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sábado, 29 de noviembre de 2025

Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo porque estamos llamados a un mundo y a una vida nueva

 


Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo porque estamos llamados a un mundo y a una vida nueva

Daniel 7, 15-27; Dn 3,82-87; Lucas 21, 34-36

Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo. No podemos ser catastrofistas a la hora de contemplar la realidad de la vida por muchas que sean las sombras que contemplamos. Son los cambios de los tiempos que van mucho más allá de lo que ahora llamamos cambio climático, porque a veces parece que la naturaleza nos azota sin piedad, temporales e inundaciones por una parte mientras por otro lado parece que el desierto avanza con la subida de las temperaturas, incendios o volcanes, la naturaleza parece que revuelve sus tripas.

Pero no nos quedamos ahí. Son muchos los aspectos de la vida que algunas veces nos llenan de pesadumbre y que pudieran hacernos desembocar en la amargura, sentimos inquietud dentro de nosotros en la transformación que contemplamos en nuestra sociedad que algunas veces nos puede costar comprender. Lo que algunos llaman avance para otro puede parecer destrucción, nos cuesta acercarnos y entendernos, muchos valores espirituales parece que se van perdiendo y por la forma como vemos a muchos a nuestro alrededor nos preguntamos si realmente saben a donde van o cuales son los valores de su vida. Cada día atentamos más contra la paz, y son las guerras candentes que por distintos lugares del mundo producen muerte y destrucción pero es la violencia que vivimos en nuestras relaciones más cercanas que nos impide el entendimiento o simplemente nos sentemos a dialogar, es la falta de respeto y de valoración de lo que hacen los demás porque siempre lo hace mal aquel que consideramos oponente a nuestras ideas.

Una primera pregunta sería dónde estamos los cristianos en medio de esta barahúnda que contemplamos en nuestro mundo. Pero también tendríamos que preguntarnos qué tendríamos o podríamos hacer. ¿Decir que es el destino de la vida ante el que no podemos hacer nada y aguantarnos a ver cómo pasamos el temporal? La actitud más humana que tendríamos que afrontar no pasa por el derrotismo o el cruzarnos de brazos. Siempre decimos que tenemos que sentirnos comprometidos y ante esa realidad tenemos que actuar. Por eso hablamos de esperanza y del optimismo con que hemos de afrontar la vida a pesar de las oscuridades y dificultades.

Es algo que tenemos que tener muy claro. Claro que optimismo no es simplemente ponernos a cantar como si nada estuviera pasando; optimismo no es tomarnos la vida a la ligera como si nada pasara pensando que por sí mismo todo se solucionará con el paso del tiempo. Optimismo es algo más profundo, algo también más comprometido porque las cosas no las podemos tomar a la ligera y tenemos que ser conscientes de la realidad.

Nuestro optimismo nace de la esperanza que anima nuestra vida.  Desde nuestra tenemos clara cuáles son nuestras metas y en nuestras metas está esa transformación de nuestro mundo. ¿La Buena Nueva de Jesús no nos hablaba de algo nuevo que tenia que surgir a lo que llamábamos el Reino de Dios? Es clara y necesaria esa transformación que parte de nosotros mismos para poder transformar nuestro mundo y nuestra sociedad, parte de que nosotros vivamos esos valores que nos enseña el evangelio, que aprendemos en Jesús; que vayamos sembrando esa semilla que hará surgir esa planta nueva pero en un terreno que tenemos que cultivar.

Y en esa esperanza sabemos quién está con nosotros, quien es nuestra fuerza y nuestra vida. Jesús nos ha prometido la presencia de su Espíritu para ser nuestra fortaleza y con Él será posible la transformación de nuestro mundo. Por eso nuestro optimismo nace de nuestra esperanza. A esto tenemos que ponernos en camino, ese es el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea, ese es nuestro compromiso por hacer un mundo mejor.

Concluimos hoy un ciclo litúrgico para mañana comenzar con el Adviento el nuevo año litúrgico donde de nuevo iremos haciendo ese recorrido por toda la historia de la salvación. Terminamos hoy teniendo muy presente esa palabra de esperanza y con esa misma esperanza comenzamos el tiempo de Adviento. Es una característica muy fundamental en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.


viernes, 28 de noviembre de 2025

Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que van hacer brotar una nueva rama de vida, sepamos discernir las señales

 


Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que van hacer brotar una nueva rama de vida, sepamos discernir las señales

Daniel 7,2-14; Dn 3,75-81; Lucas 21,29-33

Necesitamos que las palabras se hagan música, para que suenen de forma agradable a nuestros oídos y se  hagan poesía para que en cierto modo nos hagan soñar en que es posible algo nuevo y distinto y es posible encontrar la belleza. Lo necesitamos como un florecer de primavera que nos hace dejar atrás los rigores del invierno y que al tiempo se convierte en anticipo de verano de frutos  y cosechas. Nos es duro atravesar por climas duros y extremos por eso queremos rodearnos del encanto de los brotes de primavera anuncio de próximo jardín de flores que llena de paz y de serenidad nuestro espíritu.

Pero ahora yo diría que no es lo que desde fuera podamos recibir, sino lo que en verdad nosotros podemos construir, no pueden ser solo palabras que nos encanten en nuestros oídos, sino un palpitar de vida en el corazón que nos impulse a resaltar todo lo que es belleza y podemos transformar en vida. No es la actitud pasiva que se limita a disfrutar del jardín que otros puedan ofrecerle, sino que tienen que ser las semillas que nosotros vayamos plantando para hacer florecer ese jardín de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla del brotar de la higuera que nos anuncia primavera para decirnos cómo tenemos que estar atentos a esos brotes que a nuestro alrededor o en nosotros mismos puedan ir surgiendo para saber discernir lo que en verdad tenemos que hacer. Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que en esas plantas comienzan a coger forma para hacer brotar una nueva rama que un día se llene de flores anuncio de sabrosos frutos.

Jesús nos está pidiendo hoy que sepamos estar atentos a los signos de los tiempos que nos puedan anunciar ese rebrotar de la vida donde antes solo quizás veíamos la negrura y sequedad de lo que nos parecía que estaba muerto. Nos ha venido hablando Jesús en estos días de esas situaciones difíciles a las que muchas veces tenemos que enfrentar, esos frentes borrascosos que tenemos que atravesar. No podemos quedarnos paralizados por un mundo de muerte que podamos encontrar a nuestro alrededor cuando faltan ilusiones y sobran ambicione, cuando parece que decae lo que llena nuestro espíritu mientras queremos suplantar con materialismo lo que nos puede faltar en la vida.

Ese mal y esa muerte no es definitiva, y bien lo proclamamos los cristianos que creemos y proclamamos a Cristo resucitado. La muerte no tuvo la última palabra porque pronto vimos como resurgió la vida en Cristo resucitado que se convierte así en el centro de nuestra vida y de nuestra esperanza. Es nuestra fe y es nuestra esperanza, es nuestra tarea y es nuestro compromiso.

Estemos, pues, atentos a tantas señales de vida que podemos contemplar a nuestro alrededor. No todo es materialismo sino que también encontramos personas inquietas y en camino de búsqueda de algo distinto y mejor; esa búsqueda y defensa de la dignidad de las personas, por ejemplo, que vemos como una corriente a nuestro alrededor, algunas veces marcadas es cierto por ciertas ideologías, sin embargo sepamos discernir y ver que en el fondo hay buenas semillas que tienen que ser para nosotros un aliciente para seguir queriendo construir ese mundo mejor que llamamos reino de Dios. Así podríamos encontrar mucha gente generosa que trabaja por los demás, que busca el bien y quiere una mayor autenticidad en la vida.

