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sábado, 27 de septiembre de 2025

Escuchemos sin temor ni complejos las palabras de Jesús y asumamos cómo tenemos que vivir la Pascua y proclamar los valores del evangelio hoy en nuestro mundo

 


Escuchemos sin temor ni complejos las palabras de Jesús y asumamos cómo tenemos que vivir la Pascua y proclamar los valores del evangelio hoy en nuestro mundo

Zacarías 2, 5-9. 14-15c; Jr. 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Cuántas veces nos sucede que presentimos que algo nos va a suceder y que quizás no sea agradable, pero no queremos pensar en ello; es como cuando una grave enfermedad nos afecta o afecta a alguien de nuestra familia y que quizás pueda ser presagio de una muerte que se acerca, o tenemos un familiar enfermo muy grave donde parece que se ha perdido toda esperanza, pero ni queremos pensar, ni queremos reconocer, ni queremos hablar de ello, nos lo queremos ocultar a nosotros mismos, pero también queremos como ocultarlo a los familiares que nos rodean sobre todo a los que nos parecen más sensibles, como lo ocultamos de todas formas a quien precisamente esta sufriendo o pasando por ese proceso; no queremos hablar, no queremos pensar, no queremos preguntar, queremos poner como un tupido velo, no queremos aceptar la realidad.

¿Es parte de nuestra debilidad humana? ¿Nos faltará la entereza necesaria para afrontar esos momentos? ¿Serán miedos que persisten en nuestra vida? Ahí queda ese pensamiento con esos interrogantes, que quizás algunas veces no nos queremos plantear. Daría mucho que pensar y reflexionar. ¿Qué tendríamos que hacer?

Nos vale esta experiencia bien frecuente en nuestra vida para entender lo que hoy nos dice el evangelio. Este episodio es como continuación de lo que ayer escuchábamos con la confesión de fe de Pedro ante las preguntas de Jesús. Pero no quiere Jesús que, de alguna manera, se les caliente la cabeza y se sientan inclinados a los triunfalismos. La respuesta de Pedro diciendo que Jesús era el Mesías entraba dentro de las esperanzas del pueblo de la pronta venida del Mesías prometido. Cercanas estaban los anuncios del Bautista en el Jordán diciéndonos lo cerca que estaba, pues en medio de ellos estaba y no lo habían sabido reconocer. Ya sabemos el sentido que le daban al Mesianismo en aquellos tiempos y hablar del Mesías les hacía pensar en cercanos triunfos y entrar en esa órbita de triunfalismo.

Ese no era el verdadero sentido del Mesías y Jesús quería dejarlo bien claro a sus discípulos. Por eso les habla de entrega y de muerte, porque esa además la realidad que tenían que afrontar y para lo cual Jesús quería prepararles. Ya escuchamos en el evangelio esos diversos momentos en que Jesús va haciendo ese anuncio. Pero siempre sucede lo mismo, los discípulos no entienden, y no se atreven a preguntar como sucede ahora también. ¿No es lo que nos pasa a nosotros en muchas situaciones duras de la vida?

Hoy mismo nosotros querríamos mejor una vivencia de cristiandad abocada también a muchos triunfalismos, que todo nos marchara bien, que nuestras Iglesias se llenen de nuevo de mucha gente, que podamos tener celebraciones esplendorosas, que podamos sacar de nuevo nuestras galas a la hora de hacer nuestras manifestaciones religiosas.

Pero ¿cuál es la verdadera realidad que estamos viviendo? No quiero andar con pesimismos porque mi fe me induce a ser positivo en la vida y a no perder nunca la esperanza, pero constatamos que en mucho a nuestro alrededor ya los valores cristianos no cuentan, aunque incluso tengamos magníficas y esplendorosas procesiones o la gente siga acudiendo a muchos santuarios religiosos. Pero hemos ido perdiendo ese sentido cristiano de la vida que ya no termina de impregnar la vida de nuestra sociedad, hay como un nuevo ateísmo a nuestro alrededor, mucha indiferencia y poco entusiasmo por nuestra fe.

Pero algunas veces cerramos los ojos y no queremos reconocerlo, y no somos capaces de volver a sacar toda esa energía interior para seguir proclamando el evangelio entre quienes nos rodean; nos falta compromiso, nos falta valentía, nos dejamos engullir por el materialismo y el sensualismo reinante en nuestra sociedad y no terminamos de hacer aflorar nuestros valores cristianos. Seguimos demasiado pasivos y sin esa valentía que nos tiene que dar nuestra fe para anunciarla con energía a nuestro mundo.

Pero lo malo es que no nos gusta ni pensar en ello, seguimos con nuestros miedos y nuestros complejos, no damos el paso adelante que tendríamos que dar, aunque tengamos que nadar a contracorriente en el mundo en que nos ha tocado vivir.

Escuchemos sin temor las palabras de Jesús y planteémonos seriamente como tenemos que asumirlas y hacerlas realidad en nuestra vida.


viernes, 26 de septiembre de 2025

Una pregunta fundamental hemos de hacernos sobre si la fe que profesamos define en verdad lo que vivimos marcando diferencias con los que no tienen fe

 


Una pregunta fundamental hemos de hacernos sobre si la fe que profesamos define en verdad lo que vivimos marcando diferencias con los que no tienen fe

Ageo 2, 1-9; Salmo 42; Lucas 9,18-22

Hay personas o personajes, con una cierta cercanía por diversas circunstancias a nosotros o a nuestra vida, que no nos dejan indiferentes. Personajes de la historia, personajes de hoy en un ámbito más universal que se sale de nuestra localización particular, o personas con las que de alguna manera hemos tenido alguna relación; nos ha llamado la atención su forma de vivir y actuar, nos habrán impresionado sus mensajes o sus palabras que han calado en nosotros haciéndonos pensar o haciendo que nos planteemos las cosas de otra manera, habrán sido gestos comprometidos con los que les hemos visto actuar y han dejado huella en nosotros. No sabemos cómo definirlos, pero quizás hayan sido un toque para nuestra conciencia que no podemos olvidar, una invitación a algo nuevo y distinto de lo que hacíamos de siempre. ¿Quién no sigue recordando un determinado profesor que tuvimos en un momento de la vida? ¿Quién olvida aquella palabra que recibimos quizás de nuestro padre que nos abrió los ojos a la vida?

Hoy en el evangelio Jesús nos lanza una pregunta muy importante. De alguna manera nos está preguntando cual es la huella que El nos deja en la vida. En el episodio del evangelio la ocasión viene motivada en unos momentos de especial intimidad de Jesús con sus discípulos más cercanos; el texto paralelo en Mateo nos sitúa el momento casi en las afueras del territorio judío cuando Jesús se había retirado con los discípulos para aquellas charlas tan especiales que Jesús tenía con ellos y en las que dejaba transparentar todo lo que llevaba en su corazón.

