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sábado, 18 de enero de 2014

No  nos creamos justos incapacitándonos para la misericordia y el amor

1Sam. 9, 1-4.17-19; 10, 1; Sal. 20; Mc. 2, 13-17
Ante Jesús siempre tenemos que decantarnos, tomar una decisión; no podemos andar a medias tintas, sino que nuestra opción hay que tomarla con decisión y radicalidad. Pero además la presencia de Jesús provocará que quienes estén a su lado hayan de tomar una decisión clara también, aunque muchas veces veamos que haya muchos que se pongan en contra, o queriendo pasar indiferentes ante El, al final tengan que aclarar cual es la postura que toman. Bien constatamos que aquellos que se dicen indiferentes ante la persona y la presencia de Jesús al final lo que hagan es una guerra sorda, por decirlo de una forma suave, en la que quieran eliminar todo vestigio de su presencia o de su mensaje.
¿Por qué tiene que molestarte, si dices que no eres cristiano ni creyente y entonces para ti no signifique nada un signo religioso como pueda ser la cruz, la presencia de la cruz o de otros signos religiosos en lugares públicos? Hemos escuchado hace unos días la noticia de que en una exposición que se hacía en un lugar público de la figura de la madre Teresa de Calcuta, alguien pretendía y exigía que se quitase de allí todo lo que pudiera tener una connotación religiosa. ¿Es que la madre Teresa de Calcuta sería lo que realmente es si no fuera su fe en Jesús de la que arrancaba todo su dinamismo, toda su obra y toda su vida?
En el evangelio de hoy por una parte vemos la vocación de Mateo. ‘Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y la dijo: Sígueme. Se levantó y lo siguió’, nos dice el Evangelio. Ante la Palabra y la invitación de Jesús su decisión fue rápida. ‘Se levantó y lo siguió’. Admirable su fe y su disponibilidad; se dejó conducir por el Señor ante su llamada. Admirable testimonio que nos tendría que hacer pensar en la forma cómo nosotros respondemos a la llamada del Señor. ¿Será así nuestra disponibilidad?
Pero el episodio del evangelio tiene una segunda parte. ‘Estando a la mesa de Leví, de entre los muchos que lo seguían un grupo de recaudadores (publicanos, como los llamaban) y otra gente de mala fama se sentaron con Jesús y sus discípulos’. Aquí surge la controversia, porque aquellos que se consideraban justos y puros no podían ver con buenos ojos que Jesús se sentara a la mesa con toda aquella gente y allí estaban trasladándoles sus murmuraciones a los discípulos. Ya conocemos al final la sentencia de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’.
Los que se consideraban justos no serán capaces nunca de reconocer que necesitan salvación.  Pero es que además los que se consideran justos nunca serán capaces de poner misericordia en su corazón, casi podríamos decir que están incapacitados para amar de verdad. Lo que saben hacer siempre es  juzgar y condenar. No podrán entender entonces el mensaje del evangelio porque parece que están incapacitados para la ternura.
Por eso no entienden la postura de Jesús, su amor y su misericordia. Parece que les molesta que Jesús sea misericordioso, nos muestre el rostro misericordioso de Dios que es clemente y misericordioso, como tantas veces repetimos en nuestros salmos. Jesús viene para traernos la salvación y esa salvación es para todos porque todos estamos marcados por el pecado. No nos podemos considerar justos y puros, para que en consecuencia seamos capaces también de tener amor, compasión y misericordia con los demás.

Cuando nos sentimos amados y perdonados, como hemos reflexionado recientemente, nos sentimos impulsados a mostrar ese amor y esa misericordia también con los demás. Por eso con humildad nos ponemos ante Jesús - así lo hacemos por ejemplo siempre en el comienzo de nuestras celebraciones - sintiendo que somos enfermos, que somos pecadores, que estamos necesitados de la misericordia del Señor. Todo esto tendría que hacernos pensar mucho para analizar nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestros juicios y condenas que tan pronto y fácilmente nos salen cuando vemos algo que no nos gusta en los demás. Llenemos nuestro corazón de amor y de misericordia y así podremos repartir amor y misericordia con todos los que están a nuestro lado.

viernes, 17 de enero de 2014

Jesús había anunciado el año de gracia del Señor para el perdón de nuestros pecados

1Sam. 8, 4-7.10-22; Sal. 88; Mc. 2, 1-12
El cuadro que estamos contemplando cuando escuchamos este texto del evangelio que hoy se nos ha proclamado nos habla del entusiasmo de la gente que se agolpa allí donde está Jesús porque quiere escucharlo y estar cerca de El; pero nos habla de fe y de amor solidario, como nos hablará también de la verdadera salvación que viene a ofrecernos Jesús.
‘Cuando a los pocos días se supo que Jesús había vuelto a Cafarnaún acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta’. Allí están queriendo no perderse ni una palabra de Jesús. Allí se despierta la fe y se despierta el amor. Acuden unos hombres portando en una camilla a un paralítico para que Jesús lo cure. Es imposible entrar, pero ellos quieren llegar como sea hasta los pies de Jesús con aquel enfermo. Y la fe y el amor se las ingenian; ‘levantaron una tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y por allí descolgaron la camilla con el paralítico’. Alguien podría estar pensando en el dueño de la casa al que le están destrozando el techo. Pero lo importante ahora es la fe de aquellos  hombres. ‘Viendo la fe que tenían’, dice el evangelista, ‘le dijo al paralítico: hijo, tus pecados quedan perdonados’.
Siempre nos fijamos en la reacción de los letrados que por allí andaban que no entienden las palabras de Jesús; es más, dirán que blasfema, porque ‘¿quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Pero, siendo sinceros, ¿cuál hubiera sido nuestra reacción si  nosotros hubiéramos estado en su lugar? Lo que aquellos hombres venían buscando era la curación del paralítico y de eso, de entrada, no dice nada Jesús. Tenían fe, les gustaba escuchar sus palabras y su corazón se enardecía y se llenaba de esperanza cuando lo escuchaban; pero ellos aún no habían descubierto quien era realmente Jesús. A lo más podían pensar que era un profeta o un hombre de Dios.
Pero ¿no sigue siendo la reacción de muchos hoy cuando le hablamos de la confesión de los pecados y del sacramento de la penitencia? Yo a ningun hombre le voy a contar mis pecados para que me los perdone, yo le pido perdón a Dios cuando hago mis oraciones y no necesito nada más, dicen muchos y de alguna manera allá en nuestro interior ponemos nuestras dificultades y reticencias a la hora de confesar nuestros pecados.
Jesús curará a aquel paralítico; al final le dirá: ‘Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’. Pero aquel hombre no solo ha recobrado el movimiento de sus miembros para incluso poder cargar con su camilla, sin que nadie tenga ya que ayudarle, sino que aquel hombre se sentirá salvado en lo más profundo de si mismo. Jesús le había dicho ‘tus pecados están perdonados’, y la salvación había llegado a su vida. Jesús quiere dejarnos claro que es lo más hondo, lo más grande que viene a ofrecernos.
En la sinagoga de Nazaret había proclamado aquel texto del profeta que anunciaba el año de gracia del Señor. El año de gracia del perdón era el año del jubileo, el año en que todas las penas quedaban condonadas, en que todo era perdonado, porque era como comenzar de nuevo una vida nueva. Y Jesús venía a traernos ese año de gracia universal, de una vez para siempre. El venía a traernos la gracia y el perdón. Ahora nos lo estaba manifestando para que lo tuviéramos claro desde el principio. La salud, la salvación que venía a ofrecernos era algo profundo que transformaba totalmente nuestra vida. Porque quien se siente perdonado, se siente amado y se siente transformado por ese amor y ya su vida no puede ser de la misma manera.

