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sábado, 18 de abril de 2009

Sorprendidos por el aplomo y valentía de Pedro y Juan

Hechos, 4, 13-21
Sal. 117
Mc. 16, 9-15


‘Id al mundo entero y predicad el evangelio, anunciad esta Buena Noticia, a toda la creación’. Es la conclusión del evangelio de san Marcos. ‘Seréis mis testigos…’ hemos escuchado en el relato de los otros evangelistas. Aquí hace un envío por todo el mundo para anunciar esa Buena Noticia que tendrá por centro precisamente su resurrección.
Pero Marcos es más parco a la hora de relatarnos los hecho sucedidos en torno a la resurrección de Jesús. Lo resume en pocos versículos, apenas lo que escuchamos este año en la vigilia pascual y lo que hemos escuchado hoy.
Nos hace como un resumen. Nos habla en esta ocasión de María Magdalena que fue a anunciárselo a los discípulos pero no la creyeron. Nos habla de los dos discípulos, probablemente los que marchaban a Emaús que hemos escuchado en el relato de san Lucas, pero a los que tampoco creen. Finalmente se les aparecerá Jesús resucitado que ‘les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado’. Necesitaban como hemos escuchado en otros evangelistas que Jesús les abriese el corazón para que entendiesen las Escrituras.
Pero fijémonos también en lo escuchado en la primera lectura que viene a ser el final de todo el episodio de la curación del paralítico de la puerta Hermosa. Finalmente viéndose impotentes los sumos sacerdotes y los ancianos deciden soltar a Pedro y Juan pero prohibiéndoles que ‘vuelvan a mencionar a nadie ese nombre’, o sea prohibiéndoles hablar de Jesús. ‘Les prohibieron en absoluto predicar y enseñar en nombre de Jesús’.
Pero ya hemos visto la respuesta de los apóstoles. No puede callar aquello de lo que son testigos. ¿A quién van a obedecer? ‘¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído’. Son los testigos que no pueden callar. Son los testigos que han de anunciar esta Buena Noticia de Jesús, de que Jesús es el Salvador.
Pero es admirable la elocuencia con que hablan de Jesús. ‘Los sumos sacerdotes y los escribas estaban sorprendidos viendo el aplomo de Pedro y Juan, sabiendo que eran hombres sin letras ni instrucción…’ No necesitaban de letras, porque ellos sólo están hablando de lo que han vivido. Pero quizá no sabían aquellos sumos sacerdotes ni escribas lo que Jesús mismo les había anunciado a sus discípulos.
‘Cuando os juzguen no os preocupéis por lo que vais a decir ni cómo tenéis que hacerlo; en esa misma hora se les inspirará lo que tienen que decir. No sois vosotros los que hablarán, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará por vosotros’. Como dice en otro lugar ‘no os preocupéis para preparar vuestra defensa, el Espíritu pondrá palabras en vuestros labios…’ Allí están los llenos del Espíritu Santo. No hace muchos días lo han recibido en Pentecostés.
Algunas veces nos sentimos nosotros temerosos del testimonio que henos de dar. ¿Seremos capaces? ¿Nos acobardaremos? La valentía no es nuestra. La fuerza la tenemos en el Señor. No olvidemos que hemos recibido el don del Espíritu Santo en el sacramento de la confirmación que nos convierte en testigos, en soldados de Cristo, en apóstoles del Evangelio. No temamos, el Señor está con nosotros. Lo estuvo con los apóstoles, con los mártires de todos los tiempos, y con los cristianos que en cada momento han tenido que dar testimonio de su fe en Jesús.

viernes, 17 de abril de 2009

Echad la red a la derecha y encontraréis…

Hechos, 4, 1-12
Sal. 117
Jn. 21, 1-14

¡Cuándo aprenderemos que sólo con Jesús es como será verdaderamente eficaz aquello bueno que queremos hacer!
Por segunda vez el evangelio nos presenta una pesca infructuosa de aquellos que incluso siendo unas profesionales de la pesca y que sólo con la presencia de Jesús podrá volverse su trabajo totalmente fructífero. En la otra ocasión Pedro de entrada se resistió porque se había pasado la noche sin coger nada pero luego habrá echado la red en nombre de Jesús.
En esta ocasión están reunidos en Galilea como Jesús les había indicado y, aunque ya habían abandonado la barca y la redes para seguir a Jesús, ahora que Jesús no está y aunque ya habían tenido alguna experiencia de resurrección, sin embargo deciden aquella noche ir también a pescar. El evangelista nos detalla bien el hecho, nos da relación de los que aquella noche se fueron con Pedro al lago a pescar: ‘Pedro, Tomás, Natanael, el de Caná de Galilea, los Zebedeos, Santiago y Juan, y otros dos discípulos’.
‘Me voy a pescar…’ dice Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, dicen los demás. ‘Salieron, se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada’. La misma experiencia. Jesús no está con ellos en la barca, aunque allá en el amanecer sí estaba en la orilla, pero ellos no lo reconocen. ‘No saben que era Jesús… Muchachos, ¿tenéis pescado?... echad la red a la derecha de la barca y encontraréis…’ Sucede lo mismo que la vez anterior.
Será ahora el discípulo amado el que le dice a Pedro ‘Es el Señor’. Ya sabemos cómo Pedro salta al agua porque se le haría largo el tiempo y la distancia para llegar a los pies de Jesús. En la otra ocasión había exclamado: ‘¡Apártate de mí que soy un hombre pecador!’. Ahora corre para llegar hasta los pies de Jesús. Los demás llegaron remolcando la red. Jesús les tenía preparado sobre unas brasas pescado y pan. ‘Vamos, almorzad’.
Los santos Padres ven en esta segunda pesca milagrosa una imagen de la Iglesia. Esa red repleta de toda clase de peces. Unos pescadores que por la presencia y la fuerza del Espíritu de Jesús llevan adelante su misión. En la otra pesca Jesús les había dicho que los haría pescadores de hombres. Una iglesia que camina guiada por la presencia de Jesús en medio de ella y con la fuerza de su Espíritu. Es Cristo el que suscita en nuestro corazón lo bueno que tenemos que hacer y sin El nada podemos hacer. Es Cristo el que se hace presente en los pastores y por la fuerza del Espíritu va dando fecundidad a toda la acción pastoral.
Tenemos que aprender algo que creo que es importante. Solos, sin Cristo nada somos ni nada podemos hacer porque es su obra. Unidos a El, sintiéndole en nuestro corazón, presente en nuestra vida iremos realizando toda esa buena labor que hemos de hacer. Cristo se hace presente y nos habla, y nos señala el camino, y nos alimenta. Ese pan y ese pescado sobre las brasas es símbolo de la Eucaristía que nos fortalece y nos alimenta.
La Iglesia no puede vivir sin Eucaristía. El cristiano tiene que alimentarse en todo momento de Cristo Eucaristía.

jueves, 16 de abril de 2009

Les abrió el entendimiento para entender las Escrituras

Hechos, 3, 11-26
Sal. 8
Lc. 24, 35-48


‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
Una vez más vemos al mismo Jesús explicarlo. Lo había anunciado y no lo habían entendido. Se los explicaba a los discípulos que marchaban a Emaús. ‘Le explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’. Y ahora nos dice el evangelista que ‘les abría el entendimiento para comprender las Escrituras’.
Lo que hemos escuchado hoy es lo que nos narra Lucas como sucedido cronológicamente a continuación del regreso de los discípulo de Emaús. ‘Estaban hablando de estas cosas… contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan… cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros’. Miedo, sorpresa, atónitos no se lo creen, llenos de alegría… ¿será un sueño? Era una realidad, Jesús estaba en medio de ellos. Era El, no un fantasma, ahí están sus manos y sus pies con las señales de los clavos, pide comida, le ofrecen un trozo de pez asado, comió delante de ellos…
‘Vosotros sois testigos de esto’. Escuchamos en los Hechos de los Apóstoles a Pedro dando testimonio. Un paralítico les ha tendido la mano pidiendo limosna a la entrada del templo por la puerta Hermosa. ‘No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo…’ ¿Qué le va a ofrecer Pedro si no tiene para dar una limosna? Su fe en Jesús resucitado. ‘En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. En nombre de Jesús, el Nazareno como todos lo conocen, pero Jesús que es el Cristo, el Ungido de Dios, el Mesías. Un día Pedro había dicho: ‘En tu nombre echaré las redes…’ y la redada de peces fue muy grande. Ahora en nombre de Jesús levanta a aquel paralítico. ‘Echa a andar… levántate y anda’, como había dicho Jesús en tantas ocasiones.
Y Pedro da testimonio ante todos anunciando a Jesús. ‘Matásteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos. Como éste que ven aquí y que conocéis – todos conocían al paralítico curado porque lo veían todos los días pidiendo limosna a la entrada del templo -, ha creído en su nombre y su nombre le ha dado vigor; su fe le ha restituido completamente la salud, a vista de todos vosotros’.
Es Jesús quien nos salva. Necesitamos tener fe en El. A El acudimos desde nuestra vida y con nuestra vida. A El acudimos con nuestra necesidad y nuestro mal. A El acudimos con nuestro pecado y ansiosos de gracia y de perdón. Acudimos a El para que nos abra el corazón para comprender las Escrituras.
Contemplamos a Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte. Que El nos levante de la muerte de nuestro pecado. Que no nos ahogue la tiniebla de la tentación y del pecado que nos acecha. Que no nos enturbien la mente nuestras dudas y complejos. Que sintamos esa mano que nos levanta y nos llena de vida. Que nos iluminemos con su luz. Que se nos abra el corazón y entendamos las Escrituras. Que nos llenemos de su paz y de su alegría.

