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sábado, 4 de febrero de 2012


Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado

1Reyes, 3, 4-13; Sal. 118; Mc. 6, 30-34
Jesús había enviado a los apóstoles de dos en dos a anunciar el Reino de Dios ‘dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’. Habían salido a predicar la conversión, ‘ungían a muchos enfermos y los curaban’.
Ahora contemplamos la vuelta de los discípulos después de esta experiencia apostólica, como la podemos llamar. ‘Los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. No será necesario poner mucha imaginación para darnos cuenta del entusiasmo y la alegría con que contarían todo lo que habían hecho.
Os confieso que al meditar este pasaje me viene a la memoria mis tiempos jóvenes de seminario cuando salíamos por las parroquias de alrededor a dar catequesis o unas experiencias apostólicas que hacíamos en verano desplazándonos a lugares apartados o deprimidos para pasar un tiempo conviviendo con aquella gente dando catequesis a los niños, charlas para jóvenes o mayores o visitando a las familias con muchas iniciativas de encuentro con las gentes del lugar. Nos sentíamos como ahora nos cuenta el evangelista que se sentían los apóstoles después de cumplir con la misión que Jesús les había encomendado.
Merecían un descanso. Por eso Jesús les dice: ‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’. Y comenta el evangelista que era mucha la gente que se acercaba a Jesús para estar con El. ‘Eran tantos los que iban y venían que no les dejaban tiempo ni para comer’.
Por eso Jesús se los lleva, se fueron en barca dice el evangelista, a un lugar tranquilo y apartado. Aunque allí se van a encontrar de nuevo con la gente que acude de todas partes y se va a mostrar la compasión del corazón de Cristo que seguirá atendiéndolos, quiero fijarme en este hecho de Jesús querer llevarlos a un sitio tranquilo y apartado.
Jesús quería estar a solas con ellos y ellos se sintieran a gusto estando a solas con Jesús. Cuánto reconfortan momentos así y cuánto los necesitamos. Pero a veces somos nosotros mismos los que nos agobiamos con un activismo desbordante. Y necesitamos estar a solas con Jesús.
Hemos de saber detenernos en la vida. Nuestra vida cristiana necesita ese saber estar a solas con Jesús. Será nuestra oración, nuestro trato personal con el Señor; serán momentos de silencio interior para rumiar todo lo que nos va sucediendo en la presencia del Señor y en espíritu de oración; serán momentos de reflexión, de escucha interior de lo que el Señor nos va manifestando a través de los mismos acontecimientos, de las palabras buenas que nos dicen, de lo que podemos recibir también de los demás. No le tengamos miedo a esos momentos de silencio, de reflexión. No todo es correr y correr.
Es lo que nos hace madurar como personas y como cristianos. Es lo que nos va dando una fuerza interior, una espiritualidad que nos hace crecer. No podemos simplemente dejarnos arrastrar por el torbellino de la vida, donde todo son carreras y locuras muchas veces. Vayamos con el Señor a ese sitio apartado y tranquilo a que nos quiere llevar. Sintámonos a gusto en su presencia. Vivamos esa presencia de Dios. Gocemos de esa presencia de Dios. Y en los muchos ruidos nos será más difícil descubrir y sentir esa presencia del Señor.
Ahí encontraremos esa paz y esa fuerza que necesitamos para nuestro caminar de cada día. Ahí en la presencia del Señor descubriremos la verdad de nuestra vida. Ahí en ese silencio interior vamos a escuchar de verdad al Señor y descubriremos lo que nos va pidiendo, esos pasos que tenemos que ir dando para crecer en santidad, que no es otra cosa que vivir su misma vida. Vayámonos en barca con Jesús para estar con El.

viernes, 3 de febrero de 2012


Herodes ejemplo de quien se deja enredar por la espiral del mal

Eclesiástico, 47, 2-11; Sal. 17Mc. 6, 14-29
Cuando el corazón está lleno de maldad o la conciencia nos recrimina de algo que no hacemos bien sentimos desconfianza hacia los demás, nos llenamos de temores, nos dejamos arrastrar por respetos humanos aunque sepamos que hacemos mal, y entramos en una espiral de mal que parece no tener fin.
Herodes no estaba contento consigo mismo por lo que había hecho. Por eso cuando oye hablar de Jesús le entran temores pensando que si es el Bautista que había resucitado. Había caído en esa espiral de maldad que le había llevado a decapitar a Juan y la presencia de Jesús le parecían fantasmas que se le aparecían recriminando allá en su conciencia el mal que había hecho.
Es lo que nos narra hoy el evangelio. ‘Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado’. Su vida no era recta y el Bautista denunciaba su situación de pecado y de injusticia. Influenciado por Herodías, la mujer de su hermano que había tomado por mujer, se deja arrastrar por ese mal. Herodías buscaba la manera de quitar de en medio a Juan.
Y Herodes que se creía poderoso sin embargo era débil ante la tentación y se dejaba arrastrar. Cuántas veces nos pasa. Decía que apreciaba y respetaba a Juan al que escuchaba con gusto en ocasiones, pero sin embargo lo tenía encadenado en la cárcel. Y llegó la ocasión en que su debilidad llegó al extremo con ocasión de la fiesta que realiza con sus magnates y el baile de la hija de Herodías, sus vanas promesas y juramentos, que hacen que pidan la cabeza de Juan. Y en esa espiral en que se había metido cedió.
‘Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino… Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista...’  Y en sus temores y respetos humanos ‘mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan’.
Este episodio del Evangelio nos puede ofrecer muchas lecciones para nuestra vida. Por supuesto, de entrada tenemos que considerar el testimonio valiente de Juan. Valientemente allá junto al Jordán, desde la austeridad y rectitud de su vida, invitaba a todos a convertirse para preparar los corazones a la venida del Mesías señalando a cada uno lo que debía hacer, en lo que tenía que cambiar; ahora no teme decir al poderoso lo que está haciendo mal, también como una invitación a la conversión del corazón. Pero esta valentía y fidelidad le llevará al sufrimiento y al martirio.
No temamos vivir en rectitud de vida aunque nos cueste, o nos parezca que vamos a la contraria de lo que viven los que están alrededor. Tenemos que ser fieles a nuestros principios éticos, a nuestra fe, a nuestro compromiso con los valores del evangelio cuando nos decimos creyentes y cristianos. Qué débiles nos sentimos tantas veces en la vida. Nos cuesta mantener esa fidelidad, pero bien sabemos que no estamos solos porque nunca nos faltará la gracia del Señor.
Alejemos de nuestro corazón todo tipo de maldad, porque la pendiente del mal es resbaladiza y si nos dejamos llevar por el mal podemos caer en esa pendiente que nos hunde en la vida, nos aleja de Dios, nos lleva al pecado y con lo que ofendemos a Dios y hacemos también tanto mal a los que nos rodean. No nos dejemos enredar por la espiral del mal.
Que el Señor nos alcance su gracia en nuestra lucha por superar y vencer toda tentación. Que sintamos en todo momento la fortaleza del Señor para seguir el camino recto. Que el Espíritu divino nos dé valentía para ese testimonio que con nuestra palabra valiente y con nuestra vida hemos de saber dar en todo momento. 

