos una ayuda para saber interpretar. Pero creo que siempre ante la Palabra de Dios hemos de ponernos con corazón sincero y muy abierto a lo que el Señor quiera decirnos a través de esas ricas imágenes que, por ejemplo, emplean los profetas.
Ezequiel era de familia sacerdotal del templo de Jerusalén, aunque no pudo ejercer su ministerio sacerdotal en Jerusalén pues fue deportado a Babilonia en la primera de las deportaciones realizadas por el rey Nabucodonosor. Toda su profecía la realizó en la cautividad de Babilonia y su palabra profética ayudaba dando ánimos a mantener la esperanza de la vuelta del destierro y nos daba imágenes de cómo había de ser ese nuevo reino de Israel, ya no fundando tanto en el reino temporal sino algo más espiritual y con verdadero sentido mesiánico.
Hoy, como decíamos, nos hace una descripción de la gloria de Dios. ‘Era la apariencia visible de la gloria de Dios’, nos dice al final de las palabras hoy escuchadas. Y nos hace una descripción llena de imágenes, de figuras, de resplandores de todo tipo para describirnos esa gloria del Señor en el cielo. ‘Apoyó sobre mí la mano del Señor’, dice expresando cómo él está recibiendo esa revelación de Dios y esa misión profética que ha de realizar trasmitiendo todo lo que ve al pueblo para mantenerlo en esa fe y en esa esperanza. Ya seguiremos escuchando en los próximos días más sobre su vocación y cómo ha de anunciar la Palabra que El recibe de Dios.
Contemplando esa gloria del Señor no podemos menos que, como hacíamos en el salmo, cantar toda bendición y alabanza al Señor. Es una palabra que nos alienta también a nosotros en ese camino de cruz que muchas veces hemos de caminar. Precisamente en lo escuchado en el evangelio vemos cómo Jesús una vez más anuncia a los discípulos su cruz y su muerte; los discípulos no lo llegarán a comprender e incluso hoy nos dice que se pusieron tristes. Que la gloria de Dios que contemplamos, esa gloria del Señor que nosotros queremos cantar también en nuestra celebración de la Eucaristía, nos ayude a comprender el misterio de Cristo y a vivirlo. También nosotros cantamos al Dios tres veces santo y proclamamos también que los cielos y la tierra están llenos de su gloria.

domingo, 8 de agosto de 2010

Una palabra de aliento que nos habla de responsabilidad, disponibilidad, trascendencia


Sab. 18, 6-9;
Sal. 32;
Heb. 11, 1-2.8-19;
Lc. 12, 32-48

‘No temas, pequeño rebaño…’ comienza diciéndonos Jesús hoy. ‘No temas…’ podíamos decir que es una invitación pascual a la esperanza y a la alegría a pesar de tantas incertidumbres y angustias que nos pudieran afectar. Los que creemos en Jesús estamos siempre invitados a la esperanza y con un optimismo nacido de la fe nos enfrentamos a la vida. En varios momentos del evangelio escuchamos esa invitación.
Pero quizá los temores y las angustias del mundo que nos rodea nos afectan y pudieran llevarnos también a nosotros a un desencanto y desesperanza. Sin embargo hemos de escuchar aquel hermoso texto del concilio Vaticano II en el que nos decía que ‘los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo’. Pero nosotros tenemos motivos de esperanza desde nuestra fe en Jesús. Por eso nunca nos podrá el temor ni la desesperanza.
La carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura nos ofrece un hermoso testimonio haciéndonos una hermosa lectura del testimonio de los antiguos Patriarcas. ‘Por su fe, son recordados los antiguos… con fe murieron sin haber recibido lo prometido…’ pero no les faltó la esperanza. Es lo que nosotros hemos de aprender.
Como decíamos son muchos los nubarrones que oscurecen la vida en los tiempos que vivimos. Decimos que son momentos de crisis en tantos aspectos de la vida, aunque de entrada nos encandile la crisis económica con toda la secuela de pobreza y de miseria que están viviendo tantos hermanos nuestros.
Pero creo que es algo más amplio y más hondo lo que sucede. Se ha perdido para muchos la esperanza y cuesta para muchos ver la salida o algún rayo de luz al final del túnel. Pero es que ha habido muchos valores que se han perdido en nuestra sociedad cuando nos acostumbramos a una vida fácil y sin sacrificio, donde la austeridad era una palabra maldita que no se quería oír, donde nadie sabía negarse nada en todos los sentidos y sólo sabíamos dejarnos llevar, donde los valores espirituales quedaban oscurecidos u ocultos desde el materialismo o sensualismo en que se vivía.
Y esto nos afecta a todos y a todos puede hacernos daño. Todos podemos caer en esas redes de desesperanza, de materialismo, de ansias de confort y pasarlo bien, dejando a un lado valores importantes para la persona. Y muchas veces vemos en los cristianos señales de esa desesperanza y desilusión, de ese cansancio y de falta de ideales. Nos parece ver negras también las cosas en el seno de la iglesia por tantos problemas en que nos vemos envueltos, por una pérdida de la religiosidad en nuestra sociedad, por la ausencia de la gente de nuestras celebraciones o por la falta de vocaciones, por citar algunas cosas.
La palabra de Jesús en el evangelio ha tenido y sigue teniendo una validez total para el camino del hombre, para el camino de nuestra vida. Palabra de aliento, de ánimo y de esperanza. Palabras que nunca nos pueden llevar a la pasividad, sino todo lo contrario. Palabras que hemos de escuchar con un corazón abierto.
‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas…’ nos dice Jesús. Como el criado que espera la llegada del amo, como el dueño de casa que tiene que cuidarla y estar vigilante para que no le entre el ladrón, como el administrador que tiene que cumplir su tarea y su responsabilidad. Nos está hablando Jesús de responsabilidad y de fidelidad, de disponibilidad y generosidad, de trascendencia. Son cosas que no podemos olvidar, que hemos de tener muy presentes. Con mucha esperanza y con mucha confianza puesta totalmente en el Señor. ‘Nosotros aguardamos al Señor… es nuestro auxilio y escudo… que tu misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de ti’ rezábamos en el salmo.
Con esa fe y esa esperanza no cabe, pues, los temores. Seremos un pequeño rebaño, como nos llama hoy Jesús, y un rebaño pequeño y débil porque también nosotros los cristianos sentimos la debilidad en nuestra vida que muchas veces incluso llevado al pecado, pero tenemos la certeza del amor del Señor que no nos deja, no nos falla nunca. Estará siempre a nuestro lado con la fuerza de su Espíritu que nos sana, nos fortalece, nos llena de la salvación del Señor. ‘Vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’, nos decía Jesús.
Por eso llenamos de trascendencia nuestra vida. Y el tesoro que queremos ganar no son ganancias terrenas sino que queremos que sea ‘un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla’. Es ese tesoro en el que queremos poner nuestro corazón.
Esperamos al Señor que viene a nuestra vida. Queremos mantener íntegra y firme nuestra fe y nuestra esperanza. Es el cimiento verdadero de nuestra vida. No nos puede faltar. Igual que Abrahán, como hemos escuchado en la segunda lectura, que por fe obedeció y se puso en camino. Por eso nos ponemos en las manos del Señor con una disponibilidad total dispuestos incluso al sacrificio, como Abrahán estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac, el hijo de la promesa. Nos ponemos en camino, nos sentimos peregrinos, nos dejamos conducir por nuestra fe en el Señor, buscando la verdadera patria pero sin olvidar esta tierra que pisamos, en la que vivimos, con la que nos sentimos comprometidos a hacerla mejor.
Con esa fe nos enfrentamos a esa tarea y responsabilidad que tenemos también ahora en la construcción de nuestro mundo, agobiado por tantas crisis, pero que sabemos que podemos irlo transformando según esos valores del Reino de Dios en el que creemos y por el que luchamos. No nos importa el sacrificio, la entrega de nosotros mismos y el poner lo nuestro a disposición del bien de los demás con generosidad total. Lo que nos decía Jesús en el evangelio para alcanzar el verdadero tesoro. Unos valores que tenemos que recordar y rescatar para nuestro mundo.
Un mundo que tenemos que llenar de esperanza pero esperanza de la verdadera, de la trascendente, que le de auténtica profundidad a lo que hacemos y vivimos. Tenemos los pies en esta tierra pero miramos hacia arriba, más allá de lo que ahora somos y vivimos porque tenemos una esperanza que veremos cumplida en el Señor.

sábado, 7 de agosto de 2010

¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?

