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sábado, 7 de diciembre de 2024

Ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente el Reino de Dios con los signos de nuestra vida con una esperanza viva, unas señales verdaderas del amor de Dios

 


Ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente el Reino de Dios con los signos de nuestra vida con una esperanza viva, unas señales verdaderas del amor de Dios

Isaías 30, 19-21. 23-26; Salmo 146; Mateo 9, 35 — 10, 1. 5a. 6-8

¿Habremos visto o nos habremos encontrado en alguna ocasión con alguien que lloraba sin consuelo? Seguramente que en la experiencia de la vida nos habremos encontrado una situación así. ¿Qué hemos sentido? ¿Cómo nos hemos sentido? Habremos sentido pena, pero quizás hemos sentido desconsuelo en nosotros mismos por no saber qué hacer o cómo actuar. Al final ¿hemos terminado haciendo algo?

Pero no nos quedemos en situaciones que podíamos llamar personales, de un individuo, sino pensemos en algo más amplio, una familia desconsolada por algún acontecimiento que les ha afectado a todos, un accidente de un miembro de la familia, la muerte de un ser querido, un problema gordo que les ha hecho perder todo, por ejemplo, ¿Cuál ha sido nuestro reacción?

Pero dando un paso más ya no será solo una familia sino una comunidad, un pueblo, ante una catástrofe – como ahora hemos visto recientemente lo de la DANA o no hace tantos años en nuestro tierra con el volcán de la isla de La Palma – que se sienten desconcertados, que lloran sin consuelo ante las perdidas sea cual sea lo que haya sucedido, y nos preguntamos también ¿qué hemos sentido o cómo nos hemos sentido? ¿Tendremos palabras de consuelo o solo nos quedamos en eso?

De eso nos está hablando el evangelio en aquel comienzo de la predicación de Jesús. Recorría toda Galilea con el anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba. Pero ¿qué es lo que se encuentra Jesús? Por una parte vemos que una primera reacción de la gente ante las palabras y los gestos de Jesús es traerle todo los enfermos e impedidos para que Jesús los cure; pero detrás de todo eso Jesús ve algo más; allí hay una gente que ha perdido la esperanza, una gente desorientada porque incluso los dirigentes sociales y religiosos no están realizando lo que deberían hacer, y Jesús ve que la gente está como las ovejas que no tienen pastor. Les falta verdadero alimento para sus vidas y les falta unos guías que en verdad les conduzcan por los mejores caminos de la vida. Lo que está sucediendo entre aquellas gentes está muy lejos de lo que el Señor quiere para ellas.

Pero Jesús no se queda con los brazos cruzados preguntándose una y otra vez qué es lo que hay que hacer. Pone manos a la obra porque lo primero que hay que hacer es despertar la esperanza para que todos tengan ganas de luchar y de salir adelante; irá dejando señales de lo que es ese mundo nuevo, ese Reino nuevo que está anunciando, con los signos que realiza, con los milagros que va haciendo. Pero pronto en su entorno se irá formando el grupo de los que escuchan y acogen su Palabra; vemos como constituye el grupo al elegir a los que van a ser sus apóstoles, sus enviados.

Ellos también podrán realizar los signos que El hace; nos dice que les da poder, está en ellos despertando la fe y la esperanza para que realicen sus mismas obras. El Reino nuevo tiene que irse manifestando en las obras que realizan. ‘Curad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, expulsad demonios’, son muchos los signos que han de realizar.

Es el consuelo para los que no tienen consuelo, es la vida para los que se sienten muertos, es el ponerse en camino para los que les parece que nada pueden hacer, es sentirse limpios y puros porque en Jesús somos sanados. Es nuestra tarea hoy. También a nuestro alrededor encontramos un mundo que parece que no tiene consuelo; cuánto sufrimiento, cuántas soledades, cuántas desesperanzas, cuántas lágrimas vemos derramarse a nuestro alrededor.

Pero ahí tenemos que estar nosotros para anunciar que el Reino de Dios ha llegado, ahí tenemos que estar nosotros para hacer presente ese Reino de Dios con los signos de nuestra vida; así tenemos que presentarnos ante el mundo, tenemos que ser ese paño de consuelo, pero tenemos que manifestar una esperanza vida, tenemos que mostrar unas señales verdaderas de lo que es el amor de Dios.

¿Cómo nos sentimos ante el mundo que nos rodea? ¿Nos quedaremos cruzados de brazos o nos pondremos en camino con la misión que Jesús nos confía?

 

viernes, 6 de diciembre de 2024

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

 


¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

¿Será posible? Una pregunta que nos hacemos, muchas veces echando una mirada atrás, o viendo la realidad que vivimos, o una pregunta que podríamos llamar de futuro, una pregunta que encierra de alguna manera una esperanza de que sea posible algo mejor.

¿Por qué me suceden a mí estas cosas? ¿Qué he hecho? ¿Será posible que yo sea el único castigado? Preguntas así que nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas, cuando las cosas no obtienen el resultado que esperábamos, cuando nos llega la enfermedad, un accidente, alguna cosa desagradable en la vida que de alguna manera nos desestabiliza. ¿Nos hundimos a veces parece que estamos en el borde y no sabemos qué hacer o a quien acudir? Unas preguntas del pasado y del presente, que podríamos llamar.

Pero también nos preguntamos sobre la posibilidad de algo mejor, de un futuro mejor. ¿Será posible que un día salgamos de esta situación? ¿Podremos encontrar un día una vida mejor? Y pensamos en nuestra vida personal con nuestros sueños, con nuestros deseos, con nuestros planes y proyectos, como al mismo tiempo miramos en derredor nuestro, nuestro mundo y nuestra sociedad con sus problemas, ¿será posible que un día podamos tener, podamos hacer un mundo mejor? Son las esperanzas que nunca nos deberían faltar y que nos dar fuerza, que nos hacen caminar con empuje y buen ánimo.

En este camino de adviento que estamos haciendo que tiene que ser siempre un camino de esperanza hoy se nos ofrece un texto del evangelio con mucho significado. Nos habla de un signo realizado por Jesús. ‘Dos ciegos seguían a Jesús gritando: ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’.

Muchas preguntas también se habrían hecho muchas veces dada su situación y el sentido que para ellos tenía el sufrimiento, el dolor, en este caso la ceguera, como un castigo, como una consecuencia de un pecado. Lo vemos reflejado muchas veces en los relatos del evangelio. ¿Qué hacer? ¿Resignación? ¿Vivir su pobreza y todas sus carencias dependiendo de las limosnas que en el camino pudieran ofrecerles? Una vida muchas veces de mucha pasividad y dependencia, porque su ceguera les impedía hacer una vida normal. ¿No entraremos nosotros en esa área de conformismo y pasividad cuando no vemos soluciones, nos cegamos con los mismos problemas?

Aquellos hombres vieron una tabla de salvación con el paso de Jesús. Tendrían ya conocimiento de los signos que Jesús realizaba. Podían recordar lo anunciado por los profetas, como es el texto que hoy también se nos propone, y como decían que si aquel profeta de Galilea podía ser el Mesías, ¿por qué no acudir a El pidiendo su compasión? Creían en verdad que era posible algo nuevo y distinto, que podrían recobrar la vista; por eso acuden a Jesús.

‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ les pregunta Jesús cuando finalmente al llegar a casa pueden acercarse a El. Están convencidos que sí. ‘Y entonces Jesús les tocó los ojos, diciendo: Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.

¿Estaremos convencidos también nosotros que sí? Nos lo preguntamos ante esta navidad que se acerca, nos lo preguntamos desde esa situación personal que cada uno vivimos con nuestras historias y con nuestros problemas, con las rémoras que aun llevamos en el camino pasado de la vida y con nuestros sueños y expectativas; nos lo preguntamos desde esa situación que vive nuestro mundo, con todo lo que está sucediendo en nuestro mundo; nos lo preguntamos desde la situación concreta de esa sociedad en la que vivimos donde seguimos contemplando tantas cosas que no entendemos, donde contemplamos tantas rupturas en la propia sociedad, donde contemplamos la acritud con que vivimos la vida social y política… son tantas cosas.