Ahora les pregunta en primer lugar por lo que ellos captan del sentir de las gentes sobre la presencia de Jesús. ¿Estará en verdad dejando una huella especial en aquel pueblo que le escucha y donde anuncia el Reino de Dios o les dejará indiferentes? ¿Qué piensa la gente de Jesús? ¿Cuáles son sus comentarios? Y los discípulos se explayan, pues son diversos los comentarios, las opiniones que la gente tiene de Jesús. ¿Un gran profeta? ¿Será que Juan Bautista, recientemente decapitado por Herodes, ha vuelto a la vida? ¿Será la vuelta del profeta Elías, como lo habían anunciado los profetas, después de haber sido arrebatado al cielo en un carro de fuego? Nadie ha hablado como este hombre, decían algunos; Dios ha visitado a su pueblo, comentaban otros; es el que viene en el nombre del Señor, le aclamarían un día. Sin embargo no todos lo tenían claro.

Pero Jesús quiere saber algo más y pregunta por lo que ellos sienten ante su presencia, qué significa Jesús para ellos. Si Herodes, como veíamos en el texto anterior, se preguntaba quién era este hombre por todo aquello que escuchaba acerca de Jesús, ahora es Jesús el que pregunta ‘y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta está pronta en los labios de Pedro, ‘el Mesías de Dios’.

Pero las preguntas somos nosotros los que las escuchamos hoy y a lo que tenemos que dar una respuesta, sobre lo que contemplamos en la vida y en el mundo que nos rodea de la percepción que tienen de Jesús, pero también de una forma concreta sobre lo que en verdad es nuestro pensamiento, más aún, nuestra fe. ¿Se estará quedando indiferente el mundo que nos rodea ante la persona y el mensaje de Jesús? Somos conscientes de la mezcolanza de opiniones que podemos percibir en el mundo que nos rodea.

No todos sienten la admiración de la fe, que nosotros podríamos sentir; no todos hacen una valoración igual aunque parezca que el evangelio y el cristianismo han influido en la vida y en la cultura de los hombres a través de los tiempos. Es cierto que hay toda una simbología que envuelve nuestra cultura y ha motivado de alguna manera la historia a lo largo de los siglos, pero ¿habrá quedado sembrada a pesar de todo eso la semilla del evangelio en nuestro mundo? Reconozcamos que se ha diluido mucho en nuestros tiempos ese mensaje de Jesús y lo que pueda significar la presencia de Jesús en la vida de la humanidad. Y nos encontraremos igualmente un desconocimiento muy grande a nuestro alrededor, por una parte por una deficiente formación que ha ido acrecentando ese desconocimiento, pero también por ese abandono de la fe y de todo lo que tenga un significado religioso desde ese materialismo que nos va envolviendo y haciendo caer en un nuevo ateismo en nuestra sociedad de hoy. Es la cruda realidad.

Pero nosotros los que nos llamamos cristianos y no solo porque hayamos sido bautizados de pequeños, ¿qué es lo que encontramos en Jesús? ¿Qué significa para nosotros y como está influyendo en nuestra vida? No nos basta que nos sepamos de memoria el Credo y podamos decir maravillas de nuestra fe como cosas que hemos aprendido bien, sino que se trata de preguntarnos si esa fe está definiendo nuestra vida y marcando diferencias. Jesús no nos está pidiendo palabras sino preguntándonos por el testimonio que seamos capaces de dar a través de nuestra vida.

Jesús después de la confesión de Pedro necesitó hacer unas aclaraciones muy importantes para que todo no se quedara en bonitas palabras. Habló del Hijo del hombre que se entregaría hasta la muerte, significando con ello el amor sublime que El había de vivir y que tiene que ser también el distintivo de nuestra vida. El anuncio que Jesús hace de su pasión y de su pascua no son solo palabras que describan un momento sino puerta que se abre para que nosotros en esa fe que tenemos en Jesús seamos capaces también de vivir esa pascua en nuestra entrega y en nuestro amor. ¿Será esa también nuestra confesión de fe?

jueves, 25 de septiembre de 2025

No nos basta decir que sabemos muchas cosas del evangelio e intentamos hacer lo que podemos; hace falta algo más que ‘buena voluntad’ para tener un encuentro vivo con Jesús

 


No nos basta decir que sabemos muchas cosas del evangelio e intentamos hacer lo que podemos; hace falta algo más que ‘buena voluntad’ para tener un encuentro vivo con Jesús

Ageo 1, 1-8; Salmo 149; Lucas 9, 7-9

A todos nos ha pasado de una forma o de otra; cosas que nos han pasado, palabras que hemos escuchado, accidentes que contemplamos en la vida, sueños perturbadores que en algún momento hemos tenido, personas con las que nos hemos encontrado o de las que hemos escuchado cosas que nos llaman la atención, se ha sembrado una inquietud en nuestro interior, nos hacemos preguntas a las que se nos hace difícil responder, la conciencia quizás comienza a ronronear en nuestro interior quizás por culpabilidades de cosas pasadas… pero ¿a final que ha significado eso en nuestra vida?

Podemos darle muchas respuestas, o acallarlo y dejarlo en lo más olvidado de nuestra conciencia para no tenerlo en cuenta, puede suceder que durante un tiempo no estemos tranquilos porque son cosas que no podemos quitar de nuestra cabeza, nos damos explicaciones que ni a nosotros nos convencen pero con las que queremos acallar esos gritos de nuestro interior, podemos echarlo todo al olvido y con el paso del tiempo aquello ha quedado como enterrado, pero quizás no hemos sabido dar un paso adelante para el que necesitábamos una valentía de la que nos parecía carecer, nos contentamos con ver las cosas de lejos pero no nos enfrentamos a ellas y la vida sigue rodando y rodando y seguimos igual, cuando quizás esas preguntas podían haber hecho si nos atrevíamos a dar respuesta a hacer algo que mejorara en lo más hondo de nosotros mismos.

Algo así se nos está planteando en el evangelio y quizás tendríamos que plantearnos cual es de verdad la actitud que tenemos ante el mismo evangelio, ante Jesús, y en el fondo todo lo que significaría nuestra religiosidad, nuestra relación con Dios, y en consecuencia nuestra vida que queremos llamarla vida cristiana. ¿Cuáles serían nuestras respuestas o las actitudes mantenemos sobre todo ello?

Partimos de las preguntas que se hacía Herodes ante lo que oía de Jesús. Eran cosas que le inquietaban. Se interrogaba y no sabía tampoco que respuesta dar. Le hablaban de Jesús, de su manera de actuar y de lo que enseñaba a la gente, de la respuesta que el pueblo estaba dando a aquella predicación de Jesús y los milagros que realizaba. En su mente se confundían muchas cosas. Un día había querido también escuchar a Juan a quien se decía que respetaba, pero influenciado por muchas cosas había terminado por degollarle. ¿Veía en peligro su poder? ¿Era incompatible lo que Juan enseñaba con la forma de vida de Herodes? La austeridad de Juan en el desierto hacía que estuviera muy distante con aquella vida de superficialidad, de lujos y de fiestas, de desenfreno e inmoralidades que se vivían en su palacio. Había también en su entorno quien quería quitarlo de en medio porque le molestaba lo que Juan denunciaba y enseñaba. Al final había pasado lo que tenía que pasar.

