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sábado, 3 de mayo de 2025

Jesús no solo nos señala el camino sino que El mismo se hace camino para que por El vayamos al Padre, siendo también nuestro compromiso de ser camino para los demás

 


Jesús no solo nos señala el camino sino que El mismo se hace camino para que por El vayamos al Padre, siendo también nuestro compromiso de ser camino para los demás

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14. 6-14

Me vienen a la memoria dos hechos que podríamos llamar anécdotas de viaje en dos ocasiones distintas y también en distintas ciudades en que en un momento determinado me encontré perdido sin encontrar en un caso la salida de la ciudad y en el otro caso el lugar a donde me dirigía; en un caso un señor amablemente nos explicó detalladamente las vueltas que teníamos que dar, los cruces que nos íbamos a encontrar, las direcciones en cada cruce que debíamos tomar; tuvo que repetírnoslo varias veces porque era difícil recordar tantos datos como nos estaba suministrando. En la otra ocasión encontrándome perdido también, al pedir ayuda a alguien que me encontré, como según me decía iba a ser difícil que recordara todas las indicaciones se ofreció a subirse conmigo en el coche para hacer un trecho de ese camino dejándome a las puertas del lugar a donde me dirigía; el guía, podíamos decir, hizo camino conmigo, se hizo camino para que yo encontrará la meta.

¿No será eso lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio? Había venido como Palabra de Dios que plantaba su tienda entre nosotros; con su Palabra había ido desgranando en sus enseñanzas y en sus palabras todo lo que tenía que ser nuestra vida para que llegáramos a vivir el Reino de Dios; pero no se redujo solo a enseñarnos de palabra sino que hizo camino con nosotros; las señales del Reino de Dios que tan maravillosamente nos describe en las parábolas y en todas sus enseñanzas las vemos palpables en los signos que iba realizando, que no eran solo los milagros sino que era toda su vida, su cercanía y su ternura, su presencia y su caminar con nosotros.

Por eso  hoy nos dirá en el evangelio que es el Camino. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mi’. Se puso en camino con nosotros, se hizo camino para nosotros; nos ofrece la verdad de la salvación, El es la Verdad que nos salva; nos ofrece el alimento de su vida, ‘yo soy el Pan de vida’ nos dirá, se hace alimento y vida para nosotros, es nuestra vida porque seguirle es vivirle a El.

Por eso nos podrá decir que verle a El es ver a Dios; el rostro de Dios decimos tantas veces recordando que lo que es el amor y la misericordia de Dios se manifiesta en Jesús. El ha sido la revelación de Dios, porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’, por eso ante la pregunta de los discípulos diciéndole que les muestre al Padre, que les muestre a Dios, nos dirá simplemente que le miremos a El, ‘quien me ve a mí, ve al Padre’. El no hace otras cosa que las obras de Dios, las obras del Padre. Por eso es tan importante que en El pongamos toda nuestra fe.

Será todo lo que va a motivar nuestra vida; la fe que mueve montañas, como nos diría en alguna ocasión, es la fe que va a mover nuestra vida, que va a transformar nuestra vida, que va a hacer que nuestra vida sea distinta. ¿No decíamos que Jesús es la Vida? Pues nuestra vida ya no puede ser otra cosa desde que decimos que tenemos fe en Jesús, que vivir su vida.

Como Jesús nosotros también tenemos que hacernos camino. Es el evangelio que tenemos que trasmitir, que anunciar. Lo haremos con nuestras palabras, pero tenemos que hacerlo con el signo de nuestra vida. Quienes nos ven tendrían que verse motivados a creer, motivados a algo nuevo que estarán viendo en nosotros, motivados a vivir de forma distinta queriendo acercarse a Jesús. Pero ¿estaremos siendo en verdad esos signos para el mundo que nos rodea? Una pregunta importante para reflexionar, para revisarnos, para dejarnos transformar por esa fe, para que nos convenzamos de verdad que tenemos que realizar una conversión de nuestra vida.

No lo olvidemos porque seguimos a Jesús que es camino, nosotros también tenemos que hacernos caminos para los demás, para ese mundo que nos rodea. Tremendo compromiso.

viernes, 2 de mayo de 2025

Seamos capaces de ver las semillas que Dios van sembrando en nuestros corazones, germen del Reino de Dios y no excusa para nuestros intereses

 


Seamos capaces de ver las semillas que Dios van sembrando en nuestros corazones, germen del Reino de Dios y no excusa para nuestros intereses

Hechos, 5, 34-42; Sal. 26M Jn. 6, 1-15

Se suele decir que cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina; la imagen de los codazos de los que están al lado de la parrilla queriendo que el mejor fuego, el mejor calor le llegue a la porción que cada cual está asando viene a expresar muy bien los codazos que nos damos en la vida para hacer que nuestras ideas prevalezcan, queramos decir que lo nuestro es lo mejor y seamos capaces de llegar a tergiversar lo que dicen o hacen los otros para aprovecharlo a favor nuestro; nos hacemos incluso manipuladores haciendo decir a los otros no lo que realmente piensan sino resaltando lo que puedan coincidir para darnos autoridad a nosotros mismos. Los que con verdadera autoridad moral nos hablan siempre están en peligro de ser mal interpretados, o aprovechar cualquier resquicio para arrimarlos a nuestras ideas.

Hoy vemos en el evangelio que tras aquel episodio que llamamos habitualmente de la multiplicación de los panes, al final la gente entusiasmada quieren hacerlo rey. Había unas ansias y sueños en la gente del pueblo y cierto movimiento generalizado en el deseo de la pronta venida del Mesías para verse liberados de la dominación de los romanos. ¿Ansias de la llegada de un auténtico Mesías? Se confundía lo que estaba anunciado por los profetas y estaba en la base de la fe del pueblo de Israel con esos resabios políticos de liberación de los poderes extranjeros. Son las confusiones que veremos a lo largo del evangelio en mucha gente con lo que piensan o esperan de Jesús. Hasta entre los mismos apóstoles había algunos que procedían de esos grupos llamados los celotes, pero también vemos las ansias de los hermanos Zebedeos por alcanzar los primeros puestos al lado del poder del Mesías.

Hoy la gente quiere hacerlo rey. ¿Han comprendido en verdad el significado de lo que Jesús ha hecho? Leamos con atención el evangelio y vemos que todo parte de ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús. Allí estaba aquella multitud que seguía a Jesús por todas partes porque veía lo que hacía con los enfermos, comienza diciéndonos el evangelista. Jesús les habla, les enseña, les anuncia el Reino de Dios y no sabemos cuántas cosas les hablaría Jesús en aquel momento para moverles los corazones a que en verdad vivieran en el sentido del Reino de Dios que Él nos anunciaba.

Y Jesús se mueve a compasión al ver aquella multitud, que hasta se han olvidado de llevar suficientes provisiones a la hora de ponerse a seguir a Jesús. Y surge la cuestión de cómo alimentarlos; vemos el diálogo con los discípulos más cercanos, con los apóstoles. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’

Pero Jesús sabía por qué se hacía esta pregunta. Estaba moviendo de alguna manera a los que le seguían más de cerca para no cruzarse de brazos, a no quedarse en la pasividad de que no hay nada que hacer. Hay que abrir caminos, hay que buscar soluciones, hay que aprovechar hasta lo más pequeño o que nos parezca insignificante porque puede ser principio de algo grande, como así sucedió entonces. Pero es Jesús que está despertando los corazones, queriendo despertar esperanzas pero también movernos al compromiso y a la acción. Son las semillas del Reino de Dios que quiere ir sembrando en nosotros. Fue su compasión y fue la disponibilidad lo que abrió nuevos caminos y toda la multitud pudo alimentarse.

