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sábado, 25 de octubre de 2025

La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

 


La misericordia de Dios no se agota nunca y siempre está esperando de nosotros flores y frutos de conversión

Romanos 8, 1-11; Salmo 23; Lucas 13, 1-9

Algunas veces agotamos la paciencia de los demás; así somos de humanos, humanos porque en nuestra debilidad tropezamos tantas veces en la misma piedra y así molestamos a los demás con nuestro trato que no siempre es lo bueno que tendría que ser, con nuestras cosas y manías que muchas veces nos hacemos insufribles para los otros y así con no se cuentas cosas mas, aunque una y otra vez tratemos de disculparnos y pedir perdón pero una y otra vez volvemos a nuestras andadas. Pero humano es el que tiene que aguantarnos, tener paciencia con nosotros y algunas veces también se le puede acabar la paciencia; si es tan reincidente por qué tengo que perdonarlo una y otra vez, nos preguntamos muchas veces. Es nuestra condición tendríamos que decir.

Pero, ¿así somos también en nuestra relación con Dios? Reconozcamos nuestra reincidente debilidad pero también lo grande que es la misericordia de Dios, que es infinita, y siempre nos está ofreciendo su amor y su perdón. ¿Dios se puede cansar algún día de nosotros? ¿Dios podrá dejarnos en el olvido porque podemos parecer ya un caso perdido? Algunas veces podemos pensar que agotamos la paciencia de Dios. La imagen de Dios que se nos va ofreciendo en la Biblia nos puede dar la impresión en algunas ocasiones que Dios se está cansando de amar al hombre, de amar a la humanidad.

Lo que hoy escuchamos en la Palabra de Dios es una llamada que se hace a nuestro corazón, una llamada a nuestra conversión. Por una parte vienen contándole lo que ha sucedido con aquellos galileos que se habían rebelado contra los romanos y que habían sufrido castigo, además en unas circunstancias que en cierto modo podían parecer escandalosas, pues fueron ejecutados en el templo.

En el sentido que podían tener entonces sobre la vida, la enfermedad y la muerte podía parecer un castigo de Dios. No tiene que ser la óptica con la que nosotros miremos el sentido de la enfermedad o de la muerte. Por eso Jesús se pregunta y les pregunta ¿serán más culpables estos galileos que los demás? O recordando un accidente en que la caída de un muro de la piscina de Siloé había hecho que perdieran la vida algunos de los que allí estaban, también le hace preguntarse a Jesús ¿eran más culpables los que murieron que el resto de los que allí estaban? Y Jesús les dice que si no se convierten van a perecer todos lo mismo.

Pero esto da pie a una pequeña parábola que Jesús nos propone. La higuera que no da fruto y año tras año el dueño viene a buscar sus frutos y no los encuentra, decidiendo cortarla porque para qué va a ocupar terreno una higuera que no da fruto. Pero aquí aparece el agricultor que le dice que tenga paciencia, que la va abonar, que va a cavar a su alrededor, que va a darle especiales cuidados, para ver si finalmente algún día dé fruto.

¿No es eso lo que Dios está haciendo con nosotros? No pierde Dios la paciencia con nosotros porque no demos fruto, sino que continuamente nos está haciendo llegar sus llamadas de amor para que nos convirtamos a El. Nosotros en la vida tantas veces hubiéramos quitado de en medio a aquellos que nos molestan, a aquellos que obran injustamente, y pensemos en tantas situaciones más en las que nos sentimos incómodos y quisiéramos arrasar con todo. Pero pensemos en lo que es la historia de nuestra vida, que sí es cierto que ha tenido momentos de luz, pero que reconocemos que también hay muchos momentos oscuros en nuestra vida; cada uno sabe su historia, conoce sus reincidencias, es consciente del mal que ha hecho tantas veces, pero Dios no ha arrasado con nosotros.

La paciencia de la misericordia de Dios es infinita. ¿Llegaremos un día a dar fruto de conversión? ¿Florecerán las obras del amor algún día en nosotros para que también podamos ofrecer esos frutos de vida?

 

viernes, 24 de octubre de 2025

Aprendamos a rumiar cuanto nos sucede con una mirada nueva para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación

 


Aprendamos a rumiar cuanto nos sucede con una mirada nueva para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación

Romanos 7, 18-24; Salmo 118; Lucas 12,54-59

La vida nos va enseñando, de la vida vamos aprendiendo. Las experiencias que vivimos nos enseñan, si somos capaces de ser reflexivos, de masticar y rumiar en nuestro interior lo que nos va sucediendo para sacar lecciones. Así vamos mostrando nuestra madurez. Son los mismos acontecimientos, las señales de la naturaleza, las cosas que vemos hacer a los demás en lo que vamos aprendiendo. Pero es necesario ir acumulando esa sabiduría en nuestro interior, guardándolos en la biblioteca de nuestro corazón para cuando lleguen semejantes circunstancias recordemos lo que hicimos, lo que nos salió mal, lo que nos fue productivo y ahora haciendo un juicio de valor de lo que nos sucede saber interpretar, saber actuar.

Lecciones que no siempre nos dan los libros, pero tenemos el libro de la vida de donde aprender. Claro que también lo que hemos estudiado tiene que servirnos para esa formación, para alcanzar esa madurez, porque también con esas mismas técnicas de estudio que hemos seguido, las empleamos para analizar la vida conjuntando todos esos conocimientos.

Triste los que en la vida siguen siendo niños, no por esa ingenuidad maravillosa para no ver malicias, sino porque no hemos crecido, porque no hemos madurado, porque no hemos aprendido de esas lecciones de la vida. Son cosas en las que tenemos que pararnos a pensar muchas veces analizando esa madurez que hemos ido alcanzando, no para llenarnos de orgullo y sentirnos por encima de los demás, sino para tener esa sabiduría de la vida.

Podemos estar pensando en el lado de los conocimientos humanos, pero también en lo que son nuestras relaciones con los demás, como también en ese sentido hemos de pensar en ese compromiso que tenemos con la vida y con el mundo que nos rodea, del que no podemos sentirnos ajenos o alejados sino ver esa seriedad de la vida y lo que a la mejora de ese mundo tenemos que contribuir.

Pero además es algo que arranca también de nuestra fe que tiene que llevarnos a ese compromiso con nosotros mismos, pero también a ese compromiso con la sociedad que nos rodea o con esas personas con las que hacemos camino en común.

