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sábado, 14 de octubre de 2023

Vayamos más sensibles por la vida, no se nos amargue el corazón, seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable y un gesto de ternura

 


Vayamos más sensibles por la vida, no se nos amargue el corazón, seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable y un gesto de ternura

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

Cuando intentamos caminar en la vida con las antenas de la sensibilidad abiertas es fácil que en aquellas situaciones en que nos encontremos y también en aquella cosas que contemplamos que le suceden a otras personas seamos capaces de sintonizar, de ponernos en su situación y en cierto modo sentir como propio el dolor o la alegría que puedan estar viviendo esas personas. Claro, como decíamos, tenemos que tener abiertas las antenas de la sensibilidad. Cosa que muchas veces hoy no es fácil, porque tenemos el peligro de insensibilizarnos, de no querer saber, de no querer sentir en nuestra carne lo que puedan estar pasando los demás.

Ponernos en el lugar de unos padres que han perdido un hijo en un accidente, por ejemplo; gozarnos con las alegrías y los triunfos de los demás; tratar de descubrir el por qué de un rostro sombrío del que no se escapa ni por equivocación una sonrisa; sentir como propio el sufrimiento, las penas por las que puedan estar pasando los demás. Son cosas que podemos hacer; son las lágrimas fáciles que vemos derramar a tantos cuando escuchan hablar del sufrimiento de los demás; son cosas, por demás, que algunas veces nos cuesta vivir porque en fin de cuentas no queremos sufrimientos ajenos, porque decimos que ya tenemos con los nuestros.

Es la sensibilidad del amor, pero de un amor que se hace profundo, que no se queda en superficialidades o en fervores de un momento. Es el camino que nos va enseñando Jesús que quiere que siempre tengamos los ojos abiertos para los demás. Y tener los ojos abiertos de esa manera no es mera curiosidad, sino que es esa sintonía que nace del alma y que nos llevará a sentirnos solidarios siempre y en todo con los demás.

Hoy escuchamos en el evangelio el gesto de una mujer que mientras escuchaba a Jesús y se entusiasmaba con su mensaje, comenzó a pensar en la madre, a ponerse en el lugar de la madre, a sentir el gozo y la satisfacción de la madre cuando ve los logros de su hijo. Por eso, parece que interrumpe todo con su grito, pero que es que no podía hacer otra cosa desde la emoción que sentía en su corazón. ‘Bendita la madre que lo crió’, viene a decir aquella mujer. Se estaba gozando con el gozo que ella sabía que tenía que sentir el corazón de María. Cómo son sensibles las mujeres para entrar en sintonía con el corazón de sus semejantes.

Aunque sabemos que el mensaje de este texto del evangelio no se acaba aquí, pues ahí están las palabras con las que replica Jesús, como ya tantas veces hemos comentado y precisamente estos últimos días, yo quisiera detenerme hoy en esta sensibilidad que hemos de saber despertar en nuestros corazones. Ya decíamos que tenemos la tentación de ir por la vida con ceño fruncido porque solo vamos pensando en nuestras particulares cosas y no queremos cargar con las de los demás.

Pero creo que puede ser un buen toque de atención para que despertemos las sintonías del alma. En fin de cuentas es responder al mensaje del evangelio que nos pone siempre en camino de amor. Ojalá fuéramos más sensibles de la vida, que no se nos amargue el corazón, que seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable, un gesto de ternura, y quitemos tanta acritud como contemplamos en la vida y nos dejamos también envolver.

María tenía esa sensibilidad; lo contemplamos en el evangelio; parte presurosa para la montaña porque se pone en el lugar de Isabel,  una mujer anciana que va a ser madre, y ella quiere estar a su lado en sus preocupaciones pero también en sus alegrías; mucho podríamos fijarnos en María. La que supo plantar la Palabra de Dios en su corazón para hacerla realidad en su vida. ‘Dichosos mas bien, diría Jesús como replica a aquella mujer anónima, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’. Que escuchemos hoy su mensaje y lo pongamos en práctica y brillemos por esa sensibilidad de nuestra vida.

viernes, 13 de octubre de 2023

Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

 


Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Habremos oído hablar de esa táctica que con malicia algunos tratan de emplear para salirse con la suya y lograr derrotar – digámoslo así – al adversario, ‘divide y vencerás’. Unas fuerzas divididas son fuerzas debilitadas. Crea desconfianza y tienes a alguien en camino de ser derrotado. Y no solo hemos de pensarlo en tantas situaciones que vemos en la vida social en que se emplean esas maneras de actuar, sino que personalmente lo sentimos dentro de nosotros mismos cuando nos llenamos de dudas, cuando nos sentimos atados por nuestra propia debilidad, cuando no podemos confianza en aquellos medios que tenemos a nuestro alcance para crecer y para madurar, y así en tantas cosas.

De ahí la necesaria firmeza, fortaleza que tenemos que buscar, que tenemos que conseguir allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque a la larga es un camino de lucha el que vamos realizando, un camino de superación y de crecimiento, de verdadera hondura y profundidad que tenemos que darle a la vida. Y no es fácil. Pero tenemos la seguridad de quien está con nosotros en ese camino; no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu del Señor, pero tenemos que saber contar con El. Y no siempre lo hacemos.

Cuando vienen haciéndole aquellos planteamientos a Jesús que lo que buscaban era restar la credibilidad del propio Jesús ante los demás - ¿qué era decir que aquellos milagros que Jesús realizaba los hacía por arte y con el poder del mismo demonio? – Jesús nos dice y enseña que no podemos andar entre dos aguas, que cuando le seguimos a El nuestra decisión tiene que ser firme para estar siempre a su lado, aunque puedan venir momentos oscuros, que siempre los hay en la vida. ‘O conmigo o contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’, les dice.

Y nos señala cómo no podemos confiarnos, porque vayamos consiguiendo algunas victorias, porque vayamos consiguiendo algunos logros en ese camino que queremos realizar. Cuando no mantenemos la constancia, la permanencia en el esfuerzo, tan pronto nos aflojemos, comenzaremos a retroceder. Es como una pendiente resbaladiza por la que tenemos que ascender; no nos podemos detener porque ya hayamos logrado subir algunos trozos de ese camino, porque tan pronto nos detengamos, como por inercia, comenzaremos de nuevo a descender.

