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sábado, 9 de junio de 2018

Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos



Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos


‘Y María conservaba todas estas cosas en su corazón’, así nos lo repite el evangelista en referencia a todo cuanto María contemplaba en torno al nacimiento de su Hijo.
Cuando uno se ve sorprendido por algo hermoso y agradable parece que se le abren los ojos en desmesura para querer captar como la más fiel cámara fotografía todo cuando sucede en su entorno, hasta el más mínimo detalle. Todo lo quiere grabar, todo lo quiere recordar, todo  lo quiere dejar bien guardado en su corazón pero será algo que jamás olvidará.
Así María, como nos cuenta el evangelio cuando los pastores llegaron hasta aquel establo donde se habían refugiado y había nacido el Niño, se vio gratamente sorprendida y escuchaba y guardaba en su corazón todo cuanto aquellos pastores decían. La sorpresa fue grande cuando llegaron aquellos que parecían personajes poderosos y sabios venidos de lejanas tierras que hablaban de una estrella que anunciaba el nacimiento del Rey de los judíos. ‘María guardaba y conservaba todos estas cosas en su corazón’.
Guardamos como el más preciado tesoro en nuestro corazón todas aquellas cosas buenas que nos suceden o que acaecen en nuestro entorno, los buenos recuerdos, las experiencias gozosas que nos han hecho felices, los encuentros con los seres que amamos o con aquellos que van dejando huellas en nosotros, los bienes que hemos recibido y bien sabemos que no merecemos, las amistades y amores más entrañables, las cosas más bellas de la vida cuando en verdad queremos caminar en positivo y hemos empapado y empapado hasta rebosar nuestro corazón de amor.
Por eso hoy cuando la liturgia nos invita a hacer memoria del Corazón Inmaculado de María podemos imaginar cuantas cosas hermosas María guarda en su corazón. Y no es una imaginación de cosas irreales o sueños sino el reflejo de toda la riqueza espiritual que hay en el corazón de María. Podríamos atrevernos a decir que cada página del evangelio está firmemente grabada y guardada en el corazón de María. Ella, la primera que plantó la Palabra en su corazón y que como nos dirá el evangelio merecerá la alabanza de Jesús, a ella la primera como primicia, a cuantos escuchan y plantan en su corazón y en su vida la Palabra de Dios.
Hoy, después de haber celebrado ayer la solemnidad del corazón de Jesús, celebramos el Inmaculado corazón de María. Sabemos que ocupamos un lugar en su corazón porque somos sus hijos. El regalo de Jesús en la Cruz al hacerla Madre de cuantos creen en El, hizo que ya para siempre ocupáramos un lugar en su corazón.  Y es ahí donde tenemos que empaparnos de toda su ternura; es ahí donde aprenderemos desde dentro todas esas virtudes y valores que tanto resplandecieron en María, su humildad y sencillez, su servicialidad y su disponibilidad siempre para el amor, su obediencia a la voluntad de Dios cuando tan bien supo plantar en su corazón la Palabra de Dios.
Queremos aprender de ella y así impregnarnos de todas sus virtudes. Queremos como María saber tener los ojos atentos para disfrutar de las maravillas de Dios y cantar su grandeza. Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos. Queremos como María tener la disponibilidad para ir llevando a Dios a los demás, pero también para ayudar a que cuantos se tropiecen con nosotros puedan también encontrarse con Dios porque por nuestro amor y por nuestra santidad seamos signos de su presencia.
Con María cantemos las maravillas de Dios.

viernes, 8 de junio de 2018

Celebrar el Corazón de Jesús es sintonizar con su amor para con una nueva sensibilidad llevar también en nuestro corazón a nuestros hermanos con todo lo que es su vida


Celebrar el Corazón de Jesús es sintonizar con su amor para con una nueva sensibilidad llevar también en nuestro corazón a nuestros hermanos con todo lo que es su vida

Oseas, 11, .3-4.8-9; Sal.: Is. 12, 2-6; Efesios 3, 8-12.14-19; Jn. 19, 31-37b
‘Al llega a Jesús, un soldado con una lanza le traspasó el costado y al punto salió sangre y agua’.
La Buena Noticia del Evangelio (valga la redundancia) es anunciarnos el amor de Dios. Y Jesús es esa Buena Noticia, Jesús es ese Evangelio para nosotros. Contemplando a Jesús estaremos siempre contemplando el amor que Dios nos tiene, porque tanto amó Dios al mundo que nos envió, nos entregó a su Hijo único. Es la prueba y la manifestación palpable y certera de lo que es el amor de Dios. Nadie tiene mayor amor que el de quien da su vida por aquellos a los que ama.
En este viernes siguiente a la octava de la Solemnidad del Corpus celebramos la fiesta del Corazón de Jesús. Aunque siempre estuvo presente en la predicación de la Iglesia este evangelio del amor e incluso fueron surgiendo en distintos siglos devoción al Corazón de Cristo, como expresión y manifestación de ese amor, sería en el siglo XVII con la revelaciones que recibió Santa Margarita María de Alacoque en Paray-le-monial cuando ella nos manifiesta que el Señor le pide que se instituya en este día esta celebración del Corazón de Jesús. Decimos viernes siguiente a la octava en la consideración de la fiesta original del Corpus el jueves siguiente al domingo de la Santísima Trinidad.
Celebrar al Corazón de Jesús es meditar y celebrar todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Hemos hecho mención al texto del evangelio que nos habla de la lanza del soldado que traspaso el costado de Cristo del que salió sangre y agua. Diríamos que nos manifiesta ese texto como Cristo se ha dado totalmente por nosotros derramando hasta la última gota de su sangre.
Como nos diría el poeta en un poema que se ha convertido en himno de la liturgia de las horas, ‘desde la cruz redentora, el Señor nos dio el perdón, y, para darnos su amor, todo a la vez, sin medida, abrió en su pecho una herida y nos dio su corazón’.
Cuando amamos de verdad decimos que lo hacemos con todo nuestro corazón; los enamorados en sus cánticos de amor se ofrecen sus corazones entrelazados para significa esa unión sublime de amor que inunda sus vidas; y en nuestro corazón escondidos llevamos los mas hermosos recuerdos de los seres que amamos, que han sido todos los signos de amor que del amor hemos recibido y que no queremos olvidar nunca ni perder de ninguna manera.
Así contemplamos el Corazón de Cristo y diríamos que queremos entrelazar nuestro corazón con el suyo para que así nos sintamos cada vez mas fortalecidos en esa respuesta de amor que tiene que ser nuestra vida a ese evangelio del amor que hemos recibido. Nos queremos introducir en ese corazón de Cristo, como queremos dejar que El habite en nuestro corazón como El mismo nos prometió para así mejor vernos inundados de su amor.
Pero pensemos en algo más. Cristo estará habitando en nuestro corazón cuando nosotros seamos capaces de abrir el nuestro a los hermanos que caminan a nuestro lado y comparten nuestra vida, para hacer nuestros no solo sus alegrías sino también sus sufrimientos y todas sus necesidades.
Cuando amamos a alguien, decíamos, lo llevamos en nuestro corazón. Llevemos a nuestros hermanos, a todos, con lo que es su vida, toda su vida con sus alegrías y sus sufrimientos, porque así estaremos comenzando a amarlos de verdad con todas sus consecuencias, porque así es como en verdad estará habitando también Dios en nuestro corazón. Sintonizando con el amor de Cristo, entonces, comenzarnos a tener una sensibilidad especial al sentir y al vivir de cuantos nos rodean introduciéndolos en nuestro corazón.

jueves, 7 de junio de 2018

Preguntas que nos repetimos una y otra vez y nos ayudan a descubrir de forma muy concreta lo que Dios pide de nosotros en cada momento


 

Preguntas que nos repetimos una y otra vez y nos ayudan a descubrir de forma muy concreta lo que Dios pide de nosotros en cada momento

