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sábado, 16 de mayo de 2015

Se derrama sobre nosotros la ternura de Dios que nos ama y nos hace hijos en el Hijo, en Jesús

Se derrama sobre nosotros la ternura de Dios que nos ama y nos hace hijos en el Hijo, en Jesús

Hechos,  18,23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
Cuando uno ve en la vida que alguien a quien uno quiere y aprecia mucho es también querido y apreciado de manera especial por otra persona que se desvive por él, lo ayuda, lo cuida, lo protege, hace lo que sea por ese ser a quien nosotros queremos tanto, surge también en nuestro corazón como un cariño especial por esa persona que hace tanto por quien uno quiere. El amor y el cariño provocan más amor y más cariño y así se va extendiendo de unos a otros como contagiándose de esa ternura. Amamos también a aquellos que aman y quieren a los que nosotros queremos y apreciamos.
Me surge este pensamiento y reflexión escuchando el evangelio de este día. Nos manifiesta la ternura de Dios que se derrama más y más sobre nosotros en la medida en que nosotros creemos y amamos a Jesús. Dios que nos ama desde siempre y por nosotros mismos podríamos decir que derrocha aun más su ternura sobre nosotros por el amor que le tenemos en Jesús. Nos ama en Jesús y por eso nos quiere iguales a Jesús haciéndonos a nosotros también hijos.
Qué agradecidos tendríamos que estar al amor que Dios nos tiene que revierte en nosotros haciéndonos capaces de más y más. Amamos a Jesús y creemos en El y ese amor se crece en nosotros para ser capaces de amar también a los demás con un amor como el que nos tiene el Señor, como el que nos tiene Dios nuestro Padre.
En ese amor con qué confianza podemos acercarnos a Dios,  porque sabemos así que siempre nos escucha. Por una parte tenemos a Jesús, nuestro Mediador, que intercede por nosotros, pero tenemos el amor del Padre que siempre nos escucha. ‘Yo os aseguro, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará’, nos dice Jesús; ‘pedid y recibiréis para que vuestra alegría sea completa’ termina diciéndonos.
Pero hay algo más que merece nuestra consideración en este evangelio y además en el día concreto que lo estamos escuchando, vísperas de la fiesta de la Ascensión del Señor. ‘Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’. Como decimos escuchamos estas palabras de Jesús en la víspera de su Ascensión. Vuelve al Padre, pero no nos deja solos. Repetidamente le hemos escuchado la promesa del Espíritu que nos enviará desde el Padre. ‘Conviene que yo me vaya, porque si no, no vendrá a vosotros el Espíritu de la Verdad’, nos había dicho.
Pero con Jesús nosotros queremos ascender. Mañana lo contemplaremos con mayor amplitud. Pero es nuestro deseo, estar con El. Nos promete que vendrá y nos llevará con El. Pero queremos levantarnos, queremos mirar a lo alto, queremos ascender en la vida. Hemos pedido hoy en la oración que se muevan nuestros corazones para buscar y hacer siempre el bien para que ‘tendiendo sin desfallecer hacia lo mejor, alcancemos vivir también en la eternidad los bienes del misterio pascual’. Busquemos siempre lo mejor, tengamos deseos de eternidad, que podamos disfrutar un día en plenitud de los bienes del misterio pascual.

viernes, 15 de mayo de 2015

Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

Hechos,  18,9-18; Sal 46; Juan 16,20-23a
‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría…’ y añade al final ‘se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’. Consoladoras palabras de Jesús que nos llenan de esperanza.
Los discípulos estaban con la incertidumbre y en la tristeza ante lo que iba a suceder. Estas palabras de Jesús están situadas en el marco de la última cena, la cena pascual, que fue para Jesús el inicio de su pascua, de su pasión. Como les veremos luego reaccionar fueron momentos difíciles de abandono, de tristeza, que les haría huir y encerrarse incluso en el Cenáculo. Jesús los encontraría después de la resurrección en el Cenáculo con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Trata Jesús con sus palabras de llenar de esperanza sus corazones. ‘Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’.
Es difícil atravesar momentos de zozobra y de angustia, de soledad y abatimiento cuando los problemas nos cercan, las salidas las vemos oscuras, nos sentimos solos y como abandonados. Jesús nos dice que la tristeza ha de convertirse en alegría, que esa ha de ser la actitud y la postura de quien cree en El, pero hemos de reconocer que humanamente no es fácil. Momentos así todos hemos tenido en nuestra vida y es donde se ha de manifestar claramente lo que es nuestra madurez cristiana para fiarnos de las palabras de Jesús y saber poner alegría en el corazón sea cual sea la situación por la que estemos pasando.
Humanamente no es fácil, hemos dicho, pero hemos de saber abrir los ojos de la fe. Porque Jesús nos dice que El viene a nosotros, que El está con nosotros, que nunca nos podremos sentir abandonados ni en total soledad. ‘Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría’, nos dice. Con nosotros siempre está el Señor. El nos da la fuerza de su Espíritu que es Espíritu de alegría y de paz, Espíritu que nos llena de esperanza y es nuestro consuelo.
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles hemos visto la situación de Pablo que no era fácil en su anuncio del Evangelio. En esta ocasión está en Corinto, una ciudad muy compleja y muy pagana donde no es fácil hacer ese anuncio del evangelio porque Vivian una vida muy sensual y muy materialista. Sin embargo escucha la Palabra del Señor que le anima. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo, y nadie se atreverá a hacerte daño…’
Es la Palabra que tenemos que escuchar también en nuestro corazón. ‘No temas…’ Cuantas veces aparece esta invitación a la paz en el evangelio y en toda la Escritura Santa. No tememos, aunque muchas sean las dificultades; no tememos aunque nos sintamos abrumados y sobrepasados por el trabajo y los problemas; no tememos aunque nos sintamos hundido bajo el peso de nuestras culpas y pecados, porque confiamos en el Señor de la misericordia, el Dios del amor, el Dios que nos regala siempre su compasión y su perdón, el Dios que nos fortalece con su gracia y quiere seguir contando con nosotros.
Nada ni nadie nos podrá quitar esa alegría del corazón porque Dios está con nosotros.

jueves, 14 de mayo de 2015

Amados y elegidos de Dios permanecemos en su amor para dar frutos en la vocación a la que hemos sido llamados

Amados y elegidos de Dios permanecemos en su amor para dar frutos en la vocación a la que hemos sido llamados