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad? Lo que vamos a vivir en la navidad, ¿cómo nos va a afectar personalmente en nuestro mundo interior? ¿Afrontaremos de una manera nueva toda esa problemática que vivimos personalmente o que vivimos en nuestra familia? ¿Cómo va a ser una nueva luz para nuestra Iglesia? ¿Cómo nos sentiremos impulsados a hacer algo por mejorar nuestra sociedad?

¿Nos quedaremos conformistas y pasivos porque pensamos que nada podemos hacer, nada podemos cambiar? ¿Dónde está nuestra esperanza, una esperanza comprometida?

jueves, 5 de diciembre de 2024

Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

 


Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando nos sentimos con seguridad allí donde estamos parece que comenzamos a saborear las mieles de la paz; desde esa seguridad no tenemos miedo a los ataques que podamos recibir porque nos sentimos protegidos por aquello o por quien nos da esa seguridad; cuando procuramos por todos los medios mantener esa serenidad de nuestro espíritu nos sentimos fortalecidos para afrontar todos los embates y peligros y nada nos va a perturbar en nuestro corazón. Tarea difícil sin embargo tenemos que reconocer cuando nos falta la confianza, tarea difícil porque quizás en momentos determinados buscamos apoyos allí donde no vamos a encontrarlos, o porque dejamos que la confusión se meta dentro de nuestro espíritu que como vientre de caballo de Troya nos va a hacer perder esa estabilidad. Mantener la calma y la serenidad, pero conocer bien la roca sobre la que hemos edificado nuestra vida.

Espiritualmente es un camino de fe el que hemos de realizar, pero un camino que hemos de cimentar bien para que no haya errores ni confusiones, para que no se tambalee nuestra fe cuando aparezcan las oscuridades, para que no andemos zarandeados de una lado para otro dejándonos arrastrar por el más fuerte o novedoso canto de sirena que pueda sonar en nuestros oídos.

El profeta hoy nos ha hablado de una ciudad fuerte con sus murallas y baluartes, fundamentado en la lealtad que le da ánimos para mantenerse firme y conseguir la paz. ¿De donde saca esos ánimos que le ponen en camino de lealtad? Porque sabe que el Señor es la Roca perpetua que nunca fallará.

Ser leales, qué importante. Aunque nos veamos zarandeados por muchas cosas de la vida que parece que nos quieren hacer perder el equilibrio. Tenemos que apoyar bien fuertes nuestros pies en el suelo, sobre esa roca que no nos falla y que nada podrá hacer resquebrajar. Muchas veces en la vida andamos como veletas dejándonos llevar de aquí para allá según el viento que nos sople. Nuestro anclaje tiene que ser fuerte, nuestros principios tienen que ser inamovibles, nuestros valores no pueden ser hoy unos y mañana cambiamos según las conveniencias.

Que importante que sigamos el camino que hemos emprendido porque tenemos claras las metas que tenemos en la vida. Es una madurez humana y espiritual que tiene que ir creciendo continuamente en nosotros. No es fácil, porque son muchas las influencias que recibimos; no es fácil, porque nos acecha la tentación de tantas ofertas que estamos recibiendo continuamente. Cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina, como nos dice el refranero popular.

Por eso hoy Jesús nos habla de los buenos cimientos que tenemos que darle a nuestra vida; no nos podemos quedar en apariencias ni en palabras bonitas, hemos de saber enraizar bien nuestra vida. El árbol que tiene raíces superficiales ante el menos viento es derribado. La casa edificada sobre arena, nos dirá Jesús en sus alegorías y comparaciones, es derribada cuando viene la tormenta y el huracán; la que está bien cimentada sobre roca y en el lugar más oportuno permanece.

Algunas veces somos atrevidos desde falsas seguridades cuando queremos apoyarnos solo en nosotros mismos, nos metemos en la boca del lobo, vamos donde sabemos que nos vamos a encontrar en peligro; tenemos que tener fuerza de voluntad pero sobre todo claridad de espíritu para ver donde tenemos que estar y lo que tenemos que hacer.

Hoy nos dice Jesús que no nos basta decir ‘¡Señor! ¡Señor!’, sino que es necesario algo más. Y nos habla de la Palabra de Dios que tenemos que escuchar, y plantar en nuestro corazón. ‘El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’, nos dice.

Ya en otro momento nos hablará de la semilla que no siempre sembramos en buena tierra; eso tenemos que ser, buena tierra, donde plantemos esa semilla de la Palabra de Dios para que pueda dar fruto, para que sea esa sabiduría de nuestra vida, para que sea esa fortaleza que nos mantiene firmes frente a las tentaciones del mal, esa luz que nos ilumine, ese sentido de nuestra vida que nos ayude a caminar por caminos de lealtad. Podremos alcanzar la paz, podemos sentirnos seguros en el Señor.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

No nos quedemos anclados a nuestras mesas que nos hacen quedarnos en vacío, sino desear de verdad sentarnos a la Mesa de plenitud que el Señor nos ha preparado

 


No nos quedemos anclados a nuestras mesas que nos hacen quedarnos en vacío, sino desear de verdad sentarnos a la Mesa de plenitud que el Señor nos ha preparado

Isaías 25, 6-10ª; Salmo 22; Mateo 15, 29-37

Todo encuentro vivido con intensidad termina en una comida, como también podemos decir que toda comida vivida con sentido es motivo y  alimento de encuentro y de comunión. Nos encontramos quizás de muchos años sin vernos y la alegría de ese encuentro nos llevará a que deseemos tomar algo juntos o hacer una comida para celebrar ese encuentro; pero también nos puede suceder que estemos haciendo un camino juntos pero en el que no faltan dificultades, que vivimos con una tensión fuerte en nuestro espíritu porque quizás parece que las esperanzas flaquean y no vemos la manera de salir adelante, que tenemos de alguna manera que empujarnos unos a otros para seguir haciendo el camino porque nos falta ánimo, un momento que nos detengamos a la vera del camino y compartamos ese pan de la amargura nos hace sentirnos fuertes y con renovadas esperanzas para seguir en nuestros intentos, para mantener los ánimos para la lucha y queremos avanzar hacia delante; ese pan compartido quizás con lágrimas sirvió para aunar nuestro espíritu y sentirnos renovados y con nueva fuerza.

¿Será algo así lo que necesitemos en estos momentos de la vida? Me viene a la mente los que últimamente han estado sufriendo las consecuencias de la DANA y ese pan que habrán compartido tantos en medio de su dolor pero que les mantiene el ánimo para seguir adelante; un pan de solidaridad que entre ellos habrán compartido, pero ese pan de la solidaridad de tantos que allí se han acercado para echar una mano o que desde lejos también se sienten solidarios y aportan lo que pueden. Me imagino ver a cuantos allí se han acercado que también han recibido lo que desde los mismos damnificados han recibido y compartido.

Como podemos pensar en los que están sufriendo tantas guerras como siguen retumbando en tantos lugares de nuestro mundo, en aquellos que todo lo han perdido y en las esperanzas que aun les quedan en sus espíritus para encontrar un día ese momento en que puedan compartir ese pan de la paz.

Mientras nosotros aquí, como tantos a lo largo y ancho de nuestro mundo cristiano queremos seguir haciendo nuestro camino de Adviento con esos deseos también de encuentro, con esos deseos de compartir vida, de llegar a encontrarnos con quien viene a ofrecernos el banquete del Reino nuevo de Dios. Es la imagen que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios. Por una parte ese anuncio del profeta de ese festín preparado para nosotros en el monte santo, donde se van a descorrer para siempre esos velos de dolor y de sufrimiento, donde van a ser enjugadas las lágrimas de todos los ojos, donde brillará una nueva alegría porque nos vamos a gozar con la salvación que nos trae nuestro Dios y que vamos a celebrar en la cercana navidad.