2Timoteo 2,8-15; Sal. 24; Marcos 12, 28b-34

Hay gente a la que le gusta estar siempre haciendo preguntas aunque conozcan la respuesta. ¿Quisquillosos? Pudiera ser. O quizá nos hacen la pregunta a ver si nosotros sabemos responder, o para asegurarse que no estamos errados, o buscando quizá a ver en qué nos cogen en fallo para luego regodearse de que ellos sí sabían pero nosotros no.
Sin embargo hemos de decir que es bueno hacer preguntas; señal de que queremos saber, queremos aprender, tener nuevos conocimientos, profundizar en lo que sabemos. Preguntas que quizá nos interroguen o nos interpelen a nosotros mismos porque es examinarnos si realmente estamos haciendo todo lo que tendríamos que hacer, o en qué podríamos mejorar y avanzar en la vida. Preguntarnos no es simplemente ponernos en duda, sino querer busca algo más o algo mejor. Son preguntas que nos hacen revisarnos, preguntas que nos llevan a que realmente busquemos el meollo de la cuestión, en que vayamos a lo fundamental, que fácilmente con el paso del tiempo y las rutinas de la vida lo hemos envuelto quizá de superficialidades y rémoras de las que tenemos que desprendernos.
En el evangelio hoy vemos a un letrado que se acerca a Jesús a hacerle una pregunta. Una pregunta que nos puede parecer innecesaria, porque si era letrado o escriba bien tendría que saberlo, porque era lo que tenia que enseñar. Además era cosa sabida de todos, porque estaba muy presente en la rutina de cada día el repetir esas palabras de la Escritura a la manera de oración cuando entraban o salían de casa, cuanto emprendían un trabajo o simplemente iban a descansar. ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’
Y la respuesta de Jesús no es otra que lo que dice el Deuteronomio y que todos sabían de memoria y repetían cada día, como decíamos antes. ‘El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.
Aun así el escriba orgullosamente quiere como confirmar que lo que Jesús ha dicho está en lo cierto. Aquello de pregunta a ver si sabes que yo te lo corroboro. En la respuesta del escriba a las palabras de Jesús viene como a insistir en lo mismo que Jesús ha dicho, repitiéndose de alguna manera.
Puede parecer innecesario todo esto, pero a nosotros que hoy escuchamos esta Palabra de Dios nos viene muy bien. Y nos viene muy bien porque nosotros también necesitamos pararnos para reflexionar en lo que nos puede parecer lo mismo de siempre, pero que quizá nos ayudará a profundizar un poco más en lo que el señor nos pide y lo que ha de ser la respuesta de nuestra vida. Ya sabemos bien que la respuesta va por los caminos del amor, pero que ha de ser un amor concreto, no de ideas en la cabeza, sino de acciones salidas del corazón que se han de reflejar en el quehacer nuestro de cada día.
¿Cómo tenemos que traducir ese amor al prójimo hoy y en hechos concretos? Cada uno mire su vida y su entorno, quienes están a su lado en la convivencia diaria, con quienes nos vamos encontrando y tropezando en el camino de la vida de cada día. ¿Cómo los amamos? ¿Qué otra cosa podríamos hacer? ¿De qué forma nueva hoy voy a acercarme a esa persona que está ahí junto a mí o con quien me voy a cruzar? ¿Cuál será la alegría que le voy a trasmitir empezando desde la sonrisa de mi rostro?
Es verdad que no hay nada nuevo en recordarnos que hemos de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, pero cuando nos hemos hecho la pregunta y hemos querido ser concretos en el día de hoy seguramente habremos descubierto un detalle nuevo en el que he de manifestar ese mi amor a Dios y al prójimo. Es ese escuchar de forma concreta aplicándola a nuestra vida la Palabra de Dios que se nos proclama. No nos la demos nunca por ya sabida; tratemos de ahondar, de llevar a la vida, de mirar cosas concretas, actitudes y posturas que tenemos habitualmente en la vida. Así descubriremos mejor lo que Dios quiere de nosotros.

miércoles, 6 de junio de 2018

Nuestra grandeza va por otros derroteros, donde sepamos entendernos y comprendernos, aceptarnos y respetarnos, caminar juntos y contribuir entre todos a un mundo mejor


Nuestra grandeza va por otros derroteros, donde sepamos entendernos y comprendernos, aceptarnos y respetarnos, caminar juntos y contribuir entre todos a un mundo mejor

2Timoteo: 1,1-3.6-12; Sal 122; Marcos 12,18-27

Nos encontramos con demasiada frecuencia en la vida a personas que parece que solo se mueven por sus fobias o inquinas contra los demás, sobre todo contra quienes piensan o sienten distinto. Es normal que no todos pensemos de la misma manera, que nos encontremos con personas que piensan de manera totalmente opuesta a nosotros pero pienso que tendría que haber una capacidad de respeto y de diálogo para expresar nuestras ideas o propuestas con sus razonamientos, pero que seamos capaces de escuchar al otro en su planteamiento y no tengamos que dar por hecho que todo lo que hace es malo o injusto.
Tenemos antipatía a alguien y ya no seremos capaces de ver nada bueno en lo que hace. Y demasiado llenamos la vida de antipatías. Y no son modelo o ejemplo en nuestra sociedad en este aspecto por el lenguaje que usan, por las posturas encerradas en si mismos que los ciegan, a veces incluso por sus deseos de destrucción del oponente sea como sea, en los que son considerados dirigentes en la vida social o política. Uno llega a cansarse y hastiarse de tanta acritud y de tanta intolerancia que estamos viendo cada día y que contagia llenándonos de violencia y desconfianza.
Qué distintos seriamos si fuéramos capaces de escucharnos más y de respetarnos. Todos somos constructores de la sociedad en la que vivimos y cada uno tenemos derecho y también obligación de poner nuestro granito de arena y aquello que aportamos sea en verdad constructivo, y entonces seamos capaces de ver también lo positivo que el otro puede aportar aunque sea de diversa opinión a nosotros. Si queremos siempre podemos encontrar algo positivo en cada persona, incluso en los que son oponentes a nosotros. No es tan malo el corazón del hombre.
Esto que estoy comentando sucede como todos podemos ver en la vida social y política, pero no solo a grandes alturas, por así decirlo, sino en la cercanía de los que están a nuestro lado, forma parte de nuestros círculos y también de nuestras comunidades. Y cuidado que nos suceda también en el ámbito de nuestras comunidades cristianas; demasiadas desconfianzas nos mostramos muchas veces los unos de los otros y así no somos verdaderos constructores de una sociedad nueva.
Centrándonos en el evangelio de hoy una actitud así es la que vemos en este caso en los saduceos, pero que también se manifiesta en otros grupos que se oponen a la Buena Nueva que anuncia Jesús del Reino de Dios. Hoy el rechazo de los saduceos con todas las pegas que ponen al evangelio de Jesús es a causa de su negativa a la resurrección. Pero Jesús nos habla de la vida, y de la vida que dura para siempre. El cielo no es transportar nuestra manera de ser y de actuar al ámbito de la eternidad, y es por lo que a los saduceos no les cabe en la cabeza esa vida de resurrección, y es lo que Jesús quiere decirnos. Esa vida en plenitud no nos la podemos imaginar a la manera de nuestras ideas humanas de vivir, tiene otro sentido y otra sublimidad que entra en el misterio de Dios.
Son las dudas y las pegas que muchas veces nos ponemos en ámbito de nuestra vivencia de Iglesia, que un poco la queremos hacer como las sociedades humanas. Pero la Iglesia no es otra estructura más de la sociedad donde quepan esas luchas de intereses y enfrentamientos por ambiciones de poder. Ya Jesús nos dijo que entre nosotros no podía ser a la manera de los poderosos de la tierra. Nuestra grandeza va por otros derroteros, donde sepamos entendernos y comprendernos, donde sepamos aceptarnos y respetarnos, donde sepamos caminar juntos y contribuir entre todos con nuestros talentos, sean pequeños o sean grandes, a la construcción de ese Reino de Dios.

