Conservemos siempre en nuestras vidas la alegría de la Pascua
Hechos, 26, 16-20.30-31
Sal. 10
Jn. 21, 20-25
Podíamos decir que en los dos textos de la Palabra de Dios hoy proclamada los autores vienen a poner como su rúbrica a dichos textos. Terminamos la lectura de los Hechos de los Apóstoles y es también el final del evangelio de san Juan.
En los Hechos contemplamos a san Pablo ya en Roma. Recordamos que había recibido en una visión la voz del Señor que le decía que ‘lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. Había apelado al César cuando vio su vida en peligro con las acusaciones de los judíos, y ahora tras varios capítulos de su recorrido preso hasta Roma, le vemos predicar allí ‘el Reino de Dios enseñando la vida del Señor Jesús con toda libertad’ a pesar de estar detenido y custodiado ‘con un soldado que le vigilase’.
Por su parte el propio evangelista y sus discípulos dan testimonio de que ha sido Juan el que ha escrito el evangelio. En referencia a aquel discípulo que sigue a Pedro y Jesús en su conversación y por el que pregunta Pedro qué le va a suceder cuando Cristo le ha anunciado a él su propio martirio, se termina comentando ‘éste es el discípulo que da testimonio de todo estoy y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’.
Pero como hemos venido haciendo esta semana fijémonos en lo que hemos pedido, precisamente hoy cuando estamos en las vísperas de Pentecostés y a punto de terminarse el tiempo pascual. ‘Concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar’.
Pedimos que el Espíritu nos conceda el don de la alegría. Lo hemos vivido de manera intensa y especial en este tiempo de Pascua. Pero ese don del Espíritu tendría que acompañarnos todos los días. ¿Cómo no vamos a vivir la alegría de la fe? ¿Cómo no va a prolongarse en nuestra vida esa alegría de la Pascua?
Se termina el tiempo pascual, pero no se nos puede terminar la alegría de la fe. El misterio pascual tiene que envolver toda nuestra vida, no sólo en un tiempo determinado. Y ese gozo, entonces, que sentimos en Cristo resucitado tiene que estar presente continuamente en nuestra vida, lo hemos dicho y lo repetimos, los cristianos tenemos todos los motivos para ser las personas más alegres del mundo.
Con la fuerza del Espíritu hemos de participar fructuosamente en los sacramentos, como diremos en la oración sobre las ofrendas, porque con la venida del Espíritu llega a nosotros también el perdón de los pecados. ‘Ayúdanos a pasar de la vida caduca, fruto del pecado, a la nueva vida del Espíritu’, pediremos en la oración después de la comunión.
Que se derrame, pues, sobre nosotros el Espíritu de la alegría. Que nos sintamos inundados y seamos capaces de llevar con su fuerza el gozo de la fe y de la salvación recibida a los demás. Ven, Espíritu Santo, tenemos que repetir una y otra vez en este día para que mañana podamos sentirlo intensamente en nuestra vida cuando celebremos Pentecostés.
Vistas de página en total
sábado, 30 de mayo de 2009
Conservemos siempre en nuestras vidas la alegría de la Pascua
Etiquetas:
alegría,
Espíritu Santo,
hechos de los apóstoles,
juan evangelista,
pascua,
Pedro,
pentecostés,
testimonio
viernes, 29 de mayo de 2009
Pedro se entristeció por la debilidad de su amor pero Jesús seguía confiando en él.
Hechos, 25, 13-21
Sal.102
Jn. 21, 15-19
Sal.102
Jn. 21, 15-19
‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ La escena, como todos sabemos, sucedió a orillas de lago de Tiberiades después que Jesús resucitado se les manifestara desde la orilla mientras ellos estaban pescando. No habían cogido nada, Jesús les había indicado por donde habían de echar las redes, y milagrosamente la pesca fue muy grande. A indicaciones de Juan que reconoció a Jesús en la orilla –‘es el Señor’ – Pedro se lanzó al agua para venir hasta Jesús el primero.
Ahora, después de almorzar – Jesús les había preparado ya pan y pescado en las brazas – se llevó aparte a Pedro y comenzó este diálogo. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’, tú que has sido siempre el primero en todo, ¿eres también el primero en el amor? ‘¿me amas más que estos?’; tú, que fuiste el primero en confesar que yo era el Mesías a mi pregunta de qué pensaba la gente y vosotros acerca de mi, ‘¿me amas más que estos?’; tú, el primero en responder que a dónde iban a acudir si tenía palabras de vida eterna, cuando muchos se marchaban allá en la sinagoga de Cafarnaún, ‘¿me amas más que estos?’; tú que quería ser el primero en seguirme dispuesto a seguirme a donde quiera que yo fuera, ‘¿me amas más que estos?’; tú, que sacaste la espada en el huerto para defenderme a la hora del prendimiento, ‘¿me amas más que estos?’
‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’, era la respuesta que iba dando a Jesús una y otra vez, pero ante la insistencia en la pregunta, al tener que enfrentarse con la realidad de su vida y de su amor con toda sinceridad ‘se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería’. Recordaría la realidad de su amor que le falló cuando le negó; recordaría su debilidad ante una criada allá en el patio del pontífice al comienzo de la pasión; recordaría que él también fue de los que le abandonó en Getsemaní, primero dejándose dormir y luego marchándose con los otros; recordaría que estaba también encerrado en el cenáculo por miedo a los judíos. ‘Señor, tú conoces todo, tu sabes que te quiero’.
Pero Jesús seguía confiando en él; quien un día le prometiera que iba a ser piedra sobre la que se fundamentara su Iglesia ahora le confiaba una y otra vez la misma misión. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas…’ Jesús lo conocía y conocía también su debilidad pero también conocía su amor impulsivo y que sí estaría dispuesto a todo por El. Por eso terminará diciéndole: ‘Sígueme’.
Cuando miramos la realidad de nuestra vida y de nuestro amor, pero lo hacemos con sinceridad seguramente también nos daremos cuenta de la debilidad de nuestro amor y de nuestro seguimiento de Jesús. Hacemos repaso por los mandamientos y al pasar por el primero, - ‘amarás a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser’ – seguramente con toda facilidad también decimos que sí, que así amamos al Señor. Pero seguro que si seguimos mirando nuestro amor cuando tenemos que examinar como lo tenemos reflejado en aquellos a quienes el Señor quiere que amemos, veremos también nuestra debilidad y nuestra flaqueza. Pero el Señor sigue amándonos de la misma manera y nos sigue invitando a seguirle.
Una persona que Dios ha puesto en el camino de mi vida para que le ayude a ir hasta El, es así como se siente en estos momentos. Quiere amar al Señor y amarlo con todo el corazón; se siente amado del Señor y quiere darle respuesta con su vida. Pero cuando se mira crudamente en su realidad se siente pecador, se siente débil, siente toda la debilidad que ha habido en su amor a Dios a través de toda su vida. Pero yo le digo, sigue adelante, Dios te ama, Dios quiere contar contigo a pesar de tus debilidades, de lo que ha sido la debilidad de tu amor hasta este momento, pero puede amarle, puedes seguir, puedes estar con El. Dios te ama y te seguirá amando siempre.
El amor de Pedro llegaría hasta el final, hasta dar la vida también por Jesús, como el le había prometido. Ahora Jesús se lo anuncia. ‘Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’. ¿Qué quería anunciarle Jesús? El propio evangelista lo comentará. ‘Esto lo dijo aludiendo a la muerte con la que iba a dar gloria a Dios’.
Queremos seguir y amar a Jesús. También queremos porfiarle nuestro amor. Somos débiles pero sabemos que el Señor con nosotros está. Nos deja su Espíritu, como nos aprestamos a celebrar en unos días. Hoy le hemos pedido al Señor que ya que ‘por la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu Reino, haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe’. Mayor empeño, mayor plenitud, para dedicarnos a las obras del amor, para vivir toda la inmensa riqueza de nuestra fe. El Espíritu nos ayuda, nos mueve, nos fortalece para ello. Pidamos intensamente que se derrame su Espíritu sobre nosotros.
Etiquetas:
amor,
Espíritu Santo,
fe,
Pedro
jueves, 28 de mayo de 2009
No es que queramos estar con Cristo, es El quien quiere estar en nosotros
Hechos, 22, 30; 23, 6-11
Sal. 15
Jn. 17, 20-26
Sal. 15
Jn. 17, 20-26
Hace unos días escuchábamos a Pablo que nos decía que se dirigía ‘a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé qué me espera allí, decía, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas’.
Hoy lo contemplamos en Jerusalén, ha habido un salto en la lectura continuada y han sucedido por medio muchas cosas. Está en la cárcel, como se le había anunciado, y el tribuno lo lleva al Consejo, probablemente sea el Sanedrín judío. Allí proclama valientemente su fe en la resurrección y en Jesucristo resucitado. Lo que provoca un gran alboroto entre fariseos y saduceos – estos niegan la resurrección – y el tribuno que ve en peligro la vida de Pablo –‘temía que hicieran pedazos a Pablo’ – lo saca de allí y lo lleva de nuevo al cuartel.
Pablo ha proclamado su fe en la resurrección y sobre todo en la resurrección de Jesús. Como nos enseñará en sus cartas, sobre todo en la carta a los Corintios, ‘si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe’. Todos resucitaremos con Cristo, porque todos estamos llamados a la vida y en Cristo resucitaremos a nueva vida. Es nuestra fe y la fe que nosotros también tenemos que proclamar.
Termina el texto de hoy hablándonos de una nueva visión que tiene Pablo donde el Señor le anuncia cómo tendrá que seguir dando testimonio del nombre de Jesús incluso en Roma. ‘La noche siguiente el Señor se le presentó y le dijo: ¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. Allí dará testimonio con su predicación y con su vida, puesto que allí sería martirizado.
Como ya hemos reflexionado, ¿dónde encuentra el apóstol la fuerza para dar ese testimonio con su palabra y con su vida? El Espíritu Santo es el que le conduce, le inspira y le da la fuerzas necesarias. Un pensamiento y una certeza que no nos ha de faltar a nosotros, sobre todo ahora que nos preparamos para Pentecostés, para ese testimonio que con nuestra palabra y nuestra vida hemos de dar también del nombre de Jesús, de nuestra fe.