¿Por qué no sabemos leer ahí las señales que Dios está poniendo en nuestro camino de que es posible hoy también ese mundo mejor, que nosotros llamamos el Reino de Dios? Desarrollemos esas inquietudes que también tenemos en nuestro interior, hagamos en verdad hacer florecer una nueva primavera. Es posible. Hay señales, hay brotes que tenemos que cuidar y cultivar, que tenemos que saber aprovechar. Llenemos de música con sonido de primavera nuestra vida y podremos estar entrando en un mundo de nueva armonía, un mundo en el que finalmente brille la paz.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

 


Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

Daniel 6, 12-28; Dn 3,68-74; Lucas 21, 20-28

Nos conviene recordar experiencias por las que hemos pasado, quizás muchas veces difíciles o dolorosas, porque seguramente desde una lectura serena de lo que hemos vivido siempre podemos sacar una lección, siempre podemos recordar un rayo de luz que en aquellos momentos mantuvo viva nuestra esperanza y nos ayudó a atravesar aquel mar de confusiones. La historia, no solo en los grandes acontecimientos, sino quizás en esas pequeñas historias de cada día que nos ha tocado vivir es una gran maestra para nuestra vida.

Hace unos años, y podemos decir que en el mundo entero, pasamos por una situación difícil como fue la pandemia del COVID con todas sus consecuencias de confinamientos y restricciones; aunque teníamos que estar confinados y los movimientos que podíamos realizar eran pocos sin embargo aparecieron muchos signos de solidaridad y aun con la lejanía física sin embargo de cercanía entre unos y otros que nos ayudó a atravesar aquel vendaval. Aquellos aplausos de todas las tardes desde nuestros balcones y ventanas, aquellas canciones espontáneas que escuchábamos cada uno desde su estancia, eran señales de que no nos dábamos por vencidos y había una esperanza de salir con bien de aquella situación.

En muchas ocasiones difíciles de la vida ante catástrofes naturales o provocadas quizás por nuestras violencias, siempre surgen almas solidarias que se dan y se sacrifican, que despiertan la conciencia de los demás y de la sociedad en tantos movimientos solidarios que de una forma o de otra van surgiendo y reclamando algo nuevo y mejor, que hacen que no perdamos la esperanza; siempre sacaremos a flote lo mejor de nosotros mismos que muchas veces llevamos demasiado oculto para mitigar dolores y sufrimientos, para compartir allí donde nada tienen. Son semillas bonitas de humanidad que no dejamos de sembrar, y aunque nos parezcan gestos demasiado pequeños o sencillos, tendríamos que aprender a valorarlos más.

Ahí nosotros los cristianos, los que nos decimos seguidores del evangelio de Jesús, quienes queremos construir en nuestro mundo el Reino de Dios porque eso es lo que pretendemos con el anuncio del evangelio, tendríamos que ser ejemplares y ser los primeros que demos esas muestras de esperanza. No nos podemos sentir derrotados cuando contemplamos la realidad de nuestro mundo en el que aparecen demasiadas sombras, algo podemos hacer, una semilla podemos sembrar, un compromiso tendría que haber en nuestra vida.

No podemos permitir ese camino de decadencia que algunas veces observamos a nuestro alrededor, no nos podemos quedar en lamentaciones por lo mal que están las cosas. Tenemos que poner mano a la obra. Tenemos que ser sembradores de esperanza en medio del mundo que nos rodea. Por mucha que sea la tarea que tenemos entre manos y las responsabilidades de las que tenemos que dar cuenta, siempre tiene que haber ese momento en que sembremos de verdad esperanza por nuestros gestos.

El evangelio nos inspira y nos impulsa. Nos pone en camino. Hemos de saber escuchar la voz de Jesús que así nos habla y quiere sembrar esa buena semilla en nuestro corazón. El evangelio de hoy nos pudiera parecer excesivamente apocalíptico por las destrucciones que nos anuncia y por los malos momentos que se nos dice que podemos pasar; pero el verdadero sentido apocalíptico no es al anuncio de lo malo, sino la esperanza que quiere suscitar en nuestros corazones.

Por una parte nos dice que se acercan días terribles, pero al mismo tiempo casi nos dice que levantemos nuestra cabeza que se acerca la liberación.  ¿Dónde están esas señales de liberación? Tratemos de mirar con ojos luminosos nuestro entorno y veremos a mucha gente que hace muchas cosas buenas, a mucha gente que ora al Señor ante esas situaciones, pero orar al Señor es dejarnos iluminar por El, orar al Señor es ser conscientes de esa realidad dura que está a nuestro alrededor, pero orar al Señor nos lleva al compromiso, a que nosotros comencemos a sembrar esas pequeñas semillas que nos van a hacer florecer en un mundo nuevo y mejor.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Hacer brillar la fortaleza de nuestra fe sabiendo de quien nos fiamos porque todo ya nos lo anunció Jesús, mostrarnos firmes y seguros de nuestra fe aún en las persecuciones

 


Hacer brillar la fortaleza de nuestra fe sabiendo de quien nos fiamos porque todo ya nos lo anunció Jesús, mostrarnos firmes y seguros de nuestra fe aún en las persecuciones

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19

Qué difícil es permanecer en tu lugar señalado cuando la tierra tiembla bajo tus pies. Podemos interpretarlo de muchas maneras; el primer pensamiento que nos viene es un terremoto, ¿nos quedamos paralizados y estáticos en el lugar o buscamos un refugio o una salida? No es por ahí por donde voy aunque bien nos pudiera valer la imagen, protocolos hay para saber qué hacer en casos de emergencias.

Pero hay otro tipo de emergencias en la vida, desde los problemas que nos envuelven, las incomprensiones o rechazos que recibimos de los demás, el río revuelto de la vida en que nos hemos metido con nuestros errores, los fracasos que se nos vienen encima porque las cosas no son como las habíamos imaginado que podrían ser, las enfermedades que nos debilitan, los cansancios y ansiedades porque no logramos salir adelante o las pendientes de la vida se nos hacen muy fuertes y costosas, la soledad en que caminamos a veces porque nos parece que nos sentimos abandonados de todos, las incertidumbres ante el futuro propio o de los que están bajo nuestra responsabilidad, ¿cómo podemos permanecer en la lucha? ¿No nos dan ganas de echar a correr y huir de todo esperando encontrar un lugar donde todo sea distinto? ¿Habrá ese lugar?

Muchas veces hemos pensado o hablado de la necesaria perseverancia en los caminos de la vida que nace de una esperanza. Si no hay una esperanza bien fundamentada será difícil mantener esa perseverancia. Tenemos que saber estar en nuestro lugar aunque muchas veces se nos haga difícil; y eso cuesta porque todos queremos salvar el pellejo, como suele decirse. No nos gusta vernos fracasados ni ignorados, la soledad reseca nuestra garganta y nos hace llorar con lágrimas amargas, pero hemos de tener la certeza que tras ese túnel oscuro siempre habrá una luz. Tenemos que buscarla, tenemos que tener esperanza de que podemos encontrarla.

