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sábado, 18 de julio de 2020

No nos paralicemos detrás de las barreras que nos ponemos en la vida y nos impiden llegar a la liberación que Jesús nos regala y ofrecerla a los demás


No nos paralicemos detrás de las barreras que nos ponemos en la vida y nos impiden llegar a la liberación que Jesús nos regala y ofrecerla a los demás

Miqueas 2, 1-5; Sal 9; Mateo 12, 14-21
Nos dice el evangelista que ‘al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús’. ¿Qué había sucedido en la sinagoga? Leyendo el texto anterior vemos que había allí un hombre con un brazo paralizado y Jesús lo había curado. Era sábado. De ahí la postura de los fariseos, porque para ellos Jesús les está destruyendo la religión. El sábado era del día del descanso porque era el día del Señor y no se podía realizar ningún trabajo. ¿Tampoco se podía curar a una persona de sus sufrimientos?
Los que en verdad estaban paralizados eran los fariseos con su manera de ver las cosas, con sus intransigencias y con ese cumplimiento minucioso de tantas normas que los atosigaban y hasta les quitaban la dignidad porque estaban carentes de humanidad. Jesús quería liberarles de esas ataduras, pero no se dejaban liberar. Si en la sinagoga de Nazaret había proclamado con el texto de Isaías que el Espíritu del Señor estaba sobre El y lo había enviado para liberar a los oprimidos, era lo que Jesús estaba queriendo realizar. Pero ellos seguían encerrados tras sus barreras.
Recordamos aquel hecho del evangelio en que unos hombres se habían saltado todo lo imaginable para llegar hasta Jesús, hasta se habían atrevido a romper el techo de la casa para descolgar al paralítico y pudiera llegar a los pies de Jesús ahora, como entonces, nos encontramos quienes ponen barreras. Entonces cuando Jesús había hablado del perdón de los pecados como la verdadera liberación del hombre no lo había querido entender y habían querido declarar que Jesús era un blasfemo. Ahora planean el modo de acabar con Jesús.
Pero esto tiene que hacernos pensar. Muchas veces también nos paralizamos nosotros tras las barreras que nos vamos poniendo en la vida y no terminamos de llegar a Jesús para encontrar esa liberación. Y es que algunas veces también vamos demasiado insensibilizados por la vida y no queremos ver el sufrimiento de los demás. A aquellos fariseos de la sinagoga parece que les importara poco el sufrimiento de un hombre que no podía hacer nada a causa de su invalidez y discapacidad. Ellos estaban sanos, o creían estarlo, y poco les importaba el sufrimiento de los otros. No nos pase a nosotros lo mismo.
Podemos ir ciegos por la vida, tan miopes que parece que no vemos sino lo que a nosotros nos pasa y no terminamos de sensibilizarnos con el sufrimiento de tantos a nuestro lado. Nos parece que todo marcha bien; hay algunos problemas puntuales a los que podemos quizá prestar un poco más de atención, pero silenciosamente hay un camino de angustias y de sufrimiento que no siempre descubrimos. Son las necesidades materiales que podríamos apreciar en tantas carencias que viven muchos, pero si somos capaces de tener una mirada más honda podríamos descubrir tantas oscuridades, tantos interrogantes, tan inquietudes e incertidumbres de futuro que pueden angustiar a tantos hermanos aunque no nos digan nada, pero que se nota que les falta una felicidad honda en sus corazones.
Problemas en las relaciones humanas, problemas en las familias, problemas de convivencia en la vida diaria con aquellos que están más cercanos a nosotros, muchas cosas podríamos descubrir donde veremos que no hay paz, que no hay seguridad interior, que falta un buen espíritu que nos haga superar las pruebas, que hay demasiada superficialidad. No podemos ser insensibles, tenemos que saber sintonizar con esos corazones rotos, tenemos que saber decir una palabra de ánimo o una presencia aunque fuera silenciosa pero que da fortaleza para caminar.
Son las parálisis que Jesús quiere arrancar de nuestro mundo, pero primero que nada quiere arrancar de nuestros corazones para que nunca más nos parapetemos detrás de nuestro yo y aprendamos a un decir nosotros porque así sepamos caminar al lado de esos hermanos. Que nunca unas posturas de falsa religiosidad – también en este aspecto nos llenamos de muchas normas y costumbres que tendríamos que preguntarnos si están en verdadera consonancia con el evangelio – que nada de esas cosas nos impidan acercarnos al hermano para ofrecerle la verdadera liberación. Pongámonos en camino sin miedos ni complejos sino con la confianza y seguridad de que con nosotros va el Señor.


viernes, 17 de julio de 2020

Jesús habla de la misericordia, porque cuando hay amor verdadero en el corazón nunca juzgaremos a los demás, ni nos volvemos intransigentes y destructores


Jesús habla de la misericordia, porque cuando hay amor verdadero en el corazón nunca juzgaremos a los demás, ni nos volvemos intransigentes y destructores

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is 38, 10. 11; Mateo 12, 1-8
Qué fáciles somos para enjuiciar a los demás. Y no se trata ya solamente de que en nuestra sociedad nos estamos acostumbrando demasiado a tener que acudir a los tribunales ante cualquier conflicto que surge y que en lugar de tratar de resolverlo desde un diálogo sereno y pacífico enseguida acudamos a los tribunales para que se resuelvan las cosas.
Hay una falta de confianza mutua que nos hace casi imposible el dialogar para llegar a puntos de encuentro donde veamos lo que en común tenemos para desde ahí construir. Y es que estamos siempre mirando a los demás desde la perspectiva de la sospecha, lo que manifiesta la desconfianza, lo que nos incapacita muchas veces para construir en común sacando lo mejor de cada uno para llegar a lo mejor para nuestra sociedad. Cuando hay esa desconfianza estaremos viendo segundas intenciones donde no las hay, aflorarán muchos intereses demasiado partidistas, y estaremos mirando poco menos que con lupa todo lo que hacen o dicen los demás para encontrar siempre algo por donde nos podamos regodear en nuestros juicios y condenas.
Se nos hace difícil, cuesta encontrar caminos, porque quizá realmente no los buscamos y eso nos hace ir muchas veces como a la deriva sin rumbo o sin saber realmente hacia donde estamos llevando nuestra sociedad. Y esto es manifestación del cierto absolutismo con que vivimos la vida, creyéndonos que somos los únicos que tenemos la razón o tenemos la verdad. Todo lo que hagan los demás nos parecerá incorrecto, diremos que no vale para nada, y en consecuencia lo que hacemos es destruirnos, porque siempre destruiremos lo que hace el adversario porque ya de antemano decimos que lo ha hecho mal.
Y esto lo estamos viendo todos los días en nuestras mutuas relaciones, lo vemos plasmada muy cruelmente muchas veces incluso en los dirigentes de nuestra sociedad que actúan desde un partidismo miope y ante cualquier cambio de dirigentes parece que tenemos que comenzar siempre de cero porque todo lo que han hecho los otros está mal.
Decíamos al principio que somos fáciles para enjuiciar a los demás; nos damos cuenta con qué facilidad juzgamos y condenamos, con qué facilidad como decíamos antes estamos viendo segundas intenciones en lo que los otros hacen, cómo condenamos tan ligeramente lo que vemos en los otros sin saber realmente en profundidad lo que hacen y en tantas ocasiones parece que nos falta humanidad para comprender a la persona; por eso juzgamos, condenamos.
Ha partido esta reflexión que me ha llevado a aspectos de la vida de cada día, tanto a nivel personal como también en lo que se palpa y se vive en la sociedad, desde aquellas ridículas radicalidades que vivían los fariseos para el cumplimiento de la ley del Señor que luego lo llenaban de normas y de preceptos que hacían poco menos que imposible una vida normal. Fijémonos que en el pasaje de hoy parten del hecho de que los discípulos de Jesús al pasar por un sembrado un sábado cogen unas espigas que estrujan en sus manos para comer sus granos. Aquello era ya como el trabajo de la siega y de la trilla, y como el sábado no estaba permitido trabajar, de ahí ese juicio condenatorio que están haciendo.
¿Es esa de verdad la ley del Señor? ¿Eso es lo que el Señor quiere? ¿Podemos vivir atados a esos preceptos que poco menos que se convierten en inhumanos? Es lo que Jesús quiere hacerles comprender. Porque esas radicalidades expresadas en esas llamémoselas menudencias, luego se convertían en muchas actitudes inhumanas en las relaciones entre unos y otros. Por eso Jesús habla de la misericordia, porque cuando hay amor verdadero en el corazón nunca juzgaremos a los demás.
Cuando no hay verdadera humanidad en nuestras relaciones mutuas aparecen, como antes veníamos reflexionando, todas esas desconfianzas, todos esos absolutismos destructores, todas esas intransigencias con los demás, toda esa destrucción que arruina nuestra vida y la buena convivencia de nuestra sociedad.