Pero el evangelio nos habla también de una comida. Allá hay una muchedumbre inmensa, una muchedumbre inmensa hambrienta – llevan varios días siguiendo los pasos de Jesús y las provisiones se han acabado y como dicen los discípulos dónde van a sacar comida para tantos en aquel despoblado -, pero una muchedumbre son sus dolores y sufrimientos - Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros y los ponían a sus pies -, una muchedumbre con sus esperanzas que parecían muchas veces frustradas, con sus sueños y con sus inquietudes, con sus deseos de algo nuevo y distinto que no terminaban de ver llegar y a todos Jesús quiere sanarlos, a todos Jesús quiere alimentarlos. El pequeño compartir de un corazón generoso se verá multiplicado por el amor y la misericordia del Señor y todos comerán hasta saciarse.

¿Seremos parte nosotros también de esa muchedumbre? En medio de ellos estamos también; de una forma o de otra nuestros corazones están también recargados de sufrimientos o con ansias de algo nuevo y distinto para nuestras vidas y para nuestro mundo. ¿Nos hemos puesto también en camino para venir al encuentro con el Señor para sentir como todo se renueva en nosotros y todo es posible que se vaya renovando en nuestro mundo? ¿Será esa verdaderamente la esperanza que llevamos en el corazón en este camino de Adviento? En lo que sucede a nuestro alrededor y en nuestro mundo encontraremos también ejemplo y estímulo para la renovación de nuestra vida.

No nos podemos quedar anclados a nuestras mesas que muchas veces lo que hacen es darnos más vacío, tenemos que desear de verdad sentarnos a la Mesa que el Señor ha preparado para nosotros. Busquemos el verdadero sentido de ese sentarnos a la mesa. ¿Será así nuestra navidad para nosotros?

martes, 3 de diciembre de 2024

Un camino de humildad y sencillez, de despojo de vanidades y autosuficiencias a través de nuestro adviento para llegar al encuentro con el Señor

 


Un camino de humildad y sencillez, de despojo de vanidades y autosuficiencias a través de nuestro adviento para llegar al encuentro con el Señor

Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Lucas 10, 21-24

Yo no necesito de nadie, yo me valgo solo, habremos escuchado o hemos contemplado las actitudes del prepotente que se cree valerse solo por si mismo siempre. Con su autosuficiencia que todo se lo sabe pretenden avasallar a todo el mundo; no inspiran confianza sino miedo y nadie se sentirá a gusto a su lado, porque lo que al final a pesar de todo el poder que pretenden tener se encontrarán vacíos y solos.

Nos topamos con gente así que hace desagradable su presencia, pero también tenemos el peligro y la tentación de algunas veces en aquellas cosas que creemos que sabemos o podemos también podamos tomar esas actitudes negativas en nuestra relación a los demás. Hemos de saber estar atentos y vigilantes, no de lo que los otros puedan hacer, sino de esas actitudes negativas que pudieran rebrotar en nuestro corazón.

En el lunes de nuestra primera semana de adviento y en la postura del centurión que pedía de Jesús la curación de su siervo paralítico llegamos a descubrir que tenemos que bajarnos al camino de la humildad que es por donde podemos encontrarnos con Dios. Parece que la palabra de Dios incide una vez más en el mismo ya desde estos primeros pasos del camino del adviento. Solo desde ese corazón humilde podemos sentir la revelación de Dios en nuestra vida. Parece que no se casan ese orgullo y autosuficiencia con que podamos andar por la vida con la presencia del Señor en nosotros.

Hoy las palabras de Jesús se hacen oración para dar gracias al Padre. Lo escucharemos en más de una ocasión poniendo su confianza en el Padre y poniendo su vida en sus manos. Como dirá en otra ocasión, levantando la voz incluso para que todos los oigan, da gracias al Padre porque lo escucha – El cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre, y como nos dirá para eso ha venido – pero en esa ocasión lo dice para que nosotros lo oigamos, para que nosotros aprendamos.

Hoy nos dirá. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien…’

Aquí está el gran mensaje de este día. Ha escondido los misterios de Dios a los sabios y a los entendidos y los ha revelado a los pequeños. ¿Quiénes serán los primeros que escuchen la buena nueva del nacimiento de Jesús en Belén? Los pequeños, los pastores, los pobres que al raso de la noche están cuidando sus ganados en los campos de Belén. ¿A quienes llamará Jesús dichosos y bienaventurados en el mensaje del sermón del monte? A los pobres, a los humildes, a los hambrientos, a los que tienen humilde corazón.

¿Quiénes serán los que prorrumpirán en alabanzas cuando escuchen sus palabras o contemplen los signos que van realizando con los milagros? La humilde mujer anónima que gritará en medio del gentío, los pobres y los sencillos que le siguen por todas partes poniendo en El toda su confianza, los que han reconocido sus limitaciones y deficiencias y humildes han sabido acudir desde la pobreza de sus vidas a Jesús porque solo en él encontrarán salud para sus vidas, los que se sienten pecadores e incluso despreciados de los demás que le buscarán aunque fuera ocultos entre los ramajes de una higuera y que encontrando la verdadera paz en sus corazones se sentarán a su mesa.

Los que tienen cosas que hacer, los que están envueltos en la autosuficiencia de lo que tienen y creen no necesitar de nadie, los que solo se quedan a la distancia para observar y para juzgar, los que no quieren mezclarse con los que consideran despreciables y pecadores, buscarán mil disculpas para no sentarse a su mesa o si intentan hacerlo es en medio de codazos y empujones, pero no merecerán ser dignos de sentarse en la mesa del Reino que será para los pobres de los caminos.

Es lo que nos va enseñando el evangelio. Es por lo que da gracias Jesús al Padre que se revela a los pequeños; es el camino que nosotros hemos de saber emprender despojándonos de tantas vanidades que nos tientan, de tantos orgullos que hacen agria nuestra vida, de tanta autosuficiencia que nos hace mirar de lado el evangelio.

¿Será ese el camino que vayamos haciendo en nuestro Adviento?

 

lunes, 2 de diciembre de 2024

Bajemos al campo de la humildad y se abrirá camino para que Dios llegue a nuestra vida, la paz inundará nuestro corazón y le daremos el mejor sentido a la navidad cercana

 


Bajemos al campo de la humildad y se abrirá camino para que Dios llegue a nuestra vida, la paz inundará nuestro corazón y le daremos el mejor sentido a la navidad cercana

Isaías 2, 1-5; Salmo 121; Mateo 8, 5-11

Situémonos en el lugar del episodio con los personajes de este evangelio que escuchamos al principio de esta primera semana de Adviento. Estamos en la ciudad de Cafarnaún, una ciudad en cierto modo cosmopolita por su situación, su actividad y los diferentes personajes que por ella circulan; es una población ciertamente judía, pero su situación geográfica junto al lago, al norte de Palestina, con la cercanía de Siria y la Decápolis, unos pescadores que allí se concentraban para su actividad de pesca, en cierto modo un cruce de caminos entre distintas regiones  hacía que como en el episodio no solo nos encontramos israelitas, sino también un centurión romano, un criado paralítico y una gente que convive con respeto esa variada situación. Allí ha centrado Jesús por otra parte su predicación en el anuncio del Evangelio en Galilea, la casa de Simón Pedro viene a ser como el centro que todo lo aglutina.

