Vistas de página en total

sábado, 1 de septiembre de 2012

Exigentes con nosotros mismos para poner nuestros valores al servicio de los demás
1Cor.1, 26-31; Sal. 32; Mt. 25, 14-30

Cuando no somos capaces de dar la talla de lo que se espera de nosotros, pudiendo darla, siempre tendremos o buscamos alguna disculpa que nos justifique. Porque quizá no somos exigentes con nosotros mismos para hacer lo que tenemos que hacer, nos es fácil decirle a los demás que ellos son los exigentes porque nos hacen ver que no estamos dando todo lo que podríamos dar.

Eso nos hace actuar con recelos, con miedos, con temores y desconfianzas, lo que nos anula aún más, y fácilmente pueden aflorar las envidias y rivalidades hacia los demás porque ellos sí son capaces de responder a las responsabilidades que se les han confiado. Y ya sabemos que cuando afloran las envidias nos podemos volver realmente destructores con los demás.

Tratando de leer con detenimiento y reflexionando un poquito sobre la parábola que hoy nos ha propuesto el evangelio, un poco de todo eso me parece ver en aquel a quien se le había confiado un talento y lleno de temores y desconfianzas lo enterró para no perderlo porque temía las exigencias de su amo. Sin embargo no supo ser exigente consigo mismo para salir de esa desconfianza que tenía en sí mismo quizá, o también de la abulia y pereza con que actuaba que no le hizo negociar o trabajar aquel talento que le había confiado.

Ya hemos escuchado el relato de la parábola que hemos meditado muchas veces. El hombre que marchaba de viaje y dejaba a sus empleados su bienes para que los administrasen en su ausencia. ‘A uno le dejo cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, cada cual según su capacidad’. Ya hemos visto como dos de ellos sí supieron negociar aquellos talentos, pero el otro lleno de miedo y, como decíamos, de desconfianza en si mismo no fue capaz de hacerlos producir. Cada uno según su capacidad tenía que hacerlos producir. Es cierto que no todos tenemos las mismas cualidades, pero en cada uno de nosotros siempre hay unos valores que tenemos que saber desarrollar.

Nunca tenemos por que acomplejarnos ni sentirnos en inferioridad, sino que cada uno hemos de saber desempañar esas responsabilidades que se nos han confiado. Con muchos complejos vivimos muchas veces en la vida y no sacamos a flote todo lo que somos capaces. Ya hemos comentado en días anteriores que cada uno ha de examinarse a sí mismo para conocerse de verdad y conocer sus cualidades y valores.

Como decíamos antes los recelos y las envidias son malos consejeros en la vida porque a la larga nos hundirán cada vez más y al final también terminaremos haciendo daño a los que están a nuestro lado. Y eso en cualquier etapa o en cualquier estado de la vida. Siempre hay algo bueno que nosotros podemos aportar a los demás, con lo que podemos colaborar para hacer que nuestro mundo sea mejor y también para hacer más felices a los que están a nuestro lado. Y haciendo felices a los otros seremos nosotros mucho más felices.

Como siempre cuando escuchamos y reflexionamos sobre el evangelio podemos hacer concordancias con otros textos que nos ayudan con su mensaje. Recordemos cómo Jesús valoró los dos reales que puso la viuda en el cepillo del templo, o cómo nos dice que si no sabemos ser fieles en lo pequeño no sabremos serlo en lo grande. El grano que se siempre para que produzca mucho fruto es una pequeña e insignificante semilla, como pueda ser el grano de trigo o el grano de mostaza, como nos enseña Jesús en las parábolas. Lo pequeño se hace grande. Lo que hacemos con amor aunque nos parezca insignificante puede ser semilla que transforme nuestro mundo.

No enterremos nuestro talento. No actuemos con desconfianza ni hacia los demás ni con nosotros mismos. Seamos exigentes con nosotros para que siempre actuemos con responsabilidad y seamos capaces de poner todos nuestros dones en beneficio también de los demás.

viernes, 31 de agosto de 2012

El que está de guardia no se puede dormir
1Cor. 1, 17-25; Sal. 32; Mt. 25, 1-13

El que está de guardia no se puede dormir. Así de sencillo es el mensaje. La espera y la vigilancia no son una actitud o una postura pasiva. Es lo que hace el centinela o el vigía, es lo que tiene que hacer el controlador ya sea de un enorme complejo industrial o del tráfico aéreo. El que tiene la misión de vigilar tiene que estar siempre atento por lo imprevisto que pueda suceder, por lo que ha de tener preparado para que todo siga funcionando debidamente, o para recibir de la forma adecuada a quien pueda llegar, ya sea un personaje que esperamos o un ladrón que intentara robar o sabotearnos aquello que está a nuestro cuidado.

Es una actitud que ha de mantener en su vida el cristiano. Es el mensaje que quiere trasmitirnos Jesús con la parábola, que se nos adelantaba con la vigilancia a la que nos invitaba ayer o que se va a seguir prolongando en las parábolas de los próximos días.

En un momento de la parábola nos dice: ‘El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron’. Por eso cuando llega el esposo no todas tenían preparado lo previsto para recibir al esposo. Muchas se quedarían sin poder entrar al banquete de bodas porque les faltó el aceite, se apagaban sus lámparas y mientras fueron a conseguir más la puerta de la boda se cerró y se quedaron fuera.

Lo hemos escuchado muchas veces y repetidamente lo hemos meditado, pero en esa vigilancia que necesitamos mantener nos es bueno que lo recordemos y lo meditemos una vez más. Algunas veces pensamos que como ya somos cristianos porque estamos bautizados y pensamos que aún mantenemos nuestra fe aunque fuera sólo de manera elemental ya con eso pensamos que nos es suficiente. Y vamos por la vida acordándonos de Dios quizá solo cuando tenemos problemas, los sufrimientos nos aparecen en la vida o queremos conseguir algo que deseamos y hacemos para ello mil promesas. O simplemente nos vamos dejando llevar porque en realizamos algunos actos piadosos desde momentos de fervor o devoción o nos contentamos con ir cumpliendo con aquellas cosas más elementales de nuestra religión.

Pero, ¿podemos quedarnos en eso si en verdad queremos vivir una vida cristiana? Creo que nos damos cuenta que el seguimiento de Jesús es mucho más que todo eso. Porque ser cristiano, es seguir a Jesús. Cristiano es el discípulo de Cristo, aprendimos en el catecismo. Y el discípulo es el que sigue a su maestro. Seguir, ponernos en camino, vivir de una manera distinta porque es seguir el camino de Cristo, vivir el camino de Cristo. ‘Ya sabéis el camino…’ recordamos que nos decía Jesús en una ocasión. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida’, terminaría diciendo Jesús entonces.

No podemos seguir un camino si no lo conocemos; no podemos seguir un camino si estamos durmiendo; no podemos seguir un camino y no nos preparamos adecuadamente para ello; no podemos seguir un camino si nos quedamos cómoda y pasivamente sentados esperando que otros lo hagan por nosotros. Es la vigilancia de la que nos está hablando Jesús en estos días. Es el poner todo nuestro empeño para que se pueda mantener encendida esa luz que nos ilumine el camino, como nos enseña hoy la parábola. Es el estar atentos al Señor que llega a nuestra vida, que pasa junto a nosotros invitándonos a seguirle. Es poner esa disposición por nuestra parte para ponernos a caminar con El y a su manera. Es querer conocer más y más a Jesús para que no nos confundamos con falsos Mesías o falsas luces que en la vida tratan de encandilarnos para alejarnos del camino verdadero que nos lleva a la vida.

La vida del cristiano no puede ser una vida pasiva, donde nos dejemos adormilar. Es una vida llena de esperanza pero que tenemos que alimentar muy bien con esa luz con que Jesús quiere iluminarnos. Que no se nos apague la luz. Que no nos apartemos nunca de Cristo y de su gracia que El nos regala en sus sacramentos.

jueves, 30 de agosto de 2012


Una responsabilidad, una trascendencia y un camino de plenitud
1Cor. 1, 1-9; Sal. 144; Mt. 24, 42-51

Si una persona no sabe administrar bien aquellos bienes que se le han confiado, derrocha de mala manera lo que han puesto en sus manos o incluso se aprovecha en beneficio propio dándoles un fin distinto a lo que estaban destinados decimos que obra injustamente, lo podemos llamar malversador y merecerá que en justicia se le exija por aquella mala administración. Desgraciadamente vemos muchas situaciones en este mundo materialista e injusto en el que vivimos. 

Jesús con sus palabras hoy en el evangelio quiere llamarnos a la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida y administrar todo aquello que se ha puesto en nuestras manos. Y en la advertencia de Jesús podemos pensar en muchas cosas a las que quiere hacer referencia, empezando, si queremos, por esos bienes materiales o por esas responsabilidades que tenemos en la vida. Podemos concordar aquí otros pasajes del evangelio que nos hablan de esa responsabilidad como puede ser la parábola de los talentos que tantas veces hemos escuchado y meditado.

Pero no podemos quedarnos en la riqueza material que poseamos o que tengamos que administrar en las responsabilidades que desempeñemos en la vida. Hay unos valores en nosotros que no son sólo lo material; tenemos unas cualidades de las que hemos sido dotados que hemos de cuidar y desarrollar muy bien, porque de lo contrario sería también enterrar el talento y no es lo que quiere el Señor o para lo que nos ha dotado de esos valores y cualidades. 