Pero quisiera fijarme también en el texto del Evangelio con el que se termina en una tercera parte la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena. Pide una vez más Jesús que vivamos unidos y en comunión. Podríamos decir que este texto Jesús va abriéndonos su corazón y cuáles son sus sentimientos y deseos más hondos para nosotros.
Sabía bien El lo necesaria que era la unidad entre todos los que creemos en su nombre y por eso su insistente oración. ‘Para que todos sean uno, como Tú, Padre en mí y yo en Ti, que ellos lo sean en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado… yo en ellos y Tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que Tú me has enviado, y los has amado como me has amado a mí’.
Es tanto el amor con que nos ama que no hace otra cosa que trasmitirnos el amor del Padre, el amor que el ha tenido a El, ‘desde antes de la creación del mundo’. Qué así nos sintamos amados de Dios, amados por el Padre, con el mismo amor con que el Padre ama a Jesús. Además esa unidad, esa comunión entre nosotros y con Cristo es garantía del amor de Dios y es señal para el mundo de cuánto nos ama Dios. Contemplando ese amor y esa unidad, el mundo creerá.
No es ya que nosotros deseemos estar unidos a Jesús porque le amemos, sino más bien, es El quien quiere estar unidos a nosotros, estar en nosotros, que en nosotros esté ese amor de Dios. ‘Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, como yo estoy en ellos’. ¡Qué hermoso! Que esté en nosotros el amor de Dios; que Cristo esté en nosotros. Así quiere unirse a nosotros, estar con nosotros. Y para eso nos da la fuerza de su Espíritu.
Finalmente tengamos en cuenta lo que hemos pedido hoy en nuestra oración litúrgica. ‘Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad’. Nuestro pensamiento no puede ser otro que el pensamiento de Dios; nuestro actuar no puede ser de otra manera que conducido y con la fuerza del Espíritu. El nos inspira y nos guía, nos da fuerzas y lo es todo para nosotros.
Etiquetas:
Espíritu Santo,
fe,
pentecostés,
resurrección,
Sanedrín,
testimonio,
unidad
miércoles, 27 de mayo de 2009
Congregados en un solo cuerpo por el Espíritu
Hechos, 20, 28-38
Sal.67
Jn. 17, 11-19
Sal.67
Jn. 17, 11-19
El texto de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece la segunda parte de la despedida de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Efeso que había llamado a Mileto, mientras el evangelio nos ofrece también la segunda parte, en este caso, de la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena.
Las palabras de Pablo, que son como una despedida y testamento, vienen a ser unas recomendaciones a aquellos presbíteros para que cuiden del rebaño a ellos confiado. ‘Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que El adquirió con la sangre de su Hijo’. Y les invita a estar vigilantes porque se puede meter la mala cizaña de la división y de los enfrentamientos en medio de la comunidad, así como falsas y erróneas doctrinas. ‘Se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros que deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos’.
Una recomendación y un deseo de cuidar la unidad de la Iglesia, de la comunidad, de los creyentes. Lo mismo que Jesús pide en la oración sacerdotal. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros…’ Una oración la de Jesús por la unidad de la Iglesia, de toda la Iglesia, de la comunidad, de cada uno de los cristianos que tienen que sentirse siempre en comunión con los hermanos. ¿Dónde está la fuerza para esa unidad? La fuerza la tenemos en el Espíritu del Señor, el Espíritu Santo, que El nos envía. Porque es el Espíritu el que nos congrega en la unidad.
Así lo expresamos en la liturgia. Esa es la petición que en este miércoles de la última semana de pascua hemos hecho al Señor en la Eucaristía. ‘Concede a tu Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad’.
Pero quisiera fijarme cómo se resalta esta petición en la Plegaria Eucarística. En toda Plegaria Eucarística hay dos epíklesis, dos invocaciones al Espíritu Santo. Una invocando al Espíritu Santo para que vengan sobre aquellos dones del pan y del vino para que sean el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Pero la otra invocación del Espíritu es pidiendo precisamente esa unidad de la Iglesia, de la comunidad que está participando del mismo Cuerpo y Sangre del Señor.
Así en la plegaria que más utilizamos, la segunda, se invoca ‘que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la sangre de Cristo’.
Y en la plegaria tercera, en dos ocasiones se invoca al Espíritu pidiendo esa unidad. Alabamos al Señor porque ‘por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo y congregas a tu pueblo sin cesar…’ Luego se volverá a pedir ‘para que fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’.
En la cuarta se dirá. ‘Concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos, en Cristo, víctima viva para tu alabanza’.
El Espíritu que nos congrega, que nos hace unos, que nos lleva a la unidad y a la comunión. Que venga sobre nosotros. Que arranque de nuestro corazón todo aquello que pueda romper esa unidad. El es el Espíritu del amor y de la paz, que desaparezcan de nuestro corazón el odio y el desamor. Que nos llenemos de su fuerza y de su gracia. Así lo queremos invocar con toda intensidad en este camino que nos conduce a Pentecostés, pero que tiene que ser el camino de la Iglesia de cada día.
Etiquetas:
comunidad,
comunión,
discípulos,
divisiones,
Espíritu Santo,
pastores,
unidad
martes, 26 de mayo de 2009
Ha llegado la hora… que te conozcan a Ti y a tu enviado Jesucristo
Hechos, 20, 17-27
Sal. 67
Jn. 17, 1-11
Sal. 67
Jn. 17, 1-11
‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que Tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a lo que le confiaste…’
He llegado la hora… Es el comienzo de la llamada oración sacerdotal de Jesús en la última cena. En el evangelio de Juan se repite esta expresión. Cuando María le pide a Jesús su intervención en la bodas de Caná ‘porque no tienen vino’, la respuesta de Jesús fue ‘aún no ha llegado mi hora…’ aunque al final realiza el signo.
Pero cuando se va acercando el momento de su pasión vuelve a aparecer la expresión. Fue ya después de la entrada de Jesús en Jerusalén. Hablaba Jesús a las gentes en el templo. Siente la inminencia de todo lo que va a suceder y casi como un adelanto de lo que sería su agonía en el Huerto de Getsemaní Jesús exclama: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre… Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre’.
Será cuando el evangelista Juan comience el relato de la Última Cena cuando de nuevo volverá a aparecer la expresión. ‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’ Es el comienzo de la pasión y de la entrega. Es la hora del amor. Es la hora en que Cristo será glorificado para que también se manifieste la gloria de Dios. La pasión de Cristo en la cruz es la hora de la gloria, aunque para el no creyente pudiera parecer un sin sentido.
Es la hora en que Cristo nos va a dar vida eterna. ‘…dé la vida eterna a los que Tú me diste…’ Y ¿en qué consiste esa vida eterna? ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios Padre y nuestra fe en Jesús. ‘Yo les he comunicado las palabras que Tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de Ti, y han creído que Tú me has enviado’.
Es lo que Pablo predica y anuncia, como hemos escuchado en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pablo va ya de regreso a Jerusalén en su tercer viaje apostólico y desde Mileto llama a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Mileto está cercano al mar en la ruta que hace el barco que le lleva a Jerusalén y era más fácil que vinieran los presbíteros de Éfeso. Esto suena a despedida que escuchamos hoy y completaremos mañana.
Recuerda el apóstol su tarea y su esfuerzo en el que ha puesto toda su vida. ‘Sabéis que no he ahorrado medio alguno, que he predicado y enseñado en público y en privado, insistiendo a judíos y griegos a que se conviertan y crean en nuestro Señor Jesús’. Su preocupación es ‘completar mi carrera y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús, ser testigo del Evangelio que es la gracia de Dios’.
Ahora ‘forzado por el Espíritu va a Jerusalén’, presintiendo lo que le espera, ‘cárceles y luchas’. Pero Pablo se deja conducir por el Espíritu del Señor. Lo que nosotros tenemos que aprender. Es el Espíritu el que nos guía y nos santifica, el que nos habla en el corazón y nos señala los caminos del Señor, el que es nuestra fuerza para nuestras luchas y el fuego divino que nos llevará a ser testigos y dar testimonio de nuestra fe con toda valentía, el que nos hace creer en Jesús y convertirnos de verdad a El, el que nos inunda de vida divina y el que nos hace hijos de Dios.
En esta semana en que nos preparamos para la celebración de Pentecostés tengamos en cuenta lo que hemos pedido hoy en la oración litúrgica. Que el Espíritu Santo ‘haciendo morada en nosotros, nos convierta en templos de su gloria’. Recordemos cómo hemos sido ungidos en el Bautismo para hacernos morada de Dios y templos de su Espíritu.
Etiquetas:
caná,
Espíritu Santo,
getsemani,
gloria de Dios,
pasión,
templo del Espiritu,
vida eterna
lunes, 25 de mayo de 2009
El Espíritu que nos da fuerza para hacer su voluntad
Hechos, 19, 1-8
Sal. 67
Jn. 16, 29-33
Sal. 67
Jn. 16, 29-33
‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’, fue la respuesta de los discípulos de Éfeso a la pregunta de Pablo ‘¿Recibisteis el Espíritu Santo al abrazar la fe?’
Pablo en su cuarto viaje apostólico atravesando Galacia y Frigia llega a Éfeso. Hay un grupo de discípulos, que sólo conocen el Bautismo de Juan. Como Apolo a quien hemos visto evangelizar por Priscila y Aquila. Ahora Pablo explica a estos discípulos que el bautismo de Juan era un bautismo de conversión como preparación a la llegada de Jesús. Les anuncia a Jesús, ellos creen y se bautizan; Pablo les impone las manos y ’bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y profetizar’.
Quizá muchos cristianos hoy también tenga una respuesta parecida a la de aquellos discípulos de Éfeso. No conocen al Espíritu Santo. Para algunos quizá es una devoción más como la que se puede tener a cualquier santo que sea popular o ‘esté de moda’. Para un cristiano verdadero el Espíritu Santo no es una devoción más. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad, y nosotros creemos en Dios, en el misterio de la Santísima Trinidad como esencial en nuestra fe. Tendríamos que tener un conocimiento mayor de la fe que profesamos, para que demos razón verdadera de nuestra fe y de nuestra esperanza.