Nos habla Jesús del enemigo malo que hemos expulsado de nosotros, pero que pronto va a volver con nuevas fuerzas y al menor descuido pronto nos volveremos a ver envueltos por él. ¿No tenemos la experiencia en nuestra vida espiritual, en ese camino de superación que queremos ir haciendo, que cuando creíamos que ya habíamos superado ciertas cosas para siempre, volvimos a caer en la misma tentación? ‘El final de aquel hombre, nos dice Jesús, será peor que al principio’.

Es el camino de ascesis que tenemos que realizar continuamente en nuestra vida. Pero ya sabemos cómo volvemos con tanta facilidad a las rutinas de siempre; tenemos momentos de fervor y entusiasmo y parece que todo marcha sobre ruedas, nos cuidamos espiritualmente, frecuentamos los sacramentos, participamos en la celebración de la Eucaristía, queremos vivir una vida intensa de oración, pero poco a poco nos entra de nuevo la tibieza espiritual, un día dejamos una cosa, otro día nos buscamos disculpas, y poco a poco abandonamos toda aquella intensidad que nos habíamos propuesto y volvemos a las andadas.

Recordemos lo que se nos dice en el Apocalipsis, ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Es a lo que nos lleva la tibieza espiritual.


jueves, 12 de octubre de 2023

Dichosos cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que nuestra vida tenga un nuevo color, sabor y perfume que seamos capaces de contagiar a los demás

 


Dichosos cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que nuestra vida tenga un nuevo color, sabor y perfume que seamos capaces de contagiar a los demás

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26;  Lucas 11, 27-28

Bienaventurados, dichosos, felices nos sentimos cuando las cosas nos marchan bien en la vida, cuando podemos disfrutar de tantas cosas bellas y agradables que la vida nos ofrece; y cuando pensamos en ello, no estamos precisamente en que nos veamos colmados de riquezas o de bienes materiales; pensamos más bien, cuando podemos sentir paz en el corazón, cuando reina la buena armonía con aquellos que nos rodean, cuando disfrutamos de la familia que nos rodea y nos arropa, o pensamos en la suerte de tener buenos amigos que nos van acompañando en el camino de la vida, en medio incluso de nuestras luchas, de nuestros momentos que no son tan fáciles, pero que tenemos esa suerte, por decirlo de alguna manera, de tener quienes nos acompañan, son un estímulo y un apoyo. No buscamos grandes cosas, pero nos sentimos dichosos, nos sentimos felices.

Todos ansiamos ser dichosos en la vida, soñamos con ello, lo buscamos, y de la misma manera lo deseamos para los demás. Disfrutamos también cuando vemos gente que vive feliz a nuestro alrededor; admiramos la dicha y la felicidad que puede vivir una madre rodeada de sus hijos; nos gozamos cuando vemos un matrimonio feliz, cuando contemplamos una familia unida, de alguna manera queremos nosotros también hacernos partícipes de su dicha y felicidad.

¿Sería algo así lo que pasaba por el corazón y la mente de aquella mujer anónima de la que nos habla el evangelio, que estaba disfrutando al escuchar a Jesús al llenarse su corazón de una esperanza nueva, y pensó en la dicha que podía sentir también en su corazón la madre de Jesús orgullosa de su Hijo y de lo que hacía?

Nos habla hoy el evangelio de esa mujer anónima que levanta su voz en grito en medio de la gente. ¡Viva la madre que te parió!, sería la forma en que traduciríamos sus palabras. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Una alabanza para María que viene a cumplir lo que ella misma proféticamente había anunciado en el cántico de alabanza a Dios cuando la visita a Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’. Y es el primer grito, aunque ya Isabel la había llamado dichosa por su fe, porque había creído y todo lo que se le había anunciado se cumplirá, que tendrá su continuación a lo largo de los siglos en las alabanzas que todos dedicamos a la Madre, que todos dedicamos a María.

Pero algo más quiere decirnos Jesús aprovechando estas alabanzas. No enmienda Jesús la alabanza de aquella mujer, sino que vendrá como a darle un mayor sentido y profundidad. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Es también una alabanza para María, la que había plantado la Palabra de Dios en su corazón. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, había respondido al ángel.

Pero ha de ser el camino que nos haga verdaderamente dichosos a nosotros también. Dichosos y bienaventurados seremos si somos capaces también de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en nuestro corazón. Dichosos nosotros cuando cumplimos la Palabra de Dios en nuestra vida. Dichosos nosotros si plantamos nuestra casa, plantamos nuestra vida sobre el cimiento firme de la Palabra de Dios. Dichosos nosotros cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que toda nuestra vida tenga un nuevo color, un nuevo sabor, un nuevo perfume que seamos capaces de transmitirlo a los demás.

Hoy estamos celebrando una fiesta de María, la Virgen del Pilar. María se nos muestra así con la firmeza de la fe y del amor, su imagen apoya sobre un pilar que se hunde en la roca firme nos está señalando como toda nuestra vida tendrá siempre mantenerse firme apoyada en la Palabra de Dios.

Su imagen bendita, que nos habla de la tradición antigua de la fe anunciada por el Apóstol Santiago en nuestras tierras españolas, ha servido de soporte para mantenernos a lo largo de los siglos en la firmeza de esa fe, pero ha sido también la que nos ha lanzado por los caminos del mundo para ser misioneros de esa fe. Que María del Pilar nos siga manteniendo, sea luz en nuestro camino que a veces se nos hace oscuro, para que sigan resplandeciendo los valores del Evangelio y podamos seguir construyendo con ese ardor misionero el Reino de Dios en nuestro mundo.

Sintámonos dichosos porque tenemos a María como madre, sintámonos dichosos porque de ella aprendemos a escuchar el evangelio de Jesús.


miércoles, 11 de octubre de 2023

Una oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amar, correspondiendo con amor a ese amor

 


Una oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amar, correspondiendo con amor a ese amor

Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4

¿Rezamos? ¿Oramos? No son preguntas retóricas. Son preguntas para definirnos. Porque rezar puede ser que lo hagamos; nos sabemos muchas oraciones de memoria que aprendimos de pequeños. Y puede ser que mantengamos la costumbre de hacer nuestras oraciones cada noche y rezamos todo lo que sabemos, o quizás también cuando despertamos por la mañana lo primero que hacemos es rezar nuestras oraciones. Momentos en los pasamos nuestros apuros, nuestras dificultades o nuestros problemas, rezamos todo lo que sabemos a ver cómo salimos de aquella situación. Y recitamos padrenuestros, y repetimos una y mil veces el avemaría, o rezamos todas las novenas del mundo para lograr la intercesión de los santos y toda la corte celestial por aquella enfermedad, por aquel problema, por aquello que le ha sucedido a un ser querido.

