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sábado, 23 de marzo de 2024

Pensemos en el lugar que va a ocupar Jesús en esta semana santa que vamos a iniciar, no sea que no le abramos las puertas para celebrar la pascua en nuestra vida

 


Pensemos en el lugar que va a ocupar Jesús en esta semana santa que vamos a iniciar, no sea que no le abramos las puertas para celebrar la pascua en nuestra vida

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer. 31, 10-13; Juan 11, 45-57

‘¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?’, se preguntaban los judíos en la cercanía de la fiesta de la Pascua, ya que Jesús aun no había llegado a la ciudad santa y además se rumoreaba que se había retirado más allá del Jordán, ‘a una ciudad vecina al desierto, llamada Efraín’, como incluso nos narra el evangelista.

Hemos escuchado el relato previo, las inquietudes que se habían suscitado entre el grupo de los dirigentes de Jerusalén después de la resurrección de Lázaro y cómo las gentes se iban con Jesús; había provocado una reunión incluso en el Sanedrín donde habían llegado a la conclusión, por moción del Sumo Sacerdote, de que era preferible que uno muriera por todo el pueblo, pues podría surgir una represalia por parte de la autoridades romanas. ‘Aquel día decidieron darle muerte’. Luego vendrían los chantajes y las traiciones, pero mientras Jesús se había retirado al desierto.

Esta pregunta que se hace la gente sencilla me da pie en esta reflexión para que nosotros nos hagamos una pregunta semejante en esta víspera ya del comienzo de la Semana Santa. ‘¿Vendrá Jesús a la fiesta?’ ¿Vendrá Jesús a esta fiesta de la Pascua que vamos a celebrar? ¿Vendrá Jesús a mi vida para yo con El hacer y celebrar también esta fiesta de la Pascua?

Podrá parecer algo muy atrevido lo que estoy planteando, pero creo que no es tanto. Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos. Me van a decir qué cómo se me ocurre pensar o plantear este interrogante, si nuestra semana va a estar llena de celebraciones y procesiones, de actos religiosos populares y de mucha gente que o visita nuestros templos y monumentos, o se pone en la calle al paso de las procesiones haciendo salta incluso alguna lágrima de emoción.

Podemos hacer todo eso, pero ¿qué lugar ocupa Jesús en todo eso? ¿No podríamos quedarnos en unos ritos tradicionales muy bien preparados y que queremos hacer con el mayor lucimiento? Puede parecer duro lo que estoy diciendo, pero es que tenemos que ponernos a pensar bien en serio.

Nuestros pasos procesionales, reconociendo incluso toda la magnificencia del arte que nos representa, es cierto, los diferentes momentos de la pasión ¿qué parecido tienen con lo que allí en Jerusalén sucedió aquellos días? ¿Estaremos quedándonos en ver cosas bonitas y emotivas? ¿Pero dónde ponemos a Jesús en todo eso y como lo traducimos a lo que Jesús quiere realmente para nosotros, para nuestra vida, para nuestro mundo cuando se entregó a la muerte en la Cruz? Cuántos visitan los monumentos del jueves santo para admirar tanto arte, tanta riqueza, o tanta belleza, pero se olvidan de quien realmente está allí en el Sagrario dejando bien cerradas las puertas de nuestro corazón y sin dejar entrar a Jesús.

Es que a mí me preocupa si yo realmente voy a dejar a Jesús que entre en mi vida para realizar y hacer esa Pascua en mí. Podemos pasar por todas estas cosas que vamos a hacer estos días, pero no dejamos pasar a Jesús por mi vida en estos días. ¿Tendré miedo a implicarme en lo que es la salvación que Jesús nos ofrece con su muerte en la cruz donde yo tengo que morir también para poder encontrar la salvación? ¿Tendré yo miedo a que esa cruz de Jesús llegue a mi vida para que haya verdaderamente pascua, o sea paso de la muerte a la vida en esta celebración pascual que vamos a celebrar?

 

viernes, 22 de marzo de 2024

Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

 


Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Estamos ya casi a las puertas de la semana santa y según las expectativas de muchos para estos días, parece como si los textos que se nos están ofreciendo en el evangelio en estos días no terminaran de conectar con lo que esperamos o con lo que pensamos que ha de ser la semana santa.

Y no pienso en las expectativas de los que piensan en este día como unas vacaciones como a fuera de época antes de llegar el verano y como una recuperación de fuerzas para seguir luego en la batalla de siempre. Pienso en los que religiosamente queremos vivir la semana santa un poco también como nos la hemos montado que ahora sí tendríamos que preguntarnos si en verdad es lo que tendría que ser esta semana de pasión y de pascua.

Estos días los textos de la Palabra de Dios y sobre todo del evangelio nos han ido presentando lo que fueron también las vísperas de aquella pascua de Jesús y los discípulos en aquel momento concreto. Y es que, tendríamos que reconocerlo así, se estaba desarrollando un drama muy sangriento y cruel que luego ahora nosotros revestimos de ropajes de ricos tejidos y esplendorosos adornos como si de alguna manera quisiéramos disimular lo que realmente celebramos. También nos hemos hecho, y perdónenme la palabra, unos montajes que no sé, lo digo con miedo pero también con sinceridad, si realmente nos ayudarán a vivir con profundidad el misterio que celebramos.

Creo que la Iglesia, y los cristianos, de una vez por todas tendríamos que hacernos una reflexión seria y profunda de por donde hemos ido llevando nuestras celebraciones y nuestros ritos litúrgicos y si hemos sido capaces de darle toda la profundidad al misterio pascual que celebramos. Demasiada aparatosidad externa, demasiados brillos de oropeles, emociones de movimientos de masas en muchos lugares y ocasiones, pero, ¿dónde están calando los valores del evangelio?, ¿dónde los estamos reflejando? ¿En qué se aprecia que los valores del evangelio son la guía y el sentido de la vida de cada día de esas personas que de esa forma han vivido la semana santa?