Hechos, 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17
‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’. Es el Señor el que nos llama y nos elige. Nos manifiesta lo que es el amor del Padre y así nos ama; nos sentimos amados y elegidos con un amor y una predilección especial del Señor. Lo que nos pide y exige unos frutos de fe y de amor.
En este catorce mayo la liturgia celebra la fiesta de san Matías Apóstol. No formaba parte del grupo de los doce inicialmente elegidos por Jesús. Pero había fallado Judas ‘que hizo de guía a los que arrestaron a Jesús’, como delicadamente expresa san Pedro. Había de elegirse alguien que lo sustituyera, pero había unas determinadas condiciones, por así decirlo. ‘Uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión’.
Un testigo de la resurrección, pero un testigo de lo que había sido el amor de Jesús, uno que había permanecido en el amor, como pedía Jesús. Son las condiciones. Ese acompañar, ese caminar junto a Jesús mientras Jesús estuvo con ellos, viene a expresar que había permanecido en el amor de Jesús, se había sentido amado de manera especial por Jesús y por ese amor se había sentido unido a El de manera especial. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, que les dice Jesús.
Se proponen dos entre los que habría que elegir. Pero la elección no es cosa de hombres, es cosa de Dios. Es lo que se expresa en la oración que juntos dirigen al Señor. ‘Muéstranos a cuál de los dos has elegido para que, en este ministerio apostólico, ocupe el puesto que dejó Judas para marcharse al suyo propio’, es lo que piden al Señor. Y a suertes es elegido Matías, se manifiesta así lo que es la elección del Señor.
Estamos haciendo referencia en esta fiesta de san Matías a lo que es la llamada y elección del Señor para aquellos a los que el Señor quiere con un ministerio especial dentro de la comunidad eclesial. Pero podemos encontrar aquí también una referencia a todo lo que atañe a nuestra vocación cristiana. Si hemos podido encontrarnos con Jesús y conocerle para seguirle, ahí hemos de saber descubrir esa llamada de amor del Señor. Es lo que llamamos nuestra vocación cristiana.
La fe es un don sobrenatural, un regalo del Señor porque es una gracia, de la que hemos de estar siempre agradecidos. Dichosos los que tienen fe, dichosos los que han encontrado el camino de la fe porque es un camino que nos conduce a una plenitud de vida. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’, nos decía Jesús. Es la alegría y el gozo de la fe, de poder creer, de encontrar desde esa fe ese camino de plenitud. Demos gracias a Dios por ese don de la fe que tan dichosos nos hace. 

miércoles, 13 de mayo de 2015

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que actúa allá en lo más hondo de nosotros mismos, hablándonos al corazón

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que actúa allá en lo más hondo de nosotros mismos, hablándonos al corazón

Hechos, 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15
‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora…’ les dice Jesús a sus discípulos. El Misterio de Dios que se nos revela en Jesús nos supera; es misterio, es infinito como infinito es Dios, es una sabiduría que está por encima de nuestro entender humano, es toda la inmensidad de Dios que nos revela su ser y nos revela nuestro ser, el sentido de nuestra vida. ‘No podéis cargar con ellas por ahora’, les dice Jesús pero les promete que sí podemos llegar a conocer ese misterio. Nos promete ‘el Espíritu de la verdad que nos lo revelará todo’.
Al final del evangelio Juan nos dirá de una forma hiperbólica que ‘Jesús hizo muchas cosas, y si se quisieran recordar una por una, pienso que ni en el mundo entero cabrían todos los libros que podrían escribirse’. Nos está hablando de la grandeza del mensaje de Jesús. Pero, por ejemplo, pensemos en lo que, a partir del Evangelio de Jesús y de la tradición eclesial, se ha escrito sobre Jesús a través de toda la historia.
Es la aproximación que desde la fe, aunque en algunos sea quizá mera curiosidad científica o histórica, se ha hecho en la reflexión de los hombres sobre el misterio de Jesús. Y seguimos interesándonos por Jesús, queriendo conocerle, queriendo ahondar en su misterio que para nosotros los creyentes se tiene que convertir en vida, en lo que vivimos de Jesús, o en cómo llegamos a vivir a Jesús.
Pero, repito, no podemos acercarnos a Jesús desde cualquiera manera. No podemos pretender conocer a Jesús solo desde nosotros mismos, desde los estudios del tipo que sean que nosotros nos hacemos; tenemos el peligro de quedarnos en lo externo, lo superficial y a Jesús no lo podemos mirar ni estudiar así. Es aquí donde tenemos que saber actuar desde la fe, para dejarnos conducir. Y nos ayudaremos de quienes a nuestro lado tienen un mayor conocimiento y vivencia de Jesús; y nos ayudaremos de nuestra madre la Iglesia que con toda fidelidad ha querido conservar el deposito del misterio de Cristo, de su evangelio, de su mensaje. Pero tenemos que ayudarnos principalmente, fundamentalmente dejándonos conducir por el Espíritu del Señor.
El Espíritu del Señor que se nos podrá manifestar a través de todos esos medios que tenemos a nuestro alcance a nuestro lado y sobre todo en la Iglesia; pero el Espíritu del Señor que actúa allá en lo más hondo de nosotros mismos, hablándonos al corazón. ‘Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena… Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando…’
Cuando con fe vamos caminando por la vida y abrimos nuestro corazón a Dios nos damos cuenta cómo se nos va revelando. Cuántas cosas hemos sentido en nuestro corazón, cuántos impulsos del Espíritu para las obras buenas, cuántas cosas en un momento determinado sentimos dentro de nosotros mismos que nos ayudan a conocer mejor a Dios, a conocer mejor su evangelio, a conocer mejor sus caminos.
En cada momento, en cada circunstancia vamos sintiendo ese impulso y esa sabiduría del Espíritu. Creo que tenemos experiencia viva de todo esto que estamos diciendo; recordemos cómo hemos ido creciendo en ese conocimiento de Cristo, cómo en cada momento sentimos allá en nuestro interior lo que en verdad necesitábamos. Dejémonos conducir por el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Solo en el Espíritu alcanzaremos la plenitud de Dios.

martes, 12 de mayo de 2015

Confesemos con alegría nuestra fe, lejos de nosotros toda tristeza porque con nosotros para siempre estará el Señor

Confesemos con alegría nuestra fe, lejos de nosotros toda tristeza porque con nosotros para siempre estará el Señor