Cómo tenemos que aprender nosotros a gustar ese perdón que el Señor nos ofrece, saborear ese amor tan grande que Dios nos tiene que nos inunda con su misericordia. No siempre valoramos y vivimos con la intensidad que deberíamos el sacramento de la Penitencia donde recibimos el perdón del Señor. Tendría que ser siempre una fiesta para nosotros, porque fiesta tenemos que sentir en el corazón cuando así nos sentimos amados del Señor.

jueves, 16 de enero de 2014

El amor de Jesús nos contagia y nos hace fructificar en el amor

1Sam. 4, 1-11; Sal. 41; Mc. 1, 40-45
Qué fuerza más poderosa tiene el amor. Desde un amor verdadero cuánto podemos hacer y cuando vivimos impregnados por el amor vemos cómo en torno de nosotros van como surgiendo y ramificándose nuevas plantas de amor que van impregnando todo cuanto nos rodea.
Hace unos días en las redes sociales circulaba un video muy hermoso que quise también compartir con mis amigos. Es difícil que ahora en palabras pueda expresar la fuerza de aquellas imágenes tan hermosas que nos ofrecía el video. Todo arrancaba de un gesto muy sencillo que fue una persona que se acercó a levantar a un muchacho que circulando en medio de la gente, de repente cayó al suelo y quedó como mal herido. El que aquella persona desconocida le ayudara a levantarse sin más provocó que aquel muchacho ayudara a una anciana que caminaba con dificultad con sus bolsos y paquetes hasta llegar a su portal; pero luego seria aquella anciana la que ofreció ayuda a un pobre que estaba sentado en el suelo del portal, y así se fue desencadenando una serie de gestos hermosos en que unas personas al sentirse ayudadas al tiempo hacían lo mismo con los que iban encontrando a su paso. El amor provocó el amor e hizo que se fuera ramificando en muchos otros gestos de amor y de solidaridad. Eran muy hermosas las imágenes de aquel video.http://mundoconsejos.com/un-chico-se-cae-de-su-patineta-y-produce-una-cadena-de-eventos-hermosos/
Escuchando hoy el evangelio y lo que venimos escuchando en estas primeras páginas del evangelio de Marcos es lo que vemos que va significando la presencia de Jesús en medio de las gentes. Desde el amor de Jesús que podíamos decir se desprendía de su persona, ya ayer veíamos que primero le llevan a casa de Simón y de Andrés donde la suegra de Simón está enferma y Jesús la levanta de su postración. Más tarde veremos cómo la población entera se agolpaba a la puerta del casa donde estaba Jesús, porque todos querían estar con El, no solo escucharle sino sentir sobre ellos lo que era su amor, su misericordia, su acogida cuando a todos atendía, para todos tenía una palabra, y a todos liberaba de sus males.
Cuántas veces el ser escuchados y valorados, el ser tenidos en cuenta nos vale mucho más que cualquier medicina para curar nuestras enfermedades. Cuánto nos tendría que hacer pensar todo esto para nuestras actitudes y posturas ante el sufrimiento de los demás, porque hemos de reconocer que son cosas que muchas veces nos cuesta hacer.
No era ya solo el milagro donde se veían libres de su enfermedad o su invalidez sino que tendríamos que decir era la acogida de Jesús a cuantos con sufrimiento llegaban hasta él. Hoy en el evangelio escuchamos que es un leproso el que se acerca a Jesús. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le pide a Jesús, pero lo más hermoso es el amor y la cercanía de Jesús que se acerca hasta él, extiende su mano y lo toca – lo que era inconcebible para los puritanos porque el tocar a un leproso era una impureza legal que se cometía – y, por supuesto, lo cura.
El amor de Jesús provoca el amor, porque, como escuchamos ayer y en ese sentido escucharemos mañana, la solidaridad se despertaba en todos, que traían a sus enfermos, a los impedidos hasta Jesús para que los curara, como mañana veremos la inventiva del amor en aquellos que traen el paralítico y lo descolgarán desde la azotea hasta los pies de Jesús.
Estamos contemplando, es cierto el poder de Jesús, pero tendríamos que descubrir detrás de todo ello cómo se manifiesta lo que es el amor que el Señor nos tiene. Y contemplando ese amor de Dios eso provoque nuestro amor, despierte nuestro amor, nuestra capacidad de solidaridad y de acogida a cuantos están a nuestro lado. No estará en nuestras manos la curación de una enfermedad, pero sí está en nosotros la capacidad del amor con que hemos de saber acoger a los demás.

Que así vaya fructificando el amor, se vaya ramificando, como decíamos antes, y contagiemos a cuantos nos rodean de ese amor. Con ello seremos signos ante los demás del amor de Dios.

miércoles, 15 de enero de 2014

Escuchar con prontitud a Dios verdadera sabiduría del creyente

1Sam. 3, 1-10.19-20; Sal. 39Mc. 1, 29-39
Saber escuchar a Dios sin ninguna confusión, podríamos decir que es la verdadera sabiduría del creyente. Muchas veces  no nos es fácil distinguir la voz del Señor en medio de tantas cosas que suenan a nuestro alrededor. Muchas cosas nos hacen ruido en la vida, bien porque nosotros equivocadamente las busquemos, o bien porque el espíritu maligno siempre quiere crear confusión en nuestro interior para así apartarnos de Dios y apartarnos de lo que es su voluntad.
Y no nos basta una buena voluntad por nuestra parte. Es un don y una gracia del Señor que también se  nos puede manifestar de muchas maneras. Es una sabiduría que tenemos que saber pedirle al Señor. Es precisamente lo que nos hace creyentes, nos distingue como creyentes, el saber escuchar a Dios sin ninguna confusión.
Es lo que podemos descubrir en esta lectura del libro de Samuel que hemos escuchado en la primera lectura. Ya nos dice el texto sagrado que ‘por aquellos días las palabras del Señor era raras y no eran frecuentes las visiones’. Más adelante nos dirá que ‘Samuel aún no conocía al Señor, pues no le había sido revelada la Palabra del Señor’.
En las lecturas de los días pasados se nos preparaba para escuchar la historia de quien iba a ser un gran profeta que guiase en momentos decisivos e importantes al pueblo de Israel. El texto que hoy escuchamos podríamos llamarlo la historia de la vocación de Samuel, porque es cuando siente esa llamada del Señor, pero es un texto que nos viene bien reflexionar sobre cómo nosotros abrir nuestro corazón a Dios para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos y descubrir los designios de Dios para nuestra vida y para nuestra historia.
Samuel era aún un niño. Recordamos cómo Ana, su madre, en su petición al Señor del don de la maternidad había prometido consagrar el niño al Señor. Lo contemplamos niño en el entorno del templo, en Silo, junto al Sacerdote Elí. Y es allí, en la noche, cuando escucha la llamada del Señor. Pero Samuel no conocía la voz del Señor. Por eso acude corriendo a donde estaba el sacerdote. ‘Aquí estoy. Vengo porque me has llamado’ Así una y otra vez, varias veces, en que el sacerdote le manda acostarse porque no le ha llamado. Pronto el anciano sacerdote comprenderá que es la voz del Señor el que está llamando al niño y le enseñará a abrir su corazón a Dios. ‘Habla, Señor, que tu siervo te escucha’.
 Será la respuesta del niño Samuel cuando de nuevo escucha la voz del Señor que le llama. ‘Habla, Señor, que tu siervo te escucha’. Abre sus oídos, abre su corazón para escuchar la voz del Señor. No es solo oírla; ese escuchar entraña mucho más; significa querer cumplir, querer realizar en la vida, querer obedecer al Señor.
El Señor nos habla; el Señor nos llama; el Señor tantas veces se nos manifiesta allá en el corazón. Es necesario, como decíamos, tener esa sabiduría del Espíritu para saber discernir la voz del Señor, para oír y escuchar al Señor. Es necesario dejarse conducir, porque cuando el Señor nos habla enriquece nuestra vida con su gracia pero para ponernos en camino. No siempre sabemos escuchar, pero  no siempre sabemos ponernos en camino, realizar en nuestra vida aquello que el Señor nos pide, aquello que el Señor nos dice.
Que haya esa prontitud en nuestra corazón, en nuestra vida, como la del niño Samuel, para acudir a escuchar la voz del Señor. Que nada nos distraiga, que nada nos entretenga; tenemos el peligro de estar entretenidos, distraídos, ajenos a esa voz del Señor. Que tengamos la fuerza del Espíritu divino, que nos ilumine y nos envuelva ese Espíritu de Sabiduría, de la Sabiduría de Dios. Y que el Espíritu divino nos llene de su fortaleza para que con prontitud realicemos todo aquello que nos pide el Señor.