Y en eso nuestra fe nos enseña mucho, aunque estemos muy llenos de tinieblas. Esa fe que hará que nuestros pasos se sientan seguros aunque tiemble la tierra bajo nuestros pies. Sabemos de quien nos hemos fiado y en quien en verdad nos apoyamos. Es la roca firme, es la piedra angular que mantendrá bien cohesionado todo el edificio. Jesús nos ha prometido su presencia en medio de nosotros para siempre hasta el final de los tiempos.

El camino de nuestra vida cristiana no siempre es fácil, primero porque partimos de nuestra debilidad, de nuestra inconstancia, de lo poco congruentes que somos tantas veces entre lo que decimos y lo que realmente es nuestra vida; pero nos viene también del mundo que nos rodea, no siempre favorable a nuestras ideas y a nuestros principios, con lo que muchas cosas a nuestro alrededor se convierten en una tentación para nosotros; pero en ese mundo encontramos por una parte quienes nos dan malos ejemplos, quienes tendrían que darnos un testimonio coherente, pero reconocemos que ellos son también débiles como lo somos nosotros; pero están quienes nos van a la contra, quienes aprovecharán lo que sea para denigrarnos y hacernos perder prestigio, para luchar contra nosotros o ignorarnos.

Pero ahí tenemos que hacer brillar la fortaleza de nuestra fe sabiendo de quien nos fiamos y que todo eso ya nos lo anunció Jesús, como hoy mismo escuchamos. Pero es ahí donde tenemos que mostrarnos firmes y seguros de nuestra fe y de nuestros planteamientos aunque tengamos que ir a la contra con el mundo que nos rodea. Es donde hoy nos dice Jesús que seamos perseverantes. Y nos da unas garantías de que podemos vencer en esas dificultades, no nos faltará la fuerza de su Espíritu. Es por lo que nos confiamos y seguimos adelantes, permanecemos en nuestro lugar aunque como decíamos la tierra tiemble bajo nuestros pies.

‘Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’, que nos dice Jesús. Es la luz que aunque nos parezca que solo está al final del túnel misteriosamente va iluminando cada paso que demos para no tropezar y dar satisfacción a los demás por nuestras caídas.

martes, 25 de noviembre de 2025

De la belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro

 


De la belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro

Daniel 2,31-45; Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11

La vanidad se disuelve como el humo. ¿A qué viene esto que estoy diciendo? La vanidad es humo. Así serán las cosas que hacemos por vanidad, nos quedamos en la apariencia pero dentro están vacías de contenido. Demasiado vamos en la vida con ese sentido. ¿Hacemos las cosas para que nos vean? ¿Por quedar bien? ¿Para que piensen de nosotros cosas bonitas? ¿Y de todo eso qué es lo que queda?

Me estaba acordando ahora de la casa aquella que tenía dos cocinas, una muy bonita, muy arreglada, siempre limpia y pulcra, con buenas vajillas en las alacenas y muchos utensilios de lujo. Pero no se utilizaba para nada, ni en los días de fiesta, era para decir que se tenía buena cocina e incluso enseñársela llenos de orgullo a las visitas; para hacer la comida, para encender el fogón sin miedo a los humos se tenía otra en el patio, donde los humos no se metieran dentro de la casa; esa no importaba como estuviera, era la de todos los días.

¿No andaremos en la vida en muchos aspectos, en muchas de las cosas que hacemos o tenemos con esos criterios de duplicidad? Apariencias, pero vacíos; mucha buena presencia por fuera, pero sin humanidad por dentro; locuras y carreras de la vida para tener muchas cosas de apariencia, pero luego una vida vacía, sin ilusión ni entusiasmo, sin ganas de hacer de verdad algo útil y que deje huella. Vanidad de vanidades y todo es vanidad, como decían los libros sapienciales del Antiguo Testamento.

Y eso puede ser pauta de la vida social, de lo que se hace y se vive en nuestra sociedad muchas veces tan llena de hipocresía, pero eso nos puede suceder en nuestra vida religiosa y lo que en verdad tendría que ser nuestra vida cristiana. Sabemos muchas cosas, pero pocas cosas vivimos; nos sabemos el evangelio de memoria, pero los valores del evangelio están lejos de nuestra vida; no gloriamos de que tenemos una hermosa iglesia, y con eso nos estamos refiriendo a nuestros templos que podremos incluso tener bien cuidados, pero poco se siente el sentido de comunión, el sentido de comunidad y familia en nuestras parroquias; podemos hacer unas celebraciones muy suntuosas y bonitas, que se quedan como un adorno, porque es la Palabra de Dios a la que menos se le da importancia.

Mucho podríamos seguir abundando en este sentido en nuestra reflexión. Si viene alguien de fuera y le vamos a enseñar nuestra iglesia, hablaremos de si historia y de su arte, recordaremos las hermosas y artísticas imágenes que tenemos e incluso parece que hiciéramos una lucha entre una imagen y otra, entre un santo y una virgen para decir quien es más milagroso y tiene más devotos; pero ¿le hablaríamos de la intensidad de vida de aquella comunidad, hablaríamos de los grupos de apostolado o de formación que tenemos, hablaríamos del interés que la gente pone no en adornar la iglesia para que esté muy bonita sino en el anuncio del evangelio queriendo llegar a todos, buscando siempre nuevos cauces de evangelización?

La pantalla que ponemos delante con nuestras vanidades no nos deja ver ni encontrar lo profundo que tendríamos que llevar en el corazón. El humo de la vanidad que se disuelve y del que no queda ni el rescoldo que mantiene caliente el corazón.

Hoy el evangelio comienza diciéndonos las ponderaciones que se hacían algunos de la belleza y grandiosidad del templo de Jerusalén. Pero pareciera que Jesús les arroja un jarro de agua fría frente a todas aquellas alabanzas. Ya en otra ocasión defenderá la pureza del templo que en verdad tenía que se casa de oración pero como les decía entonces la habían convertido en cueva de ladrones, pues más parecía un mercado que un lugar sagrado para el encuentro con Dios.

También nos enseñaba cómo habíamos de ser templos de la gloria de Dios por la santidad de nuestra vida y por eso quiere hipocresías sino autenticidad; justo alababa también a quien era capaz de darlo todo, aunque no tuviera ni para comer como aquella viuda que recientemente hemos contemplado, porque en realidad buscaba siempre primero la gloria de Dios, ‘primero buscad el reino de Dios y su justicia, nos decía, que lo demás se os dará por añadidura’.

Pero hoy cuando se hacen tantas ponderaciones de la belleza del templo les anuncia que todo aquello que están contemplando no quedará piedra sobre piedra. No es que Jesús quisiera que se destruyera el templo, pero era profeta de la historia y sabía en qué había de quedar todo aquello.