Hechos, 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
Cuando llegan las horas de las despedidas normalmente nos ponemos tristes ante el hecho de la separación de aquellas personas que apreciamos o que queremos; nos sentimos mal ante el pensamiento de que no vamos a poder estar con aquella persona que queremos o no vamos a poder verla más. Son momentos dolorosos y nos cuesta mucho en ocasiones sobrellevarlos en esa pérdida de esperanza de la que suelen ir acompañados esos momentos.
Algo así les estaba sucediendo a los discípulos en aquella cena pascual; todo sonaba a despedida, los gestos de Jesús, sus palabras, el sentimiento que poco a poco iba embargando sus corazones. No terminan de comprender todo el sentido de las palabras y los gestos de Jesús que lo que tratan es de infundir esperanza porque además les está diciendo que aunque se vuelva al Padre ahora le van a sentir de una manera especial. Es el anuncio que les está haciendo de la presencia del Espíritu Santo que desde el Padre les va a enviar. ‘Os conviene que yo me vaya, les dice, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito (el Defensor). En cambio si me voy, os lo enviaré’.
Repetidamente Jesús les hablará de esa promesa del Padre, del Espíritu de la Verdad que os lo enseñará todo, del Espíritu que va habitar en nuestros corazones dando testimonio de Jesús y ayudándonos a que nosotros también demos testimonio de Jesús. Lo venimos escuchando estos días y se nos seguirá hablando en la Palabra de Dios de estas semanas que nos sirven precisamente como de preparación para la gran fiesta del Espíritu que es Pentecostés.
Es el Espíritu que nos hará conocer en todo su misterio a Jesús, nos hará caer en la cuenta de que si no creemos en Jesús y le rechazamos de alguna manera no llegará a nosotros la vida y la salvación sino la condena. Es lo que nos dice hoy Jesús. ‘Cuando venga, dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena’. El mundo será convicto de todo esto porque no aceptó a Jesús. Pero si creemos en Jesús y en su Palabra el Espíritu nos hará reconocer en verdad que Jesús es el Señor y que solo en El encontraremos la salvación.
Es lo que va a ser el eje de la predicación de los Apóstoles a partir de Pentecostés. Allí Pedro proclamará que Jesús por su resurrección ha sido constituido Señor y Mesías; y escucharemos a Pedro anunciando que no hay otro nombre que pueda salvarnos, sino Jesús.
Con la fuerza del Espíritu del Señor podremos en verdad confesar nuestra fe en Jesús como nuestro único salvador. Con la fuerza del Espíritu del Señor sentiremos en verdad para siempre su presencia en medio de nosotros. Es el Espíritu que nos congrega en la unidad; es el Espíritu que nos hará siempre presente a Jesús y de manera especial en los sacramentos. Confesemos con alegría nuestra fe; lejos de nosotros toda tristeza de despedidas porque con nosotros para siempre estará el Señor.

lunes, 11 de mayo de 2015

Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la Sabiduría del Espíritu

Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la Sabiduría del Espíritu

Hechos,  16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a
‘Os he hablado de esto, para que no se tambalee nuestra fe’. Y nos habla Jesús del testimonio que hemos de dar muchas veces en un mundo adverso; pero nos habla Jesús del ‘Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, y que dará testimonio de Mí’. Nos anuncia que con nosotros estará siempre la fortaleza del Espíritu Santo.
‘Para que no se tambalee nuestra fe’. Muchas veces nos sucede o nos puede suceder. Por una parte serán los problemas que nos irán apareciendo en la vida, los dolores y sufrimientos de todo tipo que van marcando nuestro cuerpo con la enfermedad y las limitaciones o nuestro espíritu que se nos llena de dudas; será ese mundo adverso, como decíamos, en donde vamos a encontrar oposición a ese testimonio que hemos de dar o que nos puede llevar incluso a la persecución; o será la frialdad o la rutina que se nos va metiendo en el alma y hace que nuestra espíritu decaiga y se debilite, se tambalee nuestra fe.
Nos cuesta muchas veces; nos llenamos de dudas; aparece la tentación de mil maneras y nuestra vida se puede ir oscureciendo cuando le falta la luz y la fortaleza de la fe. Jesús quiere prevenirnos para que estemos atentos, vigilantes porque como nos dirá san Pedro en su carta, el león anda rondando a nuestro alrededor buscando a quien devorar.
Y la fortaleza de nuestra fe la tenemos en el Espíritu del Señor que nos acompaña, se hace presente en nuestra vida. Como decimos tantas veces tenemos que fortalecer nuestra espiritualidad. ¿Y qué es fortalecer nuestra espiritualidad sino llenarnos del Espíritu del Señor? Quizá ese crecimiento espiritual lo podemos traducir en fortalecer e intensificar nuestra oración, en cultivar nuestro mundo interior, en abrir no solo nuestros oídos sino especialmente nuestro corazón a la Palabra de Dios, en la vivencia intensa de la vida sacramental. Pero todo eso no es otra cosa que abrirnos al Espíritu, dejarnos conducir por el Espíritu, sentir la presencia del Espíritu de Dios en nosotros.
Ese es el crecimiento de nuestra espiritualidad. Porque nuestra espiritualidad cristiana está fundamentada en el Espíritu Santo. No es solo que nos hagamos más reflexivos y rumiemos cada vez más lo que nos va sucediendo. Eso está bien y tenemos que hacerlo, pero no lo hacemos por nosotros mismos, lo hacemos guiados  por el Espíritu divino que es nuestra Sabiduría y nuestra fortaleza. No es solo nuestro espíritu, esa profundidad que queremos darle a nuestro corazón, sino que es la fuerza del Espíritu Santo que Jesús nos ha prometido.
Que no se debilite ni tambalee nuestra fe, porque siempre estemos abiertos a la acción del Espíritu divino en nosotros, a la Sabiduría del Espíritu.

domingo, 10 de mayo de 2015

Activemos el amor y conoceremos a Dios, comenzaremos de verdad a sentirnos hermanos y alcanzaremos la alegría y la dicha en plenitud

Activemos el amor y conoceremos a Dios, comenzaremos de verdad a sentirnos hermanos y alcanzaremos la alegría y la dicha en plenitud