miércoles, 15 de abril de 2009

Camina a nuestro lado y no lo reconocemos

Hechos, 3, 1-10
Sal. 104
Lc. 24, 13-35


‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron preocupados…’ dice el evangelista a la pregunta que les hace el extraño caminante que se les ha unido.
Se sienten tan frustrados y desesperanzados que sus ojos estaban ciegos. Sólo piensan en pasado mientras no caen en la cuenta de lo hermoso del momento presente.
‘¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?’ ‘Ha pasado… fue un profeta poderoso en obras y palabras… nosotros esperábamos… les habían dicho… no encontraron su cuerpo… las mujeres vinieron contando que habían visto…’ Hablan de Jesús en pasado pero no ven el momento presente. La muerte de Jesús les había llenado la vida de sombras y todavía ellos no habían visto la luz de la resurrección.
Y Jesús estaba con ellos como con nosotros tantas veces cuando en el camino de la vida nos sentimos desalentados, las cosas no nos salen como nosotros quisiéramos, recibimos desaires que nos hieren y hacen sentir mal. También nosotros nos cegamos y nos cuesta ver esa presencia de Jesús.
Hubo una cosa buena en aquellos caminantes de Emaús. A pesar del estado de ánimo se dejaron enseñar por Jesús. Casi sin darse cuenta ellos, una vez que desahogaron sus penas y tristezas, Jesús tomó la palabra y comenzó a enseñarles. Ellos, como dirían luego, le escuchaban a gusto y les ardía el corazón. ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’
Jesús les explicaba el sentido de las cosas que a ellos hasta ese momento tanto les había costado aceptar y comprender. ‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’.
Escuchando la Palabra de Jesús el corazón se les fue abriendo hasta que surge el gesto generoso de la hospitalidad. ‘Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’… se hace de noche si tú no estás con nosotros, y no queremos perder tu luz, es como si le dijeran.
Será entonces sentados a la mesa del amor y la hospitalidad cuando al partir el par lo reconocieron. ‘Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Aunque luego ya sus ojos no lo verán, saltarán de alegría porque Jesús estuvo con ellos. Ya tenían luz en el corazón y no importaba lo oscuro del camino para volver a Jerusalén. ‘Les contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.
Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús en cualquiera que sea la situación de nuestra vida en que nos encontremos. Dejarnos encontrar y escucharle. Dejarnos llenar de luz. Dejar que se caldee de nuevo nuestro corazón. Reconocerle en lo hondo del corazón y reconocerle en la fracción del pan. Muchas oscuridades desaparecerán de nuestra vida.

martes, 14 de abril de 2009

Jesús nos llama por nuestro nombre

Hechos, 2, 36-41
Sal. 32
Jn. 20, 11-18

Necesitamos oír la Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Como María Magdalena hoy en el evangelio.
La Palabra que escuchamos no puede quedarse en una palabra fría y ritual, ni en una palabra teórica, sino que tiene que ser siempre una palabra viva que llegue a nuestra vida. En sí misma eso es siempre la Palabra que el Señor nos dirige; por eso es tan importante la actitud con que nosotros la acogemos, los oídos, podríamos decir, con que la escuchemos. No vamos a ella como quien simplemente va a aprender cosas, ni podemos ponernos en la distancia con una cierta actitud de reserva ante lo que nos vayamos a encontrar, ni como quien ya se la sabe y la conoce y nada nuevo nos va a decir.
Tenemos que sentirla como una Palabra que el Señor nos dirige en nuestra vida concreta personal y comunitariamente recibida. Se dirige a cada uno personalmente en su vida pero también es la Palabra que Dios dice al pueblo creyente. Algunos, cuando se sienten interpelados por la Palabra, porque quizá el comentario o reflexión del sacerdote no toca de manera directa, piensan ‘eso lo está diciendo por mí’. Pero es que siempre tendríamos que decir eso mismo ‘el Señor lo dice por mí’.
Lo vemos hoy en María Magdalena en el texto proclamado en el Evangelio. Allí está llorosa, llena de dudas y desconsuelos, buscando dónde está el cuerpo de Jesús. Eso la ha confundido de manera que no llega en principio a reconocer la presencia de Jesús, confundiéndolo con el encargado del huerto. Pero, cuando escucha su nombre en labios de Jesús, lo reconoce. ‘María’, le dice Jesús. ‘Rabboni (Maestro)’ exclama ella tirándose a su pies.
La veremos ir luego gozosa a contar a los discípulos su encuentro con Jesús. ‘He visto al Señor y me ha dicho esto’, les cuenta. Si vida cambia al escuchar esa Palabra directa de Jesús que llega a su corazón. Lo que decíamos al principio: necesitamos oír la Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre.
Lo mismo es lo que sucede en lo que hemos escuchado en los Hechos de los Apóstoles. El texto es continuación literal del escuchado ayer, porque vamos a seguir haciendo una lectura continuada a través de todo el tiempo pascual. Pedro les ha hablado de Jesús: ‘Escuchadme, israelitas: os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros…’ Y hoy le hemos escuchado concluir. ‘Todo Israel esté cierto de que el mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Fue una palabra que llegó a lo hondo de aquellos que le escuchaban. ‘Estas palabras les traspasaron el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás discípulos: ¿Qué tenemos que hacer hermanos?’ Y ya conocemos la respuesta de Pedro: ‘convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo, para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo…’
Convertirse, creer en Jesús. Aceptar que Jesús es el Mesías de Dios, el Hijo de Dios que se ha entregado a la muerte para salvarnos, que es el Señor que vive y está en medio de nosotros.
Convertirnos, creer en El y unirnos a El. Por eso, recibir el Bautismo, que es esa participación en el misterio de Cristo que nos une a El, que es participar en su muerte y su resurrección.
Es la Palabra viva que llega a nuestro corazón y nos da vida. Nos da vida porque nos hace partícipes de la vida de Dios. Nos une a Jesús. Una Palabra que se dirige a cada uno y nos llama por nuestro nombre, porque para nosotros, para mi, es esa salvación que Jesús nos ha ganado. Escuchémosle.

lunes, 13 de abril de 2009

Testigos con valentía de Cristo resucitado frente a un mundo que no cree

Hechos, 2, 14. 22-32
Sal. 15
Mt. 28, 8-15

Seguimos disfrutando de ls mieles de la Pascua. Vivimos la misma alegría de domingo de la resurrección que se va a prolongar de manera especial durante todo lo que es la octava de la Pascua, que es como seguir celebrando lo mismo que el primer día en un día grande que se prolonga ocho días.
Hoy nos encontramos en la Palabra proclamada dos posturas o actitudes contrapuestas en los testigos de la resurrección del Señor, que bien pudieran reflejar actitudes y posturas que nos seguimos encontrando hoy.
Por una parte, aquellos que fueron testigos directos del momento en que se corrió la piedra de la entrada del sepulcro, los guardianes que se habían puesto, y a los que hicieron callar con sobornos para que no se manifestaran como tales testigos. Por otro lado, el testimonio valiente y claro de Pedro y los otros discípulos manifestándose sin ningun temor como testigos de Cristo resucitado.
Hemos escuchado a Pedro en su discurso del día de Pentecostés que habla directamente de Jesús. 'Escuchadme, israelitas: os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros...' Estaba hablando ante quienes crucificaron a Jesús. 'Vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz...' No era fácil decirlo. Ya incluso antes incluso habían prohibido hablar de Jesús o manifestarse como su seguidor con la amenaza de ser expulsado de la sinagoga.
Podemos recordar el hecho de la curación del ciego de nacimiento en las calles de Jerusalén. Los padres del ciego no habían querido dar testimonio sobre quién había curado a su hijo. 'Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo ve ahora, no lo sabemos... preguntádselo a él, que es mayor, y puede explicarse'. Y comenta el evangelista: 'Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como Mesías'.
Más tarde nos contarán los Hechos de los Apóstoles, como tendremos oportunidad de escuchar en este tiempo de Pascua, que les prohibían formalmente hablar de Jesús, pero los apóstoles respondían que 'no podemos callar lo que hemos visto y oído... tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres'.
Ahora Pedro habla directamente de Jesús, como hemos escuchado. 'Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio... Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos...'
En el evangelio veremos la alegría de aquellas 'mujeres que se marcharon a toda prisa del sepulcro e impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos'. El sepulcro estaba vacío y los ángeles les habían anunciado la resurrección. Pero es Cristo quien les sale al encuentro. 'Alegráos... no tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán'.
Nosotros hemos de manifestarnos así valientemente como testigos de la resurrección del Señor. Aunque el mundo que nos rodea no nos entienda o esté en otras cosas. Porque muchos no lo terminan de entender ni lo creen. A muchos incluso les puede sonar raro que nosotros nos felicitemos en estos días.
Me sucedió ayer al ir a comprar el pan. Tras el saludo les felicité porque estamos en la resurrección del Señor. Una persona me miró y me dijo, sí es verdad es el día de resurrección, pero la otra persona se quedó callada mirándome como si no entendiera lo que le decía.
No es noticia para nuestros medios de comunicación que estemos celebrando la resurrección del Señor. Noticia serán en estos días las procesiones de los coches que regresan de las vacaciones con las largas y kilmétricas colas en carreteras y autopistas; noticia son los accidentes de tráfico y sus muertos o la lluvia que aguó las vacaciones a muchos. Pero no será noticia de primera página que celebramos la resurrección del Señor, porque creemos en El.
Frente a este mundo tenemos que seguir siendo testigos de una fe y de una esperanza, que para nosotros nace en la resurrección del Señor.