No es sólo un bien personal que poseemos en esos valores que tengamos, sino que están también en función de esa sociedad y de ese mundo en el que vivimos y al que tenemos que enriquecer - que no es sólo en el plano material - con el desarrollo de esas cualidades en bien de los demás. Tendríamos quizá por empezar por descubrirlas, ver esos valores que hay en nuestra vida con los que tanto bien podemos hacer a los demás.

Pero además es que no nos quedamos encerrados en las fronteras de este mundo material y terreno en el que vivimos sino que también tenemos que saber transcendernos. Con lo bueno que vamos haciendo, con las responsabilidades que vamos desempeñando, con el desarrollo de todas esas cosas buenas estamos sembrando semillas del Reino de Dios que un día aspiramos a alcanzarlo y vivirlo en plenitud. 

Es lo que podemos descubrir desde la fe y desde el misterio salvador de Cristo que quiere dar plenitud a nuestra vida. Por eso pensamos en esos valores espirituales, en esas semillas de evangelio que podemos sembrar, soñamos con esa vida eterna de plenitud que Dios nos promete para los que somos fieles.

Pero, como nos dice hoy Jesús en el evangelio, hemos de estar atentos y vigilantes porque puede aparecer el ladrón; es la tentación que nos acecha y que nos hace bajar tantas veces la guardia en ese esfuerzo de superación y crecimiento que hemos de ir realizando en nuestra vida; es el abandono de esas responsabilidades que tenemos con nosotros mismos, pero también con la sociedad en la que vivimos, y por supuesto, como creyentes que somos, con Dios y con la Iglesia en virtud de nuestra fe. De muchas cosas podríamos hablar y muchas consecuencias tendríamos que sacar para nuestra vida.

‘Estad en vela, porque no sabéis el día ni la hora…’ nos dice hoy Jesús. ‘Estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’, nos llegará la hora de la plenitud, del encuentro con el Señor, y no podemos estar ni con las manos vacías porque hayamos abandonado nuestras responsabilidades, ni con las manos manchadas porque hayamos estado obrando de forma injusta y malévola.

Una invitación de Jesús a vivir con responsabilidad nuestra vida, a contribuir con lo que somos y valemos al bien de nuestro mundo, a construir el Reino de Dios dándole verdadera trascendencia también a nuestra vida, y a vivir a tope nuestra fe y nuestra esperanza, porque todo nos llevará a la plenitud de Dios en la vida eterna que nos ofrece como premio.

miércoles, 29 de agosto de 2012


Juan, precursor del Mesías y mártir de la verdad y la justicia
Jer. 1, 17-19; Sal. 70; Mc. 6, 17-29

Celebramos de nuevo a san Juan Bautista, ‘precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús’, como lo invoca hoy la liturgia, al mismo tiempo que ‘mártir de la verdad y de la justicia’.

Muchas veces a través del año litúrgico nos va apareciendo la figura de Juan. No es sólo la solemnidad de su nacimiento el veinticuatro de junio, fiesta con muchas connotaciones populares y bien significativa seis meses antes del nacimiento de Jesús. Cuando en nuestro hemisferio el sol brilla con más fuerza en lo alto y con más horas de luz celebramos su nacimiento que es como anuncio y anticipo de la gran fiesta de la Navidad en que sí celebraremos entonces al Sol que nace de lo alto. Por eso con razón lo llama la liturgia y así se expresa en la fe de la Iglesia como ‘precursor del nacimiento de Jesús’.

Es, precisamente en las vísperas del nacimiento de Cristo, cuando nos aparece con toda intensidad la figura de Juan en el tiempo del adviento como aquel que viene a preparar los caminos del Señor y nos ayudará con su palabra y su testimonio en ese camino de preparación del nacimiento de Cristo, pero también con la esperanza de la parusía final en que Cristo aparecerá revestido de gloria para el juicio final. No olvidemos que el adviento tiene ese doble sentido y en ese doble sentido nos ayuda también la figura de Juan.

Pero hoy contemplamos su martirio, su muerte, tal como nos la ha relatado con todo detalle el evangelio. ‘Precursor también de la muerte de Jesús’, como decíamos en la oración litúrgica, y ‘mártir de la verdad y de la justicia’. La rectitud de su vida y su fidelidad a la ley del Señor le llevó a denunciar el mal allá donde estuviera, de la misma manera que ayudaba a todo el que quisiera preparar su corazón para la llegada del Mesías. 

Iba señalando los caminos buenos que eran caminos de amor y de justicia a todos los que acudían a El, pero invitaba a la purificación y conversión a quienes tuvieran el corazón desviado de los caminos del Señor y es por lo que señala a Herodes que no le era lícito vivir de la forma que lo hacía. Testigo de la verdad y de la justicia como Jesús sufrió también la muerte por ese motivo. Quien había señalado al Cordero de Dios que se inmola para quitar el pecado del mundo, también se entrega hasta el final realizando la misma inmolación en el martirio por el testimonio de la verdad y de la justicia.

Recordemos que en el diálogo con Pilato en el Pretorio Jesús dirá que su misión es ser testigo de la verdad y el que pertenece a la verdad escucha su voz. Pilato se preguntará irónicamente qué es la verdad que era una forma de rechazar la verdad aunque la tuviera ante sus ojos por eso aun sabiendo que Jesús era inocente lo condenará a muerte lavándose de forma hipócrita sus manos. 

De forma semejante había sucedido también en la muerte del Bautista porque ‘aunque Herodes respetaba a Juan sabiendo que era un hombre honrado y santo’, cayó en la debilidad de cerrar los ojos a la luz y a la verdad para ceder ante la presión de Herodías y decapitar a Juan. ‘Dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo’, camino, verdad y vida del hombre, como proclamaremos en el prefacio.

Dio Juan testimonio de la verdad siendo testigo de la verdad, como Jesús, que le llevaría a la muerte a causa de las incongruencias de los hombres, como tantas veces sigue sucediendo cuando cerramos los ojos a la verdad verdadera y todo lo convertimos en relativismos que nos confunden y hasta anulan. Creo que sería algo que tendría que hacernos pensar para que busquemos la Verdad en plenitud que en Jesús podemos encontrar y que nos dará verdadero sentido y valor a nuestra vida.

Pidámosle al Señor en esta liturgia que podamos ‘seguir sus caminos rectamente, como san Juan bautista, voz que clama en el desierto, nos enseñó de palabra y con el testimonio de su sangre’ luchando valerosamente por la confesión de nuestra fe.

martes, 28 de agosto de 2012


Nos llamó por medio del evangelio a una gran esperanza
2Tes. 2, 1-3.13-16; Sal. 95; Mt. 23, 23-26

Todos nos alegramos cuando recibimos una buena noticia, aunque el hecho que se nos anuncie no nos afecte directamente a nosotros. Pero si la buena noticia que nos dan nos afecta positivamente y es algo que tiene repercusiones en nuestra vida, la alegría será mucho mayor y quizá a partir de esa buena noticia ya las cosas no son de la misma manera para nosotros. 

Eso que nos parece o vemos tan elemental sin embargo  no siempre es así, porque quizá no le damos la importancia debida a la buena noticia recibida. ¿Por qué digo esto? Tendríamos que reconocer que nosotros los cristianos somos los hijos de la buena noticia, por decirlo de alguna manera. Todo parte para nosotros de la Buena Noticia que nos trae Jesús, más aún, que es Jesús para nosotros. Jesús es la Buena Noticia de la Salvación. ¿Será eso verdaderamente importante para nosotros? ¿Le damos la importancia que se merece, que tiene o ha de tener para nuestra vida esa Buena Noticia de Jesús?

Recordemos que cuando Jesús comienza su actividad por Galilea lo que va haciendo es el anuncio de una Buena Noticia. Y es tan importante esa Buena Noticia que nos dirá que hay que tener fe y convertirse. Será esa la manera de recibir esa Buena Noticia. ‘Convertios y creed en el Evangelio, creed en la Buena Noticia’. Y es Jesús que llega, que viene anunciando la salvación que llega a nuestra vida. Y tan importante es que hay que cambiar totalmente nuestra vida ante esa Buena Noticia.

Nos preguntábamos antes si es verdaderamente importante para nosotros. Será importante si somos conscientes de que necesitamos de esa salvación, salvación que realmente solo podemos alcanzar en Jesús. No somos nosotros los que nos salvamos por nosotros mismos; si fuera así no sería Buena Noticia. Es que por nosotros mismos poco podemos hacer para alcanzar esa salvación, para merecer ese perdón que el Señor nos ofrece, porque además nuestra vida llena de pecado poco puede así merecer. 

La noticia está en que Jesús viene para darnos ese perdón que necesitamos, arrancarnos de ese abismo de pecado y de muerte en el que hemos caído y que por nosotros mismos no lo podemos hacer; pero la gran noticia que acompaña es que no solo nos perdona sino que nos llena de nueva vida hasta el punto de hacernos hijos de Dios. Por eso llamamos gracia a esa salvación de Dios, porque es el regalo, don  gratuito, que Dios nos ofrece.