Estamos en la última semana de Pascua que desemboca en la fiesta grande del Espíritu Santo, la solemnidad de Pentecostés con la que culminamos todo nuestro recorrido pascual desde la resurrección del Señor. Y nosotros tendríamos que estar esta semana como los apóstoles y discípulos que estaban reunidos en el Cenáculo con María, la Madre de Jesús, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre de la que nos habló Jesús.
La Palabra de Dios que hemos venido escuchando ya en estos últimos días nos ha ido haciendo el anuncio de la venida del Espíritu Santo, y así lo seguiremos escuchando durante toda esta semana para prepararnos debidamente a esta gran fiesta del Espíritu Santo que es Pentecostés, donde no sólo vamos a recordar la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, sino que vamos a vivirlo en nuestras vidas sintiendo cómo actúa en nosotros, cómo llena e inunda nuestra vida, cómo está presente en nosotros y en la vida de la Iglesia.
La oración litúrgica de cada día será una invocación al Espíritu Santo para así ir dejando sentir en nosotros su fuerza y su gracia. Hoy hemos pedido ‘que podamos cumplir fielmente su voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras’. Es el Espíritu divino el que nos ayuda a descubrir lo que es la voluntad de Dios, pero también el que nos fortalece para que podamos cumplirla. Es el que está en nosotros para fortalecernos en el testimonio que tenemos que dar en nuestra vida.
En el evangelio hemos seguido escuchando a Jesús en sus palabras con los discípulos en la ‘sobremesa’ de la Última Cena. Les anuncia hoy cómo se van a dispersar y dejarlo solo. ‘Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo’. Una referencia a lo que pocos momentos después va a suceder. Con el prendimiento de Jesús en el Huerto todos lo abandonaron y huyeron.
Pero Jesús no se siente solo. ‘Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo’. Aunque en aquellos momentos difíciles en Getsemaní El clame: ‘Padre, que pase de mi este cáliz…’ Aunque en la cruz grite: ‘¡Dios mío, Dios, mío, ¿por qué me has abandonado?’ El no se siente solo, en las manos del Padre pondrá su vida y esas serán las últimas palabras: ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.
Y Jesús nos previene porque tendremos luchas y dificultades para cumplir su voluntad, para vivir nuestra vida cristiana, para dar nuestro testimonio. Pero nos dice que no temamos. ‘En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo’. Cuando va a comenzar a suceder lo que aparentemente a los ojos del mundo pudiera parecer una derrota, Jesús nos dice que es una victoria. ‘Yo he vencido al mundo’. Y para eso nos habla y nos lo cuenta todo. ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mi’.
Pidamos, sí, que venga el Espíritu Santo y nos dé esa paz, nos de esa certeza de la victoria. Ayer decíamos que la victoria de Cristo cuando lo contemplábamos en su Ascensión, es nuestra victoria. Que El sea nuestra fuerza para cumplir su voluntad, para dar testimonio con nuestras obras, para llenarnos de su paz. Que venga su Espíritu sobre nosotros.
Etiquetas:
bautismo,
cenáculo,
Espíritu Santo,
fe,
María,
Pablo,
pentecostés,
testimonio,
voluntad de dios
domingo, 24 de mayo de 2009
La ascensión de Jesús nuestra victoria y nuestro compromiso por el Reino

Hechos, 1, 1-11;
Sal. 46
Ef. 1, 17-23;
Mc. 16, 15-20
‘Jesús, el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos…’
No podemos menos que comenzar con estas palabras del prefacio, que resumen todo el sentido de esta fiesta de la Ascensión del Señor. Es el Señor, el Rey de la gloria, el vencedor del pecado y de la muerte, el Pontífice y Sacerdote eterno, el mediador entre Dios y los hombres, el que está sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo, el que ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Nos quedamos extasiados mirando al cielo, como los discípulos en el momento de la Ascensión – ‘¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’, les dijeron los ángeles a los apóstoles en el monte de la Ascensión –, porque de alguna manera nosotros también queremos ascender, sentimos que su victoria es el principio de ‘nuestra victoria, y donde nos ha precedido El, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo’. Pero al mismo tiempo nos sentimos enviados porque el mensaje de la Ascensión también tenemos que llevarlo a los hombres nuestros hermanos.
Es lo que nos confía Jesús en el momento de su Ascensión. Se ha de cumplir primero en nosotros lo que era su promesa, para luego sentirnos enviados. ‘No os alejéis de Jerusalén, aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que os he hablado… vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo’. Y luego les dice, nos dice: ‘Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo… id al mundo entero y proclamad la Buena Nueva de la salvación, el Evangelio, a toda la creación…’
Tenemos antes que nada quedarnos como los discípulos en Jerusalén, en el Cenáculo, en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre. Tenemos que dejarnos llenar de su Espíritu para poder sentirnos en verdad enviados e ir con su fuerza. Ese momento de Cenáculo, ese momento de oración que nos trasciende y nos abre a Dios es algo que necesitamos saber hacer. Porque no vamos a anunciarnos a nosotros mismos sino la salvación que Jesús nos da. ¡Qué importante es la oración en la vida del cristiano! ¡Qué importante que sepamos abrir nuestra vida y nuestro corazón para llenarnos de Dios, para llenarnos de su Espíritu!
Vendrá, sí, el Espíritu, si nos dejamos inundar por El y para eso hemos de ser corazón abierto, que nos levantará también a nosotros haciéndonos ascender en nuestra vida, porque nos dará una vida distinta. Vendrá el Espíritu que nos ungirá con su fuerza y su poder para llenarnos de la vida de Dios. Vendrá el Espíritu que nos asemejará a Jesús, nos configurará con El, nos hará una cosa con El para tener su misma vida y misión. Y la misión será llevar esa Buena Noticia de la salvación que nos levanta, que nos dignifica y nos hace grandes, que nos llena de vida y dará nueva vida al mundo, que nos transformará a nosotros y transformará también a los demás. ‘El que crea y se bautice se salvará…’, les dice Jesús.
Celebrar la fiesta de la Ascensión nos convierte en mensajeros de esperanza. Nos hace testigos en medio del mundo con nuestra vida en virtud de la fuerza del Espíritu del Señor que está en nosotros. Esperanza para nosotros de alcanzar esa salvación y esperanza para nuestro mundo tan necesitado de esperanza.
Cuando decimos que creemos en Jesús es que en él ponemos toda nuestra esperanza de salvación para nosotros y para nuestro mundo. Salvación que nos hace trascender para pensar en la vida eterna, pero salvación que vamos empezando a vivir ahora aquí cuando vamos llenando nuestro mundo de los valores del Reino de Dios.
Valores que tienen que resplandecer en nosotros: en nuestro amor, en nuestro deseo de bien y de verdad, en nuestro compromiso por los demás, en la alegría y en la paz que llevamos en nuestro corazón y con la que queremos contagiar a los que nos rodean. Somos testigos de esos valores y queremos que cada día resplandezcan un poco más en ese mundo que nos rodea tan lleno de desamor, de mentira y falsedad, tan insolidario muchas veces y tan egoísta, tan lleno de violencias de todo tipo y tan carente de justicia y de paz. Y ahí está nuestro compromiso. Sembrar esa buena semilla de los valores del Reino y saber avivar también cuanto de bueno haya en el corazón de los demás que son también semillas del Reino. Y para eso tenemos la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestro corazón.
Por eso no nos quedamos parados simplemente mirando al cielo sino que recogemos el testigo que Cristo pone en nuestra manos para continuar su misión. Que se nos dé ‘el espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo… que se iluminen los ojos de nuestro corazón para comprender cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que creemos…’
Una esperanza viva tiene que surgir en nuestro corazón. Una esperanza viva y una esperanza comprometida porque tenemos que llevarla a los demás. Somos mensajeros del Reino. Somos testigos de una Salvación. Somos portadores de Evangelio, de Buena Noticia para los demás. Que lo seamos con nuestra palabra. Que lo seamos con nuestra vida. Que claramente anunciemos a Jesús como nuestro único Salvador a toda la creación.
Etiquetas:
Ascensión,
Buena Nueva,
esperanza,
mediador,
Pontifice
sábado, 23 de mayo de 2009
Misioneros del Evangelio para los que están a nuestro lado
Hechos, 18, 9, 18
Sal. 46
Jn. 16, 20-23
Sal. 46
Jn. 16, 20-23
¿La misión de anunciar el evangelio, de hablar del nombre de Jesús es exclusivamente de los apóstoles? Puede ser una buena pregunta que nos hagamos para que lleguemos a comprender que esa misión de trasmitir el nombre de Jesús a los demás nos corresponde a todos los que tenemos fe en El.
Y es bueno que reflexionemos sobre ello porque algunas veces en una comunidad pensamos que el único que tiene que predicar el evangelio de Jesús es el sacerdote y a lo más algunas personas lo que hacen es ayudarle en su tarea, por ejemplo, de catequistas.
Sobre todo a partir del concilio Vaticano II los laicos han asumido la responsabilidad del anuncio del evangelio, del apostolado como algo propio en su ser de cristiano y creyente en Jesús. No es que eso no se pensara antes, pero si, hemos de reconocer, que el concilio fue algo que impulsó fuertemente aún siendo una tarea que en diversas obras de apostolado ya muchos cristianos hacían. Pero es todo cristiano, desde su condición de bautizado y ungido, el que tiene esa responsabilidad del anuncio del Evangelio en medio de la Iglesia y ante el mundo.
La Palabra proclamada hoy nos ayuda a comprenderlo, sobre todo el texto de los Hechos de los Apóstoles. Aunque comienza hablándonos del inicio del tercer viaje apostólico de Pablo, sin embargo de quien nos va a hablar a continuación es de Apolo, Priscila y Aquila. Ya anteriormente en los Hechos de los Apóstoles habían aparecido estos personajes, Priscila y Aquila como judíos y cristianos que habían tenido que exiliarse de Roma por un decreto del emperador en contra de los judíos. Hoy les vemos haciendo una hermosa tarea apostólica.
Apolo, era un ‘judío de Alejandría, hombre elocuente y versado en la Escritura’. Conocía los caminos de Señor pero su conocimiento no era completo, pues sólo conocía el Bautismo de Juan, luego en referencia a Jesús, aunque 'exponía la vida de Jesús con toda exactitud’, había algo que faltaba. Y es cuando aparece aquel matrimonio, ‘Priscila y Aquila, que lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino del Señor’. Posteriormente Apolo marchará a Acaya, lo veremos en Corinto, donde ‘con la ayuda de la gracia de Dios contribuyó mucho al provecho de los creyentes… demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías’.