Hoy en el evangelio Jesús quiere hacernos pensar, precisamente partiendo de esa lectura humana que hacemos de la vida y los acontecimientos, para que seamos capaces de ver las señales de Dios. No vemos a Dios decimos a veces, o dicen tantos a nuestro lado. Hay que abrir los ojos, hay que descubrir las señales, hemos de aprender a entrar en una sintonía espiritual, hemos de saber elevarnos de esa materialidad de la vida que algunas veces nos vuelve insensibles a las cosas del espíritu. Nos entorpecemos para lo espiritual cuando vivimos demasiado obsesionados con lo material, con lo económico, con la riqueza que deseamos tener, o con el poder que queremos alcanzar. ¿Estará ahí lo que en verdad va a dar más plenitud a nuestra vida? ¿Será esa nuestra verdadera riqueza y nuestra auténtica sabiduría?

La gente en muchas ocasiones le pedía a Jesús signos de que en verdad era el enviado del Señor, y no sabían leer los signos que Jesús continuamente realizaba en medio de ellos. Incluso en los milagros que Jesús hacía no sabían ver esas señales de Dios; recordemos como algunos incluso se los quieren atribuir al poder del espíritu del mal. Quizás la multiplicación de los panes les valía solamente para llenar sus estómagos sin caer en la cuenta del signo del alimento mejor que Jesús estaba ofreciéndoles; la curación de un enfermo, un paralítico, un ciego o un leproso, solo lo veían como el beneficio de estar sanos en su cuerpo o en sus sentidos, pero no caían en la cuenta de la salud más honda que Jesús en verdad nos viene a traer con su salvación.

Sepamos descubrir en el mundo de hoy esas señales de Dios, sepamos leer la historia de cada día con ojos de fe, en la bondad de tantos a nuestro alrededor que ofrecen con generosidad sus vidas para hacer el bien, veamos una presencia de Dios que nos habla, que nos llama, que nos da una nueva visión, que nos hace tener una mejor sabiduría de la vida.

¿Aprenderemos a rumiar cuanto nos sucede para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación?

jueves, 23 de octubre de 2025

Fuego que es purificación y generador de vida, fuerza del Espíritu que nos hace testigos y constructores de un nuevo mundo por la fuerza del amor

 


Fuego que es purificación y generador de vida, fuerza del Espíritu que nos hace testigos y constructores de un nuevo mundo por la fuerza del amor

Romanos 6, 19-23; Salmo 1; Lucas 12, 49-53

Estas palabras de Jesús hoy en el evangelio que hablan de fuego, de muerte o de división de alguna manera siempre nos han resultado controvertidas y nos ha costado entenderlas, porque habla de un fuego que ha de arrasar, de un bautismo de pasión y muerte y nos habla finalmente de división contraponiéndola a la concordia y la paz.

Confieso que de alguna manera algunas veces me quedo como bloqueado cuando trato de entender estas palabras de Jesús, porque podría que parecer que van a la contra de todo lo que anuncia en el evangelio cuando nos habla del reino de Dios. Pero creo que quiere hacer con ellas una afirmación rotunda de lo que es el Reino de Dios que quiere para nosotros y para nuestro mundo.

Todo lo que se desboca y se sale de control se convierte en destructivo aun en aquellas cosas que consideremos más buenas; lo que perdido control nos domina y termina destruyéndonos porque nos esclaviza; lo podemos pensar de las propias pasiones humanas que en sí mismas son fuerza que nos impulsan en la vida, pero cuando se descontrolan solo nos dejamos guiar por el instinto y no por la razón que tiene que estar por encima y que es la que de la un valor y sentido humano a esa nuestra fuerza interior. ¿Será un instinto incontrolado el que guía hoy nuestras vidas? ¿Qué hay de humano en lo que hacemos?

El fuego, pues, descontrolado siempre nos resulta aterrador por lo destructivo y nos quedamos solo en esa imagen del fuego; un incendio de nuestros bosques que deja tras de sí desolación y destrucción, el incendio de una casa o una propiedad que nos hace perderla totalmente y no vamos más allá de lo que en sí mismo significa el fuego que es uno de los principio fundamentales de la vida y la existencia; porque no todo es destrucción sino que el fuego también es creador y transformador, o tras el fuego veremos renacer de nuevo la vida y la vegetación con nueva fuerza y nuevo brío, pero el descubrimiento del fuego y el control de esa llama fue uno de los pasos fundamentales en la vida del hombre pues también tras ese descubrimiento pudo haber luz en medio de la oscuridad, elaboramos nuestros alimentos, se convierte en motor de nuestros movimientos o de los medios que utilizamos para desplazarnos, como también podemos construir nuevas formas y nuevos elementos fundamentales para la vida del hombre; una llama parpadeante se convierte también en símbolo de vida. Cuántas imágenes de la luz y del fuego nos encontramos en la Biblia. Sería interesante hacer un repaso.

Jesús viene a prender ese fuego de vida en nuestros corazones y en nuestro mundo, como purificación por una parte si lo queremos ver también así, pero como principio de vida que ha de transformar nuestro mundo. La señal de la venida del Espíritu Santo, comienzo de la vida de la Iglesia en el envío de los discípulos por el mundo para anunciar el evangelio, fueron aquellas llamas de fuego que como imagen y signo se posaron sobre la cabeza de los apóstoles. Será ese fuego del corazón que nos hace intrépidos para el anuncio del evangelio que transforme en verdad nuestro mundo. ¿Nos extraña que Jesús nos diga que ha venido a prender fuego en el mundo y lo que quiere es que arda? Cuidado nosotros no apaguemos ese fuego del Espíritu con la frialdad de nuestra vida cristiana.

Entendemos así que Jesús nos hable de un bautismo por el que ha de pasar que significa muerte pero que significa vida también. Es la entrega del amor que nos hace morir a nosotros mismos pero para poder tener vida de la de verdad. Fue la pregunta que le hacía a aquellos dos que querían ocupar los dos primeros lugares en su reino, uno a la derecha y otro a la izquierda, ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, bautizaros en el baal timo donde yo me he de bautizar?’

Una pregunta importante a la que no hemos de dar respuesta a la ligera, porque tenemos que calibrar bien las consecuencias a ver si somos capaces de llegar hasta el final. El evangelio no es para los enclenques y los que necesitan continuamente paños calientes; es un camino de exigencia porque es un camino de amor, y cuando queremos amar no lo podemos hacer a medias o con paños calientes, el que ama de verdad se da hasta el final. Se deja incendiar por ese fuego del amor divino, con todas sus consecuencias.