Hechos, 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17
Todo arranca desde el amor y todo se centra en el amor. Pero parte del amor de Dios ‘ya que el amor es de Dios’, porque ‘El nos amó primero… porque él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados’. Y se centra en el amor porque no es otra cosa lo que tenemos que hacer. Es lo que tenemos que aprender a reconocer; es lo que tiene que ser nuestra vida y de ahí podríamos sacar muchas consecuencias.
Pero, ¿cómo podemos conocer a ese Dios que es amor y llegar a reconocer ese amor que nos tiene? Amando, podríamos decir en una palabra. Porque solo el que ama puede conocer a Dios, ‘el que ama ha nacido de Dios… y el que no ama no puede conocer a Dios’. Muchas veces queremos buscar a Dios, buscamos razonamientos, buscamos pruebas, pareciera que estuviéramos dando palos de ciegos, decimos que nos cuesta creer y aceptar ese misterio de Dios. Activemos el amor en nosotros y podremos comenzar a descubrir a Dios, podremos comenzar a conocer a Dios.
Esa capacidad de amor está ahí en nosotros, en nuestra propia naturaleza, pero algunas veces parece que nos cerramos al amor. Activemos esa capacidad de amor; es como un programa que tenemos en el ordenador, por ejemplo, una aplicación, la hemos bajado, instalado, pero no la hemos activado; la tenemos y es como si no la tuviéramos; cuando la activemos podremos sacarle todo partido y nos funcionará. Así nos pasa con esa capacidad de amar que nos haría conocer a Dios. Activemos, repito, esa capacidad de amor.
Es hermoso lo que nos dice san Juan tanto en su carta como en el evangelio trasmitiéndonos las palabras de Jesús. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Ese amor que arranca de Dios Padre y que nos llega, se nos manifiesta en Jesús; ‘él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados’, que nos decía san Juan en su carta. Pero sintiendo todo ese amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús, en su amor, en su entrega, comencemos nosotros a amar de verdad ‘permaneced en mi amor’.
Pero ese permanecer en el amor de Dios no es solo algo como místico y espiritual que solo hiciera referencia a Dios, desentiéndenos de los demás; permanecer en su amor es comenzar a amar y amar de verdad a los demás, a cuantos nos rodean. Es el fruto que nos pide el Señor. De la misma manera que hay esa comunión de amor en Dios, en las tres divinas personas, así tenemos nosotros que comenzar a entrar en esa comunión de amor con los demás. No es de otra forma como vamos a dar respuesta al amor que Dios nos tiene. Siempre el amor de Dios nos va a llevar a sentirnos en comunión de Iglesia con nuestros hermanos. Es el mandamiento del Señor.
Decíamos antes que de todo esto que estamos considerando de lo que es el amor de Dios y nuestra respuesta podríamos sacar muchas consecuencias. Efectivamente si fuéramos capaces de entrar en esa órbita del amor estaríamos haciendo un mundo mejor, porque estaríamos haciendo un mundo de hermanos, un mundo donde nos amamos y no de cualquier manera.
Los evangelistas, sobre todo los sinópticos, nos hablan continuamente del Reino de Dios. Es el anuncio que hace Jesús desde el comienzo de su predicación cuando nos invita a la conversión y a creer en el Reino de Dios que está cerca; luego a través de todo el evangelio nos van describiendo con las palabras de Jesús y con el actuar de Jesús cómo vamos construyendo ese reino de Dios. Y cuando construimos ese Reino de Dios comenzamos por reconocer que Dios es nuestro único Señor, el único Rey y Señor de nuestra vida; pero cuando reconocemos que es el Señor, lo vamos a hacer entrando en una nueva manera de vivir, de actuar, de relacionarnos con los demás a quienes ya comenzaremos a considerar como hermanos; y si somos hermanos, comenzaremos a amarnos.
Es lo que ahora nos está diciendo el evangelio de san Juan y su carta, que en este domingo estamos escuchando y reflexionando. Es lo que nos señala en ese camino del amor en el hemos de entrar, que se ha de convertir en el sentido de nuestra vida. ¿Y no seríamos en verdad más felices si todos nos amaramos, nos aceptáramos, nos comprendiéramos y hasta nos perdonáramos, fuéramos capaces de caminar juntos?
Hoy nos dice Jesús que nos está trasmitiendo todo esto para que tengamos su alegría en plenitud. Tener la alegría de Jesús es una hermosa experiencia, tendríamos que reconocer. La alegría de Jesús resucitado; la alegría de Jesús lleno del Espíritu; la alegría de estar en medio de nosotros, porque su delicia es estar con los hijos de los hombres; la alegría y la paz del pastor que encuentra la oveja perdida o el padre que acoge al hijo pecador que vuelve a la casa; la alegría y la fiesta del que nos invita al banquete de bodas y al festín donde ya no hay ni luto ni llanto ni dolor.
Es la alegría que hemos de tener porque nos sentimos amados de Dios y llenos de su Espíritu, porque ya Jesús nos llama amigos y nos trasmite todos los secretos del misterio de Dios; es la alegría y la paz de sentirnos acogidos por el abrazo del Padre a pesar de nuestras debilidades y pecados; es la alegría nueva y viva que vamos a sentir cuando vivimos como hermanos y nos amamos de verdad, alejando de nosotros todo tipo de envidias y resentimientos; es la alegría y el gozo que sentimos dentro de nosotros porque vamos dando pasos por hacer un mundo nuevo, un mundo mejor a imagen de lo que ha de ser el Reino de Dios.
Todo arranca desde el amor y todo se centra en el amor, decíamos en el comienzo de esta reflexión en torno a la Palabra de este domingo. Activemos el amor en nosotros y conoceremos a Dios; activemos el amor en nosotros y comenzaremos de verdad a sentirnos hermanos; activemos el amor en nosotros y alcanzaremos la alegría y la dicha en plenitud.

sábado, 9 de mayo de 2015

Un camino de cruz y de pascua que hemos de aprender a recorrer con tantos cristianos que sufren hoy persecución por el nombre de Jesús

Un camino de cruz y de pascua que hemos de aprender a recorrer con tantos cristianos que sufren hoy persecución por el nombre de Jesús

Hechos,  16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros’. Estas palabras de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio vienen a iluminar situaciones por los que personalmente podemos pasar en muchas ocasiones, pero también situaciones que viven muchos cristianos y por las que está pasando la Iglesia en muchos lugares.
Odios, rechazos, contratiempos, desaires son situaciones a las que tenemos que enfrentarnos en muchas ocasiones; quisiéramos vivir en un mundo en paz y nuestro empeño es ir transformando nuestro mundo según las medidas, los parámetros del Reino de Dios para que todos podamos convivir en paz, nos respetemos y amemos mutuamente a pesar de las diferencias que pudiera haber. Pero no siempre es fácil; no siempre lo conseguimos, y muchas veces tenemos que sufrir en nuestra carne situaciones así.
Eso en el ámbito humano de nuestras relaciones sociales donde muchas veces nos puede ser difícil la convivencia, pero también yendo a algo más concreto a la hora de manifestar nuestra fe, expresar nuestros principios cristianos y nuestros valores No siempre los que nos rodean, el mundo en el que vivimos, la sociedad en su conjunto nos entiende. Es más, nos encontraremos con una oposición muy enfrentada como si les molestase nuestra manera de vivir o nuestra manera de entender como hemos de construir nuestra sociedad.
Pero como nos dice Jesús hoy en el evangelio ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros’. Y Jesús nos asegura que El será nuestra fuerza, que nos da su Espíritu para que con su gracia podamos vivir esas situaciones, para poner palabras en nuestros labios para lo que tengamos que decir. Es el camino del Maestro que nosotros hemos de seguir. Para Jesús se convirtió en Cruz y en Calvario, pero El supo hacer una ofrenda de amor en su camino de pascua, en su camino de pasión. ‘No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán’, nos sigue diciendo Jesús.
Es el camino de Cruz que es camino de Pascua, porque es camino de ofrenda de amor el que nosotros hemos de aprender a recorrer. Pensemos que ese sufrimiento por el que tenemos que pasar en situaciones así se puede, se tiene que convertir en semilla fecunda que germine nueva vida. Es la ofrenda de nosotros mismos que hemos de aprender a hacer. Y hacerlo con la alegría y la fuerza del Espíritu, aunque nos cueste, pero el Señor está con nosotros.
Como decíamos es la situación de tantos cristianos a lo largo del mundo que hoy, en este siglo XXI, están sufriendo persecución por la fe que tienen en Jesús. No son noticias que salten a la primera plana de los telediarios que aunque algunas veces se habla de esas muertes, sin embargo el hecho de que sean por ser cristianos muchas veces se difumina. El Papa, la Iglesia, nos está pidiendo que oremos por estos cristianos perseguidos y en nuestras diócesis y en nuestras parroquias en la semana entre la Ascensión y Pentecostés se van a elevar especiales oraciones al Señor en este sentido, pidiendo por los hermanos perseguidos. Que así se eleve hoy y siempre nuestra oración al Señor.