martes, 5 de junio de 2018

Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia que manifiestan la madurez de nuestra vida y también la madurez de nuestra fe para anunciar el evangelio de Jesús


Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia que manifiestan la madurez de nuestra vida y también la madurez de nuestra fe para anunciar el evangelio de Jesús

2Pedro 3,12-15a.17-18; Sal. 89; Marcos 12, 13-17
Autenticidad, sinceridad, veracidad, congruencia… valores importante, valores necesarios, valores que en teoría todos quisiéramos tener en cuenta, pero que muchas veces se diluyen desde los intereses que tengamos en la vida.
La madurez de nuestra vida pasa por tener en cuenta esos valores y saber vivir con autenticidad. Pero nos entran fácilmente cobardías o temores ante el hecho de que nos conozcan de verdad como somos; y entramos en disimulos, en aparentar lo que no somos, en ser capaces de decir en teoría cosas muy bonitas, pero en la realidad de la vida ocultamos mucho ante el temor de que nos conozcan. Tratamos quizá de acomodarnos, porque lo que nosotros pensamos o lo que queremos que sean metas u objetivos de nuestra vida no son del agrado de los que nos rodean, no son cosas que puedan entrar en el interés de los demás, la gente pueda tener otras opiniones o intereses y nos puede parecer que nadamos a contracorriente, y nos da miedo.
Creo que tenemos que aprender a ser valientes y sinceros. La vida la vamos construyendo entre todos y también nuestros valores son importantes. Y aquellos valores en los que creemos no tenemos por qué ocultarlos, porque nos pueda parecer que lo que hay a nuestro alrededor va por otro camino. Quizá haya quien nos quiera hacer callar, no permitir que nosotros ofrezcamos nuestra idea y nuestro pensamiento. Por eso tenemos que ser valientes para ofrecer nuestra verdad, nuestra manera de ver las cosas.
No imponemos, pero que tampoco traten de imponernos sus ideas. Que de eso hay mucho en la sociedad en la que estamos; cuantos se quejan de que si en otro tiempo no tenían libertad o se imponían las ideas de los que estaban en el poder, pero ahora tratan de hacer lo mismo. Nos hace falta un sentido de dialogo humilde, en que de verdad nos escuchemos y nos respetemos mutuamente.
Me surge esta reflexión que nos puede ayudar en muchos aspectos de la vida en que vivimos, de lo que sucede en nuestra sociedad, a partir de lo que escuchamos en el evangelio en que incluso quienes se tenían como enemigos eran capaces de reconocer de Jesús. Es cierto que van con preguntas capciosas queriendo implicar a Jesús en cuestiones de la vida social o incluso político de su tiempo, y que Jesús no rehuye sino que también nos da unas claves de actuación para que vivamos también con responsabilidad nuestros deberes cívicos de contribución con nuestros impuestos a la marcha de la comunidad.
‘Maestro, sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie; porque no te fijas en lo que la gente sea, sino que enseñas el camino de Dios sinceramente’. Ya Jesús nos dirá de si mismo que El es el Camino, y la Verdad, y la Vida y que quien cree en El encontrará la salvación. ‘Tu lo dices, yo lo soy’, responderá sin rodeos ante Poncio Pilatos como no había ocultado su condición cuando el Sumo Sacerdote lo conjura por el nombre del Dios vivo y responderá abiertamente que es el Hijo de Dios a quien veríamos venir entre las nubes del cielo. Ya antes en Getsemaní ante los que venían a prenderle les responderá ‘Yo soy’. Es la Verdad que no se oculta.verdad
Nos vale para reafirmar nuestra fe en Jesús. Nos vale para recordarnos nuestras responsabilidades y deberes cívicos que no podemos rehuir. Nos vale para que en todo tengamos la valentía de ser sinceros y auténticos. No vale para perder la cobardía que tantas veces nos invade a la hora de hacer el anuncio del Evangelio en un mundo que lo pueda rechazar pero que sin embargo está hambriento de verdaderos valores y hambriento de Dios.

lunes, 4 de junio de 2018

Los fracasos en la vida no nos pueden hundir sino que tenemos que saber bien en quien nos apoyamos y de forma madura seguir poniendo ilusión en lo que hacemos


Los fracasos en la vida no nos pueden hundir sino que tenemos que saber bien en quien nos apoyamos y de forma madura seguir poniendo ilusión en lo que hacemos

2Pedro 1,1-7; Sal 90; Marcos 12,1-12

Nos hacemos un proyecto, lo trabajamos con ilusión, ponemos muchas esperanzas de futuro en aquello que proyectamos y que vamos poco a poco realizando, con buena visión queremos hacer partícipes a otros de aquello que nos ilusiona, queremos trabajar juntos; pero quizá llega un momento que parece que todo se nos viene abajo, que la colaboración que habíamos pedido se nos vuelve en contra porque los que creíamos colaboradores ahora se quieren hacer dueños de nuestros proyectos y de lo que con tanta ilusión habíamos comenzado; ¿qué hacer? ¿Rendirnos y abandonar todo? ¿Dejar que los otros se beneficien de lo que nosotros habíamos iniciado? ¿Recomenzamos de nuevo?
Planteamientos que nos llenan de duda y también de furor; la frustración se nos puede meter por dentro y hacernos mucho daño, al tiempo que en reacciones violentas podemos comenzar también a hacer daño a los demás. Algunas veces no sabemos qué hacer. Nos sentimos sin fuerzas para recomenzar de nuevo porque además nos hemos visto traicionados. Un torbellino de cosas aparece en nuestra mente. ¿Cuál ha de ser nuestra reacción más autentica?
Son situaciones difíciles en la vida. Son reflexiones que nos hacemos o que tenemos que hacernos ante las situaciones que nos van apareciendo en la vida porque muchas veces nos podemos sentir frustrados y fracasados, pero tenemos que saber levantar la cabeza para seguir caminando y hacerlo con madurez.
Mira a donde me ha llevado la reflexión sobre la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. De entrada podría parecer que me he ido muy lejos, cuando nos quedamos en una reflexión demasiado, digamos, literal de la parábola en los momentos en que fue pronunciada. Pero la Palabra de Dios siempre nos tiene que hacer mirar hacia delante, y reflexionarla no solo como hechos del pasado, sino viéndola palpablemente en lo que ahora y hoy nos sigue sucediendo.
Jesús contaba una historia que podría ser cosas que perfectamente habían sucedido; se le daba una lectura en el momento presente de la historia de Israel y así lo entendieron incluso aquellos dirigentes por quienes directamente Jesús decía la parábola. Allí estaba reflejada, es cierto, toda la historia de Israel llena de infidelidades a la Alianza y a Dios. También nosotros espiritualmente nos podemos mirar para ver nuestra historia de infidelidades y pecados ante tanto que Dios ha hecho por nosotros.
Pero creo que también tiene que iluminar todas esas realidades de nuestra vida, todas esas situaciones por las que podemos pasar de frustraciones y fracasos que nos hacen en muchos momentos sentirnos hundidos. Dios no deja abandonada su viña a pesar de todo lo que han hecho aquellos viñadores; Dios no nos deja abandonados a pesar de todo lo que nosotros podamos haber hecho que muestra nuestras infidelidades y pecados; Dios no nos puede dejar solos cuando en las luchas de la vida nos parece que estamos hundidos y sin ver salidas.
No podemos nosotros tampoco dejar hundirnos, sino que tenemos que levantarnos con renovada ilusión para recomenzar de nuevo cuantas veces sea necesario, pero eso será lo que nos hará grandes, lo que mostrará en verdad la madurez que hay en nuestra vida a pesar de los fracasos por los que hayamos pasado. Recomenzamos de nuevo, ponemos ilusión y esperanza, aprendemos de los errores, nos apoyamos en quien sabemos que será siempre nuestra fuerza. Dios quiere que miremos siempre adelante, pongamos metas nuevas, ilusionantes y muy altas en nuestra vida. Con nosotros estará siempre la fuerza de su Espíritu.