¿Será algo así la situación en que hoy nosotros nos encontramos cuando escuchamos el evangelio en este principio del camino del Adviento? Problemática compleja la que vivimos y en medio de la cual nosotros queremos escuchar el evangelio de Jesús como anuncio de salvación para el hoy de nuestra vida. Gente que nos rodea con sus propias circunstancias, situación anímica en la que podemos encontrarnos con nuestros problemas o con las diferentes influencias que de todas partes recibimos en el mundo de hoy, parálisis de fe y de vida en la insensibilidad que nos rodea o en la rutina en que andamos metidos y que de alguna manera nos mantiene como aturdidos.

No es el mejor ambiente el que encontramos a nuestro alrededor para dar el mejor sentido a la navidad que vamos a celebrar demasiado marcada por el consumismo y el materialismo de la vida donde quizás el sentido religioso no ocupe ni el mejor ni el primer lugar.

Hoy vemos a un centurión romano, considerado gentil o pagano en relación con la religión que viven los judíos, pero que se encuentra en un momento difícil al tener enfermo y paralítico al que considera su mejor criado que no sabe a quien acudir. Ha oído hablar de los signos y milagros que Jesús realiza y se agarra a un clavo ardiendo. Acude a Jesús con su problema, a pesar de no ser judío, y Jesús se ofrece a ir a su casa a curarlo. Pero aquí aparece su grandeza que lo cambia todo, su humildad. Una humildad que le hace sentirse pequeño y vacío a pesar de todo su poderío, es un centurión acostumbrado al mando y al dominio, pero siente que no es digno de que Jesús entre en su casa. Se desprende de su grandeza para dejar entrar no en su casa, sino en su corazón a Jesús. Se despierta en él la más grandiosa fe, que merecerá incluso la alabanza de Jesús. ‘No he encontrado en nadie tanta fe’.

Y ¿qué nos puede decir esto a nosotros hoy? Desde todas esas vanidades de la vida que vivimos y nos envuelven, desde toda esa prosopopeya que nos hemos creado para celebrar a nuestra manera la fiestas de Navidad de manera que hasta en cierto modo hemos quitado de en medio a Jesús – algunas veces parece que los arbolitos adornados o los rojizos y regordetes ‘papás Noel’ son los protagonistas -, tenemos que comenzar por despojarnos, entrar en un camino de humildad porque será lo que despertará en nosotros la verdadera fe para sentir y para vivir la verdadera navidad.

Es bonita la actitud del centurión que se nos ofrece en estas primeras páginas del camino de nuestro adviento. Es la mejor manera de comenzar nuestro recorrido; es la actitud más hermosa para abrir las puertas a Dios que quiere llegar a nuestra vida. No son unos hogares recargados de oropeles que son como hojarasca el mejor lugar que le podemos ofrecer a Dios que llega a nuestra vida.

El viene también cada día y en cada momento a curarnos, a levantarnos de esas parálisis de nuestros pies y manos que nos inutilizan, de esas cegueras que nos hacen permanecer en las sombras, de esa cerrazón de nuestros oídos que no escuchan, de ese pecado que nos llena de muerte. Transformemos los utensilios de guerra en instrumentos de paz.

No solo celebramos que en otro momento histórico Dios se hizo Emmanuel presente en el mundo, sino que hoy de muchas maneras sigue llegando a nosotros. Embebidos en nuestros orgullos no somos capaces de distinguirlo porque queremos hacerlo a nuestra manera o nos dejamos arrastrar por ese ambiente que nos rodea. Bajemos al campo de la humildad y se abrirá camino para que Dios llegue a nuestra vida y la paz inundará nuestro corazón.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

 


Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3, 12 — 4, 2; Lucas 21, 25-28. 34-36

Tenemos que cuidar la memoria. Qué desencanto cuando en un momento teníamos que recordar algo importante, que no solo lo era para nosotros sino también para alguien a quien apreciábamos muchos y tenemos que reconocer, lo olvidé. Un aniversario, un cumpleaños, un acontecimiento, algo importante que nos ha sucedido… vamos guardando muchas cosas en la memoria; es nuestra historia, es lo que hemos vivido, son momentos que han sido transcendentales para nosotros, ha formado parte de nuestra vida, y aunque quizás en momentos han sido cosas duras, fue cimiento quizás de lo que ahora somos, de ello mucho aprendimos y seguiremos aprendiendo. En muchos aspectos de la vida, aunque algunos no quieran recordar. Pero pienso que tenemos que cuidar la memoria. Es alimento de la fe de nuestra vida.

Los cristianos hacemos crecer nuestra fe precisamente haciendo memoria; haciendo memoria de lo que ha sido el amor de Dios en nuestra vida y en nuestra historia, en toda la historia. ¿No la llamamos historia de la salvación? Aquellos grandes acontecimientos donde Dios se manifestó, se hizo presente, se encarnó y se dio por nosotros. Es por otra parte lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor en su muerte y resurrección. Así lo decimos y así lo confesamos. ¿Qué otra cosa es el Credo de nuestra fe que recitamos?

Estamos comenzando un tiempo litúrgico que nos lleva a hacer memoria y celebrar, pero que no se encierra en un hecho pasado, sino que nos lleva a vivir el presente con renovada intensidad pero nos abre a la esperanza de una plenitud que todos deseamos y esperamos. Este tiempo que estamos comenzando a vivir lo llamamos adviento, con la connotación de venida y de espera que tiene esa palabra. Llamamos al Adviento tiempo de esperanza, como habremos escuchado tantas veces.

Viene la Navidad, donde haremos memoria del nacimiento de Jesús, haremos memoria y como es algo muy gozoso para nosotros y para toda la humanidad es algo que celebraremos y queremos hacerlo de la mejor manera posible. Será vivir la presencia del Emmanuel, del Dios que quiere estar con nosotros, del Dios que sigue viniendo a nuestra vida en el ahora y en el hoy de nuestra existencia. También andamos en oscuridades como contemplamos que era la historia en la noche de la humanidad y para nosotros hoy también quiere brillar una luz.

Sí, en este hoy que vivimos con sus luces y con sus sombras, tan lleno de sufrimientos, de guerras y de enfrentamientos de todo tipo – no es necesario que hagamos un listado porque todos somos conscientes de lo que hoy, finales de 2024 y en las vísperas de un año que va a comenzar,  está sucediendo en nuestro mundo. Y aquí y ahora viene Dios a nosotros. ¿Estaremos tan adormilados que no vamos a ser conscientes de esa presencia de Dios con nosotros?

Como expresamos en los deseos y peticiones de nuestras oraciones queremos vernos liberados de ese mal, queremos reencontrarnos de nuevo con la paz en nuestras vidas, en nuestros pueblos, en nuestro mundo, en nuestros corazones - ¿de verdad no es un deseo de nuestro corazón? -, mientras queremos seguir haciendo nuestro camino, un camino de una vida mejor, un camino de justicia, un camino en que nos quitemos esas caretas de la vanidad y de tantas ambiciones que malean nuestro espíritu, un camino en que vayamos encontrando esa armonía de la fraternidad, un camino en que tengamos una vida plena, como decimos, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo.

Es el otro sentido profundo del Adviento y de lo que tiene que ser una navidad vivida en profundidad. Es para lo que en verdad tenemos que prepararnos, ahora en estos días que estamos preparando tantas cosas y parece que nos olvidamos de lo principal en lo que tiene que ser la celebración de la navidad. Hagamos memoria, sí, que nos ayude a despertar, a estar atentos para no dejar pasar el momento y las cosas que verdaderamente son principales.  

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos da unas claves en las palabras del evangelio. ‘Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo…’ No podemos permanecer aturdidos ni somnolientos. Bueno es, pues, hacer memoria, no olvidar, tener presente, que no se nos pase, que no andemos distraídos en otras cosas. Que se reanime nuestra fe, que saquemos a flote nuestra esperanza porque tenemos la confianza y la certeza de que algo nuevo va a comenzar. No nos podemos dejar confundir por tantos cantos de sirena que suenan a nuestro alrededor llamándonos por acá y por allá, diciéndonos lo que tiene que ser la navidad o de lo que verdaderamente nos va hacer felices, pero que al final nos dejará un vacío y aburrimiento en el alma tan difícil de corregir. Rumiemos pacientemente estas claves que nos da Jesús.