Como fruto de la vivencia del misterio pascual tendría que notarse que nos sentimos transformados, que nuestra vida no es la misma, que hay unos compromisos en la vida que tenemos que asumir con radicalidad, que hay un trabajo que tendríamos que hacer los cristianos para que nuestro mundo sea en verdad mejor y reina la justicia, y amemos la verdad, y alejemos de nosotros vanidades y ostentaciones, orgullos y violencias. Pero se mueve la marea religiosa enfervorizada en estos días, pero luego baja la marea y todo sigue igual. ¿Podemos contentarnos con eso?

Hay un tremendo drama de dolor y de sufrimiento en la pasión de Jesús que celebramos y en la que tendríamos que ver todo el drama de dolor y sufrimiento que sigue viviendo hoy la humanidad. Podríamos hacer una larga descripción; pienso en los que llegan en pateras a nuestras cosas y los que se quedan en el camino del mar; pienso en esos largos éxodos de emigrantes que en distintos lugares de América y del mundo huyen de pobrezas y de guerras; como puedo pensar en tantos que son perseguidos o anulados de una forma o de otra por dictaduras de todo tipo que quitan la libertad y la dignidad humana… En muchos más podríamos pensar como la guerra de Ukrania, de Gaza e Israel y tantos otros sitios.

Claro que cuando vemos el drama de la pasión de Jesús estamos viendo en su hondura todo lo que es el fuego del amor divino que así en Cristo se nos manifiesta. Aquel drama tuvo un sentido que fue el amor. El amor de Dios que nos ama tanto que nos entregó a su Hijo que a pesar de su categoría de Dios se rebajó no solo haciéndose hombre sino haciéndose el esclavo de amor de todos para a todos liberarnos y para que entonces comprendiéramos donde está verdaderamente el sentido de nuestra vida.

Despojado y desnudo de todo ropaje le veremos subir a la cruz no para que ahora nosotros vistiéramos su imágenes de terciopelos y de coronas de oro, sino para que viendo la desnudez y el despojo de tantos a nuestro lado desde nuestro amor aprendamos a vestirlos de nueva dignidad como personas y como hijos de Dios que también son. ¿Llegaremos a esas conclusiones en los parámetros en que nos hemos montado nuestras celebraciones de semana santa?  Si nos tomáramos en serio el misterio del amor de Dios que vamos a celebrar muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra vida y muchas cosas comenzaríamos a cambiar también en la manera que hacemos las cosas y muchas cosas cambiarían en nuestro mundo.

Mucho tenemos que plantearnos, mucho tenemos que pensar y reflexionar, muchas nuevas actitudes y posturas tendríamos que tomar. Puede parecer cruda esa reflexión pero es necesario que nos paremos a pensar.

jueves, 21 de marzo de 2024

Tenemos que aprender a darle un sentido más espiritual a nuestra vida, lo que nos hará alcanzar una vida que deseamos que sea para siempre, como nos promete Jesús

 


Tenemos que aprender a darle un sentido más espiritual a nuestra vida, lo que nos hará alcanzar una vida que deseamos que sea para siempre, como nos promete Jesús

Génesis 17, 3-9; Salmo 104; Juan 8, 51-59

Es verdad que Jesús nos dice cosas en el evangelio que tomadas en su sentido más estrictamente literal nos desconciertan. Tomadas a la ligera podrían parecer palabras que nos dice para contentarnos ya que conoce muy bien cómo somos, cuáles son nuestros sueños o cuales son las cosas que nos producen como más inquietud.

¿Quién desea morir? Pero ahí está el hecho de que todos morimos. Sin embargo nos agarramos a la vida y parece que no queremos desprendernos de ella, y es una de las cosas que más angustia nos supone, el que llegue el momento en que sepamos que tenemos que morir, que la vida se nos ha acabado, o cuando tenemos que enfrentarnos a la muerte de los seres queridos de los que no queremos desprendernos, y que querríamos que vivieran para siempre.

Por eso las palabras que hoy nos dice Jesús en el evangelio, desde un cierto racionalismo con el que habitualmente vivimos nos desconciertan. Eso de decirnos que no sabremos lo que es morir para siempre, tomado así en el sentido más estrictamente literal de las palabras, parece que al final no nos las terminaremos de creer. Fue la reacción de los judíos cuando lo escuchaban, que no podían creerse las palabras que Jesús les estaba diciendo.

¿No es también lo que palpamos que piensa la gente que tenemos alrededor? Nosotros muy entusiasmados recitamos el credo y hablamos de resurrección, y decimos que creemos en la resurrección de los muertos, y ¿qué piensa la mayoría de los que nos rodean? ¿No nos hablarán de que son cosas ilusas que para ellos no tienen ningún sentido? Pero, tomémoslo en serio, ¿y nosotros creemos de verdad en la resurrección? ¿Cómo tenemos que entenderlo? Porque a la larga en lo menos que pensamos cuando vamos viviendo la vida es en la resurrección. Pensamos quizás en una vida más allá, porque como dicen algunos, algo tiene que existir, pero nos cuesta darnos explicaciones.

Aquí hay una laguna importante en nuestra fe que no hemos sabido creer ni razonar debidamente quizás. Pensamos en resurrección y pensamos que la nueva vida va a ser de la misma manera que lo que ahora vivimos. Recordamos aquellas pegas que le ponían a Jesús de la mujer que estuvo casada con siete maridos porque había ido enviudando de cada uno, y le preguntaban a Jesús y cuando llegue la resurrección ¿Quién será el marido?

Ya Jesús entonces nos decía que la vida de la resurrección no la podemos pensar a la manera de lo que es la vida de ahora, no es repetir lo mismo, como si volviéramos a la misma casa y a las misma cosas. Es una vida en Dios y El es eternidad. Es una vida en Dios y no es una vida carnal, podríamos decirlo así, porque Dios es Espíritu y en el Espíritu de Dios vamos a vivir. Es una trascendencia distinta, que no es repetir lo mismo sino vivir en el Espíritu y en la vida de Dios. Nos cuesta entenderlo, es cierto, pero es cuando ponemos en juego nuestra fe, para creer y para aceptar la Palabra de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’, nos está diciendo Jesús.