martes, 14 de enero de 2014

Una Buena Noticia que llega con la autoridad de la salvación para todos

1Sam. 1, 9-20; Sal. 132; Mc. 1, 21-28
Si ayer escuchábamos el primer anuncio que Jesús hacía del Reino de Dios invitando a la conversión y a creer en El, hoy le vamos ya acudir a la Sinagoga a enseñar. Ayer contemplábamos a los primeros discípulos que escuchaban su palabra y su invitación y cautivados por El se decidían a dejarlo todo por seguirle. Hoy vemos cómo la gente se quedaba asombrada de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad.
Su Palabra es Palabra de vida y Palabra de salvación. Su Palabra hace enardecer los corazones y llegaba a lo más hondo de ellos haciendo renacer la esperanza y los deseos de una vida nueva. Pero su Palabra era una Palabra salvadora. Con autoridad expulsaba los demonios, como señal de esa victoria sobre el mal y sobre el pecado que iba a significar su vida.
‘Había en la sinagoga un hombre que poseía un espíritu inmundo y se puso a gritar’, nos dice el evangelista. La presencia de Jesús es una presencia llena de gracia y de salvación. Y el mal se resiste. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret?’
Un signo maravilloso que se realiza con la presencia y la palabra de Jesús. ‘Cállate y sal de él’, le dice Jesús. ‘Y el espíritu inmundo lo retorció y dando un grito muy fuerte, salió. Todos se quedaron estupefactos. ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo’, es la reacción de la gentes cuando contemplan lo sucedido. ‘Y su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.
Se nos está manifestando quién es Jesús. Lo hemos venido meditando al finalizar el tiempo de Navidad y Epifanía y ahora cuando comenzamos a leer el principio del evangelio de Marcos lo estamos viendo con toda claridad. Esto tiene que ayudarnos mucho en el crecimiento de nuestra fe y en la respuesta de vida que hemos de darle al Señor; la respuesta que hemos de darle con toda nuestra vida.
No contemplamos estos hechos que nos va narrando el evangelio de una manera fría como quien simplemente lee o escucha una historia. Para nosotros tiene que ser mucho más, porque para nosotros es la Palabra del Señor. Una Palabra que el Señor nos dirige de manera concreta a nosotros con lo que es nuestra vida porque así quiere llenarnos de su gracia y así quiere ir transformando cuando de mal hay en nosotros. Decimos, confesamos que es nuestro salvador, pero decir que es nuestro Salvador es decir que nosotros queremos llenarnos de esa salvación.
También tantas veces hemos dejado que se meta el mal en nuestra vida; la tentación nos acecha y no siempre somos lo buenos que tendríamos que ser y el pecado nos domina, llena nuestro corazón. Nos cuesta reconocerlo, no tenemos siempre la suficiente humildad. Algunas veces también nos resistimos a la gracia del Señor. Dejémonos conducir por su Espíritu, dejemos que su gracia salvadora llegue a nuestra vida, abramos nuestro corazón a su salvación. Que seamos capaces de sentir la novedad de vida que su Palabra tiene en cada momento para nosotros. Como aquella gente que sentía y reconocía lo nuevo que había en la Palabra de Jesús y en su manera de enseñar. Era en verdad Buena Nueva, Buena Noticia de Salvación, era Evangelio para su vida, como lo es siempre para nosotros.

Y una palabra en referencia a la primera lectura. Es la súplica confiada que Ana hace al Señor en su oración. Mucho era el dolor que sentía en su alma, pero mucha era la confianza que ponía en el Señor. Su oración estaba llena de lágrimas por su sufrimiento y su dolor, pero su oración estaba también llena de confianza y de esperanza. Y el Señor escuchó su oración. Con la misma confianza hemos de acercarnos al Señor desde nuestras necesidades, desde nuestro dolor, pero siempre con mucho amor.

lunes, 13 de enero de 2014

Convertirnos a la Buena Noticia para comenzar a vivir una vida nueva

1Sam. 1, 1-8; Sal. 115; Mc. 1, 14-20
Terminadas las celebraciones de Navidad y Epifanía iniciamos el tiempo ordinario. Es el tiempo que media ahora hasta que comencemos la Cuaresma que nos prepare para la Pascua. No hay celebraciones especiales del misterio de Cristo en estos domingos que siguen, pero nosotros siempre estamos celebrando a Cristo, porque estamos celebrando su salvación y su amor. Siempre tenemos muchos motivos para dar gracias y para alabar al Señor y la Palabra de Dios que se nos va proclamando va alimentando nuestra fe, nuestra vida cristiana y tiene siempre para nosotros la novedad del Evangelio, la Buena Noticia de nuestra Salvación.
Como sabemos a lo largo del tiempo ordinario, en las eucaristías en medio de la semana, se va haciendo una lectura continuada de la Palabra de Dios ya sea en el Evangelio como en la primera lectura. Quienes seguimos con interés y escuchamos con fe la Palabra que se  nos va proclamando vamos enriqueciendo nuestra vida y vamos adquiriendo un conocimiento cada vez más profundo del mensaje del evangelio, del mensaje de nuestra salvación. Es una riqueza grande para nuestra vida y nos va haciendo saborear la sabiduría de Dios.
En el evangelio comenzamos por el evangelio de Marcos, mientras en la primera lectura ahora en el año par iremos escuchando en principio el libro de Samuel del Antiguo Testamento. Se comienza con la historia de Samuel, presentándonos hoy su familia, por así decirlo, y las circunstancias de su nacimiento, que iremos escuchando en los próximos días.
En el mensaje bíblico es normal que la presentación de quienes fueron especialmente llamados por Dios para una función especial dentro de la vida del pueblo de Dios, su nacimiento vaya rodeado de las maravillas de Dios. Así descubrimos no obras humanas, sino con fe hemos de saber descubrir la acción y la fuerza de la gracia del Señor. Es todo lo que rodea el nacimiento y la infancia de Samuel que iba a ocupar un lugar muy importante en la historia del pueblo de Dios.
Por su parte en el evangelio - son casi los primeros versículos del primer capítulo tras la presentación del Bautista y el relato del Bautismo de Jesús -, se nos presenta a Jesús haciendo el primer anuncio del Evangelio y su invitación a la conversión para creer en la Buena Noticia que nos proclama Jesús, la Buena Noticia que es Jesús mismo. Precisamente ese es el sentido del primer versículo del evangelio: ‘Comienzo de la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios’. La Buena Noticia, el Evangelio es Jesús; Jesús que es el Cristo, el Mesías, el Ungido del Señor y que es el Hijo de Dios. Aunque hoy no hemos escuchado esas palabras, porque comenzamos unos versículos posteriores, tendría que darnos para mucho meditar y reflexionar.
‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios’, es el primer anuncio de Jesús. E invita a la conversión y a creer en El. Y como una señal de quienes escuchan ese anuncio, se dejan cautivar por ese evangelio, por esa Buena Noticia, a continuación nos narra la vocación de los primeros discípulos. Ahí estamos contemplando quienes escuchan ese anuncio; quienes escuchan y se ponen en camino.
Convertirse es darle la vuelta a la vida para comenzar a vivir de una forma nueva. Es lo que contemplamos en aquellos primeros discípulos. Comenzarán a vivir algo nuevo. Son invitados a seguir a Jesús y de pescadores en aquellos lagos son invitados a ser pescadores de una pesca nueva. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’ Y creyeron, y cambiaron de vida, y lo dejaron todo, y se fueron con Jesús.