Aquí está lo que queremos destacar. La tarea que aquel matrimonio realizó de hacer un anuncio explicito, una formación más completa, del nombre de Jesús a Apolo. Por una parte resaltar el dejarnos enseñar, tener deseos de una mayor formación y profundización en todo lo referente al misterio de Cristo y en consecuencia a nuestra vida cristiana. Y por otra parte lo hermoso que podemos hacer si el conocimiento y vivencia que tenemos de Jesús lo compartimos con los demás, nos hacemos misioneros y apóstoles de los demás.
Siempre hay a nuestro lado a quien podemos enseñar el nombre de Jesús, a quien podamos reconducir por los caminos de la fe, a quien podemos animar para que venga a un mayor y mejor conocimiento de Cristo. Es esa tarea de apostolado que podemos hacer con el que está a nuestro lado, sea un familiar, un amigo, un vecino, un compañero de trabajo, al que podemos ofrecer el testimonio de nuestra vida pero también nuestra palabra para hacer ese anuncio explícito del nombre de Jesús y su salvación.
Esa misión evangelizadora el Señor nos la confía a todos. Seamos misioneros del evangelio allí donde estemos.
Etiquetas:
Apolo,
apóstoles,
evangelización,
misioneros
viernes, 22 de mayo de 2009
La fuerza del Apóstol en la presencia del Espíritu del Señor
Hechos, 18, 9-18
Sal. 46
Jn. 16, 20-23
Sal. 46
Jn. 16, 20-23
¡Dónde encuentra su fuerza el apóstol para anunciar con constancia y sin cansancio la Palabra de Dios una y otra vez a pesar de las dificultades, los contratiempos, y hasta la oposición que pueda encontrar? Si nos fijamos el recorrido apostólico del apóstol Pablo a quien hemos seguido en las últimas semanas en la lectura de los Hechos de los Apóstoles vemos que su tarea no fue fácil, no sólo por las distancias que tuvo que recorrer de un lado para otro, sino también por la oposición que en muchos lugares se encontraba, y hasta las persecuciones, cárceles y vituperios de todo tipo que tuvo que sufrir.
Hoy lo contemplamos en Corinto, a donde había llegado procedente de Atenas y donde estaría largo tiempo. Y como nos dice el texto sagrado ‘estando Pablo en Corinto, durante la noche le dijo el Señor en una visión: No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo y nadie se atreverá a hacerte daño; muchos de esta ciudad son pueblo mío’.
Ahí está su fuerza, en el Señor. Ya nos prometió que estaría con nosotros hasta la consumación de los siglos. Pero además como hemos venido escuchando el promete que nos enviará al Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad que nos lo enseñará todo, el Espíritu que pondrá palabras en nuestros labios y fuerza en nuestro corazón para ser testigos, para dar testimonio de nuestra fe.
Lo que siente el Apóstol y le impulsa al anuncio del evangelio es lo que hemos de sentir cada uno de nosotros en esa lucha de superación de cada día, en ese testimonio de nuestra fe que hemos de dar en todo momento, en ese trabajo que hacemos por los demás, en ese cumplimiento fiel de nuestras responsabilidades vividas además desde la óptica de la y desde el compromiso que tenemos con Jesús. Ahí, en nuestra vida y con nuestra vida, hemos de dar nuestro testimonio, hemos de manifestarnos siempre como testigos.
Nos costará, tendremos dificultades y hasta encontraremos oposición cuando no incluso que nos puedan vituperar a causa de nuestra fe. Pero sabemos quien está con nosotros y estando la fuerza del Espíritu de Jesús en nuestro corazón, ¿quién podrá contra nosotros? Y aún en esos momentos hemos de manifestar la alegría de nuestra fe, la alegría de ser unos seguidores de Jesús y que incluso podamos padecer por su nombre. Los apóstoles salían contentos de la presencia del Sanedrín a pesar de los castigos que sufrían o de las prohibiciones que trataban de imponerles.
De esa alegría nos habla Jesús en el Evangelio. Sabemos las circunstancias en que fueron pronunciadas estas palabras. Era la última cena y se avecinaba toda la pasión del Señor, y los discípulos vislumbraban que algo iba a pasar. Jesús les habla de su marcha junto al Padre, lo cual aumentaba la tristeza de la separación. Pero Jesús les invita a la alegría que nace de la fe y de la esperanza. Porque cuando esperamos algo bueno no nos importa pasar lo que sea con tal de llegar a esa alegría y plenitud final.
‘Vosotros estaréis tristes pero vuestra tristeza se convertirá en alegría… volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría…’ Jesús viene a estar con nosotros. Los discípulos lo experimentaron después de la resurrección, de manera que incluso ya no era necesario ni preguntarle quien era porque ellos sabían muy bien que era El, como se nos dice cuando ser manifiesta junto al lago de Galilea. Nosotros por la fe lo podemos sentir siempre en nuestra corazón y nuestra vida y El nunca nos fallará.
Vivamos esa alegría de la fe. Recordamos que los mártires incluso cuando eran conducidos al martirio, a las fieras o a las tormentos iban cantando la gloria de Dios. Que así cantemos nosotros esa gloria del Señor con nuestra vida en todo momento cualquiera que sea nuestra situación
jueves, 21 de mayo de 2009
El ardor de Pablo para anunciar la alegría del evangelio
Hechos, 18, 1-8
Sal. 97
Jn. 16, 16-20
Sal. 97
Jn. 16, 16-20
‘Muchos corintios, al oír la palabra de Pablo, creyeron y recibieron el Bautismo’. Pablo había partido de Atenas y llegó a la ciudad de Corinto, una ciudad importante y donde poco a poco lograría una comunidad intensa y floreciente. La prueba lo tenemos en las cartas que nos han quedado en el Nuevo Testamento de san Pablo a la comunidad de Corinto.
Creo que, en este año de san Pablo que convocó el Papa para celebrar al año dos mil de su nacimiento, es bueno que nos fijemos en el ardor y celo del apóstol por anunciar el Evangelio de Jesús. Hemos ido siguiendo en los últimos, días al hilo de los Hechos de los Apóstoles que estamos leyendo en este tiempo de Pascua, los viajes del Apóstol, su ir de un lado a otro anunciando el evangelio a pesar de los contratiempos y hasta persecuciones que tuvo que soportar.
Creo que para nosotros, cristianos del siglo XXI, puede y tiene que ser para nosotros un buen estímulo en la tarea evangelizadora que hemos de realizar. En nuestro tiempo no nos es fácil y también nos encontramos un mundo bien alejado del evangelio, aunque mayoritariamente en nuestra sociedad occidental la mayoría estén bautizados. Unos viven unas religiosidades muy elementales y muchos viven un mundo sin Dios, materializado y sensual. Nuevos dioses que sustituyen al verdadero Dios en el corazón del hombre. Y es ahí donde tenemos que anunciar el evangelio, donde tenemos que anunciar la salvación que nos ofrece Jesús que es el que verdaderamente engrandece al hombre.
Esto nos exige a nosotros primero que nada dejarnos impregnar por el evangelio, poner a Jesús en el centro de nuestro corazón y nuestra vida. Y esto es algo que nos falta a muchos cristianos, descubrir que de verdad Jesús es el centro de nuestra vida, dejarnos cautivar por Jesús. Como lo hizo Pablo desde que se encontró con Jesús en el camino de Damasco. Para él ya desde entonces no había nada ni nadie que pudiera cautivar su vida. No conoció a Jesús ni le escuchó directamente cuando Jesús predicó el evangelio por los caminos de Galilea y Palestina, pero supo poner a Jesús en el centro de su corazón; se dejó conducir por el Espíritu de Jesús que era el que le hablaba en su corazón y le hizo descubrir todo el misterio de Jesús.
Dejémonos conducir nosotros por el Espíritu Santo, que, como hemos escuchado repetidamente estos días, es el que nos conducirá a la verdad plena, el que nos ayudará a conocer todo el misterio de Jesús, y que es el que pondrá ese ardor y celo en nuestro corazón convertirnos en verdad testigos del evangelio en medio de nuestro mundo.
Hoy Jesús en el evangelio les decía a los discípulos. ‘Dentro de un poco ya no me verán. Pero en un poco de tiempo más me volverán a ver’. Palabras que les resultaban incomprensibles para los discípulos por lo que se preguntan que significaban. ‘¿Qué querrá decir esto de que dentro de un poco de tiempo ya no me verán, y un poco de tiempo más me volverán a ver?’ Pero Jesús le habla de que esa tristeza que tienen se convertirá en alegría.
Es la alegría que por la fuerza del Espíritu podemos vivir porque nos hace sentir a Cristo en nuestro corazón. Es la alegría de nuestra fe. Es la alegría de poner a Cristo en el centro de nuestra vida. Es la alegría del anuncio del evangelio. No perdamos esa alegría que Cristo está con nosotros.
La oración de fe salvará al enfermo
Sacramento de la Unción de los enfermos
Santiago, 5, 11-16;
Sal. 89;
Mt. 15, 29-31
Santiago, 5, 11-16;
Sal. 89;
Mt. 15, 29-31
‘Acudió mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies y El los curaba…’ Así hemos escuchado este texto como hubiéramos podido escuchar muchos más. Es una escena que se repite en el evangelio.
Cuando Juan le mandó a preguntar si era El quien había de venir, la respuesta de Jesús a los discípulos del Bautista fue: ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia…’
Y Jesús envía a los discípulos a anunciar la Buena Noticia de salvación y a curar a los enfermos. ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación… impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados…’
Hoy estamos nosotros dando respuesta a ese mandato de Jesús. Anunciamos y celebramos la Buena Noticia de la salvación. El Evangelio se está haciendo presente hoy entre nosotros. Llega la salvación; celebramos que el Señor nos salva y nos sana. Cristo está en medio de nosotros igual que en aquel momento en que le llevaban los tullidos, los ciegos, los lisiados, los sordomudos… y toda clase de enfermos.