Pero muchos no van a saber discernir esas semillas que Dios quiere sembrar en nuestros corazones, algunos quizás en su entusiasmo querrán aprovechar la oportunidad para sacar esos resabios de mesianismo que llevaban en sus corazones. Querían hacerle rey. ¿Una insurrección contra el poder establecido, un movimiento político arrancando de un Reino de Dios que Jesús anunciaba y que era otra cosa?

Cuidado que también nosotros nos queramos aprovechar de las semillas que Dios va sembrando en nuestro corazón para utilizarlo para nuestros intereses muy partidistas en ocasiones o muy egoístas e interesados otras veces. ¿Qué es lo que en verdad Dios va sembrando en nuestros corazones? ¿Qué es lo que tiene que ser el centro de nuestra vida? ¿Con qué sentido miramos algunas veces el actuar de la Iglesia?


jueves, 1 de mayo de 2025

Creer en Jesús es poseer la vida eterna, es sentirnos poseídos por Dios y llenos de Dios, Dios es ya posesión nuestra metido en todo nuestro ser para hacernos un hombre nuevo

 


Creer en Jesús es poseer la vida eterna, es sentirnos poseídos por Dios y llenos de Dios, Dios es ya posesión nuestra metido en todo nuestro ser para hacernos un hombre nuevo

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Hay cosas en la vida que nos impactan y dejan huella en nosotros, huella que no es solo un recuerdo que no podemos quitar de la cabeza, que eso también sucede, sino que quizás a partir de ese momento vemos las cosas de otra manera, nos impulsa a tomar decisiones importantes para nuestra vida o nos llevan a vivir distinto. Un accidente que presenciamos o en el que nos vimos envueltos y del que salimos ilesos, una palabra de alguien en un momento determinado que se convirtió para nosotros en algo solemne y único, las palabras de un moribundo podríamos pensar, algo que vimos hacer a alguien que nos resultó insólito y sorprendente por el convencimiento con que lo hacía, y así cada uno podemos pensar en ocasiones distintas de la vida que nos hemos sentido impactados de forma extraordinaria.

Podemos pensar en cosas de la vida ordinaria, hechos reales que hemos vivido, o entramos en un ámbito más espiritual y estamos hablando de la fe. Una fe que no se reduce a una tradición, algo que nos han transmitido aunque eso tiene también su importancia y sigue siendo algo fundamental, sino una fe que ha ido creciendo en nuestro interior, pero desde lo que nosotros vivimos, desde las experiencias humanas y religiosas, espirituales que hayamos tenido.

Quizás vivimos tan materializados, tan imbuidos por el ambiente que nos rodea que todo lo reduce a lo material, a lo sensorial que nos produzca placeres, y tenemos el peligro de perder esa sensibilidad espiritual que tiene que formar parte también de nuestra vida. Nos quedamos fácilmente en la corteza, pero no sabemos llegar a lo hondo donde está la verdadera sabia de nuestra vida; quizás en ocasiones pasamos por momentos de experiencia espiritual e incluso religiosa, y lo materializamos tanto que podemos quedar solo disfrutando de la belleza externa que vienen a ser como adornos, que es cierto también nos pueden ayudar, pero no calamos hondamente en esa experiencia espiritual que podamos estar viviendo; cuando nos falta esa hondura salimos, es cierto, encantados por esa belleza externa, pero no espiritualmente impactados.

Lo vivido días pasados con la muerte del Papa Francisco, podría ser una experiencia espiritual intensa, pero puede ser que nos quedemos en la anécdota, la solemnidad del acto, algo así como en el espectáculo, las personas o personajes que han intervenido, pero no hemos sabido descubrir una voz que en lo hondo nos esté hablando desde la figura, la vida y la muerte del Papa Francisco. Es la experiencia de Dios lo que tenemos que saber encontrar, saber vivir en cualquier cosa que vivamos, porque Dios llega a nosotros de mil maneras y en todos los acontecimientos y en todas las partes. ¿Tendremos que aprender a despertar la fe?

Es esa experiencia de la fe que nos transforma, que le da hondura a nuestra vida, que le hace adquirir un nuevo sentido y valor, es lo que nos hace sentirnos con nueva vida. Y esa experiencia de fe es algo más que un impacto que nos hace guardar un recuerdo o dejar una huella, algo que no podemos olvidar; es eso y mucho más, porque eso se va a hacer vida en nosotros, es lo que nos va a hacer vivir de verdad y entonces todo tendrá un nuevo sentido, como decíamos, un nuevo valor.

Hoy el evangelio nos dice que creer en Jesús es algo maravilloso porque nos hace poseer la vida eterna. Y cuando nos habla de vida eterna, no estamos pensando en el más allá después de la muerte, sino que esa vida eterna es lo que ahora estamos viviendo, porque es sentirnos poseídos por Dios y sentirnos llenos de Dios, porque es sentir que Dios es ya posesión nuestra porque así está metido en nuestro corazón, en nuestro espíritu, en todo nuestro ser.

Y eso nos hará vivir, entonces, de manera distinta, de manera nueva; es por eso que decimos que los que creemos en Jesús somos hombres nuevos, algo distinto a cuando vivíamos sin esa fe, sin ese Jesús poseyendo nuestra vida. ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Será así como estamos viviendo nuestra fe? ¿Será así como nos sentimos poseedores de esa vida eterna?

miércoles, 30 de abril de 2025

El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

 


El juicio de Dios siempre es el del amor, porque así nos amó que nos entregó a su propio hijo no para condenar sino para salvar al mundo

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Juan 3, 16-21

El camino de las relaciones de los hijos con los padres nunca puede ser el del temor sino el del amor; cuando nos metemos de verdad en el carril del amor nuestro rostro es el de la felicidad porque nos sentimos amados, porque descubrimos que todo aquello que nos diga o nos haga nuestro padre estará guiado siempre por el amor; por eso ante el padre que nos ama no nos escondemos, aunque a veces podamos equivocarnos y cometer errores, porque sabemos que nuestro madre no tiene la pesa o el metro en sus manos para medir cuanto hacemos y si nos pasamos o no llegamos a la medida porque El está ahí para animarnos y alentarnos, para guiarnos pero también para ser luz para que nosotros podamos también ver con claridad cuales han de ser nuestros caminos; con el padre no andamos tampoco con mezquindades si lo amamos de verdad midiendo hasta donde llegamos, pesando como para llevar una contabilidad de lo que hacemos, ni exigiendo porque nos sintamos con derechos a recompensas; la mas hermosa recompensa es la de amar y sentirnos amados.

Algunas veces, es cierto, esto no lo vemos con total claridad ni lo realizamos así, porque manchamos de miserias nuestro amor y ya no es tan autentico, pero aunque no lo veamos sabemos que el padre siempre estará esperando para darnos el abrazo de su amor. Y esto que estamos diciendo tiene también su reflejo en lo que es nuestra relación con Dios. Es el Padre que nos ama y nos ama con un amor tan infinito que es eterno, un amor tan fiel que por muchas que sean nuestras infidelidades siempre nos estará ofreciendo ese abrazo de perdón, siempre estará saliendo a nuestro paso para buscarnos y hacer que retornemos a esos caminos del amor.

Es el mensaje tan bonito que nos ofrece hoy el evangelio. Con toda rotundidad y con toda también solemnidad nos está hablando de ese amor de Dios. Lo hemos escuchado muchas veces pero no terminamos de saborearlo en toda su riqueza. Hay palabras ante las que no es necesario comenzar a hacer muchos comentarios, sino simplemente contemplarlas desde el corazón, rumiarlas repitiéndonoslas una y mil veces para hacerlas en verdad vida de nuestra vida.