Con esa atención vamos comenzar este camino de adviento y cada signo que vayamos poniendo, cada gesto que vayamos realizando tenga el más hondo sentido y se pueda convertir en un grito de esperanza para el mundo que nos rodea y que tanto lo necesita. ‘Se acerca vuestra liberación… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.

sábado, 30 de noviembre de 2024

La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo… y nadie que crea en El quedará confundido

 


La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo… y nadie que crea en El quedará confundido

Romanos 10, 9-18; Salmo 18; Mateo 4, 18-22

Supongamos que queremos contarle a alguien algo que pensamos que es una buena noticia para esa persona, que podría beneficiarla mucho, que a nosotros también nos ha llenado de alegría y enseguida pensamos que teníamos que contárselo y en ese intento estamos, pero esa persona no quiere escuchar, porque nos dice que no le interesa, porque está entretenida en otras cosas por las que muestra mayor interés - ¡cuántas veces queremos hablar con alguien pero está entretenido con su móvil y no presta ni la más mínima atención a lo que le estamos diciendo! – seguramente que nos sentiríamos más, que esa persona una desagradecida, que no tiene interés por nada sino por sus entretenimientos. Claro que lo podríamos ver en sentido inverso, nos quieren hablar de algo que consideran importante, y nosotros tampoco le prestamos caso, seguimos entretenidos en nuestras cosas.

Nos parecen situaciones aberrantes, seguramente pensamos. Pero es mucho más frecuente de lo que queremos pensar. Y ya no se trata de esas noticias de cada día, que nos pueden llegar por los periódicos o por otros medios de comunicación. Estamos hablando entre creyentes, ¿cuál es la escucha y la atención que nosotros prestamos habitualmente a la buena noticia del Evangelio? La escuchamos, decimos, pero tendríamos que preguntarnos ¿cuántas veces cuando salimos de la Iglesia y de Misa al rato ya ni nos acordamos de lo que escuchamos en el evangelio que se nos proclamó en la celebración? ¿Dónde estábamos? ¿De qué o en qué estaba prendida nuestra mente y nuestra imaginación?

Hoy nos decía cosas hermosas el apóstol en su carta en la primera lectura de la celebración de este día de san Andrés. ‘Nadie que crea en él quedará confundido… pues todo el que invoque el nombre del Señor será salvo… ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!’ Pero a continuación nos dice: ‘Pero no todos han prestado oídos al Evangelio… la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo…’

¿Dónde está nuestra fe? ¿Escucharemos de verdad el mensaje que nos llega a través de la Palabra de Cristo? Es algo muy serio. Algo muy serio porque no siempre hemos tenido ese encuentro de fe con el Señor; no siempre nos hemos dejado sorprender por su llamada y por su amor; no siempre hemos querido vivir esa cercanía de la fe que se hace viva en nuestro corazón en ese encuentro con Jesús. Oímos y oímos, pero no escuchamos, no prestamos atención, no nos dejamos encontrar; buscamos quizás solo desde una curiosidad momentánea pero no llegamos al fondo de eso que buscamos y que en Jesús se nos ofrece.

Hoy estamos celebrando al apóstol san Andrés, hermano de Simón Pedro. Fue uno de aquellos que escucharon a Juan allá en la orilla del Jordán cuando señalaba el paso de Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y con Juan, el Zebedeo se fue detrás de Jesús. ‘¿Qué buscáis?’ todos conocemos ese diálogo, querían ver donde vivía Jesús. Era algo más que la búsqueda de un lugar, era la búsqueda de una luz, de una vida, de una persona. Saber donde vivía era querer conocer a Jesús en lo más íntimo y profundo de su persona. ‘Venid y lo veréis’, les dice Jesús y se fueron con El.

Ya sabemos lo que paso porque a la mañana siguiente ya estaba contando a su hermano lo que habían encontrado, a quien habían encontrado, y se lo llevo a Jesús. Pero será más tarde, a la orilla del lago, cuando Jesús pase a su lado y les diga ‘venid conmigo que os hará pescadores de hombres’. Y ahora sí que lo dejaron todo y se fueron con Jesús. Escucharon y se encontraron con Jesús; escucharon y la fe nació en sus corazones; escucharon y se fiaron de Jesús y no se sintieron defraudados porque se encontraron con la salvación.

¿Tendríamos que revisar muchas cosas en nosotros quizás? ¿Serán otras las actitudes que tengamos ante la Palabra que se nos proclama? ¿Tendremos en verdad deseos de escuchar esa buena noticia que se nos quiere transmitir y que tantas veces hemos dejado de lado?

viernes, 29 de noviembre de 2024

No olvidemos lo que Jesús hoy nos anuncia, ese brote de la higuera que nos anuncia la primavera, se acerca nuestra salvación y liberación

 


No olvidemos lo que Jesús hoy nos anuncia, ese brote de la higuera que nos anuncia la primavera, se acerca nuestra salvación y liberación

Apocalipsis 20, 1-4. 11 — 21, 2; Salmo 83; Lucas 21, 29-33

Cuando llega la hora de los balances y de hacer inventarios no siempre las tenemos todas consigo porque casi de forma espontánea por más optimistas que seamos estamos con la mosca detrás de la oreja por si acaso los balances no cuadren o los inventarios nos den cargas negativas. 

Con buena voluntad hemos intentado hacer el recorrido, cuando se trata de esas cosas materiales o de nuestros negocios en la vida hemos querido hacerlo de la forma más profesional posible, pero sabemos que somos frágiles, que en momentos podemos cometer error, y más aun cuando en nuestra debilidad, a pesar de todos los buenos deseos, sabemos que ha habido cosas en la vida que no siempre han sido las correctas.

Hablamos de lo que es la vida en general, hablamos de lo que en nuestra conciencia de cristianos sabemos siempre que hemos de revisar, hablamos de ese enfrentarnos a nosotros mismos con sinceridad aunque algunas veces incluso nos cueste ser sinceros con nosotros mismos, lo estamos haciendo en este final del año litúrgico cuando desde la Palabra de Dios se nos hace pensar en lo que ha de ser esa trascendencia de nuestra vida que tiene que ir más allá de lo que tenemos enfrente de nuestras narices. En estos momentos en las palabras de Jesús que nos trasmiten los evangelios en estos días se nos habla de ese enfrentarnos al momento final de nuestra vida y de nuestra historia.

Pero aunque andemos, como decíamos antes, con la mosca detrás de la oreja, sobre todo cuando con sinceridad miramos nuestra vida aunque nos cueste, las palabras de Jesús no quieren ser para nosotros un peso que nos llene de agobios sino que serán siempre palabras de esperanza y que nos despiertan a la vida.

Como hemos venido diciendo en estos días las palabras de Jesús por los anuncios que nos hace parece que nos podrían llenar de un cierto temor. ¿Destrucción de la ciudad de Jerusalén y del templo como hemos visto en días pasados? ¿Final del mundo y de la historia con esas descripciones de todas esas señales que nos pudieran hablar de destrucción? ¿Nos entrará una cierta congoja cuando vemos también situaciones catastróficas que pueden suceder en distintos lugares del mundo como lo que hemos vivido en estos días en España, los huracanes que asolan la región del Caribe, los monzones de las regiones del sudeste asiático?

Pero, ¿qué nos estará queriendo decir hoy Jesús en el evangelio? Nos emplea una imagen de vida, de resucitar a la vida como lo es la primavera. Esas yemas que se van cargando en las ramas de la higuera y de todos los árboles que han perdido sus hojas en el otoño  y que parecen muertos en el duro invierno y que son preanuncio de esos brotes con un nuevo y brillante verdor de una primavera que se acerca nos están hablando de vida, de resurrección, de salvación. 