Y Jesús pasa en medio de nosotros y nos toca con su mano salvadora y llena de gracia y nos sana. No es un recuerdo de lo que entonces Jesús hacía, sino algo presente que se realiza ahora mismo en nuestras vidas. Es sacramento. Es el hoy de la salvación de Jesús.
¿Significa que se nos van a acabar los achaques, las enfermedades, la debilidad de nuestros muchos años? Tengamos fe y será lo que el Señor quiera depararnos. Tengamos fe y veremos al Señor que sana nuestra vida.
¿Qué será peor, el dolor de unas piernas a las que les cuesta ya caminar o la impaciencia y desazón que se produce en nuestro interior al vernos tan debilitados? ¿Qué será peor, el que estemos torpes quizá para entender o incluso para llevarnos la comida a la boca, o el egoísmo que nos encierra y que nos hace desconfiados y agresivos hacia los que están a nuestro lado? ¿Qué será peor, que a nuestros ojos les cueste ver con claridad o que nos volvamos huraños, nos encerremos en nuestras soledades o nos aislemos de los demás?
El Señor viene a sanarnos y a salvarnos, a ayudarnos a salir de ese circulo en que nos encerramos, a hacernos más generosos de corazón, a quitar esas actitudes impacientes y violentas que muchas veces se nos meten en la vida, a arrancarnos de ese pecado que nos ha alejado de Dios, a hacer desaparecer esos miedos ante la incertidumbre de lo que va a ser nuestra vida, o ante la muerte que pueda avecinársenos.
Pidamos al Señor que nos sane en lo más hondo de nosotros mismos, que purifique nuestro corazón de todo pecado, que lo llene de su gracia.
Estamos ahora realizando lo mismo que nos decía Santiago en su carta. ‘¿Está enfermo alguno de vosotros?’ Aquí estamos con nuestras debilidades, nuestros achaques, nuestras limitaciones, nuestras discapacidades, nuestros sufrimientos.
‘Llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él…’ Aquí estamos reunidos en Iglesia y en Iglesia en oración con los presbíteros que en nombre del Señor presiden esta comunidad y esta celebración. Y oramos y pedimos al Señor que se haga presente entre nosotros. Y vamos a ser ungidos en nombre del Señor con el Santo Óleo.
‘Y la oración de fe salvará al enfermo…’ Vamos a sentir esa salvación de Dios en nuestra vida y nos vamos a sentir renovados y rejuvenecidos en el espíritu. Porque vamos a sentir que nuestra vida es otra donde habrá más ilusión y más ganas de vivir, más esperanza, más amor y más paz en nuestro corazón y en nuestra convivencia con los demás, después que hayamos sentido que el Señor ha puesto su mano salvadora sobre nosotros, ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha llenado de su paz.
Que lo sintamos. Que lo vivamos. Que lo celebremos. Que el Señor está hoy aquí en medio de nosotros.
miércoles, 20 de mayo de 2009
El Espíritu de la verdad que nos haga conocer a Dios
Hechos, 17, 15. 22-18, 1
Sal. 148
Jn. 16, 12-15
Sal. 148
Jn. 16, 12-15
Continuamos siguiendo el segundo viaje apostólico de san Pablo. Ahora llega Pablo a Atenas, ciudad de la cultura y de las artes, ciudad de los pensadores y de los filósofos; bella ciudad llena de monumentos rebosantes de arte. Una ciudad griega, en consecuencia gentil para un judío, y llena de templos a todos los dioses, pues no olvidemos que son politeístas teniendo infinidad de dioses de todo tipo.
Pasea Pablo por el Areópago, que era como el centro de la ciudad donde todos confluían, pues allí estaban los filósofos enseñando sus doctrinas a todo el que quisiera oírles; en su entorno estaban los diferentes templos a todos los dioses, y era algo así como el mercado adonde todos acudían y donde todo se compraba y se vendía.
Se encuentra Pablo con un altar dedicado al ‘dios desconocido’ y eso le da pie para su discurso en medio de aquel variopinto mercado de oyentes y paseantes. Aprovecha Pablo la ocasión para hacer el anuncio del Evangelio. ‘Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: el Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor del cielo y tierra…’ Parte del Dios creador, infinito y todopoderoso, que todo lo ha creado y todo lo llena con su inmensidad, que no necesita de ‘templos contraídos por hombres’. El Dios que no necesita ser representado ‘en imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre’.
Es el Dios que tenemos que buscar ‘a ver si, al menos a tientas, lo encontráis…’ pero que es el Dios que podemos encontrar no solo en toda la obra de la creación – ‘los cielos y la tierra están llenos de tu gloria’, que dijimos en el salmo – sino también en nosotros mismos allá en lo hondo del corazón porque El quiere habitar en nosotros, ‘pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’
Llega Pablo a anunciarles la conversión para aceptar a aquel que es el rostro amoroso de Dios y que ha venido a traernos la salvación y que por nosotros murió y resucitó. ‘Ha dado prueba de esto resucitándolo de entre los muertos’.
Claro que cuando oyen hablar de resurrección aquellos filósofos escépticos poco menos que se ríen de él – había muchas corrientes contradictorias en la filosofía de aquel entonces como ahora – y le dicen ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’. Solamente un pequeño grupo aceptó la palabra de Pablo y se le adhirieron. ‘Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos más’. A continuación nos dice el autor de los Hechos de los Apóstoles: ‘Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto’. No se vuelve a oír hablar de Atenas en el nuevo Testamento.
Un altar al dios desconocido se encontró san Pablo en Atenas. ¿Será para nosotros también Dios un dios desconocido? Aunque nos llamemos creyentes y cristianos hemos de reconocer que algunas veces en nuestra fe actuamos como si se tratara igualmente de un Dios desconocido. Nos quedamos como atascados ante el misterio de Dios, y no vamos más allá para conocerle y para sentirle en nosotros y en nuestra vida.
Sin embargo, nosotros tenemos a Jesús que viene a revelarnos el Misterio de Dios. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se le quiere revelar…’ Y Cristo ha venido para eso, para mostrarnos el rostro de Dios que es rostro de amor porque Dios es Amor. Nos cuesta a veces llegar a penetrar en esa inmensidad de Dios o de sentirlo en nuestro corazón. Pero Jesús que nos habla de Dios y nos revela al Padre nos da su Espíritu para que nos conduzca hasta la verdad plena de Dios. Lo estamos escuchando en el evangelio en estos días, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que enviará desde el Padre. ‘Ahora, cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena’, le hemos escuchado hoy decir a Jesús.
Que nos envíe su Espíritu, sí, que nos conduzca a la verdad plena porque nos llene de Dios, nos inunde con la vida de Dios que nos hace hijos y que nos permite llamar a Dios Padre; que venga el Espíritu de la Verdad, que gima en nuestro interior para que nos enseñe a orar de verdad; que nos inunde el Espíritu de la Verdad, porque sólo ‘con el Espíritu podemos decir Jesús es Señor’.
Es nuestra súplica y nuestra oración.
Etiquetas:
Atenas,
Espíritu Santo,
Jesús,
Pablo,
resurrección,
revelación
martes, 19 de mayo de 2009
Celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios
Hechos, 16, 22-34
Sal.137
Jn. 16, 5-11
Sal.137
Jn. 16, 5-11
‘Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu…’ hemos pedido hoy al comenzar nuestra celebración. Una oración que se repite con frecuencia en este tiempo pascual gozosos por la salvación que nos renueva, que nos hace hombres nuevos en el Espíritu.
Y esto nos invita a la alabanza y a la acción de gracias al Señor en todo momento y situación. ‘Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti… daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad…’ cantamos al Señor, hacemos sonar todos los instrumentos, todo tiene que ser júbilo y alegría en nuestro corazón, todo para la alabanza del Señor.
Es lo que nos enseña también la Palabra de Dios hoy proclamada, en especial, el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pablo y Silas han llegado a Filipos. Habían acudido junto al río donde los judíos se reunían para rezar y allí entablan conversación con algunas mujeres. Lo escuchábamos ayer. Al final, una de aquellas mujeres, Lidia, que han aceptado la fe incluso les invitan a su casa.
Hoy escuchamos la otra cara de la moneda en parte, porque algunos se soliviantan contra Pablo y Silas. ‘La plebe se amotinó contra ellos y los magistrados dieron orden que los desnudaran y los apalearan…’ Terminan con cepos en la mazmorra. Pero allí. ‘a eso de medianoche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios’. No parece el momento más adecuado para cantar, mientras molidos a palos yacen en la cárcel. Pero en todo momento el verdadero creyente ha de saber cantar a Dios su alabanza. Pueden ser momentos duros y difíciles, pero no es sólo pedir la ayuda de Dios para esa situación, sino que ha de ser también el canto de la alabanza al Señor. Es lo que hacen Pablo y Silas.
Pero suceden más cosas. ‘De repente vino una sacudida violenta, que temblaron los cimientos de la cárcel. Las puertas se abrieron de golpe y a todos se les soltaron las cadenas…’ El carcelero teme que le hayan escapado los presos e intenta suicidarse, pero Pablo se lo impide. Al final como hemos escuchado termina haciéndole el anuncio de Jesús y de la salvación. ‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?... cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia…’
Ya lo hemos escuchado. ‘Le explicaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. El carcelero se los llevó a aquellas horas de la noche, les lavó las heridas, y se bautizó enseguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’.
Hermoso mensaje. Nos manifiesta la alegría de la fe, la alegría de aquella familia por haber encontrado la fe que les lleva a la salvación. ‘Celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’. Es la alegría con la que hemos de vivir nuestra fe. Lo hemos repetido muchas veces los cristianos tenemos que ser los hombres y mujeres más alegres del mundo.
Gozosos y orgullosos de nuestra fe. Y eso en todo momento y situación como decíamos. Gozosos y alegres venimos a nuestra celebración de la Eucaristía que siempre tiene que ser la fiesta de la Pascua del Señor. No caben Eucaristías tristes, porque cualquiera que sea el estado anímico que vivamos, en la fe encontramos la fuerza, la luz, el sentido para vivir nuestra vida. Y quien ha encontrado esa luz camina siempre en plenitud. Plenitud en la fe y plenitud en la esperanza. Como hemos escuchado estos días a Jesús, ‘os he contado todo esto para mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a su plenitud’.
lunes, 18 de mayo de 2009
Os he hablado de esto para que no os tambaleéis
Hechos, 16,11-15
Sal. 149
Jn. 15, 26-16, 4
Sal. 149
Jn. 15, 26-16, 4
‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis…’ les estaba diciendo Jesús a los discípulos. ¿No necesitaremos que nos lo diga Jesús también a nosotros?
