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sábado, 5 de enero de 2019

No tengamos miedo a las sorpresas divinas, a las llamadas que el Señor nos hace en acontecimientos, en palabras que escuchamos, en testimonios que se nos puedan ofrecer


No tengamos miedo a las sorpresas divinas, a las llamadas que el Señor nos hace en acontecimientos, en palabras que escuchamos, en testimonios que se nos puedan ofrecer

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

Hay quien no es amigo de las sorpresas, como si quisieran que todo estuviera reglamentado y medido y nada pudiera salirse de lo normal; no sé si sus vidas se convertirán en una rutina, pero lo sorpresivo los inquieta, les produce una intranquilidad y una inseguridad que no pueden soportar; a todo querrán darle explicaciones porque la vida para ellos parece que siempre tiene que ir por unos cauces conocidos. Parece como si lo que les sorprendiera les disgustara. No saben admirarse quizá por la luz nueva que amanece cada día, ni son capaces de sentir admiración por cada atardecer que siempre será distinto, pero que nos abrirá tras la noche a un día nuevo y que tiene que ser distinto.
Pero mientras a otros les gusta la sorpresa, la novedad, les hace estar inquietos, es cierto, pero eso parece que les da nueva vida. La sorpresa les puede hacer estar atentos, pero puede ser para ellos comienzo de algo nuevo que les abre otros  horizontes y otros caminos. Siempre nos podemos ir encontrando novedades en la vida y eso nos puede hacer hasta más creativos. Sabe detenerse ante cada atardecer y descubrir la nueva belleza que se abre a sus ojos pero que es anuncio de algo nuevo para su vida en el mañana.
Creo que puede ser muy bueno ser capaces de dejarse sorprender por las novedades que la vida nos va presentando y saber leer en esos acontecimientos aperturas a una vida distinta, a una vida que no se queda en la comodidad de lo siempre repetido sino que sabe innovar, que saber encontrar creatividad y que con ello le da más vitalidad a lo que vive y a lo que hace. La vida a los que son capaces de sentir esa admiración por lo nuevo no se les hará monótona, y sabrán salir siempre de la rutina que es un no vivir plenamente.
La buena noticia de Jesús fue una sorpresa grande en medio del pueblo de Israel. Es cierto que estaban ansiosos en su esperanza de que se cumplieran las promesas y apareciera el Mesías que los salvaría. Pero sus expectativas no iban por los caminos, podíamos decir, que ahora se estaban desarrollando las cosas. Los anuncios del Bautista en el Jordán querían indicar la inminencia de la llegada del Mesías; pero ellos se habían hecho a una idea que no era precisamente por donde parecía que comenzaban a caminar las cosas. Eso hacia, incluso, que hubiera gente como cansada y sin esperanza y ya las noticias que pudieran llegarles de acá o de allá nos les llamaban mucho la atención; podíamos decir que de alguna manera pasaban de ello.
Hoy dos momentos en el evangelio de hoy. Por una parte está la llamada e invitación directa por parte de Jesús a Felipe y su pronto seguimiento. Aquello le había entusiasmado. Comenzaba a sentir admiración por aquel profeta que ahora aparecía y veía ya lleno de esperanza que las promesas de los patriarcas y profetas se comenzaban a cumplir.
Es el segundo momento, el anuncio que pronto hace a su amigo Natanael. Pero éste no se deja impresionar. ¿Esperaba otra cosa? ¿Qué el Mesías apareciera desde un lugar desconocido o de otra forma? ¿Cómo podía ser un vecino del cercano pueblo de Nazaret? ‘¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno?’ y aparecen los resabios y las envidias de pueblos vecinos.
Pero al final se deja arrastrar por Felipe y aquí viene la gran sorpresa para él en la manera de recibirle por parte de Jesús. ‘Aquí está un verdadero israelita en el que no hay engaño’. Se sorprende por las palabras de Jesús y se desestabiliza, podríamos decir, y ya no sabe que contestar cuando antes tan mal  había hablado de los habitantes de Nazaret. Poco menos que balbuceando se atreve a decir como para salir del paso. ‘¿Y tú de qué me conoces?’ Pero Jesús seguirá sorprendiéndole. ‘Antes de que Felipe te llamara, te hablara de mi, yo te vi debajo de la higuera’.
No sabemos a qué podría referirse Jesús pero si fue algo que le impacto profundamente a Natanael, como para hacer una hermosa confesión de fe. ‘Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Y Jesús le dirá que aun verá cosas mayores. De sorpresa en sorpresa, y en este caso, aunque a regañadientes, se dejó conducir por Felipe llegó a la fe.
¿Nos dejaremos sorprender nosotros por el misterio de Dios que se nos revela? Quizá nuestros ojos están tan opacos que ya no somos capaces de ver, ya no somos capaces de sorprendernos, ya nada parece que no nos llama la atención, que parece que estamos de vuelta de todo. No tengamos miedo a las sorpresas divinas, a las llamadas que el Señor nos hace en acontecimientos, en palabras que escuchamos, en testimonios que se nos puedan ofrecer a nuestro lado. No vayamos con ojos cansados y ya críticos para todo que en nada queramos ya creer. Abramos la vida al misterio de Dios. Abramos los ojos de la fe.


viernes, 4 de enero de 2019

No rompamos la cadena del anuncio de la buena nueva del evangelio que un día recibimos nosotros para que también los hombres de hoy conozcan el evangelio de Jesús



No rompamos la cadena del anuncio de la buena nueva del evangelio que un día recibimos nosotros para que también los hombres de hoy conozcan el evangelio de Jesús