No me interpreten mal, y no tomen todo esto que estoy diciendo como una crítica a algo que hacemos que pueda o no tener sentido. Quiero hacer reflexionar. Sí, que pensemos. ¿En todos esos rezos en verdad hemos entrado en unión con Dios? ¿Ha sido en verdad un hablar a Dios de corazón a corazón, como habla un hijo con su padre? Por eso nos preguntamos si en verdad oramos. Y esto lo estoy expresando mirándome a mí mismo y mi forma de orar.

Hoy nos dice el evangelista que viendo los discípulos a Jesús a orar, vinieron pedirle que les enseñara a orar como Juan había hecho con sus discípulos. Y ya conocemos la respuesta de Jesús, ya sea en esta versión más breve de san Lucas, o la otra un poco más extensa del evangelio de san Mateo. Los discípulos le pidieron que les enseñase a orar. No lo olvidemos. Por eso Jesús no enseña oraciones para rezar, sino que Jesús nos da la pauta de cómo hemos de hablar con Dios nuestro Padre. Por eso, es la primera palabra, Padre. Una palabra para saborear, para gustarla en el corazón, una palabra para disfrutarla mientras la decimos, una palabra que sabe a miel, porque sabe a amor; es reconocernos hijos, es decir, amados.

Y desde ahí nuestro corazón comienza a hablar, nuestro corazón comienza a cantar. ¿Qué es lo que hacen los hijos cuando se sienten queridos por sus padres? Amar, en una palabra; decirle que los amamos, y ya nos buscaremos palabras bonitas para expresarlo o tendremos los más hermosos y gozosos gestos de ternura, pero sobre todo lo vamos a expresar manifestando el gozo de ser hijos; y cuando un hijo y su padre se aman de verdad, sienten unidos sus corazones y sienten que es una misma su voluntad. Queremos que nuestro padre se sienta feliz con nosotros. ¿No son las cosas que Jesús a continuación nos dice que tiene que ser nuestra oración?

Y surgirá el corazón el poner en el corazón del padre aquellas cosas que preocupan a los hijos, sus necesidades, sus luchas, sus deseos de caminar y de avanzar sintiéndose seguros. ¿En quien vamos a confiar sino en aquel que sabemos que nos ama? ¿A quién vamos a expresar entonces lo que son nuestras preocupaciones, nuestros sueños o nuestros deseos?

Es la oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amor, correspondiendo a ese amor. Es lo que hacía Jesús, es lo que nos enseña a hacer nosotros. Es lo que en verdad tiene que ser nuestra oración, ese diálogo de amor, ese diálogo de quienes se sienten enamorados, cogidos por el amor.


martes, 10 de octubre de 2023

No hagamos compartimentos estancos, con separaciones antagónicas, sino creemos verdaderos vasos comunicantes entre nuestro espíritu y lo que hacemos

 


No hagamos compartimentos estancos, con separaciones antagónicas, sino creemos verdaderos vasos comunicantes entre nuestro espíritu y lo que hacemos

Jonás 3, 1-10; Sal 129; Lucas 10, 38-42

Llegamos a un sitio y ni siquiera nos dan un vaso de agua… Parece que eso no lo concebimos; en nuestras formas corteses de tratarnos los unos con los otros se considera normal, de buena cortesía y educación el preguntar o el ofrecer generosamente algo a la persona que nos visita. Qué menos nos pueden ofrecer que un vaso de agua. Hay casas en las que parece que nada más entrar nosotros por la puerta ya están poniendo la cafetera al fuego para ofrecernos un café. Hay personas que son muy obsequiosas y hasta en cierto modo se nos vuelven pesadas para ofrecernos una y otra vez algo que nos vemos obligados a aceptar.

Pero sí hay una cosa que de alguna manera tenemos que observar y es que nuestra cortesía no se puede reducir como a unos protocolos, en que enseguida tenemos que ofrecer cosas, pero quizás no nos hemos detenido a charlar con la persona, interesarnos por su situación o sus preocupaciones y realmente entonces no terminamos de entrar en una relación y en una comunicación con la persona. Nos puede suceder muchas veces algo así.

Como comentaba en alguna ocasión lo que me había sucedido, y es que me recibieron muy bien en una casa, me llevaron a la mejor sala y me ofrecieron el mejor sillón para descansar, pero me dejaron solo, no tenía ni con quien hablar, se fueron para la cocina a preparar el café y las viandas que me querían ofrecer. ¿A qué había ido yo a visitar aquel lugar o aquellas personas? Nos damos cuenta que a veces hay matices que no nos parecen tan importantes, pero que son los que realmente tienen que interesar, y la persona está por encima de todo.

Nos puede ayudar lo que nos narra hoy el evangelio aunque hemos de cuidar ciertas interpretaciones fáciles. Jesús es bien recibido en una casa – por otros textos paralelos del evangelio sabemos que se está refiriendo el evangelista al hogar de Betania – y mientras la hermana mayor, Marta, se afanaba en los quehaceres de la casa, en preparar todo lo necesario para una buena hospitalidad, la hermana más pequeña se sentó a los pies de Jesús para escucharle y para hablar con El. Eso hará que reaccione la hermana mayor quejándose porque su hermana no le ayuda con todo lo que hay que hacer, con todo lo que hay que preparar.

‘Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas…’ le dice Jesús, Pero cuál es la más necesaria, cual es la más importante. ‘María ha escogido la mejor parte’, le dice Jesús, ‘y no se la arrebatarán’.