jueves, 16 de julio de 2020

Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz y Jesús nos habla de su mansedumbre y de la humildad de su corazón


Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz y Jesús nos habla de su mansedumbre y de la humildad de su corazón

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Sal 101; Mateo 11, 28-30
A la hora de preparar la reflexión que os ofrezco en la semilla de cada día busco siempre algún comentario que me pudiera ayudar a mí personalmente pero también para preparar mejor lo que os ofrezco. En esta ocasión me encontré un comentario a este texto que hoy nos ofrece el Evangelio muy sencillo pero creo que muy enriquecedor y profundo.
Así nos decía: ‘El evangelio que leemos  hoy es una auténtica delicia, un vaso de agua fresca para las personas cansadas, doloridas, que sufren en la vida las situaciones más complicadas y difíciles’. Un vaso de agua fresca. Cómo lo agradece el caminante que bajo el peso del calor y del bochorno va haciendo camino, o el trabajador que al sol parece deshidratarse en los sudores de un calor agobiante, el que cansado en su trabajo o en su camino tiene la garganta reseca, o el enfermo que en su fiebre necesita que le humedezcan sus labios con esas gotitas de agua que le alivien, calmen su sed, hidrate su cuerpo para sentir nuevo vigor en su tarea o su camino.
Pero sabemos bien que esto que físicamente es una realidad, también es una imagen de cuanto nos sucede en los caminos de la vida cuando nos sentimos agobiados por los problemas o los sufrimientos o cuando nos parece que nos vemos envueltos en nubarrones negros que parece que no nos dan salida. Qué alivio cuando escuchamos una palabra de ánimo, cuando sentimos esa mano que se posa sobre nuestro hombro, o nos bebemos esa mirada con una sonrisa de ánimo que parece que nos trasmite una nueva luz.
No siempre quizás en la vida podemos escuchar esa palabra o sentir esa mirada, porque quizás en nuestro sufrimiento nos encerramos en nosotros mismos, o porque a nuestro lado contemplamos a tantos que van con iguales o peores tormentos en su espíritu pero en cierto modo nos desentendemos de ellos. Es cierto que de alguna manera queremos ocultar o disimular tras una ruidosa carcajada el sufrimiento que llevamos en nuestro interior, porque nuestras penas decimos que son nuestras y no se las vamos a cargar a los demás o porque en una actitud insolidaria también vamos tratando de rehuir el conocimiento de las penas que hacen sufrir a los demás. Quizás hasta nos vestimos de fiesta o queremos mostrar rostros de alegría para disimularlo, pero es cierto que si tenemos una cierta sensibilidad nos daremos cuenta del sufrimiento o la angustia que envuelve a tantos en nuestro entorno.
Jesús nos ofrece ese vaso de agua fresca, en la imagen con la que comenzamos nuestra reflexión. Si en la vida tantas veces no sabemos a quien acudir Jesús nos está diciendo que a El podemos acudir porque en El encontramos ese alivio y ese descanso que necesitamos. ‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, nos dice, y yo os aliviaré’. Necesitamos encontrar un corazón que nos dé alivio y nos llene de paz. Jesús nos habla de su mansedumbre, nos habla de la humildad de su corazón. No temamos. Es el corazón que nos acoge, nos escucha, nos hace sentir paz.
Cuánto lo necesitamos. El no nos recrimina sino que nos escucha y nos pregunta solamente por nuestro amor. Como hizo con Pedro, como hacia con los pecadores que a El acudían, como se auto invitó a la casa de Zaqueo, como llamó a Leví el publicano para que formara parte de su grupo, como acogió a la mujer pecadora que aunque sabía que había pecado mucho sabía también que había mucho amor en su corazón. Así podríamos seguir recorriendo las páginas del evangelio para sentirnos nosotros invitados también a ir hasta Jesús. ‘Venid a mi y encontraréis vuestro descanso’, nos dice hoy.
Pero también nos dice algo más. ‘Aprended de mi’. ¿Qué significa eso? Que aprendamos a ir a los demás, a no cerrar nuestros ojos ni nuestros oídos, a escucharlos, a estar a su lado, a tender la mano amiga, a ofrecer la sonrisa de nuestros ojos y nuestro semblante, a ofrecer también la mansedumbre de nuestro corazón. No olvidemos que somos unos enviados y hemos de ser signos de la presencia de Jesús en medio de nuestro mundo. Cuánto tenemos que hacer.

miércoles, 15 de julio de 2020

Abramos los ojos para dejarnos cautivar por tantos que desde su humildad y sencillez se abren a Dios y sigamos su ejemplo


Abramos los ojos para dejarnos cautivar por tantos que desde su humildad y sencillez se abren a Dios y sigamos su ejemplo

