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sábado, 16 de abril de 2016

La Palabra de Cristo es nuestra vida y El se hace Eucaristía, alimento y viático de nuestro caminar para que nada nos haga vacilar

La Palabra de Cristo es nuestra vida y El se hace Eucaristía, alimento y viático de nuestro caminar para que nada nos haga vacilar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69

‘¿Esto os hace vacilar?’, les pregunta Jesús viendo que muchos discípulos lo criticaban por lo que les acababa de decir y muchos ya desde entonces lo abandonaron y no quisieron ir más con él; por eso les pregunta también al grupo de los Doce ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’
Dudan, no terminan de entender sus palabras que les parecen duras, les entra el desaliento porque no era quizá lo que esperaban. Tras momentos de euforia y entusiasmo – allá en el descampado hasta habían querido hacerlo rey – vienen los momentos de la desilusión, del enfriamiento del entusiasmo, de comenzar a ver que las cosas no son como las imaginamos, se vislumbran las dificultades y que la lucha puede ser ardua.
Nos pasa a todos. Tenemos nuestros altibajos, como se suele decir. Y cualquier cosa quizá que nos pueda contrariar nos enfría los entusiasmos y tenemos la tentación del abandono, de la huida porque quizá nos parece lo más fácil. Es en muchos aspectos; en el campo de nuestras responsabilidades; cuando adquirimos unos compromisos concretos con los que estábamos entusiasmados; cuando nos sentimos fracasados quizá en nuestros propósitos o en nuestros ideales; cuando se nos hace difícil y pesada la tarea, por ejemplo, en los padres de la educación de los hijos con tantas cosas enfrente con que nos encontramos que influyen en ellos; cuando los derroteros de la sociedad no van por lo que a nosotros nos hubiera gustado y hay muchas ideologías o muchas formas de pensar; en el compromiso de nuestra vida cristiana de cada día. Cada uno vemos nuestros desalientos, nuestras tentaciones al abandono.
Los discípulos se quedan dudando ante las preguntas de Jesús. ‘¿Esto os hace vacilar? ¿También vosotros queréis marcharos?’ Pero allí está Pedro con sus impulsos de amor. Quizá él tampoco termine de comprender las palabras de Jesús, pero un día se había decidido a seguirle dejándolo todo, cuando sintió además su pequeñez y su pobreza, su debilidad y lo que él consideraba su indignidad, y ahora estaba dispuesto también a estar con Jesús, fuera como fuera. Además la Palabra de Jesús le llegaba dentro. Ahora mismo el Maestro había dicho ‘mis palabras son espíritu y vida’, ¿cómo había de responder él? ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’.
Es el impulso de fe y de amor que no nos puede faltar. Dudamos, tenemos miedos, nos acobardamos, nos cuesta seguir adelante en la vida, se nos hace difícil la lucha, pero sabemos de quien nos fiamos, sabemos en quien confiamos. Tiene que crecer continuamente nuestra fe y nuestra confianza. Podemos porque el Señor está con nosotros. Mantenemos firmes nuestra fe porque en su Palabra encontramos vida. Seguimos adelante en la lucha de nuestra vida cristiana porque sabemos muy bien que El es nuestro alimento y nuestra fuerza. Para eso se ha hecho Eucaristía, Pan de vida eterna, alimento y fuerza de nuestra vida. 

viernes, 15 de abril de 2016

Comulgar, comer a Cristo es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre

Comulgar, comer a Cristo es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre

Hechos  9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’,  se preguntaban los judíos. No entendían las palabras de Jesús. Como dirán luego esta doctrina es dura y difícil. Pero de alguna manera es la pregunta que se pueden hacer tantos en nuestro entorno. Seamos sinceros con nosotros mismos. ¿De verdad todos los que a nuestro alrededor se llaman incluso cristianos y católicos creen que comemos a Cristo cuando comulgamos, en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía? Reconozcamos que para muchos es simplemente un rito pero no es nunca esa presencia real y verdadera del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
Pero vayamos a las palabras de Jesús y del evangelio. Jesús les había hablado de que El era el verdadero Pan bajado del cielo y que quien lo coma tendrá vida para siempre. Había terminado diciéndoles ‘y el pan que yo os daré es mi carne, para la vida del mundo’. Fue entonces la reacción de los que le escuchaban.
Es algo que tenemos que comprender muy bien. Hemos venido diciendo con las palabras de Jesús que El es nuestra verdadera vida, la verdad que da sentido a nuestro ser y nuestro vivir y cómo hemos de poner toda nuestra fe en El. Y poner nuestra fe en Jesús no es algo teórico o meramente intelectual, sino que tiene que hacerse verdaderamente vital en nosotros. Es asumir su vida, llenarnos de su verdad para que sea nuestra única verdad. Su camino es nuestro el único camino que nos conducirá a la plenitud. Por eso nos dice que así tendremos vida para siempre.
Cuando nos alimentamos ese alimento que comemos se transforma en nosotros en esa energía que nos da vida, que nos mantiene la vida; es el alimento el que se transforma para nuestro vivir. Pero cuando comemos a Cristo, nos alimentamos de Cristo, Pan de Vida, quienes se transforman somos nosotros. Comemos a Cristo y nos transformamos en Cristo para vivir su misma vida.
Por eso nos dirá Jesús hoy, ‘el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en él’. Vivimos en Cristo porque es su vida la que ya vivimos. ‘El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre’.
Son hermosas estas palabras de Jesús. No creemos en El y le mantenemos aparte de nuestra vida; cuando creemos en El y le comemos, El viene a habitar en nosotros, nosotros habitamos en El. ¿Queremos más hermosa comunión? Y quien vive en Dios, quien vive en Cristo ya no sabe lo que es morir, porque Cristo vive para siempre y nosotros estamos participando de su vida.
Unión maravillosa la que podemos vivir en Cristo. Así tenemos que pensar que sentido más hondo tenemos que darle a nuestras comuniones. Comulgar, comer a Cristo no es cualquier cosa, porque es vivir su vida, es hacer que El viva en nosotros y nosotros vivamos en El y eso sea en verdad para siempre. De ahí entonces la fuerza que recibimos, la gracia como decimos, que nos hará mantenernos fieles en nuestras luchas, que nos hará seguir fielmente su camino, que nos ayudará a superar el mal para vivir siempre en su gracia, en su amistad, en su vida.
Qué lástima que no vivamos siempre así nuestras comuniones, todo el misterio de la Eucaristía. Qué lástima que haya tantos que no hayan llegado a comprender plenamente, como reconocíamos al principio, todo el misterio de amor que es la Eucaristía.

jueves, 14 de abril de 2016

Comer a Jesús que es llenarnos de su vida… es encontrar todo lo que verdaderamente nos va a dar plenitud… vivir los valores nuevos del Reino… llenarnos de vida para siempre

Comer a Jesús que es llenarnos de su vida… es encontrar todo lo que verdaderamente nos va a dar plenitud… vivir los valores nuevos del Reino… llenarnos de vida para siempre