domingo, 3 de junio de 2018

La procesión del Corpus tiene que ser el compromiso de querer llevar siempre a Cristo con nuestro amor y con el testimonio de una vida comprometida a ese mundo que nos rodea


La procesión del Corpus tiene que ser el compromiso de querer llevar siempre a Cristo con nuestro amor y con el testimonio de una vida comprometida a ese mundo que nos rodea

Éxodo 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12. 16. 22-26

Ya todos sabemos que una comida básicamente es la forma de tomar el alimento que necesita nuestro cuerpo para vivir, siendo una necesidad básica y fundamental para nuestra existencia, de manera que si no comemos morimos, pero también entendemos que una comida puede tener muchos significados en ese encuentro con las personas, cercanas o lejanas con lo que se convierte en cierto modo en celebración de muchos acontecimientos de nuestra vida.
Nos gozamos en nuestro amor y amistad con los demás y de alguna manera lo celebramos comiendo juntos que viene a ser mucho más que compartir unos alimentos. Disfrutamos de esa comida que se convierte en algo especial para nosotros en ese encuentro con el otro, pero compartimos mucho más que los alimentos por muy ricos que sean; será el momento de hablar, de recordar, de comunicarnos, de revivir muchas cosas, de amasar más profundamente esa amistad. ¿Cuándo nos volvemos a encontrar y comer juntos? Terminaremos expresando.
Celebraciones y conmemoraciones de acontecimientos de nuestra vida que hacen historia de nosotros las festejamos con una comida; será un cumpleaños o un aniversario, será el recuerdo de un acontecimiento que fue importante para nosotros o para nuestra familia, serán incluso momentos de nuestra historia patria, serán los momentos de alegría y de fiesta que tenemos en el transcurso del año en la vida de nuestros pueblos, será la alianza, contrato o compromiso que hacemos o tenemos con otras personas incluso dentro de la marcha de nuestras tareas o realizaciones laborales, así tantos momentos en que tomamos algo juntos, nos tomamos una copa o compartimos una comida.
Y todo esto no es solo en lo que es nuestra vida personal, familiar o social de relación con los otros sino que en lo más profundo de nosotros mismos, en el ámbito de la fe y de nuestras relaciones con Dios tenemos también esos mismos signos que alimentan nuestra fe y el devenir de nuestra vida religiosa y de nuestra vida cristiana. No es momento de entretenernos excesivamente para recordar cuantos textos de la Biblia tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento nos aparece repetidamente esa imagen de la comida y del banquete.
Quiso Jesús dejarnos como el gran signo del Reino el Banquete de la Eucaristía. Lo había anunciado repetidamente Jesús cuando nos proponía las parábolas que nos hablaban de un banquete de bodas para hablarnos del signo del Reino de Dios. Alegría, fiesta, encuentro, conmemoración, compromiso, alianza son características de ese Reino construido en la justicia y en el amor y que bien se expresan en ese banquete de bodas de las parábolas.
Aunque marchemos por las cañadas oscuras de la vida el preparará para nosotros la mesa del banquete, como el pastor que prepara el alimento de su rebaño. Y a quienes hemos sido fieles en el camino nuevo del amor en el sentido del Reino nos invitará a que pasemos al banquete preparado para nosotros desde la creación del mundo.
Pero no va a ser un banquete cualquiera donde manifestemos todos esos signos del Reino nuevo de Dios porque será el mismo Jesús el que se nos de cómo comida y como alimento de vida eterna. Ya nos había anunciado que quien comiese su Carne y bebiese su Sangre nos resucitaría en el último día, porque su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida y el que lo coma vivirá por El.
Hoy nos recuerda el evangelio que en aquel primer día de la pascua, cuando se sacrificaba el cordero pascual, los discípulos le preguntan que donde han de preparar la cena pascual. Les da Jesús unas indicaciones concretas para que encuentren aquel lugar en aquella sala alta que le facilita quien quizá sea un pariente del Señor y allí preparan la cena pascual.
No va a ser una cena de pascua más donde coman aquel cordero sacrificado. Va a ser una cena pascual especial porque comienza una nueva pascua, la Pascua Nueva y Eterna, la Pascua de la Nueva Alianza, la que ha de durar para siempre. Jesús es el Cordero Pascual inmolado, como ya lo había señalado el Bautista como el Cordero que se sacrificaba para el perdón de los pecados. Por eso cuando Jesús toma aquel pan y pasa la copa del vino les dirá que aquello es su Cuerpo y que aquella copa es la Copa de su Sangre, la Sangre derramada para la nueva y eterna Alianza.
Es la Pascua, es la hora de la entrega y del Sacrificio, es la hora en que se va a derramar sobre nosotros aquella Sangre que cae de la Cruz del Calvario por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Es su Cuerpo entregado, es su Sangre derramada, es la hora de la Salvación, es la hora en que quiere que le comamos en este Banquete Nuevo del Reino que ha instaurado para nosotros. Es el Cuerpo entregado y la Sangre derramada que seguiremos comiendo y bebiendo a través de todos los tiempos porque nos dice que eso lo hagamos en conmemoración suya para siempre. Ha instituido Jesús la Eucaristía, el gran signo de su amor y de su presencia, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Y esto es lo que hoy la Iglesia celebra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Sí, es cierto, cada día, cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando este banquete pascual. Pero la piedad de la Iglesia en el transcurso de los siglos quiso hacer esta fiesta especial donde queremos proclamar públicamente también en nuestras calles y en nuestras plazas nuestra fe en Jesús Eucaristía. Nos salimos hoy de nuestros templos, nuestras calles, nuestras plazas, nuestros pueblos que se adornan de fiesta y manera especial porque queremos llevar a Cristo mismo en el Sacramento en nuestras procesiones, pero que tienen que ser signo de mucho más.
No es solo hoy con una procesión cuando tenemos llevar a Cristo a nuestro mundo. Es el compromiso de cada día de la vida del cristiano. Con nuestra fe, con nuestro amor, con nuestra vida comprometida en el amor cada día tenemos que llevar a Cristo a los demás. Si no unimos este compromiso que hemos de vivir cada día con esta procesión que hoy celebramos algo nos está fallando. Por eso quizá muchas veces esta procesión se puede quedar en algo frió y ritualista al que le falta el calor de una fe comprometida.
Con nuestra procesión de hoy y con toda esa manera maravillosa de adornar nuestras calles para el paso de Cristo en la Eucaristía estamos expresando el compromiso que cada día queremos vivir. Adornamos hoy nuestras calles, pero es que cada día tenemos que adornar a nuestros hermanos con nuestro amor, cada día tenemos que seguir repartiendo ese amor comprometido con todos, pero de manera especial con los que sufren en sus necesidades y carencias de cualquier tipo.
Aquello que decíamos que venia a significar un banquete o una comida en todas esas experiencias humanas que vivimos, lo tenemos que reflejar también en lo que ha de significar para nosotros el Banquete de la Eucaristía. Conmemoramos y hacemos memoria de la Pascua y de la entrega de amor de Jesús por nosotros. Pero expresamos nuestra amistad y nuestra cercanía, nuestra comunión de amor y nuestro compromiso que queremos expresar y vivir juntos por hacer un mundo mejor, cantamos la alegría de nuestra fe y de sentirnos amados y salvados por el Señor, y nos alimentamos de la vida, de la gracia, de Cristo mismo que se nos da para ser nuestro alimento, nuestra fuerza y nuestra vida. No es solo un recuerdo sino que es un memorial porque en El hacemos presente el sacrificio de Cristo, el Cordero que quita el pecado del mundo.
Que esta fiesta de hoy nos ayude a darle siempre verdadero y profundo sentido a nuestras Eucaristías.

sábado, 2 de junio de 2018

Fidelidad total a Jesús y el evangelio que entraña un saber aceptarnos mutuamente y ayudarnos en los caminos de la vida


Fidelidad total a Jesús y el evangelio que entraña un saber aceptarnos mutuamente y ayudarnos en los caminos de la vida