Y esto que nos está revelando Jesús eleva nuestras miras, eleva nuestro espíritu, le da una nueva trascendencia a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es cierto que disfrutamos de las cosas de la vida, eso es bueno y forma parte de la normalidad de nuestra existencia terrena, pero no todo está en lo que podamos disfrutar de nuestro cuerpo o de las cosas materiales.

Podemos descubrir que hay otras cosas que no palpamos con nuestras manos, pero que sí podemos palpar y sentir en nuestro interior y que nos dan un gozo y una satisfacción que solo en las cosas materiales no podemos alcanzar. ¿No es más bonita la sonrisa inocente de un niño que se siente querido que todas las cosas materiales que nos pudieran regalar?

Tenemos que aprender a darle un sentido más espiritual a nuestra vida, estamos demasiado metidos y envueltos por lo material, aunque sean cosas que necesitemos en nuestra vida diaria. Pero tenemos que descubrir eso que nos eleva y que nos hace descubrir nuestra verdadera grandeza. Será eso lo que nos hará alcanzar una vida que en verdad deseamos que sea para siempre. Es lo que nos promete Jesús.


miércoles, 20 de marzo de 2024

Busquemos a Jesús, queramos conocer a Jesús dejémonos iluminar por su verdad que nos engrandece y nos hace libres

 


Busquemos a Jesús, queramos conocer a Jesús dejémonos iluminar por su verdad que nos engrandece y nos hace libres

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52-56ª; Juan 8, 31-42

El orgullo nos mata. El orgullo quiere endiosarnos y al final terminamos siendo esclavos de nuestro propio ego, de nuestro propio yo. Y es que además el orgullo  nos hace odiosos, insoportables; qué terrible es tener a nuestro lado a una persona orgullosa que no piensa sino en sí misma, que no hace sino resaltar sus cosas, porque todo lo que hace lo ve admirable y único y nadie puede ser como él. No lo aguantamos.

Orgullosos de nuestras cosas, de lo que hacemos o de lo que valemos. Por supuesto no está mal que nos valoremos y por ahí tiene que andar también la autoestima, pero eso no significa colocarnos sobre pedestales para encandilar a los otros o para anularnos. Orgullosos de la sangre, porque nos consideramos siempre que estamos un escalón por encima de los demás; orgullosos de nuestro pueblo o nuestras costumbres, pero que nos impiden ver y valorar también a los demás y sus raíces. Muchos orgullos se nos pueden ir metiendo en la vida, que van creando distancias, abismos con los que están a nuestro lado, a quienes veremos siempre desde la altura de nuestro orgullo y cuando miramos siempre de lo alto veremos pequeños a los que están abajo; es lo que nos suele suceder. Por eso decíamos que realmente el orgullo nos mata, porque va a restar humanidad a la propia vida.

Es lo que le estaba sucediendo a aquellos a los que Jesús se está dirigiendo en esta ocasión, en el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Están subidos en sus pedestales porque ellos sí que son hijos de Abrahán, ellos sí que tienen la religión auténtica; así lo piensan, pero en su vida no hacen sino  crear abismos con los que los rodean. Por eso no entienden, o no quieren entender las palabras de Jesús. Pero no son solo sus palabras sino que es la manera cómo Jesús se ha presentado ante el pueblo, cómo Jesús está al lado de los que se sienten oprimidos por cualquier motivo para abrirles camino de verdad y de libertad.

No le importa a Jesús estar al lago de los pobres y de los que son despreciados de los demás. Le echarán cara, es cierto, de que come con publicanos y con pecadores. Pero es que Jesús ha venido para restituirnos nuestra humanidad, y es la humanidad con que se presenta, a pesar de ser Dios, - no hizo alarde de su categoría de Dios, nos dirá san Pablo, sino que se abajó y se hizo uno de tantos -, y es la humanidad con que tratará a todos para elevarnos y darnos la mayor grandeza.

Por eso les dirá a sus discípulos que ellos no pueden ser como los poderosos de este mundo o los que tienen autoridad sobre los pueblos, sino que han de saber hacerse los últimos y los servidores de todos. Es el camino que toma Jesús que se hizo esclavo para morir por nosotros en la cruz.

Y Jesús que nos ayuda a descubrir la verdad de nuestra vida, nos engrandece, porque nos hace hijos de Dios. No somos esclavos sino libres. Por eso nos ha dicho hoy: ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Conocer a Jesús es conocer la verdad; El es nuestra sabiduría, El es la Verdad, como nos dirá en otro momento y estos días vamos a recordar. Es en Jesús donde vamos a encontrar el verdadero sentido del hombre, el verdadero sentido de la vida. Por eso nos dice ‘conoceréis la verdad y la verdad nos hará libres’.

Y continuará diciéndonos ‘y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres’. Y con la libertad que nos ofrece Jesús serán nuevas y distintas nuestras relaciones con los demás, porque a partir de ese momento todo tiene que ser humanidad; nada de opresión, nada que merme o reste la grandeza de toda persona, nada que me haga sentirme ni mejor ni por encima. Algo nuevo tiene que comenzar, porque aprenderemos a caminar al mismo paso, dándonos la mano, ayudándonos mutuamente a levantarnos los unos a los otros, no permitiendo que haya distinciones ni separaciones, porque como somos hijos todos somos hermanos. No vamos ya caminando por la vida con otros orgullos o grandezas.

