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sábado, 13 de septiembre de 2025

Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

 


Unas raíces dañadas o que se quedan en la superficie no tendrán la fuerza para alimentar y sostener el árbol y hacer que dé buenos frutos ¿será así nuestra vida?

1Timoteo 1,15-17; Salmo 112; Lucas 6, 43-49

Cada mañana en mi paseo de cada día paso junto a una huerta que está en las cercanías de mi casa; está dedicada a cultivos menores, tiene algunos árboles frutales y unas vides, que casi tendría que ser su cultivo principal; pero he venido observando que ni son aprovechables los frutos de esos árboles ni pueden tener una cosecha beneficiosa de las uvas que cultivan; las plantas y los árboles están, podíamos decir, enfermos por las plagas que les afectan y los frutos no son nada aprovechables, más bien los vemos por los suelos e inservibles.  No entro en juicio por respeto sobre lo que dichos agricultores realizan con su campo, pero es cierto que el cuidado no es el mejor, donde podría haber hermosos frutos, todo casi se convierte en árboles y plantas dañadas y todo es inservible.

Me fijo en estas cosas y pienso en lo que hago o como cuido mi vida, mirando también mucho de lo que sucede alrededor. No es solo vivir, porque, por decirlo así, respiramos. Necesitamos una prevención y un cuidado para que el mal no nos dañe, para que finalmente los frutos de nuestra vida sean buenos. En principio Dios nos ha creado para que seamos árbol bueno; bien lo dice la Biblia cuando nos habla de la creación donde cada cosa que va saliendo de las manos de Dios, nos dice ‘y vio Dios que era bueno’. El maligno ya inoculó su veneno en el corazón de Eva y de Adán despertando la ambición y el orgullo, y como decimos, así entró el mal en el mundo. Es la tentación que nosotros seguimos teniendo y el mal también se va metiendo en nuestro corazón.

Es hermoso lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos’. Y añade. ‘El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca’.

¿Qué sale de nuestro corazón? Es importante que lo consideremos y analicemos nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de actuar. Nos metemos muchas veces en una pendiente muy resbaladiza, y nos dejamos arrastrar. Es necesario detenernos y descubrir lo que está dañado en nosotros para curarlo; descubrir que es lo que vamos guardando en nuestro corazón, cuales son nuestros recuerdos por ejemplo de lo vivido y la reacción de nuestros sentimientos ante lo que nos va sucediendo; acumulamos muchas veces demasiadas tensiones y la cuerda tensa se puede romper; mantenemos muchas heridas abiertas en nuestro corazón por los roces que vamos teniendo en la vida y no nos preocupamos de curarlas, y una herida mal curada hará que la enfermedad se vaya extendiendo, los sentimientos negativos sigan permaneciendo en nosotros y se irá dañando nuestro espíritu; cuántos malos humores que tenemos muchas veces que nos hace reaccionar mal con todo el mundo son consecuencia de esas heridas mal curadas.

Tenemos que buscar una solidez para nuestra vida y por eso es importante tener una vida sana, pero tener sano el corazón. Un cimiento con un cemento corroído no tendrá la suficiente fortaleza para sostener el edificio. Nos habla hoy Jesús del edificio edificado sobre roca, que aguantará vientos y tempestades. 

¿Dónde habremos buscado nosotros esa fortaleza del espíritu? ¿Cuál es el fondo de nuestra espiritualidad? ¿Nos estaremos quedando en la superficialidad? Las raíces que no se ahondan en la tierra, sino que se quedan en la tierra superficial no tendrán la fuerza necesaria para alimentar y para sostener el árbol. ¿Estaremos haciendo eso con nuestra vida?

viernes, 12 de septiembre de 2025

Emprendamos un camino de sinceridad y humildad en el que vayamos poniendo nuestros granitos de arena que construyan un mundo de luz en que sepamos aceptarnos mutuamente


Emprendamos un camino de sinceridad y humildad en el que vayamos poniendo nuestros granitos de arena que construyan un mundo de luz en que sepamos aceptarnos mutuamente

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Salmo 15; Lucas 6, 39-42

Solemos decir que cada uno tiene su propia visión de las cosas, es cierto y merece todo respeto; pero también hay otro dicho que nos habla de que cada uno ve las cosas según el color del cristal a través del cual mira; nuestras visiones, pues, pueden estar marcadas por nuestras propias experiencias, lo que ha producido en nosotros una reflexión profunda sobre lo que nos va aconteciendo, sacando nuestras conclusiones y nuestras lecciones, o podemos vernos influidos también por lo que hay a nuestro alrededor, las ideas de los que caminan a nuestro lado o incluso por las manipulaciones que realizan los que quieren dirigirnos en una determinada dirección.

¿Cómo salir de una visión parcial o de una visión meramente subjetiva para llevar a una verdad que sea más absoluta y permanente? En eso está el hombre sabio, para lo que trabaja y reflexiona, para llevarnos a lo que es verdaderamente fundamental, para tener esa claridad de visión de lo que sucede e incluso de nuestra propia vida. Es la búsqueda en la que hemos de empeñarnos, es la inspiración que queremos encontrar en la verdadera y autentica sabiduría, es lo que buscamos en Dios, en su revelación y en su palabra. Y no siempre es fácil, pero ese camino de ascensión en nuestra vida hemos de emprender.

A eso nos quiere estar llevando la Palabra de Dios que escuchamos y que hemos de hacerlo con todo respeto y con una gran apertura de nuestro corazón. Es un camino de ascensión que no siempre es fácil. Hoy nos habla Jesús de los ciegos guía ciegos, que es un peligro y tentación en la que podemos caer. Nosotros mismos sin tener una claridad de ideas queremos influir en los demás. ¿Estaremos cayendo en el hoyo como nos dice Jesús?

Pero esto nos tiene que hacer pensar también en esa visión que nosotros podemos tener de los demás. No nos suceda como a aquella mujer que decía que su vecina lavaba mal su ropa y la tendía a secar llena de manchas, hasta que un día alguien le hizo comprender que las manchas no estaban en la ropa de su vecina sino en los cristales de su ventana; era necesario tener bien limpios los cristales de su ventana para poder ver con claridad, para que en verdad la luz radiante del exterior también penetrara en su casa.

Somos nosotros con nuestros prejuicios cuando juzgamos a los demás; la visión que tenemos de los demás está deforme porque en la retina de nuestro corazón guardamos mucha maldad que va a deformar la visión de las cosas, la visión de la vida de los demás. Necesitamos un colirio que nos cure y que nos limpie; en Jesús lo podemos encontrar; El ha venido a poner una luz en nuestro corazón que dará verdadero brillo a nuestra vida, que dará verdadero brillo a nuestros ojos, que nos hará tener una visión clara de la vida, que nos hará ver con nuevos y limpios ojos a los demás.