Hab. 1. 12-2, 4;
Sal. 9;
Lc. 17, 14-19


‘Señor, ten compasión de mi hijo… se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo’. Acude aquel padre angustiado a Jesús, que baja del Tabor después de la Transfiguración. En la ausencia de Jesús había pedido a los discípulos que lo curara, pero no fueron capaces.
Hay una queja podríamos decir dolorosa de Jesús por la falta de fe. Se quejaría un día de la poca respuesta de Cafarnaún, lloraría sobre la ciudad de Jerusalén porque no le habían querido recibir ni aceptar, se queja cuando una y otra vez le piden signos y señales, se queja ahora dolorido por la falta de fe. ‘¡Gente sin fe y perversa! ¿hasta cuándo os tendré que soportar?’ Jesús, sin embargo, realiza el milagro.
Los discípulos se acercarán a preguntarle ‘¿Y por qué nosotros no pudimos echarlo?... por vuestra poca fe’, les responde Jesús. ‘Os aseguro que si vuestra fe fuera como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y os obedecería’. No es que necesitemos mover montañas, pero sí que necesitamos la fe y una fe firma y segura. No es que vayamos haciendo milagros por todas partes, pero sí necesitamos la fe como el alimento y el sentido profundo de nuestra vida.
En el día a día de nuestra vida que distintos seríamos con una fe firme e inquebrantable. Decimos, sí, que tenemos fe, que creemos, pero algunas veces en las actitudes y comportamientos pudiéramos aparentar que no tenemos fe, porque no son las actitudes y comportamientos de un creyente, de un cristiano, de un seguidor de Jesús.
Con nuestra fe ponemos toda nuestra confianza en Dios, pero esa fe nos hace actuar de una forma distinta en los diferentes momentos de nuestra vida. Esa fe nos recordará la presencia de Dios, que es recordarnos también lo que es la voluntad de Dios, que es tener presente en nuestra vida los mandamientos, los criterios morales por los que ha de regirse nuestra conducta.
Pero ya sabemos lo que sucede muchas veces la fe que decimos que tenemos va por un lado, pero nuestra vida va por otros derroteros. ¿Cómo se podría unir fe e injusticia? ¿Cómo se podría unir fe en Dios Amor y desamor, egoísmo y hasta odio hacia los demás? ¿Cómo se puede unir fe en el Dios de la vida y por otra parte no defender la vida del inocente permitiendo, por ejemplo, el aborto y todo tipo de violencias? ¿Cómo se puede unir fe en Dios y todo tipo de desórdenes morales y éticos? ¿Cómo podemos unir fe e insensibilidad ante el sufrimiento de los demás? Muchas preguntas tendríamos que hacernos en este sentido. ¿Se tendrá que quejar Jesús también de nuestra poca fe y de que la hemos alejado de nuestra vida?
La fe no será una atadura que coarte nuestra libertad y nuestra vida, pero sí nos dará la razón y el sentido de todo lo que hacemos, llevándonos a la más hermosa plenitud. La fe tiene que envolver toda nuestra vida igual que Dios con su inmensidad lo llena todo porque en El vivimos, somos y existimos. Estamos inmersos en Dios más que en el aire que respiramos, porque Dios en su inmensidad lo llena todo y, en consecuencia, la fe nos envuelve por dentro y por fuera toda nuestra vida.
Tenemos que cuidar nuestra fe. Tenemos que fortalecer nuestra fe. Tenemos que profundizar en nuestra fe para conocerla, para saber bien en lo que creemos, pero para saber también esa nueva vida a la que nos lleva nuestra fe.

viernes, 6 de agosto de 2010

Quiero subir contigo al Tabor esta tarde

Quiero subir contigo al Tabor esta tarde
oración

Quiero subir contigo, Señor, esta tarde
a la montaña del Tabor de la oración..
Te llevaste contigo
a Pedro, a Santiago y a Juan,
tus discípulos predilectos.
¿Me admitirás con ellos, Señor?
Tú querías que ellos tuvieran
la experiencia luminosa de tu gloria.

Pero sé que quieres seguir
manifestándote a nosotros, Señor.
No somos dignos
ni merecedores de tanta bondad
y muchas veces no somos capaces
de saborearlo debidamente
porque estamos tan llenos
de miseria y de pecado.

Pero el fuego de tu luz nos purifica
y sabemos, estamos seguros,
que quieres tenernos contigo
participando también de tu luz,
llenándonos de tu gloria.

La subida puede ser larga y penosa
Toda ascensión exige desprenderse,
muchas cosas se nos apegan,
muchos fantasmas nos distraen
pero merece la pena llegar a lo alto
para el encuentro contigo
y con tu gloria.

Pedro se atrevió a levantar la voz
para manifestar su dicha
quería quedarse allí para siempre.
Qué bien se está aquí,
hagamos tres tiendas,
pedía y soñaba en su entusiasmo.

Nos sentimos dichosos, sí,
de estar en tu presencia,
de gozar de tu presencia
en el Tabor de nuestra oración.

Que yo, Señor, aprenda a descubrirte;
que aprenda a conocerte
y a llenar mi corazón
de la dicha inefable
de tu amor permanente.

Ayúdame, Señor,
a hacer silencio en el corazón
para escucharte,
para escuchar la voz del Padre
que te señala como su Hijo,
amado y predilecto,
como la Palabra salida de su boca
que tenemos que escuchar.

Tantos son los ruidos que nos distraen,
que no nos permiten oír
claramente tu voz.
Nos distraemos con las apetencias
que se nos apegan a nuestro corazón
y hacen ruido en nuestra vida;
nos distraemos
con tantas voces engañosas
que nos vienen del mundo
para atraernos por sus caminos;
nos distraemos de escuchar tu voz
cuando solamente
nos escuchamos a nosotros mismos
y nos hacemos insensibles
a la verdad única que puede salvarnos.

Nos prometiste tu Espíritu
que será el que nos mueva el corazón
hacia lo verdadero
pero el que nos hará orar de verdad
porque sólo con El
podemos llamar a Dios Padre
y proclamar tu nombre
con toda autenticidad,
proclamar el santo nombre de Jesús,
proclamar que Jesús es el Señor.

Queremos quedarnos en silencio,
contemplándote
y escuchándote,
sintiéndote
en lo más hondo de nosotros mismos.
Aquí estás en la Eucaristía
con la misma gloria del Tabor.

Ilumínanos, Señor, con tu luz.
Llénanos de tu gloria.
Que me sienta inundado de tu presencia.
Que sienta el gozo del Señor en el corazón.

Aquí me quedo en silencio,
háblame en lo más hondo del corazón,
quiero escucharte, Señor.