jueves, 2 de febrero de 2012


De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis

Mal. 3, 1-4;
 Sal. 23;
 Heb. 2, 14-18;
 Lc. 2, 22-40

Desde que celebramos la Navidad podríamos decir que todo ha sido una progresiva manifestación de Jesús, aunque en las celebraciones no se haya tenido un orden cronológico total, hasta esta fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo que hoy cuarenta días después estamos celebrando.
Los ángeles anunciaron a los pastores que en Belén de Judá les había nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Las esperanzas eran cumplidas y el Mesías que tanto había esperado y deseado el pueblo judío estaba ya entre ellos.
Los Magos de Oriente vienen buscando al Rey en el recién nacido que van a encontrar también en Belén dejándose conducir por la estrella aparecida en el cielo y por las Escrituras que así señalan el lugar. Era como un singo de que el que venía a traer la salvación para todos los hombres era anunciado por medio de la estrella como salvador no sólo para los judíos sino también para todos los pueblos.
El Bautista lo señalará como el Cordero de Dios que viene a inmolarse para quitar el pecado del mundo, aunque antes él mismo había escuchado la voz del cielo que señalaba a Jesús, al salir de las aguas del Jordán en su bautismo, como el Hijo amado de Dios. Es el Cordero de Dios que se inmola y es el Hijo amado del Padre que es Enmanuel, Dios en medio de nosotros a quien habíamos de escuchar.
Se presentará Jesús en Nazaret como el Ungido por el Espíritu que viene a anunciar la Buena Noticia, el Evangelio a los pobres, y así le vemos en los primeros momentos de su predicación, como lo hemos seguido en estos domingos anteriores, anunciando el Reino de Dios e invitando a la conversión para creer en esa Buena Noticia del Evangelio.
Hoy, cuarenta días después del nacimiento en fecha cronológica, le contemplamos entrar en el templo como Sacerdote que va a hacer la Ofrenda en la presentación ritual de todo primogénito varón que había de ser ofrecido al Señor. ‘De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la Alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar…’ que anunciaba el profeta Malaquías.
‘Cuando llegó el tiempo… según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: todo primogénito varón será consagrado al Señor…’ Ya hemos escuchado lo que allí sucedió y es como la presentación al pueblo creyente, significado en aquel rito de la Presentación y Ofrenda y también en aquellos ancianos que le acogen como Salvador bendiciendo a Dios.
Como en otro lugar de la carta a los Hebreos se señala que el grito de Cristo al entrar en el mundo fue ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, ahí está cumpliendo con la ley, pero haciendo la Ofrenda de sí mismo al Padre que habría de consumarse en lo alto de la Cruz.
Hemos venido, pues, contemplando al Mesías Salvador, al Rey y al Señor, al Ungido por el Espíritu que, cual profeta, nos anuncia el mensaje del Reino, y al Sacerdote y Pontífice que hará la ofrenda suprema del Sacrificio de la Alianza nueva y eterna para nuestra salvación y nuestra redención. ‘Muriendo aniquiló al que tenía el poder de la muerte y liberó a todos los que pasaban la vida entera como esclavos…’ nos decía la carta a los Hebreos.
‘¡Portones, alzad los dinteles! Que se abran las antiguas compuertas… va a entrar el Rey de la gloria…’ aclamábamos en el salmo. Es el Pontífice compasivo y fiel que expió los pecados del pueblo, como nos enseña igualmente la carta a los Hebreos. Es el deseado de los pueblos, el esperado de las naciones, el que con gran esperanza esperaba el pueblo creyente, representado en el anciano Simeón al que contemplamos en el templo bendiciendo a Dios porque sus ojos han visto al Salvador presentado a todos los pueblos, al que es luz para alumbrar a las naciones y al que es la gloria del pueblo creyente.
Es lo que hoy estamos celebrando cuando también nosotros hemos tomado luces encendidas en nuestras manos para comenzar nuestra liturgia queriendo presentarnos con corazón puro y alma limpia al Señor y hacer así también ofrenda de nuestra vida al Señor. Lema de todo creyente es hacer que todo en su vida sea para la gloria de Dios, y así nosotros queremos presentarnos ante el Señor llevando esa luces signo de las obras de nuestro amor con el que queremos dar gloria a Dios. Cuando bendeciamos estas luces pedíamos al Señor que nos concediera la gracia de caminar por las sendas del bien para que pudiéramos llegar a la luz eterna.
Todo esto queremos hacerlo de la mano de María, nuestra Madre. Ahí en estos momentos del misterio de Cristo que estamos recordando contemplamos siempre a María, la que con su Sí supo hacer esa ofrenda de su voluntad y su vida al Señor. Que de María aprendamos; que María nos alcance esa gracia del Señor; que con María mantengamos siempre encendida esa lámpara de la fe y del amor en nuestra vida.
Más aún, cuando nosotros hoy celebramos a María invocándola como María de Candelaria, nuestra Madre y nuestra Patrona. En las manos de María contemplamos la luz que ella, la primera evangelizadora, vino a traer a nuestra tierra canaria. Con razón, pues, la llamamos portadora de la luz, la que lleva la candela, la Candelaria, porque nos trae la luz, porque siempre nos trae a Cristo y a Cristo  nos conduce.
Amemos a María que es nuestra Madre bendita del cielo. Empapémonos de su amor de madre que nos enseña lo que es el verdadero amor, porque nos enseñará siempre a amar como Jesús. Tengamos siempre presente en nuestra vida a María, porque teniéndola a ella con nosotros seguro que no nos apartaremos de Jesús. ‘Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, ahora y en la hora de nuestra muerte’, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús. Somos pecadores y nos sentimos muchas veces tentados por el pecado, pero teniendo a María a nuestro lado ella nos enseñará y alcanzará la gracia de sabernos apartar de la tentación, de apartarnos del pecado para mantenernos siempre en la gracia y en la santidad de Dios.
Que María de Candelaria, como madre nos proteja y nos acompañe en el camino de nuestra fe y de nuestro amor.

miércoles, 1 de febrero de 2012


No sólo admiración por su sabiduría y milagros sino creer en la Buena Nueva de Jesús

2Samuel, 24, 2. 9-17; Sal. 31; Mc. 6, 1-6
Sienten admiración por su sabiduría y por los milagros que realiza, pero no terminan de creer en El. Se preguntan de donde ha sacado esa sabiduría y ese poder para realizar milagros pero se quedan diciendo que es el hijo de María y del carpintero y que por allí andan sus parientes.
‘Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos y cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga, mientras la multitud lo oía asombrada…’ Pero al final terminará diciéndonos el evangelista que ‘no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos, y se extrañó de su falta de fe’.
Ante Jesús no sólo tenemos que sentir asombro. Es necesario algo más, porque lo que El nos pedirá es que creamos en la Buena Nueva que anuncia y convertir nuestra vida. Creer en la Buena Nueva, en el Evangelio es creer en Jesús; es poner toda nuestra fe en El. Y quien pone la fe en Jesús es porque ha vivido un encuentro profundo con El, desde lo  más hondo de la vida.
No podemos mirar a Jesús desde fuera, como quien se asombra ante un personaje singular o un personaje histórico. Los personajes históricos ahí están pero pasan con el tiempo. Ante un personaje singular podemos sentir admiración por lo que hace, pero pronto podremos cambiar porque habrá otros personajes. Ante Jesús sintieron asombro sus vecinos de Nazaret pero no llegaron a acogerlo hondamente en sus vidas. ‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa’, les dirá Jesús.  
Con Jesús tendrá que ser algo distinto. La fe es algo mucho más hondo. Por la fe queremos unirnos a El para vivir su misma vida. Por eso es necesario ese encuentro desde lo más profundo, ese encuentro vivo, ese encuentro que nos transforma, ese encuentro que nos va a hacer distintos porque nos vamos a llenar de su vida. No será sólo el milagro que contemplamos y que nos puede llevar a la admiración, sino que tiene que ser ese encuentro que nos da nueva vida. No puede ser algo para un momento o para un tiempo determinado, sino que quien se encuentra de veras con Jesús, lo será ya para siempre.
Es a lo que tiene que llevarnos nuestra fe. Es por lo que acudimos a El en la Eucaristía y en los sacramentos porque queremos llenar nuestra vida de El, de su gracia, de su propia vida, y porque queremos alimentarnos en El porque sin El nada podríamos hacer. Sentiremos, entonces, la necesidad de estar siempre unidos a El, para que circule su gracia, su vida divina por las venas de nuestro espíritu, porque ya sabemos que somos los sarmientos que tenemos que estar unidos a la vid para siempre para poder tener vida eterna en nosotros.
Estaremos deseando alimentarnos siempre de su vida y de su Palabra porque quienes se aman quieren estar unidos, conocerse más y más profundamente cada día y la vida del uno sin el otro ya no tendría sentido ni valor. Así tiene que ser nuestra vida en Cristo; así tiene que ser nuestro amor que cada día queremos alimentar en su amor.
Cada día queremos escuchar más y más su Palabra y con ansiar ardientes y deseos hondos venimos a alimentarnos de ella en nuestra celebración. Es la Sabiduría más honda y más hermosa de nuestra vida. Igual que un enamorado nunca se cansa de su amor, el creyente en Jesús nunca se cansará de su Palabra sino que más bien estará deseándola continuamente para impregnarse más y más en su Espíritu.
Que ese Espíritu nos ayude a crecer más y más en nuestra fe en Jesús. Que con la fuerza de su Espíritu en verdad nos sintamos transformados por su vida para que ya comencemos a dar testimonio de Jesús, a convertirnos por el amor, por la obras de justicia, en verdaderos testigos de Jesús en medio del mundo.