Hoy nos habla el evangelio de quitar la viga de nuestro ojo antes de querer quitar la parva que pudiera haber en el ojo ajeno. Es cierto que tenemos que corregirnos, porque nos amamos y nos ayudamos a caminar; pero tiene que brillar la delicadeza y la humildad, la delicadeza en las palabras con que nos acercamos al otro siempre derramando ternura, y humildad para saber aceptar que nosotros también somos débiles, tenemos nuestros tropiezos, también tenemos que dejarnos corregir por el hermano. Qué mal nos ponemos habitualmente cuando alguien nos expresa una opinión que pudiera contradecir lo que nosotros decimos o hacemos; cuanto nos cuesta tener la valentía de reconocer que también nosotros nos podemos equivocar; cómo rebrota tantas veces nuestro orgullo y nuestro amor propio prejuzgando que quien nos corrige lo que quiere es hundirnos o destruir lo que nosotros pretendemos construir.

        Si somos sinceros tenemos que reconocer que eso nos pasa con demasiada frecuencia, pero que triste es también el espectáculo que ofrece nuestra sociedad que en lugar de colaborar con buenos deseos se destruye mutuamente porque no sabemos aceptar lo bueno que nos puedan ofrecer los demás. Pongamos nuestros granitos de arena de sinceridad y de humildad que vayan construyendo una sociedad mejor. El Evangelio es una luz que nos guía en este camino que tendríamos que emprender. 

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Seamos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y una nueva humanidad

 


Seamos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y una nueva humanidad

 Colosenses 3,12-17; Salmo 150; Lucas 6, 27-38

Algunas veces parece que en la vida andamos cansados de todo, hasta de lo bueno que hacemos. Hay una persona que rara vez que me encuentre con él no me diga que está cansado; al principio pensaba en la presión que estaba sufriendo en su trabajo, o que eran muchas las cosas que se le acumulaban y que no encontraba tiempo para sacarlas adelante y que estaba dedicando muchas horas a su tarea; trataba yo de decirle que se tomara las cosas con calma, que supiera encontrar tiempo para su descanso que le era necesario para poder luego trabajar mejor, pero un día me di cuenta que al hablar de su cansancio hablaba de algo más que un desgaste físico, se cansaba de sus relaciones con los demás, a algunos no los soportaba, le entraban ganas de alejarse de todas aquellas personas que le rodeaban, porque le parecía que solo era él quien sentía preocupación por ellos o trataba de hacer algo por ellos.

Es el cansancio que nos puede entrar hasta de lo bueno; por qué tengo que ser yo el primero que esté pronto para hacer un servicio si luego ni me lo van a agradecer; por qué tengo que ser yo el que dé el brazo a torcer y me humille y reconozca lo que son quizás mis errores; por qué siempre me llaman a mi cuando hay un problema que resolver… y así no sé cuantas cosas y preguntas que muchas veces nos hacemos; y queremos encerrarnos en nosotros mismos y olvidarnos de todo para vivir mi vida a mi manera y que no me molesten; queremos algunas veces desengancharnos de esos compromisos que un día asumimos. Desánimos y cansancios, desaliento quizás porque nos parece que no reconocen lo que hacemos, ¿no será que al final es que no nos valoramos ni a nosotros mismos?

Pero ¿qué sentido tiene que nosotros solo nos preocupemos de los que parecen ser nuestros amigos, o de aquellos a los que quizás les deba un favor? ¿Dónde está la gratuidad como sentido de vida? Algunas veces da la impresión que solo queremos hacer las cosas por las que nos pagan, pero esa manera de actuar ¿nos llegará hacer sentir satisfacciones hondas en el corazón?

Es lo que nos quiere hacer comprender hoy Jesús en el evangelio. Nos está haciendo unos planteamientos nuevos, haciendo romper unos roles en los que fácilmente nos hemos metido y en los que privarían siempre nuestros intereses. Pero Jesús quiere darnos un sentido nuevo del amor, o hacernos encontrar lo más profundo y hermoso que es el amor que algunas veces aunque lo llamamos amor pudieran convertirse en actos egoístas, aunque parezca un contrasentido tener ‘un amor egoísta’. ¿No es así cuando solo amamos o hacemos el bien por interés?

Por eso hoy Jesús nos pregunta qué de especial hacemos cuando saludamos solo al que nos saluda, si solo ayudamos a los que previamente nos hayan ayudado a nosotros, o también como nos dice, si solo prestamos a los que tenemos la seguridad de que nos van a pagar. Como nos dice Jesús eso lo hace cualquiera, eso lo hace el que piensa en sus negocios y en sus ganancias. Pero el amor en su esencia es dar y entregarse desinteresadamente.

Por eso nuestro amor será también a los que no nos aman o no nos van a corresponder; se atreverá a decir Jesús que tenemos que amar a nuestros enemigos. Es más, tendríamos que pensar, que quien vive desde los planteamientos de amor que nos hace Jesús, no tendría que tener enemigos, es decir, a nadie tendría que ver como enemigo; los que se sienten enemigos es porque en ellos no han dejado entrar el amor y en consecuencia ni sabrán ser comprensivos con los demás ni sabrán perdonar.

Quien ama de verdad entra en otra dinámica en su vida, la dinámica del bien, de la verdad y sinceridad, de la generosidad y del desprendimiento, de la comprensión y del diálogo, del acercamiento al otro y de la capacidad de perdonar, en la dinámica que pone serenidad en la vida a pesar de todos sus lados oscuros y que llenará de paz el corazón, que nos hará sentir lo que es la verdadera alegría y contagiará de ilusión por algo nuevo y distinto a los que están a su lado.

¿Seremos capaces de entrar en la sintonía del amor que nos propone Jesús para armonizar el coro de una nueva fraternidad y humanidad?

Una buena nueva de felicidad nos anuncia Jesús que tenemos que saber escuchar y hacerla realidad en nuestra vida

 


Una buena nueva de felicidad nos anuncia Jesús que tenemos que saber escuchar y hacerla realidad en nuestra vida

Colosenses 3, 1-11; Salmo 144; Lucas 6, 20-26

Ser felices, ser dichosos es un deseo que todos tenemos, es un anhelo universal; lo buscamos, nos inventamos quizás en muchas ocasiones mil cosas buscando esa dicha y esa felicidad, no sabemos como conseguirla. Vemos tanto sufrimiento a neustro alrededor que se nos enturbian esos deseos, parece que se pierden; la situación que vive en nuestra sociedad, desde mil frentes distintos podríamos decir, no es siempre de felicidad para todos; pensamos en los sufrimientos de tantos y que también nos afectan muchas veces a nosotros, desde la enfermedad de nuestro cuerpo o desde los problemas que nos van apareciendo cada día; aunque buscamos sucedáneos al final nos sentimos vacíos e insatisfechos, parece que no llegamos a rozar esos umbrales de la felicidad.