Tanto amo Dios al mundo, tanto nos amó Dios porque es un amor muy personal y muy concreto donde también tendríamos que decir, tanto me amó Dios, que entregó a su Hijo Unigénito, no paraba de buscar lo mejor que podía ofrecernos, nos había regalado la vida, nos había puesto en este mundo que había puesto en nuestras manos, nos había acompañado en nuestra historia y nuestro camino, pero no se quedó ahí, desde toda la eternidad había decidido entregarnos a su Hijo, para que todo el que cree en El no perezca sino que tenga vida eterna. ¿Podíamos esperar más? En ese pensamiento nos podríamos quedar, ante ese amor tenemos que responder, desde ese amor hemos de emprender el camino, camino que tiene que ser igualmente de amor.

Pero el Hijo viene con amor. Enviado del Padre por amor es para nosotros la muestra más hermosa del amor. Y será amor lo que nos enseña, será amor lo que es su vida, será amor que nos llena de vida. No para la muerte sino para la vida, no para hacernos perecer aunque muchas veces no nos merezcamos tanto amor, sino para seguir ofreciendo siempre vida, y no una vida cualquiera, vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

El juicio de Dios será siempre el del amor, el de la compasión, el de la misericordia. No viene para pillarnos en nuestros errores y en nuestras infidelidades sino para siempre ofrecernos su corazón compasivo y misericordioso. Estoy pensando en la mirada de amor de Jesús a Pedro momentos después de su negación. Pedro, es cierto, lloraría amargas lágrimas de dolor pero Pedro aprendió a seguir ofreciendo amor, porque en aquella mirada estaba la comprensión y la misericordia de Dios. Por eso no podrá responder de otra manera en aquel examen de amor a orillas del Tiberíades. ¡Tú, Señor, lo sabes todo, tú sabes que te amo!

 

lunes, 28 de abril de 2025

Un nido de amor, un corazón ardiente que hará vibrar de una forma nueva nuestro corazón, remanso de paz que restaura nuestras fuerzas perdidas, es ardor en nuestro corazón

Un nido de amor, un corazón ardiente que hará vibrar de una forma nueva nuestro corazón, remanso de paz que restaura nuestras fuerzas perdidas, es ardor en nuestro corazón

1Jn. 1, 5-2,2;  Sal. 102; Mt. 11, 25-30

Que bueno es encontrar un rayo de luz en medio de las turbulencias de una tormenta; qué bueno encontrar un corazón acogedor cuando nos vemos atormentados por los problemas de la vida, por las incomprensiones de los demás, o por las angustias que llevamos en el corazón. Es un asidero de paz, es un nido de calor, es la serenidad de una tarde apacible que siempre nos va dejando un rayo de luz para nuestro sendero. Qué bien nos sentimos, qué fuerza de ánimo surge en nuestro interior, qué caminos nuevos se nos abren, que fortaleza nueva sentimos en nuestras piernas para seguir haciendo el camino.

Así tenían que sentirse los que rodeaban a Jesús, los que venían a su encuentro. Hoy el evangelio nos ofrece un momento en el que se destapa la ternura del corazón de Cristo. Deja traslucir la emoción que siente en su interior cuando son los pequeños y los sencillos los que se acercan a El, con alegría da gracias al Padre por poder vivir esos momentos, se derrama su ternura con aquellos que con humildad y sencillez le escuchan porque son ellos los que desde esa pureza de corazón pueden conocer el corazón de Dios. 

Vivirán con sus angustias y sus agobios, desde la pobreza de sus vidas que por otra parte se ven atormentados en sus carencias pero también por las desesperanzas que se meten en el alma; pero no han perdido el resplandor de la humildad para reconocerse pobres y necesitados y por eso buscan con ansias esa paz que les llene su espíritu; son los que desde su pobreza, su sencillez y su humildad más pronto podrán entrar en la sintonía de Dios. No se han recubierto con la corteza de la autosuficiencia ni del orgullo, se saben pobres y necesitados y con esa humildad se abren a Dios. 

‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien’. Son los que siempre han rodeado a Jesús, desde aquellos pastores que a la voz de los ángeles acudieron al establo de Belén, como aquellos que ahora le rodeaban y a El acudían con sus sufrimientos y sus pobrezas, le escuchaban a la orilla del lago, o salían a su encuentro en caminos o en desiertos, se sentaban a sus pies en la montaña habiendo acudido de lejos para estar con él o como María de Betania no perdía una de sus palabras sentado a su lado en el patio de su casa. 

Y Jesús tenía mucho que ofrecerles, curaba sus heridas o sus dolencias, les devolvía la dignidad de sus vidas haciéndoles volver con gozo al encuentro de los suyos, abría los ojos del alma y llenaba de esperanza sus corazones, para todos tenía una palabra de consuelo y de paz, una palabra que ponía en camino liberándoles del peso de tantas camillas en las que se sentían postrados, y les liberaba del mal más profundo que había dado muerte a sus vidas ofreciendo siempre el perdón, la misericordia y la paz. 

‘Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, les dice, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. En su mansedumbre, en la humildad de su corazón encontraremos nuestro descanso. Seguirle no es una carga insoportable, sentirnos acogidos por la ternura de su corazón nos hará encontrar la paz. Es un nido de amor, es corazón ardiente que hará vibrar de una forma nueva nuestro corazón, es el remanso de paz que restaura nuestras fuerzas perdidas, es quien va a poner ardor en nuestro corazón.

 


No es simplemente un espíritu joven lo que nos identifica como cristianos, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¿Siendo viejo se puede a la vez ser joven? Pudiera parecer a primera vista que es algo incongruente si pensamos en la vejez como en un número de años acumulados con sus consecuencias y ser joven es solo la vitalidad que se tiene con un número de años normalmente corto. Sin embargo muchas veces decimos, y es algo que repetimos los que somos mayores que tengamos muchos años sin embargo nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven por nuestras ganas de vivir; y también es un halago que con facilidad recibimos de alguien que cuando nos ve nos dice que aun parecemos jóvenes, halagos que nos agradan aunque reconozcamos nuestras limitaciones por el paso de los años. Parece un galimatías, pero así son también nuestros lenguajes o son las apariencias que queremos mostrar en la vida.

Sin embargo hoy Jesús en el evangelio nos dice algo mucho más atrevido; la ocasión fue la visita que le hace de noche - ¿por qué iría de noche o en qué oscuridades sentía que se encontraba? Podríamos preguntarnos – un magistrado judío, perteneciente al Sanedrín como veremos en otra ocasión, llamado Nicodemo. Algo había encontrado en Jesús que, aun guardando las apariencias, va a ver a Jesús para escuchar directamente sus palabras. ‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’, es como el saludo o presentación que hace de si mismo y del reconocimiento en Jesús de alguna autoridad.

Y Jesús comienza haciendo una afirmación que resulta fundamental, aunque en principio le cueste interpretar a quien incluso se consideraba maestro en Israel o al menos perteneciente al grupo de los que pretendían ser dirigentes del pueblo, por su condición de magistrado y probablemente maestro de la ley. En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios, le dice Jesús.