Pero ¿no será profeta también de nuestra vida y nos está diciendo que solo nos quedamos en la vanidad y en la apariencia mientras estamos vacíos por dentro todo se va a quedar en nada? Un interrogante para lo que hacemos de nuestra vida, para lo que hacemos de nuestra iglesia ¿estaremos vacíos por dentro y todo se nos queda en vanidad exterior? Creo que tenemos que preguntárnoslo seriamente como tiene que preguntárselo también la Iglesia.

lunes, 24 de noviembre de 2025

Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

 


Una ofrenda que puede significar el desprendimiento generoso porque somos agradecidos a Dios o reflejar también la mezquindad y superficialidad de nuestra vida

Daniel 1, 1-6. 8-20; Dn 3, 52-56; Lucas 21, 1-4

Perdona es que no tengo monedas sueltas en el bolsillo, otra vez será, decimos mientras hacemos el amago de estar rebuscando en el fondo del bolsillo y no encontramos nada. Quizás sea la respuesta que más de una vez hemos dado al muchacho que nos ayudó a llevar el carro de la compra a nuestro coche. Pero quizás no hemos mirado las cosas superfluas que llevamos en nuestro carro de compra, pero como fue pagado con VISA sí teníamos dinero.

Esto puede reflejar mucho de nuestro sentido de vida. No se trata ya solamente de lo mezquinos que somos en ocasiones cuando se trata de dar – pensemos también en lo que rebuscamos en nuestros bolsillos cuando en la iglesia nos pasan la bandeja de las ofrendas – sino que puede significar la mezquindad con que andamos también en muchos aspectos de la vida.

Puede significarnos los mezquinos que andamos a la hora de compartir con las personas que nos rodean, y no se trata ya del compartir cosas materiales en las necesidades que puedan pasar las personas de nuestro entorno sino en las reservas que nos ponemos en la hora de la amistad. Tenemos nuestras líneas rojas para saber a quien aceptamos y a quien queremos tener lejos de nosotros; son las desconfianzas y la falta de sinceridad en nuestras relaciones; las barreras que vamos poniendo o los abismos que creamos porque no nos caen bien, porque un día tuvimos un tropiezo, porque… porque… porque y ya sabemos como somos en nuestras mutuas relaciones.

Una mezquindad en no querernos dar, abrir nuestro corazón, saber caminar juntos, ser comprensivos con los demás, no juzgar ni condenar, pero que puede ser señal también de la superficialidad con que vivimos muchas veces solo desde la apariencia; queremos aparecer como buenos, pero dentro de nosotros no hemos borrado aun la malicia para sospechar siempre de los demás.

Cuando hay vacío dentro de nosotros porque no hemos buscado lo que da verdadera profundidad a la vida, ponemos una mascarilla por fuera para disimular y para aparentar. Necesitamos vientos que nos hagan caer esas mascarillas, para que a nosotros mismos nos descubramos cuál es nuestra realidad; decimos que somos buenos porque un día encontramos esa calderilla, pero ni a nosotros mismos nos conocemos.

Nos da mucho que pensar este episodio que parece sencillo e insignificante que nos narra hoy el evangelista. Están a la entrada del templo, aquel espacioso y amplio templo de Jerusalén con muchos pórticos en los que se arremolinaba la gente a la hora de las ofrendas, o escuchaban a los maestros de la ley que enseñaban al pueblo tras la proclamación de la Ley y los Profetas, como era tradicional. Por otros momentos del evangelio conocemos el bullicio que allí se forma con los que venían de distintos lugares a aquel lugar que tenía que ser casa de oración y de encuentro con Dios.

Jesús está observando a los que van entrando. Con mucha solemnidad y aspaviento aquellos que se consideraban los poderosos dejaban caer de manera sonora sus monedas en el arca de las ofrendas. Muchos también silenciosamente dejaban su ofrenda grande o pequeña porque era también una forma de pagar sus diezmos y primicias como estaba regulado en la ley de Moisés. Las ofrendas eran también una muestra del corazón agradecido a Dios de quien todo habían recibido. No es un regalo sino una respuesta, no es una imposición sino una forma de decir gracias. ¿Lo habremos pensado así nosotros de nuestras ofrendas?

Pero Jesús se fija en algo especial porque parece que solo El se ha dado cuenta de la ofrenda de aquella pobre viuda. Y Jesús comentará que aquella mujer aunque solo ha puesto unos cuartos, la moneda más pequeña, ha dado sin embargo mucho más que los habían hecho ofrendas cuantiosas. Como dice Jesús aquella mujer ha dado todo lo que tenía, mientras los otros daban de lo que les sobraba.

Es todo un interrogante para nuestra conciencia, es preguntarnos donde está la generosidad de nuestro corazón, es analizar la profundidad que le damos a nuestra vida y a lo que hacemos, es la manifestación de un corazón agradecido que quiere así cantar la alabanza del Señor. ¿Seremos también mezquinos en eso?

domingo, 23 de noviembre de 2025

No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

 


No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

2Samuel 5,1-3; Salmo 121; Colosenses 1,12-20;  Lucas 23,35-43

Si nosotros tuviéramos la posibilidad real de elegir – y no es cuestión ya de elecciones que llamamos democráticas que tenemos muy reglamentadas y muy marcadas con muchas connotaciones no siempre tan luminosas – decíamos, de elegir a un dirigente capaz de conducirnos por los mejores caminos no elegiríamos a uno a quien vemos fracasado y poco menos que derrotado en la vida,, sino quien sea capaz de tener un verdadero liderazgo desde su propia rectitud pero manifestado también en un camino recorrido de triunfo y de victorias en cosas conseguidas.

Como respuesta en cierto modo a esto que estamos planteando la primera lectura de este domingo nos habla de cómo los de Israel fueron a buscar a David, rey ya de Judá, para que fuera su rey; es el David que han visto que es un buen estratega y salir victorioso ya en muchas batallas; no es solo un pastor de un rebaño en Belén sino un vencedor en muchas contiendas.

Pero en contraposición a esto que venimos diciendo en el evangelio veremos que aquel ladrón que está también crucificado allí en el Calvario, en postura diferente y contraria a todas las burlas de los que presenciaban la agonía y muerte de Jesús diciéndole que se salve a si mismo, que se baje de la cruz, es precisamente a ese que aparece como un fracasado a quien pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino. Podría parecer algo contradictorio y chocante que ponga la fe en quien a los ojos de todos aparece como un condenado que ha fracasado en lo que proponía como reino de Dios.

‘Mi reino no es de este mundo’, le había respondido Jesús a Pilatos, que no tenía ejércitos que ahora vinieran en su auxilio. Pero Jesús sí había centrado toda su predicación y toda su vida en el anuncio de la llegada del Reino de Dios. No le habían entendido, mientras unos no quitaban de la cabeza la idea de un Mesías guerrero y libertador de Israel, otros no llegaban a entender ese estilo nuevo que Jesús venía ofreciendo para nuestras vidas; no podían entender que el amor tenía que ser el verdadero constructor de un mundo nuevo y no basándonos en otras fuerzas o manifestaciones de poder.

Para muchos escuchando a Jesús, por no entenderlo por tener la mente cerrada con sus ideas preconcebidas, su mundo se les resquebrajaba y se les venía abajo, porque querían construir la vida desde la vanidad o desde un poder que manipula. Es la oposición que va encontrando en aquellos que pensaban que las cosas siempre habían sido así y por qué iban a cambiar, sobre todo cuando su prestigio, su preponderancia, y las apariencias de sus vanidades se venían abajo.

Era algo nuevo lo que Jesús proponía y por eso le decía a sus discípulos que entre ellos no podía ser como entre los poderosos de este mundo; era un camino de sencillez y de humildad, era un camino de mansedumbre y de autenticidad, era un camino de servicio y de desprendimiento de si mismo, era un camino en que todos tendríamos que sentirnos cercanos los unos a los otros porque entre todos había de haber una nueva comunión que tendría que hacer que nos sintiéramos hermanos. Es el camino del Reino de Dios que era comenzar a vivir una vida nueva.