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27
La gente humilde y sencilla nos cautiva. Aunque quizás nosotros muchas veces andemos con nuestros sueños de grandeza y hasta de poderío. Podrían decirnos que son cosas contradictorias y que lo que tenemos es probablemente un conflicto interior, pero es que así andamos confundidos por la vida con nuestras aspiraciones y apetencias. Algunas veces nos sentimos confundidos por los que van por la vida con muchas apariencias, que se sienten poderosos y avasallan o manipulan a los demás, que de alguna manera quizás deseamos ser así ‘de listos’ como ellos. Son tentaciones que nos confunden.
Pero eso no es obstáculo para que cuando nos encontremos con una persona humilde y sencilla, una persona vemos claramente que no tiene malicia ni maldad en su corazón, que nos puede parecer ingenua en su manera de actuar porque nunca es capaz de pensar mal de nadie y en todo se confía, que incluso en su humildad trata de pasar desapercibida pero que sabemos bien que tiene sus valores, que sabe bien por donde camina aunque no esté haciendo alardes, que no tiene grandes apetencias ni pretensiones en la vida, sino que calladamente su preocupación es hacer las cosas bien, se preocupa de los demás sin ningún aspaviento, nos sintamos cautivados por personas así. No siempre las sabemos descubrir porque no hacen ruido pero cuando las encontramos podríamos decir que nos estamos encontrando un tesoro.
Personas sencillas y humildes que no hacen mucho ruido como decíamos, pero sin embargo nos damos cuenta de la riqueza de su vida que no son bienes materiales sino una sabiduría de la vida que les hace vivir con sentido todo lo que hacen. Personas reflexivas en su silencio que parece que nada saben, pero quizá una palabra suya en un momento determinado nos da más luz que los que hacen alarde de grandes sabidurías.
Son personas de interioridad que aunque nos parezca que van con la cabeza gacha todo el día, su mirada se eleva sobre las cosas materiales para ir más allá en búsqueda de lo que en verdad trasciende sus vidas. Son personas en su sencillez abiertas a Dios y que nos dan testimonio de una fe sencilla pero muy profunda y bien arraigada en el Señor. Son personas que saber contemplar y admirar las maravillas que hace el Señor y que son capaces de ver donde quizá nosotros no habíamos reparado. Seguro que alguna vez habremos tenido la suerte de encontrarnos personas así y nos sentimos felices por dejarnos cautivar por su humildad y sencillez. Confieso que en los ojos de mi mente estoy contemplando personas así que me he encontrado a lo largo de la vida.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Da gracias al Padre porque ha revelado las maravillas de Dios no a los sabios y entendidos sino a los humildes y a los sencillos. ‘Así te ha parecido mejor’, dice en su oracion al Padre. Son aquellas personas humildes y sencillas que le seguían, que era capaces de admirarse de las maravillas de Dios que muchas veces solo ellos eran capaces de descubrir.
 ‘Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’, termina diciéndonos Jesús. ¿Y quienes son precisamente los que se beben las palabras de Jesús para llegar a conocer a Dios? Fijémonos en el evangelio los que siguen de cerca de Jesús, los pobres, la gente sencilla, los enfermos y los que nada tienen, los que son discriminados de todo el mundo y los pecadores. Pero son los que con espíritu humilde se acercan a Jesús, escuchan a Jesús, se enriquecen con los misterios de Dios que Jesús nos quiere revelar.
¿Estaremos nosotros aprendiendo a acercarnos a Dios con ese espíritu humilde y sencillo para llevar nuestra vida a plenitud y encontrar toda la trascendencia de eternidad en la Palabra de Jesús? Abramos los ojos para dejarnos cautivar por tantos que desde su humildad y sencillez se abren a Dios y sigamos su ejemplo.

Abramos los ojos para dejarnos cautivar por tantos que desde su humildad y sencillez se abren a Dios y sigamos su ejemplo


Abramos los ojos para dejarnos cautivar por tantos que desde su humildad y sencillez se abren a Dios y sigamos su ejemplo

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27
La gente humilde y sencilla nos cautiva. Aunque quizás nosotros muchas veces andemos con nuestros sueños de grandeza y hasta de poderío. Podrían decirnos que son cosas contradictorias y que lo que tenemos es probablemente un conflicto interior, pero es que así andamos confundidos por la vida con nuestras aspiraciones y apetencias. Algunas veces nos sentimos confundidos por los que van por la vida con muchas apariencias, que se sienten poderosos y avasallan o manipulan a los demás, que de alguna manera quizás deseamos ser así ‘de listos’ como ellos. Son tentaciones que nos confunden.
Pero eso no es obstáculo para que cuando nos encontremos con una persona humilde y sencilla, una persona vemos claramente que no tiene malicia ni maldad en su corazón, que nos puede parecer ingenua en su manera de actuar porque nunca es capaz de pensar mal de nadie y en todo se confía, que incluso en su humildad trata de pasar desapercibida pero que sabemos bien que tiene sus valores, que sabe bien por donde camina aunque no esté haciendo alardes, que no tiene grandes apetencias ni pretensiones en la vida, sino que calladamente su preocupación es hacer las cosas bien, se preocupa de los demás sin ningún aspaviento, nos sintamos cautivados por personas así. No siempre las sabemos descubrir porque no hacen ruido pero cuando las encontramos podríamos decir que nos estamos encontrando un tesoro.
Personas sencillas y humildes que no hacen mucho ruido como decíamos, pero sin embargo nos damos cuenta de la riqueza de su vida que no son bienes materiales sino una sabiduría de la vida que les hace vivir con sentido todo lo que hacen. Personas reflexivas en su silencio que parece que nada saben, pero quizá una palabra suya en un momento determinado nos da más luz que los que hacen alarde de grandes sabidurías.
Son personas de interioridad que aunque nos parezca que van con la cabeza gacha todo el día, su mirada se eleva sobre las cosas materiales para ir más allá en búsqueda de lo que en verdad trasciende sus vidas. Son personas en su sencillez abiertas a Dios y que nos dan testimonio de una fe sencilla pero muy profunda y bien arraigada en el Señor. Son personas que saber contemplar y admirar las maravillas que hace el Señor y que son capaces de ver donde quizá nosotros no habíamos reparado. Seguro que alguna vez habremos tenido la suerte de encontrarnos personas así y nos sentimos felices por dejarnos cautivar por su humildad y sencillez. Confieso que en los ojos de mi mente estoy contemplando personas así que me he encontrado a lo largo de la vida.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Da gracias al Padre porque ha revelado las maravillas de Dios no a los sabios y entendidos sino a los humildes y a los sencillos. ‘Así te ha parecido mejor’, dice en su oracion al Padre. Son aquellas personas humildes y sencillas que le seguían, que era capaces de admirarse de las maravillas de Dios que muchas veces solo ellos eran capaces de descubrir.
 ‘Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’, termina diciéndonos Jesús. ¿Y quienes son precisamente los que se beben las palabras de Jesús para llegar a conocer a Dios? Fijémonos en el evangelio los que siguen de cerca de Jesús, los pobres, la gente sencilla, los enfermos y los que nada tienen, los que son discriminados de todo el mundo y los pecadores. Pero son los que con espíritu humilde se acercan a Jesús, escuchan a Jesús, se enriquecen con los misterios de Dios que Jesús nos quiere revelar.
¿Estaremos nosotros aprendiendo a acercarnos a Dios con ese espíritu humilde y sencillo para llevar nuestra vida a plenitud y encontrar toda la trascendencia de eternidad en la Palabra de Jesús? Abramos los ojos para dejarnos cautivar por tantos que desde su humildad y sencillez se abren a Dios y sigamos su ejemplo.