Judas 17.20b-25; Sal 62; Marcos 11, 27-33

Y él quién se cree que es; así nos expresamos cuando nos cuesta aceptar que alguien pueda venir a decirnos como tenemos que hacer las cosas o a corregirnos por lo que hemos hecho mal. En nuestro orgullo que hace que nos cueste reconocer que no siempre acertamos, que no siempre hacemos las cosas bien, rechazamos al que nos quiera decir algo, tratamos de desautorizarlo y nos ponemos en su contra. ¿Quién le ha dado velas en este entierro?, decimos en nuestro rechazo al no querer reconocer quizá la verdad que está muy clara delante de nuestros ojos.
Le vienen a preguntar los judíos de Jerusalén, letrados, fariseos y sumos sacerdote con qué autoridad se ha atrevido a echar a los vendedores del templo. Lo rechazaban en sus enseñanzas porque El no era de sus escuelas rabínicas; en su pueblo también se habían preguntado de donde le salía aquella sabiduría y donde había aprendido todo eso que enseñaba. Ya sabemos por otra parte que en su ceguera querían atribuir al poder del demonio que Jesús arrojase los demonios de los endemoniados.
Ahora ha sido algo que les ha resultado escandaloso porque Jesús ha llegado al templo de Jerusalén y se ha atrevido a poner orden en toda aquella barahúnda de cosas que allí sucedían. Claro que era otro el templo que El quería purificar, pero eso tampoco querían entenderlo.
A la pregunta sobre su autoridad Jesús les responde con otra pregunta sobre la autoridad del Bautista al que ahora ellos aceptaban mejor que lo que lo habían aceptado en vida sobre su bautismo allá en el Jordán. Pero ellos ahora no sabrán qué responder, porque se verían cogidos en su propia respuesta fuera en un sentido o en otro.
No vamos nosotros a negar la autoridad de Jesús. En verdad le sentimos como nuestro Salvador y nuestro Redentor; confesamos que es el Hijo de Dios encarnado para nuestra Salvación y que ha instaurado el Reino de Dios que día a día nos sentimos comprometidos a construir. Es nuestra fe, la fe que en comunión con toda la Iglesia queremos confesar y queremos vivir.
Pero pienso que episodios como el que escuchamos del evangelio siempre tendrían que hacernos pensar, reflexionar sobre lo que en realidad nosotros hacemos y vivimos. Dudas se nos meten en nuestro interior en muchas ocasiones; unas dudas que tendrían que ayudarnos a purificar en verdad nuestra fe queriendo ahondar cada vez mas en el sentido de nuestra fe.
Pero sí tenemos que pensar que no siempre somos del todo fieles a esa Palabra de Dios que se nos proclama; y no son solo las tentaciones a las que nos vemos sometidos y que tantas veces nos hacen tropezar con nuestro pecado. Son las dudas sobre la interpretación de esa Palabra de Dios y su aplicación a nuestra vida. Reconozcamos que muchas veces queremos hacernos rebajas; reconozcamos que nos decimos que no es para tanto, que no hay que ir con tanta radicalidad y queremos nadar entre dos aguas; nos permitimos hacernos concesiones, nos permitimos restarle importancia a algunos aspectos de lo que ha de ser nuestra vida cristiana. Y con todo esto y muchas mas cosas que nos suceden están haciendo como aquellos judíos que querían restarle autoridad a Jesús.
Ahondemos en nuestra fe para que la hagamos vida de nuestra vida y lo hagamos con fidelidad total. Y eso entraña también esa fidelidad y esa aceptación mutua que nos tengamos unos a otros para dejarnos ayudar en los caminos de la vida.

viernes, 1 de junio de 2018

Profundidad y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad


Profundidad y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad

1Pedro 4,7-13; Sal 95; Marcos 11, 11-26

Eso no es sino ramaje, apariencia, luego no se recogerá cosecha. Recuerdo que con palabras parecidas en alguna ocasión le escuche a mi padre, agricultor, que aquello que veíamos en la huerta con tanto ramaje solo se podía quedar en eso y que luego no pudiéramos tener buena cosecha.
Así nos puede pasar en la vida, nos quedamos en muchas ocasiones en apariencias, palabras bonitas, hermosas promesas, muchos propósitos, pero luego en el fondo de la persona no hay nada, sino que todo se queda en lo superficial, en consecuencia, en la mentira y en la falsedad. Tenemos que aprender a trabajar la vida desde el fondo, poniendo buenos cimientos, dándole un buen cultivo, abonando de verdad con verdaderos valores nuestra existencia, no quedándonos nunca en lo superficial ni en la apariencia, dándole un buen y verdadero sentido a lo que hacemos, purificando todo lo que sea necesaria con una buena poda de ramas superficiales y también de ramajes de malas costumbres que serán un obstáculo para nuestro crecimiento personal, poniendo también metas altas y llenas de espíritu en nuestra lucha y en nuestro caminar.
Cuando vivimos en la superficialidad, aunque nos creamos que todo es bello y es fácil y nos sentimos hasta contentos porque no tenemos que esforzarnos tanto, nos hacemos daño a nosotros mismos, pero es que también podemos dañar a los demás. Es que para mantener esa apariencia y vanidad avasallamos cuanto encontremos a nuestro paso y nos volvemos manipuladores, egoístas, intransigentes con los demás sobre todo con aquellos que no nos ríen la gracia. Esa apariencia es una forma de creernos superiores y llenos de poder y todo lo que pueda ser obstáculo a ese endiosarnos a nosotros mismos, lo queremos quitar de en medio. Lo vemos en tantos que se creen poderosos.
Las imágenes que hoy nos ofrece el evangelio nos llevan por estos derroteros. Nos habla de una higuera frondosa, pero que no tiene higos; nos habla de un culto vació y superficial en el templo de Jerusalén reducido a una serie de sacrificios en los que todo se queda en lo material de manera que han cambiado el sentido de lo que tendría que ser el templo, casa de Dios y casa de encuentro para la significación de la persona. No es eso lo que quiere Jesús; le veremos maldiciendo la apariencia de aquella higuera que no da fruto, pero también purificando el templo para que no sea una cueva de ladrones. Cuánta superficialidad y cuantas manipulaciones, cuánta pérdida de valores y cuanta vanidad y apariencia. Faltaba la profundidad de la verdadera fe.
Es lo que finalmente nos quiere enseñar Jesús, que le demos esa profundidad y también esa altura de miras a nuestra vida. Pero eso, incluso, cuando vamos a acercarnos al Señor con nuestra oración hemos de saber hacerlo desde el interior de nosotros mismos con un corazón limpio de toda maldad. Pero para eso necesitamos una purificación. Con un corazón maleado en rencores y regimientos, un corazón que no sabe sanarse perdonando de verdad y siendo verdaderamente misericordioso con los otros no podemos acercarnos al Señor con la pretensión que nos escuche en nuestras peticiones. ‘Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’, nos dice el Señor.
Profundidad, pues, y altura de miras en la vida para despojarnos del ropaje de la vanidad y la superficialidad y así podamos dar verdaderos frutos de vida.


jueves, 31 de mayo de 2018

Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios como la fue la visita de María a Isabel


Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios como la fue la visita de María a Isabel