Busquemos a Jesús, queramos conocer en verdad a Jesús, dejémonos iluminar por su verdad, hagamos su camino que es el que nos lleva a la vida.


martes, 19 de marzo de 2024

En ocasiones hay cosas que no entendemos, que incluso nos han hecho daño, sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino porque hay un plan de Dios

 


En ocasiones hay cosas que no entendemos, que incluso nos han hecho daño, sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino porque hay un plan de Dios

2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Hay cosas que nos suceden, acontecimientos en los que nos vemos envueltos, que quizás en ocasiones por lo imprevisto y sorpresivo nos cambian la vida. ¡Qué difícil cuando tenemos nuestros planes, cuando tenemos más o menos decidido lo que queremos de la vida, lo que queremos hacer, que de pronto nos suceda algo, nos llegue una noticia, nos planteen algo que nos va a cambiar totalmente nuestros planos! Y nos sucede en más de una ocasión, hay veces en que nos dejamos sorprender y entramos en esa nueva onda que aparece en nuestro horizonte, pero a veces nos hacemos de rogar, lo pesamos y sopesamos muchas veces antes de decidirnos, de entrar al trapo en aquello que nos sucede y que implica y hasta complica nuestra vida.

Nos hará falta mucha madurez y equilibrio; queremos ser fieles a nuestros planes, porque era lo que habíamos pensado que era mejor para nuestra vida, pero quizás tengamos que acomodarnos, darle otro rumbo a la vida, entrar en un juego, por decirlo así, en el que no habíamos pensado entrar, ni siquiera lo sospechábamos.

Pero ahí están los misterios de Dios que nos hace sorprendernos tantas veces en la vida; muchas veces incluso nuestra fe se puede tambalear, porque hasta injusto nos puede parecer el que tengamos que complicarnos la vida así.

¿No será lo que estamos viendo hoy en el evangelio que le sucede a san José? ¿Pero no fue algo semejante lo que le sucedió a María con la embajada del ángel? Ya nos dice el evangelista, así como de paso, que José era un hombre justo, con todo lo que entraña esta palabra y lo que se nos quiere decir. María no había pensado tener conocimiento de hombre y por eso le cuesta comprender lo que significaban las palabras del ángel. Ahora José se ve sorprendido porque María, la joven con la que había celebrado los desposorios, sin haber convivido juntos ahora resultaba que esperaba un hijo.

Y aquí contemplamos la madurez humana de José. Le da motivo para muchas y hondas reflexiones, busca un equilibrio en su vida, pero tampoco quiere hacer daño a nadie, interiormente se ve atormentado, pero es el hombre que se abre al misterio, que se abre a Dios, porque allá en su interior quiere escucharlo. Será en forma de sueños, pero el ángel del Señor le ilumina, le hace comprender que detrás de todo eso hay un plan de Dios, que hay un lugar también para él en ese plan de Dios; ahora le toca acoger a aquella mujer, pero acoger también al hijo que va a nacer al que tendrá que mirar como hijo, pues a él se le encomienda la misión de ponerle nombre, función que estaba reservada al padre. Y José, como María, también dice sí, recibió a María, su mujer, en casa como le había dicho el ángel.

Un proceso muy hermoso el que contemplamos. Son mucho más que meras anécdotas para contar. Es descubrir actitudes que hemos de asumir. Es estar abiertos en la vida a la acción de Dios y a lo que son sus planes para nosotros, que muchas veces también nos romperán nuestros planes. Pero tenemos que dejarnos conducir.

Algunas veces nos cuesta, habíamos soñado con tantas cosas, pero ahora todo cambia y nos puede parecer que quizás tengamos una vida escondida, o podrá ser también que en esos nuevos planes hay unos compromisos mayores con nuestras tareas y nueva misión. Todos quizás habremos pasado por situaciones así en la vida, y después de todo nos damos cuenta que allí hubo una acción de Dios. Hay que descubrirlo, hay que sopesar bien las cosas, también tenemos que ser como José un hombre bueno, una persona buena, pero una persona reflexiva, pero una persona orante, pero una persona abierta al plan de Dios.

Creo que es un buen pensamiento que tenemos que rumiar también en este camino de cuaresma que estamos haciendo, en medio del cual hoy nos ha aparecido la figura de José. Como decíamos antes, en ocasiones hay cosas que no entendemos, hay cosas que incluso nos han hecho daño, nos han hecho sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino. Porque Dios nos está diciendo algo.

lunes, 18 de marzo de 2024

Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

 


Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Qué intransigentes nos volvemos tantas veces en la vida. Con aquello de que no podemos casarnos con el pecado, vamos a decirlo así, todo lo que nos suene a oscuro pronto le declaramos una guerra sin cuartel. Y hay una línea muy fina y delicada entre lo que es el mal en sí mismo y la persona que haya podido realizar eso malo.

Cuántos defensores de la ortodoxia, y no lo hablo solo en el sentido dogmático cuando empleo esta palabra, que se vuelven intransigentes y despiadados contra quienes hayan podido cometer un error, hayan tenido fallos en su vida a los que cargaremos con ese sambenito del pecador o del corrupto por toda su vida sin ningún tipo de misericordia. ¿Es que son todos tan perfectos e inmaculados? ¿Nunca hemos cometido un error? Claro que para los errores propios siempre tenemos disculpas, nos hacemos rebajas y no sé cuántas cosas más.

Lo contemplamos en tantos aspectos de la vida social. Por supuesto, como decíamos antes, no nos podemos casar con el mal, no podemos consentir que se haga daño a los demás, tenemos, es cierto, que ser exigentes con los que son dirigentes de la sociedad para que no caigan en corruptelas, a lo que somos muy tentados. Pero no podemos crear divisiones ni abismos por nuestras condenas, porque siempre tenemos que estar dispuestos al reencuentro, a la recuperación de la persona, al arrepentimiento y a dar la posibilidad de que pueda haber un cambio en quien haya hecho mal.

Lo que tendría que ser un diálogo de reencuentro y de búsqueda de mejores caminos enmendando los errores cometidos, lo convertimos en exabruptos y condenas, llenamos de violencia aquellos lugares que en la sociedad están llamados al diálogo para la búsqueda de nuevos y mejores caminos para nuestra sociedad.

¿Hay formas de rehacer caminos, de recomponer vidas, de dar pie a que de lo viejo que hay en nosotros podamos hacer algo nuevo y mejor?