Muchas veces cuando escuchamos este evangelio contraponemos, no sé si de manera excesiva, las posturas de las dos hermanas. ¿Pero no estaban dos, de alguna manera, prestando un servicio al huésped que había llegado a la casa? Como se suele decir, alguien tiene que hacer las cosas. Pero esto podríamos decirlo tanto para lo que Marta estaba haciendo como lo que María hacía también. Creo que tendríamos que ver lo que hacemos como un servicio, aunque ese servicio tenga distintas facetas, diversas maneras de expresarlo y realizarlo.

El evangelio no nos está diciendo que hagamos como diversos compartimentos estancos, donde separemos una cosa de otra, casi como si fueran antagónicos. Necesario es detenerse para realizar el servicio. Era necesario que aquel sacerdote o aquel levita que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, se detuviera para prestar un servicio, porque de lo contrario lo otro que realiza, su culto en el templo, no tiene sentido. Como le será necesario a aquel buen samaritano que sepa encontrarse consigo mismo, que abra sus oídos y su corazón para la escucha, para poder mejor aun realizar aquel servicio que estaba realizando al curar al hombre herido.

Algunas veces escuchamos que nos dicen ‘menos rezos, menos misas, menos devociones, menos estar en la Iglesia, y más servicio a los necesitados, mejor corazón para tratar a los demás’. ¿Dónde encontraré la fuerza para tener ese mejor corazón? ¿Dónde encontraré la luz para comenzar a mirar con mejores ojos a los que voy encontrando por el camino? ¿Podré vivir los valores de servicio del evangelio si no me alimento por dentro, si no soy capaz de sentir la presencia del Espíritu que es luz y fuerza para mí?

No son departamentos estancos. Tienen que haber unos buenos vasos comunicantes entre una cosa y otra para poder realizarlo con toda intensidad.

lunes, 9 de octubre de 2023

No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

 


No solo es cuestión de saber quién es mi prójimo sino de ser yo capaz de comportarme como prójimo

Jonás 1,1–2,1.11; Sal. Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37

Todos nos hacemos preguntas; son nuestros deseos innatos de saber, de aprender, de conocer; preguntas que buscan caminos, preguntas que esperan una respuesta, preguntas que se hace uno a sí mismo, preguntas en cuya respuesta queremos darle una profundidad o un sentido a la vida, preguntas que son una petición de ayuda; preguntas llenas de sinceridad en esos deseos de búsquedas, pero preguntas en ocasiones maliciosas, envenenadas, porque buscan una respuesta a su gusto y su ritmo, porque quieren dejar en evidencia a aquel a quien le hacen la pregunta, preguntas retóricas que se quedan en el aire porque no esperan respuesta, o no queremos escuchar la respuesta. De todo eso tenemos en la vida, de todo eso tenemos experiencias porque nosotros mismos las hacemos, o porque somos interrogados por los que nos rodean.

Un letrado se acerca a Jesús. ¿Busca respuestas? ¿Quiere enreversar el asunto? La pregunta parece ser seria. ¿Qué tiene que hacer para heredar la vida? ¿Busca recetas o busca cosas sabidas? Porque Jesús le abre el camino. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?’ La respuesta tenía que darla el mismo porque para eso era maestro de la ley. Y no le quedará más remedio que recitar aquello que todo judío sabía de memoria y repetía varias veces al día.

‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’. Lo repetían al acostarse y al levantarse, al sentarse a la mesa, al salir de casa o al entrar en casa. Y Jesús le dice que ha respondido sensatamente, que haga eso y tendrá vida. ¿Querrá aún justificarse en las preguntas que está haciendo? ‘Y, ¿quién es mi prójimo?’

Jesús nos dejará la parábola del buen samaritano que todos conocemos bien y tantas veces hemos meditado. Pero, ¿nos sucederá a nosotros lo mismo que por mucho saberlo a final terminamos por no hacerlo? Sabemos bien quién es nuestro prójimo, no cabe duda. Pero ponemos nuestros entredichos, nuestros paréntesis, nuestras distinciones porque nos parece que no son lo mismo unos que otros; aceptamos como nuestro prójimo al que nos cae bien, piensa como nosotros, es de los nuestros, pero pronto comenzamos a hacernos reservas, porque no es de aquí, porque es otro el color de su piel, porque su apariencia no nos es agradable o incluso quizás nos repugna, porque un día me hizo o me dijo, me trató más o me despreció, porque tuvimos nuestras diferencias y ya lo miramos de otra manera…

Por cuantos pasamos de largo, como aquel sacerdote o aquel levita de la parábola que nos propone Jesús. Queremos llegar temprano al templo, tenemos tantas cosas que hacer que ahora no me voy a entretener, no llevo suelto en el bolsillo… cuantas cosas, cuantas disculpas nos buscamos. No es fácil mirar como prójimo al otro, porque creamos tantas distancias, inventamos tantas barreras, seguimos poniendo tantos escalones y pedestales. Lo sabemos muy bien, pero no lo hacemos tan bien.

Cuando el escriba le respondía textualmente diciendo lo que estaba en la ley de Moisés, Jesús le dijo ‘haz esto, y tendrás vida’. Ahora tras la parábola en la que Jesús nos quiere decir quien es nuestro prójimo y lo que no tenemos que hacer con él, le dirá que vaya y haga lo mismo que aquel que se portó como prójimo del otro. No es cuestión solo de saber quien es el prójimo y miramos hacia fuera, sino que tenemos que mirarnos a nosotros mismos y portarnos como prójimo del que está a nuestro lado sea quien sea.

‘Anda, haz tú lo mismo’.

domingo, 8 de octubre de 2023

Quiere el Señor que comencemos de una vez por todas a ser esos buenos administradores de los dones que El nos ha regalado para hacer un mundo mejor

 


Quiere el Señor que comencemos de una vez por todas a ser esos buenos administradores de los dones que El nos ha regalado para hacer un mundo mejor

 Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

¿Somos administradores o somos dueños? Pareciera que serían distintas las actitudes, las posturas, la manera de ver las cosas según como nos sintamos con aquello que tenemos entre manos. Parece que el administrador tiene que rendir cuentas ante aquel que lo ha puesto al frente de aquella administración. Sin embargo, si somos dueño podemos administrarnos como queramos, podemos hacer de aquello que tenemos lo que más nos guste o nos apetezca. Pudiera parecer que así es o pudiéramos quizás hacernos otros planteamientos, porque siempre tendría que prevalecer la responsabilidad ante la propia vida, ante nosotros mismos y creo que al final pensamos que incluso en aquello de lo que nos consideramos dueños también tenemos que actuar con una cierta responsabilidad. ¿Es que podríamos hacer de nuestro mundo lo que nos apetezca, incluso destruirlo si se nos llegara a ocurrir?

