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sábado, 18 de octubre de 2008

La Buena Nueva del amor de Jesús a los pobres (San Lucas)

2Tim. 4, 9-17
Sal. 144
Lc. 10, 1-9

‘Designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos... Pones en camino... cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa... curad a los enfermos que haya, y decid: Está cerca el Reino de Dios...’
Es la misión de los enviados. Anunciar la Buena Nueva de que el Reino de Dios está cerca. Mensajeros del Evangelio, evangelizadores, evangelistas. Al final, antes de la Ascensión, serán enviados también para ser ‘mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra...’ Misión de todo creyente en Jesús que se convierte en testigo, en un enviado a evangelizar, a anunciar el Evangelio.
Hoy estamos celebrando a un Evangelista, Lucas. De origen pagano y probablemente de Antioquia, se convirtió a la fe, acompañó a san Pablo en alguno de sus viajes, y que se convierte en evangelizador, en evangelista que nos ha trasmitido el Evangelio que lleva su nombre.
No conoció a Jesús y sin embargo nos trasmite su evangelio lleno de detalles de la vida de Jesús, que incluso algunos que los otros evangelistas no nos trasmiten. Pero quiso conocer a fondo a Jesús e investigó. Como dice él mismo en el principio de su evangelio ‘me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición detallada para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido’.
Como decíamos en la oración litúrgica, ‘elegiste a san Lucas para que nos revelara con su predicación y sus escritos tu amor a los pobres...’ Con todo detalle insiste el evangelista esa cercanía de Jesús a los pobres y a los que sufren, a los marginados y a los pecadores. Ya, cuando nos presenta a Jesús en la Sinagoga de Nazaret se nos habla de ese evangelio que se ha de anunciar a los pobres. ‘El Espíritu está sobre mí porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres...’ Y así lo veremos a través de todo el evangelio.
Evangelio de la misericordia, del perdón, de la paz y de la alegría. Las más bellas parábolas de la misericordia y del amor de Dios, como la del hijo pródigo, los gestos más sorprendentes de cercanía a los pobres y a los marginados, las más hermosas muestras del amor que se hace perdón – la mujer pecadora que llora a sus pies, la mirada de amor a Pedro tras la negación o la promesa del paraíso al ladrón arrepentido en la cruz -, la paz y la alegría que va repartiendo con su presencia – desde el anuncio invitando a la alegría por la llegada de la paz a los hombres de buena voluntad en su nacimiento o como hemos visto hoy mismo su mandato de llevar la paz anunciando el evangelio – y tantos otros momentos que sería bueno repasar en las páginas del evangelio.
Pero todo ello se ha de traducir luego en un nuevo estilo de vivir. Por eso, en los Hechos de los Apóstoles estaremos viendo la imagen que nos da Lucas de lo que han de vivir los que cree en Jesús. Es la descripción que nos hace de las primeras comunidades de Jerusalén. ‘Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común... en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común...’ Todos se admiraban de ese nuevo modo de vivir y de cómo se amaban y con ese testimonio se convertían a la vez en anunciadores del Evangelio.
Es lo que también hemos pedido en la oración litúrgica, ‘Concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’.
Pero hemos de hacernos una consideración. Si al contemplar la obra y la figura de un evangelista, sentimos al mismo tiempo la urgencia de que nosotros hemos de ser también evangelizadores, porque a la larga esa es la misión que Cristo nos ha confiado, creo que antes tendríamos que saber hacer como Lucas. Nos pudo hablar con tanto conocimiento y tanto detalle y profundidad de Jesús y del Evangelio, porque antes se había preocupado de conocer a Jesús, como ya vimos.
Que nosotros también cada día más queramos crecer en ese conocimiento de Jesús, Que nosotros cada día más tengamos también esas ansias de empaparnos del Evangelio, y lo leamos, los reflexiones, no oremos para llenarnos verdaderamente de El y así podamos convertirnos en verdaderos evangelistas, evangelizadores, para los demás.
‘Que el Señor nos dé fortaleza para confesar con fe el Evangelio que san Lucas nos predicó’.

viernes, 17 de octubre de 2008

Trigo de Cristo soy (San Ignacio de Antioquia)

Filp. 3, 17-4,1
Sal. 33
Jn. 12, 24-26

‘Nosotros, por lo contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo...’ Ciudadanos del cielo y tan aferrados como estamos a la tierra. Ciudadanos del cielo y que poca trascendencia le damos a la vida, a lo que hacemos. Ciudadanos del cielo y sólo pensamos en nuestros disfrutes humanos y caducos.
La celebración de los santos, como San Ignacio de Antioquia que hoy estamos celebrando, nos lo recuerda. Su ejemplo y testimonio tendría que hacernos despertar.
Es cierto que vivimos en este mundo, y aquí tenemos una obra que realizar, porque Dios nos lo ha puesto en nuestras manos. Y tenemos que vivir con responsabilidad esta etapa de nuestra vida terrena. Pero, ¿dónde está nuestra meta? ¿dónde podremos alcanzar la verdadera plenitud?
Hoy el evangelio nos ha dicho dos cosas hermosas. ‘Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero su muere, da mucho fruto’. Es la entrega con que hemos de vivir nuestra vida. Es el amor que hemos de poner en lo que hacemos y vivimos. Es el amor el que va a dar verdadera fecundidad a nuestra vida. No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Por eso nos decía Jesús a continuación: ‘El que ama su vida la perderá; pero el que gasta su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna’. Gastemos nuestra vida en el amor, en el darnos por los demás, en la responsabilidad con que vivimos nuestra existencia, no pensando sólo en una ganancia material. Guardemos nuestra vida para la vida eterna, gastándola por el amor de Dios y a los demás.
Como decía antes, los santos son ejemplo y estímulo. San Ignacio de Antioquia, al que hoy celebramos, fue el segundo obispo de aquella Iglesia después de san Pedro. Fueron tiempos de persecuciones y era llevado preso a Roma porque había sido condenado a morir en las fieras. En el largo recorrido desde Antioquia a Roma, pasó por diversas Iglesias de Asia Menor, y fue dejando una serie de cartas que les dirigía a aquellas Iglesia que conservamos como un testimonio muy hermoso de lo que era la vida de aquellas primeras comunidades cristianas.
En la carta que dirigió a los cristianos de Roma a donde había que llegar les dice cosas muy hermosas de cómo veía él su muerte. No quería que hicieran nada para impedirle el martirio. ‘Permitid que imite la pasión de mi Dios’, les decía. ‘No quiero vivir ya la vida terrena... rogad por mí para que llegue a la meta’.
Es hermoso cómo desea el martirio. No es que desee la muerte por la muerte, por así decirlo, para acabar esta vida de sufrimientos. El quiere unirse a la pasión de Cristo, como ya vimos. Y nos dice algo hermoso. ‘Trigo de Cristo soy: seré molido por los dientes de las fieras a fin de llegar a ser pan de Cristo’. Verdaderamente sublime la espiritualidad de San Ignacio de Antioquia. Por eso decía: ‘Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios’.
¿Dónde encuentra su fuerza para esta donación tan excelsa que hace de sí mismo? ‘Lo que deseo es el Pan de Dios, que es la Carne de Jesucristo... y la bebida de su Sangre, que es la caridad incorruptible...’ En Cristo encuentra su fuerza y su alimento. En Cristo encuentra la capacidad de ese amor sin límites.
Estamos celebrando la Eucaristía. Estamos queriendo alimentarnos también nosotros de Cristo, para que así se fortalezca nuestro amor. ¡Con qué deseos tendríamos que venir cada día a la celebración de la Eucaristía! ¡Con qué intensidad tendríamos que vivirla para alimentarnos de Cristo! No seremos molidos por los dientes de las fieras, pero sí podemos hacer nosotros esa ofrenda de nuestra vida, de lo que somos, de nuestros sufrimientos, de todo nuestro amor.
Caminemos hacia la meta donde tenemos la patria definitiva.

jueves, 16 de octubre de 2008

Unas bendiciones de Dios para cantar la mejor alabanza y bendición

Efes. 1, 1-10
Sal. 97
Lc. 11, 47-54

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales...’
Hemos comenzado a leer en la lectura continuada la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso, que continuaremos durante un par de semanas. Una comunidad donde Pablo había anunciado el evangelio y en la que había permanecido durantes largas temporadas, y en la que finalmente dejaría a su discípulo Timoteo como Obispo de aquella comunidad. Una ciudad importante en el Asia Menor, de gran riqueza y de gran sabiduría. Pero lo que nos importa ahora es la Sabiduría divina que se nos manifiesta en la carta del Apóstol.
Tras los saludos iniciales – ‘la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo’ - el apóstol entona un cántico de bendición a Dios, por todas las bendiciones que de El hemos recibido en Cristo y que todo ha de redundar al mismo tiempo desde la respuesta de nuestra vida en alabanza de nuevo al Señor. ‘Con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales...’ dice el apóstol.
Y como nos dice a continuación es que ‘en la persona de Cristo nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables... nos ha destinado a ser sus hijos... y por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados... dándonos a conocer el Misterio de su voluntad...’ y ¿cuál era el proyecto de Dios para nosotros? ‘Cuando llegase el momento culminante recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra’.
Cristo es el centro de todo. De El todo lo recibimos, y con El todo tiene que ser para la gloria de Dios. ‘Redunde en alabanza suya’. Tenemos que pensar en todo lo que en Cristo recibimos y al mismo tiempo a lo que estamos llamados y destinados. El perdón y la redención. Ser hijos de Dios. Vivir una vida santa e irreprochable.
Pero ¿por qué todo eso? ¿Por merecimiento nuestro? No, por el puro amor de Dios. Desde siempre – ‘antes de crear el mundo’ -, ‘por pura iniciativa suya’, por su sangre derramada, por el amor que nos tiene nos regala Dios con tantas bendiciones. ‘El tesoro de su gracia , sabiduría y prudencia ha sido un derroche para nosotros...’ ¿No es justo, entonces, que nosotros respondamos bendiciendo y alabando a Dios?
Un texto, este cántico del principio de la carta a los Efesios, que nos daría para largas y hondas reflexiones. Aquí sólo quedan apuntadas las líneas de fuerza del texto. Nos quedaría para nuestra reflexión personal ver todas esas bendiciones y gracias con las que el Señor ha adornado nuestra vida. Verlo de una forma concreta en nuestra historia personal. Y al ir desgranando en nuestro pensamiento y en nuestro corazón cada una de esas gracias del Señor, hacer que surja esa alabanza, esa bendición y esa acción de gracias a Dios, que nos quiere hijos, que nos quiere puros y limpios de pecados, que nos quiere santos.
Todo siempre para la gloria del Señor. Si en Cristo hemos recibido todas esas bendiciones, Cristo tiene que ser entonces el centro de nuestra vida y de nuestra historia. Por eso lo llamamos el Señor, lo proclamamos el Reino del hombre y del universo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Una meta alta: el camino de la perfección y la santidad