Y unas consecuencias que nos van a surgir es la incomprensión de los demás por esas actitudes radicales que nosotros tomamos en congruencia con nuestra fe. Es la división que nos vamos a encontrar, que es lo que nos está señalando Jesús. Y esa incomprensión nos viene muchas veces de los que están más cerca de nosotros. No quiere hablarnos Jesús de que las familias han de estar divididas, porque eso sería todo lo contrario a lo que pretende el evangelio, pero sí nos hace comprender que no siempre el camino será fácil, y no por los de fuera que pretenderán echarnos sus zancadillas, sino por la incomprensión de los más cercanos a nosotros.

Pero será ese vigor que sentimos dentro de nosotros por el fuego del Espíritu el que nos seguirá impulsando para continuar con nuestra tarea y misión, para ser esos testigos verdaderamente congruentes del evangelio en medio del mundo.


miércoles, 22 de octubre de 2025

Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

 


Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

Romanos 6,12-18; Salmo 123; Lucas 12,39-48

Que nos digan la hora exacta en que va a llegar y nosotros estaremos allí, mientras tanto podemos estar aprovechando el tiempo en otras cosas, quizás le digamos a quien nos convoca para algo determinado, para que esperemos a alguien que ha de venir; queremos aprovechar hasta el último minuto en nuestras cosas, porque si nos dicen esa hora exacta, pensamos, que vamos a estar perdiendo el tiempo en la espera. Así somos apurados y exigentes en tantas ocasiones, y digo apurados, porque queremos apurar hasta el último minuto en lo que estamos. Si sabemos la hora para ese momento prepararemos todo, aunque como suele suceder cuando dejamos las cosas para última hora que algo sale mal, algo se nos olvida, o algo importante no tenemos preparado a tiempo.

Claro que a quien esperamos, según el evangelio que hoy se nos propone, no nos dice la hora de llegada, porque lo importante no es hacer haciendo arreglos a última hora para quedar bien, sino de lo que se trata es de una vida, toda ella, que hemos de vivir en rectitud, a la que tenemos que darle su sentido y su valor. Así andamos con nuestra vida espiritual, así andamos en la recepción de los sacramentos, así andamos en lo de vivir en verdad nuestro compromiso cristiano; ya tendremos tiempo nos decimos tantas veces, y ahora seguimos con nuestras rutinas, seguimos con nuestros desórdenes porque tantas veces nos falta esa necesaria congruencia en nuestra vida, andamos con nuestra falta de compromiso porque siempre decimos que no tenemos tiempo, que ya volverá otra ocasión, otra oportunidad. ¿Volveremos a tener la oportunidad que ahora tenemos? ¿Por qué tanto dejarlo para más adelante?

Nos falta seriedad en la toma de decisiones, nos falta seriedad en los planteamientos que hemos de hacernos en referencia a lo de vivir nuestra vida cristiana, seguimos andando con muchos remiendos, pero no somos capaces de tomar el paño nuevo que nos haga esa vestidura nueva, como tantas veces nos dice Jesús en el evangelio; seamos capaces de reconocerlo, pero andamos con demasiadas hipocresías en nuestra vida, lo de las dos caras, andamos con la vida dividida, en unos momentos o en unas situaciones queremos aparentar que somos muy cristianos, poniendo una fachada por delante, pero por detrás andan nuestros desórdenes, andan nuestras actitudes y posturas poco claras, seguimos con nuestras cositas aguantando mientras podamos pero nos dominan las pasiones, las viejas costumbres, las rutinas y no sabemos mostrarnos con la suficiente entereza.

Hoy Jesús nos está hablando que nos han nombrado administradores y tenemos una tarea que realizar, que entraña también el trato que tengamos con los que están a nuestro lado; Jesús nos dice de aquel administrador que no era justo con sus compañeros empleados, a los que sintiéndose dueño en ausencia del amo trataba mal y de forma injusta. ¿Así nos sentiremos nosotros tan dueños de la vida que pretendemos hacer lo que nos parece olvidándonos de la rectitud que tendría que brillar en nosotros?

‘Estad preparados, nos dice Jesús, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’. Y nos dice que es necesario que nos encuentre en vela; y estar en vela no es solo estar despierto haciendo lo que nos parece, sino estar con esa responsabilidad en la vida donde tiene que prevalecer en nosotros el espíritu de servicio.

Aquí tendríamos que analizar muy bien todo lo que significa ese estar en vela, en nuestra vida y en nuestras responsabilidades, en lo que es nuestro crecimiento humano y espiritual en el cultivo de esos valores que aprendemos en el evangelio, en el lugar que ocupamos dentro de la Iglesia con la misión que hayamos asumido, pero también en lo que podemos aportar a nuestra sociedad con nuestro compromiso, con nuestra implicación en todo lo que sea el bien de esa sociedad a la que pertenecemos.


martes, 21 de octubre de 2025

Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

 


Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Salmo 39; Lucas 12, 35-38

No todos entendemos quizás el vivir de la misma manera. Muchos parece que simplemente se dejan vegetar, o sea, respiran, caminan, el corazón mantiene su ritmo de pulsaciones, simplemente van dejando pasar lo que sucede delante de sus ojos, pero como una película de la que no nos sentimos actores; muchos que se dejan arrastrar por lo que salga, pasivamente van respondiendo quizás a unos estímulos o impulsos que les de la vida misma o los acontecimientos pero por si mismos parece que nada tienen que ofrecer; quienes se dejan arrastrar por lo que dicen o hacen los demás pero parece que no tienen opinión propia, reaccionan según las influencias que reciban pero además a tono con esas influencias sin enriquecer nada porque no ponen nada de su parte.

Pero hay quienes quieren construir su vida, no simplemente dejarse arrastrar ni influir, sino que provocarán iniciativas, ideas, planteamientos, pero además quieren darle sabor a su vida poniendo emoción pero poniendo sobre todo el vigor del amor, que los hace creadores, revolucionarios incluso, pero que no se quedan solo a ras de la tierra, aunque pisan con fuerza el suelo sobre el que caminamos, pero se elevan dando una trascendencia a su vida, a lo que hacen, que va más allá del tiempo presente o de un futuro inmediato porque tienen visiones de eternidad.