Qué hermoso es estar aquí…


2Ped. 1, 16-19;
Sal. 96;
Lc. 9, 28-36

‘Maestro, qué hermoso es estar aquí…’ exclamó Pedro cuando aún no había terminado de manifestarse del todo la gloria del Señor.
Se habían dejado conducir por Jesús para subir a aquella montaña alta. ¿Les apetecía subir? A ellos como a nosotros a veces no nos apetece ese esfuerzo. Pero se habían dejado llevar. ‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar’.
A Pedro, a Santiago y a Juan en algunas ocasiones importantes también Jesús se los había llevado consigo. Quería que estuvieran con El en esos momentos. En la resurrección de la hija de Jairo fueron los tres que entraron con Jesús a la casa; más tarde sería en Getsemaní cuando se los llevaría hasta lo más hondo del huerto donde en la agonía de su oración iba a comenzar la pasión; ahora, en el Tabor ellos eran los elegidos para subir con Jesús para orar.
Quizá este momento preparaba los otros, para que comprendieran el significado de la resurrección de la hija de Jairo, o para que estuvieran preparados para Getsemaní y todo lo que seguiría. ‘Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos…’ Jesús se transfiguraba delante de ellos; Moisés y Elías que aparecieron también hablaban con Jesús ‘de su muerte que se iba a consumar en Jerusalén’. Se manifestaba la gloria del Señor, que era como un anticipo de la gloria de la resurrección; una preparación ahora para pasar por Getsemaní y la cruz, sabiendo que todo culminará en la resurrección.
Habían entrado ellos en la oración con Jesús y por eso podían contemplar su gloria, aunque se caían de sueño. No sé por qué siempre nos da sueño cuando queremos entrar en oración. Pero Pedro está bien despierto ante tanta gloria que se manifiesta. ‘Qué bien se está aquí, qué hermoso es estar aquí’, y quería quedarse allí para siempre; ya iba a comenzar a construir tres tiendas. ¿Somos capaces nosotros de disfrutar así de nuestra oración, de nuestro encuentro vivo con el Señor que también quiere manifestársenos, hacernos partícipes de su gloria? Tenemos que aprender a orar. Tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor a la oración y abrir los ojos de nuestro corazón para sentir su presencia, para sentirnos de verdad en su presencia, en la presencia de la gloria del Señor.
Pero aún no había terminado todo. ‘Todavía estaba Pedro hablando cuando una nube los cubrió’. La gloria del Señor los envolvió. Se escuchó la voz del Padre: ‘Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle’. Vamos a la oración, nos gozamos en la presencia del Señor, pero hemos de saber hacer silencio para escucharle. No necesitamos decirle muchas palabras, sino escuchar la Palabra viva y verdadera que El quiere decirnos. Y la podemos sentir en el corazón. Y nos podemos sentir transformados por Ella. Y desde la Palabra sentiremos renovada nuestra vida con una nueva vida, la Vida que de la Palabra recibimos, la Vida que Dios nos dice, que Dios nos da. ‘La Palabra era vida, en la Palabra estaba la Vida y la Vida era la luz de los hombres’, que decía el principio del evangelio de Juan.
Vayamos a la oración a dejarnos envolver por Dios. Sólo así podremos escucharle. Y sólo así nos sentiremos transformados por esa vida. Sólo así seremos verdaderamente iluminados para proseguir el camino.
Había que bajar de la montaña, porque la vida sigue en la llanura de las cosas de cada día, aunque nos parezcan rutinarias. Pero si salimos llenos de Dios de nuestra oración no serán cosas rutinarias sino llenas de nueva vida. Las veremos con nuevos ojos. Las amaremos con nuevo amor. Las construiremos con una nueva fuerza y con un nuevo estilo que es el estilo del amor que sólo en la oración podremos aprender de verdad.
Vengamos a la oración. Vengamos al Tabor. El Señor nos espera, ahora en la Eucaristía que estamos celebrando; luego a través del día en tantos momentos que podemos venir a visitarlo al Sagrario donde siempre está El esperándonos.

jueves, 5 de agosto de 2010

Te saludamos María, Madre de Dios, Madre y Reina de las Nieves


Gál. 4, 4-7;
Sal. 112;
Lc. 2, 1-7

Aunque en la devoción popular hoy celebramos la fiesta de la Virgen de las Nieves, litúrgicamente lo que estamos celebrando es la Dedicación de la Basílica de Santa María, la Mayor, que es una de las cuatro Basílicas Mayores que hay en Roma. Su origen está por una parte en un hecho milagroso acaecido en el siglo cuarto y de ahí la advocación de nuestra Señora de las Nieves que celebramos en este día; una nevada caída en Roma en el monte Esquilino señaló el lugar donde había de edificarse el primer templo de Roma en honor de María, la Madre de Dios.
Por otra parte, posteriormente, a partir de mediados del siglo quinto. con la celebración del Concilio de Éfeso que vino a proclamar a María como Madre de Dios, el papa Gregorio III dedicó solemnemente este templo a la Maternidad divina de María, como había sido proclamado en el Concilio mencionado. Una bellísima Basílica dedicada a la Virgen en el mismo centro de Roma, y en cuyo interior se venera también por los romanos a María, como Salud del pueblo romano.
Es como decíamos el día de la Virgen de las Nieves como se celebra solemnemente en la Isla de La Palma como a su patrona, pero que se celebra igualmente en otros muchos rincones y pueblos de nuestras islas, por hacer mención al lugar donde estamos, pero también en todo el mundo. Santa María de la Blanca, la celebran en Vitoria en el país vasco, nuestra Señora de Africa o nuestra Señora de los Remedios en otros lugares también en este día, por citar algunas advocaciones.
Nosotros queremos celebrar esta fiesta de Maria desde lo más hondo de nosotros mismos con el gran amor que le tenemos a la Virgen. Como siempre con ella nos regocijamos y a Dios damos gracias porque nos ha dado a María, espejo de santidad en el que hemos de mirarnos siempre para así sentirnos estimulados continuamente en ese crecimiento de nuestra fe y nuestro amor, que es el crecimiento de esa santidad que tiene que florecer en nuestra vida.
Dios quiso tenerla junto a sí y la escogió como Madre para encarnarse y hacerse hombre, como nos decía el apóstol Pablo en la carta a los Gálatas ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Por María nos vino Cristo; por María nos vino la gracia y el don de que pudiéramos ser hijos en el Hijo. El Hijo de Dios se hizo hombre, nacido de Maria, para rescatarnos, para liberarnos de los lazos del mal y de la muerte, pero para elevarnos a ser hijos por la fuerza del Espíritu que nos concede. Cómo no darle gracias a Dios por María.
Y saludamos a María, queriendo ofrecerle todo nuestro amor, queriendo cantar los mejores cánticos y alabanzas en su honor, queriendo sentirla siempre a nuestro lado para que nos siga acompañando en nuestro caminar. Es la Madre que está junto a nosotros; es la madre que nos señala siempre el camino para que vayamos a Jesús; es la madre que nos protege y nos alcanza la gracia de Dios para que vivamos en todo momento santamente. Virgen de las Nieves, la invocamos en este día, que así blanca como la nieve resplandezca también nuestra alma, nuestro corazón, nuestro espíritu porque nunca dejemos meter la negrura del pecado en nuestra vida. Que María nos proteja, nos ayude, nos alcanza de Dios la gracia que necesitamos.
Cómo no saludarla y cantarla con las mejores palabras y muestras de nuestro amor. ‘Dichosa eres, santa Virgen María, y muy digna de alabanza: de ti ha salido el sol de justicia, Cristo, nuestro Señor’, le canta la liturgia hoy. Queremos hacerlo tambiérn tomando prestadas algunas palabras de las pronunciadas por San Cirilo de Alejandría en el Concilio de Efeso cuando se proclamó la Maternidad divina de María.