Es lo que está recordando Pablo a los cristianos de Tesalónica en esta segunda carta que estamos leyendo. Hay una llamada de Dios en esa Buena Noticia que nos hace. ‘Dios os llamó por medio del Evangelio - Buena Noticia - que predicamos, para que así sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así pues, manteneos firmes y conservad todo lo que os trasmitimos de viva voz o por carta’. 

Invita el apóstol a mantenerse firmes en la fe, no olvidando cuanto se les ha trasmitido. Ese Evangelio recibido, esa Buena Noticia que se les ha trasmitido habrá que reflejarlo en la vida a pesar de que no siempre sea fácil y se puedan recibir influencias de muchos sitios. Es invitación que también nosotros escuchamos para que no abandonemos nuestra fe y que cuando somos conscientes de lo que significa la salvación que el Señor nos ha ofrecido luego obremos en consecuencia; y obrar en consecuencia es continuar viviendo una vida santa.

Ese Evangelio, esa Buena Noticia que es para nosotros consuelo y vida en medio de nuestras tribulaciones. ‘Dios nos ha amado tanto en Jesucristo que nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza’. Nos sentimos consolados y llenos de esperanza, porque aunque mucho haya sido nuestro pecado nos sentimos sanados en el Señor y vivimos en la esperanza de la vida eterna que nos ofrece si en verdad queremos vivir unidos a El. 

Cuánto tenemos que darle gracias a Dios por ese don de la fe, por esa gracia divina que nos regalado, por la esperanza con que podemos vivir a pesar de todas las tribulaciones, por el amor que nos llena de gozo que podemos experimentar.

lunes, 27 de agosto de 2012


Nuestro gozo en el Señor el crecimiento de vuestra fe y del amor mutuo
2Tes. 1, 1-5.11-12; Sal. 95; Mt. 23, 13-23

El gozo del apóstol y el pastor es el crecimiento en la fe de aquellos que están a su cuidado siempre para la gloria del Señor. No busca el pastor satisfacciones ni ganancias humanas sino que lo que se busca siempre en la gloria del Señor. Y el Señor será más y más glorificado cuando va creciendo la fe de los creyentes que de forma comprometida se va manifestando en el amor y el fortalecimiento de la misma comunidad.

Son los sentimientos que expresa san Pablo en este inicio de la segunda carta - de las conservadas - que dirige a su querida comunidad de Tesalónica. Estamos comenzando a hacer su lectura que iremos haciendo en parte en estos días. Se congratula el apóstol por las noticias que le llegan de la vida de aquella comunidad y da gracias al Señor.

‘Es deber nuestro dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos; y es justo, pues vuestra fe crece vigorosamente y vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno, sigue aumentando’. Se siente el apóstol orgulloso de la fe y del amor mutuo de aquella comunidad e incluso lo manifiesta a las otras iglesias para que sirva de ejemplo y para que todos también den gracias a Dios.

Es el gozo que sentimos el alma los pastores en el acompañamiento de ese camino espiritual que juntos vamos haciendo. No siempre nos es fácil porque a todos no nos faltan dificultades y tentaciones. Nos puede surgir muchas veces el cansancio o la tentación a la rutina; pueden aparecer momentos de frialdad espiritual en que podemos caer en esa tensión que hemos de mantener en esos deseos de crecimiento en nuestra fe. 

Pero hemos de saber apreciar esos buenos deseos, esos esfuerzos que vamos haciendo muchas veces por mantenernos firmes en nuestra fe, ese trabajo por crecer cada día más espiritualmente que luego se va a traducir en nuestra conducta, en nuestra buena convivencia, en la paz y armonía fraternal que debe reinar entre nosotros. 

Somos humanos y débiles y a veces nos cuesta porque nos vuelven a salir a flote esos resabios de orgullo o de amor propio, pero es un gozo cuando vemos que hay personas que tratan de superarse y de ser mejores, de superar esos malos momentos y tratamos de ayudarnos, de ser generosos los unos con los otros y de compartir.

Como decía hoy el apóstol en la carta en referencia a los Tesalonisenses que hemos de saber aplicar nuestra propia comunidad que ‘nuestro Dios os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza y su gracia os permita cumplir vuestros buenos deseos y la tarea de la fe, para que así Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de El, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo’.

Doy gracias a Dios, sí, por vuestra fe, por tantas cosas hermosas que van aflorando en vuestro corazón; doy gracias a Dios por vuestra generosidad en la que muchos dan bonitos ejemplos cuando se ayudan mutuamente, cuando son capaces de compartir o cuando son capaces de sufrir con paciencia las impertinencias de los demás, porque todos tenemos que aceptarnos, comprendernos, perdonarnos, ayudarnos. 

Que el Señor nos dé su gracia para que siempre sigamos haciéndolo así. Es nuestro gozo y es la gloria del Señor.

domingo, 26 de agosto de 2012


Aunque débiles y llenos de dudas, confesamos que Tú tienes para nosotros palabras de vida eterna

Josué, 24, 1-2.15-18; Sal. 33; Ef. 5, 21-32; Jn. 6, 60-69
Una doble reacción a las palabras de Jesús. No nos ha de extrañar. Jesús está puesto como signo de contradicción. Ya lo había anunciado proféticamente el anciano Simeón; ante Jesús unos caerán y otros se levantarán. Es una actitud repetida a lo largo del evangelio.
‘Este modo de hablar es duro’, dirán algunos. Jesús sabía que lo criticaban; ya mientras iba anunciando el pan de vida muchos se iban manifestando en contra y le discutían a Jesús sus palabras porque no le entendían. Ahora sucederá que ‘desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El’.
Pero no todos se van. Perplejos están también los más cercanos a Jesús. En muchas ocasiones también los del grupo de los Doce no entendían las palabras de Jesús, se hacían sus consideraciones tratando de encontrar explicación en el caso de los anuncios de pasión y muerte, o cuando llegaban a casa la pedían que les explicara, como sucedía con las parábolas. Ahora podrá más el amor que sienten por Jesús y estarán dispuestos a seguir con Jesús como Pedro proclamará y ahora comentaremos.
Sigo preguntándome si realmente entendían o no lo que Jesús les estaba hablando. Al hilo de lo que Jesús iba diciendo allí en la sinagoga de Cafarnaún hemos ido reflexionando ya lo que significaba comer a Jesús, comer su carne y beber su sangre para poder tener vida. Aunque en principio parecía que su repugnancia a aceptar las palabras de Jesús iba por aquello de la antropofagia, lo de comer carne humana y lo de beber sangre que ya en sí tenía sus especiales connotaciones para aquellos pueblos semitas, sin embargo de lo que se trataba era de un seguimiento total y radical de Jesús. ¿Estarían dispuestos a eso? ¿Comerían a la carne de Cristo en ese sentido?
Como hemos reflexionado lo de comer a Cristo era esa aceptación de Jesús en su totalidad, aceptación de Jesús en su mensaje de vida y de salvación que nos ofrecía y todo lo que significaba el Reino de Dios que Jesús anunciaba y venía a constituir. No era sólo cuestión de aceptar o no alguna idea o pensamiento, o alguna norma que nos pudiera imponer, sino que es la exigencia de seguir a Jesús en su totalidad, realizando de verdad esa vuelta total de la vida, conversión, para hacer que desde entonces girara para siempre en torno a Jesús.
Muchas cosas que transformar en la vida, muchas cosas que cambiar y muchas cosas de las que arrancarse para vivir una vida ya para siempre en el estilo de Jesús, en el estilo nuevo del Reino de Dios instaurado con el evangelio. Es algo que también tenemos que pensar para nosotros porque también entramos muchas veces en rutinas, nos acostumbramos a cosas que puede suceder que las hagamos sin sentido y al final podemos seguir siendo el hombre viejo que no se ha renovado con la gracia en el estilo y espíritu del Evangelio.
Necesitamos nosotros también una mirada sincera desde lo que es la realidad de nuestra vida con el evangelio para confrontarla seriamente con la vida de Jesús. Ya hemos reflexionado en estos días que nuestro vivir tenía que ser un vivir nuevo, porque no sería ya nuestra vida sino la vida de Cristo. Y confesemos y reconozcamos que no siempre nuestro vivir es el vivir de Cristo, en una palabra, que no somos cristianos con toda nuestra vida, con todas nuestras actitudes, con toda nuestra manera de pensar, con todo nuestro actuar.
Aquella gente no quiso seguir con Jesús. Como nos decía el evangelista y ya hemos recordado ‘desde entonces ya muchos de los discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con Jesús’. Como decíamos, no es la primera vez que sucede; recordemos al joven rico que no fue valiente para vivir generosamente aquel desprendimiento que Jesús le pedía.
Sucedía entonces y sigue sucediendo, porque también muchas veces sentimos el dolor de gente que estaba como muy a gusto en la Iglesia parecía viviendo su vida cristiana y de un momento a otro se echaron también atrás y abandonaron todo, en ocasiones, abandonando totalmente la fe. ¿No se sintieron con fuerzas para seguir con Jesús y su seguimiento? ¿Se vieron envueltos por las dudas, por los problemas, por situaciones que no supieron resolver desde la luz de la fe y con gracia del Señor? Desgraciadamente suceden cosas así.
Tenemos nosotros también el peligro y la tentación de enfriarnos espiritualmente e ir abandonando muchas cosas. Por eso es necesario insistir tanto en que vivamos nuestra fe como un encuentro vivo y personal con el Señor; que es necesario que vayamos madurando de verdad nuestra fe con una buena formación cristiana para ir profundizando más y más en todo el conocimiento del misterio de Cristo y de Dios; que vayamos enriqueciéndonos espiritualmente desde la escucha y la meditación de la Palabra de Dios y una oración cada vez más intensa. Tenemos que cuidar nuestra fe, nuestra unión con el Señor, nuestra vida cristiana.
Dice el evangelio que ‘Jesús les preguntó a los apóstoles: ¿También vosotros queréis marcharos? A lo que Simón Pedro contestó: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros sabemos y creemos que Tú eres el Santo consagrado por Dios’. Allí, por supuesto, estaba la fe de Pedro y de los demás apóstoles, pero allí estaba el amor. No podemos negar cuánto querían a Jesús los apóstoles que siempre estaban con Jesús, porque un día lo habían dejado todo para seguirle.
Probablemente también tuvieran dudas en su corazón y podrían estar calibrando hasta donde serían capaces de seguir siendo fieles, pero amaban a Jesús y con El querían estar. Para ellos Jesús tenía palabras de vida eterna. Claro que querían seguir estando con El, querían seguirle y a pesar de sus debilidades, estaban dispuestos a darlo todo por Jesús.
Ya Jesús había dicho que ‘sus palabras son espíritu y vida’ y ahora Pedro le dirá que sí, que creen en El, que para ellos las palabras de Jesús son palabras de vida eterna, que creen de verdad que Jesús es el enviado de Dios y que quieren unirse a El, comerle también para tener vida para siempre.
Nosotros también podemos sentirnos débiles porque ya somos conscientes de cuantas veces caemos a causa de esa debilidad; también nos surgen dudas y en ocasiones puede haber cosas que nos cueste entender o nos cueste llevar a la vida. Pero queremos poner también nuestra fe como Pedro para confesar que Jesús lo es todo para nosotros y que queremos seguirle y vivirle; como Pedro queremos también confesar nuestro amor, que aunque seamos débiles, le amamos y queremos amarle con todo nuestro corazón y con toda nuestra vida.
‘¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna’. Creemos en ti. ‘Lejos de nosotros abandonarte’, como decían los judíos a la entrada de la tierra prometida. Si ellos reconocían que el Señor los había sacado de Egipto y los había conducido por el desierto hasta aquella tierra, cuánto no tendremos que reconocer nosotros de las maravillas que Dios ha obrado en nuestra vida.
Queremos vivir tu vida. Queremos comerte porque queremos llenarnos de ti. Queremos comerte porque queremos hacer de tu vida nuestra vida. Queremos comerte porque sabemos que quien te come tiene vida eterna y Tú nos resucitarás en el último día. Queremos comerte con todas las consecuencias para nuestra vida.