La victoria no es la de la muerte que aparentemente todo lo arrasa, sino la de la vida que renace una y otra vez. Una imagen llena de riqueza y que tiene que alentar nuestra espiritualidad. Siempre estamos llamados a la vida, por eso siempre estará presente el amor y el perdón. 

Aunque nos sintamos bajo el peso de nuestros errores y debilidades sintiéndonos incluso como impotentes, sabemos que hay siempre un rayo de luz y de esperanza, un nuevo brote lleno de vida puede surgir haciéndonos sentir llenos de nueva vida. Es lo que hace el amor de Dios en nosotros, que nos transforma, que nos arranca de tanta muerte en la que tantas veces nos hundimos para sentir esa renovación que nos hace siempre hombres nuevos.

Nos cuesta muchas veces entenderlo. Nuestras posturas y actitudes para con los demás no son siempre para levantar, sino que parece que en nuestra maldad nos regodeamos en el hundimiento de los que nos parece que hacen el mal con nuestra incomprensión, con nuestros juicios y condenas, con nuestra no aceptación de aquellos que hayan podido cometer un error. Es el espíritu del mundo que nos rodea tan lleno de revanchas, de juicios y prejuicios condenatorios.

Cuidado que los cristianos nos contagiemos y actuemos de la misma manera; muchas veces lo hacemos también olvidando lo que nos habla Jesús de la comprensión y del perdón, pero olvidando que también nosotros somos pecadores y nos gustaría que a pesar de todo nos aceptaran y perdonaran. Si fuéramos más sinceros con nuestra realidad, con nosotros mismos, otras serían las actitudes comprensivas que tuviéramos con los demás.

No olvidemos lo que Jesús hoy nos anuncia, ese brote de la higuera que nos anuncia la primavera, se acerca nuestra salvación y liberación.

jueves, 28 de noviembre de 2024

Un grito o una llamada, no para asustarnos, sino para despertar nuestra esperanza, hacer de nuevo resurgir la vida en nuestros corazones, resucitar para el amor

 


Un grito o una llamada, no para asustarnos, sino para despertar nuestra esperanza, hacer de nuevo resurgir la vida en nuestros corazones, resucitar para el amor

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19, 1-3.9ª; Salmo 99; Lucas 21,20-28

Siempre decimos que de cuanto sucede tenemos que saber sacar una lección; incluso de aquellas cosas no agradables ni buenas que nos pasan o que sucedes a nuestro alrededor podemos aprender algo; con una buena mirada podemos ver destellos de luz en la más completa oscuridad; no todo es tan negro, no todo nos sucede para nuestra perdición, siempre podemos escuchar una llamada, un toque de atención que nos ponga en alerta, que nos haga estar atentos, que nos obligue a discernir, a aprender algo nuevo y mejor.

Por eso quienes queremos seguir el camino de Jesús dejándonos empapar por los valores del evangelio siempre estamos en paso de ir más allá, de ascender un escalón más, de buscar algo superior, de no contentarnos con lo que somos o tenemos, de ir renovando nuestra vida, de mirar con esperanza cada situación, de tener optimismo en nuestras luchas y en los caminos que intentamos recorrer. No nos dejamos amilanar por malos momentos, porque los caminos se nos vuelvan oscuros en ocasiones, porque sentimos una fortaleza interior que nos hace superarnos, querer crecer continuamente, saber que es posible algo mejor.

Hoy en el evangelio se nos hace una descripción que puede parecernos catastrófica que nos pudiera decepcionar, o al menos mermar nuestra ilusión y nuestras ganas de lucha. Se nos habla por una parte de destrucción y de muerte, es como una continuación de lo que ya anteriormente Jesús nos había comenzado a decir de la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, y al mismo tiempo hay como una descripción de los tiempos finales.

No podemos olvidar que cuando el evangelista nos narra estas palabras de Jesús ya había sucedido la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén, con lo cual parecía ya cumplido parte de los anuncios de Jesús. Pero ahí no se queda el mensaje que el evangelista trata de trasmitirnos cuando nos presenta el evangelio de Jesús. Es siempre evangelio, no lo podemos olvidar en el más hondo sentido de la palabra, y por tanto siempre tiene que ser buena noticia para nosotros y para cuantos escuchen la Palabra. Las buenas noticias siempre son cosas buenas, palabras que nos dan ánimo y esperanza, que con como un rayo de luz, un bálsamo para las heridas que nos vayamos haciendo por el camino.

Y la buena noticia que hoy trata de darnos es que ‘se acerca nuestra liberación’. Cuanto sucede, por muy duro que sea, no será para nuestra opresión o para sentirnos derrotados. Es siempre preanuncio de victoria, de triunfo, de vida, de salvación. Y es que Jesús ha prometido estar con nosotros siempre hasta el final de los tiempos. Algunas veces se nos oscurecen los ojos o nos encerramos en nuestros agobios y nos cuesta ver o sentir su presencia. Pero el Señor no nos falla, el Señor siempre está ahí.

Y esas cosas que nos suceden son una señal, una llamada de atención como antes decíamos, un toque de alerta, algo que tiene que hacernos despertar porque andamos demasiado adormilados en la vida. Y nos adormilamos no porque nos salgan las cosas mal, nos adormilamos porque caemos una atonía que nos insensibiliza, que nos adormece, como decimos, que nos cierra nuestra mente. Y necesitamos como un grito que nos despierte. Y esas cosas que nos suceden, esos malos momentos tenemos que verlos como ese grito en nuestra vida para despertar. Un grito o una llamada no para asustarnos, sino para despertar nuestra esperanza, hacer de nuevo resurgir la vida en nuestros corazones, resucitar para el amor.

‘Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación… Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Palabras de Jesús que siempre nos llenan de ánimo y despiertan esperanza, nos darán ocasión de dar testimonio y mantener nuestra perseverancia hasta el final

 


Palabras de Jesús que siempre nos llenan de ánimo y despiertan esperanza, nos darán ocasión de dar testimonio y mantener nuestra perseverancia hasta el final

Apocalipsis 15,1-4; Salmo 97; Lucas 21,12-19

Dicen que para las fiestas siempre habrá amigos que se apunten y nos acompañen, pero en los momentos difíciles, en los momentos oscuros es cuando sabremos calibrar bien la calidad de nuestros amigos. Pero no lo pensemos como un juicio ajeno a nuestra propia vida juzgando la validez de los amigos que tengamos, sino más bien tenemos que mirarlo por nosotros mismos, pues en esos momentos difíciles, de contratiempos, donde todo parece que lo tenemos adverso es cuando veremos donde está nuestra propia valía, donde encontramos esa fortaleza que necesitamos para la perseverancia, donde está la madurez de nuestra vida.

Hoy Jesús en el evangelio les está hablando a los discípulos que no todo es un camino sobre rosas, que en ese camino en medio del perfume de las flores nos vamos a encontrar espinas, porque vendrán los contratiempos, la dificultades para mantenernos en el camino, las persecuciones incluso y hasta la muerte. Pero como El mismo nos dice tendremos ocasión de dar testimonio.

Los discípulos cercanos a Jesús lo van a experimentar ya casi de inmediato. Jesús les ha estado hablando del significado de la subida a Jerusalén aunque ellos no han querido o no han sabido entender las palabras de Jesús cuando ha hablado de pasión y de muerte. ‘Eso no te puede suceder a ti’, le dirá Pedro, y todos están convencidos de lo mismo. Ahora ya están en Jerusalén y aunque ha habido una entrada aparentemente triunfal en la bajada del monte de los Olivos, Jesús vuelve a insistir en el anuncio de todo lo que está por suceder. Y ya sabemos cómo se sintieron turbados con el prendimiento de Jesús y todo lo que luego sucedió en aquella Pascua. En Jesús tenían que verse ellos, en lo que también un día les podía suceder.