Hechos 8, 26-40; Sal 65; Juan 6,44-51

Todos queremos la vida; todos queremos vivir, y vivir de la mejor forma, y que no se nos acabe la vida. ¿No es cierto que de algún modo temamos la muerte? ¿No es cierto que todos deseamos una vida plena y feliz y que no se acabe? Aunque luego muchas veces no seamos capaces de buscar lo que da verdadera plenitud y felicidad; son las tentaciones que tenemos, y quizá nos apegamos a lo que no es tan importante, lo que realmente no nos da una felicidad plena. Pero deseamos en el fondo darle una verdadera trascendencia a nuestra vida, tenemos ansias de algo que en verdad nos llene para siempre, cuando andamos en medio de tantas cosas efímeras y caducas tras las que se nos va el corazón aunque al final nos demos cuenta que eso no merecía la pena.
La fe levanta nuestro espíritu; la fe nos hace vislumbrar eso que da verdadera plenitud al hombre; la fe le da alas al espíritu y nos hace soñar con cosas grandes; la fe nos ayuda a descubrir que esos sueños son posibles, porque pone metas altas en nuestra vida, nos hace encontrar los verdaderos valores que en verdad nos llenen por dentro. No podemos ver la fe como algo que coarte nuestra libertad, ponga límites a nuestra vida, sino todo lo contrario, porque la fe nos abre a cosas grandes. La fe no son limitaciones, sino apertura a la verdadera y más grandiosa libertad.
Es lo que nos ofrece Jesús. Pero tenemos que escucharle, saber escucharle con un corazón liberado, con un corazón que sea capaz de soñar y de abrirse a cosas grandes. Escucharle sin predisposiciones previas – valga la redundancia – con una apertura grande a esa novedad que quiere ofrecernos Jesús para nuestra vida. Muchas veces tenemos el peligro o la tentación de escuchar a Jesús con ideas preconcebidas. Tenemos que abrirnos a lo nuevo y descubriremos por qué caminos más hermosos nos hace transitar Jesús cuando en verdad ponemos fe en El y en su palabra.
Una necesaria apertura y sabernos dejar guiar. Hoy nos ha dicho ‘Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado’. Es el Espíritu divino el que nos conducirá a Jesús y nos hará comprender bien las palabras de Jesús. Y nos promete que cuando ponemos nuestra fe en El nos dará vida para siempre. ‘Y yo lo resucitaré el último día’. 
Nos promete Jesús un alimento que nos haga tener esa vida para siempre. No es un alimento cualquiera. Siguiendo con la comparación de lo que antes los judíos le habían dicho que Moisés les había dado un pan del cielo allá en el desierto, ahora les explica Jesús cual es ese verdadero pan del cielo.  ‘Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre’.
El nos va a ofrecer ese pan de vida y de vida eterna. El nos va a ofrecer el verdadero pan bajado del cielo que es El mismo. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo para que el hombre coma de él y no muera…’ les dice.  ‘Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo’. Tenemos que comer a Jesús y tendremos vida para siempre. Comer a Jesús que es llenarnos de su vida; comer a Jesús que es encontrar todo eso que verdaderamente nos va a dar plenitud; comer a Jesús que es vivir esos valores que El nos enseña que constituyen el Reino de Dios; comer a Jesús que es vivir su evangelio, esa Buena Nueva de salvación que nos anuncia y nos regala; comer a Jesús nos llena de la vida que dura para siempre.
Cuando sacramentalmente comemos a Jesús, comulgamos, es todo esto lo que estamos comiendo, comulgando, para llenarnos de su vida, para vivir para siempre. Tendremos vida nosotros y estaremos así también dando vida al mundo.


miércoles, 13 de abril de 2016

Nos ofrece Jesús el Pan de vida eterna que nos saciará para siempre y dará plenitud de sentido a cuanto hacemos y vivimos

Nos ofrece Jesús el Pan de vida eterna que nos saciará para siempre y dará plenitud de sentido a cuanto hacemos y vivimos

Hechos 8, l-8; Sal 65; Juan 6, 35-40

Hay panes que por mucho que comamos no nos sentimos saciados nunca. Claro que podemos entender esto que estoy diciendo y no refiriéndonos simplemente al pan o la comida material. Hablar aquí y ahora de pan es referirnos a tantas propuestas que se nos ofrecen de un lado y de otro, tantos caminos que nos dicen que nos conducen a la felicidad, tantas ideas o pensamientos que se nos ofrecen como la ultima solución a todos los problemas. No todo nos satisface por muy adornado que se nos presente. Tantas cosas que son efímeras y caducas cuando en el fondo de nosotros mismos ansiamos algo que nos llene de plenitud. ¿Dónde podemos encontrarlo? ¿Quién nos puede ofrecer realmente algo que dé plenitud a nuestra vida?
Hoy Jesús en el evangelio nos dice que El sí puede darnos un pan que nos sacie plenamente. Los judíos que le escuchaban y que había comido en la tarde anterior aquel pan multiplicado milagrosamente allá en el descampado, como se habían visto sin panes, estaban pidiéndole que les diera siempre de ese pan. ¿Así no tendrían que trabajar porque ya tenían resuelto el tema de la comida para siempre? Pero no era eso precisamente lo que Jesús quería ofrecerles.
Aquello sucedido en el desierto era una señal, un signo de lo nuevo que Jesús quería ofrecernos para su vida. En verdad Jesús sí quiere llenar nuestra vida de plenitud. Para eso se nos ofrece El mismo, comerle a El era en verdad aceptarle y creer en El, comerle a El era en verdad llenarnos del sentido de su vida que nos introduciría por caminos nuevos de resurrección y de vida para siempre, comerle a El era llenarnos de su vida.
Solemos decir que comulgamos con alguien cuando estamos totalmente de acuerdo con él, con sus ideas y su pensamiento, con su manera de actuar y de hacer las cosas, con el sentido que él le da a su vida. Cristo nos invita a que le comamos porque para eso El se hace pan de vida, para que comiéndole no tengamos hambre nunca más, para que comiéndole y llenándonos de su vida tengamos vida para siempre, para que comiéndole ya para siempre nuestro vivir sea el de Cristo, nuestro pensamiento, nuestro actuar, nuestra manera de ser esté ya para siempre empapado del sentido de Cristo.
Escuchemos directamente las palabras de Jesús y rumiémoslas en nuestro corazón. ‘o soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed…’ Nos pide Jesús que creamos en El, que pongamos toda nuestra fe El, nos confiemos de su Palabra y actuemos en consecuencia. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’, nos viene a decir.
Busquemos a Jesús porque en verdad queremos vivirle; busquemos a Jesús y que cada día lo conozcamos más, nos impregnemos de su palabra; busquemos a Jesús para caminar a su paso, para realizar sus mismas obras, para tener la certeza de que en El tendremos vida para siempre. En El nunca nos sentiremos defraudados. Comiendo de su pan nos sentiremos en verdad saciados para siempre porque nos llenamos de vida eterna. 

martes, 12 de abril de 2016

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Tenemos muchas razones para creer en Jesús y querer alimentarnos de su Sabiduría divina que nos conduce a la verdad plena