La vida no puede ser pasiva aunque estemos llenos de esperanza; la vida tiene que ser constructiva porque ahí está todo lo que cada uno puede aportar; pero en la vida tenemos que estar con los ojos abiertos porque también vivimos en una interrelación y hemos de estar atentos a lo vamos poniendo para hacerlo siempre con sentido, pero abiertos también a lo que sucede a nuestro alrededor, como también a cuanto llega a nosotros que siempre nos enriquecerá.

Pero en esta trascendencia espiritual que los creyentes, los cristianos que seguimos a Jesús, queremos darle a nuestra existencia vivimos en la esperanza de la llegada del Señor a nuestra vida; y no pensamos solamente en el momento final de nuestra existencia – en el que también tendremos que pensar – sino en el hoy de nuestra vida donde Dios llega a nosotros y se nos manifiesta, podríamos decir, de mil maneras.

Es el Señor que con la fuerza de su Espíritu viene a actuar en nosotros inspirándonos todo lo bueno que hemos de realizar, hablándonos al corazón allá en lo más hondo de nosotros mismos para lo que hemos de estar sintonizados en esa onda especial de Dios; es el Espíritu de Dios que está nosotros fortaleciéndonos en ese camino y haciéndonos sentir su gracia y su fuerza para vernos liberados del mal. ¿No nos ha enseñado Jesús a orar pidiendo que nos veamos liberados del mal y no caigamos en la tentación? Pero aunque lo decimos con mucha prontitud y fidelidad cuando rezamos el padrenuestro luego no estamos atentos y vigilantes cuando nos pueda venir la tentación, para poder superarla con esa fuerza del Espíritu de Dios que está en nosotros.

Hoy nos está hablando Jesús de esa necesaria vigilancia que tendría que haber en nuestra vida, porque la esperanza no es quedarnos con los brazos cruzados y medios dormidos esperando pasivamente lo que nos pueda venir o suceder. El que espera y porque lo hace ya predispuesto con esa seguridad que le va a dar esa esperanza, estará vigilante, estará atento para sentir la señal, para dar respuesta, para ese nuevo actuar.

Y el que está vigilante a causa de eso que espera no se mete en la boca del lobo, sino que si sabe que el lobo está cerca – y la tentación nos acecha en todo momento y por toda partes por donde menos lo esperamos – vigilará para no acercarse allí donde sabe que está el peligro; quien padece de vértigo evita ponerse frente a un abismo porque sabe que en esas circunstancias va a sentir con mas fuerza ese episodio del vértigo. ¿Estaremos haciendo eso en nuestra vida?

‘Vigilantes, nos dice Jesús, porque no sabemos el día ni la hora… dichosos los criados que cuando llegue su señor los encuentre en vela…’

lunes, 20 de octubre de 2025

Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

 


Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

Romanos 4, 20-25; Sal. Lc 1,69-75; Lucas 12,13-21

Hace unos días alguien me comentaba con gozo cómo ahora le iban marchando mejor las cosas, después de haber conseguido un trabajo más estable; esta persona, por supuesto, en sus planes no estaba por el derrochar como consecuencia de que ahora le iban las cosas mejor, y comentábamos entre los dos la tentación que podía surgir de comenzar a tener una vida esplendorosa y analizábamos un poco el valor que habíamos de darle a esos bienes materiales con una mirada más amplia de solo quedarse en lo mejor que podemos vivir ahora queriendo incluso disfrutar más allá de las posibilidades, pero que además con lo que tengamos no podemos encerrarnos en nosotros mismos, porque terminaríamos volviéndonos egoístas e insolidarios.

Me vino el recuerdo de esta conversación a partir de lo que escuchamos hoy en el evangelio. La ocasión vino de unos pleitos entre hermanos por cuestión de herencias y posesiones en lo que querían que Jesús tomara parte como juez, pero que Jesús aprovecha para dejarnos hermosas enseñanzas. ‘Mirad, les dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y tenemos que pensarnos esta consideración de Jesús. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Cuáles son realmente nuestros objetivos y nuestras metas? ¿Qué es lo que consideramos primordial? ¿El dinero? ¿El poder? ¿El placer? Miremos a nuestro alrededor y veamos las tensiones y tentaciones a las que estamos continuamente sometidos. ¿En que ponemos nuestra felicidad? ¿Queremos ir de ‘sobrados’ en la vida? ¿Dónde ponemos todos nuestros esfuerzos?

Jesús para ayudarnos a comprender sus palabras nos propone una sencilla parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha y almacenó muchos bienes y riquezas de manera que incluso tuvo que agrandar sus bodegas; le parecía que ya tenía la vida resuelta; ¿para qué trabajar mas? A darse la buena vida. Mira por donde andan nuestros sueños. No es que no tengamos que disfrutar de la vida; Dios no quiere eso para el hombre, por eso cuando nos creó nos puso en un jardín al que llamamos paraíso terrenal. Y queremos seguir soñando con ese paraíso terrenal. ¿Lo llamamos estado del bienestar? ¿Nos construimos un mundo de placeres? ¿Nos engallamos con el poder de manera que no hay quien nos baje de los pedestales?

Dios quiere, es cierto, que seamos felices. Las señales del Reino nuevo de Dios que viene a instaurar pretenden que el sufrimiento vaya desapareciendo de la vida, que en lugar de hacernos daño con nuestros orgullos y egoísmos seamos capaces de buscarnos mutuamente el bien los unos de los otros. Y por ahí tendrá que ir el sentido de todo lo que somos y de lo que tenemos, no solo para una satisfacción personal, solo para mi propio placer, sino hacer que desde lo que soy y tengo pueda contribuir, pueda hacer que los demás sean más felices, que todos seamos más felices.

No es enrocarnos en nosotros mismos. Porque ese mundo ficticio e interesado que nos creamos un día se nos desinflará y nos quedamos en nada. La parábola habla de que aquella noche le llegó la hora de la muerte a aquel hombre y se pregunta ¿todo lo almacenado de quien será? Ya en la motivación de la parábola estaba la petición que le hacía alguien a Jesús para que actuara de juez entre pleitos de hermanos por herencias. Y bien sabemos cómo nos destruimos a nosotros mismos y terminaremos por no disfrutar de nada cuando vivimos con esos apegos y esclavitudes de lo material.

