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lunes, 10 de agosto de 2020

No nos gusta morir pero solo cuando somos capaces de morir a nosotros mismos daremos fruto de verdad siendo generadores de nueva vida

 

No nos gusta morir pero solo cuando somos capaces de morir a nosotros mismos daremos fruto de verdad siendo generadores de nueva vida

2Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Todos habremos tenido alguna vez en nuestra mano una semilla, un grano de trigo por ejemplo, y no sé si nos habremos detenido a pensar en todo el significado de vida que esa pequeña semilla encierra. Pero quizá nos habremos dado cuenta que de nada nos sirve si la dejamos en ese estado en el que la tenemos en nuestra mano, una semilla que encierra vida, pero una semilla que si la queremos dejar así intacta con el paso del tiempo aquella potencia de vida que encierra se pierde.

Sin embargo tenemos que hacer que se pierda de ese estado en que se encuentra, porque o la trituramos para hacer de ella harina con la que elaboraremos el pan, o hemos de hacer que se pierda enterrándola para que pueda germinar y hacer que brote otra planta llena de vida que nos dará abundantes granos en sus espigas multiplicándose así incluso su vida. Pero al germinar, se pudre decimos, porque la semilla desaparece en si misma, parece que pierde la vida pero se potencia la vida en esa nueva planta que va a surgir generadora de nuevos frutos.

Es la imagen que nos está proponiendo hoy Jesús cuando nos dice que ‘si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Y nos está hablando de si mismo, pero nos está hablando de lo que nosotros tenemos que ser.

Parece que a nadie le gusta morir, pero Jesús nos dice que si no morimos no damos fruto, que solo cuando se es capaz de morir a si mismo es cuando daremos fruto de verdad.

Creo que entendemos de verdad lo que quiere significar, porque nos habla no tanto de esa muerte en que un día nuestro cuerpo desaparecerá sino de esa entrega de amor que hemos de ser capaces de hacer de nosotros mismos, aunque nos parezca que nosotros somos anulados, pero que sin embargo en esa nuestra entrega, hasta la muerte si es preciso, seremos en verdad generadores de vida. Lo importante no es que nos reservemos para nosotros mismos, cosa que entraría en lo que podríamos llamar orden natural en cuanto que tenemos que preservar nuestra vida, sino que cuando entramos en la órbita del amor así nos vamos a dar, así nos vamos a olvidar incluso de nosotros mismos porque ya lo que nos importa es el bien de aquellos a los que amamos, a los que queremos amar.

Y escuchamos este texto del evangelio en la fiesta de san Lorenzo, aquel diácono de la Iglesia de Roma que sufrió la tortura del fuego hasta la muerte porque su vida había sido siempre para los demás. Como diácono su misión era el servicio y la atención a los pobres, por eso cuando el emperador de Roma le pide que le entregue las riquezas de la Iglesia, porque sabía que era el administrador de los bienes de la Iglesia de Roma, él reúne a todos los pobres de Roma y se los presenta al emperador diciéndole que aquellos son la riqueza de la Iglesia. Aquellos pobres a los que el diácono Lorenzo servía y atendía y por los que terminó dando su vida en el cruel tormento del fuego, como antes mencionamos.

Hay un aforismo que siempre se suele repetir y que la iglesia está muy convencida de ello y es que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Lo que decíamos antes del grano de trigo que al morir, al germinar se multiplica en una nueva espiga que contendrá numerosos nuevos granos, o que si se tritura para hacer harina se convertirá en fuente de vida al convertirse en nuestro alimento. Así la muerte es generadora de vida cuando somos capaces de entregarnos por el amor. ‘El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’, termina diciéndonos Jesús.

sábado, 17 de octubre de 2009

Una ofrenda de fe para ser convertidos en pan de Cristo

Rom. 4, 13.16-18
Sal.104
Lc. 12, 8-12


‘Abrahán creyó a Dios y le fue computado como justicia’. La carta a los Romanos que estamos leyendo estos días nos hace reflexionar sobre la fe y Pablo de manera especial se fija en la fe de Abrahán como modelo de nuestra fe.
‘Abrahán creyó a Dios…’ Dios le llama y Abrahán se pone en camino; Dios le llama y deja atrás tierra y parentela para ir a donde Dios le llevara. Se fía de dios, confía totalmente en el Señor. Su respuesta siempre es la fe.
Dios le promete descendencia numerosa, y Abrahán creyó. ‘Cuenta si puedes las estrellas del cielo… pues tu descendencia será más numerosa que las estrellas del cielo y que las arenas del mar’. Y Abrahán creyó, era viejo, no tenía hijos, pero siguió confiando en la promesa de Dios. ‘Te hago padre de muchos pueblos’.
Dios le da un hijo en la vejez y tiene la esperanza de que de él saldría esa descendencia numerosa, pero Dios le pide en sacrificio a su hijo. Y Abrahán está dispuesto al sacrificio y sigue creyendo en Dos. ‘Apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: Así será tu descendencia’. Confía en el regalo de Dios, porque todo es benevolencia del Señor. ‘Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia…’
Un ejemplo para nosotros. ¿Será así nuestra fe en el Señor? ¿Seguimos creyendo en El y en El esperando, cuando nos parece que se ha perdido toda esperanza? ¿Seguimos con nuestra fe en Dios, aunque nos parezca que Dios no nos escucha, o no hace lo que le pedimos y como nosotros se lo pedimos? ¿Sigue firme nuestra fe en el Señor a pesar de las dificultades, nuestros achaques o debilidades, las enfermedades o el sufrimiento que aparecen en nuestra vida, a pesar de la muerte que nos acecha?
Ojalá sea así firme nuestra fe y de ella demos testimonio en todo momento. Tenemos que ser testigos de la fe que profesamos con nuestra vida, con nuestras actitudes, con nuestra paciencia, con nuestra esperanza. ‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del Hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios’, nos decía Jesús hoy en el evangelio. Vendrán las tentaciones o las persecuciones, pero no hemos de temer. ‘El Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’.
Celebramos hoy a san Ignacio de Antioquia, el testigo de una fe que le lleva al martirio en Roma. Es hermoso lo que nos dice en sus cartas. Cuando escribe a la Iglesia de Roma a donde va a llegar prisionero por el Señor, les dice cómo está deseando ser triturado por las fieras. No quiere que hagan nada por librarlo del tormento y del martirio. Es más el mismo dice que azuzará a la fieras para que le devoren. El quiere ser trigo de Dios triturado por los dientes de las fieras para ser pan blanco de Dios. Así quiere él hacer la ofrenda de su vida al Señor.
¿Querremos nosotros ser ese trigo de Cristo triturado para hacer ese pan de la ofrenda a Dios con nuestra vida? No seremos triturados por los dientes de las fieras, pero quizá los problemas o las dificultades, los sufrimientos o los achaques de nuestra vida, las incomprensiones o las críticas que suframos de los demás sea lo que nos triture para ser ese pan blanco de Cristo. Es la ofrenda que hemos de saber hacer en todo momento al Señor. Y si todas esas cosas que nos suceden, buenas o malas, las miramos con espíritu de fe, pueden ser ese modo en el que seamos triturados para Dios, en el que hagamos esa ofrenda de nuestra fe, de nuestra obediencia al Señor.