Eclesiástico, 15, 1-6
Sal. 88
Mt. 11, 25-30

¿Cuáles son las metas que tenemos en nuestra vida como cristianos? ¿Cuál es la meta que nos ha propuesto Jesús en el evangelio? Podemos decir que Jesús nos propone metas muy altas. No quiere que nos quedemos en la mediocridad sino que nos enseña a mirar bien alto.
Sed santos, como Dios es santo, nos dice. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Nos lo repite en el sermón del monte y a través de todo el evangelio. Quiere de nosotros un amor, pero no un amor cualquiera, sino que amemos como El nos ha amado. Y ya sabemos la altura y profundidad de su amor. Porque nadie ama más que aquel que da la vida por el amado. Y es lo que hizo Jesús.
Por eso, ser cristiano, seguir a Jesús, como decíamos antes, no es cuestión de simplemente dejarnos llevar, o de andar con mezquindades. Tal es así que nos dirá que con El o contra El, porque el que no recoge conmigo desparrama. Entonces, cuando seguimos a Jesús lo que queremos hacer es seguir sus pasos. Ya sabemos como tenemos que configurarnos con El, para ser una cosa con El, para que su vida sea nuestra vida.
Cristo es el camino que nos lleva al Padre. Cristo es la verdad que nos revela el misterio de Dios. Cristo es la vida que tenemos que vivir. Cuando Jesús les dijo eso a los discípulos algunos no terminaban de entender y todavía andaban preguntando que como podían ir al Padre si no conocían el camino. Es entonces cuando Jesús les dice que quien le ve a El está viendo al Padre. Nadie va al Padre sino por mí.
Es Jesús el que nos revela el misterio de Dios. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, hemos escuchado hoy en el evangelio. Y a eso ha venido El, a enseñarnos el camino, a ir delante de nosotros, a ir a nuestro lado, a dejarnos su Espíritu para que podamos conocer la verdad plena de Dios.
Un camino de ascesis tiene que vivir el cristiano. Un camino de superación, de crecimiento, de purificación de sí mismo y de todo tipo de pecado. Un camino que nos lleva a la contemplación del misterio de Dios para alcanzar la Sabiduría de Dios. Un camino que tiene que concluir en una unión íntima y profunda con Dios, sintiendo cómo Dios habita en nosotros y nosotros en El, como hemos escuchado tantas veces en el Evangelio. Vendremos a él y haremos morada en él, nos dice Jesús.
Hoy celebramos a Santa Teresa de Jesús, que hizo ese recorrido y llegó a una altura y profundidad de vida espiritual en grado místico. Ella sí que experimentó, y de qué manera, como Dios habitaba en ella y ella en Dios. No fue fácil el camino de Santa Teresa. Noches oscuras y de desierto tuvo que pasar largos años de su vida hasta que fue logrando esa purificación interior para dejar que Dios habitara en ella. Pero con la gracia del Señor pudo recorrerlo y alcanzar ese grado altísimo de la vida mística. No fue sólo su recia voluntad – era una mujer fuerte y recia – sino que fundamentalmente supo dejarse conducir por el Espíritu del Señor.
Para nosotros es estímulo y ejemplo, como siempre lo es la vida de los santos. Ya lo hemos comentado tantas veces que en ellos tenemos que ver ese ejemplo del camino de santidad que nosotros hemos de seguir. Y si algo tenemos que pedirles es que intercedan por nosotros para que logremos alcanzar esa santidad. Es lo primero y fundamental de nuestra vida, aunque muchas veces andemos preocupados por otros problemas y necesidades. 'Buscad el reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura...' Pero nosotros queremos que primero nos den las añadiduras.
Teresa de Jesús nos enseña ese camino de la perfección. En la oración litúrgica eso hemos pedido. ‘Suscitaste a santa Teresa por inspiración del Espíritu Santo... para mostrar a la Iglesia un camino de perfección...’ Que se encienda entonces en nosotros ‘el deseo de la verdadera santidad’.
Que aprendamos de ella a hacer de nosotros esa ofrenda de nosotros mismos como ella supo hacerlo. Es lo que pediremos en la oración de las ofrendas. No ofrecemos cosas a Dios, nos ofrecemos a nosotros mismos. Esa ofrenda que es sacrificio cuando en tantas cosas tenemos que superarnos, cuando en tanto tenemos que poner todo el amor de nuestra vida.
Y finalmente que en la santidad de nuestra vida aspiremos a cantar en todo momento las misericordias del Señor.

martes, 14 de octubre de 2008

Una rica espiritualidad dentro del corazón

Gal. 5, 1-6
Sal. 118
Lc. 11, 37-41

¿Qué es lo que realmente tenemos dentro de nuestro corazón? Ya se dice que de lo que abunda en el corazón rebosa nuestra boca. Por eso es importante saber lo que realmente hay en lo más hondo de nosotros, porque además eso se reflejará en las actitudes y comportamientos de nuestra vida.
‘Un fariseo lo invitó a comer a su casa’, nos dice el Evangelio hoy. Pero allí estaban pendientes de lo que Jesús hacía o no hacía. ‘El fariseo se sorprendió de que Jesús no se lavara la manos antes de comer’. No era sólo la higiene lo que le preocupaba. Era su ritualismo. Continuamente se estaban restregando las manos. Podían haberse contaminado si hubieran tocado algo que fuera impuro. Como si la impureza o la maldad entrara de fuera y no la tuviéramos en el corazón.
Jesús conocía sus pensamientos. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’. Queda bien descrito. Eran muy estrictos en el cumplimiento de la letra de la ley. Pero les faltaba alma. O más bien sobraba maldad en el corazón. Pagaban el diezmo hasta de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, les echaba en cara Jesús, ‘pero olvidáis, pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’.
Todo lo cifraban en el cumplimiento estricto y a la letra de la ley, pero faltaba lo más importante en el corazón. ¿Dónde ponían la salvación? ¿en las obras que hicieran o en la gracia del Señor? Es el Señor el que nos salva. Es cierto que tenemos que responder con las obras de nuestra vida. Si el Señor nos ha salvado, hemos de vivir esa salvación; hemos de vivir de forma congruente conforme a esa salvación. Ya nos decía el apóstol Pablo ‘no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud’.
‘La esperanza del perdón que aguardamos es obra del Espíritu, por medio de la fe...’
nos enseña san Pablo. Creemos y creemos en aquel que es nuestro Salvador. El Señor es el que nos salva. Es pura gracia, don, regalo fruto de la liberalidad del Señor, del amor que el Señor nos tiene. No son nuestros méritos, porque entonces no hubiera sido necesario que Cristo muriera por nosotros.
‘Lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor’, termina diciéndonos hoy el apóstol. Fe activa. La fe no es una pasividad, un dejar hacer. La fe con la que respondemos al amor que el Señor nos tiene tiene que traducirse, reflejarse en las obras del amor. Es nuestra respuesta y nuestra vida que glorifica así al Señor.
Por eso, démosle hondura a las cosas que hacemos. Por eso es importante ver lo que tenemos en el corazón. Por eso tenemos que llenarnos del amor de Dios que es lo que nos dará la mayor hondura. Por eso ese enriquecimiento de nuestra espiritualidad. No podemos ser unas personas vacías, superficiales, a las que nos falte esa hondura de nuestra vida. Es lo que va a ser como nuestro motor, lo que le irá dando ese sentido y ese valor a todo lo que hacemos. Es la riqueza que tenemos en el corazón y con la que tenemos que enriquecer a los demás.
Por tanto nos es el cumplimiento ritual o a la letra de aquello que tengamos que hacer. Es algo más. Hay un peligro. Que nos contentemos con hacer las cosas, pero no dándole importancia a esa hondura de nuestra vida, a esa espiritualidad. Y nos puede pasar en muchos detalles de nuestra vida, desde el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones hasta la expresión de nuestra religiosidad y la participación en las celebraciones litúrgicas.
Algunas veces parece que estamos y no estamos. Hacemos las cosas ritualmente con toda perfección pero nuestra mente y nuestro corazón están lejos, estamos distraídos, no pensamos en lo que estamos haciendo. Nos pasa en la oración, nuestros labios van repitiendo una y otra vez las oraciones, pero ¿nuestro corazón estará orando? Vamos desarrollando con toda fidelidad el rito de la celebración, de la Misa o de cualquier otra celebración litúrgica, pero ¿nosotros estamos de verdad desde nuestro corazón en esa alabanza, en esa acción de gracias, en ese encuentro con el Señor?
Si estamos vacíos por dentro poco bueno podemos dar. Llenemos nuestro corazón de espiritualidad, dejémonos encontrar por el Señor, alabemos al Señor no solo con palabras sino con toda nuestra vida. No nos preocupemos sólo de limpiar la copa o el plato por fuera, sino que dentro esté no sólo limpio sino rebosante de una rica espiritualidad.