martes, 31 de enero de 2012


Gestos humanos que son signos de salvación nacidos de una fe profunda

2Samuel, 18, 9-10.14.24-25.30; 19, 3; Sal. 85; Mc. 5, 21-43
Contemplamos por una parte unos gestos muy humanos que se convierten en signos verdaderos y cauces auténticos de salvación y por otra la importancia de la fe en el encuentro vivo y personal con Jesús para hacernos llegar su salvación.
Unos gestos humanos llenos de cercanía y de confianza: la mujer que se acerca a tocar el manto de Jesús, aunque fuera sólo por detrás, la cercanía de Jesús que se pone a caminar junto a Jairo en su dolor y sufrimiento para llegar hasta su casa y la mano tendida de Jesús hacia la niña para levantarla de las sombras de la muerte y entregarla llena de vida a sus padres; junto a ello aparecen detalles como los de Jesús preocupándose de que le den de comer a la niña, el evitar todo alboroto innecesario en aquellas expresiones de duelo, o las palabras de aliento en todo momento, incluso cuando comunican la noticia de la muerte.
Todo, porque Jesús quiere llenarnos de su vida y para eso se acerca a nosotros con toda su humanidad. Caminos de humanidad que nosotros tenemos que aprender a recorrer para saber estar siempre al lado del que sufre y en una actitud generosa de servicio. En la vida necesitamos sentirnos acompañados, tener alguien que camine a nuestro lado cualquiera que sea la situación que vivamos, pero sobre todo en momentos difíciles para sentir ese aliento y calor humano que nos da fuerzas en nuestro duro caminar.
Son muchas las soledades que se pueden sentir y desde las propias experiencias que nosotros tenemos en nuestra propia vida, tendríamos que aprender a saber estar al lado del hermano y acompañarlo en ese duro camino que es la vida para muchos. No serán necesarias quizá muchas palabras sino la palabra de aliento en el momento oportuno. Creo que a todos nos puede enseñar mucho en este sentido el evangelio.
Vemos cómo el gesto de la mujer de las hemorragias se transforma en cauce de salud y salvación para su vida; y de la misma manera el camino de Jesús junto a Jairo concluirá también en resurrección y en vida no solo para la niña que es levantada de la cama, sino para la fe que se despierta fuertemente en aquella familia de Jairo y de todos los presentes que se llenan de admiración ante lo que sucede. ‘Se quedaron viendo visiones’, comenta el evangelista.
Y ese es el otro aspecto que hemos de destacar en este doble episodio que nos narra el evangelio: la fe. ‘Tu fe te ha curado, vete en paz y con salud’, le dirá Jesús a aquella mujer que en su amargura y desesperación por lo que sufre sin embargo llena de una confianza grande se atreve a acercarse a Jesús y tocarle aunque solo fuera el manto por detrás para sentirse curada.
Pero será fe lo que Jesús le pide a Jairo. Con esa fe había acudido a Jesús porque sabía que su presencia bastaría para curar a su niña. ‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva’. Ya es eso una manifestación de fe. Pero sucederían cosas que podrían poner a prueba su fe. Cuando vienen a decirle que para qué molestar más al Maestro porque la niña ya ha muerto, esa fe es la que pedirá Jesús a Jairo. ‘No temas, basta que tengas fe’. Una fe que siempre tiene que llevarnos a un encuentro vivo con el Señor.
Acudimos muchas veces a Dios con fe, pero luego nos llenamos de dudas. ¿Me concederá o no me concederá el Señor lo que le pido? El Señor no nos escucha, pensamos a veces. O quizá la misma humildad que tenemos pudiera hacer que no confiemos, porque nos sentimos tan pecadores, que pensamos que el Seño no nos escucha. ‘Basta que tengas fe’, nos dice a nosotros también el Señor. Por eso siempre tenemos que saber acudir al Señor, con la confianza de la que nos hablará Jesús tantas veces en el Evangelio. Dios nos ama, es nuestro Padre, y ¿qué padre si su hijo le pide pan, le va a dar una piedra? Cuánto no nos dará nuestro Padre del cielo.

lunes, 30 de enero de 2012


Le rogaban que se marchase de su país

2Samuel, 15, 13-14.30; 16, 5-13; Sal. 3; Mc. 5, 1-20
‘La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la quiso recibir’. Así nos habla el evangelista Juan en el prólogo de su evangelio y es el primer resumen que quiero hacer de este texto del Evangelio hoy proclamado.
Viene la luz, pero las tinieblas no quieren la luz. Es el drama de nuestra vida en cierto modo; aunque con nuestras palabras queramos decir lo contrario, en la práctica de nuestra vida es lo que en muchas ocasiones hacemos. Tenemos la luz a nuestra mano y rehusamos iluminarnos con esa luz. Tenemos la salvación que Jesús nos ofrece y preferimos nuestra vida de pecado.
Hoy escuchamos en el evangelio que Jesús llega a la región de los Gerasenos, a la otra orilla del lago. Son los caminos que realiza Jesús haciendo el anuncio del Reino. Es para todos. Aunque allí no sean propiamente todos judíos, allí lleva Jesús el anuncio de la Buena Noticia. ¿La acogerán y la recibirán? Es lo que nos ayuda a descubrir el evangelio, pero para que revisemos nuestras propias actitudes, nuestra propia manera de actuar.
Le sale al encuentro un hombre poseído de un espíritu inmundo que habitaba en las cuevas de la zona y que en cierto modo era el terror de todas las gentes de la comarca. Como siempre el espíritu maligno reconoce a Jesús y trata de rechazarlo. No quería que Jesús lo expulsara de aquel hombre. Se llama Legión porque son muchos. Al final le rogarán a Jesús que si los echa de aquel hombre les permita meterse en la piara de cerdos que por allí está hozando. Jesús lo permite para liberar a aquel hombre y los cerdos se abalanzaron acantilado abajo hasta ahogarse todos en el lago. Pero aquel hombre es liberado del espíritu del mal.
Y es aquí el momento que enterados en el pueblo lo que ha pasado le ruegan a Jesús que se marcha de aquel lugar. ‘Ellos le rogaban que se marchase de su país’. Ante el rechazo Jesús se marchará. Ha llegado la luz y la salvación. Es para todos, no sólo para aquel hombre que había sido liberado del espíritu maligno. Pero no quieren escuchar el mensaje, rechazan la presencia de Jesús.
La Luz quiso brillar allí donde había tinieblas, para que se iluminaran sus vidas pero prefirieron las tinieblas a la luz. ‘Le rogaban que se marchase de su país’. ¿Tendrían razones? ¿El aceptar a Jesús trastocaría sus vidas, sus trabajos, sus negocios y eso era algo que iba a costar mucho? ¿Respetos humanos o intereses? ¿Falta de conocimiento de lo que es la verdad de la vida o confusión en el alma para no saber qué escoger? ¿Estarían tan ofuscados que eran incapaces de ver de donde arrancaba la verdadera luz? Muchas podían ser las razones, pero el hecho estaba en que no querían saber nada de Jesús.
¿No será lo que nos pasa a nosotros en muchas ocasiones? Preferimos vivir en nuestras tinieblas antes de que buscar la verdadera luz. Tenemos miedo quizá a un mayor conocimiento de Jesús porque intuimos que eso nos va a traer mayores compromisos y en cierto modo complicarnos la vida. Nos hemos acostumbrado a nuestra manera fría de vivir nuestra fe, que nos puede parecer imposible que podamos alguna vez caldear del todo nuestro corazón. Nos buscamos nuestras disculpas y seguimos en nuestras rutinas o comodidades.
La luz quiso brillar en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió. Qué fácil nos es juzgar y condenar a los demás. Eso es quizá lo primero que surja dentro de nosotros para disculpar la actitud de aquellas gentes, pero nos olvidamos que es eso lo que tantas veces hacemos con nuestras rutinas, nuestras desganas, nuestras frialdades. Nos acostumbramos a esa forma de vivir lejos de Dios.
Que el Señor nos despierte, avive nuestro espíritu, para que sepamos descubrir la luz y dejarnos iluminar por ella.