En el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece aparecen unos intransigentes que traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio pero a la que ya traen previamente condenada. La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, le recuerdan. Claro que en un paréntesis también habría que preguntarse quien hace que una mujer sea adúltera, cuál es la razón de llegar a esa situación. Allí están todos rodeando a aquella mujer acusada y condenada previamente enfrente de Jesús, esperando su palabra. Claro que tendríamos que preguntarnos a quién realmente quieren apedrear en estas circunstancias, porque aquello en cierto modo se está queriendo convertir en un juicio contra Jesús.

¿Irá Jesús contra la ley de Moisés? ¿Cuál es la respuesta que puede dar quien nos ha anunciado un nuevo Reino de Dios en el que han de resplandecer unos nuevos valores, unas nuevas actitudes cuando reconocemos que el Dios que es Señor de nuestra vida es el Dios compasivo y misericordioso del que ya también se nos había hablado en la Escritura?

Jesús quiere que para comenzar a vivir según los parámetros de ese nuevo Reino de Dios que El nos anuncia y proclama, comencemos a mirarnos con sinceridad por dentro de nosotros mismos. ¿Qué es lo que llevamos en nuestro corazón? ¿No nos había dicho que para comenzar a creer en esa Buena Noticia del Reino de Dios había que comenzar por convertirse, por darle una vuelta al corazón? ¿Cómo se casaría un corazón intransigente e inmisericorde con un Dios que es compasivo y misericordioso en quien creemos y que queremos que en verdad sea el Dios y Señor de nuestra vida?

    Por eso, ante la insistencia de los acusadores de aquella mujer, simplemente dirá Jesús que el que esté sin pecado que tire la primera piedra. ¿Quién será capaz de tirar la primera piedra? Alguno todavía nos seguimos encontrando en la vida, en aquellas situaciones de las que antes hablábamos que estaría dispuesto a tirar esa piedra. ¡Cuántas piedras en ese sentido se siguen tirando en el mundo de hoy!

domingo, 17 de marzo de 2024

Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

 


Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

Jeremías 31, 31-34; Salmo 50; Hebreos 5, 7-9; Juan 12, 20-33

Alguna vez habremos escuchado hablar de alguien, del que quizás nos han contado maravillas, y tenemos deseos de conocer a esa persona. Motivados por esa curiosidad y sobre todo sintiendo admiración en cierto modo ya de entrada sobre esa persona, buscaremos medios y formas para acercarnos a ella, lograr que nos la presenten, intentar entrar en su círculo de amistades para hacernos un hueco y poder acercarnos a ella.

Son cosas normales en nuestras mutuas relaciones, que forman parte del engranaje de la vida social en el que nos movemos; será alguien de quien hemos escuchado que hace muchas cosas buenas por los demás, una persona altruista que se desvive por los otros, o como sucede en la sociedad en la que estamos, un deportista famoso, un político de esos que tienen un arte muy especial para ganarse adeptos y amigos, será alguien del mundo de la cultura si esto está en nuestros intereses, un artista de fama que arrastra masas y de quien pretendemos arrancarle aunque sea un autógrafo.

¿Cómo nos sentiremos cuando le conozcamos o logremos aquello que tanto soñábamos? Seguramente que encantados, aunque también hay el peligro o la posibilidad de que nos sintamos desilusionados porque en persona no es lo que nosotros habíamos imaginado. Muchas veces pudiera ser mucho más lo que nosotros llevamos en la cabeza, en la imaginación, que la realidad de ese personaje que queríamos conocer.

¿Cómo se sentirían aquellos griegos que querían conocer a Jesús y de los que nos habla hoy el evangelio? Nos relata el evangelista que había dos griegos, quizás en cierto modo cercanos al mundo judío o prosélitos, que a través de Felipe primero y luego también de Andrés quieren acercarse a Jesús. ‘Queremos ver a Jesús’ fue su petición, y ambos apóstoles se los presentaron a Jesús. Importantes que son también las mediaciones. ¿Nos habremos parado a pensar a través de quienes a lo largo de nuestra vida nos hemos acercado a Jesús o le hemos conocido más? Sería también algo para pensar, pero también para agradecer, quienes han sido mediación en la vida para que nosotros conozcamos a Jesús. Nuestros padres, el testimonio de alguien a nuestro lado, un catequista, el sacerdote que nos ha acompañado, el ejemplo de una persona en la que nos fijamos que calladamente hacía el bien y sin ella siquiera saberlo ha influido en nosotros. Daría para largas reflexiones, como también tendríamos que pensar en cómo habremos sido nosotros mediación para los demás.

Seguramente el encuentro con Jesús de aquellos griegos fue impactante. Fijémonos de lo que comienza a hablar Jesús. Llega la Hora en que ha de ser glorificado el Hijo del hombre. ¿Cuál ha de ser esa glorificación? Los judíos que tan ansiosos estaban por la llegada del Mesías, con su manera tan particular de entenderlo, estarían pensando en esos días de gloria para el pueblo de Israel que por fin se vería liberado de la esclavitud y de la opresión. Días de gloria habían sido los de la salida de Egipto en búsqueda de la libertad, aunque el camino había sido bien duro a través del desierto para llegar a la tierra prometida. ¿Llegarían esos nuevos días de gloria?

Pero Jesús habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida. Jesús habla de una entrega que El va a realizar de sí mismo porque es la manera de alcanzar la vida. ¿Recordarían los discípulos aquello que Jesús tantas veces les había anunciado de que el Hijo del hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y les había hablado de padecer y de muerte? Ellos nunca lo habían querido entender, y seguramente serían palabras que estarían bien guardadas quizás por los temores de lo que anunciaban. Habla Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida. Pero eran palabras que resultaban duras. Y Jesús les dice que el que quiera servirle que le siga, pero ese es el camino, el de la entrega hasta perder la vida para ganarla.