sábado, 25 de agosto de 2012


Frente a un mundo de apariencias y vanidad el servicio humilde y el amor desinteresado

Ez. 43, 1-7; Sal. 84; Mt. 23, 1-12
Qué distinto se seguir el estilo de vida que Jesús nos propone a lo que estamos acostumbrados a ver a nuestro alrededor y que en cierto modo se convierte en una tentación para nosotros. Si observamos bien vivimos en un mundo de mucha vanidad y de apariencia en el que se pretende dar una cara bien distinta a lo que llevamos dentro de nosotros. Aunque nos parezca lo contrario, esos caminos de vanidad no son caminos que nos lleven a una verdadera felicidad. Los oropeles de la vanidad nos encandilan pero nos dejan ciegos lo que es verdaderamente valioso en la persona. La vanidad siempre será algo ilusioro y pasajero que cuando pasa su brillo nos veremos en la más completa fealdad-
Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio lo denuncia duramente de los que eran los dirigentes del pueblo entonces y los que en cierto modo tenían que orientar las conductas de la gente, los escribas y maestros de la ley. No vivian una vida acorde con lo que pretendían imponer a la gente. Jesús denunciará su hipocresia y falsedad. Y no quiere que de ninguna manera sea ese el estilo de los que son sus seguidores. Lo malo sería que después de veinte siglos y en unos lugares y paises que nos llamamos cristianos sigamos la misma pauta de vanidad, de apariencia, de hipocresía en la sociedad en la que vivimos.
‘Haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen… todo lo hacen para que los vea la gente… les gustan los primeros puestos y los lugares de honor… ser reconocidos, les hagan reverencias por la calle y la gente los llame maestros…’
Es una tentación que podemos sufrir, porque también nos gustan los halagos y que reconozcan lo que hacemos. La vanidad infla nuestro ego creando falsas ilusiones en nuestra vida. Cómo nos sentimos heridos en nuestro amor propio cuando no reconocen lo que nosotros hayamos hecho u otros se cuelguen medallas con lo que quiza nosotros hicimos.
Se habla mucho hoy de autoestima y de valoración de la persona. Está bien porque tenemos que sacar a flote todos nuestros valores, pero eso no tiene que significar que vayamos por la vida buscando esos halagos y reconocimientos. Si hacemos las cosas solo por eso realmente las estamos desvalorizando, porque el bien tenemos que hacerlo con naturalidad y sencillez simplemente porque es el bien y podemos ayudar a los demás con lo que hagamos. Los valores que Dios ha puesto en nuestra vida no son solo para una ganancia personal sino que están también en bien de los otros. Realmente, tenemos que reconocer, cuando vamos buscando pedestales en los que subirnos fácilmente andamos al empujón porque si el otro también quiere subirse al pedestal enseguida nacerá la guerra.
No quiere Jesús que ni nos consideremos maestros en una autosuficiencia en la que nos pongamos siempre por encima de los demás, ni avasallemos a nadie por conseguir nosotros méritos. Nuestro estilo ha de partir de la sencillez y de la humildad de quien ama y porque ama simplemente siempre querrá hacer el bien a los demás y eso es lo que realmente le importa. Pero ahí tenemos constante la tentación.
Una vez más Jesús nos dirá que seremos primeros y verdaderamente importantes cuando sepamos hacernos servidores de los demás no importándonos ser los últimos. ‘El primero entre vosotros sea vuestro servidor. El que se enaltece será  humillado y el que se humilla será enaltecido’. Y no hemos de buscar ser enaltecidos por los hombres, sino sólo a los ojos de Dios que es lo verdaderamente importante. Es el Señor el que ve la sinceridad de nuestro corazón.

viernes, 24 de agosto de 2012


Afianzarnos en la fe con que san Bartolomé se entregó sinceramente a Cristo
Apoc. 21, 10-14; Sal. 144; Jn. 1, 45-51

Bartolomé - el hijo de Tolmai, bar-Tolmai - forma parte del grupo de los Doce a los que Jesús llamó de manera especial para hacerlos apóstoles. Así aparece en las listas de los apóstoles que los sinopticos nos presentan en esa elección de Jesús. Pero probablemente es de los primeros discípulos que siguieron a Jesús según nos narra el evangelista Juan si lo hacemos coincidir con el Natanael cuyo relato de la vocación hemos escuchado hoy en el evangelio. Es natural de Caná de Galilea, pues así lo refiere Juan cuando menciona de nuevo a Natanael entre los apóstoles que están en el lago de Tiberíades cuando la aparición de Cristo resucitado y la pesca milagrosa.

En la oración litúrgica de esta fiesta hemos pedido al Señor que ‘se afiance en nosotros aquella fe con la que san Bartolomé, tu apóstol, se entregó sinceramente a Cristo’. Como hemos escuchado en el evangelio, quizá por los prejuicios de las riñas pueblerinas entre pueblos vecinos, le costó en principio aceptar a Jesús. Ante la insistencia de Felipe de que habían encontrado a aquel de quien hablaban Moisés en la ley y los Profetas está su rechazo diciendo que ‘de Nazaret no puede salir nada bueno’. Pero es ejemplar el camino seguido por Felipe para convencerle, ‘ven y lo verás’. 

Qué importante es ese ir y ver, ese encuentro personal con Jesús. Tras el breve diálogo, un tanto enigmático, entre Jesús y Natanael, en que Jesús le alaba sus valores humanos y su rectitud, además de hacerle ver que Dios está por encima de todo y es capaz de ver lo más secreto de nuestro corazón, lo más secreto que suceda en nuestra vida - ‘antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te ví’ - bastará para que Natanael haga una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Lo reconoce como Maestro, como Dios, como Mesías Salvador. 

La fe se nos pone a prueba en ocasiones y nos llenamos de dudas y de prejuicios. Pero hemos de dejarnos encontrar. Dejarnos encontrar por la fe que nos ilumina; dejarnos encontrar por Dios que nos busca; dejarnos encontrar por Cristo que viene a nosotros con su salvación. 

Andamos a veces como prevenidos, con nuestros prejuicios, con nuestras oscuridades que tenemos miedo de iluminar; tantas veces tenemos la tentación de huir de esa fe que puede comprometer mi vida, porque me hará ver las cosas de otra manera y quizá en mi orgullo no quiero bajarme de mi torre, de mi caballo. Pongamos en duda nuestras dudas para atisbar que puede haber una luz que nos ilumine de forma distinta. No nos cerremos a la luz de la fe.