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1,35-42

Hay momentos en que nos sentimos impactados ya sea en el encuentro con alguien que de una forma o de otra nos llama la atención, ya sea por algo que acontece a nuestro alrededor, o ya sea también por una palabra que escuchamos, un testimonio que recibimos de alguien, algo que se  nos trasmite de la forma que sea, pero que nos llega dentro, nos causa impresión, no podemos olvidarlo.
Puede ser también que esa impresión o ese impacto sea algo fugaz, porque dejamos pasar el tiempo y ya no volvemos a pensar en ello, u otros acontecimientos que se van sucediendo se van solapando y vamos dejando en segundo lugar aquello que antes nos había impactado tanto. Pero también nos puede suceder que nos lo tomemos en serio, no lo echemos en el saco del olvido, sino que eso nos haga buscar más, profundizar en aquello que nos había llamado la atención y ya procuraremos de la forma que sea seguir indagando para conocer más que nos puede llegar a tomar decisiones importantes en la vida.
Puede sucedernos en el ámbito de lo espiritual y de lo religioso, o nos puede suceder solamente desde un lado humano en aquello a lo que dedicamos nuestra vida, o que nos pueda impulsar a que le cojamos gusto a una profesión, por ejemplo, o a algo a lo que vamos luego a dedicar nuestra vida. Así nacen las vocaciones, que nos hacen descubrir capacidades que llevamos dentro y que podemos desarrollar en nosotros para darle una mayor plenitud y sentido a nuestra existencia. Aquello que vimos o que descubrimos nos hace abrir horizontes para la vida y desde ahí un paso para dedicar nuestra existencia a algo que nos damos cuenta que nos llena profundamente por dentro.
Toda esta experiencia humana que subyace debajo de esta reflexión que me vengo haciendo lo podemos contemplar hoy en lo que nos relata el evangelio. Al paso de Jesús, como ya ayer escuchábamos en el evangelio Juan da testimonio de Jesús. También él se había visto impactado en su encuentro con Jesús y lo que había sucedido allí junto al agua del Jordán en el Bautismo de Jesús. Ahora ante los discípulos que le siguen proclama rotundamente: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
No caen en el vacío estas palabras y testimonio de Juan. Dos de sus discípulos impactados por estas palabras no las echan en el olvido sino que se van detrás de Jesús. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ es lo que se atreven a balbucear cuando Jesús se vuelve para preguntarles que es lo que buscan. ‘Venid y lo veréis’, les dice y ellos se fueron con El. Algo les estaba marcando por dentro que nunca olvidarían incluso ni la hora en que todo esto había sucedido. Cuando el evangelista – que era uno de los dos que se fueron con Jesús – escribe el evangelio nos dirá que serían como las cuatro de la tarde.
Las cosas se van sucediendo aunque con lenguaje escueto nos lo narra el evangelista y comenzaría como una cadena que parece que no tiene fin. Lo que ellos habían vivido pronto lo comunican a los demás; Andrés se encontrará con su hermano Simón y le lleva la noticia, pero diciendo ya que han encontrado al Mesías, y lo traerá hasta Jesús. Es el testimonio y comunicación que se ha seguido repitiendo a lo largo de los siglos, porque además ese sería el mandato de Jesús. Así ha llegado la noticia de Jesús hasta hoy. Y como nos dicen cuando nos envían cadenas por las redes sociales, que no se rompa esta cadena.
Podemos recordar aquí como fue nuestro primer encuentro con Jesús de una forma viva, el testimonio o enseñanza que recibimos y que nos hizo a nosotros creer en Jesús. Pero tendríamos que recordar ese testimonio que de una forma u otra nosotros también hemos dado a muchos a nuestro alrededor con nuestras palabras, con el testimonio de nuestras acciones, con nuestros gestos y posturas en distintos momentos de la vida, en una palabra, con toda nuestra vida. No podemos dejar que ese anuncio caiga en saco roto, sino que nuestro testimonio tiene que ser claro y valiente.
Que no se rompa la cadena. El evangelio tenemos que seguirlo anuncio, esa buena nueva de Jesús, esa buena nueva que es Jesús. Quienes están a nuestro lado necesitan ese anuncio, nuestro mundo necesita ese anuncio, nuestra sociedad está necesitada de evangelio, ¿lo estaremos haciendo bien? ¿Qué impacto sigue produciendo nuestra vida cristiana en los que están a nuestro lado?


jueves, 3 de enero de 2019

Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que viene arrancar el mal que anida en nuestro corazón, que viene a transformarnos dándonos una vida nueva



Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que viene arrancar el mal que anida en nuestro corazón, que viene a transformarnos dándonos una vida nueva

1Juan 2,29; 3,1-6; Sal 97; Juan 1,29-34

Hoy escuchamos un hermoso testimonio de Juan sobre Jesús. Zacarías había proclamado en su cántico de bendición a Dios en el nacimiento de Juan ‘y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo porque irás delante del Señor para preparar sus caminos’. Es lo que había venido realizando allá en el desierto junto al Jordán. Por eso él dirá: ‘Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua es para que sea manifestado a Israel’. Ha cumplido su misión.
Ahora que Jesús ya se estaba haciendo presente lo señala: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. El episodio que estamos comentando ha sucedido ya después del bautismo de Jesús en el Jordán. Y Juan ha sido testigo de la parusía de Dios en aquel momento. En su corazón el Espíritu le había revelado cómo podría conocer a Jesús.
‘He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’. Ahora da testimonio de Jesús. Y no solo dice de El que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, sino que proclama con toda su fuerza que es el Hijo de Dios. ‘Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios’.
Nos viene muy bien recordar todo esto en estos días en que estamos prolongando la fiesta de la Navidad del Señor. Tenemos que centrarnos en lo que es verdaderamente importante.
Hay, es cierto, muchas cosas buenos en estos días en que parece que la alegría y la felicidad resplandecen de manera especial, y parece que olvidamos los nubarrones sombrías que muchas veces amenazan la vida. Y es que la fe en Jesús tiene que darnos optimismo, porque creemos de verdad que podemos hacer un mundo mejor. Para eso ha venido el Emmanuel, Dios con nosotros, Dios que nos llena de felicidad el corazón porque pone un amor nuevo en nuestra vida.
Y no podemos olvidar donde está el origen de toda esta alegría de la navidad. Todo nos viene de Jesús, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, el Emmanuel que es Dios en medio de nosotros, el Cordero de Dios, como  nos dice hoy Juan, que viene a arrancarnos de las raíces del mal, el que viene a quitar el pecado del mundo.
Porque podremos tener verdadera alegría si quitamos ese mal que tantas veces nos ensombrece de nuestro corazón; cuando nos liberemos de nuestros egoísmos e insolidaridades, cuando arranquemos de nosotros esas raíces del orgullo, de los recelos y resentimientos, de las envidias y de las violencias que tantas veces llenan nuestra vida, realmente podremos ser más felices, podemos hacer más felices a los que nos rodean, estaremos haciendo un mundo mejor.
Confesemos nuestra fe en Jesús con todo sentido y profundidad. Confesemos nuestra fe en Jesús dejando que se meta en nuestro corazón para que lo transforme. Confesemos nuestra fe en Jesús no dejando que pase de largo delante de nosotros sino pongámonos a seguirle, busquemos estar con El, queramos en verdad vivir su vida.

miércoles, 2 de enero de 2019

Entre nosotros está y no sabemos verle ni descubrirle allí, en aquellos, en los que El se quiere hacer presente



Entre nosotros está y no sabemos verle ni descubrirle allí, en aquellos en los que El se quiere hacer presente

1Juan 2,22-28; Sal 97; Juan 1,19-28

Entre ustedes está el culpable… y todos se miraban sorprendidos. Porque si yo no soy, algunos de los otros será, ¿pero quién? Y comienzan las sospechas quizás. Nos puede haber sucedido alguna vez una cosa así. En el colegio quizá, entre el grupo de amigos de la pandilla, en alguna ocasión nos podremos haber visto envueltos en algo semejante.
Hablamos quizá de aquellas travesuras juveniles en que se tiraba la piedra y se escondía la mano por definir de forma anecdótica aquellas cosas que hacíamos, pero podemos pensar en situaciones en que algo ha sucedido en la comunidad, alguien ha hecho algo, vamos a ir por lo positivo, bueno en este caso que mejoraba algún aspecto de la vida de la comunidad, pero no sabemos quien es, pero si sabemos que hay una persona generosa que se ha preocupado de arreglar aquello que estaba estropeado, o solucionar algún problema que teníamos pero que hasta ahora nadie se había comprometido a realizarlo. Anónimamente quizás ha hecho algo en bien de todos, pero no sabemos quien es ni para darle las gracias.
‘En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis…’ es lo que ahora les dice el Bautista a aquella embajada que ha venido de Jerusalén para indagar que es lo que hace este personaje extraño allá en la orilla del desierto junto al Jordán, que se presenta de una forma un tanto extravagantes por su forma de vestir y de actuar, y que está anunciando la inminente venida del Mesías. En aquellos tiempos pre-mesiánicos muchos se habían presentado quizá como salvadores, pero al final todo habría resultado un fraude o por lo menos no respondía a las expectativas de lo que ellos consideraban un profeta.
Ante el surgimiento de Juan con sus prédicas y con sus bautismos en el Jordán – algo de alguna forma semejante había surgido con los esenios en las orillas del Mar Muerto – ahora vienen a cerciorarse de lo que realmente sucedía, porque mucha gente venia de todos los lugares hasta Juan. ¿Eran un profeta que había surgido? ¿Sería acaso el Mesías que tanto esperaban? ¿Qué sentido tenía aquel bautismo y con qué autoridad actuaba Juan? Eran las preguntas que se hacían y que le hicieron a Juan.
No soy un profeta, no soy el Mesías, solo soy una vez que viene a preparar el camino. Eran cosas que habían anunciado los profetas antiguos. Una voz gritaría en los desiertos para preparar los caminos de Señor. Y allí estaba Juan. ‘¿Tú quién eres para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado?’ Era la pregunta definitiva. Querían una respuesta clara.
‘Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia’. Estaba ya allí en medio de ellos. Recordamos que Jesús nació solo seis meses después de Juan el Bautista. Pero no lo reconocían. Un día Jesús vendría también en medio de aquella multitud de forma anónima a ser bautizado por Juan y estaba en medio de la gente y la gente no sabia quien era. Pero Juan lo reconocía. El Espíritu del Señor estaba en El.
Me detengo en este relato porque es aquí donde conviene que nos preguntemos si nosotros lo reconocemos. Me diréis que hemos celebrado hace pocos días su nacimiento con grandes fiestas y con gran alegría. Pero tenemos que seguirnos pregunta si lo reconocemos. ¿Nos quedaremos solo en aquella figurita del Belén o llegaremos a algo más? Porque han pasado los días y parece que todo sigue igual… que antes. Nada ha cambiado en nuestras vidas. Y su presencia tendría que impactar más en nuestra vida. No es solo la emoción de un momento sino la decisión que hemos de tomar en referencia a Jesús y a su evangelio. Y seguimos sin reconocerlo. En medio de nosotros está, porque sabemos bien – lo hemos escuchado tantas veces en el evangelio – que El se hace presente entre nosotros de tantas maneras.
Y nosotros seguimos caminando por la vida sin verle, sin descubrirle, sin acogerle. No son cohetes que tenemos que tirar al aire, sino actitudes y posturas nuevas que tenemos que tomar allí donde lo podemos descubrir, allí en aquellos en los que tenemos que descubrirle. Y seguimos pasando de largo.