Hoy estamos celebrando ese Reino de Dios y decimos que Jesús es nuestro Rey y Señor. Así comenzaron a verlo con toda claridad sus discípulos a partir de la resurrección. Es cuando comenzaron a comprender muchas cosas que habían visto y escuchado a Jesús en aquellos años de predicación. Ejemplo nos había dado, podemos recorrer todas las páginas del evangelio. Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, así tenéis que lavaron los pies los unos a los otros, les diría en la cena pascual después de aquellos momentos de desconcierto que se quitó el manto y se puso a lavarles los pies uno a uno.

‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’, le había dicho al renuente Simón Pedro; y querrá Pedro que le lave no solo los pies, sino las manos y la cabeza y todo. No era una ablución cualquiera, una ablución ritual lo que Jesús estaba realizando. Estaba mostrándonos nuestro camino. A nosotros nos dirá que si no nos lavamos los pies los unos a los otros no tendríamos parte con El. Pero que pronto lo olvidamos.

En la liturgia de este domingo, último del ciclo litúrgico, pues el próximo domingo entraremos en el Adviento, queremos hacer esta proclamación de Jesucristo como Rey. Es el fruto del camino recorrido, es la consecuencia de todo lo que hemos vivimos a lo largo del año litúrgico desde las grandes celebraciones que han centra nuestra vida en este año, pero desde esa celebración de cada semana en el domingo, día del Señor, o lo que hemos vivido cada día.

Ha sido como un camino de ascensión el que hemos recorrido; muchas experiencias intensas en la vida de nuestra fe habremos tenido a través de las celebraciones y de lo que sido el compromiso de nuestra vida cristiana, como quizás también hemos constatado nuestra debilidad, nuestra poca perseverancia y los tropiezos que hayamos podido tener. Pero una cosa hemos de tener como muy cierta y segura, en ese camino hemos querido estar con el Señor, la presencia del Señor en nuestra vida no ha faltado aunque a veces hayamos camino medio ciegos y sordos.

‘¡Es el Señor!’, tenemos que saber reconocer como Juan allá a la orilla del lago de Tiberíades. Mucho más que un líder o un gran dirigente. Es nuestro Rey y Señor. El nos promete que estaremos con El en el paraíso, como le dijo al buen ladrón. ¿Nos lanzaremos al agua como Pedro tal como estamos porque queremos estar cerca del Señor?

 

sábado, 22 de noviembre de 2025

Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste abriéndonos a una órbita de vida eterna

 


Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste abriéndonos a una órbita de vida eterna

1 Macabeos 6,1-13; Salmo 9; Lucas 20,27-40

Vivimos apegados a la vida, a lo que ahora hacemos y de lo que ahora disfrutamos, pero algunas veces más parece que a lo que estamos apegados es a las cosas, y queremos tenerlas para siempre, no queremos desprendernos de lo que conocemos y disfrutamos y nos parece único, queremos que dure para siempre y cuando nos imaginamos un futuro parece como si solo quisiéramos vivir en lo que ahora tenemos, en lo que ahora poseemos, de lo que ahora disfrutamos; y o imaginamos que ese futuro será disfrutar con mayor intensidad de lo que ahora disfrutamos, o tenemos miedo ante lo que nos parece incierto de ese futuro; negamos la trascendencia que pueda tener nuestra vida por lo desconocido que se nos presenta; tenemos miedo al momento en que todo lo que ahora tenemos se acabe porque nos puede parecer que vamos a caer en un vacío, lo que haría o que la vida no tiene sentido, o lo otro que muchos piensan disfrutemos y gocemos de lo que ahora tenemos porque para allá no nos vamos a llevar nada.

No quiero crear dudas ni incertidumbres con estas palabras que me han ido surgiendo, pero que puede ser un poco lo que a todos en un momento o en otro se nos ha pasado por la cabeza; lo que nos hace dudar, lo que nos puede llevar a perder un sentido superior de la vida, un sentido y una visión más espiritual y más sobrenatural. ¿Lo tendremos realmente claro? ¿En el fondo no vivimos muchas veces como ateos porque aunque decimos que creemos en Dios sin embargo hay cosas que no terminamos de aceptar, no terminan de iluminar realmente nuestra vida? ¿No lo estamos expresando con el pesimismo y con el materialismo con que vivimos muchas veces la vida?

Hoy en el evangelio se nos habla de los saduceos y de las preguntas y cuestionamientos que le hacían a Jesús. Ya de entrada para que comprendamos el sentido de sus cuestiones el propio evangelista nos recuerda que los fariseos no creían en la resurrección. No creen pero se lo cuestionan en su interior, como se manifiesta en que vayan a plantear esas cuestiones a Jesús. ¿De verdad, de verdad tenemos nosotros una fe clara en la resurrección, tal como confesamos cuando proclamamos el credo de nuestra fe? ¿No estaremos nosotros imaginando una vida futura pero según los mismos parámetros con que vivimos ahora la vida, con las mismas cosas?

Es lo que viene a aclararles Jesús. No podemos pensar en la vida futura con casamientos y matrimonios, les viene a decir Jesús desde las cuestiones de la ley del Levítico de la que le hablan los saduceos. La plenitud en Dios es algo muy distinto a la plenitud de nuestros goces y felicidades temporales que vivimos en el aquí y ahora de nuestro caminar sobre la tierra. No podemos entrar en la onda de la imaginación para ponernos a pensar en lo que es esa vida futura, esa vida eterna, esa vida de resurrección de la que nos habla Jesús.

¿Lo que disfrutamos en el ahora de nuestra vida se queda solo en lo material o en lo corporal? Pensemos como tantas veces hemos sido felices y no por la posesión o disfrute de cosas materiales. Hay una elevación de nuestro espíritu que nos lleva, por ejemplo, a disfrutar de la belleza, pero no solo como un concepto material que veamos reflejada en cosas, sino como una sensibilidad de nuestro espíritu ante lo bueno, ante el amor, en el disfrute de la paz cuando la sentimos desde lo más hondo de nosotros mismos, lo que es una verdadera amistad y un verdadero amor no por unos intereses o cosas que vayamos a conseguir sino por esa comunión que une nuestros espíritus haciéndonos sentir algo nuevo y sublime; hay algo más hondo y más sublime  que eleva nuestro espíritu. ¿Y si todo eso lo tenemos en plenitud en Dios?