Creo que la parábola que hoy se nos ofrece en el evangelio, completada con lo que nos ha dicho el profeta Isaías, nos tendría que hacer pensar en este sentido. Es un canto de amor del amigo por su viña, muy preciada, como nos dice el profeta. Es una viña muy cuidada y preparada con todo tipo de detalles para hacerla producir de la mejor manera, de la que nos habla Jesús en la parábola. Y Jesús nos dice que el dueño de la viña, después de haberla preparado de la mejor manera, la arrendó a unos viñadores para que la trabajaran y le hicieran dar fruto. Hasta ahí todo muy hermoso.

Pero la viña de la que nos habla el profeta no produjo buenos frutos. Los viñadores que cuidaban de la viña, no rindieron sus frutos al dueño que al tiempo de la cosecha y la vendimia envió a sus criados a recoger sus frutos. Más bien los maltrataron y los echaron, como hicieron también con el hijo del dueño de la viña que mataron para ellos quedarse con la viña.

Y aquí tenemos que pararnos a pensar. Eran solamente los administradores pero ellos se creyeron dueños y en posesión de la viña. Cambiaron el enfoque. ¿Será lo que de alguna manera nos puede suceder a nosotros? ¿Podemos hacer de la vida lo que nos apetezca hasta llegar incluso a destruirnos? Mucho tiene aplicación esta parábola en lo que es la vida, lo que son nuestras responsabilidades y lo que son nuestros valores.

La parábola en si misma tiene una connotación muy en relación a lo que ha sido toda la historia de la salvación reflejada en el propio pueblo de Israel. Así lo entendieron los sumos sacerdotes y los ancianos a los que Jesús les estaba dirigiendo la parábola. Pero es nuestra historia, nuestra propia historia de la salvación que nosotros hemos vivido. Esa viña escogida y amada del Señor en la que ha derramado tantas gracias. Recordemos lo que ha sido nuestra vida, lo que hemos recibido y la respuesta que nosotros también damos. Mucho tenemos que mirarnos y mucho tenemos que revisarnos. ¿Cuáles son los frutos que hemos dado a tanta gracia, a tanto regalo que hemos recibido del amor de Dios?

Pero nos hace mirarnos también en las cosas de cada día que vivimos o que tenemos que realizar; nuestras responsabilidades en la vida, nuestros compromisos con el mundo en el que vivimos, nuestra relación con los demás, lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, nuestras capacidades. ¿Cómo nos lo hemos tomado? Pensamos muchas veces que son mis cualidades, son mis dones, es lo que yo valgo o lo que yo sé hacer; es para mi provecho y beneficio, es una riqueza en mi vida que yo me administro para mi mismo. ¿Me puedo quedar realmente con ese pensamiento tan egocéntrico, tan egoísta y tan insolidario? ¿Es que pensamos que el mundo y la vida es nuestra finca particular de la que podamos hacer lo que nos apetezca?

‘Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos jornaleros?’ La respuesta parece obvia. Pero Jesús termina la parábola dejándonos un principio muy hermoso. No habéis leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho,  ha sido un milagro patente’. Ya sabemos, es cierto que esa piedra angular es Cristo, pero también podemos entender que aunque merezcamos ser desechados por nuestra infidelidad y nuestra falta de lealtad para con el Señor que tanto nos ha regalado, sin embargo hay una certeza, y es que Dios quiere seguir confiando en nosotros. ‘Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta’, que nos decía san Pablo.

Quiere que sigamos siendo piedra en la construcción de nuestro mundo, quiere que recapacitemos y seamos capaces de darle la vuelta a la vida para que comencemos a aportar todo eso que somos, toda esa riqueza que hay en nuestra vida, tanto que el Señor nos ha regalado para que hagamos ese mundo mejor, para que construyamos el Reino de Dios. Quiere el Señor que comencemos de una vez por todas a ser esos buenos administradores de los dones que El nos ha regalado.

sábado, 7 de octubre de 2023

Contemplar a María, la amada y agraciada del Señor nos recuerda que también somos bendecidos de Dios con su presencia en nosotros y con nosotros

 


Contemplar a María, la amada y agraciada del Señor nos recuerda que también somos bendecidos de Dios con su presencia en nosotros y con nosotros

Zacarías 2, 14-17; Sal.: Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

Qué bien nos sentimos cuando sabemos con certeza que quien nos ama está a nuestro lado. Sentimos seguridad en la vida, nos sentimos con fuerzas para afrontar los caminos que tengamos que recorrer, hay una alegría en el corazón que nos hace ver las cosas de manera distinta, nos sentimos amados y eso nos hace felices. Son experiencias humanas y muy gratificantes, el amor nos da confianza para saber que esa presencia no la vamos a perder, y aunque muchas veces no lo veamos con los ojos esa fe que ponemos en aquel que amamos y que sabemos que nos ama nos da seguridad, aunque siempre podamos tener la tentación de la duda. Si nos faltara esa presencia parecería que la vida se nos derrumbaría.

He querido comenzar con esta experiencia humana que todos habremos vivido de una forma o de otra, porque quiero hablar de otra presencia. De nuevo hemos escuchado el evangelio del relato de la anunciación del Ángel a María en Nazaret. Lo hemos meditado muchas veces pero siempre hay algo nuevo que nos dice, algo en lo que podemos encontrar una nueva noticia de parte de Dios para nosotros.

Quiero fijarme en el saludo del ángel. No es un simple buenos días o buenas tardes como nosotros solemos expresar. Viene de parte de Dios y trae una buena noticia para María que va a ser inicio de más grandes buenas nuevas para toda la humanidad. El saludo viene de parte de Dios, ‘Dios te salve, María’, parece un buen deseo para comenzar pero es que le va a decir algo más y es la forma que nosotros empleamos para repetir las palabras del ángel. Pero el ángel quiso decir algo mucho más hondo porque no es un deseo sino un constatar una realidad; ‘Alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo’, es realmente lo que le dice el ángel.