domingo, 12 de abril de 2009

Proclamemos nuestra fe en Cristo resucitado




DOMINGO DE RESURRECCION
Hechos, 10, 34.37-43
Sal. 117
1Cor. 5, 6-8
Jn. 20, 1-9


‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’. Es el canto de la Pascua. Este es el día. Nuestra alegría, nuestro gozo. Cristo ha resucitado. Actuó el Señor. Llega la vida y la salvación. Todo es fiesta. Nos gozamos en el Señor.
Nuestra esperanza se ha cumplido. Nos sentamos a la sombra de la cruz a la puerta del sepulcro, pero con la esperanza de la vida. Y la Vida nos ha inundado. Cristo ha resucitado. El gozo de Cristo resucitado llena nuestro corazón y lo hace rebosar. Anoche, en el amanecer del día primero, estalló la luz y la vida nos inundó. Hoy lo seguimos celebrando con toda solemnidad y quisiéramos contagiar a nuestro mundo de tanta felicidad y alegría.
Como Pedro, en lo que escuchamos en la primera lectura, nosotros somos testigos. Estamos llamados a dar testimonio ante el mundo de que Cristo vive. No podemos permanecer en las sombras ni en las tinieblas de la muerte y no podemos permitir que el mundo siga en sus tinieblas. Por eso la certeza que tenemos en el corazón hemos de trasmitirla. Lo hacemos con nuestra voz y nuestras palabras, con nuestros cantos de alegría y con toda la fiesta que hacemos, pero tenemos que hacerlo con toda nuestra vida.
Por una parte fijémonos en el evangelio hoy proclamado – luego lo haremos también en la carta de san Pablo – para que veamos lo que tenemos que hacer y las actitudes que tenemos que dejar atrás, que quitar. Mientras los discípulos no estaban convencidos de que Cristo había resucitado, todo era oscuro, todo eran elucubraciones y desconfianzas, todo era ceguera y sospechas.
Maria Magdalena iba a llorar al sepulcro y dice el evangelista, como un síntoma, que era oscuro. Al ver corrida la piedra de la entrada del sepulcro y no está el cuerpo muerto de Jesús allí, todo fue desconfianza y sospecha. ‘Se han llevado el cuerpo de Jesús y no sabemos donde lo han puesto’. Más tarde María Magdalena, que aun seguía llorando a Jesús muerto, diría al que creía el hortelano ‘Si tu te has llevado el cuerpo de Jesús, dime donde lo has puesto’. Corre ahora a comunicarlo a Pedro y a Juan que también corren al sepulcro a comprobar lo que Magdalena les dice. Mañana de carreras llamo yo a esta mañana. Sólo ven las vendas por el suelo y el sudario enrollado aparte.
Cuando se les encienda la luz de la fe todo será distinto. Es Juan el primero. Aunque había llegado antes que Pedro no había entrado; ‘entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó’. Y comenta el evangelista. ‘Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que el había de resucitar de entre los muertos’.
La fe todo lo ilumina. Como tenemos nosotros que dejarnos también iluminar por la fe. Por eso hoy para nosotros todo es luz. Todo es vida. Y toda esa fe tiene que manifestarse en nosotros en una vida nueva, en unas actitudes nuevas, en una nueva luminosidad en nuestra vida para verlo todo distinto y con una confianza nueva.
Por eso san Pablo nos invitaba a quitar la levadura vieja de nosotros, de la corrupción y de la maldad, porque tenemos que ser una masa nueva. No podemos dejar fermentar lo malo en nosotros. ‘Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual, Cristo’.
Si Cristo fue inmolado y lo contemplamos ahora resucitado ya todo el mal ha sido vencido, la muerte ha sido derrotada. El es ‘el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida’, como cantamos en el prefacio pascual. Somos los hombres nuevos. Restaurados con la muerte y la resurrección de Cristo. Por el Bautismo nos hemos unido a El en una muerte como la suya para que así andemos en una vida nueva, como nos enseña san Pablo. ‘En la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida, y en su resurrección hemos resucitado todos’, como decimos en otro de los prefacios de Pascua.
Creo que los cristianos tenemos que despertar nuestra fe en la resurrección de Cristo. No sé si todos los que llevamos el nombre de cristianos tenemos bien clara esa certeza que se convierte en el meollo, en el centro de nuestra fe. Porque creer en la resurrección de Jesús nos hace vivir una vida nueva y distinta porque con Cristo nos sentimos renacidos a una vida nueva, y además eso nos da una trascendencia distinta a toda nuestra existencia.
Estamos llamados a la resurrección. Es un artículo de nuestra fe. Creemos en la resurrección de los muertos y en la vida futura, en la vida eterna junto a Dios. Y muchos viven como si no creyeran en esa vida futura y en esa resurrección. Aunque lo recitemos en el credo de nuestra fe, no lo llevamos a la práctica, podemos decir, en hoy de nuestra vida de cada día. Y para muchos la muerte es el final irremediable y fatal tras la cual no hay esperanza de ninguna otra vida. Y así se nos cae por la base todo el edificio de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.
Por eso al celebrar hoy a Cristo resucitado y proclamarlo ante el mundo, tenemos que hacer renacer esa fe y esa esperanza en nuestro corazón y en el corazón y la vida de todos los hombres, de toda la humanidad. Es una consecuencia de nuestra confesión de fe en la resurrección de Jesús.
‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’.

sábado, 11 de abril de 2009

Ha resucitado… va delante de vosotros a Galilea


VIGILIA PASCUAL DE LA RESURRECIÓN

Rom. 6, 3-11; Mc. 16, 1-7


Con la esperanza por los suelos muy preocupadas iban las mujeres al sepulcro en aquel amanecer del primer día de la semana que tan importante y trascendental iba a ser. Su primera preocupación era ‘¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?’ Pero ‘la piedra estaba corrida , y eso que era muy grande’.
‘¿A quién buscáis?’
les pregunta el joven que ven ‘sentado a la derecha vestido de blanco’, como Jesús había preguntado a los que venían a prenderle en la noche del jueves. ‘No os asustéis. - ¡Cómo no iban a asustarse por la sorpresa de lo que encontraban! - ¿Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron’.
Se preocupaban de un cuerpo muerto que había que embalsamar debidamente porque en la tarde del viernes con las prisas de la pascua que comenzaba no lo hicieron como correspondía. Pero no estaba allí. Quienes iban sin esperanza ven renacer una luz en su corazón y su vida. ‘Ha resucitado’. Han de anunciarlo y ellas y los discípulos han de ponerse en camino. ‘Id a decir a sus discípulos y a Pedro: El va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo’, es el anuncio y encargo que les hace el ángel.
¿A quién buscamos? ¿A quién hemos esperando en esta noche, en esta vigilia orante? ¿A un crucificado? A un crucificado que ahora vive. Ha resucitado y es el Señor. Ya de ahora en adelante no será simplemente el Maestro sino que ya para siempre lo proclamaremos el Señor. ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías resucitándolo de entre los muerto por la gloria del Padre’, dirá Pedro en su primer discurso después de Pentecostés. Es el Señor queremos proclamar esta noche y para siempre con toda nuestra vida muy alto dando testimonio delante de los hombres. Es el Señor. Ha resucitado el Señor.
También nos ponemos en camino, porque queremos seguirle. Somos los discípulos que queremos correr a su encuentro. Tantas veces nos hemos llenado de dudas y nuestra esperanza también ha estado por los suelos. Pero queremos gritar bien fuerte esta noche. Que todo el mundo se entera de esta verdad para nosotros incuestionable. Ha resucitado el Señor y queremos resucitar con El.
Nos lo ha repetido san Pablo. Cristo ha resucitado y nosotros hemos de resucitar con El. Nuestra fe vuelve a llenarnos de vida, a hacerse viva, en la contemplación de Cristo resucitado. Nuestra esperanza renace de nuevo y pareciera que nuestra vida reverdece y se llena de flores en una nueva primavera. Que hermosos son los campos en la primavera cuando todo se llena de flores y de color. Ya no tiene que haber muerte en nosotros. Tenemos que llenarnos de vida y de vida para siempre con Cristo resucitado.
San Pablo nos ha hablado de que ‘si con Cristo hemos sido sepultados en su muerte, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria de Dios Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva’. Si en la tarde del viernes al contemplar a Cristo crucificado allí estábamos nosotros con nuestra muerte, con nuestra vida llena de muerte en nuestros sufrimientos, en nuestras angustias, en nuestro pecado, todo eso ‘ha quedado sepultado con Cristo para con Cristo renacer a una vida nueva.’
‘Nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores… libres de la esclavitud del pecado… absueltos del pecado’. Somos el hombre nuevo de la gracia. Somos los resucitados con Cristo. Lejos de nosotros ya para siempre el pecado. Todo tiene que ser vida.
Por eso nuestra alegría esta noche. Todo tiene que ser fiesta. ¿No estará lleno de alegría y hará fiesta el esclavo que ve caer las cadenas de su esclavitud para ser libre para siempre? Así nosotros. Así tenemos que cantar nuestra alegría – y no me canso de repetirlo – porque Cristo ha resucitado y nos lleva con El también a la resurrección.
Nos ponemos nuevamente en camino – ese camino que habíamos dejado a causa de nuestro pecado – porque queremos seguirle y vivirle pero también queremos anunciarle a los hermanos. El ángel les encomienda a las mujeres que vayan a llevarle la noticia al grupo de los discípulos que aún se sienten en las tinieblas de la muerte porque no saben que Cristo ha resucitado.’Id y decir a Pedro y los discípulos…’ Han de ir a Galilea, aquella Galilea donde habían hecho la vida hasta entonces, y Jesús irá delante de ellos y allí se les dejará ver.
También nosotros tenemos que hacer el camino, ir a la Galilea donde hacemos nuestra vida y a la Galilea de nuestro mundo, para que todos los vean, lo reconozcan y crean en El. Esa humanidad que contemplábamos junto a la cruz de Jesús tan llena de muerte ha de conocer a Cristo resucitado. Hay esperanza para todos.
Nuestro mundo necesita esperanza y necesita vida. Muchos signos de muerte vemos a nuestro alrededor en una humanidad desorientada, llena de dolor y sufrimiento, agobiada por las angustias de cada día en las crisis y los problemas que padecemos, llena de muerte porque ha perdido la fe y en consecuencia la esperanza.
Y tenemos que decirle que sí, que hay esperanza, que es posible un mundo nuevo y distinto. Que Cristo está con nosotros vivo y quiere llenarnos de vida. Que le contemplábamos en la cruz solidario con nuestros sufrimientos y nuestros males y El quiere levantarnos de ese sepulcro de muerte en el que hemos metido nuestra vida. Que está señalándonos el camino. Un camino que no puede ser otro que el de el amor y la solidaridad. El amor nos redimió y el amor nos hace vencer toda esa muerte que amenaza a nuestro mundo.
Pero tenemos que ser nosotros, los que creemos en Cristo, los que esta noche cantamos a Cristo resucitado los primeros que vayamos dando ejemplo de amor y solidaridad. Si nos amamos es que resucitó, como decimos en un canto pascual. Es nuestro compromiso en esta fiesta grande de Cristo resucitado que estamos celebrando. Porque queremos que todos participen de esta fiesta y de esta alegría, nuestro anuncio tiene que ir desde el amor y con amor.
‘¿Buscáis a Jesús el crucificado?’ No está aquí en el sepulcro. Ha resucitado. Allí donde hay amor de verdad lo vamos a encontrar. Resucitemos con El. Hagamos resucitar a nuestro mundo. Aleluya.