Son pensamientos que tenemos que madurar dentro de nosotros mismos, es algo espiritual que nos eleva y nos hace llenarnos de Dios, son cosas que tenemos que saber rumiar en el silencio del corazón, es algo que nos va a hacer trascender nuestra vida para no quedarnos en el ahora y como ahora lo vivimos sino que nos lleva a sentir una nueva plenitud para nuestra vida, que nos hace entrar en esa órbita de vida eterna que Jesús nos ofrece. Afinemos nuestra fe y démosle verdadera hondura aunque por lo tan apegados que estamos a lo material tantas veces nos cueste. Nos abriremos a una felicidad mayor que llamamos vida eterna.

viernes, 21 de noviembre de 2025

No olvidemos que hemos de ser signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo cuando somos verdaderos templos de Dios que habita en nosotros

 


No olvidemos que hemos de ser signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo cuando somos verdaderos templos de Dios que habita en nosotros

1Macabeos 4,36-37,52-59; 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Una de las cosas de las que nos solemos sentir más orgullosos en nuestros pueblos es de nuestra Iglesia, la parroquia mayor o la ermita del barrio donde vivamos, si somos de una ciudad grande haremos mención de nuestras iglesias mayores o de la catedral si la hubiera; es en muchas ocasiones el monumento más representativo y del que nos sentimos orgullosos y lo mostramos a todo el mundo; lo cuidamos, lo queremos tener a punto siempre y bellamente adornado. Desde unos sentimientos religiosos, desde unas tradiciones que hemos heredado, cada uno según sean sus sentimientos o manera de entender la vida la dará su importancia. Para los creyentes, los cristianos, lo consideramos como un lugar sagrado donde tenemos nuestras celebraciones de la fe y en torno a él tenemos incluso nuestras celebraciones festivas.

Es el orgullo que sentían los judíos por su templo de Jerusalén; recientemente hemos comentado lo orgullosos que se sentían por la belleza del templo de Jerusalén, la alegría que vivían cuando en la pascua venían en peregrinación hasta la ciudad santa, pero comentamos también el impacto de las palabras de Jesús cuando habla de que todo aquello, el templo y la ciudad sería destruida y no quedaría piedra sobre piedra. Un poco se les venía abajo lo que era casi el fundamento de su religiosidad, como había sucedido en la historia en cuantas ocasiones aquel templo había sido devastado. Allí tenía lugar el culto, se ofrecían los sacrificios, se reunían para orar y escuchar la Ley y los Profetas.

Hoy nos impacta la reacción que tiene Jesús cuando trata de desalojar del templo todo aquello que más que en un lugar de oración parecía que lo habían convertido en un mercado; en función de los sacrificios que allí se ofrecían estaban todos aquellos animales dispuestos para las ofrendas, pero también se había convertido en un lugar de cambio de las monedas con las que se podía hacer la ofrenda al templo. Jesús expulsa aquellos vendedores y cambistas porque habían convertido en un mercado y en una cueva de bandidos, como hoy nos dice, lo que tenía que ser una casa de oración. Un cierto modo de fervor sin embargo todo lo había desequilibrado y quedaba poco de aquel recinto espiritual que tenía que ser.

En el mismo relato en los otros evangelistas cuando luego le preguntan con qué autoridad está haciendo todo aquello, nos deja la sentencia de que se podía destruir todo aquel templo que El en tres días lo reconstruiría. Nos comentará el evangelista que los discípulos lo entendieron después de la resurrección, pues El se refería al templo de su cuerpo.

¿Cuál es el verdadero templo de Dios? No son las casas construidas con piedras el lugar preferido para habitar en medio de nosotros. Y no queremos quitar la sacralidad de nuestros templos y lo que nos pueden ayudar para cultivar nuestra piedad. Cristo es el verdadero templo de Dios, nos quiere hoy decir, pero nos está hablando cómo nosotros en virtud de nuestro bautismo hemos sido constituidos también en verdaderos templo de Dios. Dios mora en nuestro corazón, su Espíritu inhabita en nosotros, porque hemos sido ungidos en nuestro bautismo para convertirnos en esa morada de Dios y templos de su Espíritu.

Este pensamiento nos daría para largas y profundas reflexiones para considerar toda esa nueva grandeza y dignidad que hay en nosotros en virtud de nuestro bautismo. Nos decimos que nuestros templos han sido consagrados o bendecidos y por eso para nosotros se han convertidos en lugares sagrados, signos también de esa presencia de Dios en medio de nosotros. Pero no olvidemos que los verdaderos signos de esa presencia de Dios somos nosotros, con nuestra vida santa, con la dignidad adquirida desde nuestro bautismo.

Claro que esto nos daría para muchas preguntas sobre cómo nosotros sentimos y vivimos esa presencia de Dios en nosotros. Decimos que estamos en la presencia de Dios porque Dios todo lo abarca y se hace presente en todos los lugares, pero no podemos olvidamos que somos nosotros los que tenemos que ser esos signos de la presencia de Dios en medio del mundo, porque Dios se hace presente en nuestros corazones y en consecuencia nuestra vida tiene que ser distinta. ¿Cuidamos nuestra vida de igual manera que cuidamos el templo de nuestro pueblo? ¡Qué adornada de virtudes tendría que estar nuestra vida si vivimos en congruencia con esa presencia de Dios en nosotros! ¿Habrá que despertar algo de nuestra fe?

jueves, 20 de noviembre de 2025

Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

 


Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

2Macabeos 2, 15-29; Salmo 49; Lucas 19, 41-44

Nosotros en esa reacción tan humana por nuestra debilidad quizás lo que podemos es sentir cansancio por las veces que hemos intentado algo bueno con alguien, con nuestros consejos o con nuestras palabras de ánimo pero donde no conseguimos hacer reaccionar a esa persona para que cambia, para que actúe de otra manera, para que ponga orden en su vida. Nos habrá pasado ya fuera en los consejos que le damos a un amigo, la tarea educadora como padres con los hijos, o en otras situaciones en que socialmente queremos influir para bien. Hemos empleado todos los medios que estaban a nuestro alcanza, hemos querido decir palabras convincentes, nos hemos puesto a su lado queriendo ser estimulo, pero no encontramos respuesta, nos sentimos cansados y de alguna manera queremos tirar la toalla y que ellos se las arreglen.

Pero esa no es la postura que contemplamos hoy en Jesús mientras se acerca a la ciudad santa de Jerusalén y a la que está quizás contemplando desde el monte de los olivos. Ya hemos mencionado lo hermosa que se ve desde allí la ciudad y espectacular tenía que ser la visión con el magnífico templo en primer término. Pero allí vemos a Jesús llorar. Una pequeña capilla nos recuerda el lugar, llamada ‘dominus flevit’, el Señor lloró. Siempre nos sentimos conmocionados cuando vemos a un hombre llorando; se supone su fortaleza de espíritu para mantenerse firme y sereno frente a las dificultades o a los contratiempos. Por eso se recuerdan, y de qué manera esas lágrimas de Jesús.

No tira la toalla, porque seguirá buscando la manera de acoger a todos sus hijos, como la gallina acoge bajo sus alas a sus polluelos, que se nos dirá en otro momento. Llora por la reacción ante las palabras y el mensaje de Jesús que está teniendo o va a tener en aquella ciudad. No le augura futuro de felicidad, y no es castigo, sino el derrotero que están siguiendo. Allí Jesús ha prodigado sus palabras y sus signos y aunque desde aquel monte de los olivos hasta la entrada en la ciudad muchos aclamarán a Jesús como el que viene en nombre del Señor, pronto se van a olvidar esos gritos de alabanza y se transformarán en gritos para pedir la muerte y la cruz.