Ahora oye hablar de Jesús, de quien dicen que es un profeta, como los grandes profetas que ha habido en la historia de Israel; a él en su conciencia que le remuerde por lo que ha dicho le parece que Jesús es Juan que ha vuelto a la vida. Pero se seguían interponiendo los mismos obstáculos y aunque decía que tenía ganas de conocer a Jesús, nunca llegaría a un encuentro con El como para reconocerle como el Mesías y el Hijo de Dios.

Pero no nos quedamos en la consideración de lo sucedido con Herodes y sus inquietudes y sus relaciones frustradas tanto con el Bautista como con Jesús. Es que todo eso tenemos que verlo en nosotros mismos. Ante esos hechos que nos suceden en la vida y nos llenan de inquietud, ante esas palabras que escuchamos que tocan lo más hondo de nuestra conciencia, ante lo que vemos o escuchamos de la Iglesia, del evangelio que predica o del testimonio de tantos, ¿cuales son nuestras actitudes, nuestros deseos de búsqueda, las respuestas que vamos dando en la vida?

Porque muchas veces nos podemos poner a la distancia, para ver las cosas de lejos para no implicarnos, muchas veces nos hacemos oídos sordos o damos nuestras explicaciones que no son sino excusas, muchas queremos hacer nuestros arreglitos y como se suele decir ponemos una vela a Dios y otra al diablo, porque seguimos con nuestras rutinas o nuestras malas costumbres, seguimos dejándonos arrastrar ya sea por las pasiones o lo que salga en cada momento, pero no terminamos de dar el paso, no terminamos de abrir de verdad nuestros oídos para escuchar el evangelio, no terminamos de tener ese encuentro vivo con Jesús desde lo más hondo de nuestra vida.

Busquemos respuestas pero seamos valientes; dejémonos encontrar por la gracia, dejémonos encontrar por Jesús, dejemos que el Evangelio haga mella en nosotros, dejémonos iluminar por la luz.

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Jesús o del evangelio, que conocemos bien la Iglesia y que intentamos hacer lo que podemos; hace falta más que eso que llamamos ‘buena voluntad’, hacen falta decisiones firmes y valientes, hace falta abrir el corazón.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

No nos puede faltar la alegría de la fe para que el Evangelio siga siendo buena noticia que anunciar y curar la enfermedad de nuestro mundo

 


No nos puede faltar la alegría de la fe para que el Evangelio siga siendo buena noticia que anunciar y curar la enfermedad de nuestro mundo

Esdras 9, 5-9; Salmo Tb. 13; Lucas 9,1-6

¿Seremos capaces de echarnos a la calle para comunicar una buena noticia que hemos recibido a quienes nos vayamos encontrando, o llamar a la puerta de nuestros vecinos para hacerlos participes de esa alegría que hemos recibido?

Recuerdo en mi niñez que en mi tierra eran tiempos de emigración a Venezuela y las cartas de los familiares algunas veces tardaban en llegar, ver la alegría de mi madre cuando recibía noticias de los hijos que tenía en Venezuela entonces cuando recibía una carta y cómo buscaba la manera de compartir con las vecinas cercanas la alegría de las noticias recibidas. Hoy tenemos mejores medios de comunicación pero somos conscientes que de aquellas cosas que nos interesan bien que estamos al tanto de comunicar cualquier cosa buena que nos sucede a nuestros amigos a través de las redes sociales.

Pero ¿seremos tan prontos para compartir lo que nos alegra el alma y la experiencia de nuestra fe a los demás? Creo que es algo en lo que tenemos que pararnos a pensar, porque somos capaces de hablar de todas las cosas habidas y por haber, pero transmitir esos sentimientos del alma, esa parte de nuestra vida que es nuestra fe, parece que queremos dejarlo siempre en lo secreto y no tenemos la valentía de transmitirlo a los demás.

¿Cuándo hablamos de nuestra fe a los demás? Reconozcamos que vamos a Misa los domingos junto con otros cristianos y cuando salimos hablaremos de un montón de cosas que nos habrán sucedido recientemente o en la semana, pero comentar el evangelio que hemos escuchado es algo que se queda en el saco escondido, lo mismo que cuando llegamos a casa después de una celebración que estamos más pendientes de cualquier tarea o cosas que tengamos que hacer en el día, pero no de compartir aquella experiencia de fe que hemos vivido en la celebración. Con qué intensidad lo habremos vivido, quizás tendríamos que preguntarnos o si acaso ha sido un rito más que por rutina no queremos dejar de hacer pero sin implicación en la vida. ¿Habrá cobardía a la hora de dar testimonio de nuestra fe?

Escuchemos lo que nos dice el evangelio. Los discípulos de Jesús ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’. Eran parte de aquel grupo de los que seguía a Jesús; pero hoy el evangelio nos habla de cómo Jesús escogió a doce ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ haciéndoles unas recomendaciones de cómo habían de actuar, y ‘los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos’ e inmediatamente se pusieron en camino.

Era algo que habían de realizar con humildad y con disponibilidad; no eran los medios materiales en lo que habían de apoyarse, solo un bastón para el camino, les dice, ni pan en las alforjas y ni dinero en el bolsillo; era solo la fuerza de la Palabra que proclamaban y la disponibilidad de un corazón lleno de amor. ¡Cuantos preparativos nos hacemos muchas veces y en ello se nos va nuestro tiempo y nuestra vida, y al final nos quedamos en casa! ¿Nos estará faltando la alegría de la fe?

Algo nos está fallando a los cristianos hoy cuando el evangelio parece que ya no es buena noticia que tengamos que comunicar. Es más, algunas veces cuando lo oímos nos lo damos por sabido y no lo sentimos como esa buena noticia que hemos de recibir en el hoy de nuestra vida. Si no nos dejamos sorprender por el evangelio en cada momento de nuestra vida parece que ya nada tenemos que comunicar, que trasmitir, que anunciar. ¡Cuánto nos cuesta ponernos en camino! Pero ese mundo enfermo ahí lo tenemos esperando quien lo sane, ese mundo aburrido y cansado porque no recibe buenas noticias que le levanten el animo ahí está a nuestro alrededor y parece que tenemos miedo de ir hasta él.

¿Cuándo nos vamos a despertar los cristianos? ¿Cuándo iremos por el mundo curando enfermos al llevar la buena noticia de Jesús? ¿Cuándo el evangelio va a ser una buena noticia que nos llene de alegría y contagie a nuestro mundo? Muchos medios tenemos en nuestras manos para realizarlo. Pongámonos en camino.