En medio de los interrogantes que podrían están surgiendo en el corazón de quienes escuchaban las palabras de Jesús va a surgir momentáneamente algo extraordinario. Se va a oír una voz venida de lo alto que habla de esa glorificación. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Fue como un trueno, fue algo extraordinario que no acababan de entender, como también les costaba entender las palabras de Jesús; era como la voz de un ángel del cielo, pero todos se sentían como aturdidos. ¿Recordarían los discípulos lo sucedido en lo alto del Tabor? ¿Alguien recordaría las palabras venidas del cielo allá en el Jordán cuando Jesús fue bautizado por Juan? Mas tarde en Getsemaní, ¿recordarían lo que ahora había sucedido?

Allí se estaba manifestando la gloria de Dios. Era como un anticipo de lo que Jesús tanto había anunciado que el Hijo del hombre que había de ser crucificado resucitaría al tercer día. Seguramente después de la resurrección recapitularían todas esas cosas y con la fuerza del Espíritu Santo recibido en Pentecostés llegarían a la plena comprensión.

Nosotros lo escuchamos hoy, en vísperas ya de la celebración del misterio pascual. Es lo que vamos a contemplar y a celebrar. Es la glorificación del Hijo del hombre, pero que va a ser para nuestra gloria, para nuestra salvación, porque en ese amor de Dios que se va a manifestar alcanzaremos el perdón, nos llenaremos de la salvación.  Es para lo que tenemos que seguir preparándonos con intensidad en estos días que nos quedan de cuaresma. Es lo que vamos a vivir en la Pascua. Jesús nos está diciendo que cuando sea elevado sobre la tierra, atraerá a todos hacia El.


sábado, 16 de marzo de 2024

A las puertas casi de la Pascua estemos dispuestos a que haya verdadera pascua en nuestra vida porque haya una auténtica renovación de nuestra fe más allá de las palabras

 


A las puertas casi de la Pascua estemos dispuestos a que haya verdadera pascua en nuestra vida porque haya una auténtica renovación de nuestra fe más allá de las palabras

Jeremías 11, 18-20; Salmo 7; Juan 7, 40-53

‘Signo de contradicción’ había pronunciado proféticamente el anciano Simeón cuando sus padres lo llevaron a presentar al templo. ‘Está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten’, había seguido diciendo el anciano ante la sorpresa de sus palabras que muchos no terminarían de entender.

Así aparecía ya Jesús en aquel niño cuyos padres habían ido a presentar al templo. ¿Necesitaba aquel niño algún tipo de rescate, cuando El era el que venía para salvar al mundo? Pero sus padres habían hecho entonces la ofrenda de los pobres, ‘un par de tórtolas’ señalaba el ritual del Levítico. ‘Aquí estoy’, había proclamado Jesús mismo, como había anunciado el profeta, ‘vengo, para hacer tu voluntad’.

Como no entienden los discípulos cuando Jesús se olvida de hasta comer por atender a cuantos a El acudían, sin embargo recordarán sus palabras para siempre porque así lo había anunciado el profeta. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre del cielo’. Podrá convertir las piedras en panes, como le propone el diablo tentador, pero Jesús hablará de otro alimento más importante, hacer la voluntad del Padre. ‘No solo de pan vive el hombre, sino también de la Palabra de Dios’, proclamará Jesús allá en la montaña o el desierto de las tentaciones.

Por eso Jesús no dejará de predicar, pero la gente seguirá preguntándose por la identidad de Jesús. ¿Será un profeta? ¿Será el Mesías? Recordamos que cuando pregunta a sus discípulos por lo que dice la gente del Hijo del Hombre, los discípulos le responderán con distintas versiones. Un profeta como los antiguos, un profeta como Juan el Bautista, Herodes temerá si acaso no es una reencarnación del Bautista a quien él había mandado ejecutar, se preguntan ahora aún más, ¿será el Mesías? Hablan del Reino de David, que procede de Belén y el Mesías es como su heredero, pues ha de ser del linaje de David, pero ahora lo conocen como el profeta de Galilea, el profeta de Nazaret, más tarde incluso le llamarán el Nazareno. ¿Quién es aquel Jesús que ahora se atreve ya incluso a predicar en Jerusalén y en el templo?

Un signo de contradicción porque muchos verán en El señales de que viene de Dios, incluso aquellos que han ido a prenderle enviados por los sumos sacerdotes, dirán de El que ‘nadie ha hablado igual, nadie ha hablado como aquel hombre’. Otros querrán prenderle, querrán quitarle de en medio, a ese destino de alguna manera lo conducirán, pero Jesús mismo dirá que nadie le arrebata la vida sino que El es quien la entrega. Su muerte no es un quitarle de en medio ni puede tener sabor de derrota. Al tercer día resucitará como lo había anunciado. El la entrega libremente porque obediente a la voluntad del Padre El subirá al ara del Sacrificio. Incluso el centurión romano encargado de ejecutar la sentencia de Pilato terminará confesando que ‘era inocente’, como ya lo había hecho el mismo Pilatos que ‘no encontraba culpa en aquel hombre’, aunque firmara la sentencia lavándose las manos como auto justificación delante de todo el pueblo.

Y nosotros, cuando estamos concluyendo ya esta cuarta semana de Cuaresma, ¿qué nos decimos y qué nos preguntamos? ¿Será para nosotros también un signo de contradicción, más que nada porque nos damos cuenta de las contradicciones que hay en nuestra vida? ¿Cómo confesamos a Jesús? ¿Cuál es la auténtica proclamación de fe que vamos a hacer en la vigilia Pascual? ¿Qué va a significar esta Pascua que tenemos ya tan cercana para nosotros? ¿Dejaremos que haya pascua en nuestra vida?


viernes, 15 de marzo de 2024

No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

 


No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Forma parte de la naturaleza de la vida, podríamos decirlo así, hay personas o hay situaciones con las que o en las que nos sentimos cómodos, porque nos parece que hay una sintonía con nosotros, y otras personas que no nos caen bien, no nos sentimos bien a su lado, o situaciones por las que tenemos que pasar en las que no nos sentimos cómodos.