Es la llena de gracia, la amada y bendecida de Dios en quien se ha derramado todo el amor de Dios, ha encontrado gracia ante Dios, es la agraciada de Dios ‘porque el Señor está contigo’. Como solemos decir más vale caer en gracia. María le cayó en gracia a Dios, ha encontrado gracia ante de Dios y eso va a significar que para siempre Dios va a estar en María. Con toda seguridad, con toda la seguridad de lo que es el amor de Dios, con toda la seguridad de ese regalo de Dios para siempre.

María será la virgen pura, será la que se siente pequeña aunque reconoce que Dios está realizando obrar grandes y maravillosas en ella y por eso su corazón cantará siempre agradecido al Señor, será la humilde esclava del Señor porque se siente en sus manos y se deja hacer por Dios, será servidora fiel que siempre se pone en camino para estar allí donde la necesitan, para abrir los ojos a las necesidades o los problemas de los demás y la vemos caminando a casa de Isabel o la vemos con los ojos bien abiertos en las bodas de Caná, será la que se deje inundar por el Espíritu de Dios que la hará fecunda para que Dios sea para nosotros siempre Dios con nosotros, y será la que está con el grupo de los discípulos para enseñarles y enseñarnos a abrir nuestro corazón al Espíritu Dios, será la que plante la Palabra de Dios en su corazón de manera que para ella ya no hay otra cosa que cumplir, que realizar esa Palabra del Señor, y la que nos enseñe también a hacer lo que El nos diga, porque siempre nos llevará hasta Jesús.

Si para María fue una realidad que Dios estaba con ella, para nosotros es un deseo y podríamos decir también que un propósito. Con vosotros estoy, hemos cantado muchas veces, también recordando que Jesús nos prometió que estaría con nosotros para siempre hasta el final de los tiempos. Es un regalo que también nos ofrece el Señor y también tendríamos que sentirnos los agraciados del Señor. Sí, Dios también quiere estar con nosotros, quiere regalarnos su presencia, pero quizás no siempre la sabemos apreciar.

Abramos nuestras puertas a Dios, abrámonos a la presencia de Dios que quiere estar en nuestra vida, seamos conscientes de esa presencia que nunca nos falta para que sintamos esa paz y esa seguridad que tanto necesitamos, no echemos en olvido su presencia, no pongámonos obstáculos a su presencia. Decíamos al principio lo bien que nos sentimos cuando sabemos de la presencia junto a nosotros del amigo que nos ama y nos sentimos fortalecidos y no nos sentimos solos, sino con animo para seguir adelante haciendo el camino. Seamos conscientes de que no es una presencia cualquiera, no es la presencia del amigo, es la presencia de Dios en ti. Nada nos puede derrumbar, nada nos puede vencer porque Dios está con nosotros.

Aprendamos de María a abrir nuestro corazón, a plantar su Palabra en nosotros, a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor.


viernes, 6 de octubre de 2023

Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros

 


Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

Qué fáciles somos para hacer juicio sobre la conducta de los demás y para nuestras condenas. No nos miramos a nosotros mismos. Como nos dice en otro lugar el evangelio somos fáciles para ver la paja en el ojo ajeno pero no nos damos cuenta de la viga que hay en el nuestro. Y esos juicios crean desconfianzas, distanciamientos, marcamos con un sambenito a personas o lugares con mucha facilidad y ya siempre los estaremos viendo desde ese prisma turbio que nos hemos creado; nos encerramos por otra parte en nosotros mismos, porque claro con cualquiera no nos vamos a mezclar.

Y nos sucede hasta en las interpretaciones que nos podamos hacer del texto sagrado de la Palabra de Dios. Además parece más fácil aplicárselo a los demás que aplicárnoslo a nosotros mismos. Es una tentación que podemos tener con el evangelio que hoy se nos ofrece. Son las imprecaciones de Jesús a Corozaín, Betsaida y el propio Cafarnaúm, por la poca respuesta que están dando a la acción de Jesús en aquellos lugares. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotros, ya hay tiempo que se hubieran convertido…’ les dice. Y lo mismo le dice a Cafarnaúm.

Pero es aquí donde tenemos que detenernos en nuestra reflexión. Parece que nos contentamos con estas imprecaciones que Jesús hace a aquellas ciudades, y de ahí no pasamos. Es donde tenemos que hacernos una lectura de nosotros, de nuestra vida, de nuestra respuesta. Cuando hoy el evangelio nos está narrando este hecho no es solo para que veamos lo malas que eran aquellas ciudades, sino para que nos miremos a nosotros mismos.

Cuántas maravillas ha realizado el Señor en nosotros, en nuestra vida. Si quisiéramos hacer un listado de las veces que hemos escuchado el Evangelio a lo largo de nuestra vida, y con la escucha del evangelio tantas reflexiones que se nos han ofrecido en homilías, en charlas, en encuentros, la lista sería interminable. Si nos detuviéramos a pensar en cuántas ocasiones hemos visto la acción de Dios en nuestra vida, por ejemplo, que nos ha ayudado cuando hemos acudido con nuestros problemas y necesidades, ¿hasta donde llegaría esa lista? Y así podríamos seguir haciéndonos muchas más consideraciones, de las veces que hemos recibido el perdón en el Sacramento de la Penitencia, de las veces que hemos comulgado al participar en la Eucaristía… tendríamos que preguntarnos ¿y hasta donde llega nuestra respuesta?

Bien sabemos, y lo reconocemos, que somos pecadores que hemos vuelto a caer una y otra vez en las mismas cosas de las que nos habíamos arrepentido, bien sabemos cómo nos enfriamos espiritualmente con tanta facilidad y caemos en tibiezas y rutinas una y otra vez, bien sabemos las veces que le hemos dado la espalda y no hemos querido escuchar, hemos querido silenciar nuestra conciencia y buscamos mil justificaciones que de nada nos sirven porque nos falta sinceridad. ¿Quiénes somos para juzgar y para condenar a los demás?