Esa fe que cuando nos lleva a descubrir a Cristo nos hará descubrir también la Iglesia en la que vamos a vivir esa fe, en la que la vamos a alimentar y fortalecer y con la que haremos más presente en medio del mundo la salvación que Jesús nos ha venido a traer. ‘Que la Iglesia se presente ante el mundo como sacramento universal de salvación’, hemos pedido con la intercesión de san Bartolomé. 

Siempre que celebramos la fiesta de un apóstol hacemos incapié en las caracteríticas de la Iglesia una de la cuales es su apostolicidad. En los textos de la Palabra que nos ha ofrecido hoy la liturgia de esta fiesta está ese hermoso texto del Apocalipsis en que se nos describe a la Iglesia como ‘la nueva Jerusalén que descendía del cielo’ con su muralla, sus doce puertas y ‘doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero’.

Es esa Iglesia depositaria de la fe recibida de los apóstoles, por eso sus cimientos son los nombres de los apóstoles, y que se presenta ante el mundo como signo y cauce de la salvación que Jesús nos ha venido a ofrecer. ‘Sacramento universal de salvación’, como hemos expresado en la oración litúrgica y que manifiesta lo que es la fe de la Iglesia y que tan maravillosamente nos exponía el Vaticano II. Es la tarea de santificación del pueblo de Dios que realiza la Iglesia en los sacramentos y en el culto que le damos a Dios, pero es también el signo de santidad que la Iglesia ha de manifestar en la santidad de sus miembros, en la santidad con la que hemos de resplandecer todos los creyentes en Jesús .

Nos está hablando todo esto de un compromiso de vida que nace de esa fe y de esa pertenencia a la Iglesia. Que el ejemplo de los apóstoles, el ejemplo de san Bartolomé a quien hoy celebramos, nos impulse a proclamar con valentía esa fe en medio de nuestros hermanos los hombres para así convertirnos nosotros en signos, para así atraer a todos los hombres por los caminos de la salvación. Pero el ejemplo de santidad que nos ofrecen también los apóstoles nos tiene que impulsar también a esa santidad, a esa fidelidad en el seguimiento de Jesús, a esa vida nueva que hemos de vivir como hombres nuevos renacidos por el evangelio en el bautismo que hemos recibido.

Que san Bartolomé nos proteja de todo mal, nos traiga la gracia del Señor que nos arranque de las garras del maligno, como él supo vencer todas las tentaciones y acechanzas del demonio que queria apartarle del camino de Cristo y del Evangelio que él predicaba. 

jueves, 23 de agosto de 2012


El Señor nos invita a su banquete, vistamos el verdadero traje de fiesta
Ez. 36, 23-28; Sal. 50; Mt. 22, 1-14

Grande era el empeño y la insistencia de aquel rey en su intención de celebrar la boda de su hijo. ‘Los invitados no quisieron ir’, pero él seguía enviado ‘a sus criados que les dijeran: tengo preparado el banquete… todo está a punto. Venid a la boda’. Y aunque aquellos invitados siguieron rechazando, y de qué manera, él seguía queriendo celebrar la boda de su hijo. ‘Id ahora a los cruces de caminos y a todos los que encontréis invitadlos a la boda’.

Creo que ya nos está hablando mucho esta imagen para que caigamos en la cuenta de la insistencia del amor de Dios que nos llama una y otra vez, a pesar de nuestras negaciones y rechazos, queriendo a todos ofrecernos este hermoso banquete de su amor.

Es fácil que en nuestra reacción en la escucha del relato de la parábola digamos que nosotros no somos así. Pero mirando con sinceridad nuestro corazón, como hemos de hacerlo cuando estamos ante el amor infinito de Dios y de su sabiduría divina a la que no podemos engañar hemos de reconocer cuánta gracia se ha perdido en nuestra vida por nuestras respuestas negativas y también por cuantas veces hemos preferido otros banquetes que nos ofrece la vida y hemos rechazado lo que Dios nos ofrece.

Jesús ofreció esta parábola dirigiéndose de manera especial a los que eran de una forma o de otra los dirigentes del pueblo en aquel  momento. Como dice el evangelista ‘volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo’. Una primera lectura e interpretación que hacemos es fijarnos en las circunstancias concretas en que fue pronunciada la parábola y ahí se refleja lo que fue la historia de Israel tan llena de infidelidades al Señor con tantos rechazos a las invitaciones que les hacia y ahora de manera más plena precisamente en Jesús. 

Cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola la estamos escuchando como Palabra que el Señor nos dirige a nosotros y somos nosotros los que tenemos que saber leer tantas cosas negativas y tantos rechazos a la gracia de Dios como hay en nuestra vida. Es la palabra que el Señor me dirige a mí, nos dirige a cada uno de nosotros y así hemos de escucharla sabiendo descubrir ese mensaje que el Señor nos quiere trasmitir.

Pero la parábola no termina aquí sino que está ese vestido de fiesta que uno no llevaba en el banquete y por lo que fue excluido de aquella boda. ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?’ ¿Qué nos querrá decir el Señor con el traje de fiesta? Podrán ser actitudes de nuestro corazón que habremos de corregir o podrán comportamientos indignos que nos manchan el traje de la gracia que hemos de vestir para acercarnos a la fiesta del Señor. 

En un banquete que se convierte en fiesta será necesario por parte de los asistentes unas actitudes y una forma de comportarse para no aguar aquella fiesta. No tiene sentido que vayamos a participar en algo que a la larga es comunitario y vayamos llenos de posturas egoístas e insolidarias que crean tensiones o discriminaciones entre los asistentes rompiendo el verdadero ambiente de fiesta que tendría que reinar. No vamos para incordiar y molestar a los que con nosotros están participando de esa fiesta de la vida sino a poner todos de nuestra parte cada uno su granito de arena para lograr esa armonía y esa paz. 

El traje de fiesta de la cordialidad, de la comunión, de la alegría contagiosa, de la paz y de los deseos de unidad que muchas veces en la vida no vestimos porque nos hemos puesto quizá el traje del orgullo, de la apariencia y la vanidad, de la superioridad llena de soberbia, o quizá hasta de la violencia. No son los trajes adecuados para participar en esa fiesta de la vida a la que Jesús nos llama.

Mucho nos haría pensar este detalle del traje de fiesta que algunas veces nos cuesta interpretar pero que de forma muy concreta tendríamos que saber vestir.

El Señor nos llama y nos invita, insiste a tiempo y a destiempo que vayamos a su banquete; vistamos el verdadero traje de fiesta y celebremos la alegría de nuestra fe.

miércoles, 22 de agosto de 2012


La humilde esclava del Señor fue exaltada como Reina del universo
Is. 9, 1-6; Sal. 112; Lc. 1, 26-38

Esta fiesta de María Reina del Universo fue introducida en la liturgia romana por el Papa Pío XII en 1954, el año mariano, celebrándose el 31 de mayo como culminación del mes mariano que era el mes de mayo. Fue el papa Pablo VI tras la reforma conciliar de la liturgia y del calendario de fiestas de la Iglesia el que traslado la fiesta de María Reina al 22 de agosto, en medio de las fiestas de la glorificación de María celebrada el 15 de Agosto y siendo así casi como una octava de la fiesta de la Asunción.

Hemos de ver, pues, esta fiesta en el marco de las celebraciones en que contemplamos a María glorificada participando ya plenamente de la gloria del cielo llevada por su Hijo Jesús. ‘La Virgen Inmaculada, enseña el concilio Vaticano II, terminad el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y ensalzada como Reina del Universo, para que se asemeje más a su Hijo, Señor de señores, y vencedor del pecado y de la muerte’.

Reina gloriosa podemos llamar y contemplar a María, desde su humildad exaltada a la gloria del cielo. En la tierra fue la humilde esclava del Señor. Y si Jesús nos diría que sería grande e importante, sería el primero en el reino de los cielos el que se hiciera el último y el servidor de todos, qué podemos decir de María, la que se llamó a sí mismo la humilde esclava del Señor - lo escuchamos en el evangelio -, para ser la servidora fiel y humilde que buscaba siempre el bien y siempre la gloria del Señor. Siendo la última la podemos contemplar como la primera, siendo la servidora la podemos contemplar entonces como la Reina.

Reina madre la podemos llamar también porque dio a luz al Rey de cielo y tierra, el rey mesiánico que se sienta sobre el trono de David y su reino. Por eso en la liturgia hoy así la invocamos y ese fue el sentido de la oración litúrgica de esta fiesta; ‘nos has dado como madre y como reina a la madre de tu Unigénito’.

María es también la reina suplicante ya que ‘exaltada sobre los ángeles, reina gloriosa con su Hijo, intercediendo por todos los hombres como abogada de gracia y reina del universo’, como la cantamos en el prefacio. Recordamos a la reina Esther, figura de María la reina suplicante, que se atreve a acercarse hasta el trono del rey para interceder por su pueblo. Así María, es la madre y es la reina intercesora que como abogada nuestra está siempre intercediendo por sus hijos.

Finalmente decir que la podemos contemplar como reina tipo de la gloria futura de la Iglesia. Ya en la fiesta de la Asunción reconocíamos que se convertía en esperanza para el pueblo aún peregrino en la tierra, y podemos decir hoy al verla así glorificada como reina en el cielo que es imagen de la plenitud que un día la Iglesia vivirá.