Habla Jesús de nacer de nuevo. Es lo que le cuesta entender a Nicodemo. ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? No es ya aquello con lo que comenzábamos nuestra reflexión de aunque viejos nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven; Jesús habla de un nuevo nacimiento, de un volver a nacer. Está hablándonos Jesús de una radicalidad esencial para quienes quieren seguirle, para quienes quieren ver, vivir el Reino de Dios. Ya en otros momentos nos dirá que no podemos andar con componendas, con remiendos, sino que hemos de buscar un paño nuevo para un vestido nuevo, unos odres nuevos para un vino nuevo.

En la vida andamos demasiado con arreglitos, corregimos esto por aquí, enderezamos por allá, pero en el fondo seguimos siendo los mismos. Pero Jesús nos habla de un hombre nuevo – será luego san Pablo quien emplee con radicalidad esa expresión – porque es un nuevo nacimiento. Algo que por nosotros mismos no podremos hacer, porque solo sabemos hacer, como decíamos, arreglitos. Algo que solo podremos hacer desde la fuerza del espíritu.

Por eso Jesús nos hablará de un nacer del agua y del espíritu; algo que hemos convertido en una referencia o un anuncio a lo que es significa el bautismo en Jesús. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu’. El Bautismos en Jesús no es solo lavar lo manchado, el bautismo en Jesús es una transformación para comenzar a vivir una nueva vida.

Es lo que ahora estamos renovando en la celebración de la Pascua. Por eso en la noche de la resurrección del Señor, mientras celebrábamos la vigilia pascual nos llenábamos de signos como la luz y como el agua. En esa noche se bendecía el agua bautismal para celebrar los nuevos bautismos, pero era también el agua de la que nos dejábamos bañar para así recordar de nuevo nuestro bautismo, para hacer una renovación de lo que fue nuestro compromiso bautismal.

Porque es algo que tenemos que tener siempre presente; y el signo del agua bautismal nos acompañará en muchas de nuestras celebración con la aspersión del agua como una purificación antes de comenzar nuestras celebraciones, que utilizaremos como un signo de bendición cuando queremos sentir a través de un objeto religioso la presencia de Dios en nuestra vida, que llevaremos con nosotros no como un amuleto que nos libre de peligros o de malos espíritus – nunca la podemos utilizar como una superstición -, y con la que finalmente seremos aspergeados a la hora de nuestra muerte en nuestra sepultura para recordar que un día recibimos esa agua que nos hizo hijos de Dios.

No lo olvidemos, no es simplemente un espíritu joven, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos.

domingo, 27 de abril de 2025

En este domingo de la misericordia sintamos cuan cerca hemos de estar del corazón de Cristo y llenar de misericordia nuestro corazón y así disfrutaremos de su paz

 


En este domingo de la misericordia sintamos cuan cerca hemos de estar del corazón de Cristo y llenar de misericordia nuestro corazón y así disfrutaremos de su paz

Hechos, 5, 12-16; Sal. 117; Apocalipsis, 1, 9-13

Hay momentos, hay ocasiones en que andamos como nerviosos, inquietos preocupados, los problemas parece que se nos multiplican, dificultades para salir quizás de hoyos de la vida en que nos hemos visto metidos, cosas de tiempos pasados cuyos recuerdos se nos hacen pesarosos, situaciones en las que vemos que no avanzamos como deseamos porque las pendientes de la vida se nos vuelven montañas a escalar…pero que cambio de actitudes, de humor, de optimismo incluso si en un momento determinado nos encontramos con una persona que solo su presencia nos devuelve la paz; nos sentiremos renacer, con nuevos bríos y entusiasmos, no nos lo podemos callar y a todos le contamos esa experiencia de encuentro que tanto revalorizó nuestra vida.

Es la experiencia que se nos ofrece para vivir en este tiempo de Pascua; es la experiencia vivida por los apóstoles que allá en el cenáculo estaban encerrados después de todo lo que le había acontecido a Jesús. No levantaban cabeza, afloraban los miedos y desconfianzas porque a ellos, que habían estado siempre con Jesús, les podía suceder lo mismo; vendrían los recuerdos de lo que Jesús les había dicho, pero también de los malos momentos que vivieron por lo que de alguna manera habían huido escondiéndose en el cenáculo; aquellas preguntas que le habían hecho a Pedro que le había hecho dudar y portarse con cobardía, pensaban que podían ser un principio de que con ellos también se metieran y les pasara igual; estaban las dudas y su incredulidad también para creer a las mujeres que habían ido de mañana al sepulcro, lo habían encontrado vació, y hablaban de apariciones de ángeles que ellos no creían.

Pero llegó Jesús. En medio de sus oscuridades apareció la luz y con la presencia de Jesús entre ellos renació la paz de sus corazones. Fue el saludo repetido de Cristo, paz a vosotros. Era como decirles, pero ¿por qué andáis tristes y aquí encerrados? ¿Cuáles son los miedos que os atormentan? ¿Qué es lo que os está pesando en vuestro espíritu para que andéis así? Aquí está mi paz. Tenemos que aprender a encontrar esa paz que Jesús nos ofrece.

Podrá haber inquietudes en nuestro espíritu, pero tenemos que aprender a mantener siempre la paz del corazón. Nos llenamos de miedos por las oscuridades que nos ofrece la vida y que tenemos que atravesar, pero podemos hacerlo con paz y serenidad de espíritu porque sabemos a qué meta nos dirigimos, pero sabemos quien está con nosotros, aunque nuestros ojos se cieguen tantas veces. Nos sentimos atormentados en nuestros recuerdos y ya hasta desconfiamos de nosotros mismos, pero sabemos que con la paz que Jesús nos ofrece nos está regalando también su perdón que es el cimiento importante que hemos de poner para encontrar esa paz. Nos sentimos débiles y cobardes, pero en esa paz que Jesús nos ofrece nos sentimos fortalecidos para salir de nosotros mismos, para ir al encuentro con los demás, para hacer anuncio de lo que vivimos y de la paz que tenemos.

Es lo que vemos que está surgiendo aquella tarde en el cenáculo con la presencia de Jesús. Jesús ofrece su paz y les habla de perdón. Jesús les ha regalado su presencia y con esa paz nueva todo se ha llenado de alegría y de entusiasmo contagioso. Jesús ha estado con ellos y ha nacido entre ellos una nueva comunión a la que pretenden también atraer a quien ha querido irse solo por la vida. Qué hermoso testimonio de comunión nos ofrecen aquellas primeras comunidades cristianas, como hemos escuchado hoy en los Hechos de los Apóstoles. ‘Se reunían con un mismo espíritu’, nos dice.

‘Hemos visto al Señor’, comentan llenos de alegría cuando vuelve el apóstol que se había querido ir por sus caminos y no estaba allí cuando Jesús se les manifestó. Trataban de convencerle, contagiarle de aquella alegría y de aquella paz, pero quien camina solo, solo se ve, y ahora no quiere sino pruebas, hurgar con sus dedos en las heridas, palpan con sus manos para poderse convencer. Será necesario un nuevo encuentro con Jesús resucitado para que se reavive totalmente la fe.

¿Será lo que también nosotros necesitamos? Estamos aun celebrando la Pascua, hoy es su octava, que es quererla vivir como el primer día. Disfrutemos de ese regalo de paz que Jesús nos está ofreciendo; es algo, es cierto, que nos supera y que aunque tenemos que ser constructores de paz, instrumentos de paz en el mundo en que vivimos que tanto la necesita, solo desde nuestro sentido de comunión y desde nuestra unión con Jesús podremos lograrlo.