Tenemos que ser más congruentes en la vida, obrar en consecuencia a esa fe que decimos que tenemos, aprender a superarnos de una vez por todas para recomenzar de una vez por todas esos caminos de rectitud y buena conciencia que tendríamos que tener. Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta a esa llamada del Señor, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros.


jueves, 5 de octubre de 2023

Acuérdate del Señor, tu Dios, que es el quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza y te ha dado el bienestar en que vives

 


Acuérdate del Señor, tu Dios, que es el quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza y te ha dado el bienestar en que vives

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1 Crón 29, 10-12; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

¿Nos creemos merecedores de todo? Algunas veces parece que damos esa impresión. No es que vayamos buscando pleitesía pero sí pasamos como insensibles ante lo que recibimos y no tenemos palabras ni gestos para mostrar nuestra gratitud a los demás. Es cierto que mascullamos la palabra ‘gracias’ un poco por cortesía cuando nos dan algo, aunque también hemos de reconocer que esos buenos modales de educación también se van perdiendo hoy. Se nos puede quedar en una palabra de cortesía sin que lleguemos a mostrar una actitud interior de gratitud.

Son los pequeños detalles de la vida de cada día, que muchas veces nos faltan, pero también hemos de decir que nos sobra mucha autosuficiencia en que nos creemos que nos valemos por nosotros mismos sin necesitar nunca nada de los demás. Sí, es nuestra relación de los unos con los otros donde fallamos, pero reconozcamos que muchas veces nos envolvemos de una sequedad en la vida que nos hace caminar sin querer mirar a los lados, a los que caminan con nosotros, de los que estamos recibiendo mucho, o de la vida misma que nos regala multitud de ocasiones y oportunidades, que no siempre es que lo hayamos cosechado por nosotros mismos.

No sabemos mirar tampoco el conjunto de la vida, para dar gracias también por lo que por nosotros mismos hemos ido avanzando, pero también de la riqueza que estamos recibiendo de nuestro entorno, que tendríamos que ver con una trascendencia mayor. Quizás cuando pasamos por malos momentos buscamos apoyos y ayudas, no queremos sentirnos solos y queremos que nos arropen en nuestras luchas y esfuerzos, y ahí entra también nuestra dimensión espiritual donde estamos en esos momentos muy prontos para acudir a Dios que nos ayude o nos haga salir vivos de esas situaciones por las que estamos pasando. Pero bien sabemos que cuando pasa la tempestad pronto olvidamos todo aquello que antes habíamos pedido quizás con tanta angustia.

Es necesario detenernos, recapacitar, reconocer, descubrir nuevas actitudes y nuevos valores que tendríamos que tener más en cuenta. Algunas veces no sabemos cómo hacerlo. Pero es necesario. Tenemos que mirarnos menos a nosotros mismos para descubrir la riqueza que tenemos a nuestro alrededor, para apreciar lo que recibimos de los demás, lo que nos viene por la gracia de Dios.

Estamos en un día en que la Iglesia con la luz de la Palabra de Dios quiere hacer que nos detengamos un poco. En el lenguaje litúrgico lo llamamos las témporas de acción de gracias, de petición de perdón y de petición y súplica confiada al Señor en todas nuestras necesidades. En ese sentido la Palabra de Dios que hoy escuchamos nos da un toque de atención.

En la primera lectura Moisés, antes de la entrada en la tierra prometida, les recuerda que no olviden las acciones del Señor. Vendrán momentos de paz y de bienestar cuando se establezcan en la tierra prometida cuando ya puedan comer del fruto que les de la tierra en sus cosechas; pero no pueden olvidar el camino recorrido desde que salieron de Egipto, no pueden olvidar cómo el Señor les ha conducido por el desierto, como una nube luminosa que les iluminaba el camino en la noche o como una nube de sombra que suavizaba los ardores del sol durante el día. Lo han de recordar siempre. Han de ser agradecidos al Señor.

Nos insiste Jesús en el evangelio cómo hemos de tener toda nuestra confianza para pedirle al Señor en nuestras necesidades; somos pobres y débiles, humildemente hemos de saber reconocer que solo por nosotros mismos no sabremos salir siempre adelante.

Nos viene bien esa cura de humildad para que alejemos de nosotros esa soberbia y esos orgullos que tanto daño nos hacen, porque nos creemos prepotentes. Nos viene bien reconocer esa pobreza, esa incapacidad, que no se enfríe nuestra fe porque es la pendiente por la que pronto resbalamos cuando nos llenamos de autosuficiencia creyendo que en todo nos valemos por nosotros mismos.


miércoles, 4 de octubre de 2023

¿Nos atreveremos de verdad a ponernos al paso del camino de Jesús?

 


¿Nos atreveremos de verdad a ponernos al paso del camino de Jesús?

Nehemías 2,1-8; Sal 136; Lucas 9,57-62

Seguro que en más de una ocasión le hemos dicho a un amigo o a alguien vamos a dar un paseo; no se pretendía llegar a ninguna parte, sino simplemente caminar un rato, pero un paseo que seguramente ha servido para algo más que para estirar las piernas, como se suele decir; ese caminar al paso de alguien tranquilamente hablando ha servido quizás para muchos desahogos, para un hablar con confianza, para algo más que hablar de cosas intrascendentes, porque seguramente la conversación se ha vuelto seria y confidencial a lo largo del paseo; seguramente habremos deseado volvernos a encontrar y quizás ha sido unos de los propósitos que han quedado como conclusión.

Hablando de caminos, de caminos que hacemos juntos, habremos escuchado, no sé si alguien lo habrá experimentado, lo que significa el camino de Santiago. Esos caminos que desde toda Europa atraviesan valles, montañas y llanuras para llegar a la tumba del Apóstol en Compostela. Algunos quizás lo emprenden como camino turístico, pero he tenido la suerte de escuchar confidencias de personas para los que significó mucho hacer ese camino, de silencios y de soledades, de compañías muchas veces encontradas al azar, de expresiones de solidaridad para saber caminar juntos, de encuentros con uno mismo que les han llevado a encontrar la auténtica trascendencia de sus vidas.

En el evangelio escuchamos muchas veces como Jesús y los que lo seguían iban de camino; de camino atravesando pueblos y aldeas de Galilea en ese anuncio del Reino de Dios que les llevará en ocasiones a lugares un tanto lejanos, de camino en sus subidas a Jerusalén en distintas ocasiones, de camino porque con algunos de ellos sube a lo alto de la montaña del Tabor con todo lo que significó ese momento, como tantas veces hemos reflexionado.