lunes, 13 de octubre de 2008

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado

Gál. 4, 22-23.26-27.31 – 5, 1
Sal. 112
Lc. 11, 29-32

‘Resumiendo, hermanos, no somos hijos de esclava, sino de la mujer libre...’ Así les dice san Pablo a los Gálatas. Ha hecho previamente la comparación entre el hijo de la mujer libre Ana y los de la esclava, Agar. Viene a compararnos la Antigua y la Nueva Alianza.
Nosotros somos los hijos de la Nueva Alianza. Porque ‘para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado’, nos dice. Para eso Cristo vino como Salvador y murió por nosotros, para en su sangre derramada en la cruz establecer la Nueva Alianza, para darnos la libertad, la liberación de todos nuestros males y pecados.
Recordamos que cuando Jesús comenzó su vida pública, allá en la Sinagoga de Nazaret proclamó la profecía de Isaías que venía a ser como el programa de su vida. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres... para anunciar la liberación a los cautivos... la libertad a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor’. La liberación, la libertad, el año de gracia, la amnistía de todas las deudas y pecados.
A través de todo el evangelio lo vemos ir realizando multitud de signos, sus milagros, de esa liberación que quiere para nosotros. Y el gran signo, la gran muestra de su amor infinito por nosotros, fue su entrega a muerte en la Cruz como sacrificio para el perdón de nuestros pecados.
Pero nos previene el apóstol: ‘Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de los esclavos...’ No someternos de nuevo a la esclavitud, cuando ya hemos sido liberados. No volver de nuevo a la situación de pecado. No volver de nuevo a la esclavitud de nuestro capricho, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestras pasiones, de nuestras violencias, de la maldad de nuestro corazón. Hemos de vivir liberados de una vez para siempre que para eso Cristo murió por nuestros pecados.
‘Líbranos de todo mal’, le pedimos tantas veces al Señor en nuestra oración. Como decimos en la oración litúrgica ‘líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de todo pecado y protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.
‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’,
hemos dicho con la antífona del Aleluya antes del Evangelio. No endurecer nuestro corazón. Tantas veces que volvemos al pecado dejándonos arrastrar por la tentación.
En el evangelio vemos una queja de Jesús contra la gente de su generación. No terminaban de escucharle y reconocerle y una y otra vez seguían pidiendo señales. No les bastaba la Palabra de Jesús. No les bastaba todos los signos y milagros que continuamente realizaba. ‘Pide un signo, pero no se les dará más signo que el de Jonás’.
¿Qué significaba? ¿cuál era ese signo al que Jesús se refería? Ya sabemos que Jonás recibió la misión del Señor de predicar en Nínive la conversión. Después de muchas turbulencias – no vamos a entrar en ello ahora - al final va a Nínive y predica la conversión. Y el pueblo se convirtió. Todos se vistieron de sayal y ceniza para convertir su corazón al Señor y merecieron así el perdón al castigo que merecían. Esa es la señal, Jonás fue escuchado y el pueblo se convirtió, y ¿no había ahora alguien que era más que Jonás?.
‘Cuando sea juzgada esta generación los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’. Lo mismo les dirá de la Reina del Sur -¿la reina de Saba? – que vino a escuchar la Sabiduría de Salomón. ‘Y aquí hay uno que es más que Salomón’.
Reconocer la Sabiduría de Jesús, de la Palabra viva de Dios. Reconocer en Jesús a quien es nuestra Salvación. ¿Acaso Jesús podrá tener esa misma queja de nosotros que no terminamos de creer con toda nuestra vida en El y convertirnos ante su Palabra? ¿No nos sucede que teniendo la Salvación que Jesús nos ha ganado y nos ofrece, endurecemos nuestro corazón y volvemos a la esclavitud del pecado?
Reconozcamos la salvación que Jesús nos ofrece y vivamos ya para siempre liberados de nuestro pecado.

domingo, 12 de octubre de 2008

¡Hoy es día de fiesta, tendremos comida especial!

Isaías, 25, 6-10;
Sal. 22;
Filipenses 4, 12-14.19-20;
Mt. 22, 1-14

¡Hoy es día de fiesta, tendremos comida especial! Así pensamos y hacemos cuando tenemos algo especial que celebrar. La comida y el banquete es una categoría clave en nuestras relaciones humanas. Nos reunimos en torno a una mesa cuando queremos celebrar algo, cuando queremos alimentar nuestra amistad, realizar un reencuentro por un distanciamiento largo y difícil y hasta cuando queremos compartir una amargura o un problema. La comida es el mejor signo de comunión, manifiesta alegría y felicidad, y es expresión de solidaridad y de alianza.
Fue una de las señales mesiánicas prefiguradas por los profetas para anunciar esos tiempos nuevos y será una imagen repetida en el evangelio, tanto en los gestos y la vida de Jesús, como en sus parábolas y enseñanzas, hasta culminar en el gran signo definitivo y para siempre de su entrega y de su amor. Todos entendemos que hablamos de la Eucaristía.
El profeta nos ha hablado de esos tiempos nuevos en que se ‘preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos’. Días de fiesta y alegría, días en que se ven colmadas todas las esperanzas, días en que desaparece para siempre el luto y el dolor, porque ‘aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’.
Y Jesús en el evangelio nos dirá que ‘el reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo y mandó a los criados a decir a los convidados... tengo preparado el banquete... todo está a punto. Venid a la boda...’ Luego ante el rechazo de los invitados a venir, ‘los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron... y la sala del banquete se llenó de comensales’.
Cristo que nos llama y nos invita al banquete de la vida. Todos estamos invitados. Y no es un banquete cualquiera. Por las señales que habían dado los profetas tenía que ser una fiesta grande. Y la comida que Cristo nos ha preparado es la gracia más hermosa. Motivo de fiesta y de alegría es nuestra fe y nuestro encuentro con Cristo. Tenemos que decir también: ‘Celebremos y gocemos con su salvación’.
Es Cristo mismo que se nos ofrece. Es Cristo mismo que viene a dar un sabor nuevo a nuestro mundo. Es Cristo mismo que quiere darle un sentido nuevo a nuestra vida, y qué mejor imagen que la del banquete para expresar la alegría de ese encuentro con él, pero para expresar también ese sentido nuevo de las cosas. Comunión, alegría, felicidad, solidaridad, alianza, dijimos antes que se expresaban muy bien cuando nos sentamos alrededor de una mesa para una comida.
Pero ya sabemos. Hubo invitados que no quisieron aceptar la invitación al banquete de bodas porque querían otra cosa para su vida. Tenían tantas cosas de las que ocuparse; había tantas cosas que consideraban más importantes para su vida; era otra cosa lo que preferían: sus tierras, sus negocios, su manera de vivir. Su rechazo incluso se convirtió en señal de muerte. ‘Echaron mano de los criados y los maltrataron hasta matarlos... envió sus tropas que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad...’
Es el interrogante que se nos platea. Nosotros, ¿qué hacemos? Ante el Evangelio que Cristo nos ofrece, ante la salvación que os regala, ante el banquete de vida al que nos invita, ¿cuál es nuestra reacción y nuestra respuesta? Muy fácil es decir que nosotros sí respondemos y aceptamos la salvación que nos ofrece, pero tenemos que confrontarlo con la realidad de nuestra vida. Y tendríamos que preguntarnos por la alegría de nuestra fe, por el amor con el que llenamos nuestra vida, por las actitudes que tenemos hacia los otros, por la generosidad de nuestro corazón, por el amor y la defensa de la vida, de toda vida. Tendríamos que preguntarnos por el valor que le damos a la Eucaristía y a los sacramentos, por la atención que prestamos a su Palabra. Tendríamos que preguntarnos si de verdad nos preocupamos de vestirnos del traje de fiesta que nos exige para participar en su banquete.
Este es otro aspecto a tener en cuenta en la parábola que Jesús nos ofrece. ‘El rey reparó en uno que no llevaba el traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?’ Todos entendemos que no se está refiriendo Jesús a trajes o vestiduras externas. Si fuera por las vestiduras externas de pobreza o calamidad, quizá, como nos diría el apóstol Santiago, habría que hacerle ocupar los primeros puestos y no los últimos.
Ese traje de fiesta del que nos quiere hablar Jesús en la parábola va más por las actitudes internas que pueda haber en nuestro corazón; va más por los adornos de amor, de generosidad con que hemos de revestir nuestro corazón; va más por esa pureza interior de un corazón limpio de pecado; va más por la santidad que ha de resplandecer en nuestra vida y que tenemos que esforzarnos en alcanzar. Un corazón que no le da cabida al amor, que no es generoso o que hace discriminación con el hermano, un corazón lleno de amargura o de rencor, orgulloso y engreído de sí mismo no es un corazón con traje de fiesta para participar en el banquete que nos ofrece el Señor.
Que el banquete al que estamos invitados nos llene de la verdadera alegría, transforme nuestro corazón, nos impulse a la verdadera solidaridad y comunión, nos haga sentir con deseos de superación, de crecimiento en la fe y en el amor, siembre en nosotros la esperanza de la salvación. Purifiquemos nuestro corazón para vestirnos del traje de fiesta. Que en verdad podamos decir con toda la certeza de nuestra fe: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’, la mano del Señor está sobre nosotros.
Hoy es día de fiesta. Tenemos una comida especial: Cristo mismo se nos da como alimento y como vida.