Es el regalo de la Pascua; la tenemos que sentir en nuestro interior desde ese amor y perdón que recibimos, pero desde el amor y perdón que nosotros también regalamos. ¿Necesitaremos también meter nuestros dedos en las llagas y nuestra mano en el costado de Jesús? En este domingo de la misericordia sintamos cuan cerca hemos de estar del corazón misericordioso de Jesús y cómo hemos de llenar de misericordia nuestro corazón dejando que Jesús se posesione de él y así disfrutaremos de su paz.

sábado, 26 de abril de 2025

Qué importante es la experiencia viva de fe, que no es una tradición expresada en palabras y en rituales, sino algo vivo y grabado en el corazón

 


Qué importante es la experiencia viva de fe, que no es una tradición expresada en palabras y en rituales, sino algo vivo y grabado en el corazón

Hechos, 4, 13-21; Sal. 117; Mc. 16, 9-15

Hay cosas en la vida que algunas veces nos cuesta creer. Nos sucede con cosas de importancia, pero nos sucede en esas cosas normales de cada día, en esos comentarios que en un momento recibimos de un vecino o de un amigo que nos cuesta alguna cosa que ha sucedido, pero que de alguna manera la vemos inverosímil y nos cuesta aceptarla; poco menos tenemos que palparla con nuestras manos, verla con nuestros ojos, toparnos de frente con ello para que comencemos a creer, desaparezca esa incredulidad en la que nos envolvemos algunas veces como un salvavidas quizás para no complicarnos la vida.

El evangelio de hoy es como un pequeño resumen que nos hace san Marcos de todo lo que significo la Pascua para los discípulos. Aturdidos estaba por todos aquellos acontecimientos del prendimiento de Jesús, su apresurado juicio y condena y su muerte en la cruz. No por mucho anunciado por Jesús estaban preparados para todo aquel acontecimiento; Jesús les había hablado que al tercer día resucitaría, y entre que no sabía ciertamente lo que eso significaba - ¡cuántas preguntas se habían hecho cada vez que les hablaba de ello! – y el no haberlo visto tan pronto y de la manera que ellos imaginaban, todas las noticias que les llegaban les costaba aceptarlas.

Habían tomado como visiones lo que las mujeres en la mañana les habían dicho, no habían creído a María Magdalena que contaba que lo había visto y les mandaba un mensaje, no creyeron a los discípulos que se habían ido al campo, a Emaús, y se habían encontrado con El en el camino; les costaba dar el paso. No les era suficiente lo que los demás contaban. ¿Los creerían a ellos si fueran a los demás también con esa buena noticia?

Era necesario algo más. Era necesario un encuentro. Era necesario vivir su presencia y escuchar en lo hondo del corazón sus propias palabras. Y eso iba a suceder y sería el punto de arranque de algo maravilloso, algo nuevo para ellos mismos, pero que sería algo nuevo para el mundo, sería la buena noticia que tenían que transmitir por todo el mundo, como el mismo Jesús les encargaría.

Los otros evangelistas hablan de diversos encuentros; algunos insistiendo en los encuentros con el Cenáculo y Juan resaltando también el encuentro en Galilea junto al lago de Tiberíades. Marcos nos sitúa este encuentro allí donde están reunidos, probablemente se refiera al Cenáculo. ‘Por último se les apareció Jesús cuando estaban sentados a la mesa…’ nos dice el evangelista.

Confrontando paralelamente lo que los otros evangelistas nos dicen podemos hablar de sorpresa y de alegría, de impulso para ir ya también a llevar esa buena noticia a los demás y de sentirse transformados interiormente porque ahora sí tenían la certeza de la presencia de Cristo resucitado. Como dirían en otra ocasión a la samaritana que les había llevado la noticia de Jesús que le había contado todo lo que había hecho, no creemos por lo que tú nos digas sino porque nosotros mismos lo hemos visto. Así sería la reacción de quienes estaban sentados a la mesa aquel día con la llegada de Jesús. Lo habían visto, habían experimentado su presencia y escuchado sus palabras, de El había recibido también la misión.

No podemos callar lo que hemos visto y oído, porque tenemos que obedecer primero a Dios que a los hombres, dirían los apóstoles cuando desde el Sanedrín, sin saber qué hacer con ellos los habían dejado libres pero prohibiéndoles seguir hablando de Jesús. Pero Jesús los había enviado como testigos hasta el fin del mundo y hasta el fin de los tiempos. No podían callar, aunque no los creyeran – tampoco ellos habían creído al principio a quienes venían con la buena noticia -, aunque les prohibieran hablar de Jesús, aunque también a ellos los encarcelaran y los hicieran sufrir, lo que habían visto y oído tenían que comunicarlo.

Qué importante es esa experiencia viva de fe, no es simplemente en una tradición que luego manifestaremos y expresaremos con algunos rituales, es algo vivo que llevamos grabado en el corazón.

 

viernes, 25 de abril de 2025

No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

 


No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

Hechos, 4, 1-12; Sal.117; Jn. 21, 1-14

Es frustrante cuando nos hemos pasado un tiempo sacar adelante algo y al final no conseguimos nada; que intentemos hacer algo que pueda ser también de provecho para los demás y cuando vengan a pedirnos o preguntarnos tengamos que responder que no tenemos, que no lo hemos conseguido.

Así ha estado aquel grupo de viejos pescadores intentando pescar aquella noche y frustrante tenía que haber sido que alguien desde la orilla las preguntara si tenían pescado y responderle que no; como tantas otras veces también que habían salido a la faena de la pesca y al regresar con las barcas vacías las personas que se habían acercado a la orilla buscando ese pescado que necesitaban para la comida del día habían tenido que irse de vuelta con las manos vacías.

La situación ahora tenía un matiz especial. Aquellos antiguos pescadores eran los que un día lo habían dejado todo por seguir a Jesús. Con El habían estado hasta su muerte en Jerusalén que se habían convertido en momentos trágicos para todos. Por allí seguían con sus pesares y sus tristezas; como aquellos que se habían marchado a Emaús desconsolados aquella tarde de aquel primer día de la semana, porque aun no habían visto a Jesús resucitado, estos pescadores se habían venido a Galilea, porque las mujeres les habían dicho de parte de los ángeles o del mismo Jesús que decían que habían visto, les habían encargado que se vinieran a Galilea que allí le verían.

Aquella tarde noche, sin nada que hacer y con mucho desaliento en el corazón habían vuelto a coger sus barcas para salir a pescar. Se habían pasado la noche bregando, como tantas veces les sucediera antes, y no habían cogido nada. De ahí su frustración y respuesta seca ante el que le gritaba preguntando desde la orilla. Pero aquel para ellos entonces desconocido entre las brumas del amanecer les había dicho que echaran la red por el otro lado de la barca. ¿De lejos tendrían mejor visión para ver el cardume de peces y por eso les señalaba el lugar? Se fiaron, y la redada de peces fue grande, de manera que volverían a renacer los recuerdos de aquella ocasión que a petición de Jesús también habían lanzado la red.  

Pero sus ojos seguían oscurecidos. Pero en los ojos del amor comenzaba de nuevo algo a brillar. Será el discípulo, como nos dice el evangelista, que Jesús tanto amaba, el que le susurra a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. No fue necesario más para que Pedro se lanzara al agua tal como estaba para llegar lo más pronto al lado de su Señor, porque el arrastre de la red con los peces desde la barca le haría tardar más. Cuando llegaron todos a la orilla ya había sobre unas brasas un pescado que se estaba preparando para el almuerzo. Nadie ahora se atrevía a decir nada. Todos sabían que era Jesús.

 ¿Nos estará hablando este evangelio de nuestros desalientos y de nuestras frustraciones? ¿Nos estará recordando el vacío que produce dentro de nosotros cuando no tenemos a Jesús,  cuando se debilita nuestra fe, cuando perdemos la confianza y la esperanza, cuando nos queremos volver a nuestras cosas y a nuestra manera porque nos parece que ya no nos sirve esa fe y esa vida religiosa?