viernes, 10 de abril de 2009

Se convirtió en causa de salvación eterna para todos


Is. 52, 13-53, 12;

Sal. 30;

Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9;

Jn. 18, 1-19,42



‘¿A quien buscáis?’ Fue la pregunta con que Jesús les salió al paso en el huerto de los Olivos a quienes venían a prenderle.
‘¿A quién buscáis?’ Puede ser la pregunta que se nos haga, que nos hagamos, a los que venimos en esta tarde a esta celebración. ¿Qué es lo que buscamos o a quién buscamos?
La Iglesia hoy en su liturgia nos invita y nos dice: ‘Mirad el árbol de la cruz…’ La Cruz está hoy en el centro de toda nuestra celebración litúrgica. Hacia la cruz tenemos mirar sin miedo ni temor. Con todo lo que significa de pasión y de muerte. Pero con todo lo que significa para nosotros de vida y salvación.
‘Mirad el árbol de la cruz donde estuvo colgada la salvación del mundo’, termina diciéndonos la invitación litúrgica. Miramos a la cruz porque miramos al que en ella estuvo clavado. No nos quedamos simplemente en el madero. Miramos a la cruz porque miramos a quien es nuestra salvación. Eso lo sabemos ya por nuestra fe.
Pero con lo primero que tropiezan nuestros ojos cuando miramos a la cruz es con dolor y muerte. ‘Muchos se espantarán de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano… lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres… como un hombre de dolores ante el cual se vuelven los rostros…’ No puede tener otro aspecto quien ha pasado por todo el tormento de lo que fue la pasión que sufrió Jesús en su camino hasta llegar a ser clavado en la cruz. ‘Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y escapan de mí…’ que rezamos en el salmo.
Hay gente que no le gusta mirar a la cruz. ¿Le repugna o le tienen miedo? Recuerdo en una ocasión que una madre quería evitar hablar a su niño pequeño del dolor de Cristo crucificado porque decía que eran imágenes crueles que podían herir la sensibilidad de su hijo. No entro ni salgo en los criterios de aquella madre en la educación de su hijo. Pero ¿no será el reflejo de lo que en el fondo nos sucede a nosotros porque no queremos reconocer la parte que tenemos o podemos tener en esos sufrimientos de Jesús en la cruz?
El profeta nos ha dicho en el cántico del Siervo de Yavé: ‘El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes… el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes…’
Allí en la cruz de Jesús está nuestra vida: la vida, el dolor, el sufrimiento de toda la humanidad. Está nuestro pecado que El quiere expiar y del que quiere liberarnos. Pero está el dolor y el sufrimiento de todos los hombres, del que El quiere hacerse solidario. ‘Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, y él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores’.
Pero, ¿en la raíz de todo ese dolor y sufrimiento de toda la humanidad no estará también nuestro pecado? Es nuestra maldad, nuestra injusticia o nuestra insolidaridad, nuestros egoísmos y nuestros orgullos que discriminan, que nos hacen insensibles, que nos aíslan porque no queremos saber del dolor de los otros.
Pero Cristo se hace solidarios con todos. Cristo quiere que cuando le miremos a El traspasado en la Cruz por el sufrimiento aprendamos a mirar el sufrimiento, la soledad, la angustia de los demás para que también los hagamos nuestros. Cristo solo, clavado en lo alto de la cruz entre el cielo y la tierra quiere tenernos junto a sí con nuestros dolores, sufrimientos, soledades, angustias pero también con nuestro pecado. Ahí quiere El salvarnos, liberarnos de todo ese mal que llevamos dentro de nosotros, hacernos un hombre nuevo lleno de vida y llenos de un amor nuevo porque nos dignifica, porque dignifica también a toda la humanidad con su salvación ganada en la cruz. ‘Llevado a la consumación se ha convertido en autor de salvación eterna’.
Miramos el árbol de la cruz y ya no nos repugna tanto porque al mirar a Cristo nos vemos a nosotros, nos reconocemos a nosotros.
Miramos el árbol de la cruz y ya vislumbramos vida y salvación que es lo que Cristo nos ganó, nos regaló al derramar su sangre, al dar su vida por nosotros.
Miramos al árbol de la cruz y a su sombra queremos acogernos para que su sangre caiga sobre nosotros, cure nuestras heridas, lave nuestras manchas, nos redima de nuestros pecados, siembre en nosotros la vida nueva de la gracia.
Quedémonos hoy contemplando en silencio la Cruz y a Cristo clavado en ella. Veamos en su muerte la semilla de la vida y de la resurrección. Es el grano de trigo que cae en tierra y muere, pero muere para que resurja la vida. Muere Cristo para danos vida, para darnos su salvación.
Es un día hoy para quedarnos a la sombra de la cruz, sentados junto a la entrada del sepulcro en la espera de la resurrección. Es lo que la iglesia quiere que hagamos desde que termina esta tarde la celebración de la muerte de Cristo hasta que en la madrugada del día primero resucite la vida, resucite Cristo glorioso saliendo victorioso del sepulcro. Es la esperanza que queda en nuestro corazón tras la contemplación de la cruz de cristo y de la celebración de su muerte.
‘¿A quién buscáis?’ ¿A quién buscamos? ‘A Jesús Nazareno’, el crucificado, el que en la mañana del domingo ya no encontraremos en el sepulcro porque ha resucitado, como le dirán los ángeles a las mujeres que irán muy de mañana al sepulcro. Porque es el Señor. Porque es el Hijo de Dios . Porque es nuestra vida y salvación.