 


martes, 23 de septiembre de 2025

Una nueva familia con unos nuevos lazos de amor que crean una nueva comunión cuando llegamos a vivir con toda intensidad el Reino de Dios

 


Una nueva familia con unos nuevos lazos de amor que crean una nueva comunión cuando llegamos a vivir con toda intensidad el Reino de Dios

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Salmo 121; Lucas 8, 19-21

Los vínculos de la sangre son algo muy profundo y muy precioso en la vida de las personas; algo que cuidamos con esmero y cariño porque de esos vínculos nacen  los lazos del amor más sublime y hermoso; no podemos, por supuesto, permitir que esos lazos se desgasten y se destruyan porque la familia es algo fundamental en el crecimiento de la persona, en ella nacemos y crecemos, en la convivencia familiar nos formamos y aprendemos de la vida y será un gran estímulo y hasta soporte para los avatares de nuestra existencia.

Pero sabemos bien que no son los únicos, que desde el amor, el afecto y la amistad también podemos crear vínculos muy profundos que pueden incluso sustituir aquellos vínculos de la sangre si algún día se rompieran. En el camino de la vida vamos estrechando esos vínculos nacidos del afecto y de la amistad en los que llevamos a una profundidad y madurez también admirable.

Ya se nos dice en un versículo de los libros sapienciales que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano’. Todos seguramente habremos tenido la experiencia de sentirnos con otras personas que no son de nuestra sangre sin embargo con relaciones más hermosas y profundas que las que sostenemos como la misma familia; no tenemos la misma sangre pero los sentimos junto a nosotros como una familia, como hermanos. Son esos vínculos que incluso pueden ir más allá de la amistad y que van creando una comunidad de amor en la que verdaderamente nos sentimos como hermanos.

Es lo que hoy nos quiere decir el evangelio, es lo que Jesús quiere crear en nosotros con la vivencia del Reino de Dios. No son ya las obligaciones que podemos sentir en nosotros en razón de la sangre y de la carne, sino que será un nuevo sentido de comunión, los sentimientos de una nueva familia de la que entramos desde nuestra fe y nuestro amor a formar parte.

A algunos les puede resultar desconcertante, si no lo entendemos bien, el pasaje que hoy nos ofrece el evangelio. Jesús está rodeado de mucha gente como siempre a la que está proclamando la Palabra de Dios, el anuncio del Reino. Muchas veces hemos visto cómo la gente se aglomera en torno a Jesús; en ocasiones hemos visto que la gente no puede ni siquiera entrar en la casa donde está como cuando le traen al paralítico al que terminarán descolgando por el techo; en la orilla del lago Jesús se valdrá de la barca de Pedro para desde ella anunciar el Reino a la gente aglomerada en la orilla.

Hoy quieren llegar a Jesús su Madre y los parientes que quizás han venido desde Nazaret. ‘Tu madre y tus hermanos te buscan’, le anuncian a Jesús. En la palabra hermano podemos entender esos vínculos familiares tan intensos en que todos se sienten de la misma familia y se consideran como hermanos. Se lo anuncian a Jesús, y pareciera que Jesús no hace caso, no le da importancia. Pero Jesús estará proclamando algo muy importante. ¿Quiénes son para Él su madre y sus hermanos? No se queda en la relación de la sangre, El nos mira con una mirada más amplia, el nos hace entender esa nueva relación que tiene que haber entre nosotros en la medida en que escuchamos la Palabra de Dios y acogemos el Reino de los cielos que nos anuncia Jesús.

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús y mira en su derredor. Allí está la nueva familia, allí están los que han venido ansiosos por escuchar la Palabra de Dios. Podríamos decir, hablando en un lenguaje quizás meramente humano, que Jesús se debe a aquellos que han venido a escucharle. Pero es que nos está diciendo más, allí están las señales del Reino de Dios que está anunciando, allí están todos aquellos que quieren escuchar la Palabra de Dios, que quieren hacer presente en sus vidas el Reino de Dios que está anunciando Jesús. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón’. Ya lo diría también en otra ocasión cuando aquella mujer anónima en medio del pueblo entona alabanzas para la madre que trajo al mundo a tal hijo, ‘Dichoso el vientre que te llevó, dichosos los pechos que te amamantaron’. Pero Jesús dirá ‘más dichosos aun los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón’.

Esa es la nueva familia de Jesús, esa es la familia que nosotros tenemos que ser, esos son los lazos de amor que entre nosotros hemos de crear, ese es el Reino de Dios que hemos de vivir. 


lunes, 22 de septiembre de 2025

Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

 


Claramente nos dirá Jesús que es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorarla, a El tenemos que acudir, de El nos tenemos que dejarnos alumbrar

Esdras 1,1-6; Salmo 125; Lucas 8,16-18

La luz, qué necesaria es. Cómo nos ponemos de incómodos cuando nos falta la energía y nos quedamos a oscuras de noche en la casa. Pronto buscamos sustitutos de esas lámparas que no iluminan por la falta de energía, y en consecuencia vendrás las reclamaciones, ha significado quizás una pérdida de beneficios o simplemente no soportamos que no haya luz; lo mismo nos sucede cuando tenemos que enfrentarnos a un camino oscuro y tenebroso en la noche que no tiene unas luminarias que nos ayuden a encontrar el camino. Cada vez que hay un apagón cuantas son las protestas de todo tipo que se levantan.

Pero, ¿es solo esa luz la que nos importa? Creo que en ocasiones andamos un tanto desorientados en ese tema de la luz, porque de las únicas luces de las que nos preocupamos es de la que nos pueda dar una lámpara encendida en nuestra casa o en nuestros caminos. Sin embargo, en muchas cosas andamos a oscuras, no nos importa la falta de luz, nos buscamos nuestros sustitutos para esas carencias pero siempre serán luces que nos puedan llevar al engaño y pudieran incluso desestabilizar nuestra vida.

¿Tenemos claros los caminos que hemos de andar en la vida? ¿Buscamos un verdadero sentido a lo que hacemos para que nos lleve a una plenitud de vida? ¿Nos dejaremos en ocasiones envolver por tinieblas porque no ponemos el empeño necesario para encontrar ese sentido de nuestra vida? Algunas veces parece que los fuegos fatuos son los que nos llaman la atención desde la superficialidad con que vivimos la vida. Andamos a oscuras en la vida porque aquellas luces que nos van apareciendo junto a nuestro camino tratamos quizás de cubrirlas con nuestras vanidades y apariencias, con nuestro orgullo que nos hace creernos que estamos por encima de quien nos puede dar la verdadera luz, con nuestros entretenimientos superficiales que nos distraen y nos confunden, o con ese materialismo de la vida que nos impide levantar nuestra mirada a otros niveles que nos den mayor plenitud a nuestra existencia.

Pero quizás en esas cosas no queremos pensar, nos hemos acostumbrado a nuestras sombras que nos parece que no necesitamos otra luz, o nos dejamos arrastrar por la primera luz que aparezca aunque esté llena de confusiones; los oropeles de la vida nos confunden con sus brillos fatuos y ni queremos pensar donde podemos encontrar esa verdadera luz.