En la noche de la cena pascual Jesús nos recordaría que sin El nada podemos hacer, que el sarmiento tiene que estar siempre unido a la vid, a la cepa, al tronco para que tenga vida y pueda producir frutos. ¿Habremos querido nosotros algunas veces querer dar frutos sin estar unidos a la cepa que es Cristo? ¿No nos habrá sucedido alguna vez que incluso aquello que con tanta fe y tanto sentido comenzamos pronto se enfrió, o pronto se desvió de su auténtico sentido y al final nos sentimos vacíos y sin fruto bueno en nuestra vida?

Como Pedro tenemos que recordar que cuando aquella pesca milagrosa había dicho que lanzaba la red en el nombre de Jesús. ¿Estaremos haciéndolo de verdad en todo lo bueno que intentamos hacer y que muchas veces parece que no nos da fruto, no tenemos peces es nuestra red?

 

jueves, 24 de abril de 2025

No dejemos que se enfríe el fuego de la Pascua, sigamos dejándonos encontrar y enseñar por Cristo resucitado para que con nuestro testimonio hagamos lío en medio del mundo

 


No dejemos que se enfríe el fuego de la Pascua, sigamos dejándonos encontrar y enseñar por Cristo resucitado para que con nuestro testimonio hagamos lío en medio del mundo

Hechos, 3, 11-26; Sal. 8; Lc. 24, 35-48

Me lo cuentan y no me lo creo, quizás habremos exclamado alguna vez cuando hemos contemplado algo que nos parece inaudito e inexplicable, una reacción de alguien ante determinadas cosas, un accidente del que nos hemos librado, como solemos decir, de milagro, una forma de actuar de unas personas que no pensábamos que fueran capaces de hacer lo que están haciendo, algo que nos llama poderosamente la atención que si no lo vemos no nos lo creemos. También nosotros muchas veces no nos creemos todo lo que nos dicen, aunque por otra parte en ocasiones seamos demasiado crédulos ante cualquier chisme que nos cuenten; así somos en cierto modo contradictorios en muchas ocasiones.

Les estaba sucediendo a los discípulos con todos aquellos acontecimientos que se habían desarrollado en las últimas horas. Todavía no entendían. Esperaban a Jesús, no soportaban lo que había pasado de su muerte, se agarraban como de clavo ardiendo en una esperanza que algunas veces no tenían muy clara sobre el hecho de la resurrección de Jesús, todo eran conjeturas, cosas que otros contaban, relatos de las mujeres que habían ido en la mañana al sepulcro, no habían encontrado el cuerpo muerto de Jesús, pero hablaban también de apariciones de ángeles o de otros que venían contando su experiencia, como ahora los discípulos que se habían marchado a Emaús y habían vuelto con la noticia de que lo habían reconocido al partir el pan y por lo que sentían mientras hacían el camino y El les hablaba, aunque sus ojos estaban ciegos.

Y es ahora, en esa situación que están viviendo cuando Jesús se les manifiesta. Pero no acababan de creer. Los nervios y los miedos seguían latentes, sus ojos se les cegaban para lo que estaban viendo. No es un espíritu, Jesús come incluso con ellos un trozo de pez asado que le ofrecen. Pero siguen con sus dudas y miedos. No se atreven ni a decir mucho ni a salir a comunicar la noticia a otros. Será necesaria la venida del espíritu en cumplimiento de la Palabra de Jesús.

Y Jesús pacientemente les enseña, les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras en todo lo que estaba dicho y anunciado acerca de El, les va explicando las Escrituras y les va haciendo comprender el sentido de todo. Poco a poco las aguas se van sosegando y va volviendo la paz y el sosiego a aquellos corazones inquietos, pero a aquellos corazones ahora turbados y de qué manera.

¿Nos dejaremos enseñar por Jesús? Quiere El abrirnos también el entendimiento pero nosotros seguimos con nuestras cegueras, porque quizás así nos parece más cómodo y menos comprometido. ‘Es mejor no saber las cosas’, piensan algunos y quizás aunque no lo digamos nosotros entramos también en ese pensamiento. Quizás nos vamos a complicar la vida, y no es eso lo que queremos, por lo que preferimos seguir en nuestras ignorancias y en nuestras rutinas.

Qué pronto se nos enfría el calor de la pascua, qué pronto volvemos a las rutinas de siempre, ‘como era en el principio…’ no sé si lo rezamos o lo deseamos, porque creer nos exigiría seguramente actitudes y posturas nuevas y más comprometidas. Queremos la paz de ese cenáculo que nos hemos creado que es bien distinto a aquel Cenáculo donde Jesús les lavó los pies y les dijo que tenían que hacer lo mismo, bien distinto de aquel Cenáculo donde un día se derramaría el espíritu haciendo que ese ruido del espíritu se sintiera en toda la ciudad, pero de nosotros nadie se entera de que hemos celebrado y vivido la pascua, porque no hacemos ruido.

Recordamos la recomendación que hacía el Papa Francisco – cómo lo seguimos recordando – a los jóvenes que tenían que ir a hacer lío, hacer patente ante el mundo esa revoltura de quienes están llenos del espíritu de Jesús. ¿Terminaremos de una vez los cristianos por ir haciendo lío allí por donde van por el testimonio de algo nuevo que estamos dando?

miércoles, 23 de abril de 2025

Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

 


Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Ni me daba cuenta que eras tú, nos ha pasado más de una vez. Ensimismados en nuestras cosas, absortos en lo que estábamos haciendo, alguien llegó y nos dijo algo, respondimos quizás con respuestas incongruentes, ni siquiera miramos a quien nos hablaba y si respondimos fue de una forma mecánica sin prestar atención ni a lo que nos decían ni a lo que nosotros mismos respondíamos; fue necesario que aquella persona nos mostrara quizás su impaciencia o desconcierto porque nos enterábamos de lo que nos decía, para entonces mirarla y darnos cuenta realmente quien era y que nosotros la conocíamos. Después de nuestra parte todo se quedó en disculpas que de nada ya valían.

De forma parecida caminaban aquellos dos discípulos rumbo a su pueblo con la decepción pintada en sus rostros y el desánimo desbordándose de su alma. Todas las esperanzas que tenían se habían venido abajo con lo sucedido aquellos días en Jerusalén; se habían quedado esperando si serían ciertos los anuncios que Jesús había hecho, pero ya sabían que el sepulcro estaba vacío, porque las mujeres habían ido bien temprano y así lo habían encontrado; les hablaban de apariciones de ángeles, pero ellos se lo habían tomado como visiones de mujeres.

Tan ensimismados iban en sus pensamientos que casi de entrada no prestan atención al que se ha puesto a hacer el camino con ellos y la pregunta de por qué iban con aquellas caras tristes, les habían relatado todo lo sucedido y como habían perdido las esperanzas.  Ni a la cara le habían mirado, estaban ellos para prestar atención a caminantes… pero aquel caminante al que habían sentido como un ignorante que no se había enterado de lo sucedido ahora se ha puesto a hablar y a dar explicaciones de lo anunciado en las Escrituras y del sentido de cuanto había sucedido.

Algo les estaba pasando, algo les estaba llegando por dentro que ahora sí mostraban interés por la conversación y sin saber aun quien les acompañaba, en su insinuación de seguir adelante en el camino, les habían pedido que se quedara porque en la noche los caminos son peligrosos. ‘Quédate con nosotros porque atardece…’ Y le habían convencido.