Hechos 7, 51-59; Sal 30; Juan 6, 30-35

¿Y por qué vamos a creer en ti? Algo así es lo que le responden a Jesús los judíos allá en Cafarnaún. Como nos sucede a nosotros en tantas ocasiones. Alguien quiere convencernos de algo de lo que nosotros no estamos muy seguros o no vemos claro, y de alguna manera así respondemos también. Queremos razones que nos convenzan sobre todo cuando se nos presentan ideas que parece que pueden cambiar nuestra manera de ver las cosas, o cuando estamos muy aferrados a lo que siempre hemos pensado o es nuestra propia tradición.
Jesús venía proponiéndoles muchas cosas en las que tendrían que cambiar sus maneras de pensar y de actuar. Desde la misma presentación de si mismo o desde lo que eran las expectativas de lo que les habían trasmitido que habría de ser el Mesías. Jesús había sido claro desde el principio porque les decía que para aceptar la Buena Noticia que El los ofrecía del Reino de Dios había que realizar un cambio profundo en sus vidas; les hablaba de conversión. Y dejar atrás nuestras maneras de pensar o la manera como hasta entonces hacíamos las cosas no era cosa fácil.
Ahora les dice que tienen que poner toda su fe en El. Les había dicho que lo que Dios quería era que creyeran en su enviado, que creyeran en El. Por eso reaccionan, ¿por qué hemos de creer en ti? Y ellos le recuerdan que si habían creído en Moisés es porque Moisés les había dado de comer en el desierto un pan bajado del cielo. Claro que eso era además reducir mucho las cosas, porque Moisés había sido líder del pueblo judío desde toda su lucha por liberarlos de Egipto y hacerlos atravesar el Mar Rojo, como el Señor le había confiado en aquella misión. Pero, diríamos que ahora van por lo fácil en su discusión con Jesús.
‘Os aseguro, les dice Jesús, que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’. Hemos de saber descubrir la acción de Dios. Igual que aquel pan multiplicado que en el día anterior habían comido en el descampado, no se podía quedar en el milagro de saciar momentáneamente el hambre que entonces podían comer. Habían de descubrir el signo, la señal que Dios les estaba dando. Aquel pan multiplicado milagrosamente era un signo de lo nuevo que en Jesús habían de encontrar.
En Jesús habían de saber descubrir ese sentido nuevo de la vida y de las cosas, ese sentido del nuevo Reino de Dios que Jesús anunciaba. Era, pues, necesario creer en Jesús. Jesús viene a revelarles la plenitud de la verdad, Jesús viene a ofrecerles la verdadera sabiduría que viene de Dios, Jesús nos quiere regalar su vida y para eso se hace pan. Es la gran revelación que Jesús les está haciendo. ‘Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. En Jesús vamos a encontrar esa verdad que nos va a saciar plenamente desde lo más hondo de nosotros mismos.
Aquellos judíos, no sé si muy conscientemente de lo que decían, le pedían a Jesús: ‘Señor, danos siempre de ese pan’. Quizá pensaban solo en el pan material que saciara sus estómagos, porque aun no habían terminado de comprender el signo. Nosotros sí podemos de una forma más consciente pedirle a Jesús que nos dé siempre de ese pan, porque así deseamos alcanzar esa sabiduría de Dios.

lunes, 11 de abril de 2016

Cuando vayamos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que va a ser el verdadero motor de nuestra vida y nos llenará de luz y de sentido.

Cuando vayamos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que va a ser el verdadero motor de nuestra vida y nos llenará de luz y de sentido.

Hechos 6, 8-15; Sal 118; Juan 6,22-29

‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús’. Fueron en busca de Jesús. Cuando lo encuentren Jesús les hará pensar en cuales serían las buenas razones para buscarle.
La búsqueda es algo connatural a la vida de todo ser humano, de todo ser viviente, podríamos decir también. Buscamos porque queremos conocer, queremos saber, queremos tener. Buscamos y no solo lo material, sino que en nuestra búsqueda nos interrogamos sobre nosotros mismos, buscamos el sentido y el valor de lo que somos, de lo que vivimos, de adonde vamos, las metas o los ideales de la vida por lo que luchamos. Y en esa búsqueda queremos siempre algo mejor. Forma parte del crecimiento de la persona y yo me atrevería a decir que cuando ya no deseamos nada, nada buscamos o nada queremos, de alguna manera dejamos de vivir, porque parecería que ya la vida no tiene sentido.
¿Qué buscamos nosotros en la vida? ¿Buscaremos en verdad algo que nos dé sentido, que nos llene de plenitud, que dé trascendencia a nuestra vida? ¿Acaso nos contentamos solo con lo material, lo terreno, lo inmediato? ¿Nos habremos cansado y ya no tenemos deseos de buscar? Creo que seria interesante hacernos preguntas así para descubrir la intensidad con que estamos viviendo nuestra vida.
La gente que había comido pan hasta saciarse allá en el descampado ahora viene a buscar a Jesús a Cafarnaún. ‘Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’.  ¿Por qué buscaban a Jesús? ¿Solo lo buscaban porque con el milagro habían comido pan? ¿Serían capaces de ver lo que aquel signo significaba? Es en lo que Jesús quiere hacerles reflexionar. Y ya les anuncia que busquen algo que en verdad les dé plenitud a sus vidas. ‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre’.
Es lo que tenemos que saber buscar en la vida, lo que en verdad llene plenamente  nuestra vida, lo que nos haga encontrar un sentido y una fuerza. Muchas veces en la vida nos quedamos en cosas inmediatas, en cosas que nos den una pronta satisfacción pero luego nos quedamos vacíos y sin nada por dentro. Cuando busquemos a Jesús busquemos lo que en verdad El quiere darnos, lo que significa en verdad su salvación. Eso que va a ser el verdadero motor de nuestra vida; eso que nos llenará de luz y de sentido.
Tenemos que buscar a Jesús, querer conocerle, escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos para que así vayamos encontrando esas respuestas que El va dando a esos interrogantes profundos que tengamos en nuestra vida. Que cada día haya un encuentro verdaderamente vivo con El y nos llenemos de su vida y de su plenitud. Como nos termina diciendo hoy ante las preguntas de los judíos: ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’. Pongamos en verdad nuestra fe en Jesús porque El nos llevará por caminos de plenitud.

domingo, 10 de abril de 2016

Que el colirio del amor cure nuestros ojos ciegos para descubrir y reconocer a Jesús y emprendamos caminos de verdadero amor y fidelidad

Que el colirio del amor cure nuestros ojos ciegos para descubrir y reconocer a Jesús y emprendamos caminos de verdadero amor y fidelidad