martes, 1 de enero de 2019

Que el Señor nos bendiga y nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor, se fije en nosotros y nos conceda la paz



Que el Señor nos bendiga y nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor, se fije en nosotros y nos conceda la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

‘Ya podemos estar en paz’, decimos cuando hemos luchado por algo y al final lo  hemos conseguido a pesar de las dificultades y contratiempos del camino; nos sentimos en paz cuando hemos actuado con rectitud, sin dejarnos influir, obrando correctamente; nos sentimos en paz cuando tenemos el deber cumplido; nos sentimos en paz cuando a pesar de los tumultos externos que podamos encontrar o sufrir en la vida sin embargo logramos tener serenidad en nuestro espíritu; nos sentimos en paz cuando decimos la verdad, pero lo hacemos con delicadeza sin querer herir a nadie; nos sentimos en paz cuando logramos trabajar unidos, cada uno actuando con responsabilidad en su faceta y logrando que esa unión nos fortalezca en nuestra lucha por hacer un mundo mejor…
Podríamos decir aun muchas mas cosas, pero  nos damos cuenta que la paz no es solo la ausencia de violencias externas, o la ausencia de la guerra, porque quizá tras apagarse el ruido de esas armas violentas tenemos que lograr serenar los espíritus para que no  haya odios ni resentimientos, al tiempo que recuperamos muchas cosas perdidas cuando vivíamos en medio de enfrentamientos, cuando logramos desarrollar la vida, los valores de todos y vamos consiguiendo una nueva armonía.
Me hago esta reflexión sobre la paz, que aun podríamos desarrollar mucho más, cuando en este principio del año todos tenemos tan buenos deseos de los unos para con los otros, ansiamos esa paz que de muchas maneras quizá nos falta, y además respondiendo al llamamiento de la Iglesia y del Papa en este día celebramos una Jornada de oración por la paz.
Claro que no han de ser solo buenos deseos, aunque también hemos de tenerlos; claro que necesitamos individualmente serenar nuestro espíritu frente a tantas violencias que nos rodean por todas partes y que no son solo las violencias físicas. Claro que en nuestra responsabilidad tenemos que sentirnos responsables para ser verdaderos constructores de paz y así ingeniemos todo lo que sea necesario para ir lográndola cada vez más y mejor, una paz que sea duradera, una paz que vaya desarrollándose desde esa plenitud que cada uno vayamos logrando en nuestra vida que nunca será a costa de los demás.
Aún resuenan en nuestros oídos y en nuestro corazón los ecos del cántico de los ángeles en la noche de Belén, en el nacimiento del Señor. Nacía quien venia a traernos la paz. Con Jesús llegaba ese mundo nuevo en que seria posible la paz. Jesús venia a ponernos en paz porque venia a hacer posible la reconciliación y el perdón, el reencuentro de todos en una nueva comunión si en verdad queríamos seguirle y poner por obra la buena nueva que nos anunciaba de un mundo nuevo y mejor que llamaría el Reino de Dios.
Quien en verdad siguiera a Jesús tenia que hacer una andadura nueva en su vida desde una nueva responsabilidad que sentiría sobre su vida pero también sobre la de los demás; quien se pusiera a seguir los pasos de Jesús estaría en todo momento actuar en unos nuevos parámetros de rectitud, de justicia, de verdad, de búsqueda del encuentro, de ser en verdad constructor de la paz. Quien sigue los pasos del evangelio habría de ser siempre dialogante para buscar el encuentro, el entendimiento, el aunar esfuerzos, el saber ser colaborador de todo lo bueno, alejando de si resentimientos y orgullos, envidias y malas artes, porque su camino seria siempre el camino del amor.
Que ese saludo de paz que en este primer día del año nos hacemos los unos a los otros sea en verdad sincero; que no sea solamente decirle que sea feliz, sino decirle yo quiero hacer todo lo que esté de mi parte para que seas más feliz. No pueden ser solo bonitas palabras y buenos deseos sino compromisos concretos porque queremos un mundo feliz.
Y a ese Niño nacido en Belén, ante cuya presencia los Ángeles cantaron la gloria de Dios y la paz para todos los hombres, lo contemplamos en brazos de María. Los pastores, aquellos hombres y mujeres, pobres y sencillos que escuchando ese anuncio corrieron a Belén para ver cuanto Dios les había revelado se encontraron al Niño como les habían dicho recostado en un pesebre, pero en brazos de María. ‘Encontraron a María, a José y al Niño recostado en el pesebre’. Aquellos que fueron humildes y sencillos, aquellos que se dejaron sencillamente guiar por la voz celestial que resonaba en sus corazones, son los que pudieron encontrar a Jesús, y lo encontraron con María, su Madre.
Por eso hoy en la octava de la Navidad cuando aun seguimos celebrando con toda intensidad el nacimiento de Jesús nos fijamos de manera especial en María, la Madre de Jesús que es la Madre de Dios. Ya san Pablo nos decía en la carta a los Gálatas: ‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’.
Es María, la madre de Jesús, repito, que es la Madre de Dios. El Señor había hecho en ella maravillas, se fijó en la pequeñez de su esclava, como ella misma cantaría en el Magnificat, pero la hizo grande, la hizo su madre, la Madre de Dios. El Espíritu de Dios vino sobre María para hacerla la Madre de Dios al ser posible que el Hijo de Dios se encarnase en sus entrañas.
Es la maravilla que Dios hizo en ella, es su mayor grandeza cuando Dios volvió su rostro sobre ella, que era también la mirada de Dios sobre nosotros los hombres. La grandeza de María nos señala también nuestra grandeza; porque ella dijo sí al plan de Dios nosotros recibimos a Jesús y nosotros recibimos lo que no nos da la carne ni la sangre sino la fuerza del espíritu de Dios que también está sobre nosotros para hacernos ‘hijos por adopción’.
Que María, la Madre de Dios, que es también nuestra madre nos haga sentir también la mirada de Dios sobre nosotros para concedernos la paz, tal como se decía en la lectura del libro de los Números. Que el Señor nos bendiga y nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor. El Señor se fije en nosotros y nos conceda la paz.
Es la bendición que Dios queremos recibir. Es la bendición que imploramos de Dios para nuestro mundo.