‘Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito el que viene en el nombre del Señor. Te saludamos a ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada; a ti por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles… por quien la criatura, caída en pecado, es elevada al cielo… por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las iglesias en todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión…’


Te saludamos, María, la Madre de Dios, que también eres nuestra madre.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Súplica esperanzada, intercesión y confianza


Jer. 31, 1-7;
Sal. Jer. 31;
Mt. 15, 21-28

Una súplica esperanzada desde la necesidad más profunda, una intercesión a favor de los demás, una fe y una confianza absoluta de que Dios siempre escuchará nuestras oraciones humildes. Así casi podría resumir el mensaje del texto del evangelio hoy escuchado.
Jesús está fuera de los límites de la Palestina judía. Con quienes se va a encontrar será con creyentes no judíos, pero a quienes habrá llegado la noticia de Jesús. El ha venido a buscar a las ovejas descarriadas de Israel, porque su misión como la historia salvífica de Dios se ha ido realizando en un lugar y en un pueblo concreto, llamado el pueblo elegido. Será una señal de que la salvación es para todos los hombres la presencia de Jesús en los territorios de Tiro y Sidón y el acontecimiento que nos narra el evangelio. Nadie será excluido de la salvación que Jesús nos ofrece aunque en principio este texto nos pudiera dar otra impresión.
‘Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. No es judía pero tiene conciencia de a quien se está dirigiendo. Lo llama Hijo de David. Es la angustia de una madre con una hija poseída por el mal. Es la súplica de una madre con el corazón roto por la enfermedad de su hija, pero que tiene mucha esperanza y tendrá también constancia en su oración. Insiste una y otra vez. Una súplica esperanzada.
Por medio estará la intercesión de los discípulos, en este caso por verse libres de la insistencia de aquella mujer. ‘Atiéndela, que viene detrás de nosotros’. Con entrañas de compasión y misericordia tenemos que mirar cuanto sufrimiento hay a nuestro alrededor y sentirnos comprometidos en aliviar tanto dolor. Con entrañas de compasión y misericordia el creyente también levanta su corazón a Dios para pedir por los demás. Nunca podemos ser egoístas en nuestra oración. Tienen que caber en nuestro corazón los sufrimientos de los hermanos, para que los pongamos en nuestra súplica en la presencia de Dios.
La Iglesia siempre será intercesora con los brazos levantados en alto como Moisés allá en la cima de la montaña para interceder por nuestro mundo, por nuestros hermanos, por los que sufren, por la conversión de los pecadores. ¿Os habéis fijado que siempre que la virgen se nos manifiesta y nos insiste en nuestra oración al Señor nos dice que hemos de pedir por la conversión de nuestro mundo?
Finalmente esta la confianza absoluta y la fe de aquella mujer de que sería atendida en su petición. El lenguaje duro que aparece era la forma usual de la época de los judíos referirse a los extranjeros y a los paganos. Pero la humildad de aquella mujer es grande; una humildad que le ayuda a seguir confiando. ‘También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos’. Confía que también habrá salvación para ella. Merecerá la alabanza de Jesús. ‘Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas’. Nos recuerda la alabanza de Jesús a la fe del centurión romano. ‘En Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Ahora es también una mujer pagana la que merecerá la alabanza de Jesús por su fe.
¿Será así nuestra fe y nuestra esperanza? ¿Es así de confiada nuestra oración al Señor? ¿Seremos capaces de hacer que en nuestro corazón quepan los dolores y los sufrimientos de los demás para presentarlos también en nuestra oración al Señor? Mucho tenemos que aprender.

martes, 3 de agosto de 2010

Es de noche… que la presencia de Jesús nos despierte la fe


Jer. 30, 1-2.12-15.18-22;
Sal. 101;
Mt. 14, 22-36

Se hacía tarde. Así escuchamos a los discípulos apremiar a Jesús para que despidiera a la gente y fueran a comprar comida a los poblados cercanos porque atardecía. Ahora ya es de noche. Pero esta noche será bien significativa para despertar aún más la fe de los discípulos, para ayudarnos a nosotros a no dudar, a mantenernos firmes en nuestra fe por muchas que sean las oscuridades.
En la misma barca en la que habían llegado ‘Jesús apremió a sus discípulos para que subieran y se le adelantaran a la orilla mientras él despedía a la gente’. En la oscuridad de la noche vamos a contemplar por una parte a los discípulos bregando en la barca, lejos ya de la orilla, pero sacudida por las olas, porque el viento era contrario.
La oscuridad parece que nos hace las cosas más difíciles. En la oscuridad hasta nos parece ver fantasmas. Nos pasa tantas veces. Nos llenamos de dudas. No vemos clara la salida de los problemas. Nos sentimos solos. Cuánto nos cuesta avanzar en tantas ocasiones en la vida. Perdemos incluso la perspectiva de nuestro camino y erramos de un lado para otro.
Pero mientras los discípulos luchaban por cruzar el lago en medio de la noche con tantas cosas en contra, ‘Jesús, después de despedir a la gente, subió al monte a solos para orar. Llegada la noche, estaba allí solo’. También era de noche pero para Jesús no había oscuridades. Fue el momento de su oración al Padre. Lo vemos tantas veces en el evangelio retirarse a solas para orar. Creo que con una situación que vivimos muchas veces como la de los discípulos atravesando el mar o el lago de la vida con oscuridades y dificultades, tendríamos que pedirle también, ‘enséñanos a orar’.
Podrán ser muchas las noches, pero Jesús viene a nuestro encuentro. No lo sabemos descubrir muchas veces. Como los discípulos asustados que les parecía ver un fantasma. Nosotros a veces es que ni lo vislumbramos. Pero El está ahí, porque nunca nos abandona. ‘¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!’, les dijo Jesús y nos dice Jesús.
Algunas veces tímidamente, como Pedro que quería cerciorarse de que era Jesús y por eso le pidió que él también pudiera ir a su encuentro andando sobre el agua, le pedimos que nos ayude, gritamos pidiendo socorro, nos parece que nos hundimos. Su mano siempre está tendida hacia nosotros para que nos agarremos a El.
Pedro caminaba también sobre el agua en dirección a Jesús pero aun seguía dudando si era posible que cuando volviera de nuevo la ola fuerte podría mantenerse en pie. Como nosotros que le decimos al Señor que nos ayude pero dudamos; tememos que cuando vuelva de nuevo la dificultad o la tentación no sepamos tener fuerzas para superarla, para vencerla; nos falta la absoluta confianza de saber que El está ahí a nuestro lado por muchas que sean las oscuridades. Pedro se hundía tan pronto sintió de nuevo la fuerza del viento. Nos hundimos por nuestra falta de fe. ‘Señor, sálvame… en seguida extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’
Pidamos al Señor que se afiance nuestra fe. Que nos sintamos seguros en su compañía porque El está siempre junto a nosotros. ‘Realmente eres Hijo de Dios’, decían todos los de la barca. Realmente eres mi Salvador, mi Señor, mi vida, mi compañía, mi luz, mi todo. No temamos las oscuridades. Jesús está con nosotros. vayamos al encuentro con Jesús. El nos está siempre esperando. ¿Sabremos venir hasta el sagrario para hablarle, para escucharle, para sentir su fuerza y su presencia?