Nos tambaleamos cuando nos falta un apoyo firme bajo los pies. Todo se nos mueve y nos da vueltas, perdemos el equilibrio y no sabemos donde apoyarnos. Tiembla la tierra bajo nuestros pies en un terremoto y todo se cae; tiembla una estructura ante cualquier movimiento inesperado y se nos puede venir abajo… cuantas cosas nos pueden suceder en la vida en todo ámbito y que nos pueden hacer tambalearnos.
‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis…’ para que no perdáis pie en el camino de vuestra fe, parece que les está diciendo Jesús a los discípulos y nos está diciendo también a nosotros.
Incluso cuando Jesús estaba con ellos también pasaron por momentos de duda, de crisis y hasta de negación. Le negó Pedro allá en el patio del Sumo Sacerdote. Le traicionó uno de los discípulos vendiéndole por unas monedas. Muchos discípulos ya no quisieron seguir con Jesús cuando les hablaba de cosas que no entendían o les era difícil comprender. La pasión y la cruz fue un momento de crisis y de escándalo para los discípulos, porque al ser prendido Jesús en el huerto ‘le abandonaron y huyeron…’ Encerrados estaban en el cenáculo ‘por miedo a los judíos…’
Podría sucederles cuando fueran ellos los que tuvieran que pasar por su propia pasión cuando comenzaran las persecuciones. Cuando el evangelista Juan escribe el evangelio ya casi a finales del siglo primero habían arreciado las persecuciones. Por eso recordaría lo que Jesús ahora les decía: ‘Os excomulgarán de la Sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte, pensará que da culto a Dios…’
‘Os he hablado de esto para que no os tambaleéis… os he hablado de esto para que cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’. Nos sucede a nosotros también. Somos conscientes de cómo fácilmente se nos debilita la fe, y vemos a nuestro alrededor a tantos que quizá fervorosos y entregados un día, pronto se enfriaron, abandonaron, y ahora quizá marchan por otros caminos. Ante los problemas o dificultades que vamos encontrando en la vida, ante la dificultad para vivir con coherencia nuestra fe, también muchas veces dudamos y nos tambaleamos, nos sentimos débiles y pareciera que perdiéramos todo punto de apoyo.
Por eso Jesús nos previene, pero además nos asegura que no nos faltará nunca ese punto de apoyo para nuestra vida. Nos promete la presencia de su Espíritu, el Espíritu divino que nos fortalezca y santifique. Nos promete un Abogado, el Paráclito, que nos defienda y nos enseñe la verdad plena. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí, como vosotros daréis testimonio…’
El ha prometido que estaría con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. Por eso tenemos que sentirnos fuertes y nada tendría que hacernos tambalear. Cuidemos nuestra fe, pero confiemos de verdad en la presencia del Espíritu de Jesús junto a nosotros. Cuidemos nuestra fe tratando de ser en verdad coherentes en la vida, sin temor a ningún contratiempo y dejémonos iluminar y conducir por el Espíritu Santo. No desconfiemos, tenemos un Abogado, el Espíritu Santo que está con nosotros.
Etiquetas:
discípulos,
Espíritu Santo,
fe,
Paráclito,
Pedro,
persecuciones,
sinagoga
domingo, 17 de mayo de 2009
Todo es cuestión de amor, y ¡de qué amor!

Hechos, 10, 25-26.34-35.44-48
Sal. 97
1Jn. 4, 7-10
Jn. 15, 9-17
Sal. 97
1Jn. 4, 7-10
Jn. 15, 9-17
Todo es cuestión de amor, y ¡de qué amor!, tendríamos que reconocer como a manera de resumen del mensaje de la Palabra de Dios escuchada hoy.
Quizá podríamos pensar preguntándonos – algunos se lo preguntan – si el amor puede ser un mandamiento y un mandato, algo que hay que hacer por imperativo o por ley. Todo lo que nos suena a mandamiento, nos suena a imposición, y ante aquello que nos quieren imponer una primera reacción es de rechazo o de cierta rebeldía. Queremos defender nuestra libertad o lo que entendemos por nuestra libertad y rechazamos todo lo que nos suene a imposición. Y es que lo que hoy hemos escuchado en el evangelio es que Jesús nos da un mandato y ese mandato será el del amor. Con lo que empezamos a hacernos nuestros razonamientos para decir que en el amor no puede haber mandato ni obligación. Amo a quien quiero y no porque nos lo impongan, decimos.
Pero, ¿es así que el mandamiento del amor nos condiciona, nos coarta o se convierte en una dependencia no querida? Tendríamos que leer o escuchar con detenimiento todo lo que nos dice la Palabra proclamada.
Nos habla Jesús del amor del Padre con el que El se siente amado y que es fuente del amor con que nos ama. 'Como el Padre me ha amado, así os he amado yo...' Y nos dice: ‘Permaneced en mi amor’. ¿Qué significa ese permanecer en el amor? Yo diría, primero que nada saborear un amor como el que Señor nos tiene. Saborear es sentirnos amados, gozarnos en su amor, vivir esa experiencia desde lo más hondo del alma. Es como un torrente que parte del Padre, se manifiesta en Jesús y llega a nosotros. Jesús, podríamos decir, nos sirve de cauce para que llegue a nosotros el amor del Padre.
Por eso san Juan en su carta nos dirá: ‘el amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero y nos envió a su Hijo’. Se manifiesta ese amor del Padre en que Dios envía a su Hijo al mundo, no para condenarlo sino para salvarlo. Dios envió a su Hijo al mundo para que vivamos por medio de El. Así pues, permanezcamos en su amor, o lo que es lo mismo, amemos nosotros con un amor así.
Y le da una sublimidad hasta entonces desconocida al amor. Amar significa haber nacido de Dios. ‘El que ama ha nacido de Dios’. El amor le da un toque divino a nuestra vida. Nos eleva de tal manera que nos hace parecernos a Dios. Sí, amando, nos parecemos a Dios, ‘porque Dios es Amor’.
Surge entonces lo que decíamos: el mandamiento que nos deja Jesús. Un mandamiento que nos sirve para destacar, para subrayar lo que ha de ser el verdadero amor. Porque no se trata de un amor cualquiera. Tiene que ser un amor a la manera del amor de Jesús. ‘Como yo os he amado’. Y ¡ojo!, que El nos ha amado con un amor como con el que el Padre lo amó a El. Es mandamiento, pero no es una imposición. Es para que aprendamos a hacer una oblación de nuestra vida – amor es oblación, donación y entrega – como la que hizo Jesús. Con el mandamiento Jesús lo que nos está diciendo es la altura y sublimidad que tiene que tener nuestro amor si queremos ser discípulos suyos.
Es por eso por lo que podemos decir que Jesús nos mira ya de otra manera. ‘A vosotros os llamo amigos’, nos dice. Amigos, amados, y ¡de qué manera!, con el amor más grande, el amor del que se da hasta el final, del que se da totalmente sin reservarse nada. Por no reservarse no se reserva ni su propia vida, porque la entrega por nosotros. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y es lo que hizo Jesús.
Es, entonces, la sublimidad con que nosotros hemos de vivir el amor. Y es que no puede ser de otra manera cuando uno se siente querido y amado de Dios con un amor como con el que El nos ama. Un amor que nos llena de dicha y de felicidad, nos lleva a la plenitud. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud’. Hemos de reconocer que tendríamos que ser los hombres y mujeres más felices del mundo. Y cuando amamos con un amor así es cuando podemos hacer felices de verdad a los demás, cómo iremos transformando nuestro mundo.
Intenta cada día ir poniendo un amor así, como el que nos enseña Jesús, en cada una de esas personas con las que convives, con las que te cruzas en los caminos de la vida. Ya sé que no es fácil, pero no por eso hemos de dejar de intentarlo. Además no lo vamos a hacer por nosotros mismos o por nuestras fuerzas, sino que tiene que brotar casi espontáneamente de esa experiencia que nosotros vivimos del amor que Dios nos tiene.
Os confieso que algunas veces no sé que pensar cuando uno ve tanta gente amargada alrededor, que caminan como fantasmas, pues esa amargura que han dejado meter en su corazón les llena de negrura y de muerte. No saben amar, guardan el odio y el rencor en su corazón, y a la larga sufren porque no saben perdonar, no son generosos y se guardan tanto para si que se guardan hasta el rencor, la envidia, el orgullo y no sé cuantas cosas y al final no saben ser felices.
Amemos contagiando de amor a los demás y haremos un mundo más feliz y mejor. Tendría que ser algo que surgiera espontáneo de un corazón generoso que se siente amado. Mira, sin embargo, cómo somos que para que lo hagamos tendrá que mandárnoslo el Señor.
Etiquetas:
alegría,
amigos,
amor,
mandamiento
sábado, 16 de mayo de 2009
Miramos a lo alto y no nos importan las piedras del camino
Hechos, 16, 1-10
Sal. 99
Jn. 15, 18-21
Sal. 99
Jn. 15, 18-21
Cuando miramos a lo alto, porque allí tenemos la meta, no nos importan las piedras que encontremos en el camino. La meta nos eleva y nos da alas para superar todas las dificultades.
En la antífona del Aleluya al evangelio hemos escuchado palabras de san Pablo que nos decían: ‘buscad los bienes de allá arriba…’ Es que ya nosotros somos distintos, porque ‘hemos resucitado con Cristo’. No nos podemos quedar a ras de tierra, aunque caminemos con los pies sobre la tierra. Nuestro corazón y nuestra mente están puestos en lo alto. Allí ‘donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios’.
Habrá piedras en el camino, como habrá dificultades, trabajos, o incluso odio en contra nuestra. Pero nos sentimos seguros. Con nosotros está Cristo. El nos ha dejado su Espíritu. Y el Espíritu de Jesús nos guía, nos da fuerza, está a nuestro lado como luz en nuestro camino.