lunes, 31 de diciembre de 2018

Recapitulemos el año que termina y descubramos dónde y como hemos visto la gloria del Señor y cómo nosotros hemos sido reflejo de la gloria del Señor para los demás


Recapitulemos el año que termina y descubramos dónde y como hemos visto la gloria del Señor y cómo nosotros hemos sido reflejo de la gloria del Señor para los demás

1Juan 2,18-21; Sal 95; Juan 1,1-18

‘Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Así se nos dice hoy en el principio del evangelio de san Juan que se nos ofrece en este día en este texto que podemos considerar central en todo el evangelio. Podemos decir, es el evangelio, es la buena nueva que se  nos anuncia, la gran noticia de nuestra salvación.
‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros’. Con esta manera de hablar tan llena de imágenes bien significativas se nos está desvelando todo el misterio de nuestra salvación. La Palabra que era Dios y estaba junto a Dios, nos había dicho, esa Palabra, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios que ha tomado nuestra carne, que planta su tienda, su vida entre nosotros. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se ha encarnado en el seno de María, que le hemos visto nacer en Belén – como seguimos celebrándolo estos días – que le contemplamos hombre como nosotros caminando a nuestro lado, viviendo nuestra vida, para que nosotros lleguemos a vivir su vida, a vivir en El.
‘Y hemos contemplado su gloria...’ Los resplandores del cielo se hicieron presentes en Belén para hacer el anuncio a los pastores. ‘Gloria a Dios en el cielo’ cantaban los ángeles. Pero esa gloria de Dios que les envolvió a todos con su resplandor iluminó con una vida nueva a los hombres. ‘Paz a los hombres…’ siguieron cantando los ángeles. Y es que con Jesús llegaba la paz, llegaba y se manifestaba la gloria del Señor.
Le veremos también resplandeciente de gloria en el Tabor, pero estaremos contemplando la gloria del Señor en sus obras, en su vida, cuando nos estaba manifestando el amor de Dios que tanto nos amó que nos hizo partícipes de su gloria, que nos iba derramando su amor y su misericordia; ‘pasó haciendo el bien’, diría un día Pedro tratando de definir la vida y la persona de Jesús. En su amor se iba manifestando la gloria del Señor.
Nosotros seguimos celebrándolo. No se acaba la Navidad. Seguimos en su octava y lo celebramos con la misma intensidad. Pero cada día ha de ser navidad, porque cada día hemos de saber apreciar esa presencia de Dios entre nosotros. Cada día hemos de hacer navidad, porque cada día con nuestro amor, con nuestras obras, con nuestra vida tenemos que manifestar ante el mundo cuánto es el amor que Dios nos tiene.
Tenemos que ser signos de su amor. Tenemos que ser signos de su gloria. Que los hombres puedan ver la gloria del Señor. Y esto está en nuestras manos, eso depende de nosotros, de nuestra vida, de nuestras obras, de nuestro testimonio. Es nuestra tarea, es nuestro compromiso, ha de ser el sentido y valor de nuestra vida.
Cuando estamos dando por terminado el año tenemos que hacer como una recapitulación de lo que ha sido nuestra vida; recordar en cuantas cosas hemos visto a lo largo de este año la gloria del Señor. ¿Serán nuestras celebraciones? ¿Será lo que hemos escuchado y descubierto en la Palabra de Dios que ha sido nuestro vademécum cada día? ¿Será en lo que Dios nos ha manifestado a través de los acontecimientos? ¿Será en el amor que nosotros hemos vivido, hemos recibido de los demás y hemos sido capaces de ofrecer?
¿Podremos decir de verdad que hemos visto la gloria del Señor?

domingo, 30 de diciembre de 2018

Que en el Hogar de Nazaret encontremos estimulo y por su mediación esa gracia que tanto necesitamos para renovar nuestras familias


Que en el Hogar de Nazaret encontremos estimulo y por su mediación esa gracia que tanto necesitamos para renovar nuestras familias

Eclesiástico 3, 3-7. 14-17ª; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

La liturgia nos ofrece en medio de la solemnidad de la octava de la navidad esta celebración en que se nos invita a mirar a la Sagrada Familia de Nazaret, de Jesús, María y José. Aquel hogar en medio del cual Dios quiso nacer al hacerse hombre para así expresarnos con toda intensidad lo que significa Emmanuel, como estaba anunciado en la Escritura y señalado por el ángel, verdadero Dios en medio de los hombres.
De infinitas maneras porque así infinita es la Sabiduría y el poder divino podía haberse escogido Dios para hacerse presente entre nosotros los hombres para traernos la salvación. De muchas maneras se había ido manifestando a través de la historia de la salvación por medio del ángel del Señor, una expresión muy utilizada en el Antiguo Testamento, o como se había manifestado allá en el Horeb en medio de una zarza ardiendo, o en el esplendor temeroso del ruido y fuego de la tormenta como en el Sinaí, o  cómo nos había hablado a través de los profetas.
Ahora en la plenitud de los tiempos Dios quiere hacerse hombre y se encarna en el seno de una mujer y en medio de una familia. Así lo hemos contemplado continuamente en estos días de la navidad y lo veremos igualmente en la Epifanía; justo es que queramos contemplar aquel hogar de Nazaret y en medio de aquella familia. Allí nacería y crecería como niño, como joven, como adulto Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, nacido de María y con la presencia de José, el padre de familia, que aparecería como el padre de Jesús ante los ojos de los hombres. Allí en Nazaret  ‘Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres’ como nos dice el evangelio.
Y es que el ser humano es ahí donde encuentra el camino de su desarrollo y la plenitud de su ser. Nacimos indefensos, podríamos decir, y necesitamos del cuidado y protección de unos padres que nos harán crecer al calor del amor de un hogar. Pero es ese hogar el que se va a convertir en camino de plenitud para nuestra vida. No será solo el cuidado del sostenimiento de aquellas necesidades básicas y vitales sino que el calor del amor de unos padres, de una familia, de un hogar será como el mejor caldo de cultivo para nuestro crecimiento como persona en el aprendizaje de esos valores que van a marcar y dar sentido a nuestra existencia, y que van a ser el apoyo constante con su presencia de nuestro crecimiento y desarrollo personal que nos haga llegar a una plenitud de nuestra vida.
Célula fundamental de nuestra sociedad hemos dicho tantas veces que es la familia, escuela de valores que se viven entre el encuentro vivo de amor de todos sus miembros, apoyo y estimulo para superarnos y madurar afrontando problemas y dificultades sintiéndonos acompañados en el amor de los que ahí en esa comunidad de amor caminamos juntos.
Bien nos viene reflexionar en todo esto cuando contemplamos aquel hogar y familia en la que quiso nacer y crecer como hombre el Hijo de Dios. Nos hace mirar nuestros hogares con una mirada nueva para por una parte dar gracias por cuanto en ellos hemos recibido creciendo como personas, base real y verdadera de lo que somos hoy día aun con las limitaciones que como humanos hayamos tenido.
Miramos hoy los hogares y las familias y puede dolernos en lo más hondo de nuestro corazón cuantas cosas los van destruyendo, contemplando hogares y familias rotos en lo que no siempre se encuentra ese caldo de cultivo que se necesita para el crecimiento como personas de los hijos. Soñamos con algo perfecto, pero sabemos de nuestras limitaciones humanas, de nuestras debilidades y de cuantas cosas se nos pueden meter en nosotros que no facilitemos ese unidad y esa comunión de amor y vida que tendrían que ser nuestras familias.
Es el esfuerzo que siempre tenemos que hacer como personas para esa superación necesaria de nuestras debilidades o de los problemas que nos vayan afectando; es la búsqueda continua que tenemos que realizar de ese verdadero amor que vertebre nuestras familias; es esa capacidad de aceptación y también de comprensión de las debilidades que a todos nos pueden afectar; es ese querer caminar juntos facilitando el desarrollo personal de cada uno de sus miembros, porque no hacemos fotocopias sino personas con su propia personalidad e identidad; es ese ser capaces desde el amor de perdonar los tropiezos y errores para reemprender una y otra vez ese camino aprendiendo de los errores cometidos para una mejor madurez humana de cada persona.
De esos valores y virtudes nos ha hablado hoy la Palabra de Dios que se nos ofrece en esta fiesta. Desde ese respeto, cariño, agradecimiento por lo recibido, comprensión y ayuda mutua entre padres e hijos, aunque aparezcan los achaques de una ancianidad como nos decía la primera lectura, o todos esos valores de los que nos hablaba san Pablo que han de brillar en toda comunidad humana y cristiana y que de manera especial tienen que resplandecer en nuestros hogares. Bueno es volver a leer de una forma reposada esas citas bíblicas que se nos ofrecen, rumiando bien su mensaje para saberlo aplicar a nuestra vida concreta como individuos y como comunidad familiar.
Hoy es el día de la Familia. Estos días de Navidad han sido propicios para revivir ese sentido familia en el reencuentro de quienes formamos una familia sobre todo en esa cena familiar de la Nochebuena y en todos esos momentos en que nos hemos visitado los unos a los otros para felicitarnos por la Navidad. Momentos de encuentro, de alegría, de hacer revivir esas vivencias familiares que tanto nos ayudaron, también para ese perdón que algunas veces necesitamos. Que no sea fiesta, celebración o vivencia de unos días que pronto olvidemos, sino que sea principio de una renovación que tantas veces necesitamos.
Que en el Hogar de Nazaret encontremos estimulo y por su mediación recibamos esa gracia que tanto necesitamos para renovar nuestras familias viviendo el momento de hoy pero sin perder esa necesaria comunión y amor.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Aprendamos a tener esa mirada de Dios, llenarnos de su Espíritu y tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir dejándonos infundir por el Espíritu del Señor