lunes, 2 de agosto de 2010

Una multitud nos rodea a la que nos dice Jesús que le demos de comer

Jer. 28, 1-7;
Sal. 118;
Mt. 14, 13-21

No podemos dejar de reconocer lo que es un milagro en sí como un hecho maravilloso y extraordinario en el que se manifiesta el poder y la gloria del Señor y nos está hablando también del amor que Dios nos tiene que así saltando incluso las leyes naturales nos quiere manifestar su amor. Pero son también muy significativos estos hechos de todo lo que Jesús quiere ofrecernos.
Cuando contemplamos el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces que nos narra el evangelio de hoy es la primera lectura que hacemos. Una muchedumbre que sigue a Jesús por todas partes; que cuando incluso Jesús se va a lugares apartados con los discípulos más cercanos allí se los encuentra con deseos de escucharle, llevándole sus agobios y sufrimientos. ‘Al desembarcar y ver el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos…’
Se hace tarde; están en descampado y allí no tienen qué comer; serán los discípulos los que manifestarán la preocupación. ‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer’. Podríamos decir que aquí se nos está manifestando ya lo significativo del milagro. Son los discípulos los que ya se van empapando del espíritu de Jesús y sienten esa preocupación por los demás. El que estaban palpando en Jesús en todo lo que hacía, los estaba impregnando a ellos para actuar también con un amor semejante. Será el distintivo de sus seguidores, vivir un amor como el de Jesús, amar como Jesús nos ama.
‘No se hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer’. Es que además Jesús quiere implicarles. ¿Qué hagan también ellos un milagro? Un día les dará poder de hacer milagros, pero ya sí pueden ir realizando el milagro del amor. Es el compartir. Allí comienzan por ofrecer lo que tienen. ‘No tenemos más que cinco panes y dos peces’. Pero allí están a la disposición de Jesús. Quiere contar Cristo con nuestra colaboración.
Seguimos viendo lo significativo del milagro, porque es multitud hambrienta, o esa multitud que busca y que tiene deseos de algo mejor, o esa multitud que sufre la seguimos teniendo a nuestro alrededor. Sigue habiendo hambrientos, como siguen existiendo personas con problemas, como los hay también con inquietudes hondas en su corazón pero que muchas veces se sienten desorientados sin saber que camino tomar.
Cristo quiere contar con nuestra colaboración. Son a los que nosotros hemos de ofrecer nuestros panes y nuestros peces. Son a los que Jesús nos dice a nosotros hoy también que les demos de comer, que respondamos a sus inquietudes, o que seamos bálsamo para sus sufrimientos. No tienen por qué irse a otra partes, nos dice Jesús, ‘dadle vosotros de comer’. Los que creemos en Jesús no podemos cruzarnos de brazos ante los sufrimientos de nuestros hermanos.
Tenemos una luz que ilumina nuestras vidas y desde esa luz hay respuestas que nosotros podemos dar. Si cada uno de nosotros pusiera sus pocos panes y peces de lo que es nuestra fe, de lo que es nuestro amor, de lo que llevamos por dentro, a favor de los demás podríamos hacer que nuestro mundo sea mejor; realizaríamos el mismo milagro de Jesús porque para eso El nos ha dado la fuerza de su Espíritu.
Así se seguirá manifestando la gloria y el poder del Señor; así irá llegando a través de nuestra vida el amor de Dios a todos los hombres.

domingo, 1 de agosto de 2010

¿Vanidad y vacío o responsabilidad y trascendencia?


Eclesiastés, 1, 2; 2, 21-23;
Sal. 89;
Col. 3, 1-5.9-11;
Lc. 12, 13-21

Si nos colocamos en un punto de mira alto podemos ver claramente la perspectiva de todo lo que nos rodea; subimos a una montaña alta y desde allí podemos contemplar el paisaje en su conjunto y nos daremos cuenta mejor de la situación en conjunto del lugar que contemplamos. Si estamos en un momento trascendental de la existencia y miramos la vida con suficiente perspectiva y serenidad, nos daremos cuenta de lo que realmente ha merecido la pena o no de lo que hemos hecho o vivido. Si queremos vivir la vida no desde la superficialidad del que simplemente se deja llevar por ella sino con sentido de responsabilidad hemos de ponernos en ese punto de mira alto con unos buenos criterios de perspectiva para saber darle a las cosas su justo valor.
En la parábola que Jesús nos propone hoy en el evangelio ese momento podría ser cuando ‘Dios le dice: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?’ Se había afanado en sus trabajos para obtener grandes ganancias y ahora sólo quería disfrutar, pero quizá le había faltado la perspectiva verdadera para su vida, pero que ahora será demasiado tarde. Pero es una parábola que Jesús nos propone para que aprendamos la lección.
Hemos de detenernos en la vida, subirnos a ese punto de mira de buena perspectiva y no será demasiado tarde si descubrimos el mensaje que nos dé verdadero valor a la vida.
Vivimos en medio de las realidades temporales que van conformando nuestra vida en nuestros trabajos, en nuestras responsabilidades, en nuestros deseos de ser felices también; queremos disfrutar de la vida y de lo que tenemos, lo que en sí mismo no podemos decir que sea malo. Tenemos una familia de la que no nos podemos sentir ajenos de ninguna manera porque es parte importante de nuestra vida y en consecuencia de nuestras responsabilidades. Hay unas responsabilidades también en relación a esa sociedad en la que vivimos que entre todos hemos de construir mejor cada día. Y tenemos que usar de unos medios materiales y económicos también porque los necesitamos en nuestras mutuas relaciones y en la atención a nuestras necesidades.
Pero, ¿cuál es la perspectiva desde la que hemos de mirar toda esa realidad de nuestra vida y que nos hará que nos esforcemos por lo verdaderamente importante?
Creo que nos damos cuenta que no podemos quedarnos en la materialidad de las cosas y del momento presente. Tenemos que buscar lo que le dé verdadera profundidad, sentido y trascendencia a lo que vivimos y hacemos. De lo contrario todo podría convertírsenos en vanidad y vacío. Lo que nos decía el sabio del Eclesiastés. Agobios y más agobios en la vida y algunas veces podríamos pensar que no tienen salida ni fin. O no conseguimos todo a lo que aspiramos o nos vienen contratiempos y problemas que pueden destruir todo eso que hemos intentando construir.
Vanidad cuando todo lo hacemos pensando sólo en nosotros mismos, sólo por nuestro disfrute terreno, o con la vaciedad de cuando vivimos un puro materialismo. Tantos que contemplamos derrotados y destrozados, vacíos y desorientados cuando viven la vida en un sinsentido, en materialismo paralizante y en un pura sensualidad del momento presente que al final termina esclavizándonos de nuestros sentidos y nuestros deseos.
‘Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato…’ pedíamos en el salmo. ¿Qué es nuestra vida? ¿Cuántos son nuestros días o nuestros años? ‘Mil años en tu presencia son como un ayer que pasó… como hierba que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca…’ Nuestra vida no se consume con los días que aquí vivimos y todo es lo que ahora podamos sufrir o disfrutar. Hay algo que da una trascendencia a nuestra vida y que sólo en el Señor podemos encontrar. ‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos’, seguimos diciendo con el salmo.
Vivamos con responsabilidad la vida no encerrados en nosotros mismos o en el disfrute egoísta de nuestras cosas. No podemos, por otra parte, vivir ajenos a aislados de los demás. Tenemos una responsabilidad con la sociedad en la que vivimos, empezando por la familia de la que formamos parte, o aquel lugar concreto donde convivimos con los demás y hacemos nuestra vida.
¿Con que vamos a contribuir? No es sólo lo material lo que podemos ofrecer, hay algo más que podemos ofrecer de la riqueza que es nuestra propia vida. Todos hemos de contribuir a esa armonía, a esa paz, a esa buena convivencia, a ese sentido nuevo de fraternidad con aquellos que nos rodean, poniendo el granito de arena de nuestros valores y cualidades. No vamos a construir graneros para nosotros solos sino que hemos de abrirnos a los demás, pensar en los otros que formamos todos este mismo mundo como una gran familia.
Vivimos en medio del mundo y hacemos uso de las realidades de nuestro mundo, pero como cristianos nosotros tenemos otro sentido que darle a todo eso, tenemos otros valores que nacen de nuestra fe en Jesús y su evangelio al que hemos convertido nuestro corazón.
La Palabra nos invita a no engañarnos a nosotros mismos y a renovarnos de verdad cuando nos hemos decidido a seguir a Jesús. ‘Despojaos del hombre viejo con sus obras… dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros… y revestíos del hombre nuevo…’ nos dice san Pablo. Y nos habla de las idolatrías que pudiera haber en nuestra vida, impurezas y malas pasiones, codicias y avaricias. Lo que nos decía Jesús en el evangelio. ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’.
Una perspectiva nueva que nos hace mirar las cosas en su justo valor y sentido, una perspectiva que nos hace sentir la trascendencia que tiene nuestra vida. La plenitud sólo podremos tenerla en el Señor y la plenitud que el nos ofrece es vida eterna, es felicidad eterna. ¿Para qué andar agobiados entonces por las cosas terrenas y materiales? Que no sea vacío y vanidad nuestra vida, sino que sepamos llenarla de lo verdaderamente importante.