Pero allí, aún con lágrimas en sus ojos baja Jesús aquel monte para entrar en la ciudad, porque otra será la montaña a la que habrá de subir en el calvario, a las puertas de la ciudad. Ha venido para ser Pascua y la Pascua se ha de celebrar, porque es el paso de Dios, paso de salvación y de vida que Jesús sigue ofreciendo en su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. Se ha de dar el paso de la entrega hasta la muerte pero que será pórtico de pascua de vida y de salvación. Si allí estará ese momento cruento de la pasión y de la muerte, allí se manifestará también Jesús vivo y glorioso, resucitado para llevarnos a nosotros también por caminos de resurrección y allí derramará su espíritu sobre lo que creemos en Él para sentirnos enviados por el mundo con ese mensaje del evangelio, con esa buena noticia de salvación de para todos.

Si conocieras el don de Dios, le dice Jesús a Jerusalén, como un día le dijera también a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob, como también nos está diciendo a nosotros ofreciéndonos el agua vida de su evangelio. Pero ¿escucharemos nosotros esa invitación que nos está haciendo Jesús?

Reconozcamos que muchas veces hemos sido tardos en dar respuesta, o quizás incluso nuestra respuesta ha sido negativa; ahí están nuestras debilidades y cansancios, ahí está nuestro hacernos oídos sordos tantas veces dejándonos embelesar por otros cantos de sirena, ahí está la frialdad con que vivimos y celebramos nuestra fe, ahí están esas componendas en que nos vemos envueltos porque quisiéramos contentar a todos y seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, ahí están esas medidas con que pretendemos suavizar las exigencias del amor porque, decimos, no siempre se puede, no se puede dar todo, tengo que pensar en mi futuro y así no sé cuantas disculpas que nos damos a nosotros mismos pero que a nadie convencen.

¿Nos dejaremos conmover por las lágrimas de Jesús que no solo fueron por aquella ciudad de Jerusalén sino que mucho más serán por nosotros y por la tibieza de nuestras respuestas?


miércoles, 19 de noviembre de 2025

Encontremos el verdadero sentido del vivir que es dar vida, multiplicar la vida siendo agradecidos con la vida que se nos ha regalado haciendo ese regalo también a los demás

 


Encontremos el verdadero sentido del vivir que es dar vida, multiplicar la vida siendo agradecidos con la vida que se nos ha regalado haciendo ese regalo también a los demás

2Macabeos 7,1.20-31; Salmo 16; Lucas 19,11-28

La vida es un don, como un regalo que se nos da. Por eso la vida necesariamente se hace don. No es algo que se pueda encerrar, no es algo que se pueda acaparar; donde hay vida tiene que multiplicarse; si no la dejamos expandirse es que se muere, se difumina, desaparece. Es que la vida es expansiva. En quien vive no caben los egoísmos, el encerrarse en sí mismo o en pensar solo en ganar para sí mismo, porque el verdadero sentido de vivir es darse. Y nos damos porque somos agradecidos y la mejor forma de manifestar esa gratitud es dándonos creando vida, dándonos compartiendo todo lo que es nuestra vida, todo lo que hemos recibido.

Quien no es capaz de compartir la vida se muere; las personas encerradas en sí mismos, pensando solo en si mismos, son las más desgraciadas porque han perdido la verdadera ilusión de vivir, de lo que es la vida. Cuántos contemplamos en la vida que andan aburridos y sin encontrarle sentido a lo que hacen, porque solo piensan en sí mismos y no han descubierto la ganancia que es vivir y crear vida. Muchos viejos que se mueren contemplamos, y no son viejos porque tengan muchos años, sino porque no han encontrado sentido a su vivir. Aparecen los miedos y las desconfianzas, aparece el deseo de guardarlo tanto para no perderlo que al final se pudre esa vida y se llena de muerte.

Los que seguimos a Jesús somos los más amantes de la vida. Sentimos el regalo que Dios nos hace cuando nos ha dado a Jesús que viene a ayudarnos a comprender ese sentido de la vida. Solo es necesario contemplarlo a Él, no vive para sí sino para amar. Su vida es amar, su vida es entrega, su vida es don, su vida es toda generosidad. Será lo que nos enseña también con sus palabras. Es la promesa de vida que nos hace si llegamos a comprender el sentido de la vida que Él nos ofrece y tratamos de vivirlo.

Ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, nos enseña la Palabra de Dios. Por eso nos habla de vida eterna, que no es solo pensar en un más allá, que tenemos que pensarlo para aprender a trascendernos, sino que ese vivir la vida eterna es vivirlo ahora porque con Él aprendemos a vivir para siempre. Quien sigue a Jesús quita todos los signos de muerte, quien sigue a Jesús es agradecido y ama, no se reserva nada para sí, no camina con desconfianzas y cerrazones, su camino es repartir vida.

De eso nos está hablando Jesús con sus parábolas, como la que hoy se nos ofrece. La parábola de los talentos, solemos llamarla, por esos talentos, o minas de oro como se nos dice en la versión del evangelio de este día, pero que no son para guardarlos y esconderlos porque miedo a perderles, sino que hay que trabajarlos, hay que negociarlos, hay que hacerlos producir. Es lo que hemos de hacer con la vida, como hemos venido reflexionando.

Y entonces seremos felices, sentiremos la verdadera alegría de la vida; los que solo piensan en sí mismos no llegan a comprender lo que es la verdadera alegría de la vida, necesitarán sucedáneos para poder estar alegres, buscarán estimulantes que lo hacen es quemarnos porque cuando nos fallen esos estimulantes externos nos quedaremos vacíos y sin vida, sin haber podido disfrutar de verdad de la vida.

Leamos y releamos esta parábola que hoy Jesús nos propone y plasmémosla en nuestra propia vida. Encontraremos el verdadero sentido del vivir.


martes, 18 de noviembre de 2025

Atentos a los gestos y detalles que nos pueden llegar de la manera más insospechada y que son evangelio, buena noticia de Jesús para nuestra vida

 


Atentos a los gestos y detalles que nos pueden llegar de la manera más insospechada y que son evangelio, buena noticia de Jesús para nuestra vida

2Macabeos 6,18-31; Salmo 3; Lucas 19, 1-10

Habremos escuchado a alguien que nos ha contado su experiencia. Se considera a si mismo una persona sencilla, por así decirlo, de esas personas que pasan desapercibidas porque no les gusta estar en primeras filas, pero en aquella ocasión se sintió sorprendida, porque alguien que llegaba a su pueblo y además con cierta expectación por parte de muchos que les hubiera gustado estar con ese personaje, por así decirlo, hacerse una foto con él, sin embargo a su paso por la calle, y donde se encontraba quien nos lo cuenta, y, como decíamos tratando de pasar desapercibido, sin embargo esta persona se detuvo con él para interesarse por sus cosas e invitarle a tomar un café juntos.

Esta persona llena de sorpresa se seguía preguntando por qué precisamente con él se detuvo a hablar y tratar de pasar un rato de manera amigable. Detalles y gestos que no se olvidan, que se valoran, a los que se les da mucha importancia porque quizá levantaron nuestra autoestima al ser tenidos en cuenta, e incluso pueda suceder que muchas cosas puedan cambiar.

¿Sería lo que se estaría luego preguntando Zaqueo cuando Jesús se detiene ante la higuera tras cuyas hojas él está queriendo simplemente ver pasar a aquel profeta de Nazaret que tanto revuelo armaba entre las gentes? Era simplemente lo que había buscado, conocer a Jesús, verlo al menos pasar, que por la aglomeración de la gente por una parte, su corta estatura por otro lado, pero también por el vacío que encontraba entre los que le rodeaban porque era un publicano, había terminado por subirse a la higuera para verlo tranquilamente pasar escondido tras sus ramas y hojas. Pero Jesús se había detenido y se había puesto a hablar con él.