martes, 14 de julio de 2020

El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar


El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar

Isaías 7, 1-9; Sal 47; Mateo 11, 20-24
¿Qué hacemos cuando hemos estado preocupándonos por alguien de quien no veíamos clara su situación y tratábamos de ayudarle ya fuera con un buen consejo para que recapacitara de cuál era la situación en la que estaba viviendo y que le estaba llevando a la ruina de su vida o quizás pusimos recursos de nuestra parte hasta de orden material para que fuera capaz de emprender algo distinto pero esa persona no quería escucharnos, rechazó cuantos ofrecimientos le hicimos y siguió en su empeño, por decirlo de alguna manera, de despeñarse por esa corriente?
Sentimos quizá hasta ira dentro de nosotros, la tentación de abandonarla a su suerte desentendiéndonos y tratando quizá de olvidar. Nos sentimos impotentes, sentimos rabia en nuestro interior por no poder hacer nada, y quizá abandonamos nuestra lucha  dejándola a su suerte que se la había buscado. Tendríamos que tener una sensibilidad especial y una fuerza de voluntad grande por querer hacer el bien, para seguir intentándolo por todos los medios.
¿Qué sentía Jesús cuando había gente que lo ignoraba, se encontraba con aquellos que siempre le estaban buscando las cosquillas, o cuando no había una respuesta sincera y auténtica ante todo lo que le ofrecía?
Claro que podemos pensar también quienes hemos vivido o vivimos algunos compromisos dentro de la Iglesia y hemos querido trabajar por los demás en distintas tareas o servicios que se pueden ofrecer desde la comunidad eclesial cómo nos sentimos o cómo reaccionamos ante la indiferencia que encontramos en nuestro entorno; o lo que sentimos por la en cierto modo manipulación que se quiere hacer de nuestro trabajo porque ofrecemos un mensaje, tratamos de hacer un anuncio del evangelio, pero luego vemos que convierten nuestras celebraciones cristianas poco menos que en un circo de vanidades sociales. Pensamos en lo que se han convertido las primeras comuniones y también la celebración de las bodas en la Iglesia, por señalar algunas cosas. Todo aquello que tratábamos de transmitir en nuestras catequesis ¿en qué se ha quedado?
También podemos sentir frustración y cansancio, sentir que no merece la pena porque no encontramos la respuesta deseada, o dejarnos arrastrar por esas vanidades de la vida y vivir todas esas situaciones de una forma conformista. Aunque quizá algunas veces nos puede sobrevenir la ira como cuando los apóstoles pidieron a Jesús que hiciera bajar fuego del cielo porque en una población no los habían querido recibir porque iban a Jerusalén.
En el evangelio que hoy se nos ha propuesto en la liturgia podemos decir que estamos contemplando el dolor del corazón de Cristo ante la respuesta negativa que en algunos lugares están dando a su predicación. Habla en concreto de aquellas ciudades o poblaciones del entorno del lago de Tiberíades, como Corozaín, Betsaida o la misma Cafarnaún donde de alguna manera Jesús se había establecido como centro de operaciones. Se lamenta Jesús por aquellas ciudades como un día le veremos llorar sobre la ciudad de Jerusalén porque no le ha escuchado.
Mucho había realizado Jesús en aquellos pueblos y aldeas con su predicación, con sus milagros, con su presencia pero no habían terminado de entrar en el camino de la conversión. Y compara con Sodoma o aquellas ciudades malditas en el entorno del mar Muerto, o con las ciudades paganas de Tiro y Sidón en la cercana Fenicia. Si allí se hubieron hecho los signos que en estas ciudades habrían dado respuesta. Por eso, como les dice, para esas ciudades el juicio será más llevadero que el que merezcan estas ciudades del entorno de Tiberíades. Pero Jesús allí estaba y allí seguía porque el anuncio de la Buena Nueva no podía dejar de realizarse.
Claro que en nuestra reflexión miramos nuestra vida y tratamos de ser conscientes de cuánto hemos recibido del Señor. No se trata de juzgar o condenar a los demás sino de mirarnos a nosotros mismos; cuánto ha derrochado de su amor Dios sobre nosotros a lo largo de nuestra vida.
Pensemos en cuánta predicación escuchada, cuántos sacramentos recibidos, cuántos momentos de gracia hemos vivido, cuánto hemos participado de la celebración de la Eucaristía, y aun así seguimos siendo inconstantes, muchas veces mantenemos una frialdad o una tibieza en nuestro espíritu que no se corresponde al calor del amor de Dios que hemos recibido. ¿No tendríamos de alguna manera que despertar ya de una vez por todas? De una cosa estamos seguros, el Señor no nos abandona y nos sigue regando con su gracia, sigue llamando a la puerta de nuestro corazón.

lunes, 13 de julio de 2020

Dejemos de edulcorar de una vez por todas las palabras del Evangelio y no temamos que la fidelidad y radicalidad con que queremos vivirlo nos complique la vida


Dejemos de edulcorar de una vez por todas las palabras del Evangelio y no temamos que la fidelidad y radicalidad con que queremos vivirlo nos complique la vida

Isaías 1, 10-17; Sal 49; Mateo 10, 34 – 11, 1
Ese hombre, esa persona parece que nunca puede estar en paz y tranquilo. Nos los encontramos en la vida social, gente inquieta que siempre está buscando qué hacer; gente que no soporta lo que considera injusto y que ante situaciones problemáticas no sabe quedarse quieto, no se puede quedar cruzado de brazos y allá andará removiendo cielo y tierra para buscar soluciones, para manifestarse en eso que considera injusto, para revelarse quizá frente a la hipocresía y a la falsedad de tantos o cuando se encuentran gente manipuladora quizá en responsabilidades de la vida social que solo buscan sus intereses o aumentar sus ganancias a costa de lo que sea. Pero estas personas no pueden quedarse con los brazos cruzados.
¿No nos suena esto con lo que le hemos escuchado decir hoy a Jesús en el evangelio? Ya sé que estas palabras de Jesús nos desconciertan y nos hacemos mil interpretaciones dulzainas porque nos parece que Jesús no quiere decir lo que realmente ha dicho. Y es que nos hemos hecho un cristianismo muy acomodaticio, donde queremos ir suavizando todo y tenemos que decir que tenemos miedo a los compromisos y aquellas situaciones en que nos veríamos con la vida complicada. Eso que nos dice Jesús de perder la vida para ganarla, le damos mil vueltas y hacemos nuestras interpretaciones muy suaves que muchas veces pueden estar muy lejos de lo que realmente Jesús nos quiso decir en el evangelio.
Y es que cuando nos tomamos en serio la vida, somos conscientes de tantas cosas que pasan a nuestro lado, tenemos que soportar situaciones injustas o vemos a tanta gente que sufre injustamente precisamente por nuestra cobardía, parece que no nos queda otra solución que la guerra. Así han surgido revoluciones y violencias, también hemos de reconocer, pero que no es el camino de la violencia por donde quiere Jesús que nosotros caminemos. Pero sí nos está diciendo Jesús no podemos tener paz, que no tendremos paz.
Y es que cuando nos comprometemos así en esa lucha por la verdad y por la justicia, por hacer un mundo mejor, y esto lo hacemos también desde el compromiso de nuestra fe y como exigencia del evangelio, es cierto que nos vamos a encontrar en nuestro entorno mucha gente que no va a estar de acuerdo, que prefieren seguir con su vida acomodaticia, que nos dirán que no es para tanto, que incluso tratarán con su influencia, por ejemplo, familiar de apartarnos de esos caminos y es ahí en este entorno cercano a nosotros donde vamos a encontrar los primeros enemigos. De eso es de lo que nos está hablando Jesús, de eso que nos puede parecer duro y cruel pero que sabemos bien que sucede así.
Por eso creo que tenemos que darnos cuenta de que no tenemos que endulzar las palabras de Jesús sino aceptar esa realidad y ser capaces de darnos y gastar nuestra vida por esa lucha por el bien y por hacer el mundo mejor, que no vamos a perder la vida, sino que vamos realmente a ganarla. Quizá nos encontremos en el mundo gente comprometida con su causa hasta perder la vida, y sin embargo los cristianos seamos tan timoratos y no vivamos con la misma radicalidad el seguimiento de Jesús y el Evangelio. Es triste que seamos tan poco comprometidos.
Ya sé que todo esto cuesta, se nos puede convertir en doloroso, algunas veces será una tentación para echarnos para detrás, pero hemos de saber sentir la fortaleza del Espíritu del Señor que es el que nos guía y nos fortalece, pero nuestra fidelidad a Jesús y al evangelio tiene que estar por encima de todo. Que en verdad el espíritu del Señor sea nuestra fortaleza.