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Sal 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19
Con los ojos del amor podremos en verdad descubrir y reconocer a Jesús; con un corazón lleno de amor podremos seguir con toda seguridad un camino de fidelidad a Jesús. Me vais a permitir que en esta doble frase resuma el mensaje que hoy nos ofrece el evangelio en este tercer domingo de pascua.
Muchas veces parece que a nosotros también se nos nubla el corazón y no sabemos reconocer lo que está delante de nuestros ojos, delante de nuestra vida. Les estaba pasando a los discípulos; parecía que aun no estuvieran totalmente convencidos de que el Señor hubiera resucitado. Desalentados quizá, cansados, agobiados por tantos acontecimientos que habían vivido, impactados por todo lo que había significado la pasión y muerte de Jesús en la cruz, todo se les volvía negro, parecía sentirse desestabilizados. Un grupo de ellos encabezados por Pedro deciden tomar de nuevo las barcas y las redes e irse a pescar. ‘Me voy a pescar… Vamos también nosotros contigo…’ Pero aquella noche no cogieron nada. Su trabajo resultaba infructuoso.
Estaba amaneciendo. En la orilla alguien les preguntaba si habían cogido algo; una pregunta que podría parecer habitual en los que en la mañana esperaban la pesca en la orilla. Pero aquel a quien no podían vislumbrar claramente en la orilla les señala donde han de echar la red para conseguir la pesca. Y la pesca fue abundante; quizá podrían recordar otra pesca milagrosa en otras circunstancias. Y se sienten sobrecogidos por lo extraordinario. Pero hay unos ojos que ven con una claridad especial. Es el discípulo amado el que le va a susurrar a Pedro que quien está en la orilla es Jesús. ‘Es el Señor’. El amor había sido el colirio que le había hecho ver con claridad y distinguir que allí estaba el Señor.
Ya conocemos la reacción de Pedro en el impulso del amor por estar lo más pronto posible con Jesús que le hace lanzarse al agua para llegar el primero, aunque en este caso dejara a los demás el arrastrar la red y llevar la barca hasta la orilla. Pero también en su corazón se había despertado el amor.
Más tarde Jesús le preguntará insistentemente por su amor. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Tú que has querido ser el primero en llegar hasta mis pies cuando me has reconocido desde la barca, tú que eran tan impulsivo que decías que estaba dispuesto a dar tu vida por mi, aunque yo te decía que tuvieras cuidado, que fueras fuerte, que vendría la tentación y me ibas a negar, tu el que no quería que yo sufriera y te negabas a aceptar mis anuncios de pasión y de pascua, tú siempre dispuesto a hablar el primero para confesar tu fe, para decir que no te podías marchar aunque no terminaras de entender bien mis palabras, porque yo tenía palabras de vida eterna, ‘¿me amas? ¿me amas más que estos?’
Y allí está Pedro porfiando su amor, aunque aquella triple pregunta de Jesús le produzca dolor en el alma porque recuerda sus debilidades; allí está Pedro porfiando su amor pero allí está Jesús que sigue confiando en él, porque en ese amor sabe que será fiel, sabe que llevará la nave a buen puerto porque ya no se fiará de si mismo sino del amor del Señor y de la presencia de su Espíritu, sabe que será buen pastor porque ha aprendido bien la lección. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le dirá una y otra vez Jesús.
¿No nos estará haciendo Jesús la misma pregunta a nosotros? ¿no nos estará preguntando por nuestro amor? Tantas veces también nos sentimos débiles; tantas veces se nos oscurecen los ojos y parece que nos sentimos solos y tenemos también la tentación del desaliento y del cansancio; tantas veces nos entran las dudas con lo que sufrimos o con lo que vemos sufrir a los que están a nuestro lado; tantas veces también nos sentimos inseguros, desorientados sin saber qué hacer, aturdidos por los problemas que podamos tener o por la situación que vemos en nuestro entorno; tantas veces no terminamos de entender bien por donde caminamos o por donde estamos llevando nuestro mundo y necesitamos encontrar una luz, encontrar algo que nos abra los ojos para discernir bien la situación que vivimos, necesitamos sentirnos seguros de que la Palabra de Jesús nos sigue siendo válida y necesaria para hacer que nuestra vida tenga sentido, para hacer que nuestro mundo sea mejor. Quizá tantas veces también nos volvemos a pescar en los oscuros mares donde no ha amanecido el Señor.
Que se despierte en nosotros el amor, porque nos sintamos amados, como Juan el discípulo amado, para saber descubrir esa presencia del Señor; que vuelva a arder de nuevo nuestro corazón en el amor y así nos sintamos impulsado cada vez con más fuerza para buscar a Jesús, para ir al encuentro con Jesús, para querer estar al lado de Jesús.
Que lavemos nuestros ojos con el colirio del amor para ver también donde podemos y donde tenemos que encontrar a Jesús porque también tenemos que saber descubrirle en los hombres y mujeres que nos rodean, en los hombres y mujeres que sufren a nuestro lado o pasan necesidad, o emigrantes o refugiados que han tenido que dejar sus casas y sus países buscando algo mejor para sus vidas. Miremos y seamos capaces de ver a Jesús que en ellos viene también a nuestro encuentro y nos está preguntando por nuestro amor. Y nuestra respuesta no pueden ser palabras sin más que digamos como aprendidas de memoria, sino que tienen que surgir de unos corazones que están convencidos de que ahí está el Señor esperando nuestro amor.
Mucho tiene que hacernos pensar el evangelio de este domingo. Es una pregunta muy honda que se nos hace a lo más profundo de nuestro corazón a ver si en él encontramos amor del verdadero. Seguro que el Señor sigue confiando en nosotros y en la respuesta de amor y de fidelidad que le vamos a dar.

sábado, 9 de abril de 2016

Con Jesús a nuestro lado aunque sean muchas las oscuridades que nos puedan llenar de miedos nos sentimos seguros, nuestra fe se fortalece y renace la esperanza

Con Jesús a nuestro lado aunque sean muchas las oscuridades que nos puedan llenar de miedos nos sentimos seguros, nuestra fe se fortalece y renace la esperanza

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
‘Soy yo, no temáis’, les había dicho Jesús. Estaban asustados. Habían estado esperando a Jesús al embarcarse pero Jesús no había aparecido, más bien antes les había indicado que se fueran a la otra orilla. Era de noche cerrada, el viento era fuerte, las olas iban creciendo porque el lago se iba encrespando con el viento; eran habituales en aquel lago las tormentas que se levantaban repentinas por la depresión en que se encontraba al pie del monte Hermón y los cambios bruscos de temperatura. Muchas circunstancias que hacía que tuvieran miedo. Ahora aparecía alguien caminando sobre el agua como si fuera un fantasma. Estaban asustados y tenían miedo.
Tratamos de ocultar nuestros miedos porque nos parecen cobardías, pero siendo sinceros con nosotros mismos muchas veces se nos meten los miedos en el alma en la vida, aunque no lo queramos reconocer. Miedos en nuestras dudas que nos llenan de oscuridad; miedos porque nos sentimos solos y en el fondo necesitamos alguien que camine a nuestro lado; miedos porque no nos hemos afirmado en la verdad y en el sentido de la vida y parece que nos falte un norte que nos guíe; miedo porque nos sentimos débiles e ignorantes aunque lo ocultemos tras fachas que disimulan nuestras cobardías; miedos a enfrentarnos con el otro, a caminar junto a los demás, a que nos conozcan de verdad; miedos a lo que está por venir, a lo que nos pueda suceder, a las consecuencias de lo que hacemos sea bueno o sea malo; miedos al compromiso que nos haga olvidarnos de nosotros mismos porque siempre queremos hacernos nuestras reservas… podríamos hacer una lista muy grande de nuestros miedos y cada uno ha de mirarse con sinceridad en su interior.
Ahí estamos en el mar de la vida y nos parece sentirnos solos cuando las olas y los vientos de los problemas y dificultades chocan contra la barca de nuestra vida y nos parece que nos hundimos. Pero Jesús viene, está ahí, aunque no lo veamos, aunque lo confundamos con otras muchas cosas, pero hemos de tener la certeza de que El no nos falla, de que El no nos dejará solos nunca. Aunque nos pudiera parecer como aquel que se estaba ahogando en la playa y pensaba que aún había mucha profundidad de agua bajo sus pies, con Jesús a nuestro lado no nos hundimos y tenemos muy cerca esa orilla que nos da seguridad. Es la seguridad que nos da nuestra fe en El.
En nuestros miedos las oscuridades que se nos meten en el alma nos parecen tenebrosas y que no seremos capaces de salir de los peligros que nos acechan. Pero si en verdad nos apoyamos en Jesús, nuestra fe se fortalece, el alma se llena de seguridad y podremos emprender esos caminos, meternos de lleno en esas tareas que tenemos que realizar, vivir a fondo nuestros compromisos, y todo eso siempre con alegría en el alma porque la presencia de Jesús nos llena de esperanza y de seguridad. El Señor nos dice: ‘soy yo, no temáis’.