En esto nos quiere hacer pensar Jesús. Y mira que nos dice que nos pensemos bien las cosas, que analicemos bien lo que escuchamos o las distintas propuestas que de un lado o de otro de la vida vamos recibiendo. ‘Mirad, pues, cómo oís’, nos está diciendo. Porque suenan sonidos en nuestro entorno y no llegamos ver cual es el autentico. Nos está invitando Jesús a abrir bien nuestros oídos para que sepamos de quien en verdad nos podemos confiar. Hemos de saber buscar lo que de verdadera plenitud y sentido a nuestra vida. No son remiendos lo que necesitamos; de nada nos ayuden las luces que pronto se agotarán por falta de verdadero combustible, de nada nos vale tener una luz pero tenerla escondida. Hemos de calibrar bien nuestros oídos para escuchar lo que el Señor tiene que decirnos, aunque no nos gusta en ocasiones porque nos pone el dedo en la llaga, y eso no gusta, porque nos duele, porque tenemos que reconocer nuestras oscuridades y nuestros errores.

Claramente nos dirá que El es la verdadera luz de nuestro mundo, aunque las tinieblas pretendan devorársela. A El tenemos que saber acudir, de El nos tenemos que dejar alumbrar, en El vamos a encontrar ese aceite que nos mantenga para siempre la lámpara encendida. Es lo que tenemos que buscar, es lo importante para nuestra vida. Sepamos encontrarlo. Y además nos está diciendo Jesús que nuestra luz tiene que estar bien colocada para que todos los que entren puedan estar iluminados, encontrar esa luz.

domingo, 21 de septiembre de 2025

Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

 


Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

Amós 8, 4-7; Salmo 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

Cada uno en la vida tiene sus valores, aquellas cosas que considera más importantes, más fundamentales en su vida y podríamos decir que sin ellas pareciera que su vida careciera de sentido, y otras que con ser importantes le damos menos importancia, menor valoración, como también otras cosas que para nosotros no tienen valor, las consideramos negativas y de las que nos apartamos o no dejamos introducir en nuestros planes de vida. Son los criterios por los que nos regimos, son los principios que fundamentan nuestra existencia, son de alguna manera los que nos van a definir lo que somos y como somos.

Con esto de alguna manera estamos hablando de hacernos una escala de valores para priorizar lo que realmente es lo más valioso para nosotros. Y esto de la escala de valores es algo serio e importante porque como decíamos nos está definiendo, nos estará diciendo también qué clase de persona somos. Es el fundamento de nuestra moralidad, de la ética por la que regimos nuestra vida.

Hemos de reconocer que no siempre lo tenemos claro, que no siempre somos consecuentes con lo que decimos, porque proclamar principios muchas veces nos puede resultar fácil, pero eso llevarlo a la práctica de nuestra vida no siempre lo hacemos; de ahí la incongruencia en que tantas veces vivimos. Claro que para llegar a ello hemos de ir formando nuestra conciencia para llegar a tener las cosas claras, pero también para tener la madurez y valentía para actuar en consecuencia.

Es importante la educación que recibimos que nos enseña a alcanzar esa madurez, conseguir esos fundamentos de nuestra vida. Algunas veces parecemos infantiles que no sabemos lo que queremos, nos falta personalidad, firmeza y madurez, y andamos tonteando de acá para allá sin saber a qué quedarnos. ¿Estaremos dando principios estables, poniendo de verdad esos cimientos, en la educación que le damos a las jóvenes generaciones que vienen detrás de nosotros?

En este momento de nuestra reflexión quizás tendríamos que preguntarnos si tenemos clara esa escala de valores en el día a día de nuestra vida, si acaso hemos alcanzado esa madurez, y con sinceridad plantearnos cuales son las cosas que consideramos fundamentales para nuestra vida, a las que le damos la mayor importancia. Cuidado con que el materialismo nos invada y nos envuelva.

Es lo que hoy nos está planteando Jesús en la parábola que se nos propone en el evangelio. Aquel hombre que quizás había querido darle sentido a su vida desde las riquezas, aprovechándose en todo lo que podía en la administración de los bienes de su amo, se descubrió a sí mismo con las manos vacías. Cuando le pidieron cuenta de su administración, sabiendo incluso que había obrado mal y que iba a ser despedido, se encontraba que no sabía a dónde acudir ni qué hacer. Como decía él ni siquiera sabía trabajar en el campo, en esa dignidad que se creía tener le daba vergüenza pedir limosna, sabía que su vida había perdido sentido. Pero encontró un camino.

Un camino en el que por una parte rehacía lo que torpe e injustamente había hecho cuando abusaba de los deudores de su amo cargándoles con más intereses que lo que realmente debían y por otra se ganaba la consideración de las personas que le rodeaban; el respeto a la dignidad de las personas, el respeto a un trabajo digno, el reconocimiento de su vaciedad y de sus errores le ayudó con su astucia a encontrar una salida. 

Cuando ponemos nuestros intereses materiales por encima del valor y dignidad de las personas andamos perdidos, como lo estaba aquel hombre. Pero reaccionó a tiempo, se ganó la consideración incluso de su amo que le alababa su astucia y su manera de encontrar salida a su vida, se ganaba unos amigos en aquellos a los que en cierto modo condonaba sus deudas haciéndolas más justas.

¿Qué andamos buscando en la vida? ¿Dónde están nuestros principios y valores? ¿Qué es lo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros? Desde el principio de nuestra reflexión nos lo hemos venido planteando; el ejemplo de esta parábola tiene que ser para nosotros un aliciente más para encontrar ese verdadero valor, ese verdadero sentido de la vida. No es lo material lo que nos hace grandes, es el respeto y valoración de la persona lo que nos hará encontrarnos con nosotros mismos, es el camino por el que tenemos que ir encontrando la verdadera madurez de nuestra vida.


sábado, 20 de septiembre de 2025

Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios

 


Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios

1 Timoteo 6,13-16; Salmo 99; Lucas 8, 4-15

No soy campesino, porque a eso no he dedicado mi vida, pero sí hijo de campesinos; mi vida ha transcurrido podríamos decir en ambientes campesinos y ahora mismo vivo en una ciudad campo, así la han querido definir, y las casas habitualmente están rodeadas de campos de cultivo. Me duele en el alma por todo eso el contemplar cómo se van abandonando nuestras tierras y donde había en otros momentos excelentes producciones agrícolas ahora se han convertido en eriales o se han transformado para ser terrenos para edificar en ellos. Es triste ver en muchas ocasiones como una cosecha se malogra, bien porque se ha cultivado con la suficiente intensidad y a causa muchas veces de ese abandono vienen la sequía y las plagas y donde podía esperarse una buena cosecha nos encontramos con la ruina, por así decirlo.