Para que estén preparados, para que vayan buscando esa fortaleza que necesitan, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil, como les dirá en Getsemaní, es por lo que ahora les hace estos anuncios. Tendrán ocasión de dar testimonio. Como les dirá finalmente ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas… ni un  cabello de vuestra cabeza perecerá’.

Como más tarde dirá también, lo escucharemos en próximos días, no tienen por qué estar preocupándose por preparar la defensa; la defensa la tendrán en la fuerza del Espíritu que estará con ellos. Aunque las dificultades muchas veces van a aparecer no desde personas extrañas o ajenas, sino desde los más cercanos, padres, parientes, hermanos, amigos… ‘os odiarán por causa de mi nombre’.

Y esa es nuestra lucha de hoy, ese es el testimonio que hoy nosotros tenemos que dar; esas son las incomprensiones que muchas veces sufriremos incluso de los que están más cercanos a nosotros cuando queremos mantenernos en fidelidad. ¿Para qué hace falta tanto? Habremos escuchado más de una vez. Para ser cristiano no hay que complicarse la vida, nos dicen desde la rutina y la dejadez de la vida. Cuántas cosas en ese estilo escuchamos, diciéndonos que tenemos que primero preocuparnos de nosotros mismos y de nuestras cosas, que cuando tengamos tiempo entonces podemos pensar en hacer algo por los demás. Y nunca tendremos tiempo, nunca nos sobrará tiempo, y podemos caer por esa pendiente de la rutina y de la desgana, de la indiferencia y de la insolidaridad. Seguro que todos tenemos muchas experiencias de ese tipo, porque quizás muchas veces también hemos actuado así.

‘Tendremos ocasión de dar testimonio’, nos dice Jesús. No nos habla Jesús de esta manera para que se nos meta el miedo en el cuerpo, como solemos decir, ni para desanimarnos; las palabras de Jesús siempre quieren despertar en nosotros la esperanza, nos quieren animar a la fidelidad, a hacer crecer nuestra fortaleza interior, a descubrir la presencia de su Espíritu que nunca nos faltará.

martes, 26 de noviembre de 2024

No podemos quedarnos impasibles permitiendo que se destruya ese templo hermoso de la vida que Dios ha llenado de tanta belleza

 


No podemos quedarnos impasibles permitiendo que se destruya ese templo hermoso de la vida que Dios ha llenado de tanta belleza

Apocalipsis 14,14-19; Salmo 95; Lucas 21,5-11

Cuando una cosa que nosotros consideramos de gran valor, una joya, una obra de arte, algo quizás muy querido para nosotros vemos que se resquebraja en nuestras manos y se destruye sentimos un gran pesar y dolor por la pérdida; me viene a la mente lo que habrán sufrido los damnificados por la DANA recientemente en Valencia cuando veían que perdían sus casas y sus pertenencias, que estaban en peligro por sus vidas, que muchas de aquellas cosas valiosas que tenían se las llevaba la inundación, grande sería su dolor.

Hoy escuchamos en el evangelio que Jesús les anuncia que aquel templo tan hermoso, del que todos se sentían orgullosos y al que amaban mucho por su significado en sus vidas como pueblo y como pueblo creyente un día va a ser destruido. Grande sería la decepción que sentían en aquellos momentos, y aunque aun no había sucedido – cuando nos lo narra el evangelista habla ya de hechos pasados y consumados – el dolor que sentían sería también abrumador.

Pero Jesús está queriendo decirles algo más. Aquel templo sería destruido, pero un día Jesús había hablado, aunque no lo habían comprendido, que podrían destruir ese templo y El en tres días reconstruirlo. Los evangelistas nos dirán que los discípulos lo entendieron después de su muerte y de su resurrección, porque El estaba refiriéndose no solo a aquel templo material, sino al templo de su cuerpo, estaba anunciando su muerte y resurrección.

Creo que desde esa honda tenemos hoy nosotros que escuchar este evangelio. Y es que a continuación Jesús habla de muchas cosas que les causarían dolor, les habla de catástrofes naturales, como les habla de violencias y de guerras; parece que está haciendo un anuncio de la historia, pero también estuviera hablando del momento final de la historia, del fin del mundo. Ciertamente no deja de hacerlo, pero algo más quiere decirnos Jesús.

¿Hablaba de aquel templo, pero hablaba del propio templo que era su Cuerpo? ¿Nos estará hablando de ese templo de Dios que somos nosotros también? ¿Y de igual manera no lo llenamos también de muerte? ¿De alguna forma no estaremos en el devenir de nuestra historia personal llenándonos de muerte, y no es ya solo la muerte corporal que un día nos sucederá cuando llegue el final de nuestros días sino de esa muerte que nos inflingimos cuando no estamos amando de verdad la vida?

Catástrofes y violencias, odio y muerte que se suceden en nuestra historia, que vamos viviendo también en nosotros cuando nuestras relaciones se llenan de violencias, de resentimientos, de venganzas, de orgullos y envidias, de egoísmo y de insolidaridad. Nos está recordando Jesús lo que puede ser nuestra vida cuando cerramos nuestros oídos a su evangelio, cuando desterramos de nosotros el amor y las buenas maneras, cuando nos entran las desconfianzas y nos dejamos envolver por la malicia. Muchas veces nuestras mutuas relaciones son peores que una guerra, la violencia con que avasallamos tantas veces a los que nos rodean es peor que las avalanchas de unas inundaciones que todo se lo llevan por delante, nuestros orgullos y nuestro amor propio con verdaderos terremotos que echan abajo los cimientos de la amistad y de las buenas relaciones, el odio nos oscurece la vida peor que una noche de tinieblas si perdiéramos el sol y se cayeran las estrellas del cielo.

Y Jesús nos dice que todo eso está por venir, que en esas redes podemos caer, pero que de esas catástrofes y calamidades con que llenamos nuestra vida podemos salir. Las palabras de Jesús son una alerta, un toque de atención, pero también una luz de esperanza, que bien necesitamos. No  nos dejemos engañar, nos dice, porque serán muchas las confusiones que nos sobrevendrán. Tengamos la certeza de que Dios está con nosotros y con El tenemos asegurada la victoria, podemos hacer un mundo nuevo. Es nuestra tarea y es el compromiso de nuestra fe.

¿Dejaremos que se destruya ese templo y nos quedamos impasibles? ¿Dejaremos que se destruya nuestra vida, nuestro mundo, nuestras relaciones con los demás, la convivencia, la Paz? No son cosas sobrevenidas sino que son cosas que nosotros hacemos o en nuestra dejación contribuimos negativamente.

lunes, 25 de noviembre de 2024

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

 


Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Salmo 23; Lucas 21,1-4

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando. Algunos pueden decir, ¿pero un simple grano de arena? Otros granos habrá, podrán argumentarnos. Pero si cada grano de arena, o todos los granos de arena, porque se consideran pequeños y como tal innecesarios se marchan, vamos a decirlo así, a otra parte, ¿qué es lo que quedará para esa construcción?

Jesús está en el templo, en las cercanías de la entrada quizás, pero ciertamente en un lugar desde el que puede observar a quienes van entrando en el templo; cercana está el arca de las ofrendas y según van entrando allí van poniendo sus limosnas o su contribución al servicio del templo, como queramos verlo; algunos quizás con grandes aspavientos, como suele suceder con los fariseos, echan ofrendas ‘generosas’ en el arca, pero Jesús observa a una pobre mujer, una viuda pobre según se ve por sus circunstancias, que también deposita su ofrenda. Ha pasado desapercibida, porque además no han sonado escandalosamente las monedas, porque solo echa unos cuartos.