viernes, 8 de abril de 2016

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Pongamos nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos y nuestro mundo será mejor

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15

‘Pero, ¿qué es esto para tantos?’ era la pregunta que se hacía aquel discípulo cuando habían encontrado un muchacho con cinco panes y dos peces. Era una multitud grande la que se había congregado en torno a Jesús. Les había dicho que había que darles de comer porque llevaban varios días con él y no tenían que comer estando además en despoblado; ya habían hecho sus cálculos de la cantidad de dinero que necesitarían para dar de comer a toda aquella gente, pero estaban en despoblado y allí tampoco había donde comprar pan; parecía que todo eran dificultades y con lo que tenían no encontraban solución.
¿No nos pasará algo igual a nosotros? Nos abruman los problemas y nos sentimos tan débiles y sin fuerzas; no sabemos a quien acudir ni como encontrar soluciones; y eso hasta en las cosas más nimias de nuestra vida. Pero contemplamos nuestro mundo con sus crisis, con sus miserias, con sus injusticias y con el hambre que padecen millones de hombres por todas partes. Queremos hacer pero algunas veces parece que no sabemos que hacer; pensamos quizá que la solución del problema está en otras manos, los poderosos, los que tienen el mando o la dirección de la sociedad, y nos inhibimos.
¿Qué puedo hacer yo si soy solo uno en medio de tantos? ¿De que me valdría dar incluso todo lo que yo tengo si eso no va a solucionar el hambre de millones? ¿Qué puede valer mi opinión si soy una persona insignificante? Hay otros que saben más, que pueden más, que ellos comiencen. Y reculamos, nos echamos atrás, nos cruzamos de brazos, al final ni nuestros pobres cinco panes y dos peces somos capaces de ponerlos a disposición en unas falsas humildades o en una poca valoración de lo que podemos valer y de lo que podríamos hacer si ponemos nuestro granito de arena.
Creo que este pasaje del evangelio de la multiplicación de los panes que tantas veces hemos meditado nos puede interpelar por dentro sobre lo que hacemos o no hacemos por nuestra sociedad o por nuestro mundo. Nuestro pequeño pan, el de nuestra inteligencia, el de nuestra capacidad, el de nuestras ideas, el de nuestra buena voluntad, el de nuestro compromiso tiene un valor muy grande. Aunque parezcamos insignificantes podemos hacer mucho, tenemos además mucho que hacer.
El milagro de Jesús de la multiplicación de los panes Jesús lo está poniendo en nuestras manos porque nosotros tenemos que seguir realizándolo hoy. No podemos quedarnos impasibles ante las necesidades de los demás, ante la situación de nuestra sociedad, ante la dejadez quizá de los que mucho tendrían que hacer, pero que nosotros tenemos mucho que hacer. No podemos consentir que nuestra sociedad y nuestro mundo marchen por derroteros de destrucción y de muerte.
Es el amor el que puede salvar al mundo, como fue el amor de Jesús el que hizo posible que toda aquella multitud pudiera comer en el desierto. Ahí tenemos que poner nuestra solidaridad que no sean solo palabras sino que se traduzca en hechos muy concretos que tenemos que realizar. Cada uno tenemos que analizar la situación allí donde estamos para abrir los ojos y ver los problemas y poner nuestros esfuerzo, nuestro empeño en hacer un mundo de mayor justicia.
Y finalmente un detalle del evangelio. Jesús mandó recoger los panes que sobraron para que nada se desperdiciara. ¿Hemos pensado cuanto se desperdicia en nuestro mundo? Serán esas capacidades que tenemos y que no utilizamos. Y será también materialmente cuántas cosas se tiran, cuántos alimentos se destruyen, cuántas cosas que pueden servir para ayudar a los demás se desperdician. Esto nos tendría que llevar a más largas reflexiones.

jueves, 7 de abril de 2016

Busquemos los valores que den plenitud y sentido a nuestra vida llenándonos de esperanza y encontremos la verdadera espiritualidad desde nuestra fe en Jesús

Busquemos los valores que den plenitud y sentido a nuestra vida llenándonos de esperanza y encontremos la verdadera espiritualidad desde nuestra fe en Jesús

Hechos 5,27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Cada uno habla de lo que sabe; aunque algunas veces seamos osados y queramos tener opinión de todo sin tener suficiente juicio de valor para hablar de ello. De aquello que llevamos en el corazón, nos expresamos con nuestros labios, solemos decir; aquello que son nuestros pensamientos o nuestras convicciones más profundas se nos va reflejando en la vida, en lo que hacemos y en lo que decimos.
Lo que expresamos en nuestras palabras y opiniones y lo que manifestamos con nuestra manera de actuar va a definir la profundidad que tengamos en la vida y cuáles serían en verdad nuestras metas y nuestros ideales. Muchas veces nos quedamos demasiado a ras de tierra, en las cosas materiales, en los intereses de lo que podamos tener o poseer y eso podría manifestar quizá la falta de una espiritualidad profunda en nuestra vida cuando solo nos quedamos en lo material, en lo cercano o palpable, en aquello que nos satisfaga prontamente o quizá con el mínimo esfuerzo.
Por eso tenemos que darle hondura a nuestra vida que significará mirar a lo alto, mirar más allá de eso que palpamos con nuestras manos, o de eso que nos pueda dar simplemente una ganancia material o una satisfacción pronta que se puede convertir fácilmente en efímera. Es saber descubrir otros valores, es saber trascender nuestra vida, es encontrar esa fuerza espiritual que nos levante y nos haga reconocer que somos algo más que la materialidad de un cuerpo o unas cosas terrenas que nos puedan satisfacer.
Es eso que nos va hacer encontrar un sentido y un valor a lo que es nuestra vida, a lo que hacemos y por lo que nos esforzamos y luchamos. Cuando faltan esos valores espirituales nos puede suceder que pronto nos encontremos cansados y hastiados de eso en lo que hemos buscado esas prontas satisfacciones; cuando nos faltan esos valores espirituales nos sentiremos sin apoyo y sin fuerza cuando quizá la vida se nos haga dura por los problemas y dificultades que podamos ir encontrando y parece que todo lo tenemos en contra; nos sentiremos como desorientados, sin saber que hacer, qué camino tomar, donde encontrar esa fuerza que nos impulse a seguir luchando con esperanza de que podemos encontrar algo mejor.
Es descubrir esos valores por los que merece la pena luchar y hasta sacrificarse porque serán los que nos darán las más auténticas satisfacciones. Es no tener miedo a esa fe que eleva nuestra espíritu y nos hace aspirar, desear ese encuentro con nuestro Hacedor, el que tiene que ser el único Señor y Dios de nuestra vida.  
El creyente sabe que en Dios tiene su luz y su fortaleza. El creyente en Jesús ha encontrado en El la verdad de su vida. El verdadero creyente en Jesús en El encuentra esa razón para su vivir, se trasciende y se eleva, y en Jesús encontrará la gracia que le fortalece para no desentenderse del día a día de su vida, con sus luchas, con sus sueños, con sus deseos de hacer un mundo mejor, con su compromiso por los demás, con su trabajo por la justicia y la paz de nuestro mundo.
Tener fe no nos hace desentendernos de este mundo, sino vivir más comprometidos con El para hacerlo mejor. Esa fe en Jesús llena de esperanza nuestra vida para superar cansancios y dificultades porque sabe que con Jesús puede realizar en verdad un mundo mejor.