Pero Jesús nos dice hoy felices, dichosos, bienaventurados, son palabras que nos vienen a definir lo mismo. Y es la palabra de Jesús, algún sentido tendrá porque forma parte de la buena nueva que nos anuncia y a la que nos pide creer, que tengamos fe y confianza. Claro que Jesús nos dice felices y habla de los pobres, o de los que lloran, o de los que están cargados de sufrimientos, o de los que no son comprendidos y de alguna manera se sienten rechazados por todos. ¿Será una contradicción? Porque podría parece que no casa eso de ser feliz y ser pobre, o estar marchado por el sufrimiento, o el rostro surcado por las lágrimas, o el corazón lleno de amargura por las incomprensiones.

Pero las palabras de Jesús aunque nos cueste comprenderlas son ciertas, nos dan la llave de la verdadera felicidad que no está en la riqueza ni en que seamos aceptados por todos, que no está en que hagamos desaparecer las lagrimas de nuestros ojos o se nos curen todos nuestros malos. O, sí. Porque Jesús nos hará comprender que hay otra riqueza que no son solo los tesoros o los valores económicos, que no son solo las alabanzas que recibamos de los demás, sino que partirá de lo que en verdad sintamos en la hondura del corazón, que no estará solo en que quitemos nuestras limitaciones corporales sino que seamos capaces de desprendernos de otras ataduras más hondas. Y por ese camino nos sentiremos más libres, más nosotros mismos, más con nuestros valores y eso sí que nos hará encontrar una felicidad que nadie nos podrá quitar.

Es el camino de la autentica grandeza de la persona que no está en las pomposidades externas sino en los valores que cultivamos desde dentro de nosotros mismos. Es un camino de esperanza, de esperanza en que las cosas pueden ser de otra manera, de esperanza que abriéndonos a los demás encontraremos una nueva hermandad, una nueva fraternidad; y cuando hacemos caminos juntos, de la mano los unos de los otros sentiremos una alegría en el corazón que nadie nos podrá quitar.

No nos importará las limitaciones corporales que podamos tener, no importará que no tengamos nada en nuestro bolsillo, porque una sonrisa que recibimos de aquel que va por la calle y nos saluda aunque no nos conozca será algo que nos llena el alma, cuando recibimos una mirada agradecida de aquel con quien habíamos compartido hasta lo poco que teníamos nuestra alma se siente henchida y será como el mejor alimento que podamos comer, o el mejor regalo que podamos recibir.

Seremos en verdad dichosos sin tener que buscar sucedáneos, sin tener que recurrir a sustitutivos que al final lo que hacen es crearnos dependencias y ataduras creando un vacío grande de insatisfacción en el alma. Por eso Jesús se lamenta de los que se creen ricos y poderosos porque pueden disponer de cosas, de los que se creen saciados porque se pueden permitir todos los caprichos, de los que se ríen haciendo ruido para aparentar que son felices mientras sus corazones siguen derramando lágrimas amargas de infelicidad, de los que se creen importantes por todos los conocen o todos hablan de ellos pero que al final no pueden mantener una amistad sincera y verdadera con nadie porque por medio median siempre los intereses.

Una buena nueva de felicidad nos está anunciando Jesús. Escuchemos su evangelio, dejémonos conducir por su Espíritu, sintamos siempre su presencia en nuestro corazón.

martes, 9 de septiembre de 2025

Igual que eligió a los apóstoles con la realidad de sus vidas, sigue Jesús contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades, porque todo es un regalo del amor de Dios

 


Igual que eligió a los apóstoles con la realidad de sus vidas, sigue Jesús contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades, porque todo es un regalo del amor de Dios

 Colosenses 2, 6-15; Salmo 144; Lucas 6, 12-19

Hay momentos en la vida en que tenemos que tomar decisiones importantes y nos damos tiempo para pensarlo, para reflexionarlo; hay cosas que no podemos hacer solamente a impulsos podríamos decir momentáneos, aunque algunas veces tengamos esa tentación; nos sucede algo que nos impresiona, contemplamos algo que nos llama la atención y nos duele, y nos sentimos impulsados al momento pensando que algo que tenemos que hacer; es bueno que haya esa inquietud, que surjan incluso esos impulsos signos de la vitalidad que llevamos dentro, pero al mismo tiempo ponemos los pies sobre la tierra para que no sean solo sueños, y lo reflexionamos y lo maduramos; que tenemos que contar con alguien para algo que vamos a emprender y que consideramos importante, nos pensamos bien a quien vamos a escoger, sus posibilidades, sus valores y cualidades, aunque por supuesto dejamos siempre la libertad de decidir a quien escojamos su aceptación o no de lo que le proponemos. Las cosas nos las tomamos con la debida responsabilidad.

Hoy lo contemplamos en Jesús. Y nos dice el evangelio se que se fue al monte a orar y allí se pasó la noche en oración. Luego escogerá entre todos los discípulos que le seguían a doce a los que constituye apóstoles. Fue una decisión importante, nos lo manifiesta esa noche de oración de Jesús, de la que tanto tendríamos que aprender en nuestras decisiones. Jesús quiere contar con aquellos que llama apóstoles a los que veremos que va instruyendo de camino para la misión que les va a encomendar; el Reino anunciado por Jesús ha de continuar y en las manos de aquellos apóstoles está.

Cuenta Jesús con ellos y con su libertad; cuenta Jesús con ellos que también son humanos y tienen sus debilidades; habrá alguno que se queda en el camino porque al final le traiciona, habrán otros que siempre estarán pensando en sus sueños y ambiciones y donde Jesús continuamente estará enseñando, los llamará los hijos del trueno por esa intensidad con que viven el seguimiento de Jesús; todos con sus debilidades que cuando ven venir al lobo, como se suele decir, en el momento del prendimiento de Jesús se dispersan y le dejan solo; alguno a pesar de cuanto Jesús había confiado en él llegará a negar el conocerle, aunque siempre le había costado entender lo de la entrega de Jesús hasta la muerte. Pero Jesús sigue confiando en ellos, y a ellos se manifestará de manera especial después de su Pascua para que en verdad se sientan fortalecidos en su fe. Así luego se dispersarán por el mundo cumpliendo el mandato de Jesús de anunciar el evangelio del Reino de Dios.

Me hace pensar todo esto que venimos reflexionando en mi vida. Por una parte como hemos de enraizarnos en Jesús y en su evangelio, cómo tenemos que fortalecernos interiormente y dejarnos iluminar por la luz que nos viene del cielo ante cada una de esas decisiones que hemos de ir tomando en nuestra vida que quiere ser un camino de fidelidad. Pero también con corazón agradecido quiero ser consciente como el Señor sigue contando conmigo, con mis defectos y con mis debilidades, con lo que es mi vida unas veces turbulenta y otras veces adormecida, con sus buenos momentos de luz pero también con ese lado oscuro que todos tenemos fruto de nuestras torpezas y debilidades.