jueves, 9 de abril de 2009

El signo (sacramento) del amor más grande


Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn. 13, 1-15

Hay momentos que se viven con una especial intensidad, en los que se manifiestan los sentimientos más profundos del corazón y donde sale a flote aquello que llevamos en lo más profundo de nuestra vida y que ha sido como el motor, la motivación más honda de nuestro actuar y nuestro existir. Son momentos de entrega sin límites, donde nada se reserva uno para sí mismo, sino que todo es la donación más grande e intensa de nuestro ser.
Así podemos ver y palpar hoy lo que sucedía en aquella especial cena pascual en aquella memorable tarde de Jerusalén. Momentos de mucha intensidad, de mucho amor. ‘He deseado enormemente comer esta pascua con vosotros’, les dice Jesús según nos cuenta san Lucas, ‘porque les aseguro que ya no la volveré a celebrar hasta que sea la nueva y eterna Pascua en el Reino de Dios’.
Y así era. Comenzaba una nueva Pascua. La definitiva y eterna. El Reino nuevo anunciado por Jesús llegaba a su momento culminante con la entrega de Jesús. Por eso sucedieron tantas cosas en aquella cena pascual. No era ya la celebración de la pascua de la salida y liberación de Egipto, aunque ese era el rito en medio del cual se estaba celebrando aquella cena. Algo nuevo estaba comenzando. Había llegado la Hora. La hora del amor, la hora de la entrega sin límites. ‘Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…’
Era el día del amor y parecía que había prisa para manifestar todo lo que era ese amor. Los gestos y los signos se van sucediendo. Todo era una manifestación de amor. Un amor que quedaba allí palpable y visible de muchas formas para que nosotros aprendiéramos a amar, para que nosotros comenzáramos a amar de la misma manera. Será el amor que es nuestro distintivo: ‘en eso conocerán que sois discípulos míos’, había dicho Jesús. Será el amor nuevo que tiene que expresar nuestra fe y nuestra entrega. Será el amor nuevo que manifiesta que nosotros hemos entrado ya de una vez para siempre en la órbita del Reino eterno de Dios. Es el amor de la Alianza nueva y eterna del Cuerpo entregado y de la Sangre derramada.
Se quita el manto y se ciñe la toalla, Jesús comienza a lavar los pies de los discípulos. Asombro, sorpresa. El Maestro está a los pies de los discípulos en el oficio de los esclavos, lavar los pies a los huéspedes e invitados que se sientan a la mesa. ‘No me lavarás los pies tú a mí’ porque tú no eres mi esclavo sino el Maestro y el Señor, se atreve a oponerse Pedro. ‘No tendrás parte conmigo… ya lo entenderás más tarde’, le dice Jesús.
‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?’ ¿recordáis lo que os decía cuando os peleabais por los primeros puestos? ‘Si yo el Maestro y el Señor – así me llamáis, ¿no? – os he lavado los pies…’ ya sabéis lo que tenéis que hacer, ‘tambien vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros’.
Es una forma concreta y hasta plástica de decirnos y enseñarnos cuál sería su principal mandamiento, tan principal que sería nuestro distintivo: ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado’.
Es el día del amor. Esto no ha hecho sino comenzar. Llegará a su plenitud cuando mañana le veamos en lo alto de la cruz. Pero antes quiere dejarnos el gran signo de su entrega, sacramento de su presencia y de su redención para siempre, sacramento que es vida para nosotros y que alimentará nuestra fe, y que tenemos que repetir en memoria suya a través de los siglos, que será el memorial permanente de su pasión, muerte y resurrección.
Nos lo cuenta hoy san Pablo como una tradición que él a su vez también ha recibido. ‘En la noche en que lo iban a entregar…' Dentro de poco en Getssemaní se iba a consumar esa entrega. Pero El quiere decirnos que no lo entregan sino que El se entrega. Nos dará su Pan que es su Cuerpo entregado. Nos dará la Copa que será la Copa de la Alianza nueva y eterna en su Sangre derramada. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… éste es el Cáliz de la Nueva Alianza sellada con mi Sangre… cada vez que lo comáis… cada vez que lo bebáis, hacedlo en memoria mía’. Por eso, cada vez que comemos de este Pan y bebemos de este Cáliz anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
Es el día del amor, de la entrega, de la Eucaristía, del Sacerdocio de la Nueva Alianza. Son momentos de especial intensidad para nosotros también. Cristo está aquí en medio nuestro en su entrega y en su amor. Es el memorial de nuestra redención. Aquí se está actualizando, haciendo presente en esta tarde todo el Misterio de la Redención de Cristo.
Aquí estamos sintiéndonos nosotros también rebosantes de amor. Nos contagiamos de su amor. Nos dejamos empapar e inundar por su amor. Queremos también nosotros comenzar a amar con un amor nuevo. No perdamos la intensidad de lo que estamos viviendo y que crezca más y más nuestro amor.
El Sacerdote se postrará en el suelo para repetir el gesto de Jesús de lavar los pies. Es Cristo mismo que está entre nosotros. No es sólo el sacerdote, somos nosotros, todos, los que tenemos también que abajarnos, postrarnos para comenzar a amar con un amor como el de Jesús. Es nuestro compromiso de amor nuevo. Es lo que tiene que ser nuestra vida de ahora en adelante. Tenemos tanta oportunidad de hacerlo cada día. No nos quedemos sentados e insensibles ante el hermano que pasa a nuestro lado. Ciñámonos también la toalla del servicio y del amor. Jesús nos ha dado ejemplo. ¿Qué vamos a hacer nosotros?

miércoles, 8 de abril de 2009

Decir al abatido una palabra de aliento

Is. 50, 4-9
Sal. 68
Mt. 26, 14-25
‘El Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decirle al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados…’
Dios capacita al siervo de Yavé para su misión de consolador de los afligidos. Saber escuchar y saber decir una palabra de aliento. Una hermosa sabiduría. Repartir esperanza, ser consuelo para los que sufren, tener la palabra de ánimo oportuna, saber hacernos todo oídos para el que sufre… hermosa tarea. Hermoso corazón.
No es fácil a veces aprender esta sabiduría. Por eso habla de iniciado, de los que están entrenados para saber escuchar, para saber decir la palabra sabia, consoladora y oportuna en cada momento. Decíamos antes hermoso corazón el de quien sabe hacerlo. Sólo sabrán hacerlo los que tienen un gran corazón, un corazón compasivo y misericordioso, un corazón hecho de amor.
¿Quién mejor puede consolar al afligido que aquel que ha padecido en su carne esos mismos sufrimientos? El que sabe lo que es el dolor y el sufrimiento, porque lo ha pasado en su carne, en su vida es el que mejor preparado está para consolar, para escuchar, para dar esperanza. Quien en su sufrimiento se ha visto consolado, ha aprendido también la lección para aprender a su vez a consolar al otro.
Cristo es el Pontífice compasivo y fiel, porque, dice la Escritura, aprendió, sufriendo, a obedecer. Cargó sobre sí nuestros crímenes y pecados que lo hicieron pasar por el sufrimiento de la pasión, de la cruz y de la muerte. Es el que mejor puede consolarnos, animarnos, decirnos una palabra de vida y llenarnos de vida.
Nos lo dice el cántico del siervo de Yavé proclamado hoy que es una hermosa descripción de la pasión de Cristo. ‘El Señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos…’ ¿No es eso una descripción de la pasión tal como luego nos la narrarían los evangelistas?
Lo anunciado por el profeta refiriéndose al siervo de Yavé lo vemos totalmente realizado y cumplido en Cristo. También nos lo describe el salmo 68 y otros salmos. Es el maldito que nadie quiere reconocer. ‘Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre… las afrentas con te afrentan caen sobre mí… me destroza el corazón y desfallezco… en mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre…’
Es lo que contemplamos en la pasión de Cristo. El que mojaba en el mismo plato con El sería quien le traicionaría por treinta monedas; más tarde los discípulos lo abandonaron y huyeron; Pedro le niega en el patio del pontífice; los que le habían aclamado con hosannas, ahora gritarán crucifícale; se reparten y echan a suerte su túnica los soldados que le crucifican; ante sus gritos en la cruz le acercaron un hisopo empapado en vinagre… Podríamos seguir recogiendo y recordando distintos momentos de su pasión.
Pero vuelve a aparecer la confianza en el Señor. ‘Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado… tengo cerca de mi abogado… mi Señor me ayuda ¿quién probará que soy culpable?...’ decía el profeta. ‘El Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos…’, rezamos también con el salmo.
Le contemplamos en la cruz, en su pasión, pero le veremos triunfa y vencedor en la resurrección. Es el Señor.

martes, 7 de abril de 2009

Mi salario lo tenía mi Dios

Is. 49, 1-6
Sal. 70
Jn. 13, 211-33.36-38

La profecía de Isaías que sigue presentando al Siervo de Yavé nos habla de la misión del propio profeta, mientras nos hace al mismo tiempo el anuncio mesiánico de Jesús como nuestro Salvador, pero nos señala también la misión que Dios nos ha encomendado.
‘Estaba en el vientre materno y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre…’, hemos escuchado. Es el Señor el que llama. La misión del profeta no la asume por sí mismo sino por esa llamada del Señor. Algo que vemos repetido en los profetas y muchas veces casi con estas mismas palabras.
Recordamos la respuesta del profeta Amós cuando era rechazado por el sacerdote del santuario real de Betel y le mandaba que fuera a profetizar a otro sitio porque no le agradaba lo que le decía el profeta. ‘Yo solamente era pastor de vacas y cultivador de higos pero el Señor me llamó y me encargó que hablara a Israel’.
No siempre le fue fácil el cumplimiento de su misión al profeta y hay momentos en que siente la soledad en el cumplimiento de su misión. ‘En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas, pero en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios’.
Por encima de todo desaliento está la confianza en el Señor. El es nuestra fortaleza. Por eso seguirá siendo fiel a su misión. ‘Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo para que le trajera a Jacob, para que le reuniera a Israel; tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza…’
Pero decíamos que la profecía es anuncio mesiánico que vemos realizado y cumplido en Cristo. Así lo anunció el ángel a María antes de su concepción dándole el nombre de ‘Jesús, porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Es la misión y la obra de Jesús. Es la redención que le estamos contemplando realizar en las celebraciones de estos días. Fue todo su camino en el evangelio y es por lo que ahora le vemos en lo más alto de la cruz.
También dirá, en el mismo sentido del profeta que hemos comentado, ‘Padre que pase de mi este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya… que para esto he venido, para hacer tu voluntad…’ Pero no faltará también el grito desgarrador de la Cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ Pero bien sabemos que terminará poniendo su vida en las manos del Padre. ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’.
Pero decíamos también que es la misión que Dios nos ha encomendado. Todos tenemos una vocación. Todos hemos sido llamados ya desde el seno de nuestra madre, como decía el profeta, a una vocación y a una misión. Y allí donde estamos nos toca también dar nuestro testimonio. Claro que sentimos igualmente la tentación del cansancio y del desánimo, como le sucedía al profeta, como la pasó Jesús en Getsemaní, y muchas veces queremos tirar la toalla para abandonar, porque nos supera muchas veces la misión y nos falta la fuerza. Pero el Señor es nuestra fuerza y nuestro premio, como decía el profeta.