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is 12; Lucas 1, 39-56
Visitamos al amigo porque nos sentimos a gusto y nos gusta compartir con él, visitamos la familia porque así se mantienen vivos los lazos que nos unen, visitamos al vecino porque nos ayuda a fomentar la convivencia y mutuamente nos ayudamos en nuestra necesidades, visitamos a aquellos seres que amamos ya estén cerca o ya estén lejos en la medida de nuestras posibilidades porque no queremos que la distancia nos aleje y queremos conservar nuestro afecto, visitamos al que quizá podemos ofrecerle nuestra ayuda o también cuando en nuestra necesidad sea cual sea deseamos encontrar esa mano que nos levante y nos estimule en nuestro caminar.
La visita es relación, es encuentro, es compartir; las visitas nos enriquecen mutuamente porque con nuestra presencia ofrecemos el calor de nuestra amistad, pero también recibimos mucho de quien nos acoge porque todo lo bueno nos hace crecer. Nos sentimos acogidos en el hogar del amigo y la soledad estará lejos de nuestro espíritu; abrimos las puertas de la hospitalidad a quien llega a nuestro lado y se sentirá más seguro en su caminar. Muchas cosas podríamos seguir diciendo de lo que nos ayuda a caminar juntos en la vida y de los proyectos grandes que se pueden suscitar en nuestros mutuos encuentros con los demás.
Hoy el evangelio y la festividad que celebramos nos hablan de una visita muy especial. Hoy recordamos y celebramos aquella visita de la que nos habla el Evangelio de María a la casa de su prima Isabel. Grande era la distancia física desde Nazaret hasta las montañas de Judea donde Vivian Zacarías e Isabel. El ángel del Señor, como una prueba y manifestación de las grandezas que realiza el Señor comunica a María que su prima Isabel, a pesar de su vejez, esperaba un hijo. Y María se pone en camino. Esa visita y ese encuentro aparecen hoy ante nuestros ojos y nuestro espíritu para la celebración porque grandes van a ser las maravillas que el Señor quiere seguir realizando.
Es la imagen del espíritu pronto para el servicio lo primero que contemplamos en María pero es también la acogida de la hospitalidad lo que encontramos en aquel hogar de la montaña. Es la visita de Dios que con María llega a casa de Isabel inundándolo todo del espíritu del Señor, pero es el espíritu abierto a Dios de ambas mujeres que se dejan conducir por El y les hace también proclamar y cantar las maravillas del Señor.
En el amor y la mutua acogida de María y de Isabel se manifiesta la presencia de Dios. María ya lleva a Dios encarnado en su seno y a su paso todo se va llenando de gracia y de la fuerza del Espíritu. Pero es Isabel también la que abierta al Espíritu descubre las maravillas de Dios y recibe ya a María, sin que ningún ser humano se lo hubiera revelado, como la Madre del Señor.
Y salen a flote todas las virtudes y todas las gracias de las que aquellas almas están dotadas; es la humildad de Isabel para reconocer la grandeza de María, porque Dios solo se revela a los que son humildes de corazón; pero será también la humildad de María que se reconoce pequeña, pero al tiempo reconoce las maravillas que el Señor hace en ella. Y María prorrumpe con el cántico del amor, con el cántico de la acción de gracias, con el cántico a las maravillas que hace el Señor que visita a su pueblo.
Es la visita de María a su prima Isabel, pero es la visita de Dios a su pueblo. Es todo un signo de las maravillas que hace el Señor en nosotros. Dios llega también a nuestra vida, como aquella visita de María en tantos que llegan a nuestra vida, como Dios quiere llegar a los demás a través de la visita que hagamos a los demás, del acercamiento que tengamos a los otros en la humildad y en el amor. Siempre que haya un encuentro de amistad, de amor y de servicio hay una visita de Dios.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Hay unos pasos que no nos podemos saltar que es el camino del amor y del servicio, de la entrega y de la pasión para llegar al Reino de Dios


Hay unos pasos que no nos podemos saltar que es el camino del amor y del servicio, de la entrega y de la pasión para llegar al Reino de Dios

1Pedro 1, 18-25; Sal 147; Marcos 10, 32-45

Un amigo, un familiar, un conocido en el lugar oportuno podría abrirnos quizá muchas puertas. Así pensamos, así deseamos porque una influencia, una ‘manguita’, una palabra de alguien en su momento podría ayudarnos quizá a conseguir nuestras ambiciones, nuestros sueños. Así vamos muchas veces por la vida haciendo galas de que conocemos a tal o cual personaje, que somos amigos ‘íntimos’ que hemos comido juntos tantas veces, y nos queremos subir en nuestros pedestales porque así alcanzamos ‘el cielo’ de nuestros sueños nos parece que con mayor facilidad.
¿Pensarían así aquellos dos hermanos, los hijos de Zebedeo, porque quizá eran pariente de Jesús? Uno de los evangelistas al narrarnos este episodio nos dice que fue precisamente la madre la que vino a decir ‘la palabra oportuna’ a Jesús para conseguir para sus hijos las mejores influencias. Como nos narra san Marcos al que estamos siguiendo en este momento, vinieron muy decididos a pedir los primeros puestos, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Pero el contraste está en que previamente el evangelista no había contado que subían a Jerusalén – un detalle curiosos parece que Jesús tenia prisa porque dejaba a todo el mundo atrás y los discípulos estaban extrañados y la gente se preguntaba que pasaba para aquellas prisas – pues cuando subían a Jerusalén Jesús les había querido dar las claves de aquella subida. ‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará’.
Como sucederá en otras ocasiones en que Jesús haga el mismo anuncio, los discípulos no se enterarán de las palabras de Jesús. No entendían, les daba miedo preguntarle, como se dice en otras ocasiones. Y tanto no se enterarán que a continuación se acercarán los Zebedeos con aquella petición que antes comentábamos.
No os enteráis. No sabéis lo que pedís. Y les habla de cáliz de entrega y les habla de bautismo, que Jesús ha de beber y por el que Jesús ha de pasar también. ¿Estáis dispuestos? Con demasiado entusiasmo dicen que sí. Pero Jesús les va a explicar una vez más cual ha de ser el sentido de su discípulo. Vais a beber el cáliz, vais a pasar por ese bautismo, pero ser primero es otra cosa. No os dejéis seducir por el estilo y el sentido del mundo. Todos quieren ser primeros para tener influencia, para mandar y para estar por encima; son los afanes del poder y de las glorias humanas. Son los sueños que se nos meten en el corazón y nos confunden.
Entre vosotros no podrá ser así. ¿Recordáis lo que os acuciaba que le va a pasar al Hijo del Hombre en su subida a Jerusalén? ¿Por qué le va a pasar todo eso? Porque he venido para servir, no para que me sirvan, he venido para entregar mi vida para que todos tengan vida. Por eso el que me sigue tiene que caminar por el mismo camino de servicio y de la entrega, aunque tenga que hacerse el último, es más, haciéndose el ultimo de todos y el servidor de todos. Y eso pasa por en cáliz y por un bautismo. Significará amargura, dolor, sufrimiento, muerte, pero es el camino de la vida porque todo eso se hace por el camino del amor.
¿Lo habremos entendido nosotros? ¿O seguiremos queriendo saltarnos los pasos que hemos de dar buscando cómodas facilidades en el camino del Reino de Dios que hemos de construir?

martes, 29 de mayo de 2018

No andemos buscando satisfacciones y recompensas humanas cuando sabemos que tenemos garantizado en tesoro en plenitud en el cielo


No andemos buscando satisfacciones y recompensas humanas cuando sabemos que tenemos garantizado en tesoro en plenitud en el cielo