domingo, 29 de enero de 2012


La victoria jubilosa de Jesús sobre el mal que también nosotros hemos de comunicar a los demás

Deut. 18, 15-20;
 Sal. 94;
 1Cor. 7, 32-35;
 Mc. 1, 21-28
Jesús había comenzado a recorrer Galilea anunciando la Buena Noticia de que llegaba el Reino de Dios. Los primeros discípulos habían comenzado a seguirle y a la invitación de que todo había de cambiar y era necesario creer en Jesús y en la Buena Nueva que anunciaba algunos ya habían comenzado a dejarlo todo para seguirle. Recordamos el pasado domingo a Simón Pedro y Andrés, a Santiago y a Juan que habían dejado redes y barcas para hacerse seguidores de Jesús y pescadores de hombres.
Llega el sábado y la oportunidad está en la asamblea de la Sinagoga donde se escucha y comenta la Palabra de Dios antes de la oración en común. Y allí está Jesús. Y su manera de hablar es nueva. Lo hacía con una autoridad nueva y distinta; no era un maestro de la ley más que repitiera cosas aprendidas sino que lo hacía con autoridad. ‘Se quedaron asombrados de su doctrina porque no enseñaba como los escribas sino con autoridad’, comentaban los oyentes.
¿Cómo no iba a hacerlo así si allí estaba la verdadera Palabra de Dios que se había encarnado, que había plantado su tienda entre nosotros? No eran sólo palabras lo que Jesús ofrecía. Allí había vida y con su Palabra sus vidas se llenaban de luz. Los corazones se sentían enardecidos ante aquella palabra llena de vida y todo se comenzaba a ver con un nuevo resplandor. Era un gozo poder escucharle, y estar con El, y hacer nacer la esperanza en el corazón con su Palabra.
Pero la autoridad de Jesús no solo se iba a manifestar en las palabras que pronunciara sino en la vida nueva que ofrecía. Una vida que no era sólo promesas y anuncios de algo nuevo, sino que lo nuevo se estaba comenzando ya a realizar allí. Anunciaba el Reino de Dios, y reinando Dios el mal tenía que desaparecer del corazón de los hombres, y allí se comenzaría a manifestar esa transformación, para que sólo Dios reinara entre los hombres haciendo desaparecer el mal.
‘Estaba precisamente en la Sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo…’ Alguien dominado por el maligno a quien había que liberar del mal. ‘Se puso a gritar’, dice el evangelista. Aquel hombre poseído por el maligno reconocía que quien estaba allí ante él era quien viniera a destruir y a vencer el mal. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres, el Santo de Dios’.
Se va a manifestar la victoria de Jesús. El maligno se resiste, pero Jesús es el vencedor. Para eso habría de morir en una cruz y resucitado se presentaría como el Señor de la Victoria, el vencedor del mal y de la muerte para siempre. Allí se iba a manifestar esa victoria de Jesús. Allí se iba a manifestar la gloria del Señor liberando a aquel hombre de todo mal.
‘¡Cállate y sal de él!’, le increpa Jesús. ‘Y el espíritu inmundo lo retorció y dando un grito muy fuerte salió de él’. Todos se asombran. Jesús actúa con una autoridad nunca vista. ‘Este enseñar con autoridad es nuevo’, exclama la gente. Allí está la Palabra victoriosa de Jesús.  ‘Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’. Ya escucharemos en los próximos domingos como pronto van a venir de todas partes hasta Jesús buscando vida y salvación.
Ya seguiremos en las próximas semanas todo ese camino, todo ese recorrido de Jesús. Hoy también nosotros venimos hasta El, porque queremos escucharle y porque queremos seguirle también. Como aquella gente que se reunía en la sinagoga de Cafarnaún aquel sábado, día sagrado para los judíos, nosotros venimos en el día del Señor, en el día en que cada semana de manera especial e intensa celebramos su victoria sobre la muerte y el pecado.
Es el domingo, el día del Señor, el día que recordamos y celebramos la resurrección del Señor. Es lo que aquí venimos a anunciar y a celebrar. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos su resurrección’, gritaremos con todo el ardor de nuestra fe confesándole victorioso. Y una vez más diremos ‘¡ven, señor Jesús!’ Que venga el Señor, que llegue a nuestra vida y así nos sintamos iluminados por su luz, transformados por su gracia salvadora, resucitados a una vida nueva.
Aquí estamos como familia reunida en el nombre del Señor para celebrar su victoria en su muerte y resurrección. Escuchamos su Palabra y nos alimentamos también del Pan único y partido de la Eucaristía. Aquí estamos ‘celebrando el memorial del Señor resucitado, mientras esperamos el domingo sin ocaso’, como decimos en uno de los prefacios, ‘en el que la humanidad entera entrará en tu descanso’. Es lo que celebramos de manera especial cada domingo, en el día del Señor. Es lo que proclamamos con nuestra fe alabando por siempre la misericordia del Señor que nos manifiesta así su autoridad siendo vencedor para siempre de la muerte y del pecado.
Jesús actúa con autoridad también en nosotros dándonos su gracia, haciéndonos partícipes de su victoria. Mucho mal se he metido en nuestro corazón cuando hemos dejado entrar el pecado en nosotros, pero sabemos y confesamos en verdad quien es Jesús, el Santo de Dios que nos santifica; el Santo de Dios que nos redime y nos arranca del mal; el Santo de Dios que nos transforma con su gracia para que liberados de toda atadura de pecado vivamos ya santamente. Y por todo ello queremos dar gracias a Dios y cantar para siempre su alabanza.
El evangelio dice que su fama se extendió enseguida por toda la comarca, porque corría la noticia de boca en boca y todos se admiraban de las maravillas del Señor. ¿Nos faltará a nosotros hacer algo así? Es la Buena Noticia que nosotros también hemos de trasmitir. Toda esa salvación del Señor que sentimos en nuestra vida tenemos que saber llevarla a los demás, anunciarla a nuestros hermanos para que ellos descubran también lo que es la misericordia del Señor.
Hemos de confesar que muchas veces nos falta esa alegría y ese entusiasmo nacido de una fe profundamente vivida. Es necesario que contagiemos a los demás de esa alegría de la fe, de esa alegría del encuentro con el Señor resucitado que nos hace partícipes de su victoria sobre el mal, que nos llena con su salvación.
Esa proclamación solemne de nuestra fe que hacemos aquí en medio de la Eucaristía no se puede quedar reducida a proclamarla solo en medio de estas cuatro paredes, sino que tiene que ser una proclamación pública en que a todos alcance y a todos llegue el grito jubiloso de nuestra fe. 

sábado, 28 de enero de 2012


¿Dónde está la firmeza de nuestra fe?