Quiero sentir que el Señor quiere seguir contando conmigo y siempre abre ante mí horizontes amplios donde poder realizar mi vida y vivir mi fidelidad con todas sus consecuencias. Muchas veces los caminos se tuercen y hay que tomar otras decisiones, que en ocasiones pueden ser hasta dolorosas, pero en nuestra fidelidad queremos seguir adelante, agradeciendo a Dios que siga contando conmigo y me vaya abriendo caminos que a veces eran insospechados para mí.

Lo pienso para mi mismo, como me hace mirar con una mirada distinta a los que están a mí alrededor o caminan conmigo, para hacerme comprensivo, para descubrir valores y aprender lecciones, para servir de apoyo y estimular también a los demás a vivir su fidelidad. El Señor sigue viniendo a nosotros para curar nuestras heridas y ponernos de nuevo en camino. Doy gracias a Dios por las posibilidades que me sigue dando.

lunes, 8 de septiembre de 2025

Pregustemos los resplandores de la aurora para que un día nos dejemos envolver totalmente por la luz del Sol que nos viene de lo alto a donde nos conduce María

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Pregustemos los resplandores de la aurora para que un día nos dejemos envolver totalmente por la luz del Sol que nos viene de lo alto a donde nos conduce María

Miqueas 5, 1-4ª; Salmo 12; Mateo 1, 1-16.18-23

Antes de que el sol se eleve sobre el horizonte, cuando aun no ha comenzado a despuntar, sin embargo comienza el horizonte a teñirse de los primeros resplandores que son anuncio de ese nuevo día que va a comenzar a despuntar con toda la plenitud de los rayos del sol. Tenemos que reconocer que es muy bonito el amanecer cuando tenemos la oportunidad de ver con claridad el horizonte, quizás en la lejanía del mar o desde lo alto de una montaña. He disfrutado mucho cuando he tenido la oportunidad y en esas circunstancias que he mencionado sobre todo desde la alta montaña.

La liturgia en este día en que celebramos la Natividad de la Virgen María la llama con toda razón aurora de un nuevo amanecer. El nacimiento de María nos preanuncia el nacimiento del Sol que nos viene de lo alto, que de ella había de nacer. Hay quienes no quieren entender la devoción y el amor que nosotros los cristianos sentimos por María; sabemos claramente que ella no es la Salvación, pero sí es la Madre que nos trajo al Salvador cuando Dios querrá encarnarse en sus entrañas para de ella nacer siendo hombre y para traernos la salvación.

El resplandor de María a nosotros también nos ilumina cuando nos anuncia la llegada de la verdadera luz. En ella estamos pregustando esas mieles de la salvación, con ella nosotros queremos caminar al encuentro de esa verdadera luz. No la hacemos ni más ni menos, pero es la Madre del Salvador, y toda madre estará siempre cerca del corazón de sus hijos, como tendrán a sus hijos en su propio corazón. ¿Por qué vamos a separar a María del corazón de Cristo? ¿Por qué nosotros, que también somos sus hijos, acogiéndonos al corazón de la madre no podemos aprender de ella a ir hasta Jesús? María siempre nos conducirá hasta Jesús. Ella, por supuesto, no suplantará a Dios, porque ella se sentirá siempre la humilde esclava del Señor que lo único que desea es tener a Dios en su corazón.

Muchas imágenes de María  - pensemos en tantas advocaciones de María que precisamente celebramos en este mismo día – siempre las contemplaremos con una luz, con una candela, con una vela en sus manos, mientras en la otra siempre también nos mostrará a Cristo. Ahondemos en todo el significado de esta imagen que contemplamos para que comprendamos siempre de la mejor manera posible lo que significa la presencia de María en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. Podríamos decir frente a tantos que se escandalizan por nuestro amor a María y por el lugar que le damos en la vida de la Iglesia, que María no nos dice que ella sea la luz, sino que siempre nos estará señalando el camino de la luz, porque siempre ella nos está conduciendo hasta Jesús. 

Como decíamos, María es la Aurora de nuestra salvación. La aurora no es el sol, pero sí nos estará reflejando la luz del sol. Eso es María para nosotros, eso es lo que en ella podemos contemplar; son los valores del Reino de Dios que en ella podemos encontrar y copiar para nuestra vida; la mujer llena de fe, que merecerá por ello toda alabanza, pero la mujer disponible siempre para el servicio y para el amor, que siempre está en camino para servir como lo hizo en su camino hasta las montañas de Judea para servir en la casa de Isabel, o como estaba con los ojos atentos en las bodas de Caná para detectar donde había una necesidad y hacer que Jesús allí derramara su gracia.

Es la mujer humilde, que reconoce las maravillas que Dios realiza en ella, pero no se siente ella grande porque aunque siendo madre se siente hermana y cercana de toda la humanidad para caminar nuestros caminos, para hacerse presente con su amor, para estar siempre en esa disponibilidad de un corazón abierto para a todos acoger como madre. Sabe María que los poderosos van a ser derribados de sus tronos y que solo los humildes y los sencillos podrán tener la dicha de conocer y vivir los misterios de Dios, como ella misma canta en el Magnificat. ¿Estará adelantando María en su cántico lo que un día Jesús cantará también dando gracias al Padre que revela su corazón y su misericordia a los que son pequeños y sencillos? En ella ya lo estamos viendo.

Dejémonos envolver por esa luz que María nos refleja de lo que es el amor y la misericordia de Dios para que un día también nos sintamos llenos de esa luz porque nos sentimos enriquecidos con la misericordia del Señor.

domingo, 7 de septiembre de 2025

Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

 



Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

Sabiduría 9, 13-19; Salmo 89; Filemón 9b-10. 12-17; Lucas 14, 25-33

Vivir no es ni simplemente dejar pasar las horas y los días, ni solamente ocupar nuestro tiempo haciendo cosas y cosas; algo más hondo tiene que darle intensidad a nuestra vida, unas metas hemos de tener para que aquello que hacemos tenga un sentido y un verdadero valor, sopesamos así lo que somos y lo que valemos, descubrimos nuestras posibilidades y llenamos nuestro caminar de unos valores, le damos riqueza a nuestra vida, y crecemos desde lo más hondo, le damos un contenido de humanidad a lo que hacemos y lo que vivimos y de ninguna manera nos encerramos en nosotros mismos, porque vivimos entre los demás, con los demás y de alguna manera también para los demás, porque de lo contrario todo se convertiría en egoísmo; será el amor el que le dé verdadera hondura a nuestra vida y lo que hará rica nuestra existencia. Pero para llegar a todo eso tenemos que hacer nuestros planteamientos, descubrir, sí, lo que son nuestras posibilidades, pero también sentir esa fuerza interior y al mismo tiempo superior que nos ayuda y fortalece. Es, por así decirlo, encontrar la sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio tratando de que sus discípulos tengan claro lo que significa seguirle, como diríamos hoy nosotros, lo que significa ser cristiano, precisamente nos quiere ayudar a que descubramos lo que es verdaderamente importante, siendo capaz de dejar a un lado, aunque incluso sea bueno, aquello que nos podría desviar de nuestra verdadera meta. En ese camino nos enseña cómo incluso tengamos que decirnos no a algunas cosas para que en verdad seamos sus verdaderos discípulos.