sábado, 11 de octubre de 2008

Tus pensamientos y tus deseos son vida para mí

Gál. 3, 22-29
Sal. 104
Lc. 11, 27-28

‘¡Dichoso el vientre que te llevó los pechos que te criaron!’ Fue la exclamación entusiasta de una mujer anónima en medio del gentío al escuchar a Jesús y ver sus obras. La voz popular suele tener esas expresiones espontáneas cuando ve algo en alguien que le entusiasma. Pero fue una alabanza a María, la Madre de Jesús.
Ella proféticamente ya lo había cantado en su visita a su prima Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’ cuando reconocía las maravillas que el Señor había hecho en su pequeñez y humildad. Y allí estaba ese primer grito espontáneo, aunque ya antes María había recibido algunas felicitaciones.
Dichosa la había llamado también el ángel de la Anunciación en Nazaret. ‘Alégrate, la llena de gracia’, alégrate, llénate de alegría, sé dichosa porque estás llena de la gracia del Señor. Dichosa porque Dios está contigo. Dichosa porque Dios ha puesto en ti sus ojos. Dichosa porque el Hijo que va a nacer de ti, ‘será grande, será el Hijo del Altísimo’.
También la había llamado dichosa su prima cuando la recibió en su casa. Dichosa se sentía ella y dichosa la llamaba porque era la Madre de su Señor. ‘¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Dichosa por tu fe, porque dijiste sí y se van a realizar cosas grandes en ti.
Pero ahora será su propio Hijo Jesús el que la va a llamar dichosa. ‘¡Dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple!’ Dichosa porque plantó la Palabra de Dios en su corazón. Allí estaba en sus entrañas se plantó la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, para hacerse carne. Dichosa María, porque no sólo en aquel momento ella supo acoger la Palabra de Dios en su vida, sino que era una constante de su existir. Ella rumiaba en su corazón todo lo que el Señor le había ido manifestando. Por eso ella es dichosa también.
Pero estas palabras de Jesús que perfectamente fueron dichas por su madre, fueron dichas también por todos aquellos que acogen la Palabra de Dios en su vida y la llevan a la práctica. ‘Mejor, diría Jesús como réplica a la mujer anónima y espontánea, ¡dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’. Esa dicha, esa bienaventuranza de Jesús es para todos lo que la escuchan.
Cuando un día vinieron a decirle que allí estaban su madre y sus hermanos, Jesús se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Lo hemos reflexionado muchas veces. Somos la familia de Jesús porque acogemos en nuestro corazón su Palabra. Como María. También cuando decimos sí a la Palabra, estamos siendo llamados dichosos. Dichosos también nosotros por nuestra fe. Dichosos porque también Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nos ha llenado de su gracia.
Por el bautismo nosotros nos hemos unido a Cristo. Nos hemos hecho una sola cosa con Cristo, porque nos hemos llenado de su vida para en El ser también hijos de Dios. Nos lo ha dicho hoy también san Pablo. ‘Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo’. Revestidos de Cristo, llenos de la vida de Cristo, para ser otros Cristos. Por eso nos continuará diciendo ‘ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús’. Unidos a Jesús en su propia vida. Plantando así en nosotros su Palabra de vida para dar fruto. Acogiendo así su Palabra y haciéndola vida de nuestra vida.
¿Qué es lo que se dicen dos enamorados? Tus pensamientos y deseos son órdenes para mí. Nosotros queremos darle también nuestro sí y nuestro amor al Señor. Sus pensamientos, sus deseos, su voluntad son para nosotros órdenes, mandatos que vamos a cumplir en nuestra vida. No a regañadientes, sino brotando de la voluntad y el querer libre de nuestro amor. Queremos que su Palabra sea nuestra vida, nuestro norte, nuestra razón de ser.
Gocémonos en esa dicha de la fe, de ser cristiano, de vivir la vida de Cristo, de estar así revestidos de Cristo. A eso nos lleva la Palabra de Dios escuchada y plantada en nuestro corazón.

viernes, 10 de octubre de 2008

No nos dejemos dormir en la pendiente de la tentación

Gál. 3, 7-14
Sal.110
Lc. 11, 15-26

Jesús pasa por el mundo haciendo el bien. Inaugura el Reino de Dios y quiere liberarnos de todas las esclavitudes, para que Dios sea nuestro único Señor. Son los signos que le vemos realizar en el evangelio. Aunque no siempre son bien entendidos, como hemos escuchado hoy. O negaban que lo que hacía lo hacía con el poder de Dios, o aún pedían más signos para creer en El.
Pero Jesús quiere prevenirnos para que en verdad esa liberación que El quiere hacer en nosotros de todo mal y de todo pecado, sea una salvación que permanezca para siempre en nuestra vida. Ya nos había enseñado a orar a Dios pidiendo que no nos dejara caer en la tentación. Pero, como decíamos, esa petición es un compromiso por nuestra parte de no ponernos en la pendiente que nos lleva a la tentación y al pecado. Es lo que quiere explicarnos hoy.
Nos habla del hombre fuerte y bien armado que nos asalta y nos hace caer para referirse a la tentación del maligno que nos quiere llevar al pecado. Pero nos previene también para que, como se suele decir, no nos durmamos en los laureles.
‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre da vueltas por el desierto buscando un sitio donde descansar; pero como no lo encuentra se dice: volveré a la casa de donde salí. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él y se mete a vivir allí’.
¿Qué nos quiere decir el Señor? en nuestra lucha contra el mal, ayudados de la gracia del Señor vamos logrando victorias y conseguimos ir superando las tentaciones y el pecado. Llevamos ya una vida más o menos buena, aunque siempre estamos sujetos a nuestras debilidades. Pero tenemos la tentación de que ya no volveremos a caer en el mismo pecado, ‘eso yo no lo volveré a hacer’, nos decimos. Y nos confiamos. Y quizá aflojamos la vigilancia espiritual. No tenemos quizá la misma intensidad de la oración por un motivo o por otro. Pero la tentación puede volver. De hecho vuelve, y cuántas veces volvemos a caer en la misma tentación y el mismo pecado que pensábamos que ya teníamos superado.
Quizá no son cosas graves en las que hemos fallado, pero como nos consentimos pequeñas cosas que decimos, bueno, eso son pecados pequeños, ya me superaré en los grandes, resulta que al final volvemos otra vez a lo malo y al pecado.
Es la vigilancia que nos pide el Señor que tenemos que tener. No nos podemos confiar, porque siempre estamos sujetos a la tentación. Por eso siempre hemos de rezar con todo sentido y con toda fuerza ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Siempre tenemos que estar vigilantes para no ponernos, como decíamos en la pendiente del pecado.
Un camino de superación. Un camino de crecimiento espiritual continuo. Tengamos en cuenta que cuando no estamos esforzándonos en subir, fácilmente estamos dejándonos arrastrar por la pendiente que nos puede llevar de nuevo al pecado. En la vida espiritual no nos podemos dejar dormir nunca.
‘Vigilad y orad, que el espíritu está pronto, pero la carne es débil’, recordamos que le decía Jesús a los discípulos en el Huerto de Getsemaní. Se dejaron dormir, se dispersaron y huyeron, Pedro cayó en la tentación de la negación. Mantengamos con toda intensidad nuestra vida espiritual, nuestra oración, nuestra unión con el Señor, la escucha de Dios en nuestro corazón.
Contemos siempre con la gracia del Señor.

jueves, 9 de octubre de 2008

Al que llama a la puerta de Dios, siempre se le abre

Gál. 3. 1-5
Cántico de Zacarías, Lc. 1, 69-75
Lc. 11, 5, 13

Ayer escuchábamos que un discípulo le pedía a Jesús que les enseñase a orar. Y Jesús nos dejó lo que tenía que ser el modelo de nuestra oración. Ya reflexionábamos ayer sobre ello. Pero hoy, en estos versículos que son una continuación literal, Jesús nos insiste en la oración hablándonos de la perseverancia y de la confianza.
Algunas veces parece que la oración no nos dijera nada. Nos sentimos fríos, sin entusiasmo ni fervor, nos parece que no somos escuchados ni atendidos por el Señor, y hasta tenemos la tentación de dejar a un lado la oración. Pero Jesús nos dice que tenemos que ser perseverantes. Y nos propone el ejemplo del amigo que acude a su amigo para pedir ayuda. Sólo la insistencia logrará que el amigo le preste la ayuda que necesita. ‘Al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite’.
No se trata ya de la importunidad sino de la confianza. Sabemos que a quien acudimos es a Dios que es nuestro Padre, un Padre más bueno que todos los padres de la tierra juntos. Y si nuestro padre terreno nos dará lo que necesitemos, cuánto más lo hará Dios con nosotros.
Muchas veces en la oración no es que Dios no nos responda, sino que quizá nosotros no sabemos pedir o no sabemos descubrir el modo de respondernos Dios. La puerta de Dios que se abre para que entremos a estar con El algunas veces puede abrirse de una manera imperceptible que si no estamos lo suficiente atentos no nos daremos cuenta. Nada nos puede distraer para oír su voz, para sentir su presencia, para gozarnos de su amor. El nos dará siempre y nos dirá lo mejor que nosotros necesitemos.
‘Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama, se le abre...’ El Señor siempre abre sus puerta para que vayamos a estar con El. El Señor siempre escucha nuestra oración. El Señor siempre quiere regalarnos con su presencia.
Dejemos a un lado apegos, intereses, preocupaciones, afectos del corazón, caprichos, cosas que nos distraigan y nos impidan escuchar a Dios. Si llenamos el corazón de muchas cosas, no le daremos cabida a Dios. Y tenemos el corazón tan ocupado, nos afanamos por tantas cosas... Es necesario vaciar el corazón para ir hasta Dios.
Muchas veces nos sucede también que una situación de debilidad o de pecado de la que nos cuesta arrancarnos y con la que queremos andar como a dos velas, nos va a impedir tener libre el corazón totalmente para Dios. Liberémonos. Arranquemos esos apegos de nuestro corazón. No tratemos de estar nadando a dos aguas. Si buscamos a Dios, que sea sólo Dios el que llene nuestro corazón. Y así podremos encontrarnos con El, y El nos escuchará.
‘Llamad y se os abrirá... porque al que llama...’ el Señor siempre le abre.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Una oración que es compromiso