Recuerdo todo esto desde la escucha de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, pero pensando en nuestra tarea de agricultor que hemos de cuidar donde arrojar esa simiente o del cultivo que hemos de hacer luego de esas plantas que germinan para que nos den buena cosecha, mirando nuestro propio campo de cultivo o mirando lo que sucede en nuestro entorno.

¿Cuál es la cosecha que se está produciendo en nuestra vida? O más bien tendríamos que preguntar, ¿qué tipo de cultivo estamos nosotros realizando con esa semilla sembrada en nosotros para que en verdad lleguemos a dar frutos?

Al explicar Jesús la parábola a los discípulos más cercanos que le pidieron una explicación, habla de la semilla de la Palabra de Dios, de esa semilla de todos esos dones que Dios ha puesto en nosotros y que hemos de saber hacer fructificar. Pensamos, sí, en ese regalo de Dios de su Palabra que hemos de saber escuchar. Pero esa Palabra viene para hacernos fructificar nuestra vida, con todo lo que somos, con nuestros valores y nuestras cualidades, con todas esas posibilidades que hay en nosotros si desarrollamos cuanto somos y con toda esa riqueza que con la vida vamos acumulando en nosotros.

No arruinemos nuestra vida, no dejemos que se metan en nosotros esas malas yerbas que al final solo producirán en nosotros abrojos que para nada nos sirve; sepamos pues limpiar esa tierra de nuestra vida de cuantos pedruscos van a entorpecer el cultivo de nuestro campo; abrojos y pedruscos de nuestras pasiones descontroladas, abrojos y pedruscos cuando solo pensamos de forma egoísta en nosotros mismos y con nuestra cerrazón se van creando aristas en nuestra vida que hieren a los demás; abrojos y pedruscos de nuestras vanidades y nuestros orgullos, que hacen crecer esas malas hierbas de nuestro amor propio, de nuestras ambiciones que endurecen nuestro corazón, de esas aristas de nuestros recelos y nuestras envidias que tanto daño hacen y que pueden convertirse en plagas que nos dañen desde lo más hondo y hagan inservible lo que podamos ir produciendo;  abrojos y pedruscos que nos hacen superficiales, donde no le damos importancia a la semilla dejando que sea pisoteada por cualquiera o por falta de profundidad en nuestra vida no lleguemos a captar lo que verdaderamente es importante.

Valoremos pues esa semilla que recibimos, escuchamos y acojamos la semilla de la Palabra de Dios que llega a nosotros. Cuidemos nuestro campo, cuidemos nuestra vida, sepamos realizar ese trabajo silencioso del agricultor que prepara la tierra, arrancando abrojos, separando de verdad los caminos de los campos de cultivo para que en verdad sean aprovechables buscando pues lo que es verdaderamente importante en nuestra vida y para nuestra vida, arrancando de esa tierra de nuestro corazón todo lo que pueda impedir que esa semilla arraigue de verdad en nosotros para que al final podamos recoger una buena cosecha al ciento por uno, abriendo en verdad los oídos de nuestro corazón buscando todos los correctores que sean necesarios para que llegue clara y diáfana esa Palabra a nosotros.

¡Cuántas superficialidades tenemos que superar! ¡Cuánto tenemos que saber ahondar en esa tierra de nuestro corazón dejándola regar con la gracia del Señor para que pueda germinar esa semilla!

Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios.


viernes, 19 de septiembre de 2025

Anónimos y desconocidos tenemos que aprender a valorar a tantos que en silencio a nuestro lado por su fidelidad y su amor están haciendo anuncio del evangelio

 


Anónimos y desconocidos tenemos que aprender a valorar a tantos que en silencio a nuestro lado por su fidelidad y su amor están haciendo anuncio del evangelio

1Timoteo 6,3-12; Salmo 48; Lucas 8,1-3

Darle plenitud y valor a la vida no significa que siempre tengamos que estar haciendo cosas extraordinarias; tenemos que aprender a valorar las cosas pequeñas y sencillas de cada día, que nos pueden parecer una rutina repetida porque nos parece que siempre estamos haciendo lo mismo. No tenemos que afanarnos por hacer cosas extraordinarias, sino que nuestra preocupación ha de estar más bien en hacer extraordinariamente bien esas pequeñas cosas de cada día. Ahí está la vida, lo que en cada momento vivimos, que es donde tenemos que dejar nuestra mejor huella. Será la que en verdad cautivará los corazones, será esa semilla plantada en silencio en lo que nos parece un campo cualquiera, pero que si la cuidamos bien nos dará una hermosa planta y generosos frutos.

Esto creo que tenemos que pensarlo en lo que es nuestra vida ordinaria, que serán nuestros trabajos o nuestra vida familiar, ese salir cada mañana al encuentro de los demás y esos gestos sencillos con que nos saludamos o nos preocupamos mutuamente los unos por los otros. Pero ha de ser también la pauta para lo que significa nuestro compromiso dentro de la comunidad o en el seno de la Iglesia. No son milagros que tengamos que ir haciendo a cada paso, sino en esa sencillez de nuestra vida y en esas cosas que hacemos cada día vamos dejando la impronta de nuestra fe, el perfume del evangelio.

Quizás algunas veces, sobre todo cuando ya vamos teniendo nuestros años, nos ponemos a mirar hacia atrás en el camino que hemos hecho en la vida y puede que podamos sentir el desaliento de que no hemos hecho grandes cosas. Seguro que una mirada atenta a esas cosas ordinarias que íbamos haciendo cada día nos hará descubrir muchas buenas huellas que hayamos dejado, aunque no hayamos hecho nada extraordinario, pero esa fidelidad de cada día, esas cosas que quizás repetimos una y otra vez con las que queríamos mostrar nuestro compromiso, nuestra fidelidad, o simplemente hacer sentir nuestra presencia pueden ser señales de esas obras maravillosas, que no nosotros, pero que Dios ha obrado a través de nosotros. Porque esto es importante, saber descubrir y sentir ese actuar de Dios que solo podremos apreciar desde la fe. No tiene que haber desaliento en nosotros ni por otra parte hacer resaltar nuestros orgullos y vanidades, sino humildad para saber dar gracias a Dios.

Hoy nos encontramos con una página del evangelio que parece que no nos dice nada, pero es una página de un día ordinario de la vida de Jesús. En este caminar de una lado para otro en aquellos caminos de Galilea visitando los diferentes lugares hoy no nos muestra nada extraordinario; solo habla de que iba de un lugar para otro haciendo el anuncio del Evangelio, menciona quienes le acompañaban, aparte de aquel pequeño grupo de discípulos a los que constituiría un día apóstoles con una llamada especial, simplemente nos dice que le acompañaba un grupo de mujeres, se mencionan algunas, pero quiere expresar ese grupo más grande de las que quieren ser fieles y estar siempre con Jesús, fidelidad que les llevará a compartir incluso sus bienes en ese actuar de Jesús.