Queremos, por ejemplo, construir un edificio y tratamos de ver todos los materiales que podríamos utilizar y que están a nuestra mano, al tiempo veremos lo que podemos hacer, lo que es la capacidad que tenemos y los medios de los que nos vamos a valer para poder realizarlo. Pero quizás, aunque sean buenos, no todos los materiales los podremos utilizar, tendremos que descartar algunos porque no nos van a servir para lo que pretendemos construir. Ahí está el trabajo, en cierto modo, previo que tenemos que realizar, analizando, escogiendo lo mejor, descartando lo que quizás no nos seria provechoso, buscando los medios y trazándonos los verdaderos planos para lograr ese bello edificio. Sabio el que sabe elegir lo mejor para tener el mejor edificio.

Jesús nos ha hablado con unas pequeñas parábolas por una parte del hombre que quiere construir una torre, o del reino que en una guerra ha de enfrentarse a vecinos enemigos; en uno y otro caso nos dice Jesús que hay que detenerse tanto antes de comenzar a realizar la torre como antes de emprender la batalla, para saber si en verdad podremos conseguir nuestros fines, no sea que se nos derrumbe el edificio o seamos vencidos irremediablemente en la batalla.

Así en la vida, así en el camino de nuestra vida cristiana. Tenemos que clarificar muy bien el camino que nos señala Jesús, el sentido verdadero del Reino de Dios del que nos habla Jesús, no sean que emprendamos sendas erróneas. ¿Dónde vamos a encontrar ese verdadero camino? Vayamos al Evangelio, escuchemos de verdad la Palabra de Dios, plantémosla en lo hondo de nuestro corazón, rumiémosla muy bien en nuestro interior.

Será lo que en verdad va a dar hondura a nuestra vida, lo que dará profundidad a nuestras decisiones, lo que finalmente nos mantendrá firmes con constancia en el camino emprendido. Podríamos decir que no podemos ir a lo loco, no podemos solamente dejarnos llevar por fervores momentáneos, que pronto se pueden apagar; una llamarada muy grande y aparatosa en principio, pronto se quedará en un rescoldo que a lo más mínimo se va apagar y todo se volverá humo. Muchas veces nos encontramos así, o lo contemplamos en tantos a nuestro lado. Les faltó o nos faltó esa verdadera profundidad, esas hondas raíces bien enraizadas en el corazón de Cristo, en el evangelio. Es la sabiduría que nos da el evangelio.

Pueden resultarnos desconcertantes las palabras del evangelio en aquello que nos dice Jesús a lo que hemos de renunciar. No nos dice Jesús que no tengamos que amar a nuestros padres o a nuestros hijos, al hermano o al esposo o la esposa; podría parecer contradictorio con otros pasajes del evangelio en que Jesús nos propone como mandamiento principal precisamente el amor. Lo que nos quiere decir que nada puede ensombrecer el amor que le tengamos a Dios, más aun tenemos que hacer que ese amor de Dios sea la fuente de nuestro amor para el amor que tengamos a cuantos nos rodean. Es encontrar lo que verdaderamente es fundamental y que se va a convertir en fuente de cuanto hagamos o digamos.

En ese sentido va también lo que nos dice del desprendimiento con que hemos de vivir en nuestra relación con lo material. El verdadero tesoro de nuestra vida no está en esos bienes materiales que tengamos; son cosas que necesitamos, es cierto, en nuestras mutuas relaciones o para la adquisición de lo que necesitamos para una vida digna; pero cuando convertimos lo material en lo fundamental de nuestra vida estamos trastocando el sentido de todo, por eso tenemos que liberarnos de esos apegos, no convertirlos en el tesoro de nuestro corazón. Cuando vivimos con esos apegos nos esclavizamos, nos hacemos dependientes de esas cosas, oscurecen nuestra visión porque lo convertimos en un filtro en nuestros ojos que no nos deja ver con claridad.

Y las palabras de Jesús son tajantes, porque quien vive de esa manera, nos dice, ‘no es digno de mí’. Son materiales que nos pueden echar a perder el edificio y no nos valen como piedras fundamentales para la construcción de nuestra vida. Tenemos que saber encontrar esa verdadera sabiduría que enriquezca nuestra vida llenándola de humanidad.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

viernes, 5 de septiembre de 2025

Llegar a descubrir la novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros y dejarnos sorprender para llegar a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del Reino

 


Llegar a descubrir la novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros y dejarnos sorprender para llegar a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del Reino

Colosenses 1, 15-20; Salmo 99; Lucas 5, 33-39

Se suele decir que las comparaciones son odiosas y seguramente alguna vez hemos reaccionado cuando han pretendido compararnos con alguien; si es mejor, si hace las cosas que tú no eres capaz de hacer, si él ha tenido éxito y tu siempre eres un perdedor, y así múltiples cosas más. Sin embargo de alguna manera a veces somos incongruentes, porque lo que no queremos para nosotros mismos, quizás lo ofrecemos como ejemplo o estimulo para los demás, y algunas veces nos sucede en la cuestión de la educación que damos a los hijos; les ponemos modelos quizá en aquellos que son sus amigos o viven en su entorno a los que tienen que imitar o de los que tienen que distanciarse porque pueden ser malas compañías que no los lleven por buenos caminos. ¿No tendríamos que ser más nosotros mismos desarrollando lo que hay en nosotros pero porque queremos llegar a nuestra plenitud de vida?

Allí andaban aquellos a los que les costaba tanto entender a Jesús o aceptar los nuevos planteamientos que Jesús nos propone, que ahora andan con comparaciones entre los discípulos de Jesús y lo que son sus discípulos, aunque lo digan sutilmente hablando de los seguidores de Juan o de la escuela de los fariseos. Y vienen con una cuestión a la que se le daba mucha importancia en el contexto de lo religioso, el ayuno. Los discípulos de Juan ayunan y también lo hacen los de los fariseos, pero le vienen a encarar a Jesús que sus discípulos no ayunan.

No han terminado, o no han querido, entender el mensaje de Jesús, el mensaje del Reino de Dios que Jesús proclama. Aunque esperan al Mesías, parece que lo esperaran para que corroborara o hiciera aquellas cosas que ellos hacían. El Mesías para ellos no significaba una novedad de vida, sino un querer afirmarse en los planteamientos que ellos se hacían de lo que debía de ser ese pueblo de Dios, que Jesús lo llamará el Reino de Dios; era algo más que unas personas que se juntaban o se reunían para algo, tenía que ser una visión nueva del mismo sentido de la vida, como del sentido de Dios. Y ellos pretendían solucionarlo todo con unos arreglitos. Y parecía que por lo que Jesús les enseñaba sus discípulos no debían de estar por esos arreglitos.