1Pedro 1, 10-16; Sal 97; Marcos 10, 28-31

Alguna vez surge en nuestro interior la duda o la pregunta si aquello bueno que estamos haciendo, queriendo ayudar a los demás por ejemplo, o teniendo siempre un espíritu servicial y disponible para estar allí donde puedan necesitarnos o podamos hacer algo por un mundo mejor, merece la pena. ¿Qué sacamos nosotros en claro de lo que hacemos? ¿Merece de verdad hacer lo que hacemos de una forma desinteresada cuando quizá nadie nos lo agradezca?
Consciente o inconscientemente buscamos una compensación, un reconocimiento, una valoración de lo que hacemos, de alguna manera algo que nos recompense. Quizá tratamos de quitar ese pensamiento porque en el fondo queremos ser buenos y queremos hacer el bien, pero quizá en nuestro interior pudieran quedar ocultos deseos de satisfacción y recompensa. Sí deseamos ver un fruto al menos en aquellos por los que trabajamos y algún día nos veamos compensados cuando vemos que aquellos por los que quisimos hacer algo también han madurado en la vida y ahora también actúan de forma responsable y generosa.
Los discípulos también sintieron esas dudas en su interior. Es lo que ahora le plantean a Jesús. Después del episodio del joven rico que no dio el paso adelante de generosidad para desprenderse de todo y seguir a Jesús, éste les habla de lo difícil que les es a los que tienen su corazón apegado a riquezas u otras cosas que lo posean a uno el seguir el camino del Reino de los cielos.
No es que poseamos cosas, sino lo tremendo es que las cosas nos posean a nosotros, porque así dependamos de ellas que parece que nada somos si no lo tenemos. Y no son solo las riquezas materiales, sino son muchos apegos del corazón en nuestras rutinas, en nuestra tibieza espiritual, en los afectos desordenados y así en múltiples cosas.
Tras todo esto que les está diciendo Jesús Pedro le replica que ellos lo han dejado todo por seguirle, ¿qué les va a tocar? Una pregunta que denota si en verdad nuestra generosidad y desprendimiento es desinteresado. Aquello que decíamos de esas satisfacciones que buscamos, de esas compensaciones y recompensar de alguna manera por lo que hayamos hecho.
‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna’.
Quien se desprende de si mismo nunca se quedará ni solo ni vacío. Nos lo tememos algunas veces y por eso en ocasiones somos raquíticos con nuestra generosidad. Ni el aceite se acabará, ni la harina para el pan nos faltará, como le decía el Señor por boca de Elías a aquella viuda de Sarepta de Sidón, allá en el Antiguo Testamento. El Señor no lo permitirá. La misericordia del Señor es grande. Y con esa confianza tenemos que saber actuar con generosidad.
Pero si ya Jesús le había dicho a aquel joven rico que si se desprendía de todo tendría un tesoro en el cielo, ahora Jesús le dice a Pedro que en la edad futura tendría la vida eterna. Es la eterna bienaventuranza. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, nos prometería Jesús en las bienaventuranzas. Conocemos las palabras de Jesús porque muchas veces las hemos escuchado y meditado, pero parece que en ocasiones las olvidamos. ¿Por qué andamos buscando satisfacciones y recompensas humanas, si tenemos garantizado un tesoro en el cielo? Esa plenitud de vida y de amor que Jesús nos promete bien que merece la pena.

lunes, 28 de mayo de 2018

No nos demos por satisfechos nunca, aunque sintamos el gozo de lo que hemos hecho, sino que siempre queramos ir más allá y más arriba, plus ultra


No nos demos por satisfechos nunca, aunque sintamos el gozo de lo que hemos hecho, sino que siempre queramos ir más allá y más arriba, plus ultra

1Pedro 1, 3-9; Sal 110; Marcos 10, 17-27

¿Seremos nosotros de aquellos que cuando han logrado una meta que se han propuesto en la vida o conseguido un primer objetivo ya se dan por satisfechos y bajan la guardia y la intensidad de sus esfuerzos? Es algo que nos puede suceder o que sucede con frecuencia luchamos por unos objetivos, nos esforzamos todo lo que podemos y ya luego por así decirlo nos queremos gozar de nuestras conquistas y ya simplemente nos dejamos llevar por la vida.
Sucede a la gente joven como a la de mediana edad, pero sucede también que cuando llega la hora de la jubilación nos decimos que ya hemos luchado en la vida y ahora ya no queremos hacer nada ni nos esforzamos por nada cayendo en una rutina y desgana y hasta en un vacío existencial al no saber ya en qué ocupar nuestra vida. Creo que no podemos enterrar así nuestra vida, los valores por los que hemos luchado, o esa riqueza y sabiduría interior que podría seguir haciendo tanto bien a los demás. Esa inacción nos lleva a vivir una vida ya sin ilusión haciendo que se pierda el color del vivir y poco menos lo que hacemos es vegetar y la vida es muy preciosa y mucho más que todo eso. No podemos caer en una vida gris y anodina.
Hoy vemos acercarse a Jesús un joven con deseos de algo más; es bueno, cumple los mandamientos, lo que significa una vida de fidelidad y de esfuerzo, pero ahora le pregunta a Jesús que más ha de hacer para alcanzar la vida eterna. Conocemos el diálogo con Jesús y su mirada de ternura y de cariño. Y Jesús le propone metas más altas. Desprenderse de cuanto tiene para poder tener el verdadero tesoro en el cielo. ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme’, le dice Jesús.
Ahí el joven se quedó pesaroso. Era rico, y desprenderse de todo ya no entraba en sus planes, o al menos le parecía que era incapaz de ello. Dio media vuelta y se marchó. Ya conocemos los comentarios de Jesús que les cuesta entender a los discípulos de lo difícil que es desprenderse de las cosas cuando tenemos el corazón apegado a ellas.
Pero en la línea de lo que veníamos comentando al principio nos arroja mucha luz. Será el corazón apegado a las cosas, serán los cansancios de la vida, serán las tentaciones de una vida cómoda y sin esfuerzo, será no haber descubierto la riqueza que gana el corazón cuando somos desprendidos y dedicamos parte de nuestra vida a los demás, son tantas las cosas que muchas veces nos frenan en nuestras inquietudes, nos inducen a una vida anodina y sin metas,  a darnos por satisfechos de lo que ya hicimos.
Son cosas que tendrían que hacernos pensar. La vida se enriquece en la medida en que se da; el desarrollo continúo de nuestras cualidades y nuestros valores la da vida a nuestra existencia, no podemos contentarnos con lo que ya hacemos sino que hemos de sentir inquietud en nuestro corazón por hacer algo con lo que cada día hagamos mejor nuestro mundo. Y eso está en nuestras manos; nuestra vida adquiere más sentido en la medida en que nos ponemos metas y luchamos por subir un peldaño más que nos conduzca a mayor plenitud. El talento de nuestra vida no lo podemos enterrar, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio.
No nos demos por satisfechos nunca, aunque sintamos el gozo de lo que hemos hecho, sino que siempre queramos ir más allá y más arriba. Siempre: ¡plus ultra! ¡Más allá!

domingo, 27 de mayo de 2018

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos de Dios que quiere morar en nuestro corazón


Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos de Dios que quiere morar en nuestro corazón