Somos un pueblo de reyes, como nos enseña san Pedro en sus cartas, y en María reina contemplamos lo que es la plenitud de ese Reino de Dios que a todos nos hace reyes por nuestra configuración con Cristo. Cómo no verlo realizado en plenitud en María y en ella ver la imagen de la plenitud que un día la Iglesia alcanzará.

Nos alegramos y nos gozamos, festejamos a María y le queremos mostrar todo nuestro amor. Pero contemplando toda esta gloria de María, su humildad y su santidad, su amor de madre y la protección que ella realiza sobre nosotros desde el cielo, al mismo tiempo nos sentimos elevados con María; elevados para imitar sus virtudes y su santidad, para parecernos a María, para llenar nuestro corazón de humildad y de amor porque es el mejor camino para acercarnos a la gloria de Dios.

No olvidemos nunca, y para ello no dejemos de mirar a María, que la humildad es el mejor camino que nos lleva hasta Dios, que el servicio en el amor es el que nos hace verdaderamente grandes, y que en la ternura con que llenamos nuestro corazón a la manera de María hemos de hacer que todos quepan en él, porque nunca hagamos discriminación en nuestra vida y que si algunos han de ser los preferidos han de ser los pobres y los que los demás consideren los últimos porque así nos pareceremos más a María y seremos mejores hijos de Dios.

martes, 21 de agosto de 2012


Entonces, ¿quién puede salvarse?... nos tiene reservado un premio de vida eterna
Ez. 28, 1-10; Sal.: Deut. 32, 26-36; Mt. 19, 23-30

‘Entonces, ¿quién puede salvarse?’ Fue la reacción y la pregunta de los discípulos a las palabras de Jesús. Todo sucedió después del episodio del joven rico que se marchó triste porque era muy rico. No había sido capaz de dar el paso adelante que le pedía Jesús de desprendimiento y de generosidad para acumular tesoros, no aquí en la tierra donde la polilla lo corroe y los ladrones se lo roban, sino en el cielo. 

Y Jesús había seguido comentando cómo a un rico se le hacia difícil entrar en el Reino de los cielos. Los apegos del corazón de las cosas que poseemos son peores que las jorobas de los camellos que les impedían entrar por las puertas estrechas de las murallas de las ciudades antiguas. Es a lo que hace referencia Jesús con la comparación. Que también es difícil, si no imposible, introducir por una aguja un cabo de una soga bien gruesa, que es también la interpretación a las palabras de Jesús, según lo que se entienda por un camello y una aguja. Pero el mensaje es claro y les hizo reaccionar con la exclamación que mencionábamos. 

Pero, una cosa hemos de tener clara, la salvación es un regalo de Dios. Un regalo, gracia, al que tenemos que corresponder es cierto. Pero no somos nosotros los que nos salvamos por nosotros mismos, sino que la salvación viene de Dios. Es lo primero que tenemos que entender con lo que nos dice Jesús. ‘Para lo hombres es imposible, pero Dios lo puede todo’. Y la gran manifestación de la salvación la tenemos en Jesús que por nosotros se ofrece y se entrega para redimirnos del pecado y ponernos en camino de gracia y de salvación.  

Por esos apegos del corazón que son las riquezas - y recordamos todo las cosas que equiparamos a las riquezas como ayer reflexionábamos -, si no nos liberamos de ellos, no podríamos alcanzar la salvación. Y para eso ha venido Cristo, para liberarnos, para obtenernos la gracia de la salvación. 

Nuestra respuesta está en buscar esa salvación, buscar esa gracia que nos ayude a purificarnos y a liberarnos de todo ese mal que vamos metiendo en nuestro corazón. Nuestra respuesta está en aceptar y acoger esa salvación que el Señor nos ofrece fortaleciéndonos con su gracia para vivir esa salvación, para hacer resplandecer esa santidad de nuestra vida. Y con la gracia del Señor todo lo podemos. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’, que decía el apóstol san Pablo.

Aprovechando el diálogo que se ha entablado con Jesús Pedro aprovechará para arrimar el ascua a su sardina, recordando que ellos lo han dejado todo para seguirle. Estaban con Jesús y lo acompañaban a todas partes desde el día que habían dejado las redes y la barca para seguir a Jesús. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’

Humano es querer saber qué les tiene reservado el Señor a ellos. Un poco de vanidad o de orgullo pudiera aparecer, pero eso no quita para que Jesús les responda valorando lo que han hecho. Si un día había respondido que los primeros puestos a la derecha o a la izquierda los tenía reservados el Padre, ahora responderá claramente: ‘Creedme, cuando llegue la renovación y el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir las doce tribus de Israel… recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’. 

De alguna manera está señalándoles la función muy concreta que los apóstoles van a tener en la Iglesia de Dios fundada en la sangre de Cristo, pero también les habla del premio de vida eterna. ‘Heredará la vida eterna…’ participará de la gloria del cielo. ‘Me voy y os preparo sitio porque donde yo estoy quiero que estéis también vosotros’, que les diría en la última cena.

¿Merece la pena desprenderse de todos los apegos de riquezas y bienes materiales? El premio que nos tiene reservado el Señor es premio de vida eterna y sí que es más valioso que todos los oros del mundo.

lunes, 20 de agosto de 2012

A cuanto más amor más generosidad y más disponibilidad y más alegría en el alma

A cuanto más amor más generosidad y más disponibilidad y más alegría en el alma
Ez. 24, 15-24; Sal.: Deut. 32, 18-21; Mt. 19, 16-22

En la medida en que crezca la intensidad del amor seremos capaces de crecer en fidelidad y en disponibilidad para el seguimiento de Jesús. Es necesario sentirse cautivado por el amor para llegar a darnos y entregarnos con un amor auténtico y verdadero en el seguimiento de Jesús. Muchas veces puede haber buenos deseos, buena voluntad y buenos propósitos pero si nos falla la intensidad de nuestro amor fácilmente decaeremos en nuestra disponibilidad y generosidad para seguir a Jesús. Por eso andamos tan renqueantes tantas veces y no terminamos de darle toda la intensidad necesaria a nuestra vida cristiana.

Hoy en el evangelio contemplamos a un joven que viene con buenos deseos hasta Jesús. Era bueno; tenía deseos de cosas grandes en su corazón; y había también rectitud en su vida en la que había tratado de ser fiel a los mandamientos del Señor. Pero no fue capaz de dar el paso decisivo, el paso adelante que le estaba pidiendo Jesús. Había ataduras en su corazón. Y aunque había buenos deseos al final se llenó de tristeza, no supo encontrar la verdadera alegría que encontraremos cuando somos capaces de darnos con generosidad.

‘Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para heredar la vida eterna?’ Y ante la respuesta de Jesús que le habla en primer lugar del cumplimiento de los mandamientos, parece que en su corazón hay deseos de más. ‘Todo eso lo he cumplido, ¿qué me falta?’

Ahora Jesús pedirá generosidad total, disponibilidad para arrancarse de todo tipo de ataduras, libertad total de espíritu en una libertad que sólo podrá nacer de un corazón lleno de amor, de un corazón enamorado. Pero no fue capaz. ‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres - así tendrás un tesoro en el cielo -y luego vente conmigo’. Irse con Jesús no se podía hacer sin un corazón lleno de amor y generoso, sin un corazón enamorado de verdad de Jesús.

Algunas veces nos encontramos con jóvenes o incluso mayores que parece que tiene vocación, una llamada especial del Señor, pero que luego no dan el paso adelante; querían ser buenos y ayudar en todo, pero no siempre estaban bien motivados desde el amor, desde un enamoramiento de Jesús. Así este joven: su corazón no era libre, tenía muchas ataduras. ‘Al oír esto, el joven se marchó triste, porque era rico’.

El que ama de verdad es capaz de darlo todo, no se reserva nada para si. Aquel joven tenía sus tesoros aquí en la tierra, y donde tenemos los tesoros allí tenemos el corazón. Jesús le pide que ponga sus tesoros en el cielo, siendo capaz de venderlo todo para darlo todo a los pobres. Pero siempre andamos con nuestras reservas. Y no son sólo las reservas de riquezas o dineros. Hay tantas cosas de las que no nos queremos desprender. Cosas de orden material, pero cosas también del orden de los sentimientos. Son rémoras de nuestro corazón que no nos dejan caminar libremente.

Las riquezas no son sólo el oro que brilla o el dinero que resuena en nuestros bolsillos, porque algunas veces no tenemos nada de eso, pero en nuestros sueños, en nuestras apetencias, en nuestras ambiciones andamos con más ataduras en ocasiones que los mismos que tienen mucho dinero. Y porque andamos así no llegamos a alcanzar una verdadera alegría llena de paz. Como aquel joven que se fue triste. Hay muchas tristezas que por estos motivos se nos meten en el alma.

No somos pobres de espíritu de verdad. Porque no hay ese desprendimiento en nuestro corazón, porque no tenemos esa disponibilidad en la vida, de nuestro tiempo, de nuestras cosas, de nuestra persona para ser capaces de servir, de ayudar, de olvidarnos de nosotros mismos para pensar más en los demás.