¿Es así nuestra fe? ¿Es así nuestra disponibilidad para seguir al Señor, cuando tantas reservas nos estamos haciendo tantas veces? ¿Estaremos dispuestos a abrir de verdad los oídos de  nuestro corazón para escuchar la invitación y la llamada del Señor?

domingo, 12 de enero de 2014

Éste es mi Hijo en quien se manifiestan todas mis predilecciones y todo mi amor

Is. 42, 1-4.6-7; Sal. 28; Hechos, 10, 34-38; Mt. 3, 13-17
En la navidad los ángeles cantaban la gloria de Dios anunciando el nacimiento del Salvador y los pastores corrieron a Belén para ver lo que los ángeles les habían dicho. En la Epifanía una estrella apareció en el cielo dándonos señales de salvación para todos los hombres y vimos venir a los Magos de Oriente para adorar al Niño que encontraron con María, su madre, reconociendo así que su luz llegaba para  todos los hombres. Hoy los cielos se abren sobre el Jordán para que se manifieste la gloria del Señor pero sea la voz del cielo la que se escuche señalando que aquel Jesús que salía de las aguas bautismales del Jordán era el Hijo amado y predilecto del Padre a quien todos habíamos de escuchar.
Se completan las fiestas de la Navidad y la Epifanía llega a su culminación en la teofanía que se manifestó allá en las orillas del Jordán. Allí había acudido Jesús y se había acercado al Bautista como uno más para que lo bautizara. Juan se resiste porque el Espíritu le hace reconocer a quien está ante él; ‘Soy yo el que necesito que Tú me bautices’, le dice. Pero Jesús le replica: ‘Déjalo ahora. Está bien que cumplamos lo que Dios quiere’.
El que al entrar en el mundo exclamaría, como nos dice la carta a los Hebreos, ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, ya le vemos de nuevo diciendo que ‘cumplamos lo que Dios quiere’, que lo que tenemos que hacer siempre es la voluntad de Dios. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, les dirá a los discípulos allá junto al pozo de Jacob; y cuando va a comenzar la Pascua exclamará de igual manera ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’. Por algo nos enseñará que cuando oremos siempre proclamemos que lo que queremos es hacer la voluntad de Dios.
¿Cómo no se iba a escuchar la voz el cielo señalándolo como el Hijo amado y preferido del Padre? Es lo que ahora escuchamos en medio de impresionante teofanía, impresionante manifestación de la gloria del Señor. Es como diría más tarde Juan haciendo referencia a este momento aquel sobre quien está viendo bajar al Espíritu en forma de paloma y el que luego va a bautizar en Espíritu Santo y fuego. ‘Yo lo he visto, nos dirá el Bautista, y doy testimonio de que El es el Hijo de Dios’.
Un día el profeta había anunciado, como hoy hemos escuchado en la primera lectura, ‘mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre El he puesto mi Espíritu para que traiga el derecho a las naciones… te he formado y te hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones…’
Hoy escuchamos la voz del cielo: ‘Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’, éste es mi Hijo, sí, en quien se manifiestan todas mis predilecciones y todo mi amor; este es mi Hijo, el Hijo que envío como siervo, porque no ha venido para ser servido sino para servir; este es mi Hijo amado, en quien se está manifestando todo mi amor, el que os envío como la mayor prueba de mi amor y os lo entregó y El se entregará hasta el final, hasta amar con el mayor amor porque será capaz de dar su vida por todos y no hay mayor amor que el de quien da la vida por los que ama; este es mi Hijo en quien se va a realizar la Alianza eterna y definitiva en el amor y el que va a ser la luz de las naciones,  la luz para todos para que todos alcancen la salvación.
La liturgia hoy nos dice y nos lo repite una y otra vez  que en el Bautismo de Cristo en el Jordán se nos manifiesta el Hijo amado y predilecto de Dios; se nos manifiesta Dios en nuestra carne, cuando contemplamos a Jesús y cuando lo contemplamos así señalado desde el cielo; pero nos dice también, como expresaremos en el prefacio, que ‘en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo bautismo’, pero además ‘hiciste descender tu voz desde el cielo para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en El al Mesías, enviado para anunciar la salvación a los pobres’.
Maravillas del Bautismo de Jesús que hoy estamos contemplando y celebrando. Revelación de amor que nos hace conocer y comprender quién es en verdad Jesús, nuestro Mesías Salvador, pero el Hijo amado de Dios, Palabra eterna de Dios que habita ya para siempre entre nosotros. Aquel bautismo penitencial de Juan al que los pecadores se sometían para purificarse preparando la venida del Mesías y que Jesús no necesitaba porque era el Justo y el Santo de Dios, porque Dios así lo quiso - ‘está bien que cumplamos la voluntad del Padre’, que le decía Jesús a Juan - se convirtió  en la gran señal que nos hacía escuchar a Dios, que nos hacía conocer en toda su profundidad a Jesús, pero nos hacía también comprender la nueva dignidad a la que nosotros éramos llamados con la salvación de Jesús.
Sí, se estaba manifestando el misterio del nuevo Bautismo, como decíamos también en el prefacio. En el agua y el Espíritu nosotros habíamos de ser bautizados ‘para ser transformados interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros’, como expresamos en una de las oraciones de la liturgia de hoy. ‘Concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia… para que podamos llamarnos y ser en verdad hijos’, que pedimos también con la liturgia.
Culminación de la Epifanía del Señor que ha de ser también nuestra epifanía. Epifanía del Señor porque culmina hoy toda esa manifestación de quien es Jesús, aquel niño, hijo de María,  nacido en Belén y a quien contemplábamos envuelto en pañales y recostado en un pesebre o en brazos de María; es el Hijo amado de Dios, es la Epifanía de la luz de Dios y de su amor por nosotros para que nunca más tengamos tinieblas  ni estemos sometidos al pecado.
Pero, decíamos, es también nuestra epifanía, porque se nos está manifestando a donde somos nosotros llamados; se  nos está manifestando esa dignidad nueva que a nosotros se nos va a conferir por el agua y el Espíritu en el Bautismo que nosotros recibimos. ‘Dios nos eligió en la persona de Cristo, desde antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables por el amor; El nos destinó en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya - por puro amor, como es siempre el amor de Dios - a ser sus hijos’.