‘Así es el que atesora solo para sí y no es rico ante Dios’, termina diciéndonos Jesús.

domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


viernes, 17 de octubre de 2025

Que nuestra presencia, por nuestros gestos o nuestra cercanía, sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea y nos trae la paz

 


Que nuestra presencia, por nuestros gestos o nuestra cercanía, sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea y nos trae la paz

2 Timoteo 4, 10-17b; Salmo 144; Lucas 10,1-9

El embajador no actúa por cuenta propia, actúa en nombre de quien lo ha enviado, trasmite aquello que se le ha confiado; lo mismo el apoderado, el que ha recibido un poder, o el mensajero a quien se le ha confiado un mensaje que ha de llevar y trasmitir.

Hoy nos dice Jesús ‘poneos en camino’, nos envía; nos confía una misión, ‘cuando entréis en una casa decid primero, paz a esta casa… curad a los enfermos que haya’. Y nos deja claro cuál es el objetivo, ‘decidles… el Reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Nos viene bien recordar estos puntos fundamentales del evangelio de hoy en esta fiesta del Evangelista san Lucas, que hoy estamos celebrando. Fue la misión que él también recibió y en los Hechos de los Apóstoles o en las cartas de san Pablo, lo veremos en distintos lugares cumpliendo con esa misión. Pero fundamentalmente tenemos su evangelio escrito y lo que podíamos decir que fue algo así como la crónica de la primera Iglesia en los Hechos de los Apóstoles. ‘Poneos en camino’ él también había escuchado como él mismo nos lo trasmite y en esa tarea y en ese camino también lo contemplamos.

Sigue siendo la tarea de la Iglesia hoy, nuestra tarea. No solo porque pensemos en ese amplio mundo que lo vemos en la lejanía de otros países u otros continentes, mañana domingo precisamente vamos a celebrar la jornada misionera del Domund, sino porque es la tarea que tenemos que realizar ahí donde estamos. Hay quien recibe como vocación la llamada especial de ser misioneros yendo a otros lugares, pero es lo que cada uno escuchamos en nuestro corazón para sentirnos misioneros ahí donde estamos.

Misioneros cuando compartimos y celebramos los que tenemos una misma inquietud y nos servimos mutuamente de estimulo para mantener viva esa llama de la inquietud por el anuncio y la vivencia del Evangelio. Es lo que tenemos que vivir con entusiasmo y alegría en nuestras celebraciones, donde siempre hemos de sentirnos misioneros. Pero es también lo que en el día a día, allí donde estamos y vivimos, allí donde trabajamos o donde realizamos esa convivencia social en el encuentro con vecinos, con amigos o con quienes por las circunstancias que sea nos van saliendo al paso, donde tenemos que sentir que llevamos una misión, tenemos una tarea que realizar, un anuncio que realizar.

Necesitamos esa actitud en la vida de ‘ponernos en camino’, de salir de nosotros mismos porque siempre tenemos que ir al encuentro con los demás y como nos decía el evangelio ‘curar a los enfermos que haya’. Creo que entendemos bien esta imagen porque a nuestro lado vemos tristezas y angustias, sufrimientos y enfermedades no solo del alma sino también del espíritu, gente sin esperanza y sin rumbo en la vida que andan desorientados o dejándose malear por el ambiente que nos rodea.

¿No tenemos nada que hacer ahí? ‘Curad a los enfermos que haya’, nos dice Jesús y no es que vayamos haciendo milagros de curaciones físicas, pero algo si podemos trasmitir para aliviar sufrimientos, para despertar esperanzas, para poner ilusión en la vida por algo nuevo y mejor, por ayudar a superar esas cosas que nos duelen por dentro y que tantas amarguras quizás silenciosas nos provocan, a hacer brillar de nuevo los ojos de los que van tristes por la vida. ¿No estarán necesitando de esa paz que Jesús nos invita a llevar en nuestro camino?

No son cosas extraordinarias, milagros que llamen la atención, pero seguro que quien se siente ayudado con nuestra presencia o con nuestra palabra, con nuestros gestos o nuestra cercanía, van a sentir que algo nuevo está sucediendo en su interior; serán personas que comiencen a vivir de forma nueva, que se abren a la vida y a la vez se van a convertir en trasmisoras de vida para los demás. Es hacer que reine de nuevo la paz. Muchas veces lo que necesitamos hacer es estar ahí. Por eso nos decía Jesús ‘quedaos en la misma casa’, porque es esa presencia que sana y que da vida.

Tengamos conciencia que con esas pequeñas cosas estaremos anunciando, aunque no hagamos maravillosos sermones, el Reino de Dios para los que nos rodean. Jesús ahora no nos decía que el Reino de Dios estaba por llegar, sino que el Reino de Dios ha llegado a nosotros. Que nuestra presencia sea en verdad esa llegada del Reino de Dios al mundo que nos rodea.

Prevención, confianza y sinceridad, nacidos del amor para una congruencia de vida cuando empapamos nuestra existencia de los valores del evangelio

 


Prevención, confianza y sinceridad, nacidos del amor para una congruencia de vida cuando empapamos nuestra existencia de los valores del evangelio

Romanos, 4, 1-8; Sal. 31; Lucas 12,1-7

Buen amigo es el que nos previene de las cosas que nos pueden suceder, o de la boca del lobo en la que nos podamos meter. Eso significa amor y sinceridad; porque el amigo nos aprecia nos previene, porque el amigo quiere lo mejor para nosotros no andará con desconfianzas sino con total sinceridad; el amigo nos dice la verdad aunque nos duela; pudiera ser que en esa prevención en que nos quiere poner para que no caigamos en la trampa algunas veces estemos tan ciegos que nos cuesta creerle; pero si el amigo tiene la valentía y la sinceridad de prevenirnos, tengamos confianza, tomémonos en serio sus palabras y prevenciones, porque eso nos dará igualmente seguridad y nos ayudará a quitar miedos. El amigo siempre vendrá a nosotros con el corazón en la mano, y ya sabemos lo que eso significa.

Son las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio. Parece palabras de confidencia, esos momentos en que con sinceridad nos vamos diciendo las cosas, expresando nuestros sentimientos, dejando hablar al corazón. Es una muestra de confianza y con esa confianza desaparecen nuestros miedos y prevenciones. Qué bonito es disfrutar de esa apertura del corazón, con qué nuevos ánimos seguimos en la lucha y en el camino de cada día.

Es lo que Jesús está haciendo con los discípulos. Podrían parecer incluso recomendaciones de despedida, esas cosas que decimos cogiendo con en un aparte a aquel o aquellos a los que apreciamos y tratamos de hacerles abrir los ojos. ‘Cuidado con la levadura de los fariseos’, les dice. ¿Lo habían podido ir apreciando los discípulos más cercanos a Jesús?