sábado, 31 de julio de 2010

Unas cadenas que nos llevan a la muerte

Jer. 26, 11-16.24;
Sal. 68;
Mt. 14, 1-12

Cuando nos dejamos seducir por el mal y lo dejamos introducir en nuestra vida desde el desorden de unas pasiones descontroladas o desde un egoísmo u orgullo que nos encierra en nosotros mismos, pronto hará que nos sintamos encadenados a ese mal; ¿en qué sentido digo encadenados? no sólo en el sentido de que nos veamos esclavizados de ese mal sino también en el sentido de una cadena en la que un eslabón nos va llevando a otro eslabón y un pecado nos va introduciendo en otro pecado hasta convertirse en una cadena si no sin fin, sí sin que podamos romper fácilmente esa espiral de pecado.
Es lo que contemplamos en este episodio del martirio del Bautista, pero más que nada en la cadena sin fin de maldad del rey Herodes. Sus pasiones descontroladas se hacían vivir de una forma ilícita; el Bautista, como profeta y hombre de Dios, le denunciaba aquella forma de vivir, pero eso le costó la cárcel, ‘pues había mandado prender a Juan y lo había metido en cárcel encadenado’; segundo eslabón. ‘Quería mandarlo matar, pero temía a la gente’, es otro paso más en esa espiral en cuyas redes iba cayendo más y más.
La ocasión vendrá finalmente con la fiesta desenfrenada de su cumpleaños, las promesas bajo juramentos vanos a la hija de Herodías que había bailado en su honor, y finalmente la decapitación de Juan ante la petición de aquella malvada mujer que quería quitar de en medio a quien era un toque fuerte en la conciencia. ‘Dame ahora en una bandeja la cabeza de Juan Bautista’, fue la petición. Vendrían los temores y respetos humanos, como tantas veces que también nosotros nos sentimos cogidos por los respetos humanos y nos dejamos arrastrar por lo malo, y vendría finalmente la muerte del Bautista.
Creo que esta reflexión que nos hacemos contemplando el proceder de Herodes puede ser un buen toque de atención para nosotros. Cuántas veces comenzamos en nuestra debilidad por darle poca importancia a alguna cosa pero de la que luego nos sentiremos cogidos y nos irá llevando también de un mal a otro, de un pecado a otro pecado, sin que tengamos muchas veces la valentía de reconocer lo malo que hacemos para arrepentirnos y romper esa espiral de pecado en la que metemos nuestra vida.
Que el Señor nos dé luz y abra nuestros ojos para no caer en la seducción del mal y del pecado. Que tengamos una conciencia recta para saber discernir lo bueno de lo malo y caminemos siempre por la senda recta, por la senda del bien. ‘Que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que no se cierre la poza sobre mí’, como pedíamos en el salmo responsorial. ‘Yo soy un pobre malherido, Dios mío, que tu salvación me alcance…’
Hoy el Bautista nos ofrece el testimonio de su palabra valiente de denuncia del mal y del pecado, pero el testimonio final de su muerte, de su martirio. Que abramos nuestro corazón a Dios, como él supo hacerlo para dejarse transformar por la Palabra de Dios que anunciaba. La austeridad con que vivía en el desierto es también para nosotros un hermoso testimonio que nos ayude a discernir lo que verdaderamente es importante y así aprendamos también a negarnos a nosotros mismos para tomar el camino de Cristo. Además ese camino de negación y sacrificio será para nosotros una escuela buena y un buen entrenamiento para saber decir no al pecado que de tantas maneras quiere meterse en nuestra vida. No caigamos en las cadenas que nos llevan a la muerte.

viernes, 30 de julio de 2010

Necesarias actitudes de fe, humildad y acogida ante la Palabra

Jer. 26, 1-9;
Sal. 68;
Mt. 13, 54-58

Siempre es bueno que nos preguntemos y revisemos sobre las actitudes con que venimos a escuchar la Palabra de Dios y la fe que tengamos para aceptarla. Porque nos puede suceder que lo que deseemos sean palabras que nos halaguen o palabras elocuentes y bellas, palabras que satisfagan nuestra vanidad y por contra rehuyamos aquello que nos haga pensar o señale cosas que tendrían una exigencia distinta para nuestra vida. También podríamos tener prejuicios frente a quien nos anuncia la Palabra de Dios y eso haga que nos cueste también el aceptarla por una falta de verdadera humildad delante de Dios que quiere llegar a nosotros.
Sucedía con los profetas como hemos venido escuchando y hoy mismo con el profeta Jeremías, sucedió con Jesús mismo como vemos hoy en su propio pueblo de Nazaret, y nos sigue sucediendo muchas veces hoy.
Una vez más hemos visto que el profeta recibe una Palabra de Dios que tiene que anunciar y no será aceptado. ‘Vino esta palabra del Señor a Jeremías…’ El profeta simplemente trasmite el mensaje que el Señor le dice. ‘Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras. Y cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: eres reo de muerte…’ La invitación a la conversión que les hacía el profeta de parte de Dios no les agradaba porque les hacía reconocer su pecado y su impiedad que merecían el castigo del Señor. ‘El pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor’.
Sucede con Jesús en la sinagoga de Nazaret. Hemos escuchado muchas veces el relato paralelo en san Lucas. Y aunque la gente se admira de sus milagros y de su sabiduría - ‘¿de dónde saca este esa sabiduría y esos milagros?’ - no terminan de creer en Jesús. Primero orgullo porque allí se había criado, pero luego desconfianza, porque en fin de cuentas era uno de ellos.
¿Por qué esa desconfianza? ¿Quizá esperaban cosas más espectaculares? ¿Quizá deseaban escuchar un personaje venido de otros sitios? Jesús allí se había criado, era el hijo del carpintero, y allí estaban sus parientes. ‘¿De donde saca todo esto? Y desconfiaban de El… y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe’. Así les recordaría el clásico dicho ‘sólo en su tierra y en su patria desprecian a un profeta’.
Como nos planteábamos al principio creo que la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado lo que quiere hacernos es esa revisión de nuestras actitudes, nuestra fe, nuestra humildad ante la Palabra que nos llega, nuestra aceptación. Es una Palabra viva y que nos llena de vida. Puede manifestársenos en cosas muy sencillas, en pensamientos muy elementales quizá, pero siempre tiene la fuerza del Espíritu, la fuerza de la Palabra de Dios, que viene a nosotros como semilla que quiere germinar vida en nosotros, pero que dependerá de la tierra que seamos o de cómo la hayamos preparado. Recordemos las parábolas de la pasada semana.
Siempre hay un mensaje de vida, de salvación, de gracia para nosotros. Pero sepamos detenernos con humildad y con mucha fe ante esa Palabra que escuchamos y encontraremos ese mensaje del Señor para nosotros. Por eso es importante ese silencio de interiorización. No podemos escucharla a la carrera y pronto a otra cosa, sino que como lluvia mansa hemos de dejar que caiga lenta y pausadamente sobre nosotros para que vaya penetrando en nuestra vida y empapándonos de la gracia del Señor. Que no rechacemos nunca lo que el Señor quiere decirnos.