Por eso hoy al celebrar el Bautismo del Señor recordamos nuestro propio bautismo, recordamos nuestra dignidad, la dignidad de los hijos por pura gracia del Señor. Un motivo grande para dar gracias al Señor; un motivo para la alabanza y la bendición al Señor. Una llamada a nuestra vida para que vivamos conforme a esa dignidad; una llamada a la santidad de nuestra vida en la que hemos de crecer más y más. Somos también los ungidos por el Espíritu del Señor y así, como otros Cristos, hemos de ser santos e irreprochables en el amor. Que todo sea siempre para la alabanza del Señor.

sábado, 11 de enero de 2014

Jesús quiere limpiarnos, como un signo nos liberará de enfermedades y dolencias

1Jn. 5, 5-6. 8-13; Sal.147; Lc. 5, 12-16
Estamos ya a punto de concluir las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía que llegarán a su momento culminante cuando el domingo celebremos el Bautismo del Señor en el Jordán. De manera especial esta semana después de la Epifanía hemos ido haciendo un recorrido por el Evangelio donde se nos va manifestando cuál es la misión de Jesús, viendo sus primeros momentos de predicación, viendo sus obras o escuchando el anuncio programático de su misión en la Sinagoga de Nazaret.
Hoy se nos manifiesta un signo más en el evangelio que hemos escuchado. Una prueba y manifestación del poder de Jesús al que ya se ha hecho referencia cuando se  nos narraba que le traían enfermos aquejados con todo tipo de dolencias a que Jesús los curara. Pero siempre decimos que son signos que nos manifiestan la salvación que Jesús quiere ofrecernos que va más allá de la curación de unas enfermedades.
Son las señales del Reino de Dios que se está realizando y en el que hay que creer. Son las señales de quién es realmente Jesús. Un día Juan desde la cárcel le enviará una embajada para preguntarle si es El quien ha de venir o han de esperar a otro. Y Jesús les dirá que vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído; los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios y resucitan los muertos.
Son signos que ya nos anunciaban los profetas de la salvación que Jesús viene a ofrecernos. Signos que corroboran el poder taumatúrgico de Jesús, que es el Hijo de Dios y así se manifiesta en todo su poder y gloria, pero signos que nos están hablando de salvación, de purificación, de transformación del corazón, de vida nueva de la que Jesús quiere llenarnos.
Hoy es un leproso el que se acerca a Jesús; el que se atreve a acercarse a Jesús, como ya tantas veces hemos comentado la marginación en la que tenían que vivir quienes estaban aquejados de esta enfermedad. Pero nos está manifestando la valentía de este hombre, que por una parte está reconociendo el mal que hay en su vida, su lepra y su enfermedad, pero que por otra parte se atreve a acercarse a Jesús a pesar de todas las normas y prohibiciones, pero que nos manifiesta también la fe y confianza total que tenía en Jesús que sabía que podía curarle de su mal. ‘Al ver a Jesús cayó rostro en tierra y le suplicó: Si quieres, puedes limpiarme’.
Claro que Jesús quiere limpiarlo. ‘Quiero, le dice, queda limpio, y extendió la mano y lo tocó’. A eso ha venido. Jesús quiere limpiarlo; como un signo nos liberará de enfermedades y dolencias, pero nos quiere resucitar de nuestras muertes, levantarnos de nuestro pecado, purificarnos de nuestras manchas y de nuestras maldades, sacarnos de nuestros aislamientos y egoísmos insolidarios, llevarnos de las tinieblas a la luz, inundarnos de su vida.
Ahí está Jesús que se acerca a nuestra vida y quiere tocar nuestro corazón para transformarlo. Quizá seamos nosotros los que no tengamos la valentía de aquel leproso para llegar hasta Jesús y postrarnos en su presencia reconociendo nuestro mal, nuestras lepras, nuestras muertes, nuestros pecados. No siempre tenemos la suficiente humildad para reconocerlo, y es un paso muy necesario para que se pueda realizar esa transformación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Nos cuesta porque aun nuestro amor no es tan grande, que seguimos inmersos en nuestros temores. Y quien teme es que no ha terminado de amar de verdad.
Que el Señor nos libere de esos temores; que arranque de nosotros esos miedos; que nos enseñe a amar de verdad y a tumba abierta; que seamos capaces de poner toda nuestra confianza en su amor; que por la fuerza de su Espíritu llenemos de humildad nuestro corazón. Así llegaremos a la salvación que Jesús nos ofrece.

viernes, 10 de enero de 2014

Jesús, con la fuerza del Espíritu, volvió a Galilea y se manifiesta su misión

1Jn. 4, 19-5, 4; Sal. 71; Lc. 4, 14-22
‘Jesús, con la fuerza del Espíritu, volvió a Galilea… enseñaba en las sinagogas y todos los alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entro en la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura…’ Jesús se va dejando conducir por el Espíritu. Comienza a manifestarse su misión. Ahora en la sinagoga de Nazaret va a hablar una proclamación clara de lo que es su misión.
Los sábados en las sinagogas se leía la Ley y los Profetas. Era el alimento de la vida de los buenos judíos, de los creyentes. Se reunían para la oración y la alabanza, cantando salmos al Señor, pero escuchaban y estudiaban su Palabra, la Ley y los Profetas. Había unos encargados de moderar la celebración y de tenerlo todo preparado. Pero cualquiera podía levantarse para hacer la lectura del texto sagrado. A Jesús ya le precedía la fama que había ido adquiriendo porque ‘enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan, de manera que su fama se había extendido por toda la comarca’.
Es Jesús el que en esta ocasión se pone de pie en medio de la asamblea para hacer la lectura y al desenrollar el libro de los profetas surgió este texto de Isaías en que estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque El me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres… para anunciar el año de gracia del Señor’.
No por muchas veces escuchadas estas palabras dejaban de ser sorprendentes. Se anunciaba el año de la gracia del Señor y ya estaba ahí. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, les dice. Llega la hora de la libertad y de la gracia; llega la buena noticia que alegrará el corazón de los pobres y de los que sufren. ‘Para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos…’
¿Cómo habían de entenderse aquellas palabras? ¿Qué aplicación y explicación tenían en aquel momento? Era algo nuevo lo que se estaba escuchando,  pero en el corazón de todos estaban esos deseos de libertad, aunque muchas veces fuera entendida solo desde un sentido político, por cuanto se sentían subyugados por el poder romano. Muchos movimientos en ese sentido surgían en medio del pueblo, y veremos que incluso más tarde entre el grupo de los que más cerca están de Jesús hay unos Celotes, pertenecientes o que habían pertenecido a estos movimientos de liberación.
¿Se iba a quedar reducida a eso la misión de Jesús? ¿Así se le podía encasillar? Fue tentación de entonces, como ha sido tentación de todos los tiempos. Y es cierto que Jesús viene para dar la libertad más profunda al corazón del hombre. El estilo nuevo de vivir que nos irá enseñando eso es lo que quiere lograr en lo más hondo de nosotros. La liberación que Jesús quiere realizar en nosotros es algo bien profundo, para transformar nuestro corazón.
Será un año de gracia, de indulgencia, de perdón. Pero esa gracia que nos trae el Señor lo que quiere es transformar nuestro corazón desde lo más hondo, para quitarnos todas las ataduras que nos puedan esclavizar, pero para que también en ese nuevo estilo de vivir que El nos enseña nunca ningún hombre se tenga que sentir oprimido por otro hombre, nunca ningún hombre se convierta en opresor de su hermano. Es la ley del amor que Jesús nos dejará.
Efectivamente ‘esta Escritura anunciada y proclamada se comienza a cumplir hoy’, como nos dice Jesús. Porque ahí está Jesús el que nos libera desde lo más hondo de nosotros mismos cuando quiere arrancar de nosotros las raíces del pecado. Es el perdón, la amnistía, la indulgencia que el viene a traernos, ‘el año de gracia del Señor’.