Es lo que les viene a decir Jesús. El sentido de la presencia de Dios en sus vidas no era para la tristeza y el luto; un nuevo sentido de fiesta había de tener la vida, por eso Jesús les habla de una boda y de unos amigos del novio que están participando de la fiesta de esa boda. ¿Caben ahí las tristezas y los lutos? Porque además al ayuno le habían cargado una connotación demasiado de caras largas y de duelo. Y Jesús hablaba de fiesta, de una boda, de la fiesta en la que participaban los amigos del novio. Era un nuevo sentido de vivir.

Es lo que Jesús nos está ofreciendo y a un nuevo sentido de vivir no se puede llegar desde unos arreglitos, desde unos remiendos; era un nuevo traje de fiesta el que había de vestirse, y todo creo que podemos entender esa imagen que va más allá de la materialidad de la tela de un vestido, porque tendrá que ser algo hondo que brote del corazón del hombre. Jesús nos hablará de un vestido nuevo y sin remiendos que al final nos traerán rotos mayores, nos hablará de unos odres nuevos que serán los que podrán contener el vino nuevo con toda su fuerza.

Es lo que tiene que ser nuestra vida, es en lo que tenemos que convertirnos en nosotros, porque es algo más que un vestido que nos pongamos exteriormente porque tienen que ser actitudes nuevas, valores nuevos que arrancan de un corazón nuevo, de un corazón que se ha dejado transformar, en el que se ha dejado actuar toda la fuerza del Espíritu.

¿Habremos llegado en verdad a descubrir esa novedad de vida que ha de significar el evangelio para nosotros? ¿Nos dejaremos sorprender por el evangelio o lo damos ya por sabido y que no nos dice nada nuevo? Algo estará fallando en nuestro encuentro con Jesús, algo estará fallando en la apertura de nuestro corazón.

jueves, 4 de septiembre de 2025

Aunque dudemos, aunque tengamos miedo, aunque recordemos fracasos y respuestas negativas, tenemos que confiar, en el nombre del Señor podemos hacer maravillas

 


Aunque dudemos, aunque tengamos miedo, aunque recordemos fracasos y respuestas negativas, tenemos que confiar, en el nombre del Señor podemos hacer maravillas

Colosenses 1, 9-14; Salmo 97; Lucas 5, 1-11

En la vida habremos pasado por experiencias que nos han resultado en ocasiones negativas porque por más que lo hemos intentado las cosas no nos salen; quizás las habíamos preparado con mucha intención y con muy buenos deseos, quizás eran cosas que sabíamos hacer bien porque eran parte de nuestra vida habitual o era algo en lo que habíamos aprendido creciendo en medio de ellas, quizás vamos a decir técnicamente habíamos preparado muy bien sopesando bien de antemano todas las dificultades que podríamos encontrar, pero en la hora definitiva las cosas no nos salieron.

¿Nos sentimos fracasados? ¿No lo volveremos a intentar? ¿Estudiaremos quizás nuevas formas? Al menos quizás por un tiempo lo dejamos. Nos sucede en nuestros trabajos, en los negocios que emprendemos, en la tarea de lo que es nuestra vida por profesión o porque a ello nos hemos dedicado con intensidad. Parece que quizás en ese momento el mundo se nos viene abajo, quizás intentemos sacar fuerzas en otra ocasión. Es algo muy complejo.

Hoy nos habla el evangelio de cómo Jesús enseñaba allí en la orilla del lago y la gente se agolpaba a su alrededor, de manera que tuvo que subirse a una barca. Cuando terminó aquel momento de Jesús hablarle a la gente le pidió a Pedro que remara de nuevo mar adentro, se adentrara en el lago. Probablemente Pedro estaba cansado y aún le quedaba mucho que hacer en recoger las redes y todas las cosas de la barca porque además habían estado toda la noche bregando aunque con malos resultados, no habían cogido nada; los ánimos de Pedro no serían muchos.

Pero Jesús no solo le pedirá que vuelva a introducirse en el lago, ‘rema mar adentro’ le dice, sino que además le pide que eche de nuevo las redes para pescar. ¿Ahora? ¿De nuevo? ¿Después de toda una noche de brega? Si no hemos cogido nada, aquí no hay nada que hacer. Todo eso pasaría quizás por la mente de Simón. Pero las palabras de Jesús siempre le habían entusiasmado cuando lo escuchaba; ahora parecía que se sentía cautivo de aquella orden de Jesús. Y se atreve a lanzar la red, ‘en tu nombre, porque tú lo dices’, aunque yo sé que no hay nada que hacer. Y la redada había sido tan grande que tuvieron que llamar a compañeros de otras barcas. Todos estaban mudos de asombro. Simón se siente una piltrafa ante Jesús. ‘¡Apártate de mi que soy un hombre pecador!’, terminaría confesando.

Aunque los fracasos no nos abandonen en la vida tenemos que aprender a que hay que seguir remando mar adentro. No siempre es fácil, las sensaciones de fracaso algunas veces nos aturden y nos hacen perder hasta las ganas de seguir adelante, de seguir intentándolo, de seguir buscando nuevos mares. Pero Jesús nos está enseñando como siempre tenemos que intentarlo de nuevo e ir más allá. Hay otros mares profundos donde podemos echar de nuevo las redes.

No nos vale que nademos o naveguemos solo a flor de agua, y muchas veces en la vida nos estamos quedando en esa zona de lo superficial. No nos valen solo las experiencias de lo que hayamos hecho o de lo que hayamos experimentado aunque también son en ocasiones buenas escuelas para la vida. Hay que entrar en otra profundidad, hay que ver las cosas desde otra perspectiva, tiene que nacer de nuevo la confianza en nosotros y en lo que podemos hacer, tenemos que buscar otras honduras para la vida.

Rema mar adentro, nos está diciendo Jesús. Echad de nuevo las redes para pescar, nos está pidiendo. Aunque dudemos, aunque tengamos miedo, aunque recordemos fracasos y respuestas negativas, tenemos que confiar. Podemos hacerlo pero tenemos que saber dónde ponemos nuestra confianza, donde vamos a encontrar esa fortaleza y decisión a pesar de nuestras dudas y cansancios. Simón lo hizo confiando en Jesús. Porque tú lo dices, en tu nombre echaré la red, fue la respuesta. Tenemos que aprender a confiar, tenemos que abrirnos a algo nuevo, tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.