¿Nos sentiremos nosotros quizás anónimos en ese grupo de los que siguen a Jesús? Pasaremos incluso por desconocidos y nuestro nombre no saldrá en ningún noticiario, pero ahí estamos con nuestra fidelidad, con nuestros deseos de estar con Jesús y seguirle, ofreciendo lo que somos y también compartiendo nuestra vida. No será nada extraordinario pero será sobre todo anuncio ante el mundo que nos rodea de la buena nueva de Jesús que vamos plasmando en la sencillez y humildad de nuestra vida.

¿Seremos capaces de valorar también a tantos que de forma anónima quizás o sin aparentar, desde su sencillez y su humildad están siendo también anuncio de esa buena nueva de Jesús a nuestro mundo? Tenemos que aprender a valorar a tantos que quizás nos pasan desapercibidos pero que están haciendo una gran labor en la Iglesia desde su silencio, pero desde su amor y su entrega.

 

jueves, 18 de septiembre de 2025

Abrámonos a los caminos nuevos del amor tapizados por la comprensión y el perdón y sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús

 


Abrámonos a los caminos nuevos del amor tapizados por la comprensión y el perdón y sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús

1Timoteo 4, 12-16; Salmo 110; Lucas 7, 36-50

Aunque hoy decimos que nos damos de muy liberales y que nadie nos tiene que imponer lo que tenemos que hacer, sin embargo nuestra sociedad está llena de unos protocolos que marcan nuestras relaciones, muchos actos de la misma vida social y que aunque no lo confesemos muy claramente sin embargo de alguna manera nos sometemos y los convertimos hasta en normas de conducta. No solo son las cuestiones de buena urbanidad y de mutuo respeto que nos hemos de tener los unos a los otros, sino que en nuestros círculos no siempre aceptamos aquellos que nos parecen diferentes, con no todo el mundo queremos mezclarnos para que no digan de nosotros y vamos creando una serie de discriminaciones en función de los trabajos o cargos que desempeñen, los lugares de origen, lo que llamamos legalidad para permanecer en un lugar con todos sus derechos humanos y así podríamos pensar en muchas cosas; no admitimos a nuestra mesa a cualquiera, cuidamos muchos a quienes vamos a invitar a algún tipo de celebración, y hasta entre vecinos creamos distanciamientos y diferencias. Quienes tengan mala fama o de los que se sospeche o hayan cometido ciertos delitos ya los marcaremos para siempre queriendo crear un círculo de aislamiento.

En el tiempo del que nos habla el evangelio fuertes eran esas discriminaciones, las barreras que se interponen entre unos y otros y no eran solamente los leprosos los que eran aislados para evitar el contagio sino que eran muchas más las trabas impuesta en la sociedad de entonces; las mujeres no contaban para nada, los que se consideraban pecadores eran excluidos del trato de aquellos que se consideran puros y cumplidores, muchos escalones dentro de aquella sociedad que vemos hoy en el pasaje que contemplamos cómo Jesús se los salta porque era algo nuevo lo que Él quería ofrecernos. Hacía falta, como diría en otra ocasión, unas vasijas nuevas para el vino nuevo que Él venía a ofrecernos en el anuncio del evangelio.

Unos protocolos de acogida, una separación y distanciamiento entre los que asistían al banquete que aquel fariseo le había ofrecido a Jesús, unas actitudes nuevas y un nuevo sentido de vida venían a ofrecernos Jesús. Un banquete en el que solo participaban hombres y que demás se consideraban unos puritanos; pero una mujer que se introduce saltándose todos los permisos, podríamos decir, que se introduce en la sala del banquete; un juicio y prejuicio que se va apoderando del corazón de quienes están sentados a la mesa, empezando por quien había hecho la invitación, porque además aquella mujer era considerada una mujer pecadora.

Además aquella mujer estaba ahora realizando lo que no se había hecho en virtud de las normas de la hospitalidad, cuando lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los besa con todo su amor, mientras el perfume de nardo puro envuelve a todos los comensales al ungir los pies de Jesús. Parecería que aquello era algo intolerable, pero Jesús se deja hacer, permitiendo que aquella mujer pecadora unja y perfume sus pies. Pero ahí están las palabras de Jesús en aquella pequeña parábola que propone. ¿Quién crees que amó más tras el perdón que habían recibido por su deuda? Palabras que van a conducir a Jesús a su momento culminante, el perdón generoso ofrecido por Jesús a aquella mujer que tanta amaba a Jesús a pesar de su condición de pecadora.

Saltan por los aires todas las prevenciones que aquellos hombres tenían ante aquella situación que se está viviendo con la presencia de aquella mujer pecadora. Pero, ‘¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?’ Aquello era considerado una blasfemia porque Jesús se estaba atribuyendo el perdón de Dios. No lo podían comprender como nunca llegarán a comprender el sentido de la muerte de Jesús. Solo los que se pusieran humildes ante Dios, pero con un corazón cargado de amor lo podrían entender.

Es que solo los humildes, los sencillos que ansiaban y deseaban tener limpio el corazón podían comprender aquel misterio de lo que es el amor de Dios y el perdón que nos regala. Solo un hombre que se sintió empequeñecido ante el milagro de amor que contemplaba, como fue aquel centurión del calvario, podía reconocer la inocencia y la grandeza de Jesús. Un centurión también con humildad se había acercado un día, aunque se sabía no merecedor de la gracia que pedía, se había también atrevido a acercarse a Jesús y recibiría la mejor alabanza de Jesús. ‘No he encontrado en nadie tanta fe en todo Israel’.

Es el camino nuevo en que viene a ponernos Jesús. Han de saltar por el aire todas las prevenciones, porque cuando vivimos con la vida encorsetada por los protocolos del hombre viejo no podremos sentir el gozo de la libertad que nos ofrece Jesús con su vida nueva. Rompamos barreras y saltemos por encima de los abismos, que sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús. Abrámonos a los caminos nuevos del amor que tienen que estar tapizados por la comprensión y el perdón, porque será así cómo podremos disfrutar del perdón que viene a traernos Jesús con su muerte redentora y su salvación. 


martes, 16 de septiembre de 2025

Necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, ni nos dejemos influir por la primera impresión

 



Necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, ni nos dejemos influir por la primera impresión

1 Timoteo 3, 14-16; Salmo 110; Lucas 7,31-35

Tantas veces que nos dejamos llevar por la primera impresión; es una tentación fácil en la que podemos caer, juzgamos por las apariencias, no nos detenemos a pensar y reflexionar, nos dejamos influir por esa primera impresión en una mirada superficial o muchas veces influidos ya sea por nuestros prejuicios, ya sea desde influencias externas que recibimos desde quienes están interesados en que veamos todo según su punto de vista, y caemos también nosotros en esa superficialidad y ligereza.

Así los juicios que nos hacemos de los demás, de lo que hacen, y no nos preguntamos qué circunstancias están viviendo esas personas para actuar así o cuales son los problemas por los que están pasando, las motivaciones que puedan tener o el respeto que tendríamos que tener a la forma de pensar o de actuar de los demás. Pronto estamos para exigir que nos escuchen a nosotros y respeten nuestra opinión porque es la nuestra, pero no somos capaces de respetar la opinión o el actuar de los demás. Así andamos en una carrera loca en la vida.