Y esto en distintos frentes. Porque nos puede ser agradable una persona porque quizás es amable con nosotros, nos entendemos cuando hablamos o compartimos cosas o momentos, pero quizá ha situaciones en las que repelemos a la persona precisamente porque es buena, porque es entregada, y es que está chocando con nuestra manera de ser, o con las posturas que nosotros vamos tomando en la vida. Quizás nos hacen ver los errores que cometemos, el desorden que hay en nuestra vida, o que hay otros valores mejores que los que nosotros vivimos, y esto se convierte en un repelente para nosotros, porque de alguna manera su rectitud está denunciando el mal que hay en nosotros.

Siempre ha sucedido que el que obra con rectitud se convierte en blanco de los demás, y al que siempre se le quiere sacar algo, o acumularle algo en su vida que está bien lejos de su comportamiento. La rectitud de sus vidas se convierte en denuncia de nuestro mal obrar y por eso con tanta maldad quizá se trata de denigrarlo de la forma que sea. ¿No es lo que le pasaba a los profetas?

Es lo que pasaba también con Jesús., Y Jesús lo sabía. El Reino nuevo de Dios que anunciaba se convertía en una denuncia de quienes querían vivir anquilosados en sus rutinas y viejas costumbres, pero que no estaban obrando con la debida rectitud ni con la necesaria apertura del corazón. Como los profetas habían sido rechazados, así ahora es rechazado Jesús. Bien nos lo explica Jesús en la parábola de los viñadores homicidas que no hace mucho hemos meditado, pero que no la podemos leer solamente mirando a lo que era la situación de entonces del pueblo judío y su historia, sino que también hemos de saberla leer en la realidad de nuestra vida.

Cuántas veces nosotros también cuando ha habido quien con visión verdaderamente profética nos ha presentado la Palabra de Dios habremos sentido ese mismo rechazo dentro de nosotros; acaso lo hemos querido disimular, porque miramos a otro lado y siempre queremos aplicar las cosas a los demás y no a nosotros mismos, o tratamos de hacernos nuestras rebajas, porque nos decimos que no hay que mirar las cosas con tanta radicalidad.

Pero, ¿aceptamos o no aceptamos a Jesús y su mensaje evangélico?  Hemos escuchado hoy que en principio Jesús no quiere dejarse ver por Jerusalén, porque aun no ha llegado su hora, donde sabe que va a tener una fuerte oposición. Sin embargo Jesús sube también a la ciudad santa para aquella fiesta, y los mismos judíos se sorprenden de su presencia, pues el pueblo notaba el vacío que las autoridades y gente principal querían hacerle a Jesús. Se preguntan si acaso ya habrán aceptado la misión profética o mesiánica de Jesús.

¿De donde viene Jesús? ¿Cuál es realmente su misión? ¿El hecho de ser galileo la resta posibilidad de que pueda ser el Mesías, como en otro momento le dirán los sumos sacerdotes a Nicodemo, que de Galilea nunca ha surgido un profeta?

Como hoy les dice Jesús ‘a mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado…’ Jesús se siente como el enviado del Padre. Nos recuerda lo que en otro momento del evangelio hemos escuchado. El amor que Dios nos tiene es tan grande que ‘nos ha enviado a su Hijo para que quien cree en El no perezca sino que tenga vida eterna’.

Es la maravilla y la grandeza de nuestra fe en Jesús. Así lo reconocemos. La Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. La Palabra que nos ilumina para arrancarnos de nuestras tinieblas y darnos vida. La Palabra que tenemos que escuchar. Podemos recordar muchos momentos del evangelio. No seamos la tiniebla que rechaza la luz. Dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga. No la rechacemos porque nos duela. La medicina nos arde en la herida pero nos sana. Veamos en todo siempre y por encima de todo el amor de Dios que  nos salva.

jueves, 14 de marzo de 2024

Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

 


Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

Éxodo 32, 7-14; Salmo 105;  Juan 5, 31-47

Lo menos que le podemos pedir a una persona en su actuación pública, y más aún cuando ejerce algún tipo de responsabilidad o de liderazgo en la sociedad es que sea coherente; que haya verdadera congruencia entre lo que dice o le pide a los demás y lo que él hace con su propia vida; lo contrario sería falsedad, actuación desde unos intereses donde parece que para él lo importante es su dominio sobre los demás o lo que personalmente se pueda beneficiar antes que esos valores que trata de enseñar o lo que es el bien de esa sociedad a la que tendría que servir.

Desgraciadamente en el mundo que vivimos vemos demasiadas incongruencias, poca coherencia y realmente esta hace que muchas veces vayamos desencantados por la vida y nos sintamos sin estímulo para luchar por unos ideales. Cuánto daño se puede hacer. No son los buenos ejemplos los que arrastran, sino que más bien nos vemos como engullidos en un mundo de falsedad. Poco podemos caminar hacia una sociedad mejor.

‘Sabemos que eres veraz’, no les quedó más remedio que reconocer a los escribas y maestros de la ley ante Jesús, aunque sus palabras también iban con unas segundas intenciones porque a la larga lo que querían era coger a Jesús en sus propias palabras. Nosotros sí podemos decir de Jesús que sabemos que es veraz, porque El mismo se nos presentará en algún momento del Evangelio como ‘el Camino, y la Verdad, y la Vida’, y nos enseña que siguiéndole no perderemos el camino porque llenos de la Sabiduría de Dios nos llenaremos plenamente de su vida.

Es como se nos presenta hoy Jesús en el evangelio. En el tiempo litúrgico que nos resta de la Cuaresma iremos escuchando en el Evangelio y la Palabra de Dios una serie de textos que nos presentan aquellas diatribas que surgieron entre aquellos que quería quitarlo de en medio y Jesús. Hoy nos está planteando por qué no creemos en El. Nos habla del testimonio de Juan el Bautista que había preparado los caminos del Señor y que nos presentará a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aunque como les dice, ellos tampoco creyeron a Juan, porque siempre estuvieron en desconfianza con él. Recordemos cómo le habían también enviado una embajada pidiéndole que diera razón de por qué bautizaba allá en el desierto.