Aprendamos a tener esa mirada de Dios, llenarnos de su Espíritu y tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir dejándonos infundir por el Espíritu del Señor

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Hay sabidurías que no siempre se aprenden en libros. Extiéndanme bien que por supuesto en lo que otros nos trasmiten a través de lo escrito nos están trasmitiendo de su saber y de su sabiduría. Pero hay cosas que aprendemos de otra manera, cuando en la vida sabemos tener una mirada honda sobre lo que nos va sucediendo; la vida misma y cuanto nos sucede es un hermoso libro que tenemos en nosotros mismos cuando rumiamos, repensamos una y otra vez cuanto nos sucede.
Así solemos hablar de la sabiduría de los mayores, porque la experiencia reflexionada de los años va dejando ese poso de sabiduría, no ya solo en su mente sino en su corazón, que luego quizás nos trasmitirán, sí, con una palabra, un gesto, o es su vida misma. Encontraremos esa reflexión, ese comentario acertado que tanto nos puede ayudar si sabemos escucharlo allá en lo hondo del corazón. Cuántas personas encontramos así en nuestro entorno.
Y cuando esta vida la vamos viviendo desde la fe sabemos muy bien que el Espíritu divino, el Espíritu de Sabiduría va actuando en nuestro interior, y así en esa nueva sabiduría de la vida va descubriendo el sentido de Dios y también lo que el Señor nos va señalando para nuestro camino. Es ya una mirada de fe que nos llena de la sabiduría de Dios.
Hoy en el texto del evangelio nos encontramos a unas personas llenas de esa sabiduría de Dios, llenas del Espíritu del Señor, que en sus palabras y en sus gestos reflejaran esa sabiduría que llevan en su corazón. Fue en el episodio de la presentación de Jesús, como primogénito, en el templo al Señor y la purificación de María, como prescribía la ley de Moisés. Cuando llegan María y José con el Niño para hacer las ofrendas rituales les sale al paso el anciano Simeón.
Allí está aquel anciano lleno de la Sabiduría del Espíritu para descubrir en aquel niño entre tantos que quizá en aquel momento fueran también presentado al Señor, al Salvador anunciado por los profetas y esperado con ansia por el pueblo de Israel. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’, y canta bendiciones para Dios. Estaba lleno de la Sabiduría de Dios; aquello que por sus años podíamos descubrir en él, pero que había crecido y crecido en su interior por su fe y su esperanza puesta en el Señor.
Desearíamos nosotros ver con nuestros ojos, como lo vio el anciano Simeón o como Jesús les decía a los discípulos que eran dichosos porque podían ver lo que tanto ansiaron los patriarcas y profetas y no pudieron ver. Quizá nosotros podamos sentir la nostalgia de no haber estado en aquel momento en el templo o haber sido testigos de tantos hechos de la vida de Jesús.
Pero nosotros sí podemos ver; abramos los ojos de la fe que nos llena de la sabiduría de Dios y podemos descubrir cómo El también se nos manifiesta a nosotros. Abramos lo ojos de la vida para ver con distintos ojos, con distinta mirada a los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado, para ver con una mirada distinta cuando nos sucede o sucede en nuestro entorno y podremos tener esa sabiduría del Espíritu para descubrir cuantas cosas el Señor nos revela y manifiesta y como se  nos manifiesta también a nosotros hablándonos al corazón.
Por allí estaba también aquella piadosa anciana, Ana, que también canta la alabanza del Señor por lo que sus ojos pudieron ver al mismo tiempo que habla y comunica a cuantos quieran escucharla los anuncios de la misericordia del Señor que se hace presente, Emmanuel, entre ellos.
Que aprendamos a tener esa mirada de Dios, a llenarnos de su Espíritu, a tener esa nueva sabiduría que en una reflexión creyente podemos descubrir en cuanto  nos suceda o en cuantos están a nuestro alrededor. Aprendamos a tener esa sabiduría de Dios a dejarnos infundir por el Espíritu del Señor.

viernes, 28 de diciembre de 2018

En los santos inocentes martirizados en Belén y en la huida de Jesús a Egipto tenemos que ver cuantas situaciones de sufrimientos inocentes vemos en el mundo de hoy


En los santos inocentes martirizados en Belén y en la huida de Jesús a Egipto tenemos que ver cuantas situaciones de sufrimientos inocentes vemos en el mundo de hoy