viernes, 8 de mayo de 2015

Entremos en la espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

Entremos en la espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

Hechos, 15,22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17
‘A vosotros os llamo amigos… No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido…’ Consoladoras palabras de Jesús. Nos llama amigos. Nos está diciendo que somos sus amados. Una amistad incondicional, un amor incondicional que nos ofrece, que nos regala.
La amistad es algo que se nos ofrece, se nos regala. Podemos pensar en que vamos a conquistar la amistad de alguien; pero hemos de reconocer que no se trata de conquista sino de regalo. Tampoco podemos pensar en una exigencia que le hacemos al otro. Simplemente tú ofreces. Quieres la amistad, regala amor, regala amistad, haz esa ofrenda de ti mismo, de tu yo, comparte con el otro ese amor que llevas dentro con todo lo que eres tú. Así haces amistad, porque te das, porque ofreces algo de ti. Cuando hay luego correspondencia se crea luego ese hermoso vínculo de una amistad mutua con toda la dicha que nos traerá en consecuencia.
Es lo que Jesús nos está ofreciendo, de lo que nos está hablando hoy en el evangelio. Nos llama amigos, porque nos ha descubierto los secretos más íntimos de su ser, porque nos ha descubierto lo que es el amor del Padre y así nos ama El también. Quiere Jesús establecer una nueva relación entre los hombres y Dios, entre nosotros y Dios; pero es Dios el que da el primer paso, porque nos ofrece su amor, su amistad. ‘Soy yo quien os he elegido…’ nos dice.
Y cuando nosotros descubrimos cómo somos amados de Dios, porque nos llama amigos, no nos llama siervos, estamos invitados a corresponder. Y nuestra correspondencia es el amor, pero un amor que ofrecemos también a los demás. Es como seguir una cadena. Dios nos ofrece su amor y nosotros tenemos que ofrecer ese amor que llena nuestro corazón a los demás. Por eso nos dice que lo que quiere es que nos amemos los unos a los otros. Así correspondemos a su amistad, así entramos en la orbita de su amor y amistad. Es su voluntad, su mandamiento, nos dice, y así expresaremos esa nueva amistad que nace en nuestro corazón.
Esa ha de ser nuestra correspondencia. ‘Os he destinado para que vayáis y deis fruto’, nos dice, ‘y vuestro fruto dure’. Los frutos son la dicha de esa amistad que nosotros también ofrecemos e iremos compartiendo con los demás. Los frutos son esa órbita nueva en la que entramos y en la que queremos hacer entrar a nuestro mundo contagiándolo de amor y de amistad. ‘La civilización del amor’ que nos decía San Juan Pablo II. La espiral del amor que tenemos que ir creando para romper toda espiral de mal, de egoísmo, de violencia que tantos van creando a nuestro alrededor. Contraponemos nosotros la espiral de la amistad, la espiral del amor.
Entremos, pues, en esa espiral del amor desde la amistad que el Señor nos ofrece y que nosotros estamos llamados a ofrecer a los demás.

jueves, 7 de mayo de 2015

Quien se siente amado de Dios llena su corazón de inmensa alegría y se convierte en misionero del amor.

Quien se siente amado de Dios llena su corazón de inmensa alegría y se convierte en misionero del amor

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11
‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’. Son las palabras finales que le escuchamos a Jesús en este evangelio de hoy. Y es que quien se siente amado y amado de verdad tiene todas las papeletas para ser la persona más feliz del mundo. Es por lo que tantas veces hemos escuchado que un cristiano triste es un triste cristiano, porque no ha terminado de comprender ni de vivir lo que es la esencia del Señor cristiano que es sentirnos amados de Dios.
Y es que el amor es multiplicador de si mismo y de alegría para cuantos se sienten amados y comienzan a amar así a los demás. Quien se siente amado no puede hacer otra cosa que amar, repartir eso que lleva dentro y de lo que quiere hacer partícipe a los demás. Un amor egoísta que se encierra en si mismo no es amor. Por eso el cristiano, siempre con alegría, con mucha alegría va repartiendo amor allá por donde va, va repartiendo alegría porque va ayudando a ser más felices a los demás.
Todo arranca del amor de Dios que mana de sí mismo, de su más intima esencia y a través de Jesús nos llega a nosotros y por nosotros ha de llegar a todos. Tenemos que ser misioneros del amor. Ahora el Papa Francisco nos ha dicho que quiere enviar misioneros de la misericordia por todo el mundo con motivo del año jubilar de la misericordia, pero es que eso es lo que tendríamos que estar haciendo siempre los cristianos, ser misioneros del amor, ser misioneros de la misericordia. Quien se siente amado de Dios llena su corazón de inmensa alegría y se convierte en misionero del amor. Y tenemos tantas oportunidades de hacerlo.
Hoy nos decía Jesús: ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’. El Padre ama a Jesús y Jesús nos ama a nosotros. Y nos ama con el amor del Padre. Y en ese amor hemos de permanecer nosotros. Y nos dice Jesús que guardemos sus mandamientos. Su mandamiento es el del amor.
Quizá la palabra mandamiento nos pudiera sonar a imposición y las cosas impuestas que se convierten en obligatorias parece que nos cuestan más por eso de la imposición y nos podríamos sentir tentados a rechazarlas. Son los caminos de nuestros orgullos que tanto daño nos hacen y que nos impiden comprender lo más verdadero. Y es que todo es cuestión de amor, de sentirnos amados y de sentirnos impulsados a ese amor.
Cuando tiernamente nos sentimos amados de alguien pareciera que su más mínimo deseo es para nosotros como una orden porque dichosos en ese amor queremos en todo complacer al amado. Entendamos así lo que Jesús nos está diciendo de cumplir sus mandamientos, no es otra cosa que esa respuesta amorosa a tanto amor como recibimos de Dios. No son para nosotros una imposición a la que nos resistimos, sino una respuesta de amor al amor que sentimos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Permanecer unidos a Cristo para vivir su vida divina nos ha de transformar hasta resplandecer de santidad