A la mesa estaban sentados, porque ellos le habían invitado a compartir su pan y los signos y gestos que realiza al partir el pan le abrieron los ojos. Aunque la noche era oscura, así había sido para ellos hasta ese momento, ahora había una luz y un resplandor especial. Reconocieron que era el Señor. Todo cambia y son ellos los que se ponen en camino para su vuelta a Jerusalén porque tienen que comunicar que Jesús había estado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan.

¿Estará Jesús caminando a nuestro paso y nosotros seguiremos ensimismados en nuestras cosas que ni le miramos a la cara ni lo reconocemos? Así vamos caminando por la vida. Nuestras preocupaciones, nuestros intereses, nuestras practicas religiosas incluso que no podemos dejar porque pareciera que nos falta algo, nuestras carreras o nuestros abatimientos y hay alguien que está a nuestro lado y no lo vemos. Abramos más los ojos en los caminos de la vida para ver con quien nos vamos encontrando. No demos por sabido que ya los conocemos, porque algo nuevo podemos encontrar en esas personas con las que nos cruzamos; y es que Jesús está viniendo a hacer el camino con nosotros y no terminamos de darnos cuenta.

¿Qué luz tendríamos que encender que fuera como una alarma que nos recuerda que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con la que nos cruzamos todos los días y ni siquiera le miramos a la cara incluso aunque le digamos buenos días? Pero es que muchas veces por no verlos ni los buenos días les damos y seguimos de largo. ¿Estará esperándonos ahí Jesús?

martes, 22 de abril de 2025

No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

 


No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

Hechos, 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

Qué felices y contentos nos ponemos cuando logramos ver o estar con aquella persona, aquel personaje al que tanto admiramos. Hoy vemos correr a la gente de un lado para otro porque llega aquel ídolo de la música o del deporte que tanto se admira y queremos verle pasar, tocarlo si fuera posible u obtener un autógrafo aunque solo sea un garabato. ¡Lo vi! ¡Lo toqué! Paso a mi lado, estaba tan cerca, y la gente se vuelve loca. O es el niño que hace tiempo que no ve a los abuelos y está ansioso por estar con ellos, por recibir su cariño y su afecto, por poderse sentar a su lado o en su regazo. Así podríamos pensar en tantos gestos humanos que luego recordamos, que contamos a todo el mundo, que nos quedan grabados en el alma.

María Magdalena llegó a donde estaba el resto de los discípulos, después de aquella accidentada mañana y viene feliz diciéndoles ‘he visto al Señor y ha dicho esto’. Feliz iba María Magdalena después de tantas lágrimas. No podía callarse lo que había vivido. Había estado al pie de la cruz en el momento supremo de la pasión y de la muerte, formó parte de aquella comitiva que condujeron al cuerpo de Jesús en aquella cercana sepultura, junto con las otras mujeres dejaron bien grabada la imagen en sus mentes de donde y como habían colocado el cuerpo de Jesús con el deseo de volver pasado el sábado para embalsamarlo debidamente, pero la piedra que cerraba la entrada del sepulcros estaba corrida como quien había entrado a robar y el cuerpo de Jesús allí no estaba.

La mañana se la había pasado deshaciéndose en lágrimas, aparte de las carreras por ir a anunciar a los discípulos lo que había sucedido con la venida de Juan y Pedro para comprobarlo, queriendo encontrar como fuera el cuerpo de Jesús. Todos le preguntaban por qué lloraba y no hacía sino repetir lo mismo. Ahora alguien que a ella le parece que es el encargado del huerto le hace la misma pregunta, pero ella casi ni le mira dando la misma respuesta. Fue necesaria solo una palabra, llamarla por su nombre, María, para despertar de su angustia y abrirle los ojos no solo de su rostro sino también de su alma para reconocer que quien estaba allí era Jesús.

De El había recibido el encargo que presurosa había corrido a contar a los discípulos. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Una palabra escuchada en el alma le había devuelto la vida. Había sido de nuevo un encuentro hermoso cuando parecía que todo estaba perdido. Se sentía nueva, porque allí estaba Jesús, allí estaba el Señor resucitado y con El todos resucitados, con El todos volvemos a la vida.

Nosotros también queremos seguir viviendo lo mismo en esta semana de Pascua. Es lo que también nosotros tenemos que seguir repitiendo al mundo que nos rodea, es el testimonio que nosotros también tenemos que dar. ‘Hemos visto al Señor’. Y lo tenemos que afirmar con toda rotundidad aunque haya alrededor nuestro tantos que quieran negarlo. No son ilusiones ni sueños, es una realidad profunda de nuestra vida, es algo que experimentamos dentro de nosotros, algo que sentimos en lo hondo del corazón. Y tenemos que entusiasmarnos, y tenemos que llevar la noticia a los demás, y tenemos que contagiar de nuestra alegría a los que nos rodean.

Desaparezcan las angustias y las desesperanzas, quitemos los agobios del alma, no nos dejemos envolver por esos materialismos de la vida, busquemos con humildad al Señor que viene a nosotros pero abramos las sintonías de nuestro espíritu para escucharle porque El sigue llamándonos por nuestro nombre, El quiere estar a nuestro lado, El es de verdad luz en nuestro camino. Y es lo que tenemos que transmitir a los demás. No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón.


lunes, 21 de abril de 2025

Después de lo intensamente vivido estos días salimos con una misión, como misiones de una buena noticia reflejada en la alegría de nuestro rostro y nuestro corazón

 


Después de lo intensamente vivido estos días salimos con una misión, como misiones de una buena noticia reflejada en la alegría de nuestro rostro y nuestro corazón

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Salmo 15; Mateo 28, 8-15

Tenemos nuestros esquemas, nos hacemos nuestros planes, disponemos cómo han de ser o hacerse las cosas, seguimos un ritual o una costumbre, como siempre se hecho decimos, pero pronto quizás nos viene la sorpresa de que las cosas no son como nosotros pensábamos o nos lo habíamos programado, el mundo se nos viene abajo porque no sabemos qué hacer o como reaccionar, vienen los miedos y las angustias, como tantas veces nos sucede ante la incertidumbre de lo que se nos presenta, pero ¿todo se puede transformar en alegría cuando nos damos cuenta del sentido de la novedad?

Son nuestros trabajos, son nuestros proyectos de vida, es la organización de la vida que nos hemos planteado, son las rutinas de siempre, de lo que siempre ha sido así, pero la vida está llena de sorpresas; algunas veces nos inquietan, nos hacen tomar otros caminos a los que estábamos acostumbrados, quizás se abren otros horizontes en esos caminos nuevos, merecerá la pena ese cambio, aunque en nuestra tozudez seguimos encerrados en nosotros mismos y en nuestras cosas.

Nos cuenta el evangelio hoy que las mujeres fueron muy de mañana al sepulcro, porque en la tarde del viernes no habían podido realizar con las prisas de la llegada del sábado con la caída del sol todos los ritos funerarios; habían observado bien donde y cómo habían colocado el cuerpo de Jesús; una cosa no habían pensado quizás lo suficiente era quien les iba a ayudar a correr la piedra de la entrada del sepulcro, pues mujeres como eran no tendrían fuerza para realizarlo ellas solas; pero la piedra estaba corrida y el cuerpo difunto de Jesús allí no estaba.

¿Sorpresas? No era para menos, no era lo que esperaban encontrar. ¿Temores y angustias? No sabían donde estaba el cuerpo de Jesús y qué habían hecho con él, o quienes. ¿Quién se lo habría llevado? ¿Dónde lo habían puesto? Había algo que hacer, lo primero contarlo a los discípulos.