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18

Mira que algunas veces nos volvemos crueles. Un hecho que en si mismo es sangriento lo convertimos en un día de bromas, ‘inocentadas’ decimos, que de alguna manera lo hacemos risa y diversión. Costumbres, tradiciones que se nos han metido en alma del pueblo y en este día de los Santos Inocentes, no lo dejamos pasar sin que le gastemos alguna inocentada a un amigo, familiar o compañero.
Pero como decíamos el hecho del evangelio que hoy recordamos tiene mucho de cuento y sangriento cuanto significa la muerte de tantos niños en los alrededores de Belén desde la ambición, el orgullo y la crueldad del rey Herodes que podía ver en peligro su reinado tras el anuncio por parte de aquellos magos venidos de Oriente del nacimiento de un niño que iba a ser rey.
A verse burlado por los Magos que desde Belén no volvieron para indicarle el lugar exacto donde habían encontrado al Niño que venían buscando se desata la ira del rey mandando matar a todos aquellos niños inocentes, de dos años para abajo, que no sabían ni por qué ni por quien morían. Fue el nacimiento de Jesús la causa de la muerte de aquellos niños y es por lo que los llamamos santos, porque los consideramos mártires, primeros testigos en dar la vida por el nombre de Jesús.
Este texto del evangelio es un cruel retrato de las maldades que se nos meten en el corazón de los hombres cuando nos dejamos arrastrar por la ambición del poder, sea cual sea el poder que ansiemos, pero también reflejo de sufrimientos y situaciones duras que podemos contemplar como se siguen sucediendo hoy.
Ya mencionamos esa ambición del corazón de los hombres que son capaces de hacer lo que sea cuando ven en peligro su poder o sus influencias. Cuantas cosas en este sentido siguen sucediendo hoy en las trampas que nos ponemos los unos a los otros, en nuestras luchas porque menos que tribales por mantenernos en el lugar de nuestros sueños, y por no permitir que nos abajen de esos pedestales de poder, prestigio, vanidad en una palabra, en donde nos hemos subido en nuestros afanes de dominio.
Es también la muerte cruel de tantos inocentes desde nuestras violencias humanas, desde nuestras guerras en las que la mayoría de las veces los que mueren son ciudadanos inocentes – y no digamos cuantos niños – que se ven bajo la sombras de esas batallas muchas veces interesadas y planeadas desde lugares de poder.
Son también los niños de la guerra, inocentes convertidos en soldados o en armas de matar de mil maneras, pero son los que sufren los horrores y las violencias de tantas clases nacidas de la pasión de los mayores. Son los inocentes que mueren de inanición porque los que pudiéramos hacer algo por remediar el hambre del mundo, los vemos tan lejos que hemos perdido incluso la sensibilidad.
Como consecuencia de la ambición y crueldad de Herodes la sagrada familia de Jesús, María y José se ven abocados a una situación que nos recuerda también tantas situaciones de las que somos testigos, lo noticieros nos están dando referencias continuamente y vemos que se repite a nuestro alrededor; es el mundo de los emigrantes. Un ángel del Señor avisa en sueños a José y ha de salvar al niño por lo que huyen a Egipto donde se verán salvos. Cruzar aquellos desiertos que separan Egipto de Israel, que un día hicieran en sentido contrario los israelitas buscando la tierra prometida, y con lo medios precarios de la pobreza en que se encontraban para vivir en un país desconocido como era Egipto no seria plato de buen gusto.
Es la imagen que vemos en los que llegan a nuestras costas en pateras o por el medio que sea, atravesando continentes y mares, huyendo de la situación de pobreza o de guerra de sus países de origen, para venir a un lugar que no conocen, donde muchas veces no son socorridos ni atendidos, con dificultades de lenguaje, costumbres e idiomas que está sucediendo hoy a nuestro lado, repito, Pensemos en cuanto sufrimiento se genera con estas situaciones, mucho tendríamos que decir. Es la imagen que vemos en la huida a Egipto de María y José por salvar al Niño.
Claro que todas estas cosas no las queremos pensar. La respuesta que damos muchas veces a todas esas situaciones no suele ser la más apropiada, por decirlo de una manera suave, cuando no somos nosotros los que de alguna manera nos portamos de una forma cruel con tantos inocentes – y pongamos aquí el rostro que queramos -.
No es ya que convirtamos la fiesta de los Santos Inocentes en motivo para nuestras bromas y causa de diversión; eso seria lo de menos, porque nos metemos en el rió de costumbres que no sabemos ni su sentido y su origen y por ahí andamos en la vida.
Es esa otra crueldad de la vida en la que no veamos envueltos, esas ambiciones que nos envenenan el alma de lo que tenemos que ser conscientes y si en esa huida de Jesús a Egipto hemos querido ver a todos esos inocentes maltratados, en ellos veamos la imagen de Jesús en todos ellos y recordemos lo que luego nos dirá Jesús en el evangelio. ‘Lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis...’ ¿Qué le estamos haciendo a Jesús?

jueves, 27 de diciembre de 2018

Que las dudas y los miedos no nos impidan dar el paso para el encuentro con Jesús




Que las dudas y los miedos no nos impidan dar el paso para el encuentro con Jesús

1Juan 1,1-4; Sal 96; Juan 20,2-8

Nos dan una noticia que nos parece increíble, aunque era algo que en el fondo estábamos esperando, pero ahora cuando nos lo comunican nos parece inverosímil, queremos creemos, pero no terminamos de creer; corremos al lugar donde podemos verificar lo que nos han dicho, pero aunque en nuestra carrera llegamos pronto, al final no terminamos de entrar a comprobarlo; tenemos miedo quizá de que eso que nos han dicho no sea cierto y nos cuesta comprobarlo por nosotros mismos para desengañarnos; nos quedamos a un paso que no estamos decididos a dar. Al final si llegamos a dar el paso comprobaremos la verdad y nos sentiremos felices.
Nos pasa muchas veces en muchas cosas de la vida, en el trabajo, en la familia, en las responsabilidades que tengamos con los hijos y las noticias que nos pueden llegar que algunas veces nos llenan de preocupaciones; nos pasa quizá en una oferta que nos hacen para salir de la situación laboral en la que nos encontramos, pero tenemos miedo de emprender algo nuevo. En tantas cosas. Pero ese paso tenemos que darlo nosotros, no lo tiene que dar nadie por nosotros. Tenemos que afrontar las cosas con madurez que algunas veces parece que nos falta por las indecisiones en que andamos en la vida. Y no conseguimos metas por quedarnos atrás; y no avanzamos en la vida por nuestros miedos y cobardías.
Es el campo que se puede abrir ante nosotros en nuestro compromiso social, o en el compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe. Tememos arriesgar por si acaso nos equivocamos y metemos la pata. Son las disculpas de que no sabemos, que no estamos preparados, que eso son cosas que nos superan y que no lograremos conseguir, que es un riesgo tener que enfrentarse quizás a la gente. Son las dudas de nuestra fe y tantas dudas en nuestra vida y compromiso cristiano.
Me he ido haciendo todas estas reflexiones de aspectos en lo humano de nuestra vida, de lo que nos puede pasar por dentro tantas veces, o incluso en referencia a nuestra fe y a nuestro compromiso cristiano, escuchando el evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de san Juan Evangelista.
El relato del evangelio nos sitúa al tercer día después de la pasión y muerte de Jesús, cuando las mujeres que habían ido al sepulcro llegan con noticias de que la piedra de entrada al sepulcro estaba corrida, que el cuerpo de Jesús allí no está, de apariciones de ángeles que les hablan de que Jesús ha resucitado. Los apóstoles y los discípulos que están en Jerusalén andan encerrados en el sepulcro con el miedo metido en sus corazones, con la zozobra de todo lo que ha sucedido y en el recuerdo de las promesas y anuncios de Jesús de su resurrección. Las noticias que ahora les llegan les llenan aún de mayor confusión.
Con lo que viene contando María Magdalena Simón Pedro y Juan corren hasta el sepulcro para comprobarlo. Es la mañana de las carreras como me gusta pensar. Juan, como más joven llega primero, pero que queda parado ante la entrada del sepulcro. No se atreve a entrar. Muchas veces en nuestros comentarios decimos que si lo hizo por respeto a Simón Pedro que era mayor, y que era a quien Jesús en cierto modo le había anunciado un día su primacía sobre el resto de los apóstoles. Pero se me ocurre pensar si a Juan no le estaba sucediendo lo que hemos venido reflexionando como introducción a este comentario.
¿Dudaba Juan? Fue el que estaba reclinado en el pecho de Jesús a la hora de la cena y trataba de sonsacarle quien era el que lo iba a entregar que Jesús estaba anunciando. Seria el que más tarde reconocería a Jesús allá en el lago entre las brumas del amanecer; pero eso sería más tarde, tras estos acontecimientos que ahora estaban sucediendo. ¿Tenía miedo de la realidad que su pudiera encontrar? Quizá podría pesarle aun en el corazón que allá en Getsemaní se había quedado dormido cuando Jesús les había pedido estar vigilantes y en oración. Ahora había indecisión, se quedó sin dar el paso, prefería que fuera otro, Simón Pedro, el que se desengañara con la realidad.
Tras entrar Simón Pedro y comprobar que todo estaba como las mujeres les habían anunciado, el sepulcro vació, las vendas por el suelo, el sudario recogido aparte, dio Juan el paso también y entró. Entró, vio y creyó. Más que las vendas se le habían caído las escamas no solo de sus ojos sino del corazón que le habían tenido en los miedos y en las dudas. ‘Vio y creyó’, que nos dirá el mismo en el relato del evangelio.
¿Será lo que nosotros necesitamos? ¿Se nos ciegan a veces los ojos del alma? ¿Se nos endurece o insensibiliza el corazón con nuestros miedos y con nuestras cobardías? El ambiente que corre a nuestro lado de increencia y de indiferencia, donde todo se mezcla y se llena de tantas confusiones ¿nos podrá estar afectando también? ¿Tendremos miedo de nada a contracorriente, de hacer lo que no es políticamente correcto como ahora se dice? ¿Por qué no abrimos ya de una vez nuestro corazón a la fe? ¿Por qué no salimos de esas seguridades que nos hemos creado para lanzarnos al mar de la vida con ese anuncio que tenemos que hacer y ese testimonio que tenemos que dar?