domingo, 12 de julio de 2020

Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio



Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
Como hijo de trabajadores del campo de niño ya comenzaba a sentir como admiración ante ese misterio de vida que palpamos de alguna manera en las plantas sobre todo cuando observamos el ritmo que tiene su germinación y su crecimiento. Admiración también ante el agricultor que siembra su semilla y sabe que hay un proceso misterioso de germinación que tiene sus ritmos y sus tiempos; aunque ahora técnicamente podemos yo diría que de una forma química adelantar esos ritmos, sin embargo el agricultor pacientemente espera esos primeros brotes que Irán surgiendo de la tierra allí donde sembró la buena semilla. Pero tiene la certeza de que de esa semilla brotará una nueva planta que un día nos ofrecerá también su fruto.
Cuánto necesitamos también en nuestras tareas de esa paciencia del agricultor. Una paciencia llena de esperanza. Espera el fruto que llegará a su tiempo, no podemos adelantar los ritmos de la naturaleza. Y así en la vida humana, así en nuestras tareas, así en los proyectos que emprendemos, así en toda esa lucha que es la vida; es el proceso de las personas y es el proceso de los pueblos.
No le pedimos al niño el fruto maduro que nos tiene que dar un adulto, no podemos pedir a todas las personas la misma capacidad de respuesta; cuidamos la planta, cuidamos la vida, cuidamos el crecimiento de la persona, hemos de cuidar también el proceso del desarrollo de los pueblos, sabiendo que nos vamos a encontrar tierra endurecida, abrojos y zarzales, o cizaña que alguien se encarga de sembrar junto a la buena semilla.
Hoy comenzamos en el evangelio a escuchar una serie de parábolas que Jesús nos propone para que comprendamos lo que es en verdad el Reino de Dios y que el evangelista Mateo congrega en parte en este capítulo trece de su evangelio. Hoy comenzamos con la parábola que llamamos del sembrador por la imagen que se nos presenta del que salió a sembrar la semilla por todas partes, pero que en fin de cuentas quiere que nos fijemos más bien en la semilla que se siembra.
Ahí está precisamente el centro del mensaje, de lo que quiere hablarnos Jesús, la semilla. Es cierto que en los diferentes terrenos donde cae la semilla nos vemos reflejados nosotros en esa diferente actitud y escucha que podamos tener y hacer ante la Palabra de Dios recibida, pero de lo importante que nos quiere hablar Jesús es de la semilla. Esa semilla con su virtualidad propia, capaz de germinar y dar fruto, porque incluso en aquellos lugares difíciles intentará germinar y brotar, porque tiene vida en si misma.
Yo pienso que Jesús aquí nos está enseñando cómo siempre hemos de estar dispuestos a la siembra de la semilla, con la paciencia del agricultor, como decíamos antes, que aguarda pacientemente que un día habrá de germinar y un día puede llegar a dar fruto; consciente además que quizá no siempre será lo mismo de abundante, como nos sucede a nosotros en nuestra vida que no todos tenemos que dar la misma cantidad, el mismo fruto. Ya nos dice en la parábola que incluso en aquella tierra buena y bien labrada unos dieron el ciento, pero otros el sesenta o el treinta por uno, pero dieron fruto; y eso es lo importante.
La parábola, es cierto, quiere que nos centremos esa riqueza maravillosa de la semilla, de la Palabra de Dios que se siembra y que nosotros hemos de acoger. Pero es lección para los diferentes aspectos o apartados de nuestra vida.  Si podemos pensar en la tarea educadora de los padres con sus hijos que nunca se han de cansar de sembrar la buena semilla en sus vidas con la esperanza de que un día aparecerá ese fruto, también en cuanto realizamos en medio de la sociedad por la que nos preocupamos y nos afanamos en hacer que cada día nuestro mundo sea mejor lo hacemos siempre con la esperanza de que esas buenas semillas que nosotros vayamos sembrando harán florecer un día ese mundo haciéndolo mejor.
No nos cansemos de ser sembradores de esperanza y de ilusión, sembradores de bondad y de buenos sentimientos para con los demás, sembradores de sonrisas que hagan cada día más agradable la convivencia entre todos en nuestro mundo, sembradores de amor, de paz, de justicia porque sabemos que podemos hacer un mundo mejor.
Y claro no podemos olvidar toda la tarea que hacemos desde el compromiso de nuestra fe en el anuncio del evangelio en medio de nuestro mundo. Una tarea inmensa e impresionante la que nos espera, sabiendo además que el terreno no siempre está bien dispuesto; ya nos lo describe Jesús en la parábola al hablarnos de esos distintos terrenos donde cayó la semilla. Pero el sembrador seguía sembrando la semilla, y es que nosotros sabemos que contamos con la gracia y la fuerza del Espíritu del Señor que es quien cambia y transforma los corazones. Contamos con esa fuerza de gracia, como hemos de saber contar con la paciencia, como decíamos, del agricultor para saber esperar el tiempo y el momento en que esa semilla germine y esa nueva planta llegue a dar fruto.
No nos podemos sentir cansados los cristianos en esa tarea; no la podemos abandonar porque no veamos el fruto que esperamos; todo es gracia y todo depende también de la respuesta del corazón del hombre, pero ese corazón también lo puede mover la gracia del Señor. Los que desde el compromiso de nuestra fe nos sentimos llamados a evangelizar hemos de seguir haciendo esa tarea, cumpliendo esa misión. Tenemos la esperanza que nos da la certeza del Señor de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo.
Yo quiero también ser sembrador, utilizando los medios que las redes sociales nos ofrecen hoy, seguir sembrando la semilla de cada día, como lo intento hacer a través de este medio.

sábado, 11 de julio de 2020

Cuando lo damos todo por Jesús y el Evangelio nunca nos sentiremos ninguneados porque ante nosotros se abren horizontes de plenitud y eternidad


Cuando lo damos todo por Jesús y el Evangelio nunca nos sentiremos ninguneados porque ante nosotros se abren horizontes de plenitud y eternidad

Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29
Después de todo lo que has hecho, de todo lo que te has sacrificado, mira cómo te pagan. Ha sido quizás la reacción que nos ha surgido de forma espontánea, o hemos escuchado a alguien de nuestro entorno, cuando te has visto incomprendido, cuando nos parece que ha sabido valorar lo que hemos hecho por los demás, cuando quizás nos ningunean dándole los méritos a otros que nosotros consideramos que no han hecho nada. 
Cuando nos ponemos serios y solemnes valorando lo que hacemos, - y con carita de niños buenos - decimos que somos altruistas, que no buscamos méritos ni recompensas, que lo que priva en nuestro corazón es la generosidad y así queremos quedar bien, y hasta de manera oculta en nuestra intención lo que queremos es que alaben nuestra generosidad y nuestra humildad.
Y digo esto, porque, es cierto, nos gusta que nos reconozcan lo que hacemos, nos halaga que hablen bien de nosotros, nos sentimos orgullosos aunque tratemos de disimularlo con humildades quizá de apariencias por aquello que hacemos.
Diríamos que son sentimientos muy humanos, que quizá tendríamos que tenerlo más en cuenta en nuestro trato con los demás y en la valoración de las personas que tenemos alrededor. Tendríamos que saber ser humildes para no ir haciendo alarde de lo que hacemos, pero al tiempo tendríamos que aprender a valorar más a los demás, que todo eso se puede convertir en reciproco y todos nos sentiremos muy felices.
¿Y a nosotros que nos toca? Algo así le está planteando Pedro a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio. Hemos venido escuchando el envío que Jesús hace de sus discípulos, la generosidad y disponibilidad que Jesús les pide, la misión que tienen de darse por los demás para crear ese mundo de paz y de amor, conforme a los valores del Reino de Dios; hemos escuchado la generosidad de aquellos pescadores de Galilea que un día lo dejaron todo por seguir a Jesús aparcando las barcas y las redes en la orilla del lago. Y así todo aquel grupo de discípulos que le siguen, a los que Jesús va llamando. Y todo esto ¿para qué? Parecen preguntarse. ‘Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’, pregunta Pedro.
Seguimos a Jesús por el gozo de estar con El; seguimos a Jesús porque en El encontramos esa verdad de nuestra vida; seguimos a Jesús porque haciendo como El, llenando nuestra vida de amor y generosidad nos sentimos en caminos de plenitud; seguimos a Jesús porque El nos hace trascender nuestras vidas encontrando aquello que de verdad nos llena, aquello que nos puede hacer sentirnos grandes, porque nos abre horizontes de eternidad. Jesús lo expresa diciendo que de todo aquello de lo que se han despojado se van a encontrar el ciento por uno, Jesús les habla de herencia de vida eterna. No hay nada que nos llene más que el vaciarnos de nosotros mismos porque con amor nos hemos dado por los demás.
Nos cuesta entenderlo muchas veces, porque vivimos en un mundo donde parece que tienen que estar sonando siempre las monedas de las ganancias en la bolsa. Nos sentimos tentados muchas veces porque nos parece que los que andan en esas ganancias del mundo son los más ricos y felices, pero tendríamos que ver qué es lo que nos llena de verdad por dentro. Muchas veces nos encontramos alegrías y felicidades efímeras en tantos a los que pronto vemos en la soledad de sus vacíos, mientras cuando sentimos en nuestro interior la satisfacción de lo bueno que hemos hecho por los demás entonces nos damos cuanta de cuál es la verdadera felicidad a la que hemos de aspirar.
Aunque sintamos todas esas tentaciones nunca sabremos lo que es la soledad y el vacío del corazón cuando lo hemos llenado de amor. Con nosotros está siempre la fuerza del Espíritu que nos eleva, que nos hace mirar hacia lo alto, que abre ante nosotros siempre horizontes de eternidad.

viernes, 10 de julio de 2020

Hemos de ser conscientes de que hemos de dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza con el testimonio de una vida que se siente fortalecida por el Espíritu del Señor


Hemos de ser conscientes de que hemos de dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza con el testimonio de una vida que se siente fortalecida por el Espíritu del Señor

Oseas 14, 2-10; Sal 50; Mateo 10, 16-23
Aunque al asumir responsabilidades todos sentimos cierta inquietud en nuestro interior sobre si seremos capaces de afrontar el encargo que se nos hace, la misión que se nos confía, si nos agrada el que con sinceridad nos hablen de las dificultades que vamos a encontrar y cuando son asuntos que entrañan cierto riesgo nos hablen claramente de todo lo que nos puede sobrevenir.
No queremos afrontar una responsabilidad o una misión a ciegas y por otra parte es de nobleza de corazón por parte de quien nos hace el encargo que sea sincero que nosotros hablándonos con claridad. No es solo lo que nosotros podamos intuir sino que quien tiene la experiencia ha de compartirla con nosotros con toda sinceridad. Y entra en su responsabilidad también el ayudarnos a prepararnos para asumirla con toda competencia.
Esto que decimos puede valernos por supuesto en nuestras tareas de la vida de cada día y de las responsabilidades que hemos de asumir pero nos ayuda a entender las palabras que Jesús les dirige a los apóstoles tras la misión que les ha confiado; no les oculta Jesús las dificultades que se pueden convertir en persecuciones incluso cruentas que van a sufrir los que siguen el camino de Jesús.
Son fuertes, incluso, las palabras de Jesús cuando nos habla de ovejas en medio de lobos, y también de denuncias y de tribunales a parte de todo lo va a significar ser como un signo de contradicción en medio del mundo que nos rodea. De Jesús ya había anunciado el anciano Simeón cuando la presentación en el templo de que iba a ser un signo de contradicción en medio de las gentes y a María no le oculta el anciano que una espada la traspasará el alma.
Ya quisiéramos que cuando llevamos un mensaje de paz, porque eso es en el fondo el anuncio de la Buena Nueva de Jesús, en consecuencia pudiéramos vivir en esa paz y todo fuera armonía siempre en nuestro entorno. Hoy en los tiempos convulsos en que vivimos algunas veces, sobre todo los mayores que vivimos otros tiempos parece que nos entra añoranza de esos tiempos en que todo parecía paz y armonía en torno a la Iglesia, ¿Fueron tiempos mejores de los que nos ahora nos ha tocado vivir? También tuvieron sus dificultades porque eso ha estado presente siempre en la vida de la Iglesia.
Pero también hemos de reconocer que vivimos tiempos en que parece que estábamos como adormilados y nos habíamos acomodado de tal manera a los tiempos que corrían que quizá hizo falta en esos momentos el coraje y el ánimo hasta en la misma Iglesia de hacer un anuncio más auténtico del evangelio y de preocuparnos más de evangelizar que no de seguir con unas rutinas como si todos fuéramos buenos, pero no hicimos que calara hasta lo más profundo el mensaje del evangelio.
Así nos encontramos con el abandono de tantos porque Vivian quizás un cristianismo demasiado superficial y cuando se vive en la superficialidad pronto nos cansamos y andamos buscando otras cosas; así nos encontramos hoy con una generaciones a las que les falta hasta una verdadera cultura religiosa y cristiana de manera que para muchos son como extrañas las cosas de la Iglesia.
¿Nos dormimos en los laureles quizá? ¿Nos hicimos una religión demasiado acomodaticia? ¿No nos preocupamos de una formación donde del espíritu cristiano para que pudiéramos llegar a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza como nos habla de ello san Pedro en sus cartas?
Decíamos antes que en la vida necesitamos estar preparados de verdad para afrontar las responsabilidades que tengamos que asumir. Es lo que tenemos que decir de nuestra vida cristiana donde quizá hemos descuidado muchas cosas fundamentales en nuestra fe y en nuestro seguimiento de Jesús para vivir el evangelio. Siendo conscientes además que vivimos en un mundo que no nos es siempre favorable, porque lo que en verdad tenemos que estar bien preparados para dar razón de nuestra fe, para que nuestro testimonio sea clara y convincente.
No nos asustamos ni nos llenamos de temor porque sabemos de quien nos fiamos, sabemos que el Espíritu está con nosotros para ser nuestra fuerza, para inspirarnos también lo que hemos de decir, el testimonio que tenemos que dar y ser nuestra fortaleza en los momentos de dificultad.