2Samuel, 12, 1-7.10-17;
 Sal. 50;
 Mc. 4, 15-40
‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ Es la imprecación de Jesús a los discípulos que iban acobardados en la barca en medio de la tormenta. Este texto nos está reflejando la debilidad de los discípulos, perfecta imagen también de nuestra debilidad, al tiempo que se nos manifiesta el poder de Jesús y la gloria del Señor.
‘Vamos a la otra orilla’, les había dicho Jesús. Ellos eran experimentados pescadores de aquel lago que tantas veces habrían atravesado, probablemente también muchas veces en medio de tormentas. Dada la situación geográfica del lago, la depresión terrestre y las altas montañas en sus alrededores los expertos dicen que eran habituales. Ahora mientras atravesaban a la otra orilla se presenta el huracán con fuertes vientos y altas olas. La barca parece que casi se hundía mientras ‘Jesús estaba dormido sobre un almohadón’.
La fe de los discípulos se pone a prueba. Cuando surgen las dificultades en la vida enseguida surgen los gritos de socorro pidiendo ayuda a Dios. Y en medio de las dificultades y los problemas que duro se nos hace el caminar y qué negras se ven las cosas. ¡Que nos hundimos! ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’ ¿Por qué no vienes en nuestra ayuda? Pero el Señor está ahí, como estaba aquella mañana dormido sobre el almohadón. ‘¿Aún no tenéis fe?’ nos dice también el Señor como entonces.
Refleja, como decíamos, la debilidad de los apóstoles, la debilidad de su fe. Creían, querían seguirle, con El iban a todas partes, pero en ocasiones como ahora surgen las dificultades. Y parece que la fe se pone en duda, se debilita y no se ven las cosas tan claras. ¿Jesús no había curado a tantos enfermos? ¿No había expulsado el espíritu malo de aquellos poseídos? ¿No había levantado a la suegra de Pedro de la cama y curado a todos aquellos que habían acudido a su puerta o encontrado por los caminos? ¿Por qué ahora parece dormir?
Son las dudas que surgen también en tantas ocasiones en nuestro interior. Queremos creer pero a veces las cosas parece que vienen del revés y todo son dificultades. Tormentas que nos aparecen en la vida que nos hacen dudar, tener miedo. Como decíamos refleja también este texto nuestras debilidades, la flojedad de nuestra fe, las dudas que nos aparecen continuamente.
Será una enfermedad que nos aparece en nuestra vida, la muerte de un ser querido, un problema al que no encontramos solución, un contratiempo que nos desestabilizada y hace que muchas cosas cambien en nuestra vida, dificultades y dudas que nos van apareciendo en la vida. ¿Dónde está la firmeza de nuestra fe? ¿Dónde está la confianza que habíamos puesto en el Señor? ¿Dónde quedan aquellos momentos de fervor que parece que se acabaron para siempre?
Pero allí está el Señor. ‘Y se pone en pié e increpa al viento, y el viento cesó y vino mucha calma’, nos dice el evangelista de manera que ‘se quedaron espantados y se decían unos a otros, ‘pero, ¿quién es este? Hasta el viento y las aguas le obedecen’. Allí se manifiesta la gloria del Señor, porque quien está allí es el Señor todopoderoso. Como se manifiesta la gloria y el poder del Señor tantas veces en la vida cuando sabemos confiar, cuando sabemos poner toda nuestra fe en El. Para nosotros es también la gloria del Señor que se nos manifiesta.
También nosotros queremos manifestar nuestra fe en el Señor y poner toda nuestra confianza en El. No queremos que los nubarrones de la duda enturbien nuestra vida y nos hagan perder la fe. Queremos confiarnos totalmente. Por eso al mismo tiempo que le decimos que creemos en El, porque a veces en los momentos difíciles nos cuesta creer, le decimos que nos aumente la fe, que nos conceda el don de la fe. Creemos, Señor, pero auméntanos la fe. 

viernes, 27 de enero de 2012


El Reino de Dios, una simiente de gracia que Dios echa en la tierra de nuestra vida

2Samuel, 11, 1-17; Sal. 50; Mc. 4, 26-34
‘El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra…’ Así comienza la parábola. Vuelve Jesús a ponernos la comparación de la semilla echada en tierra. Hace pocos días escuchamos la parábola del sembrador en que se nos hablaba de la importancia de la tierra que había de acoger esa semilla. Buena tierra, o tierra endurecida, tierra llena de abrojos o zarzales, tierra preparada y cultivada o tierra incapaz de recibir la semilla. Así podían ser los frutos.
Pero hoy nos habla sencillamente de la semilla arrojada a la tierra, que germinará y crecerá, que llegará a florecer y a dar fruto. La importancia quiere ponerla Jesús hoy en la fuerza que en sí mismo tiene la semilla. Algo que puede parecer pequeño e insignificante – nos habla también del grano insignificante de la mostaza – pero que germinará para la vida.
Como terminará diciéndonos el evangelista ‘con muchas parábolas parecidas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se los exponía en parábolas pero a los discípulos se lo explicaba todo en privado’. Lo importante es cómo Jesús quiere enriquecer nuestra vida con su Palabra, que es siempre Palabra de vida y de salvación.
Es el sentido de las parábolas de hoy. Tenemos que creer en la fuerza de la gracia. La gracia divina que enriquece nuestra vida, que nos llena de vida, que nos trae la salvación. No son nuestros merecimientos, no es una carrera de obstáculos que nosotros hemos de correr buscando merecimientos o premios, sino que es el regalo de Dios, el regalo de su amor que viene a ofrecernos vida y vida eterna.
De nuestra parte la acogida, la respuesta que reconocer la gratuidad del amor de Dios y de su gracia. Acogemos la gracia divina y nos dejamos hacer por ella, nos dejamos conducir, nos dejamos transformar. Y como la semilla que germina y hacer brotar la planta nueva, así surge con la gracia de Dios esa vida divina en nuestro interior, que nos levanta, que nos purifica, que nos llena de salvación, que nos hace partícipes de la vida de Dios para hacernos hijos.
Cuánta maravilla en el amor que Dios nos tiene. Cuánta grandeza a la que nos ha llamado. Cuánto regalo de gracia que continuamente derrama sobre nosotros. Son las maravillas de Dios, son las maravillas del amor de Dios.
Como decíamos antes, tenemos que creer en la fuerza de la gracia de Dios, que mueve nuestros corazones; la fuerza de la gracia de Dios que va transformando nuestro mundo; la fuerza de la gracia de Dios que nos va impulsando continuamente a lo bueno; la fuerza de la gracia de Dios que abre nuestro corazón pero nos abre los ojos del alma para mirar con mirada nueva y con mirada limpia a los demás; la fuerza de la gracia de Dios que nos va llevando a ese compromiso por lo bueno y por justo para hacer nuestro mundo mejor.
Hemos de reconocer que muchas veces la sentimos en nuestro corazón pero o nos dejamos confundir y no discernimos bien aquello bueno a lo que nos mueve, o nos cerramos a esa gracia haciéndonos oídos sordos a cuanto bueno va inspirando en nuestro corazón o a esa fuerza que quiere ayudarnos a vencer el mal y la tentación. Algunas veces nos atrevemos a decir que no tenemos fuerzas, que nos sentimos débiles, pero es ceguera que se nos mete en el alma para no ver esa gracia de Dios que nunca nos fallará. ‘Mi gracia te basta’, nos dice tantas veces el Señor cuando nos vemos tentados por el mal, pero al final no hacemos caso a ese impulso de la gracia y nos dejamos arrastrar por el pecado.
El Señor ha sembrado y sigue sembrando esa buena simiente en el campo de nuestra vida y de nuestro corazón. Acojamos esa gracia para que lleguemos a dar frutos de vida eterna.