En la Palabra proclamada en este sábado vemos en la primera lectura cómo Pablo se deja conducir por el Espíritu allí donde el Señor quiere llevarle. Estamos escuchando ya el relato de su segundo viaje apostólico. Vuelva Pablo por algunas de aquellas comunidades que había dejado constituidas en su primer viaje, Iconio, Derbe, Listra. Pero será el Espíritu el que le vaya guiando, unas veces incluso impidiéndole que vaya a algunos lugares donde pesaba ir y otra señalándole nuevos caminos. ‘Como el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y Galacia… intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu no se los consintió… bajaron a Troas’. Allí Pablo tendrá una visión invitándole a ir a Macedonia, salta de Asia a Europa. Lo seguiremos escuchando en los próximos días.
En el evangelio está el anuncio que Jesús les hace a los discípulos de esas dificultades con las que se van a encontrar. Pero el ejemplo de Jesús nos estimula y nos da fuerza. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros…’ Jesús ha sido signo de contradicción, como anunciara el anciano Simeón en la presentación de Jesús en el Templo, y nosotros igualmente hemos de ser signos de contradicción en medio del mundo.
No nos van a entender. Querrán acallar nuestra voz. Nos rechazarán o querrán incluso ridiculizarnos. Ha sido lo que la Iglesia, los cristianos hemos vivido a través de todos los tiempos y también vivimos hoy. Y es que nosotros no nos podemos dejar arrastrar por la corriente del mundo. Tenemos una fe y esa fe hemos de proclamar. Creemos en Jesús y no nos podemos avergonzar. Hay unos principios para nuestra vida que dimanan del evangelio y a ello hemos de ser fieles. Nadaremos a contracorriente porque el mundo piensa de otra manera, pero nos hemos de sentir seguros en nuestro caminar.
Cuantos nos dicen que la iglesia tiene que adaptarse a los tiempos modernos, pero lo que nos están queriendo decir es que tendríamos que renunciar a cosas que son fundamentales en nuestra fe y en el espíritu del Evangelio. Y en eso no nos podemos adaptar. Seremos una voz discordante y por eso querrán quitarnos el derecho a que podamos hablar y expresar lo que es nuestro sentido de la vida. Hoy todos se creen con derecho a trazar las líneas de la moralidad de la vida y a la Iglesia no se le quiere permitir que proclame sus principios. Cosas así escuchamos cada día en los noticieros de televisión o de la radio.
‘Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándonos del mundo, por eso el mundo os odia’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Caminamos en este mundo, pero nuestras metas, nuestros ideales, nuestros principios, nuestro sentido de la vida y el estilo de caminar no es el del mundo, sino el de Jesús. Y a eso tenemos que ser fieles.
No importan las piedras que nos pongan para hacernos tropezar, porque nuestra meta esta alta y no nos arrastramos a ras del suelo. Y con nosotros está el Espíritu del Señor que es nuestra fuerza y nuestra vida.
Etiquetas:
evangelio,
hechos de los apóstoles,
Pablo
viernes, 15 de mayo de 2009
Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…
Hechos, 15, 22-31
Sal. 56
Jn. 15, 12-17
Sal. 56
Jn. 15, 12-17
Una cosa hermosa que vamos viendo en el libro de los Hechos de los Apóstoles que vamos leyendo en este tiempo de Pascua es que vamos conociendo cómo es la vida de las primeras comunidades cristianas con sus logros y con sus problemas y cómo iban viviendo y expresando su fe en toda situación. Nos vale como un estímulo para nuestro caminar cristiano, además del ejemplo que podemos tomar para nuestra propia vida.
La Iglesia había ido creciendo y extendiéndose por todas partes y con la predicación de los Apóstoles el Evangelio se había ido anunciando también a los pueblos gentiles que habían abrazado así la fe. Surgen problemas que poco a poco se van solucionando, por ejemplo, de cómo acoger a los que provenían del mundo pagano y si era necesario hacerles pasar previamente por los ritos de incorporación y pertenencia al judaísmo.
Ante esos problemas Pablo y Bernabé suben de Antioquia a Jerusalén y allí la comunidad se reúne. Es el texto que hubiéramos leído ayer y que no hicimos al celebrar la fiesta del apóstol san Matías. Esa reunión de la comunidad, los apóstoles y los miembros de la comunidad de Jerusalén es lo que solemos llamar el primer concilio de Jerusalén. Se dialoga y se discute algunas veces incluso de forma apasionada porque hay distintas posturas, pero sienten la fuerza y la presencia del Espíritu Santo que les llena de paz, incluso esos momentos difíciles y de tensión y les conduce a una solución.
Es hermoso el mensaje que terminada la reunión envían a las otras comunidades. ‘Los apóstoles y presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquia con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes de la comunidad…’
Y hermosa es la fórmula empleada para señalar las decisiones tomadas: ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Los hombres discuten y tratan de llegar a un acuerdo de solución, pero el Espíritu Santo que está dentro de nosotros, en nuestro corazón, decide. Y se dejan conducir por el Espíritu Santo. De manera que las decisiones sienten que son obra del Espíritu Santo que obra en ellos.
Ojalá nosotros hoy tuviéramos tan clara la presencia del Espíritu Santo en el actuar en nuestra vida personal, en nuestros grupos, en nuestras comunidades y en lo que es la vida de toda la Iglesia.
Pareciera algunas veces que no creyéramos en la acción del Espíritu Santo que está guiando y fortaleciendo tanto nuestra vida como a la Iglesia. No sabemos a veces aceptar las decisiones de la Iglesia. Algunas veces la miramos como si se tratara de un simple organismo humano que se rige solo por leyes humanas y hablamos de nuestros pastores viendo en ellos más tendencias de uno u otro bando como si fueran simplemente seguidores de ideologías políticas o a la manera de cómo se actúa en el ámbito civil y político.
Tenemos que aceptar un sano pluralismo en la forma de ver las cosas, pero sabiendo descubrir que detrás de todo está el Espíritu Santo que es el que en verdad nos guía, contando sí con esos medios humanos que somos nosotros también con sus limitaciones y debilidades. Creo que nos da una hermosa lección este texto del libro de los Hechos que estamos escuchando en estos días.
Etiquetas:
apóstoles,
Bernabé,
concilio de Jerusalén,
Espíritu Santo,
hechos de los apóstoles
jueves, 14 de mayo de 2009
Pequeñas y humildes semillas testigos de fe y de amor
fiesta de san Matías
Hechos, 1, 15-17.20-26
Sal. 112
Jn. Jn. 15, 9-17
Sal. 112
Jn. Jn. 15, 9-17
‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure…’ Ya no nos llama siervos sino que nos llama amigos porque nos lo ha dado todo a conocer. Somos sus amigos elegidos y amados del Señor. Y se espera de nosotros fruto y fruto abundante, fruto que dure para siempre.
Este texto que por diversas circunstancias este año vamos a escuchar varias veces, porque lo escucharemos mañana viernes y será de nuevo proclamado el sexto domingo de Pascua, la liturgia nos lo presenta en este día de la fiesta del apóstol San Matías, por referencia a su elección.
El colegio apostólico estaba formado por los doce apóstoles que el Señor escogió y envió. Había fallado Judas en su traición y ahora es necesario por así decirlo cubrir el hueco. La pequeña comunidad de los discípulos está reunida. En el Cenáculo están los once apóstoles y muchos discípulos con María, la Madre de Jesús y otras mujeres en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Lucas nos dice que serían unas ciento veinte personas.
Pedro, a quien Jesús había confiado el primado en el colegio apostólico, toma la Palabra para proceder a la elección. Y les da lo que serían las pautas para su elección. Primero está la actitud de oración y escucha al Señor en la que se encuentran reunidos. ‘Señor, tú penetras el corazón de todos; muéstranos a cual de los dos has elegido para que, en este servicio apostólico, ocupe el puesteo que dejó Judas…’
Pero será necesario algo más y es la fidelidad y el testimonio. ‘Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús…’ Ha de ser un testigo, uno que haya conocido a Jesús, que pueda vivir la fidelidad a la palabra de Jesús y pueda proclamarse como testigo de la resurrección del Señor.
Habían sido propuestos dos. ‘José, apellidado Barsabá, de sobrenombre Justo,y Matías’. Fue elegido Matías y entró en el grupo de los Doce, del Colegio Apostólico. No vuelve a nombrarse a Matías en todo el Nuevo Testamento, y las historia prácticamente lo desconoce en sus tradiciones. Recogía las características necesarias y fue un testigo que dio testimonio de Jesús hasta su muerte. Ese silencio de su vida también es una lección para nosotros.
En la oración litúrgica de este día hemos pedido al Señor ‘que podamos alegrarnos de tu predilección al ser contados entre tus elegidos’. Somos elegidos y amados del Señor con un amor de predilección. Esto siempre tiene que producir en nosotros un gozo y una alegría honda. Hemos de saber agradecerlo al Señor y vivir en correspondencia a ese amor y a esa predilección.
Somos quizá unas personas anónimas y que no sobresalimos por nada en especial. Pero tenemos aún así que sentirnos privilegiados con ese amor del Señor. También somos amados de Dios y sin especiales resplandores en nuestra vida, pero también tenemos que dar nuestro testimonio, el testimonio de nuestra fe. Pasamos desapercibidos, no destacamos por especiales cosas, el lugar que ocupamos en la vida quizá sea gris y oscuro, pero aún así tenemos que manifestarnos como testigos.
No todos en la vida hacemos cosas extraordinarias, pero todos contamos con el amor del Señor. Hoy celebramos a Matías, del que la historia incluso nada nos dice, pero era un Apóstol del Señor, elegido y amado de Dios para formar parte del grupo de los Doce. No nos pedirá el Señor cosas extraordinarias ni seremos recordados por la historia, pero sí que en esas pequeñas cosas de todos los días manifestemos nuestra fe, nos presentemos como testigos, las vivamos con el más profundo amor. Somos pequeñas semillas que hemos de ir sembrando por la vida la fe y el amor del Señor, pero de esas pequeñas semillas Dios hará brotar cosas grandes. Demos ese testimonio pequeño, humilde, sencillo de nuestra fe y de nuestro amor.