La cortesía y la hospitalidad tan propia de aquellos lugares le hicieron bajarse rápidamente del árbol para recibir en su casa a Jesús, que se había auto invitado a hospedarse en su casa. Sorpresa, admiración, un despertarse su autoestima al sentirse valorado con esos detalles, un torbellino de cosas tenía que estar pasando por su cabeza. Además él no era bien considerado por sus convencinos a causa de su oficio que por una parte lo había colaboracionista con los que los dominaban, y además la mala fama que se habían ganado con sus manipulaciones dinerarias que los había prestamista aprovechados y usureros. Tenía ciertamente conciencia de su situación y de lo que era su vida pero aquel gesto sorpresivo de Jesús de querer ir precisamente a su casa, que era la menos considerada y valorada por las gentes del lugar quizás le había hecho comenzar a plantearse muchas cosas.

Pero en su corazón se estaba produciendo un terremoto que no le podría dejar tranquilo, una revolución que le haría cambiar muchas cosas. Terminará diciendo Jesús al final del episodio que hoy había llegado la salvación a aquella casa. Ya escuchamos en el relato del evangelio las decisiones que tomaba Zaqueo, no solo de restituir lo que con malas artes había robado y ganado, sino además compartir su inmensa fortuna con los demás, especialmente con los pobres. Un evangelio se estaba produciendo en el corazón de Zaqueo, porque a partir de entonces este episodio iba a ser evangelio para todos, buena noticia de salvación para todos  como una invitación también a dejarnos invitar por Jesús.

Por una parte cuando escuchamos nosotros este evangelio aprendamos a dejarnos sorprender por Jesús. En nuestro camino nos podemos encontrar muchas veces el paso de Jesús, pero un paso que no quiere ser pasar de largo sino que también estará auto invitándose a hospedarse en nuestro corazón. No nos vale refugiarnos detrás de unas cortinas o de unos ramajes para que nadie se fije en nosotros  y podamos sin ninguna contraindicación de compromiso ser simplemente espectadores. Apaguemos esas músicas que nos aturden cuando andamos preocupados por nuestros prestigios o nuestros bien aparentar delante de los demás, y dejémonos interpelar por Jesús. Cuidado nos pasen desapercibidos esos gestos y detalles que va a tener con nosotros y que nos llegarán en el momento que menos esperamos, en el lugar donde no pensamos encontrarlo, o desde aquellas personas que están a nuestro lado y quizás tampoco nosotros tenemos en buena consideración. Aprendamos a valorar esos detalles y esas llamadas y tratemos de dar respuesta.

También nos queda preguntarnos qué gestos y detalles tenemos con los demás, con los que quizás son menos apreciados, que puedan ser signos de algo nuevo para sus vidas. ¿Llegaremos a ser evangelio, buena noticia con nuestras vidas para los demás?

lunes, 17 de noviembre de 2025

Ojalá nuestro paso por el camino se convierta en un signo del paso de Jesús porque hagamos oír en nuestra vida la sintonía del evangelio

 


Ojalá nuestro paso por el camino se convierta en un signo del paso de Jesús porque hagamos oír en nuestra vida la sintonía del evangelio

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Salmo 118; Lucas 18, 35-43

En este caso es el ciego el que intuye que algo distinto está pasando junto a él por el camino; pero creo que de alguna manera alguna vez hayamos tenido la experiencia, sin necesidad de ver nada especial, en que también hemos intuido que allí junto a nosotros hay algo o alguien que puede ser especial; es la sensación que nos da esa persona, pueden ser los gestos que como signos realiza de forma espontánea, una como vibración especial que si tenemos cierta sensibilidad podemos como sentir, no por los sentidos físicos, porque no es el oído ni los ojos de nuestro rostro los que van a escuchar o ver algo distinto, pero sí algo que nos contagia y quizás nos impulsa a que también nosotros hagamos algo distinto.

Muchas veces, sin embargo, vamos tan imbuidos en nuestros pensamientos y en nuestras locas carreras que no llegamos a entrar en esa sintonía. Y son sintonías que necesitamos, sintonías que nos despierten y nos hagan trascendernos, sintonía que nos haga escuchar esa palabra que puede ser tan maravillosa para nosotros, captar ese gesto que de alguna manera puede ser también profético para nosotros. Cuidemos de no perder esa sensibilidad, cuidemos de estar alertas porque muchas veces nos podemos perder cosas importantes, porque vamos más preocupados por nuestros intereses y en esa palabra caben muchas cosas.

Como comenzamos a decir, o como hemos escuchado en el evangelio, al borde del camino, en las afueras quizás de Jericó se encontraba un ciego con su pobreza esperando que quien pasara por el camino le hiciera alguna limosna. Quizás sentiría los pasos de tantos que pasaban de largo - ¿no es eso lo que hacemos tantas veces en la vida que nos hacemos los ciegos o cruzamos para otro lado para no encontrarnos con quien nos está tendiendo la mano? – pero en esta ocasión sintió que algo distinto lo que pasaba. No podía ver, no sabían quien pasaba por allí y por eso pregunta.

‘Pasa Jesús, el Nazareno’, le dicen. Es suficiente. Comienzan sus gritos y sus súplicas. ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mi’. Era tanta su euforia que los que iban con Jesús querían que se callase. ¿Les molestaban aquellos gritos? ¿Serían quizás gritos que les llegaban a ellos al alma? ¿Podían aquellos gritos impedir que ellos sí pudieran escuchar y disfrutar de la compañía de Jesús? Tantas veces que vamos enfrascados en lo nuestro que nos hacemos sordos a muchas cosas que puedan suceder a nuestro alrededor.

Pero Jesús no podía pasar de largo. Lo mandó llamar. Y ahora aquellos que antes querían que se callase se apresuran a llevar al ciego a la presencia de Jesús. ¿Haciendo méritos quizás?

‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía querer? Recobrar su vista, aunque sería algo más lo que se estaba produciendo en el corazón de aquel hombre. Había tenido la sensibilidad de que pasaba Jesús y se había interesado por lo que pasaba por el camino. ‘Tu fe te ha sanado’, le dice Jesús cuando recobra la vista. Recobra la vista pero que la sensibilidad no la pierdas, parece que le está diciendo Jesús. Quería seguirle por el camino, nos dice el evangelista.

Cuántos detalles encontramos en este evangelio, cuántas cosas que nos pueden hablar al corazón, cuántas cosas que nos pueden abrir los ojos, cuántas cosas que nos pueden despertar la sensibilidad, cuántas cosas que nos hacen salir de nuestros encierros, cuántas cosas que nos pueden hacer ver lo que está a nuestro lado de una forma distinta, cuántas cosas que nos están impulsando a que nosotros vayamos dejando huella de nuestro paso.

Detengámonos en nuestro camino, miremos a nuestro lado, hagamos sentir nuestro paso y nuestra presencia a los que están a la vera del camino, seamos signos de algo nuevo para los que nos rodean, escuchemos esa llamada o seamos nosotros llamada para los demás. Ojalá nuestro paso se convierta en un signo del paso de Jesús por lo que hacemos y por lo que vivimos. El mundo necesita escuchar esa nueva sintonía.