Permanecer unidos a Cristo para vivir su vida divina nos ha de transformar hasta resplandecer de santidad

Hechos, 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí…  el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Volvemos a escuchar estas palabras de Jesús que ya se nos proclamaban en la liturgia del pasado quinto domingo de Pascua. Es muy conveniente que insistamos. No podemos olvidar esa necesidad de estar unidos a Cristo.
¿Qué significa ese permanecer en Cristo? Nos lo explica Jesús con esta imagen de la vid y de los sarmientos. Es necesario que corra la savia, una misma savia, por toda la planta. Si no fuera así ni viviría la planta no podemos obtener los frutos que de ella esperamos. Permanecer en Cristo y que Cristo permanezca en nosotros, nos dice el evangelio. Desde que nos unimos a El por la fe y el Bautismo una nueva vida hay en nosotros. Es la vida divina, que llamamos gracia en virtud de que es un regalo del amor de Dios. Llenarnos de esa vida divina es llenarnos del amor de Dios, en sentir en nosotros, es vivir en nosotros ese amor que nos da vida y con el que necesariamente tenemos también que dar vida. Es vivir a Dios en nosotros para que nosotros al mismo tiempo vivamos en Dios.
¿Seremos en verdad conscientes de todo lo que eso significa? San Pablo llegaba a decir que ya no vivía él, sino que era Cristo el que vivía en él. Vivir esa vida divina no es cualquier cosa. Vivir ese amor de Dios tiene que transformarnos totalmente. Ya no somos los mismos; algo distinto hay en nosotros que nos hará en consecuencia actuar de otra manera, vivir lo que es la vida de cada día de otra manera; hay otro sentido, hay otra fuerza, hay otro vivir.
Se tendrá así que manifestar la santidad de nuestra vida. Llenos de Dios, de la vida de Dios, tenemos que resplandecer de divinidad, tenemos que resplandecer de amor, tenemos que resplandecer de santidad. Cuando Moisés bajaba del monte de la presencia de Dios su rostro resplandecía, tanto que se lo cubría con un velo porque dañaba los ojos de los que le miraban. ¿No tendría que ser así como nosotros resplandezcamos? ¿No tendría que brillar así nuestra vida con nuestra santidad?
¿Acaso nos podrá estar sucediendo que no estamos viviendo con toda la intensidad necesaria nuestra unión con Cristo y por eso no resplandecemos de santidad? ¿No tendríamos que revisar nuestra oración, nuestra vivencia sacramental, todo eso que tendríamos que realizar para vivir esa unión con Cristo?
Pensemos también que a través de nosotros ha de llegar esa vida divina a cuantos nos rodean. Quizá por nuestra mediocridad espiritual no somos buenos canales de gracia para los demás. Es algo serio para pensar y para buscar la forma de vivir cada vez más y más unidos a Cristo. 

martes, 5 de mayo de 2015

Necesitamos escuchar las palabras de Jesús para no perder nunca la paz en el corazón aunque muchas sean las noches oscuras

Necesitamos escuchar las palabras de Jesús para no perder nunca la paz en el corazón aunque muchas sean las noches oscuras

Hechos, 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a
‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les decía Jesús a los discípulos en la última cena. Aunque ellos no eran totalmente conscientes de todo el misterio de dolor y de pasión que se avecinaba tenían el presentimiento por las palabras de Jesús y lo que se palpaba que algo grande iba a suceder. Jesús sí sabía que aquellos momentos iban a ser una crisis muy fuerte en la fe de sus discípulos, ya que incluso les anunciaría con palabras profeta, ‘heriré al pastor y se dispersarán las ovejas'. Ahora Jesús les dice que no se acobarden, que no pierdan la paz en sus corazones, que todo tiene que suceder, pero que en el misterio de Dios con ello llegaba la salvación.
Muchas veces en la vida necesitamos escuchar estas palabras de Jesús, sentir esa presencia que El quiere regalarnos aunque no le veamos con los ojos o tengamos que pasar por valles oscuros. Nada hemos de temer porque El, como Buen Pastor, aunque algunas veces estemos demasiado ciegos en nuestras preocupaciones y problemas, está a nuestro lado, nos regala con su gracia, nos hace sentir su fuerza.
Que no perdamos la paz, su paz, la paz que El nos regala, la paz que podemos sentir cuando tenemos la seguridad y la certeza de que El está ahí y nos prepara su mesa y nos ofrece el agua viva de su gracia. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. Así nos dice Jesús. Así tenemos asegurada su paz. No es una paz cualquiera; no es una paz como la que nos puede dar el mundo, solo como ausencia de guerras o como en otras ocasiones se nos ofrece con sucedáneos que realmente no nos darán nunca la paz el corazón.
Esa paz de Jesús en medio de esas ‘guerras’, de esas luchas que tengamos que mantener en medio de nuestros problemas que no nos faltarán, esa paz de Jesús, digo, nos hará mirar las cosas, los problemas, los momentos oscuros con otra mirada, con otro sentido, con otro valor. No podemos perder esa paz en el corazón por muy difíciles que sean los momentos que estemos pasando o duras las decisiones que hayamos de tomar.
Es difícil, nos cuesta, pareciera que se nos hace imposible en ocasiones. Pero tengamos la seguridad de que Dios está con nosotros. Mantengámonos en su amor y en su gracia. Sepamos acudir a El con confianza, con humildad, con amor. Que no nos falte nunca nuestra unión con El; por su parte, la tenemos asegurada porque su palabra es fiel; somos nosotros los que hemos de saber responder a las llamadas que el Señor nos hace, a las riadas de regalos de gracia con que continuamente nos está mostrando su amor.

lunes, 4 de mayo de 2015

Llenos del amor de Dios que habita en nosotros seamos capaces de ver sus maravillas para que todos den gloria al Señor

Llenos del amor de Dios que habita en nosotros seamos capaces de ver sus maravillas para que todos den gloria al Señor