Gál. 2, 1-2.7-14
Sal. 116
Lc. 11, 1-4

‘Enséñanos a orar, Señor, como Juan enseñó a sus discípulos...’ Jesús estaba orando en cierto lugar y un discípulo se acerca para hacerle la petición. Lo hemos meditado y reflexionado quizá muchas veces. Hoy lo hacemos con el texto de san Lucas, que tiene unas ligeras diferencias al texto paralelo de san Mateo, pero que en su contenido fundamental es el mismo.
Mucho tenemos que pedirle al Señor que nos enseñe a orar. No con oraciones aprendidas de memoria, sino para que oremos con su mismo espíritu. Porque Jesús lo que quiere darnos es un estilo y un sentido de la oración. Hubieran valido los salmos que eran la oración del pueblo creyente. Pero los discípulos quieren algo más y Jesús quiere darnos un nuevo sentido. Una mayor profundidad.
El nos concede el don del Espíritu, el Espíritu que nos hace hijos, para que podamos llamar a Dios ‘Abba’, Padre. Por ahí comienza Jesús. Es la primera palabra que nos enseña a pronunciar, como el niño pequeño que es la primera palabra que comienza a pronunciar cuando se siente hijo: ‘Abba’. Y ya con esa palabra nos está enseñando a entrar en una nueva relación con Dios. Somos hijos. Dios es nuestro Padre.
En el texto que nos ofrece san Lucas de la oración que nos enseña Jesús podemos diferenciar como tres partes, o tres momentos: los intereses de Dios, las necesidades de los hombres, y un camino de rectitud y justicia.
Los intereses de Dios: la gloria del Señor siempre y por encima de todo. A El la gloria, el honor... ‘Santificado sea tu nombre... venga tu reino...’ El nombre del Señor es santo y nosotros hemos de santificarlo y glorificarlo. Es el Señor, pertenecemos a su Reino y en su Reino queremos vivir.
Las necesidades de los hombres. ‘Danos cada día el pan del mañana...’ Ahí estamos con nuestras necesidades, el pan, la vida, todo lo necesario para subsistir. Todo nos viene de Dios. A El nos confiamos y acudimos, porque es nuestro Padre providente.
Un camino de rectitud y justicia. El Señor nos santifica para que podamos realizarlo. Sin El nada somos ni nada podemos hacer. El nos librará de todo mal, comenzado por nuestro pecado. ‘Perdónanos nuestros pecados... y no nos dejes caer en la tentación...’
Todo siempre entonces para la gloria de Dios. Gloria al Dios tres veces santo. Y santificamos el nombre del Señor con nuestra santidad. Mal diremos que queremos santificar el nombre del Señor si nosotros no queremos ser santos. Por eso esta oración al buscar la gloria del Señor nos compromete. No la podemos decir de cualquier manera. Tenemos que buscar la santidad. Tenemos que poner por nuestra parte todo lo que sea necesario para que podamos vivir esa santidad de Dios.
Decir que venga el Reino de Dios, es decir que nosotros queremos pertenecer al Reino de Dios con todas sus consecuencias. Que queremos también que todos puedan pertenecer a ese Reino de Dios, que en todos se den esas condiciones para la pertenencia al Reino de Dios. Nos compromete a vivir en sus características, en sus valores, en ese reconocimiento del Señorío de Dios en nuestra vida, en su anuncio.
Si pedimos que nos dé ‘cada día nuestro pan del mañana’, estamos comprometiéndonos a mucho. No es sólo mi pan, sino nuestro pan. Queremos el pan para todos los hombres, y pedir el pan para todos los hombres es que todos puedan vivir en dignidad, con una vida digna, con todo lo necesario no sólo para su subsistencia sino también para el desarrollo personal de cada uno pero también para el crecimiento justo de nuestro mundo. Lo pedimos no para que se nos dé milagrosamente sino de forma comprometida para hacerlo realidad para todos los hombres. De ahí nace la responsabilidad de nuestra vida y de nuestro trabajo, nuestras relaciones justas, nuestra solidaridad, que nos aleja de todo tipo de egoísmo e injusticia.
La gloria del Señor exige nuestra santidad, decíamos. Pero ya sabemos cómo somos y cuánta debilidad y pecado hay en nuestra vida. Por eso pedimos ‘perdónanos nuestros pecados’. Y el Seños nos perdona y nos purifica, que es ponernos en un camino de actitudes nuevas, de sentimientos nuevos; actitudes y sentimientos que pasan por el amor y por el perdón, por dar nosotros generosamente también nuestro perdón, por la búsqueda del bien y de la justicia, por el compromiso por crear esa civilización nueva, que Juan Pablo II llamaba ‘la civilización del amor’.
Y no lo hacemos solos, sino confiando en la fuerza y en la gracia del Señor. Nos sentimos tentados tantas veces a la vuelta atrás. Por eso pedimos que no nos falte nunca esa fuerza del Señor, ‘no nos dejes caer en la tentación’.
‘Enséñanos a orar’, le pedíamos al Señor. Y nos propone Jesús un hermoso modelo de oración, una forma comprometida de orar.

martes, 7 de octubre de 2008

Una oración como la del cenáculo, el rosario

Hechos, 1, 12-14
Cántico de María, Lc.1, 47-55
Lc. 1, 26-38

‘Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús y con los hermanos...’ Fue después de la Ascensión de Jesús al cielo. Les había dicho que no se alejaran de Jerusalén hasta que se cumpliera la promesa que les había hecho de enviarles el Espíritu Santo. Y ahí están ‘unánimes en la oración’, y allí está ‘María, la Madre de Jesús’.
¿Cómo sería aquella oración con María? Por el corazón de María y de los Apóstoles estaría pasando todo lo sucedido. En su corazón estaría muy presente todo el misterio de Jesús que aún no habían terminado de comprender en toda su totalidad. Había de venir el Espíritu Santo ‘que les enseñaría la verdad plena’. La vida de Jesús en todos sus detalles, sus palabras, sus hechos, sus milagros, su muerte y sus manifestaciones resucitado a los apóstoles y a los discípulos, también a su Madre aunque el evangelio no lo mencione, hasta su Ascensión al cielo. Sería un rumiar una y otra vez todos aquellos acontecimientos, para tratar de ahondar más y más en el misterio de Cristo.
Creo que la oración de María junto a los Apóstoles en el Cenáculo en la espera de Pentecostés nos está enseñando lo que debe ser nuestra oración. En nuestra oración acudimos muchas veces muy preocupados por pedirle muchas cosas a Dios. vamos a la oración como quien va a despachar y lleva una lista de las cosas que tenemos que pedirle a Dios.
De María tenemos que aprender a orar, a escuchar, a contemplar, a rumiar el misterio de Dios. Saborear que nos encontramos en la presencia del Señor. Dejarnos inundar por El, por su amor, por su vida. Gozarnos en que podamos sentirnos amados de Dios. Llenarnos del misterio de Dios, de su vida, de su gracia.
Cuando nos sentimos así en su presencia, sentimos la mirada de Dios sobre nosotros, y al mismo tiempo comenzamos nosotros a mirar de distinta manera nuestra propia vida, las situaciones en que nos encontremos, los problemas que tengamos. Es la luz de Dios que nos ilumina y nos da un nuevo sentido de las cosas. Es la Palabra de Dios que escuchamos allá en lo íntimo del corazón y ya comenzaremos a actuar de distinta manera. Porque es la mirada de Di9os la que tenemos; porque será en el actuar de Dios cómo actuemos.
Esa fue la oración de María en Nazaret cuando llegó hasta ella el ángel de la Anunciación. Ante el saludo del ángel que la llamaba la ‘llena de gracia’, la inundada de la presencia del Señor, ‘el Señor está contigo’, Dios había vuelto su mirada sobre ella, se siente anonada, ‘se turbó y se preguntaba qué saludo era aquel’, que dice el evangelista. ¿Qué hacía María? Rumiaba allá en su interior, en su corazón, todo aquel Misterio de Dios que se le estaba manifestando. Se sentía pequeña, pero reconocía cómo el Señor hacía en ella cosas grandes y maravillosas. Se ponía en las manos de Dios, como la humilde esclava, y aceptaba el plan de Dios para su vida. Era su oración. Oración maravillosa que la hacía llenarse de Dios.
Derrama tu gracia en nuestro corazón, a cuantos hemos llegado a conocer el Misterio de Dios, el Misterio del Dios que se encarna, que se hace carne y presente entre nosotros. Dios que llega a nuestra vida, aunque seamos pequeños, por su gracia. Dios que viene a nosotros para darnos su salvación. Que por la Pasión y la Cruz, por su obra redentora, lleguemos a la Resurrección, a la vida nueva con la intercesión de María.
Intercesión de María, ¿para qué? Para llegar a la vida nueva de la salvación. Es lo que nos viene a ofrecer María. Lo más grande y más hermoso que nos puede dar. ¿Es lo que realmente es nuestra oración y la intercesión que invocamos de María?
Así tiene que ser nuestra oración a María. El Rosario que rezamos invocando a María tiene que ser una oración como la del Cenáculo. Mientras vamos desgranando las Avemarías como saludo a María tenemos que ir sabiendo contemplar todo el Misterio de Cristo, todo el Misterio de nuestra salvación. No es simplemente pasar las cuentas de un instrumento – el rosario – ni simplemente desgranar Avemarías. Tiene que ser algo más.
¿Qué significa el que en cada uno de sus partes vayamos recordando distintos misterios de la vida de Jesús? No es simplemente un enunciado ritual que hacemos antes de comenzar a rezar nuestro Padrenuestros y nuestras Avemarías. Es el Misterio de Cristo que hemos de contemplar, que tenemos que rumiar en ese momento de nuestra oración. Como María y los Apóstoles rumiaban el Misterio de Cristo en el Cenáculo. Y algunas veces cuando llegamos a la cuarta Avemaría ya ni nos acordamos cuál fue el Misterio que enunciamos.
Que de María aprendamos a contemplar y rumiar el Misterio de Dios que se está haciendo presente en nuestra vida. Que de María aprendamos a hacer una profunda y viva oración.