miércoles, 6 de abril de 2016

Creemos en el amor que nos salva y nos ponemos en camino de amor para ofrecer la luz de la salvación a todos

Creemos en el amor que nos salva y nos ponemos en camino de amor para ofrecer la luz de la salvación a todos

Hechos 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

Amor de Dios, fe, salvación son las constantes del evangelio de este día. ‘Para que no perezca ninguno de los que creen en El… para que el mundo se salve por El’, nos insiste el evangelio. Es la manifestación grande, la manifestación más maravillosa del amor de Dios.
En algunos momentos nos hemos hecho una imagen del Dios del juicio y de la condena. Quizá conscientes de nuestra maldad, de nuestro pecado, de nuestro rechazo a la luz nos quedamos con esa imagen del Dios pronto para condenar. Pero no es la constante de la revelación de Dios. El Dios clemente y misericordioso, lento a la ira y tardo para condenar, que ya se nos decía en el Antiguo Testamento.
Con Jesús se nos manifiesta más palpablemente ese rostro misericordioso de Dios. Jesús es la presencia del amor de Dios entre nosotros. Porque nos amaba y con un amor infinito y eterno nos envió a su Hijo. No para condenar sino para salvar; no para que permaneciéramos en las tinieblas, aunque nosotros las hubiéramos elegido, sino para llevarnos a la luz. Y lo que necesitamos es creer en El, creer en su amor, acogernos a su misericordia infinita, acercarnos a luz para iluminarnos para siempre llenándonos de su vida.
Es lo que nos repite hoy el Evangelio. Es la Buena Noticia que Jesús viene a proclamar y nos pide que creamos en El. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’. 
Pero bien sabemos lo que significa creer; no son solo palabras, no es solo la aceptación de unos dogmas; sí es la aceptación de una verdad que es el amor de Dios existente desde toda la eternidad que viene a regalarnos su amor y con su amor la salvación, el perdón, la gracia de la vida nueva. Pero esa aceptación de esa verdad del amor no es de forma teórica sino vital, porque es ponernos en la orbita de ese amor para amar con un amor igual; es ponernos en la órbita de la presencia de Dios que llena e inunda totalmente nuestra vida; es ponernos en ese camino de Dios, que es camino de rectitud, de bien, de justicia, de verdad, de paz, de perdón, de amor.
Recibimos ese amor y amamos con ese amor; nos llenamos de su paz cuando nos regala su perdón e iremos repartiendo paz porque nos acercaremos como hermano al hermano, y regalaremos también nuestra comprensión y el perdón porque ya nunca juzgaremos ni condenaremos al hermano; en la presencia del Dios del amor en nuestra vida iremos entonces construyendo ese mundo nuevo desde la rectitud de nuestra vida, desde nuestro compromiso, desde el trabajo por el bien y la verdad, desde el sentido nuevo de comunión y de amor con que iremos construyendo nuestro mundo. 

martes, 5 de abril de 2016

Un nuevo nacimiento que significaran unas nuevas actitudes y posturas por nuestra parte dejándonos transformar por la acción del Espíritu

Un nuevo nacimiento que significaran unas nuevas actitudes y posturas por nuestra parte dejándonos transformar por la acción del Espíritu

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 1-15

‘Teneis que nacer de nuevo’, le dice Jesús a Nicodemo. ¿Qué significa? A Nicodemo le cuesta entender, porque como dice él un hombre viejo no puede volver a entrar en el seno de su madre para volver a nacer. Es una imagen que nos quiere decir mucho. Jesús quiere dejárnoslo muy claro.
Al principio de los evangelios sinópticos – Mateo, Marcos y Lucas – el primer anuncio que hace Jesús es la invitación a la conversión para creer en la Buena Nueva del Reino que anuncia Jesús. Si no hay esa vuelta completa de nuestra vida no podremos entender esa Buena Noticia que Jesús nos trae y aceptar esa vida nueva que significa el Reino de Dios.
La imagen que nos presenta el evangelio de Juan es el nuevo nacimiento. Va en el mismo sentido de lo que se nos decía en los sinópticos, el de la conversión, el del cambio de vida. Y es que aceptar el Reino nuevo de Dios que Jesús nos anuncia es una nueva vida, es necesario un nuevo nacimiento. Es lo que ahora le está diciendo Jesús a Nicodemo. Había venido de noche a ver a Jesús – en la placidez de la noche cuantas conversaciones profundas se pueden tener – y venia con buena voluntad porque había descubierto que en Jesús algo nuevo esta sucediendo, algo nuevo se estaba anunciando. Pero Jesús le dice que no valen solo buenas voluntades, es necesario algo más, ese cambio profundo, ese nuevo nacimiento.
Un nuevo nacimiento que significaran unas nuevas actitudes y posturas por nuestra parte; es necesario ese deseo nuestro, esa apertura de nuestro corazón, esa voluntad de querer aceptar para hacer nueva nuestra vida. Pero será algo que no haremos solo por nosotros mismos o con nuestra fuerza y voluntad. Hay una acción de Dios. 
Por eso Jesús le dirá que hay que nacer del agua y del Espíritu. Recibimos el baño del agua, sí, que nos lava y purifica de todo lo viejo que hay en nosotros y que hemos de tener la voluntad de arrancar de nuestra vida. Pero es una acción del Espíritu de Dios en nosotros. Nacer del agua y del Espíritu.
Entendemos que se está refiriendo al Bautismo. Es un bautismo nuevo, porque ya para nosotros no será un signo penitencial de purificación como era el bautismo de Juan. Es algo más, algo nuevo, algo distinto, porque está la acción de Dios, la fuerza del Espíritu que hará nacer en nosotros una nueva vida, un nuevo nacimiento, como nos viene diciendo Jesús. Es la gracia de Dios que nos transforma para llenarnos de la vida de Dios.
Es el bautismo no como un simple rito de iniciación, sino como una transformación total de nuestra vida. Nace en nosotros una nueva vida con la semilla del Reino de Dios y de tal manera es nueva esa vida que nos hace hijos de Dios. Y todo eso por el misterio redentor de Cristo. Es una participación en el misterio de Cristo, es una participación en su muerte y resurrección, un morir con Cristo en el bautismo, morir al hombre viejo, para resucitar, renacer con El en una vida nueva, como luego nos explicará muy bien san Pablo en sus cartas.
En la Pascua hemos hecho una renovación de nuestro Bautismo. Renovábamos las promesas bautismales en la noche santa de la resurrección del Señor como un signo de esa vida de resucitados que habíamos de vivir. Era la conclusión del camino cuaresmal que habíamos recorrido. Es un nuevo principio en nuestra vida, porque en verdad queremos sentirnos renovados en esta pascua.
Hemos de seguir atentos y diligentes para no volver a ese hombre viejo de muerte, sino vivir esa vida nueva en la que hemos renacido. Mucho tendríamos que reflexionar sobre esto, sobre lo que en verdad ha de significar en nuestra vida ese renacer de cada día con verdadero sentido pascual.