jueves, 29 de julio de 2010

Que del ramillete de nuestra fe y nuestra esperanza se desprendan los pétalos olorosos de nuestro amor


1Jn. 4, 7-16;
Sal. 33;
Jn. 11, 19-27

¡Dichoso hogar de Betania! Un hogar lleno de Dios, un hogar donde resplandecían, y de qué manera, las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza, el amor. Qué modelo más hermoso para nuestros hogares; cuánto podemos aprender para el ejercicio de todas las virtudes cristianas.
Estamos celebrando a Santa Marta, y hemos de fijarnos en ella de manera especial, la mayor de los tres hermanos, de aquella dichosa familia que tantas veces acogió a Jesús y a los discípulos en su hogar de Betania. Normalmente al fijarnos en ella la tenemos como modelo de servicio y de acogida, y cuando hoy estamos celebrándola en este hogar, pareciera que esas son de manera especial las virtudes en que hemos de fijarnos y en las que es modelo muy especifico de nuestros hogares.
Pero quisiéramos fijarnos en ese ramillete especial de las virtudes teologales del que se van desprendiendo luego como pétalos olorosos que nos dejan su perfume todas las demás virtudes que enriquecen nuestra vida cristiana. Podemos afirmar rotundamente cómo habitaba Dios en aquel hogar piadoso de personas profundamente creyentes y llenas de esperanza en las que resplandecía fuertemente el amor, fuente y origen de tantas otras virtudes y valores que allí vemos hermosamente encarnadas.
El evangelio que hemos escuchado nos lo manifiesta. Y es que la virtud de la fe empapa la vida del creyente para envolver todas sus actitudes y todas sus acciones de ese aroma de la fe que nos penetra profundamente para hacerse una misma cosa con nosotros, ya sea en los momentos fáciles de la vida como en los momentos difíciles.
Porque ser creyente no es sólo una afirmación que podamos hacer salida solamente de la cabeza o de nuestros razonamientos y en un momento determinado, sino que tiene que convertirse en la raíz profunda que nos hace afirmarnos, enraizarnos, totalmente en Dios cualesquiera que sea la circunstancia que vivamos. La fe da sentido y valor a lo que hacemos y a lo que vivimos; la fe no es un adorno que sobreponemos en un momento determinado sobre nuestra vida sino que tiene que motivar todo lo que hacemos, pensamos, decimos; en la fe encuentran su razón de ser todas las opciones que tengamos que hacer o el sentido que le damos a todo nuestro actuar.
Por eso decimos cómo habitaba Dios en aquel hogar, en aquellos corazones; y decimos que Dios habitaba en aquel hogar no solamente cuando recibían a Jesús con su acogida, que también por supuesto y de qué manera, o cuando proclamaban su fe en El, sino que era lo que les motivaba en todo lo que hacían y vivían desde su profunda vida de creyentes.
Decíamos que el evangelio de hoy nos lo manifiesta, aunque no nos quedamos sólo en los pocos versículos proclamados. Tendríamos que fijarnos en todo su entorno o contexto. Cuando Lázaro está enfermo, le mandan a decir a Jesús que el que ama, su amigo Lázaro, está enfermo. Y aunque Jesús no se haga presente en el momento – El les dirá a los discípulos mientras finalmente vienen, que aquella enfermedad y muerte no es mortal sino para que se manifiesta la gloria de Dios – aquellas mujeres siguen creyendo y manteniendo la esperanza en la vida sin fin.
Surgirá la oración quejumbrosa, porque Jesús no había llegado a tiempo según su parecer- ‘si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano…’ -, pero será también la oración llena de confianza: ‘sabemos que lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá’; pero, aún en ese momento difícil, - ¿cómo no iba a ser difícil si había muerto el que era el sustento de la familia? - se manifiesta, sin embargo, con toda firmeza la esperanza: ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’.
Jesús insistirá y pedirá una manifestación más explícita de su fe. ‘Yo soy la resurrección y la vida y el que cree en mí aunque haya muerto vivirá. ¿crees tú eso?’ Y la respuesta de Marta será contundente: ‘Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que tenía que venir al mundo’. ¡Qué hermosa confesión de fe y cuánto va a significar en sus vidas! Todo se va a transformar porque Dios les regalaba su amor con la vuelta a la vida de su hermano Lázaro.
San Juan en sus cartas afirmará: ‘Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en Dios y él en Dios’. Sí, Dios habitaba en aquel generoso y profundamente creyente corazón. Dios no podía menos que habitar en aquel hogar. Estaban confesando su fe en Jesús con expresiones semejantes a las que Pedro un día hiciera. Allí había unas personas profundamente creyentes y llenas de esperanza. Cómo no iba a resplandecer el amor en aquellos corazones. ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor’. Y ese amor de Dios se ha manifestado en Jesús, que ha venido y que ha venido como nuestro salvador. Y ese amor reinaba en el corazón de Marta y en el corazón de aquel hogar. ¿Cómo no iba Dios a habitar entre ellos? ¿Cómo no se iban a manifestar las maravillas del Señor?
Con un corazón así, con una fe tan grande y una esperanza tan arraigada, no nos extraña la actitud acogedora y hospitalaria que era norma de su vida, y que nos refleja en otros momentos del evangelio y que recientemente hemos escuchado. ‘Jesús entró en una aldea, nos había contado Lucas, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa’. Ya sabemos cómo se afanaba hasta la extenuación por atender y acoger al Maestro que había llegado a su casa. No quería que nada faltara porque el amor se inventa mil detalles para significarse y hacerse presente en las actitudes pero también en las acciones que realizamos para acoger al otro. Son esos pétalos olorosos y perfumados que se manifiestan en nuestros gestos humildes pero llenos de cariño, en esa escucha, en esa atención, en esa generosidad nacida desde lo más hondo de corazón. ¡Cuánto tendríamos que aprender!
Perfumemos nuestra vida con esos detalles de amor hacia los otros para que les hagamos la vida agradable a aquellos con los que convivimos. Desterremos de nosotros esos olores repelentes del egoísmo o de la envidia, de nuestros orgullos o de los resentimientos y rencores. Si supiéramos perfumar nuestra vida con el amor seríamos más felices y haríamos más felices a los demás. Aprendamos de Marta a abrir nuestro corazón a Dios que llega a nosotros.
Aprendamos esa virtud de la hospitalidad y dejemos que Jesús sea el huésped de nuestro corazón. Le acogemos y le recibimos en nuestra vida cuando por nuestra fe le confesamos también como el Hijo de Dios y el Salvador que tenía que venir al mundo.
Le acogemos y le recibimos disponiendo nuestro corazón para la oración, una oración humilde y confiada como la de Marta, una oración que se bebe sus Palabra como hiciera María, la hermana de Marta.
Le acogemos y le recibimos en los Sacramentos que llega a nosotros con su gracia que nos salva, nos perdona, nos llena de vida, nos alimenta, nos une profundamente a El. Pero sabemos también cómo tenemos que acogerle y recibirle en el hermano, en todo aquel que se acerca a nosotros o está a nuestro lado; y cómo tenemos que saber hacerlo en el hermano que sufre, que necesita de nuestro amor, de nuestra atención, de nuestra escucha, de nuestro consuelo. Ya sabemos lo que nos dice Jesús en el evangelio que todo lo que le hagamos al otro a El se lo estamos haciendo.
Aprendamos de Marta a mantenernos firmes en nuestra fe y nuestra esperanza también en los momentos difíciles y de dolor. No nos faltarán en la vida sufrimientos y amarguras en los achaques de nuestros cuerpos débiles o en los problemas que nos pueden ir apareciendo, porque nos aparece la enfermedad o porque en algún momento podemos sufrir desaires de los demás que pudieran hacernos sufrir. Pero si hemos sabido hundir las raíces de nuestra vida en la fe en el Señor, si hemos sabido llenarnos de esperanza y amor, de una forma distinta nos iremos enfrentado a todas esas cosas y la luz de Dios nunca abandonará nuestras vidas.
Que nuestro corazón esté siempre abierto para el Señor y en El pongamos toda nuestra esperanza y nuestra confianza. Aunque algunas veces las lágrimas puedan empañar nuestros ojos y nos cueste ver su presencia, su amor no nos faltará y su gracia estará siempre con nosotros. Como contemplamos hoy en santa Marta, que así llenemos nuestra vida de Dios, que así confesemos nuestra fe en Jesús como el Hijo de Dios que es nuestro Salvador y Dios permanecerá en nosotros y nosotros en El. Que del ramillete de nuestra fe y de nuestra esperanza se desprendan los pétalos olorosos de nuestro amor.