Es lo que nosotros que nos decimos creyentes en Jesús tenemos que aprender a hacer porque algunas veces lo olvidamos. Aunque nos parezca que el árbol está reseco, que de esa piedra reseca ya no puede brotar el agua, aunque nos sintamos desorientados quizás en un mundo que sentimos adverso y cerrado para recibir la semilla del evangelio, tenemos que lanzar nuestra red. Hay unos peces nuevos que podemos recoger con nuestra red y que no son los de siempre; tenemos que dejarnos sorprender como lo hizo aquel grupo de pescadores aquel día donde luego se le iban a ofrecer otros mares, ‘seréis pescadores de hombres’, les dice Jesús.

      Es lo que la Iglesia tiene que seguir realizando, siempre nos encontraremos nos podremos encontrar a alguien sediento que nos pida de esa agua que le ofrecemos como aquella mujer del pozo de Jacob; siempre nos encontraremos una muchedumbre hambrienta y también desorientada que están como ovejas sin pastor a quienes nosotros ‘en su nombre’ podemos alimentar. ¿Nos vamos a cruzar de brazos o dar un paso atrás por miedo a que no encontremos respuesta?

miércoles, 3 de septiembre de 2025

El amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean

 


El amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean

Colosenses 1,1-8; Salmo 51; Lucas 4, 38-44

Cuando nos sentimos a gusto con alguien no queremos separarnos de él;  el niño que no quiere separarse de sus padres, es la primera imagen que se nos ocurre, pero bien sabemos que los padres no quieren separarse de sus hijos; pero nos sucede con la amistad, cuando encontramos un verdadero amigo que nos comprende, que nos escucha, que sabe estar a nuestro lado, no queremos perderlo. Muchas veces también en la vida nos podemos encontrar con una persona que nos hizo pensar y que nos ayudó a crecer, que nos habló desde el corazón y a nuestro corazón en cosas que consideramos importantes en el vida, o que nos ayudó a encontrar caminos, no es que no los olvidemos nunca, es que quisiéramos estar siempre a su lado, seguir dejándonos envolver por su mirada, escuchando sus palabras sabias, sintiendo el impulso que significa para nuestras vidas su presencia, no nos gustaría estar lejos de esa o esas personas.

La presencia de Jesús en Cafarnaún estaba produciendo un gran impacto en la población, lo sucedido en la sinagoga con la curación de aquel endemoniado, la curación de la suegra de Pedro, pero también la cercanía que Jesús mostraba con todos dejando que a El llegaran con sus problemas y con sus angustias, con sus desesperanzas y sus deseos de algo nuevo, con su corazón roto y dolorido o con sus enfermos que ponían a su paso para que El los curase, no nos extrañe, pues, que quieran retenerlo y no dejarlo irse de aquel lugar. Al amanecer estaban de nuevo a su puerta buscándolo, mientras El se había ido al descampado para orar; cuando lo encuentran quieren retenerlo, pero El dice que ha venido para llegar también a otros lugares y se pone en camino. En ocasiones veremos que la gente se va con El de un sitio para otro juntándose incluso muchedumbres hasta en lugares descampados.

Con Jesús hemos de aprender también a ponernos en camino. Nuestras puertas no pueden estar cerradas ni nuestros horizontes limitados. El bien y la bondad son cosas que tienen que rebosar y expandirse a su alrededor llegando a los más sitios posibles. Aunque las cosas nos parezca que marchan bien allí donde estamos, no podemos quedarnos encerrados en nosotros o en la comodidad que en cierto modo se produce allí donde nos hemos acostumbrado a estar o las cosas nos están saliendo bien. Es algo que algunas veces nos cuesta entender y demasiadas veces predomina en nosotros la comodidad que se convierte en rutina.

Claro que salir para hacer un camino nuevo nos puede producir incertidumbre por desconocimiento de lo que vamos a encontrar que nos hace que nos llenemos de miedos. Pero nuestra fe en Jesús nos pone necesariamente en camino porque es algo que no podemos guardar para nosotros mismos sino que siempre estamos llamados a trasmitir y compartir.

Y tenemos la tendencia a instalarnos y cuando nos instalamos parece que todo pierde fuerza y puede acabar muriéndose. Es la vida que nunca puede detenerse, es la vitalidad interior que nos hace estar buscando algo nuevo, algo más, algo superior; no podemos dejarnos avejentar porque caigamos en una inactividad que nos lleva a la muerte. Siempre hemos de tener ese espíritu joven y en cierto modo impulsivo que nos empuja a crecer.

Como le he escuchado decir a alguien y que en cierto modo quiero poner como resumen de esta reflexión que nos venimos haciendo, ‘el amor cristiano no se mide solo por lo que hacemos, sino también por nuestra disposición a salir, a movernos, a cruzar fronteras, por incómodas que sean’.  También Pedro sintió la tentación de instalarse cuando quiso montar tres tiendas en el Tabor porque allí se encontraba bien, porque allí se encontraba como en el cielo. Pero Jesús los hizo bajar de la montaña para seguir por la llanura y por las luchas de la vida. ¿Cuáles serán esas llanuras de la vida que me están esperando?

martes, 2 de septiembre de 2025

Una pregunta quizás que para nosotros tenemos que hacer es cómo estamos siendo la Iglesia y los cristianos signo de curación hoy para nuestro mundo

 


Una pregunta quizás que para nosotros tenemos que hacer es cómo estamos siendo la Iglesia y los cristianos signo de curación hoy para nuestro mundo

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Salmo 26; Lucas 4, 31-37

¿Quién eres tú para hablarnos así? ¿Quién te ha dado vela en este asunto? Alguna vez reaccionamos así o vemos que alguien tiene una reacción así cuando alguien nos hace pensar, alguien nos señala cosas que no ve justas, o trata de meterse en nuestra conversación o en nuestra vida para decirnos cómo podríamos hacer las cosas de otra manera. No queremos que se metan en nuestros asuntos, que nos dejen tranquilos y no nos estén sermoneando, queremos hacer nuestra vida y que nada ni nadie interfiera; quizás al final nos demos cuenta aunque nos cuesta mucho dar el brazo a torcer y queremos buscar salidas sin quizás reconocer nuestros errores; así son nuestros orgullos y nuestro amor propio. Ha sido el consejo de un amigo, ha sido alguien que tiene una visión distinta, alguien que tiene una mayor amplitud de miras.

Algo así estaba pasando en aquellos comienzos de la predicación de Jesús por los pueblos y ciudades de Galilea. Había gente que le gustaba lo que Jesús estaba diciendo, siempre hay gente ansiosa de algo distinto y está dispuesta a escuchar, pero también quienes se van a ver implicados en algo nuevo que se les está ofreciendo quizás se muestren reacios y no quieran dar el brazo a torcer. Va a ser algo muy repetido a lo largo de la predicación de Jesús, como lo será a lo largo y ancho de nuestro mundo y en todos los tiempos. Cuando quieran sacarnos de nuestras rutinas, nos resistimos, cuando veamos algo de pérdida de influencia comenzamos a entrar en los caminos de la oposición y buscaremos la manera de quitar de en medio a quien nos está haciendo esos nuevos planteamientos.