lunes, 6 de octubre de 2008

Acción de gracias, reconciliación y oración

Dt. 8, 7-18
1Cron. 29, 10-12
2Cor. 5, 17-21
Mt. 7, 7-11

‘Tú eres el Señor de todo el universo; a Ti, Señor, la grandeza, el poder, el honor, la majestad y la gloria’. Así queremos confesar con toda nuestra vida el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Cosa que no podemos olvidar en ningún momento, sino que siempre todo lo que hagamos sea para la gloria del Señor.
En este día, al principio del curso, la Iglesia nos invita a celebrar las témporas de Acción de gracias y de petición, y nos ofrece en la liturgia unos hermosos textos de la Palabra de Dios. Merece la pena detenernos a meditarlos, porque nos recuerdan algo que nunca hemos de olvidar.
El primero de los textos es del libro del Deuteronomio, del Antiguo Testamento. Cuando están a punto de terminar el recorrido lleno de austeridad y tentaciones de todo tipo a través del desierto para entrar ya en la tierra que el Señor les había prometido, tierra que manaba leche y miel en la expresión bíblica y en la esperanza del pueblo de Israel, Moisés en nombre del Señor les hace unas graves advertencias. Van a llegar días de prosperidad, van a tener tierras donde plantar para recoger abundantes cosechas, casas donde habitar, y muchos medios que les pueden llevar a la prosperidad y la riqueza.
Pero les advierte: ‘¡Cuidado! No te olvides del Señor, tu Dios, ni dejes de observar los mandamientos, leyes y preceptos que te prescribo... que no se engríe tu corazón ni te olvides del Señor, tu Dios. Fue El quien te sacó del país de Egipto, de aquel lugar de esclavitud, quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto... acuérdate del Señor, tu Dios; El es quien te ha dado fuerza para adquirir esa riqueza, cumpliendo así la Alianza...’
Bueno es recordarlo en el camino de nuestra vida. Mientras vivimos momentos duros y difíciles fácil es acudir al Señor para que nos libere de nuestros males. Pero cuando nos llega la prosperidad y la vida cómoda, qué fácil nos es olvidar al Señor y querer vivir ya la vida prescindiendo de El. ‘Cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios...’
En la segunda lectura san Pablo nos invita a la reconciliación y a la paz con nosotros mismos, con los hermanos y con Dios. Es el Señor el que viene en nuestra búsqueda para ofrecernos la reconciliación, ese reencuentro en el corazón. ‘Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación... en nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios’.
En el Evangelio nos insiste en la confianza con que hemos de orar a Dios. ‘Pedid, y recibiréis, buscad, y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren...’ Con confianza hemos de orar porque oramos a un Dios que nos ama y que es nuestro Padre, un Padre providente que cuida de nosotros y que siempre nos dará lo mejor que necesitemos.
¿Por qué nos ofrece la Iglesia en su liturgia este día de Acción de Gracias y de Petición? En nuestra cultura y en nuestro hemisferio norte ha sido el momento de la culminación de unos trabajos y del descanso veraniego, para reiniciar de nuevo la tarea. En nuestros campos se concluye la recolección de las cosechas con las últimas vendimias, y es el momento de comenzar a preparar la tierra para una nueva siembra y unos nuevos trabajos. Como decíamos, acabado el verano y su descanso, se reanudan las actividades en todos los niveles, y a nivel escolar y de la enseñanza comienza de nuevo año escolar.
Por eso la Iglesia nos invita a realizar este día de acción de gracias y de petición. Todo queremos ponerlo en las manos del Señor. Es reconocer la obra y el actuar de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se manifiesta hasta en la hora de recoger el fruto de nuestros trabajos. Y en la abundancia y en la pobreza queremos estar siempre en las manos de Dios. Ahora mismo en nuestra sociedad a nivel de la economía se está pasando por momentos difíciles y es también el momento de saber ponernos con confianza en la manos del Señor, al tiempo que pondremos todo nuestro esfuerzo para superar dificultades.
Por otra parte en toda ocasión hemos de saber mantenernos en paz con Dios y con los hermanos. Por eso, puede ser ocasión propicia para la reconciliación, para el reencuentro con Dios y con los hermanos. Y es que además en toda situación hemos de saber contar con Dios. Es un momento para elevar nuestra oración al Señor, pero una oración verdaderamente universal en la que quepan en nuestro corazón todos los hombres y todas las situaciones que podamos vivir.
Pedimos por la Iglesia, y pedimos en este momento en que reanudan las actividades pastorales de nuestras comunidades para que el Señor bendiga nuestros trabajos y el trabajo de toda la Iglesia para realizar esa nueva evangelización que necesita nuestro mundo. A tener en cuenta también los grandes acontecimientos de la Iglesia universal, como es el Sínodo de los Obispos ayer iniciado en Roma y que durante casi todo este mes de Octubre reflexionará junto al Santo Padre sobre el tema de la Palabra de Dios.
Acción de gracias, reconciliación y oración.

domingo, 5 de octubre de 2008

Dios quiere cantar un canto de amor a su viña

Is. 5, 1-7; Sal. 79; Filip. 4, 6-9; Mt. 21, 33-43

‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a mi viña’. Es el canto de amor que la Palabra de Dios quiere cantarnos a nosotros también. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo. Pero no sólo estamos refiriéndonos a Israel, sino que esa casa de Israel somos nosotros.
Por tercera vez, en tres domingos consecutivos la Palabra del Señor nos está hablando de la viña del Señor. Nos invitaba a ir a trabajar en su viña, en distintos momentos de la vida, como escuchamos hace un par de domingos. Nos mandaba como padre a trabajar a su viña, como escuchamos el domingo pasado. Pero hoy nos está diciendo más: somos nosotros esa viña del Señor y cuánto ha hecho el Señor por nosotros.
El evangelio dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo’ y al final directamente a ellos les dijo ‘se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero bien sabemos que la Palabra que Dios nos dirige no son historias pasadas y dicha para otras personas, sino que es Palabra que el Señor nos dirige en el hoy y el ahora concreto de nuestra vida. Por eso decía al principio que es el canto de amor que Dios quiere decirnos a nosotros también.
La historia de la viña, podemos decir, es la historia de la salvación. Jesús con la parábola está comparando la historia de la salvación que nos ha ofrecido con los trabajos que el agricultor concienzudamente realiza en su viña. ‘Plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda y la dio en arriendo a unos labradores’.
Historia de la salvación que ha llevado un proceso progresivo que ha culminado en Cristo Jesús. Miramos la historia de la salvación en la amplitud de toda la historia desde la creación hasta el momento de la historia de hoy, y recordamos cuantas intervenciones de Dios hasta enviarnos a su propio Hijo para nuestra redención, para nuestra salvación. No es necesario detenernos a hacer su recorrido ahora, que por formación bien o sabemos. Miremos la historia de la salvación y miremos nuestra propia historia, que es también historia de salvación, de amor de Dios en nuestra vida.
Bueno es recordar nuestra historia personal y descubrir en ella todas las intervenciones de Dios. ¡Cuánto amor nos ha regalado el Señor! Con ojos de fe hemos de saber descubrir ese actuar de Dios con su gracia en nosotros, desde esa fe que recibimos en el seno de nuestra familia y que luego se ha visto enriquecida en la acción de la Iglesia y en tantos momentos de gracia que cada uno de nosotros hemos vivido.
¡Cuántas veces hemos recibido esa llamada del Señor! ¡Cuántas veces nos hemos visto libre de tantos peligros o fortalecidos en tantos momentos difíciles o de tentación! Cada uno tenemos nuestra historia personal. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’, nos pregunta el Señor con las palabras del profeta.
Una historia de luz, pero que está llena también de sombras. La historia de luz en todo el actuar de Dios, en todo el amor de Dios derrochado en nuestra vida. Es el rostro lleno de amor de Dios que nos ama, nos cuida, nos regala el don precioso de la vida y nos enriquece con su gracia. Es el Dios que a pesar de nuestras sombras sigue amándonos y, aún más, nos levanta de nuestra postración y nuestro pecado para hacernos la gracia de regalarnos su vida para hacernos hijos suyos.
Pero están nuestras sombras, las sombras de la humanidad. Porque junto a esa historia de salvación está nuestra historia de pecado, que, sin embargo, se ve siempre desbordado por la gracia del Señor. Como aquellos viñadores que se apoderaron de la viña y no quisieron rendir fruto, también nosotros queremos construir la vida a nuestra manera tantas veces al margen de Dios. Nos sentimos tan dueños de la viña que queremos olvidarnos de Dios, prescindir de Dios. Desechamos la piedra angular que es Cristo para construir con nuestros ladrillos de barro, de egoísmo y de maldad, olvidando todo lo que El nos ha dado y nos ha enseñado.
Busquemos esa piedra angular de nuestra vida que es Cristo, que es el que da fundamento de verdad a nuestra existencia. Aunque muchas sean las ambiciones que tengamos en nuestro corazón, aunque muchas sean las apetencias que cual cantos de sirena quieren distraernos para atraernos por otros caminos, busquemos a quien de verdad es el fundamento de nuestra vida y nos dará sentido y valor a todo lo somos y vivimos, Cristo el Señor.
Busquemos a Cristo para que con su gracia podamos dar los frutos que nos pide; para que hagamos de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra iglesia la más hermosa viña que nos dé la más honda felicidad que es lo que el Señor quiere de nosotros.
Cuando logremos vivir en armonía todos juntos en esa viña en la que Dios nos ha colocado, viviendo una comunión de amor y de solidaridad entre unos y otros, porque todos caminemos juntos, porque todos nos ayudemos y porque todos miremos a quien es la meta de nuestra vida, estaremos dando las muestras, las señales verdaderas del Reino de Dios, vivo y presente en medio de nosotros.
Que podamos escuchar ese canto de amor de Dios a su viña lejos de toda sombra, y resplandecientes siempre de la más brillante luz.