Etiquetas:
amor,
apóstoles,
confesión de fe,
elección,
Espíritu Santo,
Matías,
oración,
semilla,
testigos,
testimonio
miércoles, 13 de mayo de 2009
Viña del Señor, Reino de Dios y Vid verdadera
Viña del Señor, Reino de Dios y Vid verdadera
Hechos, 15, 1-6
Sal. 121
Jn. 15, 1-8
La imagen de la viña es una imagen repetida que nos aparece tanto en el Antiguo Testamento, en los profetas, como en los Evangelios. Es una imagen del pueblo de Israel, del Reino de Dios, y de Cristo mismo que hoy se proclama ‘yo soy la vid, vosotros los sarmientos…’ texto que escuchamos también el pasado quinto domingo de Pascua.
El profeta Isaías nos hablará del canto de amor a su viña. Una viña cuidada de la que se esperaba buenas uvas pero que dio agrazones. ‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado…’ y nos describe el profeta todo lo que hizo Dios por su viña. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ se preguntaba el profeta en el nombre del Señor que tanto había cuidado a su pueblo.
En el mismo sentido habla el profeta Jeremías diciendo: ‘Yo te había plantado como una cepa fina…’ O el profeta que habla de ‘la parra plantada en tierra fértil que hundió sus raíces en canales de agua abundante y podía echar pámpanos, dar frutos y hacerse una parra hermosa’. Mientras en los salmos se habla de la viña traída de Egipto haciendo referencia como en todos los textos al pueblo de Israel.
Sin embargo en los evangelios sinópticos la comparación de la viña es con el Reino de Dios. Viña a la que están invitados a trabajar los obreros en las distintas horas del día, o viña preparada y cuidada, arrendada a unos labradores que han de rendir sus frutos pero que no lo hacen.
Sin embargo en el Evangelio de Juan, que hemos escuchado hoy, la imagen de la vid es para hacer referencia a Cristo. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos…’ Sarmientos que han de estar unidos a la vid, a la cepa, que es Cristo, para que podamos dar fruto y fruto abundante. En todos los textos de una forma o de otra está ese llamamiento a dar fruto, teniendo en cuenta sobre todo cuánto ha hecho el Señor por nosotros. Ahora en san Juan se insiste en la necesidad de nuestra unión total y profunda con Cristo para no ser sarmientos que se secan y no sirven sino para ser arrojados al fuego.
Sea en referencia a nuestra unión personal con Cristo, como sarmiento unido a la vid, o sea en referencia a ese pueblo de Dios o a ese Reino de Dios, se nos está pidiendo también nuestra unión y comunión con Cristo pero también con los demás que formamos ese pueblo de Dios, esa viña del Señor. No nos faltará nunca la gracia del Señor, la savia de la gracia que corra por las venas de nuestra vida, porque el Señor es fiel y siempre nos acompaña con su gracia, sea cual sea la respuesta que nosotros demos. Siempre hay una llamada y una invitación del Señor. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ Es lo que nos hará preguntarnos por cuánto estamos haciendo nosotros para mantener esa unión con el Señor, como los sarmientos a la vid.
Somos esa viña del Señor en donde Cristo será siempre nuestro centro. Sin El nada podemos hacer. Es la razón de nuestro vivir y por quien todo lo queremos hacer. Por eso de El nos alimentamos que se hace alimento y Pan de vida para nosotros, a El como Buen Pastor que nos guía le seguimos, a El como Palabra viva de Dios escuchamos, y en El nos sentimos todos unidos formando un solo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, del que nos hablará san Pablo.
Hechos, 15, 1-6
Sal. 121
Jn. 15, 1-8
La imagen de la viña es una imagen repetida que nos aparece tanto en el Antiguo Testamento, en los profetas, como en los Evangelios. Es una imagen del pueblo de Israel, del Reino de Dios, y de Cristo mismo que hoy se proclama ‘yo soy la vid, vosotros los sarmientos…’ texto que escuchamos también el pasado quinto domingo de Pascua.
El profeta Isaías nos hablará del canto de amor a su viña. Una viña cuidada de la que se esperaba buenas uvas pero que dio agrazones. ‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado…’ y nos describe el profeta todo lo que hizo Dios por su viña. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ se preguntaba el profeta en el nombre del Señor que tanto había cuidado a su pueblo.
En el mismo sentido habla el profeta Jeremías diciendo: ‘Yo te había plantado como una cepa fina…’ O el profeta que habla de ‘la parra plantada en tierra fértil que hundió sus raíces en canales de agua abundante y podía echar pámpanos, dar frutos y hacerse una parra hermosa’. Mientras en los salmos se habla de la viña traída de Egipto haciendo referencia como en todos los textos al pueblo de Israel.
Sin embargo en los evangelios sinópticos la comparación de la viña es con el Reino de Dios. Viña a la que están invitados a trabajar los obreros en las distintas horas del día, o viña preparada y cuidada, arrendada a unos labradores que han de rendir sus frutos pero que no lo hacen.
Sin embargo en el Evangelio de Juan, que hemos escuchado hoy, la imagen de la vid es para hacer referencia a Cristo. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos…’ Sarmientos que han de estar unidos a la vid, a la cepa, que es Cristo, para que podamos dar fruto y fruto abundante. En todos los textos de una forma o de otra está ese llamamiento a dar fruto, teniendo en cuenta sobre todo cuánto ha hecho el Señor por nosotros. Ahora en san Juan se insiste en la necesidad de nuestra unión total y profunda con Cristo para no ser sarmientos que se secan y no sirven sino para ser arrojados al fuego.
Sea en referencia a nuestra unión personal con Cristo, como sarmiento unido a la vid, o sea en referencia a ese pueblo de Dios o a ese Reino de Dios, se nos está pidiendo también nuestra unión y comunión con Cristo pero también con los demás que formamos ese pueblo de Dios, esa viña del Señor. No nos faltará nunca la gracia del Señor, la savia de la gracia que corra por las venas de nuestra vida, porque el Señor es fiel y siempre nos acompaña con su gracia, sea cual sea la respuesta que nosotros demos. Siempre hay una llamada y una invitación del Señor. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ Es lo que nos hará preguntarnos por cuánto estamos haciendo nosotros para mantener esa unión con el Señor, como los sarmientos a la vid.
Somos esa viña del Señor en donde Cristo será siempre nuestro centro. Sin El nada podemos hacer. Es la razón de nuestro vivir y por quien todo lo queremos hacer. Por eso de El nos alimentamos que se hace alimento y Pan de vida para nosotros, a El como Buen Pastor que nos guía le seguimos, a El como Palabra viva de Dios escuchamos, y en El nos sentimos todos unidos formando un solo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, del que nos hablará san Pablo.
Etiquetas:
Cuerpo místico,
Ezequiel,
Isaías,
jeremías,
parábolas,
profetas,
pueblo de Dios,
Reino de Dios,
vid,
viña del señor
martes, 12 de mayo de 2009
La paz os dejo, mi paz os doy
Hechos, 14, 18-27
Sal. 144
Jn. 14, 27-31
Sal. 144
Jn. 14, 27-31
Venir al encuentro con el Señor es venir a llenarnos de su paz. Jesús nos da la paz, su paz. ¡Cuántas veces lo escuchamos en el evangelio! Y nos da una paz que no tiene ninguna comparación con nada de lo que nosotros podamos imaginar o desear. Tenemos que descubrirla, sentirla y vivirla en lo más hondo de nuestro corazón, saborearla.
¡Cómo lo sentiría la mujer pecadora cuando Jesús le perdona sus muchos pecados y le dice ‘vete en paz, no peques más’!
O la mujer adúltera a la que todos condenan, pero a la que Jesús devuelve la dignidad perdida.
O Zaqueo cuando recibió a Jesús en su casa y en el descargó su conciencia que le abrumaba, renovó su vida para empezar un nuevo vivir y fue capaz de compartir todo lo que tenía con los demás.
¿No sentiría paz Nicodemo cuando habla aquella noche con Jesús, vislumbra la vida nueva que en Jesús comienza – Jesús le habla de un nuevo nacimiento -, y descubre todo lo que es el amor inmenso de Dios que nos entrega a su Hijo?
Por algo los ángeles cantaron la gloria para Dios, la paz para los hombres con el nacimiento de Jesús, porque comenzaba un mundo nuevo donde sería posible la paz. Será el saludo pascual de Cristo resucitado una y otra vez cuando viene al encuentro con los discípulos pero a los que confía el don de perdonar para sanar el corazón herido y muerto de los hombres. Y es la promesa que Jesús hace ahora cuando va a comenzar la pasión y los discípulos se sienten tan turbados.
‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…’ que no os falte la paz en el corazón aunque sean duros los momentos que van a venir, les dice a los discípulos en la última cena, como acabamos de escuchar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo’. Es la paz que sabe darnos Jesús.
Cuando ahora en la mañana estamos iniciando el día, en nuestra mente están cuántas cosas tenemos que hacer hoy, preocupaciones, trabajos, problemas, tareas de todo tipo que en este ritmo vertiginoso de la vida que vivimos, parece que se nos hiciera corto el tiempo para tantas cosas que tenemos que hacer. Es hermoso este momento de paz que tenemos en nuestra oración de la mañana, nuestro cántico de la alabanza del Señor y nuestra celebración de la Eucaristía. Muchas veces decimos que es un cargar las baterías. Cómo nos sentimos reconfortados en el Señor.
Llenémonos de la paz del Señor. Que no nos sintamos agobiados por nuestra tarea. El Señor está con nosotros ahora y en cada momento de nuestro día. Que tampoco perdamos la paz por lo que es nuestra vida, tantas son nuestras limitaciones, nuestras debilidades, y tantos pecados, porque en la presencia del Señor nos sentimos siempre manchados, y pecadores. Se nos regala su gracia, su vida, su perdón. En El nos sentimos amados y perdonas; en El sentimos ese ánimo para nuestra tarea diaria, para nuestro caminar.
Es un gozo creer en el Señor que tan cerca quiere estar de nuestra vida, y de qué manera nos llena de su amor. Alabemos al Señor. Bendigamos al Señor. Sepamos dar gracias por el regalo de su paz.
Etiquetas:
Adúltera,
amor,
ángeles,
gloria de Dios,
mujer pecadora,
Nicodemo,
paz,
perdón
Suscribirse a:
Entradas (Atom)