lunes, 6 de abril de 2009

Sobre El he puesto mi Espíritu para que traiga el derecho a las naciones

Is. 42, 1-7
Sal. 26
Jn. 12, 1-11

En esta semana se pasión en las diversas celebraciones escuchamos los llamados cantos del Siervo de Yavé. Así fue la primera lectura del domingo que se repetirá en parte el miércoles santo, y también la primera del lunes y martes santo, como la que vamos a escuchar el viernes santo. Nos vamos a referir en el comentario de manera especial en estos días a estos cánticos del siervo de Yavé.
Esa expresión del siervo de Yavé que puede referirse en una primera lectura al propio pueblo de Dios escogido y amado de Dios, pero que tiene connotaciones mesiánicas y sobre todo en referencia en muchos de sus textos con la pasión de Jesús.
‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero… sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones…’ hemos escuchado hoy. Si recordamos bien hay una referencia clara al texto también de Isaías que Jesús leyó en su aparición pública en la sinagoga de Nazaret. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque El me ha ungido y me ha enviado…’ escuchamos en aquella ocasión. El ungido del Señor, Mesías de Dios, que estaba lleno del Espíritu del Señor.
Pero también podemos recordar por una parte la teofanía del Bautismo de Jesús en el Jordán, de la misma manera que la del Tabor. En una y otra se escuchó la voz del Padre que desde el cielo le señalaba: ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto…’
Es el Ungido del Espíritu – el evangelio nos ha hablado también de la unción de Betania, que como dice Jesús se ha adelantado a la unción para la sepultura – que es enviado como mensajero de paz y de justicia. ‘Sobre él he puesto mi espíritu para que traiga el derecho a las naciones…’ Pero también anunciaba el profeta: ‘No gritará, no clamará, no voceará por las calles… hará implantar el derecho en la tierra y sus leyes que esperan las islas…’ Clara referencia a su mensaje de paz y de justicia.
Traer el derecho significa también traernos la revelación de Dios y la salvación. El viene a anunciarnos el camino del amor como la única ley para nuestra vida. ‘Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado…’ nos dejará dicho Jesús en la última cena.
Es el siervo de Yavé que se presenta humilde y pobre, lleno de mansedumbre y de humildad. Por eso nos dirá Jesús en el evangelio: ‘Venid a mí todos los cansados y agobiados y encontraréis vuestro descanso; aprended de mí que soy manso y humilde de corazón…’ Viene en la mansedumbre y en la humildad pero viene con la firmeza del que se sabe enviado del Padre para señalarnos el único camino que nos lleva a la vida y a la salvación.
Se manifiesta en el amor y es una alianza de amor la que quiere establecer. ‘Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado y te he hecho, alianza de un pueblo, luz de las naciones…’¿No ha venido El ha establecer la nueva y definitiva Alianza en su sangre? ‘Esta es mi sangre derramada por vosotros’, nos dirá en la institución de la Eucaristía. ‘Sangre de la Alianza nueva y eterna…’
Es así como lo vamos a contemplar en estos días de pasión. Lo contemplaremos en su pasión y en su muerte en la cruz, en su entrega hasta derramar su sangre, hasta darnos vida, para hacer la alianza nueva, para establecer el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza.
Muchas son las señales que hemos ido descubriendo a través de todo el evangelio de ese nuevo pueblo liberado y lleno de luz que quiere constituir. Los milagros que hace son signos y señales de lo que en verdad quiere hacer con nosotros como son señales que nos da de que El es nuestro único Salvador, el único Mesías que habíamos de esperar. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, a los pobres se les anuncia la Buena Noticia…’ les dice a los enviados de Juan. ‘Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones… para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas…’ Que tendríamos que recordar el año de gracia del Señor, que El anuncia en la sinagoga de Nazaret.
Ese siervo de Yavé es Jesús nuestro salvador, a quien vamos a contemplar derramando su sangre, entregando su vida, amándonos hasta el final.

domingo, 5 de abril de 2009

Ha llegado la hora, celebremos nuestra redención


Mc. 11, 1-10;

Is. 50, 4-7;

Sal. 21;

Fil. 2, 6-11;

Mc. 26, 14-27, 66

‘Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna en el cielo!’
Con esas aclamaciones comenzamos hoy la celebración y todos terminaremos proclamando ‘Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre’. Creo que este pensamiento bien podría ayudarnos a centrar el verdadero sentido de todas las celebraciones que vamos a tener estos días.
Pero ¿cuándo vamos a proclamar que Jesús es el Señor? Cuando lo hayamos visto pasar por su pasión y muerte y contemplemos la gloria de la resurrección.
Lo que estamos haciendo podemos decir que es como un anticipo si no fuera porque nuestra fe nos dice que cada vez que celebramos la Eucaristía anunciamos la muerte y proclamamos la resurrección del Señor, porque en ella siempre hacemos memorial de la Pascua del Señor. Y ya sabemos que cuando decimos memorial no decimos simple memoria, porque es algo mucho más hondo. Es memoria y es presencia. Es el actuar de Dios aquí y ahora en nuestra vida, porque en la celebración se hace presente todo el misterio de Cristo, toda su salvación.
Pero, aún así, podemos decir que en cierto modo es anticipo porque la celebración del domingo de Ramos, con la que iniciamos todas las celebraciones de la Semana Santa y del Triduo Pascual sobre todo, une la entrada triunfal y mesiánica de Jesús en Jerusalén aclamado por el pueblo, con la pasión del Señor que hemos escuchada proclamada en el Evangelio y celebrado en la Eucaristía.
Están los hosannas y las aclamaciones, con ese sentido mesiánico que en aquella entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un borrico, alfombrado el suelo con los mantos y de las ramas de los árboles – lo había anunciado el profeta –; ahí están los gritos de los niños y de los grandes reconociéndolo como el que venía en nombre del Señor a instaurar el Reino nuevo de Dios y a realizar plenamente su obra redentora.
El reino de Dios anunciado por Jesús desde el principio de su actuación apostólica – convertíos, se acerca el Reino de Dios, creed en la Buena Noticia del Evangelio – explicado y significado en la predicación y en el actuar de Jesús a través de todo el evangelio, y ahora instaurado e inaugurado en la pasión y la muerte de Jesús. ‘Bendito el Reino que llega’, gritaban a su entrada en Jerusalén. No eran quizá conscientes del todo de lo que estaban expresando pero sí era algo que se estaba haciendo palpable en la pasión y la muerte de Jesús. Y ya lo hemos repetido la mayor manifestación de la gloria de Dios la tenemos en la pasión y la muerte de Jesús.
Hemos contemplado en la proclamación de la pasión, al que se rebaja, toma la condición de esclavo, se hace el último porque El es en verdad el Señor. Como nos lo había enseñado. Lo contemplamos en su pasión y su muerte, lo contemplamos en su entrega de amor. Es lo que día a día iremos contemplando en esta semana de pasión. Es el Misterio de amor del que vamos a irnos empapando en la vivencia de nuestras celebraciones.
Será necesario, sí, que nos detengamos a contemplar y meditar la pasión del Señor en momentos de oración personal, en la participación en las celebraciones, en las imágenes sagradas que contemplaremos en las procesiones de cada día, donde no podemos sentirnos nunca como meros espectadores sino que sean siempre un medio para contemplar y meditar el misterio del amor de Dios que se nos manifiesta.
Todo tiene que hacernos crecer en el amor. Estas celebraciones alimentan nuestra fe para que sea cada día más viva en nuestra vida. Todo nos conduce a vivir ese camino de santidad que Dios nos pide. Por eso, tenemos que arrancar de una auténtica conversión del corazón; vaciarnos de nosotros mismos y de nuestro pecado para dejarnos inundar de la gracia del Señor. Cristo llega con su salvación, su perdón, su gracia, su vida. Cristo nos quiere santos y es a lo que tenemos que sentirnos comprometidos cada vez más. Cuando lleguemos a celebrar y cantar a Cristo resucitado en el día de la Pascua, lo hagamos porque nos sintamos cada vez más impulsados a seguir ese camino de gracia y santidad.
Vamos, pues, a meternos de lleno en la celebración de la Pascua, de todo el misterio Pascual de Cristo.
‘Ha llegado la hora, ya está aquí’, dijo Jesús en Getsemaní cuando comenzaba la pasión con el prendimiento. Ha llegado la hora tenemos que decir nosotros y no podemos desaprovechar esta hora de gracia que el Señor nos concede cuando un año más celebramos la Semana Santa. Entremos de lleno en la celebración del Misterio de Cristo.