jueves, 26 de enero de 2012


Iluminados por Cristo y comprometidos a llevar también la luz a los demás

2Samuel, 7, 18-19.24-29; Sal. 131; Mc. 4, 21-25
Igual que sería un contrasentido y contradictorio el tener una luz que no ilumine, lo mismo tendríamos que decir de un cristiano o de una Iglesia que no fuera luz para el mundo.
¿Para qué queremos la luz si no ilumina? ¿Para qué queremos una lámpara que no podemos encender mientras permanecemos a oscuras? Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. ‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? La luz la ponemos bien alta en el lugar más oportuno para que pueda iluminar bien.
Este texto breve de Jesús que hoy se nos ha proclamado hemos de escucharlo conjuntamente con otros textos paralelos de los evangelios. Y ya sabemos cómo Jesús nos dirá que hemos de ser luz, y con nuestras buenas obras hemos de iluminar a los demás para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo.
El cristiano tiene que ser un iluminado, un hombre de luz, un trasmisor de la luz a los demás. Era una forma también de llamar a los bautizados, no en vano en el Bautismo se nos entrega una luz tomada del Cirio Pascual que se nos dice que hemos de mantener siempre encendida para salir al encuentro del Señor.
Creer en Jesús, pues, es llenarnos de su luz. Pero creer en Jesús nos compromete a llevar también esa luz a los demás. No la podemos ocultar. Si el Evangelio que hemos recibido se ha convertido en luz para nosotros porque en él hemos encontrado el sentido y el valor más hermoso para nuestra vida, no podemos quedárnoslo para nosotros solos sino que tenemos que saberlo compartir con los demás. No ponemos la luz debajo del celemín ni debajo de la cama, sino bien alta para que ilumine a todos.
Es una tarea hermosa que hemos de realizar. Una tarea en la que hemos de sentirnos comprometidos de verdad. Tarea del cristiano, tarea de la iglesia en la que todos nos sentimos comprometidos.
Sin embargo, tomando conciencia de ese compromiso serio de nuestra vida, al mismo tiempo nos hace también hacernos muchas preguntas. ¿Por qué parece que ya no interesa el evangelio a nuestro mundo? ¿Por qué si decimos que somos tantos cristianos no servimos sin embargo de revulsivo para el mundo que nos rodea para que todos se sientan igualmente transformados e iluminados por esa luz? ¿Qué estaremos haciendo los cristianos con esa luz que ha puesto Cristo en nuestras manos? ¿La estaremos ocultando? ¿Quizá la valoramos poco y por eso mismo ni nos ilumina a nosotros ni ilumina al mundo que nos rodea?
Creo que es algo que la misma Iglesia, y todos los cristianos tendríamos que plantearnos seriamente. Jesús nos ha enviado por el mundo a llevar su luz, pero no vemos que el mundo se termina de iluminar con la luz de Cristo. Cuántas veces decimos que cada vez somos menos, que la gente va perdiendo sentido de religiosidad, que los valores cristianos del evangelio se van perdiendo en nuestro mundo.
Tendríamos que despertarnos y asumir ese compromiso de nuestra fe. Porque quizá en la medida que nosotros iluminamos poco a nuestro mundo eso pueda estar manifestando que nosotros estamos poco iluminados, que nosotros también hemos perdido ese arrojo y ese entusiasmo por nuestra fe y por nuestro seguimiento de Cristo. Tenemos que buscar la manera de crecer en esa luz en nuestra vida; por eso tenemos que intensificar nuestra oración, nuestra escucha de la Palabra de Dios, nuestro entusiasmo por nuestra fe para que podamos contagiar a los demás.
Somos luz, estamos iluminados por Cristo, pero esa luz nos compromete; tenemos que iluminar también a los demás.

miércoles, 25 de enero de 2012


Dios te ha elegido para que oyeras su voz y seas testigo ante los hombres

Hechos, 22, 3-16;
 Sal. 116;
 Mc. 16, 15-18
‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído…’ Así le dice Ananías a Saulo cuando viene a su encuentro en Damasco.
‘Te ha elegido…’ Dios le salió al encuentro en el camino de Damasco, como hemos escuchado. Allí iba Saulo con cartas de los Sumos Sacerdotes de Jerusalén para lleva presos a todos los que seguían el camino del Señor para que los condenaran. Pero Cristo le salió al encuentro. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno a quien tu persigues…’ Es el diálogo del encuentro.
El Señor lo había elegido, aunque era un perseguidor de los cristianos. Lo eligió para su oyera su voz y se convirtiera en su testigo. Pero era un vaso de elección, instrumento elegido para anunciar el nombre del Señor. Y se iba a convertir en testigo, en apóstol de Jesús para llevar su nombre por todas partes.
Hoy estamos celebrando la conversión de san Pablo. La llamada del Señor que viene al encuentro del hombre, pero la respuesta que el hombre libremente da al Señor. Saulo, que más tarde cambiaría su nombre por Pablo, que había combatido fuertemente la fe en el Señor Jesús, tras su encuentro con El en el camino de Damasco se dejará conducir, dejará que la luz llegue a su vida y le ilumine y le transforme para convertirse al Señor. El perseguidor se convertirá en testigo y en apóstol. El que rechazaba el  nombre de Jesús será el evangelizador que recorrerá el mundo anunciando ese nombre de salvación.
Ya a través del año vamos escuchando sus cartas como Palabra del Señor que nos manifiestan la amplitud y la profundidad del conocimiento de Cristo que adquirió Pablo en su vivencia de Jesús para así tan hermosa  profundamente trasmitirnos el mensaje de la salvación. Cuando leemos los Hechos de los Apóstoles, sobre todo en el tiempo pascual, vamos escuchando de sus caminos y sus viajes en medio de no pocas dificultades, y en muchas ocasiones incluso de persecuciones para anunciar el  nombre de Jesús. No es momento ahora de recordar todos esos viajes y tan intensa actividad.
Queremos en la Eucaristía de este día dar gracias y bendecir al Señor  por tan hermoso testimonio y tan profundo mensaje que nos ha dejado el apóstol. Pero al mismo tiempo queremos aprender de él, de su coraje y ardor, de su ímpetu y de su generosidad para nosotros darnos también así por los demás y por el evangelio como hizo san Pablo.
Al celebrar hoy su conversión, como hemos dicho en la oración litúrgica, que ‘como él seamos testigos de tu verdad ante el mundo’. Que nos conceda el Señor ese ardor y coraje en nuestro corazón, esa valentía para ser también testigos de Jesús, testigos de nuestra fe, testigos del amor cristiano en medio de los que nos rodean. ‘Que nos ilumine el Espíritu Santo con la luz de la fe que impulsó siempre al apóstol san Pablo a la propagación del Evangelio’.
El Señor a nosotros también nos sale al encuentro para despertarnos a la fe, para convertir nuestro corazón al Señor. También nos podemos sentir unos elegidos del Señor, porque esa es la predilección del amor de Dios sobre nosotros cuando nos ha llamado a la fe y al bautismo, y somos elegidos para dar fruto, los frutos de las buenas obras, los frutos del amor, los frutos de nuestro testimonio cristiano en medio del mundo. Podíamos recordar aquellas palabras de Jesús que también hemos recordado hoy en la liturgia: ‘Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure…’ También nosotros escuchamos su voz.
Sintamos esa elección del Señor que nos regala su amor y convirtamos nuestro corazón a Dios para que nos convirtamos en testigos del Evangelio en medio de nuestro mundo.