viernes, 17 de octubre de 2008

Trigo de Cristo soy (San Ignacio de Antioquia)

Filp. 3, 17-4,1
Sal. 33
Jn. 12, 24-26

‘Nosotros, por lo contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo...’ Ciudadanos del cielo y tan aferrados como estamos a la tierra. Ciudadanos del cielo y que poca trascendencia le damos a la vida, a lo que hacemos. Ciudadanos del cielo y sólo pensamos en nuestros disfrutes humanos y caducos.
La celebración de los santos, como San Ignacio de Antioquia que hoy estamos celebrando, nos lo recuerda. Su ejemplo y testimonio tendría que hacernos despertar.
Es cierto que vivimos en este mundo, y aquí tenemos una obra que realizar, porque Dios nos lo ha puesto en nuestras manos. Y tenemos que vivir con responsabilidad esta etapa de nuestra vida terrena. Pero, ¿dónde está nuestra meta? ¿dónde podremos alcanzar la verdadera plenitud?
Hoy el evangelio nos ha dicho dos cosas hermosas. ‘Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero su muere, da mucho fruto’. Es la entrega con que hemos de vivir nuestra vida. Es el amor que hemos de poner en lo que hacemos y vivimos. Es el amor el que va a dar verdadera fecundidad a nuestra vida. No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Por eso nos decía Jesús a continuación: ‘El que ama su vida la perderá; pero el que gasta su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna’. Gastemos nuestra vida en el amor, en el darnos por los demás, en la responsabilidad con que vivimos nuestra existencia, no pensando sólo en una ganancia material. Guardemos nuestra vida para la vida eterna, gastándola por el amor de Dios y a los demás.
Como decía antes, los santos son ejemplo y estímulo. San Ignacio de Antioquia, al que hoy celebramos, fue el segundo obispo de aquella Iglesia después de san Pedro. Fueron tiempos de persecuciones y era llevado preso a Roma porque había sido condenado a morir en las fieras. En el largo recorrido desde Antioquia a Roma, pasó por diversas Iglesias de Asia Menor, y fue dejando una serie de cartas que les dirigía a aquellas Iglesia que conservamos como un testimonio muy hermoso de lo que era la vida de aquellas primeras comunidades cristianas.
En la carta que dirigió a los cristianos de Roma a donde había que llegar les dice cosas muy hermosas de cómo veía él su muerte. No quería que hicieran nada para impedirle el martirio. ‘Permitid que imite la pasión de mi Dios’, les decía. ‘No quiero vivir ya la vida terrena... rogad por mí para que llegue a la meta’.
Es hermoso cómo desea el martirio. No es que desee la muerte por la muerte, por así decirlo, para acabar esta vida de sufrimientos. El quiere unirse a la pasión de Cristo, como ya vimos. Y nos dice algo hermoso. ‘Trigo de Cristo soy: seré molido por los dientes de las fieras a fin de llegar a ser pan de Cristo’. Verdaderamente sublime la espiritualidad de San Ignacio de Antioquia. Por eso decía: ‘Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios’.
¿Dónde encuentra su fuerza para esta donación tan excelsa que hace de sí mismo? ‘Lo que deseo es el Pan de Dios, que es la Carne de Jesucristo... y la bebida de su Sangre, que es la caridad incorruptible...’ En Cristo encuentra su fuerza y su alimento. En Cristo encuentra la capacidad de ese amor sin límites.
Estamos celebrando la Eucaristía. Estamos queriendo alimentarnos también nosotros de Cristo, para que así se fortalezca nuestro amor. ¡Con qué deseos tendríamos que venir cada día a la celebración de la Eucaristía! ¡Con qué intensidad tendríamos que vivirla para alimentarnos de Cristo! No seremos molidos por los dientes de las fieras, pero sí podemos hacer nosotros esa ofrenda de nuestra vida, de lo que somos, de nuestros sufrimientos, de todo nuestro amor.
Caminemos hacia la meta donde tenemos la patria definitiva.