Estaba pasando con Jesús como había pasado con Juan Bautista; no gustaba el camino de exigencias y austeridad que planteaba Juan, porque escucharle y seguirle significaba entrar en camino de conversión, de cambio en sus vidas, de cosas con las que tendrían que actuar de otro modo y se resquebrajaba la comodidad en la que vivían o las rutinas en las que se movían sus vidas.

Cuando hay exigencias enseguida volvemos la espalda para no enterarnos o para seguir por nuestro camino; aunque había habido muchos que habían ido a escuchar a Juan en el desierto, otros poco menos que iban a fiscalizar sus palabras, o le volvían la espalda, porque les parecía insoportable.

Pero con Jesús estaba sucediendo lo mismo. Muchos se sentían entusiasmados con sus enseñanzas, con sus milagros y le seguían hasta lugares descampados o le salían al paso con sus enfermos, pero otros no querían reconocer la autoridad con que hablaba y actuaba Jesús, veían quizás en peligro sus posiciones y prestigios y bajarse de los pedestales no es cosa fácil; por eso una cosa que hacían era querer desprestigiarlo diciendo que comía y se juntaban con pecadores y gente de mala vida, le negaban la autoridad de su palabra y el poder de Dios con que actuaba, se escandalizaban porque perdonaba los pecados, o porque dejaba que sus discípulos, aunque fuera en sábado, pudieran coger unas espigas por el camino para llevarse a la boca.

Por eso Jesús se preguntaba qué es lo que buscaba aquella generación. Como les dice se parecen a los niños que juegan en la plaza y no son capaces de ponerse de acuerdo en sus juegos y terminan dividiéndose y peleándose. ¿No será imagen de ese infantilismo en que vivimos muchas veces? ¿De esa superficialidad que envuelve nuestra vida que se queda en vanidades y apariencias? Son esos pocos criterios que tenemos para hacer nuestros juicios por la superficialidad con que actuamos y juzgamos.

Pero no nos quedemos en hacer juicio sobre aquellos que rodeaban a Jesús entonces, sino que tenemos que mirarnos a nosotros mismos, dar cuenta también de nuestro actuar como iglesia. Andamos muchas veces como veletas que se dejan llevar por el viento, por las corrientes de aire.

Necesitamos tener unos criterios firmes, necesitamos ahondar y reflexionar más, necesitamos ese respeto también a los que están a nuestro lado en su forma de actuar, necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, para que no nos dejemos influir por la primera impresión, para que no nos dejemos engañar por tantos cantos de sirena que escuchamos a nuestro alrededor y que quieren influir en nosotros.

Tenemos que hacernos presentes en esa aldea de Naím de nuestro mundo con su cortejo de muerte para ser en verdad signo de vida y de esperanza

 


Tenemos que hacernos presentes en esa aldea de Naím de nuestro mundo con su cortejo de muerte para ser en verdad signo de vida y de esperanza

1 Timoteo 3,1-13; Salmo 100; Lucas 7,11-17

 Que reconfortados nos sentimos cuando estamos pasando por un mal momento y un amigo, una persona que nos aprecia se acerca a nosotros y aunque sea en silencio se pone a nuestro lado y pone su mano sobre nuestro hombro. En un momento así no se necesitan palabras; ese gesto de ponerse a nuestro lado lo dice todo, es un decir con ese estar a tu lado, aquí estoy, no estás solo, cuenta conmigo. Y nuestro espíritu se levanta, nuestras lágrimas se mitigan, el peso del corazón se nos alivia, nos sentimos nuevos para seguir adelante.

Es lo que estamos viendo hoy en el evangelio. Una mujer transida por el dolor de la muerte de su único hijo mientras van a enterrarlo, sintiendo toda la soledad que significaba para una mujer entonces al verse sin un varón que fuera el sustento de un hogar, y a quien se acerca Jesús. Solo hay una palabra, no llores; su mano se extiende para detener la comitiva sin mayores espavientos; no se multiplica en más consideraciones, era decirle aquí estoy.

¡Y cuánto significaba aquella presencia de Jesús! Y allí está Jesús llenando de vida nueva aquella escena y a aquellas personas. Porque toma de la mano al difunto para levantarlo y hacerle recobrar la vida, lo entrega a la madre, pero todos se sienten tocados por Jesús, por lo que surgen las exclamaciones de admiración y reconocimiento de la presencia de Dios en sus vidas.

Es el milagro de la vida que se obra siempre con la presencia de Jesús y que a todos envolvía. Es el milagro de la vida que también tiene que seguirse realizando en nuestro mundo. Muchos cortejos de muerte nos vamos encontrando, muchas angustias y soledades que se van ahondando más y más, muchos desamparos en tantos que vamos apartando de nuestros caminos de la vida, mucha gente sin esperanza que van arrastrándose por nuestros caminos porque les falta una luz que les guíe, muchas violencias que producen rupturas de todo tipo desgarrando amistades, creando barreras, levantando muros de odio, creando distancias de insolidaridad y de abandono, muchas intransigencias que destruyen puentes de encuentro en lugar de tender manos que nos acerquen. Desgraciadamente parece que vamos construyendo un mundo de muerte y no terminamos de decidirnos a crear vida.

Hoy Jesús nos está enseñando a tender nuestra mano, a detener ese negro cortejo que van cubriéndonos con nubes de lutos y de angustia, a buscar esa palabra o ese gesto que nos haga levantar nuestra cabeza para descubrir esa estrella que nos puede dar luz; hoy Jesús nos está enseñando como tenemos que saber ponernos al lado del que sufre haciendo sentir el calor de nuestra presencia y de nuestro amor; Jesús nos está enseñando a hacer resucitar la vida, primero que nada en nosotros mismos, pero también para contagiarla a los que están a nuestro lado para que no perezcan en esas sombras de muerte; Jesús nos está enseñando a acercarnos sin miedo ni complejo a aquel que vemos sufriendo en su soledad para acompañarle, para hacerle sentir la vida, despertar la esperanza y la ilusión por algo nuevo y distinto.

Es la misión que Jesús nos ha confiado cuando nos ha enviado a llevar una buena noticia al mundo que nos rodea. Es el anuncio de la vida, el anuncio de la salvación. Podemos seguir haciendo presente en nuestro mundo las maravillas del Señor. No solo podemos sino que tenemos que hacer posible ese mundo nuevo; es nuestra tarea, es nuestra misión, tenemos que hacernos presentes en esa aldea de Naim de nuestro mundo para que sea en verdad la aldea de la vida.

No nos podemos quedar impasibles viendo desfilar ese cortejo, tenemos que implicarnos aunque eso nos complique la vida, pero no podemos dejar de hacer ese anuncio de salvación del que nosotros tenemos que ser signos ante el mundo que nos rodea.