Hoy nos habla también el evangelio de que mientras iban de camino... y nos señala tres encuentros, pero nos deja lo que tras esos momentos Jesús va como destilando de su corazón, para que comprendamos de verdad lo que significa ir de camino con El, seguirle. Siguiendo al paso de Jesús surgen ofrecimientos generosos y con buena voluntad, o surgen también invitaciones de Jesus. Es lo que dan los encuentros cuando se trata de conectar el alma.

¿Tras esos momentos de caminar junto al amigo, como antes reflexionabamos, no suele surgir el entusiasmo por la amistad reencontrada y de la que no nos queremos apartar nunca? Vamos a ser buenos amigos, nos decimos, vamos a hacer que esta amistad dure para siempre, aunque en esos momentos no calibramos las dificultades que podamos encontrar para mantener esa amistad. Son los ofrecimientos que le van haciendo aquellos que han venido a caminar con Él.

Pero ahí Jesus nos va dejando lo que son las condiciones, de lo que es la manera de caminar con El. El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza, les dice. ¿Buscamos seguridades que nos lo den todo resuelto? El camino hay que hacerlo con la dureza que lleva en sí mismo el camino; ponerse a caminar es arriesgarse, para ponerse a caminar hay que ser consciente de la dureza del camino, ponerse a caminar no es cosa de un momento porque ahora me siento más enfervorizado, ponerse a caminar es mantener el ritmo del camino pero con el deseo de llegar a una meta, ponerse a caminar no es solo contentar al amigo unos momentos sino asumir que ese camino que se emprende es para siempre, ese camino es un sentido de la vida.

Por eso les hablará Jesús también de que dejen que los muertos entierren a sus muertos o que quien emprende el camino y pronto está volviendo la vista atrás añorando lo que antes había sido su vida no es digno de emprender ese camino. Emprender ese camino es una opción seria con la que no podemos estar jugando ahora sí, ahora espera un poco, ahora no. El que no está conmigo desparrama, nos dirá en otra ocasión.

¿Nos atreveremos de verdad a ponernos al paso del camino de Jesús? 


martes, 3 de octubre de 2023

Intentemos hacer el camino de la vida al paso de Jesús con la misma decisión de su subida a Jerusalén y emprenderemos un camino de entrega y de amor

 


Intentemos hacer el camino de la vida al paso de Jesús con la misma decisión de su subida a Jerusalén y emprenderemos un camino de entrega y de amor

Zacarías 8,20-23; Sal 86; Lucas 9,51-56

De camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén'.

¿No sucederá de una forma semejante también en nuestra sociedad de hoy? Aunque es bonito hablar de derechos humanos, de que todos somos iguales y cosas muy lindas por el estilo, sin embargo a la hora de la verdad nos hacemos nuestros 'distingos', no nos aceptamos todos de la misma manera, siguen existiendo discriminaciones. 'Yo no soy racista' nos dice más de uno, pero es que a ciertos individuos - y nos citan países o regiones de origen, y nos hablan del color de la piel, y nos recuerdan cosas del pasado - no me los puedo tragar, te dicen. Muchas veces también nos dejamos llevar por las apariencias, y cómo la gente hoy viste como quiere, y hay personas con las que no nos sentaremos a su lado, por ejemplo. Ahi tenemos el problema de la inmigración irregular con gentes, por ejemplo en nuestra tierra, que nos llegan en pateras arriesgando sus vidas por buscar una vida mejor, y miremos la letanía de quejas que nos hacemos si los reciben, si los tratan bien, si los tienen en este lugar o en otro. Y así podríamos poner muchos ejemplos que suceden en nuestro entorno y en lo que nosotros algunas veces nos podemos ver tentados a caer.

Aunque pudiera parecer que esto no tiene que ver con el evangelio, la actitud de aquellos samaritanos que no querían recibir ni a Jesús ni a los que le acompañaban porque iban a Jerusalén me ha dado pie para hacerme estas consideraciones. Nos viene bien porque es una invitación a reciclar viejas actitudes que también podemos tener en nuestro corazón. Además el evangelio nos hace pensar en algo más, las reacciones que ante esas diversas situaciones se pueden provocar en nosotros. Vemos lo que les sucedía a los propios discípulos de Jesús; vienen quejándose porque en aquel pueblo no han querido recibirles y en una reacción violenta ya están pidiendo a Jesús que baje fuego del cielo para castigarlos. ¿No será algo semejante a cuando decimos que a esos emigrantes que los manden a sus tierras?

Tenemos que andar con cuidado porque aunque nos decimos cristianos, que tenemos fe en Jesús y queremos escuchar su evangelio, también a veces nos sucede que nos contagiamos del espíritu del mundo y las reacciones que tenemos ante los diversos problemas que se nos van suscitando en la sociedad no siempre están guiadas por el espíritu del Evangelio.

Decíamos antes que tenemos que reciclarnos, es una forma de hablar, pero con ello queremos expresar cómo siempre hemos de estar en una actitud humilde de revisión de actitudes y comportamientos, porque fácilmente nos dejamos llevar, nos dejamos contagiar y no están resplandeciendo en nosotros los valores del evangelio.

Nos hace falta humildad, nos hace falta impregnarse de los sentimientos de Jesús, nos hace falta contemplar mucho el camino de Jesús para seguir en verdad sus pasos. Que resplandezca en nosotros la misericordia, la comprensión, la acogida, la cercanía y la escucha, la humildad y la sencillez que nos aleje de vanidades, la mansedumbre del corazón de Cristo. Que sepamos aceptarnos y acogernos, a pesar de las debilidades o sombras que podamos contemplar en la vida, que sepamos valorar y respetar la dignidad de toda persona, que sepamos poner amor que le dará un colorido nuevo a nuestros ojos y que le dará entonces un colorido nuevo a las relaciones mutuas entre unos y otros.

Camino bello si lo supiéramos caminar, aunque sabemos cuánto nos cuesta; pensar en nosotros rutinas y viejas costumbres, actitudes egoístas e insolidarias y muchas veces demasiado amor propio, pero es un camino que podemos realizar porque lo intentamos hacer al paso de Jesús en su subida a Jerusalén.