sábado, 4 de abril de 2009

Conviene que uno muera por el pueblo

Conviene que uno muera por el pueblo
Ez. 37, 21-28
Sal. 31
Jn. 11, 45-56

Hermosa profecía la de Ezequiel para escucharla en vísperas de entrar en la semana de pasión que nos conduce a la celebración de la Pascua.
Nos habla el profeta de cómo Dios va a ‘recoger a los israelitas, de las naciones a las que se marcharon… a congregarlos de todas partes…’
Quiere hacer de ellos un solo pueblo, un nuevo pueblo, un pueblo purificado y consagrado; un pueblo que caminará según sus mandatos. ‘Los haré un solo pueblo en su tierra…no volverán a profanarse con sus abominables idolatrías y sus crímenes… los purificaré… caminarán según mis mandatos; guardarán y cumplirán mis preceptos…’
Pueblo con el que quiere hacer una alianza de paz, alianza eterna para siempre; pueblo en el que quiere morar el Señor. ‘Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… y pondré mi santuario entre ellos… y sabrán que yo soy el Señor el que consagra a Israel… ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios…’
¿Cómo va a ser posible todo esto? Creo que entendemos el mensaje y sabemos que la respuesta está en Jesús el que derramó su sangre por nosotros; el que, como diría san Pablo, vino a derruir el muro que nos separaba, el odio, para hacernos un pueblo nuevo.
En el Evangelio hoy proclamado hemos escuchado que el Sumo Sacerdote, Caifás, profetizó aún sin saberlo sobre el sentido de la muerte de la muerte de Jesús, como el propio evangelista apunta. ‘Esto no lo dijo por propio impulso sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente anunciando que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación , sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos’.
Se habían reunido porque la cosa se les iba de la mano. Después de la resurrección de Lázaro mucha gente comienza a creer en Jesús. Por eso ‘los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín… ¿qué estamos haciendo? Este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos seguir todos creerán en El y vendrán los romanos y nos destruirán este lugar santo y la nación…’
Es entonces cuando dice el Sumo Sacerdote: ‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo y que no perezca la nación entera’.
Cristo murió por el pueblo, Cristo murió por nosotros, para que no pereciéramos en nuestra muerte y nuestro pecado. Es la sangre de Cristo la que nos purifica y nos consagrada; la que nos reúne y nos hace un solo pueblo. Lo anunciado por el profeta.
Es lo que vamos a celebrar y a vivir. Es el misterio de amor de la muerte y resurrección del Señor, el misterio de la Pascua, de la Nueva Pascua, la eterna, la definitiva, para siempre.
Preparémonos para vivirla con toda intensidad.

viernes, 3 de abril de 2009

El profeta, Cristo y nosotros en el camino de la Pascua

Jer. 20, 10-13
Sal.17
Jn. 10, 31-42

La Palabra que hoy se nos ha proclamado nos vale para mirar la vida del profeta, desde él mirar la vida de Jesús, y terminar contemplando también nuestra vida.
El profeta no sólo anuncia palabras proféticas, sino que su misma vida es un signo y una profecía. Así lo vemos en Cristo y así tiene que ser también nuestra propia vida.
La situación en la que se encuentra el profeta Jeremías en la descripción que nos hace el texto proclamado es bastante dura y difícil por la oposición y hasta persecución que encuentra a su alrededor. Oposición y persecución que incluso le llega de los más cercanos como pueden ser sus propios familiares y los que consideraba sus amigos.
‘Oía el cuchicheo de la gente… mis amigos acechaban mi traspiés. A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él…’
Son momentos de infidelidad a la Alianza, de destrucción para el propio pueblo que llega hasta a perder en cierto modo su propia identidad, de desorientación sin saber a quien acudir y quien pueda defenderlos.
Lo que el profeta anuncia, su misma vida que se convierte en un signo para sus coetáneos – es el profeta que no sólo habla con palabras sino que además realiza gestos y signos muy significativos de lo que va a suceder – no era aceptado por el conjunto del pueblo o por sus dirigentes. Por eso tendrá momentos difíciles de cárceles, cepos, hambre y sed cuando le introducen incluso en una piscina seca para dejarlo allí morir.
Pero el profeta se siente seguro y quiere ser fiel a la misión que le ha encomendado el Señor desde el seno de su madre, como dice él. ‘El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo… Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, a ti encomiendo mi causa… cantad al Señor que libra la vida del pobre de la mano de los impíos…’
Lo que vemos en el profeta es profecía de Cristo, es profecía mesiánica. En el evangelio de hoy vemos cómo se van enconando los posturas de los judíos contra Jesús que quieren de todas maneras quitarlo de en medio. Quieren apedrearle o quieren detenerlo, como hoy hemos escuchado. ‘Los judíos cogieron piedras para apedrear a Jesús… intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de sus manos…’ No ha llegado aún la hora para Cristo.
Las palabras y los hechos de Cristo son signos verdaderos de la salvación que nos ofrece Jesús. Lo que ahora estamos viendo ya en la cercanía de la semana de la pasión y del triduo pascual es anticipo de todo lo que va a suceder.
Hay unos que le rechazan y lo llevarán hasta la cruz, mientras que el evangelista nos habla también de que muchos comienzan a creer en Jesús. Es el signo de contradicción que es Cristo para el mundo, como había anunciado proféticamente el anciano Simeón.
Cristo camina hacia la Pascua, pero nos está señalando también nuestro camino. Nuestra vida, como la del profeta, nuestras palabras, gestos y actitudes, nuestros actos y todo lo que hacemos y vivimos también tiene que ser un signo profético en medio del mundo que nos rodea. Como Cristo, signo de contradicción. Nos rechazarán o nos aceptarán.
No temamos el rechazo. Jesús nos lo anuncia pero El lo pasó para que hubiera pascua. Así tenemos que vivir nosotros intensamente la Pascua. Y no hay pascua sin pasión y muerte. Nos costará y dolerá el testimonio pero tenemos que darlo con gallardía. Sabemos quién es nuestra fuerza. Tenemos con nosotros el Espíritu de Jesús.

jueves, 2 de abril de 2009

Guardar su Palabra para tener vida para siempre

Gén. 7, 3-9
Sal. 104
Jn. 8, 51-59


‘Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre’. No entendían los judíos las palabras de Jesús, lo que provocaría la discusión que sigue en la que rechazan a Jesús.
‘Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices que quien guarde mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre? ¿eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?’
Vislumbraban que Jesús hablaba de vida eterna, de que hablaba de un vivir para siempre porque El tiene esa vida eterna y la da a quien cree en El. Contemplar a Jesús como quien tiene esa vida eterna, en una palabra, que es Dios, les costaba entenderlo.
Todos ansiamos la vida, queremos vivir, nos rebelamos contra la muerte. Pero ¿en qué vida pensamos? ¿de qué vida estamos hablando?
Es cierto que esta vida humana que tenemos es bella y que además tenemos que cuidarla como un don de Dios que es. ¿De dónde nos viene la vida sino de Dios? ¿Quién nos ha creado y nos ha dado la vida sino Dios? La protegemos, la cuidamos, la defendemos en nosotros y en los demás. Tenemos que decir incluso que Dios nos enseña a amar la vida. Toda vida. Y no hemos de temer vernos implicados en las campañas que sea para defender toda vida humana desde el primer momento de su comenzar a existir. Pero no podemos perder la perspectiva de su trascendencia, de lo importante que es la vida.
Pero Jesús hoy nos está hablando no solo de esa vida humana; nos está hablando de kla vida divina de la que El ha querido hacernos partícipes por nuestra fe en El. Una vida que tiene perspectiva de eternidad, sobrenatural; una vida divina que nos lleva a Dios y que nos llena de Dios. Habla Jesús de un vivir para siempre, de una vida eterna.
Don y regalo de Dios que en Cristo nos hace partícipes de su vida divina. La llamamos también gracia porque es un don gratuito que Dios nos ha hecho. Si nuestra vida humana, como decíamos, es hermosa y ya la vemos como un don que Dios nos ha regalado cuando nos ha creado, de esta vida divina de la gracia aún tenemos que verla como un don más precioso. Hemos dicho que es un don sobrenatural.
Cuando por nuestro pecado nos habíamos apartado de Dios, nos envía a Jesús que no sólo nos redime y nos perdona, sino que aún más nos enriquece con su gracia, con su vida divina para hacernos hijos de Dios. Es algo que no terminamos de considerar lo suficiente. Algo que sobrepasa todas nuestras categorías humanas. Algo que sería inimaginable para ningún ser humano: hacernos partícipes de la vida divina que nos hace hijos de Dios. Nada merecíamos sino el castigo por nuestro pecado, pero el Seños nos regala con el don nuevo y sobrenatural de la gracia, de la vida divina.
¿Qué necesitamos hacer nosotros? Creer en Jesús, creer en su Palabra, guardar su Palabra y veremos como El nos regala esa vida que dura para siempre. Por la fe nos unimos a Cristo. Sin la fe no lograríamos entenderlo. Creemos en Jesús y nos unimos a El. Creemos en Jesús y nos llenamos de su vida.
Ahora bien, también tenemos que cuidar, proteger, defender esa vida divina de la gracia. Que guardemos su palabra para que no sepamos lo que es morir para siempre. Cuidar, proteger y defender esa fe que tenemos en Cristo. Que crezca así nuestra fe.