Ellos habían venido escuchando las palabras fuertes que Jesús les decía dada la incongruencia de sus vidas, la vanidad y orgullo con el que vivían, por lo cual les llamaba incluso hipócritas, los que tienen doble cara, los que se ponen una careta para representar un papel como un teatro, pero con falta de rectitud en su corazón.

No quiere Jesús que sus discípulos entren en esa órbita, en la que fácilmente podemos caer cuando nos llenamos de orgullo y nos creemos más sabios o más santos que los demás. Y claro, Jesús les dice que tengan cuidado, porque son cosas que contagian, son redes en los que podemos ir cayendo, porque con sutileza nos hacen ver las cosas a su manera.

Jesús les había anunciado ya en otros momentos que los tiempos para sus discípulos no iban a ser fáciles, porque incluso tendrían persecuciones, podrían llevarnos a los tribunales y a la cárcel e incluso darles muerte. Hoy les dice que no tengan miedo a los que pueden matar el cuerpo, que tengan cuidado más bien con aquellos que sutilmente pueden influir en nosotros y cambiarnos nuestras metas e ideales, nos pueden desviar del camino recto, pueden presentarnos una cara bonita de sus pretensiones y lo que quieren es apartarnos del camino del evangelio.

Son cosas que vemos en la vida en todos los aspectos; cómo sutilmente quien quiere imponernos sus ideas, su forma de pensar o la manera de hacer las cosas pero a su manera de una forma sutil emplearán todos los medios para confundirnos y atraernos a sus redes. Es el pan nuestro de cada día de nuestra sociedad hoy, que finalmente se va a convertir en una guerra donde estaremos enfrentados los unos a los otros.

Jesús nos está pidiendo que haya congruencia en nuestra vida, que la fe no sea un adorno, podíamos decir, para los días de fiesta, sino que esa fe tiene que envolver totalmente nuestra vida, o mas que envolver, empapar nuestra vida para que como tales creyentes nos manifestemos en todo lo que hacemos; en la fe encontramos el sentido de nuestra vida y la fortaleza para vivir los valores que nos enseña el evangelio para construir el Reino de Dios.

jueves, 16 de octubre de 2025

Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

 


Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

Romanos 3,21-30ª; Salmo 129; Lucas 11,47-54

Recuerdo una anécdota en la que se apremiaba a alguien a que llegara puntual a un lugar o a una cita donde debía ir, pero este le respondía que iba a hacer todo lo posible por llegar pero si la vaca no estaba en el camino; parece que en otra ocasión en que había intentado hacer ese recorrido no había podido hacerlo porque una vaca estaba suelta en el camino y era poco menos que imposible pasar por aquel lugar.

Traigo a colación este hecho en referencia a lo que nos está expresando hoy el evangelio. Son las palabras de Jesús contra los fariseos y maestros de la ley porque parecía que disfrutaban poniendo exigencias en sus comentarios y enseñanzas a la hora de trasmitir al pueblo creyente lo que era la ley y la voluntad del Señor. Ha partido este episodio de aquel momento en que un fariseo había invitado a Jesús a comer en su casa y en su interior estaba haciendo sus juicios porque Jesús no se había lavado las manos antes de comer; lo que podían ser una medidas higiénicas las habían convertido en leyes para dictaminar lo que era pureza que por la fe había de haber en sus vidas.

Jesús habla fuerte contra aquellos que vivían una fuerte incongruencia en sus vidas; menciona como ahora quieren justificarse con mausoleos levantados en honor de aquellos a los que habían perseguido y dado muerte sus padres. ‘¡Ay de vosotros, les dice, que edificáis mausoleos a los profetas, a quienes mataron vuestros padres! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis mausoleos’.

Es algo más que un mausoleo o no lo que nos quiere decir Jesús, es la incongruencia de sus vidas, a las que les falta una verdadera profundidad y sentido en aquello que realizan, muchas veces solo dejándose envolver por la vanidad, pero sin darle autenticidad a sus vidas. No podemos sentirnos muy lejos nosotros hoy de esas actitudes que muchas veces seguimos con aquello del cumplimiento externo, pero que sin embargo nos dejamos envolver totalmente nuestra vida por ese sentido del evangelio. Cumplidores, pero sin vivencia interior; apariencias pero sin un fondo profundo en la vida. Lo que hacemos muchas veces con nuestros actos religiosos que se quedan fríos, que se convierten en un rito formal, una costumbre o una tradición pero que no repercute en nuestras vidas, nuestras costumbres, nuestra manera de hacer las cosas, nuestras actitudes y posturas con los demás o con lo que hacemos que no llegamos a hacer vida.

Pero recogiendo la imagen con la que iniciábamos nuestra reflexión muchas veces esas formas incongruentes de vivir la religión o el ser cristiano se convierten en pantallas que encandilan, que oscurecen el camino para quieren realizar ese acercamiento a la fe y a la vida cristiana, pueden ser obstáculos para la fe de los demás.

Como creyentes tenemos que convertirnos en testigos, ofrecemos nuestra palabra que anuncia pero tenemos que ofrecer el testimonio de una vida que es lo que de verdad convence y contagia; pero quizás nuestras actitudes, nuestras vanidades, nuestra superficialidad puede ser ese obstáculo, como decíamos antes, esa vaca que está en el camino y nos entorpece y dificulta el que otros puedan transitar por ese camino. Es el ejemplo de nuestras vidas, es esa vivencia que nos convierte en testigos.

¿Estaremos siendo esos testigos o acaso por nuestro mal ejemplo somos obstáculos para que otros se encuentren con Cristo y puedan llegar a vivir su fe? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, porque lo que se nos pide es esa congruencia en nuestras vidas porque será lo que contagia nuestra fe a los demás.

miércoles, 15 de octubre de 2025

Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

 


Aprendamos a encontrar la paz y la serenidad del Espíritu en la espiritualidad del evangelio porque donde está un cristiano siempre tiene que desbordarse la paz

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos quizás habremos pasado en alguna ocasión por la experiencia de estar con alguien cuya sola presencia nos infunde una paz y una serenidad a nuestro espíritu que luego no quisiéramos cambiar por nada; no nos dicen quizás grandes cosas, no quieren convertirse en maestros de nuestras vida, pero realmente lo están siendo con sola su presencia y una palabra que nos dicen nos hacen vibrar nuestro espíritu pero al mismo tiempo sintiendo una paz que no somos capaces de describir. Es su serenidad, su mirada directa y limpia, la atención que nos prestan, su capacidad de escucha, incluso el silencio que se provoca a su alrededor que nos hace sentirnos como transportados, como si estuviéramos en otra órbita o dimensión, donde no nos sentiremos turbados por nada que suceda a nuestro alrededor por muy desagradable que sea en si misma.