lunes, 4 de abril de 2016

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria del Hijo de Dios en el misterio de su Encarnación

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria del Hijo de Dios en el misterio de su Encarnación

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

El veinticinco de marzo la Iglesia celebra una solemnidad muy especial. Es la fiesta grande de la Encarnación de Dios. El misterio admirable de Dios que se hace hombre en el seno de Maria. Pero este año de 2016 no pudimos celebrar esta solemnidad en su propio día porque coincidió con la celebración del Viernes Santo. Por eso la liturgia traslada esta solemnidad precisamente a este día, lunes de la segunda semana de pascua. ¿Por qué a este día, podría preguntarse alguien, y no al lunes siguiente al día de pascua? Por la sencilla razón de que la semana de pascua es una solemnidad especial, la octava de pascua que ayer concluíamos, en la que se prolonga la fiesta grande de la resurrección del Señor durante los ocho días que siguen.
Hoy, pues, celebramos este admirable misterio de la Encarnación. Por eso escuchamos en el evangelio una vez más – cuántas a través del año en su liturgia – del anuncio del ángel a Maria en Nazaret del nacimiento del Hijo de Dios encarnado en sus entrañas. ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.
El hijo de María va a ser el Hijo de Dios. ‘Se llamará el Hijo del Altísimo’, le dice el ángel. No es fruto del amor humano, es una concepción misteriosa, porque es obra de Dios, obra que solo Dios puede realizar. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’.
Es el Emmanuel anunciado por el profeta, Dios con nosotros. Es el misterio de Dios ante el que nos postramos. Es el misterio de Dios que con toda humildad reconocemos. Es el misterio de Dios que se nos revela para manifestarnos la grandeza del amor de Dios. Así nos ama Dios que quiere tomar nuestra naturaleza humana, hacerse hombre como nosotros porque por nosotros se entrega, para a nosotros darnos vida.
Creo que solamente podemos decir ‘Sí’, como María, porque nuestras palabras se quedan cortas, nuestra lengua se queda muda y sin palabras, nuestra mente se queda obnubilado ante tanto misterio, nuestro corazón se siente sobrecogido ante tanto amor.
Muchos no lo entenderán porque quieren emplear sus raciocinios humanos para comprenderlo. Muchos lo considerarán como una locura o una insensatez. Pero nosotros confesamos nuestra fe, nosotros reconocemos el amor de Dios, nosotros nos sentimos agradecidos y alabamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida. Como María decimos: ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra’. Como el Hijo de Dios al entrar en el mundo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Y como nos dice el evangelio de san Juan: ‘Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.

domingo, 3 de abril de 2016

Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas y nos llega la paz porque para siempre estaremos ya contemplando el rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas y nos llega la paz porque para siempre estaremos ya contemplando el rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Hechos 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Juan 20, 19-31
    ‘No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos…’
Es el gozo que seguimos sintiendo en el corazón. Es la esperanza renacida en el espíritu, allá en lo más hondo de nosotros mismos. Celebramos a Cristo resucitado. Vivimos a Cristo resucitado, porque nuestra celebración no es de algo ajeno a nosotros, sino que es algo que vivimos. ‘Los discípulos se llenaron de inmensa alegría’, comenta el evangelista ante todo lo que está sucediendo.
También para nosotros se han de abrir las puertas para que entre la alegría, dejando entrar a Jesús en nuestras vidas; se han de disipar para siempre los nubarrones que puedan ensombrecer nuestra vida porque para siempre tenemos la luz de Jesús que nos ilumina y nos llena de vida. Se derribaran los muros que nos separan y crean distancias entre nosotros porque ya para siempre comprendemos lo que es el amor y vamos a crear esa comunión de amor de los hermanos. Algo nuevo tiene que comenzar. Una vida nueva tenemos que vivir.
Con Cristo resucitado se nos acaban las dudas porque tenemos la certeza de su presencia. Tomás quería tocar y palpar porque él no estaba cuando se les manifestó Cristo resucitado por primera vez allá en el cenáculo. Los apóstoles le decían ‘hemos visto al Señor’ pero él seguía con sus dudas y con sus miedos. Pero cuando de nuevo Cristo se les manifieste y él está allí ya no necesitará palpar, tocar con sus manos porque reconocerá en verdad que era el Señor. ‘Señor mío y Dios mío’. Seguro que su corazón ardió en el amor de Dios con la presencia de Jesús y ya no necesitaba pruebas.
Quizá necesitamos ese episodio aunque no nos gusten las dudas de Tomás, pero así estaremos en verdad convencidos y con entusiasmo ya para siempre nosotros siempre confesemos la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas. Nosotros hemos de sensibilizar nuestro corazón para sentir también ese ardor dentro de nosotros, como Tomás, como los discípulos de Emaús, porque ya para siempre entendamos las Escrituras, porque ya para siempre aprendamos a sentir y vivir su presencia.
Con Cristo resucitado nos llega la paz, porque hemos sido redimidos, porque nos trae el perdón y la consolación para nuestras vidas, porque han de desaparecer las amarguras y los miedos. Llega la paz, porque se manifiesta la misericordia del Señor que es compasivo y nos perdona. Nos regala su Espíritu que es Espíritu de amor y de perdón, de gracia y de vida. No solo recibimos el perdón sino que para siempre su Iglesia ha de ser mensajera de esa misericordia y de ese perdón, ha de ser signo del amor de Dios que nos perdona y es misericordioso con nosotros. Es el rostro de Jesús que ha de manifestar la Iglesia, es el rostro de Dios siempre compasivo y misericordioso.
Recordamos aquel episodio en que Moisés o los profetas querían ver el rostro de Dios y les parecía casi imposible porque pensaban que viendo a Dios morirían. Pues en aquella escena en la montaña pasa ante el profeta la presencia del Señor y lo que escucha y aprende es que Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia. Es un grito de la misericordia de Dios, una revelación del Dios compasivo y misericordioso que siempre nos ama. Hoy se nos manifiesta ese rostro de Dios cuando contemplamos al que vive para siempre, cuando contemplamos y celebramos a Cristo resucitado.
No tememos ya nunca más porque se ha manifestado el amor. No tememos nunca más porque con nosotros sentiremos para siempre la paz de Dios. No tememos nunca más porque nuestra fe sale robustecida de la presencia del Señor. No necesitamos palpar con nuestras manos ni ver con los ojos de la cara porque ya para siempre vamos a sentir esa presencia del Señor en nuestro corazón.
Ahora comenzamos a tener una mirada nueva para conocer a Dios. Ahora comenzamos a llenarnos con toda intensidad del amor de Dios y le vamos viendo y sintiendo en los hermanos que caminan a nuestro lado. Ahora ya comenzamos a aprender a amar con un amor nuevo y distinto porque en nuestra vida hemos experimentado lo que es el amor, lo que es la misericordia divina que nos ama y nos perdona, ¿cómo no vamos a amar nosotros también a los demás? ¿Cómo no vamos a regalarlos mutuamente con ese amor para crear esos lazos nuevos de comunión entre los hermanos?
Es la victoria que nos trae la paz y el perdón. Es el triunfo de la vida que nos llenará de vida para siempre. Es el Reino del amor y la misericordia en el que comenzamos a vivir. Hemos visto al Señor, nos sentimos derretidos en su amor.