miércoles, 1 de abril de 2009

Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres

Daniel, 3, 14-20.91-92.95
Sal. Dan. 3, 52-56
Jn. 8, 31-42

‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Con lo que Jesús les había ido manifestando algunos comenzaron a creer en El. Jesús les anima a mantenerse firmes en su fe y en su seguimiento. Así serán de verdad sus discípulos. No es sólo decir que creemos en Jesús sino ponernos en su camino. Un camino, como nos dice hoy Jesús, que nos lleva a la libertad verdadera.
Cristo es la verdad. Así se los manifestaría Jesús cuando le preguntan por el camino para seguirle y para llegar hasta el Padre. En una ocasión, fue en la última cena cuando Jesús les hablaba de despedidas, le preguntaban. ‘No sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ A lo que Jesús les respondió: ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’.
Pues, Cristo es la única verdad del hombre, el único que nos da un sentido a la vida, el que nos traza el camino verdadero. Si nos decimos sus discípulos es porque le seguimos, en El hemos encontrado esa verdad y ese camino que nos conduce a la plenitud.
Conociendo la verdad de Dios que es Cristo – El es quien nos revela todo el misterio de Dios y todo el misterio y sentido del hombre -, conociendo a Cristo alcanzaremos el verdadero sentido de la vida, y cuando lleguemos a vivirlo alcanzaremos la libertad verdadera. De eso nos está hablando Jesús hoy. El no nos quiere esclavos.
El espíritu del mal no nos revela la verdad sino la mentira. El diablo es el padre de la mentira. Si nos dejamos arrastrar por el camino del mal, caeremos en peor de la esclavitudes.
Pensamos que somos más libres si seguimos el camino de nuestros caprichos. Parecemos adolescentes inmaduros ansiosos de libertad que sólo nos dejamos arrastras por nuestros caprichos o deseos más primarios. Pero sin darnos cuenta caemos en la peor de las esclavitudes.
Cristo nos libera. Cristo ilumina la vida con la luz del evangelio, con la luz de la verdad. Dejarnos conducir por Cristo, dejarnos iluminar por el evangelio no nos esclaviza sino que nos da la más honda libertad. El evangelio no nos impone nada a la fuerza. El evangelio solo nos señala el camino del bien, nos traza la ruta de nuestra vida que nos lleva a la mejor y más honda felicidad.
En mi libertad he de tener la luz suficiente para escoger el camino del bien y no el camino del mal. Por eso el evangelio siempre es luz para nuestra vida. En el evangelio no hay oscurantismos, sino que todo es claridad. Así podremos caminar los mejores pasos, hacer los mejores caminos, ir por la senda de la luz y de la vida. Las tinieblas no nos llevan a la vida sino a la muerte.
Cuando escogemos el camino del mal es que estamos confundidos; es lo que quiere hacer en nosotros el espíritu del maligno; nos confunde para hacernos caer en sus redes y esclavizarnos.
Cuando amas con un amor verdadero eres más libre. Pero digo amar con un amor verdadero, liberado de egoísmos y caprichos. Cuando solo te dejas arrastras por tus caprichos, por tu egoísmo, por tu orgullo, por tu vanidad, por tus pasiones desenfrenadas, caes al final en la peor esclavitud que es la del pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, nos ha dicho Jesús hoy.
Que Cristo nos ilumine, nos enseñe el camino, nos descubra la verdad, nos fortalezca para el bien y para el amor. Cristo nos hace libres de verdad.

martes, 31 de marzo de 2009

Si no creéis que ‘yo soy’ moriréis por vuestros pecados

Núm. 21, 4-9
Sal. 101
Jn. 8, 21-30

‘Ellos decían ¿Quién eres tú?’ No terminan de entender las palabras de Jesús y hacen sus interpretaciones. Cuánto les costaba entender y conocer a Jesús. Se habían hecho a una idea y cuando Jesús se les presentaba de otra manera era ya difícil entenderlo y conocerlo. No podemos acercarnos a Jesús con ideas preconcebidas.
‘Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados…’ Jesús les habla claramente. Es necesario creer en Jesús y creer en Jesús es aceptar que viene del Padre, que es el enviado del Padre, que es el Hijo de Dios.
De alguna manera Jesús está hablando de su divinidad. Dándose a conocer en toda su profundidad. ‘Yo soy’ es la expresión hebrea del nombre innombrable de Dios. Cuando se manifiesta en el Horeb en medio de la zarza ardiendo a Moisés y éste le pide que le diga un nombre para poder decirle a los israelitas de parte de quién es enviado, Dios le dice: ‘Yo soy, esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a vosotros’. Y esa es la expresión que Jesús está utilizando.
Al menos podían comprender que era el Mesías Salvador. Por no creer en El, morirían por sus pecados. ‘Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados; pues si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados’. Luego es el que viene a perdonar los pecados, como lo señala el Bautista, ‘Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.’
‘Cuando sea levantado el Hijo del Hombre sabréis que yo soy’, termina diciéndoles Jesús- Clara referencia a la serpiente de bronce levantada en el desierto por Moisés de la que nos habla la primera lectura. esa referencia directa la hace Jesús en otro momento del evangelio de Juan, cuando la visita de Nicodemo en la noche a Jesús. ‘Lo mismo que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en El no muera, sino que tenga vida eterna’. También en otro momento Jesús nos hablará de que será levantado en lo alto y todos nos sentiremos atraídos hacia El. Habla de su muerte en la Cruz y de su resurrección. Y ya hemos reflexionado diciendo que en la muerte y la resurrección de Jesús es la mayor manifestación de la gloria de Dios.
Se siente Jesús seguro en lo que hace porque no se siente solo el Padre está con El. ‘El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada’. Es el enviado del Padre y el Padre está con El. Sin embargo en la cruz pasará por la prueba de la soledad: ‘Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado’, gritará Jesús repitiendo las palabras del Salmo.
Una invitación clara y contundente a creer en Jesús para que creyendo en su nombre alcancemos la salvación, el perdón de los pecados. Todo nos va conduciendo en estos días, en la cercanía de la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor a que nos reafirmemos fuertemente en nuestra fe en Jesús. Es desde esa luz de la fe y desde el sentido del amor donde contemplaremos y podremos comprender el Misterio que celebramos, el Misterio de nuestra Redención que es Misterio de fe y de amor.

lunes, 30 de marzo de 2009

La justicia de Dios es su misericordia

Daniel, 23, 1-9.15-17.19-30.33-62
Sal. 22
Jn. 8, 1-11


La justicia de Dios es su misericordia. Así se unen en Dios la justicia y la misericordia, cosa que a los hombres tanto nos cuesta y para algunos incluso parece hasta incompatible.
El que lo hace, que lo pague, decimos tantas veces haciéndonos justicieros. El mundo que nos rodea no termina de entender la virtud de la misericordia y del perdón que nos predica Cristo y que tratamos de vivir los cristianos.
‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’, nos dice el Evangelio. Y es ahí donde está la misericordia justo al lado de nuestro arrepentimiento y la capacidad de perdón.
Es que quien ha ofendido al Señor, decimos, Dios tiene que condenarlo y en su justicia castigarlo. Empleamos demasiado la frase de que Dios nos castiga. Pero, pregúntate, ¿es que a ti no te gustaría que te perdonan tantos errores como vas cometiendo en la vida? O ¿es que eres de los que se creen tan justos que pueden tirar la primera piedra porque no tienes pecado?
La condena, es cierto, nos la hemos buscado nosotros – entendamos bien lo que voy a decir – cuando nos hemos apartado de Dios y vivimos en ruptura con El. Soy yo quien con mi pecado me he apartado, alejado de Dios, y en consecuencia de la vida en plenitud que El me ofrece. Claro que viviendo esa ruptura con Dios no alcanzaré a vivir esa dicha de felicidad eterna que Dios me tiene reservada. Pero he sido yo el que me he apartado, he escogido otro camino, he preferido vivir sin esa plenitud que Dios me ofrece.
Pero ahí aparece, vuelvo a decir, la misericordia de Dios que nos busca como el pastor a la oveja perdida que se marchó del redil. La misericordia del Señor viene a romper todas las barreras que los hombres ponemos con nuestro pecado y egoísmo entre unos y otros y que nos separan y distancian al mismo tiempo de Dios.
El Señor está esperando, más aún, motivando y moviéndonos con su gracia a ese paso de arrepentimiento sincero que nos lleve a la conversión, a la vuelta a Dios, a recibir el abrazo del perdón misericordioso de Dios.
Es lo que nos enseña el evangelio de hoy. Jesús está en el templo y enseñaba al pueblo. Traen a una mujer que por su pecado de adulterio está condenada; aquellos que se tienen por justos quieren que se ejecute tal condena. ‘Los letrados y los fariseos le traen una mujer una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: ¿Tú que dices?’
Jesús espera. Jesús hace silencio. Quieren comprometerlo para poder acusarlo a El también. ‘Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo’. Pero son muchos, y no sólo aquella mujer, los que tienen que dar pasos de arrepentimiento y cambio de corazón. Pero están cegados. Jesús sólo habla para decirnos que el que sea tan justo que no tenga pecado tire la primera piedra. ‘Como insistían en preguntarle se incorporó y les dijo: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra’. Y Jesús siguió inclinado esperando en silencio.
Todos se están enfrentando consigo mismo y con su conciencia. Se escabullen porque al final tendrán que reconocer que ninguno puede tirar la primera piedra. Viene por fin la misericordia. La justicia de Dios es misericordia. ‘¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más’. Ese es el actuar de Dios.