miércoles, 28 de julio de 2010

El tesoro de la fe por el que hemos de ser capaces de darlo todo

Jer. 15, 10.16-21;
Sal. 58;
Mt. 13, 44-46

En las cosas de la vida somos muy interesados y para conseguir aquello que anhelamos no nos importan los esfuerzos que haya que hacer o los sacrificios por los que tengamos que pasar. Y cuando digo en las cosas de la vida me refiero en primer lugar a las cosas materiales, las riquezas o placeres de este mundo y todas esas cosas que soñamos poseer porque en ellas quizá ponemos nuestra felicidad. El que aspirar a tener una buena cosa o un buen coche, un lugar importante o influyente en la vida o unas cosas de las que presumir, y así no sé cuantas cosas más en nuestra vanidad podemos desear.
Pero en las cosas de la Vida, y ahora pongo VIDA con mayúsculas, como pueden ser unos principios morales por los que regir nuestro caminar, una fe que nos ilumine, un Dios en quien creer y a quien amar, un sentido hondo a nuestra existencia, ¿seremos capaces igualmente de esforzarnos y hacer los sacrificios que sea con tal de vivir de esa manera? Pareciera que en las cosas de Dios somos mas remisos y tacaños, ponemos límites a los esfuerzos o deseos de superación, rehuimos lo que signifique un sacrificio o un negarnos a nosotros mismos. Pienso en lo tacaños que somos para Dios tantas veces a la hora de dedicar nuestro tiempo a las cosas de Dios o a las vivencias religiosas.
Cómo encontramos siempre mil disculpas para la misa del domingo; cómo nos cansamos tan fácilmente en nuestras celebraciones que siempre nos parecen largas, mientras en otras cosas se nos van las horas y nunca miramos el reloj. El otro día contemplaba a unas personas a las que había visto danzando en una fiesta sin manifestar ningún cansancio a pesar de ciertas deficiencias físicas que padecían, pero cuando llegaba la hora de la Misa se la pasaban sentadas porque era cansado estar de pie los momentos que hay que estarlo en la celebración. Es una anécdota, si queréis, pero que manifiesta quizá muchas actitudes que puede haber en el interior.
¿Será en verdad para nosotros la fe ese tesoro escondido y encontrado o esa perla preciosa de la que nos habla Jesús hoy en las parábolas? ‘El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo… se parece también a un comerciante en perlas finas que al encontrar una de gran valor, vende todo lo que tiene y la compra…’ Nuestra fe en Jesús es ese tesoro, esa perla fina, por lo que tendríamos que ser capaces de darlo todo.
Tenemos que saber buscar ese tesoro. Tenemos que saber encontrarlo. Cristo viene a nosotros como lo más grande y hermoso que nos pueda suceder. Tenemos que despertar nuestra fe que muchas veces parece aletargada y dormida. Tenemos que descubrir de verdad toda la riqueza del Evangelio. A pesar de que cada día lo estemos escuchando y tanto hayamos oído hablar de Jesús y del Reino de Dios, algunas veces no le damos toda la importancia que tendríamos que darle. Y la fe pudiera convertirse en un adorno de nuestra vida que utilicemos según nos convenga.
Pero ese tesoro de nuestra fe es único, y por vivir esa fe tendríamos que ser capaces de darlo todo. Dios es lo más hermoso que nos puede suceder en la vida, nuestro encuentro con El, la escucha de su Palabra, su presencia en nuestra vida, allá en lo más hondo de nosotros. Valoremos nuestra fe; valoremos nuestro ser cristiano; valoremos todo lo que nos enseña Jesús; valoremos la salvación y el amor que Jesús nos ofrece. Démosle gracias a Dios por el don de la fe.

martes, 27 de julio de 2010

Quien lo encuentra vive para siempre

Jer. 14, 17-22;
Sal. 78;
Mt. 13, 36-43

‘La semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Cristo. Quien lo encuentra vive para siempre’. Es la antífona del Aleluya del Evangelio que hemos proclamado.
Estos últimos días hemos venido escuchando las parábolas con que Jesús nos habla del Reino de Dios y que san Mateo reúne en el capítulo trece, aunque en las diferentes fiestas que hemos tenido en ocasiones ha sido otro el evangelio proclamado. Hoy los discípulos cuando llegan a casa le piden que les explique la parábola del trigo y de la cizaña y hemos escuchado la explicación que les de Jesús.
El sembrador es Cristo y El siembra la buena semilla de la Palabra de Dios. Pero el maligno anda por medio y siembra la mala semilla. Es la realidad de nuestro mundo en el que convive el bien y el mal, quienes siembran la buena semilla en su corazón, pero también los que llenos de maldad se dejan seducir por esa mala semilla, por la cizaña del mal.
Quien lo encuentra vive para siempre, decía la antífona antes citada. Es lo que deseamos, lo que buscamos con ansia y no queremos perdernos en esa búsqueda. Recibimos muchas influencias desde el exterior, pero también el mal se nos puede meter en el corazón, porque como nos dice Jesús en otra ocasión es de ahí de donde salen los malos deseos. Por eso hemos de estar atentos, vigilantes, buscando la verdad de Jesús y su salvación; queriendo sentir en todo momento su fuerza y su vida. Porque queremos vivir para siempre, porque queremos tenerle a El siempre con nosotros.
Cada día, cada mañana o cada tarde, venimos a su encuentro y queremos alimentarnos de El. Queremos escucharle, porque queremos seguirle y vivirle. Queremos ser sus discípulos para seguir su camino aunque nos cueste y veamos muchas sombras alrededor. Pero no queremos apartarnos de su luz. No queremos dejar que nos inunden las tinieblas del mal que siempre están al acecho. Y además queremos ser luz para los demás, porque queremos llevarles a Cristo, porque queremos llevarlos a Cristo.
Cómo tenemos que saber aprovechar esta hermosa oportunidad que tenemos cada día. Con cuánta atención queremos escuchar su palabra. Queremos ser como nos dice Jesús hoy en el evangelio, ‘los justos que brillarán como el sol en el Reino de su Padre’.
Que demos frutos, que demos buenos frutos de esa semilla que ha sido sembrada en nuestro corazón, que resplandezcamos por nuestro amor, que brillen nuestras buenas obras, para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo. Nuestros frutos, los frutos de las buenas obras que hagamos tienen que ser luz para los demás para que ellos también vengan a Jesús.
Sin embargo, somos conscientes de que muchas veces nos llenamos de tinieblas porque somos pecadores. Como nos decía el profeta ‘reconocemos nuestra impiedad… porque pecamos contra ti. Pero no nos rechaces, por tu nombre… recuerda tu alianza… líbranos por el honor de tu nombre…’ como decíamos también en el salmo; recuerda, Señor, el amor que nos tienes, hemos de pedirle para que tenga misericordia de nosotros. Con cuánta confianza termina el profeta ‘¿no eres, Señor Dios nuestro, nuestra esperanza porque tú lo hiciste todo?’ En El ponemos toda nuestra esperanza.