sábado, 4 de octubre de 2008

Asemejarnos a Cristo y entregarnos con un amor jubiloso

Gal. 6, 14-18
Sal. 15
Mt. 11, 25-30
El corazón del que se siente cautivado por Cristo busca quizá cosas grandes y extraordinarias para manifestar su amor. Pero ¿qué nos pide Cristo? Las cosas pequeñas de cada día realizadas en la profundidad del amor. Lo que en cierto modo es más difícil, por la continuidad y la constancia nos cuesta más. Pero seremos capaces de hacer cosas extraordinarias si nos hemos entrenado bien en esa fidelidad a las cosas pequeñas de cada día.
Una cosa sí es necesaria. Que nos unamos de tal manera a Cristo que su vida sea nuestra vida. Y digo que su vida sea nuestra vida, no sólo porque El nos ha hecho el regalo maravilloso de hacernos partícipes de su vida divina, para que en El seamos también hijos de Dios. Eso ya es un regalo grande que El nos hace. Pero por nuestra parte tenemos que buscar la forma de asemejarnos en todo a El. Como hemos reflexionado no hace muchos días, que tengamos los mismos sentimientos de una vida en Cristo Jesús.
Asemejarnos a Cristo pasa por el camino del amor, de la humildad y de la sencillez, de la entrega y de la cruz, de la mansedumbre y de la paz. Es amar con su mismo amor; amar como El nos ama; amar a todos como a todos ama el Señor.
Por el camino de la humildad y sencillez; sólo los humildes se pueden llenar de Dios, podrán conocer a Dios. El da gracias porque el misterio de Dios no se rebela a los soberbios y a los engreídos que se creen sabios, sino a los sencillos y a los humildes. Lo hemos escuchado en el Evangelio y tantas veces repetido. ‘Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’. Sólo los humildes podrán ser grandes, porque el que sabe ser el último podrá ser el primero.
Camino de la entrega y de la cruz. Es la consecuencia del amor. El se dio y se dio hasta el final. Y así la entrega y la cruz tiene que ser nuestra gloria. ‘Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo’. Así nos decía san Pablo. Por eso terminaba diciendo el apóstol, ‘llevo en mi carne las marcas de Cristo’. Que así seamos capaces nosotros de ser marcados por Cristo. No podemos olvidar que ya desde nuestro bautismo fuimos marcados con la señal de la cruz. Y la cruz es la señal del cristiano.
Camino de mansedumbre y de paz. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Los mansos verán a Dios, nos dijo también en las bienaventuranzas. Que haya pues esa mansedumbre en nuestro corazón porque es una forma de parecernos a Dios, de asemejarnos a Jesús. Que desterremos todo signo de violencia en nosotros para que nos llenemos de su paz.
Todo esto lo vemos perfectamente reflejado en san Francisco de Asís a quien hoy estamos celebrando. Precisamente en la oración litúrgica lo hemos expresado. ‘Otorgaste a san Francisco de Asís la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la pobreza’. Bien conocemos todos detalles de su vida, desde el momento en que se despojó de todo para vivir pobre como Jesús y entre los pobres y los humildes. Es el hombre de la mansedumbre total, de la humildad hasta lo más profundo, de la santidad de vida más sublime.
Se abrazó a la cruz de Cristo haciendo suyas las palabras de san Pablo que hemos mencionado, de tal manera que incluso en su propia carne llevaba los estigmas de la pasión de Cristo, en las heridas de sus manos, sus pies y su costado.
Que imitemos a san Francisco en ese asemejarnos en todo a Cristo. Que podamos en verdad seguir a Cristo y entregarnos con un amor jubiloso. La alegría del amor; la alegría de la humildad y de la mansedumbre; la alegría de la fe; la alegría de la entrega y de la cruz.
Nos falta muchas veces esa alegría. Quizá hacemos ofrenda de nuestras vidas al Señor, de nuestro amor, de nuestros sacrificios, de nuestros sufrimientos, pero no lo hagamos resignados, sino con alegría para que nuestra entrega y nuestra ofrenda sea más verdadera.

viernes, 3 de octubre de 2008

Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...

Job, 38, 1.12-21; 39, 33-35
Sal. 138
Lc. 10, 13-16

Recordamos al paciente Job sobre el que caían desgracias sin cuento, pero que no perdió nunca la calma ni la esperanza en medio de su adversidad. Esta semana ha sido el tema de la primera lectura, aunque por razón de las memorias que hemos tenido que celebrar, santos Arcángeles, Ángeles custodios y otros santos, no hemos podido seguir con detalle.
Decir que a casa de Job llegaron diversos amigos con palabras de consuelo, palabras que no satisfacían a nadie ni nada consolaban, y hasta el mismo Job se hace sus reflexiones buscando una respuesta a sus preguntas e interrogantes profundos de su alma.
Hoy, ya casi al final del libro de Job, es Dios quien le habla para dar a conocer su grandeza manifestada en la obra de la creación. Cuando el hombre con sus sabidurías humanas quiere dar respuesta a todos los interrogantes, Dios viene a decirle a Job que está por encima de todo eso, puesto que ¿ha sido capaz el hombre de realizar toda esa maravilla de la creación?
Con lenguaje y preguntas propias de su época, que hoy tendrían quizá otros planteamientos, el Señor le pregunta a Job si es el hombre el que ha creado la maravilla de un amanecer o un atardecer, o ha podido medir toda la profundidad y amplitud de la tierra y el universo. Aunque en nuestros avances científicos y conocimiento de la naturaleza y el universo podamos dar muchas respuestas, siempre detrás de todo eso sigue el interrogante del misterio, porque la inmensidad de todo lo creado y de su Creador va mucho más allá de lo que el hombre con su inteligencia pueda abarcar.
Hoy mismo tenemos esos experimentos científicos capaces quizá de decirnos que hubo en el momento del bing bang, pero siempre queda el misterio y la pregunta, ¿y antes? ¿y más allá? ¿y en el fondo de todo eso no hay un Creador? Preguntas y misterio que al creyente lo llevan a preguntarse por Dios.
Ante la inmensidad de la creación y de lo que Dios le plantea Job se queda mudo. ‘Me siento pequeño, dice, ¿qué replicaré? Me llevaré la mano a la boca; he hablado una vez, y no insistiré, dos veces, y no añadiré nada’.
Ante Dios ¿qué podemos decir? ¿Nos quedaremos mudos también? Con el salmo 138 nosotros decimos también: ‘¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo... si me acuesto en el abismo... si vuelo hasta el margen de la aurora... si emigro hasta el confín del mar... allí estás tú... allí te encuentro... allí me alcanzará tu izquierda... me agarrará tu derecha...’
¿Qué puedo decir? ¿Me quedaré mudo? Tendré que reconocer la grandeza de Dios y darle gracias. ‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...’ Maravilloso es el mundo que has creado, pero más maravillosa es la obra más bella de todas tus criaturas. ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, para hacerlo poco inferior a los ángeles?’ Grande nos has creado cuando nos has dado esa inteligencia y esa capacidad de conocimiento para poder descubrir y admirar tus maravillas. Lo has hecho el rey de la creación y todo lo has puesto en sus manos. Te doy gracias, Señor, porque te hayas fijado en mí, pequeño entre la inmensidad de tu creación, pero me amas con un amor tan especial.
‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras...’

jueves, 2 de octubre de 2008

Voy a enviarte un ángel por delante que te cuide en el camino

Ex. 23, 20-23
Sal. 90
Mt. 18, 1-5.10

‘Bendecid al Señor, ángeles del Señor; cantadle y ensalzadle eternamente’, así hemos comenzado hoy nuestra celebración en esta fiesta de los santos Ángeles Custodios.
Cuando pensamos en los ángeles la imagen primera que viene a nuestra mente es la que nos refleja la Biblia en diversos textos de la gloria del cielo. Así lo expresamos incluso en la celebración cuando al inicio de la plegaria eucarística nos unimos ‘a los ángeles y arcángeles que cantan sin cesar el himno de tu gloria’. Así podríamos recordar por ejemplo un texto bellísimo del Apocalipsis: ‘Oí después, en la visión, la voz de innumerables ángeles que estaban alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos; eran cientos y cientos, miles y miles, que decían con voz potente: Digno es el Cordero degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, el honor, la gloria y la alabanza’.
Pero hoy en nuestra celebración litúrgica hacemos memoria especial de los Ángeles Custodios. Como decimos en la oración litúrgica de esta fiesta, ‘en tu providencia amorosa te has dignado enviar para nuestra custodia a tus santos ángeles...’ Ahí lo estamos expresando. Los ángeles que Dios ha puesto a nuestro lado en el camino de la vida, que nos custodian, nos protegen, nos ayudan, nos traen las inspiraciones de lo alto del camino bueno que hemos de hacer, de lo malo de lo que tenemos que apartarnos. Por eso pedíamos ‘vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía... que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’.
De ello nos ha hablado la Palabra de Dios proclamada, aunque podrían ser también otros los textos que leyéramos.
En el libro del Éxodo, haciendo referencia a la protección del Señor a su pueblo mientras peregrina por el desierto camino de la tierra prometida, se dice: ‘Así dice el Señor: voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado... mi ángel irá por delante y te llevará...’
En ese sentido es hermoso también el salmo 90 que hemos recitado. ‘Ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en tus caminos... te librará de la red del cazador... te cubrirá con sus plumas... bajo sus alas te refugiarás... no temerás el espanto nocturno...’ De día y de noche el ángel del Señor está a nuestro lado. Las imágenes son bellas para expresar esa protección, esa ayuda, ese refugio que significa su presencia junto a nosotros.
Abramos los ojos de la fe para descubrir esa presencia del ángel del Señor a nuestro lado. Cuántas veces nos sentimos en peligro, pero nos vemos libres de él. cuántas veces sentimos en nuestro interior ese impulso a lo bueno, o ese algo que nos impide realizar lo malo. Veamos la presencia del ángel del Señor en nuestra vida; escuchemos esa inspiración que es gracia del Señor que nos protege.
Recuerdo, como una imagen gravada en mi retina, aquel cuadro que mi madre tenía en la cabecera de la cama – muchos iguales he visto en muchos lugares en mis visitas a las familias y a los enfermos – que representaba a un ángel que agarrándolo de la mano ayuda a un niño que tenía el peligro de caer por el abismo de un barranco o algo así. Escuchemos allá en nuestro interior la voz del ángel de la guarda que nos quiere prevenir contra lo malo. Ese ángel que está siempre viendo el rostro de Dios, ‘el rostro de mi Padre celestial’ como nos decía Jesús en el evangelio.
En la oración final pediremos al Señor que ‘a los que has alimentado con estos sacramentos que llevan a la vida eterna, dirígelos bajo la tutela de tus ángeles por los caminos de la salvación y de la paz’. Que con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales podamos cantar eternamente la alabanza del Señor en el cielo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

El que se hace pequeño como este niño...