Que se nos abran nuestros ojos, que se acaben para siempre nuestras cegueras. Que sintamos esa verdadera libertad interior que Jesús quiere darnos. Que nos sintamos en verdad transformados por la fuerza de su Espíritu.

jueves, 9 de enero de 2014

Siempre el Señor está con nosotros, aunque en ocasiones nos cueste ver su presencia

1Jn. 4, 11-18; Sal. 71; Mc. 6, 45-52
El episodio que nos narra el evangelio aunque comienza narrándonos algo muy sencillo y natural como el hecho de tomar una barca para atravesar el lago hasta la otra orilla por parte de los discípulos, mientras Jesús despedía a la gente, se viene a transformar en algo asombroso y que puede ser un signo maravilloso para el camino de nuestra vida cristiana.
‘Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla’. Jesús que siempre nos está poniendo en camino. No podemos cruzarnos de brazos para quedarnos sentados pasivamente esperando a que sucedan las cosas. Nos pone en camino, aunque en ocasiones el camino se nos pueda volver oscuro, nos parezca que nos sentimos solos o nos veamos zarandeados por problemas o dificultades. Qué oscuro se nos puede volver el lago en medio de una noche oscura y cuando encontramos dificultad para avanzar porque tenemos el viento en contra, como les estaba sucediendo a los discípulos. Y Jesús no estaba con ellos.
Bueno, eso pensaban. Se había quedado en la orilla despidiendo a la gente, y luego se había retirado al monte a orar. Luego no estaban solos, aunque Jesús estuviera en tierra y ellos en medio del lago sin poder avanzar. No estamos solos aunque estemos en medio del camino de la vida y tengamos oscuridades y dificultades. El Señor está atento a nuestras necesidades y problemas. No le somos ajenos ni indiferentes. Qué distinto a como somos nosotros muchas veces en relación a los problemas de los demás.
‘Viendo el trabajo con que remaban… va hacia ellos  andando sobre el lago, e hizo ademán de seguir adelante’. Pero no lo reconocieron, pensaban que era un fantasma. Siempre el Señor poniéndonos a prueba. Y si hasta entonces estaban contrariados por la dificultad, ahora aumentan los miedos y el temor. ‘Dieron un grito, porque al verlo se habían sobresaltado’. ¿Será un grito clamando por la presencia de Jesús y su fuerza? Algunas veces nuestros gritos parecen de derrota, porque nos falta confianza.
Pero allí está Jesús. ‘El les dirige en seguida la palabra y les dice: Animo, soy yo, no tengáis miedo’. Cuántas veces escuchamos nosotros esa voz en nuestro interior y no la reconocemos; escuchamos esa voz, pero no terminamos de creer y de confiar. Al final dirá el evangelista que ‘eran torpes para entender’, pero nos lo puede estar diciendo también a nosotros en medio de nuestras vacilaciones y dudas.
Decimos que queremos creer, pero no terminamos de poner toda nuestra confianza en el Señor. Ojalá aprendamos a confiar, a fiarnos de la palabra de Jesús; ojalá aprendamos a descubrir esa luz que nos está iluminando aunque nos parezca que no, porque si aún seguimos de pie en medio de nuestras dificultades, reconozcamos que el Señor  nos está llevando de la mano, nos tiene sobre las palmas de sus manos.
‘Entró en la barca con ellos y amainó el viento’. Ahora lo sentían con ellos y se sentían seguros. Aunque todavía ‘estaban en el colmo del estupor’. Habían sucedido tantas cosas en poco tiempo y estaban aprendiendo a conocerle. Si allá en el descampado al escuchar su palabra su corazón se iba abriendo a algo nuevo, para comenzar a pensar distinto y estar dispuestos a actuar y buscar soluciones, ahora tendrían que seguir aprendiendo a abrir su corazón al Señor para estar seguros de que siempre El estaría con ellos.

Para estar seguros nosotros de que siempre el Señor está con nosotros, aunque también tengamos que pasar por mares embravecidos con el viento en contra y en medio de muchas oscuridades. Porque el mensaje ahora es para nosotros. Somos nosotros los que tenemos que aprender y los que tenemos que abrir nuestro corazón a Dios. No estamos solos. Siempre el Señor está con nosotros, aunque en ocasiones nos cueste ver su presencia.

miércoles, 8 de enero de 2014

Solo tenemos que escuchar a Jesús y dejarnos transformar por su Palabra y todo será distinto

1Jn. 4, 7-10; Sal. 71; Mc. 6, 34-44
‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y empezó a enseñarles muchas cosas…’
¿Cómo están las ovejas sin pastor? Hambrientas, desorientadas, perdidas, heridas… No tienen pastor que les guíe hasta  los mejores pastos; andan sin rumbo y con peligro de ser atacadas por los lobos  y otras fieras; sin tener quien las defienda contra los peligros y contra los ladrones que pueden arrebatarlas de sus dehesas; sin un pastor que las busque cuando andan extraviadas y les vende sus heridas para curarlas.
Es la imagen de cómo encontró Cristo la humanidad en su venida al mundo. Allí está aquella multitud desorientada siempre en búsqueda de algo mejor y sin saber donde encontrarlo. Es la imagen de un mundo convulso con tantas cosas que nos confunden y que nos llenan de tinieblas cuando dejamos que el odio o el egoísmo se apoderen de nuestro espíritu. Así nos encontramos violentos y sin saber cómo amar mejor, para caminar juntos y juntos encontrar la paz para nuestro mundo tan roto por tantas cosas. Nuestros egoísmos nos encierran y hacen insolidarios de manera que parecemos lobos los unos contra los otros.
‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos…’ nos decía el evangelista. Es el amor grande que Dios nos tiene, que nos creo para la dicha y la felicidad y sin embargo nos ve lleno de dolor y de sufrimiento cuando hemos roto ese mundo hermoso que El nos dio y que puso en nuestras manos. Dejamos meter el mal y el pecado en nuestro corazón y creamos un mundo de tinieblas y de muerte.
Pero viene Jesús; lo venimos celebrando con intensidad, con gozo grande, con esperanza en estos días de Navidad. Hoy contemplamos a Jesús frente a toda esa multitud que se ha reunido en torno a él, pero que están como ovejas sin pastor. Cristo quiere ser en verdad el Buen Pastor de nuestra vida. Quiere nada menos que ofrecernos su propia vida para nos alimentemos de El. Y alimentarnos de Cristo es encontrar la luz; alimentarnos de Cristo es encontrar el sentido y valor de nuestra vida y de las cosas que hacemos; alimentarnos de Cristo es llenarnos de El con su vida nueva que El nos ofrece.
Son los signos y señales que descubrimos hoy en el evangelio. Les enseña, les alimenta y les ilumina con su palabra, que va a despertar actitudes nuevas en el corazón de quienes le están escuchando. Vemos cómo surgen iniciativas porque el corazón se está despertando al amor. Allí está ya la preocupación en los discípulos, porque a aquella multitud hay que darles que comer o hacer que puedan encontrar caminos que les lleven al alimento verdadero.
‘Despídelos…’ le piden a Jesús; ‘dadles vosotros de comer’, les responde. Se preguntan sin saber cómo encontrar respuesta, ‘¿dónde vamos a encontrar panes para alimentar a tanta gente aquí en el descampado?’ Pero pronto aparecerá la solución: ‘¿cuántos panes tenéis? Cuando lo averiguaron le dijeron: cinco y dos peces. ¿Qué es eso para tantos?’. Pero allí está Jesús el que de verdad va a alimentar nuestra vida. Ya conocemos cómo todos comieron hasta saciarse  y recoger las sobras ‘doce cestos de pan y peces’.
Se obró el milagro. Cristo los alimentó. El es ‘el Camino, y la Verdad, y la Vida’. Cuando escuchamos a Jesús y seguimos sus pasos se inicia una nueva vida en nosotros. Y es que en Jesús encontramos la plenitud de todo; la plenitud de la vida y del amor, la plenitud que nos hace encontrar la verdadera luz para nuestra vida y la que nos conduce a la felicidad verdadera cuando somos capaces de olvidarnos de nosotros mismos para compartir con los demás.