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

Qué admiración no sentiríamos y qué sentimientos de gratitud no se provocarían en nosotros si en nuestra pequeñez y pobreza nos viéramos honrados con la visita y la presencia a nuestro lado de alguien que consideráramos muy importante y por la grandeza y relevancia de su vida lo tuviéramos como inalcanzable; sentir que un personaje así camina con nosotros, se sienta a nuestra mesa, tiene no solo palabras amables para nosotros sino que además nos revela secretos del misterio de su vida nos haría sentir a nosotros de alguna manera importantes también e incluso elevaría nuestra autoestima.
Esto que estoy diciendo entra en la imaginario, pero también en las categorías que los hombres nos hemos creado para hacer distinciones entre nosotros, que sin embargo muchas veces nos alejan unos de otros creando distancias en nuestras relaciones que se vuelven insalvables. Sin embargo esto que estoy diciendo me hace pensar en otro orden de cosas, entrando en lo sobrenatural y en lo divino.
La inmensidad del misterio de Dios y las consideraciones que nos hacemos de la divinidad en nuestros razonamientos humanos ha hecho que algunas veces situemos a Dios en una inmensidad lejana a nosotros y nos parece que llegar hasta El para conocerle y comprenderle se convierte ante nosotros en ese abismo que nos parece como decíamos insalvable.
Y aquí tendríamos que reconocer que no solo es esa búsqueda de Dios por nuestra parte – en cierto modo natural porque la vida misma muchas veces nos trasciende y nos lleva a pensar y querer descubrir esa perfección y plenitud que todos ansiamos en nuestro interior – pero que digo no es solo la búsqueda que nosotros podamos hacer, sino que la maravilla está en ese Dios que viene a nosotros, se hace presente en nuestra vida queriendo caminar a nuestro lado y El mismo se nos revela para que podamos llegar a conocerle y vivirle.
Aunque también es bueno que nos valgamos de nuestra inteligencia y nuestra capacidad buscando caminos y razonamientos que nos lleven a descubrirle, sin embargo importante es que seamos capaces de hacer un recorrido por ese camino de Dios que viene a nosotros y se nos revela, que está junto a nosotros y nos manifiesta su amor, que quiere habitar en nuestro corazón haciéndonos participes de su Espíritu y de su vida divina y que en su ternura y misericordia infinita no solo nos llama sino que nos tiene como hijos.
Es hermoso lo que nos dice la primera lectura de hoy. ‘¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto?’ La confesión de fe que hace el pueblo elegido es una confesión de fe que parte de su historia. En su historia, en su vida han sentido esa presencia de Dios, esa llamada de Dios, esa cercanía de Dios.
¿No es lo mismo lo que nosotros hacemos? Cuando confesamos nuestra fe estamos haciendo un recorrido por la historia de la salvación que ha tenido su momento culminante en Jesús. Fijémonos que en el credo hacemos mención a un momento histórico concreto. ‘En tiempos de Poncio Pilatos’ decimos para referirnos a ese momento culminante en que Cristo se ha ofrecido por nuestra salvación.
Una confesión de fe que seguimos haciendo recorriendo nuestra historia personal, en la que nos hemos sentido llenos e inundados de Dios que por la fuerza del Espíritu nos hace sus hijos. Ya nos decía san Pablo que ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios’. Esa maravilla que no llegaremos a comprender ni vivir si no nos dejamos llevar por el Espíritu. Es un decirle sí a Dios, dar respuesta a esa presencia de amor para dejar que Dios habite en nosotros. Decimos sí a Dios porque después de experimentar su amor queremos ya para siempre vivir cumpliendo su voluntad. ‘Si cumplís mis mandamientos mi Padre os ama y vendremos a él y haremos morada en él’ que nos explicaba Jesús. Creemos porque experimentamos su amor, creemos y queremos hacer su voluntad, creemos y nos sentiremos inundados de Dios.
Hemos escuchado en el evangelio que Jesús envía a sus discípulos por el mundo a anunciar el evangelio de la salvación que en Jesús nos ha hecho presente a Dios en medio de nosotros. Y nos dice Jesús que los crean sean bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¿Qué significa ser bautizado en el nombre trinitario de Dios? Bautizarse es sumergirse, pero Jesús nos dice que hemos de ser bautizados en el agua y en el Espíritu. Bautizarse es sumergirse en Dios y así seremos ese hombre nuevo, ese hombre que ha nacido de nuevo como le decía Jesús a Nicodemo por el agua y el Espíritu y que ahora ya comenzamos a ser hijos de Dios.
¿Buscamos explicaciones al misterio de Dios, al misterio de la Trinidad de Dios? Aquí lo tenemos. Nos hemos sumergido en Dios que nos ama como Padre, nos hemos sumergido en Dios y toda nuestra vida se renueva en la salvación que en Jesús el Hijo de Dios hemos alcanzado comenzando a vivir en el Reino nuevo de Dios que Jesús ha venido a instaurar, nos hemos sumergido en Dios y por la fuerza de Espíritu divino comenzamos a ser hijos de Dios en una vida nueva que nos hace un hombre nuevo.
Qué admiración hemos de sentir, como decíamos al principio de nuestra reflexión, y qué sentimientos de gratitud han de brotar en nuestro corazón cuando así nos sentimos amados de Dios de tal manera que habita en nosotros y nosotros en El. Es el Dios grande, infinito en su amor, pero es el Dios que se hace Emmanuel, porque está en nosotros y con nosotros camina en nuestra propia vida. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos del Dios que quiere habitar en nosotros.

sábado, 26 de mayo de 2018

Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos



Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza, porque solo los que se hacen como niños entenderán el reino de los cielos

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas descubre lo bonitas que son. Fue una reflexión que me surgió en la conversación con un amigo que me decía qué bonita era una sencilla y pequeña flor que en una fotografía había subido a Instagram. No era ninguna fotografía extraordinaria, pero yo me había fijado en el detalle para fotografiarla y mi amigo para admirarla. Muchas veces yo mismo había pasado junto a aquel seto y no me había fijado en sus flores; hoy me detuve junto a él y le hice la mencionada fotografía. ‘¡Qué bonita!’ decía mi amigo y me surgió esa respuesta. Las cosas más insignificantes cuando uno se fija en ellas ve lo bonitas que son.
Hemos perdido quizá la capacidad de admirarnos ante muchas cosas bellas que tenemos ante los ojos, pero que en nuestras prisas o en nuestros intereses por otras cosas no les prestamos atención. Y perdemos la oportunidad de admirar su belleza. Son las cosas de la naturaleza o las que las manos del hombre ha elaborado; pero no son solo las cosas, son también las personas; también tienen sus detalles, también hay valores que admirar en toda persona, y no solo vamos a buscar las más importantes, los que hacen cosas mas llamativas que para que les prestemos atención; son los pequeños y los que nos parecen insignificantes. Quizá ellos valoran mas ese pequeño detalle y los cultivan con mayor intensidad en sus vidas, aunque nadie se fije en ellos. Que ciegos vamos tantas veces por la vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy para hablarnos del Reino de Dios. La oportunidad vino porque muchas madres traían a sus niños pequeños para que Jesús los bendijera. Pero ya sabemos como son los niños, pronto empiezan a enredar con sus juegos, se acercan con toda confianza a Jesús y diríamos que Jesús estaba gozando rodeado de los pequeños. Pero allá viene celosamente Pedro que no quiere que molesten al Maestro y ya le está pidiendo a las madres que se lleven a los niños porque molestan a Jesús.
‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Reacciona Jesús inmediatamente. ‘No se lo impidáis, de los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Pero si los pequeños son una cosa insignificante. En aquellos tiempos y con aquella cultura no eran tenidos en cuenta para nada. Que todavía en algunos ambientes queda algo de eso. Pero es que Jesús habla de ser como ellos, porque así es como entenderemos el Reino de Dios.
Ahí está lo pequeño, porque será a los sencillos y a los pequeños a los que se revela mejor el Padre del cielo. Será el valorar lo pequeño porque el que no sabe valorar lo pequeño no sabrá valorar luego lo que es verdaderamente importante; es que eso que nos parece pequeño ya es importante también; y será la fidelidad de las cosas pequeñas. Y podríamos seguir fijándonos en muchas mas cosas.
Pero es que Jesús nos dice que hay que ser como los niños. Sí, los niños con los ojos abiertos siempre porque siempre quieren conocer, quieren saber, ahí están todas esas preguntas que algunas veces nos pueden parecer impertinente. Pero es algo más, son los pequeños que se admiran ante todo, porque en todo se fijan, quizá en lo que ya no nos fijamos los mayores.
Son los pequeños que van con simplicidad y sencillez, que mientras nosotros no los hayamos maleado van por la vida sin malicia, con corazón puro y humilde. Son los pequeños siempre abiertos al amor, y para quienes no hay esas distinciones que luego nosotros los mayores nos hacemos, que si la raza y el color, que si esta familia o aquella, que si de este lugar o con estos antecedentes; de cuantas malicias vamos los mayores llenando la vida y haciendo distinciones y apartándonos de los demás.
Que importantes son los pequeños, las cosas pequeñas, la sencillez y la humildad en nuestras relaciones, la valoración siempre de lo bueno y del pequeño detalle. Tenemos que aprender a fijarnos en esas pequeñas cosas, tenemos que aprender a fijarnos en los pequeños no solo en las cosas, tenemos que tener ese corazón puro y sin malicia, tenemos que tener esa capacidad de admiración para descubrir esos pequeños detalles que hacen verdaderamente grandes a las personas. Cuánto tenemos que aprender. Fijémonos en lo pequeño y descubriremos su belleza, nos encontraremos con su verdadera grandeza.