Pero ahora sí estaba la sorpresa delante de ellas. El mismo Jesús les sale al encuentro invitándolas a que se llenen de alegría, aunque todavía con sus temores interiores porque todo les resultaba extraño. Y Jesús las envía – los envíos tan repetidos de Jesús – a que vayan a anunciar todo esto a los discípulos y que vayan a Galilea. Aunque todavía el evangelista nos seguirá contando de la presencia de Jesús con ellos allí en Jerusalén, es importante que vayan allí donde empezó todo, donde fueron los primeros anuncios y de donde surgieron los primeros discípulos.

¿Será recordar lo que era en verdad el primer anuncio de Jesús del Reino de Dios que ahora ya se estaba constituyendo? ¿Será un comenzar a abrir caminos que no se quedarán ni en Jerusalén ni en Galilea sino que Jesús luego les enviará por todo el mundo? Estas mujeres serán las primeras portadoras de buenas noticias, que ya no son solo los discípulos más cercanos, y que nos recordará la misión que todos los que tenemos la experiencia de Jesús tenemos que cumplir, tenemos que realizar.

Del sepulcro vacío parten dos comitivas, estas mujeres convertidas en las primeras misioneras de la Buena Noticia de la resurrección de Jesús, pero también aquella otra comitiva que no supieron ver el sentido del sepulcro vacío y también marchaban con unas inquietudes y unos miedos por una misión que no habían podido cumplir pero se convertiría en un contra testimonio contra ellos mismos cuando se dejaron sobornar por la mentira.

Arrancamos nosotros también nuestro camino cuando comenzamos la celebración de esta Pascua también del sepulcro vacío, pero marchamos con otras certezas, marchamos con otras vivencias, marchamos con la experiencia de que nosotros sí sentimos a Cristo vivo en nuestra vida; nuestro camino lo hacemos como testigos, nuestro camino lo hacemos con Cristo vivo y presente en nuestra vida y ese es el anuncio que tenemos que hacer.

Marchamos  a la Galilea de nuestra vida de cada día después de la intensidad de lo vivido en esta semana santa, quizás también con nuestros miedos e inquietudes de cómo nos van a recibir, pero ya nosotros vamos con una misión, ser misioneros, portadores de una buena noticia que llevamos reflejada en la cara y en nuestra vida, porque vamos desbordando alegría, porque en nuestro corazón hay un nuevo entusiasmo, porque sintiendo el gozo de la presencia de Jesús resucitado con nosotros queremos también sentir el gozo del anuncio.

¿Seremos semilla que haga brotar una nueva planta y unos nuevos frutos para y en nuestro mundo? ¿Nos damos cuenta de los nuevos horizontes que se abren ante nosotros?

domingo, 20 de abril de 2025

Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

 


Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

Lucas 24, 1-12

Jesús lo había anunciado con toda claridad, pero a los discípulos les había costado entender. Pedro había intentado quitarle esa idea de la cabeza cuando Jesús había hablado de que iba a ser entregado en manos de los gentiles que le llevaría a la muerte; por eso ahora había sido un golpe muy grande su prendimiento en Getsemaní que les había hecho temblar llenos de cobardía, algunos se habían refugiado en el cenáculo donde había sido la cena pascual y los más atrevidos como Pedro y Juan habían llegado hasta el patio del sumo sacerdote, pero Pedro había claudicado y le había negado. Sólo Juan, el discípulo amado, había sido capaz de llegar hasta el calvario para recibir como testamento el cuidado de la madre.

Habían pasado las horas del sábado, obligados por el descanso sabático, y las mujeres en la mañana habían querido llegar al sepulcro para poder embalsamar debidamente según todos los ritos el cuerpo muerto de Jesús. No habían pensado quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro, pero el sepulcro estaba abierto; en su interior no habían encontrado el cuerpo de Jesús y un ángel del cielo les había dicho que por qué buscaban entre los muertos al que estaba vivo, pues Jesús había resucitado.

Habían traído la noticia al cenáculo donde seguían reunidos los discípulos, pero ellos tampoco les habían creído. Eran visiones de mujeres. ‘Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron’, dice el relato del evangelista. Solo Pedro había ido al sepulcro y comprobó que allí no estaba el cuerpo de Jesús, regresó impresionado, pero seguían con sus dudas y con sus miedos.

¿Qué necesitaban para creer? Solo el sepulcro vacío no bastaba. Era necesario algo más que luego se iría produciendo en todos ellos, el encuentro vivo con Jesús resucitado. Los ángeles les habían dicho lo mismo que Jesús les había anunciado. ‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’.

Es el mensaje que hoy nosotros seguimos recibiendo. Es bueno y necesario el testimonio de la fe de los creyentes a través de la historia desde la experiencia de los apóstoles hasta lo que hoy nosotros queremos vivir. Pero una cosa es muy importante, que nosotros por la fe también lleguemos a tener la misma experiencia, que nosotros vivamos también ese encuentro con Cristo resucitado allá en lo más hondo de nuestra vida. Es lo que va a despertar nuestra fe, es lo que a nosotros también tiene que convertirnos en testigos, es lo que nosotros tenemos que vivir.

Es lo que nosotros en este día de Pascua celebramos, a Cristo resucitado, porque lo vivimos, porque lo experimentamos dentro de nosotros, porque sentimos igualmente su presencia en nuestra vida. Es lo que nos hace testigos y lo que tenemos que repetir al mundo para que crea; pero lo vamos a repetir no solo con palabras sino con nuestra vida; lo vamos a proclamar y gritar a los cuatro vientos, pero lo vamos a expresar en nuestra forma nueva de vivir, porque con Cristo, con su presencia en nuestra vida, nosotros también hemos renacido a una vida nueva. Eso, vida nueva. Algo nuevo tiene que manifestarse en nosotros, que será lo que podrá transformar nuestro mundo.

Este mundo nuestro que nos rodea con su materialismo y con su violencia, este mundo tan lleno de vanidades pero al mismo tiempo deseando algo nuevo y algo mejor, pero sin saber a veces por donde camina; este mundo nuestro que se desmadra buscando felicidad y que solo la pone muchas veces en placeres efímeros, este mundo que nos parece sin corazón que se encierra tantas veces en la insolidaridad y el egoísmo, este mundo ambicioso y orgulloso que busca satisfacciones o que ansía el poder para dominar y controlar, este mundo necesita unos testigos que le digan que hay otro camino de felicidad, ese mundo nuestro que necesita una transformación y que solo le llegará desde unos testigos verdaderamente comprometidos en otros valores.

Ahí tenemos que ser testigos, nosotros los que creemos en Cristo resucitado podemos y tenemos que decirle con el testimonio de nuestra vida que es posible un mundo mejor. No nos creerán solamente por nuestras palabras, pero el testimonio de nuestras obras es el camino del convencimiento. No siempre hemos sido capaces de hacerlo, porque también a nosotros en ocasiones nos entran dudas y nos acobardamos. Tenemos que despertar nuestra fe.

Tenemos que sentirnos en verdad transformados con la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas que se hacen distintas. También nosotros desde las sombras de nuestra vida, desde nuestros miedos y cansancios, desde nuestros sufrimientos e incertidumbres, desde nuestras angustias y nuestras penas, desde nuestras derrotas y fracasos, desde nuestras luchas pero también desde nuestro amor y nuestros compromisos queremos sentir que Cristo resucitado transforma nuestra vida, fortalece nuestra vida.

Tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado. Así viviremos la alegría de la Pascua, así proclamaremos de verdad que Cristo ha resucitado. ¡Aleluya!