Solo tendremos cinco panes y dos peces, pero compartidos generosamente pueden dar para mucho, pueden dar para saciar nuestra vida y para saciar la vida de los que están a nuestro lado. Solo tenemos que escuchar a Jesús y dejarnos transformar por su Palabra. Dejémonos inundar por su amor y nuestra vida será distinta y podrá ser distinta de cuantos estén a nuestro lado si llegamos a contagiarlos de amor.

martes, 7 de enero de 2014

El evangelio nos pone en camino para llevar la luz de Jesús a los demás

1Jn. 3, 22-4, 6; Sal. 2; Mt. 4, 12-17. 23-25
Seguimos saboreando el espíritu de la Navidad y de la Epifanía hasta que lleguemos el próximo domingo a la fiesta del Bautismo del Señor con la que concluirán todas las celebraciones navideñas. Durante los días que nos restan ya no leeremos en el Evangelio episodios referentes a la Infancia de Jesús, sino que más bien son como una presentación de ese actuar de Jesús manifestándose como luz y como salvación, como hemos venido celebrando. Son como destellos de ese primer actuar de Jesús que nos manifiestan lo que iba a ser su misión.
Se ha venido desde Judea, tras conocer el prendimiento de Juan y ha dejado también Nazaret, el pueblo donde se había criado, para establecerse en Cafarnaún. Todo tiene su sentido y significado. Ya nos recuerda el evangelista que así da cumplimiento a las profecías de Isaías. Nos manifiesta lo que ayer de manera especial nos manifestaba la fiesta de la Epifanía del Señor, puesto que la salvación es para todos los hombres de cualquier raza y condición.
Dejó Judea y Jerusalén, quizá donde se intentaba vivir con mayor intensidad la fe judía por la cercanía del templo, y se establece en lo que el profeta llama la ‘Galilea de los Gentiles’. Es bien sintomático y podría haber un hermano mensaje ahí para nosotros en lo que tendríamos que hacer también. Hace mención a dos de las tribus de Israel que en esos territorios se establecieron y que fueron como frontera con los pueblos paganos. Cafarnaún por lo estratégico de su situación geografía, junto al lago y como cruce de caminos era el lugar adecuado para establecer y desde allí ir llevando el mensaje del Reino por todas partes.
Y allí en aquellos lugares su presencia brilla como una luz, según había anunciado el profeta y ahora nos recoge el evangelista. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierras y en sombra de muerte, una luz les brilló’. Es el texto profético que también escuchamos en la noche de Navidad. Expresa el resplandor de luz, de esperanza que comenzó a brillar en aquellos corazones con la presencia de Jesús.
Pero el anuncio del Reino que Jesús comienza a hacer tiene sus exigencias de querer cambiar el corazón. Podríamos decir que Jesús está haciendo el mismo anuncio que había hecho Juan el bautista junto al Jordán. Juan invitaba a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Jesús invita ahora a la conversión porque ya he llegado el momento, ya se está haciendo el anuncio del Reino de Dios presente, la Buena Nueva es Jesús que está en medio de ellos.
Señal de que el Reino está ya presente son los signos y milagros que Jesús va realizando, ‘curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Ahora vienen hasta Jesús desde todas partes. ‘El los curaba, y lo seguían multitudes’ venidas desde la propia Galilea, pero también de más allá, de la Decápolis, y de más lejos pues venían de más allá del Jordán y desde Judea y Jerusalén. Todos se sentían atraídos por Jesús.
Jesús, como le veremos a lo largo del evangelio, siempre como el Buen Pastor buscando a la oveja perdida, dejándose encontrar por los que lo buscan, despertando esperanzas en los corazones, sembrando el amor con su propio amor. ‘Pasó haciendo el bien’, como lo definiría san Pedro más tarde.
Buscamos a Jesús nosotros también porque en El encontramos esa vida y esa paz que tanto necesitamos; buscamos a Jesús y tenemos que llenarnos de su vida y de su amor, y con ese amor tenemos que saber llevar a Jesús a los demás. Es lo que el Papa Francisco continuamente nos está reclamando, que la Iglesia, que los cristianos no podemos quedarnos encerrados en nosotros mismos y solo con los buenos,  sino que tenemos que ir más allá, llegar a todos, también a los alejados y a los que no lo conocen porque quizá nunca han oído hablar de El, o a los que por sus prejuicios no quieren conocerlo, y a ellos también tenemos que hacer ese anuncio.

El evangelio siempre nos pone en camino para llevar la luz de Jesús a los demás. Cuánto tenemos que curar y que iluminar.

lunes, 6 de enero de 2014

Con la estrella de Belén un nuevo resplandor de vida y salvación amanecía para todos los hombres

Is. 60, 1-6; Sal. 71; Ef. 3, 2-3. 5-6; Mt. 2, 1-12
Tenemos que volver a repetir lo mismo. Seguimos celebrando Navidad. Hoy es la manifestación de Dios a todos los hombres por medio de una estrella. Por eso llamamos a este día Epifanía, pero que viene a ser lo mismo, porque celebramos al Dios que se hace presente entre nosotros cuando se ha encarnado en el seno de María para ser nuestra Salvación, pero  hoy le añadimos la característica, por decirlo así, de esa manifestación universal de que la salvación es para todos los hombres y para todos los pueblos.
En la noche de navidad los resplandores celestiales llevaban a ras de tierra porque los ángeles vinieron a hacer el anuncio, a dar la Buena Nueva a unos pastores que allá estaban guardando al raso sus rebaños en los alrededores de Belén. El Dios que nacía pobre entre los pobres y había sido recostado entre las pajas de un pesebre tenía como sus preferidos a los pobres y a los humildes, por eso, como decíamos, los resplandores celestiales los contemplábamos a ras de tierra. Así es la cercanía de Dios que se nos manifestaba en el Emmanuel, en Jesús.
Hoy vemos brillar el resplandor de una nueva estrella en lo alto del firmamento, pero allí donde nadie podría adueñarse de ella, porque ese anuncio de salvación era no para unos pocos, ni para quienes con su poder intentaran adueñarse de su luz - ya lo intentaría Herodes -, sino era para todos los hombres sin distinción. No son ahora sólo unos pastores de Judea los que reciben su luz, sino que van a ser unos Magos de Oriente, en consecuencia no pertenecientes al pueblo de Israel, los que se van a dejar iluminar por su luz siguiendo su rastro para encontrar al recién nacido Rey y Salvador.
La luz que despertaba la esperanza va a brillar bien alta, porque un nuevo resplandor de vida y salvación amanecía no solo en Jerusalén sino para todos los hombres. Envueltos en nuestras tinieblas nos costará en muchas ocasiones distinguir esa luz nueva que nos dará nuevo sentido y que a todos los reunirá en torno a Jesús. Hemos de estar atentos y saberla buscar y encontrar.
Muchas veces la podemos tener  muy delante de nuestros ojos pero obnubilados por tantas cosas y tantas desesperanzas a pesar de tener la posibilidad del conocimiento de esa luz, nos podemos seguir quedando a oscuras. Tenemos que despertar y saber mirar a lo alto para distinguir la luz, pero tenemos que saber también acudir a las Escrituras que nos contienen la Palabra de Dios que nos ayudará a interpretar las señales que nos van a llevar certeramente hasta Jesús.
El camino que hicieron los Magos de Oriente, como hoy nos cuenta el evangelio, es muy ejemplar para nuestra vida. Estaban atentos a lo que sucedía y a descubrir las señales del cielo. Fueron capaces de ponerse en camino arrancándose de sus comodidades o de la vida de rutina de cada día. Fueron capaces de unirse a otros que realizaban la misma búsqueda y no quisieron venir cada uno por su camino. Buscaron donde pensaban que podían encontrar pero luego se dejaron guiar para encontrar al recién nacido donde realmente estaba. Pero también acudieron a quienes podían interpretarles las Escrituras para tener cierto el camino del Espíritu que es el que de verdad nos conduce en nuestros corazones. Y así llegaron hasta Belén.
Pero en las sorpresas de los caminos de Dios no se resistieron porque no fuera un palacio donde encontraran al recién nacido Rey, sino que allí, en aquella casa de pobres, porque la estrella así lo señalaba, ‘se encontraron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron’ a pesar de las pobres apariencias. ‘Se llenaron de inmensa alegría’, porque de nuevo la estrella les había conducido, porque ahora se habían encontrado con Jesús.
‘Luego le ofrecieron regalos’. No venían en plan de conquista ni con ostentaciones de poderosos sino que agradecidos diríamos que se dejaron conquistar el corazón. Vieron en el Niño al Rey que buscaban, al Dios que necesitaban y al Redentor que agradecían. Significativos son sus regalos de oro, incienso y mirra.
Luego nos dice el evangelio que los Magos, después de la experiencia que habían vivido, ‘se fueron a tierra por otro camino’. Para ellos no cabían caminos de muerte y la vuelta por casa de Herodes eso podría significar. Ellos eran ya unos hombres nuevos porque la gracia del Señor les había transformado los corazones.
Eran caminos nuevos, eran rutas nuevas las que habían de recorrer, como nosotros cuando  nos encontramos de verdad con Jesús. Son resplandores de esperanza, de vida nueva, de amor los que ahora tienen que brillar en nuestro corazón. Con la certeza de la cercanía de Dios que se nos manifiesta en Jesús tienen que disiparse todas las tinieblas de muerte que pudieran rodearnos. Porque de una cosa estamos ciertos, somos amados del Señor y el nos ofrece siempre su misericordia, su gracia, su perdón. Y la salvación es para todos los hombres. 