Hoy, en este casi principio del evangelio de Lucas en su relato de la vida publica de Jesús, la imagen que se nos presenta es la del hombre poseído por el demonio; son los endemoniados que aparecerán muchas veces en el evangelio, y que no hacen solo referencia a los poseídos por enfermedades malignas que en aquel concepto de entonces eran como poseídos por el espíritu del mal, sino será como un signo de esa oposición que siempre encontrará Jesús, que siempre encontrará en todos los tiempos el evangelio de Jesús.

Un endemoniado levanta la voz en la sinagoga donde Jesús está un sábado enseñando. ¿Quién eres tú? ¿Por qué te metes con nosotros? Y Jesús se muestra con autoridad, expulsando como nos dice el evangelio el espíritu inmundo de aquel hombre que se resiste incluso tirándolo por los suelos. Pero la palabra y la autoridad de Jesús son firmes, el hombre se verá liberado del mal, y las gentes reaccionan y se preguntan. ‘¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen’. Todos se sienten sorprendidos y maravillados de manera que la noticia de Jesús se irá extendiendo por todos los pueblos.

¿Cuál sigue siendo nuestra reacción ante la Palabra y los signos de Jesús hoy en nuestra vida y en nuestro mundo? Cuidado que una forma de reaccionar sea no reaccionando, acostumbrándonos, dejándonos de interesar por los signos de Jesús porque les damos mil explicaciones pero los despojamos de todo el misterio sobrenatural que han de tener para nuestras vidas. De alguna manera algunas veces con nuestro desinterés estamos diciendo también ¿Quién eres tú? ¿Por qué te metes con nosotros? No nos dejamos sorprender por los misterios de Dios, cerramos puertas y ventanas a ese caudal de gracia que Dios nos está enviando en tantas cosas maravillosas que nos suceden y que no sabemos ya interpretar.

Pero también cuando nosotros escuchamos el evangelio es para que nos convirtamos en portavoces y signos de ese evangelio para los demás. El mundo que nos rodea también hace preguntas, desde los que no quieren que se metan con ellos, que les dejemos a su aire, que no les hagamos nuevos planteamientos, pero también podemos encontrar con quienes quieren estar en camino de búsqueda, quienes quieren dejarse sorprender por algo nuevo y distinto, pero lo terrible será que no encuentren en nosotros esos signos que tendríamos que darles.

Es una seria responsabilidad la que tenemos, es una seria tarea que tiene que hacer la iglesia; pero no pensemos en otros, no pensemos que eso tiene que venir en la iglesia desde arriba, desde la altura de los que podamos considerar como dirigentes de esa iglesia, hemos de tener en cuenta que iglesia somos todos nosotros y todos nosotros tenemos que ser ese signo, realizar esa curación de nuestro mundo.

¿Cómo estamos siendo ese signo hoy? Será quizá la pregunta que para nosotros tenemos que hacer.

lunes, 1 de septiembre de 2025

Una buena noticia que nos trae Jesús en el hoy de nuestra vida que se ha de extender como un reguero de pólvora que a todos llegue y a todos les afecte

 

Una buena noticia que no
s trae Jesús en el hoy de nuestra vida que se ha de extender como un reguero de pólvora que a todos llegue y a todos les afecte

1Tesalonicenses 4, 13-18; Salmo 95; Lucas 4, 16-30

Las noticias suelen correr como reguero de pólvora, y si son buenas noticias que nos llenan de esperanza ante la situación que vivamos mucho más; es cierto que algunas veces somos lúgubres y parece que nos gustan las malas noticias, porque enseguida les damos pábulo y pronto también nos hacemos eco y portavoces. Pero cuando estamos pasando por situaciones difíciles, por ejemplo, el que nos anuncien que aquello acabará pronto, que se van a solucionar los problemas o que encontramos un camino, aunque sea costoso, para salir de aquella ocasión, hace renacer la alegría y esperanza en nuestros corazones y pronto estaremos hablando de ello o comunicándola a cuantos nos quieran escuchar.

Jesús cuando comenzó a predicar decía que anunciaba una buena noticia – evangelio lo llamamos porque eso es su significado – y entre la gente se fue despertando la esperanza. El camino de la historia de Israel no había sido fácil, la esclavitud en Egipto, un duro desierto que atravesar en búsqueda de caminos de liberación, pero todo lo que les había costado establecerse en aquella tierra, que Dios les había prometido, con tantos incidentes a través de los siglos de su historia; ahora tampoco eran fáciles los momentos que vivían, y todo lo que anunciaba Jesús les sonaba a liberación; podían salir de aquel mundo de sombras.

Pero no siempre sabían interpretar el anuncio que Jesús les hacía. Muchas veces se quedaban solo en lo material, le llevaban a los enfermos con toda clase de enfermedades, sentían llegada la hora de la liberación que lo que significaba vivir bajo el yugo de pueblos extranjeros, y les parecía que eso eran lo inmediato. ¿Era realmente eso lo que Jesús les anunciaba?

Una buena noticia quería anunciarles Jesús y decía que estaba inundado del Espíritu de Dios para poder realizarlo. Hablaba sí de curación y de liberación, hablaba de un año jubilar, de jubilo y liberación, año de gracia porque era un regalo de Dios, año de comenzar algo nuevo y distinto. Y la curación tenía que comenzar por ellos mismos, de esos males que dejamos meter dentro de nosotros mismos que son peor que una invalidez o una lepra, liberar nuestro corazón de angustias y desesperanzas, liberarnos interiormente de esas heridas que guardamos en nuestro corazón cuando no entendemos del perdón, esas heridas que en nuestras desconfianzas hacen que estemos poniendo abismos entre nosotros, una libertad que no es hacer solo lo que queremos hacer por capricho sino para saber caminar sin dejarnos influir por nada ni por nadie fieles a nosotros mismos y fieles a ese Dios en quien creemos que es el que nos traza las sendas para nuestra vida.

De nada nos vale que no utilicemos muletas para poder caminar o nos levantemos de la camilla del enfermo, si seguimos enfermos dentro de nosotros porque ni nos perdonamos a nosotros mismos ni sabemos ofrecer el perdón de una manera generosa a los demás; de nada nos vemos liberados de una lepra, si seguimos con el corazón lleno de podredumbre porque no somos capaces de quitar malicias y resentimientos. Es la salud que Cristo viene a ofrecernos, es el regalo de libertad que quiere darnos, es la gracia de la paz que quiere sembrar en nuestros corazones.

Escuchemos en todo su sentido esta buena noticia que nos trae Jesús en este evangelio, que es para nosotros hoy anuncio de salvación para nosotros y para nuestro mundo. No nos hagamos sordos, creemos en esa buena noticia y también como un reguero de pólvora hacemos que llegue a los demás, pueda llegar a todos los hombres.