Pero Jesús nos habla hoy más del testimonio del Padre a través de las obras que Jesús realiza. ¿Quién podía perdonar pecados sino Dios?, se preguntaban un día ante las palabras de Jesús ante el paralítico que habían descendido del techo hasta los pies de Jesús. Ante la incredulidad de aquellos que lo observaban entonces, de alguna manera Jesús les pregunta también ¿y quien es el que puede tener poder para sanar y para curar, para realizar los signos y milagros que Jesús realiza? Como nos dirá Jesús El no hace sino las obras que el Padre le mandó realizar.

Si Jesús nos va proponiendo un camino nuevo que ha de ser siempre por los derroteros del amor, del perdón, de la comprensión, del servicio, de la misericordia, es así cómo Jesús se nos manifiesta. Jesús es el rostro de la misericordia de Dios. Es el Dios que nos mira a los ojos y al corazón desde su mirada de amor y de misericordia. Ya lo vemos cómo no solo curará a todos aquellos que sufren, sino que se acerca a los más pequeños, acoge a los pecadores y para todos tiene palabras de perdón. ¿Qué es lo que dirá en el momento en que lo estén crucificando? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’.

Es el camino, es la Verdad, es la Vida; con El no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el camino, tenemos asegurada la Vida, porque le tenemos a El.


miércoles, 13 de marzo de 2024

Nunca podremos sentirnos abandonados ni olvidados de Dios, porque ahí está Jesús que con los signos y señales que realiza nos recuerda el amor de Dios

 


Nunca podremos sentirnos abandonados ni olvidados de Dios, porque ahí está Jesús que con los signos y señales que realiza nos recuerda el amor de Dios

Isaías 49,8-15; Salmo 144;  Juan 5, 17-30

No nos gusta ser los olvidados. Ni de la familia, ni de los amigos, ni de aquellas personas que apreciamos y, en cierto modo, tampoco de aquellos con los que nos relacionamos en la vida, ya sea por la convivencia, por las relaciones de vecindad, o por razones laborales.

¿No nos quedamos los vecinos de un lugar determinado, un barrio, un sector de la ciudad, que las autoridades se han olvidado de nosotros porque no atienden nuestras demandas o necesidades? ¿Cómo reaccionamos ante un amigo al que hace tiempo que no veíamos y que de alguna manera se había distanciado la relación? Ya te olvidaste de los amigos, es casi lo primero que le decimos cuando nos reencontramos de nuevo.

Y lo mismo nos sucede en nuestras relaciones familiares y suele ser la queja más común, o de los padres que dicen que sus hijos ya no se acuerdan de ellos, o los hijos por el contrario con la misma queja contra los padres, ya no te acuerdas de mí.

Ese recuerdo que queremos que se mantenga dice mucho de cómo nos sentimos y cómo nos sentimos necesitados los unos de los otros, de su cariño, su presencia, su valoración, el tenernos en cuenta y así mucho más. Y tenemos que decir en el ámbito religioso que es algo que aparece en nuestra relación con Dios, en nuestras prácticas religiosas. Dios no nos escucha, decimos con tanta facilidad tantas veces. Claro que también tendríamos que preguntarnos si nosotros escuchamos a Dios. ¿Nos sentiremos acaso en alguna ocasión olvidados de Dios? ¿O será más bien que Dios es el olvidado de nosotros porque somos nosotros los que realmente no le tenemos en cuenta?

Me estoy haciendo esta consideración que a la larga tendría que llevarme a analizar detenidamente nuestra relación con Dios, desde el texto maravilloso que nos ha ofrecido hoy el profeta. El profeta está hablando a un pueblo que no lo está pasando nada bien; probablemente se trate de la época del exilio a Babilonia y el profeta trata de levantar el animo a aquel pueblo desesperanzado porque se van a abrir caminos por el desierto para un nuevo éxodo, para una nueva vuelta a su tierra desde el lugar del destierro. ¿Se sentían abandonados de Dios? La situación que vivían no era fácil, pero el profeta viene a decirles que Dios no los olvida, que Dios no los abandona, y termina con ese maravilloso texto que nosotros también hemos de escuchar con corazón abierto y con corazón humilde y agradecido.

‘Exulta, cielo, romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados. Sion decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré’.

Una madre nunca podrá olvidar al hijo de sus entrañas. Y eso de alguna manera nos viene a decir también hoy Jesús en el evangelio. Sea cual sea la situación que nosotros vivamos en nuestra vida, ahí está El. Nunca podremos sentirnos ni abandonados ni olvidados ¿Y qué significa su presencia? Recordarnos continuamente que Dios nos ama. Para eso ha venido. Cuando de verdad lo asumamos y lo recordemos siempre, en todo momento y situación, cualquiera que sean las circunstancias de nuestra vida, estaremos entrando en algo nuevo. El Reino de Dios lo llama Jesús. ‘Mi Padre sigue actuando y yo también actúo’, nos dice Jesús.

¿Qué son esos signos y señales que Jesús va realizando con su vida? Las muestras de que Dios nos ama, y porque nos ama irá transformando nuestra vida, y porque nos sentimos amados comenzamos nosotros a dejarnos transformar nuestra vida. ¿No nos ha pedido Jesús desde el principio que tengamos fe y que transformemos nuestro corazón? Acaso somos nosotros los que olvidamos esta invitación y esta llamada de Jesús. Pero aunque nosotros en la práctica tantas veces lo neguemos, como nos diría san Pablo, El no puede negarse a sí mismo, y siempre será fiel en el amor que nos tiene.

¿Qué más necesitamos nosotros para comenzar a dar respuesta a ese amor de Dios? Sigamos con nuestro programa de Cuaresma y podremos llegar de verdad a la Pascua.