Is. 66, 10-14
Sal. 130
Mt. 18, 1-4

Las palabras de Jesús van despertando la conciencia de los que le escuchan y eso hace que, en los interrogantes que se van produciendo en el corazón de cada uno de los que lo escucha o contemplan sus acciones, se acerquen a Jesús con preguntas sobre temas fundamentales sobre el Reino de Dios que Jesús está anunciando.
Hoy hemos contemplado que ‘los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?’ Pero de la misma manera podemos contemplar a otros que también se acercan a Jesús con sus cuestiones.
El joven rico, se acerca a preguntarle: ‘Maestro bueno, ¿qué es lo que hay que hacer para heredar la vida eterna?’
Y también recordamos cómo Nicodemo fue de noche a ver a Jesús. Había inquietud en su corazón. ‘Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él’. Y vendrán luego las preguntas ‘¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo?... ¿Cómo puede ser esto de nacer del Espíritu?’
Y Jesús va respondiendo a todos. A todos va aclarando las dudas que se van planteando. Y habla de nacer de nuevo por el agua y el Espíritu; y de hacerse niño y pequeño; y de ser capaz de acoger a todos y acoger, entonces, también a un niño; y habla de ser fiel y dejarse guiar por Dios para darlo todo por El. Nos está enseñando Jesús a apoyarnos en Dios, como un niño que se apoya y recuesta en el regazo de una madre, porque es allí donde encuentra la verdadera seguridad.
Hacerse niño, nos viene a decir Jesús hoy. ‘El llamó a un niño, lo puso en medio, y dijo: Os digo que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos’. Volver a nacer, que le había dicho a Nicodemo. Hacerse niño que es la respuesta que le da a los discípulos.
Hacerse niño es, entre otras cosas, dejarse conducir; hacerse pequeño y dejarse llevar de la mano; querer aprender y dejarse enseñar; no se cree sabio y entendido, sino siempre tiene los ojos abiertos y el corazón para aprender y para asimilar; ser sencillo y humilde para no dejar meter en el corazón el orgullo de que soy grande y nadie me tiene que decir ni enseñar; amar y dejarse amar. Un niño se fía y se confía. Un niño da cariño y se hace querer.
Dios ha preparado su Reino para los humildes y los sencillos, y los humildes y los sencillos podrán poseer el Reino de Dios. Recordemos las bienaventuranzas. Los pobres, los mansos, los humildes poseerán y verán a Dios. Recordemos cómo Jesús bendice y da gracias al Padre del cielo ‘porque ha revelado estas cosas a los pequeños y los sencillos y las ha ocultado a los sabios y entendidos’. Recordemos también el cántico de María. Los que se ponen al nivel de los pequeños son los que entenderán los valores del Reino de Dios y podrán vivirlos.
Estamos celebrando a santa Teresa del Niño Jesús: santa Teresita, como le decimos todos. La de la espiritualidad de la infancia espiritual. La que era pequeña aunque su corazón fuera grande porque su tarea era la del amor, como llegó a descubrir que Dios le pedía. Se dejó conducir por el Espíritu y alcanzó la senda de la santidad. Henchida de Dios fue capaz de poner a todo el mundo en su corazón, y con su humildad, sus sacrificios, su oración, el ofrecimiento de su vida y de su enfermedad, sin salir del convento, fue misionera por todo el mundo, de manera que la Iglesia la reconoce como Patrona de las misiones, junto a aquel otro gran misionero que recorrió el mundo conocido de entonces para llegar hasta el Japón.
Que así vivamos nuestro seguimiento de Jesús. No nos importe ser pequeños, humildes, quizá pasemos desapercibidos, pero en nuestro amor podemos realizar cosas grandes si de verdad nos llenamos de Dios. Como María, la humilde esclava del Señor, pero el Señor se había fijado en la pequeñez de su esclava, como cantaría en el Magnificat.

martes, 30 de septiembre de 2008

¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir?

Job, 3, 1-3.11-17.20-23
Sal. 87
Lc. 9, 51-56

¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir? Muchas cosas nos hacen sufrir, ya sean nuestras propias debilidades o enfermedades, y sean tantas limitaciones a las que nos vemos sometidos, o ya sea también en el sufrimiento que tengamos causado por los otros, porque nos hagan daño, nos contradigan en nuestros deseos, o por tantas otras cosas que surgen en nuestra relación con los otros. La vida no siempre es un camino de rosas y, aunque así fuera, esas rosas también tienen espinas que en determinados momentos nos pudieran herir.
La Palabra de Dios, el Evangelio, ilumina todas las situaciones de nuestra vida. Desde el Evangelio tendremos que saber encontrar esas actitudes nuevas con las que nos enfrentemos a esas situaciones y es escuela que nos enseña para nuestro actuar. Por eso, el creyente cristiano, el que cree en Cristo, tiene que saber leer la Palabra de Dios en esas situaciones de nuestra vida y dejar que nos ilumine y nos dé pautas para nuestro actuar.
La Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado nos presenta dos situaciones en este sentido y quiere ser esa luz para nuestra vida. Ayer comenzamos a leer el libro de Job, uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento (aunque ayer no lo tuvimos en la realidad, porque en la liturgia prevalecía la celebración de los Santos Arcángeles que tenía sus lecturas propias). Todos conocemos la situación de justo Job, proverbial en su paciencia y en su camino desde el dolor y el sufrimiento para encontrar en Dios esa respuesta que necesitaba en su situación.
Desposeído de sus hijos y de todas sus posesiones – es la prueba a la que quiere someterle el diablo, permitiéndolo Dios, para ver hasta donde llegaba su fidelidad al Señor – su reacción es la del hombre creyente que se somete a la voluntad de Dios. sus primeras palabras tras tanta desgracia que le sumía además en cruel enfermedad, fueron: ‘Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y concluye el texto sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’.
Pero la situación se prolonga y se hace difícil. Hoy escuchamos el grito desesperanzado de Job que hubiera preferido no haber nacido. ‘¡Muera el día en que nací, la noche que dijo: se ha concebido un varón!... ¿Por qué dio a luz a un desgraciado y vida al que la pasa en amargura..?’ Es el llanto del que se ve en un callejón sin salida en medio de tinieblas. Seguiremos en los próximos días con el texto de Job e iremos escuchando las distintas respuestas que se le van dando con buena voluntad por parte de los amigos que le visitan. Al final vendrá la respuesta del Señor. Hoy sólo queda la súplica que expresamos en el salmo responsorial. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica... de noche grito en tu presencia... mi vida está al borde del abismo... tengo mi cama entre los muertos...’
Por su parte en el evangelio vemos otra situación, en este caso ya no producida por la enfermedad. Jesús sube Jerusalén, lo hace consciente de lo que significa esa subida porque es la subida a su Pascua, y lo hace atravesando Samaría, que no es el camino habitual en el que los galileos que se dirigen a Jerusalén utilizan.
Envía a sus discípulos a buscar alojamiento en una de aquellas aldeas, pero son rechazados ‘porque se dirigía a Jerusalén’. Ante el desaire allá están los dos hijos del Zebedeo, los hijos del trueno como los llama Jesús deseando que bajara fuego del cielo contra aquellas gentes que los han rechazado. ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’ Es la reacción de la violencia y de la venganza. Pero Jesús los regaña. ‘No sabéis de qué espíritu sois’.
No es ese el estilo de Jesús. El no ha venido para condenar, sino para salvar. En su corazón estará siempre la misericordia y el perdón. En una situación así – cuántas veces nos sentimos impulsados también a reacciones de violencia y de venganza cuando nos contradicen o las cosas no nos gustan – mejor es irse a otro lado. ‘Se marcharon a otra aldea’, dice el evangelista. La humildad y la mansedumbre son las actitudes que Jesús nos enseña. Es el mejor camino que nos conduce al amor y al perdón.
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tenemos que sufrir? Nos preguntábamos al principio. Miremos, pues, cuales son las actitudes de Jesús. Dejémonos enseñar por Jesús.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Bendecid al Señor, santos arcángeles, poderosos ejecutores de la obra de Dios

Apoc. 12, 7-12
Sal. 137
Jn. 1, 47-51

‘Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra’, así comienza la liturgia de este día invitándonos a unirnos a la alabanza que los ángeles en cielo cantan a su Creador. Hoy es el día de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael. Arcángeles santos que tuvieron especial misión en la historia de nuestra salvación y que nos aparecen reflejados en la Biblia, en distintos textos, ya sea del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento.
Su nombre indica su misión y su función. Miguel, ‘¿quién como Dios?’, es el grito en el cielo como nos describe el Apocalipsis y también el libro, también con un sentido apocalíptico, del profeta Daniel. ‘Miguel y sus ángeles declararon la guerra al dragón... la serpiente primordial que se llama diablo y Satanás...’ que nos dice el Apocalipsis. De ‘tiempos difíciles’, nos habla la profecía de Daniel en la intervención del arcángel san Miguel.
Gabriel, ‘fortaleza de Dios’ que es el significado que le dan algunos Padres de la Iglesia, mensajero divino que trae celestiales mensajes que anuncian la salvación que llega o que nos ayudan a comprender el misterio de Dios revelado. Es el arcángel que se aparece a Zacarías en el templo que anuncia el nacimiento del Precursor del Mesías. ‘Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia’.
Es el arcángel que viene a anunciar a María el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas. ‘Al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María...’ Muchas veces hemos escuchado y meditado este texto de la Anunciación y así hemos contemplador al mensajero divino que era portador de tal Buena Noticia de Salvación para todos los hombres.
Rafael, ‘medicina de Dios’, es el ángel que acompaña al joven Tobías y le hace encontrar la medicina para curar la ceguera del anciano Tobit. ‘El Dios de la gloria escuchó al mismo tiempo las plegarias de ambos, y envió a Rafael para curar a los dos: a quitar las manchas blancas de los ojos de Tobit, para que pudiera ver con sus ojos la luz de Dios; y a entregar como esposa a Sara, hija de Ragüel, a Tobías, el hijo de Tobit... yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que asisten al Señor y pueden contemplar tu gloria’.
En la obra y la misión de estos santos Arcángeles que hoy celebramos podemos ver reflejado lo que es la misión que los ángeles realizan en nuestra propia vida y en la acción de la Iglesia. Dentro de unos días celebraremos los ángeles custodios y abundaremos más en ello, pero válganos ahora esta reflexión que nos hacemos de los arcángeles para descubrir cómo a través de ellos se hace presente Dios en nuestra vida y nos llena de su gracia y protección.
Que sintamos así la fortaleza de Dios en nosotros en nuestra lucha contra el mal, sabiendo que no nos faltará la gracia de Señor para resistir y vencer en las tentaciones. Sintamos su presencia que nos guía y nos acompaña en nuestro caminar en la fe. Que por la protección de los santos arcángeles se nos abran los ojos para descubrir y conocer los misterios de Dios, para descubrir cuáles son los planes de Dios para nuestra vida. Mensajeros de Dios impulsan nuestro corazón, mueven nuestro espíritu en esa búsqueda de lo que es siempre y en todo la voluntad de Dios.
Que así la Iglesia sienta su protección en lucha contra el mal, en el anuncio del Evangelio de Jesús, buena nueva de salvación para todos los hombres, y en ese caminar por los caminos de este mundo siempre buscando la paz, siempre tratando de llevar a Dios a todos los hombres.