sábado, 2 de abril de 2016

La buena noticia de la resurrección de Jesús no nos la podemos guardar para nosotros sino que tenemos que anunciarla con gozo al mundo aunque le cueste creer

La buena noticia de la resurrección de Jesús no nos la podemos guardar para nosotros sino que tenemos que anunciarla con gozo al mundo aunque le cueste creer

Hechos 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

Nos cuesta creer y aceptar aquellas cosas que nos parecen en la lógica humana imposibles o que se saltan nuestros convencionalismos o nuestras ideas preconcebidas. Nos volvemos en cierto modo incrédulos de aquello que no entre en nuestra manera de pensar o que pueda tener aire de cierto misterio que solo con la fe podríamos aceptar. Todo lo queremos tener probado pero con nuestras reglas, con nuestros propios parámetros y no aceptamos las cosas simplemente porque el otro nos lo diga o por sí mismo lo haya experimentado.
En el evangelio de hoy nos encontramos algo de eso. María Magdalena se había encontrado con el Señor resucitado, va a comunicárselo al resto de los discípulos y no la creen. Vienen los discípulos de Emaús que habían experimentado la presencia de Jesús resucitado en el camino y lo habían reconocido al sentarse a la mesa y partir el pan, y tampoco los creen. Ahora cuando Jesús se les manifiesta allí reunidos en el cenáculo se llenaron de estupor con su presencia y Jesús les echará en cara su incredulidad y la cerrazón de sus corazones.
En este mismo sentido nos encontramos a tantos a nuestro alrededor. Les cuesta aceptar la resurrección del Señor, no quieren aceptar la resurrección del Señor. Hoy todo queremos probarlo con nuestros métodos científicos y cuando entramos en el misterio de Dios nos sentimos desbordados, no sabemos que hacer, y terminamos negándolo todo.
Tantos a nuestro lado, que incluso llevan el nombre de cristianos porque han recibido el bautismo, han recibido incluso muchas veces en su vida los sacramentos y hasta dicen vivir una vida religiosa, no están seguros de confesar su fe en la resurrección del Señor. Y no estamos haciendo referencia a los que viven sin fe, lejanos de la Iglesia o a los que nunca se les haya anunciado la Buena Nueva de Jesús. Estamos pensando en los que se llaman cristianos y al menos teóricamente viven en el seno de la Iglesia.
Pero no vamos a tirar piedras sobre los otros o los que están fuera, sino pensemos en nosotros mismos, en cómo creemos y vivimos ese misterio de nuestra fe que es la resurrección de Jesús.  Porque no han de ser solo palabras, sino que eso tiene que reflejarse en nuestra vida, en nuestra manera de actuar, de vivir. Y es que muchas veces se nos enfría la fe, vivimos como si no tuviéramos fe.
Quienes creemos en la resurrección de Jesús en verdad que no podemos vivir de cualquiera manera. Nos tenemos que sentir transformados y ante ese misterio que se realiza también en nosotros nuestras actitudes, nuestro actuar, nuestro amor, nuestras responsabilidades las vivimos con otro sentido. Hemos de sentirnos hombres nuevos, rebosantes de gozo y alegría, llenos de trascendencia, abiertos a los demás, misioneros con nuestra vida y con nuestras palabras de ese mensaje de Jesús, de su Buena Nueva de Salvación.
María Magdalena no se guardo la noticia para si; los discípulos de Emaús no se quedaron allá en su pueblo, sino que inmediatamente volvieron para anunciarlo a los demás. Por eso  hoy Jesús después de recriminarnos  nuestra falta de fe, nos envía para que hagamos ese anuncio a los demás, al mundo entero. En ese anuncio gozoso se sentirá en verdad fortalecida nuestra fe.

viernes, 1 de abril de 2016

Tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos…

Tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos…

Hechos 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Estaba amaneciendo y aquella noche no habían cogido nada. Y ahora desde la orilla alguien les pregunta si habían cogido algo. A la decepción de una noche de trabajo sin haber cogido nada se añade el tener que reconocer ante un extraño que la pesca había sido infructuosa. ¿A un extraño? No lo habían reconocido afanados como estaban en su tarea y humillados en su decepción.
Cuantas veces nos pasa. Nos sentimos desilusionados. No alcanzamos las metas, el trabajo parece infructuoso. Nos decepcionan muchas cosas en la vida. No dejan de aparecer los contratiempos. Las esperanzas se ven como coartadas. No avanzamos en el desarrollo de nosotros mismos o no vemos resultados a nuestros esfuerzos. No encontramos correspondencia en aquellas personas con las que queremos trabajar. Las amarguras nos corroen por dentro en nuestras oscuridades y desesperanzas. Parece que nos falta una luz que nos ilumine, una sabiduría que nos haga comprender las cosas, unas pautas para seguir el buen camino o realizar un buen trabajo.
Quien está en la orilla, que aun siguen sin reconocer, les dice que lancen la red por otro lado. ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’. Y aunque ellos eras los pescadores avezados en aquellas tareas ahora se dejan conducir. Parece que se repite lo que había sucedido en otra ocasión y entonces nos narraron los sinópticos. También habían pasado una noche sin recoger nada y Jesús les había dicho que echaran de nuevo la red, y fiándose de la palabra de Jesús lo habían echo y entonces como ahora recogían una redada de peces tan grande que reventaba la red.
Y aquel que había sentido hondamente el amor de Jesús como para recostar la cabeza en su costado y sentir el latido de su corazón ahora le había reconocido. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro en medio de aquel fragor de peces que saltan en la red. Y Pedro al escuchar estas palabras lo deja todo – como siempre quería hacerlo por Jesús aunque en su debilidad alguna vez le había fallado – se lanza al agua tal como estaba para llegar pronto a los pies de Jesús.
¿Qué tenemos que aprender? ¿Qué nos quiere enseñar Jesús hoy? Por muchos que sean nuestros desalientos, aunque en nuestras oscuridades no veamos nada o nos parezca que no sabemos hacer nada, sintamos que Jesús está ahí; El se nos manifiesta de muchas maneras. Su Palabra llegará a nosotros quizá en distintas voces, pero siempre sintamos que el amor de Jesús nos está hablando allá en el corazón. Aprendamos a poner nuestra cabeza en su costado, cerca de su corazón para escuchar sus latidos, para latir nosotros al ritmo de los latidos de su amor.
Amanecerá sobre nuestra vida. Lo necesitamos porque siempre no podemos permanecer en esas noches oscuras. No lo quiere el Señor que nos hará amanecer su luz sobre nuestra vida. Y sabemos que tras la noche siempre hay un amanecer y allí estará la luz del Señor que ilumina nuestra vida en nuestras desesperanzas y desilusiones, en nuestras amarguras y sufrimientos, en nuestras tareas y en nuestros trabajos si aprendemos a hacerlos en su nombre, a emprender cada día nuestros trabajos en el nombre del Señor.
Lo necesitamos hacer en nuestra vida personal de cada día para que haya un autentico crecimiento espiritual; lo necesita hacer nuestra iglesia para no apartarse de ninguna manera del camino de Jesús y del evangelio. Lo necesitamos todos porque en el fondo todos estamos ansiando esa luz que nos haga encontrar la salvación.