Tienen otra manera de afrontar la vida y los problemas que los hace mantener esa serenidad de espíritu y de alguna manera nos están impulsando a tener también nosotros esa paz y esa serenidad ante la vida. Hay en ellos una espiritualidad que enamora y nos impulsa a mirarnos nosotros mismos a nuestro interior, para aprender a saborear allá en lo más recóndito de nosotros mismos también esa paz. Algo que se vuelve contagioso, algo que nos hace sentir la inquietud por algo nuevo y distinto porque nos hace descubrir una grandeza distinta de la vida y de lo que incluso nosotros mismos somos.

Estoy hablando de experiencias humanas que nosotros hayamos podido tener y sentir con alguien, pero al mismo tiempo estoy queriendo pensar por qué nosotros, todos los que creemos en Jesús, no hemos llegado a esa sabiduría de la vida que en el evangelio podemos encontrar. Con Jesús siempre tendríamos que sentirnos así. Esa tiene que ser la más profunda experiencia religiosa que hayamos de vivir; eso tendría que ser de lo que hiciéramos gala y tendríamos que ser capaces de trasmitir a los demás.

¿Qué nos está diciendo en realidad el evangelio que hoy se nos proclama? Que en Jesús podemos encontrar siempre esa paz y ese descanso para nuestro espíritu. Nos invita Jesús a que vayamos a El porque a pesar de que por los avatares y tareas de la vida pudiéramos sentirnos agobiados, en El siempre vamos a encontrar esa paz para nuestro espíritu, con El tendríamos una forma nueva y distinta de afrontar todo eso que nos parece duro en tantas ocasiones de la vida.

Y Jesús nos habla de la mansedumbre de su corazón del que tenemos que contagiarnos; nos habla de esa sencillez y humildad con que hemos de afrontar la vida para darnos cuenta que en el pequeño y en lo sencillo es donde encontraremos nuestra mayor grandeza. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón’ nos dice.

Son los orgullos y las violencias malos compañeros de nuestro caminar, es esa ambición con la que parece que nos vamos a comer el mundo lo que llenará de intranquilidad nuestro espíritu para convertirlo todo en una guerra, son esas carreras ambiciones la que no nos dejarán entrar en nosotros mismos para descubrir esas pequeñas cosas que serán las que dan belleza y grandeza a nuestra vida. Es lo que finalmente nos hace perder la paz y cuando no hay serenidad en nuestro espíritu todo se vuelve tumultuoso y violento.

Quedándonos en lo pequeño, haciéndonos nosotros pequeños e incluso con la ingenuidad de los niños, cómo aprenderemos a llenarnos de Dios, a gustar esa nueva sabiduría que dará verdadero sabor a nuestra vida. Es lo que nos hará crecer en una espiritualidad profunda que nos hará sentir esa paz de Dios en nuestro corazón y de la que querremos contagiar a cuantos estén a nuestro lado.

Estamos haciéndonos estas consideraciones a partir de los textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de este día en que celebramos a Santa Teresa de Jesús. Una mujer de un gran recorrido en su vida que le fue haciendo comprender y vivir esa paz de Dios en su profunda espiritual y en la mística que envolvió su vida. Pero mientras no supo despojarse de si misma, su vida fue turbulenta; cuando se vació de si misma pudo llenarse de Dios de manera que en ella contemplamos una de las grandes místicas de la historia de la Iglesia. Fue el camino que luego emprendió de la reforma del Carmelo para dejarnos esos recintos de paz que son sus monasterios y que nos llevan a ese encuentro profundo con Dios.

No llegaremos a esa mística de san Teresa de Jesús, pero sí podremos aprender a encontrar esa paz y serenidad de nuestro espíritu cuando en verdad pongamos el descanso de nuestra vida en Dios, cuando nos dejemos empapar por la espiritualidad del Evangelio, que es llenarnos del Espíritu de Dios. Es también lo que estamos llamados a trasmitir a los demás, porque allí donde esté un cristiano, un creyente en Jesús, tiene siempre que desbordar la paz. Será difícil, pero es a lo que tenemos que aspirar.

martes, 14 de octubre de 2025

Mucho tendríamos que pensar en lo que son los cimientos de nuestra vida para dejar a un lado las apariencias de la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida

 


Mucho tendríamos que pensar en lo que son los cimientos de nuestra vida para dejar a un lado las apariencias de la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida

Romanos 1, 16-25; Salmo 18; Lucas 11,37-41

Tenía en un rincón de una pared de casa una cornisa que le daba un cierto encanto a aquel rincón, durante mucho tiempo había aparecido en su esplendor, externamente cuando se pintaba se trataba de tapar cualquier pequeña grieta que tuviera, pero no se había atendido a su estructura en la que se introducían humedades, los hierros se fueron corroyendo, el material por su interior se había ido quebrando y en un momento determinado se vino abajo y se desplomó. Habíamos mantenido bella su apariencia externa pero por dentro se había corroído. Podemos pensarlo de las madera que conforman la estructura de la casa, ya sean puertas y ventanas, ya sean escaleras o muebles para el servicio de la vivienda, externamente muy bonitos con sus barnices, pero por dentro la madera se había corroído y cuando nos dimos cuenta todo se nos vino abajo. ¿Si parecía tan bonita?, dirían algunos, pero todo era apariencia.

Pero podemos decirlo de la vida, de la apariencia que damos como personas queriendo ocultar lo que realmente llevamos por dentro. Con cuántas sonrisas hipócritas tantas veces nos presentamos, porque queremos aparentar que somos unas personas agradables, pero nos corroe por dentro el orgullo y la envidia, los malos deseos o las desconfianzas, nuestras reticencias para aceptar a las personas y las actitudes discriminatorias, porque en fin de cuentas no nos es agradable mezclarnos con todo el mundo. Tenemos que ser sinceros y poner las cartas boca arriba sobre la mesa, pero siempre queremos ocultar algo.