miércoles, 26 de diciembre de 2018

En medio de la alegría de la Navidad aparece la sangre del martirio del protomártir Esteban para señalarnos donde está la verdadera salvación que celebramos


En medio de la alegría de la Navidad aparece la sangre del martirio del protomártir Esteban para señalarnos donde está la verdadera salvación que celebramos

Hechos 6,8-10; 7,54-60; Sal 30; Mateo 10,17-22

Nos desconcierta en cierto modo el que este primer día a partir de la navidad venga manchado de sangre con la muerte del protomártir Esteban. Me atrevo a pensar que esta celebración marcada con la sangre del martirio tiene algo de profético para la vida de los cristianos.
En medio de la alegría de la Navidad, que no tiene que mermarse de ningún modo, aparece la sangre del martirio, que para nosotros es un signo de triunfo y de gloria aunque el mundo no entienda el sentido de la muerte, como una señal de hasta donde ha de llegar esa fe que ponemos en el recién nacido, que es hombre verdadero, el hijo de María, pero que es también nuestro Dios y Salvador. Y es que hasta en medio de la muerte y del martirio nosotros seguiremos cantando la alegría del Aleluya, porque estaremos cantando el triunfo de la vida sobre la muerte, que es nuestra Pascua.
Hoy estamos celebrando la fiesta del protomártir san Esteban. Fue uno de los siete diáconos escogidos por los apóstoles cuando el crecimiento del número de los que aceptaban la fe para seguir el camino de Jesús desbordaba la actividad de los apóstoles. Escogieron siete varones piadosos y llenos del Espíritu del Señor para que se encargasen de la administración de los asuntos de la comunidad y las viudas y los huérfanos no pasasen necesidad sino que justamente se repartiese lo que compartían en aquellos que pasaban más necesidad, para dedicarse los apóstoles más a la predicación y a la oración.
Pronto Esteban destacaba no solo por el servicio y la atención de los pobres de la comunidad, sino porque con su palabra ardiente enseñaba y discutía con todos para proclamar su fe en Jesús como el único Salvador. Pronto los judíos quieren quitarlo de en medio, lo apresan y lo condenan a morir apedreado. El autor sagrado nos hace una descripción del martirio de Estaba en un paralelismo total con la muerte de Jesús. Repite sus mismos gestos, del perdón a quienes lo martirizan, la contemplación de la gloria celestial, y el poner su vida en las manos del Padre. Fue el primer testigo hasta derramar su sangre, por eso lo llamamos el protomártir.
Hoy la Iglesia nos lo presenta en este día inmediato a la celebración de la navidad del Señor, señalándonos así el camino del testimonio que hemos de dar quienes confesamos con alegría nuestra fe en Jesús. Un testimonio total, hasta entregar su vida. Un testimonio de la alegría de la fe, del gozo de seguir y servir a Jesús. Un testimonio de lo que es el servicio, la diaconía, tan característica que tiene que ser de la vida del cristiano.
Quienes ayer cantábamos la alegría de la Navidad y queremos seguirlo haciendo con intensidad esta semana no podemos olvidar hasta donde tiene que llegar nuestro canto, la alegría de nuestra fe, la valentía de nuestro testimonio. Porque tenemos que ser testigos de un verdadero sentido de la navidad, cuando el mundo nos la ha manipulado presentándonos tantas cosas como navidad que no son navidad.
Ayer alguien me contaba de algo visto en televisión, donde en un diálogo que pretendía ser gracioso alguien decía que si mataban a papá Noel mataban el espíritu de la navidad. ¿Es que papá Noel es el espíritu de la navidad? ¿Hasta donde hemos llegado, qué pretendemos enseñar a las generaciones jóvenes? ¿Recordarán la navidad por los regalos que le trajo papá Noel, o porque es el nacimiento de Jesús? Hasta hemos hecho desaparecer al Niño Jesús de la Navidad para ponernos un trineo, unos renos que tiran de él, y un viejo gordo vestido de rojo encima como si eso fuera navidad.
¿No necesitamos los que creemos en Jesús dar un testimonio claro y valiente de lo que verdaderamente celebramos? Presentemos a Jesús, que no solo es un niño aunque ahora celebremos su nacimiento, sino que es el Hijo de Dios que se hizo hombre para ser nuestro Salvador. Y para salvarnos murió por nosotros en la cruz. Nos lo está enseñando esta fiesta de san Esteban que hoy celebramos.

martes, 25 de diciembre de 2018

Feliz navidad porque sepamos encontrarnos con Jesús a quien vemos en todos los hermanos que están a nuestro lado


Feliz navidad porque sepamos encontrarnos con Jesús a quien vemos en todos los hermanos que están a nuestro lado