Y aquí viene el comentario de Jesús, ‘En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Siempre nos hemos quedado en el comentario de la generosidad de aquella mujer que solo tiene unas monedas y ‘ha echado todo lo que tenía para vivir’. Pero creo que hay algo más, aunque ya eso de por sí es enormemente significativo y muchas veces lo hemos comentado. Pero vamos a fijarnos en esas dos monedillas, que podríamos pensar que ni se iban a notar entre todas las otras generosas ofrendas que se realizaran. Pero eran importantes, es su contribución para Dios, es su contribución para el culto, es su contribución a lo que es la organización de aquella sociedad que giraba en torno al  cumplo del templo, es su contribución para las obras sociales o benéficas que se hicieran a partir de las ofrendas del templo.

Y aquello era valioso. Aquella mujer en su pobreza no se desgajaba de su sociedad, de su mundo ponía su pequeño grano de arena tan importante con los otros grandes pedruscos, vamos a seguir con la imagen, con que otros contribuían. Y eso nos puede estar diciendo mucho a nosotros, a la contribución que cada uno desde lo que es y desde lo que tiene está haciendo, tenemos que hacer por el bien de nuestro mundo de nuestra sociedad. Cuantas veces, quizás en nuestra tacañería, nos escudamos en nuestra pobreza; en que yo no valgo, es que yo qué puedo aportar, es que yo tendría que pensar primero en mi mismo, en mis necesidades y problemas… aquella pobre viuda no lo pensó así.

Y recordamos otros episodio bíblico que hemos meditado recientemente acompañando también a este evangelio de la viuda del templo de hoy, aquella cananea que solo le quedaba un poco de aceite y un poco de harina para hacer un pan para ella y su hijo y después esperar la hora de la muerte, pero cuando el profeta se lo pide generosamente lo ofrece y la alcuza de aceite no se consumió ni la orza de harina se vació.

¿Dónde está nuestro compromiso? ¿Dónde guardamos o ponemos nuestro pequeño grano de arena? ¿Dónde habremos enterrado el talento que se nos ha confiado y recordamos más pasajes evangélicos? ¿Hasta dónde estamos dispuestos? ¡Qué importante es nuestro pequeño grano de arena!

domingo, 24 de noviembre de 2024

Jesucristo Rey, una proclamación, un reconocimiento, una vida que tiene que dar la señales de lo que es ese Reino de Dios

 


Jesucristo Rey, una proclamación, un reconocimiento, una vida que tiene que dar la señales de lo que es ese Reino de Dios

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

La buena noticia – el evangelio – que Jesús proclama desde el principio es el anuncio de la llegada del Reino de Dios; El mismo es esa buena noticia, El mismo es el evangelio. Así nos lo dice Marcos desde el primer versículo, es esa buena noticia del Reino de Dios, que en El se manifiesta, que en El se realiza, que El mismo viene a instituir. ¿No será bien significativo que el ladrón arrepentido junto a su cruz esa sea su petición que ni los mismos discípulos habían sido capaces de hacer, ‘acuérdate de mí en tu reino’?

Justo es, entonces, que cuando llegamos a culminar el año litúrgico, el ciclo litúrgico vengamos nosotros a proclamar que Jesucristo es el Rey del Universo, como hoy estamos celebrando. Una fe que tenemos que proclamar muy alto, una proclamación que tenemos que hacer no solo con palabras sino con la vida, una vida de fe que tendrá que dar las señales ante el mundo de lo que es y lo que significa ese Reino de Dios, teniendo muy en cuenta lo que Jesús nos ha dicho y repetido tantas veces de cual es su verdadero sentido.

Confieso que le tengo miedo a la palabra, por la confusión a la que se puede prestar cuando vemos la luchas de poder, de grandezas o de vanidad  que podemos observar en los que son los reyes o los dirigentes de nuestro mundo y de nuestra sociedad, démosle el nombre que le queramos dar en esa nomenclatura de los grandes y poderosos de nuestro mundo, y no quiero pensar solo en la imagen prestada a lo largo de la historia, sino en el hoy de nuestra vida y de nuestra sociedad. Con qué avidez se lucha por el poder, cuántas manipulaciones y cuantas mentiras se utilizan, todo son enfrentamientos y descalificaciones, cuántas cosas turbias se esconden tras las apariencias llenas de vanidad en los nuevos oropeles de los que se rodean.

Por algo nos dirá Jesús, cuando se encuentra a los discípulos discutiendo entre ellos en quien iba a ser el más importante, que no puede ser a la manera de los reyes o dirigentes de nuestro mundo, sino sabiéndose hacer el último y el servidor de todos, porque es ahí donde está la verdadera grandeza. Es la respuesta que hoy le vemos dar a Pilatos cuando le pregunta que si El es rey. Su reino no es como los reinos de este mundo, su reino no se apoya en la violencia de los ejércitos que defienden el poder y el dominio sobre los demás, su reino no se fundamenta en el poder entendido como dominio y aspiraciones de grandezas, su reino tiene la humildad y la fuerza de la verdad. ‘Para esto he nacido, para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’.

 Así se presenta Jesús ante Pilatos, pero es así cómo Jesús se ha presentado en su recorrido por los caminos y ciudades de Galilea y de toda Palestina. Así le vemos ahora en el momento de su suprema entrega cuando sobre la cruz aparezca el título que Pilatos incluso quiso mantener ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’. Es nuestro Rey. Y es cierto que en nuestro amor y devoción le hemos querido vestir con ostentosos mantos y coronas en sus imágenes, pero no podemos olvidar que El se despojó del manto para arrodillarse delante de sus discípulos para lavarles los pies.

Creo que cuando hoy lo estamos celebrando como rey es algo que no podemos olvidar. Le celebramos y lo proclamamos como Rey porque nosotros queremos vivir en esos nuevos valores que nos enseñó con su palabra y con su propia vida. Pensemos cuál es el signo de ese Reino de Dios que tenemos que dar ante el mundo. Despojémonos también de nuestros mantos y ciñamos una toalla a nuestra cintura.

Bajemos al barro de la vida y sepamos ponernos de rodillas delante de los demás aunque para eso tengamos que embarrarnos; no tengamos miedo, ese barro que nos embarra por fuera será agua que no purifica por dentro, porque ahí está la sangre de Cristo derramada por nosotros para purificarnos, para perdonarnos, para hacer nacer en nosotros una vida nueva.

Reino que se manifiesta en la humildad y la verdad, decíamos antes; sólo cuando sepamos despojarnos de los mantos de nuestros orgullos y prestigios, de ser bien mirados o de recibir agasajos de los demás por lo que hacemos, cuando no temamos que hablen mal de nosotros porque con todos nos mezclamos – que a Jesús le criticaban porque comía con publicanos y pecadores -, cuando seamos capaces de poner la otra mejilla ante las ofensas o los insultos sabiendo dar nuestro brazo a torcer o agachar la cabeza… estaremos dando esos signos del Reino de Dios que harán creíble nuestro mensaje.

Muchos son los ropajes de vanidad de los que seguimos revistiéndonos y hemos olvidado que Jesús es Rey – ‘me llamáis el Maestro y el Señor y en verdad lo soy’, les dirá – porque se puso a lavarles los pies y nos dijo que eso era lo que teníamos que hacernos los unos a los otros. Son los signos y señales que tenemos que dar que Jesús es nuestro Rey como hoy celebramos, que no son solo unos cantos o unas bonitas celebraciones.

Lo que hemos visto estos días, a partir de la DANA de Valencia, en tanta gente que fue a embarrarse para ayudar, ¿no puede ser un signo de lo que nosotros por nuestra fe estamos obligados a hacer? No esperemos a ocasiones tan espectaculares, porque tenemos que aprender a hacerlo en el día a día en nuestro encuentro con los que nos rodean.