Hechos,  14,15-18; Sal 113; Juan 14, 21-26
‘No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria’, decimos con el salmo como aclamación y respuesta a lo que nos narraba el libro de los Hechos de los Apóstoles. No es nuestra gloria lo que hemos de buscar sino siempre la gloria del Señor. No es atribuirnos las cosas buenas que podamos hacer, sino ver y hacer descubrir a los demás las obras del Señor que quizá a través nuestro también quiera realizar maravillas.
Es de lo que nos habla el libro de los Hechos hoy. Bernabé y Pablo están en su primer viaje misionero y en Listra por su fe en Jesús realizan el milagro de curar a un hombre lisiado y cojo de nacimiento. La reacción de las gentes es creer que ellos son dioses en apariencia humana por lo que quieren incluso ofrecerles sacrificios. Con gran dificultad logran convencerles de que no son sino hombres y si han realizado aquellas maravillas es por la fe en Jesús, por la acción de Dios.
Es en lo que tenemos que pensar porque es una tentación fácil que nos aparece allá en lo secreto del corazón y se puede manifestar también en actitudes y posturas. Es el orgullo que se nos puede meter por dentro por las cosas buenas que podamos hacer y que lo echa todo a perder. Es la búsqueda de la alabanza y el reconocimiento que siempre puede estar rondando en nuestro corazón. O puede ser incluso luego las actitudes de prepotencia con que nos podamos presentar ante los demás.
Nos sucede a todos. Sucede también en nuestra Iglesia; actitudes avasalladoras, posturas prepotentes, orgullo de sabérnoslo todo y de tener el poder, manipulación de los demás muchas cosas así pueden aparecer; creernos dioses y hasta en la apariencia de nuestros gestos, de nuestra manera de comportarnos es algo que nos puede suceder; y digo también en nuestro ámbito eclesial. Qué necesaria es la humildad y con humildad presentarnos a los demás no como quien se las sabe todas sino como el hermano que va a servir.
Es una pobreza espiritual en la que podemos caer; una tentación y una pendiente fácil por la que rodar y que puede ir creciendo y creciendo en velocidad. Tenemos que despojarnos de esos ropajes para mostrarnos con humildad ante los demás aunque tengamos un servicio o un ministerio que realizar. El Papa Francisco nos está dando mucho ejemplo de ello.
En el evangelio que hemos escuchado hoy se nos señalan caminos para ese crecimiento de nuestra espiritualidad que no es otra cosa que llenarnos más y más de Dios. Es llenarnos de amor de Dios y amar con ese mismo amor. Cuando entramos en esa órbita del amor vemos cómo crece más y más si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor.
Hoy nos decía Jesús que si le amamos, cumplimos sus mandamientos; pero cuando le amamos así Dios nos amará aún más, tanto que se nos da de tal manera que quiere habitar en nosotros, en nuestro corazón. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’.
Vivamos en su amor y caminaremos por caminos de humildad para reconocer siempre la obra de Dios y cantar la gloria del Señor.

domingo, 3 de mayo de 2015

Una fe profunda y probada con verdadero sentido de comunión que nos lleve a dar frutos de auténtica vida en Jesús

Una fe profunda y probada con verdadero sentido de comunión que nos lleve a dar frutos de auténtica vida en Jesús

Hechos, 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8
Una bella imagen cargada de rico simbolismo la que se nos ofrece hoy en el evangelio que quiere expresar por una parte toda la profundidad con que hemos de vivir nuestra fe como una relación profunda con Dios y al mismo tiempo esa riqueza de comunión con que hemos de vivirla unidos también a los demás que nos ha de hacer dar verdaderos frutos de amor.
Se nos habla de la vid, de la cepa, de los sarmientos, de la poda y finalmente de los frutos. ‘Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador’, nos dice Jesús. Pero los sarmientos no pueden estar desgajados sino profundamente unidos a la cepa. Es la misma savia la que ha de recorrer la planta entera para que pueda tener vida; si desgajamos los sarmientos de la cepa no podrá tener vida, porque la savia ya no podrá llegar hasta cada una de sus ramas. Por eso nos dirá Jesús: ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él; ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. No podremos tener vida, no podremos dar fruto.
Cuantas veces vivimos nuestra fe de una manera insulsa y rutinaria. Decimos que tenemos fe pero no la cuidamos, no la alimentamos. Decimos que tenemos fe pero no mantenemos nuestra unión con Dios por la oración, por la escucha de la Palabra, por la gracia de los sacramentos. Y vamos viviendo como cristianos como arrastrándonos, simplemente dejándonos llevar, dejándonos confundir por cualquiera que llegue a nuestro lado diciéndonos cualquier cosa que atente contra esa fe. Y no sabemos dar razón de nuestra fe; no somos capaces de manifestarnos como verdaderos creyentes en medio de los que nos rodean; nos dejamos impregnar por el mal que nos rodea y nos dejamos arrastrar por cualquier pasión o por cualquier tentación. No vivimos unidos al Señor. ‘Sin mi no podéis hacer nada’, que nos dice Jesús.
Nos habla también de la poda. ¿En qué consiste la poda de nuestros árboles o de nuestras plantas? Quitar aquello que no vale, que nos impide dar buenos y sabrosos frutos, que pueden dañar la planta y hacerla perecer. Lo vemos fácilmente en nuestros campos o en nuestros jardines; plantas o árboles que se han llenado de ramas, pero a la hora de florecer y hacer cuajar el fruto no saldrá nada que pueda valernos o muchos de esos frutos se dañarán y se echarán a perder; no llegarán a dar buen fruto. Nos sucede en nuestra vida, desde las tentaciones como decíamos antes que nos acechan, o desde ese montón incluso de cosas que queremos hacer pero que no tienen consistencia, no llegan a producir un fruto espiritual ni en nosotros ni en aquellos que están a nuestro lado, porque quizá lo vivimos con una excesiva superficialidad y sin verdadero contenido espiritual. Hemos de cuidarnos de ese activismo en que podemos caer en la vida queriendo hacer muchas cosas pero sin una profunda espiritualidad que le dé hondura a lo que hacemos.
La poda es dolorosa, porque será cortar y arrancar aquello que tenemos pegado y no nos sirve o nos puede dañar. ‘A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto’, nos decía Jesús en el evangelio. Lo necesitamos hacer en ese camino de purificación interior, de purificación espiritual que hemos de hacer de nuestra vida. Pero quizá habrá ocasiones en que los problemas que nos aparecen en la vida nos hacen crisis en nosotros. Veámoslos también como un camino de poda, de purificación interior, porque si en esos momentos duros - una enfermedad u otros problemas personales o incluso a nivel social que vivamos - somos capaces de mantenernos unidos al Señor, y dejándonos iluminar por su palabra revisamos nuestra vida, intentamos darle profundidad, o buscamos la manera de darle un sentido a lo que nos sucede, a la larga puede ser un hermoso camino de transformación espiritual, de un cambio y de un nuevo camino hacia la santidad que podamos emprender.
Pero hay otro aspecto que también necesitamos considerar. Esa vid con sus sarmientos forma una única planta, porque todo el conjunto de sus ramos y sarmientos están como unidos entre sí y unidos a la cepa. Es el sentido comunitario y eclesial que ha de tener siempre nuestra fe y nuestra vida cristiana. San Pablo nos hablará del Cuerpo Místico en que Cristo es la cabeza y todos nosotros somos sus miembros, pero que hemos de estar unidos formando un solo y mismo cuerpo. Un aspecto, el sentido eclesial de nuestra fe y nuestra vida cristiana, que es de suma importancia. Nos sentimos iglesia, cuerpo de Cristo, nos sentimos en comunión los unos con los otros y por ese misterio de la comunión de los santos lo que vamos haciendo cada uno va repercutiendo al mismo tiempo en los demás, es riqueza para todo el cuerpo eclesial. El fruto no es solo mío y para mí, sino que queriendo en verdad dar gloria al Señor con cuanto hacemos, estamos enriqueciendo el cuerpo entero de la Iglesia. Hay una repercusión de comunión muy profunda entre todos los que creemos en Jesús.
Como terminaba diciéndonos Jesús, ‘con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. Así estaremos manifestando en verdad toda la riqueza de gracia que es nuestra fe y nos estaremos manifestando con auténticos frutos de justicia y de amor. Todo siempre para la gloria del Señor.