Si llenáramos de verdad nuestro corazón de amor nos veríamos purificados de todos esos apegos y seriamos libres de verdad para darnos, para ayudar y para servir, para hacer el bien, para guardar el tesoro en el cielo que es el tesoro que verdaderamente importa. Sabríamos lo que es la verdadera alegría. Que el Señor nos conceda ese amor y esa alegría.

domingo, 19 de agosto de 2012


Comulgar a Cristo para entrar en comunión total con su vida
Prov. 9, 1-6; Sal. 33; Ef. 5, 15-20; Jn. 6, 51-58

‘He preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa… venid a comer de mi pan y beber de mi vino… y viviréis’. Es la invitación de la Sabiduría de Dios que hemos escuchado en la primera lectura. Una invitación a la Sabiduría  - ‘los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio’ - que encontraremos en la plenitud de Cristo.

Seguimos escuchando en el evangelio el llamado discurso del pan de vida de la Sinagoga de Cafarnaún. Seguimos escuchando a Jesús que nos invita a ir hasta El y comerle porque sólo así tendremos vida y vida para siempre. El es la vida del mundo. ‘Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre’.

A los judíos de Cafarnaún les cuesta entender. ‘Discutían entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ Pero tenemos que reflexionar nosotros bien y con mucha hondura para entender lo que Jesús quiere darnos, lo que Jesús nos está ofreciendo. Jesús es claro y tajante en sus palabras: ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros’. No nos podemos tomar a la ligera las palabras de Jesús, no podemos comer y vivir la Eucaristía sin darle toda la hondura y repercusiones que ha de tener en nuestra vida.

¿Qué significa comer su carne y beber su sangre? ¿Cuál es esa vida que nos ofrece y que obtendremos cuando le comamos a El? Es algo grandioso lo que Cristo nos está ofreciendo. Es un milagro y una locura de amor. Un milagro y una locura de amor de Dios que tiene que transformar toda nuestra vida, toda nuestra manera de vivir y actuar. Tanto nos ama que así  nos quiere unidos a El; tanto nos ama que quiere ofrecernos su vida para que tengamos su vida para siempre; tanto nos ama que no puede permitir que haya más muerte en nosotros. Por eso nos lo repite una y otra vez para que nos convenzamos de verdad.

Comer a Cristo es entrar en una hondura grande y casi inimaginable por la mente humana. Porque tampoco se trata de un rito más. Tenemos que tener cuidado de ritualizar demasiado las cosas. Es todo un misterio. Lo expresamos en el Sacramento, que ya en sí la palabra sacramento significa misterio. Porque cuando comemos a Cristo es como si estuviéramos metiendo a Cristo dentro de nosotros. No es un meterlo en el orden de lo físico, aunque físicamente tengamos que comer también el pan de la Eucaristía, sino algo más profundo. Es entrar en comunión con Cristo, una nueva y profunda comunión, por eso el comer la Eucaristía lo llamamos comulgar. Esa comunión va a significar que nos hacemos uno con Cristo. 

Y es que aceptamos a Cristo de tal manera que ya no vamos a vivir nuestra vida sino la de Cristo. Y comulgar a Cristo es comulgar con su evangelio, con el Reino de Dios, con el plan y estilo de vida de amor que nos enseña. Es asumir totalmente todo lo que nos dice Cristo de manera que nuestro pensamiento, nuestro obrar, nuestro vivir será ya el de Cristo. San Pablo llegaría a decir que ya no vive él sino que es Cristo el que vive en él. Nuestro vivir ya será para siempre Cristo y nadie ni nada más. Y esto, claro tiene muchas consecuencias que no sé si siempre somos capaces de calibrar bien, de llegarlas a vivir en plenitud. 

Hay gente que dice, por ejemplo, ‘yo no comulgo con ruedas de molino’, para expresar que no aceptan así como así lo que el otro le dice que es o que tiene que hacer. Cojamos el sentido de la expresión. No comulgamos nosotros, es cierto, con ruedas de molino, pero sí vamos a comulgar a Cristo, de manera que ya no será mi vivir sino para siempre el vivir de Cristo. 

Y ¿cómo era la vida de Cristo? Bien lo sabemos, fue una vida de amor, de entrega y de entrega sin límites. No podemos olvidar que cuando celebramos la Eucaristía estamos celebrando todo el misterio pascual de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección, que es celebrar todo el misterio de la entrega de su amor. ¿Seremos nosotros capaces de vivir un amor así como el de Cristo? 

Recorramos las páginas del evangelio y veamos su enseñanza pero también lo que era su actuar, lo que era su vida. Y nos va diciendo que es así como nosotros hemos de actuar. ‘Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo’ les dice a los discípulos en la última cena después de lavarles los pies. ‘Que os lavéis los pies los unos a los otros’, nos dice. 

En otra ocasión nos dirá que ‘el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida’, cuando andaban discutiendo por los primeros puestos; pues será eso también el estilo de lo que nosotros tenemos que hacer, servir, hacernos los últimos. 

En la cruz le contemplamos en la suprema entrega para nuestra salvación pero comenzará perdonando y disculpando incluso a aquellos que le están crucificando - ‘perdónalos porque no saben lo que hacen’ -; ¿no nos estará dando ejemplo de cómo ha de ser nuestro generoso perdón a los demás siendo capaces incluso de disculparlos, en lugar de estar contando cuantas veces tendré que perdonar al hermano?

Sería una incongruencia que comiéramos a Cristo en la Eucaristía sin entrar en verdadera comunión con El. Y no estaríamos entrando en verdadera comunión con Cristo a pesar de que comulgáramos si no estamos queriendo vivir una vida a la manera de Cristo, amando como Cristo ama, entregándonos al servicio como Cristo lo hizo, perdonando como El lo hizo y no enseña a serlo, viviendo en auténtica solidaridad con los demás desde el amor, trabajando seriamente por la justicia y el bien de todos.

Tenemos que comer a Cristo para tener vida, y ya estamos viendo lo que significa comulgar a Cristo, entrar en comunión con El para vivir su misma vida, que es vivir sus mismas actitudes, sus mismas posturas, su mismo actuar. Por eso decíamos que comer a Cristo es algo serio. Cuando comulguemos a Cristo así, porque le estemos dando ese sí total de nuestra vida en lo que nos va pidiendo en el Evangelio, estaremos entrando en verdadera comunión con El y estaremos entonces llenándonos de su misma vida. 

Pero, claro, cuando nosotros comemos a Cristo en la Eucaristía estamos entrando una comunión intima y profunda con El que al mismo tiempo se convierte en alimento y fuerza para nosotros poder llegar a esa comunión de amor. Nos habla de comer y de pan de vida. Le comemos para que sea, sí, nuestra fuerza y nuestro alimento. Por eso le hemos escuchado decir hoy ‘el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’. Habitamos en Cristo, unidos a Cristo como el sarmiento a la vida, para que la vida divina de la gracia mane hacia nuestra vida llenándonos de su fuerza, llenándonos de su vida.

Mucho tenemos que reflexionar, meditar, profundizar en la comprensión de este maravilloso misterio de amor que es la Eucaristía para que cada día la vivamos con mayor intensidad y en verdad así nos llenemos de Cristo. Démosle gracias a Dios por tanto amor, y porque nos pone en camino de amor y de comunión con El cuando le comemos en la Eucaristía.

sábado, 18 de agosto de 2012

Unos ojos limpios y luminosos como los de un niño para gustar el Reino de los Cielos

Unos ojos limpios y luminosos como los de un niño para gustar el Reino de los Cielos

Ez. 18, 1-10.13.30-32; Sal. 50; Mt. 19, 13-15

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mi, de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Hermoso mensaje que nos ofrece hoy el evangelio.

La gente que acude a Jesús viene también con sus niños que se los presentan para que los bendiga. Era algo habitual el que las madres presentaran a sus hijos a los rabinos para que los bendijeran. Lo hacen también con Jesús. Pero por allí están los discípulos muy celosos de lo que pudiera molestar al Maestro. Por eso tratan de impedirlo. Pero ahí está la respuesta de Jesús, la ternura de Jesús.

No hace muchos días ya contemplamos cómo Jesús ponía un niño en medio de los discípulos para decirles también que había que hacerse como niño y que había que saber acoger también a los niños y a los pequeños.

Hoy nos los presenta como un signo de lo que hay que ser en lo más hondo de nosotros mismos para entender y para vivir el Reino de Dios. La imagen del niño nos está hablando de limpieza del corazón, de pureza en las intenciones, donde no quepa malicia alguna, de sencillez y de humildad.

Los limpios de corazón verán a Dios, nos dirá Jesús en las Bienaventuranzas; y de los pequeños y humildes es el Reino de los cielos. Por eso nos está hablando de hacernos como niños, limpios de corazón, pequeños y sencillos sin ninguna malicia interior; abiertos de corazón como un niño que siempre está con los ojos despiertos y atentos para conocer y para aprender; con un alma tierna en la que florezca fácilmente el amor y en la que vayan dejando huella las cosas buenas que vayamos recibiendo o aprendiendo de los demás.