Es lo que presenciamos hoy en el evangelio. Jesús había estado enseñando al pueblo, tal como hacia ya fuese en la sinagoga, al pie del camino o en casa, ya fuera mientras recorría aquellos pueblos y aldeas o también cuando era recibido en casa por alguien que quería estar cerca de él. Después de uno de esos momentos en que Jesús ha estado enseñando a la gente, alguien que quizás hubiera estado en medio de aquellas gentes que escuchaban a Jesús, quiso invitar a Jesús a su casa. Y este hombre pertenecía al grupo de los fariseos, que a si mismos se consideraban personajes importantes e influyentes en medio del pueblo. No es la única vez que Jesús es invitado por un fariseo a comer en su casa.

Los prolegómenos son los habituales de la hospitalidad con que siempre se acogía al que llegaba como huésped a una casa. Pero el fariseo observa, sin embargo, que Jesús no se ha lavado las manos antes de sentarse a la mesa. Podría parecer algo insignificante y sin importancia, pero para los fariseos no lo era; podía haberse tocado algo impuro o que produjese impureza en manera de entender las cosas, y sería una impureza que manchase el alma. Y aquello estaba produciendo extrañeza y asombro en el anfitrión; podría parecerle que se le venía abajo todo el concepto que pudiera tener de Jesús.

Pero, ¿lo importante es lo que entra de fuera al corazón del hombre, o lo que llevamos en nuestro interior? Si llevamos corroído el corazón de nada nos vale esa pureza exterior, de nada nos vale lo que pudiéramos aparentar. Es lo que le dice Jesús en esta ocasión, aunque en ese mismo sentido lo escucharemos en otros momentos del evangelio. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad’.

¿De qué nos vale tener el plato o la copa reluciente por fuera si por dentro rebosa podredumbre? ¿De que nos vale el esplendor y belleza que podemos presentar de nuestras casas o nuestros edificios pintados con bonitos colores, si por dentro se nos están cayendo a trozos los muros que conforman su estructura? Pronto se nos vendrá abajo. Pronto se nos viene abajo el valor de nuestra vida si no cuidamos ese tesoro que llevamos en nuestro interior.

¿A qué le damos importancia? ¿Nos quedamos en apariencias o hay verdaderos valores que sean cimientos fundamentales de nuestra vida? Todo esto tendría que hacernos pensar, porque muchas serían las consecuencias que sacaríamos para dejar a un lado la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida.

lunes, 13 de octubre de 2025

No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

 


No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

Romanos 1, 1-7; Salmo 97; Lucas 11, 29-32

Cuando no tenemos confianza en la persona, todo serán dudas, todo se convertirá a la larga en un rechazo, nos pondremos en guardia ante lo que pueda hacer o lo que pueda decir la otra persona y todo se transformará en rechazo.  La confianza no es simplemente que podamos permitirnos cosas que van más allá del respeto, porque entonces nos sintamos en libertad para expresar incluso lo que pueda ser ofensivo para la otra persona. La confianza partirá de la credibilidad que le demos a lo que haga o lo que diga la otra persona, que nos llevaría a una aceptación incluso sin limitaciones ni censuras.

Por la falta de esa confianza o credibilidad pretenderemos que todo lo que nos puedan decir o presentar tiene que venir acompañado de unas pruebas claras y palpables. Siempre andaremos buscando esas pruebas, esas garantías, que parece que por otro lado no tenemos o no se nos ofrecen. Pero esa credibilidad no solo nace de la persona  que queremos aceptar, sino de las exigencias que nosotros pongamos por nuestra parte, esas garantías que nosotros pedimos, quizás por nuestros prejuicios o nuestras desconfianzas.

Al final parece que es el pez que se come la cola, no sabiendo a ciencia cierta por donde comenzar a tener o ganarnos esa confianza que exigimos. Pero ¿la daremos nosotros? ¿Mereceremos esa confianza? ¿Nos habremos ganado esa confianza? ¿Qué motivos realmente tenemos para pedir esas pruebas? ¿Será quizás ya como una costumbre en nosotros de estar pidiendo pruebas sin querer ver las que realmente tenemos ante nuestros ojos?

¿Será lo que estaba pasando con Jesús? Le están pidiendo signos sin querer descubrir todas las señales que Jesús está dejando a su paso para que en verdad creamos en El. Están por un lado estas palabras de Jesús que son como una queja ante lo retorcido de las peticiones de señales que le están haciendo continuamente. Les recuerdan quizás lo del episodio de Jonás que consideraban como un gran signo de la antigüedad. Frente a las palabras y enseñanzas de Jesús querrán quizás recordarle la proverbial sabiduría de Salomón ante la que se rindió la reina de Sabá que era reconocida por su gran sabiduría. En ese mundo de increencia que estaba surgiendo por doquier – como sigue quizás sucediendo también en nuestro tiempo – recuerdan como la gente de Nínive se convirtió a partir de la predicación de Jonás.

¿Jesús podría darles esa clase de señales? ¿O eran ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que realizaba, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas? ¿Sería a ellos los que en fin de cuesta les costaba tanto convertirse ante el actuar de Jesus como aquellas le sucedía a las gentes de Nínive?

Y Jesús viene a decirles que allí hay alguien que es mucho más poderoso que Jonás o mucho más sabio que Salomón. Todo estaba dependiente de la ceguera de sus mentes y de la cerrazón de su corazón. Pero, ¿no nos estará sucediendo de forma parecida a nosotros hoy? No terminamos de saborear la sabiduría del evangelio y nos vamos corriendo tras cualquiera que nos traiga las cosas más exóticas. Muchos nos hablan hoy de esa meditación trascendental que descubren en personajes que se nos presentan de forma exótica y extraña, pero nos olvidamos de meditar, de interiorizar en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Invitamos a la gente a un silencio espiritual, a un retiro espiritual en el clima religioso de nuestras celebraciones y de nuestra liturgia y nos dicen que se aburren, que eso no sirve de nada, pero ¿no será que no quieren abrirse a lo trascendente, no será que tienen miedo de que Dios llegue a sus vidas y hable a su corazón? Dejamos a un lado toda nuestra espiritualidad cristiana fundamentada en el evangelio y con la experiencia de tantos grandes santos que han ido marcando los surcos de la historia, por irnos detrás de cualquier novedad que nos llega sin ningún fundamento verdaderamente espiritual.

¿Qué sucede en nuestros corazones para rechazar esa espiritualidad profunda que nos viene del Evangelio y donde de verdad podremos llenarnos del Espíritu de Dios? ¿No será una falta de confianza por nuestra parte la que nos está encerrando para no abrirnos al misterio de Dios?