sábado, 2 de mayo de 2015

En la intimidad nuestra oración entremos en el conocimiento de Dios que se nos manifiesta en Jesús

En la intimidad nuestra oración entremos en el conocimiento de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Hechos,  13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14
Conocer a Jesús es conocer a Dios. Buscamos a Dios y nos quedamos sobrecogidos ante tan inmenso misterio. Quisiéramos desentrañarlo para conocerle y vemos que nos sobrepasa. La inmensidad de Dios nos hace sentirnos pequeños e incapaces; su sabiduría, su omnipotencia, su grandeza nos atraen pero aunque quisiéramos parece que misterio tan grande no cabe en nuestra mente o en nuestro corazón. Pero Dios nos busca, nos llama, se nos revela y se nos manifiesta. Toda la historia de la salvación, expresada de una forma particular en aquel pueblo llamado el pueblo escogido es la historia del amor de Dios por su pueblo al que quiere revelarse, pero no siempre los hombres son capaces de comprender tan sublime misterio.
Pero el momento culminante de su revelación es Jesús. Tanto amó Dios al hombre que quiso revelársenos en Jesús, nos envió a su Hijo, Verbo de Dios, manifestación y expresión sublime al tiempo que muy humana de todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Por eso el evangelio de san Juan comienza diciéndonos que es la Palabra, el Verbo de Dios que se hace la luz de los hombres, y planta su tienda en medio de nosotros. Y nos dirá Jesús mismo en el Evangelio que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar’.
Es lo que le estamos escuchando decir hoy de nuevo en el evangelio aunque sea con otras palabras. ‘Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre…’ y continuará diciéndonos ante las preguntas de un Felipe lleno de dudas, ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre… Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí…’
Jesús es la cercanía de Dios. Por algo se nos anuncia como el Emmanuel, el Dios con nosotros. Lo había dicho el profeta Isaías y se nos repite a la hora de su nacimiento al principio de los evangelios. Por eso conozcamos a Jesús y conoceremos al Padre, conoceremos lo que es el amor, conoceremos lo que es Dios, porque Dios es Amor.
Pero ya sabemos bien que conocer es mucho más que lo que exteriormente podamos conocer de alguien. En nuestra imaginación muchas veces pensamos cómo sería Jesús y los artistas a través de los tiempos nos han dejado diversas imágenes, que es cierto nos pueden ayudar, pero que no nos podemos quedar en esa imagen externa de Jesús. Por eso vayamos a lo más hondo y vayamos, pues, al evangelio; vayamos allá a lo más hondo de nuestro corazón y dejemos que allí Jesús se nos revele, no en lo que nosotros podamos imaginar o la imagen que a nuestra manera nosotros nos podamos hacer, sino en ese misterio de amor que El por la fuerza del Espíritu nos revelará en nuestro corazón.
Cómo tenemos que abrirnos a Dios. Cómo tenemos que saber entrar en esa intimidad de Dios con nuestra oración, para escucharle, para sentir su presencia y dejarnos inundar de El, para llenarnos de su vida y de su amor. Cuando entremos de verdad en esa orbita del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús estaremos conociendo de verdad a Dios que es Amor.

viernes, 1 de mayo de 2015

Que nada nos distraiga para reconocer que Jesús es el único camino y sentido de nuestra vida

Que nada nos distraiga para reconocer que Jesús es el único camino y sentido de nuestra vida

Hechos,  13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6
Algunas veces cuando estamos demasiado enfrascados en nuestras cosas nos cuesta atender y entender lo que nos puedan estar diciendo, por muy claro que quieran hablarnos. Con nuestra mente demasiado puesta en el momento presente, con nuestro corazón quizá demasiado cogido por preocupaciones por cosas materiales ya sea lo que nos va sucediendo en cada momento, ya sea quizá las influencias que recibimos del mundo que nos rodea que nos hace quedarnos demasiado a ras de tierra, el que nos hablen de una trascendencia mayor para nuestra vida, o que quieran elevarnos a ámbitos más espirituales será algo que nos cuesta entender y ante lo que nos dicen parece que andamos en otra onda.
Quizá algo así les pasaba a los discípulos en su relación con Jesús y de manera especial en lo que les estaba diciendo como despedida en aquella ultima cena pascual. El que Jesús les hable de otras estancias que quiera prepararles para llevarlos con ellos, o que les hable de un camino que han de recorrer y que a estas alturas han de conocer bien, son cosas que les resultan extrañas e ininteligibles dadas las preocupaciones inmediatas que podían tener en aquellos momentos. Intuían que algo iba a pasar, aunque Jesús les había hablado claramente, pero eso les hacia tener la mente cerrada y no comprender bien lo que Jesús les estaba diciendo.
‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’, le preguntan. O sea que no se están enterando. Tanto tiempo que llevaban con Jesús, escuchándole, compartiendo tantas cosas, recibiendo de Jesús explicaciones que quizá a otros no les daba, y aun no terminan de conocerle ni de entenderle. ¿Entenderán lo que a continuación Jesús continuará diciéndoles? ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí’.
Jesús lo es todo para nosotros. Camino, vida, sabiduría, salvación, manifestación de la misericordia de Dios, paz de la que llena nuestro corazón. Jesús quiere levantarnos, elevarnos desde esas materialidades y rutinas en que vivimos todos los días. Jesús quiere que elevemos la mirada de nuestra vida y contemplándole a El seamos capaces de darle más trascendencia a nuestra vida.
Algunas veces nos cuesta, también se nos cierra nuestra mente. Vivimos demasiado metidos en nuestras cosas y no miramos a lo que tiene que ser la meta y el sentido de nuestra vida. Envueltos por el ambiente que nos rodea podemos enfriarnos en nuestra espiritualidad, se nos puede enfriar nuestra fe.
Es algo que tenemos que cuidar, abrir bien los oídos de nuestra alma para escuchar a Jesús, para seguir a Jesús, para hacer el mismo camino de Jesús y así llenarnos plenamente de su vida. Contemplándole a El nos daremos cuenta claramente de cual es el camino, cuál es la verdad de nuestra vida. Que deseemos de verdad cada día conocerle más, vivirle con mayor profundidad. El es el sentido último de nuestra vida.