Tras ese breve mensaje nos dice el evangelista que ‘les impuso las manos y se marchó de allí’. Imponer las manos significa bendecir; y bendecir es invocar a Dios para que se derrame con su gracia sobre aquel que es bendecido. Jesús quería que Dios estuviera siempre en alma de aquellos niños para que nunca se enturbiara su corazón con la maldad y la malicia.

Ojalá supiéramos sentir continuamente sobre nosotros las bendiciones de Dios para que aprendiéramos a actuar siempre en la vida con esa rectitud, con esa pureza de intención, alejando de nosotros toda maldad y toda malicia. Necesitamos de esas bendiciones de Dios porque andamos muchas veces con nuestro corazón turbio porque está lleno de recelos y desconfianzas, porque lo dejamos envolver por nuestros orgullos y nos encerramos fácilmente con nuestras actitudes egoístas, porque nos dejamos corroer por las envidias y los celos que nos enferman espiritualmente y nos llenan de tristezas y de muerte. Es de lo que tenemos que saber purificar el corazón sabiendo que no nos faltará la bendición y la gracia del Señor si con humildad se la pedimos.

Qué bellos son los ojos de un niño que te mira sin malicia y abierto siempre al cariño y la confianza. Pero nuestros ojos se han enturbiado con tantas cosas y por ello muchas veces ocultamos los ojos ante la mirada de los demás. Por eso tenemos que aprender de nuevo a ser como niños, a hacernos niños, como nos dice hoy Jesús en el evangelio. Y es que cuando vayamos actuando así con esa mirada limpia y luminosa es porque ya estamos comenzando a gustar en verdad lo que es el Reino de los cielos.

‘No me arrojes lejos de tu rostro, le hemos pedido al Señor en el salmo, devuélveme la alegría de tu salvación’. Alegría porque Dios está con nosotros inundándonos con sus bendiciones y alegría porque podemos vivir el Reino de Dios.

viernes, 17 de agosto de 2012


El Creador en el principio los creó hombre y mujer… los valores del evangelio para la familia
Ez. 16, 1-15.60.63; Sal.: Is. 12, 2-6; Mt. 19, 3-12

Hay situaciones o problemáticas que en ocasiones nos cuesta afrontarlas con valentía desde nuestros principios y valores, aunque siendo fieles y congruentes sabemos que tenemos que hacerlo porque quizá además necesitan una luz que ilumine criterios a muchos que se pueden encontrar desorientados. Actuar desde esos principios y valores significará muchas veces aquello de nadar contracorriente cuando contemplamos que en el mundo en el que vivimos se está muy lejos muchas veces de esos valores. 

Hemos de reconocer que aunque vivimos en una sociedad que se dice cristiana sin embargo esos valores del evangelio se van diluyendo y lo triste sería que muchas veces quienes nos llamemos cristianos actuemos de forma poco acorde con el evangelio. Es necesario, en verdad, que dejemos iluminar nuestra vida por la luz del evangelio y que le pidamos al Señor valentía para ser en verdad consecuentes en todo nuestro actuar con la fe que profesamos.

En este caso me esto refiriendo al tema del matrimonio y la familia del que nos habla Jesús hoy en el evangelio. Las palabras de Jesús son tajantes, pero nos dice también que el seguirlas es un don de Dios que hemos de acoger y al mismo tiempo agradecer. Esto, creo, que nos puede dar mucha luz y mucha fuerza también para nuestro actuar.

Le están planteando a Jesús el tema del repudio o del divorcio, que como le dicen algunos hasta Moisés permitió. ‘Por lo tercos que sois, os permitió Moisés divorciaros, pero al principio no era así’. Y recuerda Jesús lo que está inscrito en el corazón del hombre y la Biblia nos manifiesta desde el principio. ‘El Creador en el principio los creó hombre y mujer… por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer siendo una sola carne’. 

Hablar de este tema hoy, de estos principios que nos señala el Señor es como nadar contracorriente, como decíamos, viendo lo que sucede a nuestro alrededor. Yo me atrevo a decir que no nos asustemos que quienes no tengan el sentido de la fe y de la moral cristiana opten por un estilo de matrimonio lejos de estos valores cristianos y no reciban incluso el sacramento del matrimonio. Y digo esto consciente al mismo tiempo del dolor que significa cómo se ha ido descristianizando nuestra sociedad y que los valores del evangelio no son la los que iluminan la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

Pero más doloroso es que quienes se dicen cristianos, creyentes en Jesús, en estas cuestiones anden lejos de lo que nos enseña el evangelio y así contemplemos la rupturas y separaciones que están a la orden del día a nuestro alrededor entre personas que se dicen incluso de Iglesia. Es doloroso. 

Nos puede manifestar este hecho muchas cosas, desde la no madurez humana y cristiana a la hora de tomar el camino del matrimonio para comprender bien lo que son las exigencias y también las grandezas de un matrimonio vivido según el sentido de Cristo, o también de la debilidad de la fe que vivimos que nos hace que nos dejemos llevar fácilmente por los vientos reinantes a nuestro alrededor.

Es doloroso cómo hemos ido alejando a Dios de nuestra vida, desplazándolo de manera que no contamos con El en las diversas situaciones por las que podamos pasar. Significa eso también como nuestro espíritu religioso se ha ido enfriando también. Y es que sin Dios, sin su gracia y su fuerza, es difícil mantener una fidelidad total y hacer que ese amor sea único y envolvente de toda la vida de la persona. 

Todo esto tendría que ser motivo de mucha reflexión, de mucha oración y también de preocuparnos de una honda formación de nosotros y de la juventud que nos sigue en estos valores y principios cristianos y del evangelio. En la corta reflexión que nos podemos hacer en medio de nuestra celebración no podemos entrar en mayores profundidades. Pero bueno es recordar estos principios, dar testimonio de la validez del evangelio en todas las situaciones humanas que podamos vivir y que además sea motivo de nuestra oración.

jueves, 16 de agosto de 2012


Vivamos con sinceridad el perdón del Señor para saber perdonar a los demás
Ez. 12, 1-12; Sal. 77; Mt. 18, 21-19,1
¿Habremos olvidado que cuando rezamos el padrenuestro decimos ‘perdona nuestras ofensas como nosotros hemos perdonado a los que nos ofenden’? Creo que tendríamos que pensarlo. O que cuando recemos el padrenuestro lo hagamos con total sinceridad sabiendo bien lo que decimos y pedimos.

Cuántas veces cuando tenemos la humildad de reconocernos pecadores venimos a pedirle con insistencia al 
Señor que nos perdone; cuántas consideraciones nos hacemos de la misericordia del Señor y de lo bueno que es que siempre nos perdona, pero nos olvidamos de tener nosotros los mismos sentimientos de compasión y de misericordia con los demás. 

Si con sinceridad hemos experimentado en nuestra vida lo que es la misericordia del Señor que nos perdona, de esas mismas entrañas de misericordia y compasión tendríamos nosotros que llenarnos en nuestra actitud y en nuestra postura a los demás. Algunas veces me pregunto si realmente vivimos con hondura el perdón que el Señor nos regala cuando nos acercamos a El arrepentidos en el Sacramento de la Penitencia o si acaso nos contentamos con hacer un rito al que no le hemos dado toda la profundidad de vida que tendría que tener el sacramento.

Pero por la manera injusta que tenemos de tratar a los demás quizá podría ponerse en tela de juicio el que sinceramente hayamos experimentado lo que es la misericordia del Señor. Es por eso por lo que nos gusta llevar las contabilidades como vemos en la pregunta de Pedro hoy. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?’

Creo que quien haya experimentado de manera viva en su vida lo que es la misericordia y el perdón difícilmente no haría lo mismo también con los demás, Sentirme amado y perdonado es una experiencia muy rica en la vida. Reconocer que he obrado mal y que sería merecedor de un castigo en justicia por lo mal que he hecho, pero al mismo tiempo experimentar cómo se tiene compasión con nosotros y se nos perdona es algo que realmente tendría que transformar nuestro corazón y hacer que a partir de ese momento actuemos de forma distinta con los demás. 

Qué duros somos en ocasiones para juzgar a los demás y para condenarlos, sin quizá haber mirado primero la viga que podamos llevar en nuestro ojo, en nuestra vida. Qué intransigentes nos volvemos contra las faltas de los demás como si nosotros fuéramos tan perfectos que nunca cometiéramos error. En la duraza del corazón nos volvemos vengativos. 

Sin embargo cuando nosotros erramos y hacemos el mal, con qué facilidad nos justificamos y siempre tenemos una explicación que dar para tratar de justificarnos. Nos creemos con derecho a la justificación pero no le damos el derecho al otro a disculparse o pedir perdón.

Todo esto en el trato y relación con los demás. Todo esto en nuestra relación con el Señor. Cómo rezamos cada día el padrenuestro con todas y cada una de sus invocaciones y peticiones, y sin embargo no terminamos de llenar de compasión y misericordia nuestro corazón. 

A la pregunta de Pedro que hemos de reconocer que expresa también lo que muchas veces nosotros llevamos dentro Jesús propone la parábola que escuchamos que es bien gráfica y descriptiva de lo que solemos hacer. Muchas veces tendríamos que leer esta parábola y meditarla, pero viéndonos nosotros reflejados en ella para que aprendamos a perdonar con generosidad, para que seamos sinceros en nuestra oración con el Señor, para que llenemos de ternura divina nuestro corazón.