Isaías 9, 1-3. 5-6; Sal 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14

‘Hoy  nos ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor’ así cantamos y repetimos una y mil veces, de mil maneras en esta noche y en este día de la Navidad del Señor. Copiamos las palabras del anuncio del ángel y también nuestro canto, nuestra alegría, nuestros gestos con toda nuestra vida quiere ser, tiene que ser también anuncio ante del mundo de que tenemos un Salvador, Jesús, el Señor.
Todo se viste de fiesta y de luz en este día. Por todas partes parece que se contagia la alegría y los buenos deseos surgen del corazón y son las palabras que brotan casi espontáneas de nuestra boca en estos días. Es Navidad. Todos celebramos la Navidad. Todos nos contagiamos de la alegría que se vive en estos días. Todo porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, Príncipe de la paz, el Señor, el Salvador.
En medio de las sombras de nuestro mundo – cuántas son las sombras que amenazan a la humanidad, que llenan de dolor a tantos hermanos nuestros – aparece una luz que nos llena de esperanza, una luz que brota de la gruta de Belén, pero que es una luz que nos viene de lo alto, el Sol de justicia y salvación que ilumina y da vida a todos los hombres.
Nos amargan, es cierto, las tristezas y dolores de las gentes, el sufrimiento y el dolor que padecen tantos en tan diversas circunstancias, el odio y la violencia que no cesa en nuestro mundo, la corrupción y la injusticia que envenena tantos corazones, las esclavitudes que siguen oprimiendo de mil maneras a tantos hermanos nuestros, y así tantas cosas más. Alguien podría pensar cómo podemos cantar llenos de alegría, como podemos andar felicitándonos unos a otros, deseándonos tantos parabienes si hay esas sombras a nuestro lado.
Y es que con Jesús nace la esperanza en nuestros corazones. La imagen de María y de José caminando en los oscuros caminos de Belén sin encontrar una posada y refugiándose en la oscuridad de un establo refleja muy bien ese mundo de oscuridad en que vivimos. Pero allí nació una nueva luz, allí brillo una nueva luz, y los campos de Belén se llenaron de resplandores divinos llevando un anuncio de esperanza a los que allá andaban en el frió de la noche.
Por eso, creemos de verdad que Jesús es nuestro salvador y el salvador del mundo; tenemos la absoluta confianza de que si escucháramos y siguiéramos con fidelidad las palabras de Jesús para ese mundo de sombras hay salvación, para ese mundo atormentado y oscurecido por el mal hay luz. La tenemos en Jesús. Como brilló aquella noche para los pastores de Belén sigue siendo luz para los hombres de hoy.
Quienes esta noche y en este día cantamos con alegría el nacimiento de Ges lo hacemos con esperanza y con compromiso. Esos hermosos gestos que nos tenemos los unos a los otros en estos días queremos que sean semillas que germinen un mundo nuevo, un mundo distinto, un mundo en el que tenemos la esperanza de que un día todos podemos ser más felices. Jesús ha venido para sacarnos de ese pozo hondo en que hemos hundido a la humanidad y pone en nosotros las llaves, podemos decir, que abran la puerta de ese mundo nuevo a través de nuestro amor.
Celebramos la Navidad y queremos hacerlo con toda intensidad. Celebramos la Navidad porque tenemos la esperanza de ese mundo nuevo que nace con Jesús y en el que nosotros estamos comprometidos para construirlo día a día. Celebramos la Navidad y no queremos que sea la fiesta de un día sino que queremos que sea la alegría de todos los días para todos los hombres del mundo. Celebramos la Navidad y a eso  nos comprometemos, en eso queremos trabajar. Es la esperanza que los cristianos estamos obligados a trasmitir a nuestro mundo desde nuestra fe y desde nuestro compromiso de amor.
Sí, ‘ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación’, para arrancarnos de toda impiedad y de toda maldad e injusticia. ‘Encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre’, fue la señal que dieron los ángeles a los pastores de Belén.
La imagen de ese niño nos aparece hoy por todos lados. No solo son las imágenes sagradas que tenemos entronizadas en nuestros templos y en nuestros hogares. Hasta su imagen sagrada acudimos en estos días con nuestras oraciones y nuestros cantos. Pero recordemos que ese Jesús nos dirá un día que lo que hicimos al hambriento, al sediento, al peregrino o al enfermo, al que estaba en la cárcel o a aquel que todos menospreciaban y nadie quería, a El se lo estábamos haciendo.
Nos está señalando un camino. Vamos al encuentro de esa imagen de Jesús que tenemos que saber ver en el hermano que está a nuestro lado, en el hermano que canta junto a nosotros o que sufre solo escondido en su rincón, en el amigo o familiar a quien queremos dar un abrazo de paz y felicitación en este día y en aquel que nadie quiere o que todos desprecian y que quizás ni miramos cuando pasamos a su lado. Son las imágenes de Jesús al que tenemos que hacer nuestra ofrenda de amor.
¿Seremos capaces de hacer una navidad así? ¿Será nuestra navidad de este año el comienzo de una vida nueva y de un mundo nuevo para mí y para cuantos nos rodean porque empecemos a amar de verdad?
¡Feliz Navidad! ¡Feliz encuentro con Jesús! ¡Feliz encuentro con nuestros hermanos!

lunes, 24 de diciembre de 2018

Si Dios viene a visitar a su pueblo trayéndonos la redención y la paz, vivamos ya para siempre el compromiso de esa fraternidad y armonía entre todos


Si Dios viene a visitar a su pueblo trayéndonos la redención y la paz, vivamos ya para siempre el compromiso de esa fraternidad y armonía entre todos

Lucas, 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, peque ha visitado y redimido a su pueblo’. Eran las palabras con las que Zacarías inició su cántico de alabanza y bendición al Señor después del  nacimiento de Juan habiendo recuperado el habla.
Turbado su corazón se había llenado de dudas, no porque no tuviera fe sino porque cuanto el ángel le señalaba le sobrepasaba y no terminaba de entenderlo, cuando se le manifestó allá en el templo mientras hacia la ofrenda del incienso. Se había quedado mucho sin poder proferir palabras. Por señas quiso explicarse al pueblo que esperaba fuera de la cortina inquieto al ver su tardanza en la ofrenda, y de la misma manera se habría expresado con Isabel su mujer.
Al imponerle el nombre al niño, aún lo había expresado escribiéndolo en una tablilla – ‘Juan es su nombre’, como también lo había señalado Isabel -, pero pronto sus labios se soltaron y comenzó el cántico de alabanza al Señor.
El Señor visitaba y redimía a su pueblo. Ya hemos comentado que aquella visita de María a la Montaña había sido la visita de Dios. Pero aquella visita no se quedaba reducida al ámbito de aquella casa y aquel hogar allá en la montaña de Judea, sino que era la visita de Dios a su pueblo. Allí estaba aquel ‘niño, profeta del Altísimo, que iría delante del Señor para preparar sus caminos, para anunciar al pueblo la salvación por medio del perdón de los pecados’.
Es lo que vamos a celebrar; es lo que significa el misterio de la Navidad que nos disponemos a vivir. ‘Hoy sabréis que vendrá el Señor y mañana veréis su gloria’, dice una de las antífonas de la liturgia de las horas. Esta noche los ángeles cantarán en los alrededores de Belén la gloria del Señor, y amaneceremos en un día radiante de luz, porque nos ha llegado el Salvador.
Todo será alegría y jubilo. El mundo entero se viste de fiesta y las luces resplandecen por doquier porque es Navidad, es la Navidad del nacimiento del Hijo de Dios hecho carne, es el Emmanuel ya para siempre Dios entre nosotros, es la Aurora de la salvación porque amanece un nuevo día, el día del Señor.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para dirigir nuestros pasos por el camino de la paz’. Así cantaba aquel día Zacarías bendiciendo al Señor. Así queremos nosotros cantar con los ángeles la gloria del Señor porque para nosotros, para la humanidad llega para siempre la paz.
Es lo que queremos vivir haciéndolo compromiso de nuestra vida. No son utopías, son realidades si nosotros queremos. Con Jesús llega la salvación y la paz, de nosotros los hombres depende ahora que queramos recibir esa salvación y vivir en esa paz. Nuestra historia está llena de sombras porque no siempre hemos sabido responder, porque tantas veces hemos preferido la guerra a la paz, el odio al amor, el egoísmo a la solidaridad.
Hoy vamos a hacer muchos gestos de cercanía, de amor, de paz, de fraternidad, porque nos queremos unir las familias, los amigos queremos sentirnos cercanos, todos los hombres queremos sentirnos en una misma fraternidad, porque al menos por una noche queremos enterrar el hacha de la guerra para vivir en paz. Pero que no se quede en el gesto de un día; si un día podemos llegar a vivirlo es señal de que lo podemos vivir siempre.
Por eso navidad tiene que ser un compromiso para nuestra vida. Dios nos viene a visitar para traer la paz y el amor a nuestros corazones; El nos ofrece su perdón, pero también su fuerza y su gracia para que podamos realizarlo.