domingo, 5 de enero de 2014

Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad

Eclesiástico,  24, 1-2.8-12; Sal. 147; Ef. 1, 3-6.15-18; Jn. 1,1-18
Seguimos celebrando el misterio de la Encarnación y de la Navidad. Verdadero misterio de luz, de vida, de amor porque es así como Dios se nos da y se hace presente en medio nuestro. Seguimos sintiendo agradecidos la emoción de nuestro corazón al contemplar la cercanía de Dios que ha querido hacerse hombre, encarnándose en el seno de María, para ser en verdad Dios con nosotros y manifestarsenos en la ternura de un niño. Sobre todo el evangelio de Lucas que nos da más detalles del nacimiento de Jesús nos hace sentir ese amor hecho ternura de Dios al contemplar al niño acostado en un pesebre.
Con todo lo bello y emotivo que puede ser todo esto sabemos que Navidad no es quedarnos en un niño recién nacido, sino descubrir en El  todo el misterio de Dios que así nos manifiesta su amor para nuestra salvación. Ese niño es el Hijo de Dios, es nuestro Salvador; será para nosotros nuestra vida y nuestra luz; ese niño que contemplamos entre las pajas de un pesebre es el Emmanuel, es Dios con nosotros. No nos quedamos en un Dios niño, sino que queremos contemplar toda la inmensidad del Misterio de Dios que se nos revela y se nos manifiesta para traernos la Salvación.
Hoy hemos escuchado el inicio del Evangelio de san Juan, que ya escuchamos en la misa del día de la Navidad - en la noche escuchamos el nacimiento que nos narra san Lucas en su evangelio -. No es un evangelio tan descriptivo en detalles como los evangelios sinópticos, pero sí en esta primera página nos está hablando igualmente de todo el Misterio de la Navidad, aunque con un lenguaje más teológico y hasta, si queremos decirlo así, más poético.
Si cuando leíamos el evangelio de san Lucas en el relato del nacimiento hablábamos de resplandores celestiales y de luces que brillaban en la noche de Belén, ahora el Evangelio de san Juan nos hablará de la Luz y de la Vida; nos hablará de la Palabra de Dios que en Dios  estaba desde toda la eternidad porque era Dios y que al mismo  tiempo era vida y la vida era la luz de los hombres.
No era una Palabra que se quedaba en el silencio del abismo, por así decirlo, de la inmensidad y de la eternidad de Dios, sino que es Palabra por quien se hizo todo, pero Palabra que quiere acercarse a nosotros pero de una forma profunda y permanente para quedarse para siempre en nosotros y con nosotros, porque quiere plantar su tienda, acampar, en medio nuestro.
Pero esa donación que Dios está haciendo de sí mismo cuando quiere encarnarse para habitar en medio nuestro, no siempre tiene la respuesta adecuada por nuestra parte. Porque las tinieblas quieren empañar la luz, - ‘la luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’ -. Porque viene a los suyos y los suyos no le recibieron.
Pero esa luz brilla con fuerza, porque es la luz de Dios, porque es Dios que es vida y quiere la vida para los hombres; hubo alguien que sí le abrió las puertas de su vida a esa luz y estamos contemplando a María, aunque sin mencionarla hoy el evangelio de Juan; ella fue la que supo decir Sí a Dios, abrió su corazón a Dios, y se convirtió en la primera morada del Emmanuel, del Dios que se encarnaba en sus entrañas para nacer hecho nuestro salvador. Por eso el ángel llamó a María, la llena de gracia, la que encontró gracia ante Dios de tal manera que Dios quiso habitar en ella y el Espíritu Santo la cubrió con su sombra, porque de ella había de nacer el Hijo de Dios,  el Hijo del Altísimo hecho hombre. ‘El Señor está contigo’, que le dice el ángel.
María fue la primera, la primicia para que detrás comenzáramos a desfilar todos aquellos que queremos decirle Sí a Dios, como María. ‘A cuantos la recibieron, dirá el evangelio de Juan, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre’. María dijo Sí y de ella nació el Hijo de Dios; si nosotros decimos sí con nuestra fe seremos nosotros los que vamos a nacer para Dios siendo hijos de Dios, porque el hijo de María, el Emmanuel por su redención nos va a hacer partícipes ya para siempre de la vida de Dios que nos hace hijos de Dios.
San Juan ya casi al final de sus días en sus cartas meditará y reflexionará sobre todo eso y se dirá: ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’ Esa nueva filiación no es ni en virtud de la carne o de la sangre humana por generación natural, sino que va a ser un don de Dios que recibiremos por el agua y el Espíritu cuando renazcamos de nuevo a esa vida divina en el Bautismo, como le explicará más tarde Jesús a Nicodemo.
‘Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Seguimos sintiendo la emoción de la navidad, como decíamos al principio. Sentimos la emoción, el gozo grande en el alma, de sentirnos tan amados de Dios que le vemos así tan cercano a nosotros, que planta su tienda entre nosotros, pero porque es tanto su amor que nos hace partícipes de su gloria cuando de tal manera nos está revelando todo el misterio de Dios y haciéndonos partícipes de su vida.
Podemos contemplar la gloria de Dios cuando estamos contemplando a Jesús, ‘gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. De esa gloria y resplandor de la que nosotros nos llenamos hasta transfigurarnos en El cuando, porque creemos en su nombre, nos hacemos partícipes de la vida de Dios. Pero podemos llegar a contemplar y conocer a Dios porque la Palabra que nos revela a Dios está con nosotros y se convierte para nosotros en vida y en luz.
Pero es que ‘a Dios nadie lo ha visto jamás: Dios, Hijo único que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer’, como termina diciéndonos el evangelio de hoy. Porque también nosotros nos hacemos pequeños y humildes, porque aprendemos a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor a nosotros se nos revela Dios. Recordemos que fueron unos pobres pastores que estaban al raso cuidando sus rebaños en la fría noche de Belén los que recibieron el anuncio del ángel, contemplaron la gloria del cielo y acudieron a la ciudad de David para contemplar la gloria del Señor como les había anunciado el ángel.
Ya más adelante dará gracias Jesús a lo largo del evangelio porque ‘los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos y se ocultan a los sabios y entendidos’, porque además ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. ‘El Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer’.

Con san Pablo tenemos que decir: ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales’. Sí, bendecimos a Dios que así se nos revela, así se  nos manifiesta, así quiere estar en medio nuestro. Bendecimos a Dios que nos ha elegido y nos ha llamado para revelarnos el misterio de Dios, para hacernos partícipes de su vida, para regalarnos su salvación. No nos podemos cansar de bendecir a Dios.