martes, 24 de enero de 2012


Queremos ser la familia de Jesús


2Samuel, 6, 12-15.17-19;
 Sal. 23;
 Mc. 3, 31-35
Queremos ser también nosotros la familia de Jesús. Es la petición y el deseo espontáneo que surge en nuestro interior al escuchar el evangelio de Jesús.
‘Llegaron la madre y los hermanos de Jesús y desde fuera lo mandaron a llamar’. No es como el texto que escuchamos hace día en que algunos parientes vienen y quieren llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales. En esta ocasión es distinto. Allí está María, la madre de Jesús, y algunos parientes. Creo que todos entendemos y tenemos claro que cuando en el evangelio se hace referencia a los hermanos de Jesús, en el lenguaje semita propio del Oriente, todo pariente era considera como si fuera un hermano.
Pocas son las referencias que en los evangelio se hacen de María y de la familia de Jesús, salvo lo referente a la infancia de Jesús y en algún otro momento puntual, como es este caso. Pero vemos ahora la reacción de Jesús. Nos pudiera parecer en principio un tanto cortante, como si Jesús no tuviera interés por la familia, pero pensemos que el evangelista no quiere hacernos una historia con todos los detalles de la vida de Jesús, sino que lo que nos va narrando siempre lo que quiere manifestarnos es ese mensaje de salvación que siempre en Jesús vamos a encontrar.
Cuando le anuncia la presencia de María y los demás parientes Jesús se pregunta: ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?... estos son mi madre y mis hermanos: El que cumple la voluntad de Dios ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Podemos recordar aquel otro momento que tantas veces hemos comentado en que una mujer anónimo prorrumpe en alabanzas a María, la Madre de Jesús, la mujer que le llevó en su seno y le amamantó. Responde Jesús en el mismo sentido. ‘Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.
Decíamos al principio de nuestra reflexión y comentario que nosotros queremos ser la familia de Jesús. Es cierto que Jesús nos ha dado por Madre a María y sentiremos siempre su cercanía y amor maternal. Y como buenos hijos de María siempre escucharemos su invitación a hacer lo que Jesús nos diga, como hizo con los sirvientes en las bodas de Caná de Galilea. ‘Haced lo que El os diga’.
Pero queremos ser la familia de Jesús porque en verdad nosotros plantemos la Palabra del Señor en nuestro corazón y vayamos reflejando con toda nuestra vida, con nuestra manera de actuar y de pensar, con nuestros actos y con nuestras actitudes, que en verdad buscamos siempre la voluntad del Señor y la queremos cumplir. Así seremos en verdad la familia de Jesús. Así en verdad estaremos comportándonos como verdaderos hijos de Dios que hacen siempre la voluntad del Padre.
Eso le pedimos cada día cuando rezamos el padrenuestro. Eso hemos de hacerlo con toda intensidad esforzándonos de verdad por descubrir en todo momento lo que es la voluntad del Señor. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Y aprendemos de Jesús cuyo alimento era hacer siempre lo que era la voluntad del Padre.
A veces nos cuesta discernir en todo momento lo que es la voluntad de Dios. Andamos como distraídos en la vida o nos dejamos arrastrar por nuestras apetencias, nos sentimos confundidos con tantas cosas que nos atraen por aquí o por allá y no escuchamos lo que verdaderamente es importante. Tenemos que aprender abrir nuestro corazón a Dios; tenemos que aprender a hacer verdadera oración donde sepamos escuchar a Dios allá en lo hondo de nuestro corazón; hemos de poner mucho empeño en escuchar la Palabra de Dios que cada día se nos proclama o que tenemos oportunidad por nosotros mismos de leer en la Biblia. Así como descubramos lo que es la voluntad de Dios y comencemos a poner toda nuestra vida ante Dios para realizar siempre su  voluntad.
 Cuánto tenemos que aprender de María. Que queramos en verdad ser la familia de Jesús. 

lunes, 23 de enero de 2012


Necesitamos aprender a no ser intolerantes y saber descubrir lo bueno de los demás

2Samuel, 5, 1-7.10; Sal.88; Mc. 3, 22-30
En los días pasados eran los fariseos, ahora son los escribas o letrados los que se oponen a Jesús. Les costaba aceptar las enseñanzas de Jesús y rechazaban todo lo bueno que hacía; ahora de forma incluso blasfema incluso atribuyen el poder de Jesús y las cosas buenas que hace al poder del maligno.  ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios’, le dicen.
Jesús quiere hacerlos recapacitar en lo que se atreven a decir porque en una pura lógica humana es algo que no se puede sostener. ‘Un reino en guerra civil no se puede sostener… Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’, trata de explicarles Jesús.
Esta actitud tan negativa de aquellos letrados podría ayudarnos a reflexionar también en nuestras actitudes negativas en nuestra relación con los demás. Podría enseñarnos hermosas lecciones. Pero cuando nos ofuscamos en nuestras ideas y pensamientos, sobre todo cuando hacemos daño a los demás, nos resulta casi imposible razonar y ver las cosas de manera buena. Es algo blasfemo querer atribuir a Dios las obras del maligno, como decir que son hechas con el poder del maligno las obras buenas de Dios. Es el mal que se mete dentro de nosotros y nos ciega.
Cuántas veces nos cegamos en nuestro trato y relación con los demás y en el juicio que podemos hacer de las obras de los otros. Cuando se nos mete por dentro la envidia, el orgullo la pasión no somos capaces de ver las cosas buenas de los demás, y todo lo miramos detrás del cristal turbio de nuestros malos pensamientos o de nuestras malas ideas. Nos llenamos de pasión y solo vemos lo malo. Cuando nos dejamos encender por la ira que fácil brota la violencia de nuestro corazón y qué fácil se manifestará en las obras de nuestra vida. Cuando nos subimos al pedestal del orgullo no sabemos ver con buenos ojos a los demás y terminamos humillando y haciendo daño a los otros.
Nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones mutuas y que hará mermar una buena convivencia de los unos con los otros. El fanatismo en la defensa de nuestras ideas o maneras de pensar nos hace intolerantes y nos puede llevar hasta los odios, resentimientos y rencores. Cuántas personas ni se hablan porque les ciega el fanatismo de sus ideas en lo político, en los social o cultural. Y, repito, qué difícil es la convivencia con personas fanáticas de esta manera. Un fanático de esta manera nunca será capaz de ver lo bueno que pueda haber en el otro, aunque sea distinto, y siempre lo verá todo bajo ese prisma de la sospecha para pensar que todo lo que hace, piensa o dice el otro siempre es malo.
Qué importante y necesario es que sepamos respetarnos aunque opinemos distinto. Qué importante es que sepamos actuar con serenidad en la vida para mirar con ojos distintos a los demás y lo que hacen, para saber descubrir lo bueno que hay en los otros y saber aprovechar cada granito de arena bueno que cada uno podamos poner para conjuntamente hacer que nuestro mundo, nuestra sociedad sea mejor.
El amor cristiano que viene a enseñarnos Jesús nos enseñará a suavizar y mejorar esas actitudes negativas que se  nos pueden meter en el corazón. Nos enseña a ser humildes y sencillos, a respetar y valorar a los demás, a alejar de nosotros envidias, resentimientos, malos deseos hacia los demás, no nos permitirá ser orgullosos sino que llenará siempre nuestro corazón de humildad. Nos convendría leer y meditar una y otra vez el himno del amor cristianos que nos ofrece san Pablo en la carta a los Corintios.