jueves, 9 de julio de 2020

Un talante de misericordia y una disponibilidad generosa del corazón serán necesarios para hacer un buen anuncio de la Buena Nueva del Reino


Un talante de misericordia y una disponibilidad generosa del corazón serán necesarios para hacer un buen anuncio de la Buena Nueva del Reino

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Sal 79;  Mateo 10, 7-15
El texto que hoy se nos ofrece en el evangelio es continuación del que ayer escuchábamos. Recordamos que Jesús había escogido de entre los discípulos a los doce que iba a constituir como Apóstoles y los envía a proclamar el Reino de Dios para lo que les hace una serie de recomendaciones. Es el maestro que traza el camino del discípulo para que cuando se les envíe con su misma misión puedan realizarla según el designio y voluntad de Dios. El discípulo sigue siempre los pasos de su maestro.
Por eso, podríamos decir que se necesita un talante muy especial. No se trata solamente de repetir palabras sino que el mensaje que transmitimos tiene que ser en verdad un anuncio de vida. De la misma manera que las gentes decían de Jesús que sí hablaba con autoridad y hacían su comparación con lo que habitualmente escuchaban de los maestros de la ley, así han de hacer ahora sus enviados. Es un anuncio de una buena nueva, de una buena noticia para todos; y como buena noticia que es, en verdad ha de ser anuncio de algo nuevo que se va a producir en el corazón de los hombres. Pero esto tiene que reflejarse en el que lleva el mensaje. Un buen testigo no es el que se reduce a repetir algo sabido sino que nos está ofreciendo un testimonio de algo verdaderamente vivido.
Jesús les envía a hacer el anuncio del Reino de Dios y les da autoridad para curar enfermos, resucitar muertos, expulsar demonios. Es bien significativo, porque el anuncio tiene que ir acompañado de unas verdaderas entrañas de misericordia. Somos conscientes de la realidad de ese mundo al que somos enviados y tenemos que ser capaces de descubrir donde está el sufrimiento del corazón del hombre; enfermedad, muerte, dolor, sufrimiento, mal es lo que tenemos que saber en verdad descubrir.
Pero descubrirlo no es simplemente saberlo y como quedarnos insensibles porque parece que a nosotros no nos toca, sino ponernos manos a la obra para ayudar a salir de ese sufrimiento, de ese mal que se ha metido en el corazón del hombre y que tanto daño nos está haciendo. Por eso como dice el evangelista les da autoridad para curar enfermos ayudando a paliar todo lo que sea dolor y sufrimiento, a llevar vida porque en verdad desterremos todos los signos de muerte de entre nosotros, y a luchar contra ese mal porque ayudemos en verdad a ir transformando el corazón del hombre para arrancar todo egoísmo y toda violencia, para llenarlo de amor e inundarlo con la paz.
Fijémonos que eso es lo que les dice Jesús que han de ir realizando, es su primera palabra; son mensajeros de paz, constructores de paz para en verdad hacer un mundo nuevo. Así se manifiesta el Reino de Dios. Por eso no nos pueden faltar esas entrañas de misericordia, no nos puede faltar esa disponibilidad generosa para estar siempre en esa actitud de servicio. No se siente apegado a nada sino que todo generosamente lo comparte y por todos se da. ¿Qué importan las túnicas o las sandalias, el dinero que llevemos en el bolso o donde nos vamos a quedar? como nos señala Jesús en el pasaje del evangelio de hoy. No nos podemos quedar encerrados porque no seríamos capaces de descubrir entonces el sufrimiento de nuestros hermanos los hombres a los que tenemos que ir a curar y a sanar.
¿Será ese nuestro talante? ¿Serán esas las entrañas de misericordia que nos harán conmovernos ante el sufrimiento de los demás? ¿Habrá todavía quien sea capaz de decir que ya no hay pobres o que si hay gente con pobreza es porque quiere? En más de una ocasión he escuchado reacciones así incluso en personas que por su condición tenían que estar más atentos a lo que sucedía en el entorno de su comunidad. ¿En qué mundo vivían y cual era la sensibilidad de sus corazones? No queremos juzgar ni condenar, porque todos tenemos nuestras arrancadas insolidarias muchas veces, pero duele en el alma que un discípulo de Jesús pueda tener unos planteamientos así. Y son cosas de las que nos podemos contagiar.
Cuánto necesitamos empapar nuestro corazón de misericordia y lleguemos a dar ese testimonio vivo de unos testigos del Reino de Dios. Una iglesia verdaderamente misionera no puede ignorar donde hay alguien con necesidad, una persona atenazada por el sufrimiento, o un anciano que viva en la soledad. No sería la Iglesia de Cristo.

miércoles, 8 de julio de 2020

Tenemos que dejarnos interpelar por el evangelio para descubrir a nuestro lado ‘esas ovejas descarriadas’ a las que tenemos que ir con el mensaje de Jesús

Tenemos que dejarnos interpelar por el evangelio para descubrir a nuestro lado ‘esas ovejas descarriadas’ a las que tenemos que ir con el mensaje de Jesús

 Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Sal 104; Mateo 10, 1-7
Hemos de reconocer una cosa, vivimos, queremos vivir una vida cómoda sin demasiadas complicaciones y está la reacción o la postura de muchos en que cada uno va a lo suyo y a mi que no me compliquen la vida, pero está también la reacción bastante peligrosa de los que nos creemos buenos y nos vamos contentando con hacer lo de siempre, acomodamos incluso lo que escuchamos a lo que es la rutina de nuestra vida y también es que no nos complicamos demasiado.
Hay sucesos de la vida, cosas que pasan en nuestro entorno o que quizá escuchemos en cualquier medio de comunicación, o será un gesto de alguien en nuestro entorno que en un momento determinado toma decisiones que nos pueden parecer drásticas, o será un mensaje que nos llega aparentemente inocente, pero que cuando nos detenemos a pensar resulta que nos revuelve y nos interroga por dentro. Cosas, hechos, gestos, palabras que son como un toque de atención, una llamada, un interrogante por dentro y nos sentimos impactados y parece que tenemos que buscar una salida que quizá nos puede plantear cambios en nuestra vida.
Hay momentos en que la Palabra del Señor que escuchamos nos impacta; es algo que quizá hemos escuchado muchas veces, pero ahora aquel gesto de Jesús, aquella palabra, aquel mensaje nos llama la atención. Puede surgir una lucha interior en que quizá queremos acallar aquello que nos sucede, pero se nos pueden presentar importantes interrogantes sobre la manera como escuchamos habitualmente el evangelio. Necesitamos sinceridad, apertura del corazón, humildad para dejarnos interrogar, disponibilidad para dar los pasos que se nos pueden estar pidiendo, aunque algunas veces todo eso nos cueste mucho.
En el relato del evangelio que hoy se nos ofrece se nos habla de la llamada de Jesús a los doce que iba a constituir apóstoles; el evangelista, por así decirlo, nos da el listado oficial, pero el evangelista también nos habla de las recomendaciones que Jesús hace en aquel momento en su envío a los apóstoles. Es curioso que en esta ocasión les dice que no vayan a tierra de paganos – eso será en otro momento en otro envío – ni que vayan a las ciudades de Samaria; los envía a las ciudades descarriadas de Israel. No los envía a territorios fáciles, a lugares por los que ya habría pasado Jesús y habrían escuchado el primer anuncio, no los envía a aquellos lugares de la gente buena, de los que ya se comportan como buenos israelitas. Los envía a las ciudades descarriadas de Israel.
Es para pensar. El evangelio me está obligando a hacer un parón para dejarnos interrogar por cosas. Es para pensar en nuestra situación, en lo que habitualmente hacemos los cristianos, a lo que es la tarea pastoral ordinaria de la Iglesia. ¿A dónde vamos? ¿Con quienes contamos? Con los que ya habitualmente vienen, con los que ya habitualmente están pidiéndonos unos servicios religiosos, por ejemplo, ya sea por motivos de bautismos, primeras comuniones, matrimonios o defunciones. Pero ¿ahí están todos?
Es cierto que vivimos en unos lugares que decimos cristianos, porque la mayoría de la gente bautiza, se casa o reza por sus difuntos. Pero bien sabemos que la realidad que nos rodea ya no es esa. Que para muchos quizá lo más que les queda es ir a un santuario por devoción a una imagen de la Virgen, del Señor o de algún santo, pero que de ahí no pasan, y ya  no son todos tampoco los que realizan esas prácticas religiosas.
Cuando camino por las calles, carreteras o caminos de mi entorno veo la cantidad de gente que vive a su aire en ese aspecto religioso o cristiano, cuando no alejados totalmente de la fe y de la práctica religiosa. Antes sonaban las campanas llamando a Misa y veíamos salir a la gente hacia la Iglesia, ahora quizá molesta que toquen las campanas porque los pueden despertar de sus sueños, o pueden ser un toque de atención que no quieren recibir. ¿Y la Iglesia llega a toda esa gente? ¿Y los cristianos que nos decimos más comprometidos con nuestra fe nos sentimos preocupados por hacer llegar el mensaje del evangelio a esas gentes?
Nos falta más espíritu misionero; sentir ese envío del Señor que nos envía, no a los de siempre, a los que ya están, sino a los que no vienen nunca, a los que han perdido el rumbo de la fe, a los que ya no les dice nada el evangelio. Quizá también la práctica pastoral de la Iglesia también tendría que cambiar mucho en la formas o en la atención que le prestamos a esos alejados. Decimos mucho, como palabras bonitas, una Iglesia en salida, una iglesia misionera, ponemos bonitos carteles en nuestros templos, pero no nos podemos quedar en eso, tenemos que ir de verdad al encuentro de ‘esas ovejas descarriadas de Israel’, como nos dice hoy Jesús en el evangelio.

El pensarlo ya quizá es un impacto o un interrogante a nuestra conciencia.

martes, 7 de julio de 2020

Diferentes perspectivas nos pueden llevar a un mundo airado y de enfrentamiento pero sepamos aunar nuestra visión para ver cuánto de bueno podemos hacer


Diferentes perspectivas nos pueden llevar a un mundo airado y de enfrentamiento pero sepamos aunar nuestra visión para ver cuánto de bueno podemos hacer

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38
Pudiera sucedernos que estuviéramos contemplando la misma cosa, el mismo hecho, pero no estuviéramos viendo lo mismo. La perspectiva desde donde lo miremos nos cambia el ángulo de visión y uno podrá estar viendo una lado que el otro no ve; esto que desde esa visión natural, desde esa perspectiva natural parece no tener mucha importancia sin embargo ante los acontecimientos de la vida, el actuar que los hombres vamos haciendo en la historia puede hacernos dar un cambio de visión mucho más radical.
Nuestras perspectivas pueden ser las ideologías, nuestra manera de pensar o de la forma que tenemos de ver las cosas, nuestros intereses particulares, los prejuicios que tengamos de antemano y de los que no nos liberamos tan fácilmente motivan esas diferentes maneras de ver la vida y hasta los enfrentamientos que podemos tener. No digamos nada cuando entran en juego nuestras opciones políticas, o cuando entran en juego nuestras expectativas económicas con todos los intereses asociados.
Hoy contemplamos en el evangelio como han llevado a un hombre poseído por un espíritu maligno que le impedía hablar. Jesús le libera de su mal y aquel hombre comienza a hablar; pero aquí vienen las distintas reacciones, mientras la gente sencilla que hay contemplado el hecho alaba y bendice al Señor por las maravillas que realiza Jesús, por su parte los fariseos llenos de malicia que no quieren admitir la obra de Dios en lo que Jesús realiza blasfeman diciendo que Jesús ha expulsado el espíritu maligno por obra del príncipe de los demonios. La gente sencilla que tiene el sentido de Dios sabe descubrir las maravillas del Señor, pero quienes tienen lleno su corazón de malicia y maldad todo lo verán desde la negrura de su espíritu.
Nos hace falta esa mirada limpia, necesitamos quitarnos esas lentes que nos ponemos en la vida y que nos distorsionan lo que vemos. Cuando nos pasa en nuestras relaciones con los demás, cómo nos cuesta aceptar lo bueno que hace el otro, siempre parece que tenemos que poner una objeción pero impulsados quizá por la malicia y la desconfianza que hay en el corazón. Son los enfrentamientos y las luchas que tenemos en la vida de cada día, es el que no querer respetar lo bueno de los otros, es el creemos tan engreídos que nosotros solos sabemos hacer las cosas y los demás no saben, es el espíritu desconfiado que nos lleva a la destrucción y a la ruptura, porque son las rupturas que nos creamos entre nosotros, los distanciamientos y la malicia que ponemos en nuestro corazón.
Y cuidado nos contagiemos de ese virus, porque vivimos en la sociedad en una continua tensión y las violencias se nos meten fácilmente en nuestras palabras y en nuestros gestos. Pareciera que tenemos que estar siempre airados y gritándonos unos a otros, no sabemos tener serenidad en nuestro espíritu para hacer las reclamaciones que quizá tenemos que hacer, porque es lógico que en la sociedad queramos las cosas mejor, pero seamos capaces de ver también los puntos de vista de los demás, busquemos el diálogo y el encuentro, pero desde la ira y la violencia difícilmente podremos llegar a ese necesario entendimiento que necesitamos en nuestra sociedad.
El evangelio de hoy nos daría para más consideraciones porque cuando Jesús ve aquella multitud que le busca y que le sigue, que se encuentran desorientados y como ovejas sin pastor nos está pidiendo que no nos podemos cruzar de brazos ni quedarnos solo en lamentaciones. Es nuestra tentación y la manera fácil que tenemos muchas veces de actuar, quedarnos en llantos y lamentaciones.
Nos enseña a rogar al dueño de la mies que envíe operarios a su mies, pero nos pide también que nos arremanguemos y nos pongamos manos a la obra, que seamos capaces de ir al encuentro de los demás con nuestro mensaje de paz y que busquemos ese entendimiento y esa armonía que tanto necesitamos para entre todos hacer que nuestro mundo sea mejor. Que vayamos encontrando esa perspectiva, como decíamos al principio, donde veamos lo bueno que podemos hacer, el respeto a la acción de los demás y la colaboración que a todos nos enriquece.