domingo, 22 de enero de 2012


Se ha cumplido el plazo… el momento es apremiante…

Jonás, 3, 1-5.10;
 Sal. 24;
 1Cor. 7, 29-31;
 Mc. 1, 14-20
Hay cosas, que nos dicen, que se cumplen en un plazo determinado y cuando se va acercando ese momento hemos de prepararnos para ello; ya sea, por ejemplo, un pago que tengamos que hacer, hipotecas, créditos… ya sea una palabra dada de algo que nos comprometidos a hacer, ya sea un acontecimiento anunciado que tiene una fecha muy concreta y para la que hemos de tener todas las cosas bien dispuestas. Cuando se nos cumpla el plazo no nos queda más remedio que pagar lo acordado, cumplir con lo comprometido o disponernos a lo que está por suceder. Así en muchas cosas en la vida.
Hoy la Palabra de Dios que hemos escuchado nos habla de plazos cumplidos, de momentos apremiantes o de cosas que han de suceder en un tiempo ya previamente determinado. Y para ello hemos de estar bien dispuestos.
Comencemos por la primera lectura. El profeta Jonás fue enviado a la ciudad de Nínive a invitar a la conversión. ‘Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predica el mensaje que te digo… y comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día pregonando: ¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!’ Se les dio un plazo para la conversión. ‘Dentro de cuarenta días…’ Un plazo para la conversión, para el cambio de vida o la destrucción de la ciudad.
En el Evangelio se nos relata que cuando comienza Jesús a predicar por Galilea la Buena Noticia del Reino después de que habían arrestado a Juan, nos habla ya de un plazo cumplido. ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca del Reino de Dios; convertios y creed en el Evangelio’. Ha llegado ya el momento, se ha cumplido el plazo, viene a decirnos Jesús.
Desde el mismo momento que Adán desobedeció y pecó Dios anuncia un evangelio de salvación. Se le suele llamar protoevangelio a esa página del Génesis. Toda la historia de la salvación en la historia del pueblo de Israel es desde entonces una repetición de ese anuncio de salvación. Los profetas habían ido preparando al pueblo de Dios para que se mantuviera en esa esperanza. Dios enviaría un Salvador. El Bautista lo anunciaba como ya inminente porque decía ‘en medio de vosotros está el que no conocéis’ e invitaba a la conversión porque llegaba ya el Reino de Dios.
Es significativo que el evangelista comience diciéndonos que ‘cuando arrestaron a Juan Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios’.  Efectivamente ya el Bautista cumplió su misión y comienza un tiempo nuevo. Ya no es el tiempo del anuncio y la preparación. Ahora llega Jesús y comienza a hacerse presente el Reino de Dios.
Jesús nos dice ahora que ‘se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios’. Hay que creer en esa Buena Noticia. Hay que disponerse ya a acoger el Reinado de Dios. Desde que entró el pecado en el mundo el reino de la muerte lo cubría todo con sus sombras. Pero llegaba la luz, y estaba ya allí en medio. Se ha cumplido el plazo de que la luz brille en medio de las tinieblas y amanezca la salvación. Podríamos recordar también esa página hermosa del comienzo del evangelio de Juan que nos habla de la luz que viene a disipar las tinieblas aunque se resisten.
Allí está la Buena Nueva, allí está el Evangelio, allí está Jesús con su salvación. Con Jesús comienza el Reinado de Dios porque la muerte y el pecado iban a ser vencidos. ‘Llega la victoria de nuestro Dios’. Hay que convertirse, y convertirse es creer en esa Buena Noticia. Dios en verdad será nuestro único Rey.
Estamos prácticamente comenzando a leer el evangelio de Marcos y éste es el primer anuncio que escuchamos. Pero, como siempre decimos, la Palabra de Dios no la podemos escuchar simplemente como un hecho pasado, sino que es la Palabra que Dios hoy nos dirige a nosotros. No es Palabra de un ayer, sino de un hoy. Hoy la escuchamos, hoy llega a nosotros. Podríamos recordar aquello de Jesús en la Sinagoga de Nazaret que nos narra san Lucas también en el comienzo de la actividad pública de Jesús. Cuando lee el sábado en la Sinagoga aquel pasaje de Isaías recordamos que el comentario de Jesús fue decir: ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. 
Hoy se cumple el plazo para nosotros; hoy llega la Palabra del Señor a nuestra vida; hoy nos llega la Buena Noticia de que el Reino de Dios llega a nosotros, se hace presente en nuestra vida. Y hemos de sentir, como nos decía san Pablo en su carta, ‘el momento es apremiante’. Así tenemos que tomarnos en serio la Palabra de Dios que se  nos anuncia. Hemos de dar una respuesta. Una respuesta de fe y de conversión. Creemos en el Señor que llega a nuestra vida; nos convertimos a El, porque ya queremos alejarnos para siempre del reino de la muerte para entrar en el reino de la vida, en el Reino de Dios.
Queremos ya ponernos en camino para seguir de todas todas a Jesús. Con prontitud. Con generosidad y radicalidad. Arrancándonos de nuestras redes de muerte. Para caminar a su luz. Para que El sea en verdad para siempre el centro de nuestra vida, el único Señor de nuestra vida. Tenemos que creer desde lo más hondo del corazón esa palabra de salvación que pronuncia para nosotros, ese anuncio de vida que nos hace. Y si le creemos, cambiaremos nuestra vida, dejaremos atrás muchas redes, muchas cosas que nos han atado hasta ahora para seguir para siempre su único camino, caminar a su paso, vivir su vida.
El Evangelio nos dice que Jesús ‘pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores…’ Allí están en sus tareas. Quien había anunciado que se cumplía el plazo y llegaba el Reino de Dios ahora invita a seguirle, a estar con El, a vivir ese momento nuevo del Reino de Dios. ‘Venid conmigo, sois pescadores de estos mares, de estos lagos, pero yo os haré pescadores de otros mares, os haré pescadores de hombres…’
Y Simón Pedro y Andrés creen en la Buena Noticia; lo mismo luego Santiago y Juan que estaban también con sus redes y con su barca, con su padre y con los jornaleros también creen, y cambian, y lo dejan todo. ‘Y se marcharon con El’. Es la señal de la conversión. Creen y cambian de vida. Conversión no es sólo penitencia; es mucho más, es el cambio radical, es el comenzar a vivir algo distinto. Creen en el anuncio que está haciendo Jesús y quieren vivir en su Reino, en el Reino de Dios. Es la Buena Noticia, el Evangelio en el que comienzan a creer y quieren vivir. Por eso, se van con El.
Es la llamada y la invitación que hoy nosotros escuchamos. ‘Se ha cumplido el plazo… el momento es apremiante…’ La luz tiene que comenzar a iluminar y de nosotros depende. El Señor nos la está poniendo en nuestras manos. El mundo necesita esa luz en medio de tantas sombras y oscuridades que nos envuelven y nosotros tenemos la luz en nuestras manos.
El Señor nos invita a ir con El, como a aquellos primeros discípulos. Y esa llamada no es de ayer ni de mañana, sino que es ahora cuando el Señor nos llama y nos invita a creer en la Buena Noticia para hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo. ¿Qué pasa con nuestra fe? ¿Se nos habrá adormecido? ¿La habremos ocultado? ‘El momento es apremiante’. ¡Cuánto tenemos que hacer! ¡Cuánto podemos hacer!
‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, sembradores de luz, mensajeros de esperanza, constructores de un mundo de amor.